martes, 31 de marzo de 2026

Se me cayó el anillo.-

 


Es el título de una redacción que nos propuso la profe en el taller de Memoria: Se me cayó el anillo en el desagüe. Una redacción que hemos de entregar pasadas las vacaciones de semana santa y que, en principio, no parece ser asunto que tenga entidad como para imaginar una historia con interés suficiente para que el lector le dedique su atención.

Se ve que ese es el intríngulis. Obligar a nuestro grupo de ancianos a estrujarse las meninges e imaginar y describir una situación que, de puro vulgar, no llegaría a la categoría de anécdota. Por eso, después de darle vueltas, se me ocurrió que, si hacía una descripción minuciosa del incidente, la cosa podía resultar. Y éste es el resultado que aquí dejo por si el improbable lector quiere dedicarle unos minutos de su tiempo.

“Cuando se me escurrió y cayó el anillo por el desagüe, lo primero fue poner cara de lelo. Lo sé porque, sin razón aparente, levanté un segundo la vista y vi mi cara con gesto de pasmo reflejada en el espejo. Es ese gesto entre premonitorio y de resignación anticipada que se te pone en el rostro cuando, instintivamente, sabes que el pequeño drama que se representa ante tus ojos asombrados terminará en tragedia doméstica. También presientes que tú no podrás remediarlo porque no sabrás reaccionar a tiempo. Tu cerebro no dará su orden a tu mano con la suficiente antelación como para que ésta atrape el objeto a punto de ser engullido por la boca negra del desagüe. Y sabes, además, que eres espectador sin voluntad de acción porque la escena se desarrolla ante tus ojos asombrados como quien observa el desarrollo de los hechos sobre un escenario. Prevé el desenlace y no puede modificar el guion. Y eres víctima porque de esa pequeña tragedia doméstica tú sufres las consecuencias por la pérdida de un objeto de valor, más que económico, sentimental. Y, lo que es peor, te sientes responsable por ser el depositario descuidado de ese pequeño tesoro de metal brillante que recibiste de manos de alguien que te quería y te lo regaló como prenda de cariño.

Todo eso yo lo pensaba y veía como a cámara lenta mientras mi imaginación estaba previendo el resultado final: el anillo se fue deslizando todo a lo largo del dedo enjabonado, vi cómo rebotaba con pequeños saltos sobre el esmalte del lavabo, dio exactamente vuelta y media en torno al desagüe y, antes de yo reaccionar y atraparlo con la mano, pegó un saltito apenas perceptible, casi alegre, podría decirse, y el agujero se lo tragó no sin que antes el anillo lanzara un pequeño destello de adiós. Limpiamente, como quien se sabe el camino, se fue tubo abajo.

Con ambas manos apoyadas sobre los bordes del lavabo, con la mirada fija en el negro agujero del fondo del vaso, incapaz de reaccionar ante un hecho consumado, sólo tuve un absurdo recuerdo de una canción infantil que las niñas, cuando mi infancia, solían cantar en corro:

Al cruzar el arroyo de Santa Clara

Se me calló el anillo dentro del agua…

Total, que he dado parte al seguro, ha venido un fontanero, ha desmontado la tubería y he recuperado la sortija. 

No quiero ni imaginar lo que hubiera dicho Fernanda si llega a enterarse de que había perdido su anillo de compromiso..."

jueves, 26 de febrero de 2026

Breve retorno a la infancia.-

 


Te contaré, improbable y siempre grato lector, que, en estos tiempos de vejez, ando metido en un taller de Memoria (así lo llamamos) en el que un puñado de jubilados hacemos ejercicios de estimulación mental, coordinación y todo lo que se supone nos ayude a sacudir las cascarrias de la acechante decrepitud, y que nos manda hacer la profe. Los hacemos con la aplicación – y el jolgorio, cuando nos equivocamos – de niños de primaria. Lo que, a estas edades, me retrotrae a recuerdos de la lejana infancia que me vienen a la memoria de forma aleatoria.

Debía tener cuatro años cuando me mandaron a la escuela pública en Cortes de Navarra. Como parvulillos iletrados que éramos, nos juntaban a todos en el parvulario de la escuela y no recuerdo que hiciésemos otra cosa que jugar. A nuestra maestra, doña Micaela, aún la recuerdo sentada en una sillita baja y haciendo punto mientras los críos correteábamos por la clase. No sé en qué momento aprendí las primeras letras y si fue ella quien me las enseñó.

