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domingo, 17 de mayo de 2026

Literatura de retrete.-

 


No sé si, quien esto lea, ha tenido necesidad de usar alguna vez los retretes de los centros de enseñanza pública. En sus paredes suele haber un muestrario harto explícito del desahogo de las fantasías sexuales más extravagantes que uno pueda imaginar. Este jubilata, inasequible al desaliento a pesar de los años acumulados, acostumbra cada curso a matricularse en alguna asignatura de la UNED Senior. Y, como la edad me ha hecho prostático y usuario habitual de los mingitorios, de vez en cuando he de aliviarme en una de esas cabinas bastante cochambrosas del centro asociado Gregorio Marañón, en Lavapiés, al que asisto.

Hace ya años que, alguna vez, se me ha ocurrido pensar si podría escribir una entrada en el blog sobre este asunto, e incluso he tomado alguna fotografía para dar testimonio fehaciente. Como quien dice, he hecho previamente el trabajo de campo in situ, lo que no es muy estimulante, dado las estrecheces de estos evacuatorios y lo poco grata que es la cartelería de las paredes, aparte esa sensación de cochambre y cutrez en la que te ves envuelto.

 


Pero si uno lee lo que las mentes desbridadas dejan escrito en la soledad e impunidad de estos retretes, más las réplicas, que suelen ser agresivas, ofensivas y más calenturientas si cabe (también las hay mordaces), uno ha de pensárselo dos veces para molestar al sufrido lector haciendo una relación literal de aquella palabrería gráfica, escatológica en demasía. 

Escatológica a fuerza de dar rienda suelta a fantasías que brotan en la intimidad del retrete, lejos de la presión social que impone las buenas maneras y la ocultación pudorosa de las imaginaciones más desbarradas que a cada cual se le ocurren en sus adentros.

Lo cual es una lástima. Lo digo porque, vulgaridades y desahogos soeces aparte, creo que hasta se podría hacer un estudio sociológico, o psicológico, o lingüístico (los expertos sabrán) con el material allí recopilado, entre las cuatro paredes de los retretes de una universidad popular. Saldrían a la luz un montón de frustraciones, perversiones mentales, fantasías sexuales latentes evacuadas con ayuda de un boli, suficientes como para una tesis doctoral.

Así, la literatura de retrete suele ser la hermana soez y contrahecha de otra forma de expresión literaria que, tratando de temas similares, es aceptada por provenir de autores consagrados. Valga como ejemplo El cipote de Archidona, de Cela, o su Izas, rabizas y colipoterras, dedicada a las putas del Raval de Barcelona. Y eso sin meternos en averiguaciones sobre lo que se conoce como “literatura licenciosa”.

Claro que este género de literatura licenciosa usa de la perversión sexual, entendido lo de perversión como una desviación de la moral sexual tradicional, para poner en evidencia la hipocresía del orden establecido y la religión. En ese aspecto, los autores franceses del dieciocho y diecinueve son maestros. Uno no tiene que más que leer La Religiosa, de Diderot para ver cómo se ataca con saña la hipocresía religiosa a través de la historia de una monja a la que meten en clausura por imposición paterna. Ésta se encuentra con un ambiente claustrofóbico agobiante, donde el monjío se libera de tanta opresión a través del lesbianismo, empezando por su priora, que intenta seducir a la novicia.  O Justina y los infortunios de la virtud, del marqués de Sade, donde la protagonista es esclava sexual en un convento de franciscanos, mientras los frailes predican la castidad desde el púlpito.

No hace mucho leí Gamiani, dos noches de pasión de Alfred Musset, donde el trío encamado al retortero se cuentan mutuamente su iniciación sexual y, en el caso de la seductora y la seducida, tienen en común haber sido objeto de la depravación de gente de religión, encenagada en la débauche.

A poco que se lea ese tipo de literatura, el lector cae en la cuenta que la depravación sexual de la gente del clero es un tópico al que recurren casi todos los autores. Porque, por lo visto, la tesis de este género literario es denunciar la opresión ideológica de la Iglesia sobre la sociedad, y para ello se recurre a algo tan manido como son las desviaciones y el abuso sexual por parte de quienes detentan el poder moral sobre la población de creyentes.

Para terminar, recuerdo haber leído en Caro Baroja algo sobre la religiosidad en la España de los Ss. XVII y XVIII, que el teólogo jesuita Tomás Sánchez de Ávila escribió De sancto matrimonii sacramento. En él se describen con todo lujo de detalles todas las variantes posibles de intimidad sexual en un matrimonio, a fin que el confesor supiera a qué atenerse cuando oía a alguien en confesión. Lo cual tuvo un efecto no deseado por el autor, ya que los seminaristas lo leían para, con intención pecaminosa, enterarse de los asuntos del sexo que no estaban a su alcance por personal experiencia. De ahí el dicho popular entre la gente de iglesia: Si quieres saber más que el demonio, lee a Sánchez en De Matrimonio.

Si bien se mira, la diferencia entre el grafiti obsceno en la pared del retrete y la buena literatura erótica, que vienen a decir lo mismo, estriba en que lo que importa no es tanto lo que se dice, sino cómo se dice. Y si no, ahí quedan estas coplillas sicalípticas y en tono festivo de nuestro fabulista don Félix de Samaniego, tomadas de su Jardín de Venus:         


Una abadesa, en Córdova, ignoraba

                que en su convento introducido estaba

                   bajo el velo sagrado,

                 un mancebo, de monja disfrazado;

                  Que, el tunante, dormía,

                   para estar más caliente,

              cada noche con una monja diferente.

 

jueves, 26 de febrero de 2026

Breve retorno a la infancia.-

 


Te contaré, improbable y siempre grato lector, que, en estos tiempos de vejez, ando metido en un taller de Memoria (así lo llamamos) en el que un puñado de jubilados hacemos ejercicios de estimulación mental, coordinación y todo lo que se supone nos ayude a sacudir las cascarrias de la acechante decrepitud, y que nos manda hacer la profe. Los hacemos con la aplicación – y el jolgorio, cuando nos equivocamos – de niños de primaria. Lo que, a estas edades, me retrotrae a recuerdos de la lejana infancia que me vienen a la memoria de forma aleatoria.

Debía tener cuatro años cuando me mandaron a la escuela pública en Cortes de Navarra. Como parvulillos iletrados que éramos, nos juntaban a todos en el parvulario de la escuela y no recuerdo que hiciésemos otra cosa que jugar. A nuestra maestra, doña Micaela, aún la recuerdo sentada en una sillita baja y haciendo punto mientras los críos correteábamos por la clase. No sé en qué momento aprendí las primeras letras y si fue ella quien me las enseñó.

Mi siguiente recuerdo de la escuela pública, también en Cortes, es con don José. Era maestro nacional, empedernido fumador de tabaco de cuarterón, del que tengo buen recuerdo. Para estimular la puntualidad de los alumnos, de vez en cuando sorteaba un libro entre los chavales y una vez a mí me tocó uno, del que no recuerdo el contenido o el título, pero que me hizo mucha ilusión. Recuerdo, también, que nos leía capítulos de la narración de Arthur Gordon Pin, de Alan Poe, y estábamos fascinados con sus extrañas y terroríficas aventuras en el barco ballenero.

