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viernes, 8 de mayo de 2015

El epíteto homérico.-



Andaba este servidor, jubilata ocioso, buscado asunto para una nueva entrada que colgar en la bitácora, cuando me tropecé con Homero. Bueno, en realidad, con un librito titulado Homero, de José M. Pabón (editado en formato 8º y tapa dura por Labor, en 1947). Por aprovechar la mañana, me había ido a dar una vuelta por la feria del libro antiguo y de ocasión, recién inaugurada, sin idea preconcebida, un poco a ver qué  me encontraba.

El librito de marras no puede decirse que sea una joya bibliográfica, apenas costó 5 euros, pero tenía la particularidad de tener adherido, en su contraportada, un exlibris de la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos.  La viñeta representa un templo clásico, coronado por frontón triangular sostenido por un arquitrabe con triglifos y metopas que se sustenta sobre un tetrástilo de orden dórico. Ante la escalinata donde se apoyan las columnas, el escudo de la escuela de ingenieros de caminos flanqueado por sendas figuras femeninas cubiertas con el peplo clásico. Total, que lo compré más por el exlibris que por su contenido, recordando aquella colección fallida que empecé hace decenios y que abandoné al poco tiempo debido a que era un capricho caro que mi sueldo de funcionario no me podía costear.

Pero, claro, cuando uno es más lector que bibliómano no se interesa tanto de la  belleza formal del libro cuanto de su lectura. Aunque también, también se disfruta – y mucho – del placer de tener en las manos estos objetos rectangulares hechos de papel y tinta donde se ocultan mundos accesibles solo a quienes se zambullan entre sus hojas. Pues eso, que ya que lo había comprado, no estaba de más leerlo.

Consta de un estudio preliminar sobre el mundo homérico y de varios fragmentos de la Ilíada y la Odisea. Cosa de unas pocas horas de lectura que pueden sacarse de cualquier rato de ocio. 

Hacía tantos años que no leía ninguno de estos poemas épicos que me llamó la atención la forma en que el poeta llama a los héroes y dioses, con epítetos que actualmente nos sonarían grandilocuentes. Pero una vez que el lector se deja arrastrar por el poema (más bien prosa en castellano, ya que un servidor de griego clásico anda ayuno) descubre la belleza que hay en llamar a Atenea “ojizarca” (la de los ojos azules), o al rencoroso Aquiles “el de los pies ligeros”, o a la diosa Iris “la de los pies de viento”, o a Eos, la aurora, “la de los dedos rosados”, o hablar de los “Aqueos de hermosas grebas”.

Y si es a Ulises, en la Odisea, se  le llama indistintamente “divino”, “tracero”, “pacientísimo” (diez años dando tumbos por el Mediterráneo requería muchísima paciencia); y en el encuentro que éste tiene con Atenea en las costas de Ítaca, la diosa le llama no sin cierta admiración “malvado, retorcido, cargado de ardides, ni aun estando en tu patria habías de cesar en tus engaños…”, aunque ella también reconoce de sí misma tener fama entre los dioses de ser “tracera y astuta”. De pillo a pillo el diálogo entre la diosa y el héroe. Y puestos a no ahorrar hermosos epítetos, a Eumeno, el porquero de Ulises – no confundir con el porquero de Agamenón, del que habla el maestro Mairena – le llama “divino porquerizo”.

Pero no solo se encuentran calificativos que hermosean a los personajes, porque en la querella entre Agamenón y Aquiles menudean los insultos. Cuando Agamenón tiene que devolver la esclava Criseida, hija de un sacerdote del dios Febo “el flechador”, y en compensación le arrebata a Aquiles su esclava Briseida, éste, que era de temperamento colérico, le espeta: “Borracho con ojos de perro y corazón de cierva”. Sin embargo, no todo son gestos heroicos y luchas descomunales. La despedida de Héctor y Andrómaca en las puertas Esceas, antes de salir aquél a enfrentarse con Aquiles, es un episodio de tanta ternura que sorprende. Quizás el improbable lector de esta bitácora debería dedicar un poco de tiempo al libro VI de la Ilíada y leer este episodio.