Mi siguiente recuerdo de la escuela pública, también en Cortes, es con don José. Era maestro nacional, empedernido fumador de tabaco de cuarterón, del que tengo buen recuerdo. Para estimular la puntualidad de los alumnos, de vez en cuando sorteaba un libro entre los chavales y una vez a mí me tocó uno, del que no recuerdo el contenido o el título, pero que me hizo mucha ilusión. Recuerdo, también, que nos leía capítulos de la narración de Arthur Gordon Pin, de Alan Poe, y estábamos fascinados con sus extrañas y terroríficas aventuras en el barco ballenero.

A este recuerdo va asociado el modo en que entrábamos en la escuela, formados en fila y cantando el Montañas Nevadas, mientras marcábamos el paso dando fuertes pisadas sobre los peldaños de madera de la escalera que subía a clase. Recuerdo que aquellas canciones patrióticas del franquismo los críos las aprendíamos de oído y, a veces, trabucábamos la letra. Como cuando cantábamos a grito pelado “…voy por rutas imperiales caminando hacia Dios”, que, en nuestro desconocimiento del significado, lo transformábamos en “cagarrutas imperiales…”.

Como don José enfermó de un cáncer de pulmón, nos pusieron a don Agapito, que era una mala bestia y no tenía el don de la docencia, sino el de la disciplina, que imponía a manotazos. Tengo aún, ya ochentón, vivamente grabado el recuerdo de una paliza que dio a un chaval en medio de la calle, cuando salíamos para ir a casa a comer. No tendría yo más de siete años y le recuerdo dando patadas en el culo y manotazos en la cabeza a un crío de unos doce años y la gente, silenciosa, mirando sin atreverse a rechistar.

Nunca supe la razón. Sé que, en general, los chavales de los pueblos de la Rivera eran más brutos que un arao y mal hablados. Se ve que debió faltarle al respeto, y don Agapito le dio una paliza de órdago delante de la gente. Eran tiempos en que el maestro era toda una autoridad pública y el castigo físico que imponía, aunque fuese excesivo, no tenía réplica. Pero que aquella paliza fue excesiva e injusta, es algo que quedó vivamente grabado en mi mente de niño.

Bastantes años después, cuando vivíamos en Rascafría, otro recuerdo relacionado con la lectura, fue cuando el prefecto de estudios, el padre Mauro, nos leía, traduciendo directamente del francés, El Secreto del Unicornio. Fue la primera vez que tomé contacto con las aventuras de Tintín, cuya colección de aventuras conservo en mi biblioteca. Nos lo leía durante los recreos, sentados bajo un viejo chopo en el patio de Matalobos, y con todos los chavales alrededor pendientes de sus palabras y mirando con avidez los dibujos.

Como los recuerdos de infancia se entrelazan unos con otros como cerezas en un cesto, aunque se confundan fechas y lugares, aún recuerdo que en casa había un viejo ejemplar del Quijote, que leí desde muy niño. Entiéndase, lecturas al estilo del crío que buscaba las aventuras más divertidas, saltándose aquellos pasajes que le resultaban aburridos. Como el discurso, tan feminista y cargado de razón (diríamos hoy), de la pastora Marcela a los que le reprochaban la muerte del enamorado Grisóstomo. O el célebre discurso de la Edad de Oro que hace don Quijote entre los cabreros, mientras sujeta un puñado de bellotas en la mano. Y lo que siempre odié cordialmente, fue la historia del Curioso impertinente, que el cura del pueblo de don Quijote lee en la venta ante todos los personajes allí reunidos. Novela que sí he leído en esta última vuelta que le estoy dando al Quijote en la versión que ha hecho Andrés Trapiello.

Y en mi primera juventud en Aranjuez, aparte los libros de la colección Austral, los únicos al alcance del bolsillo, por su precio popular, tengo el recuerdo de mi abuelo materno leyendo en el patio de casa. Con un pañuelo moquero, hechos cuatro nudos y puesto en la cabeza para protegerse del sol, todavía veo al abuelo Toribio leyendo aquellos tomos in folio de la Historia General de España y de sus posesiones de Ultramar, de Zamora y Caballero. Era una edición de 1874, de la que conservo dos ejemplares, que él compró en el rastro siendo más joven. No se me olvida que, cuando una mosca se posaba sobre las páginas del libro, él lo cerraba de un manotazo y atrapaba a la mosca, que salía prensada por el peso de tanta historia como cabía en más de un millar de páginas que tenía el tomo.

