sábado, 24 de septiembre de 2022

A modo de rescate del olvido.-

 


De regreso a la capital del reino, tras largas caminatas por el valle de Lozoya – en este verano tan reseco – entre vacas de apacible rumiar y robledos sedientos que parecían escudriñar el cielo azul sin tacha de nubes en busca de un poco de lluvia que los aliviara, al jubilata le da por reivindicar – sin mayores razones – algunos escritores de las últimas filas a las que fueron empujados por el olvidado y el paso del tiempo.

Y que el improbable y siempre paciente lector perdone la andanada del primer párrafo, donde apenas ha brotado alguna coma que le permitiera tomar un respiro en la lectura. Pero es que uno se vuelve apresurado a pesar de las largas y calurosas tardes veraniegas de lectura. Por eso escribe en tromba, atropellando la rumia de la escritura (aunque en esto conviene tomar ejemplo de la rumia vacuna), como si en la premura del escribir estuviera la abundancia del buen narrar.

No se sabe por qué cayeron en el olvido algunos escritores, digo. Pudiera ser por demérito propio o bien porque no hay espacio suficiente en el Parnasillo de las Letras y su estrecha entrada es como el ojo de la aguja evangélica: si eres camello, rico Epulón o escritor sin padrinos no hay parábola que te ampare. No pasas a la Gloria y te aguantas. Lo cierto es que estos autores vivieron, escribieron, publicaron, tuvieron su fama más o menos duradera y, andando el tiempo, cayeron en el olvido o la indiferencia del lector. Ahora, sus obras hacen masa en el rimero de libros amontonados en los anaqueles de cualquier librería de viejo.


Eso me ocurrió con La Risa, la Carne y la Muerte de Eduardo Zamacois. Esta primavera pasada andaba yo escarbando en La Casquería, librería donde se acumulan los libros de desecho de tienta y te los venden al peso, y me llamó la atención su portada de un diseño modernista y atrevido, en su desnudez, para la época. Tres euros veinte me costó hacerme con la pieza. Las tapas rotas, alguna hoja descosida, el papel ácido y con rasgaduras. Ideal para un bibliómano de bajo presupuesto y aficionado a la encuadernación.

Dos placeres solitarios ofrecía el pobre libro a pesar de su decrepitud: el de restaurar su encuadernación, primero, y el de leer su texto, después. Lo primero fue tarea durante el curso; lo segundo ocupó algunas tardes del verano. Y aún hay algo más que también forma parte de estos placeres, como es la curiosidad por saber quién era el autor, qué fue de su vida, qué obras escribió, en qué época, y, como información bibliográfica, cuándo se editó la obra y quién fue su editor.

Pues este ejemplar que encontré de La Risa… (cuentos irónicos – cuentos pasionales – cuentos de asesinos, ladrones y fantasmas, dice el subtítulo) corresponde a la primera edición y fue publicado en 1930 por la editorial Renacimiento, Cía. Ibero-Americana de Publicaciones, e impreso por la Cía. General de Artes Gráficas, Madrid, y distribuido por la Distribuidora Ibérica de Publicaciones, calle Paz, 27, teléfono 17053.

Todo ello por el modesto precio de tres eurillos y pico devaluados. Imagínese el improbable lector la cantidad de jugo que se le puede sacar al libro más fané que uno se encuentre entre una montonera de papel impreso caído en el olvido. Basta que la curiosidad del lector vaya más allá de la mera lectura.

Algo parecido ocurrió con un autor, paisano mío, de quien encontré un par de otras, editadas por España Calpe. Se trata de Félix Urabayen, nacido en 1883, en Ulzurrun, pueblecito del valle de Ollo en la cuenca de Pamplona, y que actualmente da nombre a un instituto de enseñanza media de esa capital. Como maestro fue destinado a Toledo, donde dio clases en la Escuela Normal y fue su director. Republicano de pro, “el tabaco y la cárcel terminaron con él en 1943”, dice Rafael Castellano en un artículo publicado en Egin el 21 de septiembre de 1982.


De Urabayen hay en casa dos obras editadas por Espasa Calpe: Toledo: Piedad, en 1925, que es su primera novela, y Estampas del camino, publicada en 1934. Y, curiosamente, en ambas vienen sendos recortes de periódico de anteriores propietarios: el citado del Egin en Estampas…, y otro, en Toledo: Piedad, de Juan José Fernández Delgado en El País del 12 de junio de 1983, con motivo del centenario de su muerte.

Al contrario que Zamacois, quien fue un vivalavirgen, un tanto bohemio y autor de éxito con la fundación de El cuento semanal, Urabayen dedicó su vida al magisterio y ejerció en varias ciudades españolas hasta que recaló en Toledo, donde ejerció de director de la Escuela Normal de Magisterio. Recién terminada la guerra civil, un tribunal militar le condenó a prisión, compartió celda con Buero Vallejo y Miguel Hernández, y fue liberado en 1940 por ser un enfermo terminal. Dos años después, murió a causa de un cáncer de pulmón.

Y no me alargo más. Basten estas notas para que el improbable lector se haga cargo. Si es aficionado a la lectura y a las librerías de viejo, quizás encuentre pequeños tesoros bibliográficos, sin apenas valor económico, que le llenen de satisfacción y estimulen su sed lectora. No pretenden estas notas en mi bitácora otra cosa, sino que se le dediquen unos minutos de lectura, a la vez que despierten el gusto por ojear esos libros amarillentos que se ofrecen de saldo.