Volviendo a los epítetos homéricos, tuve la mala ocurrencia de hacer una transposición de la edad de bronce de los héroes aqueos y troyanos a nuestra edad de grafeno y wasap. Me puse a pensar qué tal sentaría decir, por ejemplo, de doña Cospe “diosa ojigarza, tú que riges el sublime consejo castellano-manchego”; o advertir al don Mariano, como Apolo le advierte a Diomedes, "No te iguales en tu pensamiento a los dioses, oh, prócer de franca mirada”, y no, no me cuadraba, así que no seguí con el experimento. 

Son tiempos los nuestros en que no se depredan ciudades  tomadas al asalto, ni los dioses bajan del Olimpo a luchar por tirios o troyanos. Bastan una contabilidad B, unas  tarjetas black, un sobre que cambia discretamente de manos para acumular botines en apacibles paraísos fiscales. Ni Agamenón robará la esclava a Aquiles, ni éste matará con saña a Héctor y morirá por una flecha del pusilánime Paris, valiente entre las sábanas y cobarde en la lucha, ni el trapacero Odiseo se pasará diez años dando vueltas como una peonza, perseguido con saña por Poseidón. No, todo es más discreto, un apaño donde no caben los grandes gestos.

Por eso, por olvidar la mediocridad malintencionada de quienes arrasan derechos sociales e infantilizan a las masas, volví a la lectura, a emocionarme con las palabras con las que el viejo rey Príamo suplica a Héctor mientras éste espera, fuera de las murallas, el envite de Aquiles: “Héctor, no te quedes ahí, hijo querido… compadécete de mí, desdichado, a quien el padre Crónida consumirá en la vejez extrema con duro destino, después de contemplar mil desgracias…”

Pues, eso, ¿quién no quiere tener un libro por amigo?

jueves, 30 de abril de 2015

Mientras ladran los perros.-

En estos días que todos los perros del pensamiento económico único ladran a los hijos de Atenea; en estos días que las ménades furiosas del austericidio, presas de locura mística por la ingestión de sobredosis de crack neoliberal, escupen su rabia contra la frágil Syriza; en fin, en estos días en que la prensa afín al no me toquéis el chiringuito que me juego las habichuelas, enseña sus dientes de perro guardián de las esencias del sistema y ayuda a despedazar a la víctima propiciatoria que nació en las urnas griegas, este jubilata se ha fugado a un mundo paralelo y lejano.

No es porque aquel mundo al que hemos huído temporalmente fuese mejor, sino porque la distancia en el tiempo ha suavizado sus aristas y nos ha dejado lo que merece ser conservado. Por situarnos en un espacio de ahora mismo y en un tiempo de aquel entonces, aquí se habla de algunos monasterios medievales visitados por tierras del Midi y el Rosellón-Languedoc en las dos primeras semanas de este mes.

Íbamos buscando – aparte otros intereses viajeros – las huellas de aquellos antiguos “perfectos” cátaros, quienes buscaban desprenderse de los bienes materiales y criticaban a la iglesia romana por su riqueza, poderío y alejamiento de la recta doctrina cristiana. Como es sabido, el papa Inocencio III predicó la cruzada contra albigenses, en 1208, y ésos terminaron pasados a cuchillo o en la hoguera, como el último Perfecto conocido del Languedoc, Guillaume Bélibaste, a quien convirtieron en chicharrones en el castillo de Villerouge-Termenès en 1321.  Lo que casi obliga a hacer una pirueta en el espacio-tiempo – al estilo de las pelis de ciencia ficción – y descubrir ciertos paralelismos: también actualmente la ortodoxia, no religiosa sino económica, no tolera interpretaciones heréticas y envía a la hoguera a estos nuevos perfectos que predican la esperanza de “otro mundo es posible”.

Pero no, este jubilata quería hablar de viejos monasterios de fundación carolingia donde un maestro cantero dejó su impronta en forma de capiteles, modillones o canecillos. Uno de esos artesanos del cincel y la maceta que fue esculpiendo personajes bíblicos, evangélicos y animales míticos por tierras que abarcan desde Navarra, Cataluña, Sur de Francia y la Toscana italiana. Por si el improbable lector no lo supiera, aquí se habla del llamado Maestro de Cabestany. Un maestro cantero, o quizás una escuela de cantería (el área geográfica es muy extensa para una sola persona) cuyas señas personales pudimos ver en dos de los monasterios que visitamos: Sainte-Marie-D´Orbieu, en Lagrasse, tierras del Rosellón, y en St-Papoul, en Castelnaudary, por tierras tolosanas.

