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sábado, 20 de junio de 2020

La nueva normalidad.-


Vamos a ver qué nuevas mentiras nos cuentan hoy, es lo que suele decir mi santa cada vez que se pone ante el televisor a oír las noticias. Y no es cosa de ahora, que llevo oyéndoselo decir cuarenta y siete años, bajo los dos regímenes políticos que nos ha tocado vivir: el dictatorial-nacionalcatólicismo y el parlamentario-borbonismo. Esa frase ritual de la santa siempre me ha parecido una especie de conjuro lanzado sobre el pesebre mediático. Una especie de vade retro a fin de preservar su propio criterio frente a la realidad cocinada en las redacciones y previamente sugerida en los consejos de administración de la prensa adicta.

Un servidor no es tan refractario como la santa, quizás por despecho, quizás por una radical falta de fe en las bondades del sistema. Es decir, lo que la santa llama “nuevas mentiras”, para este jubilata en ejercicio de supervivencia post/Covid-19, no son tales nuevas, sino el habitual sistema propagandístico adaptado a la realidad del momento presente. No son mentiras novedosas, sino las semi verdades que conviene sean propagadas y creídas en cada momento.

Y si no, improbable y siempre paciente lector, dedique un par de minutos a reflexionar sobre ese invento que se va propagando como una pandemia. Me refiero a ese hallazgo publicitario tan genial que llaman “La nueva normalidad”. La era post/Covid-19 (en caso que sea post y no un ocasional receso) nos la presentan como una forma distinta, novedosa y aún imprevisible en sus efectos sobre normalidad. Esta nueva normalidad tendrá la novedad, sobre la vieja normalidad - la nacida de la crisis económica 2007/8 -, que viviremos otras aún no inventadas manipulaciones de la realidad, pero con mascarilla.

Lo cual sí es novedoso. A la dictadura de la ideología dominante (uno llega a añorar al abuelo Marx, ya extinto) habrá que añadir la dictadura de la salud, de la distancia social, y sus contrarios. A saber: desde las heterodoxias del terraplanismo antivacuna de toda laya, hasta los iluminados profetas negacionistas de cualquier evidencia científica. Sin olvidar las habituales histerias colectivas que achacan los males de la humanidad a un chivo expiatorio cuanto más conspicuo, más odiado, tipo Bill Gates. Pero sirve cualquier otro, como las estatuas de los prohombres históricos. Con eso y la barra libre de las redes sociales desbridadas de todo raciocinio, la “nueva normalidad” será un espectáculo digno de ser vivido.

La lástima es que a este jubilata ya no le pilla en edad. Con los huesos duros, las articulaciones encasquilladas, y las sinapsis neuronales en stand by, no va a disponer de recursos propios para ser un espectador activo de la normalidad que dicen será nueva. 

Una novedad no imaginada, algo así como el descubrimiento de América para quienes se acostaron medievales y se despertaron renacentistas. Pero sin Colón, que ya nos vamos cargando sus estatuas de esclavista sin entrañas (en plan Black Lives Matter cabreados), como si los pueblos pudieran enmendar su propia historia flagelándose ante las cámaras de televisión. La iconoclastia historicista solo consuela a los necios, y algunos nos queremos lúcidos.

Nosotros, algo parecido a los colombinos: nos acostamos ayer saliendo de la crisis del capitalismo de las subprime y el ladrillo, y nos amanecemos hoy con la crisis post-Covid19 a la que llamamos Nueva Normalidad. Solo que no disponemos de estatuas que apear de malas maneras para vengarnos de nuestro pasado reciente. Eso, quizás, porque hemos sido gobernados por mediocres oportunistas que no justificaban el esfuerzo previo de subirlos a una peana. Y en ello seguimos. Por donde quiera que se mire en el ruedo de la política, los morlacos nos salen por las  puertas giratorias ya afeitados y con el agradecimiento a los servicios prestados en forma de sustanciosas sinecuras. 

No vaya a pensar el improbable lector que hay pesimismo en lo susodicho, apenas algo de ironía acibarada. Pero eso está en la naturaleza de los jubilatas provectos y no podemos luchar contra ello.  Paciencia y barajar. El saco de las ilusiones, que llevamos a las espaldas, está agujereado, y por el burato las vamos perdiendo como si fueran miguitas de pan que dejan un rastro, igual que en el cuento de Hansen y Gretel, para volver a casa. 

