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jueves, 26 de febrero de 2026

Breve retorno a la infancia.-

 


Te contaré, improbable y siempre grato lector, que, en estos tiempos de vejez, ando metido en un taller de Memoria (así lo llamamos) en el que un puñado de jubilados hacemos ejercicios de estimulación mental, coordinación y todo lo que se supone nos ayude a sacudir las cascarrias de la acechante decrepitud, y que nos manda hacer la profe. Los hacemos con la aplicación – y el jolgorio, cuando nos equivocamos – de niños de primaria. Lo que, a estas edades, me retrotrae a recuerdos de la lejana infancia que me vienen a la memoria de forma aleatoria.

Debía tener cuatro años cuando me mandaron a la escuela pública en Cortes de Navarra. Como parvulillos iletrados que éramos, nos juntaban a todos en el parvulario de la escuela y no recuerdo que hiciésemos otra cosa que jugar. A nuestra maestra, doña Micaela, aún la recuerdo sentada en una sillita baja y haciendo punto mientras los críos correteábamos por la clase. No sé en qué momento aprendí las primeras letras y si fue ella quien me las enseñó.

Mi siguiente recuerdo de la escuela pública, también en Cortes, es con don José. Era maestro nacional, empedernido fumador de tabaco de cuarterón, del que tengo buen recuerdo. Para estimular la puntualidad de los alumnos, de vez en cuando sorteaba un libro entre los chavales y una vez a mí me tocó uno, del que no recuerdo el contenido o el título, pero que me hizo mucha ilusión. Recuerdo, también, que nos leía capítulos de la narración de Arthur Gordon Pin, de Alan Poe, y estábamos fascinados con sus extrañas y terroríficas aventuras en el barco ballenero.

A este recuerdo va asociado el modo en que entrábamos en la escuela, formados en fila y cantando el Montañas Nevadas, mientras marcábamos el paso dando fuertes pisadas sobre los peldaños de madera de la escalera que subía a clase. Recuerdo que aquellas canciones patrióticas del franquismo los críos las aprendíamos de oído y, a veces, trabucábamos la letra. Como cuando cantábamos a grito pelado “…voy por rutas imperiales caminando hacia Dios”, que, en nuestro desconocimiento del significado, lo transformábamos en “cagarrutas imperiales…”.

Como don José enfermó de un cáncer de pulmón, nos pusieron a don Agapito, que era una mala bestia y no tenía el don de la docencia, sino el de la disciplina, que imponía a manotazos. Tengo aún, ya ochentón, vivamente grabado el recuerdo de una paliza que dio a un chaval en medio de la calle, cuando salíamos para ir a casa a comer. No tendría yo más de siete años y le recuerdo dando patadas en el culo y manotazos en la cabeza a un crío de unos doce años y la gente, silenciosa, mirando sin atreverse a rechistar.

Nunca supe la razón. Sé que, en general, los chavales de los pueblos de la Rivera eran más brutos que un arao y mal hablados. Se ve que debió faltarle al respeto, y don Agapito le dio una paliza de órdago delante de la gente. Eran tiempos en que el maestro era toda una autoridad pública y el castigo físico que imponía, aunque fuese excesivo, no tenía réplica. Pero que aquella paliza fue excesiva e injusta, es algo que quedó vivamente grabado en mi mente de niño.

Bastantes años después, cuando vivíamos en Rascafría, otro recuerdo relacionado con la lectura, fue cuando el prefecto de estudios, el padre Mauro, nos leía, traduciendo directamente del francés, El Secreto del Unicornio. Fue la primera vez que tomé contacto con las aventuras de Tintín, cuya colección de aventuras conservo en mi biblioteca. Nos lo leía durante los recreos, sentados bajo un viejo chopo en el patio de Matalobos, y con todos los chavales alrededor pendientes de sus palabras y mirando con avidez los dibujos.

Como los recuerdos de infancia se entrelazan unos con otros como cerezas en un cesto, aunque se confundan fechas y lugares, aún recuerdo que en casa había un viejo ejemplar del Quijote, que leí desde muy niño. Entiéndase, lecturas al estilo del crío que buscaba las aventuras más divertidas, saltándose aquellos pasajes que le resultaban aburridos. Como el discurso, tan feminista y cargado de razón (diríamos hoy), de la pastora Marcela a los que le reprochaban la muerte del enamorado Grisóstomo. O el célebre discurso de la Edad de Oro que hace don Quijote entre los cabreros, mientras sujeta un puñado de bellotas en la mano. Y lo que siempre odié cordialmente, fue la historia del Curioso impertinente, que el cura del pueblo de don Quijote lee en la venta ante todos los personajes allí reunidos. Novela que sí he leído en esta última vuelta que le estoy dando al Quijote en la versión que ha hecho Andrés Trapiello.

Y en mi primera juventud en Aranjuez, aparte los libros de la colección Austral, los únicos al alcance del bolsillo, por su precio popular, tengo el recuerdo de mi abuelo materno leyendo en el patio de casa. Con un pañuelo moquero, hechos cuatro nudos y puesto en la cabeza para protegerse del sol, todavía veo al abuelo Toribio leyendo aquellos tomos in folio de la Historia General de España y de sus posesiones de Ultramar, de Zamora y Caballero. Era una edición de 1874, de la que conservo dos ejemplares, que él compró en el rastro siendo más joven. No se me olvida que, cuando una mosca se posaba sobre las páginas del libro, él lo cerraba de un manotazo y atrapaba a la mosca, que salía prensada por el peso de tanta historia como cabía en más de un millar de páginas que tenía el tomo.

Pues eso, amigo e improbable lector, es lo que tiene la vejez, que andas por la vida con un saco cargado de recuerdos que, a veces, se escapan por las costuras. Pero no temas que esta bitácora se convierta en el desaguadero de las aventuras del abuelo Cebolleta. Prometo no reincidir.

miércoles, 5 de junio de 2024

De memorias personales o algo parecido.-


 

Estas últimas semanas llevo dándole vueltas a la cabeza sobre si escribir una especie de memorias personales, hechas de retales de los recuerdos que aún me rondan por la cabeza, ahora que me voy aproximando a la octava década de mi vida. 

