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lunes, 20 de noviembre de 2017

La inteligencia y otros asuntos de poco interés.-

Sepa el lector, aunque improbable no por eso menos estimado, que un anaquel (lo de anaquel se dice aquí por no perder el uso) lleno de libros dentro de una habitación, una ventana a la calle y un concierto para piano de Schumann pueden ser lo más próximo al paraíso que se puede permitir un simple mortal. La habitación vale tanto como el claustro materno para un nonato: te acoge y protege; la ventana, la necesaria comunicación con el mundo exterior: te aísla a la vez que te comunica con él. Y la música, en este caso un concierto de Clara Schumann, es el líquido amniótico en el que flota la imaginación del voluntario enclaustrado. Con tan poco, un mundo a la medida.

¡Vaya! Esta vez el jubilata se ha puesto intimista - pensará el improbable lector -. Intimista y exquisito, para llamar la atención. Pero, no. Es que está un tantico harto del mundo exterior y, de vez en cuando, decide replegarse para sus adentros, a ver si se olvida por un rato de esas afueras tan ingratas que le toca vivir. No es que lo consiga del todo, pero al menos el intento da pábulo (pábulo, otro término que muere de inanición) a la redacción de esta entrada a la bitácora.

Pues viene al caso el título por una entrevista que hicieron a una filósofa, doña Catherine Malabou (que no tengo el gusto de conocer, no se vaya Vd. a creer) en L´Express. – Y aquí se impone un inciso para que el lector no se haga una idea equivocada: el autor de la bitácora no pretende aparentar que sabe, sólo habla de leídas, con el agravante de que, siendo su memoria inmediata débil, lee y olvida. Por eso, para no olvidar – el olvido es la aniquilación –, escribe y pretende que los demás lo lean, como si buscase refugio en intelectos ajenos.

Pretende ser, a lo mejor influido por las pelis de ciencia-ficción, como un alien alimentándose de la masa encefálica de los lectores. Pero en buen plan. O sea: se lanza una idea; ésta, al ser leída, se aloja en el sistema neuronal del lector y allí vive tan ricamente, sin molestar. Y al jubilata, que se reconoce flaco de memoria, olvidadizo – y, por lo tanto, aniquilable – le ilusiona saberse huésped de mentes más despiertas.

Volviendo al asunto, habla doña Catherine de la gran plasticidad del cerebro, incluso a edades avanzadas. Nuestras conexiones neuronales son capaces de cambiar de forma, de tamaño y de volumen bajo el efecto de la experiencia y la educación. Y, aunque los circuitos neuronales estén ya formados, pueden remodelarse y crear otros nuevos. Lo cual quiere decir que, incluso a estas edades que nos vemos obligados a tener algunos, somos capaces de comprensión, aprendizaje y adaptación. Porque resulta que la inteligencia humana es un intercambio continuo entre el exterior y nuestro cerebro, que se adapta, asimila e integra los resultados de su adaptación. La inteligencia tiene mucho que ver con la educación, la realización personal y el afecto; aunque aquí no se habla de inteligencia emocional.

La inteligencia se define en términos de equilibrio: todos envejecemos físicamente, pero mucho más despacio en el plano mental. La edad nos va desmanguillando – Mme. Malabou no usa esta expresión popular; yo, sí – este cuerpo que se ha de comer la tierra, o quemar la incineradora, pero nuestra mente se mantiene activa. Se produce un desfase entre nuestro deterioro físico y nuestra actividad mental, dando como resultado un desdoblamiento asimétrico. Y, precisamente, la inteligencia consiste en equilibrar estos dos aspectos: en acomodar nuestro envejecimiento corporal a la juventud de nuestro espíritu. 

Cosa, por otro lado (lo del desfase entre cuerpo y mente) que un servidor ya se lo había oído decir a un traumatólogo cuando me mandaron hacer un estudio de la pisada, porque la artrosis de mi cadera me hacía renquear. Decía el galeno del problema que se estaban encontrando los de su profesión ante el desfase entre el deterioro físico y la agilidad mental de cada vez más especímenes humanos de nuestra edad. Lo que podría solucionarse – esto ya es de mi cosecha – integrando nuestra capacidad cognoscitiva en un sistema de inteligencia artificial que nos librase de las taras físicas a la vez que mantenía la actividad cerebral. Cosa de ciencia-ficción que ya se contempla en algunas teorías sobre IA (inteligencia artificial) leídas en algún papel serio.

El caso es que también le preguntaban a Mme. Malabou sobre avances cibernéticos y la superación de los humanos por parte de los cada vez más perfectos cerebros electrónicos. Sostiene que, aunque las máquinas nos han sobrepasado cuantitativamente (son capaces de cálculo a una velocidad que no está a nuestro alcance), aún no lo han hecho cualitativamente: todavía no son capaces de crear como lo haría un artista o un pensador. Porque se trataría de crear, no de imitar.

La inteligencia artificial, dice, llegaría a equipararse a la humana el día que fuese capaz de equivocarse y reparar sus errores. Cosa que, hasta ahora, un servidor nunca a nadie se lo había oído decir: humanizar las máquinas a través de la capacidad de error y rectificación. Mira por donde, una de nuestras flaquezas, el cometer errores, es algo que no está al alcance del chisme cibernético más perfecto que pueda darse y, por extraño que parezca, nos hace superior a él. Nuestra debilidad nos hace superiores a los dioses del monoteismo – el error es una cualidad que no se da en su naturaleza – y la inteligencia artificial más puntera.

Pues, sí, lector paciente. En tales andurriales andaban las elucubraciones del jubilata estos días en que, según informes económicos publicados por algún medio, cada español debe 24.455 €, si repartimos la deuda pública entre los ciudadanos de esto que se sigue llamando España. No extraña que algunos quieran levantar fronteras en el Ebro para que los impagos queden de este lado. 

Por lo que a un servidor y demás pensionistas respecta, con nuestros ingresos no llegaríamos a cubrir la apuesta ni aun acudiendo a un comedor social de aquí al final de nuestros días. No hace falta ser muy inteligente para adivinarlo. 

sábado, 10 de junio de 2017

Manspreading o despatarramiento machirulo.-

Una de las mejores cosas que tiene eso de acumular a granel tantos años de vida es que, quienes ejercemos de septuagenario con neuronas en estado operativo, acostumbramos a pasar buenos ratos observando, con cierto despego, la evolución de las modas sociales. Modas que, en el mismo momento de su presentación en sociedad y puesta de largo, han de ser asumidas por quienes se tengan por progresistas y ametrallar con ellas las redes sociales con la fe de un yihadista en los goces del paraíso.  Y lo que es a un servidor, maguer su edad provecta, no hay individuo de su quinta que le gane a progre, ni moda social a la que no busque su intríngulis.

