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lunes, 15 de junio de 2026

Memorias o ficciones.-

 


Andaba este jubilata dándole vueltas a aquella antigua idea suya de escribir unas memorias, siquiera fragmentarias. Más que nada por dejar tras de sí un leve registro de su paso por esta vida, ahora que una revisión médica me hizo recordar la fugacidad del tiempo disponible de quienes tenemos fecha de caducidad. No más allá de diez años…Eso si los dioses nos son propicios.

Alguna vez, algunas veces, aunque pocas y sin mucha convicción, me he puesto a la tarea y he pergeñado algunos textos que, por aquello del desánimo, se han ido perdiendo por los rincones de los discos duros de mis sucesivos ordenadores. Y lo del desánimo no es por falta de espíritu emprendedor para la tarea, materia prima vital suficiente o capacidad para ir ensamblando textos a partir de una idea directriz, sino por la convicción del nulo interés que pueda despertar en el improbable lector. Como decía el gracioso: Si no es por no ir. Si hay que ir se va, pero ir pa ná es tontería.

Ejemplos a seguir, e incluso imitar, en esto de las memorias, los hay. Sin ir más lejos, el otro día mi buen amigo Chus me envió la entrevista que le hicieron a Caballero Bonald en la Juan March, en la cual habla de sus memorias entreveradas de ficción. Lo de trufarlas de ficción estaba justificado porque las memorias no son un acta notarial, sino un regurgitar de hechos del pasado que pasan por el tamiz de la memoria (siempre selectiva) y nos vuelven a través del corazón, si nos atenemos al sentido del término re-cordari. Y ya se sabe que las cosas que atañen al corazón son veleidosas, subjetivas, brumosas si se traen del pasado, caprichosas e imprecisas según el ánimo de quién y cómo las recuerde, fugaces y mendaces por propia naturaleza.

Otro ilustre ejemplo es el de Andrés Trapiello, que lleva un rosario de años re-escribiendo sus diarios en una publicación río que llama Salón de los pasos perdidos donde mezcla notas autobiográficas y crónica diaria en forma novelada. Lo cual, como ejemplo a imitar por un jubilata que quiere reconstruir sus recuerdos de forma literaria, resulta inalcanzable. 

Por eso, como recordatorio de las limitaciones y como lección de modestia, bien está el ejemplo de Ícaro, quien con alas prestadas quiso remontarse hasta el sol. Pero su soberbia, o excesiva confianza en sí mismo, lo precipitaron al suelo, desplumando por el excesivo calor del astro reluciente.

Un servidor se mueve a ras de tierra y no tiene más inspiración que sus diarios personales, de los que lleva escritos unos centenares de páginas. Y eso por seguir el consejo de Plinio el Viejo, quien aconsejaba lo de Nulla dies sine linea, por aquello de que un grano no hace granero, pero ayuda al compañero. Así unas notas tomadas a diario acaban en varios volúmenes donde se recogen impresiones y comentarios personales que son como las miguitas de pan de Hansel y Gretel para regresar a casa después de atravesar el bosque de la vida.

Bueno, pues el caso es que comencé a anotar un 23 de febrero de 2000 y se me ocurrió ver si lo dicho tal día tenía alguna ilación con cada 23 de febrero de años sucesivo. Releo y compruebo que la vida va dejando posos sucesivos cuyo denominador común es el propio individuo que va soltando las miguitas de pan sin tener conciencia de que va dejando un rastro que se llama haber vivido.

A modo de curiosidad, dejo para el improbable pero curioso lector algunas notas tal cual fueron saliendo en su momento, con alguna acotación actual que explique o justifique lo allí dicho.

23-02-00 Ayer, el nazi-vasquismo asesinó a un diputado socialista del Parlamento Vasco (Fernando Buesa) y a su escolta. Como siempre, caras compungidas, declaraciones de políticos, condenas, y vuelta a esperar el próximo muerto. Mientras, la gente se echa a la calle y grita su asco a los asesinos y a los oligofrénicos dirigentes del P.N.V.

El insulto de oligofrénicos, que me salió espontáneamente, debió ser porque por entonces, Javier Arzallus era dirigente de aquel partido y le tenían cierta querencia a ETA por luchar por la misma causa. Digamos que la Eta era socio in pectore del PNV, impresentable, pero útil por hacerles el trabajo sucio. Por eso, a Arzallus se le atribuye la frase: unos sacuden el árbol y otros recogen las nueces.

23-02-01 Estuve el miércoles en una charla y coloquio organizado por ATTAC Madrid en el Ateneo. Si este movimiento llega a organizarse a nivel mundial, puede ser un buen instrumento de control ciudadano sobre los poderes económicos que rigen actualmente el mundo. De momento, le ponen fe e ilusión. Sus propuestas, hoy por hoy, parecen utópicas, pero quién sabe…

Iba un servidor para 56 años y aún se entusiasmaba con las utopías. No hacen falta más comentarios.

23-02-02 (Aquí se habla de una visita a Aranjuez para ver a mi madre). Dos cosas buenas tiene la visita, la comida de la señora Isabel (un guiso de alcachofas absolutamente delicioso), y el paseo por los jardines. La ciudad estaba llena de banderolas de la CE porque se reunían los ministros de economía de la Comunidad. Con esa depravada forma que tienen las autoridades de entender el difícil binomio democracia/seguridad, cerraron los jardines de la Isla para que a ningún ciudadano se le ocurriese poner una bomba a los prohombres electos por el pueblo, soberano sí, aunque aborregado.

23/02/03 Me he acercado a la Casa de las Alhajas para ver la exposición “Antologías Musicales, Kandinsky y sus contemporáneos”. Artistas que han expresado en sus pinturas las sensaciones de la música. Pintores de Europa del Este, de comienzos del S. XX, expresión pictórica de la visión cósmica y la armonía de los planetas. También la relación de las vanguardias artísticas con las artes escénicas. Las obras de Kandinsky, grabados, son de una enorme belleza geométrica y dinámica.

También este día hablo de la visita de Aznar al rancho de Busch para apoyar el afán belicista del “Gran Simio” contra Irak y de su hablar pseudo mexicano que tanta vergüenza ajena nos produjo a los españoles. Y de que hice mermelada de naranja. Y de una manifestación de Nunca Mais en la Puerta del Sol, a la que asistí, cuando aquello del Prestige.

Para qué seguir. Así durante 8 volúmenes. Un totum revolutum que es expresión de los pequeños afanes de la vida. Y así desde el 23 de febrero del 2000, cuando empecé a cogerle gusto a la tecla para contarme a mí mismo las nimiedades diarias. Nimiedades (una muestras) que ahora transmito al paciente lector, por si quiere perder su tiempo en esta lectura.

 

miércoles, 22 de octubre de 2025

Vengadores del planeta.-

 


Desde que en marzo de 2001 los talibanes, movidos por su ardor religioso, destruyeron los Budas de Bamyllán como quien mata a la satánica bestia del Apocalipsis, los actos de iconoclastia van menudeando por nuestros pagos. 

