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domingo, 14 de febrero de 2016

Quién paga los platos rotos.-

En estos pasados días carnavaleros de titirimundis callejeros acogotados por la pesada maquinaria oficial anti Gora-Alka-Edarra, que hila poco fino en cuanto alguien se sale del camino trillado, preocuparse por la salud económica del Deutsche Bank parece cosa de frívolos ociosos. Más todavía cuando quien lo hace no tiene idea de provecho sobre ese mundo de las altas finanzas; ni ideas, ni conocimientos, aunque sí una cierta preocupación que le reconcome porque, si el Deutsche peta, nos encontraremos ante un déjà vu que nos va a salir por un ojo de la cara, como el que aún estamos pagando. Y además, no habrá cuerpo social que aguante otro envite parecido.

La cosa fue que, huroneando por Internet a la busca de información paralela, o divergente, de la que se cocina en los pesebres mediáticos, mediatizados por los capitales de la industria de la información, o por el fondo de reptiles de las zahúrdas ministeriales, este jubilata fue a dar con una noticia económica sobre los malos resultados del Deutsche Bank, ese acorazado desde el que la Alemania industriosa enseñorea Europa. Dice la noticia que el 2015 fue el año con las mayores pérdidas de su historia, con un agujero en su casco de 6.700 millones de euros.

Uno, en su ignorancia de estas materias, no tiene muy claro qué significa eso de que “los CDS (acrónimo de credit default swaps) del gigante bancario alemán se han disparado hoy 32 puntos hasta los 222 puntos básicos”, y que la prima de riesgo del Deutsche se ha cuadruplicado. Pero ignorar las claves de esa parlería economicista no impide que, a quien lo lea, se le pongan los pelos como escarpias si se para a pensar que ya en el 2008 nos hablaron de credits defaults, subprimes, bonos basura, y de unos tales Lheman Brothers y Goldman Sachs (que debían ser una especie de Deutsche Bank, pero en versión yanqui). Un pepinazo en su línea de flotación hizo que todo el mundo capitalista se pringara de la mierda acumulada en su sentina, y todavía hiede ocho años después.

Imagino la cara de susto que se le pondrá al improbable lector cuando se entere que los swaps sobre la deuda subordinada de un banco tan serio como el Deutsche, orgullo de la economía alemana, ascendieron 56 puntos hasta los 441. Por su culpa, los títulos de la deuda de más riesgo del banco alemán bajaron hasta un mínimo de 70 céntimos, el Dax germano bajó un 3,3% al cierre de la bolsa y aquí, el Ibex 35, un 4,44%, lo que nos tiene la economía en un sinvivir. 

Además, ya sabemos que cuando el Ibex 35 se constipa, los políticos serviles de Hispanistán le ponen parches Sor Virginia que pagamos los hispanistanes a escote. Así que, cumpliéndose la teoría del aleteo de la mariposa que levanta huracanes, como llegue a petar el gigante alemán, aquí nos va a sacudir tal maremoto el chiringuito playero que no va a quedar títere con cabeza.

Por eso, de verdad, un servidor entiende a los políticos de la casta: Entre el sinvivir de los casos de corrupción, las Ritas a las que hay que blindar ante las pesquisas judiciales, los flacos resultados electorales que no dan para apalancar la sinecura del cargo - por un lado -, y el Presidente del Eurogrupo, el impronunciable Jeroen Dijsselbloem, exigiendo un nuevo recorte de 10.000 millones de euros a España - por el otro -, amén el pufo que puede suponernos el desparrame del Deutsche, echar mano de unos titiriteros callejeros (encima contratados por la roja de la Carmena) es un recurso inmejorable para que el respetable no se entere de la misa la media.

Pero ya sabemos que el capitalismo es como la hidra a la que Hércules iba cortando cabezas: por cada una cercenada, le salían dos. Y si no, no hay más que venir a mi barrio. En la sucursal del Deutsche Bank de la Avenida Donostiarra están haciendo obras de remodelación, y eso a pesar de todos los credits defaults swaps, del agujero de 6.700 millones de euros y de sus batacazos en Bolsa. Y si la cosa de la macroeconomía se hace de nuevo añicos, pues no pasa ná; aquí estamos para pagar los platos rotos y lo que ustedes gusten mandar. Siempre se podrá echar mano de algún antisistema con rastas o de algún titirivaina a los que colgar el sambenito goralkaetarra... y el retablillo de don Cristobal y sus héroes de cachiporra continuará como si nada.

