viernes, 31 de julio de 2026

Una gota de agua.-

 


Hoy al medio día nos ha visitado una tormenta que ha bajado las temperaturas y nos ha dejado unos buenos aguaceros. Se ha refrescado el ambiente, los suelos, y ha humedecido el bosque. Un alivio térmico que se agradece.

Con la tarde recién lavada, doy un paseo por la finca de los Batanes. En el lago artificial del bosque finlandés, observo las gotas que van cayendo del ramaje sobre la lámina de agua que espejea. Cada gota, al contacto con la superficie, dibuja sobre ella una serie de círculos concéntricos cuyo radio va ampliándose como una serie de pequeñas olas circulares y simétricas, de una simetría perfecta. Si cae alguna otra gota desde otra rama próxima, ese círculo en expansión interfiere sobre otro caído en un lugar próximo. El choque entre ambos es suave, interfiriendo las pequeñas ondas entre sí, saltando una sobre otra para seguir cada cual su propia expansión sin deformarse y, en las intersecciones, se producen pequeños rombos instantáneos que desaparecen según se aleja cada onda a partir del centro geométrico donde cayó la gota de agua.

Observando este curioso fenómeno físico, uno descubre la belleza que hay en la perfección geométrica producida por una simple gota de agua que cae de una rama que cimbrea sobre el lago artificial. La arboleda que lo rodea, reflejada con nitidez sobre la superficie como sobre un espejo horizontal, parece descomponerse y vibrar con el simple contacto de una minúscula gota de agua. Su imagen se rompe en formas angulosas y quebradas como por efecto de un espejo cuyo cristal se hubiera rajado al caerse al suelo; como a capricho de un pintor cubista que convierte la armonía de la naturaleza en formas geométricas distorsionadas e irregulares.

Luego, si el observador es paciente y su mente se desliza sin prisas sobre el paisaje, verá cómo, poco a poco, todo vuelve a su ser: la lámina del lago recupera su perfecta horizontalidad tranquila; el reflejo de la arboleda en torno se aquieta y muestra la imagen inversa del bosque que se asoma al espejo de agua; las nubes, perezosas, recorren sin prisas el fondo azul, y todo es quietud.

Hasta que una nueva pequeña gota, que se ha ido formado por condensación, se descuelga como sin prisas desde una rama angulosa, cae sobre la superficie del agua recién sosegada, rompe su equilibrio, y el observador se queda fascinado, viendo, de nuevo, los círculos concéntricos como mínimas réplicas de un movimiento sísmico en miniatura.

Si una gota de agua puede captar la atención del caminante y fascinarle hasta perder la noción del tiempo, como ocurrió al monje Virila al oír canto de un ruiseñor, habrá que dar fe a lo que dice Giner de los Ríos cuando afirma que a la contemplación de un árbol podría dedicarse la vida entera.

viernes, 10 de julio de 2026

Un invento inédito.-

 


Estimado lector (masculino, femenino, neutro, epiceno o ambiguo, que en cuestiones de género ando desorientado), el disco duro de mi ordenador es un saco de sorpresas. 

Quiero decir, que cuando la vida da vueltas en vacío y no sabes qué hacer de las horas que te queda por consumir hasta que llegue la de la cena – por poner un tope familiar que nos aleje de profundos pensamientos filosóficos -, acostumbro a huronear por las tripas de mi ordenador y de los dos discos externos donde guardo todos los textos que he ido conservando durante casi tres décadas.

Con frecuencia, ni recuerdo qué fue lo que fui enterrando en el disco duro (interno o externos) y descubro textos, anotaciones y archivos que, de haber sabido en su momento la inutilidad de los mismos, o lo que es peor, su torpeza, hubieran pasado a la condición de no natos y hubiesen poblado el limbo de las criaturas sin opción a la existencia de la palabra escrita. Pero se aferran a su oscura existencia por los rincones y recovecos de las tripas informáticas y, a veces, me tropiezo con ellos. Eso ocurre, ya lo he dicho, cuando el tedium vitae (o sea, el aburrimiento, pero dicho en culto) se hace presente y no sé cómo ocupar las horas que quedan hasta la cena.

