Ya sé, ya sé, improbable y siempre apreciado
lector, que estoy casi fusilando el título de aquel célebre cuento de J. L.
Borges, Funes el Memorioso. Pero no es por afán de plagio, que uno todavía es
capaz de ordeñar sus neuronas para que fluya la imaginación, aunque sea una
gota de agua frente al niágara borgiano.
Es porque “al llegar a cierta edad…”, como dice el
anuncio de un banco, que pasan todas las noches por la tele entre trozo de peli
y trozo de peli, uno ha de cuidad su campo neuronal. Y porque llegar a
quasi-ochentón sin cultivar con esmero los entresijos neuronales es una irresponsabilidad.
Lo que no se dice por nadie en concreto, ya que, si por un azar un provecto se queda gagá, siempre le quedará el irremediable consuelo de no enterarse de qué va la película de la vida.
Se dice, más bien, por la responsabilidad personal de saberse miembro de una
sociedad que dispone de medios limitados para asistir a tanto viejo como ha
producido nuestra generación.
Con ese afán de no ser una carga, este jubilata se
ha apuntado a un taller de memoria que imparte una voluntaria en el centro
cultural de nuestro barrio. Formamos ese taller un pequeño grupo selecto, un
club donde sólo cabemos aquellos que hemos pasado de los 70 años y estamos
dispuestos a trabajar como si fuésemos parvulillos aplicados.
Se trata de estimular las capacidades mentales,
las habilidades de memoria, estimular la coordinación de los dos hemisferios
cerebrales mediante ejercicios, hacer ejercicios memorísticos y cosas así.
Aunque no se trata, como en el cuento de Borges sobre uruguayo Irineo Funes, el Memorioso, de perder la facultad de olvidar. Ni se trata de ejercitar la
hipermnesia, esa habilidad para recordar todo, en detalle y para siempre.
Nosotros somos mayorones que no aspiramos a salir en un cuento de Borges, sino
a no olvidad las llaves cuando salimos de casa, por un decir, o recordar el día
en que vivimos.
Dicho esto, nuestra monitora, aparte los ejercicios que vengan al caso para mantenernos intelectualmente activos, cada semana nos echa tareas
para casa. Estas tareas suelen ser redacciones en las que un día hemos de escribir
un diario de un personaje que se ha ido de su pueblo a vivir a París, o siendo astronauta en un planeta
perdido, o conviviendo con un psicópata, o redactando la biografía de una
señora absolutamente desconocida, y otras genialidades que se le puedan ocurrir
para obligarnos a trabajar la imaginación: Contar un secreto inexistente,
describir un invento desconocido, entrar de aprendiz en una mercería…, de forma
que cada semana nos obliga a salir de nuestro ser para ponernos en situación de
describir las vivencias más alejadas de nuestro apacible transcurrir de
jubilatas ociosos.
Para esta semana no se le ocurrió ni más ni menos
que obligarnos a escribir el discurso de recogida del Oscar al mejor vestuario.
Un servidor, que del glamour y las pompas hollywoodescas no tiene pajolera
idea, se ha decantado por un tono paródico que, según me parece, ha salvado la
situación y me ha resuelto el trabajo escolar del próximo lunes.
Si el improbable lector no se lo toma a mal, ahí
va la historieta, que espero sea de su agrado o, al menos, le dedique cinco
minutos de su tiempo sobrante. Si se disgustase por el tiempo perdido en esta
lectura, prometo devolverle sus cinco minutos en bonos canjeables.
Dice así:
Discurso de recogida del Oscar al mejor vestuario.
Extracto del
discurso pronunciado por J. V. Wallace al recibir el Oscar del año 20..? al
mejor vestuario en la película Cuando las ranas críen pelo:
… porque ha sido
una sorpresa este premio que, no por no esperado, aunque sí merecido, por fin,
rompe las barreras mentales de las que la Academia venía haciendo gala desde
los tiempos en que el macartismo perseguía a los trabajadores de la industria
cinematográfica sospechosos del más leve izquierdismo, condenando a
diseñadores, guionistas, decoradores y artistas al ostracismo y al paro… (murmullos
de desaprobación y gestos de incomodidad de los asistentes a la entrega de
premios).
… y mal que les
pese a las grandes corporaciones del negocio del espectáculo, los trabajadores
del diseño y vestuario no somos esos seres afeminados en cuyos cerebros vacuos
sólo hay espacio para lo que desdeñosamente llaman “trapitos”, sino que somos
auténticos artistas, capaces de disfrazar el cuerpo de una diva en declive
(pero aún cotizable en pantalla), en una belleza juvenil. Tal como es el caso
de la cotizadísima W. W… (aquí J.V. Wallace lanza el nombre propio de una
estrella a la que los modistos disimulan las varices prematuras con un
vestuario de fantasía. - La
cotizadísima W.W. se levanta furiosa de su butaca en primera fila escupiendo
improperios contra el reciente oscarizado, rabiosa como una tarasca. Intenta
subir al escenario para sacarle los ojos con sus uñas esculpidas. Los guardias
de seguridad se lo impiden, y la W.W. le hace a J.V. Wallace un corte de mangas
y le grita ¡¡¡Maricón!!! Luego hace mutis por el foro echando sapos y
culebras por la boca).
… Bien es verdad
(prosigue, impasible, J.V.W) que el equipo técnico de Cuando las
ranas críen pelo es un grupo de profesionales eficaces y bien cualificados,
y entre ellos y nosotros los diseñadores, hemos logrado poner en valor un film
difícilmente salvable a causa de un guion deplorable, fruto de un equipo
guionista más interesado en engrosar su minuta mediante aplazamientos
innecesarios mientras lo rehacían una y otra vez… (Al guionista-jefe le da
un yuyu y cae redondo cuando iba a abalanzarse sobre J.V Wallace, dispuesto a
arrancarle la lengua. El servicio sanitario se hace cargo, con discreción, del
difunto)
… sin contar el
deplorable equipo de dirección que – todo el personal de producción lo
comentaba soto voce – ha sido incapaz de poner en valor el texto
mil veces rehecho… (Aquí, el director de la película ha saltado al escenario
con una pistola de atrezo, dispuesto a coser a tiros al oscarizado J. V.
Wallace, mientras el público jaleaba: “Dale caña, Romerales”. En inglés
americano, of course.)
… Por no
extenderme más, terminaré este breve discurso con mi agradecimiento a los
miembros de la Academia que, por una vez, saben lo que se hacen al concederme
esta estatuilla, y parafraseando al inefable Moschino con su célebre: “Si no
puedes ser elegante, sé extravagante”.
(Los selectos
invitados a la ceremonia patean el suelo indignados, amenazan con el puño al modisto deslenguado,
gritan al unísono “Son of a bitch” (no se traduce por no herir sensibilidades),
aunque entre el público hay división de opiniones: unos se ciscan en su padre y
otros en su madre. – Pero todos están de acuerdo en que el flamante oscarizado
J.V.W va a ser el diseñador de moda más cotizado entre las estrellas del universo Hollywood y más
allá).