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jueves, 26 de noviembre de 2015

Entre la mitología y la geometría.-



La iniciación musical de algunos aficionados ha sido muy de andar por casa, como es el caso de este jubilata, pero hay que hacerse cargo: eran tiempos aquellos en que andábamos escasos de todo. 

Recuerdo aquellos vinilos gordos sonando en el pick-up del colegio en el que escuchamos por primera vez Las Cuatro Estaciones de Vivaldi, o el Aprendiz de Brujo, de Paul Dukas. Apenas aprendimos a diferenciar una corchea de una fusa contándoles los rabitos, o a distinguir un compás de compasillo con sus cuatro negras. Con ese bagaje nos echamos al mundo y, andando el tiempo, hasta terminamos aficionándonos a la música clásica y asistiendo con cierta regularidad a los conciertos, primero en el Teatro Real y luego en el Auditorio Nacional.

De Beethoven, Tchaikovski o Chopin (a lo máximo Debussy) no pasamos en los años de nuestra juventud, hasta que, cuando llevábamos un buen tramo andado de la vida, nos enteramos de que un tal Schömberg había inventado la música atonal y que la escala diatónica era una antigualla. También por aquellas fechas descubrimos a Mahler y no hubo más remedio que aceptar la dura realidad: el frère Jacques que, siendo escolares, cantábamos a dos voces en clase de francés era un carajo a la vela. La música ya no era cosa de violines haciendo trémolos, ni de cuatro exquisitos transidos de gozo estético; era asunto de una complejidad que imponía respeto. Y con esa sensación asistimos a los conciertos, con la sensación de que la música es un mundo proteico en el que puedes gozar de Cecilia Bartoli (de su voz, claro) mientras canta Misera abbandonata, de Salieri, o sobrecogerte con Kindertotenlieder de don Gustav…, o no entender un carajo de lo que la orquesta se trae entre manos.

Cuando don Arnoldo se empeñó en que no existían jerarquías tonales y nos privó del placer de anticipar el final de una melodía con unos compases de antelación; cuando John Cage decidió que se podía componer un 4.33 llenándolo de silencios inexistentes, entonces perdimos definitivamente la inocencia del paraíso terrenal y ya no nos hallamos; comimos el fruto del árbol de la ciencia, saboreamos el amargor de la libertad dodecafónica y nos volvimos descarriados en cuestiones de música. …Como en tantas otras cosas, por otra parte, lo cual no deja de ser un alivio: la ignorancia compartida es buena coartada para el ignorante.

Por eso, cuando este sábado pasado hemos oído el Concierto  para violín y orquesta (Concentric Paths) del inglés Thomas  Adès no hemos dudado que el sonido puede moverse en caminos  concéntricos, o que puede expresar (al menos intentarlo) la ordenación del mundo a partir de alguna forma de geometría musical. El problema es que nos exigen un esfuerzo de comprensión  intelectual donde solo pretendíamos gozar de un pequeño placer sonoro. 

Que el sonido musical se da en una relación matemática entre la longitud de la cuerda y su grosor, es algo que el viejo Pitágoras dejó dicho ya en el S. VI antes de nuestra Era. Pero de eso a los anillos, los senderos y las rondas por las que nos ha llevado el míster Adès con su concierto de caminos concéntricos hay una distancia considerable y está muy lejos de nuestra escasa educación musical, que llega poco más allá del vals de las flores de Tchaikovsky. Un poco pretencioso - hay que confesarlo - se sentía este jubilata cuando, tras la ejecución de Concentric Pahts, estuvo aplaudiendo a la violinista Leila Josefowicz como si fuese un entendido.

Un poco más cerca de nuestras entendederas sí estaban Las Oceánides (Aallottaret, en finlandés, según el programa), de Sibelius. Uno se siente más cómodo entre seres mitológicos griegos o romanos y agradece que la referencia musical sea el Mediterráneo y no los fríos mares del norte. Previa la interpretación de esta obrita  a las arduas geometrías musicales de Thomas Adès, este escuchante, que esto escribe, se dejó llevar por la imaginación y cayó en aquel episodio (lo cuenta Virgilio en su Eneida) de cuando Juno pide a Eolo que alborote los mares dando suelta a todos los vientos para anegar a Eneas y sus compañeros. Ella, a  cambio, le soborna con la carne fresca de sus ninfas: sunt mihi  bis septem praestati corpore Nymphae. De esas catorce ninfas de hermoso cuerpo le ofrece la más hermosa de todas, Deiopea: quarum quae forma pulcherrima, Deiopea.

Algún comentario graciosillo pensaba hacer, ya a toro pasado de la audición, sobre los muy acreditados sobornos de bragueta a los que recurren tanto la diosa Juno como los Gürteles de todo tipo y época, pero don Johan Julius Christian Sibelius no se lo merece (no ha dado ocasión para ello en sus Oceanides), ni tampoco el divino Publio Virgilio Maron. Es demasiado grandiosa la descripción que el poeta hace de la tormenta, como para ocuparse de esos achaques de entrepierna sin rozar la inconveniencia. Insequitur cumulo praeruptus aquae mons, algo así como: sobreviene una ingente montaña de agua con toda su mole...

También en esta sesión del domingo en el Auditorio Nacional hemos oído la sinfonía número 5 de Prokofiev, pero,  por no cansar más al improbable lector - forma discreta de decir que al escribiente se le acabó la verba -,  su comentario quedará para mejor ocasión.


miércoles, 26 de noviembre de 2014

Música y silencio.-


La santa y un servidor ya estábamos echando de menos la asistencia a los conciertos del Auditorio Nacional algunos domingos por la mañana, cuando el tarifazo que nos ha impuesto el ministro de la cosa de la cultura nos lo permite. A la inauguración de la temporada no pudimos acudir porque estábamos de viaje, pero, por fin, este domingo pasado hemos hecho nuestra particular rentrée de la temporada  de conciertos de la OCNE.

No sé si alguna vez se ha dicho en esta bitácora, pero se dice ahora: este jubilata es bastante tradicional en cuestión de música clásica. No tanto porque (aparte su particular tríada capitolina: Bach, Brahms, Beethoven) piense que esta triple divinidad representa la quintaesencia de la armonía del universo, cuanto por la falta de una formación musical sólida. Un servidor, sabedor de esas carencias, no está dispuesto a levantarse en armas por la Suite nº 5 para chelo del Divino Bach, frente al Après un rêve de Monsieur Fauré, ni a odiar a Luis de Pablo por su incomprensible Sueños (creo recordar), que un día, para desesperación, tropezó en las orejas de quien esto escribe, allá en el Teatro Real hace unos decenios.

Consciente de tantas lagunas como un servidor tiene en su educación musical, hace ya mucho tiempo que decidí dejar de cogérmela con papel de fumar – no se me malinterprete: la afición melómana – y abrir la mente a las nuevas expresiones musicales que nacieron en el siglo XX, como la dodecafonía, el cromatismo o la hipertonalidad. Por cierto, ese concepto de hipertonalidad no había llegado a mis entendederas hasta este último concierto en el Auditorio, Treno a las víctimas de Hiroshima, del polaco Penderecki: 52 instrumentos de cuerda transmitiéndonos el horror, la angustia y el lamento de los habitantes de aquella ciudad, masacrados en aras de la eficacia bélica.

