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viernes, 24 de diciembre de 2021

El antígeno de navidad.-


-Quién da la vez… - pregunté en la cola. – Servidora, me respondió una señora que estaba con el carrito de la compra. Acababa yo de llegar a aquella farmacia que hacía el número n + tropecientos de todas las ya recorridas. Dominado por la última histeria colectiva, yendo de cacería del test de antígenos que regala graciosamente la Comunidad de Madrid a sus súbditos, me había recorrido todas las farmacias del barrio y aledaños. Incluso intenté sobornar a nuestra farmacéutica habitual, quien, aparte de ponerse muy digna, se le había acabado la remesa.

Andaba yo con prisas porque tenía que ir a Ahorra Más a comprar los langostinos de navidad y otros mandados para el avituallamiento doméstico, según la nota que me había pasado la mi santa. Estábamos invitados a cenar fuera de casa y, sin el certificado de vacunación y la prueba negativa de antígenos, la familia te repudia incluso en las más entrañables fechas navideñas. Así que aquella farmacia era mi última oportunidad.

-Señora – le dije – le compro la vez. – Verdes las han segado, respondió. Y me dio ostensiblemente la espalda. – Le regalo tres mascarillas quirúrgicas – insistí. Nueva negativa. – Le canto un villancico tradicional – volví a insistir. Yo estaba dispuesto a cualquier humillación por conseguir un palito de esos. – Esto empieza a ser un acoso – replicó ella, ya francamente incómoda. 

Me resigné a esperar.

Después de todo, no era la primera vez que hacía una cola. En Doña Manolita pasé cinco horas haciendo cola para comprar un décimo del número capicúa que me salió en el tique de la frutería el día 22 de noviembre. Una premonición que no podía fallar. Solo que los premios gordos salieron en la estación de Atocha y la red ferroviaria se encargó de desperdigarlos.

También he hecho una larguísima cola en Ipanema, la panadería de por cerca de Arturo Soria, donde es fama que hacen los mejores roscones de reyes. Aunque cuando me tocó la vez, ya se habían agotado y tuve que llevarme una chapata por no perder el viaje. Y en el Lidl, donde el antiguo cine Canciller, cuando pusieron a la venta una partida limitada de turrones variados en oferta que, si comprabas el lote entero, te ahorrabas 5 €. Y hasta he hecho cola delante del quiosco de la ciega en la plaza Virgen del Romero, donde es fama en el barrio de que tiene mano de santa para dar rascas.

O sea que por hacer cola no era, que, sin ir más lejos, en la charcutería del Ahorra Más la hago cada vez que alguien delante de mí pide 200 gramos de jamón de recebo cortado a cuchillo, 150 gramos de chorizo de Cantimpalo en lonchas finas, otros 150 gramos de queso en barra Aldi para sandgüiches, otros 150 gramos más de jamón de york en oferta…

Pero eso no es lo mismo que ir a por un test de antígenos de regalo de la Comunidad de Madrid, cuyos próceres miran tanto por la salud pública como por el bienestar y la felicidad social, cuando llenan de terrazas las aceras para que el pueblo madrileño tome sus birras sin mascarilla, pero en libertad, y no como esos comunistas que etc., etc.

O sea, que no es solo porque la familia te repudie en la entrañable cena de Noche Buena. Es también por no hacerles el feo a los políticos que se desviven por el bien público, quienes, al comenzar la pandemia el año pasado – cuando salíamos a la ventana a cantar el “Resistiré” –, nos regalaron una mascarilla FFP2 y ahora nos regalan el test de antígenos salvador.

Me temo que esta, a pesar de todo, entrañable noche de navidad, tendremos que pasarla la santa y yo solos en casa. Ya hemos sacado los langostinos a descongelar, pondremos uno volovanes con ensaladilla rusa del súper y adornaremos la mesa con velitas de la tienda del chino de la esquina. No faltará detalle porque hasta pondremos en el tocadiscos el villancico de la Negrina, ese que dice San Sabeya Gugurumbé, esa ensalada de canciones populares de Mateo Flecha el Viejo.

https://www.youtube.com/watch?v=g_zrLRJs5Pg

Y, si no es esta navidad, será la próxima cuando consigamos el ansiado test de antígenos y celebremos en familia extensa las ya dichas fechas entrañables, cava extremeño incluido. Porque, como decían cuando yo era niño: hay más días que longaniza.

 

sábado, 17 de abril de 2021

Al chapuzas que nos reventó la cerradura.-


Hay momento en la vida en que el santo se te pone de culo. Y estos días son de esos en que al perro flaco todo se le vuelven pulgas, así que paciencia y arrascar. Pero no quiero aburrir al improbable lector con lamentos, que los que estamos en edad provecta no podemos perder nuestro tiempo llorando penas de la vida, cuando hemos de aprovechar la que nos queda por delante. Solo le contaré un sucedido y añadiré un cuento que viene al pelo.

Recién salido de tres semanas de Covid, hace ya dos días del final de la cuarentena, mientras estaba dando un paseo para recuperar mis fuerzas, algún profesional, amigo de lo ajeno, descerrajó la puerta de nuestra vivienda. Ya se sabe cuál es el resultado: avisar a la policía, poner una denuncia y llamar al seguro.

El cerrajero desmontó la cerradura, comprobó que los pivotes que anclan la puerta al marco habían resistido, me puso cerradura nueva provisional, y a esperar el arreglo definitivo. Me dijo el cerrajero que quien había intentado violar la cerradura “era un bruto”; esto es un gilipollas con absoluta falta de profesionalidad; que hoy se hacen “trabajos” mucho más finos y limpios, un sistema que llaman bumping. El animal, por lo visto, metió palanqueta y tiró a lo bruto.  

Pues eso, en honor al gilipollas que nos forzó la cerradura dejo aquí este cuento que escribí hace años y que viene al pelo, como si lo hubiera escrito para ese chapuzas anónimo. Cosas de la premonición literaria, por lo que se ve.