Quien observa sus obras cae en la cuenta de que tienen unas características específicas y comunes a todas ellas: grandes ojos almendrados, dispuestos de forma oblicua, cuyos globos oculares están muy marcados y resaltados por los trepados en las comisuras de las pupilas. Frente estrecha y cabelluda, cabeza de forma triangular y bocas de labios estrechos. Sus manos son grandes, descomunales, de dedos muy largos, y los ropajes caen en pliegues al modo de las esculturas clásicas, dando cierta sensación de volumen y movimiento.

Sería una buena peregrinación, para quien tuviera tiempo y medios, y humor para ello, recorrer las viejas iglesias y abadías donde fue dejando muestras de su originalidad. En Cataluña, San Juan de las Abadesas, San Pedro de Roda o Peralada. En el norte de Italia, Prato, Sant Casciano… Y, por supuesto, en el sur de Francia, Sant-Hilaire, Cabestany, o los ya visitados por nosotros  Lagrasse y Saint-Papoul.

Por cierto que San Papoul se hizo célebre en la zona por un milagro curioso. Era discípulo de San Sernin, obispo de Toulousse, quien, a su vez, era maestro del San Fermín pamplonica que echa el capotico a los mozos que corren el encierro. Pues eso, el santo Papoul fue martirizado por el original sistema de rebanarle el cráneo como si fuera una tapadera; finalizada la faena del verdugo, él cogió su cráneo debajo del  brazo y se fue tan campante hasta donde se fundó el monasterio en su honor.

No se sabe si esa trepanación a lo bestia limitó su capacidad cognitiva el tiempo que anduvo con el cráneo en la mano. No debió ser así, ya que al lugar donde vino a ser enterrado le llamaban el país de Cucaña por la riqueza de sus tierras. De haber vivido el santo en nuestros días, seguro que hubiera elegido la Marca España - reino de Jauja donde se ata a los chuchos fieles con ristras de chorizos - para aposentarse. Un país donde el milagro de la recuperación económica es ladrado a los cuatro vientos por los perros guardianes del sistema. Un milagro económico, vamos, gracias a la trepanación craneal colectiva.

Ladran, luego divagamos.

domingo, 11 de enero de 2015

Visita a una dama.-

A pesar de que se van cumpliendo años y van quedándose atrás viejas ilusiones que el tiempo ha reducido a recuerdos borrosos; a pesar de aquellos proyectos nunca realizados, pero sin los cuales un día ya lejano no concebíamos que nuestra vida tuviera sentido, aún, entre esas hojarascas de lo que no pudo ser, quedan unos pequeños brotes verdes que resisten a marchitarse tras decenios de vida condenada a la mediocridad bíblica del ganarás el pan y a la mediocridad existencial del vivirás de tu jubilación. Y gracias, que otros ni lo catarán.

Es sorprendente que, tras tantos y tantos años, todavía siga vivo el enamoramiento por una mujer que murió joven, apenas con veinte años, de nacimiento Giovanna degli Alvizzi, florentina ella, de la que este jubilata se quedó prendado allá en sus tiempos mozos, cuando era estudiante en la Complutense. Aquellas clases en las que el profesor de Arte pasaba las filminas y nos descubría, a algunos jóvenes como yo que sólo vivíamos la grisalla del franquismo social, toda la belleza que hay en la pintura renacentista. Nos hablaba de Paolo Ucello y sus caballeros de negra armadura en la batalla de San Romano, o Piero della Francesca con sus retratos enfrentados de los condes de Urbino, o de Mantegna con ese escorzo imposible del Cristo muerto…

Pero fue Ghirlandaio quien, definitivamente, marcó la fascinación por el Cuattrocento italiano. Su  jovencísima y serena Giovanna Tuornabuoni era a los ojos del estudiante enamorado de la belleza, que entonces fui, como  Beatrice para el Dante o Dulcinea para el loco egregio que fue el Caballero de la Triste Figura, un ideal inalcanzable. Una de esas obsesiones estéticas sin las cuales es imposible soportar la vulgaridad del tiempo presente. 

