sábado, 17 de abril de 2021

Al chapuzas que nos reventó la cerradura.-


Hay momento en la vida en que el santo se te pone de culo. Y estos días son de esos en que al perro flaco todo se le vuelven pulgas, así que paciencia y arrascar. Pero no quiero aburrir al improbable lector con lamentos, que los que estamos en edad provecta no podemos perder nuestro tiempo llorando penas de la vida, cuando hemos de aprovechar la que nos queda por delante. Solo le contaré un sucedido y añadiré un cuento que viene al pelo.

Recién salido de tres semanas de Covid, hace ya dos días del final de la cuarentena, mientras estaba dando un paseo para recuperar mis fuerzas, algún profesional, amigo de lo ajeno, descerrajó la puerta de nuestra vivienda. Ya se sabe cuál es el resultado: avisar a la policía, poner una denuncia y llamar al seguro.

El cerrajero desmontó la cerradura, comprobó que los pivotes que anclan la puerta al marco habían resistido, me puso cerradura nueva provisional, y a esperar el arreglo definitivo. Me dijo el cerrajero que quien había intentado violar la cerradura “era un bruto”; esto es un gilipollas con absoluta falta de profesionalidad; que hoy se hacen “trabajos” mucho más finos y limpios, un sistema que llaman bumping. El animal, por lo visto, metió palanqueta y tiró a lo bruto.  

Pues eso, en honor al gilipollas que nos forzó la cerradura dejo aquí este cuento que escribí hace años y que viene al pelo, como si lo hubiera escrito para ese chapuzas anónimo. Cosas de la premonición literaria, por lo que se ve.

El cuento se llama Carnet por puntos, y dice así:

Eran las 04:07 de aquella madrugada de aquel lunes. Al primer golpe, el inmueble se sacudió como por efectos de un bombazo. Los vecinos, a esas horas de la noche, dormían profundamente y no se enteraron. Los golpes, secos, acompasados, hacían retemblar los vidrios de las ventanas: ¡Bum! ¡Bum! Carlitos el Piojo, alias Piojito el Butronero entre los de la profesión a ambos lados de la ley, se afanaba con su mazo. Sudando por el esfuerzo, levantaba la maza por encima de su hombro derecho y golpeaba con fuerza sobre la puerta cristalera.

Era la tercera vez que intentaba robar aquel local: La Cuchara, especialidad en comida casera. Él había comido una vez allí por 7 euros y, la verdad, hacía honor a su nombre. Una cocina honrada, de las de puchero y guiso de toda la vida, donde se podía comer con confianza. Por eso, no había nada personal en aquel robo. Piojito el Butronero era un profesional, modesto, pero responsable en su trabajo. Si se había decidido por aquel bar era a causa de la tragaperras que estaba en el rincón, debajo del televisor y junto a la puerta del retrete de caballeros.

– ...Y por una cuestión de honor –, se dijo Carlitos, hablando en voz alta, sin darse cuenta.

En efecto, Carlitos el Piojo, a pesar de ser un profesional modesto –Categoría C, según su licencia para robar–, era un hombre con pundonor. Las dos veces anteriores había fracasado por razones ajenas a su voluntad, y esta vez iba a por todas.

Cansado del esfuerzo, dejó la maza apoyada en la pared y se secó el sudor de la frente. Esta vez no podía fallar. No, esta vez no; se jugaba demasiado. Encendió un cigarrillo: en su trabajo no había normativa que lo prohibiese, y se recostó contra el coche que estaba frente a la puerta del bar. El maldito cristal blindado se resistía y era cuestión de media docena de mazazos más. Pero él necesitaba un respiro, ya no era tan joven como cuando aprendió el oficio.

– O traes un sueldo a casa, o te abandono por Wenceslao–, le había amenazado la mujer. El tal Wenceslao había sido novio de Carmela cuando chavales y trabajaba en un banco. No es que Carmela, su mujer, fuese mala persona; es que ya estaba harta de pasar necesidades y de tener que comprar fiado. Los tenderos de su barrio la miraban mal y las vecinas murmuraban a su paso. Y ella era una mujer decente, que podía ir con la cabeza bien alta.

Por su parte, él tenía fama de buena persona, pero un poco inútil en el oficio. Y lo que era peor, desde que pusieron el carnet de ladrón por puntos, podían retirarle la licencia para robar. Ya se lo había recordado el señor comisario la última vez que le detuvieron:

– Mal te veo, Piojito, este año es la segunda vez que te pillamos. A la tercera, el juez te retira el carnet, y a ver de qué vives... –, añadió, paternal.

– A ver si espabilas, hombre, que nos das mucho trabajo –, le recriminó el Secretario del Juzgado de Instrucción, cuando le tomaron declaración, después de veinticuatro horas en el calabozo. – Hay que robar con todas las de la ley –, insistió cuando le notificó la libertad provisional.

Piojito el Butronero dio una última calada, aplastó la colilla con la suela del zapato y fue a por la maza. Después de escupirse en las manos, para que no resbalara el mango, descargó con energía el primer golpe. ¡¡Bum!! Sonó como un escopetazo en la calle silenciosa. ¡Bum! golpeó de nuevo con todas sus fuerzas, pero el maldito cristal se astillaba, pero resistía.

Unos golpes más y, en cuanto hiciera el butrón, se colaba por él. Esta vez no iba a ser como la anterior, cuando lo de la tienda de Todo a 100, que se pasó cinco horas a mazazo limpio. Cinco horas para abrir un agujero en un tabique de doble rasillón. En cuanto pasó del otro lado, se encontró en un sótano donde dormían once chinos, le quitaron la maza y la cartera y, encima, llamaron a la policía.

– Jodidos inmigrantes – se indignaba él al recordarlo –, vienen a quitarnos el pan de la boca –. Además de quedarse sin herramientas, sin dinero y sin documentación, el juez mandó retirarle 4 puntos del permiso para robar y le amenazó con mandarle a un curso de reciclaje. Curso que, según la nueva Ley 21/2005 (B.O.E de 3 de marzo), de Regulación de Latrocinios Urbanos, debía pagarse de su bolsillo, si quería recuperar la licencia.

– Inútil, más que inútil – se lamentó Carmela en aquella ocasión. – Así nunca llegarás a capitalista. Mira Wenceslao –, le restregó por la cara –, a los banqueros nunca les pillan.  No se podía comparar, pensó él descargando un tercer golpe con todas sus ganas. Al estruendo, algunas luces empezaron a encenderse por las casas de alrededor. – No se puede comparar, hombre – volvió a hablar en voz alta, mientras se secaba el sudor –, la escuela que tienen ellos, la habilidad, los contactos... ¡Qué sabrán las mujeres lo que es esta profesión!

Todavía recordaba cuando se metió en el oficio. Le inició un tío suyo que había cumplido condena en el penal de Ocaña, el más famoso de aquellos tiempos, donde iban los que se habían labrado un nombre. Cuando decías por ahí que habías cumplido condena en Ocaña, la gente te miraba con un respeto. Entonces, a los buenos profesionales se les respetaba mucho, se les pedía consejo y, encima, no habían inventado esa maldita ley del permiso de ladrón por puntos. 