El cuento se llama Carnet por puntos, y dice así:

Eran las 04:07 de aquella madrugada de aquel lunes. Al primer golpe, el inmueble se sacudió como por efectos de un bombazo. Los vecinos, a esas horas de la noche, dormían profundamente y no se enteraron. Los golpes, secos, acompasados, hacían retemblar los vidrios de las ventanas: ¡Bum! ¡Bum! Carlitos el Piojo, alias Piojito el Butronero entre los de la profesión a ambos lados de la ley, se afanaba con su mazo. Sudando por el esfuerzo, levantaba la maza por encima de su hombro derecho y golpeaba con fuerza sobre la puerta cristalera.

Era la tercera vez que intentaba robar aquel local: La Cuchara, especialidad en comida casera. Él había comido una vez allí por 7 euros y, la verdad, hacía honor a su nombre. Una cocina honrada, de las de puchero y guiso de toda la vida, donde se podía comer con confianza. Por eso, no había nada personal en aquel robo. Piojito el Butronero era un profesional, modesto, pero responsable en su trabajo. Si se había decidido por aquel bar era a causa de la tragaperras que estaba en el rincón, debajo del televisor y junto a la puerta del retrete de caballeros.

– ...Y por una cuestión de honor –, se dijo Carlitos, hablando en voz alta, sin darse cuenta.

En efecto, Carlitos el Piojo, a pesar de ser un profesional modesto –Categoría C, según su licencia para robar–, era un hombre con pundonor. Las dos veces anteriores había fracasado por razones ajenas a su voluntad, y esta vez iba a por todas.

Cansado del esfuerzo, dejó la maza apoyada en la pared y se secó el sudor de la frente. Esta vez no podía fallar. No, esta vez no; se jugaba demasiado. Encendió un cigarrillo: en su trabajo no había normativa que lo prohibiese, y se recostó contra el coche que estaba frente a la puerta del bar. El maldito cristal blindado se resistía y era cuestión de media docena de mazazos más. Pero él necesitaba un respiro, ya no era tan joven como cuando aprendió el oficio.

– O traes un sueldo a casa, o te abandono por Wenceslao–, le había amenazado la mujer. El tal Wenceslao había sido novio de Carmela cuando chavales y trabajaba en un banco. No es que Carmela, su mujer, fuese mala persona; es que ya estaba harta de pasar necesidades y de tener que comprar fiado. Los tenderos de su barrio la miraban mal y las vecinas murmuraban a su paso. Y ella era una mujer decente, que podía ir con la cabeza bien alta.

Por su parte, él tenía fama de buena persona, pero un poco inútil en el oficio. Y lo que era peor, desde que pusieron el carnet de ladrón por puntos, podían retirarle la licencia para robar. Ya se lo había recordado el señor comisario la última vez que le detuvieron:

– Mal te veo, Piojito, este año es la segunda vez que te pillamos. A la tercera, el juez te retira el carnet, y a ver de qué vives... –, añadió, paternal.

– A ver si espabilas, hombre, que nos das mucho trabajo –, le recriminó el Secretario del Juzgado de Instrucción, cuando le tomaron declaración, después de veinticuatro horas en el calabozo. – Hay que robar con todas las de la ley –, insistió cuando le notificó la libertad provisional.

Piojito el Butronero dio una última calada, aplastó la colilla con la suela del zapato y fue a por la maza. Después de escupirse en las manos, para que no resbalara el mango, descargó con energía el primer golpe. ¡¡Bum!! Sonó como un escopetazo en la calle silenciosa. ¡Bum! golpeó de nuevo con todas sus fuerzas, pero el maldito cristal se astillaba, pero resistía.

Unos golpes más y, en cuanto hiciera el butrón, se colaba por él. Esta vez no iba a ser como la anterior, cuando lo de la tienda de Todo a 100, que se pasó cinco horas a mazazo limpio. Cinco horas para abrir un agujero en un tabique de doble rasillón. En cuanto pasó del otro lado, se encontró en un sótano donde dormían once chinos, le quitaron la maza y la cartera y, encima, llamaron a la policía.

– Jodidos inmigrantes – se indignaba él al recordarlo –, vienen a quitarnos el pan de la boca –. Además de quedarse sin herramientas, sin dinero y sin documentación, el juez mandó retirarle 4 puntos del permiso para robar y le amenazó con mandarle a un curso de reciclaje. Curso que, según la nueva Ley 21/2005 (B.O.E de 3 de marzo), de Regulación de Latrocinios Urbanos, debía pagarse de su bolsillo, si quería recuperar la licencia.

– Inútil, más que inútil – se lamentó Carmela en aquella ocasión. – Así nunca llegarás a capitalista. Mira Wenceslao –, le restregó por la cara –, a los banqueros nunca les pillan.  No se podía comparar, pensó él descargando un tercer golpe con todas sus ganas. Al estruendo, algunas luces empezaron a encenderse por las casas de alrededor. – No se puede comparar, hombre – volvió a hablar en voz alta, mientras se secaba el sudor –, la escuela que tienen ellos, la habilidad, los contactos... ¡Qué sabrán las mujeres lo que es esta profesión!

Todavía recordaba cuando se metió en el oficio. Le inició un tío suyo que había cumplido condena en el penal de Ocaña, el más famoso de aquellos tiempos, donde iban los que se habían labrado un nombre. Cuando decías por ahí que habías cumplido condena en Ocaña, la gente te miraba con un respeto. Entonces, a los buenos profesionales se les respetaba mucho, se les pedía consejo y, encima, no habían inventado esa maldita ley del permiso de ladrón por puntos. 

– Antes era todo más natural –, suspiró Carlitos el Piojo, agarrando de nuevo la maza. – Aprendías el oficio y te ganabas la vida honradamente robando carteras en el tranvía; si eras joven y fuerte como yo entonces, te especializabas en el butrón y hacías una pasta.