Por lo que tengo leído, es un buen momento para ocuparse del asunto, ya que otros lo hicieron antes, como es el caso de Bernal Díaz del Castillo, quien con los ochenta ya cumplidos escribió su Verdadera historia de la conquista de la Nueva España. O don Pío Baroja con su Desde la última vuelta del camino, quien, puesto a tirar de recuerdos y episodios vividos, nos legó varios volúmenes en los que los lectores contumaces nos hemos zambullido durante largas horas. 

O, yendo un poco más lejos, esas larguísimas Mémoires d’Outre-Tombe de Chateaubriand, quien, aparte de dar nombre al solomillo asado a la parrilla y poco hecho por dentro, nos dejó sus memorias personales y políticas que son un bocado bien elaborado, donde lo crudo de sus enjuagues políticos queda bien sazonado con la elegancia de su escritura.

Sé que en alguna parte de la memoria de algún ordenador anterior que tuve y fue al reciclaje, inicié mis memorias con el propósito no confesado – como cualquier rememorante – de disfrazar, ocultar e incluso mentir sobre aquellos aspectos de mi vida cuyo recuerdo menoscabase mi autoestima o la apreciación ajena. Eso el improbable lector lo comprenderá, uno no tira piedras a su propio tejado. Menos aún, pone en evidencia sus debilidades para ser pasto de lectores ociosos, maliciosos o puede que malintencionados.

Lo cierto es que, en la memoria externa del ordenador, donde guardo casi todo lo escrito en estos últimos veinticuatro años, no aparece por más vueltas que dé a todos sus archivos. Y es una lástima, porque así tendría parte del camino recorrido y sabría a qué atenerme respecto a la forma engañosa en que estaban redactados mis recuerdos. Me serviría de guía, claro está, para seguir el mismo camino de rememorar aquello que me interesase, o bien desmemoriarme en aquello que me conviniese  ocultar.

Claro que estos textos, en principio, no se escriben con el ánimo de darles publicidad, sino por pura reflexión personal sobre mi vida pasada. Lo que incluye el propósito deliberado mentir – o, mejor dicho, de mentirme – cada vez que afloren experiencias vividas pero que resulten desagradables en el recuerdo, y que, por lo mismo, no quisiera sacar en letra impresa. 

Supongo que los psiquiatras tienen un nombre para designar a este ocultarse a la luz de la propia conciencia los recuerdos ingratos que se pudren en el hondón la mente, pero me tiene sin cuidado. Cada cual tiene sus taras y yo asumo de antemano las mías.

Pues ya digo, hace semanas abrí un archivo con el título de “Retazos de vida”, donde empecé a recoger todos los recuerdos de infancia, sin orden, según me venían a las mientes: desde el primero del que tengo conciencia, en torno a los cuatro años, hasta aquellos que son el testimonio de personas que me vieron nacer y me contaron cómo era yo en mis primeros años. Son recuerdos prestados, muchos de ellos, que asumo como propios, empezando por el de mi nacimiento, y los incorporé a mi memoria vital. En eso he seguido el ejemplo de don Miguel de Unamuno en sus Recuerdos de niñez y mocedad y puedo afirmar que estos recuerdos, vividos, pero sin conciencia de haberlos vivido, los sé de autoridad y por deducción.

No es cosa menor, dicho de otra manera, es cosa mayor…, según aquella célebre alocución del inefable Rajoy refiriéndose a la cerámica de Talavera, recurrir a la memoria de sucesos de quienes nos precedieron para llenar de sentido nuestros primeros años, vividos sin recuerdo de haberlo hecho. Con el paso del tiempo, somos memoria de nosotros mismos y proyección hacia el futuro (el que nos quede), mientras que el presente no es más que una sucesión de fugacidades que no logramos aprehender si no es a toro pasado, como recuerdo y memoria. Total, en contra de las filosofías presentistas hic et nunc que nos venden los gurús del posmodernismo, este jubilata está escarbando, sin mucho éxito por lo difícil del caso, en la memoria de quienes ya no existen, pero algo sabían de lo que fuimos.

Así, mis recuerdos más ancestrales (por así decirlo) se remontan a mi bisabuelo el de Lecaun. Según cuenta mi prima Josefina, un día el bisabuelo Juan José (por quien llevo su nombre) extravió una cabra y fue al monte a buscarla. La encontró y se la echó a los hombros sujetándola con las patas bien trabadas. De vuelta a casa, la cabra le iba diciendo por el camino a mi bisabuelo: “Suéltame, Juan José, que soy yo”. Por más que le he preguntado a Josefina cómo continuaba aquella historia de brujería, nunca supo decírmelo. 

Porque, hay que decirlo, en aquellas tierras navarras y en aquella época, la brujería era algo que estaba en la mente y creencias de las gentes, así que no tenía nada de especial que la cabra extraviada pidiese al bisabuelo que la soltara diciéndole “Juan José, que soy yo”. Seguro que él sabía muy bien a quién se refería la cabra y por eso la llevaba bien trabada.

Lo que me recuerda lo oído varias veces en casa del abuelo en Beriain, que en Subiza, que tenía fama de ser pueblo de brujos, una vez fue el cura a exorcizar a una mujer y la escalera se puso del revés para que no pudiera subir adonde estaba la poseída. Otras historias parecidas se contaban por la noche, al calor de la cocina, después de rezado el rosario y mis tíos, reventados de la faena en el campo, se dormían al soniquete de la interminable letanía del “ora pro nobis”. Pero tan niño como era yo entonces, la mayoría no las recuerdo. Sí recuerdo aquella vez cuando el tío Braulio nos explicó cómo era la bomba atómica, parecida a un puchero grande que había en la recocina y servía para cocer las mondas de patatas que se echaban a los cutos.

A pesar de lo que se ha dicho más arriba, de que se trata de unas memorias personales – si es que llegasen a término – para uso personal y no para el común de los lectores, en mi rinconcito de escritor frustrado bien quisiera que salieran a la luz. 

Claro que hay que contar con el miedo escénico del jubilata que echa la vista atrás y reconoce que no hay materia para alimentar el interés de improbables lectores y así caer en el ridículo. Por eso no diré como Nerón cuando se suicidó a manos de su esclavo: Qualis artifex pereo (Qué gran artista se pierde con mi muerte). Y es que del salto a la gloria al tropezón en el esperpento solo hay un pequeño paso.  

