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viernes, 21 de noviembre de 2025

Reasignar.-

 


Hay palabras en el diccionario casi desconocidas que, un buen día, se convierten en talismán. Una de ellas es la palabra “reasignar”. De repente, adquieren un significado esclarecedor tras siglos dormitando en un rincón oscuro del diccionario. Parece como si estuvieran agazapadas esperando la voz que les dijera levántate y anda.

Son términos que parecen haber sido creados con el fin de dar un significado a un cambio de era que no se sabía bien cómo definirlo, hasta que una cabeza de ingenio superior tuvo la ocurrencia de desempolvarlos de entre los renglones alfabetizados de la A a la Zeta del diccionario de la lengua.

Otro de esos términos es la palabra “decolonizar”. Así, sin esa ese intermedia que la hacía tan vulgar, tan de andar por casa. Al extirparle la ese, como si la hubieran capado, parece como si la hubiesen ennoblecido y hubiese adquirido una dignidad muy por encima del significado del malhadado vocablo “colonizar”, del que tan arrepentidos andamos hoy porque así lo mandan los tiempos.

Si bien se mira, tanto una palabra como la otra (“reasignar”, “decolonizar”) equivalen a dos golpes de pecho (por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa) de aquel confiteor dei omnipontenti por haber pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión que decían los fieles compungidos en las misas católicas. Así, las más preclaras mentes de esta sociedad nos hacen entonar el confiteor mientras nos golpeamos el pecho con el puño cerrado. Mientras murmuramos por mi culpa, por mi culpa: ¡reasignar!, ¡decolonizar!. Mientras, en fin, confesamos la vergüenza que nos produce nuestro culpable pasado histórico porque auto inculparnos es muy guay.

En esas elucubraciones tan fuera de tono andábamos mi vecino el depre y este jubilata ochentón mientras recorríamos el parque del Calero, arriba y abajo. Él, casi siempre respetuoso con los consejos de su psicóloga de plantilla, aplica el consejo que le dio hace años: Usted camine mucho y piense poco. Pero, según dice la mujer de mi vecino el depre, yo ejerzo una mala influencia sobre él.

Cuando lo encuentro azacaneado, dando vueltas como peonza en torno a la fuente ornamental del parque, acostumbro a saludarle porque me gusta que me hable en latín, que es una de sus grandes aficiones: Ut vales, amice? Ego bene valeo. Ac tu quoque?

Rompiendo el saludable consejo de su psicóloga de plantilla, mi vecino el depre me confesó que pensar, aunque en un segundo o tercer plano, sí pensaba, por más vueltas que daba en torno al vaso de la fuente. Y el objeto de sus pensamientos, en esta ocasión, era el término “reasignar” que tanto suena estos días en la prensa.

Se trata, según mi vecino el depre, ávido lector que a toda noticia saca punta, de cambiar el significado del Valle de los Caídos, por otro de la Memoria Histórica. Es, me vino a decir, como reconvertir la mezquita de Córdoba en catedral cristiana. Se le cambian algunos elementos arquitectónicos y deja de significar lo que significaba para resignificar lo contrario. O sea, se le “reasigna” un nuevo símbolo y parece como si aquel episodio histórico se disolviera en el olvido de la no existencia al cambiar su simbolismo. Si eliminas la palabra – me vino a decir – eliminas el significado a que hacía referencia.

Lo que me hizo recordar la célebre distopía de Orwell, 1984, en la que un llamado Ministerio de la Verdad se ocupaba de reescribir la Historia en función de los intereses cambiantes del Poder. Así, las evidencias del pasado siempre coincidían con la versión oficial de la historia. Neolengua - estuvimos de acuerdo los dos - expresiones que hacen cambiar el pensamiento de una sociedad. Solo que algunos no se dejan.

En fin, llevábamos ya dadas cuarentaitrés vueltas dextrógiras al vaso de la fuente ornamental del parque, cuando le propuse que cambiásemos de ruta. Él, sin decir palabra, dio media vuelta y empezó a caminar en sentido levógiro.

Fue ocasión para que empezara a hablarme de la “decolonización”, palabra que le tenía sumido en graves digresiones mentales desde que leyó en Un fraude monumental, de Félix Azúa: “el momento más peligroso fue cuando, en agosto de 1792, se publicó el decreto de la Asamblea Legislativa que ordenaba “quitar de la vista del pueblo lo erigido por el orgullo, los prejuicios y la tiranía”, es decir, por la nobleza, la iglesia y la corona. Una decisión que nos recuerda a la de los actuales “descolonizadores” de museos, preocupados por lo que puede “ver” el pueblo, de modo que se abalanzan para quitárselo de la vista y así proteger el alma de aquellos a quienes consideran perfectamente tontos.”

Estaba yo saturado de sus elucubraciones y le dije en mi latín macarrónico que estaba cansado y me iba a casa: Iam fesus sum, domun eo. Bene valeas amice. Él, que andaba con la trituradora de pensamientos a pleno rendimiento, me dijo a modo de despedida: Sedulo curavi humanas actiones non ridere, nec lugere, neque detestari, sed intelligere. Total, según entendí, él se esforzaba con frecuencia en entender las acciones humanas, no burlarse de ellas ni lamentarlas, o lo que es peor, detestarlas.