– Era todo más natural... – Tomó aliento y dio un mazazo enorme. Saltaron los cristales y se hizo un agujero por donde cabía el puño.

Los vecinos del inmueble empezaron a abrir ventanas y a mirar a la calle. En un momento, no había ventana donde no asomara alguna cabeza desgreñada. Por todas partes se oían voces legañosas de sueño y sobresalto. Él, entusiasmado, sin hacer caso de los gritos, empezó a mazazos como un poseso: en cinco minutos, la recaudación de la tragaperras sería suya. A ver qué iba a decir Carmela entonces, cuando le viese con la pasta. Seguro que ya no le llamaba inútil, ni se acordaba de Wenceslao.

Sí, se jugaba mucho, pero ya se veía toda una semana descansando, sin dar golpe. Cuando se enterasen en su barrio, los conocidos le darían palmaditas amistosas en el hombro y le invitarían al bar. Y lo más importante, empezarían a respetarle. Ahora, es como si ya no le pesase la maza; a cada golpe, ¡Bum! ¡Bum! el cristal blindado saltaba hecho añicos.

– ¡Están tirando bombas!¡ Es Al Qaeda, los moros están tirando bombas–, gritaba el vecino del primero derecha.

– Que no, que no, vecino –, replicaba a gritos un jubilado desde el piso de enfrente. – Que están robando en La Cuchara.

– ¡Ladrones, ladrones! –. La calle era una algarabía de voces. Las sirenas de la policía empezaron a ulular por todo el barrio.

Dos coches patrulla de la policía municipal, con chirridos de frenazos, se abalanzaban contra la fachada del bar; casi se estampan contra la puerta cristalera y atropellan a Carlitos el Piojo.

– Patrulla a Central,  patrulla a Central –, llamaba el madero por la emisora de policía –. Hemos detenido al sospechoso... Sí, sí, Piojito el Butronero ¿Me copias? Es Piojito el Butronero. 

– Pero, alma de cántaro ¿Otra vez tú? – se burlaba el municipal mientras le ponía las esposas. – Esta vez te retiran el permiso para robar, inútil, más que inútil. A ver qué dice tu mujer cuando se entere –, le recriminaba.

Carlitos el Piojo, alias Piojito el Butronero entre los de la profesión a ambos lados de la ley, sabía que de ésta se quedaba en el paro y sin mujer. Pero lo que más le dolía es que ella se fuera con un empleado de banca, alguien que se llevaba el dinero ajeno con las manos limpias.

– Lo que más me duele es la competencia desleal –, dijo al madero que le metía en el coche patrulla.


©Viator, 08/01/06

jueves, 5 de noviembre de 2020

A propósito de la conspiranoia 5G.-

 


El caso es, improbable y caro lector, que las conspiranoias actualmente en circulación ya fueron objeto de un cuento, no sé si futurista o distópico, que escribí hace bastantes años. Lo he rescatado de la papelera donde conservo mis genialidades literarias y te lo ofrezco, por si encuentras un rato para leerlo. El texto es más largo de lo habitual en las publicaciones de esta bitácora, pero el asunto lo exigía. Se titula Ponte el Chip y dice así:

– Oiga usted, me haga el favor ¿Dónde es para lo del chip?

El Gobierno de turno, ni rojo ni azul, sino suavemente sonrosado, entendido en términos políticos, no cromáticos, estaba contento. La campaña en los medios de comunicación había desequilibrado ligeramente el presupuesto nacional del año en curso, pero los resultados estaban a la vista. No había cadena de televisión, periódico de tirada nacional o provincial, programa de radio o conexión en la Red donde no apareciesen los sketches anunciadores.

– ¿Se refiere usted al implante voluntario de chips? – pregunto, a su vez la recepcionista. Ésta había pasado todos los controles de calidad con excelente puntuación. Pelo azabache, ojos claros, un metro sesenta y ocho –ni muy alta, ni muy baja, para que agradase a todo el mundo– sonreía con su sonrisa más profesional y acogedora a aquel ciudadano despistado y algo timorato.

El Gobierno de turno, ya se ha dicho que políticamente sonrosado - de polifacéticas tendencias neoprogresistas, neoconservadoras, neoliberales y neosocialistas -, en efecto, tenía todas las razones para estar satisfecho. Su campaña para el sometimiento voluntario de los ciudadanos, estaba dando el mejor de los resultados. No había más que ver cómo, lo que en términos demagógicos se había llamado el pueblo soberano, corría a las oficinas de información, con ánimo de someterse al implante.

– Pero, oiga usted ¿Eso duele? – quiso saber, con un dejo de duda, aquel ciudadano que quería, pero no lo tenía muy claro.

La recepcionista, cuerpo de modelo post campaña anti anorexia, enfundado en su uniforme azul azafata, hizo un mohín cómplice al individuo dubitativo. Con gesto amistoso, le oprimió delicadamente el dorso de la mano izquierda y le envolvió con su mirada luminosa. Usando el registro de voz más persuasivo que tenía, le animó: – Para nada, caballero. Los poderes públicos velan por el bienestar de cada uno de nosotros y el tratamiento es seguro en un cien por cien.

– Indoloro, incoloro, inodoro e insípido, como el agua de manantial – Le aseguró, a la vez que le colgaba de la solapa una tarjeta codificada para acceder al Complejo.

Lo que popularmente se empezaba ya a conocer como El Complejo –técnicamente I.C.V.C (Instituto para el Control Voluntario del Ciudadano) – era un organismo estatal de gestión privada, dotado de presupuestos ilimitados, dirigido por gestores formados en Yale y Harvard, adeptos a la Escuela de Chicago y masterizados cum laude en la Universidad Neo-Post-Comunista de Pekín. El Complejo era el responsable de la campaña de sensibilización ciudadana frente a los terrores del mundo actual y, en último caso, el responsable de la política del Gobierno en este delicado campo.

