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miércoles, 22 de octubre de 2025

Vengadores del planeta.-

 


Desde que en marzo de 2001 los talibanes, movidos por su ardor religioso, destruyeron los Budas de Bamyllán como quien mata a la satánica bestia del Apocalipsis, los actos de iconoclastia van menudeando por nuestros pagos. 

Solo que no les mueve el fanatismo religioso sino el error de juicio: creen que por matar el símbolo acaban con la injusticia en el mundo. Son pequeños mesías inflamados en santa cólera que expulsan a correazos a los mercaderes del templo de la historia, porque la Historia, con mayúsculas, no ha sucedido de acuerdo con sus pequeñas mentes inmaduras adictas a la progresía de manual.

Desde el derecho que les da la ignorancia y la convicción más profunda de estar en posesión de la verdad, se dedican a lograr miles de “me gusta” en redes sociales de todo pelaje por el fácil recurso de tirar latas de sopa o pintura sobre piezas exhibidas en museos a las que, convencionalmente, hemos dado en considerar obras de arte. 

Confundiendo el devenir irreversible de la Historia con su disgusto porque ésta ha tomado derroteros que no se ajustan a los límites de su pequeño mundo mental, se erigen en vengadores del bote de pintura como arma de destrucción masiva de lo ocurrido en tiempos de Maricastaña.

En estas cosas u otras con menos fundamento iba este jubilado cavilando el otro día, cuando se enteró de que dos féminas de un grupo llamado Futuro Vegetal habían embadurnado el cuadro “Primer homenaje a Cristóbal Colón” en el Museo Naval de Madrid. Protestaban, decían sus portavoces, contra el neocolonialismo extractivista y a favor de algo que llaman justicia ecosocial.  Lo cual a un servidor no le parece mal, de verdad: Lo de protestar contra el extractivismo neocolonial y en defensa de lo ecosocial, digo; signifique lo que signifique eso. Que una idea aproximada de su significado ya me hago.... Pero lo que uno no acaba de digerir es que lo hagan atentando contra bienes del patrimonio de la nación; esto es, contra un bien del que todos los ciudadanos somos propietarios y el Estado es depositario y custodio.

En fin, no querría este jubilata causar mala impresión entre sus improbables lectores por haber echado las patas por alto con esta incomprensión que siente ante la afición al manchurrón de pintura como forma de protesta. Quizás habría otras formas de protestar dando un empujoncito a la mejora de eso de lo ecosocial.

Por ejemplo, que los entusiastas de Futuro Vegetal se pasasen por el Parque del Calero y las aceras del barrio y se dedicasen a recoger las mierdas de perros de dueños desaprensivos. Mucho tirón propagandístico no tendrían, la verdad sea dicha, pero los vecinos de la Concepción les quedaríamos muy agradecidos.

Respecto a lo del extractivismo neocolonial, quizás deberían ir pensando en dejar el móvil desconectado y en casa, y el ordenador portátil, y la Tablet, y el E-book y tantos artilugios que funcionan con baterías basadas en tierras raras que se extraen en países colonizados por multinacionales depredadoras.

Por lo demás, seguro que Cristóbal Colón ni soñaba con esa fuente de riqueza como forma de impulsión motora para sus carabelas, que navegaban a vela y a merced de los vientos. Y que, encima, se equivocó: Buscaba las islas de las especias de Oriente, las célebres Molucas, y se tropezó con el inmenso tapón de todo un continente por medio.

Y, en fin, esa gente del autollamado Futuro Vegetal mejor que nadie saben la consigna: pensar globalmente y actuar localmente. Así que limpia el barrio y mejorarás el planeta.

