domingo, 17 de mayo de 2026

Literatura de retrete.-

 


No sé si, quien esto lea, ha tenido necesidad de usar alguna vez los retretes de los centros de enseñanza pública. En sus paredes suele haber un muestrario harto explícito del desahogo de las fantasías sexuales más extravagantes que uno pueda imaginar. Este jubilata, inasequible al desaliento a pesar de los años acumulados, acostumbra cada curso a matricularse en alguna asignatura de la UNED Senior. Y, como la edad me ha hecho prostático y usuario habitual de los mingitorios, de vez en cuando he de aliviarme en una de esas cabinas bastante cochambrosas del centro asociado Gregorio Marañón, en Lavapiés, al que asisto.

Hace ya años que, alguna vez, se me ha ocurrido pensar si podría escribir una entrada en el blog sobre este asunto, e incluso he tomado alguna fotografía para dar testimonio fehaciente. Como quien dice, he hecho previamente el trabajo de campo in situ, lo que no es muy estimulante, dado las estrecheces de estos evacuatorios y lo poco grata que es la cartelería de las paredes, aparte esa sensación de cochambre y cutrez en la que te ves envuelto.

 


Pero si uno lee lo que las mentes desbridadas dejan escrito en la soledad e impunidad de estos retretes, más las réplicas, que suelen ser agresivas, ofensivas y más calenturientas si cabe (también las hay mordaces), uno ha de pensárselo dos veces para molestar al sufrido lector haciendo una relación literal de aquella palabrería gráfica, escatológica en demasía. 

Escatológica a fuerza de dar rienda suelta a fantasías que brotan en la intimidad del retrete, lejos de la presión social que impone las buenas maneras y la ocultación pudorosa de las imaginaciones más desbarradas que a cada cual se le ocurren en sus adentros.

Lo cual es una lástima. Lo digo porque, vulgaridades y desahogos soeces aparte, creo que hasta se podría hacer un estudio sociológico, o psicológico, o lingüístico (los expertos sabrán) con el material allí recopilado, entre las cuatro paredes de los retretes de una universidad popular. Saldrían a la luz un montón de frustraciones, perversiones mentales, fantasías sexuales latentes evacuadas con ayuda de un boli, suficientes como para una tesis doctoral.

Así, la literatura de retrete suele ser la hermana soez y contrahecha de otra forma de expresión literaria que, tratando de temas similares, es aceptada por provenir de autores consagrados. Valga como ejemplo El cipote de Archidona, de Cela, o su Izas, rabizas y colipoterras, dedicada a las putas del Raval de Barcelona. Y eso sin meternos en averiguaciones sobre lo que se conoce como “literatura licenciosa”.

Claro que este género de literatura licenciosa usa de la perversión sexual, entendido lo de perversión como una desviación de la moral sexual tradicional, para poner en evidencia la hipocresía del orden establecido y la religión. En ese aspecto, los autores franceses del dieciocho y diecinueve son maestros. Uno no tiene que más que leer La Religiosa, de Diderot para ver cómo se ataca con saña la hipocresía religiosa a través de la historia de una monja a la que meten en clausura por imposición paterna. Ésta se encuentra con un ambiente claustrofóbico agobiante, donde el monjío se libera de tanta opresión a través del lesbianismo, empezando por su priora, que intenta seducir a la novicia.  O Justina y los infortunios de la virtud, del marqués de Sade, donde la protagonista es esclava sexual en un convento de franciscanos, mientras los frailes predican la castidad desde el púlpito.

No hace mucho leí Gamiani, dos noches de pasión de Alfred Musset, donde el trío encamado al retortero se cuentan mutuamente su iniciación sexual y, en el caso de la seductora y la seducida, tienen en común haber sido objeto de la depravación de gente de religión, encenagada en la débauche.

A poco que se lea ese tipo de literatura, el lector cae en la cuenta que la depravación sexual de la gente del clero es un tópico al que recurren casi todos los autores. Porque, por lo visto, la tesis de este género literario es denunciar la opresión ideológica de la Iglesia sobre la sociedad, y para ello se recurre a algo tan manido como son las desviaciones y el abuso sexual por parte de quienes detentan el poder moral sobre la población de creyentes.