Ante todo y sobre todo, en defensa de los valores de Occidente. Claro está.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Hábitos de indigencia.-

Tras los atentados de París, que tanto nos han sobrecogido, no está la Verónica para tafetanes. Pero, como la fuerza de una sociedad está en la normalidad con que sus individuos asumen la vida diaria, vivamos como tenemos por costumbre. Por eso, hoy tocaba colgar la entrada en la bitácora y aquí queda. Pese a todo fanatismo.


Cuando todos quieren tener lo mismo, en el mismo lugar y a la vez, el resultado es una cola de longitud directamente proporcional al afán de satisfacción de esa necesidad supuestamente acuciante, multiplicado por tantos individuos cuantos han decidido hacerse con el objeto de sus preferencias en el mismo día y lugar. Supongo que los sociólogos tienen un nombre para este fenómeno de consumo multitudinario a plazo fijo, compulsivo  y realizado a manera de manada disciplinada.

Este jubilata, que ya solo ejerce de ocioso paseante en la villa y corte y no tiene más ciencia que la curiosidad, aunque sí tiempo sobrado para elucubrar, ha estado macerando en sus meninges el asunto de las colas de consumo. Buscando una definición que le acomode, ha dado en llamarlo “hábitos de indigencia”, por darle un nombre que exprese la sensación de carencia de un objeto de consumo, apetecido por una muchedumbre en un momento dado, y no logrado más que tras largas horas de espera; o sea, como quien hacía la cola del pan en las épocas de hambruna de aquellos tiempos de maricastaña.

Aunque la comparación sea un poco traída por los pelos, este hábito de indigencia viene a ser - solo en apariencia - como volver a los gloriosos años del racionamiento, cuando la España franquista de los cuarenta caminaba con paso marcial por el Imperio hacia Dios entre páramos de carpanta crónica y adhesión inquebrantable a la cosa esa del Régimen. Solo que entonces (no habría que decirlo), era por necesidad y ahora (tampoco hay que insistir) por capricho.

Dirá el improbable lector que mis neuronas septuagenarias patinan, pero es que, como todo asunto, la cosa requiere su explicación y ¡Hombre!, todavía no he tenido tiempo de darla. No se dice aquí que la sociedad de consumo no ofrezca recursos hasta la saciedad y que cada cual no pueda gastar su pasta y su tiempo en lo que le pete; lo que aquí se dice es que, cuando la masa consumidora quiere mercarse los mismos bienes, en el mismo lugar y a la vez, el comportamiento es similar al de nuestros abuelos: te pones a la cola del racionamiento y aguantas resignado las horas que haga falta. Vamos, te comportas como un indigente rico en necesidades y pobre en satisfacciones.

La cosa viene al caso porque iba un servidor, la otra mañana, a hacer un mandado al centro de la ciudad cuando, en la Gran Vía, a la altura de la calle Mesonero Romanos, me tropecé con una cola de gente que recorría toda aquella calle, y doblaba por la del Carmen. ¿Cientos de personas esperando comprar un objeto de primera necesidad que falte habitualmente en las tiendas? No. Esperaban para comprar el décimo de lotería de navidad en Doña Manolita.

Una asociación de ideas un tanto heterodoxa – los jubilatas no medimos bien las distancias – me hizo ver que la fe en la diosa Fortuna mueve multitudes confiadas en sus milagros de la misma forma que los devotos hacen cola ante el cristo de Medinaceli: unos y otros esperan remedios milagrosos que encaminen sus vidas. Solo que la Fortuna reparte la pedrea y hasta les tapa los agujeros de la economía doméstica a unos pocos, mientras que la imagen del Cristo proporciona tanto consuelo y resignación cuanto sus adeptos estén previamente dispuestos a encontrar. 