Y si no, que se lo pregunten a don Friolera.

viernes, 26 de mayo de 2023

En torno al edadismo.-

 


Lo de “edadismo” es un voquible que entró en mi vida por la puerta falsa. Nunca había pensado en ello, ni me pareció digno de atención tal palabro de nueva invención, si no fuera porque se me coló de rondón un día mientras yo viajaba en el metro. Y eso fue cuando un hombre joven se levantó del asiento y me lo cedió. Algo cambió en mi vida a partir de entonces.

Imagínese el improbable lector la indignación que me sobrevino al caer en la cuenta: un hombre joven, sutilmente, haciendo gala de su vigor físico y de su bonhomía, en cuanto me vio, se levantó como un resorte para que me yo me sentara. En primer lugar, antes de ser consciente de que este jubilata era el objeto de aquella amabilidad, miré a mi alrededor por si había algún decrépito necesitado del asiento. Pero no, la persona a la que se dirigía su gesto amable y la invitación a ocuparlo, era yo.

Jamás había pensado yo antes que, andando – o más bien, galopando – el tiempo, me convertiría en víctima de la bondad ajena. Y aquí me tiene el improbable lector, aceptando pocas veces y un poco a regañadientes, el asiento que alguien me ofrece cuando viajo en el metro. En el bus no, porque en el bus, con mucha frecuencia, es como ir en un geriátrico agitado. Allí, es lo habitual, los asientos reservados a los mayores están siempre ocupados por seres en general bastante estropeados físicamente. Y en cuanto a los de más atrás, en cuanto alguien los ocupa, queda allí como encastrado y embuchado entre gente en pie que hace equilibrios sobre sus dos piernas, mientras se abduce ante la pantalla del móvil. Así no hay forma de ejercer la amabilidad con los provectos.

O sea, que, a estas edades, uno ha de contar con eso del edadismo y contarse en el número de los afectados por esa epidemia que ataca a los que vamos de septuagenarios para arriba. Y no es que un servidor se queje del edadismo, porque, según avanza la vida, uno echa un vistazo de vez en cuando al retrovisor para ver el camino hecho; es que son otros los que se encargan de recordárnoslo, o bien mediante su amabilidad, o mediante su conmiseración, o incluso mediante su desprecio. 

Y si uno se hace la ilusión de que el tiempo pasa para los demás y no para sí mismo, no tiene más que recordar que en el bolsillo llevamos una cartera con el DNI que nos recuerda – con esa frialdad administrativa de los documentos oficiales – que nacimos en 1945. 

¡Joder!, piensas, nací recién terminada la segunda guerra mundial y en pleno propagandismo posguerra civil española. Posguerra cuyo recordatorio interesado se prolongó durante gran parte de mi juventud porque así convenía al cesarismo militarista que nos gobernaba por aquellos andurriales de la historia.

Y que el improbable lector perdone esta rápida mirada al retrovisor. No suele ser lo habitual, no sea que por mirar hacia atrás, uno se estampe contra la vida que viene de frente. 

Y, a pesar de lo dicho de mirar de frente la vida, perdóneseme, una vez más, una nueva ojeada al retrovisor, que acabo de acordarme de aquella canción patriótica con que entrábamos los críos en la escuela pública: La mirada clara y lejos, y la frente levantada… “Montañas Nevadas”, creo que se llamaba. Aunque ahora no nieva mucho, la mirada clara y lejos es gracias a la operación de cataratas, y lo de la frente levantada, no mucho, que andamos un poco encorvados por aquello de la mochila de la edad.

Pero, bueno, lo del edadismo sigue sin ser santo de mi devoción, sobre todo porque sirve para que me cedan el asiento y me hagan sentir la edad que tengo. Puesto a gustar de los "ismos", prefiero el Dadaísmo por aquello de rimar con el ya mencionado edadismo, y porque, además, produce cadáveres exquisitos.

 

sábado, 2 de junio de 2018

... Y fueron felices.-

Fragmentos de una autobiografía que no pudo ser:

La capacidad de ubicuidad imaginaria de los niños es un don del que yo disfruté durante mi infancia franquista, cuando la mesa escasa y la carencia alimenticia se suplían con leche en polvo y queso amarillo de la ayuda americana, a la vez  que la voracidad imaginativa se alimentaba de los cuentos maternos. Sin aparente esfuerzo, aquel niño que alguna vez fui, saltaba desde la famélica y muy patriótica reserva espiritual de Occidente hasta el mundo de los sueños donde podía ser indistintamente príncipe, sastrecillo valiente o apuesto caballero.

 ¡Ah! Aquellas madres de derechas, de escapulario al pecho, novena a Santa Rita y Primeros Viernes de mes que, amorosamente, contaban a sus retoños unas terribles y, a veces, incongruentes  historias de niños abandonados en medio de bosques plagados de brujas y ogros; de estúpidas princesitas que se levantaban de la cama ojerosas por culpa de un guisante debajo del colchón; de príncipes hermafroditas que besaban remilgosos a bellas durmientes; de caperucitas irresponsables que cruzaban sombrías florestas habitadas por lobos hambrientos y falaces; de príncipes-sapo que incitaban a puras doncellas a escabrosas relaciones de zoofilia con la excusa de un beso redentor; o, en fin, de enanitos asexuados que jamás se pasaron por la piedra a la ñoña de Blancanieves a pesar de que ocasiones no faltaban para ello... Mundos irreales que hacían olvidar los agujeros en las suelas de los zapatos, las culeras remendadas en los fondillos del pantalón, o los regletazos del maestro en el pulpejo de los dedos...

Jamás me pregunté por qué los cuentos infantiles, oídos una y otra vez, terminaban con la muletilla de “...y fueron felices y comieron perdices” A lo que, con cierta malicia, se añadía a veces aquello de “y a mí no me dieron porque no quisieron”. Y uno, niño sentado a la mesa de manteles pobres, era feliz con la feroz inocencia de quien sabe que al lobo de Caperucita le estaba bien empleado que le rajaran la tripa para sacar a la abuelita incólume, quizás por indigesta a causa de su provecta edad, y se la llenaran de piedras, la tripa, que no la abuelita.  