Para terminar, recuerdo haber leído en Caro Baroja algo sobre la religiosidad en la España de los Ss. XVII y XVIII, que el teólogo jesuita Tomás Sánchez de Ávila escribió De sancto matrimonii sacramento. En él se describen con todo lujo de detalles todas las variantes posibles de intimidad sexual en un matrimonio, a fin que el confesor supiera a qué atenerse cuando oía a alguien en confesión. Lo cual tuvo un efecto no deseado por el autor, ya que los seminaristas lo leían para, con intención pecaminosa, enterarse de los asuntos del sexo que no estaban a su alcance por personal experiencia. De ahí el dicho popular entre la gente de iglesia: Si quieres saber más que el demonio, lee a Sánchez en De Matrimonio.

Si bien se mira, la diferencia entre el grafiti obsceno en la pared del retrete y la buena literatura erótica, que vienen a decir lo mismo, estriba en que lo que importa no es tanto lo que se dice, sino cómo se dice. Y si no, ahí quedan estas coplillas sicalípticas y en tono festivo de nuestro fabulista don Félix de Samaniego, tomadas de su Jardín de Venus:         


Una abadesa, en Córdova, ignoraba

                que en su convento introducido estaba

                   bajo el velo sagrado,

                 un mancebo, de monja disfrazado;

                  Que, el tunante, dormía,

                   para estar más caliente,

              cada noche con una monja diferente.

 

jueves, 30 de abril de 2026

La Irremediables, S. A.

Por si alguna vez el improbable lector, que supongo habituado a lecturas con enjundia, no se ha tropezado con un relato absurdo, aquí le dejo uno. La lectura es como la vida, conviene probarlo todo. Ya lo dijo incluso el Arcipreste de Hita: Probar todas las cosas, el Apóstol manda. Quise probar la sierra, hice loca demanda. Y aunque el de Hita no parece satisfecho de su experiencia serrana, al menos nos dejó su Libro de Buen Amor que es un monumento literario . Un servidor no aspira a tanto, solo a entretener unos minutos a quien quiera que lea esto que se dice a continuación:

Eficacia, seriedad y discreción. Así decía el prospecto que cayó en mis manos meses atrás. Acababa de salir de una depresión que había arruinado mi vida y buscaba la mejor forma de acabar con todo limpiamente. Me habían echado del trabajo, mi mujer se divorció de mí y se quedó con el piso; mis hijos reclamaban una pensión y me quedé sin amigos. Morirme era la mejor solución, pero no tengo práctica.

 Por eso, cada día compraba la prensa y me leía todos los anuncios por palabras. Sabía, porque me lo sugirió el quiosquero, que había empresas que te quitaban de en medio con discreción. Pero, como era una actividad ilegal, era difícil encontrar una dirección o un teléfono de contacto. Había que escarbar mucho entre los centenares de anuncios de sexo y de servicios atípicos para encontrar lo que me interesaba.

 Así que, todas las mañanas compraba la prensa nacional y leía la letra menuda de los anuncios, pero sin éxito. Hasta que un día, en uno de esos folletos que te dan a la entrada del metro, leí lo siguiente: LA IRREMEDIABLE S.A.: EFICACIA, SERIEDAD Y DISCRECIÓN; y venía un teléfono. Llamé y me dieron cita.

 - Oiga – les pregunte – ¿Es aquí donde matan desesperados?

 - Caballero – me respondieron –, matar es ilegal. Nosotros, previa petición, eliminamos estorbos. Eso es todo.

 - Y eso ¿Sale muy caro? – Tenía yo esa preocupación. No había forma de aplazar los pagos, por razones obvias, y la familia me había arruinado.

 - Antes de firmar el contrato, caballero, – me informaron – acostumbramos a hacer un estudio de la solvencia de nuestros clientes.

 Educados sí que eran en aquel negocio. Y previsores. Así que, al cabo de una semana, me citaron los de La Irremediable S.A.