Aparte que esas modas sociales suelen venir acompañadas de novedosas terminologías – si provenientes de la angliparla, mejor que mejor – que enriquecen un montón el acervo lingüístico y cultural del usuario. Y últimamente este jubilata, que dedica grandes esfuerzos a la puesta a punto de su estar en el mundo, ha atesorado varios términos a los que piensa dedicar sus mejores años.  De momento, está dudoso en su preferencia entre el manspreading de jerga brexiteliana y la charge mentale francogálica, aunque también le tiene querencia al machirulo, ese hallazgo tan despectivo que ha inventado el feminismo patrio, o al no menos despectivo carnaca del veganismo ultra ortodoxo.

Como en casa no estamos muy allá en eso del spanglish, he corrido a consultar el Oxford Pocket y éste me asegura que spread es tanto como “extender”, “desplegar algo”, con lo que el manspreadyng viene a ser algo así como “hombre desparramado”. 

Lo que no entiendo bien es a qué viene llamarlo en inglés cuando es costumbre muy carpetovetónica eso del despatarre viril. Ya desde niño recuerdo yo ese gesto tan macho de abrirse de piernas como para dejar la virilidad libre de toda opresión pernil; algo muy de hombre de bragueta prieta y testosterona hasta en la sobaquera, que siempre hemos vivido con normalidad hasta que empezamos a ponernos estrechos de pura postmodernidad. Algo tan racial – y tan nuestro - como cuando veíamos a Javier Barden rascarse con chulería el escroto en Jamón, jamón.

Pero, quizás, lo que ha pasado inadvertido a la respetable progresía urbanita, siempre tan querenciosa de su angliparlancia, es que nuestros vecinos franceses están empezando a hablar de la charge mentale (la carga mental) que soportan las mujeres que viven en pareja con hombres. La acotación de “con hombres” no es baladí, pues el emparejamiento actual es variopinto y no necesariamente heterosexual.

Y para entenderlo, convendría hacer un poco de historia: Es cosa sabida que los hombres de la generación anterior a la nuestra, lo que hacían era estorbar en casa. Por eso, cuando no estaban currando estaban en el bar. Luego llegamos nosotros, que en nuestra juventud empezamos a echar una mano, tal como “Fulano, baja y tráeme el pan”. A partir de esos rudimentos participativos, empezamos a cooperar y luego a asumir tareas equitativamente - con todas las excepciones a que la experiencia dé lugar -. Pero, cuando creíamos que habíamos llegado al cogollo de la corresponsabilidad doméstica, resulta que no, que quien realmente lleva la responsabilidad de la casa es la mujer. 

No es que no trabajemos y le pongamos empeño; es que, cuando hemos terminado la tarea, preguntamos: “Fulanita, cariño, y ahora qué hago…” Ahí, ahí está la carga mental, ese estrujarse de neuronas a que se ve sometida la mujer, a quien se supone (suponemos los hombres) le corresponde la responsabilidad de la organización familiar. Una cosa es compartir tareas y una muy otra, responsabilizarse de las decisiones dentro de la sociedad doméstica.

Se preguntan las feministas francesas: ¿Y por qué la responsabilidad de la organización de tareas ha de recaer exclusivamente sobre la mujer? Fallait demander, dicen ellas que dicen los maridos franceses cuando ven que la mujer no llega a todas las tareas y se siente desbordada: Pues haberlo dicho, mujer, se podría traducir. El hombre está dispuesto a la tarea, “a ayudar”, pero parte del supuesto de que las decisiones, la organización en el hogar las toma la santa. Si hay que bañar a los niños, si hay que hacer la cena, tú me lo dices, chati, y yo hago lo que tú quieras. Y por ahí van los tiros: no es lo mismo la carga mental que el reparto de tareas; no es lo mismo planificar, organizar, que ejecutar tareas. No es lo mismo la responsabilidad de dirigir una casa que trabajar de currito benevolente.

Ya ves improbable lector/lectora (ya que estamos en ello, distingamos géneros, que luego pasa lo que pasa), cuando los hombres creíamos haber hecho nuestro camino de Damasco igualitario, resulta que aún nos queda otra caía del caballo: compartir la carga mental de las decisiones domésticas. No es una queja, es una constatación. Pero, quizás, esto tarde aún en llegar a nuestra progresía, porque como no viene expresado en inglés…

Dicho lo anterior, sobre el particular se puede leer en un artículo de L´Express, número 3438: Penser à tout? Elles en ont ras le bol: hasta los ovarios de pensar en todo, por decirlo así. Y hay una bloguera, Emma, que habla de ello en https//emmaclit.com. Y un comic, “Fallait demander”, sobre este asunto en Facebook, con 162.000 seguidores. Todo ello según el dicho L´Express. 

Ya ves, y aquí nos preocupamos por el despatarre del macho ibérico en los transportes públicos… y creemos que hemos llegado al colmo de la progresía al fustigar tamaña vulgaridad, pero no alcanzamos la sutileza de nuestros vecinos franceses ni de coña.

El caso es que – hablando de nuevas expresiones, como decíamos al comienzo –, cuando recorro las calles de Lavapiés, camino de la UNED Senior, acostumbro a leer letreros, pintadas y cosas así. Y hace semanas que me encontré con un: Ningún machirulo con dientes, o el muy desagradable: Tu mirada me viola, y otros de parecido tenor, que he olvidado, aunque apunté en mi diario. No sé si estos mensajes del feminismo extremo van dirigidos a todos los hombres, incluidos los setentones, por estar estigmatizados con el doble cromosoma XY, o sólo a los que ejercen el machismo en dedicación exclusiva.

También me encontré con un: Fuera carnacas de nuestro barrio, que me tuvo intrigado varios días. Hasta que hice averiguaciones y descubrí que carnaca es término despectivo, empleado por el veganismo, referido a los devoradores de carne. Con lo cual, se nos invitaba de malos modos a largarnos del barrio a todos los omnívoros.

Este jubilata, en su acreditada credulidad, creía que Lavapiés era un barrio abierto, un microcosmos multirracial, ruidoso, multicultural y plurilingüe, pero resulta que no; que es territorio comanche donde puedes tener un mal encuentro con un comando del Frente Popular de Judea o con una cáfila de talibanes del Frente Judaico Popular, o con un fanatismo de diseño que nos expulsa del barrio por comer filetes.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Cuando todo es normal.-

Estas semanas atrás pensábamos que el mundo sería inhabitable y se nos abrirían las carnes si salía elegido Donald Trump. Pues ya está hecho, las clases medias americanas se han cabreado y nos han parido este híbrido capitalista/antisistema, ¿y ahora, qué? ¿Nos echamos a temblar o nos quedamos a ver el espectáculo que promete? Un servidor se ha palpado sus viejas carnes bajo la ropa por ver si las tenía muy laceradas tras el nombramiento del susodicho, y descubre con incredulidad que ni un rasguño, ni una magulladura, aparte las naturales flaccideces propias de la edad.

