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martes, 16 de junio de 2015

Arroyo de la Gargantilla: caminata con tejos.-


Quienes han hecho de los tejos un espectáculo de moda ecológica, suelen acercarse a Valhondillo a ver el tejo milenario que, con sus entrañas carcomidas y todo, lleva con dignidad de viejo dios vegetal su lentísimo proceso de automoribundia (dicho sea con permiso de Ramón Gómez de la Serna). A este anciano venerable, que tiende su ramaje sarmentoso en torno, como queriendo cubrir pudorosamente su vientre hueco a las miradas de los curiosos, se le calcula una edad que pudiera llegar a los 2.000 años.

Lo que, de ser cierta tanta longevidad, significa que era apenas un plantón recién brotado cuando Cesar Augusto vino a Hispania el año 26 a.n.e. para hacerse cargo de la guerra contra astures y cántabros. Pacata erat fere omnis Hispania (casi toda Hispania estaba pacificada), dice el historiador Lucio Anneo Floro. Derrotados los pueblos montañeses, muchos guerreros preferían envenenarse con una pócima de simientes de tejo antes que entregarse.

También Julio César, en su libro VI de la Guerra de las Galias, nos cuenta que Catuvolco, rey de la mitad de los Eburones, agobiado por los años y no soportando ya las fatigas de la guerra, se suicidó con jugo de tejo: …taxo, cuius magna in Gallia Germaniaque copia est, se exanimavit. (se suicidó con tejo, del cual hay gran cantidad en la Galia y en Germania).

¿Y qué tiene eso que ver con el arroyo de la Gargantilla que se menciona en el título?, se preguntará el improbable lector. Aparte de ser un prurito cultureta de este jubilata, estas viejas historias tienen en común con el citado arroyo la alusión a los tejos, en el primer caso, y su presencia, en el segundo,  porque aparecen próximos a su cauce, ladera arriba. No tan abundantes, ni mucho menos, como los de la Galia y Germania que nos cuenta Julio César, pero haylos. Por eso, el veterano Trío de los Tejos (o sea, Juan, Guillermo y un servidor) decidimos hacer una caminata arroyo arriba para verlos. Es cierto que son tejos que pueden considerarse en plena juventud, ya que tendrán en torno a 80 años, así, a ojo de buen cubero, pero todos sanos, luciendo su porte verde negruzco en manchas dispersas entre los pinos.

Para que el lector curioso de esta afición a los tejos se haga una idea, describiré con brevedad el recorrido que hicimos, siguiendo el itinerario y datos que me ha pasado el amigo Juan F. Romero, y cuyo mapa he incluido: Comenzamos en la pista asfaltada entre San Rafael y El Espinar. Entre la fuente de la Yedra y la de Peña Morena tomamos sendas paralelas al arroyo de la Gargantilla hasta el collado del mismo nombre (1.648 m.), viendo tachones de tejos aquí y allá. Según estimaciones aproximadas, puede que haya una docena larga de ejemplares por el entorno. Desde allí, por pista de tierra, subimos hasta las Lagunillas, pasando por la fuente de los Goyatos.

Si el lector es amigo de disfrutar de la naturaleza, no puede dejar de acercarse a este paraje de las Lagunillas. Grandes praderías verdes, enmarcadas por el bosque de pinos y un azul limpio con nubes algodonosas flotando perezosamente en el cielo. En la planicie verdeante, pequeñas lagunas donde el ganado va a beber. Vacas apacibles y pacedoras, junto con sus crías, yeguas y algún toro semental, forman una estampa idílica donde incluso los caminantes tienen su lugar mientras sosiegan el paso y llenan sus castigados pulmones de urbanita con el aire limpio que ha pasado por el filtro de los pinares.

Desde el collado de las Lagunas (1.670 m.) puede divisarse la sierra de Malagón con sus aereogeneradores y la zona de Cueva Valiente. Tras pasar una puerta metálica, iniciamos la bajada por un camino empinado. A su derecha, y muy próxima, vimos la fuente de los Tejos, a la que llamamos así porque comienza en ella el arroyo de la tejeda de los Poyales, mencionada en una entrada anterior (1 septiembre, 2011. Véase epígrafe "Tejos" de esta bitácora). Una chapa con letras perforadas la llama “fuente del esportón”. Parece que el vaso de esta fuente lo hicieron empleando como horma un esportón, cuyo hueco recubrieron de cemento que el paso y las inclemencias del tiempo han desmoronado. El lugar es lugar de tejos y es más propio este epónimo que no el de una vulgar espuerta.

