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jueves, 7 de noviembre de 2024

Falsedades y divagaciones.-

 


Leo por aquí y por allá, un poco a salto de mata y sin demasiado rigor, noticias, comentarios, pareceres, bulos, artículos indignados y plagados de exabruptos – como el de Juan M. de Prada – con vocabulario de tripas afuera y votoadiós. En fin: leo en el cenagal informativo en que nos ha sumido el cenagal de barro y agua que se ha desplomado desde los cielos hasta los suelos valencianos.  

Me ha hecho recordar que, como espectadores de hechos que se escapan a nuestro control, no tenemos noticias de la verdad escueta si no va rebozada en comentarios interesados, descalificaciones, malformaciones de la realidad y toda una amalgama de intereses espurios a costa de una desgracia colectiva. Total, que vivimos inmersos en un mundo de redes de comunicación que parecen no tener más objeto que hacer de la realidad una trinchera, y esta realidad cuenta sólo en cuanto es objeto de manipulación según el interés de cada contendiente.

Dicho todo lo anterior (no se disguste conmigo el improbable lector por haberme puesto moralista), añadiré que una vejez reposada y un tantico reflexiva, es un buen antídoto para no dejarse apasionar por este barullo mediático de redes sociales que hoy se dispara de decibelios y nos atruena la cabeza, y mañana pone su interés en otro asunto.

Con lo cual me estuve haciendo examen de conciencia sobre mi participación en las redes sociales esas y descubro que tengo mi parte alícuota de responsabilidad en ellas. Porque, sin ir más lejos, en esta bitácora se vierten opiniones que nadie ha pedido y que son una gota en el maremágnum de tiktokers, influencers, instagramers, youtuberos, twiteros  y toda esa gente que quiere cambiar el mundo a su gusto con el teclado de su móvil, y si no, se indigna. Lo que me ha hecho recordar aquello que dijo Maquiavelo de que todo engañador acaba encontrando alguien que quiera dejarse engañar.

Confieso, también, mi participación activa en varios grupos de guasap. Vas a cualquier actividad colectiva, y lo primero es montar un enlace para guasapear y así sentirte integrado dentro de una pequeña tribu exclusiva. Así, a ojo, ando enmarañado en seis grupos. Y mira si corren mil opiniones en cada uno de ellos, y en todos tienes algo que decir.

Sin olvidar el Facebook, en que estoy metido desde que alquilé la primera conexión a Internet. Bien es verdad que no le hago mucho caso, si no es para colgar las entradas de esta bitácora. Últimamente, no sé bien por qué, estoy recibiendo multitud de solicitudes de amistad, y todas son de mujeres. Sospecho que no es por mi merecimiento, sino porque son muy adictas a las redes sociales y hay un trasfondo de narcisismo que cuidan con mimo, y por eso coleccionan amigos y “me gusta” como quien colecciona sellos.

Yo, la verdad, no me veo siendo amigo en Facebook de una peluquera que quiere promocionar su negocio, o de una moza que insinúa sus turgencias bajo un sostén escaso, o de una joven bailadora de salsa que baila para gustarse a sí misma, o de una pintora de gatos, o de una iluminada abrazadora de árboles. Francamente, no me veo como pieza de interés cinegético para estas féminas, ni siquiera virtual. Doy por supuesto que quieren aumentar su colección de admiradores o secuaces, así que, a veces, accedo a ver si así aumento mi círculo de lectores. Vaya lo uno por lo otro…

Y, como no me falta perseverancia, ni se sabe los años que estoy apuntado en LinkedIn, que, por lo visto, es una red profesional a nivel internacional. No fue por mi culpa. Me estuvieron bombardeando para que me diera de alta, a pesar de estar ya jubilado. Tanto insistieron que me inventé un perfil époustouflant, que dirían nuestros amigos franceses, a ver si, cuando se diesen cuenta, me borraban por toda la eternidad. Pero, no. De vez en cuando alguien entra en mi perfil e incluso me han llegado ofertas de trabajo no conformes a mi calidad profesional, sino según criterios utilitarios al uso.

Recuerdo que me definí a mí mismo como Jubilata Emérito en Jubilación Perpetua, S. L. y aseguré que era Doctor en Patafísica “ciencia de las soluciones imaginarias que otorga simbólicamente a las delineaciones de los cuerpos las propiedades de los objetos descritas por su virtualidad”, y que Fernando Arrabal fue mi director de tesis.

A pesar de mis supuestamente altas cualificaciones profesionales, en LinkedIn hacen gala de una inteligencia de alpargata. Lo digo porque, cuando han aparecido ofertas de trabajo en mi perfil, eran de reponedor de supermercado o de pinche en un burguer, como si un doctor patafísico laureado por la Sorbona no pudiese desempeñar un puesto de CEO en cualquier trasnacional con sede en Panamá, pongamos por caso.

Por no aburrir al improbable lector, todo lo que antecede es fruto de la ociosidad, a la que conviene poner freno. Ya lo dijo el señor de Montaigne: mi espíritu ocioso engendra tantas quimeras, tantos monstruos fantásticos, sin darse tregua ni reposo, sin orden ni concierto, que para poder contemplar a mi gusto la ineptitud y singularidad de los mismos he comenzado a ponerlos por escrito, esperando con el tiempo que se avergüence al contemplar imaginaciones tales.

De igual forma, el espíritu ocioso de un jubilata lleva a verter sobre la pantalla opiniones de las que debería avergonzarse cuando uno las relee, pero, a pesar de todo, insiste en ellas. Porque, a ver, en algo hemos de gastar el tiempo que nos queda de descuento.

  

viernes, 13 de septiembre de 2024

Ficciones.-

 


Es lo bueno que tiene la rentrée tras las vacaciones veraniegas, que las cosas de la política-ficción nacional empiezan con fuerza y el ciudadano puede disfrutar de las ocurrencias de esos señores que gozan de actas parlamentarias, de tertulias televisivas, de entrevistas previo guion consensuado y, en general, se nos cuelan en el cuarto de estar a través de los telediarios y otros medios de información, deformación o, cuando no, de simples vacuidades con grandes palabras.