Es del Tractatus politicus de Spinoza, no de mi cosecha, añadió con modestia.

jueves, 11 de junio de 2020

Rescatado de la memoria.-


En estos días finales de confinamiento Covid-19 he estado hurgando en los archivos de la memoria remota, la del ordenador, claro. Que la mía personal tiene el disco duro bastante saturado y no consigo recordar tanto como llevo escrito. 

Lo cual no se dice por queja, ya que uno escribe, aparte de para improbables lectores, para recordar que uno tenía cosas que decir. Si para don Miguel los libros son los hijos que perduran, porque lo son del espíritu y no de la carne, para este jubilata, la memoria externa de su ordenador son el receptáculo de la prole fruto de su imaginación. Esa imaginación a la que Teresa de Ávila, creo que en Las Moradas, llama la loca de la casa.

Pues bien, fruto de esa imaginación que, a veces, se desboca y a veces desfallece sin causa conocida, es este cuentecito, escrito en 2002, que recupero aquí. No tiene nada de especial, aparte de su brevedad y de su protagonista, un piernas, un quídam de vida rutinaria. Es el tipo de personaje por el que siempre he sentido debilidad: anodino, un átomo de masa entre gentes, un superviviente de la mediocridad; alguien a quien nunca le ocurre nada extraordinario. Por eso, precisamente, lo saco a colación del viejo archivo, lo desempolvo y lo expongo a la curiosidad de quien quiera leerlo.

Su título: Vereda tropical. Y dice así:
  
Vinicio Sosa era uno de tantos. Vivía en el barrio de la Concepción y trabajaba en Cuatro Caminos. Todos los días, a las siete y veinte de la mañana, cogía el metro en Pueblo Nuevo e iba a Avenida de América. Allí, recorría los pasillos buscando el enlace con la Línea 6 y, cada mañana, puntualmente, en el cruce de túneles, oía cantar a aquel músico callejero la melodía de la vereda tropical.

Vinicio echaba una moneda de veinte céntimos sobre la funda de la guitarra y se alejaba tarareando la canción. Y cada día, durante los breves minutos que tardaba en recorrer el túnel, recordaba aquel viaje al Caribe; único lujo de asalariado mediocre que se había permitido. Allí, en Santiago de Cuba, una jinetera mulata le fingió pasión caribeña; fue una semana de amor por un precio razonable. Comían en un paladar próximo al parque Céspedes. En el paladar, el cuarteto Causal, arrimado a una pared que añoraba pasadas blancuras, interpretaba canciones a petición de los presentes.

Lucinda, la jinetera mulata, era moza de un sentimentalismo recurrente.  Siempre que comían en aquel lugar de Santiago de Cuba, pedía a los músicos que interpretasen la vereda tropical y se arrimaba a Vinicio, muslo contra muslo, y éste sentía el torrente de aquella sangre abrasadora. Era lo más parecido a la pasión amorosa que nadie le había dado nunca.

Por eso, cuando en el metro oía al músico callejero, los túneles de Avenida de América, con sus fluyentes masas de gente apresurada, adquirían el calor del Caribe. Entonces, Vinicio cantaba bajito: y me juró querernos más y más aquellas noches junto al mar...  Y de los carteles anunciadores salían airosas palmeras que se mecían al son de la brisa, y negras bembonas que meneaban acompasadamente sus enormes culos, y muchachitas con piel de caramelo que le regalaban sonrisas prometedoras.

Diariamente, Vinicio soñaba su ración de ilusiones mañaneras por el módico precio de una moneda dorada.

Un día, el músico ya no estaba en el sitio habitual. Ni en los días sucesivos. En su lugar había un acordeonista que tocaba valses, pero ya no era lo mismo. Ya no nacieron palmerales en los andenes, ni las muchachas tenían la piel de oro tostado, y la gente se empujaba con malos modos para entrar en los vagones.

Desde entonces, Vinicio compraba el periódico y se enfrascaba en las noticias económicas. Las cotizaciones subían o bajaban según la fluctuación de los mercados, pero el pulso de sus ilusiones marcaba un cardiograma plano.

martes, 21 de abril de 2020

El Covid19, un ente intersubjetivo.-


Resulta que me acerqué a casa de mi vecino el depre, a ver si necesitaba algo de la farmacia. 

Bueno, esa era la justificación. En realidad, se trataba de tomarme un respiro. Porque compartir 60 metros cuadrados con la santa durante tantas semanas de encierro, las veinticuatro horas del día, es un ejercicio de convivencia agotador. Requiere algunas válvulas de escape para que la pareja - de los de nuestra generación hablo - funcione en condiciones aceptables de presión y temperatura hasta cumplir el mandato que nos dieron: Hasta que la muerte os separe.

Como decía, fui a visitar a mi vecino el depre por si necesitaba medicinas. Un rato de charla (mascarilla mediante), aunque sea para hablar de lo mal que va el mundo, es una forma de asueto cuando no te dejan salir de casa ni tienes un triste perro que pasear.

Porque, no, perro no tenemos en casa. Así que, por ese lado, no había ni ocasión para una escapada diaria, ni motivo de pelea porque ayer lo sacaste tú y hoy me toca a mí, como discuten cada día los del 5º A. Al pobre chucho lo tienen como un ciringuillo, todo el día perro adentro, perro afuera. 

