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jueves, 27 de agosto de 2020

Viandar (Estival, y 4)


Los poetas tienen esa extraña familiaridad con la lengua que les permite recurrir a palabras no usadas para dar forma a sentimientos que el resto de los mortales expresamos de forma más llana. Es el caso del “Viandar” que encabeza esta última crónica estival.

Yo, amante del viandar en jornadas duras, sobre nieves invernizas y bajo soles de estío…, dice Enrique de Mesa, el poeta de la Sierra, en sus Andanzas Serranas. Este jubilata también es amante del viandar por los robledales (la edad, paso a pasito, le va alejando a uno de las cumbres), siguiendo las viejas sendas semi ocultas que fue abriendo el ganado desde los prados altos donde pasta y rumia hasta los arroyos donde bebe.

No sólo son los caminos que pueden recorrerse con las botas camineras. También son algunas lecturas de quienes anduvieron antes que nosotros por estas sierras, las que alimentan ese afán por adentrarnos en la naturaleza. Así, los que tan solo somos caminantes de lengua pedestre, conocemos los paisajes a través de ojos ajenos, de quienes supieron mejor expresarlo.

Mientras transcurren las horas soleadas de la tarde agosteña, con un libro en las manos, Antaño, en mis viajatas de peón, arboledas, campanarios y cerros esperábanme en lejana quietud desesperante, dice el poeta de sus experiencias En el Camino. Yo, desde el sillón que uso para las lecturas, trato de imaginar su viaje poético hasta el monasterio de El Paular, donde Mesa acostumbraba a alojarse en la celda que fue del monje archivero.

Pino de cumbre, alma sola sobre las multitudes, corazón sin ruindad ni bajezas, mereces que un alto poeta cante tu vida brava. No quisiste ser como todos; ansiaste algo más, y un anhelo noble y puro te empujó de la cañada al canchal, así le hablaba el poeta a ese pino solitario, aferrado a la resquebrajadura de la roca. 

Quizás, pienso, con escarmiento y escaso espíritu poético, en la actualidad, este pino de cumbre lo es no por su espíritu de soledad cartuja. Lo es porque huye de las multitudes domingueras que se desparraman por el fondo del valle y las orillas del sufrido Lozoya con sus coches y arreos de fin de semana: neveras, sillas plegables, toallas, envases, bolsas y botellas, plásticos mil, perros defecadores... Todo, en fin, cuanto facilite la vida del urbanita, necesitado de huir de los calores madrileños y poco acostumbrado a las molestias del monte (“Gocemos de las incomodidades del campo”, solía decir, irónico, nuestro difunto primo Paco).

En la orilla del Lozoya, un necio escribió.
Como en las despedidas – ésta lo es de nuestro verano serrano – vale más ser breve que prolijo, aquí queda lo que Enrique Herreros, montañero de pro, decía en un artículo del 19 de mayo de 1951, recogido en El sábado, a la Sierra: No “civilices” la Naturaleza con cascos de botellas, latas vacías, papeles grasientos, etc… No emborrones piedras ni tiznes con inscripciones absurdas los últimos reductos vírgenes que nos quedan en el mundo… La montaña, con sus silencios, con sus sugerencias, te irá enseñando poco a poco a encontrarse a ti mismo. Y cuando lo consigas la habrás encontrado a ella... Ha llegado el momento de poseer enteramente sus secretos, su poesía y su verdad. Serás un montañero.

Serás mucho más que un montañero. Serás, si te esfuerzas, un caminante que vianda la vida, toda ella transformada en paisaje …

domingo, 25 de octubre de 2015

Caminata otoñal.-


Cuando se llega a setentón sentirse otoñal no lleva aparejado ningún tipo de tristura o depre postraumática por haber atravesado el fuego cruzado de los años vividos y las esperanzas no cumplidas. Hay a quien la vida le parece un campo de minas y pasa sobre ella de puntillas y hay quien pisa fuerte y se la juega a la ruleta rusa, mientras que otros, simplemente, caminan a su aire y miran al horizonte con la esperanza de encontrar la hierba más verde en el siguiente valle. Los jubilatas caminantes pertenecemos a esa especie de ilusos que esperan encontrar un mundo distinto a cada revuelta del camino.

Llegado que ha a septuagenario, el caminante tiene esta convicción:
mientras las varias artrosis que van dibujando garabatos en sus articulaciones se lo permitan, hay más belleza en una vaca rumiando en una pradera de montaña que en toda la red de Metro de la Villa y Corte.  