El caso es que a este jubilata le han venido a las mientes, a raíz de las cosas de la política-ficción tan en candelero, aquellas Vidas Paralelas que escribió Plutarco a propósito de los prohombres de la Roma republicana e imperial. También en este país que seguimos llamando España (mientras dure) hay paralelismos sorprendentes si uno cae en la cuenta. 

Lo digo porque, cuando la política se pasea por los aledaños de la ficción – perdóneseme la insistencia en los términos, porque a veces no se sabe dónde empieza una y termina la otra – puede establecerse un paralelismo que bien pudiera resultar curioso y hasta esperpéntico. Siempre despreocupándonos, no faltaría más, de todo juicio intelectual, que a eso no jugamos en esta bitácora porque las herramientas aquí empleadas no dan más de sí.

Leí, no sé dónde, que al muy famoso y mediático novelista y miembro de la RAE, don Arturo Pérez Reverte, en su patria chica le han nombrado cónsul honorario del reino de Syldavia. Todos los que hemos sido, en algún feliz momento de nuestras vidas, lectores de las aventuras de Tintín, sabemos que se trata de un pequeño país de los Balcanes, gobernado por un lindo rey de opereta, cuyo peligroso vecino, Borduria, quiere anexionárselo. Allí, un dictador de nombre Plekszy-Gladz, de grandes bigotes al modo estalinista, quiere destronar al rey syldavo y convertir Syldavia en un país satélite de lo que, con el paso del tiempo, hemos dado en llamar socialchavismo.

Aquí, el Congreso de los Diputados, defensor de las libertades públicas, ha dado en titular presidente electo de Venezuela a don Edmundo González por un quítame allá esas Actas que el señor Maduro tiene a buen recaudo. Que don Arturo y don Edmundo reciban títulos honoríficos y reconocimiento público es cosa de agradecer por parte de los interesados, aunque este jubilata no deja de hacerse algunas consideraciones. 

No tanto respecto a lo de ser cónsul honorario de Syldavia, que es una medida de presión imaginaria para contener los afanes anexionistas bordurios. No olvidemos que, en caso de invasión del país syldavo por parte de las hordas bordurianas, tendrían que hacer frente al capitán Alatriste y los tercios viejos de Flandes, tan bragados ellos.

Las dudas son, más bien, por aquello de que un Parlamento extranjero (y el español lo es respecto a la gobernanza venezolana) reconozca como presidente de un estado soberano a un señor exiliado de su país, cualesquiera sean las razones de su exilio. Viene a ser, mutatis mutandis, como nombrar jefe de estado en el exilio a un Puigdemont venezolano. 

Está harto el personal, opina este jubilata, de que el prófugo de Waterloo vaya por las Europas presumiendo de víctima de la intransigente España, a la vez que extorsiona a su gobierno de melcocha, mientras que aquí nombramos a un señor Edmundo como nuevo Puigdemont hispano en el exilio. Una incongruencia parece el caso, a menos que los altos intelectos de la política sean de mejor parecer y a los ciudadanos del común no se nos alcance.

Mira por dónde, ahora que el ministro Urtasun está empeñado en descolonizar (“decolonizar” lo llaman los gurús del invento) nuestros museos y nuestras mentes, va nuestro parlamento y se comporta como una potencia colonial imponiendo un presidente a un país allende los mares. Y eso sin actas mediantes ni recuento de votos. Sólo llevados los padres conscriptos de aquí por la indignación moral al ver al señor del chándal bolivariano de allá comportarse como un Tirano Banderas valleinclanesco.

Verdaderamente, qué a gusto estábamos de vacaciones sin enterarnos de estos dislates de la cosa pública. ¡Por los bigotes de Plexiglás!

lunes, 4 de marzo de 2024

Dudas sin método.-

Llevo estas últimas semanas consumido por graves dudas. Dudas sobre si dejar morir por inanición esta bitácora, viva ya desde el 16 de enero de 2009 y ya con 569 entradas.

De la misma forma que ahora tengo dudas respecto a si dar matarile por abandono a este sumidero de ocurrencias mías, las tuve entonces, al iniciar la aventura, no fuese a meterme en un charco en el que no sabía cómo chapotear por falta de experiencia en eso de las redes sociales. 

Pasé de la timidez y la duda iniciales a la gozosa autoestima de escribidor por libre (digamos “freelance”, ya que hoy emplearemos angliparla, sin que sirva de precedente) y a una euforia que no justificaba en absoluto el hecho de ser leído por algunos lectores incautos. 

Una vez que tomé carrerilla en eso de publicar ocurrencias porque siempre alguien las leía, no pasaba semana en que no inyectara en la blogosfera opiniones que nadie me pedía – pero que alguien leía, como ya he dicho: experiencias de viajes, marchas montañeras, visitas a museos, lecturas que, por interesarme a mí, daba por supuesto que interesarían a todo quisque, a menos que el ocasional leedor mío fuese de pocas luces neuronales. 

En fin, no sé si los psicólogos tendrán estudiado el perfil de los "influencers", los "youtubers", los pulsadores compulsivos del “I like – I don’t like”, la caterva de "woke" inquisitoriales que exigen el ostracismo a perpetuidad de quien abandona el rebaño del bienpensar ovejuno, los conspiranoicos de todo jaez, los terraplanistas irredentos, los negacionistas beligerantes de toda especie (con razón o sin ella), los embadurnadores con sopas de los cuadros famosos y, en general, todo espécimen humano que quiere sobresalir de la masa y atraer la atención de los media, siquiera lo que duren un par de telediarios.

Ya digo, no sé si habrá algún manual de psicología que explique todos estos comportamientos, pero sí sé que, dada la atonía y mediocridad vital de millones de poseedores de un móvil con conexión, siempre habrá alguna ameba humana dispuesta a destacar dentro de este barrizal exhibicionista en que se han convertido las redes sociales. Y un servidor debe de estar contaminado de ese tonto afán de notoriedad efímera, no tanto por tener "followers" de esos, como por reafirmar mi autoestima de jubilata con obsolescencia programada. 