Solo que no les mueve el fanatismo religioso sino el error de juicio: creen que por matar el símbolo acaban con la injusticia en el mundo. Son pequeños mesías inflamados en santa cólera que expulsan a correazos a los mercaderes del templo de la historia, porque la Historia, con mayúsculas, no ha sucedido de acuerdo con sus pequeñas mentes inmaduras adictas a la progresía de manual.

Desde el derecho que les da la ignorancia y la convicción más profunda de estar en posesión de la verdad, se dedican a lograr miles de “me gusta” en redes sociales de todo pelaje por el fácil recurso de tirar latas de sopa o pintura sobre piezas exhibidas en museos a las que, convencionalmente, hemos dado en considerar obras de arte. 

Confundiendo el devenir irreversible de la Historia con su disgusto porque ésta ha tomado derroteros que no se ajustan a los límites de su pequeño mundo mental, se erigen en vengadores del bote de pintura como arma de destrucción masiva de lo ocurrido en tiempos de Maricastaña.

En estas cosas u otras con menos fundamento iba este jubilado cavilando el otro día, cuando se enteró de que dos féminas de un grupo llamado Futuro Vegetal habían embadurnado el cuadro “Primer homenaje a Cristóbal Colón” en el Museo Naval de Madrid. Protestaban, decían sus portavoces, contra el neocolonialismo extractivista y a favor de algo que llaman justicia ecosocial.  Lo cual a un servidor no le parece mal, de verdad: Lo de protestar contra el extractivismo neocolonial y en defensa de lo ecosocial, digo; signifique lo que signifique eso. Que una idea aproximada de su significado ya me hago.... Pero lo que uno no acaba de digerir es que lo hagan atentando contra bienes del patrimonio de la nación; esto es, contra un bien del que todos los ciudadanos somos propietarios y el Estado es depositario y custodio.

En fin, no querría este jubilata causar mala impresión entre sus improbables lectores por haber echado las patas por alto con esta incomprensión que siente ante la afición al manchurrón de pintura como forma de protesta. Quizás habría otras formas de protestar dando un empujoncito a la mejora de eso de lo ecosocial.

Por ejemplo, que los entusiastas de Futuro Vegetal se pasasen por el Parque del Calero y las aceras del barrio y se dedicasen a recoger las mierdas de perros de dueños desaprensivos. Mucho tirón propagandístico no tendrían, la verdad sea dicha, pero los vecinos de la Concepción les quedaríamos muy agradecidos.

Respecto a lo del extractivismo neocolonial, quizás deberían ir pensando en dejar el móvil desconectado y en casa, y el ordenador portátil, y la Tablet, y el E-book y tantos artilugios que funcionan con baterías basadas en tierras raras que se extraen en países colonizados por multinacionales depredadoras.

Por lo demás, seguro que Cristóbal Colón ni soñaba con esa fuente de riqueza como forma de impulsión motora para sus carabelas, que navegaban a vela y a merced de los vientos. Y que, encima, se equivocó: Buscaba las islas de las especias de Oriente, las célebres Molucas, y se tropezó con el inmenso tapón de todo un continente por medio.

Y, en fin, esa gente del autollamado Futuro Vegetal mejor que nadie saben la consigna: pensar globalmente y actuar localmente. Así que limpia el barrio y mejorarás el planeta.

 

jueves, 18 de septiembre de 2025

Sobre la lectura y sus perversiones.-

 


Estos días pasados he leído al azar, como leo de vez en cuando esas noticias de poco fuste que pululan por las redes, que una influencer de cuyo nombre no pienso acordarme, de esas que influyen en las masas influenciables, ha dicho que leer no te hace mejor persona. No querría yo malmeterme con esa señora porque dijo lo que dijo. Otros se han indignado, la han vilipendiado, la han rebatido con loables argumentos, o han hecho una cruzada en pro de la lectura.

Este jubilata, al que la edad provecta y la experiencia de lo vivido le han vuelto bastante coriáceo muy a pesar suyo, lamenta en el fondo no dejarse influenciar por tanto/a/e influenciador telemático como anda suelo. De dejarme influir por el primer llegado, me sería la vida más cómoda. Siquiera porque uno se vería liberado de la obligación de pensar por su cuenta, ya que estaría influenciado por gente más segura de su intelecto y de las opiniones que salen de su boca.  

Esta gente me diría qué pensar y cómo; o mejor aún, me invitaría a no pensar al darme el pensamiento ya digerido. “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”, me viene a la mente. Frase que achacan, inmerecidamente, a don Ramón Dou, deán de la universidad de Cervera, según leo en las hojas volanderas del omnipresente Google.

Y eso de librarte de la obligación de razonar por tus propios medios no cuesta tanto. Es sólo a cambio de pulsar un like en la teclita ad hoc.

Pues qué quiere que le diga al improbable, aunque, eso sí, amable lector. Un servidor, que tiene la vida – hoy por hoy, al menos – asegurada con una pasable pensión de funcionario del Estado, dispone de tanto tiempo libre que en algo ha de ocuparlo. Y entre ese “algo”, que suele ser múltiple porque son muchas las horas a ocupar a lo largo del día, está la lectura.

Leer, a mi parecer, es un acto de tozudez. Cuando el telefonito móvil exige toda la atención, sea en el transporte público, sea en la terraza del bar, sea caminando como abducido por la calle; cuando los medios de comunicación audiovisuales colonizan tus neuronas disponibles; cuando dejar la mente en blanco para liberarla de toxinas informativas es un acto de higiene, leer es un acto de resistencia, de afirmación de tu propia voluntad frente a las manipuladoras agresiones exteriores.

Es, ya se ha dicho, un gesto de tozudez, como la de aquella vaca de Maiakovski, que decía Augusto Monterroso, que daba cornadas contra una locomotora.  Leer, debe tener toda la razón la señora influencer esa, no te hace mejor persona. De hecho, no está demostrado que tenga alguna utilidad en la vida práctica; sólo sirve para ocupar parte de tu tiempo, para entretener la mente. A lo mejor – no es seguro – para enriquecer tu intelecto o ampliar tus conocimientos. Y en todo caso, si uno acumula libros en su casa, es para crearse, entre los amigos y conocidos, fama de intelectual con bien poco esfuerzo.

Y de nuevo, al respecto, cito a Monterroso, que es maestro en ironías: Un día está uno tranquilo leyendo en su casa cuando llega un amigo y le dice: ¡Cuántos libros tienes! Eso le suena a uno como si el amigo le dijera: ¡Qué inteligente eres!, y el mal está hecho. Lo demás ya se sabe. Se pone uno a contar los libros por cientos, luego por miles, y a sentirse cada vez más inteligente. Como a medida que pasan los años (a menos que se sea un verdadero infeliz idealista) uno cuenta con más posibilidades económicas, uno ha recorrido más librerías y, naturalmente, uno se ha convertido en escritor, uno posee tal cantidad de libros que ya no sólo eres inteligente: en el fondo eres un genio. Así es la vanidad ésta de poseer muchos libros. Lo dice don Augusto en su relato: Cómo me deshice de quinientos libros.