Cada dios reparte los dones a su manera y sus fieles no quedan defraudados. El uno es rico en promesas a cumplir en el otro mundo; la otra, reparte puñados de euros a ciegas, y a quien no, le concede consuelo con el consabido “Lo importante es tener salud”. Los fieles tampoco piden mucho más: un rato de ilusión; lo cual está al alcance de cualquier deidad a poco que se esfuerce.

Lo de practicar el hábito de indigencia tampoco es tan raro en nuestra sociedad de la superabundancia; es más bien un deporte de masas que proporciona mucho entretenimiento a sus practicantes. No hay más que recordar lo de la inauguración, hace pocos días, de esos nuevos almacenes de nombre Primak, también en la Gran Vía, a cuyas puertas se congregaron centenares y centenares de personas con el afán, según he leído, de comprar bragas y calcetines a euro la pieza. Lo que no sé bien es qué dios propiciaba la lluvia de dones que sus feligreses se llevaron en forma de bragas, calcetines y otros textiles de trapillo.

Un clásico nos diría que se trataba de la diosa Abundancia, derramando generosa sobre los fieles consumidores el contenido de su cornucopia, atiborrada de las susodichas bragas y calcetines, o, en su defecto, décimos con reintegro de Doña Manolita. Pero todos sabemos, porque así lo ha dicho Todorov, que Dios ha muerto y las utopías se han ido al carajo, con lo que ni las viejas deidades ni los viejos ideales no parece que estén en condiciones de atender a tanto indigente necesitado de a euro el par de calcetines o de premios de lotería.

Rebus sic stantibus, lo único que se le ocurre a este observador de lo evidente es que, finiquitados dioses y utopías, los destinos de esta sociedad están en manos de una nueva serpiente del Paraíso, a quien hemos dado en llamar Obsolescencia. Ella ofrece la manzana apetecible que convierte a los ciudadanos responsables en consumidores compulsivos, a los artefactos tecnológicos – por muy sofisticados que ellos sean –  en chatarra a plazo fijo, al mundo en un gran vertedero, y a la sociedad en general en indigente de satisfacciones con fecha de caducidad.

De ahí que se formen esas enormes colas para comprar décimos de lotería, teléfonos de ultimísima generación, entrada a conciertos de Justin Bieber, bragas y calcetines, rebajas del Corte Inglés y otros miles de artilugios y caprichos imprescindibles, tan apetecidos como fungibles. 

Un día de estos voy a ponerme en la cola de algo, cuya posesión  inmediata sea tan indispensable para no sentirse un paria, que reúna centenas y centenas y más centenas de pacientes consumidores. Pertenecer al rebaño reconforta mucho, oiga. 

domingo, 15 de septiembre de 2013

11 de Septiembre.-

Hay fechas que se nos están haciendo míticas a fuerza de eventos cuyo denominador común no es otro que haber coincidido en un determinado día. Es lo que le está pasando a los Once de Septiembre, que parece que el mundo se pone patas arriba  y todo quisque habla de ellos como si fuesen el final del calendario maya o el comienzo de una nueva era. Un servidor ha tenido la curiosidad de ir a la Wikipedia a ver qué decía al respecto. Sorprende la cantidad de sucedidos a lo largo de la historia en tal fecha. Se podría hacer una tesis doctoral.

Pero este jubilata tiene pretensiones más modestas y solo hablará de los Once de Septiembre que ha vivido. Empezando por aquel aciago de 1973, cuando el heroico espadón Pinochet, bajo los auspicios de la CIA y con la bendición de la Casa Blanca, derrocó a Salvador Allende, y propició la experimentación de las teorías de los Chicago boys en las cobayas chilenas.

La cosa ya venía cantada desde el 6 de noviembre de 1970 – dos días después de que Salvador Allende ocupara la presidencia democráticamente – cuando Nixon, ante el Consejo Nacional de Seguridad USA, dijo: “No podemos consentir que la América latina piense que puede iniciar este camino sin sufrir las consecuencias”. Un desastre bien programado que permitió, según nos ha explicado Naomi Klein en La doctrina del Schock. El auge del capitalismo del desastre, instalar el sistema socio-económico  neoliberal del que disfrutamos con sus beneficios de democracia hueca, recortes sociales, paro, corrupción de alta calidad y paraísos fiscales. Nada que, por otra parte, no sepa el improbable lector, pero conviene recordarlo de vez en cuando.