También sabe que es preferible el hilillo cristalino de un arroyo rumoroso en medio del pinar que un atasco en la M30 en hora punta. Y si le apuran, estaría dispuesto a jurar por sus ancestros que donde haya un robledal en otoño se vayan quitando los triunfalismos macroeconómicos de un gobierno que se rasca complacido el gonadario mientras vende baratos sus ciudadanos en el mercado laboral.

En fin, y perdonen la insistencia, el jubilata se pregunta ¿es que vamos a perdernos el placer de ver el bosque vestido de otoño? Pregunta retorica, poco útil pero socorrida para responder que ni hablar, que donde haya caminos habrá caminantes dispuestos a recorrerlos. Pero no a la ligera o como quien va con prisas.

Al caminar por los senderos del monte en este octubre templado, uno debe andar por la vista apercibida, tanto para abarcar el paisaje  en su grandeza como para apreciar esos pequeños detalles que se encuentran junto a la puntera de las botas. 


Puede el caminante encontrarse con una explosión de amarillos dorados de un chopo que surgen como un surtidor entre los verdes oscuros del pinar o puede, bajando la vista, tropezarse con el rojo intenso, tachonado de puntos blancos, de una amanita que se abre paso entre el humus de las agujas de pino que cubren el suelo. 


Por eso el caminante, en libertad condicional de fin de semana – la ciudad es una gran prisión a la que se regresa siempre – debe aprovechar esas pocas horas para llenar sus sentidos de tantas sensaciones como el bosque le ofrece: olores, sonidos, colores, grandes espacios, soledad, sosiego anímico…

Es muy recomendable, cuando se camina por entre la arboleda, escuchar el silencio salpicado de pequeños sonidos porque son como gotas de agua que forman una lluvia menuda. Te van empapando casi sin darte cuenta. Crees que la naturaleza calla, pero, si prestas atención, oyes los chasquidos de las ramitas bajo tus pies y el crepitar de la tierra del camino denuncia tu presencia al ritmo de tus pisadas; hay un murmullo indefinido flotando en el aire, tu oído se pone al acecho y te das cuenta que los árboles, con sus voces vegetales, se avisan unos a otros de tu presencia y sientes que estás invadiendo su intimidad.

A veces, el paisaje ante tus ojos es una acuarela donde destacan manchas doradas, naranjas o rojizas sobre una gama de verdes que van del verdinegro de la masa de pinos al verde jugoso de los prados y al azul tamizado de nubes claras del cielo. 


El robledal es un tachonado de verdes, marrones y ocres que se distribuyen de forma caprichosa, y los árboles de ribera pierden sus verdes veraniegos para ir tomando tonos suaves, como pintados al pastel. 


Para serles sincero, este servidor de ustedes - entreverado de clases pasivas y plumílla dilentante - quisiera ser, como Enrique de Mesa, mitad montañero, mitad poeta: Aquí a la sombra de los pinos viejos / descanso al repechar de la vereda…, y explicar al improbable lector lo hermosa que está la sierra en este otoño. 


Pero uno no tiene esas herramientas que proporcionan una imaginación sensible y un dominio de los conceptos poéticos, de ahí que se limite a recomendar vivamente: calza tus botas, ármate de un buen bocata y recorre los caminos del monte, trepa por los riscos -si están en edad de ello- párate a mirar, camina en silencio, siente el aire húmedo y todos los matices cromáticos y olorosos. 

Siéntete vivo por un rato, coño ¿O vas a pasarte la vida abducido por la pantalla de un Iphon?

martes, 3 de marzo de 2015

Milagros con botas.-


Ser un andarín impenitente, tanto en variedad montañera como senderista, te lleva a lugares insólitos o desconocidos donde tus botas te obligan a tratar de comprender por qué la naturaleza es así, por qué es tan compleja, o simplemente, a preguntarte por qué lo desconoces casi todo de ella a pesar de que llevas toda tu vida presumiendo de ser su amante rendido, de profesar la ecología como una religión con sus dogmas y todo, dentro de la rama de la estricta observancia.

Lo de “tus botas te obligan…” era una licencia para decir que la afición montañera es más que el simple caminar y hacer kilómetros, cotas y desniveles; uno no puede andar por esos montes sin tratar de comprender los parajes por los que transitas y, en la medida de lo posible, llegar a entender su belleza a través de las formaciones geológicas y la vegetación que encuentras a su paso. Al fin y al cabo, el paisaje es la conjunción de una determinada geomorfología con la vegetación adaptada a los materiales geológicos y el clima de un determinado lugar. O sea, para no complicarnos la vida: “Qué sitio más bonito”, foto y zapatilla, que aún queda mucho camino. 