– Antes era todo más natural –, suspiró Carlitos el Piojo, agarrando de nuevo la maza. – Aprendías el oficio y te ganabas la vida honradamente robando carteras en el tranvía; si eras joven y fuerte como yo entonces, te especializabas en el butrón y hacías una pasta.

– Era todo más natural... – Tomó aliento y dio un mazazo enorme. Saltaron los cristales y se hizo un agujero por donde cabía el puño.

Los vecinos del inmueble empezaron a abrir ventanas y a mirar a la calle. En un momento, no había ventana donde no asomara alguna cabeza desgreñada. Por todas partes se oían voces legañosas de sueño y sobresalto. Él, entusiasmado, sin hacer caso de los gritos, empezó a mazazos como un poseso: en cinco minutos, la recaudación de la tragaperras sería suya. A ver qué iba a decir Carmela entonces, cuando le viese con la pasta. Seguro que ya no le llamaba inútil, ni se acordaba de Wenceslao.

Sí, se jugaba mucho, pero ya se veía toda una semana descansando, sin dar golpe. Cuando se enterasen en su barrio, los conocidos le darían palmaditas amistosas en el hombro y le invitarían al bar. Y lo más importante, empezarían a respetarle. Ahora, es como si ya no le pesase la maza; a cada golpe, ¡Bum! ¡Bum! el cristal blindado saltaba hecho añicos.

– ¡Están tirando bombas!¡ Es Al Qaeda, los moros están tirando bombas–, gritaba el vecino del primero derecha.

– Que no, que no, vecino –, replicaba a gritos un jubilado desde el piso de enfrente. – Que están robando en La Cuchara.

– ¡Ladrones, ladrones! –. La calle era una algarabía de voces. Las sirenas de la policía empezaron a ulular por todo el barrio.

Dos coches patrulla de la policía municipal, con chirridos de frenazos, se abalanzaban contra la fachada del bar; casi se estampan contra la puerta cristalera y atropellan a Carlitos el Piojo.

– Patrulla a Central,  patrulla a Central –, llamaba el madero por la emisora de policía –. Hemos detenido al sospechoso... Sí, sí, Piojito el Butronero ¿Me copias? Es Piojito el Butronero. 

– Pero, alma de cántaro ¿Otra vez tú? – se burlaba el municipal mientras le ponía las esposas. – Esta vez te retiran el permiso para robar, inútil, más que inútil. A ver qué dice tu mujer cuando se entere –, le recriminaba.

Carlitos el Piojo, alias Piojito el Butronero entre los de la profesión a ambos lados de la ley, sabía que de ésta se quedaba en el paro y sin mujer. Pero lo que más le dolía es que ella se fuera con un empleado de banca, alguien que se llevaba el dinero ajeno con las manos limpias.

– Lo que más me duele es la competencia desleal –, dijo al madero que le metía en el coche patrulla.


©Viator, 08/01/06

domingo, 4 de abril de 2021

Para ser feliz en tiempos de pandemia.-

De Internet.

Las que siguen son unas consideraciones, y algunas adveretencias, para ser feliz en tiempos de pandemia.

En el largo encierro que estamos sufriendo este jubilata y su santa a causa de la Covid que nos tiene a mal traer, he echado mano de los consejos de la piscología positiva con fines puramente medicinales.

Brindo estas reflexiones al improbable, y siempre paciente lector, por si le fueran de utilidad:

1) Madrid es una Unidad de Destino en lo Universal. Fuera de Madrid todo es caos y desolación.

2) Ideología política de caja registradora: si al empresario hostelero le va bien, a la sociedad le va bien. Ese es el camino.

3) Lo del Dos de Mayo de 1808 fue un histórico error imperdonable que está en vías de solución.

4) Sarah Palin fue una zapatilla rusa al lado de nuestra Gran Timonel Díaz Ayuso.

5) Libertad o Comunismo. Donde haya un 100 Montaditos que se quite el mejor Gulag podemita, por mal nombre GLASUNOYE UPRAVLÉNIYE ISPRAVÍTEL NO-TRUDOVYJ LAGERÉY I KOLÓNIY ¿Quién coños quiere vivir en un lugar de nombre impronunciable?

6.- En las próximas elecciones del 4 de mayo, el Pueblo Soberano pedirá “caenas”, según todas las encuestas. Procesionará el Carro del Poder cuatro años más, para admiración de propios y extraños.

7.- Si pilla la Covid, algo malo habrá hecho Vd. La autoridad declina toda responsabilidad: no nos vaya a joder las estadísticas por un capricho tonto.

8.- Advertencia a los desafectos: comenzada la nueva Legislatura Triunfal, seremos implacables con los emboscados.

Así que, paciencia y barajar.

sábado, 13 de marzo de 2021

Cuando la tecla se resiste.-


 
Un servidor puede asegurar que nunca, en su larga vida de lector, ha tenido desfallecimientos. Al contrario, ha habido etapas de su vida en que ha sido una trituradora, dispuesto a desmenuzar cualquier letra impresa que se pusiera a su alcance. Sin mayor criterio, evidentemente. La pasión lectora no se paraba ni en valoraciones de género literario, de calidad ni de temática. Cualquier papel en forma de libro, o tebeo en la lejana infancia, eran objeto de aquella bulímica afición a la lectura.

Y en esas estamos aún, con las limitaciones que impone la edad en cuanto a horas de lectura y selección de asuntos. Porque, cuando empiezan a faltar los dientes, uno debe elegir los alimentos, sustituyendo la abundancia por la calidad. No busca tanto banquetearse cuanto saborear a pequeños bocados. Por decirlo con un símil gastronómico, uno no se da un atracón de fabes con todos sus sacramentos, sino que opta por un menú estrecho y largo, donde la profusión de sabores contrarresta la contundencia del producto deglutido. Uno lee menos, por cansancio físico, pero lee mejor.

Cosa distinta es cuando – y es el tema de hoy – uno se pone ante la pantalla con la intención de decirle algo mínimamente interesante al improbable lector, pero tiene estreñido el conducto de las ideas. Y por más esfuerzos que haga no consigue obrar.    

Para que el improbable lector se haga una idea, aquí queda este cuentecito que fue escrito en una ocasión similar, con estos resultados un tanto escatológicos:

""- ¿Qué? ¿Ya te sale...?

- Espera, espera... Hhhmmfff... Parece que ya, casi... Gggmmfff... Pues, no..., parece que todavía no.

- Bueeeno. A ver si haces un poco más de esfuerzo. Mira que llevas quince días sin hacer nada. Pues, hijo, menudo atasco debes de tener –. La mujer, casi de puntillas, se aleja de la puerta del despacho, cerrada a cal y canto. Camino de la cocina, se la nota preocupada por los desarreglos del marido.

El escritor, encerrado con llave en su escritorio, hace esfuerzos enormes intentando que le salga alguna frase, aunque sólo sea una cortita. Está sentado en su silla, y tiene un rimero de papeles al alcance de la mano por si se deshace el atasco y puede empezar a escribir. Pero, por más que aprieta, nada. Fue hace ya casi veinte días cuando empezó a sentir los primeros síntomas de la obstrucción: una sensación de opresión en el estómago, pérdida de apetito y un fuerte dolor de cabeza. Desde entonces, no le sale ni una frase. Nunca había tenido una sensación parecida. Normalmente, nada más levantarse y desayunar, enseguida le venían las ganas. Iba corriendo al escritorio, se encerraba con llave, hacía un pequeño esfuerzo y ¡Plaff! las ideas le salían de golpe: sinécdoques narrativas, metonimias y todo tipo de imágenes literarias que se derramaban sobre el papel con la fluidez de un intestino bien regulado.  Era como exonerar el vientre cada mañana, pero en plan creativo.