Con la ventaja, frente a ellos, de que uno puede serle infiel sans état d´âme, como aquella vez en Atenas, frente a los ojos almendrados y la sonrisa enigmática de una Kore, que arrebató a este turista sorprendido al borde del éxtasis estético. Claro que, puestos los pies en tierra, con estos antecedentes, el currículo profesional de un servidor no daba para alcanzar grandes metas sociales, andando, como andaba, con la cabeza a pájaros.


El caso es que, volviendo al asunto, jamás habíamos visitado la colección permanente del museo Thyssen, hasta ayer, que fuimos la santa y yo. Y, por lo que recuerdo, nunca había estado frente al retrato de Giovanna Tuornabuoni, teniéndola tan cerca, a penas a media hora de transporte público. Mil veces la había visto en reproducciones, pero nunca antes vi la tabla que pintó Ghirlandaio. Fue una lástima que los ojos que la pintaron no fueron los que la vieron viva -tomó su retrato de una medalla conmemorativa-, ya que la tabla hubiera sido el punto exacto de encuentro entre la mirada de este espectador fascinado y la del pintor que debería haberla conocido.

Aunque idealizada de acuerdo con los cánones renacentistas, debió ser harto hermosa y de buenas prendas personales y morales. Tanto que  el pintor puso una cartela con dos versos de un epigrama de Marcial: Ars utinam mores animumque effigere posses. Pulchrior in terris nulla tabella foret: “Ojalá el arte pudiera representar las costumbres y el alma. No habría en la tierra mejor pintura”.

Y dirá el improbable lector que a qué viene tanto rollo por una joven dama muerta en 1488, que es una pasada de exquisitez para un viejo funcionario anclado en viejas contemplaciones. Y no le faltará razón. Puestos a adorar antiguas bellezas –insistirá el lector- , ahí está Mona Lisa, a la que visitan en peregrinación miles de turistas. El refrendo multitudinario de la Gioconda deja en mantillas a la jovencísima Giovanna, a la que cuatro despistados echan un vistazo distraído.

Pero quien esto escribe sigue en sus trece, porque la masa turística, con sus selfies, no hace más que prostituir de vulgaridad a un personaje al que, para desacralizarlo, ya Marcel Duchamps pintó perilla y bigotito de señorito sexualmente ambidiestro, además de colgarle aquel infamante letrero de L. H. O. O. Q.: Elle a chaud au cul.

martes, 7 de octubre de 2014

Cobayas.-


“Gracias por haber participado en esta investigación clínica. Quizás usted no recuerde haber dado su consentimiento, pero fue enrolado en diciembre de 2007, al comienzo de la gran depresión. Su tratamiento no ha sido administrado por médicos o enfermeras, sino por políticos, economistas y ministros de finanzas. En el marco de este estudio le han hecho seguir, lo mismo que a millones de personas, uno de los dos protocolos experimentales siguientes: austeridad o reactivación. La austeridad es un medicamento destinado a reducir los síntomas de la deuda y del déficit para tratar la recesión. Consiste en disminuir los gastos gubernamentales en materia de cobertura médica, de asistencia a los parados y de ayuda a la vivienda.”

“Si ha recibido una dosis experimental de austeridad, habrá notado, seguramente, profundos cambios en el mundo que le rodea. Si, en cambio, forma parte del grupo de la reactivación, su vida, posiblemente, no ha sido alterada por el paro y la recesión. Incluso es posible que se encuentre con mejor salud que antes de la crisis…”

Así comienza el artículo Cuando la austeridad mata (Las consecuencias sanitarias de las políticas económicas), publicado por Le Monde diplomatique este mes de octubre. Es lo que tiene dejar de rascarse el ombligo con las noticias domésticas tan llenas de fervores nacional-periféricos que hacen olvidar la realidad de los males sociales, que uno acaba enterándose de haber sido sometido a un experimento quirúrgico-económico. Bueno, un servidor y también el improbable lector: todos convertidos en conejos de indias a los que nos han extirpado derechos sociales: hoy te privatizo hospitales, mañana te recorto ayudas a la dependencia, anteayer te podé los derechos laborales, y así.