Lo de los diez minutos aplaudiendo en la ventana y haciendo como que cantas el Resistiré, mientras sonríes al vecindario abalconado, es un alivio, pero dura poco. Lo de cocinar tampoco está mal, pero no tiene gracia cuando la santa se asoma a cada rato por la cocina y te echa un ojo crítico, como diciendo: Eres un chapucero entre los peroles; por mucho que queráis liberaros del complejo machista, los hombres de tu edad nunca tendréis las habilidades culinarias que nos enseñaron nuestras madres a las mujeres de nuestra generación.

Lo que sí tenemos es un carrito de la compra, que es tan dócil como un perrillo casero, pero no anda solo. Y ahí sí que le aventajo a mi contraria, porque yo tengo carné de conducir y ella es bastante torpe manejando vehículos de dos ruedas. Pero con eso del confinamiento responsable, me controla las escapadas y me supervisa la lista de la compra: por menos de diez artículos no me deja salir al súper. Dice que lo hago no por subsistencia, sino como excusa para saltarme el dichoso confinamiento. 

Total, que, con el achaque de la farmacia, fui a visitar a mi vecino el depre, quien estaba parapetado tras una barrera de cajas de clínex y pulverizadores de lejía rebajada en agua.

¿Tú has oído hablar de las entidades intersubjetivas?, me espetó nada más verme.

Por supuesto, ni idea. En las tertulias de la tele, que son pasto habitual de mi intelecto, de esas cosas no se habla, menos habiendo infecciones de coronavirus  a miles y estadísticas imprecisas que dan tanto juego en el pesebre mediático.

Entonces, abrió el libro gordo Homo Deus de Yuval Noah Harari y me leyó: “Las entidades intersubjetivas dependen de la comunicación entre muchos humanos… Muchos de los agentes importantes de la historia son intersubjetivos. El dinero, por ejemplo, no tiene valor objetivo. No podemos comer, beber ni vestirnos con un billete de un dólar.  Pero mientras millones de personas crean en su valor lo podemos utilizar para comprar comida, bebida y ropa…”

¿Y por qué la gente – añadió – cree que tiene sentido creer en el dinero, en la patria, en la religión…? Porque vecinos y amigos, y millones de personas como ellos, tienen la misma opinión. La gente refuerza las creencias del otro en un bucle que se perpetúa a sí mismo.

Pues igual con el coronavirus –, sentenció.

Cuando mi vecino el depre se pone estupendo, es que se ha pasado en su cóctel de antidepresivos o se ha intoxicado de lecturas raras.

Estamos viviendo – el tío ya estaba en vena – una pandemia vírica alimentada por una creencia intersubjetiva vivida por millones de personas en todo el planeta y alimentada por las autoridades políticas y sanitarias y la industria farmacéutica. El día que cambie el paradigma mental colectivo, el coronavirus desaparecerá como si nunca hubiera existido. 

Es como el billete de dólar del que habla Harari, mientras creamos en su valor, tendrá valor. El día que los viejos dioses clásicos dejaron de tener creyentes, dejaron de existir.  Y si no me crees, lee El Hostal de los dioses amables, de Torrente Ballester. Con el coronavirus, igual. El día que otra entidad intersubjetiva preocupe a la humanidad, desaparecerá el último infectado del Covid19 ese.

No es más que un episodio más del capitalismo del desastre –, remató. 

Puse cara de paisaje; en mi vida había oído tal cosa.

¿Pero, es que no has leído a Noemí Klein? – me preguntó incrédulo.

Es que como no soy depresivo, no tengo tiempo para esas cosas tan raras que dices – me justifiqué.

De verdad, no sé ni cómo le aguanto estas rarezas a mi vecino el depre. En el fondo, lo hago porque bastante sufre el pobre con su ansiedad de maniaco depresivo recurrente y con sus problemas de autoestima. Yo soy así de buena persona.

A la farmacia baje, pero a por aspirinas.

viernes, 3 de mayo de 2019

Panorama desde la terraza.-



-El problema de España – me dijo mi vecino el depre tres días antes del intento de suicidio – está en la mala fe de sus políticos. 

La última campaña electoral, con sus garrotazos dialécticos al estilo de la pintura goyesca, con las piernas atoradas en el barrizal del insulto y la descalificación, le habían traído por la calle de la amargura.

Y es que los entresijos de la política son alimento habitual de su decaimiento anímico y por eso los cultiva con morosidad y constancia. Siempre que me lo encuentro en el parque, siempre, es motivo de conversación y lamento. Porque, la verdad sea dicha, mi vecino el depre necesita de los políticos, cuanto más odiosos, mejor, como el drogata necesita del caballo: cuanto más cortado con mierda, más le pone.

Por eso, su habitual pesimismo respecto a la clase política en particular y al género humano en general, no hacía prever el casi fatal desenlace. Es el suyo un pesimismo estándar que palía con los cócteles de antidepresivos que le prepara su mujer y las largas paseatas por el parque del Calero. “Camine mucho”, es la consigna. “Piense poco”, es la regla de oro de su psicólogo personal, el cual viene a ser como el coaching que entrena las neuras de mi vecino. La verdad, nada hacía prever esa ventolera que le dio por tirarse de lo alto de la terraza.