Siguiendo de cerca el curso del arroyo del Prado Goyato, bajamos hacia el camino del Ingeniero, viendo algunos buenos ejemplares de tejos, y paramos a comer en una pradería, a la sombra de los pinos, mientras una colonia de “arañitas paticortas y panzonas, pero inofensivas” (según pone Juan en sus notas), nos estuvieron correteando por la ropa. El bocata estuvo, según costumbre en el monte, de cinco tenedores; la conversación, distendida, de altura. Lo que se deja dicho aquí por presumir un poco. No en vano estábamos en torno a los 1.500 m de altitud, con la mente bien oxigenada, y porque los temas de la conversa siempre son de interés entre veteranos de la vida y de la montaña.

En nuestra conversación surgió la cuestión de la importancia que suele darse a las primeras citas entre los profesionales y los aficionados a la geobotánica. La existencia de estas tejedas era bien conocida por gabarreros, forestales y montañeses de El Espinar, ya que fueron esquilmadas en los años 40 como consecuencia el hambre y el frío que se pasaba en aquellos tiempos de escasez, y rebrotaron de nuevo, según nos explicó Guillermo. Pero en lo que se refiere a registros escritos, no tenemos conocimiento de que se mencionasen antes de que en esta bitácora se hablase de ellos en la entrada: "Los tejos de los Poyales". Mérito que, modestamente, nos arrogamos el Trío de los Tejos aquí presente. 

Pues bien, vistos los tejos a la subida y a la bajada y comprobada su buena salud, disfrutado el paseo por el pinar, descansados y bien conversados, bajamos a la pista asfaltada de El Espinar a San Rafael, tomamos nuestro coche y fuimos a Cercedilla para tomar el tren que nos acercó a la capital. 

Allí, el calor y el habitual tufillo a carburantes. Un servidor - no podía por menos - tuvo un recuerdo añorante para las vacas de las Lagunillas y su plácido rumiar. 

miércoles, 30 de julio de 2014

Crónicas serranas, III: Los tejos de la Cancha Redonda.-

Peñalara desde los pastizales de Alameda.
El improbable lector que no sea montañero avezado en los vericuetos Carpetanos no tiene por qué saberlo - ni falta que le hace, seguramente - pero este jubilata se lo cuenta porque lleva ya varias subidas hechas por caminos, por entre piornales y rosales silvestres, entre pinos silvestres y algún canchal que otro. Todo para admirar los hermosos tejos que crecen a lo largo de la cuenca de los arroyos que llaman de la Cancha y de la Redonda y su confluencia con el Artiñuelo en torno a los 1400  metros de altitud.

Son regatos bravíos que nacen allá por los 2000 metros, al pie del Reventón, bajan por los lugares que llaman los Canchos y la Redonda (a veces los topónimos no andan sobrados de imaginación), para llegar, a saltos, como corzos huidizos, hasta  la pista que se tiende perezosa y zigzagueante a unos 1600 metros de altitud. Cruzan bajo ella, con prisas por perderse monte abajo, para unirse antes de tributar en el Artiñuelo. 

Ambos ya Artiñuelo, éste se encaja en un vallejo crespo, cerrado entre roquedos por su margen izquierdo y rebollares en su derecho, para sosegarse en una vieja presa colmatada, cuyo muro resquebrajado rezuma las aguas que se filtran entre las capas de piedra y limo que el tiempo y  la erosión han ido depositando en el interior de su vaso.


Pero ahora no se trata del Artiñuelo, del que ya se ha hablado otras veces y se seguirá hablando cuando haya ocasión. Porque de éste quedan por ver, todavía, sus afloramientos de mármoles en altitudes que deben estar en torno a los 1800 metros. Un fenómeno geológico raro en estas sierras de rocas plutónicas, según los que saben de esto.

Tejo solitario.
Pero, ya digo, ahora se trata del arroyo gemelo de la Cancha Redonda, cuyo nombre sin aristas oculta lo bravío y esquinado de su curso; cuyas aguas saltan entre las piedras del cauce sin darse tregua, transcurriendo por lugares tan abruptos y sombríos que resulta muy difícil seguirlo, e incluso aproximarse a él. Y una vez que se llega, apenas entra la luz del sol, la vegetación es tan tupida y el silencio tan clamoroso que uno se siente como si estuviese profanando un santuario; último refugio donde se han ocultado los antiguos dioses de la naturaleza, sustituidos sus viejos templos por centros comerciales. 

Impresiona la soledad del lugar, la dureza del relieve, las sombras que envuelven aquellos parajes y, por encima de todo, el silencio. Un silencio hecho de rumores entre el ramaje, como si los árboles manifestaran su descontento por la presencia del intruso, y el arroyo dejase oír un murmullo irritado por culpa de ese bípedo que, con sus viejas botas montañeras dentro del cauce, se refresca los sudores a la vez que enturbia las aguas, hasta ese momento transparentes.


