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viernes, 26 de mayo de 2023

En torno al edadismo.-

 


Lo de “edadismo” es un voquible que entró en mi vida por la puerta falsa. Nunca había pensado en ello, ni me pareció digno de atención tal palabro de nueva invención, si no fuera porque se me coló de rondón un día mientras yo viajaba en el metro. Y eso fue cuando un hombre joven se levantó del asiento y me lo cedió. Algo cambió en mi vida a partir de entonces.

Imagínese el improbable lector la indignación que me sobrevino al caer en la cuenta: un hombre joven, sutilmente, haciendo gala de su vigor físico y de su bonhomía, en cuanto me vio, se levantó como un resorte para que me yo me sentara. En primer lugar, antes de ser consciente de que este jubilata era el objeto de aquella amabilidad, miré a mi alrededor por si había algún decrépito necesitado del asiento. Pero no, la persona a la que se dirigía su gesto amable y la invitación a ocuparlo, era yo.

Jamás había pensado yo antes que, andando – o más bien, galopando – el tiempo, me convertiría en víctima de la bondad ajena. Y aquí me tiene el improbable lector, aceptando pocas veces y un poco a regañadientes, el asiento que alguien me ofrece cuando viajo en el metro. En el bus no, porque en el bus, con mucha frecuencia, es como ir en un geriátrico agitado. Allí, es lo habitual, los asientos reservados a los mayores están siempre ocupados por seres en general bastante estropeados físicamente. Y en cuanto a los de más atrás, en cuanto alguien los ocupa, queda allí como encastrado y embuchado entre gente en pie que hace equilibrios sobre sus dos piernas, mientras se abduce ante la pantalla del móvil. Así no hay forma de ejercer la amabilidad con los provectos.

O sea, que, a estas edades, uno ha de contar con eso del edadismo y contarse en el número de los afectados por esa epidemia que ataca a los que vamos de septuagenarios para arriba. Y no es que un servidor se queje del edadismo, porque, según avanza la vida, uno echa un vistazo de vez en cuando al retrovisor para ver el camino hecho; es que son otros los que se encargan de recordárnoslo, o bien mediante su amabilidad, o mediante su conmiseración, o incluso mediante su desprecio. 

Y si uno se hace la ilusión de que el tiempo pasa para los demás y no para sí mismo, no tiene más que recordar que en el bolsillo llevamos una cartera con el DNI que nos recuerda – con esa frialdad administrativa de los documentos oficiales – que nacimos en 1945. 

¡Joder!, piensas, nací recién terminada la segunda guerra mundial y en pleno propagandismo posguerra civil española. Posguerra cuyo recordatorio interesado se prolongó durante gran parte de mi juventud porque así convenía al cesarismo militarista que nos gobernaba por aquellos andurriales de la historia.

Y que el improbable lector perdone esta rápida mirada al retrovisor. No suele ser lo habitual, no sea que por mirar hacia atrás, uno se estampe contra la vida que viene de frente. 

Y, a pesar de lo dicho de mirar de frente la vida, perdóneseme, una vez más, una nueva ojeada al retrovisor, que acabo de acordarme de aquella canción patriótica con que entrábamos los críos en la escuela pública: La mirada clara y lejos, y la frente levantada… “Montañas Nevadas”, creo que se llamaba. Aunque ahora no nieva mucho, la mirada clara y lejos es gracias a la operación de cataratas, y lo de la frente levantada, no mucho, que andamos un poco encorvados por aquello de la mochila de la edad.

Pero, bueno, lo del edadismo sigue sin ser santo de mi devoción, sobre todo porque sirve para que me cedan el asiento y me hagan sentir la edad que tengo. Puesto a gustar de los "ismos", prefiero el Dadaísmo por aquello de rimar con el ya mencionado edadismo, y porque, además, produce cadáveres exquisitos.