Y no me cuestionaba tampoco el hecho de que príncipes y princesas, felizmente casados y gozosos herederos de fabulosos reinos sin revoluciones bolcheviques, pasasen el resto de su vida comiendo suculentas perdices mientras que el niño hambriento de mundos fantásticos que yo era,  saciaba sus hambres infantiles con un tazón de leche ensopada con pan moreno y edulcorada con sacarina.

Y durante las diarreas estivales que dejaban al niño en los huesecillos, y el agua de limón era el remedio más socorrido, y al niño soñador se le marcaban las costillas como tiernos sarmientos y se le agrandaban los ojos brillantes de fiebre y de mundos imaginarios, la madre lo transportaba dulcemente hasta su cuento preferido, allí donde Pulgarcito robó las botas de siete leguas al gigantón y daba enormes saltos que le llevaban hasta la casa de sus papás; ésos que, pasado el tiempo de la niñez, descubrió horrorizado que eran unos desnaturalizados porque abandonaron a su prole en medio del bosque.
Muchas veces me he preguntado a qué dios cruel se le ocurrió inventar la infancia, con ese maravilloso don de la bilocación que me permitía estar en la escuela cantando la tabla del siete – la más difícil, con mucho – y matando dragones, en el mundo de Irás y No Volverás, para salvar de sus garras a aquella vecinita mocosa de las trenzas negras y los lazos rojos, que jugaba a las muñecas en cuclillas, mostrando en su inocente indiferencia unos muslos sonrosados que al niño-paladín le perturbaban con premonitorios deseos.

Cierro los ojos, salgo de mí mismo, abandono este cuerpo de hombre hecho de materia orgánica y de frustraciones y me zambullo en el líquido amniótico de aquella matriz primordial  que me aísla de un universo que detesto y que me niego a comprender. Buceo en el claustro materno de la imaginación infantil y me acomodo en un rincón desde el que observo sin ser visto. Soy de nuevo el niño que no sabía de la existencia de horarios laborales, de Agencias Tributarias o de los mil suplicios que los humanos inventan para vivir en sociedad.  Soy, de nuevo, el pequeño y tímido niño que construía paraísos en una España muerta de hambre y de glorias guerreras; libre en tierras donde los campesinos sudaban las cosechas y los miedos al glorioso Movimiento; feliz en una familia de derechas que remendaba dignamente su pobreza y educaba a su prole en el temor de Dios  y del Satán comunista.

Me agito incómodo en mi rincón de soñar que soy niño que sueña cuentos, tan reales como la imaginación del mocoso que, en una lejana y ya imposible infancia, fui. ¡Dios! Si todavía recuerdo que era tan bonito el cuento de Blanca Nieves, con su madrastra envidiosa y cruel, y esos enanitos encantadores y aquella muchachita tan dulce... ¿Por qué el hombre que ahora soy se niega a creer aquellas fábulas inocentes?

Eso de que, en épocas de carestía, los personajes de los cuentos comiesen perdices mientras que los niños nos asombrábamos de tales dichas culinarias, solo podía sustentarse en la inocencia imaginativa y en la ausencia de toda conciencia distributiva que es patrimonio de niños subdesarrollados, como yo lo fui. Aunque, en cierto modo, también nos alimentábamos de su felicidad y de los volátiles que fagocitaban entre ternezas de enamorados.

Nunca el chavalillo, cuyo régimen alimenticio bordeaba el mínimo de aportes energéticos por vía oral, reforzado por las cucharadas de aceite de hígado de bacalao, se cuestionó la licitud de aquellos banquetes reales – reales por ser propios de mesas de reyes, aunque imaginarios por pertenecer al mundo de la ficción – ni se preguntó por la enorme cantidad de aquellas simpáticas aves sacrificadas para satisfacción de tan egregias personas.

¿Es que  nunca nadie les explicó a aquellos personajes que estaban esquilmando la fauna de sus campos? Si se pasaban la vida siendo felices y comiendo perdices... y faisanes, y conejos, y venados, forzosamente estaban destruyendo el equilibrio ecológico. Así nos pasa, que ya casi no quedan aves rapaces ni carroñeras, si no es en los documentales sobre naturaleza que echan por la tele. Pero no es lo mismo...

Con sus eternos banqueteos e  irresponsable felicidad dejaron a las generaciones venideras en la inopia y a los niños faltos de conciencia ecológica.  Lo cual resulta penosísimo cuando ese dios cruel - del que he hablado antes - nos arrebata la infancia y nos arroja en medio del asfalto y de la sociedad neoliberal que cambia, previo pago, nuestros sueños por infectos juegos de ordenador.

Perdida la fe en los sueños y resentido porque me han arrebatado la ingenuidad, descubro el terrible contubernio de las madres con los poderosos del sistema para cerrarnos los ojos ante la realidad con historias en apariencia incongruentes, pero que cumplían una función adormecedora de la conciencia social.  Y si no, que alguien me explique qué razones había para contarnos el cuento de Caperucita, por ejemplo.

El niño soñador jamás se dio cuenta de que la fábula de esta niña irresponsable estaba perversamente trucada hasta en el nombre: Caperucita “Encarnada”, en vez de “Roja”, sobrenombre que le venía de del capisallo con capucha de aquel color con que se cubría. Y es que no se podía consentir que un niño nacional-católico descubriese que el rojerío, ni siquiera como pigmento textil, fuese capaz de buenas acciones.

Si pudiese retornar hasta la infancia, buscaría al niño crédulo que jugaba al Guerrero del Antifaz por las calles polvorientas y le advertiría del engaño. Le diría que el lobo pasaba hambre porque los humanos habían invadido su hábitat hasta el punto de tener que buscar alimentos fuera de su entorno natural; que su agresividad no era más que la respuesta desesperada de su instinto de supervivencia; que, si realmente había alguien peligroso, era el cazador machote y bigotudo quien, escopeta al hombro, se dedicaba a abatir los animales que eran el natural sustento del hermano lobo.