Esta obra Treno (Lamento), por lo leído después en casa, originalmente se tituló 8´37”. Lo cual, por complicarle la vida a este melómano en zapatillas, me ha hecho recordar esa otra titulada 4´33”, con su triple Tacet, de John Cage. Interpretar una obra triplemente silenciosa en una sala de concierto sin que el respetable se lo tome a mal, tiene su riesgo. A menos que aquél esté advertido de que la mudez del piano le pone en la obligación de ser el intérprete coral del silencio musical. Silencio lleno de sonidos que nacen del rebullir inquieto del espectador en las sillas, de las toses a medio sofocar, del leve crepitar de las hojas del programa en busca de una explicación coherente al silencio del intérprete… 

Los sonidos involuntarios de la masa de asistentes sustituyen a la creatividad del compositor porque, nos viene a decir mister Cage, el silencio puro no existe. Él ya hizo la prueba en la cámara anecoica de la Universidad de Harvard y descubrió, en medio del silencio atronador, los graves y los agudos de su propia circulación sanguínea y su sistema nervioso. 

Lo cual, puestos a divagar un poco más, desmontó a posteriori una experiencia estética que este jubilata vivió en su visita al desierto de Wadi Rum, en Jordania, junto a la formación rocosa que llaman Los Siete Pilares de la Sabiduría. El beduino que guiaba dijo que si éramos capaces de permanecer callados unos minutos, oiríamos el silencio en estado puro. Un servidor lo oyó; oyó que no había ningún sonido y experimentó, al cerrar los ojos, que estaba en el instante 0´-01” antes del nacimiento del Universo.

Bien es verdad que en aquellos años (exactamente, era la semana santa de 1996) un servidor no había oído hablar de la cámara anecoica de Harvard ni del experimento de John Cage. De entonces acá ha llovido bastante y ha habido tiempo de escuchar obras de Arnoldo Schoenberg y enterarse de qué es eso de la atonalidad y descubrir que ya no es capaz de avanzar un par de notas antes de terminar la frase, como en las composiciones clásicas, porque no existe un núcleo tónico en torno al que organizar la composición.

En fin, que uno ya no puede escuchar con oídos  inocentes la Ofrenda musical del Padre Eterno J. S. Bach sin oír los engranajes de la cámara anecoica de su propio cerebro, donde rebullen conceptos de difícil comprensión como los dichos de “atonalidad”, “hipertonalidad”, “cromatismo”. Uno ya no puede oír, con la sensación de placidez que da la ignorancia, el Capricho para piano, coro y orquesta del Sordo Divino, sin que por entre sus conexiones neuronales le corra  esa advertencia del dicho Arnoldo: “la incapacidad del acorde tonal para imponerse sobre los demás”.

Un servidor tampoco pide tanto, sólo escuchar un poco de música “clásica-clásica”. Menos mal que a Treno siguió el Concierto para piano y orquesta nº 2, de Liszt.  Las manos de la pianista Katia Buniatishvili corrían sobre el teclado con la precisión de quien domina el mundo sonoro y desvela todos los secretos que el melenudo Franz ocultó entre el marfil de las teclas. Además, Katia se nos apareció escultural con un vestido ceñido y escotado, de lamé rojo, que era una gloria verla. La verdad, no solo hizo vibrar al respetable con su interpretación, es que, encima,  la tía estaba como un queso.

miércoles, 18 de junio de 2014

El respetable se indigna.-


Lo que menos se espera uno en la sala de conciertos del Auditorio Nacional de Madrid es que el respetable público se indigne contra la política de derribo cultural programada por el Atila  Wert, ese ex tertuliano de jactanciosa sonrisa y actual Ministro de la Cosa de la Anticultura.

Este domingo pasado  fuimos al concierto de clausura de temporada, en el que se iba a interpretar la misa de réquiem, de Verdi. No pudo ser. Los miembros del Coro Nacional de España llevaban ya un tiempo calentitos por la negativa a cubrir las plazas vacantes por parte del INAEM, y esta semana han decidido plantarse.

En sus inicios, hace ya más de 40 años, el Coro Nacional contaba con 120 miembros, que el próximo septiembre pasarán a sólo 67. Para llegar a esta situación, por parte de los responsables políticos del Ministerio, no ha sido necesario más que esperar cómodamente apoltronados a que los componentes del coro se fuesen jubilando. El tiempo se ha ido encargando de mermar sus efectivos por el simple hecho de su baja laboral al cumplir la edad reglamentaria. No ha sido necesario un ERE, ni un despido masivo, ni una poda traumática; bastaba con el tiempo fuese haciendo labor con su guadaña.

Hay dos formas de hacer política en esta Expaña de indocumentados expertos en el desmantelamiento de la cosa pública: por legislación o por desidia. Mediante la primera se prostituye la Constitución, reformando su Artº 135, que un eufemismo llama “de estabilidad presupuestaria”, y que responsabiliza a los ciudadanos del pago de la deuda odiosa contraída por rescatar los pufos bancarios, amén de toda la legislación antisocial que le cuelga de los bajos; mediante la segunda, basta con cruzarse de brazos y dejar que el deterioro se instale en las instituciones. Ésta es la que han elegido los responsables del INAEM para ir liquidando una agrupación tan respetada por los melómanos madrileños como es el Coro Nacional. La política seguida parece ser: tú no muevas un dedo, que esto se arregla solo.

En la sala, llegada la hora del concierto, no había ni orquesta ni coros, solo el público expectante. Salió al escenario una alta responsable del INAEM para comunicar lo del plante del Coro Nacional y el respetable la recibió al grito de “¡Sinvergüenzas, sinvergüenzas!”. Como se trata gente de clase media, más bien conservadora y poco dada a las algaradas, nadie le regaló los oídos con un “La puta que te parió”, que tampoco hubiera sido inmerecido. Referido, claro está, a esa puta universal, sin rostro definido, responsable de alumbrar a tanto mal nacido que putea al paisanaje carpetovetónico desde sus poltronas y prebendas.

La señora aquella, vista la bronca del respetable, pasó mucho del público presente y se retiró con esa sonrisa petulante que exhiben los instalados en el sistema frente a la indignación de los ciudadanos. Cuando salimos a la calle, subidos en unas gradas que hay en la plaza aneja, los miembros del coro se cubrían la boca con mordazas simbólicas y exhibían siluetas que representaban las bajas de sus miembros, con un gran interrogante. Nos hemos puesto frente a ellos y les hemos dedicado una ovación que ha durado sus buenos 20 minutos, y hemos coreado “Sí se puede, Si se puede”.

Como la desconfianza en los ciudadanos es consustancial al ejercicio del poder, el vestíbulo del Auditorio estaba lleno de seguratas, por si la pequeña burguesía cultureta sacaba los pies del tiesto. En la plaza, policía municipal y un furgón de policía nacional con sus robocops pertrechados con los habituales argumentos disuasorios. Al pasar, miré a los maderos: jóvenes, fortachones y entrenados, y caí en la cuenta: el paro es muy útil porque abunda la materia prima para alimentar los órganos de represión del Estado. Quien consigue plaza, tiene la vida resuelta y libre de responsabilidades laborales: se obedece al amo, y las reclamaciones al maestro armero.

De verdad, créame el improbable lector: es un episodio de tantos, entre tanto dislate anticultural, el que hemos vivido este pasado domingo por la mañana, pero me ha cabreado muchísimo. Lo que de verdad me ha gustado es que, un público tan de orden y nada proclive a la protesta perrofláutica como es el que asiste a los conciertos, estaba verdaderamente indignado por los atentados culturales perpetrados por las hordas wertianas. Lástima que, de puro educado, no les mentó la madre.

Indignez vous!, nos aconsejó Stéphane Hessel. Por algo se empieza.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Música carraspeada.-


Al contrario que el doble oximoron de fray Juan de la Cruz, música callada, soledad sonora, quienes tenemos alguna afición a los conciertos en el Auditorio Nacional estamos habituados, ya desde los lejanos tiempos del Teatro Real (cuando éste era sala de conciertos), a los carraspeos, las toses y los gargarismos del público en los entreactos.