Si se ha dicho todo lo anterior es porque este jubilata se anonada ante parajes como los que transitamos el sábado pasado con Senda Clara por el Valle de los Milagros, entre Santa María del Espino y Riba de Saelices; o, puestos a recordar a nuestros antepasados paleolíticos, entre la cueva de la Hoz, en el cerro Rata, y la cueva de Casares, que vienen a ser los dos signos de paréntesis entre los cuales discurre el citado valle.

El río Linares, o Salado, es quien ha labrado este valle y transcurre por entre rocas sedimentarias, calizas y pizarras, que dan curiosas formas geológicas: paredones donde pueden verse diferentes capas sedimentarias, alternando arcillas, conglomerados, calizas y otros lugares donde afloran las pizarras. Todos estos materiales, distribuidos y modelados según el buen criterio de la madre Naturaleza, dan origen a formaciones con esa belleza agreste y un tanto tosca que uno encuentra en los entresijos más profundos de Castilla. Paredones donde la erosión ha dejado al aire estratos en los que el caminante es capaz de distinguir areniscas, conglomerados de arcillas y cantos rodados, estratos de calizas… Y entre las rocas erosionadas, buitreras con las clásicas deyecciones blancas churreteando por la pared.

El Linares, pequeño pero caudaloso en esta época del año, discurre a todo lo largo del valle con esa pereza cadenciosa de los viejos ríos venidos a menos con la edad. Deslizándose en un suave desnivel, se toma su tiempo en los abundantes meandro; tan pronto se encaja en las angosturas del valle, retorciendo su curso para adaptarse al terreno, como se explaya en las pequeñas llanuras y sigue un curso recto durante unas docenas de metros, o se embalsa en alguna pequeña represa natural dando la sensación de río acaudalado y abundante en aguas, recuerdo de glorias pasadaS. En general, su curso es sinuoso, como hecho a propósito para evitar que el caminante se distraiga con el paisaje y se vea obligado a saltar de una orilla a otra cada poco trecho. Así, a ojo, dos o tres docenas de veces, siempre con riesgo  de terminar dándose un chapuzón.

Este jubilata, a pesar de andar con un hierro atornillado entre su tobillo izquierdo y el peroné, salió bien librado del empeño y saltó todas las veces que hizo falta de orilla a orilla. Y, cada vez que tomaba impulso, no dejaba de pensar que si algo había de milagroso en este Valle de los Milagros, era precisamente no terminar sentado de culo en mitad del río en uno de los intentos. Pero no, aquí el caminante es ave de paso y no forma parte del paisaje, así que los Milagros son otros.

Los Milagros del  Linares son el Puntal del Milagro, la Peña Eslabrada y el Puntal del Canto Blanco, tres formaciones de rocas sedimentarias (areniscas, conglomerados, calizas) que se mantienen en pie como tres grandes torres, destacando sobre el paisaje como atalayas vigilantes que quisieran proteger tanta belleza agreste como se divisa desde ellas. Lo cual no fue suficiente frente al gran predador bípedo cuando, en 2005, ardieron todos estos parajes – miles y miles de hectáreas arboladas de pinos, robles, sabinos y otras especies – ocasionando la muerte de un retén de bomberos, atrapados en aquel infierno vegetal flameante. 

Hoy aún pueden verse algunos pinos con sus cortezas ennegrecidas y esqueletos de viejos robles descarnados que arañan el cielo, como una súplica inútil, con sus ramas secas. Tras aquel vendaval de fuego que carbonizó los bosques, quedan grandes superficies cubiertas de jara estepa, algunos rodales de pinos, y ejemplares dispersos de enebros y sabinos.

Un servidor querría transmitir al improbable lector la sensación de grandeza que se respira en estos parajes. La grandeza de la Naturaleza que se ha tomado millones de años en transformar los materiales sedimentarios, en distribuirlos en estratos irregulares y labrarlos hasta diseñar unos perfiles de formas tan caprichosas y sorprendentes que el caminante no puede por menos de admirar. Eso sí, con un ojo puesto en el río porque un chapuzón por culpa de estas distracciones, sobre todo ahora que estamos en invierno, enfría cualquier entusiasmo estético.