A este recuerdo va asociado el modo en que entrábamos en la escuela, formados en fila y cantando el Montañas Nevadas, mientras marcábamos el paso dando fuertes pisadas sobre los peldaños de madera de la escalera que subía a clase. Recuerdo que aquellas canciones patrióticas del franquismo los críos las aprendíamos de oído y, a veces, trabucábamos la letra. Como cuando cantábamos a grito pelado “…voy por rutas imperiales caminando hacia Dios”, que, en nuestro desconocimiento del significado, lo transformábamos en “cagarrutas imperiales…”.

Como don José enfermó de un cáncer de pulmón, nos pusieron a don Agapito, que era una mala bestia y no tenía el don de la docencia, sino el de la disciplina, que imponía a manotazos. Tengo aún, ya ochentón, vivamente grabado el recuerdo de una paliza que dio a un chaval en medio de la calle, cuando salíamos para ir a casa a comer. No tendría yo más de siete años y le recuerdo dando patadas en el culo y manotazos en la cabeza a un crío de unos doce años y la gente, silenciosa, mirando sin atreverse a rechistar.

Nunca supe la razón. Sé que, en general, los chavales de los pueblos de la Rivera eran más brutos que un arao y mal hablados. Se ve que debió faltarle al respeto, y don Agapito le dio una paliza de órdago delante de la gente. Eran tiempos en que el maestro era toda una autoridad pública y el castigo físico que imponía, aunque fuese excesivo, no tenía réplica. Pero que aquella paliza fue excesiva e injusta, es algo que quedó vivamente grabado en mi mente de niño.

Bastantes años después, cuando vivíamos en Rascafría, otro recuerdo relacionado con la lectura, fue cuando el prefecto de estudios, el padre Mauro, nos leía, traduciendo directamente del francés, El Secreto del Unicornio. Fue la primera vez que tomé contacto con las aventuras de Tintín, cuya colección de aventuras conservo en mi biblioteca. Nos lo leía durante los recreos, sentados bajo un viejo chopo en el patio de Matalobos, y con todos los chavales alrededor pendientes de sus palabras y mirando con avidez los dibujos.

Como los recuerdos de infancia se entrelazan unos con otros como cerezas en un cesto, aunque se confundan fechas y lugares, aún recuerdo que en casa había un viejo ejemplar del Quijote, que leí desde muy niño. Entiéndase, lecturas al estilo del crío que buscaba las aventuras más divertidas, saltándose aquellos pasajes que le resultaban aburridos. Como el discurso, tan feminista y cargado de razón (diríamos hoy), de la pastora Marcela a los que le reprochaban la muerte del enamorado Grisóstomo. O el célebre discurso de la Edad de Oro que hace don Quijote entre los cabreros, mientras sujeta un puñado de bellotas en la mano. Y lo que siempre odié cordialmente, fue la historia del Curioso impertinente, que el cura del pueblo de don Quijote lee en la venta ante todos los personajes allí reunidos. Novela que sí he leído en esta última vuelta que le estoy dando al Quijote en la versión que ha hecho Andrés Trapiello.

Y en mi primera juventud en Aranjuez, aparte los libros de la colección Austral, los únicos al alcance del bolsillo, por su precio popular, tengo el recuerdo de mi abuelo materno leyendo en el patio de casa. Con un pañuelo moquero, hechos cuatro nudos y puesto en la cabeza para protegerse del sol, todavía veo al abuelo Toribio leyendo aquellos tomos in folio de la Historia General de España y de sus posesiones de Ultramar, de Zamora y Caballero. Era una edición de 1874, de la que conservo dos ejemplares, que él compró en el rastro siendo más joven. No se me olvida que, cuando una mosca se posaba sobre las páginas del libro, él lo cerraba de un manotazo y atrapaba a la mosca, que salía prensada por el peso de tanta historia como cabía en más de un millar de páginas que tenía el tomo.

Pues eso, amigo e improbable lector, es lo que tiene la vejez, que andas por la vida con un saco cargado de recuerdos que, a veces, se escapan por las costuras. Pero no temas que esta bitácora se convierta en el desaguadero de las aventuras del abuelo Cebolleta. Prometo no reincidir.

sábado, 24 de enero de 2026

Ocios.-

 


Estas largas tardes de invierno madrileño son como un recipiente vacío que uno debe ir llenando de gestos que tengan algún significado. Dicho en palabras de más andar por casa, el ocio es una bendición o un hastío insoportable. O sea, es una bendición si el tipo ocioso – entiéndase: el jubilata ocioso – dedica sus horas vespertinas a alguna actividad física, sin abusar, a pesar de lo que digan los vigoréxicos; o bien las dedica  a eso de la parte del intelecto. “Intelecto” dicho con minúsculas. O sea, alguna actividad mental que ponga en agitación apacible tus neuronas. Tal, por ejemplo, la lectura, el juego de ajedrez a niveles de aficionado, o los sudokus esos que organizan números en cuadrículas.

Lo más socorrido, y que menos frustraciones produce, es la lectura. Lo del ajedrez, a veces te da soponcios imprevistos, cuando el oponente aprovecha una torpeza tuya para darte un jaque mate que te deja con cara de no haberlas visto venir. Y no digamos los sudokus, todo el rato organizando numeritos del 1 al 9 sin que se repitan ni en horizontales ni en verticales. Todo el rato con el lápiz y el borrador en la mano, emborronando el papel como un niño que aprende las primeras letras.

Lo de la lectura es otra cosa. La lectura tiene la ventaja de que otro fue el que se retorció las meninges organizando un texto que tú lees de corrido. Y sobre la ventaja de no haber sido tú quien dedicó horas y días y semanas a poner las palabras en orden y sentido, tiene la comodidad de que, en cualquier momento, puedes cerrar el libro. No importa que el autor, con su mejor prosa, te incite: sigue, sigue leyendo, que más adelante es mucho más interesante… Pero no, a ti no te da la real gana seguir, pese a los esfuerzos del autor por atraer tu atención.

Lo dicho. La lectura es la más cómoda de las actividades jubilares (de jubilado activo, quiero decir). Cuando el ojo empieza a vagar sobre los renglones y las letras se saltan de hilera y las palabras pierden toda ilación, y el texto se descontextualiza; cuando se te pliega la pestaña y entras en un nirvana de sopor, cierras el libro, entornas los ojos de la mente y te invade una somnolencia como de abandono del mundo real. Eso también forma parte del placer de la lectura. Sobre todo, para unos ojos cansados.

Incluso, depurando el gusto por la lectura, hasta puedes sentir cierta envidia mezquina. Ocurre cuando el autor, que es un culto juntador de palabras, te pone bajo los ojos un texto de tanto pulimiento idiomático que te llevan los demonios por no alcanzar las sutilezas conceptuales que adivinas veladas, como el oráculo de la pitonisa. Tal me está ocurriendo estos días con unos ensayos literarios de don Manuel Azaña, que estoy metiéndome entre pecho y espalda estas susodichas largas tardes invernales.