Por alguna razón que este jubilata nunca ha podido desentrañar, los melómanos madrileños tienen la costumbre de carraspear y toser durante esos pequeños espacios de tiempo que la orquesta se toma entre movimiento y movimiento. Póngase el improbable lector en situación e imagine que asiste a un concierto y está escuchando –como nosotros este domingo pasado– la séptima sinfonía de Beethoven, la que llaman “romántica” o “apoteosis de la danza” y que el autor consideraba como una de sus mejores obras.

Su primer movimiento acaba con un Vivace, música alegre y con un ritmo danzable, que dará paso a un Allegretto del segundo movimiento, un poco más pausado, con un obstinato que lo hace tan agradable al oído como para que el día de su estreno, en 1813, el público pidiera un bis, de forma que este segundo movimiento hubo de repetirse íntegro.

Pues eso, imagínese que aún conserva el ritmo de los últimos compases del primer movimiento con sus aires de danza en los oídos, cuando, en los instantes que transcurren antes de iniciarse el segundo, la sala se convierte en un oleaje desacompasado de toses y carraspeos que sacan a la luz todas las telarañas que el respetable tiene agarradas al gañote. Y que ese mar tenebroso de gargarismos se encrespa entre el segundo y el tercer movimientos, y entre éste y el cuarto. Don Ludwig, con toda su sordera, se hubiese agarrado un globo de muchos bemoles.

Pero aquí, en los Madriles, es moneda corriente. El público siente una necesidad imperiosa de aportar su ración de ruidos guturales aprovechando el respiro que se toma la orquesta. Y no es que sea un público despegado, que ni mucho menos. Es agradecido y aplaude generosamente la labor de director, solistas y maestros músicos en general, en cuanto se le da la mínima ocasión.  Un servidor ha podido asistir, emocionado, a la ovación que el respetable le dedicó a la pianista  Alice Sara Ott tras el concierto para piano nº 1 de Liszt, hace unas semanas. Pero eso sí, las carrasperas no hay quien se las quite.

Y otra de las particularidades de esta sala de concierto son las pelusas. Por razones de la más pedestre economía (la pensión no da para gollerías), solemos ir a silla de coro que son las localidades más baratas. A veces, nuestros asientos están justo un poco por encima de los timbales, o junto a la sección de metales. El brío con el que atacan sus solfas estos instrumentos produce vibraciones acústicas que rebotan contra el lampadario que está sobre la orquesta.

El melómano, que sigue las evoluciones del director gobernando la orquesta, de repente ve que se desprende de una lámpara una madeja de pelusillas como una mínima nubecita color gris rata. Ésta parece mantenerse en suspenso durante breves segundos, iniciar una suave caída, quedarse un momento flotando en el aire, como dudando si seguir cayendo o fluctuar indefinidamente en el éter, reiniciar el descenso, fiel a la ley gravitacional universal, para terminar posándose suavemente sobre la hombrera de un trombón de varas (del ejecutante, entiéndase); eso cuando no viene a hundirse en el cóncavo sumidero de la bocina de la tuba, como vi en una ocasión. No hay emoción estética que resista a las evoluciones de las pelusas en suspensión, de verdad lo digo.

Pero que el lector no se tome a mala parte lo dicho, este jubilata, con carraspas y pelusas flotantes y todo, prefiere su modesta silla de coro a una tribuna en el Bernabeu o a un asiento de barrera en las Ventas. También confiesa que, aprovechando la marejada, ha soltado alguna tosecilla que otra escudado en el anonimato, y que las evoluciones de las pelusillas en suspensión le producen la sensación de ser ángeles caídos que vienen a morir mansamente entre  vibraciones de las ondas sonoras.


Este jubilata es un esteta de baja intensidad. Peores defectos tienen otros, ¿no?

miércoles, 27 de marzo de 2013

Entre cabezada y cabezada, Bach


A ver cómo le explica este jubilata al improbable lector que, este domingo, ha estado dando cabezadas durante la audición de La Pasión según San Mateo, del maestro Bach. Eso de sestear mientras la Orquesta y Coro nacionales, más la escolanía de niños, desgranaban el texto del evangelista musicalizado por don Johann Sebastian es de una mediocridad tal que uno debería ser, con toda justicia, borrado del libro del Paraíso. Y me refiero a ese paraíso donde el goce estético es el premio que alcanzan aquellos que logran desprenderse de las cascarrias socio ambientales y transcienden – aunque sólo sea un ratito - las vulgaridades de cada día.

No sé si lo he dicho otras veces, pero la Pasión según San Mateo, de Bach, fue una de las primeras audiciones a las que tuve la suerte de asistir al poco de venirme a vivir a Madrid. Andaba yo todavía con el pelo de la dehesa y, en el proceso de desbastamiento provinciano, me pasaba los días corriendo de un museo a una exposición, de allí al teatro o una conferencia, hasta que empecé a asistir a los conciertos de la Orquesta Nacional en el Teatro Real.

Si tenías enchufe, podías entrar gratis en el Real.  Tú esperabas discretamente en la puerta y, cuando el concierto estaba a punto de empezar, el conserje, sobornado por alguien que conocía a alguien al que tu conocías, te dejaba entrar y te ponían una sillita en un rincón. O bien, como cuando fui iluminado por la gracia del dios padre Bach, te mandaban a las galerías de por encima del gallinero, allí donde estaban colgados los focos, y veías a la orquesta como pequeñas cucarachas negras afanándose sobre sus instrumentos. El sonido ascendía en vaharadas hacia las bóvedas del auditorio, semejante al incienso que se quema   ante el altar, y te envolvía en su gracia santificante, arrebatándote hasta ese cielo donde sólo los elegidos – y  unos pocos enchufados, como nosotros ­– podían gozar del paraíso sin ningún merecimiento especial.

Recuerdo aquella Pasión como si hubiera sido una revelación divina. De Herr Bach uno no tenía mayor idea y oír aquellos coros fue lo más parecido al éxtasis que un pardillo puede experimentar. Dudo mucho que nuestra mística Teresa de Cepeda hubiese vivido un deliquio tan intenso. Resultó una experiencia tan arrebatadora que casi ni me di cuenta de que toda la audición me pasé de rodillas. Y no por devoción, sino de pura necesidad. El banco estaba ocupado por otros más madrugadores, así que me puse en un extremo de la galería, arrodillado y con la cabeza asomando por entre la barandilla. Desde entonces creo en dios padre Bach y, ahora, además, en su profeta Ton Koopman.

Dicho lo dicho, difícilmente puede entenderse lo de las cabezadas en el concierto de hoy, menos si es Ton Koopman quien dirige. Ya en una temporada anterior tuve la suerte de verle dirigir también en el Auditorio Nacional y me sorprendió la forma en que es capaz de mover aquella  masa coral y la orquesta, sentado ante un órgano positivo, agitando los brazos, llevándose las manos a la boca para frenar el impulso excesivo de los vocalistas, boqueando como quien acompaña a los cantores con su propia voz, y con una expresión divertida y picarona, como de estárselo pasando estupendamente mientras pone orden en aquella masa.

En mi descargo puedo decir que este sábado me lo he pasado andando por tierras del río Tajuña, entre Abándanes y Cortes de Tajuña, ida por el río y vuelta por el páramo. No es que disfrutar de la naturaleza sea un obstáculo para disfrutar, al día siguiente, de una buena sesión de música clásica, pero es que uno ya no es un mozalbete y tanta actividad le pasa factura en forma de cansancio a tanto el kilómetro. Y eso fue, lo que este jubilata no descansó por la noche le pasó factura en forma de sopores en el Auditorio Nacional el domingo por la mañana.