 

domingo, 12 de mayo de 2013

Cuando viajas en Metro.-


Este jubilata viaja mucho en metro. Es un transporte rápido, para los pensionistas sigue siendo barato (de momento) y te comunica con cualquier punto de la ciudad. Pero cada vez resulta más penoso. Y no por el hacinamiento en horas punta, por el olor a sobaquillo, o porque te sientas parte del rebaño. No. Es por los desheredados sociales con los que te tropiezas a cada paso, cada vez en mayor número y cada vez más próximos a las clases medias. Es por lo enormemente cruel que resulta ver la indiferencia con que les negamos su presencia entre nosotros.

Un servidor, como cualquier otro usuario (que no cliente), lleva ya mucho tiempo acostumbrado a soportar la bullanga de los músicos ambulantes que se sacan unas perras mientras lees en un rincón. Uno, claro está, sabe que en el vagón de metro no se va a tropezar con un Alfredo Kraus cantando romanzas, ni con un Rostropovich interpretando una suite de Bach al violonchelo. Sabe que el músico ambulante toca su instrumento con más o menos habilidad y que está allí por necesidad, aunque él preferiría actuar en una sala de concierto o en un grupo rok de moda. Así que el jubilata no se queja de ello. Cada cual sobrevive como puede, aparte que eso de echarle una moneda no es preceptivo. 

El viajero sabe también que hay mucha picaresca, individuos que hacen del pedigüeñismo ambulante una forma de vida y te cuentan milongas con una oratoria que para sí la quisieran esos Castelares de torpe verbo de las Cortes. A estos pedigüeños, aunque solo sea por su habilidad retórica, habría que socorrerlos como a especie autóctona, folclórica y de interés cultural.

Pero hay otros marginados, recién incorporados al elenco de los supervivientes en medio hostil. Son esas personas que un día no muy lejano tuvieron casa, trabajo, familia..., y la crisis social y económica ha convertido –de repente y sin darles una preparación adecuada –  en pobres de pedir, faltos de la mínima habilidad para este menester. Gente que, a lo mejor, hasta gozaba de una flamante hipoteca, de unas letras del coche, veraneaba en Benidorm, y ahora se ve desahuciada por la sociedad.

El problema, a ojos de este jubilata, no es tanto la pobreza económica que se ven obligados a soportar, sino el desprecio al que los sometemos. Desprecio que no se manifiesta en gestos de desdén o incomodidad cuando pasan por nuestro lado; es el desprecio de ignorarlos, de negarles su derecho a que los veamos como nuestros semejantes. El viajero está a lo suyo, enfrascado en su lectura, en su iPodid, MP3 (o como se llame); el pobre de reciente factura se pone a su lado, desgrana con torpeza mil disculpas por verse obligado a pedir, termina sus excusas balbucientes, espera una mano que le suelte una moneda mientras recorre el vagón, y nadie le ha visto pasar. Es la indiferencia en estado puro. Es algo tan cruel como vender la sanidad pública a un empresario amiguete, pero en la esfera de lo privado. Y, además, no nos sentimos culpables, como el político neoliberal cuando nos acogota para sacarnos de la crisis en la que sus amos nos metieron.

Excusará el improbable lector si este jubilata le asegura que se conmueve – con la edad se nos afloja la lágrima – cuando ve a aquel hombrecito de chaqueta raída y barba entrecana recitar un poema de Rosalía de Castro, primero en gallego, luego en castellano, con vocecilla casi inaudible. Como el hombre es menudito y de poco bulto, se le ve aprisionado entre las espaldas de los viajeros, contra las que choca su hilillo de voz: “Figueiriñas que prantei / prados, ríos, arboredas /pinares que move o vento…”.  Cuando termina, nadie se ha dado cuenta. Mira a su alrededor, ve la indiferencia en el gesto aburrido de los viajeros y, despacito, comienza a abrirse camino hacia el final del coche, echa una mirada apenada, y, cuando se abren las puertas, se va.

Este jubilata, para no castigar con su indiferencia a estos desheredados, ha decidido que les va a dar unas monedas. No porque el gesto resuelva la injusticia social, ni porque aspire a conseguir un sitial en el paraíso cuya llave tiene Rouco Varela. Piensa hacerlo para que el otro, el expulsado social, ejerza su derecho a ser reconocido como persona en el gesto de quien le pasa una mínima ayuda.