Al cabo de un rato, suenan unos golpecitos discretos en la puerta, “toc, toc”, y la hija mayor, que pregunta:

– Papá, papá. ¿Cómo te encuentras? ¿Has podido hacer algo?

– Que no, hija. Que todavía no – El escritor, encerrado y estrujando unas cuartillas, hace esfuerzos para echar fuera la masa literaria que se le ha endurecido. Otra vez, nada. Por más que aprieta, no sale nada y la familia está en vilo.

– Bueno – replica la hija mayor –, tú tranquilo ¿Eh? Mamá te está preparando una manzanilla. Ya verás qué bien te cae.

La hija mayor se va preocupada, y deja al escritor en su encierro y con sus apretones infructuosos.

Estas cosas suelen pasar sin saber bien por qué, piensa el escritor para consolarse. Unas gotitas de sudor frío le corren por la frente y, a cada esfuerzo, nota como si la cabeza le fuera a estallar. Él ya se lo había oído decir a otros compañeros de profesión: de repente, te levantas una mañana lleno a reventar, te pones a escribir y, por más esfuerzos que haces, no te sale ni una frasecita en presente de indicativo. Y, como se te atraviese una adverbial subordinada, para qué contarte; esas sí que son astringentes. Se te forma un tapón que, por más que aprietes, te estriñe el conducto creativo y, en los casos más graves, los esfínteres de la imaginación se irritan hasta ulcerarse.

– Claro, que lo peor son las perifrásticas –. El escritor lo ha pensado en voz alta, sin darse cuenta.

Acaba de recordar a un amigo y compañero de profesión, que tenía una columna de mucho postín intelectual en una revista literaria, al que hace un año se le taponó una oración perifrástica con un verbo en pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo, de la que colgaban una subordinada modal y dos complementos de objeto indirecto, y le tuvieron que hospitalizar. Fue muy comentado entre los colegas: de aquella, por poco se muere.

Estuvo de baja durante tres meses hasta que, por fin, expulsó aquella masa petrificada. Y eso, gracias a que asistió a la consulta de un experto estructuralista que logró desmenuzar la maraña de niveles lingüísticos. Desde entonces, por prescripción facultativa, se pasó al periodismo de masas, que es mucho más liviano. Ahora está a dieta de crónicas deportivas y, cada mañana, le fluye como si nada su columna de deportes, y hasta tiene mejor color de cara. Ya no pasa las noches en la redacción, a base de cafés y cigarrillos, ni los días en las bibliotecas devorando masas de letra impresa. Y, encima, el aire libre de los estadios le ha dado un color tostadito muy saludable. Según dice él mismo, desde que escribe “light” y ha abandonado los malos hábitos de la escritura seria, su tracto va como la seda.

– Anda, cariño, abre un momento, que te traigo una manzanilla con miel –. La mujer del escritor está delante de la puerta con una tisana humeante.

Pero el escritor ya no tiene fuerzas ni para levantarse del asiento. Lleva casi tres horas encerrado, haciendo esfuerzos tremendos. “¡Uuummfff!”, “¡Ppfffggg!”, se oye ahogadamente del otro lado de la puerta.

El escritor no sólo está empapado en sudor de tanto apretar, sino que le empiezan a temblar las piernas y se agarra con fuerza al borde de la mesa. A cada apretón que da, le sale una considerable variación de onomatopeyas del tipo: “¡Aummffggg!”, “¡Gggrrrff!”, “¡¡Uffffmmm!!”, que son como flatulencias que no producen el menor alivio.

– Cariño, cariño – se preocupa la mujer – ¿Estás bien? Mira que se te va a enfriar la manzanilla...

– Es que no puedo, mujer. De verdad... – dice el escritor, con la voz estrangulada por el esfuerzo.

Aunque él no quiere reconocerlo, lo cierto es que tiene gran parte de culpa de ese estreñimiento literario. Se pasa el día devorando libros sin parar y es de los que no le hacen ascos a nada. Durante años y años ha seguido una dieta de lo más desequilibrado, leyendo todo lo que le caía en las manos y escribiendo sobre cualquier cosa que se le pusiera por delante. Y, claro, con la edad, los excesos acaban pasando factura.

– Oye, papá –, esta vez es el hijo pequeño – tú aprieta fuerte ¿Eh?

El crío, tras esta muestra de solidaridad con su progenitor, vuelve corriendo al salón, a enchufarse a la consola. La nueva generación tiene otros hábitos y nunca padecerá estos desarreglos.

Ya no es como cuando era joven –piensa el escritor- que, teniendo la edad de su hijo, se leyó todas las novelas de Marcial Lafuente Estefanía; o como cuando le cogía a escondidas las fotonovelas de Corín Tellado a su hermana y se encerraba en el retrete a leer. O como aquella vez que, en una semana, escribió un guion de película tan indigesto que tuvo que tirarlo por la taza del wáter para que nadie se enterara en casa. En fin, muchas veces se lo ha recordado su mujer: que ya iba cumpliendo una edad y no podía digerir tantas lecturas como hacía; que con tantos libros que devoraba llegaría un momento en que no podría asimilar todo lo que iba tragando; que un día te vas a empachar, y verás entonces...

– Oye, cariño, te dejo la manzanilla en el aparador del pasillo – dice la mujer del escritor, cansada de esperar.

La verdad era que sí, que él tenía mucha culpa de estos desarreglos. Sin ir más lejos, hace tres semanas, se pasó una tarde entera buscando sinónimos de “entelequia” para la recensión de un ensayo filosófico; devoró tres diccionarios de sinónimos y el Casares, hincó el diente al María Moliner, sorbió un par de enciclopedias y se relamió con una edición antigua de la Real Academia de la Lengua, que ya estaba un poco rancia. Si su mujer no llega a esconderle los libros, coge una indigestión.

– ¡Ah! – recuerda, además, el escritor – Y la Wikipedia, que casi me olvida…

De repente, el escritor empieza a sentir unos fuertes retorcijones y se le escapan una buena docena de onomatopeyas quejumbrosas, gemebundas, como de parturienta en trance, que resuenan por toda la casa y sobresaltan a toda la familia. Todos corren pasillo adelante y se amontonan ante la puerta cerrada, al oír los ayes del esfuerzo, la retahíla de “¡Auummfffs!”, los “’Ggrrfffs!”  y todas las variaciones onomatopéyicas de un escritor imaginativo, aunque estreñido.

Todos gritan a la vez, la mujer, los hijos: “¡Cariño...! ¡Papá, papá...! Ay Dios mío ¿Pero, qué te pasa? ¡¡Callad, callad, que no se le oye...!!” Desde el escritorio, cerrado con dos vueltas de llave, llega algo así como un “¡¡¡Uuuhhhmmmfff!!!” de alivio. La mujer del escritor, con el alma en vilo, pregunta:

– ¿...qué...? – Y todos pegan el oído a la puerta.