-Usted que suele hablar en latín con él – me dijo el comisario que llevaba las negociaciones con el pre suicida– acérquese pausadamente. Háblele con familiaridad y sin levantar la voz. Convénzale para que se baje del pretil y no haga más el gilipollas.

Por lo visto, alguien le había comentado al policía nuestra manía de hablar en latín coloquial durante nuestros encuentros fugaces en el parque. Por eso debió pensar que dos tipos tan raros, seguro se entenderían bien. 

-Ni latín, ni latón – dijo el presidente de la comunidad de vecinos – Un par de hostias bien dadas…

Mi vecino el depre, en un descuido de su mujer, había cogido las llaves de la terraza, había subido, se había encaramado al pretil y juraba que se iba a tirar al patio: cinco alturas que garantizaban un despachurramiento contra el suelo, con informe de forense y orden de levantamiento de cadáver por parte del juez. Una primicia para el pesebre mediático, que esos días andaba escaso de asuntos, pasadas ya las deyecciones noticiables de la última campaña.

A cuatro voces que pegó en plan histérico: “Me tiro, joder, que me tiro”, haciendo ademán de dejarse caer al vacío, la terraza de nuestra finca y las colindantes se llenaron de vecinos y curiosos. Docenas de móviles haciendo selfis con el suicida al fondo, encaramado en el antepecho. El depre en equilibrio inestable sobre la balaustrada; media comisaría del distrito haciendo barrera entre el suicidante y el personal curioseante. En la calle, dos o tres ambulancias del Samur, varios vehículos del 112, un camión de bomberos con escala, coches de policía destellando en azules, jubilados, parados de larga duración, ociosos en general y paseantes ocasionales haciendo tapón en la calzada, coches dando bocinazos, conductores cabreados (“Que se tire de una vez el mamón ese”).

- Por lo que más quieras – le decía al depre su mujer, con lágrimas en los ojos y desgarro en el ademán, mientras éste hacía equilibrios sobre el pretil – Por lo que más quieras…

-Que le hable en latín, coño – me insistió el comisario – a ver si tenemos la fiesta en paz con ese pirao.

Yo, la verdad, desde que soy jubilata he perdido todo protagonismo, así que me sentía como el relator ese que quería ponerle Sánchez al Torra para hablar de independencia sí o no. Orgulloso de mi papel sí me sentía, aunque todas las miradas se las llevaba mi vecino, haciendo equilibrios sobre el murete de la terraza.

- Cave, amice, noli cadere – le dije, avanzando dos pasos.

- Siste! – replicó – Vade retro! Noli progredere! Que me tiro, ¿eh? Mira que me tiro. O me miserum, mala merces insania, sed ómnium pessimum malum solitudo…

- Venga, Fulano – le repliqué – ¿No ves que ni dios te entiende?

Y así seguimos un rato. A veces en latín culinario, a veces en buen castellano. El caso era, según insistía el comisario por lo bajinis, que le diera largas, a ver si entraba en razón y se apeaba del murete.

Y mientras, la mujer, con cara de susto: Por lo que más quieras, Fulano… Por lo que más quieras…

Tras un buen rato pensándoselo, mi vecino el depre dudó si abandonaría la vena clásica, puesto que la masa de curiosos solo entendía la prosa corriente y se le escapaban las sutilezas de la verba latina. Incapaz de decidir entre el romántico “Adiós, mundo cruel”, en plan Don Álvaro o la fuerza del Sino, y el histriónico “Qualis artifex pereo” neroniano, la verdad es que perdió mucho de su vis dramática. Y yo me di cuenta. Y él se dio cuenta de que yo me había dado cuenta. Falto de espectacularidad y dramatismo, no era plan suicidarse.

Se irguió sobre el pretil, miró al fondo del patio, que quedaba muy, muy abajo, hizo ademán de tomar impulso, se oyó un ¡Ohhh! colectivo – a medio camino entre la expectación y el horror – y el ya ex suicida se lanzó del murete. Pero no hacia las fauces del patio, sino al terrazo de la terraza. Se oyó un ¡¡Ahhhh!! de alivio.

-Ya lo decía yo: ni latines, ni leches – gruñó el presidente de la comunidad – Un par de hostias a este imbécil y cada uno a su casa.

Los presentes empezaron a felicitarme y a darme palmaditas. Todos querían hacerse selfis conmigo. Todo el mundo me miraba con simpatía, excepto la mujer del depre, en quien sorprendí una mirada como de resquemor. Y me pareció raro, ya que, desde hacía tiempo, ella me ponía ojitos amorosos. Se ve que ya se había hecho al papel de viuda consolable, y yo le había chafado la oportunidad. Debió ser por eso lo de la mirada de través…

Todo ha vuelto a la normalidad en la escalera. Mi vecino el depre se da largas paseatas por el Calero, se toma sus cócteles de antidepresivos, sufre estupendamente con los debates políticos de la Sexta, execra a TV13 y sus tertulianos, y, de vez en cuando, cuando yo bajo al DIA, echamos unas parrafadas y hablamos sobre lo mal que va el país. Y su mujer, definitivamente, tiene una mirada de reproche cada vez que ella y yo coincidimos en el ascensor.

Pero a mi santa no le he dicho nada de todo esto. Para una vez que tiene un héroe en casa...  

lunes, 4 de febrero de 2019

Diálogo en el Calero.-


La creación literaria – le decía yo a mi vecino el depre, como si fuera cosa de mi invención – es un diez por ciento de inspiración y un noventa por ciento de transpiración.