Por cierto, este poema de las Figueiriñas…, de Rosalía de Castro, es la canción del emigrante. Muy a propósito para quien, como el hombrecillo que la recita en el metro, se ve expulsado de su casa, de su trabajo, de su puesto en la sociedad, que eran su patria. 

domingo, 18 de marzo de 2012

Aunque no lo parezca...



Viajar en el metro madrileño, aunque parezca que no, puede ser una experiencia por demás interesante. No lo digo por aquello de que "Nadie da más por menos", según la propaganda oficial que ha tratado de convencernos de lo baratito que sale comparado con el de otras ciudades europeas. Tampoco lo digo porque nuestras autoridades presuman de tener el mejor metro de Europa. Ya se sabe que la propaganda política va por unos derroteros y la vida real por otros.

A este jubilata lo que realmente le llama la atención no es la auto propaganda de los políticos, es la vida marginal con la que uno se tropieza en los viajes subterráneos; una vida con olor mugre y derrota; una vida hecha de pequeñas trampas para conmover al personal y sacarle una monedas. En fin, me refiero a los marginados sociales que sobreviven pidiendo en el metro.

Es cosa sabida que el metro está lleno de pedigüeños, de indigentes que se ganan la subsistencia contando sus lástimas, más o menos las mismas, entre estación y estación. Son parte del paisaje suburbano, de la misma forma que lo son los apretujones en hora punta o ese sutil olor a sobaquina que te impregna la ropa, aunque salgas de casa recién duchado.

Confieso que un servidor, como cualquier otro, siempre ha hecho por ignorarlos y a llegado a acorazarse ante su exhibición de miseria y derrota. Según norma no escrita, el viajero suburbano entra en el vagón predispuesto a no dejarse conmover por esos desecho sociales, a ignorarlos como con miedo a ser contaminado por su fracaso y su cochambre. Cada cual considera que su propia vida es lo bastante complicada como para no verse en la obligación de aceptar, y remediar como si fueran propias, las desgracias ajenas. De tal forma que acabamos por negarle la existencia al pedigüeño quien, desde el centro del vagón, va desgranando su rosario de hambres físicas y sociales.

Pero, últimamente, he decidido que no, que los indigentes no son transparentes, ni invisibles; que, por muy miserable que resulte su vida, tienen, al menos, dercho a que reconozcamos su existencia. Siquiera durante los pocos minutos que se cruzan en nuestras vidas. Lo cual me ha obligado a mirarlos a la cara y prestarles atención mientras exhiben su penalidades, reales o fingidas. Lo cual no significa que me vea en la obligación de darles una moneda, sino solo que no les niegue el derecho a ser oídos.

Una vez aceptado su derecho a no ser ignorados y puestos a observarlos, se acaba descubriendo que no todos los pobres son iguales, que detrás de cada uno de ellos hay una vida descalabrada por razones distintas.

La otra tarde, mientras viajaba en la Línea 5, entró en el vagón uno de tantos. Era un hombre menudito y de cuerpo enjuto, con su hambre incorporada. Tenía una barba entrecana que bien podría ser como la que he llevado yo durante decenios y unas gafas que le daban un aire modestamente intelectual. Era tímido y tenía una voz poco enérgica, no muy a propósito para dejarse oír en medio de ese ruido con sordina que zumba en los vagones debido a la velocidad del convoy.

Dijo unas palabras respecto a su necesidad de pedir y, en vez de contarnos sus desgracias, como suele ser lo habitual, empezó a recitar un epigrama de Nicolás F. de Moratín, que yo había aprendido siendo niño de escuela: "Admiróse un portugués / de ver que en su tierna infancia / todos los niños en Francia / supiesen hablar francés..." No había intención de humor ni asomo de ironía en su recitado, simplemente era un recurso para llamar la atención. Y lo hacía como con pudor por verse obligado a esa humillación.

Pasó por mi lado, le di una moneda y me dijo: "Gracias, caballero". Pensé que un indigente usando esa fórmula de cortería era alguien capaz de mantener su dignidad a pesar de su fracaso como ser social. Aunque parezca una simpleza decirlo, me di cuenta de que era un ciudadano como cualquiera de nosotros y con derecho a ser reconocido como tal, a pesar de ir hambreando por el metro.