Respecto a ser muy lector y andar presumiendo de ello entre familiares, amigos y vecinos, mejor ser discreto y deshacerse de esos quinientos libros de los que habla Monterroso, para que las estanterías se oreen. Porque hasta lectores tan conspicuos (pongo la palabra para que no se quede raquítica por falta de uso) como don Eduardo Mendoza o el señor de Montaigne, le ponen límites.

Mendoza, el novelista, decía en una entrevista que oí cuando presentaba su última novela, que él, cuando le aburría un libro, lo dejaba de lado. Si era de difícil comprensión o carecía de interés, a media lectura lo dejaba sin que le remordiera la conciencia de lector. De hecho, creo recordar, incitaba a los escuchantes, con un tono irónico, a que hicieran lo mismo sin mayores complejos.

Montaigne, el filósofo reflexivo de los Ensayos, decía de los libros que no buscaba en ellos más que un honesto entretenimiento; que si, al leer, encontraba dificultades de comprensión, no se comía las uñas por eso (je n’en ronge pas mes ongles). Lo dejaba tras un intento o dos. Si no me gusta, añadía, no pierdo mi tiempo. Si algún libro me disgusta, tomo otro, concluía.

Así que la señora influyente esa, de tantos miles de followers apesebrados en la pantalla del móvil, tiene toda la razón. No solo leer no te hace mejor, sino que, a veces, es un coñazo y tienes que aparcar el libro. Lo cual no es un desdoro, sino más bien un alivio.

Y para terminar de devanar el asunto de los libros, aparte su inutilidad respecto a la bondad de los leedores habituales, esta nota que tomé de una entrevista que le hicieron en El Mundo al escritor Manuel Rivas el Día del Libro: Leer es una tarea intelectual que exige concentración, lentitud y soledad, que son tres valores raros en nuestra sociedad, pero que son buenísimos para el alma y para el intelecto.

Pues eso, caro lector, no te creas todo lo que leas. Porque, además, leer no te hace mejor persona. Eso sí, te ayuda a sacar la cabeza del pesebre común.

 

 

domingo, 6 de julio de 2025

Placeres veraniegos, 1.- Lecturas.

 


Confío en que el improbable lector de esta bitácora no haga lo que este jubilata hace con cierta frecuencia: volver sobre lo que un día escribió, a ver cuánto ingenio había en lo escrito antaño. Y, lo que es peor, congratularse de su habilidad como plumífero internauta. Son vanidades que, para quien va para ochentón, están fuera de lugar y evidencian una necedad autocomplaciente más propia de individuo con aforamiento y cargo público.

Lo digo porque en la entrada anterior de esta bitácora, por pura autocomplacencia, dejé una serie de textículos (o breves textos – lo aclaro por los equívocos sicalípticos a los que pudiera dar lugar –) donde hacía exhibición de cierto ingenio para escribir micro relatos. Exhibición que, ya se habrá dado cuenta el improbable lector que los haya leído, no era más que una artimaña para ocultar la falta de facundia imaginativa y salir del paso dando una larga cambiada. Esto es, que no lograba encontrar asunto sobre el que escribir y quise dar gato por liebre al paciente lector colándole textos (textículos, puesto que son micro relatos) de antaño en la bitácora de ogaño.

Dicho lo anterior para descargar mi conciencia de plumífero de medios pelos, ahora sí me gustaría hablarle al lector improbable, paciente y sufrido, pero más majo que las pesetas (locución en desuso), de los pequeños placeres veraniegos desde Rascafría, donde nos refugiamos de los calores madrileños.

Este jubilata, siendo niño escolar de internado, oyó en cierta ocasión contar a un profesor lo siguiente: Que Salvador Dalí, amigo de experiencias oníricas, como buen surrealista aparte de estrafalario personaje, tenía por costumbre dormir la siesta sentado a una mesa de mármol. Sujetaba entre los dedos índice y pulgar de su mano derecha una cucharilla de café y, cuando el sueño le vencía y perdía la consciencia, la cucharilla caía sobre la superficie de mármol y producía un ¡Cling! cantarín que lo despertaba. Era una fracción de tiempo entre el sueño y la vela que le proporcionaba un sutil placer al sentirse en ese mundo indefinido entre la ensoñación y la realidad, entre la inconsciencia y el brusco despertar, sin saber por qué mundos vagaba su mente.

Un servidor no llega a tanta sutileza sensorial, pero también a veces y contra su voluntad, dormita con un libro en las manos, lo que le produce una sensación placentera porque parece que su mente oscila entre Orfeo y Atenea. Es ese momento imperceptible en que se caen los párpados, y las letras del texto empiezan a emborronarse y parecen corretear sobre la página del libro como hormiguitas atareadas. 

Los ojos se añublan y se cargan de un sueño que se ha colado de rondón entre la pupila y el texto, y sientes cómo el libro se te desliza de entre las manos. Éstas van descendiendo hasta apoyarse sobre tus piernas y un último girón de consciencia hace que aferres el libro para que éste no resbale y caiga al suelo. Si lo consigues. Esto es, que el libro no se deslice de entre las manos y caiga al suelo con estrépito y te sobresalte el ruido, caes en un sopor próximo al trance místico.

Es decir, de forma imperceptible has pasado del mundo real en el que te percibías leyendo; del mundo paralelo que fluía de la lectura y captaba toda tu atención hasta el punto de casi olvidar la realidad de saberte lector leyendo, a un mundo sin constancia física de tu cuerpo, adormecido sobre el sillón de lectura. Estos momentos, que a veces se dan, son lo más próximo que un mortal, instalado en la sociedad de ocio y consumo, alcanza del trance en que caían los místicos.

Y cuando uno despierta y se da cuenta de que no es más que un lector somnoliento, lamenta, y hasta se avergüenza un poquito, de esa falta de atención de la lectura y lo achaca, no a la falta de interés de lo leído, sino a las debilidades propias de la edad provecta. O sea, al puñetero hecho de ser un viejo lector incapaz de prestar una atención continuada a su lectura. Claro que, en el fondo, al salir de ese estado de semi inconsciencia, uno recuerda con agrado esos minutos de ensueño y hasta le viene a las mientes - vaya usted a saber por qué – aquello de San Juan de la Cruz cuando nos dice:

Entréme donde no supe

y quedéme no sabiendo,

toda ciencia transcendiendo.

Yo no supe dónde entraba,

pero cuando allí me vi,

grandes cosas entendí…

En fin… Los pequeños placeres del verano y sus lecturas…

jueves, 8 de mayo de 2025

A ciegas.-

 










El Gobierno lamenta haberse visto obligado a ejercer enérgicamente lo que considera que es su deber y su derecho, proteger a la población por todos los medios de que dispone en esta crisis por la que estamos pasando, cuando parece comprobarse algo semejante a un brote epidémico de ceguera… y desearía contar con el civismo y la colaboración de todos los ciudadanos para limitar la propagación del contagio, en el supuesto que se trate de un contagio y no de una serie de coincidencias por ahora inexplicables.