El ciudadano despistado y timorato cruzó las puestas de El Complejo y entró en un gran vestíbulo acristalado. Allí, nada más pasar el umbral, un miembro de Seguridad, un metro ochenta y cinco, torso de culturista, traje oscuro, gafas negras, pelo engominado (oscuro) - que también había pasado el control de calidad con excelente puntuación - le hizo un gesto perentorio.

– Stop. Vaya allí, tome su número del expendedor y espere. No pase de la raya azul.

– No, si yo sólo vengo por lo del chip ¿Sabía usted? – Se excusó el individuo. Dio algunos pasos torpes, sin saber bien dónde ir.

– Espere, atienda al display y no moleste –. El de Seguridad cogió por el cogote al individuo, le llevó en volandas hasta la raya azul y le puso de cara al panel luminoso. Luego, solícito, fue en ayuda de una viejecita temblona que tenía cara de despiste:

– Usted, abuela, quieta aquí hasta que salga su número.

“Un edificio inteligente para un ciudadano inteligente”. Las pantallas de plasma, situadas estratégicamente, lanzaban este mensaje cada 5 minutos, envuelto en las alegres notas de La Primavera, de Vivaldi, y mostrando idílicos paisajes boscosos. Paisajes creados con ingeniería digital, ya que los auténticos hacía tiempo que habían sido talados para dar paso a campos de golf de jugosa hierba.

Los dirigentes del Complejo tenían a gala la perfecta organización del mismo. Una vez que el ciudadano traspasaba la raya azul, era pan comido. Se le colgaba del cuello un GPS que, mediante suaves descargas eléctricas, le indicaba el camino, desde que se inscribía voluntariamente, hasta el quirófano de implantes. No tenía que pensar, sólo dejarse llevar mansamente.

– Oiga, oiga, a mí que no me jodan, ¿eh? ¡A ver si me voy a electrocutar! El timorato aquel no las tenía todas consigo. Le habían explicado el funcionamiento del GPS que le colgaron al cuello. Mediante leves descargas eléctricas, el aparato indicaba el camino a seguir. El timorato quería quitárselo y salir corriendo; además, tenía ganas de orinar. Pero en los protocolos del I.C.V.C. no se contemplaban tales contingencias. Así que se lo colocaron a la fuerza, le aumentaron la intensidad de las descargas, para que fuese más dócil, y otro miembro de Seguridad –metro noventa y cinco, rasgos orientales, traje oscuro y envergadura de luchador de Sumo (excelentes prestaciones, según los controles de calidad) – le agarró por los sobacos y, otra vez en volandas, le puso ante el circuito establecido.

– De flente. Siga instlucciones. No moleste–. Al ciudadano cohibido le pareció que aquella mole trabucaba erres y eles, pero no dijo nada. Por si acaso.

Cada vez que el inseguro ciudadano aquel se salía del circuito o dudaba adónde ir, recibía una descarga que le orientaba hacia la derecha o la izquierda, o de frente, según el programa establecido.

– Como puede observar en este catálogo, caballero, disponemos de chips con las más variadas prestaciones –. Quien así habla es un empleado meritorio. Con contrato temporal, pero notables expectativas de éxito. Fibroso, un metro ochenta, ágiles reflejos de yudoca, pelo rubio engominado y traje oscuro. Su control de calidad está en fase experimental, pero es prometedor.

Primero, observa detenidamente al ciudadano indeciso, luego, ojea el informe confidencial elaborado por los servicios de investigación del I.C.V.C.:

– De acuerdo con sus pautas de comportamiento, usted es adicto a la nicotina, abusa de los hidratos grasos, nunca vota en las elecciones generales y veranea en Benidorm. No practica ninguna religión ¿No es así?

– Pero si yo sólo vengo por lo del chip...– insiste, monotemático, el ciudadano, que se siente desbordado y con la vejiga llena. Se lo piensa, y añade: –...Y, además, me casé por la Iglesia.

  Bien –. El meritorio en fase experimental de control de calidad, da por terminada la conversación. – Vaya al Departamento de Decisiones, donde le aconsejarán respecto al chip que más se acomode a su caso.

Una vez en el pasillo, un ordenanza de cabeza afeitada, un metro setenta, traje gris, control de calidad suficiente para su menester, le toma del brazo, le orienta hacia la escalera mecánica y le empuja con firmeza: – Suba la escalera, gire a la izquierda, llame en la segunda puerta y espere. Observe las instrucciones del GPS.

– Pero es que yo quiero mear. ¿Me hace el favor, un servicio? – El ciudadano, que sigue sin tenerlas todas consigo, tiene una súplica en los ojos y le tiembla un poco la voz.

Obedezca las instrucciones. No moleste –. El ordenanza se pasa la mano por el occipucio brillante, da media vuelta y se aleja.

El Departamento de Decisiones es amplio, luminoso y bien ventilado. Hay 20 puestos de atención al público donde se van acomodando las personas que ya han recorrido la primera fase del circuito. Los empleados, tantas mujeres como hombres, a partes iguales, de acuerdo con el principio de no discriminación sexual, se afanan en sus mesas de trabajo y en los puestos de atención. Ellos, entre un metro setenta y un metro ochenta y cinco; ellas, desde un metro sesenta hasta un metro setenta y cinco. Ellos, traje azul oscuro, corbata rosa con topitos; ellas, traje de chaqueta verde pistacho sin estridencias, pañuelo Loewe al cuello. Todos, excelente puntuación en los controles de calidad.

– Por aquí, caballero, haga el favor –. El ciudadano aturullado, que siente la vejiga a reventar, no se atreve a preguntar por el retrete. Le atiende una trigueña, un metro setenta y dos, pelo recogido en un moño bajo, y suave carmín en los labios.