Por lo demás, ya se lo tengo dicho a mi santa, que cuando subamos a Pamplona a ver a la familia, hemos de hacer tres cosas. La primera, visitar Ulzurrun para ver si existe la casa familiar de Félix Urabayen o queda entre sus paisanos memoria del escritor. La segunda, ir a la Ribera, a Cortes de Navarra, donde pasé mi infancia, y visitar su castillo. La tercera, subir a las ventas de la Ulzama a comer una cuajada. Dī iuuantes, claro está.  

                                                              

jueves, 25 de agosto de 2022

Andanzas por el Valle, 3. - Visita a Oteruelo.



Por si el improbable y siempre grato lector no lo sabe, el pueblo de Oteruelo es una pedanía de Rascafría que dista como dos kilómetros y medio, y al que se accede, si uno gusta de caminar, por el camino natural que llaman del Ejido. Ejido, viene a decir el diccionario de la RAE, es el campo no cultivado en torno al pueblo, de uso y aprovechamiento común, donde puede pastar el ganado de los vecinos. Actualmente son prados, a un lado y otro del camino, limitados por cercas de piedra seca y con fresnos que dan una rica sombra al caminante.


Este camino del Ejido (Camino Natural del Valle, dicen las guías) nace en el Paular y puede seguirse hasta el Cuadrón (unos 34 kilómetros), pasando por Rascafría, Oteruelo, Alameda, Pinilla – donde está el yacimiento arqueológico neandertal –, para bordear el pantano a su paso por Lozoya. Es camino que este jubilata hace con cierta frecuencia entre Rascafría y Pinilla, temprano, aprovechando la sombra y el frescor de la arboleda que crece todo a lo largo. Un café en la Nogalera y regreso. Paseo sin complicaciones, muy recomendable para jubilados marchosos y personal en general, sin distinción de condición social, edad o afinidad política…, o cualquier otra particularidad o rareza que al lector se le pueda ocurrir. O sea: todo bípedo humano puede caminar por allí, y un servidor se lo recomienda encarecidamente. ¡Menos coche y más zapatilla, coño! …Lo que se dice aquí sin ánimo de atosigar al personal, muy dueño de hacer lo que le plazca.

Pues bien, aparte los baretos, terrazas, restaurantes, alojamientos rurales, fiestas veraniegas estrepitosas y cerveceras, y otros atractivos para el turismo popular de la capital del reino, tiene un poso de interés cultural menos conocido pero digno de ser puesto en valor, siquiera para que este valle del Lozoya sea mucho más que turismo de manada, músicas ruidosas hasta la madrugada y botellón. Dicho sea a modo de desahogo de quien esto escribe, quien procura seguir la recomendación que el psicólogo de plantilla le hace a mi vecino el depre: “Vd. camine mucho y piense poco”.


Volviendo a nuestro asunto, Oteruelo es lugar al que prestigia el hecho de tener una sala dedicada al pintor Luis Feito, uno de los fundadores del Grupo El Paso, en 1957. Este pintor, cuya madre era de este lugar, donó su obra gráfica al pueblo, con la que se montó una exposición en las antiguas escuelas, cerca de la entrada a la población desde la carretera. Una asociación de vecinos se encarga de mantener vivo su legado y ponerlo en valor.

El otro domingo, la santa y yo quisimos visitar la sala, pero estaba cerrada. Según nos han dicho, en un edificio al lado, que fue granero común y luego la fábrica de patatas fritas Rascafría, se iniciaron obras de remodelación para abrir una sala más amplia. Pero las obras están paradas, dizque por la crisis económica y la carestía de los materiales de construcción. Y porque – uno siempre tiene esa sospecha – las inversiones públicas en cultura son mal negocio para los políticos, dan pocos votos y no ayudan a afianzarse en el sillón en el duro trance del cambio de legislatura. Sea como fuere, este jubilata visitó la sala en las antiguas escuelas hace unos cinco años y de ello dejó constancia en esta bitácora.


Y ya que uno se ha acercado hasta aquí, no puede dejar de visitar una pequeña sala de exposiciones de nombre Otero, ubicada en el antiguo matadero y carnicería del pueblo. Allí, actualmente, pueden verse pequeños cuadros en acuarela (paisajes del valle, de Tita Espinosa, y verduras y frutas abiertas a la mitad para ver el colorido de su interior, de Feli Arjona) y unas curiosas, digamos piernas andantes, a las que su autora define como “ingles” por el juego que hace la cadera cuando una persona se desplaza. Llaman la atención del visitante estas pequeñas estatuas que no son otra cosa que ramas de árboles.


Donde el caminante por los caminos no ve más que un trozo de madera ahorquillado, la escultora, Belén Bartolomé, ha visto pasos apresurados, poses, incluso algún contraposto coqueto. El visitante, ante el dinamismo de aquellas horquillas de gesto antropomorfo, no puede dejar de recordar los individuos apresurados o estáticos de Giacometti. Solo que éstos simbolizan la soledad de los seres humanos, mientras que estas estatuillas tomadas del mundo vegetal tienen un algo de alegría vital, de juego y de expresividad de las fuerzas naturales que alegran el ánimo del visitante.

Curiosamente, también hay una colección cuadernos de viaje de Tita Espinosa, además de sus acuarelas paisajísticas, a disposición de los curiosos que quieran ojearlos con sus ojos, u hojearlos hoja a hoja. Lo llamativo de estos cuadernos es que el viaje no se relata a través de un texto explicativo, sino mediante impresiones visuales, reflejadas en apuntes al acuarela y pequeñas anotaciones y collages pegados sobre las hojas.