Lo que me hace recordar – lo de la obsolescencia, digo – aquello que dijo de nosotros la señora Christine Lagarde, la baranda del B.C.E. (esto va en francogálico): "Les personnes âgées vivent trop longtemps et il y a un risque pour l’économie mondiale, il faut faire quelque chose, rapidement”. Que viene a decir que los viejos vivimos demasiado tiempo y somos un riesgo para la economía mundial, y que a ver qué coños hacemos con ellos.

O sea, en román paladino: lo que yo estoy dudando si hacer con esta bitácora: darnos matarile por pasiva, como hizo la Ayuso con miles de viejos de las residencias geriátricas cuando el pánico de la pandemia. 

Mira por dónde, no sólo emborronamos con nuestras ocurrencias la blogosfera esa, sino que la sobreabundancia de viejos pone en riesgo el delicado sistema económico mundial. 

Esa consideración sería suficiente para que, ya que nos empeñamos en morirnos tarde – y, por ende, ser un coste social inasumible –, al menos fuésemos discretos y no molestáramos con nuestras ocurrencias, lanzadas a los vientos internáuticos. Ya que somos depredadores de pensiones que sobrepasan los años de vida laboral por culpa de la longevidad, al menos, seamos discretos y no opinemos. Que no se note que existimos.

Pero este jubilata no está por la labor de la existencia silenciosa, al menos en las redes sociales y entre amigos, que es hasta donde me llega la voz. Y eso porque, que a causa de los años apilados desde que me nacieron en 1945, está uno expuesto a todos los vientos de la bobería humana del buenismo imperante, a todas las mezquindades de los intereses personales disfrazados de alta política (llámense Sánchez o Puigdemont), a todas las decolonizaciones ministeriales, de un impostado progresismo auto inculpatorio con arrepentimiento y compunción ante un pasado depredador. Y en particular, expuesto a esa desesperanza en el género humano que la edad provecta trae de serie. 

O sea que, de momento, esta bitácora sigue…

martes, 30 de enero de 2024

Descoloniza, que algo queda.-

 

Biblioteca de Móstar

Cuando la santa y yo éramos más jóvenes, solíamos ir a su pueblo en la Tierra de Campos leonesa, a casa de tía Caridad. Había un vecino, en la casa de al lado, con quien a veces charlaba yo algún rato. Minche se llamaba. Era agricultor de pocas luces, pero con alto autoconvencimiento de su valía personal. Y era gran discutidor por saberse siempre en posesión de conocimientos prácticos de la vida que a los que éramos de ciudad no se nos alcanzaban.  Porque ya se sabe que el “oficinista”, aparte lo suyo de despacho y cafelito a las once, de cómo funciona el crudo mundo real no se entera bien. Y allí estaba él, el bueno de Minche, en mitad de la calle Santiago, hablando con aplomo y cierto desdén a los que solía tacharnos de “madrileños”.

Por razones que ya he olvidado, aquel día el hombre sostenía, con su aplomo habitual, que haber pasado por la universidad (como era mi caso, y por eso me lanzaba puyas), no significaba ser inteligente – lo que es cierto –, ni tener grandes conocimientos –, lo que suele ocurrir con más frecuencia de lo que imaginamos –. Bien afianzado en estas dos certezas, me dijo en tono apodíctico: “Cuántos hay que son menistros y saben la metá menos que yo”.

Mira por dónde, el nuevo ministro de la cosa esa de la cultura colonial y en proceso descolonizante, me ha hecho recordar a Minche y su opinión sobre la valía intelectual de los “menistros”. Y no es que este jubilata ponga en duda el alto intelecto y cultura, aparte habilidad política, del actual ministro de la Cosa. Un servidor no tiene las convicciones tan arraigadas como el bueno de Minche.

Es más, listo del carajo sí debe ser el ministro Urtasun ese. Si no, difícilmente hubiera pasado de ser asesor de Raül Romeva, uno de los fautores de la República Catalana independiente, -provisionalmente en el limbo de los abortos políticos tras el primer vagido -, y al cabo del tiempo, llegar a ministro socialista de esta Expaña de Sánchez que asiste perpleja a los enjuagues políticos del susodicho para mantenerse en el poder. Aunque sea en equilibrio inestable, pero en el poder, siguiendo el mein kampf de su Manual de Supervivencia. Ya digo, hace falta tener un intelecto potente para transitar del suprematismo independentista hasta llegar a ministro descolonizador y justiciero indigenista sin mover una pestaña. La “filosofía” woke hace maravillas de adaptación al medio.

Aunque el señor Bauman ya nos habló de la inestabilidad ética de los individuos por necesidades de adaptación a una sociedad cambiante, por estas tierras de garbanzos ya sabíamos la sutil diferencia que hay de un “digo” a un “Diego”. Por eso, se puede ser supremacista un día y, al siguiente, descolonizador de obras de arte en beneficio de los pueblos colonizados y expoliados.

Ya se sabe, donde dije digo, digo Diego, y mañana será otro día y ya iremos adaptando nuestra moral provisional a las circunstancias que el medio aconseje.

Abierta la caja de los truenos, todos los pueblos oprimidos culturalmente tienen derecho a recuperar su identidad mediante la reclamación de las obras de arte expoliadas por el Estado represor. Lo que me hace recordar – cosa de mayores en los aledaños de cumplir los ochenta – a una compañera de trabajo, Bibi, cuando lo éramos en el Teatro Real. Ella, de jovencita, una vez terminada la guerra, había trabajado en el Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional, una institución franquista de recuperación de joyas y tesoros artísticos de familias adineradas que habían sido expoliadas por los republicanos. “Jura por Dios y por su honor reconocer como de su absoluta propiedad”, era la fórmula para entregar bajo palabra desde una cubertería de plata a un Velázquez a quienquiera que afirmase ser propiedad de su familia. Y ella recordaba a dos marquesas tirándose de los pelos, delante de los asombrados funcionarios, por un collar de perlas que afirmaban pertenecer al respectivo patrimonio familiar de cada una, expoliado por los rojos.