– Después del implante, usted será una persona feliz –. En los ojos de la trigueña hay chispitas de alegría. – ¿Ya ha decidido qué tipo de chip quiere que le implantemos? –. Con discreción, ojea en pantalla el informe confidencial y le pregunta: –¿Quiere abandonar ese antiestético vicio del tabaco? El modelo AN-027 es eficacísimo. ¿O, quizás, prefiere terminar con la ingesta abusiva de hidratos grasos? El modelo TO-111 es definitivo.

El ciudadano timorato no lo tiene claro. Por debajo de la mesa, mueve impaciente las piernas y se sujeta el bajo vientre con ambas manos Sólo le gustaría salir de allí y encontrar un urinario; luego, en la calle, encender un cigarrillo y tomarse un café. Se le ve asustado.

– Ah, ya veo – La empleada, ante los gestos de intranquilidad del tipo, cree adivinar cuáles son sus temores. – Tiene usted razón, hoy en día, la inseguridad es terrible. Uno no sabe si le van a poner una bomba los terroristas o le van a secuestrar los delincuentes. Pero el Gobierno ha pensado en todo: un implante del chip CTA00783H20 le garantiza su seguridad personal.

– La policía siempre sabrá dónde está usted. Además, no tendrá que hacer declaración del IRPF en la Agencia Tributaria: el chip registra sus ingresos automáticamente y vierte los datos en el ordenador central de Hacienda. Si viaja en avión, se ahorrará los tediosos e interminables trámites de seguridad. Si comete una infracción de tráfico, ésta quedará registrada en la DGT, pero tiene un 40 % de descuento. En cuanto a los Bancos, siempre estarán dispuestos a ofrecerle un préstamo a un interés razonable, por ser ciudadano libre de toda sospecha. Y, lo que es muy importante, ya no tendrá que llevar encima tarjetas de crédito: bastará con pasarle un detector, para que la compra quede automáticamente registrada. Usted será un ciudadano feliz y despreocupado. El I.C.V.C. le facilitará la vida y ya no tendrá que tomar decisiones, sólo dejarse llevar. Junto con las prestaciones del CTA00783H20, recibirá gratuitamente las del AN-027 y las del TO-111. Firme aquí.

Apenas pasada media hora desde la firma del contrato, un doctor de aspecto nórdico, un metro noventa y uno de estatura, bata de blancura impoluta, dentadura marfileña - inmejorables prestaciones según los controles de calidad -, le acompaña fuera del quirófano, tras el implante del chip, y le estrecha con energía la mano.

– Es usted un hombre nuevo. Nuevo y feliz –. La sonrisa del doctor tiene brillos de constelaciones.

– Oiga, amigo –, suplica aquel ciudadano recién implantado –. Un retrete, por lo que más quiera. Por Dios ¿es que aquí no hay un retrete?

Y el doctor, de repente serio, profesional: – Siga las indicaciones para la salida. Circule. No moleste.

 

 

sábado, 20 de junio de 2020

La nueva normalidad.-


Vamos a ver qué nuevas mentiras nos cuentan hoy, es lo que suele decir mi santa cada vez que se pone ante el televisor a oír las noticias. Y no es cosa de ahora, que llevo oyéndoselo decir cuarenta y siete años, bajo los dos regímenes políticos que nos ha tocado vivir: el dictatorial-nacionalcatólicismo y el parlamentario-borbonismo. Esa frase ritual de la santa siempre me ha parecido una especie de conjuro lanzado sobre el pesebre mediático. Una especie de vade retro a fin de preservar su propio criterio frente a la realidad cocinada en las redacciones y previamente sugerida en los consejos de administración de la prensa adicta.

Un servidor no es tan refractario como la santa, quizás por despecho, quizás por una radical falta de fe en las bondades del sistema. Es decir, lo que la santa llama “nuevas mentiras”, para este jubilata en ejercicio de supervivencia post/Covid-19, no son tales nuevas, sino el habitual sistema propagandístico adaptado a la realidad del momento presente. No son mentiras novedosas, sino las semi verdades que conviene sean propagadas y creídas en cada momento.

Y si no, improbable y siempre paciente lector, dedique un par de minutos a reflexionar sobre ese invento que se va propagando como una pandemia. Me refiero a ese hallazgo publicitario tan genial que llaman “La nueva normalidad”. La era post/Covid-19 (en caso que sea post y no un ocasional receso) nos la presentan como una forma distinta, novedosa y aún imprevisible en sus efectos sobre normalidad. Esta nueva normalidad tendrá la novedad, sobre la vieja normalidad - la nacida de la crisis económica 2007/8 -, que viviremos otras aún no inventadas manipulaciones de la realidad, pero con mascarilla.

Lo cual sí es novedoso. A la dictadura de la ideología dominante (uno llega a añorar al abuelo Marx, ya extinto) habrá que añadir la dictadura de la salud, de la distancia social, y sus contrarios. A saber: desde las heterodoxias del terraplanismo antivacuna de toda laya, hasta los iluminados profetas negacionistas de cualquier evidencia científica. Sin olvidar las habituales histerias colectivas que achacan los males de la humanidad a un chivo expiatorio cuanto más conspicuo, más odiado, tipo Bill Gates. Pero sirve cualquier otro, como las estatuas de los prohombres históricos. Con eso y la barra libre de las redes sociales desbridadas de todo raciocinio, la “nueva normalidad” será un espectáculo digno de ser vivido.

La lástima es que a este jubilata ya no le pilla en edad. Con los huesos duros, las articulaciones encasquilladas, y las sinapsis neuronales en stand by, no va a disponer de recursos propios para ser un espectador activo de la normalidad que dicen será nueva. 

Una novedad no imaginada, algo así como el descubrimiento de América para quienes se acostaron medievales y se despertaron renacentistas. Pero sin Colón, que ya nos vamos cargando sus estatuas de esclavista sin entrañas (en plan Black Lives Matter cabreados), como si los pueblos pudieran enmendar su propia historia flagelándose ante las cámaras de televisión. La iconoclastia historicista solo consuela a los necios, y algunos nos queremos lúcidos.