¿Acaso, el niño que yo había sido, no se daba cuenta de la crueldad que suponía llenarle la barriga de piedras al lobo? Solo a los humanos se les ocurre matar con saña y disfrutar con ello. ¿Cómo se podía dar tan horrible fin a un animal inteligente, que hasta hablaba el lenguaje de los humanos?

Pero... mejor, no. No destruiré la felicidad ficticia de quien, al correr de los años, será, ya es, un hombre que pasa sus días tropezando con las realidades más duras e indigestas que los pedruscos con que lastraron la tripa del pobre animal.

martes, 22 de agosto de 2017

Crónicas veraniegas e intrascendentes, 4. Faunario político estival.


Hasta este retiro serrano llega la noticia de que un cura cavernario ha culpado a las alcaldesas Ada Colau y Carmena de los atentados terroristas de Barcelona, por rojas y comunistas. 

Lo que me ha hecho recordar que, por razones que no vienen al caso, ya que al improbable lector le tendrían sin cuidado, este jubilata y su santa hemos tenido que pasar unos días en Madrid en pleno ferragosto. Han sido esos días buena ocasión para tomar el pulso, con poca convicción y más que nada por sacudirme de encima la feliz ignorancia canicular, a eso que por estos pagos llamamos “la política”. 

Y lo primero que ha llamado la atención – y no debería, porque es cosa de manual – han sido algunas venezuelas con que los patriotas de guardia han apedreado a “la Carmena”, o sea, a nuestra alcaldesa. Lo de “venezuelas” (así, en plural y sin mayúscula quiere significar el argumentario sacado del libro de instrucciones que el Partido en el Poder consulta cada vez que quiere oponerse en plan torvo – o sea, siempre – a cualquier decisión política que tome el rojerío podemita. 

Pues eso, que choca un tantico eso de que a “la Carmena” la hayan acusado de usar tácticas estalinistas porque se le ha ocurrido la peregrina idea de regalar libros a los recién nacidos, como si quisiera ideologizarlos desde la cuna para que sean buenos marxistas el día de mañana. Ya se sabe, los libros los carga el diablo.

Y, según parece, cuando la alcaldesa se ha enterado de las críticas aviesas, ha esbozado una de esas sonrisas esquinadas que acostumbra, a medio camino entre el desdén y la coña, y se ha preguntado en voz alta hasta dónde llega la necedumbre e ignorancia de algunos paniaguados de la política. Pues, según explica la señora, eso de regalar libros a bebés es detalle que ella ha tomado, no del Maduro bolivariano, sino del alcalde de Nueva York porque el gesto le había parecido muy guay. Aunque la verdad sea dicha, y es cosa sabida por todos, si usted quiere conocer una institución podrida de estalinismo, ahí tiene la alcaldía de New York. Todos ellos comunistoides e infiltrados de Kim Jong-Un en la patria de los guantánamos y las libertades.

A un servidor, que pasó la varicela rojo/progre en su juventud, y es en la actualidad un reaccionario de izquierdas (y gracias) con dos quinquenios de jubilación a sus espaldas, no le parece tan mal eso de que los nenes de teta tengan, junto al pezón materno, un librico. Aunque no sepan leer aún, que se vayan acostumbrando despacito, despacito, a saber que los libros existen. No sea que, el día de mañana, lleguen a presidentes de gobierno y solo lean el Marca. Dicho sea sin señalar al palacio de la Moncloa.

Yo comprendo que eso de los libros, en tan tierna edad, pueda ser demasía y quizás convenga empezar por un sonajero. Pero, tranquilícese el improbable lector, si a un roró le pone Vd. el Libro Rojo de Mao – un suponer – junto al biberón, lo más seguro es que opte por éste antes que por aquél. Y cuando llegue a la adolescencia, estará más interesado en un IPad que en el Gran Salto Adelante maoista o en la estatalización del petróleo bolivariano. 

Ya sería un milagro que, llegado a la edad de este jubilata, se dedicase a leer la Sinapia, esa utopía que habla de una Ispania  a la inversa, donde la propiedad privada está prohibida y todos los actos de la vida están reglamentados; donde el territorio está geometrizado, de forma que no hay ocasión para las catalunyas llures; donde la iglesia y el estado tienen como objetivo que sus súbditos alcancen la felicidad en este mundo y en el otro. Eso sí, con todo reglamentado, racionalizado y sin opción a queja.

Francamente, yo desaconsejaría a “la Carmena” que a un recién nacido le regalase una Sinapia. Las fuerzas vivas se iban a poner como fieras al ver cómo coartaba la libertad de estos tiernos aspirantes al disfrute de la sociedad neoliberal. Pero ya puestos, también le desaconsejaría que regalase ninguno de esos libros de autores a los que se podría denominar socialistas utópicos avant la lettre, del tipo Tomás Moro, con su Utopia, o Tomasso Campanella, con su Ciudad del Sol

Porque, desengañémonos, detrás de cada utópico hay un totalitario que, de entrada, prohíbe la moneda y la propiedad privada; reglamenta  la familia incluso a la hora de copular (los niños son un bien de interés general y no se los puede fabricar a calzón caído); los estamento sociales son rígidos y cada cual cumple una función encaminada al bien social; la libertad de pensamiento se reduce a las doctrinas reconocidas por la autoridad. Y así todo…

Y del Rousseau bienintencionado a Charles Fourier y sus falansterios, o desde Carlos Marx y su Capital, con los trabajadores controlando los medios de producción, hasta Skinner y su Walden Dos (esas absurdas lecturas de juventud), hay libros indigestos que no está bien regalar a un niño de teta. Pero aparte eso, las posibilidades son enormes.

Piénsese, por vía de ejemplo, en todas las historias de la factoría Walt Disney, tan azucaradas y sin malicia, con las que imbuir en la mente de los pequeñuelos la recta inclinación por la libertad de consumo en un mundo feliz. Pero, si no fuese suficiente, siempre quedaría el recurso a una dosis razonable de soma huxelyano en el bibe de los lactantes para hacer de los futuros ciudadanos epsilones bobos, pero satisfechos con su horizonte mental.