Por cierto que en esos páramos de Guadalajara puede haber tanta belleza como en una suite para violonchelo del inefable Bach, salvando todas las diferencias, si cambiamos notas musicales por  paisajes. No lo creerá el improbable lector, pero con las botas de caminar, con los ojos ansiosos de paisaje, uno puede describir una sinfonía de colores, de aromas, de soles y lluvias y de silencios. Y, lo que es mejor para los que somos simples mortales, no es necesario ser un divino Bach, basta con acercarse a la naturaleza con una predisposición simple, sin prejuicios asfaltícolas y con el espíritu abierto a los cuatro vientos. La inspiración viene sola, mientras escribes con tus pasos sobre el pentagrama de los caminos.

Lo prometo, la próxima vez que vuelva a quedarme sopa en un concierto me voy a cabrear pero mucho, muchísimo…

miércoles, 23 de febrero de 2011

Música y emociones.-


A veces, este jubilata que uno es, es capaz de sentir emociones estéticas que le liberan -siquiera por breve tiempo- de su mísera condición de ameba chapoteando en la charca de la mediocridad ambiente. Cuando esto ocurre, uno descubre que, aparte ser un ente impersonal (forzosamente despersonalizado, diría) útil en cuanto consumidor o dócil receptor de consignas, tiene aptitudes que le rescatan de la dictadura ambiente; esa que hace de la vulgaridad una norma no escrita a la que todos nos plegamos por convenciencia y subsistencia.
Y una de esas aptitudes, que afloran tan de tarde en tarde, es la de sentir en la piel y en el alma la emoción que puede transmitir una pieza musical como es el concierto para piano y orquesta número 3 de Rachmaninov, o la sinfonía "Patética" de Tchaikovsky. Por supuesto, un entendido se sonreiría con suficiencia por mi emocionada declaración de melómano de a pie; no en vano, estos compositores son como las primeras letras que todo aficionado aprende en el alfabeto de la música culta.
La verdad es que, si a uno no le embarga la melancolía al oír los primeros compases de la "Patética", mejor que se dedique a escuchar los 40 Principales. Si oír la voz grave de los contrabajos y la indroducción melodiosa del fagot, acompañados por las violas, con su aire sombrío, en los primeros compases del adagio, no le llenan de emoción trágica a uno, hará muy bien en disfrutar de las canciones de Lady Gaga y ahorrarse los euritos de la entrada al Auditorio.
Así que, lo dicho: uno tiene su corazoncito de melómano de infantería y esteta de fin de semana, y lo declara para conocimiento del improbable lector. Tampoco tiene nada de especial. No se olvide que tanto Rachmaninov como Thaikovsky son tan populares que están al alcance del oído de cualquiera que no tenga alpargatas en lugar de orejas. Popularidad que se volvió contra ellos, ya que hacían una música "fácil", según los sesudos críticos, versados en la gramática de la composición musicial. Entiéndaseme, una música fácilmente asequible a personas con una mínima sensibilidad, pero no lo digo desde el punto de vista de la complejidad en su ejecución, como es la parte pianística del dicho concierto de Rachmaninov.
Este jubilata ignora si habrá una pieza para piano que tenga el aluvión y la complejidad de notas de este concierto número 3. Pero de lo que está casi seguro es que, para interpretarlo, hace falta mover los dedos sobre el teclado con la agilidad de un atleta de alta competición. Por eso, Yuja Wang nos dejó arrobados y con la emoción prendida de sus manos, viéndola derrochar una energía poco imaginable en una criatura menudita y aniñada, con aspecto de chinita de procelana, tan frágil de aspecto era ella.
Porque esta pianista Yuja Wang -que un servidor no conocía- es una muchachita china de veintipoquitos años, un prodigio minifaldero y con botas altas que a este jubilata con costra le alegró las pajaritas. Lo digo porque es la primera vez que veo a una pianista interpretar en una sala de conciertos -tan convencional, con sus músicos de traje oscuro y su público burgués y también convencional- luciendo muslo y usando los pedales del piano desde lo alto de unos tacones de aguja, interpretando con la maestría de un Rubinstein. Pues sí: lucía, desacomplejada, sus bonitos muslos, para alegría de jubilatas en arrobo estético/erótico, como éste que lo cuenta.
Claro que las emociones del jubilata tienen poco que ver con el espíritu comercial de la pianista con manos de diosa y muslos de ninfa. Y es que, en las páginas interiores del programa que te entregan a la entrada, aparece la mocita Yuja Wang con su sonrisa oriental de niña prodigio exótica, anunciando una famosa marca de relojes -de esos que a nuestros políticos les gustaría recibir a cambio de favores- y una archiconocida firma discográfica. Se ve que el sentido de los negocios, tan fuerte en los chinos, no menoscaba la capacidad pianística de la jovencísima Yuja; más bien se complementan en un matrimonio de conveniencia (fama y dinero) que da excelentes resultados.
No sería justo no dedicarle algunas palabras al director, Pietari Inkinem. El improbable lector no se asombre de mi aparente erudición: yo tampoco lo conocía. Un hombre tan joven que, si lo vieses haciendo botellón, no te extrañaría. Pero no, dirigió la sinfonía "Patética" sin partitura, lo que significa un enorme dominio de la obra, aplomo, conocimiento fuera de toda dura. Verle tan joven, tan enérgico en la dirección y dominio de la orquesta, con aquel flequillo que parecía moverse al par de la batura, me producía admiración y envidia a la vez.
Hay personas - Pietari Inkinen y Yuja Wang- que parecen nacer predestinadas para cosas bellas o grandiosas, mientras que otros ni predestinación tenemos; nos quedamos en funcionarios jubilados, y gracias.

Adenda.- He dudado en publicar esta entrada por temor a parecer superficial. A cada momento llegan noticias de Libia con los asesinatos de población civil por parte de los sicarios del enloquecido Gadafi, y los ánimos no están para bromas. Por otro lado, no está mal mantener la normalidad de los actos de cada día, aunque sea colgando un texto intranscendente. Hoy tocaba, y lo he hecho.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Según costumbre, hablando de oídas.-