En fin, el otro día caí en la cuenta que los mendigos tienen rostro.

miércoles, 11 de enero de 2012

Tomando el fresco.-

El sábado pasado un amigo y yo cogimos los arreos de montaña y nos fuimos a la Sierra a tomar el aire fresco. Ese sábado, el día siguiente a Reyes, con la madrugada, tomamos el tren que nos llevaba a Cercedilla para olvidar los tufos de las fiestas pasadas. Camino del Metro, pasé por delante de los contenedores donde se acumulaban todos los desechos de los regalos abiertos el día anterior. No es para dicha la cantidad de envases de cartón, plásticos y papelorios de colorines desbordando contenedores y aceras a mi paso. Tanto como para verme obligado a desplazarme por la calzada, a ratos.
Los que, con la infancia, perdimos la fe y las ficticias ilusiones en los Reyes Magos derrochones, agradecemos que la cruda realidad nos muestre las cosas como son: un gasto descontrolado de todo tipo de artilugios jugueteros a los que los niños no hacen más caso que mientras los están abriendo. Ya se sabe que los jubilatas, a fuerza de cumplir años, hemos sustituidos esas falsas ilusiones por un escepticismo irónico, así que pasamos de cabalgatas y preferimos las caminatas.
Sabemos que, tras tanto regalo -vulgar industria de hiperconsumo fugaz- lo que queda es la paga extra en parada cardio-respiratoria y toneladas de envases inútiles que hay que retirar de la vía pública y reciclar, en el mejor de los casos. Como quien dice, tenemos fundadas sospechas de que, tras los interesados regalos de Sus Majestades de Oriente, siempre hay, de una forma u otra, listos urdangarines dándole al manubrio de la caja registradora. Sin contar, ya digo, las toneladas de la industria del cartonaje convertidas en inútil basura.

Es cierto que los jubilatas no andamos sobrados de ilusiones ilusas, pero tenemos algunas ventajas. Por ejemplo,los que ejercen el poder no nos congelan la pensión (incluso nos la suben un generoso 1%) por aquello de que somos millones de votantes y, si nos cabreamos, podemos irnos con el voto a otra urna más a la izquierda. También tenemos otra gran ventaja: que el transporte nos sale baratito, baratito.

Lo digo, sobre todo, por aquello de poderse ir a la Sierra sin pagar billete de tren, lo que tiene doble ventaja: aparte del ahorro -que se agradece- el hecho de que esta gratuidad nos anime a salir con frecuencia al monte a hacer ejercicio, tomar el aire fresco y limpiarnos los pulmones de la contaminación madrileña que doña Botella, siendo concejada de la cosa medioambiental, negaba con tanta convicción como incompetencia.

Lo cual, a mi parecer, produce un grave desequilibrio en la pirámide de población. Me explico: por aquello del transporte gratis, vamos con frecuencia a la Sierra y, como he dicho, hacemos ejercicio, respiramos aire puro y nos mantenemos sanos. Consecuencia adversa: los que vamos para viejos duramos más, la pirámide de población crece por el vértice mientras se estrecha por la base y, encima, tienen que seguir subiéndonos ese generoso 1% anual de pensión para mantenernos contentos. Que ni por esas.

Pensada la cosa en plan maltusiano y neoliberal, deberían retirarnos la tarjeta de transporte. La Lideresa doña Espe se ahorraría una pasta muy útil, por ejemplo, para abrir un nuevo campo de golf, tan necesario para el asueto de las clases dirigentes; la población vejestoria, obligada a respirar el aire contaminado, se moriría más deprisa; las funerarias e industrias auxiliares (tal que los fabricantes de féretros, coches de muertos, floristerías, imprentas, notarías...) tendrían pingües beneficios que darían como resultado el aumento de los contratos de trabajo. Quién sabe, a lo mejor por ahí se salía de la crisis esa que tenemos que pagar con nuestro menguado IRPF.