El texto que antecede bien podría haber sido emitido por el gobierno actual (con las variaciones pertinentes) el día del apagón general, cuando España se quedó a ciegas durante varias horas. Pero no. Es el comunicado de un gobierno imaginario cuando la población se vio (es un dictum idiomático que hay que entender en su justo sentido) contagiada por la ceguera “blanca”, según nos cuenta José Saramago en su Ensayo sobre la ceguera.

Por esas asociaciones de ideas que nos vienen a los jubilatas ociosos, al verme ciego – oxímoron muy a propósito –  de luz iluminadora; ciego de placas eléctricas para hacer la comida e incapacitado de hacer fuego frotando dos palitos, como nuestros antecesores cavernarios; ciego de conexión a la tele, cuya pantalla es un consuelo embrutecedor pero placentero; ciego de conexiones a Internet y telefonía, y por ende a la civilización en la que vivo inmerso y de la que vivo; al vernos apenas la santa y yo, viendo pasar las horas a dos velas (las que había en casa) una vez ocultado el sol, que seguía su curso indiferente a las angustias de los humanos enceguecidos… 

En fin, que este jubilata asoció inmediatamente el apagón general de toda actividad económica, de los transportes, de las comunicación entre familiares a los que la red eléctrica - en muerte súbita, aunque temporal - había aislado en grandes masas desconcertadas sin nada en común más que el propio desconcierto multitudinario, asoció, digo, este fenómeno con aquella novela de Saramago leída en el siglo pasado.

Un mundo distópico, pero de andar por casa, en el que la gente empieza a enceguecer con una ceguera luminosa, lechosa, sin saberse las causas, y las autoridades, para proteger a la población, van encerrando a los ciegos súbitos en un manicomio fuera de uso. Y la vida de ciego en el manicomio transcurre entre hacinamiento, ausencia de higiene, letrinas atascadas, maldad de un grupo de ciegos crueles que se apodera de los alimentos e impone al resto condiciones degradantes para alcanzar un mínimo de supervivencia, insolidaridad entre las propias víctimas de la vesania de los malvados… Y sólo hay una leve esperanza, la de los ojos de una mujer que sigue vidente y logra conducirlos fuera de aquella cárcel de miseria moral, hasta que se hace la luz en los ojos de todos los ciudadanos y se acaba la parábola de Saramago.

Una parábola que bien podría haber servido de faro guía para los que sufrimos esa avería, ciberataque, atentado, sabotaje o simple fundido de plomos a lo bestia – o lo que coños haya sido – y nos obligase a pensar, siquiera cinco minutos, qué clase de civilización tecnológica estamos fabricando para dejar en herencia a las siguientes generaciones.

Pero tampoco es para ponerse trágico, que más se perdió en Cuba y volvieron cantando, dice el dicho popular. Ahora ya sabemos que hay que tener en casa un kit de supervivencia, y el que venga detrás que arree; que cuando seas padre comerás huevo, y ahora que eres hijo come cuerno, nos decían siendo niños, y sin embargo, sobrevivimos a una infancia de carencias. Pues estos que nos siguen, llegado el caso de las carencias, a lo mejor son hasta más felices sin móvil y sin I.A.

Y no sé si vendrá a cuento, ya que hablamos de ceguera y lucidez, aunque creo que sí, si asimilamos “ceguera” a la pura brutalidad gratuita debida a la obstrucción de las fuentes del intelecto, y dejamos “lucidez” por lo que vale. Y es que he leído nosédónde que en el monumento al pensador Eugenio d’Ors que está frente al museo del Prado, algún vándalo arrancó una de las dos estatuas de la fuente que representa a la Bestia apaciguada por la Sabiduría, que está enfrente. Es toda una enseñanza, comprobar cómo un tipo mala bestia arranca su propia imagen por puro capricho, y así evita dejarse apaciguar en su ignorancia y mala fe por los consejos prudentes de la Sabiduría.

Hay símbolos que valen más que un torrente de palabras.

 









jueves, 17 de abril de 2025

¿Arte o superchería?

 


Como un “almacén transitable” o “almacén-archivo” del conjunto de actividades de la autora de esta instalación que he visitado en el Reina Sofía, así lo define el texto de presentación. A lo que este jubilata ha entendido, a fuerza de leer a quienes parecen saber de esta muestra, este Hello Everyone es la “encarnación y performatividad de las obras en ausencia de la artista”. O sea, este “almacén transitable”, en el momento de mi visita, estaba huérfano de la corporeidad física de la artista, que usa su voz y su cuerpo gesticulante como una herramienta más de la expresión artística.


Más o menos es lo que he entendido, sufrido lector, que no sé expresarme mejor ni más claro en este mundo de las instalaciones performativas donde el artista presta su cuerpo serrano y las modulaciones de su voz para una manifestación integral de su arte.

Menos mal que la propia artista nos lo advierte en un gran cartel: Entende'm no m'entendràs perqué no mi entenc ni jo. Con esa advertencia, el visitante, ya más tranquilo, se deja sorprender mientras observa los objetos de la instalación de este almacén transitable que le han dicho que es. Pero ya libre de la obligación de entender, que es esfuerzo intelectual fuera de contexto.


Según costumbre, previamente me he acercado  al Reina con ánimo de tratar de comprender aquello que estoy viendo. Solo eso. Dejarme sorprender sin prejuzgar, partiendo del supuesto de que, encuentre lo que encuentre, me guste o me parezca vacuo, aquello que encuentre es “arte” porque así lo dictaminan los sabedores del mundo del arte.

Que una señora se meta en una especie de abrevadero metálico a modo de bañera, con un tejadillo con grandes agujeros circulares, haga gluglú dentro del agua, resople o el agua borbotee por el movimiento de su cuerpo, y todo eso lo registren micrófonos e hidrófonos, y con autoridad de conocedores digan al público espectador que es una performance y tienen sentido porque es una especie de escultura en movimiento, pues, vale. Perdón por la parrafada sin respiro, es que me ha salido así.

Después del urinario de Duchamp, que nació para un retrete público y terminó en una sala de exposiciones de la Sociedad de Artistas Independiente de Nueva York, en 1917, es cuestión de aguzar un poco el ingenio para que cualquier genialidad discordante sea arte efímero. La señora Laia no estaba en el Reina en esos menesteres, pero el experimento lo hizo, creo que en la fundación Joan Brossa y lo recoge alguna cartela con foto de la exposición. 