“La invención del Quijote”, conferencia que dictó don Manuel, junto con otras en el mismo libro, es lectura que he estado llevando a la par junto con la primera parte del Quijote en esa versión al español actual que ha hecho Andrés Trapiello. La prosa cervantina, remozada por Trapiello, resulta de una claridad meridiana, como un suave deslizarse por el texto, mientras que la de don Manuel, que destila sutilezas conceptuales, me hace añorar aquella burla de Lope de Vega a sus detractores: puesto que el vulgo paga, es justo hablarle en vulgo para darle gusto.

Y no es sólo que don Manuel tenga un discurso conceptual tal, que el lector todoterreno no alcance muchas veces a discernir con seguridad y se quede a medios pelos. Es que, además, es tan elegante en muchas de sus expresiones que te dejan asombrado. Leer, verbigracia, en el estudio sobre don Juan Valera: En las últimas horas del día 18, su mente, dilecta de las gracias, pasó. Ese “pasó” es una forma tan sutil de anunciar su muerte, que a uno le hace recordar aquel vixit que decían los romanos de alguien que acababa de morir. Uno no se muere, acto vulgar por repetido, aunque es hecho inevitable, sino que uno “vivió” o “pasó” y ya no se encuentra en el mundo de los vivos.

No quiero aburrir por exceso de citas al improbable lector, quien ya sospecha que este jubilata es un influenciable de la letra impresa, pero no dejaré de largar este término jamás leído por mí: cuando el leguaje “se unimisma” con el espíritu que lo engendra: “donde el idioma decae, también decae el espíritu”. Y lo del espíritu (del idioma) decaído debe ser cierto. No hay más que ver los centenares de influencers sueltos que hay por esos mundos, seguidos de manadas de followers (por centenares y más centenares de miles) dispuestos a comulgar con ruedas de molino.

Pues eso, sigamos divagando, que las tardes de invierno son largas...

 

viernes, 21 de noviembre de 2025

Reasignar.-

 


Hay palabras en el diccionario casi desconocidas que, un buen día, se convierten en talismán. Una de ellas es la palabra “reasignar”. De repente, adquieren un significado esclarecedor tras siglos dormitando en un rincón oscuro del diccionario. Parece como si estuvieran agazapadas esperando la voz que les dijera levántate y anda.

Son términos que parecen haber sido creados con el fin de dar un significado a un cambio de era que no se sabía bien cómo definirlo, hasta que una cabeza de ingenio superior tuvo la ocurrencia de desempolvarlos de entre los renglones alfabetizados de la A a la Zeta del diccionario de la lengua.

Otro de esos términos es la palabra “decolonizar”. Así, sin esa ese intermedia que la hacía tan vulgar, tan de andar por casa. Al extirparle la ese, como si la hubieran capado, parece como si la hubiesen ennoblecido y hubiese adquirido una dignidad muy por encima del significado del malhadado vocablo “colonizar”, del que tan arrepentidos andamos hoy porque así lo mandan los tiempos.

Si bien se mira, tanto una palabra como la otra (“reasignar”, “decolonizar”) equivalen a dos golpes de pecho (por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa) de aquel confiteor dei omnipontenti por haber pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión que decían los fieles compungidos en las misas católicas. Así, las más preclaras mentes de esta sociedad nos hacen entonar el confiteor mientras nos golpeamos el pecho con el puño cerrado. Mientras murmuramos por mi culpa, por mi culpa: ¡reasignar!, ¡decolonizar!. Mientras, en fin, confesamos la vergüenza que nos produce nuestro culpable pasado histórico porque auto inculparnos es muy guay.

En esas elucubraciones tan fuera de tono andábamos mi vecino el depre y este jubilata ochentón mientras recorríamos el parque del Calero, arriba y abajo. Él, casi siempre respetuoso con los consejos de su psicóloga de plantilla, aplica el consejo que le dio hace años: Usted camine mucho y piense poco. Pero, según dice la mujer de mi vecino el depre, yo ejerzo una mala influencia sobre él.

Cuando lo encuentro azacaneado, dando vueltas como peonza en torno a la fuente ornamental del parque, acostumbro a saludarle porque me gusta que me hable en latín, que es una de sus grandes aficiones: Ut vales, amice? Ego bene valeo. Ac tu quoque?

Rompiendo el saludable consejo de su psicóloga de plantilla, mi vecino el depre me confesó que pensar, aunque en un segundo o tercer plano, sí pensaba, por más vueltas que daba en torno al vaso de la fuente. Y el objeto de sus pensamientos, en esta ocasión, era el término “reasignar” que tanto suena estos días en la prensa.

Se trata, según mi vecino el depre, ávido lector que a toda noticia saca punta, de cambiar el significado del Valle de los Caídos, por otro de la Memoria Histórica. Es, me vino a decir, como reconvertir la mezquita de Córdoba en catedral cristiana. Se le cambian algunos elementos arquitectónicos y deja de significar lo que significaba para resignificar lo contrario. O sea, se le “reasigna” un nuevo símbolo y parece como si aquel episodio histórico se disolviera en el olvido de la no existencia al cambiar su simbolismo. Si eliminas la palabra – me vino a decir – eliminas el significado a que hacía referencia.

Lo que me hizo recordar la célebre distopía de Orwell, 1984, en la que un llamado Ministerio de la Verdad se ocupaba de reescribir la Historia en función de los intereses cambiantes del Poder. Así, las evidencias del pasado siempre coincidían con la versión oficial de la historia. Neolengua - estuvimos de acuerdo los dos - expresiones que hacen cambiar el pensamiento de una sociedad. Solo que algunos no se dejan.

En fin, llevábamos ya dadas cuarentaitrés vueltas dextrógiras al vaso de la fuente ornamental del parque, cuando le propuse que cambiásemos de ruta. Él, sin decir palabra, dio media vuelta y empezó a caminar en sentido levógiro.

Fue ocasión para que empezara a hablarme de la “decolonización”, palabra que le tenía sumido en graves digresiones mentales desde que leyó en Un fraude monumental, de Félix Azúa: “el momento más peligroso fue cuando, en agosto de 1792, se publicó el decreto de la Asamblea Legislativa que ordenaba “quitar de la vista del pueblo lo erigido por el orgullo, los prejuicios y la tiranía”, es decir, por la nobleza, la iglesia y la corona. Una decisión que nos recuerda a la de los actuales “descolonizadores” de museos, preocupados por lo que puede “ver” el pueblo, de modo que se abalanzan para quitárselo de la vista y así proteger el alma de aquellos a quienes consideran perfectamente tontos.”

Estaba yo saturado de sus elucubraciones y le dije en mi latín macarrónico que estaba cansado y me iba a casa: Iam fesus sum, domun eo. Bene valeas amice. Él, que andaba con la trituradora de pensamientos a pleno rendimiento, me dijo a modo de despedida: Sedulo curavi humanas actiones non ridere, nec lugere, neque detestari, sed intelligere. Total, según entendí, él se esforzaba con frecuencia en entender las acciones humanas, no burlarse de ellas ni lamentarlas, o lo que es peor, detestarlas.