Todo eso para decirte, improbable y paciente lector, que me tropecé con el texto que a continuación puedes leer, si te viene en gana y no tienes nada mejor que hacer. No se trata de un ejercicio de estilo como aquellos Exercices de style de Queneau, donde se cuenta hasta 99 veces la misma historia de la vida corriente como si fuera un tema con variaciones del inefable J. S. Bach. Se trata, más bien, de un ejercicio propuesto para estimular la imaginación a partir de un asunto tan poco estimulante como es tratar de describir un invento inédito.

Dicho lo dicho a modo de justificación. Dice así:

Aparte de usar el lenguaje para inventar historias inéditas – y eso con mucho esfuerzo –, la verdad es que nunca he tenido habilidades mecánicas o ingenio técnico para inventar artilugios de alguna utilidad para la sociedad. Y aquí lo que se me pide es que hable de un invento inédito. Y si es inédito, no tengo forma de conocerlo ni, por lo tanto, explicar su funcionamiento. Es una incongruencia eso de pedir que uno explique en qué consiste un artefacto cuya existencia ignora; y se ignora precisamente por ser inédito y no conocido del gran público en general, ni de un servidor en particular. A veces te ponen tareas que dicen bien poco en favor del sentido lógico de quien tuvo la ocurrencia de pedírtelas. 

Eso sí, de niño fui un gran lector del TBO en el que había una sección que me gustaba mucho. Se trataba de los inventos del Doctor Franz de Copenhague que aparecían semanalmente en la sección de Los Grandes Inventos del TBO, como aquella rueda con zapatos que andaba con el interesado sentado sobre el engranaje y dándole alternativamente a dos palancas. Útil sí era porque al artilugio rodante se podían adaptar todos los zapatos usados o pasados de moda que hubiera en casa y porque no había que caminar. Bastaba un leve vaivén de los brazos sobre las palancas para desplazarse sin mover las piernas.

Lo que me recuerda (los zapatos, digo) que, cuando yo era fumador de pipa, estuve trabajando en un mecanismo que me sirviera para encender las cerillas que había que aplicar a la cazoleta donde estaba prensado el tabaco. El problema era que la pipa se apagaba con frecuencia y había que aplicarle una cerilla de vez en cuando, y tenía las manos ocupadas escribiendo en mi vieja Olivetti 44. En aquellos años me ganaba la vida escribiendo artículos a peseta la palabra, exceptuando monosílabos y signos de puntuación. Esos corrían de mi cuenta.

Los planos donde se especificaban los mecanismos y su ensamblaje los perdí en una mudanza, y no los eché de menos porque por esos años se pudo de moda el fanatismo anti tabaquista y tuve que guardar mi colección de pipas en una caja y esconderla en un altillo. Pero recuerdo que la suela de un zapato era fundamental como plataforma de ignición de la cabeza de la cerilla al aplicarle una fricción en sentido longitudinal.

El mecanismo tenía cierta complejidad, ya que la suela iba montada sobre una plataforma que sujetaba, a su vez, un brazo articulado al extremo del cual iba la cerilla cabeza abajo. Para activar éste, una conexión eléctrica a la barra espaciadora de la máquina de escribir accionaba el mecanismo que deslizaba la cerilla que friccionaba sobre la suela de zapato, y, mediante un muelle retráctil, el brazo articulado arrimaba la cerilla encendida a la cazoleta de la pipa mientras yo aporreaba las teclas y daba grandes chupadas a la boquilla.

En los experimentos previos a fuerza de ensayo/error, gasté varios kilos de cajas de cerillas de Fosforera Española que compraba en el estanco de debajo de casa, e invertí una pequeña fortuna. La estanquera me sonreía con arrobo cada vez que me veía aparecer por su establecimiento.

Conseguí perfeccionar el invento y el mecanismo funcionaba con la precisión de los inventos del Profesor Franz de Copenhague. Solo que había un pequeño defecto que no logré subsanar. Y fue que, cada vez que se quemaba una cerilla, tenía que dejar de escribir para sustituirla por otra con su cabeza de fósforo intacta. Lo que me dio muchísimos quebraderos de cabeza.

Solamente por ese pequeño defecto, mi mecanismo enciende-pipas sin usar las manos pasó a la categoría de los inventos inéditos.