El artículo toma los dos ejemplos europeos más contrapuestos del experimento: Islandia y Grecia. El segundo es ese tratamiento para caballos que la Cirujana de Hierro Merkel y su equipo de guardia nos ha impuesto para salvarnos del virus que, previamente, nos inocularon cuando lo de Lehman Broders y las subprimes aquellas. 

Dice el refrán español que quien bien te quiere te hará llorar, y mucho nos deben querer el FMI, el BE, la UEE y sobre todo nuestro gobierno cuando nos tienen quejumbrosos con lo amargo de su medicina. Pero ya se sabe que lo hacen para curarnos de aquel absurdo optimismo de cuando nos creíamos que la educación, la sanidad, los derechos laborales, eran un bien que nos habíamos ganado con el esfuerzo de  las generaciones que nos precedieron; bienes que pensábamos dejar en herencia a las siguientes generaciones. Ahora sabemos que no era más que un préstamo con intereses usurarios que nos vemos obligados a devolver, so pena de desahucio.

Pero no, no éramos más que lustrosas ratas de laboratorio en las que experimentar nuevos medicamentos que demuestren la eficacia de la ideología neoliberal. Y con el fin de que aceptemos la medicación sin rechistar, ahí está la sabia advertencia que a los ciudadanos del Sur hizo la doctora Merkel, quien dijo refiriéndose a Grecia: Estos países pueden ver que el camino iniciado por Grecia no es fácil. Por lo tanto, harán lo que puedan por evitarlo.  Claro aviso para convalecientes díscolos. Por eso nuestro Mariano sigue el tratamiento con tanta sumisión.

Por eso, también, esa resistencia que nació de las asambleas callejeras, de los 15 M, de los Rodea-el-Congreso y mareas de distintos colores que han brotado como sarpullido un poco por todas partes. Un virus resistente, una especie de inmunodeficiencia que por estas tierras recibe el nombre de Podemos, y en Grecia, de Syriza. Si siguen tomándonos por conejillos de indias, quizás estos sarpullidos terminen convirtiéndose en un ébola inmune a toda la farmacopea neocon y a ver qué hacen los Marianos de plantilla con la sanidad desmantelada. “Los experimentos, con gaseosa”, dijo Eugenio D´Ors.

Un servidor, desde su atalaya jubilata, así lo ve y así lo dice. ¿No será contagioso,verdad, doctora?

viernes, 4 de noviembre de 2011

Eso de hacer referendos.-




Creo que un día de estos me voy a hacer griego. Aunque sea por simple solidaridad con un pueblo denostado por sus socios ricos y abocado a la pobreza... y por tocar las narices a la Nomenklatura bruselense y sus acólitos.

La verdad es que no estoy muy seguro de si mi decisión -que estoy meditando- se deba más a mis simpatías por los desheredados del euro o a mi hartazgo por estos dirigentes europeos que se palpan la cartera y desconfían de las decisiones de los pueblos que dicen representar.

Durante las horas de insomnio que me sobrevienen a veces, me da por pensar en el Mito de la Caverna del que nos hablaba Platón en su República. Quizás el improbable lector piense que no tiene nada que ver con lo que trato de decir. Pero si uno hace una trasposición del mito o alegoría platónica a los tiempos actuales, no deja de encontrar paralelismos esclarecedores.

Para el filósofo griego, nuestros conocimientos son sólo sombras proyectadas sobre la pared de una cueva, percibidas por esclavos atados con cadenas de forma que no pueden más que mirar hacia el fondo de la misma. Otros hombres, situados a la entrada de la cueva, y con ayuda de la luz de una hoguera, sujetan en alto objetos cuyas sombras se reflejan en el fondo de la pared, de forma que los esclavos creen que las sombras reflejadas son la propia realidad.

Mismamente, mismamente, lo que están haciendo con nosotros. A la luz de la gran hoguera neoliberal -que consume los recursos de los ciudadanos-, financieros, políticos y demás profetas del catastrofismo económico agitan cimbeles de recesión y privatización, cuyas sombras se proyectan en el fondo de la caverna de nuestros miedos irracionales. Así, encadenados a nuestros terrores (la miseria material, las guerras y todos los azotes pasados de que tenemos memoria colectiva), damos por verdadero todo aquello que no son más que sombras que otros manejan en su provecho.

