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domingo, 14 de octubre de 2018

Faunario humano.-


Leyendo (perdóneseme el gerundio inicial) un tocho divulgativo referido a las lagunas que presenta la teoría darwiniana de la evolución del Homo Sapiens y antecesores, me entero de que los humanos somos primates (eso ya lo sabía, pero no) del suborden de los simios. Solo que ahora, no sé si los zoólogos y también los paleontólogos, dicen, además, que somos haplorrinos. Esto es: con ventanas nasales secas y no un hocico húmedo, como los estrepsirrinos. 

Por lo que un servidor llega a entender, somos primates de nariz simple, carecemos de membranas alrededor de las narinas y de vibrisas en el hocico. Así que magínese el improbable lector a qué situación hemos llegado como especie: no somos más que bípedos sin morros húmedos y de nariz seca. Tanto homo sapiens como presumimos ser, para llegar a vernos clasificados según una cuestión de simples narices. Más de tres millones de años evolucionando – se supone – paso a pasito, desde el Austrolopithecus, pasando por el Afarensis, el Robustus y otros; siguiendo por el Erectus, el Neanderthalensis…, y cuando llegamos a la culminación de la especie en el Sapiens, resulta que ésta nos da ejemplares de tanto relumbrón como el Trump o el Villarejo, o jubilatas septuagenarios, según el nicho ecológico donde se desarrollen.

Pensando (otro gerundio que se cuela) estaba en estas cuestiones cuando me descubrí a punto de cumplir los 73 años. Un servidor ya sabía que le venían rondando desde hacía tiempo, pero no tan apresurados. También sabía lo del acertijo que le propuso la Esfinge a Edipo, lo del animal que por la mañana anda a cuatro patas, al medio día con dos y por la noche con tres. Y también sabía que, según se iban acumulando los años, terminaría siendo ese animal (racional, a pesar de todo) que acabaría andando a tres patas. Lo que no sabía es que, de la mañana a la noche, el pequeño australopiteco con el que me identifico, que nadaba en el líquido amniótico materno, terminara convertido en un sapiens de clases pasivas que no recuerda haber recorrido toda la cadena evolutiva – del afarense al neandertal – y, mucho menos, que se haya tomado tres millones de años para hacerlo.

Lo que me recuerda (recordar, cuestión de vivir la vida hacia atrás, ya que hacia adelante no hay mucho margen) que también don Miguel se quejaba en sus Recuerdos de niñez y mocedad, o como quien dice, cuando fue ese animal edípico que andaba a cuatro patas y luego a dos:

Yo no me acuerdo de haber nacido. Esto de que yo naciera -y el nacer es mi suceso cardinal en el pasado, como el morir será mi suceso cardinal en el futuro-, esto de que yo naciera es cosa que sé de autoridad y, además, por deducción. Y he aquí cómo del más importante acto de mi vida no tengo noticia intuitiva y directa, teniendo que apoyarme, para creerlo, en el testimonio ajeno. Lo cual me consuela, haciéndome esperar no haber de tener tampoco en lo por venir noticia intuitiva directa de mi muerte.

Aceptando (un gerundio más), y siguiendo (y otro) con el símil evolutivo: que habiendo sido un homúnculo sin conciencia y sin consciencia de que lo hubieran nacido, el animal sapiens de tres patas que soy actualmente se siente un tanto decepcionado de que lo pusieran en este pícaro mundo sin advertencia previa, como esas instrucciones que vienen con los medicamentos y cuya lectura es recomendable antes de la primera ingesta. Nacerle a uno sin haberle previamente pedido parecer, dotarle de conciencia y consciencia para complicarle la existencia, y echarle en mitad de la charca embarrada que suele ser la vida, es – que don Miguel me perdone – una putada.

Y más todavía cuando, según vas viviendo la vida, le vas cogiendo gusto. Es como engancharse a la heroína, vives en tu mundo nebuloso, pero terminas hecho un trapo. Cuando te das cuenta, no hay metadona que te salve, porque la vida mata. El único consuelo (que a la mass-media le sienta bien) es que, para olvidar la finitud como ser vivo, se han inventado los smartphones, el consumismo, las modas de temporada, el patriotismo irredento, los colorines de los anuncios y otros mil sucedáneos del nada por aquí, nada por allá y ¡Hop!, el conejo que sale de la chistera.