Y, por no extenderme más, ya que el improbable lector queda informado, sólo la recomendación de este jubilata: Acérquese a Oteruelo (mejor dando un paseo desde Rascafría o Alameda), callejee un poco y verá aún algunos ejemplares de arquitectura rural, entre en Otero, el local que sirve de exposición, disfrute de esas pequeñas muestras de arte de su interior. Si está allí alguna de las autoras, peque la hebra, que ella le informará gustosamente, y hasta puede que tengan alguna amistad en común.

martes, 19 de julio de 2022

Andanzas por el valle, 2.- subida al Carro del Diablo y collado Viguelas .-



Estos días veraniegos de tanto calor conviene madrugar para disfrutar de la caminata, así que me pongo en marcha a las 08:40 h. La subida al Carro del Diablo está en el camino que llevaba, en tiempos, desde el Paular hasta el puerto del Reventón y Segovia. Hoy en día conviene iniciarlo desde las piscinas municipales y es el que seguiré desde el portón que da paso a las Arroturas y lleva hasta el cruce con la pista: 3,7 k de subida y unos 400 m de desnivel.


Las Arroturas es un gran calvero alomado donde es frecuente encontrarse con alguna yeguada que embellece el paisaje. Según me informó un paisano, era lugar donde se sembraba en tiempos la cebada o el centeno, siendo las eras el lugar que ahora ocupan el polideportivo y el complejo escolar con la biblioteca pública. Tienen las Arroturas un inconveniente para el caminante, y es que el sol le va dando en la espalda camino arriba, sin un mal árbol que le proteja.

De ahí que este jubilata sea precavido y se calce temprano las botas camineras. Paro también tienen unas excelentes vistas sobre la Cuerda Larga, el Peñalara y los Carpetanos y el valle alto del Lozoya presidido por Cabeza Mediana, con el monasterio de el Paular en el fondo del valle, destacando entre el boscaje.

Antes de entrar en el robledal de los Horcajuelos hay un repecho donde se ha labrado una estrecha senda empinada sobre el suelo erosionado. Una vez llegado a la portilla (eran las 09:22 h.) comienza el camino de la Zeta (así lo llamo por su trazado en zigzag), que trascurre bajo los robles. Es, posiblemente, el camino más bonito que conozco de todos lo que tengo paseados por estos montes: El bosque lo sombrea con una bóveda de verdor; al pie de los taludes pueden verse, si el caminante sabe mirar, pequeñas matas de orégano que aún no han abierto la flor; en algunos puntos soleados, al margen del camino, aparecen algunas matas apretadas de mejorana con sus características flores múltiples en forma de borla; y si uno observa el suelo, verá grandes piedras de varios kilos que alguien ha dado caprichosamente la vuelta. Años tardé en averiguar que era labor de los jabalís, quienes las voltean con el hocico para dejar al aire los hormigueros con los suculentos almacenes de huevecillos que ellos saborean como un niño las chuches.


A las 10:10 h ya estaba en el Carro del Diablo. En el cruce del camino con la pista, un mojón troncopiramidal, labrado en buen granito, advierte que se está en la puerta del Reventón: a 5,5 k, indica el letrero. Desde aquí, 9 kilómetros hasta enlazar con el Palero, si uno toma la pista hacia la izquierda, y 4 k hasta el collado Viguelas, si se toma hacia la derecha, que es uno de los hitos de esta caminata.

El emblemático Carro del Diablo – que a un servidor se le parece sospechosamente a una tortuga – tiene su leyenda de cuando el arquitecto Juan Guas construyó la catedral de Segovia en el S. XVI. Como no se cumplían los plazos impuestos por el emperador, por dificultades para traer la piedra desde Colmenar Viejo atravesando el valle, el arquitecto hizo pacto con el diablo para que éste suministrara buenas carretadas de piedra, con lo que la construcción avanzó a buen ritmo. Guas, que vio su reputación de arquitecto a salvo, rompió el pacto con el diablo y éste, cabreado, petrificó el último cargamento de piedra, y, voilà, por eso una de las torres de la catedral es más baja que la otra.

El improbable lector pensará lo que quiera del asunto, pero a un servidor le parece que el diablo pecó de extrema candidez y, encima, el célebre carro a mí me sigue pareciendo una tortuga. De cualquier forma, se trata de una piedra caballera muy singular. Pero ya se sabe: de gustis et coloribus non disputatur…


Total, que camino los 4 k de pista hasta el collado Viguelas. En el primer quiebro a la derecha que hace la pista y pasa sobre el arroyo de la Redonda, puede verse por encima y por debajo del camino, bonitos ejemplares de tejo que tienen un aspecto sano, pues se trata de una zona umbría y húmeda. Como a dos kilómetros, en un nuevo quiebro a la derecha, la pista cruza sobre el arroyo Artiñuelo que nace en el collado de la Flecha, y es el que pasa por delante de nuestra casa de verano. El pilón sigue seco, cegada la tubería que tomaba agua del arroyo, desde que la tormenta Filomena provocó el arrastre de rocas cauce abajo. Entre los zarzales, unas vacas ramonean los brotes tiernos e ignoran al caminante. 

Aún encontraremos un nuevo arroyo, el de las Calderuelas, y antes de llegar al collado Viguelas (son las 11:35 h.) el caminante tiene la opción de subir al puerto de las Calderuelas – quedará para otra ocasión, si se tercia, y con compañía –, a 5,7 kilómetros, o bajar a Rascafría, 6 kilómetros, ya cuesta abajo. 