Lo que no le dije es que esta frase yo se la había oído decir a Cela en una entrevista que le sacaron por la tele. De eso hace la intemerata de años. De cuando la tele era estatal, en blanco y negro, y salía la carta de ajuste al terminar la programación por la noche. La cosa venía a cuento porque un servidor ha sufrido estas últimas semanas una sequía de inspiración y anda tirando de retales.

A la busca de materia literaria para mis entradas en la bitácora, he pasado días dando vueltas por el parque del barrio, el Calero. Pensaba que el material humano que por allí transita me daría ocasión para una descripción costumbrista de las clases medias de medio pelo que por aquí abundan, o abundamos. Así que bajé, paseé y observé el faunario humano. Más bien mediocre, como esas ganaderías que lidian en plazas de toros de tercera.

Y fue allí, en el parque del barrio, donde me tropecé, como es habitual por otra parte, con mi vecino el depre, quien ejerce de tal en su triple vertiente peripatética, vocacional y existencial. El hombre estaba dando la enésima vuelta a la fuente ornamental del parque, según el consejo de su psicólogo de plantilla: “Usted, fulano, camine mucho y piense poco”. Recomendación que seguía en el primer cincuenta por ciento. El otro cincuenta por ciento se le iba en cavilaciones.

Así que me lo encontré en plena peripatesis (con perdón), cabizbajo y meditabundo, deprimente y depresivo: cabizbundo y meditabajo, expresión de su cosecha, con un aquél de ironía que él se permite en sus momentos de estado hipomaniaco. Porque será un ciclotímico sin redención, pero suele gasta un sutil sentido del humor en los momentos álgidos, que solo alcanzamos a entender quienes le conocemos. Y, además, es más culto que todo el colectivo jubilata que pasea sus perros y sus ruinas físicas por el parque.

Nada más verme, antes que yo le hablara de la sequía de mi fuente Castalia, él, mirándome con sus habituales ojos perrunos de tristeza animal, me saludó: Ut vales, domine?  Yo, que conozco su humor latinista, le respondí: Bene valeo, amice. Ac tu quoque? Y él: Heus, Res omnia male se habent; o sea, lo habitual en él: pesimista y tristuroso (con perdón, otra vez). Doleo valde, le replique. Y él, un tanto temeroso: Hispanicam linguam loquemur, quaeso…, me sugirió. Así que volvimos al español. Había al lado nuestro un caduco en silla de ruedas, afín a Vox, que, al oírnos hablar aquella jerigonza, nos miraba como a inmigrantes ilegales venidos a robarle la pensión. A mí me pareció de perlas, lo de volver a la lengua del imperio, porque mis latines no van mucho más allá de las fórmulas de salutación habituales.

Me invitó a dar con él otra vuelta a la fuente del parque, la n+1, según sus cuentas. Yo, que necesitaba un escuchante para mis cuitas de escribidor en seco, le espeté en mi mejor francés: Tout le talent d’écrire ne consiste après tout que dans le choix des mots... Que el talento de escribir no consiste más que en elegir las palabras apropiadas, fue frase que le pirateé a Flaubert, callándome su autoría, claro. Es autor al que mi vecino el depre odia por la perra vida que el novelista dio a Madame Bovary, mujer infeliz con la que él empatiza hasta la transustanciación.

Pero ya se sabe cómo son los depresivos, unos egoístas. Sólo quieren cultivar sus enfermizas obsesiones a expensas de quienes les rodean, aunque éstos tengan sus propias cuitas. Como era mi caso. Así que me empezó a hablar de sus angustias ante el cariz que iba tomando la política internacional, en este caso, de Venezuela. Tema que no por manido da menos juego y se presta a mil elucubraciones de periodistas de pesebre y políticos de rabieta.

“Diosdado Cabello – me dijo mi vecino el depre, con un punto de inquietud –, jefe de la Asamblea Nacional Constituyente Venezolana, no se anduvo con sutilezas de neolengua: ¡Váyanse bien largo al carajo!, le espetó a Sánchez el otro día, cuando…”

“Ya, ya, – respondí sin convicción. Y aprovechando los puntos suspensivos de su frase a medio hilvanar, metí mi cuchara: El caso es que llevo tres semanas sin escribir una jota. Y eso que soy hombre de gran facundia literaria, aunque me esté mal el decirlo”. Y ya aproveché para colar una nueva cita; esta vez de Wilde: No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo, pero ya ves… – Y puse un trémolo de desánimo, como empatizando con la tristura reglamentaria de mi interlocutor.

Él, a su vez, se coló por entre mis puntos suspensivos para retomar la frase donde yo se la había cortado. (Ya íbamos por la vuelta n+7 a la fuente ornamental): “…Un servidor, aunque depresivo de natural, es observador siempre asombrado del gallinero político, y me quedé con una duda: El plazo de 8 días, que nuestro bello Pedro Sánchez dio al camionero Maduro para que convocara elecciones generales en Venezuela, ¿Tiene prórroga como la exhumación del dictador patrio que iba a ser para ya? Porque, si es así, el chavista puede disfrutar de un largo mandato, salvo que Trump y su troupe tengan otros planes para el petróleo de aquel país…”

Sí, efectivamente se le notaba preocupado con que la exhumación del fiambre inquilino del Valle de los Caídos y las elecciones venezolanas se aplazasen ad Kalendas graecas, según latinizó, mirando de reojo al caduco de Vox, quien no nos quitaba ojo. Éste, en plan campeador sobre silla de ruedas, y con el oído atento, rodaba detrás nuestra a cada vuelta que dábamos a la fuente ornamental, (Íbamos ya por la vuelta n+13).