Elucubraciones aparte, en la cumbre del Montón de Trigo se estaba francamente bien. El aire era diáfano y puro y las vistas de postal. El Peñalara lucía su cara norte nevada; la Cuerda Larga, alomada y tendida, invitaba a una travesía, y Siete Picos parecía al alcance de la bota montañera. Por el lado segoviano, la Pinareja y el Oso lucían señeros. A nuestros pies, los pinares de Valsaín y, allá a lo lejos, en la Castilla llana, las agujas de la catedral de Segovia.
Todo eso, ya ve el improbable lector, gracias a un abono transporte.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Los supervivientes del metro y una propuesta de A.V.C.-

Ya advertí, hace algún tiempo, que pensaba perpetrar una nueva incursión en eso que llamé “sociología parda” y que no es otra cosa que una mirada curiosa sobre las gentes que viajan en el suburbano madrileño. Solo que esta vez quería hablar de quienes sobreviven de la mendicidad y sus aledaños en los vagones del metro.
Andan presumiendo nuestros políticos de que disponemos de la mejor red de trenes suburbanos de Europa y los Telemadriles y paniaguados afines se encargan de mostrárnoslos caminando ufanos por los túneles recién abiertos, por estaciones en obras, con el preceptivo casco de ingeniero ocasional, sonrisa en ristre. Lo que ignoran –supongo que a propósito– es que esta deslumbrante red madrileña de metro es el hábitat natural de los desheredados sociales. Si no de todos, sí de aquellos que han hecho del peregrinar por túneles y vagones su forma de subsistencia.
Como esta bitácora está para hablar de las cosas que ocurren en mi entorno de jubilata ocioso – que alguien quiera leerlas es harina de otro costal –, quiero dejar mis impresiones de estos viajes en metro que hago con frecuencia. Y esta vez no hablaré de viajeros lectores, ni de aquellos abducidos por las músicas que llevan soldado a la oreja el cordón umbilical del MP3 (o similares), ni de los sempiternos parladores por teléfono móvil, ni de viajeros con mirada ausente. Ya advertí que pensaba hablar de los supervivientes marginales. De esos que han hecho de los túneles del metro su hábitat natural, su medio de supervivencia.
A bote pronto, habría que diferenciar dos grandes grupos: los melómanos y el resto. De entre los primeros conviene diferenciar los cordófonos y aerófonos, por un lado, y los electrófonos por otro. Los primero tocan guitarras, violines, clarinetes, saxos, o similares con más o menos acierto, pero se ve que le ponen cierta habilidad y entrenamiento. Los segundos van con un carrito donde llevan un aparato electrónico que da músicas enlatadas y suelen ser molestos. Todos ellos pretenden, a cambio de una moneditas, distraer el aburrimiento de los viajeros con unos minutos musicales.
El resto lo forman los suplicantes. Gente derrotada por la sociedad, que recurre a la lástima pública para ir tirando mal que mal. Los hay que exhiben sus lacras físicas y los que pregonan su marginalidad. Entre los primeros me he tropezado en los últimos tiempos con dos individuos de difícil olvido, dado su lamentable estado físico: el viejo que a duras penas se tiene en pie sobre un par de muletas destartaladas y que arrastra sus piernas tullidas. A éste su vejez y su invalidez le suelen jugar malas pasadas, ya que, al verlo entrar en el vagón, siempre hay alguien que quiere cederle el asiento pensando que es un viajero “normal” pero inválido. Pero no, él lo que quiere es que le compadezcamos y le demos una limosna, y si se sienta pierde su tiempo de limosneo. Cuando el respetable se hace cargo de la situación, cada cual se enfrasca en sus ausencias (lectura, móvil, etc.) y olvida tan lamentable visión. El tullido recorre el vagón tambaleándose y la gente que va sentada, a su paso, discretamente, encoje las rodillas por miedo que en una sacudida, el viejo zarrapastroso se le caiga encima y a ver qué cara pone uno…
Hay otro, al que ya he visto dos veces o tres veces, que es un hombre joven al que parece que le hubieran echado a vivir su lamentable vida los de la Unidad de Quemados después de remendarlo malamente. Cada vez que lo he visto me ha parecido salir directamente del patio de Monipodio y he dado en suponer que lo ha importado de las pasadas guerras balcánicas algún trujamán de miserias para sacarse unas perras exhibiendo sus deformidades. Tiene el individuo la cara quemada, sin párpados, con ojos que miran fijos porque no pueden hacer otra cosa a falta de dónde encerrarse, de forma que es una máscara incapaz de expresión; y con sus manos a falta de las falanges de varios dedos, con la punta del hueso asomando por su extremo. Éste camina con las palmas extendidas a la espera de la moneda que nunca llega porque a la gente le da grima rozarle, y emite sonidos inarticulados. Su aspecto repulsivo provoca reacciones de rechazo o de curiosidad morbosa, según cada cual.
Por no alargarme más, los marginales de oficio son suplicantes que juran por sus niños que piden para no robar, que prefieren vivir de la caridad antes que delinquir. Algunos acompañan con jaculatorias y santiguadas su perorata, para que quede clara su buena intención. Suelen ser peripatéticos y de discurso emotivo, recorriendo el vagón arriba y abajo para que todos los presentes sepan que se mueve en la cuerda floja, entre la mendicidad y el delito, y que sólo de su aportación económica depende que se incline hacia uno u otro campo.
Lo que no se entiende bien es por qué, tanto derrotado social como hay por ahí, no decide asociarse y formar, valga como ejemplo, una Asociación de Víctimas del Capitalismo que defienda su derecho a disfrutar, aunque sea mínimamente, de los beneficios sociales. Si los banqueros han logrado que el Estado aporte miles de millones para reflotar negocios que ellos han hundido con su rapiña, a ver quién es el guapo que les explica a los miserables del metro, caso de asociarse, que no se dispone de medios para hacer su vida un poco menos desgraciada.
Quede aquí la propuesta de asociación, que, además de útil para sus asociados, sería muy beneficiosa para la policía y buena imagen del metro madrileño.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Un poco de sociología parda.-