Por reducir la cuestión a magnitudes domésticas, nada como buscar un parangón del Trump ese con un personaje similar, pero de cosecha propia, que lo sitúe dentro de límites mentales abarcables por un beneficiario de clases pasivas. Y casi sin pensárselo, surge el paralelismo entre Jesús Gil y Donald Trump: ambos enriquecidos con la especulación mobiliaria, ambos deslenguados y ostentóteos, ambos populacheros y vulgares, ambos elegidos por el pueblo soberano (sí, sí, por ese pueblo dotado de raciocinio) para cargo público: el uno alcalde de Marbella, el otro presidente de los EEUUAA. Cada cual en su esfera, pero de similares hechuras. Lástima que por este camino de las vidas paralelas no pueda uno seguir porque ya lo han explotando los de la prensa.

Lo que sí admira a este jubilata es que los bienpensantes del sistema se echen las manos a la cabeza y canten jeremiadas, amenazándonos con los terrores del milenio porque un ricachón yanqui que va de tremebundo vocifere enormidades.  A este jubilata, sentado en su rincón de observar el mundo, le parece, para empezar a poner las cosas en su sitio, que lo de Trump – una vez silenciada la trompetería - no será tan diferente para la supervivencia del sistema tal como lo conocemos, porque no es cuestión de calidad sino de cantidad; él no será peor que lo que nos toca vivir, sino más bruto.

Antes hubo otros como él. Así, como ejemplo fácil, el susodicho Jesús Gil en estos pagos y Berlusconi en Italia. Ambos habrían pasado por personajes antisistema si la palabra hubiese estado de moda en aquellos entonces. Pero todos sabemos que aquel campechanote Y tal y tal, no era más que el subproducto de una España del ladrillo y el pelotazo, como el sátiro Berlusconi lo fue de la corrupción política y financiera italiana y de la podredumbre y agotamiento de la democracia cristiana. Ambos, en la medida de sus posibilidades, hicieron de su vida un espectáculo gratuito y dieron mucho juego a la prensa, tan necesitada de aumentar su audiencia, creando un caldo de cultivo donde germinaran, como infusorios, legiones de  papanatas que aplaudieran las ocurrencias de uno y otro. Solo se asustaban los timoratos, se escandalizaban los bobos, mientras que la gente del común admiraba los huevos que le echaban a la vida aquellos fantoches. Trump, por el estilo, dice a las gentes desencantadas lo que quieren oír y exhibe riquezas horteras, fama televisera y una colección de tías buenas: el ideal al que aspira cualquier parado en la cuneta laboral.

Entre calificarlo como “antisistema”, como dice por boca de ganso algún político español, o “subproducto del sistema”, creo que lo segundo le conviene más. Dicen los que saben de estas cosas que estamos asistiendo a algunos síntomas de agotamiento del sistema: el Brexit, los nacionalismos tipo Le Pen o los neofascismos de algunos países europeos, sin contar la desesperanza de las clases medias (que se enrabietan y votan lo que votan). Si partimos del supuesto que la hidra capitalista regenera y multiplica sus cabezas cada vez que le cortan una, el míster Donald es un producto típico del Todo a 100 del capitalismo populista. Alguien que por poco precio desvía la indignación contra el sistema y encauza las frustraciones de las masas hacia objetivos que no son la causa de sus males sino su consecuencia. Lo del muro contra México es de manual.

No puede este jubilata ponerse docto en material tan compleja, pero le resulta claro que Trump está ahí, dispuesto a alborotar un rato el cotarro internacional y desviar atenciones, mientras esa máquina de acumular riquezas que llamamos el sistema, inventa un bálsamo de Fierabrás que sirva para bizmar las magulladuras de una sociedad que ya no cree en instituciones, idearios políticos ni nobles ideales, porque todo ha sido arrasado por la apisonadora neoliberal y convertido en bonos convertibles o fluctuaciones de Bolsa.

Quien esto escribe, pasado el primer susto, mantiene su habitual pesimismo de plantilla. Las masas medias americanas vociferarán contra inmigrantes o musulmanes bajo la mirada complacida del nuevo presidente, pero sus empresas seguirán deslocalizándose para terminar en Monterrey o cualquier otro estado mexicano, a pesar del muro que el antisistema Trump dice querer levantar. El TTIP seguirá su camino porque a los que han puesto los dineros para la campaña antisistema de Trump así les interesa. En el futuro gobierno de Trump entrarán como en tromba destacados antisistema ultraconservadores, banqueros, empresarios y negacionistas del cambio climático. El sistema, por no darle más vueltas, se disfraza un ratito de antisistema para seguir su imparable camino hacia un mundo globalizado en forma de paraíso fiscal exclusivo.


Pasados estos alborotos, las cosas volverán a su cauce, aunque con otra vuelta de tuerca que nos acogote un poco más. Todo seguirá su plácido discurrir hacia el control de las masas/ganglio amorfo. Y no lo digo por ser adivino, sino porque esa misma mañana del triunfo de Trump, mientras digería lo de las angustias antisistema, una empresa de las de venta por teléfono ha llamado a casa para ofrecernos calcetines relajantes. No los hemos comprado, pero saber que los mercados siguen a lo suyo nos ha dado mucha tranquilidad.

domingo, 14 de febrero de 2016

Quién paga los platos rotos.-

En estos pasados días carnavaleros de titirimundis callejeros acogotados por la pesada maquinaria oficial anti Gora-Alka-Edarra, que hila poco fino en cuanto alguien se sale del camino trillado, preocuparse por la salud económica del Deutsche Bank parece cosa de frívolos ociosos. Más todavía cuando quien lo hace no tiene idea de provecho sobre ese mundo de las altas finanzas; ni ideas, ni conocimientos, aunque sí una cierta preocupación que le reconcome porque, si el Deutsche peta, nos encontraremos ante un déjà vu que nos va a salir por un ojo de la cara, como el que aún estamos pagando. Y además, no habrá cuerpo social que aguante otro envite parecido.

