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domingo, 21 de diciembre de 2014

La Navidad, forma de supervivencia.-


Todo presagiaba que iban a ser unas navidades post crisis. Las pantallas de plasma de la Moncloa así lo afirmaban. Las multitudes gozosas que se apiñaban en las calles comerciales, llevaban estampada en la cara la gran sonrisa del consumo. Las luminarias navideñas incitaban al paseo gregario de escaparate en escaparate. 

Quien más, quien menos, hacía cola en la carnicería del súper para comprar el cordero, en la pescadería para comprar los langostinos, en la charcutería para comprar el jabugo. De paso, camino de las cajas registradoras, se llevaba de las estanterías los turrones duros, blandos, guirlaches, mazapanes, polvorones. De la crisis se sale mediante el consumo, era la consigna, y las felices masas impregnadas de alegrías navideñas gastaban sus sueldos de media jornada, sus subvenciones del desempleo, sus magros ingresos de trabajo en negro. Consumo, felicidad. Era Navidad.

Galiano Peláez lo sabía de otros años. Por eso, desde dos semanas antes de navidades estuvo yendo y viniendo al súper de cerca de casa. Con su carrito de la compra a tope de tabletas de turrón, fue haciendo acopio de ellas. Cada mañana, cada tarde, bajaba al súper y llenaba el carrito. Era como una fiebre que le había entrado; no podía pasar un día sin hacer un par de viajes y cargar todas las tabletas que podía: turrones de Jijona, de Alicante, mazapán de Toledo, barras de guirlache, de coco, de praliné, de chocolate con almendras… Todo le servía.

Cuando faltaban unas horas para la cena de Noche Buena, Galiano apagó el teléfono y la tele, atrancó la puerta de casa y bajó las persianas. Detrás del frigorífico levantó un parapeto con las barras de turrón: metro y medio de alto y treinta y cinco centímetros de grosor, cogió el saco de dormir, se escondió dentro y esperó a que pasaran las navidades.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Cuento ejemplar navideño.-


Nunca recibió tantas muestras de solidaridad como aquellas navidades que pretendió vivirlas en solitario. Su mujer, cuya tediosa vida había llegado a la plenitud el día que consiguió parir la parejita, decidió, en un insospechado arranque de autosuficiencia, que cogía a los niños y pasaba la Nochebuena en familia, con su mamá, no sin antes colmar de reproches al marido adusto y misántropo que despotricaba ante el besugo de a 60 euros el kilo.

Él, al verse abandonado en tales fechas, con gesto compungido para ocultar una alegría que se le salía por las comisuras de los labios, le juró con toda desvergüenza que la echaría de menos en noche tan señalada.

Una tortilla francesa y una ensalada serían su cena, mientras escuchaba el Oratorio de Navidad de Juan Sebastián Bach. Un rato de lectura y la dicha de vivir el silencio serían actos satisfactorios que culminarían sus más íntimas y elementales necesidades.

Pero, ya a media tarde, la suegra le telefoneó para reprocharle el abandono en que dejaba a su familia, a la vez que, sin sutileza ninguna, se hacía en voz alta alguna reflexión sobre la lamentable suerte que había tenido al tocarle tal yerno, más raro que un gato verde y más antisocial que un drogata.

Compañeros de oficina hubo cuyo empeño en llevárselo a casa a cenar fue repelido con gruñidos que le valieron odios para el resto de su vida laboral. Amigos bondadosos y plastíferos estuvieron a punto de echarle la puerta abajo para secuestrarlo en nombre del amor fraterno que emponzoña en estas fechas el espíritu navideño. Hasta los vecinos de al lado, partícipes, a través del tabique, de las broncas familiares, se brindaron con melíflua hipocresía a sentarlo a su mesa. Incluso hubo alguna ONG, de esas que socorren a solitarios y desamparados en los fríos días invernales, que pretendió llevárselo a un comedor comunal donde compartir la sopa de la beneficencia, turrón de DIA y villancicos cantados con voz vinosa por los desheredados de la tierra.

Deprimido por tantos atentados a su intimidad y angustiado por la opresión de una sociedad solidaria a plazo fijo, decidió tirarse por el viaducto, ya que éste sería el único acto estrictamente personal en el que nadie podría interferir.

Caminaba por la calle de Bailén cuando fue observado por una patrulla de la policía municial que, con profesional celo y perspicacia deductiva, fruto de largos años de servicio, se olió la tostada del suicidio e impidió cualquier intento de auto inmolación sobre el asfalto de la vía pública.

Le metieron en el coche celular y se lo llevaron a los calabozos de los juzgados. Allí, un picoleto de buen corazón le dió un café con leche de la máquina y le dejó a solas con sus pensamientos.