Y allí están los tejos. Dispersos, destacando con su negrura sobre los verdes oscuros del pinar, los brezales, piornos, cambrones y la vegetación de ribera. A un servidor el tejo siempre le ha parecido un árbol tímido, aunque, con ese aire fúnebre que tiene y la venenosa taxina que contienen sus hojas, pudiera parecer amenazador. Pero no hay que dejarse engañar por las apariencias; es que necesita soledad, bosques umbríos, escarpes rocosos en los que ocultarse. 

El tejo más joven.
Por eso, porque este jubilata sabe que el tejo ama la soledad y requiere para vivir de los claustros de las torrenteras, siente lástima por el milenario tejo de Valhondillo, en las estribaciones de Cabeza de Hierro. El pobre, con su cuerpo hueco y carcomido, soportando una vejez de 1500 años, se ha convertido en una atracción de feria a la que acuden curiosos por docenas cada fin de semana. Una triste vejez para un dios vegetal. Eso sin hablar de los pobres tejos topiados, asfaltícolas, presos en sus alcorques, que vemos en los parques de la ciudad.

Y, ya que hablamos de sendas de montaña, de arroyos bravos, cómo no recordar a Enrique de Mesa, nuestro poeta de guardia durante este verano de andanzas serraniegas:
Bronco torrente entre los canchos ruge,
Los pinos muertos rebramando salta,
Los piornales de la abrupta orilla
Besa su espuma.


El poeta nada dijo de los tejos agazapados en las torrenteras, por eso este jubilata quiere remediar el poético olvido, y lo hace a su modo. 
El improbable lector se hará cargo. 

miércoles, 25 de julio de 2012

Los tejos de Valhondillo


El tejo bisabuelo
El Valhondillo es un arroyo que nace en la Cabeza de Hierro Mayor (a unos 2.200 m de altitud) y se une con el de las Zorras (que nace en Navahondilla, en la Cuerda Larga) algo más abajo de la tejeda, para desembocar en el río de la Angostura, que es como se llama el Lozoya en su tramo alto.

El Peñalara en la subida al Valhondillo
Esta tejeda se caracteriza por la presencia de varios tejos milenarios y otros muchos ejemplares más jóvenes, pero no sé si los responsables del parque natural los tendrán inventariados. Sin posibilidad de hacer un recuento, y por dar un número, imagino que debe haber varias docenas de ellos, si no un centenar, dispersos en torno al arroyo y siguiendo su curso abajo, hasta casi el puente de la Angostura.

También por la zona, y entre la pinarada, hay una hermosísima acebeda con gran cantidad de ejemplares formando matas dispersas bajo los esbeltos pinos silvestres.
Para cualquier aficionado a la naturaleza, y para los montañeros que asociamos el placer de la caminata con el disfrute y respeto del entorno natural, son parajes a los que acudimos con gusto. Este jubilata recuerda hacer visitado el tejo milenario por primera vez hará más de diez años, cuando el lugar era apenas conocido y sólo estaba al alcance de los pocos avisados de su existencia y de los intrépidos descubridores de tejos que éramos los autodenominados “Trío de los Tejos”.

Los veteranos del Trío de los Tejos
Vieja afición que cultivamos durante muchos años y que nos permitió conocer los tejos más recónditos en el sistema central.

La toponimia ha sido, y sigue siendo, un buen indicador de la existencia de tejos y su comprobación nos permitió largas y frecuentes exploraciones por barrancos donde es difícil encontrar huellas de botas montañeras.


El tejo casi bimilenario

Valhondillo, actualmente, es un lugar que recibe más visitas de las que serían de desear, lo que provoca una presión sobre el medio natural que no parece beneficie en nada a un lugar tan sensible ecológicamente que aún conserva su pureza original, pero al que se han visto obligados a proteger por aquello de que no todos los que llegan hasta allí saben lo que significa conservar una tejeda en estos tiempos actuales.

Otro tejo milenario

Aun habiendo otros ejemplares de acreditada antigüedad, el que más llama la atención es uno que está hueco y podría alojar tres o cuatro personas en su interior. Le calculan una edad entre 1.500 y 1.800 años. Con el fin de evitar daños a tan venerable abuelo vegetal, han tendido una verja todo a su alrededor y uno ya no se puede aproximar a él, como ocurrió en nuestra primera visita, que nos fotografiamos dentro para apreciar el volumen de su tronco.