Aquí, a 20 metros del suelo, destacando sobre el techo de pinos, una torre de vigilancia del fuego. Antaño, cuando estaba el guarda forestal a ras de tierra, solía yo entrar un rato a darle conversación, que siempre me agradecía un rato de compañía. Hoy, allá en lo alto de su torre metálica y pecera de cristal, intercambiamos un saludo a mano alzada.

Bajo un pino, sentado sobre un meño, un pequeño refrigerio. Redescubro – ahora que soy setentón con costra – el placer de comer un trozo de pan con chocolate, como cuando era niño, acompañado de un puñado de almendras y de unos tragos de agua de la cantimplora. Ríase usted de los alimentos energéticos para deportistas.

Las pistas suelen ser aburridas, son como las autovías, que metes la quinta y se te va el santo al cielo. Por eso, cada vez que bajo por aquí al pueblo, acostumbro a tomar un atajo (son las 12:35 h) por un camino trasversal que atraviesa la Mata del Pañuelo. Denominación del lugar que da mi plano de la Tienda Verde, que he usado durante años para aprender a moverme por estos andurriales. El inconveniente es que no paso, algo más de un kilómetro abajo, por el roble milenario que está catalogado por la CAM como árbol singular. Por la Mata del Pañuelo había, según mi plano, y que yo localicé hace años entre el boscaje de robles, un pino centenario bellísimo que los años de seca se han llevado por delante.


Salgo de nuevo a la pista y, en la siguiente curva a la izquierda, la abandono definitivamente por un escape que me baja hasta el camino que lleva, por un lado, a la presa colmatada del Artiñuelo, y por el otro hacia las Matillas – el barrio alto y rico de Rascafría – dejando a la derecha el camino que acerca al viejo molino del Cubo. A un lado del camino, en un gran prado, un mostajo espléndido que está catalogado como árbol singular por la CAM, con el número 296. 
En cuanto al molino, era un molino harinero que dejó de funcionar en los años 50 del siglo pasado. De los tres molinos harineros de Rascafría (el del Cubo, el de Bartolo y el de Briscas), éste es el único que tenía el sistema de cubo para acumular el agua, debido al fuerte estiaje del Artiñuelo, del que se alimentaba. Sobre estos molinos - dos veranos tardé en descubrir el de Bartolo - escribí una entrada hace ya años en este mismo blog y por ahí debe andar.

De aquí, por un lateral del barrio rico, un camino paralelo al arroyo que saca a la calle Artiñuelo esquina con la calle Amargura y el puente y, de dos zancadas, en casa a las 13:12 horas, y de cabeza a la ducha.


No me lo tomen a mal, pero ya que esta bitácora es exclusiva responsabilidad de este jubilata, quien la mantiene con su propio esfuerzo, la suscribe y ratifica, sepa el improbable lector que esta caminata la hice el día de San Fermín, el 7 de julio, y por eso llevaba un pañuelico rojo al cuello. ¡Aúpa San Fermín!

jueves, 30 de junio de 2022

Andanzas por el valle, 1.- Un paseo hasta el Mirador de los Robles. -

 


Perdone el improbable lector el abandono en que tengo esta bitácora. Como ya dije en la entrada anterior, vivir la vida de jubilata es un sin parar, y uno no encuentra tiempo para estos menesteres de la escritura sobre la vida ociosa. Ahora que estamos de nuevo en Rascafría, al resguardo de los calores capitalinos e instalados en el dolce far niente estival, no hay excusa para no alimentar esta pequeña bestia, siempre voraz de textos, que es el blog.

El caso es que, en estos días finales de junio, decidí hacer una caminata hasta el mirador del Robledo, al pie de Cabeza Mediana, desde donde se divisa todo el valle del Lozoya y es lugar apacible y solitario. Allí, en medio de la pradera, un gran monolito en pie sirve como homenaje a los guardas forestales, con esta leyenda: A la guardería forestal en su primer centenario. 1977. Muy próxima, una, digamos a modo de rosa de los vientos en hierro, con una flecha giratoria que va mostrando las cumbres del entorno y los pueblos del valle, y esta leyenda: Para ver hay que mirar y hay que saber. Si uno mira y sabe dónde mirar, verá el imponente macizo del Peñalara que enseñorea el valle desde sus 2.438 m de altura y da nacimiento a la cadena de los montes Carpetanos que se orientan en sentido NE SO y se prolongan en la sierra de Guadarrama.

Eran las 08:40 h cuando, equipado con mis viejas botas de senderismo y un cinturón/mochila cargado con la botella de agua, un poco de pan y chocolate y una fruta, me puse en marcha. Rascafría aún no está invadida de veraneantes, el arroyo Artiñuelo corre al pie de casa, las rosaledas de nuestro alojamiento están en su esplendor, la calle sigue desierta y aún con el frescor de la noche pasada. Este jubilata, olvidadas las artritis habituales a estas horas de la mañana, siente que tiene por delante un hermoso camino que recorrer y se pone a ello con el entusiasmo de un caminante avezado.


Paseo adelante, a poco más de media hora está el Paular. La vieja cartuja muestra la estampa clásica de su alta torre y no puedo evitar el fotografiarla una vez más, erguida entre la arboleda del entorno. Aquí, hasta hace unos ocho años, estuvo el bonito hotel Santa María del Paular que fue desmantelado por un desacuerdo entre el Patrimonio Nacional y la empresa que lo explotaba. Se despidió a los trabajadores (un número considerable de familias del valle vivían de ello), sus muebles, de una solidez monástica, se subastaron, incluyendo cuadros y dos pianos. Los intentos por recuperarlo no han fructificado y sus instalaciones están obsoletas. Incluso los conciertos de verano que se daban en el patio del Ave María se los llevó la pandemia. Solo una pequeña comunidad de benedictinos mantiene vivo el lugar, aparte las visitas al conjunto museístico y las pinturas de Carducho en el claustro.