Para terminar, y por eso de los derechos de autor y similares, las fotos que aquí aparecen unas son de un servidor pero las mejores son de otros excursionistas que las compartieron para que todos tuviéramos un buen recuerdo de este día campestre. 

domingo, 10 de agosto de 2014

Crónicas serranas, IV: Cochambre y medio ambiente.-

Peñalara visto desde las Presillas.
Los humanos somos la única especie predadora del planeta que hace daño en su entorno sin una causa ni necesaria, ni aparente, ni comprensible. Con más frecuencia de la deseada, este jubilata encuentra por los caminos del monte desechos urbanos, puras excrecencias de la sociedad de consumo, arrojadas por algún congénere para el que la naturaleza es un gran depósito de residuos, un vertedero incontrolado que se traga no importa qué desperdicios.


Dentro de los parajes del Parque Natural que un servidor pueda conocer, uno de los lugares más castigados por las hordas - ¿o habrá que decir: piaras? – de urbanitas portadores de detritus es el camino que lleva a la cascada del Purgatorio. Ésta está  en el  Aguilón, tributario del río Lozoya; nace este arroyo  por los altos de la Morcuera, se encaja entre paredes rocosas  y da origen a varias chorreras de una belleza singular. Para su desgracia y la de los amantes de la naturaleza, su cascada del Purgatorio se ha popularizado tanto entre la masa urbanícola que, cada fin de semana, desde las Presillas, es visitada por docenas y docenas de gente en busca de un espectáculo en plan tele, una curiosidad que no puede dejarse de ver ya que está tan cerca. El camino, desde la pasarela a la cascada, está totalmente degradado y polvoriento, erosionado por miles de pies que por allí han pasado en los últimos años, con raíces de árboles al aire porque falta la cobertura vegetal que las protegía.

El primer sábado de agosto, tempranito, antes de que el rosario de procesionarias humanas se pusiera en marcha para invadir aquellos parajes, un servidor estaba ya en la plataforma que da vistas a la cascada. Cuál no sería mi sorpresa cuando vi que gran parte de la plataforma estaba cubierta por residuos desparramados: bolsas, envases de bebidas, latas de refrescos, platos y cubiertos de plástico, restos de comida, todo ello esparcido sobre el suelo de tablones y, parte, sobre el propio lecho del arroyo.

Cinco minutos duró mi visita al lugar, los suficientes para hacer varias fotos testimoniales y regresar, asqueado, hasta la pasarela: allí donde se juntan los dos caminos, y suele sestear una vacada. Por lo menos, pude disfrutar de un paraje bucólico entre prados, aunque agostados, y bosque de rebollos.


Huyendo de los caminos habituales, por no encontrar a los grupos de gente que ya empezaban a menudear, me eché hasta la orilla del arroyo y bajé disfrutando de parajes que conservan su sabor natural. Mientras me ocultaba por aquellos vericuetos de la vista de mis congéneres, iba pensando que tendría que llamar a Medio Ambiente para ver si hacían limpieza del lugar y, de paso, reparaban la valla de madera que está medio desprendida.


Dependencias del parque natural, junto al puente del Perdón
Denunciar esta agresión al medio ambiente y pedir que se hiciera limpieza  fue tarea que me ha tenido un par de días yendo de Caifás a Pilatos. En el ayuntamiento de Rascafría, el funcionario de Atención al Ciudadano al que se lo conté  -  por hablar en términos taurinos -  hizo una faena de aliño, me dio información equivocada y me remitió al centro de acogida de visitantes del parque natural, junto al puente del Perdón. Dos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta para encontrarme el lugar cerrado porque los lunes y martes no funciona.

Menos mal que en el centro de acogida de visitantes Puente del Perdón me atendieron con amabilidad, les mostré las fotos y me dieron un correo electrónico donde manifestar el desaguisado que había visto. No sé qué podrán hacer respecto a la limpieza del lugar, ya que hay que desplazarse kilómetro y medio caminando desde la pasarela donde sí puede llegar un todo-terreno, llevando a mano los utensilios de limpieza y trayendo la basura.

Pero no es un caso único el de esa falta de respeto por el medio ambiente. El parque natural es un reclamo para cualquier tipo de evento que tenga un cariz más o menos deportivo. Es ocasión para congregar a centenares de personas y montar infraestructuras que, luego, no se desmontan con el mismo cuidado con que se hicieron. Como pequeño ejemplo, ahí queda la foto de dos carteles en el suelo de una prueba deportiva que ningún organizador se molestó en mandar recoger una vez terminada.


Cuando el arroyo es un albañal
O, muestra de la barbarie más absurda, lo ocurrido en Rascafría el pasado 6 de julio, durante la prueba deportivo-solidaria Oxfam Intermon Traiwalker. En la calle Ibáñez Marín, calle de tierra a espaldas del ayuntamiento, muy utilizada por los dueños de perros como defecatorio canino, la organización puso tres retretes químicos. Como la prueba duraba día y medio, por amenizar la noche, montaron un escenario desde el que estuvieron agrediéndonos con ruidos supuestamente musicales hasta las cuatro de la madrugada. 