Lo del 2001 y las Torres Gemelas fue de órdago. El belicoso pueblo usamericano, acostumbrado siempre a llevar la guerra fuera de sus fronteras, se encontró con que se la traían a casa y de sopetón. Nuevo schock que ha justificado la pérdida de la privacidad individual y ha constreñido la libertad de los ciudadanos en nombre de la seguridad, mientras fomenta nuestro temor enfermizo a terroristas alkaedianos y fanáticos de toda laya. Se ha escrito tanto sobre el particular que un servidor no tiene mucho que decir al respecto. Solo diré que, harto de que me aterrorizasen con el bombardeo continuo desde los medios de comunicación, acostumbraba a leer el blog francés Réseau Voltaire,  desde donde se propalaban todas las teorías conspiranoicas antiyanquis y ponía en evidencia episodios oscuros como lo del avión – o misil balístico, según ellos – que se empotró en el Pentágono y del que nadie dio explicaciones.

Y aquí, recién horneado, tenemos el 11-S de la Diada, esa fiesta de fervor patriótico-étnico-lingüístico. Según parece, las masas gozosas de allende el Ebro formaron una cadena humana (el pueblo soberano ama las "caenas") para reclamar independencia. Este jubilata, gustosamente se apuntaría a esa independencia a condición que nos independizásemos de la Troika comunitaria, el monoteísmo neolibreral de Milton Friedman, la voracidad empresarial y toda la parafernalia de recortes sociales, equilibro presupuestario según el Artº 135 de la prostituida Constitución Española, colas infinitas del paro, corrupción, evasiones fiscales consentidas y gobernantes ineptos y mendaces. El Etcétera es mucho más largo, pero aquí lo dejo.

Pero, por lo que este jubilata entiende, las masas cataláunicas a lo más que aspiran es a construirse la República Independiente de Ikea, con gobernantes calcaditos a los que quieren dejar aquende el Ebro. 

Es decir: un partido burgués conservador, sobre trincante, confesional católico y entusiasta de las medidas antisociales de uso común a entrambos lados de la frontera. Francamente, para ese viaje no hacían falta alforjas ni cadenas humanas. Ni por mucho que se les caiga la lágrima patriótica cantando Els Segadors. Himno que, por otra parte, como todos los patrióticos, tiene allá en el fondo de sus fervores como un rataplán tipo paso-de-la-oca que se parece como una gota de agua al Oriamendi, al Montañas Nevadas o al Lili Marleen que cantaba la rubia muchachada de la Wehrmacht hitleriana. Ya sé que el improbable lector me acusará de herir sensibilidades que están a flor de piel, pero le juro por todo lo jurable que a un servidor los chunda-chunda patrióticos le horripilan hasta la irracionalidad.

Por eso, si por aquello de la independencia empiezan a sonar tambores de guerra, hagan el favor de olvidarme. Porque uno, a lo más que llegó fue a cabo furriel en la mili y ya le han convocado a demasiadas cruzadas en lo que lleva vivido. Empezando desde niño, que éramos la reserva espiritual de Occidente en permanente cruzada contra el Satán soviético, que luego, ya ves, no era para tanto.

En cuanto a la actualidad, el improbable lector no tiene más que recordar la Cruzada contra el Eje del Mal del 2003, mediante la cual el Trío de las Azores (con el Chema Aznar flequillo al viento) nos incitaba a luchar contra Sadán, aquel moro infiel que terminó ahorcado de malos modos. Anteriormente, en 2002, el inefable ministro Trillo nos había organizado otra cruzada contra la morisma por el peñón de Perejil y no llegamos a las manos con el tradicionalmente "pueblo amigo marroquí" porque el gran hermano  yanqui tenía intereses estratégicos en la zona y a ver si nos dejamos de chiquilladas.