Uno se apresura a confesarlo: lo que escribe en esta bitácora no es en absoluto original, porque siempre habla de oídas y no sería decente presumir de un pensamiento fundado en la reflexión profunda. Uno oye cosas y, luego, habla. Si los textos que aquí se vuelcan tuviesen alguna originalidad, seguro, seguro, estarían protegidos por mil royalties, por varios cerrojos de derecho de autor. Es norma de obligado cumplimiento que nadie muestre su originalidad gratuitamente. Pensar, elucubrar o tertuliar en la radio, la tele o el periódico son actividades que están sometidas a precio. Aunque carezcan de originalidad, con tal de que lo parezca, vale. En la bitácora, no (por lo menos, en ésta); no se pretende pasar el gato de la vulgar opinión por la liebre de la originalidad.
La bitácora es un campo franco donde uno puede disparar sus opiniones en cualquier dirección sin necesidad de pasar por inteligente, ni de blindar sus originalidades mediante cláusulas que le garanticen una contraprestación económica. Lo cual supone una doble ventaja: primera, que el improbable lector ya sabe que el fulano de la bitácora la usa como desahogo mental; segunda, que el dicho fulano sabe que el lector no espera gran cosa de sus opiniones, lo que le tranquiliza enormemente y le permite hablar de lo divino y lo humano sin temor a defraudar.
Lo dicho viene al caso, aunque traído por los pelos, porque uno querría hablar de la audición, este domingo pasado, de un concierto en el Auditorio Nacional. En estos tiempos en que los poderes públicos malbaratan el patrimonio estatal y los derechos ciudadanos al pie del altar del Moloch al que llaman “Mercados”, la audición de una sinfonía de Haydn es un bálsamo que le recompone a uno los entresijos del alma atribulada.
Con la sociedad alborotada estos días porque unos miles de personas no pueden (en este puente de la Consti) huir en avión de sus mediocres vidas por unos días; con un gobierno que los pone encima de la mesa frente al colectivo de controladores aéreos, privilegiado y odiado pero en funciones de chivo expiatorio muy a propósito para la ocasión; con un colectivo – éste desfavorecido socialmente - que hemos dado en llamar “parados de larga duración”, al que se le niega hasta el subsidio de subsistencia; con un Gargantúa insaciable – “pasar a manos privadas” dicen que lo llaman – que devora los restos de ese pastel que llamábamos estado del bienestar (contratos fijos, salud pública, educación, infraestructuras, Aenas volátiles)…, no nos queda otra que buscar un alivio momentáneo allá donde lo haya, o donde se halle.
Y uno (qué cómodo ese “uno”, esa forma impersonal de denominarse y hablar como si se tratase de otro) que no es hombre de acción como el Avinareta barojiano; ni disfruta de una ideología maciza y sin fisuras que le permita ir por la vida pisando como con bota militar; y ni siquiera tiene la inocencia de la credulidad domesticada – tan útil para no complicarse la vida –; ese uno, digo, cada vez que puede, se refugia en la trasnochada estética. Estética de andar por casa, claro; estética de clase media: una exposición por aquí, un concierto por allá, un libro, una paseata por la otoñada campestre… Retazos del placer estético a precio módico. Y de eso habla en su bitácora, y lo habla de oídas.
El caso es que Joseph Haydn escribió 106 sinfonías, doce de ellas en la capital inglesa, las llamadas sinfonías londinenses. Es un caso de trabajador prolífico que supo adaptarse a las necesidades del momento. Digamos que “hizo la reconversión industrial” cuando cambiaron las reglas del mercado de la música, aunque suene raro emplear esta terminología para hablar de un músico del S.XVIII. Piénsese que Herr Haydn es hechura del Antiguo Régimen; que vivió una larga carrera musical bajo la protección de la rica familia Esterházy, siendo su maestro de capilla. Cuando le pusieron en la calle, al cabo de 30 años de servicio, un empresario musical le ofreció dar conciertos en Londres, con lo que pasó de ser un sirviente de familia aristocrática a empresario autónomo, dando conciertos en el King´s Theatre de Londres, con gran éxito de público y amejoramiento de su caché y engrosamiento de bolsa.
De este periodo es la sinfonía 102 que escuchamos el domingo y bien me gustaría decir unas palabras sublimes sobre esta obra, o describir la emoción estética que sentí al verla dirigida por Giovanni Antonini, quien parecía tener a la orquesta en la punta de los dedos. Pero me temo que ni yo tengo capacidad para hipérboles musicales, ni el improbable lector me lo iba a aguantar. Sí diré que, de oírla en casa, enlatada en un CD, a oírla en la sala de conciertos va un mundo de cualidades sonoras y matices auditivos que no hay tecnología que lo logre igualar.
Porque el melómano ocasional, cuando encuentra entradas para una audición, no sólo escucha música, sino que la ve brotar de entre las manos del director. Éste es un demiurgo en proceso de creación de un mundo sonoro al que imprime su soplo creador. Un gesto, un movimiento de sus manos, hacen que las notas cosificadas en la partitura cobren vida y discurran como un soplo, se encrespen como oleaje, se rompan en un chisporroteo de luces sonoras, se conviertan en un murmullo armonioso o en un grito de emociones. El espectador se ve envuelto en un mundo sonoro que le transporta – por poco tiempo, bien es verdad – a un mundo ideal donde no cabe la vulgaridad del transcurrir diario. Un mundo donde, como decía un amigo de hace muchos años, se transita de la ética a la estética sin pasar por la mística.
Y, cuando uno pone los pies sobre la tierra y coge el periódico dominical y lee que Ánsar nos amenaza con volver a la política para perpetrar la restitutio Patriae en plan Isla Perejil, uno se teme que hay gente que carece de ética y de estética… y de sentido del ridículo.

martes, 2 de marzo de 2010

La música entre los dedos.-


Estimado aunque improbable lector:
Uno va poco al cine y, por miedo a tropezarse con películas comerciales de esas que terminará viendo en la tele, acaba descubriendo filmes que justifican por sí solos eso que llamamos “séptimo arte”. Y quede claro: si digo que voy poco al cine ya se presupone mi nula capacidad crítica. Estuve viendo “El solista” y no sé quién es su director, ni cómo se llaman sus protagonistas, en la ficción un periodista y un violonchelista mendigo.
De todos los instrumentos que existen en una orquesta sinfónica, el que siempre me ha enamorado es el violonchelo. Éste me enamora por cuestiones puramente subjetivas de difícil explicación, donde se mezclan la belleza de su sonido, tan semejante a la voz humana y tan capaz de reproducir sus emociones; su forma sugerente que recuerda con sus sinuosidades los cánones clásicos de la belleza femenina; y un regusto de refinamiento erótico cuando su intérprete es una mujer que lo sujeta entre sus muslos y lo hace vibrar con manos sabias y sensibles.
Pero, no. En “El solista” no hay nada que ver con mis íntimas perversiones sensitivas. Es una historia dramática de amistad entre un periodista y un mendigo; entre un hombre que busca una historia que contar y el sujeto de esta historia, el chelista esquizofrénico, incapaz de adaptar su sensibilidad artística al mundo que lo rodea; que es uno de tantos marginados que viven en la calle y pueden verse en la ciudad, empujando su carrito de supermercado lleno de desechos que encuentra entre las basuras urbanas. Pudiera muy bien ser un mendigo como aquel al que echaron a patadas del mercado de San Miguel estas navidades, y del que hablé en una entrada anterior.
Pero este mendigo de la peli es alguien especial. Puede pasarse horas interpretando, de forma obsesiva, a Beethoven, con su chelo, en un túnel, entre la indiferencia y las prisas de quienes circulan en sus coches. Los años vividos entre mugre y abandono, como un ser socialmente irrecuperable, no han embotado su sensibilidad y el violonchelo le libera de sus terrores frente a un mundo hostil. Como, en un momento determinado, el mendigo de la historia hace alusión a la desaparecida Jacqueline Du Pré (que fue la primera esposa de Daniel Barenboim), escucho la interpretación que esta violonchelista hace de las sonatas para violonchelo y piano de don Ludwig mientras voy pergeñando estas notas.
A veces, en esta vida mediocre de jubilado, los dioses te dedican un guiño amable y te hacen disfrutar de un atisbo de belleza. Y este pasado fin de semana su guiño ha sido doble: no sólo la historia del violonchelista mendigo, sino también la audición del Concierto para violonchelo y orquesta núm. 1, de Camille Saint-Saëns, en el Auditorio Nacional.
Leo que a Saint-Saëns se le tacha de un perfeccionismo clasicista, incluso academicista. Pero él siempre defendió el formalismo como vehículo expresivo, y, en este concierto, emplea ciertas formas ya usadas en el barroco, como un minueto, que convierten su audición en un auténtico placer para quienes no tenemos mayor formación musical y nos siguen apasionando los sonidos armoniosos.
Ver a la jovencísima violonchelista (Marie-Elisabeth Hecker, dice el programa), cabalgando su chelo como una walkiria rubia, me ha despertado esas viejas y sutiles perversiones melódico-eróticas de las que hablaba en un párrafo anterior. No hay imagen más insinuante, en el campo del erotismo estético, que una intérprete aprisionando amorosamente el violonchelo entre sus muslos con gesto de hembra apasionada, mientras, con caricia enérgica, pulsa las cuerdas sobre el mástil, y desliza el arco sobre la caja de resonancia haciendo vibrar el instrumento. Mujer y chelo son un solo cuerpo entrelazado que despierta gorgoritos de deliquio estético en espectadores dispuestos a hacer de esa antigualla, que llamamos estética, una barrera contra la vulgaridad diaria.
Pero, para que se vea que uno no pierde pie en la puñetera realidad, ahí va la anécdota que se cuenta de aquel director de orquesta que, en un ensayo, llamó la atención de una violonchelista algo torpe, a quien dijo: “Señorita, tiene entre las piernas el instrumento más delicado del mundo y a usted sólo se le ocurre rascarlo”.
-Jó, eres un esteta, solía decirme aquella compañera de trabajo - sindicalista ella y habituada a bregar en un campo donde no caben sensiblerías - cuando nos cruzábamos en aquel pasillo del AHN que parece la crujía de un claustro monacal. Y me lo decía en un todo amistoso y condescendiente, como quien dice “eres un rarito inofensivo”.
Ya lo ves, improbable lector, qué cosa es la vida: esteta y, ahora, jubilata. Y es que uno no aprende con el paso del tiempo…
À bientôt.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Desorganizados, pero melómanos.-