También recuerdo, de mi época de estudiante en la Complutense – cosa de la edad, que siempre le está dando a la moviola o feedback, que dicen ahora – que el profesor de Estética Filosófica nos invitó a los alumnos a su casa. Yo me negué a ir porque, por aquellas fechas, yo era muy rojo y no quería bailarle el agua a aquel reaccionario. Pues bien, mis compañeros me contaros que tenía pinturas de mucho valor, incluso un Goya, fruto de la desamortización franquista. Lo cual, si se mira con los ojos de la época, era una especie de justicia poética entregar a un catedrático de Estética bienes culturales que había incautado la horda marxista.

Todo lo cual viene al caso porque ponerse a descolonizar el patrimonio nacional en nombre del buenismo anticolonialista va a ser como desañudar el nudo gordiano de la propiedad de los objetos culturales, descontextualizándolos de los museos donde ahora se conservan. Eso sin entrar a desentrañar la oculta intención de expoliar el patrimonio nacional para vaciar de contenido uno de los sostenes del estado-nación, como es su identidad cultural. Táctica muy socorrida en caso de conflicto bélico. Recuérdese el bombardeo de la biblioteca de Móstar, o el incendio de Persépolis por Alejandro Magno. Solo que ahora se puede hacer con sutileza política, mientras el pueblo soberano se toma sus cervecitas y observa, casi sin darse cuenta, cómo se ceden competencias patrimonio del poder central para el trapicheo de votos.

Pero eso son aguas profundas por las que este jubilata no puede sumergirse a pulmón libre, pero piensa en ello mientras lee las cosas de la prensa. Y saca sus lecciones.

  

lunes, 18 de diciembre de 2023

A vueltas con las navidades.-

 

Quizás el improbable lector sea como este jubilata, un irresponsable que cada comienzo de año se hace promesas que siempre incumple, y a cada fin de año no se arrepiente de haberlas hecho para incumplirlas. 

No hay por qué tener mala conciencia: recuérdese el tópico de los políticos y sus promesas en campaña que es un prometer hasta meter. Una vez apesebrados en el despacho oficial, olvidan palabras que el viento se llevó. Aunque siempre queda el recurso a la maldita hemeroteca por si hay que defenestrarlos. 

Pero no pasa nada. Siempre surge un puesto de manager en una gran empresa para resarcirles de tan lamentable pérdida como es quedarse sin sinecuras de la cosa pública. Mira al ex-ministro Iceta, más contento que unas pascuas con el regalo que le ha hecho el señor Sánchez (el perdonador de injurias a cambio del bíblico plato de lentejas de siete votos), de embajador ante la ONU.

Pero no es de eso de lo que va esta bitácora navideña. Sólo lo decía por aquello de incumplir promesas y no arrepentirse de ello. Así, un servidor, nada más comenzar este año que va finiquitando, y mientras navegaba algo desnortado por las pasadas navidades, se hizo la firme promesa de no hablar de ellas en éstas que vamos sobrellevando con buen ánimo y con ayuda de los polvorones sanenrique y el surtido de mazapanes.

Lo cierto que no queriendo, pero recordando viejas navidades en las que solía vengarme escribiendo cuentos sobre el asunto con franca mala leche, he echado mano del archivo donde guardo todos aquéllos bajo el epígrafe poco edificante de “Jodida Navidad”. Y descubro que los primeros los escribí en 2001. Debió ser como una premonición del lamentable y puñetero siglo que acabábamos de estrenar.

Y digo los primeros porque fueron tres relatos breves que escribí de un tirón, creo que en la nochevieja, mientras el pueblo confiado tomaba las uvas y festejaba el primer año de este siglo. De éstos, solo publico aquí el segundo relato, que, visto con la perspectiva que dan los años, hasta puede resultar premonitorio. 

No es culpa de este jubilata si la musa Calíope le inspiró en un momento de despiste, o quizás fue Talía, puesto que lo que aquí sigue es una pincelada de la comedia de la vida:

Cuento ejemplar navideño nº 2:

 

"Cuentan viejos cronicones que, allá por los comienzos de nuestra Era, en un lugarejo de Palestina llamado Bethlehem, una pareja de okupas indocumentados se posesionó de un viejo establo con la burda excusa de que ella estaba grávida y a punto de parir. Las indagaciones de la policía militar hebrea pusieron de manifiesto que el individuo, ayudante de carpintero, decía llamarse Iuseph, mientras que su coima respondía al nombre de Marián, y la criatura que parió y depositó dentro del pesebre recibía el de Emmanuel. Tan nimio acontecimiento fue ocasión para que elementos subversivos, disfrazados de pastores, agrupados en una organización terrorista llamada Al-Fatah, iniciaran una revuelta en la cual el rabino Ha-Leví perdió su kipá a consecuencia de un manotazo que le dio en su venerable cogote uno de los revoltosos. La cosa no pasó a mayores gracias a la heroica intervención del ejército sionista que rodeó la aldea con tanques, eliminó a parte de los terroristas mediante ataques selectivos y arrasó el portal con ayuda de un par de excavadoras. Los okupas fueron arrojados al desierto y años después el tal Emmanuel, bajo el pseudónimo de Jesús, se dedicó a subvertir el orden establecido. Eso hasta que la autoridad competente le canceló el pío clavándole en un madero sin más contemplaciones. Desde entonces reina la paz en la zona. ¡Aprendan las venideras generaciones!"

  

martes, 25 de julio de 2023

Caminos, 2.- Aguas estancadas. -

 


Lo divertido de la política nacional es que cuando crees que unas elecciones generales traerán un poco de sosiego al país, ves que taponan una vía de agua embarrada, pero abren otra aún más tumultuosa que inunda la sentina de la res publica. Ganó el PP, pero de tal forma que ni con el Vox logra mayoría. Quedó segundo el PSOE que cuenta con Sumar, y para alcanzar capacidad de gobierno, necesita del apoyo de los partidos regionalista y nacionalistas. Y, ¡Oh, caprichos del Hado!, necesita de la abstención de los adeptos al prófugo Puigdemont si quiere lograr la investidura. Mire usted por dónde, un prófugo de la justicia española tiene la llave de la gobernabilidad del país contra el que delinquió. Cosas veredes, Mío Çid que farán fablar las piedras…

Y además, el PP tiene mayoría absoluta en el Senado, con lo que, si no le dejan gobernar, puede practicar el obstruccionismo siempre que convenga a sus intereses. En esas estamos… Mientras, los analistas políticos imparten doctrina y son el oráculo de las televisiones. 