 ¡Uff! Creo que una intransitiva...–, responde el escritor, temblando del esfuerzo – Algo es algo...

Por fin, todos respiran aliviados. – Anda, tómate la manzanilla, que se te va a enfriar – Y cada cual se va a sus quehaceres.

miércoles, 24 de febrero de 2021

De sombras chinescas. -


 En mis largas caminatas de jubilata ocioso y peripatético, acostumbro a caminar por Arturo Soria y paso con frecuencia por delante de la embajada china, oculta, tras su alto muro, liso, sin fisuras, a toda mirada indiscreta. Frente a ella, en una praderita de hierba, bajo unos pinos, suele ponerse un grupo de meditación de nombre Falun Dafa, que protesta silenciosamente por las torturas que el gobierno chino inflige a los adeptos a dicha secta o movimiento religioso, aunque uno ignora todo sobre ella, su filosofía y las vicisitudes de sus adeptos. Puestos a mantener un aséptico escepticismo, ni siquiera puede uno afirmar la certeza de tales atropellos que ellos denuncian. Aunque sí me despiertan cierta conmiseración al ver las fotos de personas con el cuerpo lacerado.

Muchas veces he pasado junto a ellos y nunca me he atrevido a observarles con mirada de curioso paseante, y menos a fotografiarles, hasta hoy que escribo sobre ello. Un servidor siempre siente cierto pudor ante las manifestaciones de tipo religioso, cualesquiera que sean, y evita interferir en sus ritos, ni siquiera con la natural curiosidad de quien gusta de los espectáculos cuanto más exóticos, más entretenidos.


Pero esta vez, sí. Esta vez observo a los meditantes, leo sus carteles, fotografío, cojo un puñado de sus folletos para ver de qué va, y todo ello se lo cuento al improbable lector, por si suscita su interés durante los minutos que dure la lectura de esta entrada en la bitácora. 

Total, para su conocimiento, le contaré al improbable - pero siempre paciente lector - que este movimiento fue fundado por un señor chino de nombre Li Hongzhi en el año 1992, que se hizo muy popular en China, logrando millones de adeptos – según la información que ellos transmiten – y que fue prohibido el 20 de julio de 1999 por no ajustarse a la ideología oficial. Enseña sencillos ejercicios físicos y de meditación tradicional china para lograr un estilo de vida saludable; se rige por los principios de Verdad-Benevolencia-Tolerancia y pretende que sus adeptos sean gente amable, honesta y paciente.


Todo lo cual debe entenderse como información tomada de sus folletos y carteles, sin que este jubilata pueda contrastarla para saber hasta donde llega la certeza. Viendo su actitud pacífica y de meditación interior, no parece un enemigo de talla frente al poderoso Estado chino. Aunque sus proclamas del tipo: ¡El Cielo protege al pueblo chino y acabará con el Partido Comunista Chino! ¡Renuncie al PCCh para su seguridad y paz!, no son como para que la burocracia del partido no le preste atención y actúe de forma expeditiva, como acostumbra.

Es el problema de estas sobras chinescas, porque el ocioso paseante no sabe delimitar sus perfiles y ha de optar entre lo emocional y lo racional, sin saber a ciencia cierta si las fotos de torturados son testimonios ciertos o un apoyo gráfico para evidenciar la bondad de Falun Dafa frente a la dureza del sistema comunista (comunista en lo ideológico, neoliberal en lo económico – doble dictadura –) chino.

Con esas dudas, el paseante continúa su camino y deja vagar su pensamiento porque sabe que la mente, en proceso libre, suele elaborar ensoñaciones, no está obligada a un pensamiento riguroso y ayuda a dar un paso tras otro, calle adelante. En sus rutinas, no es consciente de que siempre pasa por los mismos lugares y es, después de todo, como ese hámster aprisionado en su jaula que se afana trepando por la rueda que le lleva a ninguna parte, pensando alcanzar la libertad, pero dándole vueltas sin fin a la noria de su infortunio. 

Infortunio del buey atado al pesebre, eso sí, con los bienes materiales satisfaciendo sus necesidades más elementales de alimento, alojamiento y seguridad... Y con el espíritu en vuelo libre mientras callejea por los lugares donde suele.

lunes, 1 de febrero de 2021

Al hilo del mural morado.-


Este barrio nuestro de la Concepción ha estado un par de semanas en el candelero, no porque su parque del Calero haya sido arrasado por la borrasca Filomena y así siga a finales de enero, o por sus habituales basuras amontonadas junto a los contenedores haciendo paisaje. Lo ha sido por un mural feminista, en gama de morados para hacer juego, que querían borrar nuestros políticos dextrógiros del distrito de Ciudad Lineal. 

Al final, la cosa ha quedado en agua de borrajas. En el barrio no ha gustado la broma del borrón y cuenta nueva. Habiendo tanta tapia donde pintar lo que tuvieran a bien, ¿Qué necesidad había de emborronar lo ya pintado? Total, que no han tenido la suficiente habilidad ni redaños para sacar adelante el asunto, así que mejor lo dejamos, han debido pensar. Y hacen bien, porque ocasiones de malgastar su tiempo de políticos municipales y el dinero del contribuyente no faltarán. 

Y no es por nada, que bien está el mural donde está y no pide pan. Es porque así nuestro barrio ha ganado cierta notoriedad y, a lo mejor, las autoridades competentes le dedican un poco más de atención, nos arreglan las aceras, sanean el parque, recogen las basuras, y otros pequeños detalles por el estilo. Pero nos conformaremos con haber sido noticia de escándalo durante quince días, día más o menos. Han sido nuestros quince minutos de gloria, que a todos alcanza, según me comentaba mi vecino el depre, quien, aparte sus neuras habituales, últimamente cultiva con esmero la de la pandemia y apenas se deja ver.

Prácticamente a diario paso por delante del polideportivo y veo esos iconos feministas. La verdad, pocos rostros soy capaz de reconocer, que yo de santorales no ando muy allá. Sean laicos o religiosos. Lo que sí me ha llamado la atención – y no debiera – es que una torpeza política haya convertido este mural en campo de batalla ideológico y en templo de laicidad, patrimonio de la humanidad si nos ponemos trascendentes. Lo que se dice ir a por lana y volver trasquilado.

De todas esas damas retratadas, a la que sí reconozco es a doña Rigoberta Menchú, por quien mi profesor/tutor de Historia de América (cuando yo hacía Geografía e Historia en la UNED) no tenía ninguna simpatía. Él había hecho durante varios años trabajos de campo en la América hispana y conocía el paño. Lo menos que le reprochaba, y el sabría por qué, era que había inflado su currículum de mujer progresista en beneficio de una carrera prometedora lejos de su país.

De la francotiradora rusa - por mentar alguna otra - Lyudmila Pauliuchenko, tampoco sé más que lo que he leído en los artículos panegíricos sobre las damas retratadas. Por lo visto, en Odessa fue el terror de los soldados nazis con su puntería y fría habilidad para cazarlos entre las ruinas. De francotiradores, sólo uno he conocido personalmente, y hacía gala de ello. Fue visitando Armenia y era nuestro guía, Edgar, quien fue francotirador en el anterior conflicto de Armenia con Azerbaiyán por Nagorno Karabag. Mi impresión al respecto queda reflejada en estas líneas que escribí en mi diario de viajes: Muestra bastante agresividad frente a los turcos y, a lo largo del viaje, no dejará de hacer chistes de mal gusto y pesados, a cada paso para mostrar su animosidad. Esto fue en abril de 2017.

