Estimado lector (masculino, femenino, neutro, epiceno o ambiguo, que en cuestiones de género ando desorientado), el disco duro de mi ordenador es un saco de sorpresas.
Quiero decir, que cuando la vida da
vueltas en vacío y no sabes qué hacer de las horas que te queda por consumir
hasta que llegue la de la cena – por poner un tope familiar que nos aleje de
profundos pensamientos filosóficos -, acostumbro a huronear por las tripas de
mi ordenador y de los dos discos externos donde guardo todos los textos que he
ido conservando durante casi tres décadas.
Con frecuencia, ni recuerdo qué fue lo que fui
enterrando en el disco duro (interno o externos) y descubro textos, anotaciones
y archivos que, de haber sabido en su momento la inutilidad de los mismos, o lo
que es peor, su torpeza, hubieran pasado a la condición de no natos y hubiesen poblado el limbo de las criaturas sin opción a la existencia de la palabra
escrita. Pero se aferran a su oscura existencia por los rincones y recovecos de
las tripas informáticas y, a veces, me tropiezo con ellos. Eso ocurre, ya lo he
dicho, cuando el tedium vitae (o sea, el aburrimiento, pero dicho en culto) se
hace presente y no sé cómo ocupar las horas que quedan hasta la cena.
Todo eso para decirte, improbable y paciente lector,
que me tropecé con el texto que a continuación puedes leer, si te viene en gana
y no tienes nada mejor que hacer. No se trata de un ejercicio de estilo como
aquellos Exercices de style de Queneau, donde se cuenta hasta 99 veces
la misma historia de la vida corriente como si fuera un tema con variaciones
del inefable J. S. Bach. Se trata, más bien, de un ejercicio propuesto para
estimular la imaginación a partir de un asunto tan poco estimulante como es
tratar de describir un invento inédito.
Dicho lo dicho a modo de justificación. Dice así:
Aparte de usar el lenguaje para inventar historias
inéditas – y eso con mucho esfuerzo –, la verdad es que nunca he tenido
habilidades mecánicas o ingenio técnico para inventar artilugios de alguna
utilidad para la sociedad. Y aquí lo que se me pide es que hable de un invento
inédito. Y si es inédito, no tengo forma de conocerlo ni, por lo tanto,
explicar su funcionamiento. Es una incongruencia eso de pedir que uno explique
en qué consiste un artefacto cuya existencia ignora; y se ignora precisamente
por ser inédito y no conocido del gran público en general, ni de un servidor en
particular. A veces te ponen tareas que dicen bien poco en favor del sentido
lógico de quien tuvo la ocurrencia de pedírtelas.
Eso sí, de niño fui un gran lector del TBO en el
que había una sección que me gustaba mucho. Se trataba de los inventos del
Doctor Franz de Copenhague que aparecían semanalmente en la sección de Los
Grandes Inventos del TBO, como aquella rueda con zapatos que andaba con el
interesado sentado sobre el engranaje y dándole alternativamente a dos
palancas. Útil sí era porque al artilugio rodante se podían adaptar todos los
zapatos usados o pasados de moda que hubiera en casa y porque no había que
caminar. Bastaba un leve vaivén de los brazos sobre las palancas para
desplazarse sin mover las piernas.
Lo que me recuerda (los zapatos, digo) que, cuando
yo era fumador de pipa, estuve trabajando en un mecanismo que me sirviera para
encender las cerillas que había que aplicar a la cazoleta donde estaba prensado
el tabaco. El problema era que la pipa se apagaba con frecuencia y había que
aplicarle una cerilla de vez en cuando, y tenía las manos ocupadas escribiendo
en mi vieja Olivetti 44. En aquellos años me ganaba la vida escribiendo
artículos a peseta la palabra, exceptuando monosílabos y signos de puntuación.
Esos corrían de mi cuenta.
Los planos donde se especificaban los mecanismos y
su ensamblaje los perdí en una mudanza, y no los eché de menos porque por esos
años se pudo de moda el fanatismo anti tabaquista y tuve que guardar mi colección
de pipas en una caja y esconderla en un altillo. Pero recuerdo que la suela de
un zapato era fundamental como plataforma de ignición de la cabeza de la
cerilla al aplicarle una fricción en sentido longitudinal.
El mecanismo tenía cierta complejidad, ya que la
suela iba montada sobre una plataforma que sujetaba, a su vez, un brazo
articulado al extremo del cual iba la cerilla cabeza abajo. Para activar éste,
una conexión eléctrica a la barra espaciadora de la máquina de escribir
accionaba el mecanismo que deslizaba la cerilla que friccionaba sobre la suela
de zapato, y, mediante un muelle retráctil, el brazo articulado arrimaba la
cerilla encendida a la cazoleta de la pipa mientras yo aporreaba las teclas y
daba grandes chupadas a la boquilla.
En los experimentos previos a fuerza de
ensayo/error, gasté varios kilos de cajas de cerillas de Fosforera Española que
compraba en el estanco de debajo de casa, e invertí una pequeña fortuna. La
estanquera me sonreía con arrobo cada vez que me veía aparecer por su
establecimiento.
Conseguí perfeccionar el invento y el mecanismo
funcionaba con la precisión de los inventos del Profesor Franz de Copenhague.
Solo que había un pequeño defecto que no logré subsanar. Y fue que, cada vez
que se quemaba una cerilla, tenía que dejar de escribir para sustituirla por
otra con su cabeza de fósforo intacta. Lo que me dio muchísimos quebraderos de
cabeza.
Solamente por ese pequeño defecto, mi mecanismo
enciende-pipas sin usar las manos pasó a la categoría de los inventos inéditos.