Tejo del "Barondillo"
Tiene junto a la verja una cartela donde dice “Tejo del Barondillo” y sigue un texto con las características del árbol y el por qué de su protección. Quien lo puso se quedó tan ancho al llamarle “del Barondillo”. Se ve que no se tomaron la molestia de leer un mapa de la zona (el mío es un 1:50.000 de la Tienda Verde) donde dice claramente “arroyo de Valhondillo”. También lo dice la cartografía militar, según nos comentó un montañero que allí estaba; y también puede verse en el libro Andanzas por la Sierra de Madrid, donde se explica el por qué del topónimo Val-Hondillo. Y si uno quiere comprobar que no se trata de un homónimo del restaurante de Rascafría, no tiene más que fijarse en la orografía del entorno: un vallecillo encajado por donde discurre el arroyo. Vamos, que el curso del arroyo discurre por un vallecito hondillo, por lo escarpado. La toponimia, a veces, es redundante en cuanto nos está diciendo lo que hay sobre el terreno. ¿Hay un arroyo que pasa por unos apriscos? Pues arroyo de los Apriscos; los paisanos del lugar, cuando lo nombraban, sabían a qué se estaba refiriendo y dónde estaba. Lo mismo si uno nombra la Peñota o el Montón de Trigo, que aluden a una característica particular por su perfil o complexión…


El arroyo Valhondillo
Uno, en cualquier situación de que se trate, agradecería que se llamase a las cosas por su nombre. Empezando, como ejemplo muy al día,  por el desmantelamiento de los logros sociales en nombre de un sistema financiero voraz, y terminando por la toponimia. Cuando nombramos a las cosas por lo que son sabemos de qué estamos hablando y nadie puede inducirnos a error. Así que, insisto, las cosas por su nombre y, para conocer los topónimos y ponerlos sobre un cartel informador, no hay nada como ir a la cartografía y ver qué dice.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Los tejos de Los Poyales




Ya en una entrada anterior hablé de la marcha que hicimos, con la Agrupación Aire Libre del Ateneo de Madrid, por la "Senda del Ingeniero", entre San Rafael y El Espinar, donde tuvimos ocasión de ver algunos ejemplares de tejo en el entorno de Los Poyales. Este sábado, Guillermo García, Juan Romero y este jubilata ("el trío de los tejos", como nos gusta llamarnos), hemos vuelto con el fin de comprobar si había más tejos en aquella zona, por los barrancos de Los Poyales y la Boca del Infierno, topónimos que pudieran indicar la existencia de ejemplares de esta especie.
Y el hallazgo no nos defraudó, antes bien colmó sobradamente nuestras expectativas, ya que encontramos más de cincuenta, tal vez cerca de un centenar de tejos. Nuestros medios no nos permitieron inventariarlos todos, pero no es exagerado suponer que sí hay una buena centena de ellos. Toda una tejeda -con ejemplares dispersos por la umbría del pinar- de la que parece nadie había dado noticias hasta ahora.
Son todos tejos bastante jóvenes, de menos de cien años. En general, constan de cuatro a cinco tallos, de unos 8 m de altura y otros tantos de envergadura, los mayores. Los diámetros, a un metro de la base, oscilan entre los 8 y 20 cm. No vimos ningún "árbol viejo". Posiblemente, cuando se repobló el pinar, fueron descastados los antiguos ejemplares en años posteriores a la guerra civil. Y, caso extraño, tampoco vimos acebos, que suelen ser indicadores de la presencia de tejos por estas sierras del Guadarrama.


Nuestros árboles están en cotas que van de los 1.490 a los 1.590 m de altitud, aunque también tenemos fichado uno por debajo de la carretera inmediata. El suelo y el hábitat, en conjunto, son muy similares a los de Valhondillo, en Rascafría, un auténtico Museo de Tejo. Se trata de vertientes orientadas al norte, muy umbrías, con abundancia de agua y tierra orgánica negra, y con difícil acceso. Piénsese que el tejo es una especie relicta en nuestras sierras y, por decirlo de alguna forma, su supervivencia depende de su capacidad para pasar desapercibido y de su relativa inaccesibilidad.


Toda la historia de nuestra búsqueda de tejos silvestres (Taxus Baccata L.) comienza con "La toponimia del tejo" estudiada por Guillermo García Pérez; es decir, con la posibilidad de encontrar en el campo los taxus baccata con ayuda de la toponimia y la inspección directa de los hábitats con condiciones ambientales favorables a esta especie.


Una veces acertamos, otras no, quizá porque se extinguieron, a pesar de que el topónimo da indicios de su existencia. Pero, cuando encontramos un ejemplar solitario -joven o milenario-, un rodal de ellos o toda una tejeda, sentimos una gran satisfacción. Son pequeñas joyas de conocimiento del medio natural cuyo descubrimiento nos produce tanta satisfacción como el hallazgo de un gran tesoro, no mensurable en términos económicos. Y, cuando no damos con nada en concreto al respecto, siempre nos queda la satisfacción que producen el ejercicio al aire libre, la vivencia y contemplación directa de la Naturaleza. Somo veteranos montañeros y eso es suficiente premio para nosotros.