Concluyendo (y último gerundio). No se vaya a creer el improbable lector que este jubilata mira con resquemor hacia el pasado y con temor hacia el futuro (dure lo que dure), es que le gustaría poder haber pasado por la vida en pura inopia, como la austrolopiteca afarense Lucy, que anda ya por los tres millones y pico de años y sigue igual a sí misma, sin preocuparse de trascendencias, como lo hacía el caviloso de Unamuno. Ese don Miguel, tantas veces citado hoy, quien se preguntaba si el gato acaso llore o ría por dentro, pero por dentro acaso también el cangrejo resuelva ecuaciones de segundo grado. Acaso los humanos, allá en el interior de su caparazón, además de Homo Sapiens sean también inteligentes. Chi lo sa! 

Y es que la ecuación de la vida a ver quién la resuelve…

sábado, 20 de enero de 2018

Aniversarios y divagaciones.-


 No es que el recién pasado año 2017 – en opinión de quien esto escribe –  merezca el esfuerzo de ser recordado. Ni éste que acaba de empezar lleve trazas de merecerlo en cuanto finiquite; el tiempo lo dirá. Pero uno y otro tienen algo en común: sendas celebraciones. El pasado año se debería haber celebrado – teóricamente, porque a nadie pareció interesarle – el centenario de la Revolución Bolchevique y la instauración del comunismo. Esa utopía milenarista de tan corto recorrido, promisoria del paraíso para los parias en la tierra, y que tanto asustó (por poco tiempo, es verdad) a nuestro sistema capitalista. Y este año que ha empezado a rodar tiene, también, una celebración pendiente: el cincuenta aniversario de Mayo de 68. Ya veremos si alguien se acuerda. De momento, en Francia, ni los escolares recuerdan al gran filósofo de aquel momento: Jean Paul Sartre.

Un servidor, como niño de derechas que fue, de los comunistas sólo sabía que comían curas y tenían rabo y cuernos. El imaginario popular franquista no daba más de sí y hube de esperar a la universidad para alcanzar el aggionamento ideológico. En cuanto a Mayo del 68, también este portazo histórico me pilló a traspiés: estaba a punto de terminar la mili con el grado y empleo de cabo furriel. Hacer estadillos para la cocina, repartir chuscos a la tropa y llevar el cuadrante de servicios fueron actividades que aplastaban la imaginación bajo las ordenanzas y la burocracia cuartelera. Pasó bastante tiempo hasta que me enteré que Sous les pavés il-y-a des playes

Ser de familia católica de derechas y defender a la patria repartiendo chuscos me frustraron la ansiada progresía a la que aspiraba mi generación. Por su culpa, me quedé en reaccionario de izquierdas y jubilata descreído. Descreído de todos los credos y sus estrecheces mentales. Aunque, como buen marrano, hago como que creo en los dogmas imperantes y sobrevivo en mi rincón.

Y, puesto que para sobrevivir en nuestro medio social hay que tomar credo y partido, no los hay mejores que aquéllos previamente condenados al fracaso. Te liberan de la obligación del triunfo y de la frustración por no alcanzarlo. Por eso, con la brizna de idealismo que siempre germina en los descreídos, este jubilata, desde su juventud, tomó partido por ese Sócrates irónico, marrullero, incontinente verbal, partero de ideas, que liaba al personal hasta hacerle aceptar como propios argumentos que él, previamente, había puesto en su boca.  No es extraño que, en el Gorgias, el retórico Callicles le reprochara esa absurda afición a la filosofía: Mas cuando veo a un anciano filosofando todavía y que no ha renunciado a ese estudio, le considero merecedor de ser castigado con el látigo, Sócrates. El nefando ministro Wert debió tener presente aquella advertencia al demediar las humanidades en el currículo escolar. Así los niños no serán inútiles filósofos, sino hábiles consumidores.