Pues, eso. Y ahora, intenta explicar al improbable lector tu visita en la bitácora sin parecer o un engreído conocedor de las tendencias artísticas actuales, o un necio redomado y carrozón, carente de sensibilidad artística por atrofia neuronal debido a la vejez. Pues eso, lo estoy intentando y me sale un churro barroquizante a fuerza de emplear términos usados por los comisarios de la exposición, entreverados de cierta acidez verbal.


De estas visitas que hago de vez en cuando al Reina para ver sus exposiciones temporales, he aprendido que lo más provechoso es leerse las cartelas antes de ver los objetos que son portadores de un arte fuera de los parámetros que damos a la palabra “arte” los que somos de a pie. No por el objeto en sí, que puede ser de uso vulgar extrapolado a conceptual-artístico, lejos del sentido estético clásico que enseñaron a los de mi generación en las facultades de Letras.

 Dándole vueltas al asunto, mientras cruzaba el Retiro, de regreso a casa, pensaba en esa cita de Zygmunt Bauman: Sobre la educación en un mundo líquido, que conservo entre mis favoritas: “Artistas que una vez identificaban el valor de su trabajo con su duración eterna, y por lo tanto luchaban por alcanzar una perfección que imposibilitara cualquier cambio posterior en su obra, ahora organizan instalaciones destinadas a ser desmontadas una vez se acaba la exposición, o bien organizan eventos que terminarán en el preciso momento en que los actores miren hacia otra parte”.


Claro que, remedando a Marx (Groucho), si no le gustan mis principios, tengo otros. Como esta reflexión de Juan Talón: Obra maestra: “La función del arte, la aspiración de los creadores, es hacer pensar. Básicamente, ver es pensar, y pensar es ver. Con un lenguaje propio cada vez, pero esa parece ser la función del arte: cambiar, cambiar el significado, cambiar el significado a través de la percepción, no cambiar el significado a través de la belleza”. 
Y hacer pensar, sí que te hacen pensar este arte efímero, en cierto modo insustancial, que termina siendo un "almacén- archivo" de cachivaches artísticos; artísticos, al menos, durante su exhibición temporal. Como si no tuvieras nada mejor que hacer de tu vida que dedicarte a pensar.

Improbable y sufrido lector, si hasta aquí has llegado, sepas que al Reina seguiré yendo, aunque nunca alcance a saber si lo que ven mis ojos allí es arte o superchería.

jueves, 7 de noviembre de 2024

Falsedades y divagaciones.-

 


Leo por aquí y por allá, un poco a salto de mata y sin demasiado rigor, noticias, comentarios, pareceres, bulos, artículos indignados y plagados de exabruptos – como el de Juan M. de Prada – con vocabulario de tripas afuera y votoadiós. En fin: leo en el cenagal informativo en que nos ha sumido el cenagal de barro y agua que se ha desplomado desde los cielos hasta los suelos valencianos.  

Me ha hecho recordar que, como espectadores de hechos que se escapan a nuestro control, no tenemos noticias de la verdad escueta si no va rebozada en comentarios interesados, descalificaciones, malformaciones de la realidad y toda una amalgama de intereses espurios a costa de una desgracia colectiva. Total, que vivimos inmersos en un mundo de redes de comunicación que parecen no tener más objeto que hacer de la realidad una trinchera, y esta realidad cuenta sólo en cuanto es objeto de manipulación según el interés de cada contendiente.

Dicho todo lo anterior (no se disguste conmigo el improbable lector por haberme puesto moralista), añadiré que una vejez reposada y un tantico reflexiva, es un buen antídoto para no dejarse apasionar por este barullo mediático de redes sociales que hoy se dispara de decibelios y nos atruena la cabeza, y mañana pone su interés en otro asunto.

Con lo cual me estuve haciendo examen de conciencia sobre mi participación en las redes sociales esas y descubro que tengo mi parte alícuota de responsabilidad en ellas. Porque, sin ir más lejos, en esta bitácora se vierten opiniones que nadie ha pedido y que son una gota en el maremágnum de tiktokers, influencers, instagramers, youtuberos, twiteros  y toda esa gente que quiere cambiar el mundo a su gusto con el teclado de su móvil, y si no, se indigna. Lo que me ha hecho recordar aquello que dijo Maquiavelo de que todo engañador acaba encontrando alguien que quiera dejarse engañar.

Confieso, también, mi participación activa en varios grupos de guasap. Vas a cualquier actividad colectiva, y lo primero es montar un enlace para guasapear y así sentirte integrado dentro de una pequeña tribu exclusiva. Así, a ojo, ando enmarañado en seis grupos. Y mira si corren mil opiniones en cada uno de ellos, y en todos tienes algo que decir.

Sin olvidar el Facebook, en que estoy metido desde que alquilé la primera conexión a Internet. Bien es verdad que no le hago mucho caso, si no es para colgar las entradas de esta bitácora. Últimamente, no sé bien por qué, estoy recibiendo multitud de solicitudes de amistad, y todas son de mujeres. Sospecho que no es por mi merecimiento, sino porque son muy adictas a las redes sociales y hay un trasfondo de narcisismo que cuidan con mimo, y por eso coleccionan amigos y “me gusta” como quien colecciona sellos.

Yo, la verdad, no me veo siendo amigo en Facebook de una peluquera que quiere promocionar su negocio, o de una moza que insinúa sus turgencias bajo un sostén escaso, o de una joven bailadora de salsa que baila para gustarse a sí misma, o de una pintora de gatos, o de una iluminada abrazadora de árboles. Francamente, no me veo como pieza de interés cinegético para estas féminas, ni siquiera virtual. Doy por supuesto que quieren aumentar su colección de admiradores o secuaces, así que, a veces, accedo a ver si así aumento mi círculo de lectores. Vaya lo uno por lo otro…

Y, como no me falta perseverancia, ni se sabe los años que estoy apuntado en LinkedIn, que, por lo visto, es una red profesional a nivel internacional. No fue por mi culpa. Me estuvieron bombardeando para que me diera de alta, a pesar de estar ya jubilado. Tanto insistieron que me inventé un perfil époustouflant, que dirían nuestros amigos franceses, a ver si, cuando se diesen cuenta, me borraban por toda la eternidad. Pero, no. De vez en cuando alguien entra en mi perfil e incluso me han llegado ofertas de trabajo no conformes a mi calidad profesional, sino según criterios utilitarios al uso.

Recuerdo que me definí a mí mismo como Jubilata Emérito en Jubilación Perpetua, S. L. y aseguré que era Doctor en Patafísica “ciencia de las soluciones imaginarias que otorga simbólicamente a las delineaciones de los cuerpos las propiedades de los objetos descritas por su virtualidad”, y que Fernando Arrabal fue mi director de tesis.

A pesar de mis supuestamente altas cualificaciones profesionales, en LinkedIn hacen gala de una inteligencia de alpargata. Lo digo porque, cuando han aparecido ofertas de trabajo en mi perfil, eran de reponedor de supermercado o de pinche en un burguer, como si un doctor patafísico laureado por la Sorbona no pudiese desempeñar un puesto de CEO en cualquier trasnacional con sede en Panamá, pongamos por caso.