 

jueves, 28 de marzo de 2024

De la materia a la forma.-

 

El noventa por ciento del arte moderno es superchería”. Así de categórico empezó el profesor un curso que hice hace años en la UNED Senior, cuyo objeto era enseñar a los alumnos a conocer y comprender el arte. Nunca olvido esa afirmación rotunda cuando voy a una exposición. Hasta tal punto que se ha convertido en una fijación mía. Ya se sabe que los jubilatas tenemos endurecida la corteza cerebral por cosa de la edad. Por eso hay conceptos que quedan incrustados en algún pliegue de las circunvoluciones cerebrales y funcionan como prejuicios calcificados en nuestra mente. 

Por eso me resulta tan arduo visitar una exposición – cualquiera que ella sea – con la mirada clara. Siempre hay un resquemor de que te estén dando gato por liebre, de que eso que te cuelan como arte no sea más que comercio; que tiene valor artístico (y, por lo tanto, crematístico) porque un galerista lo dijo y un sesudo crítico de arte escribió una crítica halagadora. Y porque dos expertos lo dijeron, un ingenuo con pasta y una pared virgen donde colgarlo se sintió marchante experimentado y lo compró.


En cosas así pensaba ante un cuadro de Tàpies el otro día en el Reina Sofía. Me acerqué el lunes de semana santa pensando que, como el tiempo estaba desapacible y Madrid parecía vacío de su gente, apenas habría gente en el museo. Error, había larguíiisimas colas de turistas ansiosos por ver el Guernica. Y me acordé de lo que dicen que dijo Maruja Mallo cuando visitó la primera exposición de ARCO en 1988 y vio tanta gente: “Querida, ¿esto es afición o es ganado?”


Según parece, y al observador sí se lo parece, para Tàpies, pintar era como ejercer un oficio donde se hace el trabajo de buena fe. El artista es como todos los trabajadores que se esfuerzan por perfeccionar la materia. Ya digo, estaba ante una de sus composiciones de arpillera sobre las que incorpora texturas densas que con el tiempo se van degradando, aparecen desconchones, grafitos como de mano apresurada sobre una pared. Lo que los expertos llaman, creo, pintura matérica. El espectador tiene la impresión de encontrarse ante una tapia desconchada donde la huella del tiempo y el abandono van dejando su impronta al azar, sin un plan preconcebido. El autor convierte su propia intención artística en lo que el espectador creería que es una acumulación casual de materiales incongruentes.


Lo socorrido en estos casos es acudir a la cartela, a ver qué dice su título. Pero el pintor, en su honradez con el observador, le dice lo que éste está viendo: Gris con cinco perforaciones; Color terroso sobre fondo amarillento; Ocre-gris, y así… O sea: el título dice lo que ves, alude al color, al tamaño, al trazo interior. No hay que buscarle tres pies al gato ni ponerse exquisito ante unas hojas de periódico marcadas con un signo +++ en su lateral superior derecho, y enmarcadas por un junquillo encontrado entre los restos de una obra. Una hoja de papel de mala calidad, como es el papel de prensa, permanece durando a pesar de su fragilidad y una vez que cumplió su función de ser soporte de noticias o anuncios por palabras.


Creo que eso de sacar de su contexto un material tan vulgar como es un trozo de periódico viejo, o un cartón de embalar, y obligar al observador a encontrarle un sentido que trascienda esa materia, es algo que debió aprender de Marcel Duchamp. Resulta que las pinturas de Tàpies no “re-presentan” nada – según leo – porque entre el sujeto representado y el objeto que lo representa, no hay separación: la materia es la forma que aquélla adopta. Y como, a veces, los materiales de que está hecha son deleznables (pueden verse virutas debajo del plastón de pintura) y se deshacen con el paso del tiempo, resulta que la obra va cambiando por pérdida de sus componentes, pero permanece.