Esta semana se nos ha ido en cosas de hospitales, con continuas idas y venidas de casa al Doce de Octubre y viceversa. Ya puede uno imaginarse lo que es pasarse el día en un hospital-colmena como es el Doce: un gentío de enfermos y familiares pululando por ascensores y pasillos; un desbarajuste, eso de la localización de servicios sanitarios, con indicadores que desconciertan más que orientan; un tedio las interminables esperas; un afán angustiado por oír el oráculo de la doctora que atiende a nuestro familiar… Y, además, esos largos viajes en metro, porque desplazarse en coche es una abominación y porque, para encontrar plaza en el aparcamiento, necesitas tener a todos los santos de cara y éstos no hacen buenas migas con los que nos confesamos laicos.
Viajar en metro –Línea 5 hasta Callao, trasbordo a Línea 3 hasta la estación del Doce, y regreso– son muchas estaciones y mucho tiempo dentro de los vagones. Aunque uno termine hastiado de tantas horas de espera en la habitación y viaje aburrido y vea indiferente el pasar de estaciones y el trajín de entradas y salidas, no deja de prestar atención a lo que ocurre en su entorno. Ya se sabe cómo es el metro madrileño: un agregado aleatorio de gente ensimismada, individuos sin más vinculación entre ellos que la casual coincidencia física en el mismo trayecto, a la misma hora y en el mismo coche: Mónadas refractarias a toda cohesión.
Si, de regreso a casa y a pesar del tedio acumulado durante las horas de hospital, uno se para a observar la fauna urbanita que viaja, puede hacer sociología de bolsillo. En el metro de Madrid se lee, no sé si más o menos que en los suburbanos de otras ciudades, pero se lee y bastante. Desde que se lanzaron los periódicos gratuitos, siempre hay gente que los ojea y, al salir, los deja sobre el asiento para el siguiente viajero. También se lee novela y abunda últimamente el ejemplar de best-seller tamaño ladrillo de chica incendiaria. También abunda el viajero acusmático, el que se pasa estaciones y más estaciones enchufado a los auriculares de su MP3 (o equivalente). Éste suele presentar una cara de colgao en su nirvana musical y no muestra síntomas de contacto con el mundo terrenal y, a mi parecer, es lo más parecido a un saco de patatas abandonado sobre el asiento. Los del móvil son el único grupo de seres parlantes, presos en la maraña de las redes telefónicas, articulando sonidos que embudan por el minúsculo aparatito; éstos son seres subducidos por la tecnología de la comunicación, incapaces de comunicarse con nadie que no esté a kilómetros de distancia. Y hay los que no hacen más que dejarse llevar; éstos no leen, no escuchan música, no hablan por teléfono, simplemente miran al vacío mientras el convoy va desgranando estaciones. Uno creería que han perdido toda noción del tiempo y el espacio, pero no, en cuanto llegan a su destino recuperan la conciencia al abrirse las puertas y desaparecen andén adelante.
Y están los supervivientes, los que encuentran su sustento en las galerías del metro. Son individuos que logran alcanzar su nivel de subsistencia escarbando en el bolsillo de los viajeros. Todos tienen en común el afán por lograr unas monedillas con las que ir tirando, pero sus tácticas de supervivencia varían en función de su capacidad para atraer la atención. No es lo mismo tocar un instrumento que vender bolsitas de pañuelos o desgranar, con voz plañidera, las desgracias que le han llevado a la necesidad de pedir. De todos ellos he encontrado ejemplos variopintos a lo largo de mis viajes entre el Doce y mi casa. Son los marginados que tienen una existencia apenas perceptible, están pero no se ven, y sólo en el ejercicio de su necesidad adquieren corporeidad ante el viajero de metro por breves minutos. Pero creo que hablaré de ellos en otra ocasión.