Claro que para mostrar animosidad y franca enemistad no hay que ser francotirador armenio o ruso, basta que uno de rienda suelta a simplismos ideológicos elevados a categoría. El resultado ha sido, después de unos millares de tuiters y alborotos en redes sociales de masa, poner en los altares mediáticos, por un ratito, a un barrio que sobrevive con resignación a la desidia municipal. Y mientras somos reyna por un día, los jubilatas del barrio nos paseamos tan orgullosos por delante de la tapia morada de polideportivo de la Conce. Y las señoras que andan por la cincuentena, por lo menos las más progres, van y se hacen selfis delante de los iconos feministas. 

Y el barrio sigue su habitual run-run. A la espera de que algún iluminado alumbre una genialidad que vuelva a darnos fama en los mass-media, tan necesitados como están de pasto fresco. Que lo de la pandemia ya aburre un poquito, oiga.

miércoles, 20 de enero de 2021

Filomena.-

 


Citarizat cantico dulcis Filomena: Ameniza con su cántico el dulce ruiseñor… Pero mira por dónde, fueron a darle tan hermoso nombre de Filomena a una borrasca que nos ha dejado la capital mesetaria como las estepas rusas, cuando el General Invierno – como decía el general Kutúzov – derrotó a las tropas napoleónicas. Aquí no ha derrotado al más victorioso ejército europeo con su manto de nieve/hielo, sino que ha puesto en evidencia las vergüenzas municipales con su desidia e inoperancia.

Mientras escribo esta entrada a la bitácora, la borrasca/macho Gaetán (por aquello de la equidad de género, las hay hembra, una, y macho la siguiente, en armoniosa alternancia alfabética) se está instalando sobre nuestras cabezas y promete trombas de agua. Grandes aguaceros que lloverán sobre lo helado, cegarán los imbornales de las calles, arrastrarán las ramas arrancadas por la precedente y, con suerte, se llevarán calle abajo todas las basuras acumuladas en torno a los contenedores.


No hay mal que por bien no venga. Lo que la ineptitud municipal no alcanza, Gaetán lo resolverá por las bravas. Eso, aparte de las horas de emisión que va a ocupar en todas las cadenas televisivas, un poco saturadas ya de tanta estadística del Coronavirus que nos asalta por oleadas. Y mientras Filomena se va entre suaves temperaturas y Gaetán nos entra como un oleaje arrebatador, nosotros, parapetados tras las por fin bien surtidas estanterías del súper del barrio, no entendemos por qué nos toca vivir estos tiempos tan sin sosiego.


Es la economía, estúpido
, creo que dijo Bill Clinton: Es el cambio climático, cuñao, que no te enteras, podríamos decir. Pero vaya usted y cuéntele eso al personal, harto de confinamientos. 
Después de casi doce meses de encierros domiciliarios, o por barrios, o perimetrales; aparte los teletrabajos, los ERTES, los toques de queda, las consignas contradictorias, las estadísticas fluctuantes; amén las perpetuas descalificaciones entre políticos, no está la Magdalena para tafetanes. La gente lo que quiere es terracita al aire libre y parranda, si puede ser. Un carpe diem de ir tirando, de comamos y bebamos que mañana ya veremos cómo nos las apañamos... Y lo que adelante va atrás no queda.

Este jubilata, que se está tomando la edad provecta y las circunstancias adversas con un cierto estoicismo, dentro de lo que su temperamento le permite, disipa su vida y su tiempo en faenas domésticas (al alimón con la santa) que dan como resultado una casa aseada y provista con suficiencia, una cocina simple y sabrosa. Eso en cuanto al sustento del vivir diario.

En cuanto al ocio (entre otros más actuales), existe un pequeño invento que ya los romanos cultivaban: la lectura. Perdone el improbable lector: luce lucernae operam dare, decían aquellos impenitentes lectores que se pasaban la noche leyendo y estudiando a la luz de la lamparilla de aceite. Nosotros somos unos privilegiados con eso de las luminarias. Es cierto que, desde que el ministro Soria se inventó eso de subastar la energía eléctrica por horas – a cambio de suculenta puerta giratoria –, nos cuesta los ojos de la cara. Pero nadie negará que las lámparas led no son descanso para la vista.

Otra cosa es a qué lecturas se dedique uno, a veces no confesables. No por nefandas, sino por la rareza y anacronía que entrañan en sí. No diré cualas, pero sí que, de tarde en tarde, alimentan mi pequeño glosario de palabras regaladas y son una fuente de diversión modesta. 

A modo de ejemplo vaya ésta: melcocha, que es un dulce hecho con miel espesada por cocimiento. Venía en este texto: … y que la gente que ahora se hace para el cielo es de a pie, gente menuda, gente afeminada y de melcocha, que ni un papirote sufre por Dios. Y esta otra: sacomano, que es tanto como pillaje, saqueo. Y en su contexto: ¡Como meteremos sacomano al mundo, y cómo meteremos a cuchillo toda esa gente adúltera y fornicaria, y usurera, y logrera, y tramposa, y homicida, y rebelde, y cruel, y hazañadora, y bellaca!  Y es que aquellos frailes predicadores eran de lo más truculento.

¡Ah! Los anteriores son textos citados por don Julio Caro Baroja. Para mí que es el único erudito que se ha leído los tratados teológicos, morales, devocionales y sermonarios de cuando los Austria eran tan devotos como fornicadores. Tal Felipe IV, que lo mismo andaba de pingos por los pasadizos del convento de San Plácido, buscando beneficiarse de la novicia Margarita, como tenía correspondencia mística con sor María de Ágreda, ante quien se confesaba pecador y responsable de los males del reyno como justo castigo divino. 

Sin tantos escrúpulos morales, ahora tenemos por ahí un Borbón emérito ya ex fornicario a fuerza de edad, pero como no nos lo cuente un influencer/youtuber de esos que se van a Andorra para no pagar impuestos, casi no nos enteramos.

viernes, 1 de enero de 2021

Estrenando año, a ver qué pasa.-

 Anda este jubilata últimamente preocupado por la sequía de esta bitácora. Y con razón, porque pasan las semanas y no se encuentra material de provecho que llevarse al teclado del ordenador. No porque estos tiempos de confinamiento a ratos y según conveniencia comercial no den asunto a tratar; es porque los asuntos con que nos forrajean el pesebre mediático son tan repetitivos y previsibles que no hay por donde exprimirles un poco de originalidad. 

Lo más original que ha ocurrido estas pasadas fiestas navideñas ha sido que al Raphael le han montado un espectáculo de lucimiento ante cinco mil añorantes y se ha armado la de dios es cristo por si aquella multitud era potencialmente propagadora del Covif-19 (o alguna de sus mutaciones). La discusión sobre si sí era contaminante o, al contrario, la multitud estaba bajo control y era más inocua que una reunión familiar de seis miembros, ha ocupado horas y días de pantalla. Mayor provecho no se le podía haber sacado al recital raphaelino.