¡Mira que regalar libros tendenciosos a los neonatos…! Pero qué ocurrencias las de la alcaldesa. De eso al islamismo radical, un paso.


sábado, 1 de julio de 2017

Por los tejados.-



Comenzamos el veraneo, así que mejor os dejo aquí un cuento de infancia para tomarse los calores venideros con un poco de calma. El cuento dice tal que así:

La última vez que me subí al tejado de casa rompí tres tejas. En casa mi madre dijo que habían sido cinco, pero no era verdad. Las otras dos ya estaban rotas. Pero ya se sabe cómo son los mayores, que siempre quieren tener la razón. De todas formas, los zapatillazos de mi madre me los llevé igual,
tanto si habían sido tres como cinco.

– Hartita me tienes, todo el día en el tejado - dijo tras el zapatilleado.

Mi amigo Roque me dijo que, ya puestos a recibir estopa, mejor por cinco que por tres. Pero las cosas son como son: yo sólo rompí tres tejas, las otras dos estaban rotas y bien rotas. Si el michino que teníamos en casa pudiera hablar, seguro que me daba la razón. El michino, para que se sepa, era el gato de casa, que se pasaba el día por los tejados cazando gorriones.

Yo también solía andar mucho por los tejados, pero mi cacería era de otro tipo. Por aquel entonces, yo andaba por los 13 años y más enamorado que un gato en febrero. Y a quien sí rompí muchas tejas fue al padre de Elvirita. Elvirita se llamaba la pajarita que a mí me gustaba. Tenía un año más que yo, una carita tersa como piel de manzana y unas teticas que ya apuntaban maneras. Vivía en el callejón que hay detrás de mi casa. Me la cruzaba cuando yo iba camino de la escuela y ella al taller de corte y confección. Al verme mirarla como un bobalicón, se reía igualito que una alondra, apretaba el paso y se contoneaba con promesas de mujer. 

Elvirita tenía dos hermanos mayores que eran dos bigardos y me daban patadas en el culo si me veían rondar por su calle. De ahí lo de gatear por los tejados: necesidad obliga. Me subía al tejado por la tapia del gallinero y recorría a cuatro patas la distancia de mi casa a la suya, hasta situarme encima de su corral. Allí me quedaba observando, en el alero de encima de las cuadras. Yo la veía trajinar en las pequeñas tareas domésticas, propias de las chicas de pueblo en aquellos años. Lo que más me gustaba era verla tender la ropa. Como no llegaba bien a las cuerdas, Elvirita se empinaba todo lo que podía y se le subían las faldas hasta medio muslo. Yo, en el séptimo cielo, maullaba de gusto. Pero tanta dicha tenía efectos contraproducentes.

Lo digo porque aquellos muslos sonrosaditos de hembra en ciernes –que yo acariciaba con la mirada– me producían vértigo. Perdía el sentido y tenía que agarrarme con fuerza a las tejas para no caer. Me aferraba con tantas ansias que, a veces, arrancaba alguna teja de su sitio. La teja se deslizaba alero abajo y yo me quedaba con el alma el vilo viéndola resbalar. Si había suerte, la teja quedaba a medio colgar en el canalón; si caía al corral de mi vecino, hacía mucho ruido y Elvirita se asustaba, soltaba el cesto de la ropa y se metía en casa corriendo. Su padre salía dando voces a ver qué pasaba, echaba mano a la purridera y amenazaba con ella, mirando hacia el tejado. Yo, ni respiraba del susto. “Jodidos gatos”, refunfuñaba él antes de meterse en casa. Si en vez del padre salía alguno de los hermanos, era peor, porque cogían piedras y las tiraban al tejado. Yo, entonces, me pegaba contra las tejas todo lo largo que era y me estaba quieto, quieto. El corazón se me salía por la boca a puro desbocado que estaba.

De regreso hacia la tapia del gallinero de casa, solía cruzarme con el michino. Yo iba medio arrastras, moviendo tejas, mientras que él parecía caminar sobre algodones.  Recuerdo que cruzábamos nuestras miradas y yo veía en la suya reproches. Por mi culpa, los pájaros habían volado a los tejados de la otra calle. Ese día no cobraba pieza y  el pobre gato tenía que comer las sobras que le echaba mi madre, si es que sobraba algo.

El día que rompí las tejas de casa no se  me olvidará. Según costumbre, después de la escuela trepé al tejado del gallinero y fui gateando hasta el de las cuadras de casa de Elvirita. Era finales de mayo, el verano venía adelantado y hacía calor. Como tantas otras veces, Elvirita estaba tendiendo ropa. Solo que esta vez, por el calor, andaba con una camiseta de tirantes. A cada vez que se agachaba para coger una prenda, se le ahuecaba la camiseta y yo veía sus tetillas, como dos burujos sonrosados que parecían dos melocotones en sazón.

Absorto en mi contemplación, no me di cuenta que el michino estaba a mi lado. Se ve que ese día se le había dado mal la cacería y la tomó conmigo. Lo cierto es que me dio un zarpazo en una oreja y yo, tumbado en el borde del alero, perdí el equilibrio y caí al corral. La  costalada contra el suelo fue de aúpa. En mi caída arrastré una buena docena de tejas. Caí a los pies de Elvirita. Ésta empezó a gritar como una histérica. Al ruido del golpe, de las tejas rotas y de los gritos, aparecieron el padre y los hermanos.

– Cogedme a ese gato, que lo capo – les gritó el padre al verme.

Aún no sé cómo lo hice. Me puse en pie como un resorte, trepé por las bardas del corral, me encaramé al tejado y no dejé teja sana de allí a casa. Según me descolgaba por el gallinero, arranqué tres tejas, más dos que se vinieron de propina. Mi madre, que lo vio, se quitó la zapatilla… En el alero, el michino se atusaba los bigotes.

Ahora soy un hombre de ciudad. Cada verano que vuelvo al pueblo, pido las llaves al cura y subo a la torre de la iglesia. Desde allí veo los tejados y las callejuelas intrincadas. A veces, alguna muchacha se asoma a la ventana y me parece reconocer en ella a Elvirita, mi amor de infancia. Pero no la busco a ella. Busco mi infancia lejana.

martes, 4 de abril de 2017

Un ejercicio de añoranza.-


Es lo que tiene irse haciendo viejo; bueno, digamos que "senior", miembro de la "tercera edad", jubilata marchoso, y otras formas optimistas de encarar el puñetero paso del tiempo. Es lo que tiene, digo, eso de acumular quinquenios vividos: que cuando se echa la vista atrás, la vida es una aventura de perfiles borrosos, olvidos y falsos recuerdos (o auténticos, que a estas alturas uno ya no está seguro) que van llenando el saco de vivencias en que acabamos convertidos. Por eso, porque, por una debilidad - perdonable, imagino -, esta mañana de abril me he despertado mirandome hacia adentro, a lo lejos en el tiempo, y he encontrado esto que queda aquí escrito. Que nadie se lo tome a mal, solo es literatura de andar por casa, ficción y un poco de auto engaño:

El niño que yo era.