Pues eso, amigo e improbable lector, es lo que tiene la vejez, que andas por la vida con un saco cargado de recuerdos que, a veces, se escapan por las costuras. Pero no temas que esta bitácora se convierta en el desaguadero de las aventuras del abuelo Cebolleta. Prometo no reincidir.

sábado, 24 de enero de 2026

Ocios.-

 


Estas largas tardes de invierno madrileño son como un recipiente vacío que uno debe ir llenando de gestos que tengan algún significado. Dicho en palabras de más andar por casa, el ocio es una bendición o un hastío insoportable. O sea, es una bendición si el tipo ocioso – entiéndase: el jubilata ocioso – dedica sus horas vespertinas a alguna actividad física, sin abusar, a pesar de lo que digan los vigoréxicos; o bien las dedica  a eso de la parte del intelecto. “Intelecto” dicho con minúsculas. O sea, alguna actividad mental que ponga en agitación apacible tus neuronas. Tal, por ejemplo, la lectura, el juego de ajedrez a niveles de aficionado, o los sudokus esos que organizan números en cuadrículas.

Lo más socorrido, y que menos frustraciones produce, es la lectura. Lo del ajedrez, a veces te da soponcios imprevistos, cuando el oponente aprovecha una torpeza tuya para darte un jaque mate que te deja con cara de no haberlas visto venir. Y no digamos los sudokus, todo el rato organizando numeritos del 1 al 9 sin que se repitan ni en horizontales ni en verticales. Todo el rato con el lápiz y el borrador en la mano, emborronando el papel como un niño que aprende las primeras letras.

Lo de la lectura es otra cosa. La lectura tiene la ventaja de que otro fue el que se retorció las meninges organizando un texto que tú lees de corrido. Y sobre la ventaja de no haber sido tú quien dedicó horas y días y semanas a poner las palabras en orden y sentido, tiene la comodidad de que, en cualquier momento, puedes cerrar el libro. No importa que el autor, con su mejor prosa, te incite: sigue, sigue leyendo, que más adelante es mucho más interesante… Pero no, a ti no te da la real gana seguir, pese a los esfuerzos del autor por atraer tu atención.

Lo dicho. La lectura es la más cómoda de las actividades jubilares (de jubilado activo, quiero decir). Cuando el ojo empieza a vagar sobre los renglones y las letras se saltan de hilera y las palabras pierden toda ilación, y el texto se descontextualiza; cuando se te pliega la pestaña y entras en un nirvana de sopor, cierras el libro, entornas los ojos de la mente y te invade una somnolencia como de abandono del mundo real. Eso también forma parte del placer de la lectura. Sobre todo, para unos ojos cansados.

Incluso, depurando el gusto por la lectura, hasta puedes sentir cierta envidia mezquina. Ocurre cuando el autor, que es un culto juntador de palabras, te pone bajo los ojos un texto de tanto pulimiento idiomático que te llevan los demonios por no alcanzar las sutilezas conceptuales que adivinas veladas, como el oráculo de la pitonisa. Tal me está ocurriendo estos días con unos ensayos literarios de don Manuel Azaña, que estoy metiéndome entre pecho y espalda estas susodichas largas tardes invernales.

“La invención del Quijote”, conferencia que dictó don Manuel, junto con otras en el mismo libro, es lectura que he estado llevando a la par junto con la primera parte del Quijote en esa versión al español actual que ha hecho Andrés Trapiello. La prosa cervantina, remozada por Trapiello, resulta de una claridad meridiana, como un suave deslizarse por el texto, mientras que la de don Manuel, que destila sutilezas conceptuales, me hace añorar aquella burla de Lope de Vega a sus detractores: puesto que el vulgo paga, es justo hablarle en vulgo para darle gusto.

Y no es sólo que don Manuel tenga un discurso conceptual tal, que el lector todoterreno no alcance muchas veces a discernir con seguridad y se quede a medios pelos. Es que, además, es tan elegante en muchas de sus expresiones que te dejan asombrado. Leer, verbigracia, en el estudio sobre don Juan Valera: En las últimas horas del día 18, su mente, dilecta de las gracias, pasó. Ese “pasó” es una forma tan sutil de anunciar su muerte, que a uno le hace recordar aquel vixit que decían los romanos de alguien que acababa de morir. Uno no se muere, acto vulgar por repetido, aunque es hecho inevitable, sino que uno “vivió” o “pasó” y ya no se encuentra en el mundo de los vivos.

No quiero aburrir por exceso de citas al improbable lector, quien ya sospecha que este jubilata es un influenciable de la letra impresa, pero no dejaré de largar este término jamás leído por mí: cuando el leguaje “se unimisma” con el espíritu que lo engendra: “donde el idioma decae, también decae el espíritu”. Y lo del espíritu (del idioma) decaído debe ser cierto. No hay más que ver los centenares de influencers sueltos que hay por esos mundos, seguidos de manadas de followers (por centenares y más centenares de miles) dispuestos a comulgar con ruedas de molino.

Pues eso, sigamos divagando, que las tardes de invierno son largas...