Aquí nace el histórico camino del Palero que lleva hasta lo alto del puerto de los Cotos. En los primeros kilómetros, a derecha e izquierda, pinares y robledales, y fincas de recreo de mucha categoría. Paco, el viejo panadero de Rascafría, me contó hace años que estas propiedades fueron abandonadas por sus propietarios cuando las tropas franquistas ocuparon el valle. Subieron desde la Granja una noche, a cencerros tapados, con los cascos de las mulas envueltos en trapos para que no se oyeran, con artillería de montaña y unas compañías de requetés. Arriba, en el Reventón, se dio la pequeña batalla que hizo retroceder al escaso contingente del Batallón Alpino que guardaba las cumbres. El viejo panadero, que era niño entonces, me contó pormenores de aquella batalla, y Julio Vías ha escrito documentadamente sobre aquel episodio. En resumen, que aquellas fincas pasaron por usurpación a manos de ricas familiar franquistas.

Y no por usurpación, una vacada con sus terneros ocupa un punto del camino, pastando y ramoneando. Este jubilata, que siente respeto por la maternidad vacuna, no quiere molestar a los jatos inocentes que le miran con curiosidad, mientras mamá vaca observa al viandante por si éste se desmanda y molesta a su prole. Ya se sabe que las vacas de cría, tan pacíficas y bucólicas ellas, tienen un pronto maternal que las hace arremeter contra el imprudente que ose acercarse a sus retoños, así que me paro, les silbo, les amenazo con el bastón y, con pereza, sin prisas, como haciéndome un favor, se salen del camino y me dejan pasar.  


Camino del Palero que seguiré en su primer tramo, llego hasta la pista que enlaza con el mirador del Robledo. Son las 10:14 h cuando dejo el Palero que empieza a subir hacia el puerto, bordeando Cabeza Mediana. Yo giro hacia la izquierda, con el sol casi de frente, hasta llegar al mirador. Son las 10:35 h. ni un alma en el entorno. Sólo unas grajas gritonas que se alejan graznando, molestas por mi presencia. La pradera ya está agostada, lo que le resta algo de belleza. Yo he subido aquí con mi santa una primavera y era una gozada: todo verdor y una vacada pintoresca haciendo bonito sobre la pradería. Ahora, como digo, sólo un servidor, sentado sobre el pretil, comiendo un trozo de pan moreno con una onza de chocolate, el valle ante mí, el embalse de Pinilla al fondo. En torno, el rumor del aire que mueve las hojas de los árboles y el silencio de la naturaleza hecho de pequeños sonidos, imperceptibles para el oído de los urbanitas que llegan hasta aquí con sus coches y sus músicas enlatadas.


Son las 11:20 h cuando me voy del mirador. Acaban de llegar dos coches, la soledad se rompió con el ruido de los motores, aquello empieza a ser una multitud y yo tengo un acceso de misantropía.

Tomo de regreso el camino que nace junto a la carretera y el carretil que sube al puesto forestal. Es camino que atraviesa el arroyo de la Umbría y termina en el Palero, como a medio kilómetro de la carretera y la entrada a las Presillas. Cruzado el arroyo, en unos prados a la derecha, un colmenar que me recuerda aquellos versos de Virgilio: …sic vos non vobis melificatis apes (así vosotras, pero no para vosotras, abejas, fabricáis la miel), quejoso de que un poetastro se hubiese apropiado de unos versos que él escribió: hos ego versículos feci tulit alter honores (yo escribí estos versos y otro se llevó el premio). Las abejas, ajenas a las advertencias del poeta y a los derechos de propiedad, siguen libando y fabricando su miel.


Son las 12:23 h cuando llego al puente del Perdón. En el banco de piedra corrido, a la sombra de los abedules, unos jubilados charlan de gallinas. Las mejores ponedoras son las blancas, asegura uno que las tiene en su corral. Un servidor toma nota por si un día venturoso tiene casa en el pueblo, corral y gallinas que no necesiten escuchar a Mozart, como esas que anuncian cuando vas a comprar huevos al súper.


Atravieso la finca de los Batanes. Allí estuvo, desde el S.XIV hasta la desamortización de Mendizábal, el molino papelero de los cartujos, de donde salió el papel en que se imprimió el primer Quijote en 1605. Edición de la que, si la memoria no me falla, queda un ejemplar que el marqués de Lozoya encontró en la RAE. Y en la misma finca, el bosque finlandés junto al pequeño lago artificial; lugar umbrío que conviene visitar y pararse a contemplar desde el embarcadero. Si el momento es propicio, uno verá a los galápagos sestear sobre troncos flotando en el agua, o alguna familia de patos silvestres.

De aquí a Rascafría pasando por las ruinas del antiguo colegio/internado de San Benito, que fue de la Sección Femenina, donde se educaba a las niñas para ser buenas esposas y madres, y cristianas, y hacendosas, y sumisas al varón, y todas esas virtudes femeniles que el franquismo quería inculcar en las hembras humanas. Este jubilata aún las recuerda, cuando siendo niño, las veía con sus uniformes y sus pololos pudorosos. Algo sobre el particular quedó escrito en esta bitácora hace ya años.