Y, como si fuera una premonición, Callicles ya le advierte al viejo Sócrates de que cualquier sicofante podría acusarle de haberle causado un perjuicio y dar con sus huesos en la cárcel: Y cuando comparecieras ante los jueces, por vil y despreciable que fuera tu acusador, serías condenado a muerte si le pluguiera… De esa advertencia a beber la cicuta, solo había un paso que Sócrates dio con entereza. Él no lo lamentó y nosotros tampoco, porque nos quedó uno de los diálogos platónicos más hermosos: Fedón, o de la inmortalidad del alma. Claro que, opinará el improbable lector, esas viejas historias no son tan aleccionadoras como la de oír al señor Rato, ante la comisión del Congreso, dando caña a Sus Señorías, a propósito del hundimiento de Bankia: ¡Es el mercado, idiotas!

Cuestión de idiocia colectiva, esa de no comprender que los dineros públicos están para tapar errores del sistema. Eso lo saben el señor Rato y el selecto club del Ibex-35. Lo que, a lo mejor no saben, o les importa un carajo, es que Mayo del 68 ya no es más que el abuelo marchoso del 15 M, del que quedan algunas consignas reconvertidas en slogans, buenos para imprimir en una camiseta con aquello del prohibido prohibir y similares.

Y, como de divagaciones se trata aquí, acaba de venir a la memoria la noticia que dio el otro día un plumífero de la Prensa pesebre: El cadáver presentaba lesiones compatibles con un atropello. Lo que me hizo recordar aquella otra noticia de hará por lo menos un año, en la que se decía que el cadáver presentaba heridas incompatibles con la vida. Un servidor querría ser compatible con estos desbarajustes idiomáticos, pero como ha leído en su momento El dardo en la palabra, de don Fernando Lázaro Carreter, a más de Viajes con Heródoto, de Kapuscinski, sabe que el periodismo es otra cosa, así que sus gustos resultan incompatibles con los voquibles de la prensa de mogollón. Ya hace bastante con entretener al personal a fuerza de decir poco, para no aburrir.

lunes, 20 de noviembre de 2017

La inteligencia y otros asuntos de poco interés.-

Sepa el lector, aunque improbable no por eso menos estimado, que un anaquel (lo de anaquel se dice aquí por no perder el uso) lleno de libros dentro de una habitación, una ventana a la calle y un concierto para piano de Schumann pueden ser lo más próximo al paraíso que se puede permitir un simple mortal. La habitación vale tanto como el claustro materno para un nonato: te acoge y protege; la ventana, la necesaria comunicación con el mundo exterior: te aísla a la vez que te comunica con él. Y la música, en este caso un concierto de Clara Schumann, es el líquido amniótico en el que flota la imaginación del voluntario enclaustrado. Con tan poco, un mundo a la medida.

¡Vaya! Esta vez el jubilata se ha puesto intimista - pensará el improbable lector -. Intimista y exquisito, para llamar la atención. Pero, no. Es que está un tantico harto del mundo exterior y, de vez en cuando, decide replegarse para sus adentros, a ver si se olvida por un rato de esas afueras tan ingratas que le toca vivir. No es que lo consiga del todo, pero al menos el intento da pábulo (pábulo, otro término que muere de inanición) a la redacción de esta entrada a la bitácora.

Pues viene al caso el título por una entrevista que hicieron a una filósofa, doña Catherine Malabou (que no tengo el gusto de conocer, no se vaya Vd. a creer) en L´Express. – Y aquí se impone un inciso para que el lector no se haga una idea equivocada: el autor de la bitácora no pretende aparentar que sabe, sólo habla de leídas, con el agravante de que, siendo su memoria inmediata débil, lee y olvida. Por eso, para no olvidar – el olvido es la aniquilación –, escribe y pretende que los demás lo lean, como si buscase refugio en intelectos ajenos.

Pretende ser, a lo mejor influido por las pelis de ciencia-ficción, como un alien alimentándose de la masa encefálica de los lectores. Pero en buen plan. O sea: se lanza una idea; ésta, al ser leída, se aloja en el sistema neuronal del lector y allí vive tan ricamente, sin molestar. Y al jubilata, que se reconoce flaco de memoria, olvidadizo – y, por lo tanto, aniquilable – le ilusiona saberse huésped de mentes más despiertas.