Solo que, como a ellos, los pájaros del olvido se nos las van comiendo. Al final, en medio del bosque, siempre encontramos la casita de turrón, chocolate y caramelo. Y mientras mordisqueamos el mazapán de sus paredes , la bruja malvada nos encerrará en la jaula de la nueva normalidad, donde nos irá devorando como solía cuando la crisis anterior.

Lo antedicho no es ninguna profecía. Que también  la nueva normalidad pudiera tratarse de un mundo al revés, como decía Juan Goytisolo y cantaba Paco Ibáñez en aquella memorable sesión del Olimpia:

Érase una vez/ un lobito bueno/al que maltrataban/todos los corderos.
Y había también/un príncipe malo/una bruja hermosa/y un pirata honrado.
Todas estas cosas/había a la vez/ cuando yo soñaba/un mundo al revés.

Pero, francamente, no lo creo.

domingo, 22 de marzo de 2020

Reclusión, aplausos y caceroladas.-


El triunfo de la Muerte. P Brueghel el Viejo.

Vivimos tiempos de consignas y este jubilata no sabe a cuál atender, ni en qué orden. Pensaba que con meterse cada cual en su osera, lavarse las manos e hibernar mientras nos acecha el coronavirus, las responsabilidades ciudadanas del individuo no llegaban más allá.  Pero resulta que no, que los medios de comunicación y, sobre todo las redes sociales, se han llenado de arbitristas que barajan remedios para los males de la patria enferma; de propaladores de falsas noticias – esas fake news tan de moda porque el término español no lo dice en inglés y eso no mola –; y, sobre todo, se ha llenado de dignos, o a veces indignados individuos que reclaman el cumplimiento de consignas de su invención. Consignas que funcionan a modo de catarsis colectiva, como en una tragedia griega, pero vía guasap, twitter y demás. 

Entiéndase. Las consignas no nacen de un capricho del consignero o panfletario; nacen de una necesidad ineluctable de agrupar a la ciudadanía en torno a un gesto sublime de gratitud, o a un gesto indignado de repulsa. Es como un ganglio social en el que los individuos, todos a una, disuelven su individualidad para convertirse en instrumento (ruidoso, más que sonoro) de una emoción colectiva.

Y que perdone el improbable lector por el uso atrevido de términos cultos y en desuso o forzados de sentido, tales como “ineluctable” o “consignero”. El primero se deslizó calamo currente, esto es, al correr de la pluma, si es que vale todavía el símil cuando se escribe en un ordenador. Ya otras veces se ha hecho confesión pública de las manías culturetas de quien suscribe.  

En cuanto al segundo, el de “consignero”, ha caído sobre el papel (otro símil arcaizante porque esto es una pantalla) después de retorcer un rato el magín para decir “propalador de consignas” sin llamarlo así. A decir verdad, “consignero o panfletario” es un uso abusivo – por haber sido dicho sin citar la fuente – que he hecho de una frase encontrada al azar en un escritor de nombre Gonzalo Rojas, quien dice: Nunca fui consignero ni panfletarioUn servidor, aparte de ser poco consignero, no querría ser plagiario y por eso lo deja confesado aquí. 

En cuanto a lo de panfletario, algo sí. Siquiera porque esta bitácora lleva viva desde enero del 2009 y es el desaguadero por donde un servidor, como titular de la misma, ha desaguado todas las ocurrencias que le han pasado del magín a la pluma, sin someterlas a la criba de la recta razón. Pero tampoco es nada de lo que uno deba arrepentirse demasiado. Han sido pequeños eructos, comparados con lo que se vomita por ahí…

Médico con máscara en tiempos de peste.
Pero, volviendo al asunto. El coronavirus ese nos tiene infectados de consignas que corren como el fuego en la pólvora. Consignas del tipo: A las 20 h., todo el mundo a las ventanas a aplaudir a los sanitarios; A las 20 h., todo el mundo a las ventanas para aplaudir a los camioneros que nos abastecen la ciudad; A las 20 h., todo el mundo a las ventanas a aplaudir al personal de los supermercados, que gracias a ellos llenamos el carrito de la compra. Y sigue: A las 18:30 h., idem de idem para homenajear a los fabricantes de papel higiénico, mascarillas y guantes de látex. A las 21 h., todos asomados a las ventanas cantando “Resistiré”… Y más convocatorias multitudinarias a distancia prudencial, que me las callo por no aburrir.