Fue imposible seguir la conversación. Mi vecino el depre empezó a acojonarse con el de Vox pisándonos los talones, así que pretextó que era la hora de tomar su coctel de antidepresivos y se despidió a la francesa. A mí apenas me dio tiempo de soltarle mi última cita literaria: “El escritor es aquel al que escribir le resulta más difícil que a los demás”. De Thomas Mann, dije por lo bajinis, pero él ya no me oyó.

domingo, 1 de julio de 2018

A falta de algún hervor.-



Caminaba la otra mañana, tempranito, hacia el banco para sacar algo de pasta para la supervivencia doméstica, cuando en mi propia calle, en el número 12, vi a un espécimen de apariencia humana con un espray pintarrajeando la fachada. 

No pude por menos de decirle que aquello que estaba haciendo era una guarrería. Resulta que el fulano estaba pintando, aparte lo que parecían unas cifras, unos símbolos nazis. Se lo reproché de buenas maneras, y el quidam aquel me soltó las consignas habituales en los de su especie: que esto era una democracia, que él hacía lo que le daba la gana, y que nadie le decía lo que tenía que hacer. Parece que con estos elaborados razonamientos se acababa su argumentario de manual porque, a mis reproches, no supo contestarme más que con consignas de patriotismo manido.

La verdad sea dicha, lo del pintarrajeo de la fachada se lo reprochaba yo en plan jubilata cívico, no por lo que simbolizaba – que también, una vez que me di cuenta – sino por el incivismo que suponía ensuciar la pared sin más razón que el impulso nacido de su gonadario ideológico. 

Discutimos, controlando no se le disparase la agresividad, porque uno es provecto y no está en edad de enfrentarse a las hordas de la barbarie totalitaria. Más, teniendo en cuenta, como resultó evidente, que me encontraba ante un espécimen de la escala evolutiva al que le faltaban varios hervores, y estaba, por lo tanto, poco dotado para el raciocinio. 

Le pregunté que qué iban a opinar los vecinos del inmueble cuando viesen sus pintadas y tuvieran que limpiar la fachada con el dinero de la comunidad,  a lo que el bípedo me contestó que él vivía allí. Su respuesta me convenció de que, si a un débil mental le fanatizas convenientemente, en caso de llegar a mayores, tienes en tu poder una maquina de cometer estropicios sin sentido de culpa.

La cosa acabó en un soltarme: “Vaya usted a sus cosas” y “arriba España”. Yo repliqué que sí, que iba a mis asuntos pero que aquellas pintadas seguían siendo una guarrería. Aquel espécimen humano se metió en el portal y yo me fui a sacar los euritos para hacer la compra del día.

Se lo contaba yo a mi vecino el depresivo, al cual encontré por el parque del Calero cumpliendo la saludable consigna de “Camina deprisa y piensa poco”. El hombre, que últimamente me rehuye porque soy una mala influencia, según su psicóloga de plantilla, sin aflojar el paso, me contestó: “Hay gente que caga donde tiene el puchero”, en referencia al individuo que había pintarrajeado su propia casa. 

A mi insistencia sobre la conveniencia de educar a estos radicales escasos de entendederas, él, moviendo la cabeza con desánimo, me dijo: furioso cedendum. La cosa me sonó a latines (mi vecino el depre es depre, pero un rato culto), así que le puse cara de “Mí no comprender”. ¡Al loco, puerta!, tradujo con la soltura de quien conoce al dedillo los aforismos erasmistas.

La verdad, después del tropiezo mañanero con el patriota algo falto de hervores, me alegró la firmeza con que mi vecino el depre me contestó. Se ve que estaba en vías de mejora. Vista la buena predisposición, aproveché para preguntarle si su depresión nacía de factores endógenos o exógenos, curiosidad que me corroe desde hace años. 

Creo que metí la pata, ya que se paró en seco, me miró con mirada de cordero que espera la cuchilla del matarife, y dos lagrimones comenzaron a correrle por las mejillas. Se echó mano al bolsillo, sacó un puñado de pastillas que llevó a la boca, metió la cabeza en el vaso de la fuente ornamental del parque y empezó a tragar agua. Trabajo me costó sacarle la cabeza de la fuente, que por poco se ahoga.

Este barrio de la Concepción, donde vivo, tiene gente francamente rara. Lo mismo te tropiezas con un patriota de meninges a medio hervor pintarrajeando la fachada de su propia casa, como que das con un depresivo al que no puedes preguntarle ni por su propia enfermedad sin que parezca que le estás mentando la bicha. Yo creo que las personas normales que vivimos aquí no somos tantas. Y encima, nos estamos haciendo viejos.

viernes, 23 de marzo de 2018

De charla en el Calero.-



El caso es que el otro día la santa me mandó con urgencia al DIA, a comprar una caja de leche para hacer una bechamel. Ante el ordeno y mando femenil, un servidor soltó por lo bajo varios comentarios micromachistas, quejoso de lo perentorio de la orden. Pero obedeció por aquello de la paz conyugal.