Por primera, y única vez en su vida, vivió unas horas de soledad.

lunes, 28 de septiembre de 2009

A propósito de Madrid, sede olímpica, 2.-

A por ella.-
Fue un día memorable. Centenares de miles de personas fueron convocadas en la plaza de Cibeles para postular la candidatura a los juegos olímpicos. Millares y millares de Juan Sinnombre acudieron desde todos los barrios de la ciudad hasta formar una masa controlada, alegre y festiva.
Saltando zanjas, atravesando obras, bordeando escombros, con las tripas de la Villa y Corte al aire, la marea humana fue absorbiendo individuos hasta convertirlos en un descomunal ganglio impersonal que clamaba con una sola voz: ¡Queremos los juegos!
– ¿Pero, quién los va a pagar? – Preguntó alguien.
La prensa dijo que aquella convocatoria fue un modelo de acto cívico y convivencia ciudadana donde, lamentablemente, nunca podía faltar algún provocador.
Pero fue un incidente aislado. Al fin y al cabo, somos europeos…¿No?

jueves, 10 de septiembre de 2009

A propósito de Madrid, sede olímpica, 1.-

Marca olímpica.-
Todos los meses corría el maratón de la subsistencia: con un subsidio de 337 euros siempre lograba llegar a finales de mes. Comía, se vestía, pagaba la habitación de realquilado y le sobraban unos céntimos. Sin embargo, el Comité Olímpico se negó a registrar sus marcas.
- En Asia son más rápidos: con 1 euro diario llegan igual a la meta –, le dijeron a modo de excusa.

viernes, 28 de agosto de 2009

Sólo son cuentos.- Relato de verano, 2

Veinte años de casados son muchos, francamente. La rutina se instala en tu vida y, de repente un día, descubres que ese tipo calvo y de estómago abultado es tu marido. Lo miras como a un desconocido y te preguntas qué hace en tu vida, en tu casa y en tu cama. Pero has de resignarte: es el padre de tus hijos, el que pagaba la hipoteca del piso mientras tú los criabas, y el que ronca por las noches a tu lado.
Lo que más te sorprende es que este alopécico grasiento todavía guste a alguien. Resulta que Geni lleva años enamorada de él. Ahora que lo recuerdas, siempre has estado un poco celosa de ella por esa razón. Pero, en estos momentos, la verdad, no te importaría que se lo llevase; aunque sólo fuera una temporada.
- Oye, Geni, a ti siempre te ha gustado Mariano ¿Verdad?
Geni se pone como la grana y balbucea algunas negativas incongruentes: - ¿A mííí??? ¡¡Nooo!! Nunca... Si tú eres mi mejor amiga... ¡Por Dios! Qué cosas dices, hija. ¡Ni en sueños!
- Si a mí no me importa... Mira, te lo presto durante las vacaciones de verano. Te lo llevas al Caribe y no os molestéis en telefonear.
Geni abre unos ojos como platos, te da las gracias y, loca de alegría, se va a tomar posesión -siquiera temporalmente- de Mariano.
Pero Mariano te despierta de ese sueño tan hermoso. De repente ha dejado de mirar la tele, te sacude por el hombro y te dice: Oye, esposa –, siempre te llama así, el tontolculo – ¿Estabas dormida? Tenías una sonrisa de lo más feliz.
- No, no. Que va – replicas tú, todavía ausente –, sólo me he distraído un poquito.

martes, 28 de julio de 2009

Sólo son cuentos.- Cosas de amores, 5

Paz conyugal.-
Por fin, sosegado su infierno doméstico, se ignoraban en silencio.

martes, 30 de junio de 2009

Sólo son cuentos.- Cosas de amores, 4.

Fugaz.-
- Te amaría, pero tengo prisa – le dijo. Y, antes de huir con la recaudación, el ladrón besó a la cajera.

miércoles, 3 de junio de 2009

Sólo son cuentos.- Cosas de amores, 3


Amor imperfecto.-
- ¿Gozaste, amor…? – me dijo cariñosa.
La conocí en el Prado.

Junto al cuadro de las Tres Gracias me sonrió seductora. Incitado por su sonrisa, me zambullí en su escote. Fascinado, fui donde ella quiso.
- ... Son cien euros y la cama – añadió, profesional.

martes, 12 de mayo de 2009

Sólo son cuentos.- Relato hiperbreve.

Quiso escribirlo tan breve que no encontró palabras.

domingo, 3 de mayo de 2009

Sólo son cuentos.- Cosas de amores, 2.

Todo o nada.-
Ella me quería sólo a medias y yo la quería toda entera. Llegué a un acuerdo con su otro amante y ahora somos felices.
Desde entonces, ella nos odia.

lunes, 30 de marzo de 2009

Sólo son cuentos.- Cosas de amores, 1

Dijo la mujer:
"Yo estaba tan enamorada de él… ¿Sabe usted? Y es que estaba tan bueno el tío... No fue por celos, no señor; es que empecé a comérmelo a besos y le fui cogiendo gusto...
El resto del cuerpo lo tengo en el congelador, señor comisario."

viernes, 30 de enero de 2009

Vivir del cuento.