Volviendo al asunto, habla doña Catherine de la gran plasticidad del cerebro, incluso a edades avanzadas. Nuestras conexiones neuronales son capaces de cambiar de forma, de tamaño y de volumen bajo el efecto de la experiencia y la educación. Y, aunque los circuitos neuronales estén ya formados, pueden remodelarse y crear otros nuevos. Lo cual quiere decir que, incluso a estas edades que nos vemos obligados a tener algunos, somos capaces de comprensión, aprendizaje y adaptación. Porque resulta que la inteligencia humana es un intercambio continuo entre el exterior y nuestro cerebro, que se adapta, asimila e integra los resultados de su adaptación. La inteligencia tiene mucho que ver con la educación, la realización personal y el afecto; aunque aquí no se habla de inteligencia emocional.

La inteligencia se define en términos de equilibrio: todos envejecemos físicamente, pero mucho más despacio en el plano mental. La edad nos va desmanguillando – Mme. Malabou no usa esta expresión popular; yo, sí – este cuerpo que se ha de comer la tierra, o quemar la incineradora, pero nuestra mente se mantiene activa. Se produce un desfase entre nuestro deterioro físico y nuestra actividad mental, dando como resultado un desdoblamiento asimétrico. Y, precisamente, la inteligencia consiste en equilibrar estos dos aspectos: en acomodar nuestro envejecimiento corporal a la juventud de nuestro espíritu. 

Cosa, por otro lado (lo del desfase entre cuerpo y mente) que un servidor ya se lo había oído decir a un traumatólogo cuando me mandaron hacer un estudio de la pisada, porque la artrosis de mi cadera me hacía renquear. Decía el galeno del problema que se estaban encontrando los de su profesión ante el desfase entre el deterioro físico y la agilidad mental de cada vez más especímenes humanos de nuestra edad. Lo que podría solucionarse – esto ya es de mi cosecha – integrando nuestra capacidad cognoscitiva en un sistema de inteligencia artificial que nos librase de las taras físicas a la vez que mantenía la actividad cerebral. Cosa de ciencia-ficción que ya se contempla en algunas teorías sobre IA (inteligencia artificial) leídas en algún papel serio.

El caso es que también le preguntaban a Mme. Malabou sobre avances cibernéticos y la superación de los humanos por parte de los cada vez más perfectos cerebros electrónicos. Sostiene que, aunque las máquinas nos han sobrepasado cuantitativamente (son capaces de cálculo a una velocidad que no está a nuestro alcance), aún no lo han hecho cualitativamente: todavía no son capaces de crear como lo haría un artista o un pensador. Porque se trataría de crear, no de imitar.

La inteligencia artificial, dice, llegaría a equipararse a la humana el día que fuese capaz de equivocarse y reparar sus errores. Cosa que, hasta ahora, un servidor nunca a nadie se lo había oído decir: humanizar las máquinas a través de la capacidad de error y rectificación. Mira por donde, una de nuestras flaquezas, el cometer errores, es algo que no está al alcance del chisme cibernético más perfecto que pueda darse y, por extraño que parezca, nos hace superior a él. Nuestra debilidad nos hace superiores a los dioses del monoteismo – el error es una cualidad que no se da en su naturaleza – y la inteligencia artificial más puntera.

Pues, sí, lector paciente. En tales andurriales andaban las elucubraciones del jubilata estos días en que, según informes económicos publicados por algún medio, cada español debe 24.455 €, si repartimos la deuda pública entre los ciudadanos de esto que se sigue llamando España. No extraña que algunos quieran levantar fronteras en el Ebro para que los impagos queden de este lado. 