Como quien dice, la política nacional son aguas estancadas donde una pedrada en medio de la charca (en forma de obedientes, o quizás, resignados votos ciudadanos) revuelve por un rato la superficie y alborota el légamo del fondo. Pero las ondas son sólo superficiales y en círculos concéntricos que se agotan a medida que se alejan del impacto.

Este jubilata y la santa, responsables ciudadanos – o quizás malinformados ciudadanos – bajamos desde el valle a Madrid para votar; de regreso, soportamos un enorme atasco de salida de la ciudad en el no-ser de la autovía y volvimos a nuestro refugio serrano con la satisfacción del deber cívico cumplido. Además de con la duda de si no seríamos unos ingenuos autoconvencidos de que un voto, unido a millares y millares de ellos, cambia la orientación del sistema…, o a lo mejor lo legitima para persistir en sus corruptelas y no somos más que tontos útiles. En esta duda, el escepticismo es una sana higiene mental, pero jode porque no te dice a qué tabla has de agarrarte para flotar en la charca.

Don Pío Baroja, que siempre fue muy suyo y rezongón, no tenía ninguna confianza en las democracias (ese agregado igualitario de gentes de todo pelaje) y no solía pararse en barras a la hora de calificarlas. Escribió un artículo en el que hablaba de la democracia (ideal) como una especie de benevolencia de unos con otros, que era el resultado del progreso, y “la otra democracia de la que tengo el honor de hablar mal es la política, la que tiende al dominio de la masa y que es absolutismo del número”.  

Total, por el Artiñuelo, el arroyo que pasa por delante de nuestra casa de verano, aún corre un hilo de agua y lleva su escaso tributo al Lozoya, a las afueras de Rascafría. Eso, al menos, no ha cambiado.  Y puesto que la naturaleza sigue su curso, este jubilata se calzó las botas de hacer leguas y se fue a ver una charca de buen tamaño que está a medio camino entre el Mirador de los Robles y la Casita de la Horca. Medio oculta desde el camino por la maraña de vegetación, allí seguía, un tanto menguada de agua, pero con su colonia de ranas croadoras que tienen la prudente costumbre de esconderse en el fondo cuando algún curioso se acerca a ver su pequeño paraíso de aguas quietas y vegetación enmarañada.

Desmintiendo la fábula de Esopo, no se tiene noticias de que esa colonia de batracios haya decidido poner orden en su sociedad pidiendo a Zeus que se les nombre un rey que las gobierne. Hacen bien, que a lo mejor los dioses, hartos de su impertinente croar, les pongan un madero flotando en medio del charco y les hagan creer que ese trozo de leño impartirá justicia. Luego, las más hábiles, se subirán encima y dirigirán el cotarro ranero porque, al fin y al cabo, el madero flota allí por designio de las divinidades.

Cosas así iba pensando este jubilata senderista mientras bajaba a la presa del Vadillo. Sentado sobre una roca, con el pequeño embalse a la vista, y el librito Elogio del caminar de David Le Breton entre las manos, leía algo sobre las Largas marchas inmóviles: La marcha es a veces infinita, sin otra dirección que el tiempo. Un recluso, en su celda, puede recorrerse el mundo entero a fuerza de caminar infinitamente los pocos metros lineales de su encierro y diciéndose: ahora atravieso Francia y entro en Alemania; ahora bajaré hacia el sur e iré camino de Roma… Libre en su imaginación, puede llegar a los confines del mundo.

Un servidor, sin moverse de la piedra sobre la que se sienta, levanta la vista del librito, la extiende sobre la lámina de agua del embalse, y convierte éste en un océano sobre el que navega con su imaginación hasta aquel lugar donde basta leer unas páginas para saberse fuera de su mediocridad. Y cuando cierra el libro y retoma el camino, ya ha olvidado su condición de espécimen del demos humano obligado al desove cuatrienal del voto.

 

lunes, 1 de febrero de 2021

Al hilo del mural morado.-


Este barrio nuestro de la Concepción ha estado un par de semanas en el candelero, no porque su parque del Calero haya sido arrasado por la borrasca Filomena y así siga a finales de enero, o por sus habituales basuras amontonadas junto a los contenedores haciendo paisaje. Lo ha sido por un mural feminista, en gama de morados para hacer juego, que querían borrar nuestros políticos dextrógiros del distrito de Ciudad Lineal. 

Al final, la cosa ha quedado en agua de borrajas. En el barrio no ha gustado la broma del borrón y cuenta nueva. Habiendo tanta tapia donde pintar lo que tuvieran a bien, ¿Qué necesidad había de emborronar lo ya pintado? Total, que no han tenido la suficiente habilidad ni redaños para sacar adelante el asunto, así que mejor lo dejamos, han debido pensar. Y hacen bien, porque ocasiones de malgastar su tiempo de políticos municipales y el dinero del contribuyente no faltarán. 

Y no es por nada, que bien está el mural donde está y no pide pan. Es porque así nuestro barrio ha ganado cierta notoriedad y, a lo mejor, las autoridades competentes le dedican un poco más de atención, nos arreglan las aceras, sanean el parque, recogen las basuras, y otros pequeños detalles por el estilo. Pero nos conformaremos con haber sido noticia de escándalo durante quince días, día más o menos. Han sido nuestros quince minutos de gloria, que a todos alcanza, según me comentaba mi vecino el depre, quien, aparte sus neuras habituales, últimamente cultiva con esmero la de la pandemia y apenas se deja ver.

Prácticamente a diario paso por delante del polideportivo y veo esos iconos feministas. La verdad, pocos rostros soy capaz de reconocer, que yo de santorales no ando muy allá. Sean laicos o religiosos. Lo que sí me ha llamado la atención – y no debiera – es que una torpeza política haya convertido este mural en campo de batalla ideológico y en templo de laicidad, patrimonio de la humanidad si nos ponemos trascendentes. Lo que se dice ir a por lana y volver trasquilado.