En la España rural y preurbana había un dicho: Cuando a un tonto le da por una linde, la linde se acaba y el tonto sigue. Algo parecido me pasa a mí, porque hablar del Auditorio Nacional se me convierte en algo reiterativo a temporadas, como si de una obsesión cíclica se tratase: de vez en cuando se me escapa el pío de los incordios sufridos en el Auditorio. Pero no, no hay obsesión que valga; es que, simplemente, uno es un modesto melómano y, si quiere asistir a los conciertos, tiene que someterse a la burocracia que regula la forma en que uno ha de hacer para conseguir las entradas de la temporada.
Y conseguir las dichosas entradas se convierte en una carrera de obstáculos burocráticamente planificados en aras de la eficacia. Eficacia emanada de las instancias administrativas que rigen tan culta institución, y que, a veces, choca con la más elemental experiencia de los sufridos melómanos que hacen colas interminables para llevarse su puñado de entradas. (La foto no da idea de la aglomeración, pero sí de lo formales que estábamos).
Si uno quiere comprar entradas de venta libre, una vez vendidos los abonos, ha de armarse de paciencia. Ante todo, conviene que esté un par de horas antes de abrir (abren a las 10), le dan un número de orden y espera el tiempo que haga falta hasta que le toque. Horas de espera a pie quieto, con cerca de trescientas personas formando cola dentro del vestíbulo. Con los retretes cerrados al público, para que éste no deje aquéllos perdido de orines y tenga que salir a hacer gasto en los bares del entorno. Un único día habilitado para la compra de las entradas libres de abono: 24 conciertos la temporada, tres días cada concierto, centenares de entradas a la venta, oiga usted. Pago anticipado de toda la temporada, puedas o no asistir luego a los conciertos: dinero líquido al momento, la cultura bajo el prisma del negociete…
Como cada cual lleva confeccionada una lista con sus preferencias, tiene que ir desgranándolas en el confesionario de la taquilla: La taquillera comprueba en el ordenador si sí o si no hay localidades. Si es que sí, vale, pero si es que no, uno tiene que decidir sobre la marcha – rapidito, rapidito – qué hacer: si cambiar la fecha, la ubicación, calcular cuanto más le va a costar… y esto mientras el resto del público mira ansioso el reloj y le lanza miradas asesinas por la tardanza y por temor a que se lleve todo el lote y deje al resto en ayunas.
Aunque esté mal señalar, sirva de ejemplo mi experiencia: a las 09:45 estaba en el Auditorio, un cuarto de hora antes de abrir las taquillas. Una eficiente conserja me ha dado el número 163 ¡El 163, quince minutos antes de la hora de apertura! A las 15:35 me han despachado (apenas 5 minutos he tardado, que yo llevaba muy bien organizadas mis preferencias para esta temporada) En total, cinco horas y cincuenta minutos de espera, más el tiempo de transporte de casa al Auditorio y regreso. Casi siete horas de jubilado invertidas en el empeño.
Antes de abandonar el lugar, abrazado a mi puñadito de entradas como al hijo de mis entrañas, paso por el mostrador, pido una hoja de reclamaciones y reclamo. Pues claro, es algo que hago habitualmente. Gruñir, protestar a gritos en el coso público para que todos vean lo cabreado que está uno, es una tonta costumbre ibérica molesta, ruidosa e ineficaz. Yo reclamo siempre. Sirve lo mismo, porque los “responsables” se lo pasan por ahí, pero es más civilizado y queda como muy europeo.
Que a estas alturas tengan a tanto sufrido melómano haciendo interminables colas durante horas suena a desorganización, a chapuza, y a falta de respeto hacia el ciudadano. Que hayan sido incapaces los responsables del Auditorio de encontrar un sistema eficaz de venta de entradas, que cada año organicen el mismo desbarajuste de esperas y molestias, dice mucho de su ineptitud como gestores o de su indiferencia ante un público entregado y paciente. O a lo mejor resulta que la llamada “música culta” es una especie de espumilla cervecera que sólo sirve para dar un barniz cultural a los políticos responsables y por eso se le dedica una atención somera, como para quedar bien con los coleguitas europeos. Y encima, sin poder mear durante todas esas horas. Nadie sabe lo que sufrimos los prostáticos por culpa de la ineficacia burocrática. ¡Hombre! Por lo menos, abran los retretes…