Ya tenemos experiencia de otras veces: músicas a todo decibelio y alcohol sin control. Como consecuencia, embrutecimiento de algunos especímenes humanos que, esta vez, hicieron exhibición de su irracionalidad arrojando uno de los retretes al Artiñuelo. Al sufrido arroyo fueron a parar los productos químicos que contenía su depósito, junto con el enjuague de orines y heces humanas. Menos mal que el responsable del evento hizo caso de mi advertencia y sacaron la cabina del lecho del arroyo a media mañana.
Divertido ¿A que sí?


Excuso decirle al improbable lector la pobre impresión que este jubilata saca de sus conciudadanos cuando, en las calles del pueblo, en el arroyo que lo cruza, por los caminos, al borde de la carretera del valle, por las pistas entre pinares, va encontrando envoltorios de plástico de todo tipo que los desaprensivos arrojan en plena naturaleza. Ya se lo dijo a nuestra casera una abuela que con dos nietos estaban tirando las cáscaras de pipas al suelo, sentados cerca de una papelera: “Para eso está el ayuntamiento, para que limpie”. Se ve que ensuciar lugares públicos y la propia naturaleza cumple una función social: crear plazas de barrendero.

Cuando me lo contaron, pensaba: ¿No sería mejor formar educadores que enseñasen civismo y  a respetar el medio ambiente? A lo mejor, con este convencimiento, tendríamos menos necesidad de basureros y en su lugar podríamos tener maestros que eduquen bestezuelas humanas y las conviertan en ciudadanos.
Mientras nuestra sociedad esté trufada de irresponsables consumidores, el civismo será nuestra asignatura pendiente. Pero, por favor, que el improbable lector no se preocupe demasiado, son cosas de un jubilata cascarrabias.

miércoles, 30 de julio de 2014

Crónicas serranas, III: Los tejos de la Cancha Redonda.-

Peñalara desde los pastizales de Alameda.
El improbable lector que no sea montañero avezado en los vericuetos Carpetanos no tiene por qué saberlo - ni falta que le hace, seguramente - pero este jubilata se lo cuenta porque lleva ya varias subidas hechas por caminos, por entre piornales y rosales silvestres, entre pinos silvestres y algún canchal que otro. Todo para admirar los hermosos tejos que crecen a lo largo de la cuenca de los arroyos que llaman de la Cancha y de la Redonda y su confluencia con el Artiñuelo en torno a los 1400  metros de altitud.

Son regatos bravíos que nacen allá por los 2000 metros, al pie del Reventón, bajan por los lugares que llaman los Canchos y la Redonda (a veces los topónimos no andan sobrados de imaginación), para llegar, a saltos, como corzos huidizos, hasta  la pista que se tiende perezosa y zigzagueante a unos 1600 metros de altitud. Cruzan bajo ella, con prisas por perderse monte abajo, para unirse antes de tributar en el Artiñuelo. 

Ambos ya Artiñuelo, éste se encaja en un vallejo crespo, cerrado entre roquedos por su margen izquierdo y rebollares en su derecho, para sosegarse en una vieja presa colmatada, cuyo muro resquebrajado rezuma las aguas que se filtran entre las capas de piedra y limo que el tiempo y  la erosión han ido depositando en el interior de su vaso.


Pero ahora no se trata del Artiñuelo, del que ya se ha hablado otras veces y se seguirá hablando cuando haya ocasión. Porque de éste quedan por ver, todavía, sus afloramientos de mármoles en altitudes que deben estar en torno a los 1800 metros. Un fenómeno geológico raro en estas sierras de rocas plutónicas, según los que saben de esto.

Tejo solitario.
Pero, ya digo, ahora se trata del arroyo gemelo de la Cancha Redonda, cuyo nombre sin aristas oculta lo bravío y esquinado de su curso; cuyas aguas saltan entre las piedras del cauce sin darse tregua, transcurriendo por lugares tan abruptos y sombríos que resulta muy difícil seguirlo, e incluso aproximarse a él. Y una vez que se llega, apenas entra la luz del sol, la vegetación es tan tupida y el silencio tan clamoroso que uno se siente como si estuviese profanando un santuario; último refugio donde se han ocultado los antiguos dioses de la naturaleza, sustituidos sus viejos templos por centros comerciales. 