 - Nuestros peritos nos informan que Vd. es un insolvente económico –. El empleado revisaba mi expediente, y ante mi abatimiento, añadió: - Pero no debe desanimarse, amigo; siempre hay una solución.

 Después de algunos días de negociación, llegamos a un acuerdo: podía donar mis órganos a su empresa, y ésta los vendería al mejor postor. Tenían práctica y el trasplante de órganos era un negocio floreciente, si se tenían contactos. Pero, previamente, debía entregar un anticipo en especie. Un día me llamaron con urgencia a la pensión donde vivía, me metieron en una ambulancia y, de allí, en un quirófano. Me extirparon un riñón para un millonario saudí, según me dijeron.

 - Para lo que va a vivir, con uno le basta –, me informó amablemente el empleado.

 Visto así, la cosa era razonable. Lo malo era que, según el estudio de costes que me enseñaron, no era suficiente para cubrir gastos.

 - No se preocupe, caballero –, me dijeron. – Nuestro deseo es dar el mejor servicio, y Vd. quedará satisfecho. La Irremediable S.A. siempre cumple.

 Unas semanas después vinieron a buscarme con un taxi, me metieron en un avión y, para cuando estuve de vuelta, ya no traía el bazo.

 - Ha hecho un gran servicio a la humanidad –me dijeron, entre sonrisas–. Una aportación a la causa de la libertad en el mundo.

 Según parece, mi bazo se lo pusieron a un científico americano que trabajaba en la industria de armamento. Pero a mí me preocupaba que el contrato de finiquito vital –que así lo llamaban ellos– estuviera aún sin firmar, e hice alguna discreta reclamación. En La Irremediable S.A., siempre educados, siempre serviciales, me informaron que éste entraría en vigor cuando llevase ingresado el cincuenta por ciento del coste. Un par de donaciones más, y era cosa hecha.

 La cosa parece que empezó a llevar buen camino el día que me extirparon la córnea del ojo izquierdo. –Para un niño que ha quedado ciego, me comentaron, con su discreción habitual–. A los pocos días, una donación de médula espinar y 20 cms. de tendón del brazo izquierdo. Una noche, con toda urgencia, en un quirófano clandestino dejé medio hígado, y, algunos días después, metro y medio de intestino delgado.

De esto hace ya tres meses y nadie viene a matarme, según lo acordado. Creo que en La Irremediable S.A. me han estafado, así que mañana, sin falta, voy a la Oficina del Consumidor y les denuncio. De mi no se ríe nadie.

 

martes, 31 de marzo de 2026

Se me cayó el anillo.-

 


Es el título de una redacción que nos propuso la profe en el taller de Memoria: Se me cayó el anillo en el desagüe. Una redacción que hemos de entregar pasadas las vacaciones de semana santa y que, en principio, no parece ser asunto que tenga entidad como para imaginar una historia con interés suficiente para que el lector le dedique su atención.

Se ve que ese es el intríngulis. Obligar a nuestro grupo de ancianos a estrujarse las meninges e imaginar y describir una situación que, de puro vulgar, no llegaría a la categoría de anécdota. Por eso, después de darle vueltas, se me ocurrió que, si hacía una descripción minuciosa del incidente, la cosa podía resultar. Y éste es el resultado que aquí dejo por si el improbable lector quiere dedicarle unos minutos de su tiempo.

“Cuando se me escurrió y cayó el anillo por el desagüe, lo primero fue poner cara de lelo. Lo sé porque, sin razón aparente, levanté un segundo la vista y vi mi cara con gesto de pasmo reflejada en el espejo. Es ese gesto entre premonitorio y de resignación anticipada que se te pone en el rostro cuando, instintivamente, sabes que el pequeño drama que se representa ante tus ojos asombrados terminará en tragedia doméstica. También presientes que tú no podrás remediarlo porque no sabrás reaccionar a tiempo. Tu cerebro no dará su orden a tu mano con la suficiente antelación como para que ésta atrape el objeto a punto de ser engullido por la boca negra del desagüe. Y sabes, además, que eres espectador sin voluntad de acción porque la escena se desarrolla ante tus ojos asombrados como quien observa el desarrollo de los hechos sobre un escenario. Prevé el desenlace y no puede modificar el guion. Y eres víctima porque de esa pequeña tragedia doméstica tú sufres las consecuencias por la pérdida de un objeto de valor, más que económico, sentimental. Y, lo que es peor, te sientes responsable por ser el depositario descuidado de ese pequeño tesoro de metal brillante que recibiste de manos de alguien que te quería y te lo regaló como prenda de cariño.