Este jubilata siente respecto por sanitarios, camioneros y reponedores del súper sin necesidad de ningún coronavirus; además de sentir el mismo respeto por cualquier otro trabajador, con independencia de que me sane o me llene la cesta de la compra. Y, si además de aplausos, unos y otros tuvieran un sueldo digno y buenas condiciones laborales, miel sobre hojuelas. Dicho sea por evitar susceptibilidades, que el personal no está para bromas con las cosas de comer.

En cuanto a las consignas indignadas podemitas, eso de convocar una cacerolada el pasado 18 a las 20:30 h., coincidiendo con discurso del rey ahora reinante ha sido lo más sonado. De paso que se protesta por sufrir una monarquía de palo de baraja, se protesta por los negocios turbios del Emérito rey de oros. Emérito que, a pesar de estar caduco, Dios guarde largos años para que dispongamos de un Don Tancredo a quien sacudir la badana cada vez que un virus cualquiera nos saque de nuestras casillas. Ya al paso, diremos que a Pedro Sánchez le dieron otra en mi barrio (y en otros, supongo) la noche del sábado, pero la cosa iba de imitación. La cosa quedó en tablas.

No sé si el improbable lector ha tenido paciencia para leerme hasta aquí. Si lo ha sido (paciente, digo), me alegro porque así ha olvidado por unos minutos el andancio vírico que nos diezma, ya que no otra cosa se pretendía. Si no lo ha sido (paciente, insisto), no seré yo quien se lo reproche, teniendo como tiene cosas más serias de que preocuparse.

De cualquier forma que ello sea, rellenar una página con trivialidades es faena que requiere su tiempo y esfuerzo. Y en mi defensa recurriré a lo que cuenta Cervantes en el prólogo al lector de la segunda parte del Quijote: Dice que había en Sevilla un loco que dio en el más gracioso disparate y tema que dio loco en el mundo, y que fue que hizo un cañuto de caña puntiagudo en el fin, y en cogiendo algún perro en la calle ó  en cualquiera otra parte, con el un pié le cogía el suyo y el otro le alzaba con la mano, y como mejor podía le acomodaba el cañuto en la parte que, soplándole, le ponía redondo como una pelota. Y decía a los concurrentes y curiosos: Pensarán vuesas mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro.

Hago mío el sentir del loco: Pensará el lector que es poco trabajo hinchar una bitácora cada quince días. Sepa que incluso las necedades requieren su destreza.

lunes, 27 de junio de 2016

Cuando el respetable pide caenas.-

Debió ser el 5 de mayo de 1814 cuando Fernando VII salió triunfante de Valencia hacia Madrid. La plebe enfervorizada, que veía partir al Deseado, desunció el tiro de caballos de la carroza regia para, como acémila colectiva, tirar de aquélla con entusiasmo. Camino real adelante, ¡Vivan las caenas!, dicen que decía el pueblo soberano.  

Debió ser un 23 de junio (transcurridos ya un par de siglos) cuando los rubios hijos de la pérfida Albión votaron aquello que se había dado en denominar Brexit, a lo que, según dicen, siguió su contrario, que por nombrarlo de algún modo, llamaron Bregret. Incluso, se comentaba en los mentideros periodísticos hispanos, la colonia gibraltareña lamentó, cuestión de apenas un cuarto de hora, estar bajo la enseña de la Union Jack.

Según parece, también aquel mes de junio de aquel mismo año, un día 26, un conglomerado de pueblos sumisos que vivía al norte del monte Calpe - al que los anglos conocían como the Rock - fue a las urnas para decidir que más valía lo malo conocido que lo bueno por conocer; que los experimentos políticos, con gaseosa; y que produce menos desazón un  trinque como los de toda la vida de dios que no un sorpasso de cuatro bolivarianos irredentos, o las ocurrencias de unos sociatas desnortados. Ese día, según cuentan, las gaviotas se pusieron moradas de revolotear por los azules peninsulares.