Nosotros, algo parecido a los colombinos: nos acostamos ayer saliendo de la crisis del capitalismo de las subprime y el ladrillo, y nos amanecemos hoy con la crisis post-Covid19 a la que llamamos Nueva Normalidad. Solo que no disponemos de estatuas que apear de malas maneras para vengarnos de nuestro pasado reciente. Eso, quizás, porque hemos sido gobernados por mediocres oportunistas que no justificaban el esfuerzo previo de subirlos a una peana. Y en ello seguimos. Por donde quiera que se mire en el ruedo de la política, los morlacos nos salen por las  puertas giratorias ya afeitados y con el agradecimiento a los servicios prestados en forma de sustanciosas sinecuras. 

No vaya a pensar el improbable lector que hay pesimismo en lo susodicho, apenas algo de ironía acibarada. Pero eso está en la naturaleza de los jubilatas provectos y no podemos luchar contra ello.  Paciencia y barajar. El saco de las ilusiones, que llevamos a las espaldas, está agujereado, y por el burato las vamos perdiendo como si fueran miguitas de pan que dejan un rastro, igual que en el cuento de Hansen y Gretel, para volver a casa. 

Solo que, como a ellos, los pájaros del olvido se nos las van comiendo. Al final, en medio del bosque, siempre encontramos la casita de turrón, chocolate y caramelo. Y mientras mordisqueamos el mazapán de sus paredes , la bruja malvada nos encerrará en la jaula de la nueva normalidad, donde nos irá devorando como solía cuando la crisis anterior.

Lo antedicho no es ninguna profecía. Que también  la nueva normalidad pudiera tratarse de un mundo al revés, como decía Juan Goytisolo y cantaba Paco Ibáñez en aquella memorable sesión del Olimpia:

Érase una vez/ un lobito bueno/al que maltrataban/todos los corderos.
Y había también/un príncipe malo/una bruja hermosa/y un pirata honrado.
Todas estas cosas/había a la vez/ cuando yo soñaba/un mundo al revés.

Pero, francamente, no lo creo.

jueves, 11 de junio de 2020

Rescatado de la memoria.-


En estos días finales de confinamiento Covid-19 he estado hurgando en los archivos de la memoria remota, la del ordenador, claro. Que la mía personal tiene el disco duro bastante saturado y no consigo recordar tanto como llevo escrito. 

Lo cual no se dice por queja, ya que uno escribe, aparte de para improbables lectores, para recordar que uno tenía cosas que decir. Si para don Miguel los libros son los hijos que perduran, porque lo son del espíritu y no de la carne, para este jubilata, la memoria externa de su ordenador son el receptáculo de la prole fruto de su imaginación. Esa imaginación a la que Teresa de Ávila, creo que en Las Moradas, llama la loca de la casa.

Pues bien, fruto de esa imaginación que, a veces, se desboca y a veces desfallece sin causa conocida, es este cuentecito, escrito en 2002, que recupero aquí. No tiene nada de especial, aparte de su brevedad y de su protagonista, un piernas, un quídam de vida rutinaria. Es el tipo de personaje por el que siempre he sentido debilidad: anodino, un átomo de masa entre gentes, un superviviente de la mediocridad; alguien a quien nunca le ocurre nada extraordinario. Por eso, precisamente, lo saco a colación del viejo archivo, lo desempolvo y lo expongo a la curiosidad de quien quiera leerlo.

Su título: Vereda tropical. Y dice así:
  
Vinicio Sosa era uno de tantos. Vivía en el barrio de la Concepción y trabajaba en Cuatro Caminos. Todos los días, a las siete y veinte de la mañana, cogía el metro en Pueblo Nuevo e iba a Avenida de América. Allí, recorría los pasillos buscando el enlace con la Línea 6 y, cada mañana, puntualmente, en el cruce de túneles, oía cantar a aquel músico callejero la melodía de la vereda tropical.

Vinicio echaba una moneda de veinte céntimos sobre la funda de la guitarra y se alejaba tarareando la canción. Y cada día, durante los breves minutos que tardaba en recorrer el túnel, recordaba aquel viaje al Caribe; único lujo de asalariado mediocre que se había permitido. Allí, en Santiago de Cuba, una jinetera mulata le fingió pasión caribeña; fue una semana de amor por un precio razonable. Comían en un paladar próximo al parque Céspedes. En el paladar, el cuarteto Causal, arrimado a una pared que añoraba pasadas blancuras, interpretaba canciones a petición de los presentes.

Lucinda, la jinetera mulata, era moza de un sentimentalismo recurrente.  Siempre que comían en aquel lugar de Santiago de Cuba, pedía a los músicos que interpretasen la vereda tropical y se arrimaba a Vinicio, muslo contra muslo, y éste sentía el torrente de aquella sangre abrasadora. Era lo más parecido a la pasión amorosa que nadie le había dado nunca.

Por eso, cuando en el metro oía al músico callejero, los túneles de Avenida de América, con sus fluyentes masas de gente apresurada, adquirían el calor del Caribe. Entonces, Vinicio cantaba bajito: y me juró querernos más y más aquellas noches junto al mar...  Y de los carteles anunciadores salían airosas palmeras que se mecían al son de la brisa, y negras bembonas que meneaban acompasadamente sus enormes culos, y muchachitas con piel de caramelo que le regalaban sonrisas prometedoras.

Diariamente, Vinicio soñaba su ración de ilusiones mañaneras por el módico precio de una moneda dorada.

Un día, el músico ya no estaba en el sitio habitual. Ni en los días sucesivos. En su lugar había un acordeonista que tocaba valses, pero ya no era lo mismo. Ya no nacieron palmerales en los andenes, ni las muchachas tenían la piel de oro tostado, y la gente se empujaba con malos modos para entrar en los vagones.

