viernes, 21 de marzo de 2025

El jubilata memorioso.-

 


Ya sé, ya sé, improbable y siempre apreciado lector, que estoy casi fusilando el título de aquel célebre cuento de J. L. Borges, Funes el Memorioso. Pero no es por afán de plagio, que uno todavía es capaz de ordeñar sus neuronas para que fluya la imaginación, aunque sea una gota de agua frente al niágara borgiano.

Es porque “al llegar a cierta edad…”, como dice el anuncio de un banco, que pasan todas las noches por la tele entre trozo de peli y trozo de peli, uno ha de cuidad su campo neuronal. Y porque llegar a quasi-ochentón sin cultivar con esmero los entresijos neuronales es una irresponsabilidad. Lo que no se dice por nadie en concreto, ya que, si por un azar un provecto se queda gagá, siempre le quedará el irremediable consuelo de no enterarse de qué va la película de la vida. Se dice, más bien, por la responsabilidad personal de saberse miembro de una sociedad que dispone de medios limitados para asistir a tanto viejo como ha producido nuestra generación.

Con ese afán de no ser una carga, este jubilata se ha apuntado a un taller de memoria que imparte una voluntaria en el centro cultural de nuestro barrio. Formamos ese taller un pequeño grupo selecto, un club donde sólo cabemos aquellos que hemos pasado de los 70 años y estamos dispuestos a trabajar como si fuésemos parvulillos aplicados.

Se trata de estimular las capacidades mentales, las habilidades de memoria, estimular la coordinación de los dos hemisferios cerebrales mediante ejercicios, hacer ejercicios memorísticos y cosas así. Aunque no se trata, como en el cuento de Borges sobre uruguayo Irineo Funes, el Memorioso, de perder la facultad de olvidar. Ni se trata de ejercitar la hipermnesia, esa habilidad para recordar todo, en detalle y para siempre. Nosotros somos mayorones que no aspiramos a salir en un cuento de Borges, sino a no olvidad las llaves cuando salimos de casa, por un decir, o recordar el día en que vivimos.

Dicho esto, nuestra monitora, aparte los ejercicios que vengan al caso para mantenernos intelectualmente activos, cada semana nos echa tareas para casa. Estas tareas suelen ser redacciones en las que un día hemos de escribir un diario de un personaje que se ha ido de su pueblo a vivir a París, o siendo astronauta en un planeta perdido, o conviviendo con un psicópata, o redactando la biografía de una señora absolutamente desconocida, y otras genialidades que se le puedan ocurrir para obligarnos a trabajar la imaginación: Contar un secreto inexistente, describir un invento desconocido, entrar de aprendiz en una mercería…, de forma que cada semana nos obliga a salir de nuestro ser para ponernos en situación de describir las vivencias más alejadas de nuestro apacible transcurrir de jubilatas ociosos.

Para esta semana no se le ocurrió ni más ni menos que obligarnos a escribir el discurso de recogida del Oscar al mejor vestuario. Un servidor, que del glamour y las pompas hollywoodescas no tiene pajolera idea, se ha decantado por un tono paródico que, según me parece, ha salvado la situación y me ha resuelto el trabajo escolar del próximo lunes.

Si el improbable lector no se lo toma a mal, ahí va la historieta, que espero sea de su agrado o, al menos, le dedique cinco minutos de su tiempo sobrante. Si se disgustase por el tiempo perdido en esta lectura, prometo devolverle sus cinco minutos en bonos canjeables.

Dice así:

Discurso de recogida del Oscar al mejor vestuario.

Extracto del discurso pronunciado por J. V. Wallace al recibir el Oscar del año 20..? al mejor vestuario en la película Cuando las ranas críen pelo:

… porque ha sido una sorpresa este premio que, no por no esperado, aunque sí merecido, por fin, rompe las barreras mentales de las que la Academia venía haciendo gala desde los tiempos en que el macartismo perseguía a los trabajadores de la industria cinematográfica sospechosos del más leve izquierdismo, condenando a diseñadores, guionistas, decoradores y artistas al ostracismo y al paro… (murmullos de desaprobación y gestos de incomodidad de los asistentes a la entrega de premios).

… y mal que les pese a las grandes corporaciones del negocio del espectáculo, los trabajadores del diseño y vestuario no somos esos seres afeminados en cuyos cerebros vacuos sólo hay espacio para lo que desdeñosamente llaman “trapitos”, sino que somos auténticos artistas, capaces de disfrazar el cuerpo de una diva en declive (pero aún cotizable en pantalla), en una belleza juvenil. Tal como es el caso de la cotizadísima W. W… (aquí J.V. Wallace lanza el nombre propio de una estrella a la que los modistos disimulan las varices prematuras con un vestuario de fantasía. -  La cotizadísima W.W. se levanta furiosa de su butaca en primera fila escupiendo improperios contra el reciente oscarizado, rabiosa como una tarasca. Intenta subir al escenario para sacarle los ojos con sus uñas esculpidas. Los guardias de seguridad se lo impiden, y la W.W. le hace a J.V. Wallace un corte de mangas y le grita ¡¡¡Maricón!!! Luego hace mutis por el foro echando sapos y culebras por la boca).

… Bien es verdad (prosigue, impasible, J.V.W) que el equipo técnico de Cuando las ranas críen pelo es un grupo de profesionales eficaces y bien cualificados, y entre ellos y nosotros los diseñadores, hemos logrado poner en valor un film difícilmente salvable a causa de un guion deplorable, fruto de un equipo guionista más interesado en engrosar su minuta mediante aplazamientos innecesarios mientras lo rehacían una y otra vez… (Al guionista-jefe le da un yuyu y cae redondo cuando iba a abalanzarse sobre J.V Wallace, dispuesto a arrancarle la lengua. El servicio sanitario se hace cargo, con discreción, del difunto)

… sin contar el deplorable equipo de dirección que – todo el personal de producción lo comentaba soto voce ha sido incapaz de poner en valor el texto mil veces rehecho… (Aquí, el director de la película ha saltado al escenario con una pistola de atrezo, dispuesto a coser a tiros al oscarizado J. V. Wallace, mientras el público jaleaba: “Dale caña, Romerales”. En inglés americano, of course.)

… Por no extenderme más, terminaré este breve discurso con mi agradecimiento a los miembros de la Academia que, por una vez, saben lo que se hacen al concederme esta estatuilla, y parafraseando al inefable Moschino con su célebre: “Si no puedes ser elegante, sé extravagante”.

(Los selectos invitados a la ceremonia patean el suelo indignados, amenazan con el puño al modisto deslenguado, gritan al unísono “Son of a bitch” (no se traduce por no herir sensibilidades), aunque entre el público hay división de opiniones: unos se ciscan en su padre y otros en su madre. – Pero todos están de acuerdo en que el flamante oscarizado J.V.W va a ser el diseñador de moda más cotizado entre las estrellas del universo Hollywood y más allá).