Este jubilata, claro está, habla de oídas y no por autoridad. Tales sucedidos debieron ocurrir en tiempos pretéritos y solo queda testimonio de ellos en viejos centones de polvorientas bibliotecas. Hoy en día, demócratas de toda la vida, los ciudadanos razonan sus actos políticos y no tiran, como animales de traílla, del carruaje de un individuo de corona en colodrillo, ni premian a quienes esquilman las arcas públicas en ejercicio de su derecho de pernada, consolidado por el hábito del mando a perpetuidad.

Y dirá el improbable lector que a qué coños viene emplear ese lenguaje tan afectado. Pues viene, con su licencia, a que un servidor anda estos días embebido en la lectura de La Fontana de Oro, de Galdós, (también conocido como don Benito el Garbacero), y se le salen por todas las costuras del teclado los modos literarios decimonónicos. Pero será por poco rato, que Galdós es muy escritor y mucho escritor, y otros no sabemos ni apreciar la belleza verdeante de un campo de alcachofas.

Por eso, lector improbable o habitual, no te tomes muy en serio lo que aquí se dice. Pero que lo sepas: este jubilata, aficionado a las viejas historias, echa de menos un Manifiesto de los Persas, redactado por serviles que lo justifiquen, previo a ese acarreo de millones de votos populares que tiran con entusiasmo del carromato de una política neoliberal por  los malos caminos de una Europa que se resquebraja.

Claro que, según se ha dicho más arriba, esto de los votos tirando de un carro traqueteante, en realidad se trata de algo que sucedió en tiempos pretéritos. A partir de ahora, aquí, en estos tiempos, ataremos los perros con longaniza o con largas ristras de chorizos, según se mire. Y por muchos años, que la soberanía popular así lo demanda.

miércoles, 11 de junio de 2014

Desvelados o reales.-


Estamos viviendo días en que el término “real” no sabemos si se refiere a la realidad o a la realeza. Lo cierto es que estamos en proceso de que el país confunda (interesadamente) una y otra, de forma que no exista la primera sin la segunda. Por eso, este jubilata, atufado por las vaharadas de incienso con que nos están sofocando los mass media y por tanto jabón a la violeta con que perfuman los armiños borbónicos, ha decidido evadirse durante un tiempo de tanto sobo soberano y darse una vuelta por El Matadero.

Qué mejor decisión para olvidar la realidad que nos fabrican que escudriñar una realidad que nos proponen en Desvelo y Traza. Aquí no es la propaganda del sistema quien te construye una realidad a la medida de sus intereses; es el ojo humano, adaptándose a la oscuridad, el que construye imágenes por la pura necesidad de aprehender realidades, aunque sean imaginarias.

El antiguo frigorífico de El Matadero es la nueva caverna de Platón donde el espectador – es un decir, porque uno entra a ciegas – ha de construir, a partir de luces difusas que se van perfilando a medida que el ojo se acostumbra a la oscuridad, realidades que no son más que fragmentos de nada rotos por jirones de luz. 

Digamos que el nervio óptico pone en contacto a los espectadores, que juegan a la ceguera desvelada, con ese pequeño demiurgo que cada cual tiene en su cerebro. Ese diosecillo, caprichoso como todos los dioses, muestra al adepto en cuya maraña neuronal vive,  imágenes que no se sustentan en la realidad; racionaliza sensaciones visuales para que el incauto humano, que se ha prestado al experimento, se auto engañe y busque, desesperadamente, referentes supuestamente sólidos basándose en fantasmagorías. Igualito que los esclavos de la caverna platónica confundían las sombras de su prisión con los objetos tangibles; igualito que los mecanismos del Sistema nos imponen realeza como realidad. A fuerza de insistir, uno acaba por creer en aquello que ve, y la cosa acaba por existir.