Cruzaba a buen paso el parque del Calero cuando vi a mi vecino el depresivo quien, con cara de ¡Ay de la Patria mía!, desgranaba su rosario de lamentos ante un individuo desconocido para mí. Me paré un momento a saludar y me presentó al desconocido: era un tabarnés exiliado en la meseta castellana. Por lo visto, había tenido varios malos encuentros con unos cachorros de Òmnium Cultura de su barrio, Torreforta, por un quítame allá esas pajas soberanistas. Como le dijeron que allende el Ebro nadie se peleaba por esas cosas, había liado el petate, había deslocalizado sus ahorros de toda la vida a un banco de honda raigambre española y había aterrizado en el nuestro barrio.

Como la tendencia o tending topic (creo que se dice) en las tierras catalanas, en los últimos tiempos, es una dispersión en busca de cómodos exilios, el tabarnés que me presentaron había salido por pies de Tabarnia para caer en el Barrio de la Concepción; exilio, si no glamuroso, al menos, tranquilo y de discreto pasar. Aparte que en la capital del reino están exiliados el presidente de Tabarnia y algunos consejeros in pectore, y eso siempre da consuelo a los expatriados y caché a los prófugos políticos trasterrados de su patria ideal.

Se lamentaba mi vecino el depresivo de la última maniobra antiespañola del señor Puigdemont. Eso de expedir, previo pago, carnés de identidad, pasaportes y otros certificados de la virtual República independiente de Catalunya le parecía un delito de lesa patria y le tenían en un sinvivir. La farmacopea de la Seguridad Social, con sus antidepresivos, estimulantes, calmantes y sobredosis de Prozac, no mejoraba su estado anímico. Y el tabarnés, dolido por el destierro, tampoco ayudaba mucho.
 
A este jubilata, la verdad, vista la cosa de forma objetiva, no le parecía tan fuera de propósito ni como para tantas angustias. Al fin y al cabo, el señor Puchimón (así le llamamos familiarmente en casa) había logrado aunar el patriotismo con el negocio, que, si bien se mira, no tienen contraindicaciones cruzadas y suelen ir de la mano. De hecho – les decía yo a mi vecino el depre y al tabarnés – un servidor, puesto en la tesitura independentista, me gustaría tener un DNI virtual al precio que fuera. Si el amor a la patria hay que pagarlo en metálico, se paga. Aparte que un President en el exilio ha de mantener, con la dignidad que merece su cargo, un tren de vida acorde a su status. Y para ello hacen falta unos ingresos regulares que, si no se logran vía impuestos o con el tan útil como denostado tres por cent, hay que detraerlos del fervor patriótico popular.

Un carné, un pasaporte, o un certificado de pertenencia al pueblo oprimido, por muy virtuales que sean sus efectos, siempre tienen un soporte físico que se puede llevar en la cartera, junto a los billetes de 20 euros, para exhibir con orgullo entre familiares y amigos. Así que su venta y adquisición tienen la doble ventaja de acreditar la adscripción ideológica de los adeptos y procurar una honrada sinecura al molt honorable que le permita pagar las mensualidades del palacete presidencial de Waterloo.

Trabajo me costó convencerles de que yo no era separatista, sino alguien que comprendía la lógica del asunto en su doble vertiente patriótica y económica. Tiempo me llevó. Tanto que me hizo olvidar lo del cartón de leche para la bechamel que estaba haciendo la santa. Subí corriendo a casa. El aceite y la harina se habían quemado en la sartén. La santa estaba que fumaba en pipa y la comida sin hacer. Tuve que soportar algunos comentarios aviesos sobre la inutilidad de los hombres en general y de mi persona en particular. Sacó a relucir todo el argumentario feminista que convenía al caso para demostrar el abandono en que tenemos a las féminas los hombres de mi generación. Me llamó jubilata machista irredento y me mandó poner la mesa.

Comer sí comimos gracias a la inventiva de la santa: un par de huevos fritos de gallina criada en jaula. Como refuerzo, unas chistorricas de la reserva estratégica que ella conserva en el congelador. En desagravio, me ofrecí voluntario para fregar los platos y ni eché la siesta en el sofá, ni nada.

Mientras le daba al estropajo, pensaba en los problemas de convivencia que origina la política.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Andanzas y meditaciones del Calero.-


El caso es, querido aunque improbable lector, que el otro día volví a tropezarme en el parque con mi vecino el depresivo. Iba yo al DIA, comisionado por mi santa, a comprar unas cajas de leche descremada y crucé el Calero. El Calero no es El Retiro, pero es el parque de nuestro barrio. Es, para que el lector se haga una idea, como El Retiro, pero en plan modesto. O sea, en plan barrio. 

El parque del Calero – y perdóneseme la insistencia – es al barrio de la Concepción como El Retiro es a Madrid: su pulmón verde, su espacio de esparcimiento, su circuito de perros domésticos y de jubilatas quemando colesterol. Es, en fin, lugar de socialización, de disfrute de un trozo de naturaleza domesticada, donde mi vecino el depresivo pone en práctica, a su modo, los consejos de su médico de la cabeza, que no de cabecera: “Usted, Fulano, camine mucho y piense poco”.