Vivir del cuento es una ilusión muy extendida. Incluso a mí me hubiese gustado que me tocara esa bicoca, como a quien le toca la primitiva. Y ya que uno no es muy exigente, igual hubiese aceptado que lo de vivir del cuento fuese en sentido figurado o en el literal.
La primera posibilidad nunca estuvo a mi alcance: nunca formé parte del mundillo de famosos entrevistables o alimentadores del papel cuché con sus exhibiciones de casquería sentimental. La naturaleza no me predestinó al famoseo, y la necesidad hizo de mí un burócrata.
Ya que no podía vivir de ello en sentido figurado, haciendo de figurante cotizado, no me hubiese importado vivir del cuento en sentido literal, o literario. Porque, como solían decir nuestros abuelos: debajo de una mala capa suele haber un buen bebedor. Y debajo de la capa parda burocrática resulta que había un escribidor de cuentos, o de relatos, si se prefiere.
La Olivetti 88 del despacho no sólo servía para machacar papel timbrado y pasar a limpio la literatura administrativa, también servía, en ratos de ocio -o de ausencia del jefe de sección- para dar forma a las historias que se me pasaban por la cabeza. Que fuesen buenas o malas, en eso no me meto, pero que, bajo el plomizo mundo burocrático aleteaba una chispa de imaginación, eso sí que es cierto. Así que escribía oficios, traslados, informes…, y, a escondidas, cuentos.
Desde entonces, años llevo en ese empeño. Se me ocurre una idea, no importa que absurda, y ¡Zás! de la chistera de la imaginación surge una historia que termina en el papel; bueno, desde hace unos cuantos años, en la pantalla del ordenador. La historia de marras, bien enhebrada y zurcida, va al archivo de “Mis Textos” y, desde allí, a los correos electrónicos que envío a mis amistades y conocidos en general.
Reconozco que la gente es discreta: casi nadie dice si mis relatos les gustan o no. Supongo que lo hacen para no animarme o para no ofenderme. Está feo reenviar un correo al autor con el comentario “tu cuento es una mierda”, y, por otro lado, es una falta de consideración muy grade decirle “qué bien escribes, deberías publicar”. Despertar vanas esperanzas, para qué. Porque, gente que escribe, la hay a puñados así, así… En cuanto a gente que se cree con derecho a ser publicada: no habría bosques suficientes en toda España para hacer pasta de papel.
Y, como a mí alguna vez me han dicho lo de “deberías publicar”, estuve un tiempo enviando mis cuentos a concursos de relatos allí donde había una convocatoria. Y convocatorias las hay muchas, muchas, muchas. No hay ayuntamiento, casa de la cultura, biblioteca pública, asociación cultural, institución pública o privada, que no organice un certamen literario con su puñadito de euros de premio, su diplomita con grecas y, lo que es mejor, su predisposición a publicar los relatos premiados.
Con más fe que esperanza, en los últimos años he gastado en DIN A4 y sellos de correo dinero suficiente como para ser mi propio editor. Que yo sepa, sólo una vez me comunicaron que un relato breve mío había sido seleccionado y se publicaría. ¡Me puse más contento…! Luego me enteré que el mío era uno de los doscientos cincuenta seleccionados, con todos los cuales se iba a editar un libro que se vendería para recaudar fondos para no sé qué asociación benéfica. Nunca he visto la publicación y me temo que hubiera tenido que escarbar un buen rato hasta encontrar el mío.
Como desagravio a aquel pobre relato breve, he decidido colgarlo aquí en mi bitácora. La ilustración que le acompaña, tan ingenua, es de mi jovencísima colaboradora Paula Serrano, a quien no le importa ver asociado su prometedor nombre con los cuentos de este frustrado gran cuentista.

Amor en breve.-
"Era Merodio Fernández un hombre de talante enamoradizo, pero no lograba encontrar una mujer a su medida. Desesperado, puso un anuncio en el periódico: “Se ofrece corazón vacante, cálido, generoso y amplio. Interesadas preguntar por M. F”. Como la oferta era muy ventajosa, recibió proposiciones de muchas mujeres solitarias: todas interesadas en ocupar la vacante en propiedad. Él, afanosamente, dedicó un par de semanas a estudiar los currículos sentimentales de las aspirantes, y todas ellas le gustaban. Incapaz de decidirse por ninguna en concreto, optó por realquilar su corazón por habitaciones. Como tenía un corazón tan amplio, le cupieron los amores de once mujeres. Desde entonces, Merodio va, cada mañana, habitación por habitación, besa en la boca a cada uno de sus amores y se marcha al trabajo tan feliz.”