Impresiona la soledad del lugar, la dureza del relieve, las sombras que envuelven aquellos parajes y, por encima de todo, el silencio. Un silencio hecho de rumores entre el ramaje, como si los árboles manifestaran su descontento por la presencia del intruso, y el arroyo dejase oír un murmullo irritado por culpa de ese bípedo que, con sus viejas botas montañeras dentro del cauce, se refresca los sudores a la vez que enturbia las aguas, hasta ese momento transparentes.


Y allí están los tejos. Dispersos, destacando con su negrura sobre los verdes oscuros del pinar, los brezales, piornos, cambrones y la vegetación de ribera. A un servidor el tejo siempre le ha parecido un árbol tímido, aunque, con ese aire fúnebre que tiene y la venenosa taxina que contienen sus hojas, pudiera parecer amenazador. Pero no hay que dejarse engañar por las apariencias; es que necesita soledad, bosques umbríos, escarpes rocosos en los que ocultarse. 

El tejo más joven.
Por eso, porque este jubilata sabe que el tejo ama la soledad y requiere para vivir de los claustros de las torrenteras, siente lástima por el milenario tejo de Valhondillo, en las estribaciones de Cabeza de Hierro. El pobre, con su cuerpo hueco y carcomido, soportando una vejez de 1500 años, se ha convertido en una atracción de feria a la que acuden curiosos por docenas cada fin de semana. Una triste vejez para un dios vegetal. Eso sin hablar de los pobres tejos topiados, asfaltícolas, presos en sus alcorques, que vemos en los parques de la ciudad.

Y, ya que hablamos de sendas de montaña, de arroyos bravos, cómo no recordar a Enrique de Mesa, nuestro poeta de guardia durante este verano de andanzas serraniegas:
Bronco torrente entre los canchos ruge,
Los pinos muertos rebramando salta,
Los piornales de la abrupta orilla
Besa su espuma.


El poeta nada dijo de los tejos agazapados en las torrenteras, por eso este jubilata quiere remediar el poético olvido, y lo hace a su modo. 
El improbable lector se hará cargo. 

domingo, 24 de noviembre de 2013

Una caminata por la Dehesa de la Oliva.-

Presa del  Pontón, vista desde la zona de embalse
Si el improbable lector vive en la capital del reino y es aficionado a las caminatas, seguro que ha oído hablar del Pontón de la Oliva. Es un paraje natural de una gran belleza en el que existen unos farallones calizos donde van a hacer escalada los montañeros.  Pero por si algo se le conoce es por su célebre presa construida en 1856 (reinado de Isabel II). Con su construcción se pretendió recoger las aguas del Lozoya en su tramo final, antes de desembocar en el Jarama, para abastecer a Madrid.
Recorrido de la marcha, planeado por Juan

El pueblo madrileño, castizo y poco aseado, se abastecía, hasta entonces, de los viajes de agua subterráneos que abrieron los árabes en la Edad Media, y de los aguadores que la iban vendiendo por las calles. Como la gente del común y las clases medias isabelinas olían a pies y sobaquina rancia, debido a la escasez del líquido elemento, las autoridades decidieron traerlo desde del Lozoya, por lo que se construyó la célebre presa. Lo malo fue que los ingenieros se columpiaron.

Sucedió que aquellos son terrenos kársticos, con más agujeros que un colador, y el agua embalsada se filtraba por las vías subterráneas, imposibilitando su almacenamiento. Total, que durante el estiaje el agua no llegaba al nivel del canal que debía conducirla a la ciudad. Como apaño de urgencia, construyeron   aguas arriba la presilla de Navarejos para tomar allí el agua con la que los madrileños se refrescaban los calores estivales.
Presa de los Navarejos

Pues bien, por esos parajes hemos hecho una caminata el amigo Juan (experto montañero y caminante, donde los haya) y un servidor, que iba de paquete. Según es habitual en el grupo de amigos que llevamos pateando montes unas décadas, estas caminatas suelen aunar varios intereses: el paisajístico, el deportivo, el cultural. Y los lugares donde hemos estado cumplen sobradamente esas tres condiciones.
Fotografiando una cornicabra

Estos montes son de poca altitud están formados por calizas, arcillas, pizarras, y dan un paisaje de cerros alomados con una vegetación donde abundan las plantas aromáticas como el tomillo, cantueso, romero o la jara pringosa; hay plantas arbustivas como los enebros, espino blanco, chaparras; matorral como el rosal silvestre, la retama; pinares de repoblación… y si uno camina próximo al río, verá que la vegetación de ribera está formada por fresnos, alisos, sauces, álamos… En fin, puede ser la delicia de un botánico. Un servidor, que desconoce la ciencia botánica, se conforma con identificar algunas especies y se da por contento.
Bosque de ribera junto al río