Además de los sesudos análisis médicos en los medios afines y adversos al evento, y el habitual guirigay en Twitter y demás rebaño de redes sociales, todos ellos han cumplido su función sobradamente: hacer olvidar al personal sus auténticos problemas: el diario vivir de cada día sin tomar conciencia de que somos manipulados como cobayas de neurona moldeable. 

Pero desde esta bitácora no nos pondremos transcendentes, menos aún a primeros de año. Antes bien, el pesimismo antropológico que aquí se practica – siempre en defensa propia – nos lleva a mirar estas pequeñeces con una cierta condescendencia: el material humano no da más de sí y los de clases pasivas ya no estamos en edad de elucubrar sobre cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler, como hacían los teólogos bizantinos. Aparte que nos da un poco lo mismo.

Aquí, en esta bitácora, practicamos la intranscendencia para no complicarle la existencia al improbable lector. Y, de tarde en tarde, y si está en nuestras manos, nos vamos burlando de las pequeñas realidades que nos toca vivir mientras el tiempo se toma su tiempo. Si, por equivocación, nos ponemos pensadores – que a veces sí, aunque sólo un ratito –, es filosofía de mesa camilla fácilmente digerible. Basta con cambiar de canal.

Claro que, tras esta confesión de intranscendencia, los que llevamos impresa la fecha de caducidad no podemos dejar de reflexionar sobre el paso del tiempo (acabamos de cambiar de año) y los acontecimientos consiguientes. Éstos sepultados por aquél, “…Al igual que las dunas al amontonarse unas sobre otras ocultan las primeras, así también en la vida los sucesos anteriores son rapidísimamente encubiertos por los posteriores”. Un servidor lo atestigua por simple observación.  Nihil enim semper floret. Aetas succedit aetati, porque nada es vigoroso para siempre y a un día sucede otro día. Y es que nuestros clásicos (en este caso Marco Aurelio y Marco T. Cicerón) son una fuente de sabiduría para nosotros…, con la ventaja de estar al alcance de la mano gracias al


Google ese que ha convertido en innecesarias las enciclopedias. 

Y, por ir dándole fin a estas notas, con esto se ha terminado el año. Lo hemos vivido como hemos podido y, a lo que parece, le sobrevivimos, con la esperanza de que el que está comenzando sea un algo más benigno. Despedimos el anterior sin pena y recordando eso que repite la mi santa tantas veces: Año bisiesto, año siniestro

Y aquí en casa, por dispersar nuestra atención de tanta fatiga Coronavirus como nos invade a través de los medios de comunicación, le dijimos adiós al 2020 escuchando L’ infedeltà delusa, de Haydn. Una burla, un juguete musical. 

Vamos a ver si termina, de una vez, esta broma pesada de la pandemia. ¡Coño!

martes, 8 de diciembre de 2020

¡Salvemos la Navidad!


 Quizás el improbable lector recuerde aquella frase de J. F. Kennedy: No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta qué puedes hacer tú por tu país. Me ha venido a las mientes en estas semanas previas a las navidades y me he preguntado: ¿Qué puedo hacer yo por salvar la Navidad?, cuestión que tanto preocupa a nuestros políticos locales.

Porque esa es la cuestión que debemos plantearnos todos: ¿Qué vamos a hacer para que estas navidades no sean ruinosas para la hostelería y el comercio en general? ¿Qué sacrificios estamos dispuestos a soportar para que la economía patria no se resienta? 

Sacrificios no tan arduos, ya que serán más llevaderos desde la inauguración de ese inconmensurable “hospital de pandemias” que la sutil señora Ayuso ha mandado abrir cerca del aeropuerto, por si el Covid19 llega volando de tierras extrañas. Y también, es justo decirlo, pensando en los madrileños, que la susodicha Ayuso piensa en todos sus súbditos. Y ello para el caso de que las aglomeraciones, ocasionadas por el patriótico deseo de que no se hunda el negocio de los sufridos hosteleros y comerciantes, nos obligue al gregarismo y amontonamiento en calles, terrazas, restaurantes, tiendas y chiringos donde se venda cualquier cosa que saque del ralentí a la maltrecha economía nacional. Y, como consecuencia, se nos agarre a las vías respiratorias el virus patógeno ese. Pero consumir es salvar España, según nos dicen las autoridades, así que echémonos a la calle, compremos y gastemos, que mañana ya veremos…

Las aglomeraciones serán inevitables, pero con las preceptivas mascarillas, eso sí. Siempre. Y guardando la distancia social, claro. Aunque nos tengamos que apretar un poquito, como cuando el recién pasado Black Friday, que no cabíamos en los Primark, los Media Markt y los corteingleses de toda la vida.  Todo por salvar la Navidad.

Por dar ejemplo, la santa y yo esperamos con impaciencia la paga extraordinaria para fundirla en el Ahora Más del barrio. Vamos a exprimir la tarjeta de crédito hasta dejarle secas las ubres, participando alegremente de la pandemia consumista del compra, gasta, desecha, derrocha, consume, y vuelta a quemar rueda. Y el que venga detrás que arree.

Todo sea porque el IBEX 35 no se resienta. Y quien dice el IBEX 35 (que nuestra economía de pensionistas no da para tan altos vuelos), dice el bar de debajo de casa, el restaurante de a 10 € el menú, el ya dicho Ahorra Más, el Mercadona, el Aldi, el Hiper Usera, el Día y tanto otros de cuyos nombres no quiero acordarme. Todos, todos ellos ansiosos por que vayamos con nuestra VISA de jubilatas a dejarles miajas de nuestras pensiones. Así contribuiremos al esfuerzo común para mantener la felicidad social y el engranaje económico. Dulce et decorum est pro patria mori, por decirlo cultamente. 

Y como siempre hay imponderables, pudiera ocurrir que, además del avieso Covid-19 y el esfuerzo consumista agotador, el Niño Jesús – según la viñeta que encabeza esta entrada – nos salga Niña. Entonces, a lo mejor, nos convendría repensar la navidad.

Pero eso será después de que funcione, por fin, la vacuna.

domingo, 29 de noviembre de 2020

De sólidos y líquidos.-



Sobre mi mesa de jubilata improductivo hay actualmente dos libros que voy leyendo al alimón, sin conexión aparente entre ellos, pero que sirven de excusa para el título de esta entrada. Uno de ellos es la
Regla de los monjes, de Benito de Nursia; el otro, Sobre la educación en un mundo líquido, de Zygmunt Bauman.

Y, antes que nada, una excusa obligada. Más que otra cosa, para que el improbable lector no se me mosquee ante esta aparente exhibición de ocioso cultureta. Y es la que sigue: Los expatriados del mundo laboral por causa de la edad no tenemos otra alternativa para ocupar nuestras mentes que la siguiente: O bien le damos caña al intelecto para que el ocio vacuo no nos lo oxide, o, por el contrario, vegetamos de la parte de las neuronas hasta que el alzheimer del desuso las atrofie y terminemos en vegetales bípedos, embobados ante una pantalla de tele. Así que estamos obligados a engrasar las conexiones neuronales, amén los preceptivos paseos diarios para que la artrosis no nos atasque las articulaciones.  El resto son minucias de supervivencia que practicamos por mero hábito.

