Por lo que un servidor llega a entender, somos primates de nariz simple, carecemos de membranas alrededor de las narinas y de vibrisas en el hocico. Así que magínese el improbable lector a qué situación hemos llegado como especie: no somos más que bípedos sin morros húmedos y de nariz seca. Tanto homo sapiens como presumimos ser, para llegar a vernos clasificados según una cuestión de simples narices. Más de tres millones de años evolucionando – se supone – paso a pasito, desde el Austrolopithecus, pasando por el Afarensis, el Robustus y otros; siguiendo por el Erectus, el Neanderthalensis…, y cuando llegamos a la culminación de la especie en el Sapiens, resulta que ésta nos da ejemplares de tanto relumbrón como el Trump o el Villarejo, o jubilatas septuagenarios, según el nicho ecológico donde se desarrollen.
Pensando (otro gerundio que se cuela) estaba en estas cuestiones
cuando me descubrí a punto de cumplir los 73 años. Un servidor ya sabía que le
venían rondando desde hacía tiempo, pero no tan apresurados. También sabía lo del acertijo que le propuso
la Esfinge a Edipo, lo del animal que por la mañana anda a cuatro patas, al
medio día con dos y por la noche con tres. Y también sabía que, según se iban acumulando
los años, terminaría siendo ese animal (racional, a pesar de todo) que acabaría
andando a tres patas. Lo que no sabía es que, de la mañana a la noche, el pequeño
australopiteco con el que me identifico, que nadaba en el líquido amniótico
materno, terminara convertido en un sapiens de clases pasivas que no recuerda
haber recorrido toda la cadena evolutiva – del afarense al neandertal – y,
mucho menos, que se haya tomado tres millones de años para hacerlo.
Lo que me recuerda (recordar, cuestión de vivir la vida hacia
atrás, ya que hacia adelante no hay mucho margen) que también don Miguel se
quejaba en sus Recuerdos de niñez y mocedad,
o como quien dice, cuando fue ese animal edípico que andaba a cuatro patas y luego
a dos:
Yo no me acuerdo de haber nacido. Esto de que yo
naciera -y el nacer es mi suceso cardinal en el pasado, como el morir será mi
suceso cardinal en el futuro-, esto de que yo naciera es cosa que sé de
autoridad y, además, por deducción. Y he aquí cómo del más importante acto de
mi vida no tengo noticia intuitiva y directa, teniendo que apoyarme, para
creerlo, en el testimonio ajeno. Lo cual me consuela, haciéndome esperar no
haber de tener tampoco en lo por venir noticia intuitiva directa de mi muerte.
Aceptando (un gerundio más), y siguiendo (y otro) con el símil evolutivo: que habiendo sido un homúnculo sin conciencia y sin consciencia de que lo hubieran
nacido, el animal sapiens de tres patas que soy actualmente se siente un tanto
decepcionado de que lo pusieran en este pícaro mundo sin advertencia previa,
como esas instrucciones que vienen con los medicamentos y cuya lectura es recomendable
antes de la primera ingesta. Nacerle a uno sin haberle previamente pedido
parecer, dotarle de conciencia y consciencia para complicarle la existencia, y
echarle en mitad de la charca embarrada que suele ser la vida, es – que don Miguel
me perdone – una putada.
Y más todavía cuando, según vas viviendo la vida, le vas
cogiendo gusto. Es como engancharse a la heroína, vives en tu mundo nebuloso,
pero terminas hecho un trapo. Cuando te das cuenta, no hay metadona que te
salve, porque la vida mata. El único consuelo (que a la mass-media le sienta bien) es que, para olvidar la finitud como ser
vivo, se han inventado los smartphones, el consumismo, las modas de temporada, el
patriotismo irredento, los colorines de los anuncios y otros mil sucedáneos del
nada por aquí, nada por allá y ¡Hop!, el conejo que sale de la chistera.
Concluyendo (y último gerundio). No se vaya a creer el improbable
lector que este jubilata mira con resquemor hacia el pasado y con temor hacia
el futuro (dure lo que dure), es que le gustaría poder haber pasado por la vida en
pura inopia, como la austrolopiteca afarense Lucy, que anda ya por los tres
millones y pico de años y sigue igual a sí misma, sin preocuparse de
trascendencias, como lo hacía el caviloso de Unamuno. Ese don Miguel, tantas veces citado hoy, quien se preguntaba si el gato acaso llore o ría por dentro, pero por dentro acaso también el
cangrejo resuelva ecuaciones de segundo grado. Acaso los humanos, allá en el interior de su caparazón, además de Homo Sapiens sean también inteligentes. Chi lo sa!
Y es que la ecuación de la vida a
ver quién la resuelve…