En este caso particular, el amigo Guillermo -de quien aprovecho sus notas para escribir esta entrada-, pensó que, en la cara norte de la sierra de Guadarrama, en El Espinar, "Boca" y "Boquerón", es decir, garganta, hoz, etc., podrían tener posibilidad al respecto, y que "Boca del Infierno" era ya un supuesto que invitaba a investigar.
La primera tentativa, hace ya más de dos años, no dio resultados positivos. Ni siquiera había acebos, como nos habían asegurado al paso, otro día, ciertos agricultores octogenarios del pueblo. Pero no parecía imposible, dadas las características de la zona, que hubiesen existido tejos en ese entorno en épocas antiguas o Edad Media, cuando se formaron esos topónimos. Es cierto que no los encontramos en la "Boca del Infierno", pero sí en la vaguada anterior, yendo desde San Rafael, por el camino mencionado.


Una vez colmados nuestros afanes de naturalistas aficionados y caminantes inveterados, paramos a comer en la Roca de la Casa. Se trata de una roca caballera, cuyo espacio bajo ella se ha aprovechado cerrándolo con muros de piedra y convirtiéndolo en un refugio. Junto a una fuente manadera, al lado, adornada con un escudo de ingenieros de montes, fue el lugar donde comimos nuestros bocatas y tuvimos un rato de charla, tras tanta fatiga de trepar monte arriba y por vericuetos de difícil tránsito.


Y hablamos, porque venía al caso, de la alcaldada del alcalde de Getafe, quien ha mandado arrancar las matas de estramonio porque a un indocto se le ocurrió "colocarse" con sus frutos y se ha envenenado. Decía Guillermo que, si se aplicaba este bárbaro criterio alcaldil de arrancar las plantas venenosas que crecen por los campos, en pocos meses desaparecerín los tejos (recuérdese que sus componentes son venenosos), las adelfas de nuestros parques, los acónitos, cicutas, etc, etc. Y, ya puestos ¿por qué no cerrar las farmacias? Al fin y al cabo, muchos principios activos de las medicinas son venenosos.
Al parecer -terció Juan- este alcalde de Getafe no se ha enterado aún de lo que dijo Paracelso: Todo es veneno. Nada es sin veneno. Sólo la dosis hace el veneno. Vamos, que el veneno no está en la sustancia empleada, sino en el uso que se haga de ella. Y, ya puestos, aquí queda esta cita de dom Theophrastus, a quien conocemos como Paracelso, que también me pasa Juan: En una planta hay más virtudes y energía que en todos los gruesos libros que se leen en las universidades, a los que no ha sido concedida larga vida ( De las cosas naturales, 1526).


Pero, claro, un alcalde no tiene por qué haber leído a Paracelso; con alcaldear ya le vale... que no es oficio para el que se requieran habilidades librescas - pensé yo. Por eso, me limité a seguir con mi bocadillo y callar.

viernes, 29 de enero de 2010

Algo más sobre los tejos.-


De vez en cuando hablo en esta bitácora de ellos. Ya sé que es un tema poco conocido entre el común de la gente, y que un número no muy grande de personas los conoce y disfruta localizándolos y dejando constancia de su existencia. Son, sobre todo, personas que aman la naturaleza y viven el montañismo con intensidad; disfrutan observando las especies vegetales de nuestras montañas y campos, y, a veces, profundizan en su conocimiento ¿Quién, entre los aficionados a la naturaleza, no siente el placer de pasear por un bosque de robles, o por los hermosos pinares de nuestra Sierra? Si, además, se esfuerza en la localización y descripción de un árbol tan especial como el tejo (Taxus Baccata) – esta especie tan escasa en el Sistema Central –, puede convertirse en un experto que no sólo disfruta de su afición, sino que pretende transmitir sus conocimientos para que, a través de su difusión, se fomente el amor a la naturaleza.
Pues bien, con esta idea de dar a conocer algunos trabajos sobre el tejo, dejo aquí dos enlaces. En uno de ellos, el amigo Guillermo García Pérez, desde Madrid, explica cómo llegó a interesarse por la toponimia del tejo. El otro corresponde a un amigo asturiano (Fernando Justiniano, a quien no conozco personalmente) cuyo blog tengo entre mis favoritos, y que lleva mucho tiempo localizando y describiendo la ubicación de tejos en Asturias, y su estado de conservación, con hermosas fotografías.
Espero del improbable lector de esta bitácora que no deje de echar un vistazo a ambas informaciones. A lo mejor siente curiosidad y trata de identificarlos en parques y jardines (en el Parque del Retiro de Madrid hay una espléndida colección de ellos). Incluso en nuestro modesto parque del Calero, cerca de casa, hay un pequeño tejo entre las calles Virgen del Lluc y José del Hierro, del que dejo la foto que encabeza esta entrada.