Por lo que a un servidor y demás pensionistas respecta, con nuestros ingresos no llegaríamos a cubrir la apuesta ni aun acudiendo a un comedor social de aquí al final de nuestros días. No hace falta ser muy inteligente para adivinarlo. 

miércoles, 27 de septiembre de 2017

A resguardo de la bronca política (Si puede ser)


Haga lo que yo: no se meta en política”, me recomienda un comunicante, y por lo que se ve, lector frecuente de mi bitácora. Consejo que, por otra parte, ya le dio el Invicto Bahamonde a uno de sus ministros. Debería haberle hecho caso. A mi comunicante, digo. 

Sepa el improbable lector que se me ocurrió – aparte las anteriores entradas sobre este asunto en mi bitácora – colgar una nota en el Facebook ese preguntando que si los que no estábamos llamados al autoproclamado referéndum catalán éramos ciudadanos de segunda. Respuesta inmediata de un quídam: los fachas sois ciudadanos de tercera. Mi comunicante y el dictador tenían razón: quién coños me mandaba meterme en esos tiberios y turbamultas donde todo se resuelve a pura bronca y navajazo ideológico.

Por eso, como un servidor tiene ya una edad y no está para perder su tiempo intentando razonar con cafres centrífugas o centrípetas, he decidido cerrar las fronteras de la república independiente de mi casa y ver desde la ventana lo que se cuece en el ruedo ibérico. Porque, de lo que sí podemos estar seguros es de que, suceda lo que suceda estos días, saldrá un largo memorial de agravios y un martirologio patriótico a ambos lados del Ebro, de los que podríamos hablar cualquier otro día, si al improbable lector no le aburre darle vueltas a esta noria sin caudal.

Cuando uno no quiere, dos no conviven, así que estamos asistiendo a las broncas previas al divorcio a cara de perro, o al matrimonio sacramentado hasta que la muerte nos separe. Lo que resulta un sinvivir con sus odios soterrados. La segunda opción, la verdad, da repelús; y si la primera se consuma, haga usted el favor de apagar la luz, cerrar la puerta y devolvernos la llave antes de irse, y tanta paz lleve como descanso deja. 

Y no se hable más del asunto, y si se habla, hagamos lo que el inquilino de la Moncloa cuando le preguntan sobre asuntos incómodos: Esa persona de la que usted me habla. Así que no lloraremos ausencias. Pero si alguno se pone sentimental, recuerde la canción de Joan Manuel Serrat: Qué va a ser de ti lejos de casa. Nena, qué va a ser de ti. Lo que sea el futuro, ya lo veremos cuando esté presente. Lo que ha sido el pasado, con no ser actual, pesa y enturbia el presente. Uno y otro son un lastre para vivir el ahora.

Leía el otro día en L´Express una entrevista a Luc Ferry, antiguo ministro de Educación con Jacques Chirac, en la que decía que pesan dos males sobre el ser humano: el pasado y el futuro; la nostalgia y la esperanza, que nos impiden habitar el presente. Un servidor está en el presente abismado en “horas abismáticas”, como decía Unamuno. Esas horas en que uno se separa del trato con sus semejantes, del ruido de las ideologías, y cae en la realidad de sí mismo. A lo mejor no nos vendrían mal a todos disfrutar de algunas “horas abismáticas” para aislarnos del ruido de patrias enfrentadas y de la bronca que se encrespa a cada día y así conocer la realidad de cada cual por dentro. Que cada quisque se palpe la ropa.

Metafísico estás, le dijo Babieca a Rocinante en aquel soneto bastante mediocre de Cervantes. Es que no como, respondió, movido por la gazuza, Rocinante a Babieca: por lo que se ve, no era más que metafísica de pesebre. La necesidad hace de un rocín un filósofo y del pesebre metafísica... o patriotismo. Y de un bloguero provecto, un desengañado que se abisma.

Con permiso del improbable lector, no hablaré más de este asunto, al menos por esta vez, que tengo lecturas pendientes. A lo mejor le parece cosa de ociosos y despreocupados de la urgente realidad que nos agobia, pero este jubilata está muy interesado en Urbs Roma, vida y costumbres de los romanos; La vida privada. 