Y mi vecino, que aunque depresivo es muy suyo, sigue las instrucciones del loquero al cincuenta por ciento. Camina mucho parque arriba y parque abajo: entre el tornavoz ("auditorio", lo llamamos en el barrio para darnos importancia) y la comisaría. Puede pasarse toda la mañana dando vueltas, arrastrando los pies, con aire pesaroso y mirada ausente, hasta que la mujer le pone un wasap: “Fulano, que ya está la mesa puesta”, y sube a casa.

Respecto al otro cincuenta por ciento, o sea: lo de pensar poco, la verdad es que no hace mucho caso. Depresivo, pero no irreflexivo, acostumbra a decir, en un arranque de autoafirmación insospechado. Lo de deprimirse es algo sobrevenido por culpa de un Ere que le puso en la puta calle a los cincuenta y un años: demasiado viejo para competir en el mercado laboral y demasiado joven para aspirar a una jubilación de supervivencia.

Lo de la depre, tras dos años en la cola del INEM, estaba cantado. Fata obstant, acostumbra a decir. Como ya conté una vez anterior, tiene sus puntas y ribetes de latinista. Lo de reflexivo, lo es por inclinación natural.  Por mucho que lo dictamine un miembro del Ilustre Colegio de Psicólogos, mi vecino no puede ir contra su propia naturaleza: Es maníaco depresivo por inducción y caviloso a jornada completa por convicción. Su cabeza es una olla a presión con la espita obturada y es capaz de triturar una obsesión durante horas, días, noches, hasta que la mujer le prepara un coctel de pastillas y le deja aparcado en el salón de casa como un felpudo: home sweet home.

El caso es que, cuando yo iba a DIA a cumplir el mandado de la santa, me crucé en su camino. Estaba el hombre, con su habitual gesto de pesadumbre, mirando una caca de perro (“una mierda”, dijo él) que había espachurrado con la suela de su zapato izquierdo.“Al que nace pa martillo, del cielo le caen los clavos, …Y, encima, me he dejado las pastillas en casa”, me dijo, como disculpándose, nada más verme. Yo ya sabía lo que significaba, que en su cabeza se estaban formando nubarrones y no escamparía en horas. Le di unos golpecitos amistosos en la espalda y le dije: Nada, hombre, las estadísticas dicen que un peatón tiene un 27% de probabilidades de pisar una mierda de perro al año. Tú acabas de entrar en la estadística.

Todo lo que sea posible que ocurra, ocurrirá” me respondió. Sabia reflexión, dije. No es mía, es de Leibniz, contestó. Y es que el hombre tiene esas cosas; desde que le agarró la depresión, le dio por leerse, por orden alfabético, todos los filósofos que hay en la biblioteca municipal del distrito. Lo cual es otra forma de retroalimentar su depre, ya que no puede charlar con los jubilatas que echan la partida en el Asturleonés. 

A ver, si le hablan del último gol del Messi, él trata de razonarlo desde el sistema de causalidad aristotélico y los contertulios del bar se hacen un lío. Así que prefiere dar vueltas por el parque. Eso sí, sorteando heces de perro (menos ese día, que hizo bingo), latas  vacías de cerveza, bolsas de plástico, papeles y otros desechos cuya abundancia por los suelos es un indicador del grado de felicidad de nuestra sociedad de consumo.

¿Sabías que un opinólogo – me dijo mientras restregaba el zapato pringoso de heces contra el bordillo – ha hablado en el último número de L´Express del triángulo de poderes? Yo miré el reloj. Obsesivo y monotemático como es, me iban a dar las mil: como me cierren DIA la parienta me va a chorrear. Pues sí, -continuó, ignorando mi gesto de impaciencia – hay tres modelos utópicos de sociedad: el tecnológico, el populista y el empático. Según el primero, la tecnología y el mercado impondrán un control progresivo de la vida y la política, aumentando las diferencias entre una minoría que controlará el poder, la economía y la riqueza, y una mayoría sumida en la precariedad. Según el modelo populista, que rechaza las consecuencias de la mundialización, fomentando secesionismos, nacionalismos, totalitarismos identitarios o religiosos…

“Ya, pero es que como me cierren la tienda, mi mujer me chilla” – le insistí, para que abreviara. “Esa es una contingencia menor que en nada afecta al devenir social – me replicó. El hombre estaba metido en harina y mis problemas conyugales le traían al pairo –, donde se vislumbra el tercer modelo utópico, el empático…” “Vale, tío – le corté, ya nervioso –, pero yo ya tengo bastantes problemas con llegar a fin de mes con la jodida pensión. Y, además - y aquí me pasé tres pueblos – tienes mierda en el calcetín”. 

Mi vecino el depre me miró con ojos de carnero a punto de degüello, luego miró su calcetín pringoso, empezó a ponerse triste, triste, y hasta juraría que se le escapó una lágrima. Arrastrando los pies, se fue camino de casa, a chutarse un pastillazo, según prescripción, dada su poca resiliencia ante la adversidad.

Tuve cargo de conciencia toda la tarde, con la putada que le había hecho, y hasta llegué a deprimirme un poco. A lo mejor era contagioso, pensé. Por si acaso, me prometí que, la próxima vez que lo viera por el parque, le pediría la dirección de su médico.

Al DIA llegué a tiempo, menos mal.