En estos tiempos de desasosiego, ahí va la historia de un loco que quería ser cuerdo:
Aunque parecía increíble, un día, el jefe de psiquiatría del frenopático
provincial le dio de alta. Se suponía que con eso terminaban sus problemas con
el mundo exterior.
– Tiene usted una personalidad compacta y sin fisuras –, le dijo el médico.
Tras darle la bienvenida al mundo de la cordura y algunos consejos de
manual para enfrentarse al mundo exterior, le palmeó un par de veces el hombro,
se dio media vuelta y le abandonó a su suerte.
Un celador le abrió la celda
acolchada donde había vivido sus últimos siete años, le ayudó a hacer la maleta
y le acompañó amablemente hasta la puerta del manicomio. También le palmeó
amistosamente el hombro un par de veces, luego le empujó con suavidad, hasta
trasponer el umbral, y cerró la puerta del sanatorio detrás de él.
– ¡Que no sea ná! –, dijo el celador, a modo de despedida. Dio media vuelta
y se alejó silbando.
Ya en la calle, comenzó a caminar sin rumbo, disfrutando de su recién
adquirida libertad de movimientos. Feliz de saberse cuerdo y poseedor de una
fuerte y compacta personalidad, Toribio Sacaluga veía la nueva etapa de su vida
con optimismo: buscaría trabajo, se casaría y sería un individuo como los
demás. Pero, cuando estaba convencido de que eso era lo mejor que podía hacer
con su vida, su yo ácrata, que llevaba varios años en paradero desconocido, se
abrió paso por un resquicio del cerebro, se plantó delante de él y le miró con
lástima.
– Lo de ser cuerdo es muy jodido –, le aseguró a Toribio.
Lo que menos necesitaba él era un desdoblamiento de personalidad a
quinientos treinta y seis metros del manicomio. O sea, caminando a paso regular
y velocidad uniforme, mil setenta y un paso, más el traspié, por la sorpresa de
verse desdoblado en contra del diagnóstico médico.
– ¿Y tú, qué pintas ahora...? –. Toribio había convivido el último septenio
con múltiples personalidades yuxtapuesta, pero aquella con pinta de filósofo
pasota, no le hacía ninguna gracia.
– La cordura es una forma de castración social –, insistió su personalidad
ácrata. Ésta parecía saber mucho del mundo exterior pero no parecía muy
interesada en ayudarle a encontrar trabajo y novia casadera. Y él, lo que
necesitaba sobre todo era saber cómo funcionaba el mundo fuera de una celda
forrada de gutapercha.
Por eso siguió adelante con el plan establecido y fue a buscar trabajo. –
¿Y usted qué sabe hacer? –, le preguntó el jefe de recursos humanos. En la
oficina de empleo le habían remitido allí: “se necesita persona emprendedora,
con ilusión y ganas de progresar”, decía el anuncio en el tablón de ofertas de
trabajo. Precisamente porque reunía las tres condiciones, la funcionaria le
había dado la citación para aquella entrevista.
– Pues verá, Toribio, siete años en una celda de manicomio, atado con una
camisa de fuerza y berreando como un loco (y usted perdone la alusión), no dan
para un currículo muy brillante –, terminó por decirle el entrevistador. Y
antes de despedirle, en plan off the record, le aconsejó que evitase un exceso
de sinceridad en futuras entrevistas de trabajo. – No es muy sensato contar
según qué verdades; la mentira es más llevadera, créame –, remachó aquel.
– La sinceridad es una forma de locura –. Su ácrata íntimo, el que había
escapado del manicomio sin permiso del jefe de psiquiatría, se lo espetó nada
más salir de la entrevista.
Pero él no se dio por vencido. Estuvo yendo a la oficina del paro hasta que
le confundieron como un objeto más del mobiliario. Se presentó a trescientas veintiocho
entrevistas de trabajo y logró dos empleos temporales de media jornada y una
semana de duración, respectivamente; en uno de ellos no le dieron de alta en la
seguridad social y en el otro no le pagaron. De nada sirvió que enseñara su
certificado de cordura, expedido por la autoridad competente; nadie contrataba
a un loco regenerado que confunde cordura con sinceridad y se niega a ocultar
su pasado. Y encima, aquel yo anarcoide, de ideas disolventes, le acosaba sin
miramientos a cada fracaso.