Por no aburrir al improbable lector, todo lo que antecede es fruto de la ociosidad, a la que conviene poner freno. Ya lo dijo el señor de Montaigne: mi espíritu ocioso engendra tantas quimeras, tantos monstruos fantásticos, sin darse tregua ni reposo, sin orden ni concierto, que para poder contemplar a mi gusto la ineptitud y singularidad de los mismos he comenzado a ponerlos por escrito, esperando con el tiempo que se avergüence al contemplar imaginaciones tales.

De igual forma, el espíritu ocioso de un jubilata lleva a verter sobre la pantalla opiniones de las que debería avergonzarse cuando uno las relee, pero, a pesar de todo, insiste en ellas. Porque, a ver, en algo hemos de gastar el tiempo que nos queda de descuento.

  

lunes, 14 de octubre de 2024

Contad si son catorce.-

 


Con eso de que acabo de cumplir los 79, ando metido en un taller de la “Memoria” que nos da una psicopedagoga a un grupo de ancianos (lo de “ancianos” va dicho aquí en sentido genérico, no sea que algún/a/e woke de es@s me cancele), a ver si nuestras neuronas espabilan a fin que mantengamos una vejez sin chochear. O sea, que hacemos ejercicios mentales y pequeños juegos que mantengan en condiciones estables de presión y temperatura nuestras redes neuronales.

Entre esos ejercicios, la señora nos ha propuesto que escribamos en una hoja un texto sobre aquello que se nos ocurra, y a un servidor se le ocurrió lo que seguidamente se dice, y que transmito por si algún improbable lector tiene curiosidad por saber qué cosas pasan por la cabeza de un viejo ocioso.

Dice así:

“Me piden que escriba un texto sobre no importa qué asunto, pero que lo escriba. Y ese es el problema: no que tenga que escribir algo, sino sobre qué. Lo difícil es encontrar el asunto, porque una vez que sabes de qué tienes que tratar, hacerlo es tarea más fácil. Sólo es cuestión de darle a la tecla hasta completar el trabajo. Mal o bien, algo sale, aunque sea un pastiche.

Es como cuando Teresa y yo nos ponemos a pensar qué comeremos los próximos días. Creo que es una de las tareas domésticas más agobiantes y que nos lleva más tiempo y produce más dudas: ¿Qué coños vamos a cocinar que no sea una repetición de todo aquello que hemos comido en días anteriores? Una vez que tenemos claro cuál será el menú en los próximos tres o cuatro días, meterse en la cocina y dedicarse al guisoteo es cuestión puramente manual. Por lo menos en mi caso, que se me va el santo al cielo y pienso en mis cosas, y trabajo mecánicamente, y, encima, lo que guiso está bueno.

“Pues a estas cosas le daba vueltas con lo de escribir algo que se me ocurriera espontáneamente, cuando me acordé de aquel reto que una dama le propuso a Lope de Vega, quien le comprometió a componer un soneto así, sin pensar, a vuelapluma:

Un soneto me manda hacer Violante,

y en mi vida me he visto en tal aprieto.

Catorce versos dicen que es soneto…

“Lo que me ha hecho recordar aquel ejercicio de literatura que nos propuso el profesor cuando yo era escolar, con unos doce o trece años. Consistía en escribir todo un folio sobre cualquier cosa que se nos ocurriera, pero que el tema tuviera sentido. Toda una mañana de domingo me pasé en la sala de estudios con una hoja de papel en blanco y un boli, y rascándome detrás de la ojera, a ver si por allí me salía la inspiración. Y no sabía de qué hablar, y estaba yo temblando por el suspenso que me iban a poner en la clase del lunes.

“Y, a propósito de esto, me he acordado también – es lo que tiene llegar a viejo, que tenemos un enorme bagaje de recuerdos, casi siempre inútiles – de lo que decía, en latín macarrónico y con cachondeo, el prefecto de estudios, el Padre Mauro, cuando no nos sabíamos la lección y divagábamos para ocultar nuestra ignorancia: Intelectus apretatus discurrit que rabiat. Así que mi intelecto se puso a discurrir a rabiar y conseguí rellenar el folio en que hablaba del problema de escribir un texto sin decir nada, pero con sentido. Y el profe me puso un 10.

“Total, que, a estas alturas del texto, aún no sé sobre qué asunto voy a escribir, así que ando mareando la perdiz: ¿Escribiré sobre la corrupción de los políticos y sus mamandurrias? Es asunto que da mucho juego. Enciendes la tele y está llena de tertulias, y éstas llenas de tertulianos que hozan en el pesebre mediático opinando sobre todo lo opinable de la política y cualquier otro tema que pongan sobre la mesa. “Todólogos”, los llamaba un profesor que tuve en la UNED.

“¿Escribiré sobre mi vida personal, sobre mi familia, sobre mis aficiones…? No parece que sean asunto de interés para nadie, aparte que yo no soy de los que se psicoanalizan delante de desconocidos. Más que nada, porque sé que a la gente le importa un carajo la vida de un individuo del montón; que lo que de verdad les gusta es lo del famoseo de la Quinta y lo de las influencers esas que hacen cuatro cucamonas y se levantan una pasta fina. Eso sin contar que cada cual ya tiene bastante con aguantar sus propias mediocridades, como para soportar la tabarra de las ajenas.

“Total: en todas estas cosas pensaba sin llegar a ninguna solución cuando, al revisar el texto, me doy cuenta de que estoy terminando la página y ya no tengo que darle más al manubrio del ludibrio del bodrio, como dijo don Ramón. 

"Porque no habrá contenido de provecho en todo lo escrito hasta aquí, pero ya casi no queda espacio en blanco. Así que la tarea está hecha.

"Visto lo visto, aquí sí viene a cuento rematar como hizo Lope con aquel célebre soneto que le encargó doña Violante:

Contad si son catorce y está hecho.”

viernes, 13 de septiembre de 2024

Ficciones.-

 


Es lo bueno que tiene la rentrée tras las vacaciones veraniegas, que las cosas de la política-ficción nacional empiezan con fuerza y el ciudadano puede disfrutar de las ocurrencias de esos señores que gozan de actas parlamentarias, de tertulias televisivas, de entrevistas previo guion consensuado y, en general, se nos cuelan en el cuarto de estar a través de los telediarios y otros medios de información, deformación o, cuando no, de simples vacuidades con grandes palabras.

El caso es que a este jubilata le han venido a las mientes, a raíz de las cosas de la política-ficción tan en candelero, aquellas Vidas Paralelas que escribió Plutarco a propósito de los prohombres de la Roma republicana e imperial. También en este país que seguimos llamando España (mientras dure) hay paralelismos sorprendentes si uno cae en la cuenta. 