El lector descubre que no eran tan diferentes a nosotros. Que también seguían las modas de los peinados, los perfumes, las ropas; que también las mujeres se ponían tufos y extensiones en el pelo, y se lo teñían. Y que los niñatos de buena familia se cuidaban mucho de los rizos en la cabeza o los cortes de pelo a la moda. Y que había moralistas que criticaban las costumbres relajadas y la pérdida de las tradiciones. “También los hombres saben hacer sus embustes, saben atusarse la barba, entresacarla, ordenar el cabello, componerlo y dar color a las canas….” Eso decía Tertuliano, un padre de la Iglesia a caballo entre los siglos II y III.

En fin, he titulado esta entrada “A resguardo de la bronca política” porque quería quedarme al margen, pero no estoy tan seguro de que se me consienta, después de haberlo sacado otra vez a colación. Pero no importa. Siempre habrá un roto identitario para un zurcido nacionalista y una palabra desabrida para una opinión no compartida. Como dijo José Antonio Labordeta - con perdón -, en memorable ocasión en el Congreso de los Diputados: ¡A la mierda!

viernes, 2 de septiembre de 2016

Ética, estética y política.-



No será un servidor quien insista sobre lo del caso Bárcenas ni saque una letanía de nombres del PP con los sobresueldos que trincaban, o sobre cogían, o como quiera que sea la denominación técnica que convenga al caso. Hiede a alcantarilla sin ventilar. El asunto sobrepasa la capacidad de comentarios de esta modesta bitácora, aparte que insistir en ello aquí sería una redundancia en tono menor que no aportaría nada, así que este jubilata decide ir por libre y fijarse en un aspecto que a nadie parece interesar.

Si le digo al improbable lector que esta calamidad política de sobre cogedores se debe – no lo afirmo, solo lo supongo – a que en la sede de la Gaviota nadie ha leído con provecho a Platón o Aristóteles, seguro que se me descojona entre espasmos de risa.

Pues, mire usted, dándole vueltas al asunto, me ha parecido que no era tanto disparate. Ya sé que un político leyendo La República de Platón o los Libros de Política de Aristóteles, en lugar de tuitear desde el escaño, es una imagen atípica, atópica y anacrónica. El escaño es – según sus detentadores – esa plaza de político de carrera que se adquiere en propiedad y, con todas las sinecuras y prebendas habidas al caso, sirve para aplaudir a los primeros espadas propios, abuchear a los de enfrente, darle al botón del sí o del no según la consigna recibida, y bostezar durante las largas sesiones de debate. Aparte el trinque de la pasta, cuando hay ocasión y merecimientos, que no todos se aferran al trinquete.

Pero, no. La política es algo digno y tiene mucho que vez con la ética, la justicia y con la sabiduría. No tiene más que leerse lo que dice Platón en su Carta VII: “Y me vi obligado a reconocer, en alabanza de la verdadera filosofía, que  de ella depende el obtener una visión perfecta y total de lo que es justo, tanto en el terreno político como en el privado, y que no cesará en sus males el género humano hasta que los que son recta y verdaderamente  filósofos ocupen los cargos públicos, o bien los que ejercen el poder en los Estados lleguen, por especial favor divino, a ser filósofos en el auténtico sentido de la palabra”.

Ya sé que pretender de los políticos que sean filósofos o amantes desinteresados de la justicia es pedir peras al olmo, pero, al menos, no deberían olvidar lo que afirma Aristóteles. Éste asegura que la política va estrechamente unida a la moral porque el fin último del Estado es la virtud; política es la formación moral de los ciudadanos y del conjunto de los dirigentes necesarios para su ejercicio. La política, como ejercicio moral, es un conjunto de normas que rigen las relaciones sociales porque su objeto es alcanzar la virtud, y la justicia es su mayor exponente. Total, que ser político, justo y virtuoso viene a ser lo mismo. Ahora, vaya usted a Génova, 13 y trate de explicárselo.