De los sólidos aludidos en el título, la edición bilingüe de la regla benedictina, regalo de mi amigo Chusma Celarius (como él se denomina a veces en nuestra correspondencia); de los líquidos, las conversaciones de Zygmun Bauman con Ricardo Mazzeo, préstamo de mi amigo Luisote. Ambos (amistades a un lado, y sin ánimo de señalar), tipos fuera de norma, si se tiene en cuenta el tipo de lecturas a que me empujan. Ninguno de ellos parece que hagan caso de la advertencia de Bauman respecto a “Lo que los ciudadanos del mundo moderno líquido descubren pronto es que en ese mundo no hay nada destinado a perdurar, mucho menos para siempre… Todo lo que brota o se hace, sea o no humano, es desechable y existe sólo hasta próximo aviso.

Es cierto que Benito de Nursia nació en el S. VI, y el hombre, por muy santo y fundador que fuera, no tuvo medio de imaginar nuestra actual sociedad de consumo del “lo quiero para ya” y la fragilidad de compromiso ético (y de cualquier otro). Por eso escribió una colección de normas que regularan la vida monástica en común. Y si el lector desapasionado y tocado de agnosticismo las lee como un prospecto de uso, descubre que son el puro sentido común, entreverado de empatía por la debilidad humana. Es una regla hecha para durar, firme y disciplinada, pero no rígida (… nihil asperum, nihil grave, nos constituturos speramus: “…esperamos no establecer nada duro ni gravoso”). Eso aparte que el sometimiento a ella es voluntario: decides vivir de una determinada forma y aceptas la norma que la rige. No es tan complicado, aunque un poco difícil de asimilar por una sociedad de posmodernidad licuada.

Y, si hubiese que hacer un parangón entre la sociedad de compromisos provisionales que nos habita y las formas de monacato que dejó dichas el de Nursia, podríamos adscribirnos a las dos categorías últimas de monjes: la de los Giróvagos y la de los Sarabaítas. Giróvagos por la incapacidad de adaptarnos a una norma duradera y exigente, yendo de un compromiso provisional a otro, como los monjes giróvagos iban de un monasterio a otro, hasta que la disciplina les pesaba y cambiaban de nido. Sarabaítas, por la agrupación temporal, sin grandes vínculos. Siempre lejos de la soledad comprometida y cerca del bullicio de las gentes, a modo de masa gelatinosa que se adapta sin mayores problemas a las realidades que conforman el momento siempre presente y siempre fluyente.

Algunas reflexiones más, a propósito de estas lecturas, se quedan en el tintero y no se verterán en esta bitácora por no cansar al siempre paciente lector, que no está para monsergas. En último caso, tomemos ejemplo del lema de la universidad de Cervera: lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir. Frase (si non è vero è ben trovato) muy a propósito para dar fin a esta entrada.

 

jueves, 5 de noviembre de 2020

A propósito de la conspiranoia 5G.-

 


El caso es, improbable y caro lector, que las conspiranoias actualmente en circulación ya fueron objeto de un cuento, no sé si futurista o distópico, que escribí hace bastantes años. Lo he rescatado de la papelera donde conservo mis genialidades literarias y te lo ofrezco, por si encuentras un rato para leerlo. El texto es más largo de lo habitual en las publicaciones de esta bitácora, pero el asunto lo exigía. Se titula Ponte el Chip y dice así:

– Oiga usted, me haga el favor ¿Dónde es para lo del chip?

El Gobierno de turno, ni rojo ni azul, sino suavemente sonrosado, entendido en términos políticos, no cromáticos, estaba contento. La campaña en los medios de comunicación había desequilibrado ligeramente el presupuesto nacional del año en curso, pero los resultados estaban a la vista. No había cadena de televisión, periódico de tirada nacional o provincial, programa de radio o conexión en la Red donde no apareciesen los sketches anunciadores.

– ¿Se refiere usted al implante voluntario de chips? – pregunto, a su vez la recepcionista. Ésta había pasado todos los controles de calidad con excelente puntuación. Pelo azabache, ojos claros, un metro sesenta y ocho –ni muy alta, ni muy baja, para que agradase a todo el mundo– sonreía con su sonrisa más profesional y acogedora a aquel ciudadano despistado y algo timorato.

El Gobierno de turno, ya se ha dicho que políticamente sonrosado - de polifacéticas tendencias neoprogresistas, neoconservadoras, neoliberales y neosocialistas -, en efecto, tenía todas las razones para estar satisfecho. Su campaña para el sometimiento voluntario de los ciudadanos, estaba dando el mejor de los resultados. No había más que ver cómo, lo que en términos demagógicos se había llamado el pueblo soberano, corría a las oficinas de información, con ánimo de someterse al implante.

– Pero, oiga usted ¿Eso duele? – quiso saber, con un dejo de duda, aquel ciudadano que quería, pero no lo tenía muy claro.

La recepcionista, cuerpo de modelo post campaña anti anorexia, enfundado en su uniforme azul azafata, hizo un mohín cómplice al individuo dubitativo. Con gesto amistoso, le oprimió delicadamente el dorso de la mano izquierda y le envolvió con su mirada luminosa. Usando el registro de voz más persuasivo que tenía, le animó: – Para nada, caballero. Los poderes públicos velan por el bienestar de cada uno de nosotros y el tratamiento es seguro en un cien por cien.

– Indoloro, incoloro, inodoro e insípido, como el agua de manantial – Le aseguró, a la vez que le colgaba de la solapa una tarjeta codificada para acceder al Complejo.

Lo que popularmente se empezaba ya a conocer como El Complejo –técnicamente I.C.V.C (Instituto para el Control Voluntario del Ciudadano) – era un organismo estatal de gestión privada, dotado de presupuestos ilimitados, dirigido por gestores formados en Yale y Harvard, adeptos a la Escuela de Chicago y masterizados cum laude en la Universidad Neo-Post-Comunista de Pekín. El Complejo era el responsable de la campaña de sensibilización ciudadana frente a los terrores del mundo actual y, en último caso, el responsable de la política del Gobierno en este delicado campo.

El ciudadano despistado y timorato cruzó las puestas de El Complejo y entró en un gran vestíbulo acristalado. Allí, nada más pasar el umbral, un miembro de Seguridad, un metro ochenta y cinco, torso de culturista, traje oscuro, gafas negras, pelo engominado (oscuro) - que también había pasado el control de calidad con excelente puntuación - le hizo un gesto perentorio.

– Stop. Vaya allí, tome su número del expendedor y espere. No pase de la raya azul.

– No, si yo sólo vengo por lo del chip ¿Sabía usted? – Se excusó el individuo. Dio algunos pasos torpes, sin saber bien dónde ir.

– Espere, atienda al display y no moleste –. El de Seguridad cogió por el cogote al individuo, le llevó en volandas hasta la raya azul y le puso de cara al panel luminoso. Luego, solícito, fue en ayuda de una viejecita temblona que tenía cara de despiste:

– Usted, abuela, quieta aquí hasta que salga su número.

“Un edificio inteligente para un ciudadano inteligente”. Las pantallas de plasma, situadas estratégicamente, lanzaban este mensaje cada 5 minutos, envuelto en las alegres notas de La Primavera, de Vivaldi, y mostrando idílicos paisajes boscosos. Paisajes creados con ingeniería digital, ya que los auténticos hacía tiempo que habían sido talados para dar paso a campos de golf de jugosa hierba.