miércoles, 6 de enero de 2010

Toponimia del tejo.-


Algunas veces, en esta bitácora, he dejado referencias, en mis marchas montañeras, sobre la existencia de tan espléndido árbol bien porque hemos dedicado la marcha a la localización de algunos ejemplares, bien porque los he visto al paso y he hecho alguna foto. Bajo la etiqueta Tejos de esta bitácora he dejado constancia, a veces muy de pasada, de ellos.
Experto no soy respecto a su naturaleza, sus emplazamientos o las características específicas del mismo. Sin embargo, el amigo Guillermo García Pérez sí lo es. Ha localizado e inventariado gran cantidad de ejemplares silvestres y algunas tejeras en el Sistema Central, y se ha especializado en la toponimia basada en la existencia, presente o pretérita, del taxus baccata en los lugares a que dio nombre.
Fruto de este empeño es la publicación cuyo enlace dejo aquí, por si algún improbable lector de estas páginas estuviese interesado en el tema:

http://oa.upm.es/1979/1/GUILLERMOART_2009_01.pdf

El artículo Toponimia del tejo en la Península Ibérica, ha sido publicado en la revista Ecología, núm. 22-2009 y está disponible en Internet bajo el enlace arriba reseñado.
Encabezo esta pequeña entrada con la foto de un tejo espléndido que encontré el verano de 2008 en una vacaciones que pasamos Teresa y yo en Vinuesa y Tierra de Pinares, y visitamos la Laguna Negra (está muy próximo a ella) y las sierras de Urbión.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Una caminata por Siete Picos.-

La previsión meteorológica para el pasado sábado 21, día que hemos subido a Siete Picos (2.038 m. aprox.), era que pasaría un frente lluvioso y que tendríamos agua. Pero qué va, no nos ha caído ni una gota, aunque, eso sí, la temperatura estaba en torno a los 6º C y las nieblas nos han acompañado durante gran parte de la mañana. El viento venía a rachas tan fuertes que nos obligaba a pegarnos contra las paredes rocosas a la espera de que amainara para trepar por los enormes bloques graníticos que forman los picos. Porque es lo que tiene subir hasta aquí, que el acceso desde el puerto es relativamente fácil; así que hay que quemar energías trepando a alguno de los picachos. Una vez puestos al pie de los mismos, la caminata se convierte en un tobogán: trepas por los bloques de granito buscando hendiduras y pasos que den acceso a la cumbre. Una vez allí, echas un vistazo al paisaje, o sea, a la niebla que te rodea, bajas y te vas al pie del nuevo pico donde repites la operación.
Salimos del aparcamiento del puerto de Navacerrada, fuimos hacia el Escaparate y tomamos la loma junto a las pistas de esquí para llegar al pico del Telégrafo. Apenas alcanza éste los 1.975 metros y es de muy fácil acceso. Su nombre le viene de que aquí había una torre del telégrafo óptico que formaba parte de la red de telégrafos que comunicaban los Reales Sitios. Esa torre corresponde a la línea Madrid – San Ildefonso (montada en 1832), con dos estaciones intermedias, una en Hoyo de Manzanares y la otra aquí en Navacerrada, en el cerro del Telégrafo.
Posteriormente, en 1846, esta red sirvió de base para un proyecto más ambicioso con 52 torres: la red que unía la capital del reino con San Sebastián, pasando por Valladolid, Burgos, Miranda y Vitoria. Eran tiempos de las guerras carlistas y cumplía una función militar.
De aquella torre de señales no queda ni vestigio. Se ve que por sustituir una técnica de comunicación tan rudimentaria por otra de acreditada longevidad, en lo alto de las rocas próximas han puesto una imagen religiosa que otea los pasos del desapercibido montañero, a quien nadie le ha preguntado por sus creencias. Si le hubiesen preguntado, quizás éste prefiriera ver representada a la Pachamama por una umbrosa espelunca en la roca.
Recorridos los picos y, después de corretear por los altos riscos, bajamos hacia el collado Ventoso, lo atravesamos y subimos al cerro del mismo nombre para bajar al puerto de la Fuenfría. Desde allí, por la calzada romana, hasta casa Cirilo, donde nos esperaba el autobús. Al pasar por el puente del Descalzo hice una foto al bonito tejo que crece en el arroyo, al pie del propio puente. La dejo aquí, ilustrando este texto.
Más contento que unas pascuas, bien oxigenado, y con ganas de una ducha calentita, regreso a casa y ya estoy pensando en la próxima salida: una marcha de senderismo que nos llevará por tierras de Patones y el embalse del Atazar.