Imagínese el improbable lector que esos esclavos aherrojados (bonita palabra) en el fondo de la espelunca (arcaica, pero también sugerente), se liberan de las cadenas que les obligan a mirar lo que otros quieren que vean, y deciden salir a la luz del sol, mirar la realidad a la cara y decidir cómo afrontarla. Pues esa es la situación actual de los griegos. Se pretendía consultarlos respecto a cómo quieren afrontar esa realidad, pero todas las tripas del euro se alborotan ante semejante ocurrencia ¡Consultar a las víctimas de la crisis!

Ante el alboroto ocasionado, uno se pregunta ¿A qué viene tanto escándalo por parte de "expertos", tertulianos y gacetilleros que pregonan las verdades del amo? ¿No habíamos quedado en que éramos demócratas de toda la vida? Pues hombre, seamos consecuentes y dejemos que decidan.

Lo malo es que ser consecuentes suele dar disgustos. Los islandeses fueron a un referendum y acordaron que banqueros avariciosos y políticos falaces debían ir a la cárcel, y que de la deuda pagarían aquello que fuese justo. Por eso mismo, y por si acaso dábamos una pataleta, no hubo refrendo popular aquí. Escarmentados en cabeza ajena, aquí, en la España nuestra, gobierno y oposición enmendaron a nuestras espaldas la Constitución (¿la enmerdaron?) para que una determinada ideología económica prevaleciera sobre los intereses del común.

Y ahora, un referendum para los griegos... Con tantos miles de millones como han invertido en ellos los bancos europeos, cómo se va a consentir que decidan cómo quieren ser pobres: si estrujados por los intereses de la deuda -que nunca podrán pagar-, o manteniendo un resto de dignidad. Es toda un aparadoja: ellos nos enseñaron la democracia, y ahora se les niega su ejercicio en nombre de la estabilidad del euro y la tranquilidad de los mercaderes. Y los políticos griegos dan marcha atrás, qué remedio...

Este jubilata, por más vueltas que le da, no acaba de entender las sobras chinescas de la economía. Si Grecia pesa solamente el 2% de la economía total europea ¿Tanto riesgo hay de que Europa se nos vaya al carajo por la decisión que pudieran haber tomado? A lo mejor las consecuencias no hubieran sido las previstas; a lo mejor, los griegos, con su referendum, se hubiesen sacudido las cadenas, hubiesen salido de la caverna, se hubiesen meado en la hoguera del chiringuito neoliberal y, tras la humareda consiguiente, brillase de nuevo el sol. A lo mejor, el resto de los pueblos "en situación de riesgo" (como dicen de nosotros) también decidíamos salir de la cueva, afrontar la realidad que tenemos -no la que nos pintan- y nos oreábamos al sol. Quizás descubriésemos que somos más pobres, pero tendríamos buen color y recuperaríamos las ganas de vivir.
Ahora bien, reconozco que hubiese sido una putada para quienes tienen montado el negocio de la covacha, la fogata y los juegos de sombras.

domingo, 1 de mayo de 2011

Un viaje a Grecia: Rodas.-

Es lo que tiene pasarse diez días fuera de casa, que la bitácora queda en calma chicha, sin patrón y sin vientos que la lleven a buen puerto. Esta vez el patrón - este jubilata - se pone de nuevo al timón y anota en su bitácora algo de la visita realizada a la isla de Rodas.
Rodas es la capital del Dodecaneso, conjunto de 12 islas que forman la provincia del mismo nombre. Es la isla habitada más grande de las situadas al SE del mar Egeo, apenas a 11 millas de la costa turca. Tiene, digamos, forma de almendra irregular, en sentido NE-SO, con su capital en la punta más nororiental.


Si se accede a la vieja ciudad medieval pasando por la zona del Casino de Rodas, antes de dar vistas al puerto, se encuentra el caminante con unos edificios que parecen situarle a uno en Venecia. La cosa, como casi todo, tiene su explicación. El Dodecaneso, entre 1912 - 1943, estuvo bajo la influencia y administración italiana, bajo el reinado de Victor Manuel III y sometida a la política de expansión imperialista de la Italia musoliniana.