Un servidor tuvo problemas para alumbrar, con aquellos pocos jirones de luz que se perfilaban en Desvelo y Traza, cosa que tuviera sustancia; ni siquiera una sustancia tan liviana como la hecha de oscuridades e hilachas de claridades informes. Si los demás presentes en el experimento veían fragmentos de mundos al antojo de su imaginación, a ver por qué coños este jubilata no veía más que manchas lumínicas tan tenues que no le servían ni para imaginarse el caos primigenio donde la diosa razón aún no había introducido orden.

Aquello no traía traza de desvelar mi pobre imaginación, adormecida en un duermevela plano. Al fin, un esfuerzo de voluntad racionalizadora hizo que la imaginación forjara un mundo con cierto orden. De repente, una luz como de noche de luna llena, me hizo ver el perfil de una rama de árbol. A partir de esa realidad provisional, y antes de que la luna se ocultara entre las nubes que parecían como de tormenta, empezó a perfilarse el tronco de un grueso roble (centenario como poco) y el ramaje por entre el cual se apreciaban algunos grises y claridades. 

Al fin, el triunfo de la razón organizó un espacio comprensible por pura necesidad de imponer un poco de orden en tanto barullo de oscuridades. Ya no me sentí un bicho raro; los demás veían, yo también.

Salí de este montaje que llaman “instalación”, pero que también deberían llamar “exposición” en cuanto que el experimento sigue un procedimiento similar a la exposición de una imagen en una cámara oscura, un tanto schopenhaueriano. Si al improbable lector no le molesta el despropósito, claro está. El experimento de Desvelo y Traza me puso en evidencia que los objetos carecen de existencia real fuera de su representación; así, el roble centenario que acababa de ver no tenía más existencia que la expresada a través del fragmento de voluntad universal y pensante que es un servidor.

Creo que haría bien en no meterme en experimentos tan raros, que luego se va la cabeza a pájaros y olvidamos lo esencial: estamos en época de coronación felipesca.  Con las negruras patrias y algunos retazos de luces monárquicas iluminaremos nuestra caverna platónica por otros 39 años.

Y tan felices.

domingo, 3 de abril de 2011

La calzada romana de la Fuenfría.-




Ya se sabe cómo somos los jubilatas con ganas de marcha. Siguiendo aquella vieja máxima que proponía instruir deleitando, este sábado hacemos con la agrupación ateneísta Aire Libre una marcha por la calzada romana, desde las Dehesillas hasta Valsaín.


Seguimos el trazado caminero según las investigaciones arqueológicas realizadas en 2009 sobre el terreno, que han reconstruido el recorrido que seguía esta vía hasta alcanzar el puerto de la Fuenfría.







Este segmento corresponde a la Vía XXIV del Itinerario Antonino, que unía Toledo con Segovia. La reconstrucción del trazado, mientras no aparezcan nuevos hallazgos que lo modifiquen, nos marca un camino que sube, en suave pendiente, en sentido N.E, parte del cual está solapado con/o borrado por las trazas de caminos históricos posteriores.


Parece que la calzada fue perdiendo su funcionalidad cuando, con la caída del imperio romano, y a falta de una autoridad que se ocupase de su mantenimiento se fue borrando su trazado por efectos de la erosión o las obras de acondicionamiento de nuevos caminos. En la Edad Media se comenzó a usar el llamado Camino Viejo de Segovia, que tenía, al parecer, una utilidad ganadera. En el S. XVIII, cuando Felipe V mandó construir el palacio de la Granja, se trazó la ahora llamada calzada borbónica para unir el palacio a la capital.


Los montañeros, desde siempre, hemos confundido esta calzada borbónica, empedrada en gran parte, con la vieja vía romana.


La borbónica es una calzada que sube al puerto por derecho, a las bravas, con pendientes que alcanzan hasta el 22 % de desnivel, como en la cuesta llamada "del reventón", mientras que la romana nunca supera el desnivel de un 8%. Se adapta a las curvas de nivel y asciende en suave zigzag, como corresponde a una sabia labor de ingeniería, que de eso los romanos sabían.


Por si no eran bastantes estas tres vías que - a tramos - se superponen, se cruzan o van en paralelo, existe una cuarta: la carretera de la República, construida en los años 30 del siglo pasado, que en algún tramo a borrado la vía romana.