Pero, para este jubilata, que ve el asunto como muy complicado de entender por la grey neocon, no se trata de comportamientos éticos, sino de pura cuestión estética. ¿Puede nadie imaginarse nada más antiestético que el trinque de sobres llenos de pasta? Esos señores tan importantes que se ensobran en el bolsillo puñados de pasta gansa, la verdad es que quedan de lo más antiestético y vulgar. Y resulta estéticamente impresentable que, quienes acaparan dineros que no se han ganado limpiamente, sean los mismos que exigen sacrificios a los ciudadanos y les recorten derechos sociales. A este jubilata le parece de lo más necio, tosco y ordinario, aparte otras consideraciones.

Por eso, aunque solo sea por no quedar feos ante los ciudadanos, los políticos deberían entender el ejercicio de la política como una cuestión ética, donde lo que importa no es el medrar, sino el bien común de todos los miembros de la sociedad. Lo mismo que visten trajes caros y van a su trabajo aseados y bien perfumados, deberían andar con los entresijos de la conciencia sin cascarrias. Porque, aunque no se lo crean, la vulgaridad de “todo por la pasta” es algo muy antiestético y ordinario, y la gente de a pie se está dando cuenta.

Como decía aquel personaje: ¡Un poco de por favor!

martes, 4 de marzo de 2014

Convalecencia, eternidad.-

Cuando un pie escayolado se convierte en el centro de tu universo, la convalecencia es una eternidad con fecha de caducidad, o por lo menos un remedo de ésta. Porque eterno parece el tiempo a transcurrir entre la mala pata de aquella rotura y el día en que las dos piernas habrán de recuperar su funcionalidad. Este lapso de tiempo en suspensión, que bien puede llevar tres meses o más, para un convaleciente atado a sus muletas es la experiencia que más se puede aproximar a eso que llamamos eternidad.

Es una exageración, claro está, una hipérbole traída por los pelos para tratar de explicar lo enormemente tedioso que resulta ese lapso de tiempo en que uno aparca sus actividades habituales y se somete -a la fuerza ahorcan- al lento transcurrir de las horas, los días, las semanas, los meses… Una eternidad en la que el tiempo parece haberse parado; tan igual a sí mismo, tan plano que parece no existir. Y, si uno no recuerda mal viejas enseñanzas, la suspensión del tiempo es lo que caracteriza ese concepto abstracto que llamamos "lo eterno" .

“Metafísico estás”, dirá el improbable lector, como le decía Babieca a Rocinante en aquel mal soneto de Cervantes. Pero este jubilata averiado no se pone metafísico a fuerza de pasar hambre, como se quejaba el rocín de don Quijote, sino a fuerza de pasar una infinidad de tiempo (plano, monótono) a la pata quebrada.

Ya puestos a hablar de infinitos, de eternidades, aunque sea una ligereza de jubilata ocioso, sin saber bien como, llega a mis manos un ejemplar del Fedón que dormía el sueño del olvido en mi biblioteca casera y empiezo a ojearlo. Ciertamente, una cojera a plazo fijo –por muy tediosa que sea– no tiene por qué producir los mismos efectos anímicos que una pena de muerte, como a la que los atenienses condenaron a Sócrates. Solo que el bueno de Sócrates se tomó la condena con una entereza que para sí quisiera el pernituerto quejoso de su invalidez provisional.


El filósofo esperaba con alegría la muerte porque liberaría su alma de las ataduras del cuerpo. Para que sus amigos lo entiendan, dedica todo su esfuerzo en los diálogos del Fedón a demostrarles la inmortalidad de ésta, haciéndoles ver que lo que llamamos conocimientos no son más que reminiscencias, recuerdos que el alma conserva de una existencia anterior y a esa existencia regresará una vez libre de las limitaciones que impone el cuerpo. Su atadura al cuerpo es un episodio más bien molesto. Soma sema, creo que eran los pitagóricos quienes lo decían: el cuerpo es una tumba.

Si uno lee despacio los diálogos, casi llega al convencimiento de que la muerte de Sócrates a la puesta del sol no es una tragedia; parece más bien que estemos ante un rato de conversación entre amigos para ir pasando unas horas de espera. Tanto es así que incluso el condenado se permite alguna ironía: “…y si después de la muerte no existe nada, habré tenido la pequeña ventaja de no haberos molestado con mis lamentaciones durante el tiempo que me queda de estar entre vosotros”.