La cosa fue que, huroneando por Internet a la busca de información paralela, o divergente, de la que se cocina en los pesebres mediáticos, mediatizados por los capitales de la industria de la información, o por el fondo de reptiles de las zahúrdas ministeriales, este jubilata fue a dar con una noticia económica sobre los malos resultados del Deutsche Bank, ese acorazado desde el que la Alemania industriosa enseñorea Europa. Dice la noticia que el 2015 fue el año con las mayores pérdidas de su historia, con un agujero en su casco de 6.700 millones de euros.

Uno, en su ignorancia de estas materias, no tiene muy claro qué significa eso de que “los CDS (acrónimo de credit default swaps) del gigante bancario alemán se han disparado hoy 32 puntos hasta los 222 puntos básicos”, y que la prima de riesgo del Deutsche se ha cuadruplicado. Pero ignorar las claves de esa parlería economicista no impide que, a quien lo lea, se le pongan los pelos como escarpias si se para a pensar que ya en el 2008 nos hablaron de credits defaults, subprimes, bonos basura, y de unos tales Lheman Brothers y Goldman Sachs (que debían ser una especie de Deutsche Bank, pero en versión yanqui). Un pepinazo en su línea de flotación hizo que todo el mundo capitalista se pringara de la mierda acumulada en su sentina, y todavía hiede ocho años después.

Imagino la cara de susto que se le pondrá al improbable lector cuando se entere que los swaps sobre la deuda subordinada de un banco tan serio como el Deutsche, orgullo de la economía alemana, ascendieron 56 puntos hasta los 441. Por su culpa, los títulos de la deuda de más riesgo del banco alemán bajaron hasta un mínimo de 70 céntimos, el Dax germano bajó un 3,3% al cierre de la bolsa y aquí, el Ibex 35, un 4,44%, lo que nos tiene la economía en un sinvivir. 

Además, ya sabemos que cuando el Ibex 35 se constipa, los políticos serviles de Hispanistán le ponen parches Sor Virginia que pagamos los hispanistanes a escote. Así que, cumpliéndose la teoría del aleteo de la mariposa que levanta huracanes, como llegue a petar el gigante alemán, aquí nos va a sacudir tal maremoto el chiringuito playero que no va a quedar títere con cabeza.

Por eso, de verdad, un servidor entiende a los políticos de la casta: Entre el sinvivir de los casos de corrupción, las Ritas a las que hay que blindar ante las pesquisas judiciales, los flacos resultados electorales que no dan para apalancar la sinecura del cargo - por un lado -, y el Presidente del Eurogrupo, el impronunciable Jeroen Dijsselbloem, exigiendo un nuevo recorte de 10.000 millones de euros a España - por el otro -, amén el pufo que puede suponernos el desparrame del Deutsche, echar mano de unos titiriteros callejeros (encima contratados por la roja de la Carmena) es un recurso inmejorable para que el respetable no se entere de la misa la media.

Pero ya sabemos que el capitalismo es como la hidra a la que Hércules iba cortando cabezas: por cada una cercenada, le salían dos. Y si no, no hay más que venir a mi barrio. En la sucursal del Deutsche Bank de la Avenida Donostiarra están haciendo obras de remodelación, y eso a pesar de todos los credits defaults swaps, del agujero de 6.700 millones de euros y de sus batacazos en Bolsa. Y si la cosa de la macroeconomía se hace de nuevo añicos, pues no pasa ná; aquí estamos para pagar los platos rotos y lo que ustedes gusten mandar. Siempre se podrá echar mano de algún antisistema con rastas o de algún titirivaina a los que colgar el sambenito goralkaetarra... y el retablillo de don Cristobal y sus héroes de cachiporra continuará como si nada.

Ante todo y sobre todo, en defensa de los valores de Occidente. Claro está.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Como vaca sin cencerro.-

Así anda este jubilata desde que anunciaron las elecciones generales para el 20 de este mes. Y no porque no tenga una idea aproximada de hacia dónde dirigir el voto, sino por un problema de solidaridad gremial -  o generacional, si se prefiere -, con la gente nacida en tiempos de los coches con motor de arranque a manivela.

El caso es que salía, la mañana que eso escribo, de comprar del mercado de Las Ventas cuando he visto un tenderete de los de Podemos y me he acercado a que me diesen propaganda, a ver qué promesas electorales nos ofrecían para estas fiestas navideñas. El programa no lo he leído, aunque lo tenían allí en un cuaderno de gusanillo, a disposición de los curiosos. Era un tocho considerable, difícilmente digerible a pie quedo, sin gafas y con el carrito de la compra aparcado en doble fila. Sí me han dado, en su lugar, unos papeles con resúmenes de sus propuestas, que luego he leído en casa.

Pero no se trata de lo que me ha parecido su lectura, que daría para otras solfas. Se trata de la actitud malcarada de un pensionista que me ha visto parado ante los secuaces del de la coleta y hablar con ellos amistosamente, y recoger todos los papeles que me iban dando, atendiendo a sus explicaciones con sonrisa educada, de persona bien criada; porque uno será setentón y eso, y se le escapan los gruñidos por las costuras de la edad, pero tal deterioro sicosomático no empece para saber pedir las cosas con buenas maneras, con independencia del credo político del interlocutor al que uno se dirija.

Pues eso que te estoy contando, paciente aunque improbable lector - cualesquiera que sean tus filias y tus fobias políticas, que yo ahí no entro -, que el colega jubilata de marras me ha mirado con odio, como a traidor a los intereses colectivos del honrado gremio pensionista; como si, por haber confraternizado unos minutos con los antisistema del círculo morado, acabase de cometer un acto execrable, indigno de un miembro del colectivo matusalén.

De rabia que me ha dado, a punto he estado de atropellarle con el carrito de la compra, cuando cruzábamos el semáforo, pero me he contenido por varias razones: primera, porque, a la hora del “pies para qué os quiero”, el carrito no tiene turbo y es muy lento en las arrancadas, aparte que derrapa con facilidad y podría habérseme volcado toda la fruta por la calzada; segunda, porque el provecto de mirada acerva estaba bastante escarranchado y, a lo peor, en la colisión, le rompía una cadera y, por culpa de mi repente irreflexivo, se iba a convertir en una carga para la seguridad social, tan menguada de recursos desde que con ellos pagamos la mangancia de los banqueros; tercera, porque un servidor no es hombre de odios y tiende a la empatía: el pobrete me dio pena con su enrabietada ignorancia.