– Te empeñas en ser cuerdo en un mundo inconsecuente, y así te va –. Volvía
a la carga aquel yo pesimista, empeñado en hablar con aforismos como un orate.
Pero él no estaba dispuesto a dejarse influenciar. Otra cosa no se podría
decir en su defensa, pero que era consecuente con sus circunstancias
personales, nadie se le podía negar: cuando fue loco, asumió su papel a
machamartillo y fue más loco que nadie; ahora que le habían diagnosticado
cuerdo, se atendría a lo dictaminado por el psiquiatra jefe por encima de todo.
Una personalidad compacta y sin fisuras, le habían dicho al salir del
psiquiátrico..., aunque lo de su yo pasota existencial fuera una fisura en su
ego que escapó a la perspicacia del galeno.
Resultaba evidente que navegar por el mundo laboral era algo excesivamente
complicado para quien, como él, había vivido sin más preocupaciones que ejercer
la locura a tiempo completo. Por eso, decidió dejar en suspenso la primera
parte del plan y pasar a la segunda, a lo del casamiento. En principio, no le
veía demasiadas complicaciones: sólo tenía que encontrar una mujer que le
aceptase tal como era.
– ¿A ver, a ver si lo entiendo...? –, decía aquella trigueña metidita en
carnes. Se habían conocido en la cola del paro y estaban tomando una cerveza en
la terraza de un bar. Ella le miraba con cara de no acabar de creerse la
historia que le había contado Toribio.
– ¿O sea que un frenopático es un hospital de locos? –, insistía ella. La
verdad es que a Edelmira, porque se llamaba Edelmira la trigueña llenita,
Toribio le parecía un hombre sincero, aunque un poco raro. Un tipo que, de
buenas a primeras, te pide en matrimonio y te dice las cosas como son, puede
resultar hasta preocupante. Un individuo así resulta, como poco, original,
aunque entreverado de inocentón y locoide. Una rareza humana un tanto
inquietante por lo insólito, ya que nadie se confiesa loco de una forma tan
razonable como lo hacía Toribio Sacaluga.
– Para mí que eres un tío legal –, razonaba ella –, pero imagínate que lo
tuyo es hereditario, tenemos hijos y nos salen majaras. Menuda
responsabilidad...
Y Toribio, que había hecho de la cordura su norma de conducta, se hacía
cargo del panorama: los dos en el paro, teniendo que pagar un piso, y encima
con un par de hijos desequilibrados, más los gastos de atención psiquiátrica y
los de educación especial, eran una responsabilidad que nadie en su sano juicio
podía asumir. Como, a pesar de la evidencia de tantos problemas, a él le
gustaba la trigueña, estuvo a punto de liarse la manta a la cabeza, tirar por
la calle del medio y liarse con la gordita, con tal de sacar adelante sus
amores. Pero no lo hizo. La gordita trigueña se acabó la cerveza y se despidió
con un gesto de lo más femenino y pizpireta. Toribio vio cómo se alejaba con un
suave meneo de sus caderas generosas y fue a preparar la maleta para volver al
frenopático.
– Nadie echa margaritas a los cuerdos –, oyó que le decía su yo pesimista.
Estaba claro: resultaba imposible
ser una persona como los demás si le habían fallado las dos condiciones previas
del trabajo y el casamiento, así que en el mundo exterior ya no pintaba nada.
Llegó con su maleta al recinto enrejado y llamó al timbre.
– Tira pa’entro –, le dijo a modo de saludo el celador. Le acompañó hasta
su antigua celda y le dio una camisa de fuerza recién planchada. En ningún sitio como en casa –, oyó Toribio que decía el celador mientras
cerraba la puerta de la celda. Éste echó los cerrojos de seguridad y se alejó
silbando.