Lo cual, improbable y sufrido lector que estás leyendo estas elucubraciones de jubilata ocioso, es un desasosiego porque ¿por qué coños el espectador se pone a reflexionar sobre todo ello? A lo mejor porque el placer estético ante una obra hermosa, con su equilibrio y armonía, se nos queda ya corto de tanto visitar el Prado y nos damos un chute de realidad de tapial desconchado y pintarrajeado. Vaya usted a saber…   

 

domingo, 23 de abril de 2023

Una visita al laberinto.-

 


Leía estos días pasados una información sobre un estudio de la universidad de Harvard donde se asegura que, a partir de cumplidos los 60 años, las personas son más felices. Lo que me pareció estupendo. Sobre todo porque, si el sumar años es una garantía, o por lo menos puntúa para encarrilarse en el camino de la felicidad, este jubilata es un cúmulo de felicidades. Siquiera porque ha sobrepasado los 60, los 70, y avanza por sus pasos contados hacia los 80. Más felicidad no cabe en un individuo. 

Como un galápago dentro de su concha, según pasa la vida, así engrosa el caparazón que lo protege. Y cuanta más costra, más dicha. Y no hay por qué ponerlo en duda. Quién sabe lo que guarda un anciano en el hondón de su almario, quizás la quintaesencia de la felicidad, de la misma forma que quizás, bajo su caparazón, el cangrejo resuelve raíces cuadradas, como aventuraba don Miguel de Unamuno.


Total, como feliz que me corresponde ser por edad, desechado el pesimismo antropológico que me habita, este sábado pasado decidí organizar la parcelita de felicidad que correspondía a tal día con una visita al museo Reina Sofía. El Reina es museo por el que siento devoción, y al que dedico varias visitas al cabo del año; no demasiadas, que es lugar que me resulta laberíntico. No por la distribución de sus espacios, que es pura racionalidad, como corresponde a un antiguo hospital basado en los principios de higiene, luminosidad y eficacia de los ilustrados, sino por lo abigarrado de tendencias estéticas de su colección y exposiciones temporales. Uno entra en el lugar con la pretensión de comprender el espacio artístico del siglo pasado y descubre que aquello es un maremágnum de tendencias que pretenden describir el mundo caótico del arte, reflejo de la sociedad, y terminan por desasosegar al visitante.

Por eso, quizás, no fue buena idea comenzar por una sala arrinconada en un esquinazo, al fondo de la planta baja. Allí, amontonados aparentemente -sólo aparentemente – sin orden ni concierto, un montón de aparatos de los usados en laboratorios de la industria cinematográfica, bajo el epígrafe Laboratorio PLAT -75-82, (Picto-Lumínica-Audio-Táctil) de José Val del Omar. 

Un servidor, que en eso del medio audio visual no pasa del manejo del mando a distancia de la tele, quedó consternado al comprobar su grado de ignorancia ante aquella colección de viejos artilugios con los que se captaba y manipulaba la realidad ficta del mundo de la imagen el siglo pasado. Como había un vigilante que no tenía más entretenimiento que observar al único visitante presente, un servidor puso cara de estar enormemente interesado y como muy consciente del valor testimonial de aquellas máquinas, rollos de películas, cámaras, moviolas y otros artilugios de difícil desentrañamiento para un ignaro como quien esto confiesa. Saqué la libreta, tomé unas notas, y con cara de enterado, tomé puerta.

Por alejarme de mi ignorancia, subí a la cuarta planta y me tropecé con una exposición cuyo título me intrigó: Ecuador – Parallel, Guernica – Bengasi, 1982, de Richard Serra. “He aquí un título sugerente”, me dije. Entré, libreta en mano. Inciso: Soy muy amante de ver exposiciones armado de cámara, libreta y boli para tomar notas de aquello que entiendo; sobre todo, de aquello que no entiendo (por consultar luego en casa tranquilamente), de aquello que sé voy a olvidar porque no comprendo, y, en general, porque un jubilata en medio de una sala, enfrascado en sus anotaciones, queda muy guay y es una curiosidad a recordar por parte de los guiris que andan tan perdidos como uno mismo.