Tras observar a aquel vejete lanzándome miradas rencorosas a través de sus cataratas, y pasado el primer momento de asombro por mi parte, el incidente me ha hecho reflexionar mientras regresaba del mercado a casa: Llevo leído estos días que los pensionistas votan mayoritariamente al PP; que el caladero donde pesca sus votos la gaviota genovesa está en los mayores de 54 años. A su vez, el gobierno nos dice que va a disponer, si no lo ha hecho ya,  de 7.750 millones de euros del Fondo de Reserva de la Seguridad Social (lo que conocemos como la hucha de las pensiones) para pagarnos a los pensionistas la mensualidad y extraordinaria de diciembre.

Un servidor, que es jubilata profeso y confeso, pero aún goza de una actividad neuronal estándar, mientras empujaba el carrito, he empezado a darle a la máquina de pensar. Millones arriba, millones abajo (doctos habrá que sabrán enmendarme), me salen estas cuentas: En cuatro años de legislatura, el gobierno marianista ha hecho trizas unos 50.000 millones de euros del fondo de pensiones y ya solo quedan 34.220 millones en reserva; una simple división nos dice que queda pasta para cinco extraordinarias (a saber, las del 2016, del 2017 y la extra de verano del 2018). ¿Y después? Dios se la depare buena, hermano.

Hay dos futuribles, pura política ficción que, mientras esperaba que se abriera un semáforo, me han venido a las mientes. Por un lado, que el marianismo resulte derrotado y una fuerza política de izquierdas forme gobierno. No les arriendo las ganancias cuando, a media legislatura, se queden sin alpiste para alimentar viejos, ni me gustaría oír el vociferio desde los bancos de la oposición dextrógira asegurando que el gobierno de los antisistema condena a la hambruna a los ancianos españoles. Si, por el contrario, el partido genovés renueva legislatura, y también se les termina el alpiste – que ese paso lleva la hucha, de tanto meterle mano –, su lógica política les llevará a afirmar, con los aspavientos de rigor, que Zapatero tiene la culpa. El gremio pensionista comulgará con ruedas de molino y maldecirá del de la ceja por la gusa que les está haciendo  pasar. Que no me toquen lo mío – argumentarán –, que los de izquierdas vienen a hacerse ricos y roban más deprisa que los de derechas, que ya lo son por familia.

Ya digo, lo anterior es política ficción y puede que no dé una en el clavo. Uno es jubilata caviloso, no augur, ni cocinador de encuestas.

No se extrañe el improbable lector cuando afirmo que ando como vaca sin cencerro. Por cuestiones de inexorable proceso biológico estoy en posesión de siete lustros vividos, lo que me sitúa en el corral de los viejos que viven de una pensión que sale del fondo de reserva de la Seguridad Social. Pero que la edad y las circunstancias sociales me sitúen en un colectivo carcunda y temeroso – salvo excepciones, que las hay –  del qué pasará si dejan de mandar los de siempre, no significa que haga las mismas rumias del resto del rebaño. 


Aunque uno se sienta como descencerrado y fuera de la onda generacional que le corresponde, al menos no anda como pollo sin cabeza y sabe en qué cesto no tiene que poner el huevo de su voto.
En estos tiempos confusos no es poca certeza.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Hábitos de indigencia.-

Tras los atentados de París, que tanto nos han sobrecogido, no está la Verónica para tafetanes. Pero, como la fuerza de una sociedad está en la normalidad con que sus individuos asumen la vida diaria, vivamos como tenemos por costumbre. Por eso, hoy tocaba colgar la entrada en la bitácora y aquí queda. Pese a todo fanatismo.


Cuando todos quieren tener lo mismo, en el mismo lugar y a la vez, el resultado es una cola de longitud directamente proporcional al afán de satisfacción de esa necesidad supuestamente acuciante, multiplicado por tantos individuos cuantos han decidido hacerse con el objeto de sus preferencias en el mismo día y lugar. Supongo que los sociólogos tienen un nombre para este fenómeno de consumo multitudinario a plazo fijo, compulsivo  y realizado a manera de manada disciplinada.

Este jubilata, que ya solo ejerce de ocioso paseante en la villa y corte y no tiene más ciencia que la curiosidad, aunque sí tiempo sobrado para elucubrar, ha estado macerando en sus meninges el asunto de las colas de consumo. Buscando una definición que le acomode, ha dado en llamarlo “hábitos de indigencia”, por darle un nombre que exprese la sensación de carencia de un objeto de consumo, apetecido por una muchedumbre en un momento dado, y no logrado más que tras largas horas de espera; o sea, como quien hacía la cola del pan en las épocas de hambruna de aquellos tiempos de maricastaña.

Aunque la comparación sea un poco traída por los pelos, este hábito de indigencia viene a ser - solo en apariencia - como volver a los gloriosos años del racionamiento, cuando la España franquista de los cuarenta caminaba con paso marcial por el Imperio hacia Dios entre páramos de carpanta crónica y adhesión inquebrantable a la cosa esa del Régimen. Solo que entonces (no habría que decirlo), era por necesidad y ahora (tampoco hay que insistir) por capricho.

Dirá el improbable lector que mis neuronas septuagenarias patinan, pero es que, como todo asunto, la cosa requiere su explicación y ¡Hombre!, todavía no he tenido tiempo de darla. No se dice aquí que la sociedad de consumo no ofrezca recursos hasta la saciedad y que cada cual no pueda gastar su pasta y su tiempo en lo que le pete; lo que aquí se dice es que, cuando la masa consumidora quiere mercarse los mismos bienes, en el mismo lugar y a la vez, el comportamiento es similar al de nuestros abuelos: te pones a la cola del racionamiento y aguantas resignado las horas que haga falta. Vamos, te comportas como un indigente rico en necesidades y pobre en satisfacciones.

La cosa viene al caso porque iba un servidor, la otra mañana, a hacer un mandado al centro de la ciudad cuando, en la Gran Vía, a la altura de la calle Mesonero Romanos, me tropecé con una cola de gente que recorría toda aquella calle, y doblaba por la del Carmen. ¿Cientos de personas esperando comprar un objeto de primera necesidad que falte habitualmente en las tiendas? No. Esperaban para comprar el décimo de lotería de navidad en Doña Manolita.

Una asociación de ideas un tanto heterodoxa – los jubilatas no medimos bien las distancias – me hizo ver que la fe en la diosa Fortuna mueve multitudes confiadas en sus milagros de la misma forma que los devotos hacen cola ante el cristo de Medinaceli: unos y otros esperan remedios milagrosos que encaminen sus vidas. Solo que la Fortuna reparte la pedrea y hasta les tapa los agujeros de la economía doméstica a unos pocos, mientras que la imagen del Cristo proporciona tanto consuelo y resignación cuanto sus adeptos estén previamente dispuestos a encontrar. 