domingo, 31 de mayo de 2009

Las espaldas del Auditorio Nacional.-

Quizás, los improbables lectores de esta bitácora se digan al leer algunos comentarios que dejo en ella, “este tipo es bastante gruñón”. Qué quieres que te diga, paciente lector que me lees ahora, son ventajas de la edad. Gruñir no es sólo una cuestión de esclerosis, también es un mecanismo de autodefensa que se va desarrollando con la edad. Cuando uno lleva vividos dos tercios (aproximadamente) del tiempo que teóricamente – de acuerdo con las estadísticas de longevidad en nuestra sociedad – le toca vivir, el gruñido es el caparazón que se va engrosando para defenderse de las agresiones exteriores. Cuando se es más joven uno soporta mejor las torpezas ajenas. Y no porque sea más comprensivo, sino porque hay cosas más importantes de las que preocuparse y la vida está para beberla, no para preocuparse de los que la chapotean. Pero cuando se van acumulando los trienios vividos, se va llegando al convencimiento de que no hay razón para excusar la mala educación, el incivismo o la falta de consideración hacia los demás.
Hecho este circunloquio, paso a explicarme.
Esta mañana de domingo hemos asistido al último concierto de la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España. El programa de despedida: Paz en la Tierra, de Arnold Schönberg, y la siempre impresionante Novena Sinfonía del músico de Bonn, don Ludwing. Hablar de la Novena de Beethoven, para un aficionado como yo, es tanto como pretender conocer el nombre del dios bíblico en la zarza ardiente. Es mejor callar y oír. Respecto a la obra coral de Schönberg, uno lleva escuchadas algunas (pocas) de sus composiciones, como aquel sorprendente e incomprensible Pierrot Lunar que tuve la ocasión de conocer hará unos treinta años y que me dejó patidifuso. Por aquellos años yo no había oído hablar de la atonalidad o el dodecafonismo. Después sí he sabido y leído algo más, pero confieso que mi oído está habituado a los sonidos armónicos, a la melodía y al ritmo, y me temo que estoy perdido para la causa de los nuevos campos musicales. Una lástima.
No obstante, su Friede auf Erden (Paz en la Tierra) parece que sí está dentro de la tonalidad tradicional. Es una pieza polifónica que evoca en algún momento la música renacentista y que está al alcance de un casi esclerótico auditivo como yo, a pesar de algunas disonancias propias de su discurso musical. Pero tampoco quería yo hablar de asuntos tan conspicuos porque, como se suele decir, doctores tiene la madre Iglesia que sabrán responder.
De lo que yo quería hablar es de las espaldas. De las espaldas de los oyentes que están en la fila de delante de la tuya. Las sillas y las filas en bancales (empleando un símil de reforestación del antiguo ICONA) del Auditorio están diseñadas de tal forma que, si un espectador se inclina hacia delante, el que está inmediatamente detrás es como si sufriese un apagón de imágenes; deja de ver gran parte de la orquesta, tapada por el paredón de la espalda del / de la individuo/a que está inmediatamente delante y un escalón por debajo de él. Si el de detrás, a su vez, se inclina adelante para buscar un hueco, obliga a hacer lo mismo al que está inmediatamente detrás y por encima. Y así sucesivamente. Puede terminar la cosa en que, de abajo arriba del anfiteatro, haya una ristra de espectadores encorvados, produciendo la sensación de una fila de procesionarias a lo largo del tronco de un pino. Molesto y ridículo ¿No?
Es algo que me pone de los nervios. Sigues el desarrollo de la interpretación y ves cómo (por ejemplo) el director da entrada a las violas, o a los fagotes… De repente, quien está delante de ti decide que, inclinándose hacia delante, va a absorber más detalles de la orquesta, va a disfrutar de una vista más detallada de los pistones que pulsa el maestro del trombón de varas, y te planta la espalda delante de los ojos. ¡Ya se jodió! Tú que esperabas ver el pizzicato de los chelos no ves más que la chaqueta del vecino de delante, o la blusa de la señora y el repeinado de peluquería que abulta lo que un repollo de considerables dimensiones.
Pues eso nos ha ocurrido hoy. Nosotros estábamos en la segunda fila de tribuna y, quienes estaban en la primera, justo encima de la orquesta, andaban a cada rato echándose hacia delante, quizás para ver con detalle las calvas de los intérpretes del viento-metal, o los bonitos peinados de las componentes del coro. Lo cierto es que, a cada movimiento, nos dejaban a oscuras ahora las violas, ahora los oboes y las flautas, más tarde al propio director que, aunque estaba sobre el pedestal, es un poco corto de talla y sólo se alcanzaba a ver esporádicamente la batuta moviéndose como ajena a la mano que la guía.
Cuando el barítono Willard White ha atacado las primeras notas del himno a la alegría: O Freunde, nicht diese Töne! , toda la primera fila se ha abalanzado sobre el pretil, como ganado melómano que se inclina sediento sobre el abrevadero sonoro, con las cabezas en el vacío y mostrándonos una fila de espaldas (todas de la tercera edad, vaya por dios) que ha arruinado, con sus antiestéticas arrugas de chaquetas y blusas repujadas de michelines, los primeros compases y gran parte del Finale de esta soberbia sinfonía.
¿Es mucho pedir a esta pequeña burguesía capitalina semi culta que se quede quieta, con la espalda pegada al respaldo? ¿Es que nunca se ha sentido molesta cuando su vecino de delante le tapaba la orquesta con el costillar? Hombre, si a usted le molesta que se lo hagan ¿Por qué no se acuerda de quien tiene detrás de usted? Es una falta de educación, de consideración hacia los demás, incluso de civismo. Es una actitud tontamente egoísta y antiestética. Y si usted, transportado por el arrobo de sus deliquios estético-musicales, ha olvidado que incordia al prójimo, al menos no olvide que éste ha pagado por ver y oír a la orquesta igual que usted, no para darse una ración de espalda.
Ya lo he dicho, es que me ponen de los nervios…

martes, 21 de abril de 2009

Las pelusas del Auditorio Nacional.-

Este domingo pasado teníamos entradas para el concierto. Estaban programados el Adagio de la 10ª sinfonía de Mahler y el Concierto para piano y orquesta nº 2 de Bramhs. En su lugar, por razones que desconozco, cambiaron el programa dedicando la sesión a Prokofiev (concierto para piano y orquesta nº 2 en sol menor, op. 16) y a Shostakovich (sinfonía nº 8 en do menor, op. 65).
A mí, Bramhs me pone mucho. Junto con Bach y Beethoven forman la tríada de compositores por los que siento predilección. Pero uno no es de ideas fijas y también admira a estos compositores rusos que conocieron la revolución soviética. Ambos músicos (Prokofiev y Shostakovich) mantuvieron afinidades ideológicas con ella, aunque eso no les libró de la amenaza estalinista. Sufrieron acusaciones de desviacionismo respecto a las directrices del realismo social. Composiciones demasiado “cacofónicas” (en el caso de Prokofiev), afirmaban los ideólogos de la cultura oficial. Más de una vez estuvo Shostakovich en el punto de mira de los defensores de la ortodoxia por no respetar las directrices de la línea oficial, y no se libró de la enemistad de Khrennikov, presidente de la Unión de Compositores de la URSS.
Ser un gran músico en condiciones difíciles de supervivencia merece un respeto.
La música de ambos está influida por las tendencias más modernas del siglo XX, un antiromanticismo marcado y la introducción de disonancias y tendencia a la atonalidad, alejados de la ñoñez oficial del folclore patrio. Una música que requiere atención y un cierto entrenamiento para desentrañarla y disfrutar de sus cualidades sonoras.
Los melómanos autodidactos y de oído poco educado como un servidor, tenemos ciertas dificultades para su comprensión, de ahí la atención con la que yo escuchaba la orquesta a lo largo del concierto, ajeno al devenir del universo mundo en general… Hasta que sucedió.
Ya digo, estaba yo totalmente embebido en la audición de la sinfonía de Shostakovich, con su aire trágico, e impresionado con aquellas descargas de la percusión, similares a las descargas de artillería (no en vano se estrenó en 1943, en plena guerra mundial, con una Rusia arrasada por la invasión nazi, primero, y por la reconquista de su territorio, después), cuando veo que, desde una de las enormes lámparas del techo, empieza a descender indolente, como con displicencia y desgana, una pelusa de buen tamaño.
La pelusa –como esas que se forman debajo de las camas–, con sus filamentos flotantes talmente que de medusa, y semejantes a pequeñísimos tentáculos que parecían asirse a las ondas sonoras, se dejaba mecer en el aire con la ingravidez de un corcho en medio del océano. En su lento descenso, se pavoneaba entre las luces del escenario con la suavidad de un ser grácil e ingrávido, y bien ajena a su vulgar condición de pelotilla polvorienta. Revoloteó por unos instantes sobre las cabezas de las personas sentadas en las primeras filas del coro, y fue a caer próxima a la bocina de una de las trompetas. Allí debió disolverse en partículas de polvo, desintegrada por los potentes sones del instrumento.
Una pelusa desprendida de un lugar tan inaccesible como es el lampadario del Auditorio, en principio, no da ni para una pequeña anécdota. Pero una sucesión de ellas (hasta tres pelusas de grueso calibre, en caída libre), en un mundo de sonoridad y recogimiento, produce una sensación de absurdo y despropósito: la sala en pleno estaba subyugada por la fuerza expresiva de una sinfonía de tanta enjundia con la octava de Shostakovich, y las pelotillas, flota que te flota, perezosas e ingrávidas.
Ver aquellas pelusonas suspendidas en el aire –gruesas y livianas a la vez– descendiendo mansamente, como resistiéndose a la ley de la gravedad, acaba con el devoto recogimiento del melómano más apasionado. Porque aquellos madejones polvorientos eran un esperpento, una visión absurda columpiándose sobre el escenario. Distraída la devota atención del respetable, éste seguía con la mirada las evoluciones de las pelusas e intercambiaba sonrisas y gestos de complicidad.
Para qué decir más. Roto el clímax, con el oído puesto en los sones de la orquesta y el ojo en el revoloteo absurdo de aquellas madejas filamentosas, los espectadores trataban de imaginar sobre qué cabeza irían a posarse. Yo las imaginaba cayendo sobre los timbales y que un redoble de los macillos sobre el parche las trituraría hasta devolverlas a su original naturaleza de polvo en suspensión. No pude gozar de tan sádica visión. Tras su lento descenso, desaparecieron de mi vista entre la masa oscura de los trajes que visten los maestros de la orquesta.
En fin, no es por meterme en asuntos de policía y limpieza del Auditorio, pero creo que una aspiradora, interpretando un sólo con brío a sala cerrada, libraría al respetable de ser distraído por esos volátiles polvorientos y la gente, durante la audición, estaría a lo que hay que estar, y no mirando al cielorraso y papando moscas.