Es del Tractatus politicus de Spinoza, no de mi cosecha, añadió con modestia.

miércoles, 22 de octubre de 2025

Vengadores del planeta.-

 


Desde que en marzo de 2001 los talibanes, movidos por su ardor religioso, destruyeron los Budas de Bamyllán como quien mata a la satánica bestia del Apocalipsis, los actos de iconoclastia van menudeando por nuestros pagos. 

Solo que no les mueve el fanatismo religioso sino el error de juicio: creen que por matar el símbolo acaban con la injusticia en el mundo. Son pequeños mesías inflamados en santa cólera que expulsan a correazos a los mercaderes del templo de la historia, porque la Historia, con mayúsculas, no ha sucedido de acuerdo con sus pequeñas mentes inmaduras adictas a la progresía de manual.

Desde el derecho que les da la ignorancia y la convicción más profunda de estar en posesión de la verdad, se dedican a lograr miles de “me gusta” en redes sociales de todo pelaje por el fácil recurso de tirar latas de sopa o pintura sobre piezas exhibidas en museos a las que, convencionalmente, hemos dado en considerar obras de arte. 

Confundiendo el devenir irreversible de la Historia con su disgusto porque ésta ha tomado derroteros que no se ajustan a los límites de su pequeño mundo mental, se erigen en vengadores del bote de pintura como arma de destrucción masiva de lo ocurrido en tiempos de Maricastaña.

En estas cosas u otras con menos fundamento iba este jubilado cavilando el otro día, cuando se enteró de que dos féminas de un grupo llamado Futuro Vegetal habían embadurnado el cuadro “Primer homenaje a Cristóbal Colón” en el Museo Naval de Madrid. Protestaban, decían sus portavoces, contra el neocolonialismo extractivista y a favor de algo que llaman justicia ecosocial.  Lo cual a un servidor no le parece mal, de verdad: Lo de protestar contra el extractivismo neocolonial y en defensa de lo ecosocial, digo; signifique lo que signifique eso. Que una idea aproximada de su significado ya me hago.... Pero lo que uno no acaba de digerir es que lo hagan atentando contra bienes del patrimonio de la nación; esto es, contra un bien del que todos los ciudadanos somos propietarios y el Estado es depositario y custodio.

En fin, no querría este jubilata causar mala impresión entre sus improbables lectores por haber echado las patas por alto con esta incomprensión que siente ante la afición al manchurrón de pintura como forma de protesta. Quizás habría otras formas de protestar dando un empujoncito a la mejora de eso de lo ecosocial.

Por ejemplo, que los entusiastas de Futuro Vegetal se pasasen por el Parque del Calero y las aceras del barrio y se dedicasen a recoger las mierdas de perros de dueños desaprensivos. Mucho tirón propagandístico no tendrían, la verdad sea dicha, pero los vecinos de la Concepción les quedaríamos muy agradecidos.

Respecto a lo del extractivismo neocolonial, quizás deberían ir pensando en dejar el móvil desconectado y en casa, y el ordenador portátil, y la Tablet, y el E-book y tantos artilugios que funcionan con baterías basadas en tierras raras que se extraen en países colonizados por multinacionales depredadoras.

Por lo demás, seguro que Cristóbal Colón ni soñaba con esa fuente de riqueza como forma de impulsión motora para sus carabelas, que navegaban a vela y a merced de los vientos. Y que, encima, se equivocó: Buscaba las islas de las especias de Oriente, las célebres Molucas, y se tropezó con el inmenso tapón de todo un continente por medio.

Y, en fin, esa gente del autollamado Futuro Vegetal mejor que nadie saben la consigna: pensar globalmente y actuar localmente. Así que limpia el barrio y mejorarás el planeta.

 

jueves, 18 de septiembre de 2025

Sobre la lectura y sus perversiones.-

 


Estos días pasados he leído al azar, como leo de vez en cuando esas noticias de poco fuste que pululan por las redes, que una influencer de cuyo nombre no pienso acordarme, de esas que influyen en las masas influenciables, ha dicho que leer no te hace mejor persona. No querría yo malmeterme con esa señora porque dijo lo que dijo. Otros se han indignado, la han vilipendiado, la han rebatido con loables argumentos, o han hecho una cruzada en pro de la lectura.

Este jubilata, al que la edad provecta y la experiencia de lo vivido le han vuelto bastante coriáceo muy a pesar suyo, lamenta en el fondo no dejarse influenciar por tanto/a/e influenciador telemático como anda suelo. De dejarme influir por el primer llegado, me sería la vida más cómoda. Siquiera porque uno se vería liberado de la obligación de pensar por su cuenta, ya que estaría influenciado por gente más segura de su intelecto y de las opiniones que salen de su boca.  

Esta gente me diría qué pensar y cómo; o mejor aún, me invitaría a no pensar al darme el pensamiento ya digerido. “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”, me viene a la mente. Frase que achacan, inmerecidamente, a don Ramón Dou, deán de la universidad de Cervera, según leo en las hojas volanderas del omnipresente Google.

Y eso de librarte de la obligación de razonar por tus propios medios no cuesta tanto. Es sólo a cambio de pulsar un like en la teclita ad hoc.

Pues qué quiere que le diga al improbable, aunque, eso sí, amable lector. Un servidor, que tiene la vida – hoy por hoy, al menos – asegurada con una pasable pensión de funcionario del Estado, dispone de tanto tiempo libre que en algo ha de ocuparlo. Y entre ese “algo”, que suele ser múltiple porque son muchas las horas a ocupar a lo largo del día, está la lectura.

Leer, a mi parecer, es un acto de tozudez. Cuando el telefonito móvil exige toda la atención, sea en el transporte público, sea en la terraza del bar, sea caminando como abducido por la calle; cuando los medios de comunicación audiovisuales colonizan tus neuronas disponibles; cuando dejar la mente en blanco para liberarla de toxinas informativas es un acto de higiene, leer es un acto de resistencia, de afirmación de tu propia voluntad frente a las manipuladoras agresiones exteriores.

Es, ya se ha dicho, un gesto de tozudez, como la de aquella vaca de Maiakovski, que decía Augusto Monterroso, que daba cornadas contra una locomotora.  Leer, debe tener toda la razón la señora influencer esa, no te hace mejor persona. De hecho, no está demostrado que tenga alguna utilidad en la vida práctica; sólo sirve para ocupar parte de tu tiempo, para entretener la mente. A lo mejor – no es seguro – para enriquecer tu intelecto o ampliar tus conocimientos. Y en todo caso, si uno acumula libros en su casa, es para crearse, entre los amigos y conocidos, fama de intelectual con bien poco esfuerzo.