miércoles, 24 de junio de 2009

Sólo son cuentos.- Semblanzas, 4

Vereda tropical.-
Vinicio Sosa era uno de tantos. Vivía en el barrio de la Concepción y trabajaba en Cuatro Caminos. Todos los días, a las siete y veinte de la mañana, cogía el metro en Pueblo Nuevo e iba a Avenida de América. Allí, recorría los pasillos buscando el enlace con la Línea 6 y, cada mañana, puntualmente, en el cruce de túneles, oía cantar a aquel músico callejero la melodía de "la vereda tropical".
Vinicio echaba una moneda de veinte céntimos sobre la funda de la guitarra y se alejaba tarareando la canción. Y cada día, durante los breves minutos que tardaba en recorrer el túnel, recordaba aquel viaje al Caribe; único lujo de asalariado mediocre que se había permitido. Allí, en Santiago de Cuba, una jinetera mulata le fingió pasión caribeña; fue una semana de amor por un precio razonable. Comían en un paladar próximo al parque Céspedes. En el paladar, el cuarteto Causal, arrimado a una pared que añoraba pasadas blancuras, interpretaba canciones a petición de los presentes.
Lucinda, la jinetera mulata, era moza de un sentimentalismo recurrente. Siempre que comían en aquel lugar de Santiago de Cuba, pedía a los músicos que interpretasen la Vereda tropical y se arrimaba a Vinicio, muslo contra muslo, y éste sentía el torrente de aquella sangre abrasadora. Era lo más parecido a la pasión amorosa que nadie le había dado.
Por eso, cuando en el metro oía al músico callejero, los túneles de Avenida de América, con sus fluyentes masas de gente apresurada, adquirían el calor del Caribe. Entonces, Vinicio cantaba bajito: y me juró querernos más y más aquellas noches junto al mar... Y de los carteles anunciadores salían airosas palmeras que se mecían al son de la brisa, y negras bembonas que meneaban acompasadamente sus enormes culos, y muchachitas con piel de caramelo que le regalaban sonrisas prometedoras. Diariamente, Vinicio soñaba su ración de ilusiones mañaneras por el módico precio de una moneda dorada.
Un día, el músico ya no estaba en el sitio habitual. Ni en los días sucesivos. En su lugar había un acordeonista que tocaba valses, pero ya no era lo mismo. Ya no nacieron palmerales en los andenes, ni las muchachas tenían la piel de oro tostado, y la gente se empujaba con malos modos para entrar en los vagones.
Desde entonces, Vinicio compraba el periódico y se enfrascaba en las noticias económicas. Las cotizaciones subían o bajaban según la fluctuación de los mercados, pero el pulso de sus ilusiones marcaba un cardiograma plano.