De todas esas damas retratadas, a la que sí reconozco es a doña Rigoberta Menchú, por quien mi profesor/tutor de Historia de América (cuando yo hacía Geografía e Historia en la UNED) no tenía ninguna simpatía. Él había hecho durante varios años trabajos de campo en la América hispana y conocía el paño. Lo menos que le reprochaba, y el sabría por qué, era que había inflado su currículum de mujer progresista en beneficio de una carrera prometedora lejos de su país.

De la francotiradora rusa - por mentar alguna otra - Lyudmila Pauliuchenko, tampoco sé más que lo que he leído en los artículos panegíricos sobre las damas retratadas. Por lo visto, en Odessa fue el terror de los soldados nazis con su puntería y fría habilidad para cazarlos entre las ruinas. De francotiradores, sólo uno he conocido personalmente, y hacía gala de ello. Fue visitando Armenia y era nuestro guía, Edgar, quien fue francotirador en el anterior conflicto de Armenia con Azerbaiyán por Nagorno Karabag. Mi impresión al respecto queda reflejada en estas líneas que escribí en mi diario de viajes: Muestra bastante agresividad frente a los turcos y, a lo largo del viaje, no dejará de hacer chistes de mal gusto y pesados, a cada paso para mostrar su animosidad. Esto fue en abril de 2017.

Claro que para mostrar animosidad y franca enemistad no hay que ser francotirador armenio o ruso, basta que uno de rienda suelta a simplismos ideológicos elevados a categoría. El resultado ha sido, después de unos millares de tuiters y alborotos en redes sociales de masa, poner en los altares mediáticos, por un ratito, a un barrio que sobrevive con resignación a la desidia municipal. Y mientras somos reyna por un día, los jubilatas del barrio nos paseamos tan orgullosos por delante de la tapia morada de polideportivo de la Conce. Y las señoras que andan por la cincuentena, por lo menos las más progres, van y se hacen selfis delante de los iconos feministas. 

Y el barrio sigue su habitual run-run. A la espera de que algún iluminado alumbre una genialidad que vuelva a darnos fama en los mass-media, tan necesitados como están de pasto fresco. Que lo de la pandemia ya aburre un poquito, oiga.

sábado, 20 de junio de 2020

La nueva normalidad.-


Vamos a ver qué nuevas mentiras nos cuentan hoy, es lo que suele decir mi santa cada vez que se pone ante el televisor a oír las noticias. Y no es cosa de ahora, que llevo oyéndoselo decir cuarenta y siete años, bajo los dos regímenes políticos que nos ha tocado vivir: el dictatorial-nacionalcatólicismo y el parlamentario-borbonismo. Esa frase ritual de la santa siempre me ha parecido una especie de conjuro lanzado sobre el pesebre mediático. Una especie de vade retro a fin de preservar su propio criterio frente a la realidad cocinada en las redacciones y previamente sugerida en los consejos de administración de la prensa adicta.

Un servidor no es tan refractario como la santa, quizás por despecho, quizás por una radical falta de fe en las bondades del sistema. Es decir, lo que la santa llama “nuevas mentiras”, para este jubilata en ejercicio de supervivencia post/Covid-19, no son tales nuevas, sino el habitual sistema propagandístico adaptado a la realidad del momento presente. No son mentiras novedosas, sino las semi verdades que conviene sean propagadas y creídas en cada momento.

Y si no, improbable y siempre paciente lector, dedique un par de minutos a reflexionar sobre ese invento que se va propagando como una pandemia. Me refiero a ese hallazgo publicitario tan genial que llaman “La nueva normalidad”. La era post/Covid-19 (en caso que sea post y no un ocasional receso) nos la presentan como una forma distinta, novedosa y aún imprevisible en sus efectos sobre normalidad. Esta nueva normalidad tendrá la novedad, sobre la vieja normalidad - la nacida de la crisis económica 2007/8 -, que viviremos otras aún no inventadas manipulaciones de la realidad, pero con mascarilla.

Lo cual sí es novedoso. A la dictadura de la ideología dominante (uno llega a añorar al abuelo Marx, ya extinto) habrá que añadir la dictadura de la salud, de la distancia social, y sus contrarios. A saber: desde las heterodoxias del terraplanismo antivacuna de toda laya, hasta los iluminados profetas negacionistas de cualquier evidencia científica. Sin olvidar las habituales histerias colectivas que achacan los males de la humanidad a un chivo expiatorio cuanto más conspicuo, más odiado, tipo Bill Gates. Pero sirve cualquier otro, como las estatuas de los prohombres históricos. Con eso y la barra libre de las redes sociales desbridadas de todo raciocinio, la “nueva normalidad” será un espectáculo digno de ser vivido.

La lástima es que a este jubilata ya no le pilla en edad. Con los huesos duros, las articulaciones encasquilladas, y las sinapsis neuronales en stand by, no va a disponer de recursos propios para ser un espectador activo de la normalidad que dicen será nueva. 

Una novedad no imaginada, algo así como el descubrimiento de América para quienes se acostaron medievales y se despertaron renacentistas. Pero sin Colón, que ya nos vamos cargando sus estatuas de esclavista sin entrañas (en plan Black Lives Matter cabreados), como si los pueblos pudieran enmendar su propia historia flagelándose ante las cámaras de televisión. La iconoclastia historicista solo consuela a los necios, y algunos nos queremos lúcidos.

Nosotros, algo parecido a los colombinos: nos acostamos ayer saliendo de la crisis del capitalismo de las subprime y el ladrillo, y nos amanecemos hoy con la crisis post-Covid19 a la que llamamos Nueva Normalidad. Solo que no disponemos de estatuas que apear de malas maneras para vengarnos de nuestro pasado reciente. Eso, quizás, porque hemos sido gobernados por mediocres oportunistas que no justificaban el esfuerzo previo de subirlos a una peana. Y en ello seguimos. Por donde quiera que se mire en el ruedo de la política, los morlacos nos salen por las  puertas giratorias ya afeitados y con el agradecimiento a los servicios prestados en forma de sustanciosas sinecuras. 