Y siguiendo con los elementos paisajísticos, puede verse un meandro abandonado del Lozoya. Su curvatura, en torno a un cerro, es tan pronunciada que, en un momento determinado, hace miles de años, el propio río hizo una captura de su cauce, cerrando y abandonando ese bucle que se ha ido colmatando con el tiempo. Desde los cerros próximos se aprecia perfectamente el viejo trazado del río y esta curva imposible. El Lozoya, al rectificar su cauce, vino a hacerse  –dicho en términos modernos y poco apropiados- un lifting quedando libre de aquella arruga tan fuera de lugar.
Parte del meandro abandonado

Aun estando en plena naturaleza, uno puede disfrutar de testimonios de ingeniería hidráulica, como el azud de la Parra, la antigua toma de aguas de Navarejos, la almenara de sedimentación, donde las aguas se limpiaban de impurezas, la propia presa de la Oliva, construida en buena piedra de sillería. Aunque su utilidad fue escasa, como arqueología industrial es monumento que merece una visita.

Pero no sólo arqueología industrial encontrará el caminante. Si sube al cerro de la Dehesa puede ver los restos de una antigua población romana. Un servidor, que desde hace años conoce los montes próximos a Patones y los alrededores de la presa del Atazar, jamás había oído que por aquellos contornos hubiese habido una pequeña ciudad romana. Sabía de asentamientos desde el Paleolítico  – ahí están las pinturas rupestres de la cueva del Reguerillo – pero no una ciudad amurallada, de unas 30 Ha de superficie, que fechan entre el S. II a.c. y época visigótica. Pueden verse, en el suelo de las viejas viviendas romanas, restos de una necrópolis medieval con tumbas de inhumación. El asentamiento está sobre un lugar privilegiado desde el punto de vista estratégico, ya que controla la junta de los ríos Lozoya/Jarama, las vegas de los alrededores y las vías de penetración por el valle del Jarama.
El asentamiento arqueológico
Lo antedicho sirva como toque de atención e invitación al improbable lector. A pocos kilómetros de Madrid, pasando por Torrelaguna, tiene una magnífica oportunidad de disfrutar de la naturaleza otoñal, un apacible paseo junto al curso bajo del Lozoya y disfrutar de la observación de estas obras de ingeniería del Canal de Isabel II y un yacimiento romano ¿Qué más se puede pedir para un fin de semana?

Si aún le sobra tiempo, acérquese a Torrelaguna a ver su hermosísima iglesia renacentista, restos del recinto amurallado, la antigua judería, y recuerde que en este pueblo nació el cardenal Cisneros. 

viernes, 9 de agosto de 2013

Jubilata en vacaciones, IV.- El Artiñuelo, un arroyo guay.-

Olmo cerca del collado de la Flecha.
Un servidor tiene debilidad por el Artiñuelo, eso que ni siquiera llega a río discretito y que en plena agostada se convierte en un hilo de agua cuando su cauce atraviesa el pueblo. En estos momentos, cuando escribo esta croniquilla vacacional, su murmullo entra por el balcón abierto y produce un sonido refrescante y apaciguador. Sé que en la capital mesetaria andan cerca de los 40 grados; aquí, al pie de casa, el Artiñuelo no solo nos regala su música acuática, también produce una corriente de aire fresco y húmedo y, si levanto la vista de la pantalla y miro hacia él, veo el trazo verde de la arboleda que crece en sus orillas, las ramas altas que se mecen con sosiego y hasta puedo imaginar las pequeñas truchas que nadan en sus pozas. 

Si a eso se añaden las campanadas que el reloj del ayuntamiento va desgranando con parsimonia, es como si hubiese regresado a aquellos años de infancia que pasé por estos lugares. Solo que ahora sí soy consciente de estos pequeños regalos que hace la naturaleza a quien  quiere apreciarlos. Entonces, niño, el paisaje era donde uno vivía, el medio donde se estaba sin cuestionar su valor estético, tan natural como el aire que se respira; ahora, adulto y jubilata, el paisaje lleva una gran carga de apreciación estética y subjetiva; uno ya no vive espontáneamente inmerso en él, sino que lo aprecia como un equilibrio que la naturaleza hace para mantenerse en su puridad frente a las agresiones de la especie humana que allí donde ve un lugar bello, ve una urbanización parcelable con la que especular económicamente.