A la salida de los batanes, un pequeño puente de tubos con pasarela de madera cruzaba el Lozoya y por aquel camino se salía a la carretera. Desde aquel invierno de la Filomena, la furia del río se llevó el puente, cuyos hierros aún se ven cauce abajo. La Comunidad de Madrid aún no ha hecho intentos de reconstruirlo, y aunque el caminante lo achaque a desidia, debe ser porque tiene asuntos de más enjundia en que emplear su tiempo y el dinero público. La señora Ayuso y sus acólitos sabrán.

A las 13:10 h estaba en casa, después de atravesar el río y pasar por ese enorme aparcamiento asfaltado que el ayuntamiento de la villa construyó el año pasado después de arrasar parte de un pequeño parque abandonado, llevándose por delante árboles, arbustos, avellanos y matorral que por allí sobrevivían sin molestar a nadie. Ahora aquella enorme plancha de asfalto es un acumulador de calor donde un empleado municipal cobra 3 € a quien quiera dejar su coche estacionado. El caminante lo cruza – el puñetero aparcamiento – echando el bofe, con el sol a plomo sobre su cabeza, deseoso de meterse bajo la ducha.  

 

domingo, 29 de mayo de 2022

Cuestión de piel. -

 


Lo cierto es que los últimos tiempos tengo esta bitácora como nave al pairo. Mientras tanto, navego por otros mares que ocupan las horas que un jubilata debe dedicar a cuestiones de mayor calado. Estas son tales como atender los menesteres domésticos al alimón con la santa, dar esas largas caminatas recomendadas por el reumatólogo para que las lumbares no se descalcifiquen y otras más, igualmente necesarias pero con las que no voy a aburrir al improbable lector. 

Si éste está ya septuagenario o anda en los preliminares – aunque deseo que quienes lean esto gocen de una edad más floreciente – sabrá las múltiples ocupaciones a las que nos dedicamos los tales para mantener la plasticidad neuronal, la articulación sin herrumbre y el músculo elástico. Todo ello dentro de los límites que la edad impone, claro está.

Total, que mientras ocupo la vida en asuntos tan vitales, dejo al paciente lector esta historieta que escribí allá por el 2004 y llamé En la piel de otros, por si quiere entretenerse leyéndola un rato. Mientras, me ocuparé de mis asuntos. Le deseo sea una feliz, liviana y breve lectura. 

El cuento que aquí cuento dice así:

"La verdad es que ya estaba un poco harto. Aquel cuerpo en el que había vivido con intermitencias los cincuenta y seis últimos años empezaba a quedárseme pequeño. Además, en los últimos meses el traumatólogo me le había diagnosticado una artrosis de la quinta cervical, lo que unido a una hipertrofia de la próstata y a una presbicia galopante, lo convertían en una envoltura francamente incómoda. Por eso, un buen día prescindí de él.

La cosa no tenía excesivas complicaciones. Aquella noche me lo desabroché como quien se desabrocha la camisa para ponerse el pijama antes de dormir. Me despojé de aquella armazón de huesos y tendones, con su entramado muscular más bien fláccido y su bandullo intestinal maloliente, y lo metí en una bolsa de basura que deposité en el contenedor naranja para residuos orgánicos.

Con la habitual falta de previsión que me caracteriza, no me había preocupado de cuál sería mi siguiente corporeidad, ni siquiera si ésta había de ser meramente física o sólidamente imaginaria.  Respecto a la primera, estaba tentado de corporeizarme –por decirlo de alguna forma- o encarnarme, si se prefiere, en la vecina del 7º C. Era ésta una mujer próxima a los 40 años; una venus calipigia de anca bien moldeada, fuente inagotable de mis sueños eróticos. Sólo pensar en poseerla desde dentro me disparaba los niveles de testosterona hasta límites insospechados. Ser ella me parecía el colmo de la dicha. Otra solución era adoptar la personalidad de cualquiera de los miles de personajes de ficción que pueblan mi biblioteca.

Si, en el último momento, no me decidí a ser la vecina del 7º C, la del glúteo hermoso, fue porque no me caía bien el castrón de su marido. No me veía yo como recipiendaria de sus afanes concupiscentes; vamos, que si aquel tipo llegaba  a meterme mano, lo fostiaba sin remedio. Y tampoco era el caso. El temor a una reacción tan primaria fue lo que me decidió por la segunda opción, la de usurpar el cuerpo de un personaje literario. Digo lo de usurpar porque los derechos de autor siempre han sido una traba a mi libre deambular por seres imaginarios. Lo convierten en una especie de furtivismo literario, obligándome a soltar mi presa cuando ya estaba cómodamente instalado en ella.

Recuerdo bien mi transmutación en Juan de Mairena, aquel célebre profesor apócrifo, sentencioso y senequista, que se inventó un poeta al que puso por nombre Antonio Machado. Poeta para el que recreó una vida y una obra tan verosímiles que, desde entonces, ocupa un puesto de privilegio en todas las antologías poéticas en lengua española.

Pero no es momento de hablar de mis experiencias literarias desde la mismidad de los personajes que habito a salto de mata, que no quiero dejar pistas. Que luego la Sociedad de Autores acecha mis andanzas con la Ley de Propiedad Intelectual en la mano para cobrarme el peaje, como si los seres de ficción por los que transito fuesen autopistas.

Claro que esta es sólo una de mis preocupaciones de transmigrador por vidas prestadas, porque los servicios de limpieza del ayuntamiento descubrieron mi viejo cuerpo en el cubo de basura. Aquella piltrafa se convirtió en el centro de atención de la policía y, por ciertos indicios, llegaron a la conclusión de que yo era el responsable de su abandono. Un juez decretó mi búsqueda y captura y, por esa incomprensible lógica de la burocracia judicial, me convertí en víctima y asesino de mí mismo.