Y de nuevo, al respecto, cito a Monterroso, que es maestro en ironías: Un día está uno tranquilo leyendo en su casa cuando llega un amigo y le dice: ¡Cuántos libros tienes! Eso le suena a uno como si el amigo le dijera: ¡Qué inteligente eres!, y el mal está hecho. Lo demás ya se sabe. Se pone uno a contar los libros por cientos, luego por miles, y a sentirse cada vez más inteligente. Como a medida que pasan los años (a menos que se sea un verdadero infeliz idealista) uno cuenta con más posibilidades económicas, uno ha recorrido más librerías y, naturalmente, uno se ha convertido en escritor, uno posee tal cantidad de libros que ya no sólo eres inteligente: en el fondo eres un genio. Así es la vanidad ésta de poseer muchos libros. Lo dice don Augusto en su relato: Cómo me deshice de quinientos libros.

Respecto a ser muy lector y andar presumiendo de ello entre familiares, amigos y vecinos, mejor ser discreto y deshacerse de esos quinientos libros de los que habla Monterroso, para que las estanterías se oreen. Porque hasta lectores tan conspicuos (pongo la palabra para que no se quede raquítica por falta de uso) como don Eduardo Mendoza o el señor de Montaigne, le ponen límites.

Mendoza, el novelista, decía en una entrevista que oí cuando presentaba su última novela, que él, cuando le aburría un libro, lo dejaba de lado. Si era de difícil comprensión o carecía de interés, a media lectura lo dejaba sin que le remordiera la conciencia de lector. De hecho, creo recordar, incitaba a los escuchantes, con un tono irónico, a que hicieran lo mismo sin mayores complejos.

Montaigne, el filósofo reflexivo de los Ensayos, decía de los libros que no buscaba en ellos más que un honesto entretenimiento; que si, al leer, encontraba dificultades de comprensión, no se comía las uñas por eso (je n’en ronge pas mes ongles). Lo dejaba tras un intento o dos. Si no me gusta, añadía, no pierdo mi tiempo. Si algún libro me disgusta, tomo otro, concluía.

Así que la señora influyente esa, de tantos miles de followers apesebrados en la pantalla del móvil, tiene toda la razón. No solo leer no te hace mejor, sino que, a veces, es un coñazo y tienes que aparcar el libro. Lo cual no es un desdoro, sino más bien un alivio.

Y para terminar de devanar el asunto de los libros, aparte su inutilidad respecto a la bondad de los leedores habituales, esta nota que tomé de una entrevista que le hicieron en El Mundo al escritor Manuel Rivas el Día del Libro: Leer es una tarea intelectual que exige concentración, lentitud y soledad, que son tres valores raros en nuestra sociedad, pero que son buenísimos para el alma y para el intelecto.

Pues eso, caro lector, no te creas todo lo que leas. Porque, además, leer no te hace mejor persona. Eso sí, te ayuda a sacar la cabeza del pesebre común.

 

 

domingo, 6 de julio de 2025

Placeres veraniegos, 1.- Lecturas.

 


Confío en que el improbable lector de esta bitácora no haga lo que este jubilata hace con cierta frecuencia: volver sobre lo que un día escribió, a ver cuánto ingenio había en lo escrito antaño. Y, lo que es peor, congratularse de su habilidad como plumífero internauta. Son vanidades que, para quien va para ochentón, están fuera de lugar y evidencian una necedad autocomplaciente más propia de individuo con aforamiento y cargo público.

Lo digo porque en la entrada anterior de esta bitácora, por pura autocomplacencia, dejé una serie de textículos (o breves textos – lo aclaro por los equívocos sicalípticos a los que pudiera dar lugar –) donde hacía exhibición de cierto ingenio para escribir micro relatos. Exhibición que, ya se habrá dado cuenta el improbable lector que los haya leído, no era más que una artimaña para ocultar la falta de facundia imaginativa y salir del paso dando una larga cambiada. Esto es, que no lograba encontrar asunto sobre el que escribir y quise dar gato por liebre al paciente lector colándole textos (textículos, puesto que son micro relatos) de antaño en la bitácora de ogaño.

Dicho lo anterior para descargar mi conciencia de plumífero de medios pelos, ahora sí me gustaría hablarle al lector improbable, paciente y sufrido, pero más majo que las pesetas (locución en desuso), de los pequeños placeres veraniegos desde Rascafría, donde nos refugiamos de los calores madrileños.

Este jubilata, siendo niño escolar de internado, oyó en cierta ocasión contar a un profesor lo siguiente: Que Salvador Dalí, amigo de experiencias oníricas, como buen surrealista aparte de estrafalario personaje, tenía por costumbre dormir la siesta sentado a una mesa de mármol. Sujetaba entre los dedos índice y pulgar de su mano derecha una cucharilla de café y, cuando el sueño le vencía y perdía la consciencia, la cucharilla caía sobre la superficie de mármol y producía un ¡Cling! cantarín que lo despertaba. Era una fracción de tiempo entre el sueño y la vela que le proporcionaba un sutil placer al sentirse en ese mundo indefinido entre la ensoñación y la realidad, entre la inconsciencia y el brusco despertar, sin saber por qué mundos vagaba su mente.

Un servidor no llega a tanta sutileza sensorial, pero también a veces y contra su voluntad, dormita con un libro en las manos, lo que le produce una sensación placentera porque parece que su mente oscila entre Orfeo y Atenea. Es ese momento imperceptible en que se caen los párpados, y las letras del texto empiezan a emborronarse y parecen corretear sobre la página del libro como hormiguitas atareadas. 

Los ojos se añublan y se cargan de un sueño que se ha colado de rondón entre la pupila y el texto, y sientes cómo el libro se te desliza de entre las manos. Éstas van descendiendo hasta apoyarse sobre tus piernas y un último girón de consciencia hace que aferres el libro para que éste no resbale y caiga al suelo. Si lo consigues. Esto es, que el libro no se deslice de entre las manos y caiga al suelo con estrépito y te sobresalte el ruido, caes en un sopor próximo al trance místico.

Es decir, de forma imperceptible has pasado del mundo real en el que te percibías leyendo; del mundo paralelo que fluía de la lectura y captaba toda tu atención hasta el punto de casi olvidar la realidad de saberte lector leyendo, a un mundo sin constancia física de tu cuerpo, adormecido sobre el sillón de lectura. Estos momentos, que a veces se dan, son lo más próximo que un mortal, instalado en la sociedad de ocio y consumo, alcanza del trance en que caían los místicos.

Y cuando uno despierta y se da cuenta de que no es más que un lector somnoliento, lamenta, y hasta se avergüenza un poquito, de esa falta de atención de la lectura y lo achaca, no a la falta de interés de lo leído, sino a las debilidades propias de la edad provecta. O sea, al puñetero hecho de ser un viejo lector incapaz de prestar una atención continuada a su lectura. Claro que, en el fondo, al salir de ese estado de semi inconsciencia, uno recuerda con agrado esos minutos de ensueño y hasta le viene a las mientes - vaya usted a saber por qué – aquello de San Juan de la Cruz cuando nos dice:

Entréme donde no supe

y quedéme no sabiendo,

toda ciencia transcendiendo.