Me llamo JotaJo. Nací en casa Lecáun y aquella tarde se fue la luz. Siendo niño viví en Cortes y mi mundo llegaba, más allá de las huertas, hasta las vías del tren. Mi vida se repartía entre la cocina familiar, la escuela pública y la calle.

En la cocina de casa jugaba, comía, lloraba –con motivos o no, según el humor del niño que yo era– , me lavaban, me reñían o me acariciaban –con motivos o no, según el humor de los mayores–. A mi modo, fui feliz.

La escuela era un mundo duro. Allí aprendí a leer y a escribir, las cuatro reglas y a llevar las orejas limpias. Todos los día, a la entrada, nos hacían cantar “Montañas Nevadas”, y  el mes de mayo, “Con flores a María”. Don José nos castigaba con varas de mimbre y el patio de recreo era un campo de batalla. También allí, fui casi feliz.

La calle era un Amazonas, un desierto africano o un castillo medieval, según. Porque en la calle, yo era yo: un día era corsario inglés o indio de las praderas; otro día, mosquetero, contrabandista o policía. Pero a ser ladrón nunca jugué, porque mi padre era guardia civil. Ser ladrón y vivir en el cuartel de la guardia civil no tenía lógica y mis amigos lo entendían; así que nunca fui ladrón, y bien que lo siento. En la calle, ya lo he dicho, yo era yo y ni me acordaba de ser feliz.

La pubertad, en aquel entonces, era otra cosa. Un día, de repente, me cambió la voz y me gustaron las chicas. También de repente, todo el mundo se confabuló para reñirme: “los mayores no hacen esto, los mayores no hacen aquello”, y descubrí las obligaciones. El niño se me perdió entre las calles del pueblo y terminé en el internado. Yo quería llevármelo conmigo, pero él no se dejó. Nadie me preguntó si yo era feliz.

Siendo joven olvidé al niño. Había que estudiar, había que trabajar, había que labrarse un porvenir y el niño era un estorbo. De adulto estaba muy ocupado y no tenía tiempo de pensar en él. De hecho, el adulto actuaba como si nunca hubiera sido niño. Y así le iba.

Pero un día empecé a escribir y el niño volvió. Fue una cosa rara: me inventé una historia, como si fuera de verdad, y me la creí. Me quedé muy preocupado. Pero otro día, tiempo después, me volvió a pasar: escribí un cuento y me gustó. A mi edad, aquello no era normal, así que fui al médico. El médico me dijo lo de siempre, que era estrés, y me recetó pastillas. Tiré las pastillas y seguí escribiendo.

Ahora, he decidido que quiero ser niño, aquel niño que era pirata, espadachín, bandolero de Sierra Morena... A veces lo encuentro, me siento al ordenador, y él me sopla al oído historias inverosímiles. Unas veces soy un enamorado sin suerte, otras un comedor de cadáveres o un ladrón de tiempo, según me lo cuente el niño que quiero volver a ser. A veces, el niño se pone borde, se enfurruña y se va. Entonces, le busco entre los libros, entre la gente que viaja en metro o dentro de mi cabeza. Si no lo encuentro, me pongo de mal humor y la gente lo nota. En casa piensan que estoy p´allá y los amigos no me aguantan. En el trabajo no doy pie con bola y, en la calle, cruzo los semáforos en rojo.

Y es que nadie sabe que la culpa es de ese niño que me cuenta historias...