No vaya a pensar el improbable lector que hay pesimismo en lo susodicho, apenas algo de ironía acibarada. Pero eso está en la naturaleza de los jubilatas provectos y no podemos luchar contra ello.  Paciencia y barajar. El saco de las ilusiones, que llevamos a las espaldas, está agujereado, y por el burato las vamos perdiendo como si fueran miguitas de pan que dejan un rastro, igual que en el cuento de Hansen y Gretel, para volver a casa. 

Solo que, como a ellos, los pájaros del olvido se nos las van comiendo. Al final, en medio del bosque, siempre encontramos la casita de turrón, chocolate y caramelo. Y mientras mordisqueamos el mazapán de sus paredes , la bruja malvada nos encerrará en la jaula de la nueva normalidad, donde nos irá devorando como solía cuando la crisis anterior.

Lo antedicho no es ninguna profecía. Que también  la nueva normalidad pudiera tratarse de un mundo al revés, como decía Juan Goytisolo y cantaba Paco Ibáñez en aquella memorable sesión del Olimpia:

Érase una vez/ un lobito bueno/al que maltrataban/todos los corderos.
Y había también/un príncipe malo/una bruja hermosa/y un pirata honrado.
Todas estas cosas/había a la vez/ cuando yo soñaba/un mundo al revés.

Pero, francamente, no lo creo.

viernes, 22 de noviembre de 2019

Féminas o algo parecido.-


El caso es que el otro día, mientras hozaba en el pesebre mediático, me enteré de que una fémina de cierto renombre de la Sección Femenina de Vox, dijo desde la tribuna pública que coser botones empodera mucho a las mujeres. Entendámonos, para cualquier escuchante que no hile fino, vino a decir que, donde haya una buena costura para domesticar niñas (domesticar: de amaestrar en tareas domésticas), se quite la ideología de género feminista, lesboterrorista y tan perniciosa y contraria a los valores patrios y tradicionales del tipo "La mujer y la sartén en la cocina están bien".

Alicia Rubio creo que se llama la prócer voxeante, miembra (¡añorada Leire Pajín!) de la Asamblea de Madrid. La vi en el YouTube ese y, por caprichosa asociación de ideas, me recordó a la tan injustamente olvidada Sarah Louise Heath Palin. O sea, aquella gringa conocida en su momento como Sarah Palin, quien se presentó a las elecciones como vicepresidenta por el Partido Republicano USA en el 2008. Tuvo sus quince minutos de gloria – según el profeta de la mediocridad consumista, Andy Warhol – gracias a sus declaraciones reaccionarias de manual. Fue trending topic, con perdón del barbarismo, aquella contestación que dio a un bloguero vegetariano, según la cual, si Dios hubiera querido que los hombres fuésemos una especie herbívora, hubiera creado los vegetales de carne en vez de hierba.

Como se ve, pasa el tiempo pero hay humanos que, a fuerza de anquilosamiento ideológico, niegan en la práctica del día a día la teoría darwiniana de la evolución de las especies; por lo menos, de la evolución mental humana. Lo cual no tiene mucho de sorprendente. Hace un par de semanas, en el aprisco universal que es Facebook, se pudo ver que en Brasil se reunía una convención de terraplanistas a bombo y platillo. “Ordem e progresso”, sobre una esfera azul, es el lema de la bandera brasileña. Planisférico se quedó este jubilata cuando leyó la noticia.

Pero, en el fondo, a este jubilata aún le laten los atavismos del prehomínido previo a la revolución cognitiva. Fue el caso que participé en un torneo de ajedrez para principiantes y tuve como oponente a una señora. Con sutiles añagazas de hija de Eva, me hizo creer que apenas sabía mover las piezas y que era muy torpe para ese juego. La mirada de condescendencia que le eché no es para dicha y la empecé a aconsejar con afanes de macho protector. Pues bien, a media partida ya me había desarbolado y no me dejó más que el rey y cuatro peones. El pobre rey andaba huyendo por todos los escaques del tablero y los peones abandonados a su triste soledad. Lo malo no fue la derrota, sino que ésta fue sin revancha ni gloria. Ni siquiera tuve opción, como los tercios españoles derrotados en  Rocroi, a decir: contad los muertos.

Bien es cierto que la señora aquella demostró ser más hábil que yo y planeó jugadas inteligentes que no supe ver, pero si hubiera estado en su casa empoderándose a fuerza de hacer calceta, en vez de jugar al ajedrez en un curso de extensión universitaria, me hubiera ahorrado la humillación de ser eliminado en la primera partida del comienzo del torneo. Mi venganza secreta es que, al menos, no sepa pegar botones.

Pues hablando de féminas, esta vez de hominoideos, anda este jubilata leyendo un texto sobre el comportamiento de los chimpancés titulado La política de los chimpancés de un primatólogo de nombre Frans de Waal, quien observó durante años a una comunidad de estos simios en un zoológico holandés. 

Siempre damos por supuesto en las familias de animales la existencia de un macho alfa que gobierna la manada, cubre a las hembras, ahuyenta a los competidores adultos y somete a los más jóvenes. Pero se ve que en estos simios pantroglodytes, según clasificación filogenica (dicho sea para que se vea que uno algo ha leído), el papel del macho primero es un tanto azaroso. En la comunidad observada había una hembra ya de edad, de nombre Mamá, que hacía callar al hombre de la casa cuando este se ponía agresivo, e incluso se acogían a ella dos machos cuando se enzarzaban en una pelea y no se atrevían a llegar a las manos. Ella repartía abrazos y besos a los contendientes y estos quedaban calmados y tan amigos. Incluso, varias hembras se asociaban para destronar al macho dominante y poner en su lugar a otro de su gusto, aunque éste fuese más débil.