viernes, 22 de mayo de 2009

Paseo por los tejos del Retiro.-

Desde hacía tiempo quería colgar el enlace que dejo a continuación. Se trata de los tejos que hay en el parque del Buen Retiro de Madrid. El amigo Guillermo García Pérez tuvo la paciencia de ir localizándolos e inventariándolos. Fruto de su esfuerzo ha sido el artículo que podéis ver en dicho enlace.
El árticulo se publicó en el boletín de la Sociedad Ateneista Aire Libre, del Ateneo de Madrid, en el número de diciembre de 2008. Al texto le sigue un croquis del parque donde está marcada la ubicación de cada uno de los tejos, una serie de fichas con la descripción de cada uno de ellos y su tipología, fotografías que ilustran sobre la forma de las hojas, las flores y los frutos, y un plano en color donde, pinchando en cada uno de los círculos, se puede ver una foto de cada ejemplar.
Es una buena excusa para darse un paseo por el Retiro y disfrutar localizando y observando los ejemplares de este interesante árbol.

sábado, 9 de mayo de 2009

A la caza del tejo.-

Alguna vez se me ha escapado alguna queja a propósito de mi escaso dominio de este invento que se llama internet y sus aledaños, como la gestión del un blog. Pues bien, la entrada sobre nuestra expedición por tierras del Sorbe para localizar tejos, colgada el pasado día 5, la borré vaya usted a saber por qué.
Dicen que quien no tenga cabeza, que tenga pies, y esto es lo que me ha ocurrido á mí: que tengo que perder mi tiempo reproduciendo el texto borrado; porque inutil informático lo soy un rato, pero también soy tozudo, y si he dicho que cuelgo esta entrada, es que la cuelgo.
Y en eso estoy. Allá va.

Si alguien tiene paciencia para seguir esta bitácora, se habrá dado cuenta de que en ella cuelgo con bastante frecuencia crónicas de mis andanzas montañeras. Pero es que eso de andar por el monte es algo tan arraigado en mí como natural en las cabras, dicho siempre con el debido respeto para estos ungulados artiodáctilos.
Este sábado, día 2 de mayo, ha sido un día soleado y caluroso por esas tierras tan broncas por donde discurre el Sorbe. Tierra de pinares de repoblación (pino negro), con ejemplares de bosque autóctono relicto: chaparras, enebros y matorral de jara, romero, cantueso, tomillo, torbisco… Todo un muestrario de vegetación mediterránea que nos ha servido de entretenimiento su observación. En cuanto a los terrenos: tierras arcillosas, calizas degradadas, y pizarras en abundancia por la barranquera por donde discurre el Sorbe. Toda una lección de naturaleza para quien se para a observar un poco mientras camina.
Nuestro objetivo: localizar tejos en las inmediaciones del río. Este es el tercer intento que hacemos por estos parajes y, por fin, conseguimos nuestro objetivo al localizar un par de ellos próximos a su curso, en lugares abruptos y de difícil acceso. Los dos que localizamos están río abajo, como dos o tres kilómetros de la presa del Pozo de los Ramos. Para llegar allí hay que hacer un desnivel, barranco abajo, de unos 200 m tomando como referencia la pista que transcurre por el pinar. El acceso, por un camino abandonado, cubierto de matorral y en muy malas condiciones de tránsito.
Para llegar hasta allí tomamos un camino que sale a la izquierda de la carretera de Tamajón a Cogolludo, pasado un puente, y que nos lleva al barranco de la Hoz. Los cortes de la pista en la ladera muestran un terreno de sedimentación formando rañas (esa especie de turrón en plan bruto que es una mezcla de cantos rodados y arcillas) y algunas calizas degradadas en areniscas. En el barranco de la Hoz vemos un quejigo recién brotado. Pista adelante, dejamos a derecha e izquierda otras, hasta llegar al barranco de la Ocibia. Por este paraje observamos bosques de ribera (salicácea, álamos, alisos…), buenos ejemplares de enebro, aliagas, jara, espliego y brezo en flor, torbisco, y, en el pinar de pino negro, vemos uno de ellos que tiene una enorme excrescencia como a 4 m de altura: es como si se le hubiese desarrollado un descomunal tumor de más de tres metros de diámetro. Enorme y nunca visto otro igual. Hacemos fotos.
A las 12:34 h dejamos ya la pista e iniciamos la bajada por un camino pedregoso y cubierto de jara y matorral que nos acerca al borde del profundo valle por donde discurre el Sorbe. Es un paraje de pizarras impresionante por lo abrupto y recortado, que produce una sensación un tanto inquietante por su difícil accesibilidad. Enfrente se ven trazas de antiguos caminos en zigzag, abandonados. Según nuestro amigo Juan, que es quien sabe de estas cosas, por aquí se hicieron prospecciones con la intención de represar el río, pero que estos terrenos pizarrosos suelen tener fallas y diaclasas por donde se producen filtraciones de agua. El talud sobre el que está trazado este camino corresponde a un cerro que se llama la Tonda, donde puede verse un llamativo río de piedras que se extiende ladera abajo.
Y sí, esta vez encontramos un hermosísimo tejo abajo en el barranco. Está a pocos metros de nosotros pero resulta dificilísimo acercarse a él para medirlo, ya que el terreno no es firme y hay zarzas que dificultan el paso. Consigo llegar hasta él con riesgo de perder pie e irme ladera abajo, y mido su perímetro a un metro de altura: tiene 1,70 m de circunferencia. Luego nos acercamos al vado, imposible de transitar a causa de la fuerte corriente de agua. Justo en frente, vemos el segundo tejo, que no tiene un ramaje tan denso como el anterior, pero es pieza que también cobramos. En todo el hondón del barranco, junto al curso de agua, tomamos un tentempié antes de iniciar el regreso.
Acompañando a estas notas, dejo una foto del hermoso tejo que hemos descubierto.