domingo, 5 de septiembre de 2010

... Y fueron felices.-


La capacidad de ubicuidad imaginaria de los niños es un don del que yo disfruté durante mi infancia franquista, cuando la mesa escasa y la carencia de alimentos se suplían con leche en polvo y queso amarillo de la ayuda americana, a la vez que la voracidad imaginativa se alimentaba de los cuentos maternos. Sin aparente esfuerzo, aquel niño que alguna vez fui, saltaba desde la famélica y muy patriótica reserva espiritual de Occidente hasta el mundo de los sueños donde podía ser indistintamente príncipe, sastrecillo valiente o apuesto caballero.
¡Ah! Aquellas madres de derechas, de escapulario al pecho, novena a Santa Rita y Primeros Viernes de mes que, amorosamente, contaban a sus retoños unas terribles y, a veces, incongruentes historias de niños abandonados en medio de bosques plagados de brujas y ogros; de estúpidas princesitas que se levantaban de la cama ojerosas por culpa de un guisante debajo del colchón; de príncipes hermafroditas que besaban remilgosos a bellas durmientes; de caperucitas irresponsables que cruzaban sombrías florestas habitadas por lobos hambrientos y falaces; de príncipes-sapo que incitaban a puras doncellas a escabrosas relaciones de zoofilia con la excusa de un beso redentor; o, en fin, de enanitos asexuados que jamás se pasaron por la piedra a la ñoña de Blancanieves a pesar de que ocasiones no faltaban para ello... Mundos irreales que hacían olvidar los agujeros en las suelas de los zapatos, las culeras remendadas en los fondillos del pantalón, o los regletazos del maestro en el pulpejo de los dedos...
Jamás me pregunté por qué los cuentos infantiles, oídos una y otra vez, terminaban con la muletilla de “...y fueron felices y comieron perdices” A lo que, con cierta malicia, se añadía a veces aquello de “y a mí no me dieron porque no quisieron”. Y uno, niño sentado a la mesa de manteles pobres, era feliz con la feroz inocencia de quien sabe que al lobo de Caperucita le estaba bien empleado que le rajaran la tripa para sacar a la abuelita incólume - quizás por indigesta a causa de su provecta edad - y se la llenaran de piedras, la tripa, que no la abuelita.
Y no me cuestionaba tampoco el hecho de que príncipes y princesas, felizmente casados y gozosos herederos de fabulosos reinos sin revoluciones bolcheviques, pasasen el resto de su vida comiendo suculentas perdices mientras que el niño hambriento de mundos fantásticos que yo era, saciaba sus hambres infantiles con un tazón de leche ensopada con pan moreno y edulcorada con sacarina.
Y durante las diarreas estivales, que dejaban al niño que yo era en los huesos, y el agua de limón era el remedio más socorrido, y al niño soñador se le marcaban las costillas como tiernos sarmientos y se le agrandaban los ojos brillantes de fiebre y de mundos imaginarios, la madre lo transportaba dulcemente hasta su cuento preferido, allí donde Pulgarcito robó las botas de siete leguas al gigantón y daba enormes saltos que le llevaban hasta la casa de sus papás; ésos que, pasado el tiempo de la niñez, descubrió horrorizado que eran unos desnaturalizados porque abandonaron a su prole en medio del bosque.
Muchas veces me he preguntado a qué dios cruel se le ocurrió inventar la infancia, con ese maravilloso don de la bilocación que me permitía estar en la escuela cantando la tabla del siete – la más difícil, con mucho – y matando dragones, en el mundo de Irás y No Volverás, para salvar de sus garras a aquella vecinita mocosa de las trenzas negras y los lazos rojos, que jugaba a las muñecas en cuclillas, mostrando en su inocente indiferencia unos muslos sonrosados que al niño-paladín le perturbaban con premonitorios deseos.
Cierro los ojos, salgo de mí mismo, abandono este cuerpo de hombre hecho de materia orgánica y de frustraciones y me zambullo en el líquido amniótico de aquella matriz primordial que me aísla de un universo que detesto y que me niego a comprender. Buceo en el claustro materno de la imaginación infantil y me acomodo en un rincón desde el que observo sin ser visto. Soy de nuevo el niño que no sabía de la existencia de horarios laborales, de Agencias Tributarias o de los mil suplicios que los humanos inventan para vivir en sociedad. Soy, de nuevo, el pequeño y tímido niño que construía paraísos en una España muerta de hambre y de glorias guerreras; libre en tierras donde los campesinos sudaban las cosechas y los miedos al glorioso Movimiento; feliz en una familia de derechas que remendaba dignamente su pobreza y educaba a su prole en el temor de Dios y del Satán comunista.
En fin... ese reino de Irás y no Volverás al que, ahora jubilata y escéptico, me asomo estos días porque he visto a un niño en el parque del Calero trotando a caballo sobre el palo de una fregona.

martes, 13 de abril de 2010

Mira qué te cuento, 2.- La rueda de madera (recuerdos apócrifos de infancia).-

Una de las cosas que más me fascinaban, siendo yo niño, era la rueda de madera del tren. Me enteré de su existencia por primera vez cuando tenía cinco años, y de todas las veces que he viajado en ferrocarril, no recuerdo que jamás la hayan encontrado.
En aquellos años de mi infancia, la verdad es que se viajaba poco. Montar en el tren para ir desde el pueblo donde vivíamos hasta la capital, era una aventura que me llenaba de emoción. Siempre me desvelaba la noche anterior al viaje. Había que madrugar y caminar hasta la estación, casi un kilómetro, cargando con las maletas y los bultos. A mí, el camino se me hacía interminable. Agarrado a la mano de mi padre, tiraba de él, ansioso por llegar cuanto antes y subirme al tren. Yo era entonces un mocoso, y el mundo era muy grande y estaba lejos. Tan lejos, que sólo en ferrocarril se podía llegar hasta él.
Un tren de aquellos, con su humeante y negra máquina de vapor, a los ojos de un niño, era un ser que imponía temor y causaba admiración. Todo él tan enorme, hecho de hierros rechinantes y maderas traqueteantes, humaredas de vapor y carbonilla que te entraba en los ojos. Verlo bufar como un toro furioso y a punto de embestir, impresionaba muchísimo. Pero aquel monstruo tenía un punto débil: la rueda de madera.
Cuando recorríamos el andén para ver cual era nuestro vagón, siempre, siempre, se veía a un ferroviario que andaba buscando la rueda de madera. Con su martillo de mango largo, iba golpeando las ruedas de los vagones, una a una: ¡Clinng! sonaba una rueda; pasaba a la siguiente, golpeaba y ¡Clinng! sonaba también aquella; y la siguiente, y la otra, y la otra… ¡Clinng! ¡Clinng...! Yo, la primera vez que lo vi, observé con curiosidad enorme aquel repiqueteo, hasta que mi padre me dijo:
– Están buscando la rueda de madera.
Según parece, cuando hicieron el tren, sin darse cuenta, pusieron una rueda de madera en un vagón. Y para que el tren no descarrilara, había que encontrarla y sustituirla por otra de hierro. Pero, por más que buscaban la rueda de madera, no conseguían dar con ella.
– ¿Y, cómo van a saber cuál es la rueda de madera? – pregunte yo intrigado a mi padre.
– Pues por el ruido – me contestó muy serio.
Estaba claro que si las ruedas de hierro hacían cling-cling, en cuanto el ferroviario golpeara con su martillo la de madera, ésta no haría ¡Clinng!, sino ¡Cróc! o algo parecido. Pero creo que, por lo menos en mis años de infancia, la rueda no apareció nunca. Y sé bien lo que me digo porque, con el tiempo, me hice mayor y empecé a viajar en tren todas las semanas. Como hice el bachillerato en la capital, donde vivía en una pensión, iba yo los fines de semana al pueblo en tren. Pasaron años, y un buen día, sin saber bien por qué –ya a punto de terminar el bachillerato– me acordé de la rueda de madera de mi infancia. Me fijé y, a pesar de tanto tiempo transcurrido, seguían buscándola. Antes de que arrancara el tren, sentado en el compartimiento y enfrascado en mis lecturas, alcanzaba a oír el cling-cling del martillo en su búsqueda infructuosa.
Luego, fue pasando el tiempo y le perdí la pista a la dichosa rueda. A lo mejor es que ya la han encontrado. Como la RENFE se ha modernizado tanto…