Los dirigentes del Complejo tenían a gala la perfecta organización del mismo. Una vez que el ciudadano traspasaba la raya azul, era pan comido. Se le colgaba del cuello un GPS que, mediante suaves descargas eléctricas, le indicaba el camino, desde que se inscribía voluntariamente, hasta el quirófano de implantes. No tenía que pensar, sólo dejarse llevar mansamente.

– Oiga, oiga, a mí que no me jodan, ¿eh? ¡A ver si me voy a electrocutar! El timorato aquel no las tenía todas consigo. Le habían explicado el funcionamiento del GPS que le colgaron al cuello. Mediante leves descargas eléctricas, el aparato indicaba el camino a seguir. El timorato quería quitárselo y salir corriendo; además, tenía ganas de orinar. Pero en los protocolos del I.C.V.C. no se contemplaban tales contingencias. Así que se lo colocaron a la fuerza, le aumentaron la intensidad de las descargas, para que fuese más dócil, y otro miembro de Seguridad –metro noventa y cinco, rasgos orientales, traje oscuro y envergadura de luchador de Sumo (excelentes prestaciones, según los controles de calidad) – le agarró por los sobacos y, otra vez en volandas, le puso ante el circuito establecido.

– De flente. Siga instlucciones. No moleste–. Al ciudadano cohibido le pareció que aquella mole trabucaba erres y eles, pero no dijo nada. Por si acaso.

Cada vez que el inseguro ciudadano aquel se salía del circuito o dudaba adónde ir, recibía una descarga que le orientaba hacia la derecha o la izquierda, o de frente, según el programa establecido.

– Como puede observar en este catálogo, caballero, disponemos de chips con las más variadas prestaciones –. Quien así habla es un empleado meritorio. Con contrato temporal, pero notables expectativas de éxito. Fibroso, un metro ochenta, ágiles reflejos de yudoca, pelo rubio engominado y traje oscuro. Su control de calidad está en fase experimental, pero es prometedor.

Primero, observa detenidamente al ciudadano indeciso, luego, ojea el informe confidencial elaborado por los servicios de investigación del I.C.V.C.:

– De acuerdo con sus pautas de comportamiento, usted es adicto a la nicotina, abusa de los hidratos grasos, nunca vota en las elecciones generales y veranea en Benidorm. No practica ninguna religión ¿No es así?

– Pero si yo sólo vengo por lo del chip...– insiste, monotemático, el ciudadano, que se siente desbordado y con la vejiga llena. Se lo piensa, y añade: –...Y, además, me casé por la Iglesia.

  Bien –. El meritorio en fase experimental de control de calidad, da por terminada la conversación. – Vaya al Departamento de Decisiones, donde le aconsejarán respecto al chip que más se acomode a su caso.

Una vez en el pasillo, un ordenanza de cabeza afeitada, un metro setenta, traje gris, control de calidad suficiente para su menester, le toma del brazo, le orienta hacia la escalera mecánica y le empuja con firmeza: – Suba la escalera, gire a la izquierda, llame en la segunda puerta y espere. Observe las instrucciones del GPS.

– Pero es que yo quiero mear. ¿Me hace el favor, un servicio? – El ciudadano, que sigue sin tenerlas todas consigo, tiene una súplica en los ojos y le tiembla un poco la voz.

Obedezca las instrucciones. No moleste –. El ordenanza se pasa la mano por el occipucio brillante, da media vuelta y se aleja.

El Departamento de Decisiones es amplio, luminoso y bien ventilado. Hay 20 puestos de atención al público donde se van acomodando las personas que ya han recorrido la primera fase del circuito. Los empleados, tantas mujeres como hombres, a partes iguales, de acuerdo con el principio de no discriminación sexual, se afanan en sus mesas de trabajo y en los puestos de atención. Ellos, entre un metro setenta y un metro ochenta y cinco; ellas, desde un metro sesenta hasta un metro setenta y cinco. Ellos, traje azul oscuro, corbata rosa con topitos; ellas, traje de chaqueta verde pistacho sin estridencias, pañuelo Loewe al cuello. Todos, excelente puntuación en los controles de calidad.

– Por aquí, caballero, haga el favor –. El ciudadano aturullado, que siente la vejiga a reventar, no se atreve a preguntar por el retrete. Le atiende una trigueña, un metro setenta y dos, pelo recogido en un moño bajo, y suave carmín en los labios.

– Después del implante, usted será una persona feliz –. En los ojos de la trigueña hay chispitas de alegría. – ¿Ya ha decidido qué tipo de chip quiere que le implantemos? –. Con discreción, ojea en pantalla el informe confidencial y le pregunta: –¿Quiere abandonar ese antiestético vicio del tabaco? El modelo AN-027 es eficacísimo. ¿O, quizás, prefiere terminar con la ingesta abusiva de hidratos grasos? El modelo TO-111 es definitivo.

El ciudadano timorato no lo tiene claro. Por debajo de la mesa, mueve impaciente las piernas y se sujeta el bajo vientre con ambas manos Sólo le gustaría salir de allí y encontrar un urinario; luego, en la calle, encender un cigarrillo y tomarse un café. Se le ve asustado.

– Ah, ya veo – La empleada, ante los gestos de intranquilidad del tipo, cree adivinar cuáles son sus temores. – Tiene usted razón, hoy en día, la inseguridad es terrible. Uno no sabe si le van a poner una bomba los terroristas o le van a secuestrar los delincuentes. Pero el Gobierno ha pensado en todo: un implante del chip CTA00783H20 le garantiza su seguridad personal.

– La policía siempre sabrá dónde está usted. Además, no tendrá que hacer declaración del IRPF en la Agencia Tributaria: el chip registra sus ingresos automáticamente y vierte los datos en el ordenador central de Hacienda. Si viaja en avión, se ahorrará los tediosos e interminables trámites de seguridad. Si comete una infracción de tráfico, ésta quedará registrada en la DGT, pero tiene un 40 % de descuento. En cuanto a los Bancos, siempre estarán dispuestos a ofrecerle un préstamo a un interés razonable, por ser ciudadano libre de toda sospecha. Y, lo que es muy importante, ya no tendrá que llevar encima tarjetas de crédito: bastará con pasarle un detector, para que la compra quede automáticamente registrada. Usted será un ciudadano feliz y despreocupado. El I.C.V.C. le facilitará la vida y ya no tendrá que tomar decisiones, sólo dejarse llevar. Junto con las prestaciones del CTA00783H20, recibirá gratuitamente las del AN-027 y las del TO-111. Firme aquí.

Apenas pasada media hora desde la firma del contrato, un doctor de aspecto nórdico, un metro noventa y uno de estatura, bata de blancura impoluta, dentadura marfileña - inmejorables prestaciones según los controles de calidad -, le acompaña fuera del quirófano, tras el implante del chip, y le estrecha con energía la mano.

– Es usted un hombre nuevo. Nuevo y feliz –. La sonrisa del doctor tiene brillos de constelaciones.

– Oiga, amigo –, suplica aquel ciudadano recién implantado –. Un retrete, por lo que más quiera. Por Dios ¿es que aquí no hay un retrete?

Y el doctor, de repente serio, profesional: – Siga las indicaciones para la salida. Circule. No moleste.