Acosado por los derechos de autor, por un lado, y acusado de autor de asesinato, por otro, no vi más salida que borrar mi rastro. Por eso, una noche, a escondidas, regresé a mi casa, donde nadie esperaría verme. Para ello había comprado un ejemplar del Lazarillo de Tormes, que por ser obra anónima está libre de herederos literarios, me escabullí dentro del personaje del ciego, primer amo de Lázaro, limosneador y marrullero, y envié por correo certificado el ejemplar a mi propia dirección. Esto me permitió vivir meses de anonimato, oculto en las estanterías de mi biblioteca, e incluso ganar algún dinero vendiendo cupones de la ONCE.

Lo de vender lotería de los ciegos era un poco incómodo, pero gratificante. Como fui el último en llegar, no me dieron plaza en ningún quiosco del barrio y tenía que ponerme en la esquina de mi calle.  La vecina del 7º C pasaba todas las mañanas delante de mí, camino de la compra, con ese meneo de nalgas que me traía loco y yo, al descuido, me tropezaba con ella y le rozaba el culo.

- Disculpe, señora –, le decía con voz lastimera. – Esto de ser ciego es una desgracia. Un castigo divino –, insistía yo, compungido –, por mi mala vida pasada.

Ella, más buena que el jamón de Guijuelo, no me lo tomaba a mal. Incluso me cogía del brazo y me dejaba instalado en la esquina. Yo aprovechaba para pegarme a ella y rozarle la teta, que me veía muy necesitado con tanta soledad. Incluso, en los días más crudos de invierno, mi vecina del 7º C me bajaba un café con leche a la esquina y yo sentía su cimbreo de hembra jaquetona. Hambriento de ella, soñaba con tomar posesión de su cuerpo, aunque me repateaba la idea de hacer de súcubo para el huevón de su marido.

Entre el deseo de aposentarme en el cuerpo de mi vecina y el temor a que el cuernario del marido me sobara creyéndome ella, pasé por una fase depresiva. Durante las noches, desvariando de amores, me convertía en Margarita Gautier y paseaba por las páginas de La Dama de las Camelias, del brazo de Alejandro Dumas, entre sollozos quejumbrosos. Con tantos ayes románticos, y tantas toses de tísica, no dejaba dormir a los vecinos de al lado y se empezó a decir por la escalera que en casa había duendes.

Un día que libraba de vender cupones, me decidí por fin; fui a la estantería donde estaban las novelas de Salgari. Tenía allí una edición de Saturnino Calleja con las aventuras de Sandokán y adopté su personalidad. En guisa del Tigre de Mompracem, subí al séptimo piso y llamé en el C.

- Lo siento, buen hombre –, me dijo ella, confundiéndome con un magrebí vendedor de alfombras. – Pero en casa tenemos moqueta.

Y, al cerrar la puerta, oí que decía: – Qué moro más guapo.

No era para menos, porque para la ocasión me había puesto unos bombachos de seda anaranjada, un chaleco de terciopelo, una faja de moaré con dos pistolones de chispa y una daga malaya al cinto, y un turbante de tisú que realzaba unos ojos verdes y una tez morena igualitos al protagonista de la película.

Aquella noche, sin consuelo posible, de nuevo hecho una Margarita Gautier, estuve llorando a moco tendido y paseando en salto de cama por todo el piso, con una vela encendida en la mano. Los vecinos, asustados de los ruidos y las luces, cogieron las mantas y los niños y se bajaron a dormir al garaje. Al día siguiente se convocó, por el procedimiento de urgencia, Junta Extraordinaria de Propietarios y votaron contratar a una vidente y conjurar al espíritu. ¡Como si yo no tuviera bastantes preocupaciones!

Una semana me duró la murria. Pero mi segundo intento no tuvo más éxito que el primero. Me pareció que tanto exotismo no era asimilable por una mujer que, aunque poseedora de unas caderas afrodisíacas, no dejaba de ser de barrio. Pensé que no hay fémina que se resista a un hombre elegante y me transmuté en Armado, que tenía yo a mano un libreto de la Traviatta. Con mi chaqué a la moda parisina de 1892 y un tupe a lo Alfonso XII, subí  al 7º C dispuesto a deslumbrar al objeto de mis deseos. Llevaba yo en la mano un ramito de violetas y, en mis ademanes, una displicencia de aristócrata finisecular.

- ¡Jodá, El cobrador del frac! – gritó nada más verme. Y cerró de un portazo.

Creí morir. Era tal la desesperación que embargaba mi corazón herido que, en un arrebato de amante desdeñado, quise suicidarme con uno de los pistolones de Sandokán. Pero me lo pensé mejor y me fui a un bistró, donde me puse de absenta hasta el culo. De regreso a casa a altas horas de la noche, por desahogar mis penas de amor, di de patadas a los muebles y empecé a tirar libros por la ventana, mientras recitaba a voz en cuello aquello de Espronceda:

Me gusta un cementerio / de muertos bien relleno / manando sangre y cieno / 

que impidan respirar,

Con el estruendo y los gritos que yo pegaba, la gente se asustó de veras. Muchos vecinos corrían escaleras abajo y huían dejando sobre la acera un rastro de zapatillas, rulos, niños de teta, preservativos y otros enseres nocturnos. Yo, poseído por la desesperación, me puse a tirar muebles por la ventana, clamando como un poseso:

.. .Y allí un sepulturero / de tétrica mirada /con mano despiadada /

 los cráneos machacar.