Eso por no hablar de la cruzada permanente contra la pérfida Albión a causa de esa protuberancia rocosa llamada Peñón de Gibraltar, que viene a ser la válvula de escape cada vez que al suelo patrio le aparece una erupción purulenta tipo Bárcenas, Iñaki emborbonado, cajas de ahorro en derribo u otros mil despropósitos que nos estallan a cada dos por tres, y que, dicho sea de paso, dan mucho juego.


Un servidor, para terminar, tiene el privilegio de contar con su personal 11-S. Es el día en que le han operado de cataratas. Fuerza es decir que, a la operación, el jubilata iba con mucha ilusión porque últimamente lo veía todo como asaz turbio. 

El oftalmólogo me dijo que con la lente implantada vería las cosas más claras, pero me temo que fue promesa de político en campaña. Por más esfuerzos que un servidor hace no logra ver el panorama con nitidez. No sé si achacarlo a la merdulencia generalizada que impregna la vida nacional, al oftalmólogo que no me implanto una lentilla de color rosa, o a mi única neurona activa, gripada por la edad y un uso inmoderado.

sábado, 1 de agosto de 2009

Gesto por la Paz.-

Llegamos ayer tarde a Pamplona, a las seis, y decidimos que, a las ocho, nos íbamos a acercar a la plaza del Ayuntamiento donde Gesto por la Paz ha convocado un acto silencioso como repulsa a los asesinatos, por parte de la banda etarra, de dos jóvenes guardias civiles en Mallorca. Dar testimonio es algo que está al alcance de cualquier ciudadano. Es fácil, llegas, te unes al grupo, estás en silencio durante un cuarto de hora y te vas a tus quehaceres o diversiones. No hace falta ningún gesto heroico, ningún acto transcendente, sólo se trata de dar testimonio durante quince minutos, y eso no cuesta dinero, ni esfuerzo excesivo, ni es un riesgo superior a echarse a la carretera. No es más que la expresión de una convicción profunda. Sólo hay que decidirse y hacerlo. Por eso, Teresa, Marijose y yo estábamos allí. Gente normal.
Para personas como yo, que detestan las reuniones multitudinarias, ese simple acto testimonial junto a un centenar de personas movidas por una fuerte convicción, es algo que incluso resulta gratificante. Mostrar silenciosamente y en paz el hartazgo ante la sinrazón de esa lotería de la muerte me hace sentir distinto a la masa, que sólo ve en este tipo de noticias un espectáculo que le distrae el tiempo que la noticia está en candelero. Dos muertes que, pasado mañana, serán olvidadas porque seguro que se estrellará algún avión, o porque un descerebrado apuñalará a su compañera, o porque un incendio forestal se habrá llevado por delante la vida de tres o cuatro bomberos… Las muertes son el gran negocio mediático y tan efímeras como la bolsa de palomitas que se comen en la sala de cine. Ayudan a distraer el ocio y poco más.
Recuerdo que nuestra anterior manifestación antietarra en Pamplona sucedió durante los Sanfermines de hace una decena de años, cuando la banda asesinó a sangre fría a Miguel Angel Blanco. Estábamos tan a gusto en fiestas cuando se propagó la noticia de su secuestro. Vivimos con el alma en vilo esos días y nos fuimos a la plaza del Castillo a manifestarnos con rabia contra la sinrazón nazivasquista. Después ya no quedaban ganas de fiesta, así que nos quitamos el pañuelico rojo y nos volvimos a casa. Desde entonces se ha afianzado, cada vez con más fuerza, mi rechazo a los métodos terroristas. Uno tiene unas pocas convicciones éticas absolutamente claras, y ésta del rechazo a la violencia es una de ellas.
En fin. No olvidamos que hemos venido a pasar unos días con la familia, a las fiestas de mi pueblo y ha disfrutar de las tierras navarras, así que quedamos con unos amigos y nos vamos todos a tomar unos vinos, y esos pinchos de diseño que ponen en esta ciudad. Yo, según costumbre, me apunto al clarete bien frío y se me van los ojos por todos los pinchos que se exhiben en la barra. Y en Chez Evaristo los hay bien ricos, y en Casa Juanito las sardinas están cojonudas.
Nadie nos va a quitar las ganas de vivir…