Yo no supe dónde entraba,

pero cuando allí me vi,

grandes cosas entendí…

En fin… Los pequeños placeres del verano y sus lecturas…

jueves, 8 de mayo de 2025

A ciegas.-

 










El Gobierno lamenta haberse visto obligado a ejercer enérgicamente lo que considera que es su deber y su derecho, proteger a la población por todos los medios de que dispone en esta crisis por la que estamos pasando, cuando parece comprobarse algo semejante a un brote epidémico de ceguera… y desearía contar con el civismo y la colaboración de todos los ciudadanos para limitar la propagación del contagio, en el supuesto que se trate de un contagio y no de una serie de coincidencias por ahora inexplicables.

El texto que antecede bien podría haber sido emitido por el gobierno actual (con las variaciones pertinentes) el día del apagón general, cuando España se quedó a ciegas durante varias horas. Pero no. Es el comunicado de un gobierno imaginario cuando la población se vio (es un dictum idiomático que hay que entender en su justo sentido) contagiada por la ceguera “blanca”, según nos cuenta José Saramago en su Ensayo sobre la ceguera.

Por esas asociaciones de ideas que nos vienen a los jubilatas ociosos, al verme ciego – oxímoron muy a propósito –  de luz iluminadora; ciego de placas eléctricas para hacer la comida e incapacitado de hacer fuego frotando dos palitos, como nuestros antecesores cavernarios; ciego de conexión a la tele, cuya pantalla es un consuelo embrutecedor pero placentero; ciego de conexiones a Internet y telefonía, y por ende a la civilización en la que vivo inmerso y de la que vivo; al vernos apenas la santa y yo, viendo pasar las horas a dos velas (las que había en casa) una vez ocultado el sol, que seguía su curso indiferente a las angustias de los humanos enceguecidos… 

En fin, que este jubilata asoció inmediatamente el apagón general de toda actividad económica, de los transportes, de las comunicación entre familiares a los que la red eléctrica - en muerte súbita, aunque temporal - había aislado en grandes masas desconcertadas sin nada en común más que el propio desconcierto multitudinario, asoció, digo, este fenómeno con aquella novela de Saramago leída en el siglo pasado.

Un mundo distópico, pero de andar por casa, en el que la gente empieza a enceguecer con una ceguera luminosa, lechosa, sin saberse las causas, y las autoridades, para proteger a la población, van encerrando a los ciegos súbitos en un manicomio fuera de uso. Y la vida de ciego en el manicomio transcurre entre hacinamiento, ausencia de higiene, letrinas atascadas, maldad de un grupo de ciegos crueles que se apodera de los alimentos e impone al resto condiciones degradantes para alcanzar un mínimo de supervivencia, insolidaridad entre las propias víctimas de la vesania de los malvados… Y sólo hay una leve esperanza, la de los ojos de una mujer que sigue vidente y logra conducirlos fuera de aquella cárcel de miseria moral, hasta que se hace la luz en los ojos de todos los ciudadanos y se acaba la parábola de Saramago.

Una parábola que bien podría haber servido de faro guía para los que sufrimos esa avería, ciberataque, atentado, sabotaje o simple fundido de plomos a lo bestia – o lo que coños haya sido – y nos obligase a pensar, siquiera cinco minutos, qué clase de civilización tecnológica estamos fabricando para dejar en herencia a las siguientes generaciones.

Pero tampoco es para ponerse trágico, que más se perdió en Cuba y volvieron cantando, dice el dicho popular. Ahora ya sabemos que hay que tener en casa un kit de supervivencia, y el que venga detrás que arree; que cuando seas padre comerás huevo, y ahora que eres hijo come cuerno, nos decían siendo niños, y sin embargo, sobrevivimos a una infancia de carencias. Pues estos que nos siguen, llegado el caso de las carencias, a lo mejor son hasta más felices sin móvil y sin I.A.

Y no sé si vendrá a cuento, ya que hablamos de ceguera y lucidez, aunque creo que sí, si asimilamos “ceguera” a la pura brutalidad gratuita debida a la obstrucción de las fuentes del intelecto, y dejamos “lucidez” por lo que vale. Y es que he leído nosédónde que en el monumento al pensador Eugenio d’Ors que está frente al museo del Prado, algún vándalo arrancó una de las dos estatuas de la fuente que representa a la Bestia apaciguada por la Sabiduría, que está enfrente. Es toda una enseñanza, comprobar cómo un tipo mala bestia arranca su propia imagen por puro capricho, y así evita dejarse apaciguar en su ignorancia y mala fe por los consejos prudentes de la Sabiduría.

Hay símbolos que valen más que un torrente de palabras.

 









jueves, 17 de abril de 2025

¿Arte o superchería?

 


Como un “almacén transitable” o “almacén-archivo” del conjunto de actividades de la autora de esta instalación que he visitado en el Reina Sofía, así lo define el texto de presentación. A lo que este jubilata ha entendido, a fuerza de leer a quienes parecen saber de esta muestra, este Hello Everyone es la “encarnación y performatividad de las obras en ausencia de la artista”. O sea, este “almacén transitable”, en el momento de mi visita, estaba huérfano de la corporeidad física de la artista, que usa su voz y su cuerpo gesticulante como una herramienta más de la expresión artística.


Más o menos es lo que he entendido, sufrido lector, que no sé expresarme mejor ni más claro en este mundo de las instalaciones performativas donde el artista presta su cuerpo serrano y las modulaciones de su voz para una manifestación integral de su arte.

Menos mal que la propia artista nos lo advierte en un gran cartel: Entende'm no m'entendràs perqué no mi entenc ni jo. Con esa advertencia, el visitante, ya más tranquilo, se deja sorprender mientras observa los objetos de la instalación de este almacén transitable que le han dicho que es. Pero ya libre de la obligación de entender, que es esfuerzo intelectual fuera de contexto.


Según costumbre, previamente me he acercado  al Reina con ánimo de tratar de comprender aquello que estoy viendo. Solo eso. Dejarme sorprender sin prejuzgar, partiendo del supuesto de que, encuentre lo que encuentre, me guste o me parezca vacuo, aquello que encuentre es “arte” porque así lo dictaminan los sabedores del mundo del arte.

Que una señora se meta en una especie de abrevadero metálico a modo de bañera, con un tejadillo con grandes agujeros circulares, haga gluglú dentro del agua, resople o el agua borbotee por el movimiento de su cuerpo, y todo eso lo registren micrófonos e hidrófonos, y con autoridad de conocedores digan al público espectador que es una performance y tienen sentido porque es una especie de escultura en movimiento, pues, vale. Perdón por la parrafada sin respiro, es que me ha salido así.

Después del urinario de Duchamp, que nació para un retrete público y terminó en una sala de exposiciones de la Sociedad de Artistas Independiente de Nueva York, en 1917, es cuestión de aguzar un poco el ingenio para que cualquier genialidad discordante sea arte efímero. La señora Laia no estaba en el Reina en esos menesteres, pero el experimento lo hizo, creo que en la fundación Joan Brossa y lo recoge alguna cartela con foto de la exposición. 