Definitivamente, le he cogido cariño a este arroyo de montaña que se domestica en el trazo que cruza el pueblo. Domesticado y todo, este tramo tiene una belleza singular. Además de la vegetación de rivera que le es propia, como las salicáceas, fresnos y matorral, tiene unos chopos añosos, de piel arrugada por los años, servales de cazador, tilos, negrillos y algún madroño… Su cauce, a su paso por Rascafría, es un pequeño vergel.
A su paso por Rascafría

Visto su trazo en el mapa, desde su nacimiento al pie del Collado de la Flecha hasta su desembocadura en el río Lozoya, cerca del lugar que llaman Las Suertes, tiene una longitud de unos seis o siete kilómetros con un desnivel que va desde los 1.900 a los 1.100 metros (en términos aproximados). Tiene como tributario, en torno a los 1.600 m de altitud, al arroyo de la Cancha Redonda, el cual, en su cruce con la pista, luce los tejos más hermosos de estos contornos.
Una de las fuentes del arroyo

El otro día decidí que iba a subir hasta su nacedero, tarea ardua por lo abrupto del lugar y el matorral que es casi intransitable. Mi proyecto era modesto para un montañero, ya que pretendía atacar solamente el trazado superior, el que va desde la pista (a unos 1.600 m de altitud) hasta el pie del collado donde tuviese la fuente más alta.  Para ello tomé el camino que sube hacia el Reventón, que nace a la altura del polideportivo, hasta llegar al Carro del Diablo, donde tomé la pista hacia la derecha. Por cierto que este Carro del Diablo (una piedra caballera característica) a mí siempre me ha parecido una tortuga que soporta sobre su lomo un bolo achatado, como una esfera terrestre irregular. Por alguna razón que ignoro, me recuerda a la cosmogonía de alguna vieja cultura, en la que se representa al universo soportado por una tortuga primigenia.
El Carro del Diablo

Seguí la pista unos dos kilómetros hasta que ésta se cruza con el Artiñuelo. De allí, a huevo, tó p´arriba, por donde pude, entre cambrones, enebros rastreros y zarzas. En estos casos, seguir las huellas que abre el ganado es muy útil. Tienen la costumbre estos animales de abrir entre el matorral pequeños senderos discontinuos para sus desplazamientos en busca de pastos y para llegar a los arroyos a hacer la aguada. No son una autopista, pero ayudan a sortear la maleza y avanzar unos pasos.

Según las enseñanzas montañeras, uno debe alejarse del cauce de los arroyos, siempre enmarañados y muchas veces encajados entre rocas, y subir la loma, por lo general mucho más despejada. Así lo hice, con el arroyo a la vista, hasta llegar a los prados de altura, alomados y cubiertos de hierba jugosa. Lo demás era cuestión de zapatilla y resoplido cuesta arriba.
El Artiñuelo,visto desde la pista hacia abajo

Según se gana altura, el cauce principal se va estrechando y ya solo corre un hilillo de agua. Este arroyo, como cualquier río adulto, dispone de una cuenca acuífera surcada por una retícula de pequeños manaderos encharcados y arroyitos que van aportando caudal, de forma que la fuente más alta hay que considerarla la original. A lo mejor no es la que aporta más caudal, pero como convención resulta útil. Pero a la cumbre no llegué. El pepito grillo de la prudencia me hizo recordar que ando en edad provecta y artrítico de remos, y por aquellos andurriales no había más animal humano que un servidor, así que me eché monte abajo, hasta la pista.

Pista adelante, llegué hasta el cruce con la que sube a las Calderuelas y me entretuve un rato charlando con el bombero forestal que tiene allí una caseta de vigilancia (Collado Vihuelas es la denominación que dan a este punto de observación). Me dijo que era geógrafo de profesión y estaba con contratos de cuatro meses; o sea, este país dilapidando capital humano, del que andamos sobrados.
Puente  a la entrada del pueblo.

Bajé al pueblo a todo correr, aunque me paré un momento a saludar al roble centenario que hay al borde del camino. Como un servidor conoce estos andurriales, acorté pista –siempre un poco aburrida – atrochando, para entrar por el barrio de las Matillas, por el camino junto al Artiñuelo que pasa cerca de las ruinas del molino del Cubo. Por cierto que hay en un prado cercano un mostajo esplendoroso, que está catalogado como árbol singular.


No sé qué opinará el improbable lector, pero a este jubilata el Artiñuelo le parece un arroyo serrano de lo más guay. Es bravío en el monte, umbrío y agreste desde la vieja presa colmatada por los materiales de arrastre, doméstico y risueño mientras cruza el pueblo, y manso hasta su desembocadura en el Lozoya. Y eso es así, de su natural, sin asesor de imagen.