Todo eso yo lo pensaba y veía como a cámara lenta mientras mi imaginación estaba previendo el resultado final: el anillo se fue deslizando todo a lo largo del dedo enjabonado, vi cómo rebotaba con pequeños saltos sobre el esmalte del lavabo, dio exactamente vuelta y media en torno al desagüe y, antes de yo reaccionar y atraparlo con la mano, pegó un saltito apenas perceptible, casi alegre, podría decirse, y el agujero se lo tragó no sin que antes el anillo lanzara un pequeño destello de adiós. Limpiamente, como quien se sabe el camino, se fue tubo abajo.

Con ambas manos apoyadas sobre los bordes del lavabo, con la mirada fija en el negro agujero del fondo del vaso, incapaz de reaccionar ante un hecho consumado, sólo tuve un absurdo recuerdo de una canción infantil que las niñas, cuando mi infancia, solían cantar en corro:

Al cruzar el arroyo de Santa Clara

Se me calló el anillo dentro del agua…

Total, que he dado parte al seguro, ha venido un fontanero, ha desmontado la tubería y he recuperado la sortija. 

No quiero ni imaginar lo que hubiera dicho Fernanda si llega a enterarse de que había perdido su anillo de compromiso..."

jueves, 26 de febrero de 2026

Breve retorno a la infancia.-

 


Te contaré, improbable y siempre grato lector, que, en estos tiempos de vejez, ando metido en un taller de Memoria (así lo llamamos) en el que un puñado de jubilados hacemos ejercicios de estimulación mental, coordinación y todo lo que se supone nos ayude a sacudir las cascarrias de la acechante decrepitud, y que nos manda hacer la profe. Los hacemos con la aplicación – y el jolgorio, cuando nos equivocamos – de niños de primaria. Lo que, a estas edades, me retrotrae a recuerdos de la lejana infancia que me vienen a la memoria de forma aleatoria.

Debía tener cuatro años cuando me mandaron a la escuela pública en Cortes de Navarra. Como parvulillos iletrados que éramos, nos juntaban a todos en el parvulario de la escuela y no recuerdo que hiciésemos otra cosa que jugar. A nuestra maestra, doña Micaela, aún la recuerdo sentada en una sillita baja y haciendo punto mientras los críos correteábamos por la clase. No sé en qué momento aprendí las primeras letras y si fue ella quien me las enseñó.

Mi siguiente recuerdo de la escuela pública, también en Cortes, es con don José. Era maestro nacional, empedernido fumador de tabaco de cuarterón, del que tengo buen recuerdo. Para estimular la puntualidad de los alumnos, de vez en cuando sorteaba un libro entre los chavales y una vez a mí me tocó uno, del que no recuerdo el contenido o el título, pero que me hizo mucha ilusión. Recuerdo, también, que nos leía capítulos de la narración de Arthur Gordon Pin, de Alan Poe, y estábamos fascinados con sus extrañas y terroríficas aventuras en el barco ballenero.

A este recuerdo va asociado el modo en que entrábamos en la escuela, formados en fila y cantando el Montañas Nevadas, mientras marcábamos el paso dando fuertes pisadas sobre los peldaños de madera de la escalera que subía a clase. Recuerdo que aquellas canciones patrióticas del franquismo los críos las aprendíamos de oído y, a veces, trabucábamos la letra. Como cuando cantábamos a grito pelado “…voy por rutas imperiales caminando hacia Dios”, que, en nuestro desconocimiento del significado, lo transformábamos en “cagarrutas imperiales…”.