Pues, eso. Y ahora, intenta explicar al improbable lector tu visita en la bitácora sin parecer o un engreído conocedor de las tendencias artísticas actuales, o un necio redomado y carrozón, carente de sensibilidad artística por atrofia neuronal debido a la vejez. Pues eso, lo estoy intentando y me sale un churro barroquizante a fuerza de emplear términos usados por los comisarios de la exposición, entreverados de cierta acidez verbal.


De estas visitas que hago de vez en cuando al Reina para ver sus exposiciones temporales, he aprendido que lo más provechoso es leerse las cartelas antes de ver los objetos que son portadores de un arte fuera de los parámetros que damos a la palabra “arte” los que somos de a pie. No por el objeto en sí, que puede ser de uso vulgar extrapolado a conceptual-artístico, lejos del sentido estético clásico que enseñaron a los de mi generación en las facultades de Letras.

 Dándole vueltas al asunto, mientras cruzaba el Retiro, de regreso a casa, pensaba en esa cita de Zygmunt Bauman: Sobre la educación en un mundo líquido, que conservo entre mis favoritas: “Artistas que una vez identificaban el valor de su trabajo con su duración eterna, y por lo tanto luchaban por alcanzar una perfección que imposibilitara cualquier cambio posterior en su obra, ahora organizan instalaciones destinadas a ser desmontadas una vez se acaba la exposición, o bien organizan eventos que terminarán en el preciso momento en que los actores miren hacia otra parte”.


Claro que, remedando a Marx (Groucho), si no le gustan mis principios, tengo otros. Como esta reflexión de Juan Talón: Obra maestra: “La función del arte, la aspiración de los creadores, es hacer pensar. Básicamente, ver es pensar, y pensar es ver. Con un lenguaje propio cada vez, pero esa parece ser la función del arte: cambiar, cambiar el significado, cambiar el significado a través de la percepción, no cambiar el significado a través de la belleza”. 
Y hacer pensar, sí que te hacen pensar este arte efímero, en cierto modo insustancial, que termina siendo un "almacén- archivo" de cachivaches artísticos; artísticos, al menos, durante su exhibición temporal. Como si no tuvieras nada mejor que hacer de tu vida que dedicarte a pensar.

Improbable y sufrido lector, si hasta aquí has llegado, sepas que al Reina seguiré yendo, aunque nunca alcance a saber si lo que ven mis ojos allí es arte o superchería.

viernes, 21 de marzo de 2025

El jubilata memorioso.-

 


Ya sé, ya sé, improbable y siempre apreciado lector, que estoy casi fusilando el título de aquel célebre cuento de J. L. Borges, Funes el Memorioso. Pero no es por afán de plagio, que uno todavía es capaz de ordeñar sus neuronas para que fluya la imaginación, aunque sea una gota de agua frente al niágara borgiano.

Es porque “al llegar a cierta edad…”, como dice el anuncio de un banco, que pasan todas las noches por la tele entre trozo de peli y trozo de peli, uno ha de cuidad su campo neuronal. Y porque llegar a quasi-ochentón sin cultivar con esmero los entresijos neuronales es una irresponsabilidad. Lo que no se dice por nadie en concreto, ya que, si por un azar un provecto se queda gagá, siempre le quedará el irremediable consuelo de no enterarse de qué va la película de la vida. Se dice, más bien, por la responsabilidad personal de saberse miembro de una sociedad que dispone de medios limitados para asistir a tanto viejo como ha producido nuestra generación.

Con ese afán de no ser una carga, este jubilata se ha apuntado a un taller de memoria que imparte una voluntaria en el centro cultural de nuestro barrio. Formamos ese taller un pequeño grupo selecto, un club donde sólo cabemos aquellos que hemos pasado de los 70 años y estamos dispuestos a trabajar como si fuésemos parvulillos aplicados.

Se trata de estimular las capacidades mentales, las habilidades de memoria, estimular la coordinación de los dos hemisferios cerebrales mediante ejercicios, hacer ejercicios memorísticos y cosas así. Aunque no se trata, como en el cuento de Borges sobre uruguayo Irineo Funes, el Memorioso, de perder la facultad de olvidar. Ni se trata de ejercitar la hipermnesia, esa habilidad para recordar todo, en detalle y para siempre. Nosotros somos mayorones que no aspiramos a salir en un cuento de Borges, sino a no olvidad las llaves cuando salimos de casa, por un decir, o recordar el día en que vivimos.

Dicho esto, nuestra monitora, aparte los ejercicios que vengan al caso para mantenernos intelectualmente activos, cada semana nos echa tareas para casa. Estas tareas suelen ser redacciones en las que un día hemos de escribir un diario de un personaje que se ha ido de su pueblo a vivir a París, o siendo astronauta en un planeta perdido, o conviviendo con un psicópata, o redactando la biografía de una señora absolutamente desconocida, y otras genialidades que se le puedan ocurrir para obligarnos a trabajar la imaginación: Contar un secreto inexistente, describir un invento desconocido, entrar de aprendiz en una mercería…, de forma que cada semana nos obliga a salir de nuestro ser para ponernos en situación de describir las vivencias más alejadas de nuestro apacible transcurrir de jubilatas ociosos.

Para esta semana no se le ocurrió ni más ni menos que obligarnos a escribir el discurso de recogida del Oscar al mejor vestuario. Un servidor, que del glamour y las pompas hollywoodescas no tiene pajolera idea, se ha decantado por un tono paródico que, según me parece, ha salvado la situación y me ha resuelto el trabajo escolar del próximo lunes.

Si el improbable lector no se lo toma a mal, ahí va la historieta, que espero sea de su agrado o, al menos, le dedique cinco minutos de su tiempo sobrante. Si se disgustase por el tiempo perdido en esta lectura, prometo devolverle sus cinco minutos en bonos canjeables.

Dice así:

Discurso de recogida del Oscar al mejor vestuario.

Extracto del discurso pronunciado por J. V. Wallace al recibir el Oscar del año 20..? al mejor vestuario en la película Cuando las ranas críen pelo:

… porque ha sido una sorpresa este premio que, no por no esperado, aunque sí merecido, por fin, rompe las barreras mentales de las que la Academia venía haciendo gala desde los tiempos en que el macartismo perseguía a los trabajadores de la industria cinematográfica sospechosos del más leve izquierdismo, condenando a diseñadores, guionistas, decoradores y artistas al ostracismo y al paro… (murmullos de desaprobación y gestos de incomodidad de los asistentes a la entrega de premios).

… y mal que les pese a las grandes corporaciones del negocio del espectáculo, los trabajadores del diseño y vestuario no somos esos seres afeminados en cuyos cerebros vacuos sólo hay espacio para lo que desdeñosamente llaman “trapitos”, sino que somos auténticos artistas, capaces de disfrazar el cuerpo de una diva en declive (pero aún cotizable en pantalla), en una belleza juvenil. Tal como es el caso de la cotizadísima W. W… (aquí J.V. Wallace lanza el nombre propio de una estrella a la que los modistos disimulan las varices prematuras con un vestuario de fantasía. -  La cotizadísima W.W. se levanta furiosa de su butaca en primera fila escupiendo improperios contra el reciente oscarizado, rabiosa como una tarasca. Intenta subir al escenario para sacarle los ojos con sus uñas esculpidas. Los guardias de seguridad se lo impiden, y la W.W. le hace a J.V. Wallace un corte de mangas y le grita ¡¡¡Maricón!!! Luego hace mutis por el foro echando sapos y culebras por la boca).