Desde entonces, Vinicio compraba el periódico y se enfrascaba en las noticias económicas. Las cotizaciones subían o bajaban según la fluctuación de los mercados, pero el pulso de sus ilusiones marcaba un cardiograma plano.

miércoles, 19 de febrero de 2020

De viejas pretensiones y otras frustraciones literarias.-


Un poco largo el título, ¿Verdad? No se preocupe el lector: el texto no excederá la extensión habitual. No se trata de tumbarse en el diván del psiquiatra y bucear en la maraña del subconsciente. Se trata de que este jubilata, como cualquier hijo de vecino, ha tenido sus ilusiones de juventud, sus pretensiones de notoriedad y sus consiguientes desencantos. Todo dentro del orden natural de las cosas. Nada que merezca una atención excesiva.

El caso es – por entrar en materia – que un servidor dedicó muchas horas de sus años de madurez a escribir relatos. Relatos que iban desde los escarceos en el microrrelato al estilo de Monterroso, hasta esos personajes esperpénticos cuya única gloria es haberse visto reflejados en los espejos deformantes del autor, quien alguna vez se ha dado un garbeo por el callejón del Gato, a imitación del insigne y atrabiliario Don Ramón. Ello sin contar tantos y tantos escritores, de muchos de los cuales no guardo ya memoria, como han pasado ante la vista, siempre ávida, siempre sorprendida, de un servidor. 

Del centenar de cuentos (cantidad aproximada) que escribí, hice una selección para publicar en una edición libre en Internet, a libre disposición de quien quisiera leerlos. Y para justificar mi atrevimiento, escribí un prólogo, parte del cual puede verse a continuación. Si es que el improbable y siempre paciente lector lo tiene a bien.

El texto que sigue está sin retocar ni actualizar. No hay por qué; solo es una curiosidad arqueológica ya momificada. Paz a los muertos. Pues eso, aquí queda, por si el improbable lector - perdone la insistencia - tiene a bien leerlo, el comienzo del prólogo que iba a preceder a una publicación que nunca existió, salvo en la mente ilusa del entonces ilusionado autor:

"Decía un profesor mío en la facultad de Filosofía y Letras que un prólogo es lo que se escribe después del libro, pero se pone antes y nadie lee ni antes ni después. Así que, si el improbable lector quiere saltárselo, no pasa nada por omitir ese engorro de lectura. Los prólogos son como ese amigo impertinente que, cuando esperas dedicarte a algo interesante, te tira de la manga para llamar tu atención y te entretiene con nimiedades.


"Pero una cosa es que el lector se salte el prólogo y otra muy distinta que el autor no cumpla con la obligación de redactarlo. Y en este caso, el autor tiene la doble obligación de hacerlo: primero, porque no hay obra de cierta enjundia que no lo lleve, y en este caso, sea enjundiosa o no, esta obra es el esfuerzo de varios años escribiendo relatos, y conviene que se sepa; segundo, porque hay que explicar la razón de esta edición de andar por casa.

"El lector ya se habrá percatado que este librito no tiene ISBN, ni Depósito Legal, ni editorial, ni pie de imprenta, ni colofón. No tiene ninguno de esos elementos que identifican un libro impreso con todas las de la ley. Tampoco se trata de una edición pirata, sino casera, hecha en el ordenador personal y, como dicen los franceses avec les moyens d´abord; o sea, con los recursos que uno tiene a mano, a falta de un editor profesional y de una imprenta donde imprimir todas estas historias reunidas bajo el título: SI YO TE CONTARA…

"Lo de la ausencia de editor profesional no es porque le falten las ganas al autor, sino porque quien los ha escrito no tiene ni nombre conocido, ni valedores en ese mundo editorial. Es cierto que quien esto escribe tiene nombre propio, incluso pseudónimo con el que firma sus cuentos, pero como autor literario nunca asomó la cabeza, así que es fácil de entender que ningún editor se arriesgase a publicarle. No entra dentro de las buenas prácticas comerciales encontrarse con un montón de ejemplares sin vender y ocupando espacio en los almacenes. Eso un servidor lo comprende y no se hace mala sangre por ser un autor ignorado. No están los tiempos para tirar recursos, ni para fiarse de escritorzuelos que aspiran a una parcelita de la gloria literaria sin mayores merecimientos. No hay más que ver la cantidad de concursos de relatos que se convocan cada año, y la cantidad de incautos que aspiran al Parnaso literario.

"Lo cierto es que, en este oficio inútil de escribidor, este prologuista y cuentista lleva ya una docena larga de años, coleccionando cuentos en el disco duro del ordenador. Hace unas semanas, el ordenador se averió y lo llevé al técnico. Cuál no sería mi disgusto cuando descubrí que parte de los archivos había desaparecido. Escarmentado al ver la pérdida de tantos relatos por culpa de una simple avería y falta de previsión por mi parte al no haber guardado copias, decidí que podía hacer una selección y publicarlos. 

"También hay que decir, en honor a la verdad, que algunos relatos sí han sido publicados. Así, la Agrupación Aire Libre del Ateneo de Madrid publica uno en cada número de su revista, que sale en diciembre. También Grupo Búho, que no sé si aún existe, publicó dos relatos míos y La Crónica de León, el otro verano publicó otros dos, con ilustraciones de Tomás Serrano, y eso para rellenar huecos, sospecho. Si alguno más ha sido publicado, no lo sé o, al menos no lo recuerdo. También va mi agradecimiento para el amigo Juan, quien, con paciencia y buena amistad, vierte mis escritos a formato PDF, consciente de mis limitaciones en esto de la informática.