Cada dios reparte los dones a su manera y sus fieles no quedan defraudados. El uno es rico en promesas a cumplir en el otro mundo; la otra, reparte puñados de euros a ciegas, y a quien no, le concede consuelo con el consabido “Lo importante es tener salud”. Los fieles tampoco piden mucho más: un rato de ilusión; lo cual está al alcance de cualquier deidad a poco que se esfuerce.

Lo de practicar el hábito de indigencia tampoco es tan raro en nuestra sociedad de la superabundancia; es más bien un deporte de masas que proporciona mucho entretenimiento a sus practicantes. No hay más que recordar lo de la inauguración, hace pocos días, de esos nuevos almacenes de nombre Primak, también en la Gran Vía, a cuyas puertas se congregaron centenares y centenares de personas con el afán, según he leído, de comprar bragas y calcetines a euro la pieza. Lo que no sé bien es qué dios propiciaba la lluvia de dones que sus feligreses se llevaron en forma de bragas, calcetines y otros textiles de trapillo.

Un clásico nos diría que se trataba de la diosa Abundancia, derramando generosa sobre los fieles consumidores el contenido de su cornucopia, atiborrada de las susodichas bragas y calcetines, o, en su defecto, décimos con reintegro de Doña Manolita. Pero todos sabemos, porque así lo ha dicho Todorov, que Dios ha muerto y las utopías se han ido al carajo, con lo que ni las viejas deidades ni los viejos ideales no parece que estén en condiciones de atender a tanto indigente necesitado de a euro el par de calcetines o de premios de lotería.

Rebus sic stantibus, lo único que se le ocurre a este observador de lo evidente es que, finiquitados dioses y utopías, los destinos de esta sociedad están en manos de una nueva serpiente del Paraíso, a quien hemos dado en llamar Obsolescencia. Ella ofrece la manzana apetecible que convierte a los ciudadanos responsables en consumidores compulsivos, a los artefactos tecnológicos – por muy sofisticados que ellos sean –  en chatarra a plazo fijo, al mundo en un gran vertedero, y a la sociedad en general en indigente de satisfacciones con fecha de caducidad.

De ahí que se formen esas enormes colas para comprar décimos de lotería, teléfonos de ultimísima generación, entrada a conciertos de Justin Bieber, bragas y calcetines, rebajas del Corte Inglés y otros miles de artilugios y caprichos imprescindibles, tan apetecidos como fungibles. 

Un día de estos voy a ponerme en la cola de algo, cuya posesión  inmediata sea tan indispensable para no sentirse un paria, que reúna centenas y centenas y más centenas de pacientes consumidores. Pertenecer al rebaño reconforta mucho, oiga. 

domingo, 7 de diciembre de 2014

Chica fácil.-

La verdad es que no sabría decir si el barrio en que vivo es de bragueta fácil o más proclive que otros al regodeo venal con las pupilas de Putifar. Lo que sí puedo asegurar es que, aparte las basuras que el anémico servicio municipal de limpieza nos deja por las calles, abundan como hongos unas octavillas donde se anuncia sexo mercenario a tanto la hora.

Uno, a estas alturas de la jubilación, no es que se sorprenda demasiado por la abundancia de oferta en eso de los regodeos de la entrepierna, pero no deja de llamarle la atención hasta qué punto la publicidad callejera está democratizando el mercado de la carne pecadora. Basta salir con la bolsa de la compra, camino del mercado de Ventas, y fijarse en los parabrisas de los coches. Allí, sujetos con las escobillas, pueden verse unos papelitos fotocopiados en formato 10,5x7,5 cm donde suele aparecer una fotografía en blanco y negro algo así como con redondeces abultadas. Si uno mira con atención, verá que esas redondeces suelen representar tetas (generalmente gordas) y culos anónimos (también protuberantes), acompañados de textos promisorios de goces con hembras placenteras, números de teléfono y listas de precios.

Igual, igual que las ofertas de supermercado que te echan  en el buzón, pero sin colorines. Ahora que nos han inaugurado un Ahorra Más cerca de casa, en las hojas volanderas de publicidad lo mismo puedes encontrarte ofertas de carne de pollo a tanto el kilo que refocile con masaje incluido a partir de la media hora de servicios putañiles contratados; todo depende del folleto que cojas. Es lo que tiene el libre mercado, que lo mismo te ofertan lubina salvaje a 9 € kilo que chicas de trato complaciente a 20 € los 20 minutos. Todo es negocio y todo es bueno para incrementar el PIB, a ver si de una vez este país sale de la puñetera crisis; sobre todo desde que la prostitución cuenta a efecto de las cuentas macroeconómicas del Estado.

Y hablando de prostitución, no solo como aliviadero venéreo, sino sobre todo como fuente de riqueza y estabilidad económica, y teniendo en cuenta que escribo esto el 6 de diciembre, día de la Constitución, por extraña asociación de ideas se me solapan una y otra. ¿Qué pueden tener en común  ambas, prostitución y constitución, aparte de la rima? ¡Ah!, ya caigo: el reformado artículo 135, que viene a ser como las tarifas que las devotas de Venus aplican a sus clientes para que sus dineros queden bien gastados. También nuestros políticos, rufianes de la cosa pública, prostituyeron el 26 de septiembre de 2011, - por razones bien fundadas, nos dijeron -, a esa moza nacida el 6 de diciembre de 1978. La criatura estaba a punto de cumplir los 33 años y aún tenía las carnes prietas y, si le pedían ese sacrificio los padres de la patria, ella se abriría de piernas para el mercado internacional, ese ricachón que nos presta tanta pasta.

Y vaya si lo hizo, y hasta parece que le ha cogido gusto. Anda el paisanaje como puta por rastrojo, pero la prima de riesgo no se alborota y eso es lo que importa: que el mercado internacional, ese  señor rijoso que tiene la pasta en una mano mientras que con la otra tienta el género, se relaje después de cada revolcón con la buscona necesitada de créditos para subsistir.

Los políticos que empujaron al busconeo a la discreta Constitución (no tenía grandes prendas, pero era decente) para convertirla en una pute respectueusse, debieron pensar que también en la Biblia hay casos parecidos, como el de Tamar y Judá o Judith y Holofernes, donde se muestra que si el fin es provechoso, no hay que ponerse estrecho con los medios empleados. 

Tamar se prostituyó con su suegro Judá y le pidió prendas para no terminar lapidada por mala praxis; Judith se prostituyó con el general enemigo Holofernes y le rebanó el cuello. Ambas son heroínas bíblicas, ejemplos de ingenio y abnegación femenina; así, nuestra sufrida constitución, que llevaba una vida anodina, una vez que le han desvirgado el artículo 135, puede presumir que perdió la virginidad por una buena causa, ya que libró al pueblo español de ser rescatado por las garras de oso de la madama Merkel.  