Lo curioso de este barrio italiano extramuros es que se construyó sobre un viejo cementerio turco, del que queda en pie una pequeña mezquita muy deteriorada y algunas tumbas que sirve de alojamiento a los gatos callejeros. Tiene el lugar, por lo modesto y abandonado, un aspecto romántico y decadente, con las tumbas desventradas entre enormes eucaliptos, pero el visitante apresurado apenas le dedica un vistazo. Allí no hay tiendas, ni restaurantes; solo los gatos merodeando entra las lápidas con inscripciones coránicas.
También la influencia italiana se echa de ver en la reconstrucción del palacio del Gran Maestre de la Orden Hopitalaria de San Juan. Los hospitalarios se instalaron en Rodas, entre 1271 y 1522 una vez expulsados de los lugares santos por los árabes. El 1522 capitularon y entregaron la plaza fuerte a Soleimán el Magnífico. Al marcharse, la pólvora que les sobraba la escondieron en los sótanos de una iglesia aneja, cuyo estallido, a causa de un incendio fortuito, provocó el derrumbe del palacio unos años después, cuando éste era la residencia del gobernador turco.

El palacio, en ruinas, sirvió como cárcel hasta que los italianos decidieron restaurarlo a mayor gloria del fascio redentor. Actualmente puede visitarse en todo su esplendor y da idea de la magnífica fortaleza que fue. Mosaico paleocristianos y romanos, así como estatuas clásicas, son un añadido para darle lustre y vestir sus desnudas paredes.
Callejear por la vieja ciudad medieval es un placer para los sentidos del visitante, si no se le han embotado por culpa de la vena del adocenamiento turístico que todos sufrimos en cuanto vemos las tiendas de souvenirs.





Dentro del recinto amurallado de la ciudad uno se encuentra con hermosos edificios de gótico civil, en piedra bien tallada, y callejuelas que le recuerdan el típico trazado laberíntico de las ciudades árabes, con algunas mezquitas bien conservadas, con sus fuentes donde se hacían las abluciones rituales antes de la oración; aún sigue en funcionamiento un hammam o antiguo baño turco, y, callejeando, se llega a plazuelas emparradas donde tomar un expreso griego: un culín de café espeso en el fondo de una tacita minúscula.

Este jubilata, con un poco de nostalgia, paseando por aquellos lugares, recuerda cuando visitó la isla allá por 1977 -era nuestra segunda salida al extranjero- y paseábamos las calles bulliciosas, con mil olores a las comidas especiadas; calles llenas de sol y música. Hacía tanto calor que la mi santa andaba por aquellos andurriales con un pantalón corto de un pijama mío y una blusa griega. Éramos jóvenes, cualquier tontería nos hacía reir y teníamos todo el mundo ante nosotros por descubrir. (Aquí resulta inevitable poner un par de suspiros de añoranza -¡Ahh! ¡Ahh! Dum loquimur fugerit invida aetas-) ... y seguimos con lo que importa.
Lindos, la otra ciudad de la isla, como una explosión de luz junto al mar con los azules más bellos que puedan encontrarse, está cuajado de casitas blancas y tiene trazado laberíntico que trepa hasta los pies de la acrópolis. Una joya mediterránea que el viajero no puede perderse bajo grave pecado de irresponsabilidad estética.
De los viejos templos paganos sobre la acrópolis poco queda, solo los vestigios de un templo dórico. Tiene una antigua iglesia bizantina, fuertes muros medievales y unas vistas sobre la costa recortada que dejan en suspenso de admiración al viajero. Callejear de bajada por aquellas callejuelas serpenteantes es como perderse por el laberinto cretense. Pero si uno se pierde -puede y hasta debe hacerlo - siempre podrá encontrarse con el mar... o con centenares de turistas cargados de bolsas de recuerdos inútiles y ansionsos por ajustarse a los horarios que marcan los guías. Ay, los guías, esos exigentes pastores de masas, quienes pretende que, en un par de horas, el turista apresurado se empape de tanta historia como
va pisando a cada paso que da.



Rodas es mucho más, pero hay que ir a verla. Con lo dicho aquí, que al improbable lector le baste. A menos, claro, que no se aguante las ganas, se sienta aventurero como Odiseo, deje todo lo que tenga entre manos y se pierda por aquello parajes, camino de su Ítaca ideal. Un servidor cumple con decirlo.