"Sea como fuere, este autor y autoeditor improvisado agradece, y mucho, a quienes le han sacado algún cuento en papel impreso y a todos sus lectores vía correo electrónico. A fuer de sincero, es de justicia reconocer que la mayoría de los lectores son público cautivo, ya que sus direcciones electrónicas están registradas en la cuenta de correos y, cada vez que perpetro una genialidad, corro a enviársela sin pedirles permiso. Deben entender que, al remitírselas, no se hace por fastidiarles sino por cultivar la menguada autoestima de escritor en las sombras. Porque, - ya comprenderá el paciente lector –, resulta muy duro pasarse una semana escribiendo un cuentito de dos o tres páginas y no encontrar un lector misericordioso que diga: voy a leerle un rato a este pesado, se ha tomado tanto trabajo el pobre…"

lunes, 16 de diciembre de 2019

Simpapeles por navidad.-


El caso es que, para un jubilata aficionado a darle a la tecla para alimentar su bitácora, publicar un cuento de navidad en estas fechas es obligación inexcusable. Y eso por dos razones: una, porque un cuento entrañable de navidad junto al Pesebre es el complemento ideal para digerir el turrón, tan dulces el uno como el otro. Aparte que turroneros y belenistas son aliados naturales y nuestra sociedad no entendería la presencia de unos y la ausencia de otros; la otra razón es simple cuestión de amor propio de escribidor. Uno acostumbra a afilar la péñola en ocasiones memorables como las navidades que, aunque cíclicas, con sus espumillones y sus lucernarios municipales, siempre dan asunto para acarrear tinta del tintero al papiro. 
Dicho sea, improbable lector, claro está, en sentido metafórico. Ya no es cuestión del rasgueo de la pluma sobre el papel, ni siquiera de darle a la tecla de la Olivetti, como cuando acumulábamos trienios siendo industriosos funcionarios, sino de píxeles sobre la pantalla.  
Lo dicho, fraterno lector navideño: el que sigue es un cuento 100%  lleno de amor universal, paz y buenos deseos, aunque un poco resabiado. Y eso porque, a poco que nos fijemos, las cosas son de una forma aunque en la tele salgan de otra, y en casa, la verdad, a la tele le hacemos poco caso. 
Pues dice así: 

Sucedió que aquellas navidades el Portal de Belén estaba vacío. La sagrada familia no aparecía ni viva ni muerta por los alrededores de la ciudad. Ni en las posadas más modestas, ni en los corrales, pesebres o cuadras de los arrabales se les había visto. Los  pastores, a los que había convocado el ángel pregonero a trompetazo limpio, no sabían qué hacer con sus ofrendas de queso, leche y vellones. La verdad, fueron unos días de desconcierto.

Verlos, los habían visto por los caminos de Judea. María, con su preñez avanzada, a mujeriegas sobre un borrico, y José caminando a su lado, mientras sujetaba al burro por el ronzal. De Nazaret habían salido unos días antes, pero a Belén no habían llegado. Y el camino, desde luego, se lo sabían, porque era un ritual que repetían cada año por aquellas fechas. Así que raro sí era, pero tenía que haber una explicación.

Semanas antes, el emperador Augusto, desde Roma, había decretado que cada cual, en las tierras de Israel, fuese a su lugar de origen a empadronarse para que les diesen la carta de residencia. Hasta que no lo hiciesen, estaban indocumentados y no podían disfrutar de derechos sociales. Y ellos, José y María, se habían puesto en camino a cumplir con sus obligaciones ciudadanas y, de paso, conseguir un subsidio de desempleo para José, que estaba en paro desde que deslocalizaron la carpintería, y asistencia gratuita para el parto que se le avecinaba a María.

Las autoridades públicas de aquella esquina del imperio ya sabían, porque sucedía cada año por estas fechas navideñas, que Belén se convertiría en un cafarnaún de gente extraña. Lo de la fiesta de Natividad, repetido año tras año durante un par de milenios, había llegado a ser tan multitudinario que, para el solsticio de invierno, Belén se llenaba de devotos, curiosos, mercaderes, rapa-bolsas, emigrantes sin papeles, parados en busca de una chapuza extra, pedigüeños profesionales y un sinfín de expatriados en busca del milagro económico al amparo del Portal y las riquezas que traían los Reyes Magos.

 Pero este año, las autoridades habían decidido acabar con el efecto llamada y montaron una valla doble en torno a la ciudad. La cubrieron con kilómetros y kilómetros de alambres de púas y, en la parte más alta, pusieron rollos de concertinas con cuchillas que cortaban como las de afeitar. Por los puestos de control únicamente podían pasar los ciudadanos del imperio, los turistas con visa y los mercaderes de cualquier país, siempre respetuosos con los principios de la libre concurrencia.

Toda la barahúnda de indocumentados se quedó del otro lado, por más que intentaron varias veces saltar las alambradas. Los había a miles, en campamentos improvisados, donde las ONG se hinchaban a remendarles los costurones producidos por las concertinas.

José y María, con paciencia, fueron recorriendo el perímetro de la valla y, en cada control, pedían a los aduaneros que les dejaran pasar, que tenían un trabajo muy importante que hacer en el Portal del Belén aquella noche. Pero como les veían con esa pinta de pobretes y no tenían acreditación, les daban puerta. Y saltar la alambrada, con concertinas y todo, no era cosa de intentarlo. José, porque estaba en edad provecta y bastante artrítico; María, porque, con lo de la preñez, no era cuestión de desgraciar al niño a punto de nacer.

Llegó la noche del parto, el Portal seguía vacío y la sagrada familia en paradero desconocido. Bajo un alcornoque, frente a la alambrada, María parió a su hijo, lo arrimó a la teta y el bebé se durmió como un cordero; ni se enteró de que había salido del claustro materno para terminar en un campo de refugiados. Por lo demás, nadie se dio cuenta de que había nacido el que darían en llamar el Mesías. Había, por aquellos andurriales, demasiados desgraciados intentado sobrevivir y uno más ni se nota.