Este jubilata, que votó con reticencias la Constitución, pero la votó (era eso o el tardofranquismo hasta la consumación de los siglos), todavía no lo tiene claro. No sabe si está ante la criadita de pueblo a la que se benefició el señorito pinturero, o ante la Gran Ramera de Babilonia de quien habla el Apocalipsis, o ante una madre de familia que tuvo un desliz y no hay por qué reprochárselo eternamente. 

Lo que sí queda claro es que los proxenetas que la pusieron en tan malos pasos no merecen nuestros votos. Nunca más. 

martes, 7 de octubre de 2014

Cobayas.-


“Gracias por haber participado en esta investigación clínica. Quizás usted no recuerde haber dado su consentimiento, pero fue enrolado en diciembre de 2007, al comienzo de la gran depresión. Su tratamiento no ha sido administrado por médicos o enfermeras, sino por políticos, economistas y ministros de finanzas. En el marco de este estudio le han hecho seguir, lo mismo que a millones de personas, uno de los dos protocolos experimentales siguientes: austeridad o reactivación. La austeridad es un medicamento destinado a reducir los síntomas de la deuda y del déficit para tratar la recesión. Consiste en disminuir los gastos gubernamentales en materia de cobertura médica, de asistencia a los parados y de ayuda a la vivienda.”

“Si ha recibido una dosis experimental de austeridad, habrá notado, seguramente, profundos cambios en el mundo que le rodea. Si, en cambio, forma parte del grupo de la reactivación, su vida, posiblemente, no ha sido alterada por el paro y la recesión. Incluso es posible que se encuentre con mejor salud que antes de la crisis…”

Así comienza el artículo Cuando la austeridad mata (Las consecuencias sanitarias de las políticas económicas), publicado por Le Monde diplomatique este mes de octubre. Es lo que tiene dejar de rascarse el ombligo con las noticias domésticas tan llenas de fervores nacional-periféricos que hacen olvidar la realidad de los males sociales, que uno acaba enterándose de haber sido sometido a un experimento quirúrgico-económico. Bueno, un servidor y también el improbable lector: todos convertidos en conejos de indias a los que nos han extirpado derechos sociales: hoy te privatizo hospitales, mañana te recorto ayudas a la dependencia, anteayer te podé los derechos laborales, y así.

El artículo toma los dos ejemplos europeos más contrapuestos del experimento: Islandia y Grecia. El segundo es ese tratamiento para caballos que la Cirujana de Hierro Merkel y su equipo de guardia nos ha impuesto para salvarnos del virus que, previamente, nos inocularon cuando lo de Lehman Broders y las subprimes aquellas. 

Dice el refrán español que quien bien te quiere te hará llorar, y mucho nos deben querer el FMI, el BE, la UEE y sobre todo nuestro gobierno cuando nos tienen quejumbrosos con lo amargo de su medicina. Pero ya se sabe que lo hacen para curarnos de aquel absurdo optimismo de cuando nos creíamos que la educación, la sanidad, los derechos laborales, eran un bien que nos habíamos ganado con el esfuerzo de  las generaciones que nos precedieron; bienes que pensábamos dejar en herencia a las siguientes generaciones. Ahora sabemos que no era más que un préstamo con intereses usurarios que nos vemos obligados a devolver, so pena de desahucio.

Pero no, no éramos más que lustrosas ratas de laboratorio en las que experimentar nuevos medicamentos que demuestren la eficacia de la ideología neoliberal. Y con el fin de que aceptemos la medicación sin rechistar, ahí está la sabia advertencia que a los ciudadanos del Sur hizo la doctora Merkel, quien dijo refiriéndose a Grecia: Estos países pueden ver que el camino iniciado por Grecia no es fácil. Por lo tanto, harán lo que puedan por evitarlo.  Claro aviso para convalecientes díscolos. Por eso nuestro Mariano sigue el tratamiento con tanta sumisión.

Por eso, también, esa resistencia que nació de las asambleas callejeras, de los 15 M, de los Rodea-el-Congreso y mareas de distintos colores que han brotado como sarpullido un poco por todas partes. Un virus resistente, una especie de inmunodeficiencia que por estas tierras recibe el nombre de Podemos, y en Grecia, de Syriza. Si siguen tomándonos por conejillos de indias, quizás estos sarpullidos terminen convirtiéndose en un ébola inmune a toda la farmacopea neocon y a ver qué hacen los Marianos de plantilla con la sanidad desmantelada. “Los experimentos, con gaseosa”, dijo Eugenio D´Ors.

Un servidor, desde su atalaya jubilata, así lo ve y así lo dice. ¿No será contagioso,verdad, doctora?

sábado, 6 de septiembre de 2014

El jubilata como activo tóxico.-

Estos días pasados andaba un servidor leyendo un artículo de Le Monde diplomatique  (nº 725, Agosto 2014) que lleva por título Devenez actionnaire… d´un individu (Conviértase en accionista… de un individuo). La idea que se propone es utilizar al ser humano como inversión capitalista. Y, según parece, la cosa funciona.

Dicho de forma elemental por quien ignora the technical economist´s angliparla, además de no tener muy claro el funcionamiento de la mentalidad neocapitalista, se trata de lo siguiente: Un individuo se contrata como si fuese una inversión en capital humano y pone a la venta acciones sobre sus ganancias futuras entre varios inversores. Éstos le adelantan una determinada cantidad de dinero (varios miles de euros, o dólares) con los que el tipo hace estudios en una universidad de prestigio, o bien se coloca como directivo en una gran empresa, o monta su propio negocio lucrativo. Durante los siguientes 10 años, o los que se acuerde en el contrato de inversión, el tipo entregará el dinero equivalente al 7% (o lo que se estipule) de sus ingresos líquidos como dividendos a los accionistas.

Con ese fin, existen en América compañías como Upstat, Pave o Lumni, donde se pueden firmar estos contratos de capital humano.  Por supuesto, de partida se exige disponer de un buen currículo o presentar unos proyectos atractivos que ofrezcan la suficiente garantía a juicio de los expertos financieros. Así, la fuerza de trabajo pasa de ser una mercancía (caso de un contrato laboral corrientito) a ser producto financiero, transformable en múltiples títulos de propiedad con los que se puede especular.

Según parece, es un negocio bastante corriente en el mundo del fútbol. Un club hace un contrato millonario a una lumbrera del balompié y, para no arriesgar todo su capital, vende acciones de ese fichaje a un fondo buitre. Cuando el futbolista sea revendido a un nuevo club, los especuladores que hicieron la inversión ganarán una plusvalía con la reventa del contrato. Tiene la ventaja de que, siendo una e indivisa la gallina de los goles de oro, su valor de mercado puede dividirse en títulos y éstos ser dispersados entre distintos fondos especulativos.

