Acabo de pasar dos meses en un pueblo de la Sierra
de Madrid, dedicado a mis largas caminatas por los robledales del valle, por
caminos que transcurren entre cercados y prados agostados por el calor
veraniego. De vez en cuando, sentado a la orilla del Lozoya o de algún arroyo,
me pasaba tiempo oyendo el murmullo que producía el agua saltando entre las
piedras, sintiéndome como el virgiliano pastor Titiro que tocaba el caramillo
sentado a la sombra de un haya.
Por no cansar con bucolismos trasnochados al
improbable lector, estas semanas veraniegas he hecho lo que me ha dado la real
gana. Y mi real gana ha sido, cosa habitual desde hace ya catorce años, y a medida
que la edad va sumando tiempo en mi reloj vital, andar por los caminos y ver
correr el agua. Así de simple.
Lo que no había caído en la cuenta es en la
cantidad de aura que estaba farmeando con mis paseos campestres. Porque,
aplicando ese criterio del aura farmeante, tan de moda entre la chavalería que
vive la vida como dentro de un videojuego, este jubilata ha estado farmeando
kilómetros y kilómetros de aura. Ora, sentado al pie de un fresno, oyendo deslizarse
las aguas cristalinas del arroyo Aguilón, ora caminando por los senderos que han
abierto las vacas en su trashumar del prado al bebedero, ora contemplando
embebecido la imponente silueta del Peñalara, sentado en un poyo de la ermita
de Santa Ana. Y así, horas y horas dejando que mi aura sumara tantos…
Lo que yo no sabía (e ignoraba porque los
ochentones ya no caemos en esas cuentas) es que cada vez que mi espíritu se
expandía en la contemplación activa o pasiva del paisaje, mi aura iba clareando
hasta formar un halo de dicha emocional que me hacía volver una y otra vez a
los caminos, al rumor de los arroyos, a la modesta bravura de la corriente del
Lozoya, al olor del pinar y al crujir del helecho bajo mis botas senderistas.
Creo que, con este flanear farmeando aura (sin
saberlo) he acumulado un montón de puntos que han aureolado sutilmente mi aura
hasta parecerse a la de los santos que nos pintan los pintores de las cosas
sacras. Claro que de eso me he dado cuenta ya tarde, cuando, a la vuelta de
vacaciones, me he encerrado en el piso de nuestro barrio, rodeado de edificios
vulgares, aprisionados entre las cintas de asfalto de las calles. Lo reconozco:
en eso del farmear aura durante dos meses sin enterarme de ello, he venido a
ser como Monsieur Jourdain, personaje de Molière, que quedó muy sorprendido al
enterarse de que llevaba cuarenta años hablando en prosa sin saberlo.
Un servidor, igual, tantas semanas de farmeo diario y sin enterarme. Llegamos a casa tras dos meses de ausencia, me miré en el espejo del cuarto de baño y, entre los chorreones de sudor, me vi los destellos del aura que había ido acumulando (perdón: farmeando) y caí en la cuenta de que era un jubilata cool, con un carisma a tope.
El único
problema que le vi al asunto de mi aureola silvestre fue, precisamente, su
condición de silvestre, el habérmela farmeado de una forma, digamos, montaraz.
Lo que le restaba muchos puntos entre la juventud urbanita. Pero me consolé algo
pensando en lo que ha dicho Julio Llamazares: “Ahora el paleto es el urbanita
que sale a 30 kilómetros de la ciudad y mira a una oveja como si fuera una
jirafa”.
O sea que mi aura silvestre no es una exótica jirafa
de la sabana africana, sino una doméstica oveja mesetaria que bala indiferente
al ver pasar a los farmeadores de aura asfaltícolas.
Mientras, yo sigo fardando de mi aura montuna.
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