Lo digo porque, cuando la política se pasea por los aledaños de la ficción – perdóneseme la insistencia en los términos, porque a veces no se sabe dónde empieza una y termina la otra – puede establecerse un paralelismo que bien pudiera resultar curioso y hasta esperpéntico. Siempre despreocupándonos, no faltaría más, de todo juicio intelectual, que a eso no jugamos en esta bitácora porque las herramientas aquí empleadas no dan más de sí.

Leí, no sé dónde, que al muy famoso y mediático novelista y miembro de la RAE, don Arturo Pérez Reverte, en su patria chica le han nombrado cónsul honorario del reino de Syldavia. Todos los que hemos sido, en algún feliz momento de nuestras vidas, lectores de las aventuras de Tintín, sabemos que se trata de un pequeño país de los Balcanes, gobernado por un lindo rey de opereta, cuyo peligroso vecino, Borduria, quiere anexionárselo. Allí, un dictador de nombre Plekszy-Gladz, de grandes bigotes al modo estalinista, quiere destronar al rey syldavo y convertir Syldavia en un país satélite de lo que, con el paso del tiempo, hemos dado en llamar socialchavismo.

Aquí, el Congreso de los Diputados, defensor de las libertades públicas, ha dado en titular presidente electo de Venezuela a don Edmundo González por un quítame allá esas Actas que el señor Maduro tiene a buen recaudo. Que don Arturo y don Edmundo reciban títulos honoríficos y reconocimiento público es cosa de agradecer por parte de los interesados, aunque este jubilata no deja de hacerse algunas consideraciones. 

No tanto respecto a lo de ser cónsul honorario de Syldavia, que es una medida de presión imaginaria para contener los afanes anexionistas bordurios. No olvidemos que, en caso de invasión del país syldavo por parte de las hordas bordurianas, tendrían que hacer frente al capitán Alatriste y los tercios viejos de Flandes, tan bragados ellos.

Las dudas son, más bien, por aquello de que un Parlamento extranjero (y el español lo es respecto a la gobernanza venezolana) reconozca como presidente de un estado soberano a un señor exiliado de su país, cualesquiera sean las razones de su exilio. Viene a ser, mutatis mutandis, como nombrar jefe de estado en el exilio a un Puigdemont venezolano. 

Está harto el personal, opina este jubilata, de que el prófugo de Waterloo vaya por las Europas presumiendo de víctima de la intransigente España, a la vez que extorsiona a su gobierno de melcocha, mientras que aquí nombramos a un señor Edmundo como nuevo Puigdemont hispano en el exilio. Una incongruencia parece el caso, a menos que los altos intelectos de la política sean de mejor parecer y a los ciudadanos del común no se nos alcance.

Mira por dónde, ahora que el ministro Urtasun está empeñado en descolonizar (“decolonizar” lo llaman los gurús del invento) nuestros museos y nuestras mentes, va nuestro parlamento y se comporta como una potencia colonial imponiendo un presidente a un país allende los mares. Y eso sin actas mediantes ni recuento de votos. Sólo llevados los padres conscriptos de aquí por la indignación moral al ver al señor del chándal bolivariano de allá comportarse como un Tirano Banderas valleinclanesco.

Verdaderamente, qué a gusto estábamos de vacaciones sin enterarnos de estos dislates de la cosa pública. ¡Por los bigotes de Plexiglás!

domingo, 4 de agosto de 2024

Verano en el valle, 2. Son cuentos. -

 


Para el 15 de agosto son las fiestas patronales en Rascafría. Hace unas semanas, se me ocurrió mirar el programa de actos y me encontré con que se convocaba un concurso de relatos breves. Muy ufano, fui al cajón de los cuentos y saqué uno que me pareció apropiado para ser presentado, con la esperanza de alcanzar en este pueblo de la Sierra mi primer peldaño en la fama de la gloria literaria. El problema es que el asunto a tratar se refería, forzosamente, a Rascafría, sus gentes, sus costumbres… El colorido localista del relato era obligatorio, así que desistí porque el casticismo no es la fuente Castalia de la que bebe mi imaginación.

Pero, mira por dónde que, de la asociación cultural de mi barrio, El Sol de la Conce, me enviaron las bases de un concurso VI premio de relatos Pérez-Taybilí, animándome a participar. En ellas se advertía: “Aunque sean de temática libre (los relatos, se entiende) traten de forma transversal la convivencia, el respeto, los vínculos y la interculturalidad…” Y advertía específicamente que el jurado valoraría especialmente los relatos que introdujeran estos valores.

Fui a mi fuente Castalia a ver qué aguas manaban de ella que alimentaran mi imaginación con sorbitos de convivencia, respeto, interculturalidad y demás etcéteras, y me pareció que, aunque me bebiera todo el manantial, las aguas de mi imaginación literaria seguirían incoloras, inodoras e insípidas en lo que se refiere a la fraternidad universal que ha de transcender en el relato que esa asociación Pérez-Taybilí está dispuesta a premiar.

Reconozco que el localismo y la trasversalidad se me dan muy mal y que, a estas edades, me resulta muy difícil descolonizarme (o “decolonizarme”, - horribile dictu, pero santo y seña de la progresía al agua de rosas -) de tantos prejuicios como he adquirido con enorme esfuerzo y tesón a lo largo de la vida.

Improbable y ansiado lector, como los dos intentos de escalar la fama, de los que te he hablado, son puertas cerradas a mi ilusión de ceñirme los laureles literarios, y como la frustración y el desánimo no me dejan sosiego en estas largas y calurosas noches agosteñas, he decidido endosarte a ti – siempre paciente – este pequeño relato que a continuación puedes leer, si no se ha agotado tu paciencia llegando hasta aquí.

Si se lee el mismo sin  excesivas exigencias literarias, folclóricas o ideológicas, podrá observarse que sí hay un atisbo  de transversal en lo que respecta a sus personajes (un fracasado, una feminista, una exdelincuente…) que conviven en la barra de un  bar.

 

“Era la misma mujer que decían que había estado en la cárcel. Era buena camarera; le sirvió un buen café caliente…”, y a él le pareció que, a partir de este arranque, tomándose su tiempo, lograría escribir un buen relato. Al fin y al cabo, le habían despedido del trabajo, y no tenía nada mejor que hacer... Aunque, no, no estaba dispuesto a que Cristina, profesora del taller de escritura creativa, le impusiera condiciones a la hora de escribirlo, y decidió que se saltaba las reglas del juego que previamente les había dado.

Que aquella camarera anoréxica, de ojos como simas, hubiese pasado una temporada a la sombra no tenía para él ningún interés, aunque sí apreciaba su profesionalidad: nadie como ella preparaba aquellos cafés negros y cremosos. Y si no, que se lo dijeran a Clara, su amiga feminista, con la que acostumbraba a reunirse en aquel bar.

Por lo demás, no le parecía a él que haber llamado babuino a su jefe fuese motivo suficiente de despido; pero así fue, porque al imbécil se le ocurrió mirar el diccionario. Este fin de semana prescindimos de sus servicios, le había dicho aquel papión cinocéfalo. El maldito catarrino le había despedido, y todo por un exceso verbal puramente zoológico. Como si ser culto fuese un delito.