Quizás, el improbable lector pensará: Bueno, y a mí, ¿a qué puñetas me lo cuentas? Pues te lo digo, amigo, aunque hoy un poco impaciente lector, porque estos simpáticos animalitos comparten con nosotros el 98% de ADN. Se han quedado a un paso de ser “nosotros”. Un poco más y podrían ser votantes de Vox, coserse los botones de la camisa o ganar una partida de ajedrez (ellas, claro). Por si acaso, con ese resto de misoginia que nos queda a los jubilatas, herencia de la cultura judeocristiana, y tomándoselo prestado al Arcipreste de Hita, podríamos decir:

Siempre quis' muger chica más que grande nin mayor,
non es desaguisado del grand mal ser fuidor,
del mal, tomar lo menos díçelo el sabidor,
porend' de las mugeres la mejor es la menor.

Lo malo es si, pequeña y todo, te gana a coser y a lo que sea....

sábado, 2 de noviembre de 2019

Toma tres tazas.-


Cuando el gato de Cheshire se despidió de Alicia a su manera, esto es, desdibujando su cuerpo y dejándole su sonrisa, le dijo: me voy, que llego tarde. Ella le preguntó que a dónde llegaba tarde, y él, paradójico, contesto: No dónde sino cuándo.

Esta respuesta le ha dado algún quebradero mental al jubilata que esto escribe. Porque, si uno lo piensa despacio, no es en el espacio, sino en el tiempo, donde se puede llegar puntual o no a un lugar determinado. To be on time, o’clok, o algo así, según la omnipresente angliparla. Es el tiempo el que marca cuándo llegas al dónde: si antes, cuando debías, o bien lo has hecho con retraso. En nuestra experiencia de cada día, el lugar es algo sólido, sólito y permanente; es el tiempo fugaz el que decide si estás allí en su momento o fuera de él. Tempori aptari decet, hay que adaptarse al tiempo, dice Séneca. Y que perdone el improbable lector el derrape cultureta y los que seguirán.

Pues imagínese el improbable lector, si Alicia quedó perpleja ante la respuesta del gato sonriente, cómo lo estaba un servidor cuando abrió el buzón y encontró un montón de propaganda electoral. Como en plaza revuelta, allí había propaganda del PSOE, Podemos y Vox en amigable revoltijo postal. Y por partida doble: para la santa y para mí. 

Lo cual me obligó, de momento, a desentenderme de la paradoja espacio-temporal gatuna y centrarme en la paradoja política: si dar mi voto, aun siendo insuficiente para la futura estabilidad política, o no darlo y, como consecuencia - junto a miles de desilusionados - se mantenga la actual inestabilidad política. Tanto si lo doy, como si no, nada garantiza su utilidad por acción o por abstención. Tampoco estoy muy seguro de que lo anteriormente dicho sea una paradoja, una aporía o la conclusión biscornuta de un silogismo cornudo. Pero, sea lo que fuere, aparte que mi voto es una gota en el océano D’Hondt, ¿a qué me molestan con tanto papelote si, para colmo, nunca leo sus proclamas/promesas/programas?

Aunque esta vez he hecho una excepción por aquello de la novedad de nuevos contendientes en liza. “Querido compatriota”, dice el señuelo propagandístico de VOX. Buen arranque para convencer convencidos: llamar “compatriota” al destinatario de la misiva, que es tanto como decirle: estás en nuestro campo, eres de los nuestros, un patriota guay. Lleva implícito el mensaje: tú y yo somos un “Nosotros” porque hay a un “Ellos” adverso. 

Lo que, por extraña asociación de ideas, me hizo recordar aquello que explicaba el profesor de antropología sobre las células espejo en los homínidos: Lo que es igual no lo comas; lo que es desigual es comida o es enemigo. Y hay mucho “desigual” por ahí suelto: los separatistas de manual – estelados o no –, los inmigrantes ilegales gracias al maridaje de las mafias y las ONG’s subvencionadas, los delincuentes que te roban la casa, entran al juzgado por una puerta y salen por la otra, el adoctrinamiento de los niños por la dictadura progre, el plurisexismo promiscuo y el feminismo militante… En la variedad de enemigos está el gusto: De gustibus et coloribus non disputandum est, para gustos, colores.

Y ya puestos, nada como el paraíso social prometido por el PSOE: una legislatura con gobierno estable y capacidad de maniobra, y una tierra siempre prometida mil veces donde mana leche y miel, con un sistema público de pensiones blindado constitucionalmente, eliminación del nefando copago del poltrón Rajoy, sanidad pública de calidad y con recursos suficientes, educación para toda la vida, lucha contra la desigualdad social y a favor del feminismo, transición ecológica de nuestra economía y una ley de eutanasia para abandonar suavemente este mundo ideal tras luengos años de disfrute. Lo que, en lenguaje coloquial, se traduce en un prometer hasta meter. Una vez metido, si te he visto no me acuerdo. Lo habitual, pero es bonito y mola. Dulcia verba serit quien da buenas palabras.

Pero hay quien dice arrimar el hombro para seguir empujando el futuro, según lema de PODEMOS (Unidas). El sorpasso que se quedó por el camino, la coalición gubernamental que quedó en agua de borrajas, el asalto transversal al poder mediante las urnas que nunca fue, fueron coitus interruptus necesitado de la viagra de lo que esta vez presentan como “perseverancia”. Perseverancia que tiene mucho de fe, lo más próximo a la fe religiosa. Nadie persevera si no cree que su perseverancia en el esfuerzo le llevará a la gloria del poder; del poder cambiar, si no lo paradigmas sociales, al menos unos retoques que hagan sentirse importantes a las clases medias urbanas progresistas. Lástima que Sánchez no acabe de fiarse y el fiel de la balanza, llegado el caso, fluctúe entre C’s y PODEMOS (Juntas). In trutina mentis dubia fluctuant contraria…

Ansioso, espero que el cartero traiga, en los próximos días, las promesas de CIUDADANOS y PP. No dejaré de abrir el buzón de correos cada día hasta que este delicioso soma orweliano me libere de inquietudes preelectorales. Dicen que una gota de soma cura toda melancolía y tiene las ventajas del cristianismo y el alcohol juntas. La propaganda electoral también, mismamente. 

No quería caldo, pero tomaré tres tazas.