Y, para complicarlo un poquito más, la senda Smithd (que viene desde Navacerrada hasta la Fuenfría), también coincide en un pequeño tramo con la vieja calzada. Pero no hay que preocuparse, cada camino tiene su propia señalización; así, la romana está marcada con puntos verdes; la borbónica con puntos blancos, la senda Smithd con amarillos...


Sin olvidar el último: el Camino de Santiago, que lo han trazado sobre la propia calzada.


Para salvar los arroyos, tan abundantes por estos montes, la calzada dispone del puente del Descalzo. Según parece, construido en tiempos de Felipe V sobre otro puente romano del que no quedan vestigios. Pero como los puentes son una solución costosa, a lo largo del trazado se ha recurrido a una solución más barata y también efectiva: los vados.


Los hay para salvar el arroyo del Infierno, el de la Fuenfría, el del Minguete... Un empedrado acanalado permite que las aguas atraviesen la calzada sin encharcar el firme de la misma y permitiendo el paso de viandantes y carruajes. Quizás, el del Minguete, transpuesto el puerto de la Fuenfría, sea el más vistoso de todos. Reconstruido, eso sí, pero muy ilustrativo.


Bueno... Para no cansar al improbable lector, habida cuenta que en esta bitácora no se imparte conocimientos ni doctrina, sino que se habla de las cosas que ve y hace este jubilata que aquí se explaya, se recomienda vivamente, a quien esto leyere, que se calce las botas y eche a caminar por estas pinaradas de Valsaín y disfrute de su verdor y la hermosura de estos paisajes serranos. Yo hago bastante con decirlo. No se sentirá defraudado.


Eso sí, sudará durante el ascenso: son 600 m de desnivel. Pero piense que encontrará varias fuentes a lo largo del camino: la de la Salud, la de la Fuenfría, en lo alto del puerto, la de la Reina, la Romana...



Además, a lo largo del camino hay muchos paneles informativos que le irá ilustrado, a la vez que se llena los ojos de paisaje, los pulmones de aire puro, y el espíritu de belleza natural. Y todo eso sólo con sudar un poquito....