Con un par… ¡Y un servidor dando la vara por un hueso roto! Quizás éste sea el momento de sacrificar un gallo a Esculapio.

domingo, 19 de mayo de 2013

Filosofeando.-


Anda estos días el jubilata haciendo filosofía de mesa camilla, forma de decir que está dándole vueltas al cupo de intelecto que le ha correspondido en suerte. Ya que tiene en su haber una no sobrada, pero sí suficiente, capacidad natural para la reflexión - que la naturaleza le otorgó gratuitamente - y mucho tiempo para dedicarle, lleva unos días leyendo textos que hablan de textos filosóficos. El improbable lector dirá: ¿Y a mí, qué? Pues eso – piensa el jubilata – como al poco probable lector le tiene sin cuidado, razón de más para dedicarse a sus filosofancias, con independencia de ser leído o no.  

Decir que actualmente no se hace gran Filosofía al estilo de los sistemas filosóficos clásicos (como los de Aristóteles, Kant, Hegel…) no es decir gran cosa. La tendencia en esta sociedad posmoderna y pos-cualquier-cosa es la de ocuparse de temas que tienen más que ver con asuntos culturales y éticos, como la sociedad líquida que ha perdido sus referentes éticos, o los problemas éticos que plantea el mercado globalizado, o los que plantea la investigación biológica, o la tecnología. La filosofía, aunque siga interesada en la comprensión total  del mundo y del ser, parece más dedicada a la parcelación por especializaciones. Vivimos en tiempos de especialización y cada campo es un cosmos en el que investigar, sin que nadie se atreva a integrarlos todos en un gran sistema que los abarque.

Aparte los límites que, según parece, se imponen hoy en día al pensamiento filosófico, dada la complejidad de nuestra sociedad, resulta que la filosofía se mueve en un campo ambivalente, a medio camino entre la ciencia y la literatura. Como la ciencia, se mueve por conceptos; pero, mientras que aquélla da explicaciones verificables por experimentación, la filosofía no puede hacer demostraciones empíricas. Solo puede convencer o seducir mediante el recurso a técnicas de lenguaje que se asemejan a la literatura. Ha de manejar sus conceptos de tal forma que capten la atención del lector para hacerlos comprensibles, de la misma forma que un novelista nos presenta un relato verosímil pero no demostrable por referencia a la realidad. Un penoso destino el del filósofo de hoy, obligado a transformar su proceso intelectual en un relato comprensible para el hombre actual, poco dado a reflexionar sobre conceptos conspicuos, quien necesita de una “historia” atractiva a su imaginación para no perderse en abstracciones de difícil desentrañamiento.

Lo dicho aquí arriba tiene que ver con que, según una reseña sobre la obra del filósofo alemán Odo Marquard (a quien el jubilata no tiene el gusto de conocer), la filosofía ha de adoptar un estilo ligero para hacerse representable. Según este autor, es tan breve la vida y tan escasa la capacidad de atención de los humanos en general, que la única vía de la filosofía para hacerse comprensible es la de la ligereza en su exposición. Esto es, expresar sus conceptos de forma que cada hijo de vecino sea capaz de comprender sus presupuestos. Lo que debe ser la hóstrica de difícil, eso de expresar un pensamiento complejo de una forma liviana para que los individuos, acostumbrados a vivir en una sociedad cambiante, gaseosa y con escasos fundamentos sólidos, sean capaces de leer y entender cosas de tanta seriedad.

El jubilata – como se ha dicho más arriba – al menos se pone a la tarea y lo intenta. Decepcionado por esa falta de adecuación entre el discurso de políticos, economistas, tertulianos verbosos, sesudos analistas de realidades fluctuantes, y la dura realidad social que vivimos como una losa, piensa que la filosofía, en su grado más elemental y adecuado a las entendederas de un profano, le proporciona asideros sólidos contra los envites de neolenguas, falacias interesadas, medias-verdades y todas esas tropelías que están cometiendo con el lenguaje para embrutecer nuestra capacidad de discernimiento.

De consolatione Philosophiae, lo llamaban los antiguos.