Dándole vueltas al asunto, este jubilata había pensado en convertirse en capital humano fraccionable en títulos financieros, de forma que, con el capital inicial entregado por los inversores, pudiese mejorar su mediocre nivel de vida. A cambio, aceptaría el compromiso de pagarles el 3% de la pensión hasta el finiquito por defunción. Pero para lograrlo, es fundamental algo de ingeniería financiera que escapa a mis conocimientos de vulgar jubilado.

Lo ideal sería fraccionar estos títulos y mezclarlos, pongamos por caso, con los de un futbolista de postín; tal como hicieron con las hedge funds los especuladores de Wall Street al mezclar hipotecas incobrables con productos financieros sólidos.  Así disfrazados, sería suficiente con que agencias de calificación tipo Standard and Poor’s o Moodys le diesen una valoración AAA+. Seguro que los especuladores a corto me los quitarían de las manos. 

El riesgo que se corre es que, con tanto jubilata a dos velas como hay por el mundo, muchos decidiesen hacer lo mismo que yo tengo pensado. Entonces nos encontraríamos ante un caso – bien conocido tras la última crisis financiera – de productos financieros tóxicos; o, como se les ha dado en llamar, bonos basura. La falta de liquidez llevaría a una nueva crisis económica en la que los bancos de inversión quedarían descapitalizados, ahogándose en el albañal de sus mefíticas subprimes.

Aunque, bien pensado, tampoco es tanto riesgo, y, el negocio, sustancioso. Un jubilata espabilado puede hacerse una pasta con eso de la titulización si coloca, digamos, diez mil títulos a quince euros la unidad. Si, como consecuencia, los activos tóxicos jubilatas ponen en riesgo los fondos especulativos bancarios, no importa. Siempre habrá gobernantes majaderos que saldrán al rescate, inyectando unos miles de milloncejos de euros para que el sistema bancario no pete. 

De verdad, me lo estoy pensando…

domingo, 31 de agosto de 2014

"Pedía para comer".-

Ponerse estupendo y decir que “pedía para comer” es una forma verbal del imperfecto de indicativo, primera o tercera persona del singular, según, es mear fuera del tiesto. Sobre todo, si la frase se la oyes a un indigente mientras viajas en un bus de la Línea 146.

Imagínese el improbable lector que este jubilata, sin haber hecho la descompresión tras varias semanas de vacaciones serranas, viajaba en el 146 cuando un individuo de aspecto un tanto desastrado y gesto más bien humilde, le mira y le dice en voz bajita y como temiendo molestar: Pedía para comer… Lo inmediato que se me ocurrió pensar fue: Por favor, use mejor el presente de indicativo. Puesto que ahora mismo esta pidiendo… Pero era pasarse de listo ¿A quién cojonia le importa el uso correcto de los tiempos verbales cuando se pasa hambre? Lo que importa es ir sacando un dinerillo con el que sobrevivir. Con que el mensaje quede claro, ya vale; y claro sí estaba el mensaje: el hombre, en ese momento, estaba pidiendo una ayuda para poder comer, y lo entendí perfectamente.

Al cabo de un minuto, se dirigió a una muchacha suramericana que estaba un poco a mi izquierda, y le dijo bajito: Pedía para comer… La chica se sintió violenta, como si todo el mundo estuviese pendiente de ella a ver qué hacía; giró la cabeza para otro lado e hizo como si no le hubiera oído. Pasó otro ratito y, esta vez, el pobre se dirigió a una  joven que estaba teléfono en mano: Pedía para comer… La chavala metió la nariz en su wassapp ese, aparentando tener fija toda su atención en la maquinita de los mensajes. El pobre no existía. Quizás, si éste le hubiese “wasapeado” el mensaje, hubiese obtenido contestación. Desde lejos, claro está.

Llegué a casa y le conté el incidente a mi santa. Ella me reconvino: “haberle dado un euro”. Yo le había dado veinte céntimos. ¡Casi nada, darle un euro a un pobre! La mi santa, a veces, es que se pasa tres pueblos. Más de cien mil millones de euros hemos puesto los españolitos sobre la mesa, sin pestañear, para remendar el roto económico que ha causado la estafa bancaria. Pero, ¿un euro a un pobre? Eso son palabras mayores, joder: ¡Para que luego se lo gaste en vicios! Está mejor aceptado socialmente rescatar un banco hundido por la codicia de los banqueros  que soltarle un euro de vellón a un indigente.

En esta bitácora, alguna otra vez ya se ha hablado de los pobres de pedir que abundan por nuestras calles y, aunque sea recurso de mal escribidor citarse a sí mismo, no puedo dejar de hacerlo. Y no porque un servidor vaya por la vida restañando hambrunas ajenas, sino porque la injusticia va más allá de la carpanta de esos desheredados del sistema. Otras veces ya lo he dicho, y lo repito de nuevo: los ignoramos.

Porque la mayor injusticia que todos practicamos es la de ignorar su existencia. La pobreza conviene que sea invisible, así que todos nos atenemos a este principio tranquilizador: Si no la ves, la pobreza no existe. Así que no mires. Además, si te pilla cerca, puede ser hasta contagiosa, como la sarna o los piojos. Los pobres huelen a exclusión social y la exclusión social es la mayor desgracia que puede sobrevenirle a cualquier ciudadano del montón que un día se queda sin trabajo, y los banqueros, los jueces y la policía se confabulan para echarle de su casa, mientras los biempensantes amachambrados en el sistema se indignan porque los chavistas-castristas-antisistema radicales de Podemos han sacado un puñadito de eurodiputados.

Los pobres callejeros, aunque parezca raro, son tan ciudadanos y sujeto de derecho como  nosotros, aunque les huela la ropa a cochambre y el aliento a vino del tío de la bota. Lo menos que uno puede hacer, si le dirigen la palabra para pedirle unas monedas, es mirarles de frente a la hora de decirles “No” y verles la cara que ponen de “Si yo ya lo sabía…” Seguirán sin comer aquel día, pero tú serás consciente de que el pobre existe y de que es mucho más barato que un empresario: el pobre de pedir se alimenta del aire y no de los recortes sociales.

Un servidor tuvo una breve conversación con el indigente de “Pedía para comer” y, como además le había dado 20 céntimos, tranquilizó su conciencia pequeñoburguesa (concepto y palabreja en desuso), y por eso lo cuenta.