Como don José enfermó de un cáncer de pulmón, nos pusieron a don Agapito, que era una mala bestia y no tenía el don de la docencia, sino el de la disciplina, que imponía a manotazos. Tengo aún, ya ochentón, vivamente grabado el recuerdo de una paliza que dio a un chaval en medio de la calle, cuando salíamos para ir a casa a comer. No tendría yo más de siete años y le recuerdo dando patadas en el culo y manotazos en la cabeza a un crío de unos doce años y la gente, silenciosa, mirando sin atreverse a rechistar.

Nunca supe la razón. Sé que, en general, los chavales de los pueblos de la Rivera eran más brutos que un arao y mal hablados. Se ve que debió faltarle al respeto, y don Agapito le dio una paliza de órdago delante de la gente. Eran tiempos en que el maestro era toda una autoridad pública y el castigo físico que imponía, aunque fuese excesivo, no tenía réplica. Pero que aquella paliza fue excesiva e injusta, es algo que quedó vivamente grabado en mi mente de niño.

Bastantes años después, cuando vivíamos en Rascafría, otro recuerdo relacionado con la lectura, fue cuando el prefecto de estudios, el padre Mauro, nos leía, traduciendo directamente del francés, El Secreto del Unicornio. Fue la primera vez que tomé contacto con las aventuras de Tintín, cuya colección de aventuras conservo en mi biblioteca. Nos lo leía durante los recreos, sentados bajo un viejo chopo en el patio de Matalobos, y con todos los chavales alrededor pendientes de sus palabras y mirando con avidez los dibujos.

Como los recuerdos de infancia se entrelazan unos con otros como cerezas en un cesto, aunque se confundan fechas y lugares, aún recuerdo que en casa había un viejo ejemplar del Quijote, que leí desde muy niño. Entiéndase, lecturas al estilo del crío que buscaba las aventuras más divertidas, saltándose aquellos pasajes que le resultaban aburridos. Como el discurso, tan feminista y cargado de razón (diríamos hoy), de la pastora Marcela a los que le reprochaban la muerte del enamorado Grisóstomo. O el célebre discurso de la Edad de Oro que hace don Quijote entre los cabreros, mientras sujeta un puñado de bellotas en la mano. Y lo que siempre odié cordialmente, fue la historia del Curioso impertinente, que el cura del pueblo de don Quijote lee en la venta ante todos los personajes allí reunidos. Novela que sí he leído en esta última vuelta que le estoy dando al Quijote en la versión que ha hecho Andrés Trapiello.

Y en mi primera juventud en Aranjuez, aparte los libros de la colección Austral, los únicos al alcance del bolsillo, por su precio popular, tengo el recuerdo de mi abuelo materno leyendo en el patio de casa. Con un pañuelo moquero, hechos cuatro nudos y puesto en la cabeza para protegerse del sol, todavía veo al abuelo Toribio leyendo aquellos tomos in folio de la Historia General de España y de sus posesiones de Ultramar, de Zamora y Caballero. Era una edición de 1874, de la que conservo dos ejemplares, que él compró en el rastro siendo más joven. No se me olvida que, cuando una mosca se posaba sobre las páginas del libro, él lo cerraba de un manotazo y atrapaba a la mosca, que salía prensada por el peso de tanta historia como cabía en más de un millar de páginas que tenía el tomo.

Pues eso, amigo e improbable lector, es lo que tiene la vejez, que andas por la vida con un saco cargado de recuerdos que, a veces, se escapan por las costuras. Pero no temas que esta bitácora se convierta en el desaguadero de las aventuras del abuelo Cebolleta. Prometo no reincidir.

sábado, 24 de enero de 2026

Ocios.-

 


Estas largas tardes de invierno madrileño son como un recipiente vacío que uno debe ir llenando de gestos que tengan algún significado. Dicho en palabras de más andar por casa, el ocio es una bendición o un hastío insoportable. O sea, es una bendición si el tipo ocioso – entiéndase: el jubilata ocioso – dedica sus horas vespertinas a alguna actividad física, sin abusar, a pesar de lo que digan los vigoréxicos; o bien las dedica  a eso de la parte del intelecto. “Intelecto” dicho con minúsculas. O sea, alguna actividad mental que ponga en agitación apacible tus neuronas. Tal, por ejemplo, la lectura, el juego de ajedrez a niveles de aficionado, o los sudokus esos que organizan números en cuadrículas.