lunes, 19 de enero de 2009

Los Tejos del Retiro



La Agrupación Aire Libre organizó el sábado pasado una visita botánica, con un apéndice cultural, por el parque del Retiro. El propósito era conocer los ejemplares de tejo (taxus baccata) que hay diseminados por el parque: 52, según el inventario que ha hecho Guillermo García, simpatizante de la Agrupación. Inventario que sigue abierto, ante la posibilidad de que puedan descubrirse otros ejemplares, desconocidos hasta ahora.
Nuestra primera parada ha sido en el jardín del Parterre, frente al Casón del Buen Retiro, para ver el ejemplar de árbol más impresionante de todo el parque: el ahuehuete, o ciprés mejicano; también falso tejo (taxodium mucronatum), que si no es una taxácea pura, tiene en común con éstas la forma de sus hojas, aciculadas y opuestas sobre el tallo.
El mejor ejemplar de tejo que puede verse en el Retiro es el que está junto al palacio Velázquez. Es un árbol de gran porte, con tres pies, muy frondoso, que está catalogado como árbol singular por la Comunidad de Madrid. Crece en una esquina de este palacio, edificio que se construyó para la exposición Metalúrgica y Minera de 1887.
Pero de todos los visitados, algunos ejemplares no son taxus bacata, sino que pertenecen a la variedad cefalo taxus. Éstos están en el paseo que bordea la Rosaleda y se diferencian con facilidad de los bacata porque sus hojas son más grandes y bastas, y el fruto aparece en forma de racimos como de uvas. Los frutos del taxus bacasa están formados por un arilo rojo y carnoso, que envuelve un pequeño grano de simiente.
De todos los ejemplares visitados en el recorrido, el más hermoso para mí es uno que descubrimos hace meses cerca de la plaza Costa Rica, muy próximo a la estatua de fray Pedro Ponce de León, del que tengo una bonita fotografía hecha en aquella ocasión.
Todos los ejemplares vistos han crecido sin podas apreciables, salvo uno que está muy dañado, pero en los jardines de Herrero Palacios (antiguo zoo) hay varios tejos “topiados”, esto es, sometidos a poda ornamental para darles formas geométricas y decorativas, como el que se ve en la foto, con ese lamentable aspecto de tarta de bodas.
La excursión botánica ha dado de sí más de lo que aquí cuento, pero no es cuestión de alargarse. Si se quiere saber más sobre estos tejos del Buen Retiro, en el Boletín de la Sociedad Ateneísta de Aire Libre (del Ateneo de Madrid), en su número 40, diciembre 2008, Guillermo García Pérez ha publicado el artículo “Los Tejos del Buen Retiro", con fotografías y un plano sobre el que se sitúan los ejemplares inventariados hasta ahora.
No hay más que animarse e ir a explorar un poco. La aventura tiene el éxito garantizado.

viernes, 16 de enero de 2009

Otoño en Pamplona

Teresa y Marijose junto a un tejo que está en los jardines de la Media Luna, una mañana de invierno.
El tejo es un árbol emblemático, que puede llegar a vivir dos mil años y tanto simboliza la vida, debido a su longevidad, como la muerte, ya que todo él es venenoso, a excepción del arilo carnoso que envuelve la simiente.
Por supuesto, en este caso se trata de un tejo cultivado, de jardín. Los hay espléndidos en plena naturaleza. En la Sierra de Madrid hay ejemplares milenarios, así como en otros lugares del Sistema Central.
Alguno de ellos los hemos fotografiado en nuestras andanzas montañeras y pienso colgar aquí su imágen para que, quien quiera que ojee esta bitácora, pueda conocerlos. Ya daré alguna información más y os contaré que el amigo Guillermo es un experto conocedor de esta especie y ha escrito varios artículos sobre el particular