Aquella noche, la policía acordonó la zona, al resto de los vecinos los sacaron en pijama y los repartieron por hoteles y pensiones, y los bomberos entraron a golpe de piqueta en casa. Yo, despavorido, me refugié en la novela El Recurso del Método, bajo la especie del Primer Magistrado, atrincherado tras un rimero de medallas y condecoraciones, hasta ver si escampaba.

A la mañana siguiente, sacaron del piso dos camiones llenos de libros que se llevaron para combustible de una térmica. Los pocos que quedaban por el suelo, entre ellos la novela de Alejo Carpentier conmigo dentro, terminaron en el contenedor de papel de frente a casa, donde me quedé agazapado.

Aquí dentro del contenedor, entre cartones de embalaje, revistas de cotilleo, periódicos viejos y otros papelotes, paso mis días espiando por la ranura los contoneos de la vecina del 7º C cuando sale a la compra. Y ella, por lo que tengo observado, echa de menos los magreos de cuando yo ejercía de ciego en la esquina".

domingo, 1 de mayo de 2022

Lo efímero. -

 


Artistas que una vez identificaban el valor de su trabajo con su duración eterna, y por lo tanto luchaban por alcanzar una perfección que imposibilitara cualquier cambio posterior en su obra, ahora organizan instalaciones destinadas a ser desmontadas una vez se acaba la exposición, o bien organizan eventos que terminarán en el preciso momento en que los actores miren hacia otra parte. (Zygmunt Bauman. Sobre la educación en un mundo líquido.)

Precisamente en el señor Bauman pensaba este jubilata mientras visitaba una instalación – ahora no son ni pueden llamarse exposiciones – en el palacio de cristal del parque del Retiro. Contra la extravagancia del deseo, así ha llamado Carlos Bunga (creo que portugués él) aquella instalación de grandes pilares con apariencia de soportes en hierro y paredes con un enlucido en blanco con muestras de deterioro, que parecen cerrar un edificio en desuso. La sensación de lugar abandonado y estructura arquitectónica descarnada es lo primero que percibe el visitante. Esa es la apariencia de una realidad sólida. Pero los materiales en cartón, sujetos con cinta de embalaje, nos hablan de lo efímero de aquella estructura, como símbolo de la inútil pretensión de durabilidad de las cosas humanas.


Una construcción sólida, si se mira desde el exterior. Un decorado de cartón piedra, útil mientras se representa la función, si uno siente curiosidad y mira el interior del andamiaje. La fragilidad de los materiales nos habla de la limitación en el tiempo de su valor de uso y de la caída en el olvido en cuanto deje de ser útil; en cuanto, como dice Bauman, los actores miren para otro lado. Y ya se sabe que los espectadores somos actores de esas obras efímeras que cobran sentido mientras las observamos. Cuando nuestra curiosidad momentánea se desplaza a otro objeto, tan sin consistencia como el ya visto, éste se “desinstala” y se almacena hasta que vuelve a suscitar interés en otro lugar y a otros espectadores ansiosos de novedad.


Es lo fastidioso de esta forma de entender la expresión artística, que su propia irrelevancia, su escaso valor como objeto fuera del contexto para el que se ensambló, obligan al espectador ocioso a plantearse por qué coños algo que carece de valor estético lo consideramos arte o transmisor de algún tipo de mensaje que debemos desentrañar. Porque el artista nos obliga a pensar, nos obliga a repensar aquel conjunto de materiales, que por separado no tenían intencionalidad artística, como un toque de atención sobre la falsa solidez de nuestra sociedad de aparente consistencia, mero andamiaje. Nos obliga a sentirnos inseguros y a no encontrar un disfrute estético. Lo que, la verdad, es un fastidio porque nos estamos “comiendo el coco” sin necesidad. Y uno no tiene por qué gastar su tiempo de jubilata en tales elucubraciones. Solo que uno reincide porque en algo tiene que ocupar sus ocios.  


Visitando exposiciones como ésta, recuerdo con frecuencia aquella vez, en los años 80, que la santa y yo visitamos el museo de la Academia de Florencia. Todo turista que entraba allí se sentía obligado a admirar la belleza del David ceñudo e imponente. Yo quedé impresionado por aquellos esclavos, pura energía vital, pugnando por salir del bloque de mármol y cobrar forma humana. Eran como el signo más claro del optimismo del hombre renacentista, dispuesto a romper los moldes del oscurantismo eclesiástico medieval y a dominar el mundo con su fuerza intelectual. La aparente tosquedad del non finito de Miguel Ángel no era más que un exceso de energía, un élan vital hubiera dicho Bergson, que daba paso a una sociedad con conciencia de su valer.  

Pero, ahora, mientras visito esta instalación en el palacio de cristal, solo veo un remedo de edificio industrial abandonado, de pilares herrumbrosos y paredes desconchadas que no es más que un artilugio de quita y pon hecho con materiales deleznables. Hago unas fotos con el móvil, algún selfi para dejar constancia de mi paso (que colgaré en mi estado de guasap para que las amistades vean lo culto que es el jubilata), tomo unas notas por si me sirven para una entrada en el blog (que sí servirán) y continúo mi paseo por el parque.

Y para convencerme de que lo que he visto es arte, recuerdo lo que leí en la exposición de Mondrian este invierno pasado: El Arte siempre está relacionado con la realidad. La realidad cambia con el tiempo El arte tiene que cambiar su expresión. El contenido del Arte permanece, es inalterable, como lo es el contenido esencial de la realidad. 

Ya ve el improbable lector en qué ocupa uno su efímero tiempo…