… Bien es verdad (prosigue, impasible, J.V.W) que el equipo técnico de Cuando las ranas críen pelo es un grupo de profesionales eficaces y bien cualificados, y entre ellos y nosotros los diseñadores, hemos logrado poner en valor un film difícilmente salvable a causa de un guion deplorable, fruto de un equipo guionista más interesado en engrosar su minuta mediante aplazamientos innecesarios mientras lo rehacían una y otra vez… (Al guionista-jefe le da un yuyu y cae redondo cuando iba a abalanzarse sobre J.V Wallace, dispuesto a arrancarle la lengua. El servicio sanitario se hace cargo, con discreción, del difunto)

… sin contar el deplorable equipo de dirección que – todo el personal de producción lo comentaba soto voce ha sido incapaz de poner en valor el texto mil veces rehecho… (Aquí, el director de la película ha saltado al escenario con una pistola de atrezo, dispuesto a coser a tiros al oscarizado J. V. Wallace, mientras el público jaleaba: “Dale caña, Romerales”. En inglés americano, of course.)

… Por no extenderme más, terminaré este breve discurso con mi agradecimiento a los miembros de la Academia que, por una vez, saben lo que se hacen al concederme esta estatuilla, y parafraseando al inefable Moschino con su célebre: “Si no puedes ser elegante, sé extravagante”.

(Los selectos invitados a la ceremonia patean el suelo indignados, amenazan con el puño al modisto deslenguado, gritan al unísono “Son of a bitch” (no se traduce por no herir sensibilidades), aunque entre el público hay división de opiniones: unos se ciscan en su padre y otros en su madre. – Pero todos están de acuerdo en que el flamante oscarizado J.V.W va a ser el diseñador de moda más cotizado entre las estrellas del universo Hollywood y más allá).

martes, 21 de enero de 2025

Altas alcándaras.-

 


El lector disimule el arranque del título. Luego le digo lo de las alcándaras.

En una entrevista, decía Torrente Ballester (la entrada de hoy va de eso) que sus personajes pensaban, mientras que lo usual en la narrativa del momento en que él hablaba, era que los personajes actuasen con los “riñones”, y que por eso decían de él - porque sus personajes "pensaban" - que era un escritor intelectual.

Hace ya muchos años que leí de sus novelas todo lo que caía en mis manos y no recuerdo tan intelectuales sus personajes como para darle al autor ese trato, con independencia que él lo fuera por mérito propio. Bueno, sí. Quizá su Don Juan, quien recurría a su intelecto, ya que sexualmente era neutro, para enamorar hasta el deliquio a las féminas que caían bajo sus encantos.

Es cierto que el protagonista de la Saga/Fuga de JB, José Bastida, era profesor de gramática, pero no era su cultura lo que aguzaba su intelecto, sino las hambres que pasaba para sobrevivir. Al fin y al cabo, era un maestro represaliado que andaba lampando, aparte que era algo patizambo y contrahecho, lo que era un añadido a su incapacidad para adaptarse a la burguesía provinciana de Castroforte de Baralla.

Lo anterior viene al caso porque, hace un par de semanas, estuve viendo una exposición sobre Torrente Ballester en la Biblioteca Nacional. Más que curiosidad por el escritor, del que, ya digo, conocía su trayectoria como novelista y leí durante años todo lo que se publicaba, fui allí para alimentar el recuerdo de una añoranza lectora de ciertos años de mi juventud/madurez. Por entonces la lectura era en mí una pasión irrefrenable. Alimentar la voracidad lectora mientras transitábamos aún por los tiempos de grisalla social y la mediocridad del panorama de eso que se dio en llamar el franquismo sociológico y su retahíla de añorantes. Fue una forma de sobrevivir a los medios pelos de una vida bastante plana que la literatura ayudaba a sobrellevar.

Sólo dos novelas me han absorbido el seso hasta el punto de la compulsión lectora más enfermiza: una fue la Saga/Fuga y la otra fue El Nombre de la Rosa, tan dispares. La primera la recuerdo como una obsesión, devorando páginas y páginas durante días, a cada momento que tenía libre, de forma que yo también levitaba – como Castroforte de Baralla – dentro de las páginas, siguiendo las peripecias de don Joseiño y aquellos personajes capaces de montar un homenaje tubular en perpetuo crecimiento, o los amores del poeta Joaquín María Barrantes (el de las altas alcándaras). Fue terminar el último párrafo de la última página, …hasta que en el Reloj del Universo sonara la hora del regreso, para, sin solución de continuidad, abrir el libro por la primera página y comenzar a releer: ¡Veciños, veciños, roubaron  o Corpo Santo!

Del Nombre de la Rosa recuerdo haberla leído prácticamente en una noche, de claro en claro, como decía Cervantes que leía Alonso Quijano sus libros de caballerías. Fue en Salamanca, en casa de mi cuñado, que me dejaron un ejemplar de la novela, recién publicada, y a mí me envenenó con avidez lectora, como Jorge de Burgos envenenó la Poética de Aristóteles para que todos los que accediesen a ella pagaran con la vida su atrevimiento. Fue, eso se dice, en la abadía Sacra de San Michele (si mis noticias son ciertas), donde se desarrollaron aquellos sucesos y misteriosas muertes de monjes, y fue mi imaginación quien vivió aquella noche, del ocaso al orto, envenenada por aquella historia que inventó Umberto Eco.

En cuanto a lo de las alcándaras, ahora sí, fue uno de los logros poéticos del vate Barrantes en endecasílabos pareados: De las altas alcándaras caía / el puñetero rosicler del día. No fue gran poeta, a decir de los contemporáneos, pero fue admirado por los castrofortinos a causa de su defensa cantonalista frente al batallón de estudiantes de Villasanta de la Estrella. Pero en cuanto a su martirio patriótico, que es lo que quedó en el recuerdo popular, es algo no aclarado por la historia. Dicen que, en realidad, fue su amante Ifigenia, despechada por los amores de éste con Coralina Soto - un mito erótico castrofortino -, la que le descerrajó el tiro mortal que lo aupó a la gloria local.

Este jubilata, aupado en la alcándara o varal de esta bitácora, rememora aquellos tiempos en que la lectura y la vida corriente no tenían una frontera bien definida. Uno saltaba de una a otra según las obligaciones del día a día dejaban resquicios para que la imaginación se colara por las páginas de tantos libros como había que leer.

No diré lo de “letraherido” porque es muy cursi y pretencioso decirlo de sí mismo, pero un chute de letras en vena cada vez que me daba el mono de la lectura, sí que es cierto.