lunes, 6 de abril de 2009

Pasión.-

Hacía al menos cinco años que no escuchaba “en vivo” la Pasión según San Mateo, de Juan Sebastián Bach. Este domingo pasado he tenido esa fortuna en el Auditorio Nacional. El director de orquesta Paul Goodwin nos ha ofrecido su versión de este monumento de la religiosidad luterana, ejerciendo -para los que nos conformamos con ser practicantes de ninguna religión en especial, pero sí aspiramos a disfrutar de su belleza y emoción- de celebrante de un rito estético que nos ha embargado de religiosidad musical.
Recuerdo mi primera audición de la Pasión. Fue en el Teatro Real, allá por el año 1976 (según Teresa, que es la memoria viva de esta casa). Fue imposible encontrar localidades y conseguimos entrar gracias a que nos coló uno de los porteros del Real. Estuvimos en el extremo de un pasillo adosado a lo más alto del muro y próximo al cielorraso. Digamos que era el gallinero sobre el gallinero, donde había un banco corrido, apto sólo para estudiantes con más afición que posibilidades y melómanos populares y desmonetizados. Sillas no había, así que asistimos a toda la representación de rodillas, asomando la cabeza por entre las barras a las que iban sujetos los focos que alumbraban el escenario. No recuerdo quién fue el director en aquella ocasión, posiblemente Frühbeck, o quizás Celibidache, a los que luego vi dirigir muchas veces a lo largo de muchos años.
Allí, arrodillados y transidos de devoción a Nuestro Señor Johann Sebastián Bach, asistimos con fe estética y emoción de melómanos principiantes, al desarrollo de la Pasión según San Mateo. En aquellas casi tres horas, genuflexo y con la cabeza asomada por el hueco de los focos, viví mi mayor experiencia religioso-musical, donde me fue revelada la gran verdad de la música como camino de perfección –ya que no como vía de religiosidad– y mis rodillas mortificadas casi no sintieron la dureza de las baldosas del suelo.
Fui como un aprendiz, un doctrino de místico-esteta, levitando suavemente al compás de la melodía del oboe de amore, mientras que el continuo de las cuerdas trenzaba su tema musical transitando todo a lo largo de la obra. Yo, en lo algo del gallinero y entre el calor de los focos, como en un séptimo cielo, me dejaba mecer por el vaivén del arco que se deslizaba sobre las cuerdas dobles de la viola de gamba. Los textos cantados eran como la revelación de un misterio dicho en lenguaje musical, tanto más fascinantes cuanto que eran expresados en una lengua ignorada por mí. Ya se sabe que las divinas palabras, que corresponden al mundo de lo revelado, han de ser expresadas en un lenguaje críptico para que el pueblo fervoroso, cuyo destino es creer pero que no comprender, sienta el temor reverencial con que uno ha de aproximarse al mundo de las cosas divinas. La divinidad debe manifestarse con bellas palabras oscuras; éste es el principio de toda religión, sea ésta estética o teísta.
Para acabar diré que fue aquella mi primera experiencia estética y mística, donde se despertó mi fe en Nuestro Señor Don Johann Sebastian Bach. A partir de entonces, siempre he creído en él como profeta de una de las supremas religiones al alcance de los simples mortales: la Música.

domingo, 1 de febrero de 2009

Wagneriana

Este domingo hemos asistido a un concierto en el Auditorio Nacional y recibimos una dosis completa de música wagneriana (Mozart y Britten, que estaban en el programa, quedarán para mejor ocasión). Juro que he puesto mi mejor voluntad, pero esos sones heroicos y esa grandilocuencia musical de don Richard, la verdad es que no logran conmover mi sensibilidad carpetovetónica y pequeño-burguesa, lo que me tiene muy acomplejado. Como la magnitud del drama del Ocaso de los Dioses y de los mitos del Walhala nórdico, no logra traspasar mi tosca epidermis, me dedico a observar con ojos de villano socarrón. ¡Qué fervor el de la burguesía melómana capitalina! El trompeteo mítico y la fanfarria heroica los mantienen clavados en sus asientos; los dulces y profundos lamentos de los violonchelos llorando la muerte de Sigfrido llenan la sala de emotividad. Yo, prosaico hasta la desvergüenza, me entretengo observando cómo trabajan los músculos deltoides de las dos violonchelistas descotadas, mientras deslizan el arco sobre las cuerdas.
La Brunilda que hace su recitativo sobre el escenario, es de por sí, un paradigma de la solidez wagneriana: físicamente poderosa, grandona, rubicunda y pechipotente. Oírla cantar ese pasaje tan emotivo de "O irh, der Eide ewige Hüter! Lenkt au´ren Blick auf mein blühendes Leid: erschaut eu´re ewige Schuld!! " puede conmover incluso a los peñascos sobre los que se levanta la pira funeraria de Sigfrido. ¡Lástima que yo no sé alemán! Lástima también que, durante la grandiosa e interminable marcha fúnebre, sea el pueblo de los Gibichungos (lo dice el libreto) quien lleve las andas con los restos de Sigfrido. El héroe de destino tan trágico bien merecía que los porteadores de su cuerpo inerme tuviesen un nombre más en consonancia con la magnitud del drama. Nos evitaríamos comentarios fuera de lugar.
Siento que mi condición de crustáceo melómano me haya mal dotado con un espíritu tan tosco y botarate que me incapacite para comulgar con los profundos sentimientos que despierta la solfa wagneriana. Uno tiene sus limitaciones y lo reconoce. En desagravio, no me hubiese importado formar parte del pueblo de los gibichungos y ser uno de los porteadores de los restos mortales de Sigfrido. Incluso estaría dispuesto a tirarme a los pies del corcel de Brunilda cuando salta sobre la pira funeraria, para, así, purgar mi insensibilidad entre el chisporroteo de las semicorcheas que consumen el cuerpo del héroe.
Espero que mi cuñada, tan profundamente wagneriana, me perdone la cuchufleta.