Lo más socorrido, y que menos frustraciones produce, es la lectura. Lo del ajedrez, a veces te da soponcios imprevistos, cuando el oponente aprovecha una torpeza tuya para darte un jaque mate que te deja con cara de no haberlas visto venir. Y no digamos los sudokus, todo el rato organizando numeritos del 1 al 9 sin que se repitan ni en horizontales ni en verticales. Todo el rato con el lápiz y el borrador en la mano, emborronando el papel como un niño que aprende las primeras letras.

Lo de la lectura es otra cosa. La lectura tiene la ventaja de que otro fue el que se retorció las meninges organizando un texto que tú lees de corrido. Y sobre la ventaja de no haber sido tú quien dedicó horas y días y semanas a poner las palabras en orden y sentido, tiene la comodidad de que, en cualquier momento, puedes cerrar el libro. No importa que el autor, con su mejor prosa, te incite: sigue, sigue leyendo, que más adelante es mucho más interesante… Pero no, a ti no te da la real gana seguir, pese a los esfuerzos del autor por atraer tu atención.

Lo dicho. La lectura es la más cómoda de las actividades jubilares (de jubilado activo, quiero decir). Cuando el ojo empieza a vagar sobre los renglones y las letras se saltan de hilera y las palabras pierden toda ilación, y el texto se descontextualiza; cuando se te pliega la pestaña y entras en un nirvana de sopor, cierras el libro, entornas los ojos de la mente y te invade una somnolencia como de abandono del mundo real. Eso también forma parte del placer de la lectura. Sobre todo, para unos ojos cansados.

Incluso, depurando el gusto por la lectura, hasta puedes sentir cierta envidia mezquina. Ocurre cuando el autor, que es un culto juntador de palabras, te pone bajo los ojos un texto de tanto pulimiento idiomático que te llevan los demonios por no alcanzar las sutilezas conceptuales que adivinas veladas, como el oráculo de la pitonisa. Tal me está ocurriendo estos días con unos ensayos literarios de don Manuel Azaña, que estoy metiéndome entre pecho y espalda estas susodichas largas tardes invernales.

“La invención del Quijote”, conferencia que dictó don Manuel, junto con otras en el mismo libro, es lectura que he estado llevando a la par junto con la primera parte del Quijote en esa versión al español actual que ha hecho Andrés Trapiello. La prosa cervantina, remozada por Trapiello, resulta de una claridad meridiana, como un suave deslizarse por el texto, mientras que la de don Manuel, que destila sutilezas conceptuales, me hace añorar aquella burla de Lope de Vega a sus detractores: puesto que el vulgo paga, es justo hablarle en vulgo para darle gusto.

Y no es sólo que don Manuel tenga un discurso conceptual tal, que el lector todoterreno no alcance muchas veces a discernir con seguridad y se quede a medios pelos. Es que, además, es tan elegante en muchas de sus expresiones que te dejan asombrado. Leer, verbigracia, en el estudio sobre don Juan Valera: En las últimas horas del día 18, su mente, dilecta de las gracias, pasó. Ese “pasó” es una forma tan sutil de anunciar su muerte, que a uno le hace recordar aquel vixit que decían los romanos de alguien que acababa de morir. Uno no se muere, acto vulgar por repetido, aunque es hecho inevitable, sino que uno “vivió” o “pasó” y ya no se encuentra en el mundo de los vivos.

No quiero aburrir por exceso de citas al improbable lector, quien ya sospecha que este jubilata es un influenciable de la letra impresa, pero no dejaré de largar este término jamás leído por mí: cuando el leguaje “se unimisma” con el espíritu que lo engendra: “donde el idioma decae, también decae el espíritu”. Y lo del espíritu (del idioma) decaído debe ser cierto. No hay más que ver los centenares de influencers sueltos que hay por esos mundos, seguidos de manadas de followers (por centenares y más centenares de miles) dispuestos a comulgar con ruedas de molino.

Pues eso, sigamos divagando, que las tardes de invierno son largas...