jueves, 2 de diciembre de 2010

El tratro y la vida.-


Uno no va mucho al teatro, por razones que no vienen al caso, siendo, como es, el espectáculo que más le gusta. Uno ya sabe desde siempre que el teatro es un artificio, como lo es el cine. Aun así, prefiere el primero al segundo porque lo considera más “natural” y próximo al espectador.
De técnicas cinematográficas – que se le perdone la ignorancia – uno no sabe gran cosa; apenas que un fragmento de escena puede repetirse durante horas hasta conseguir que salga bien; luego, al montarla, se pega a la anterior y a la posterior y ya tiene uno una secuencia aparentemente perfecta y siempre igual a sí misma, no importa cuántas veces se proyecte sobre la pantalla.
En el teatro, no. El actor se la juega a cada representación, y el espectador está allí presente, acechándole, y se remueve inquieto en su butaca si las cosas no salen como debieran. No puede decirle el actor, si se trabuca: “Un momento, hombre, que repito la escena. A ver si ahora le gusta más”. Actualmente somos más circunspectos y apenas nos quejamos, pero en tiempos, ya se sabe, los espectadores no se andaban con miramientos y les tiraban tomates.
Por lo demás, tan artificioso es el teatro como el cine. El escenario teatral no deja de ser un espacio vacío, cúmulo de convenciones a las que llamamos decorados, que aceptamos por realidades. Los actores fingen un personaje que, por gracia de la acción, se transmuta en una persona viviendo su propia vida; viene a ser, como quien dice, un juego de muñecas rusas insertadas una dentro de otra: el actor dentro de la piel del personaje al que transciende como ser de ficción para convertirlo en una persona tan real como estemos dispuestos a creernos. Y el remedo de vida representada, mientras dura la obra, es tan semejante a la realidad que el espectador hace un acto de fe y se lo cree.
Con la única condición, claro está, de que nos encante, de que sea mágico. Esto es, por arte de birlibirloque el espectador se ve trasladado a un mundo maravilloso donde todo es ficción/realidad; lo sabe y no le importa, así que renuncia momentáneamente a su propia existencia y se mete en los entresijos de vidas ajenas que sabe fingidas pero verídicas y, por eso mismo, creíbles.
Ya digo, el teatro es una forma de encantamiento, como lo fue el retablillo de maese Pedro para don Quijote. Don Gaiferos, rescatando a su dama Melisendra de la morisma, era tan real que el caballero de la Triste Figura, por ayudarlos en su huída, sacó su espada y repartió mandobles hasta no dejar títere con cabeza. También a un servidor, de haber podido, le hubiese gustado saltar al escenario y convertirse en un personaje dieciochesco en la Francia que transitaba de la Monarquía a la Revolución. ¡Ah!No lo había dicho antes: la obra que estuvimos viendo fue Beaumarchais, de Sacha Guitry, interpretada por Joseph Mª Flotats.
De Pierre Augustin Caron de Beaumarchais uno sabia, desde el lejano bachillerato, que era dramaturgo y había escrito El barbero de Sevilla y Las bodas de Fígaro, y poco más. Así que indaga un poco en la vida de este personaje/persona y se encuentra con un hombre de origen modesto – hijo de un relojero – que estuvo al servicio de los dos Luises, XV y XVI, y fue espía, naviero, traficante de armas, prisionero en las cárceles reales, sufrió procesos judiciales muy sonados en su época, defendió la independencia americana y coqueteó con la Revolución francesa y casi le cuesta la cabeza. Una vida digna de representarse sobre un escenario.
Pero, como uno no tiene aptitudes de crítico teatral, poco puede decir salvo la admiración que siente por Flotats y su refinamiento cultural. Ya hace un par de años, tuvo ocasión de verle en La Cena, vis a vis con Carmelo Gómez. Representaban a dos conocidos personajes que vivieron la caída de la monarquía, la Revolución Francesa, el Imperio Napoleónico y la Restauración. Ocuparon altos cargos con Napoleón: el siniestro Fouché, director de la policía, y el taimado Tayllerand, ministro con Napoleón y restaurador de la monarquía en la personal de Luis XVII. Dos personajes, el uno siniestro y el otro depravado que se entendieron muy bien y a los que retrató certeramente Chateaubriand en sus Mémoires d´outre-tombe (por casa hay una edición de Garnier, 1989): “De repente, entró el vicio apoyado en la traición”, dice de ellos cuando los vio en la antecámara del rey.
Pues bien, La Cena nos contó cómo ambos enemigos políticos se alían en defensa de sus personales intereses. Después de ver a Flotats encarnado a Tayllerand en la escena, nunca me he podido imaginar al viejo diplomático dieciochesco más que bajo su aspecto y sus ademanes. Y me temo que, tras verle interpretando a Beaumarchais, cada vez que oiga Las bodas de Fígaro, de Mozart, o El barbero de Sevilla, de Rossini, no podré dejar de identificar en una misma persona a Flotats, Beaumarchais y Fígaro.
Ese Fígaro, enamorado de Rosina, de quien el conde de Almaviva quiere beneficiarse, le echa en cara al noble: “Porque sois un gran señor os creéis un gran genio… Nobleza, fortuna, riquezas… ¿qué habéis hecho para tener tantos bienes? Os habéis tomado la molestia de nacer, y nada más”. Fígaro trae al escenario aires de fronda y revolución, ya que critica al estamento nobiliario en tiempos de una monarquía absoluta. Beaumarchais habla por boca de su personaje y denuncia la injusticia de una sociedad estamental, donde el nacimiento condiciona a las personas. Puro reflejo de la vida.
En estos tiempos, Fígaro les hubiese echado en cara a quienes controlan los capitales especulativos: “Porque sois poderosos os creéis con derecho a saquear las naciones y empobrecer a los pueblos…”
Releo lo anterior y me doy cuenta de que llevo un rato divagando…Pero ¿Quién podría decir que el teatro no es reflejo de la vida?