Y por eso estaba allí Clara; para consolarle, como otras veces. Feminista militante, había sido en los quince últimos años su mejor amigo, su camarada, su confidente y su paño de lágrimas, pero nunca se habían acostado juntos. A ella no le hubiese importado: total, un intercambio de fluidos corporales y un poco de calistenia sexual. Ella le solía insistir: mejor con un amigo que con un desconocido. Pero a él le humillaba saberse tratado como hombre objeto por aquella fémina de ovarios poliédricos, y nunca accedió.

Lo del despido era irremediable y uno de tantos episodios lamentables, consecuencia de su inadaptación al medio. Clara, como siempre, se lo hizo ver con la contundencia que ponía en sus opiniones, más brutales cuanto más sinceras, a fuerza de amistosas. – Vete de esta ciudad. En Valladolid tengo una amiga que te dará trabajo. Ya he hablado con ella – le animó. Y encendió un cigarrillo.

Pero quedaba pendiente un asunto que debía resolver en una hora escasa: lo del reto que le habían propuesto a través del correo electrónico. Sólo quería demostrar que, al menos en eso, era capaz de hacerse valer. Pero, por otro lado, le reventaba ajustarse a normas impuestas por aquella engreída de Cristina.

Y qué si ha ganado un premio de relatos – le comentaba a Clara –. Eso no le da derecho a complicar la vida a la gente. Podía echarnos una tarea más fácil ¿No crees?

Pues escribe un micro relato – le sugirió ella –, y deja de darle vueltas, hombre. ¿Quién te mandó meterte en un taller de escritura?

La idea podía funcionar. A ver: “Era la misma mujer que decían que había estado en la cárcel. Era buena camarera; le sirvió un buen café caliente, y a él le pareció que... el tipo acodado en la barra era un madero de mala baba, y que se dedicaba a acosarla.

Puesto que le habían echado del trabajo y se iba de la ciudad antes de una hora, no perdía nada haciendo el quijote por aquella anoréxica de ojos demoledores.

Eh, oiga, deje de molestarla – dijo con voz que pretendía ser segura.

El poli le miró con sorna: Ésta no necesita caballeros andantes. Al último lo disolvió en nitrógeno líquido, y ella dice que se fue de viaje. – Y añadió – métase en sus asuntos, amigo.

Pero él estaba fascinado por los ojos dinamiteros que le sirvieron el café, y no se resignó al gesto despectivo del secreta: “Mucha pistola y poca vergüenza, es lo que tiene usted” – le dijo. Y observó a la mujer de mirada con destellos de goma-2 acorralada tras la barra. Por poco tiempo. El policía metió la mano en la sobaquera y le partió la boca con un certero culatazo de su pistola.

Cuando recobró el conocimiento, se descubrió a sí mismo sin dientes, empuñando la pistola y el cuerpo del policía cubierto de sangre. La camarera ya no estaba allí, el sobre de la paga con el finiquito, tampoco”. – Leyó en voz alta.

Dos objeciones – apostilló Clara, siempre en cuarto jodiente – La camarera no debe aparecer en el nudo de la acción, condición indispensable impuesta por tu profesora; y el desenlace con asesinato ya lo empleó Jose, tu compañero de taller de escritura. Que seas un fracasado reincidente no justifica tu pobreza imaginativa.

De eso nada – protestó él -, ya te lo he dicho: no pienso hacer caso de Cristina. Ella que diga lo que quiera, que yo haré lo que me dé la gana.

Conozco tus rabietas. Sólo sirven para ocultar tu temor a las mujeres –. Ella, parsimoniosa, buscaba un nuevo cigarrillo en su bolso. – No soportas que valgamos más que tú.

No sé ni cómo te aguanto – protestó de nuevo él –. Me acosas sexualmente, me humillas porque me niego, y, encima, me reprochas mis fracasos. No entiendo por qué soy tu amigo.

Porque soy la única persona que te quiere. – Clara sorbió un poco de café y dio una calada al cigarrillo. –  Inténtalo de nuevo, cariño – añadió.

A regañadientes, inició otra vez el relato: “Era la misma mujer que decían que había estado en la cárcel. Era buena camarera; le sirvió un buen café caliente, y a él le pareció que... tenía aspecto de drogata a medio regenerar: extremadamente delgada, manos huesudas y venas azules, y unos enloquecedores ojos brillantes, consecuencia de sus viajes alucinados a lomos del caballo.

Somos complementarios – pensó –, Unos cabalgan quimeras ocultas en agujas hipodérmicas, mientras que a otros nos cocea la rutina. Si ella me quisiera, volaríamos juntos.

Y, por qué no. Tomó el café y regresó al trabajo en la farmacia. Cogió las tijeras, acorraló a su jefa en la rebotica, forcejearon y le abrió dos ojales gemelos en la garganta. La verdad, le tenía ya ganas. Demasiados años aguantando a aquella arpía.

No me despides, que me voy – dijo él, jadeando por el esfuerzo.

Abrió el armario de seguridad, cogió las anfetas, las ampollas de morfina, antidepresivos y ansiolíticos. Cualquier pastilla que sirviese para desbocar un cerebro. Vació la caja registradora y fue a buscar a su compañera de viaje. En una hora, la libertad.

Ella le dijo: pierdes el tiempo; ya no viajo a lomos del caballo, ya no sueño, ya casi ni soy. Sólo el cuerpo me sobrevive. Su desaliento era más negro que el café que le ponía en ese momento

– Éste va de mi cuenta, le dijo.

Y ella cogió el teléfono para llamar a la policía.

A ver qué te parece esta vez –. Pero no miró a Clara, sino a la camarera. Ésta llevaba casi una hora oyendo sus historias y cabreándose por momentos. Eran ya cuatro años, desde que salió del talego, aguantando tras la barra a fulanos de todo pelaje: borrachos domésticos, graciosos de barrio, machistas acomplejados, babosos hambrientos de sexo, depresivos que se sicoanalizaban gratis a cambio de una cerveza... Pero nunca, nunca, ningún fracasado la había herido tanto. Le hacía recordar una y otra vez el gran fracaso que era su propia vida. Y el tipo insistía, insistía… Y, encima, se lo preguntaba a la cara, con todo descaro…

No aguantó más. Se puso frente a él, mostrador por medio, y con un porta de la cafetera, de un golpe certero, le aplastó las narices. Pillado de improviso, se cayó del taburete y se quedó sentado de culo, frente a las piernas de Clara. Incapaz de entender, sólo acertó a observar que ella vestía una minifalda. Que la frontera entre ésta y aquellos muslos de mujer cabal era una zona que nunca había explorado; que ya eran quince años, y que ya iba siendo hora.

Acuéstate conmigo, Clara – hipó, mientras escupía posos de café.

Clara daba la última calada a su tercer cigarrillo – ha pasado tu hora, mi amor.