sábado, 5 de junio de 2010

A propósito de los borbones españoles y la arqueología.-


La visita a la exposición “Corona y arqueología en el Siglo de las Luces”, en el Palacio Real de Madrid, era casi obligada tras el viaje que hicimos a primeros de abril a Nápoles y Sicilia. Ya quedó dicha, en las entradas del día 18 y 29 de abril pasado de esta bitácora, la gran impresión que me había producido conocer esas tierras del sur de Italia. Tierras por donde han pasado, y han dejado su impronta, todas las culturas mediterráneas.
La exposición a la que me refiero vendría a ilustrar una época en que la presencia española, a través de la Casa de Borbón, dejó huella que todavía es visible en tierras italianas y que muestra la importancia, no demasiado conocida entre nosotros, que los borbones españoles tienen en el desarrollo de la arqueología. Siempre hemos mantenido una actitud peyorativa respecto de las aportaciones españolas a los logros del Siglo de las Luces, como si fuésemos los parientes intelectualmente desarrapados de aquellos “ilustrados” franceses. Pero lo cierto es que, a lo largo del S. XVIII, la corona española mantuvo una clara política cultural que no desmerecía en absoluto de las practicadas por otros países europeos. Otra cosa es que el peso político de España estuviese en franco retroceso y esto condicionara la visión que se tiene de esta época histórica nuestra en todos los campos.
Es casi ocioso decir, por sabido, que fue Carlos III, siendo rey de Nápoles y Sicilia, quien auspició el descubrimiento de Herculano y Pompeya. De las pinturas que allí se descubrieron nació un estilo “pompeyano”, también llamado “grutesco” que se puso de moda en la época y era el colmo del buen gusto. Hasta el punto que el pintor Rafael Mengs lo tomó como modelo para embellecer los palacios reales.
Lo mismo que ahora está a la moda quien sigue las corrientes cambiantes de la idem, en aquel siglo lo más fashion era ser un conocedor de la cultura clásica y del mundo antiguo, que se consideraban, ya desde el Renacimiento, el no va más del refinamiento intelectual. Hasta el punto que el Infante don Gabriel de Borbón, hijo de Carlos III, tradujo del latín la Conjuración de Catina, y puede verse un ejemplar de esta traducción en una de las vitrinas.
Pero no sólo era afición de príncipes diletantes, ya que existía una política clara de buscar una explicación científica a las antigüedades clásicas y las culturas antiguas. En 1752, el marqués de Valdeflores, por mandado real, recorrió el sur y el oeste de la Península buscando y describiendo vestigios de antiguas culturas hispanas. Fruto de este trabajo fue la publicación de Viaje de las antigüedades de España, donde se recogieron más de 4.000 inscripciones epigráficas, y un Ensayo de Alfabetos de Lenguas desconocidas, que fue el primer intento científico de estudiar las lenguas prerromanas.
Y no sólo hubo una preocupación por la cultura clásica, sino que esta preocupación se extendió hacia el conocimiento de la cultura árabe en España y a las culturas precolombinas en las colonias americanas. En 1776 se descubrieron las ruinas mayas de Palenque, lo que motivó la organización de expediciones científicas para su estudio y descripción, y en la exposición pueden verse algunos grabados que se hicieron sobre el terreno. Más aún, a raíz de estos descubrimientos, se fundó la R. A. San Carlos de México (la primera en todo el continente), donde se recogieron los hallazgos de las culturas mesoamericanas y se llevaron vaciados en yeso de estatuas clásicas, procedentes de las colecciones reales. El propio Humboldt la visitó y dejó escrita su admiración por una institución que aunaba en pie de igualdad las antiguas culturas americanas y el clasicismo europeo.
Bueeeno… Ya sabe el improbable lector que ésta es la bitácora de un jubilata con sus puntos y comas de cultureta, así que lo dicho no pasa de ser unos apuntes someros. No se pretende sentar plaza de erudito en la materia, sino sólo hablar un poco de la visita a la exposición y de las impresiones que uno ha recibido.
Me hubiese gustado dejar algunas fotos de la visita, pero no está permitido hacerlas. Casi mejor es darse una vuelta por aquellas salas, cuya entrada en gratuita, y leer con detenimiento los paneles y observar las piezas expuestas. De paso, puede verse desde el Patio de Armas la fachada de la Almudena, ese bastión del retro-catolicismo celtibérico y pastiche neo-neo-historicista de un dudoso y anacrónico gusto arquitectónico. Cualquier día me acerco por allí y luego lo cuento.
Queda avisado el personal.