Pues eso, que entré y me encontré con la desnudez de las paredes blancas. Dos grandes cubos metálicos (1,5x1,5x1,5, así a ojo) de hierro color óxido flanqueaban la entrada. Tras una gran arcada, la siguiente sala, unas enormes planchas metálicas de lo mismo, de varios metros de largo y con un grosor de unos 10 cm. Todo ello me hizo recordar “2001 Una Odisea del Espacio” cuando un primate irritado golpea con rabia el suelo, armado con un fémur, ante la indiferencia de aquel monolito enhiesto que viene a representar la deidad impasible, la infinitud, la soledad e indiferencia del universo. Como un prehomínido perplejo ante aquellas realidades de racionalidad cúbica me quedé.

En mis notas no supe qué poner, aparte dejar constancia de aquellos paralelepípedos aparentemente – solo aparentemente, que el autor siempre tiene  intencionalidad – herrumbrosos e indiferentes al devenir de la humanidad, como el bloque cuadrangular ante el que se cabreaba el mono de la enjundiosa peli 2001 Una Odisea del Espacio. Afortunadamente, no tuve que desconectar, hasta su lenta muerte, al supercomputador HALL 9000, demasiado humano para fiarse de él. Simplemente, cambié de sala un poco al azar.


“Enemigos de la poesía”, rezaba el título de la sala. Eran, a lo que alcancé a entender,  series de diseños geométricos continuos, hechos por computadora. La creatividad era pura consecuencia de un cálculo técnico. La técnica y la geometría imitan el arte, pero matan la poesía. 


En la sala 434, la soledad de los espectadores frente a una pantalla que emitía imágenes como infusorios difusos y enloquecidos en una charca. Tres espectadores seriados (traje oscuro, pinta de vulgares señores de clase media, tipo años 60) frente a la pantalla, aburridos, indiferentes, miran y no ven. Solo están.

En la 428, “Lo racional y lo sentimental”, de Luis Gordillo, manchas coloreadas, vagamente antropomorfas: "La familia", "Adán y Eva". Al lado, no sé si suyo o de una pintora contemporánea suya: “Caballero cubista aux larmes”, y empiezo a darme cuenta que estoy llegando a la saturación: el cuadernillo de notas empieza a desbarrar y las palabras allí escritas se tuercen, empiezan a perder la horizontalidad y la claridad de trazo. Está claro que debo dejarlo por hoy: la cuota de felicidad de mayores de 60 años se me está agotando, y con ella mis viejas neuronas.


Aun así, hago un último esfuerzo. “Los VIP”, leo: Parte superior: unas ranas saltando vallas torpemente en una carrera de obstáculos; banda media: condecoraciones de órdenes militares y otras insignias de autoridad y prestigio; parte inferior: dos cerdos plácidamente dormidos sobre el barro. La moraleja es evidente y el espectador no tiene que estrujarse las meninges. Y aún la sala 426, de Eduardo Arroyo, con pinturas dedicadas a aquellos 25 Años de Paz del franquismo. Corría el año 1965 y un servidor tenía 20 y un largo, monótono y gris horizonte por delante. Habrían de pasar más de 50 años para alcanzar esa felicidad que, según los intelectos de Harvard, nos llegan tras tantos años de singladura por los vericuetos de la vida.

Total. Guardé el bloc de notas, el boli, descabalgué las gafas, busqué la salida, atravesé el Retiro y llegué a casa. 

Y así lo he contado…

jueves, 27 de octubre de 2022

Sopa de ganso.-



Cuando cumplí 66 años escribí una entrada en esta misma bitácora en la que citaba aquella frase tan conocida de Unamuno de “Yo no me acuerdo de haber nacido…”, que el improbable lector puede ver en su obra autobiográfica Recuerdos de niñez y mocedad. Que en sus Recuerdos confesase no recordar un hecho cardinal en su vida, como era su propio nacimiento, era una de tantas paradojas de don Miguel a las que nos tenía tan acostumbrados y que tantos quebraderos de cabeza nos daban tratando de desentrañar su significado.

Lo que, si se me permite la digresión, me llevaba a las lecturas de Don Quijote en sus malhadados libros de caballerías, cuando se topaba con frases de tan complicado razonamiento como aquella de “La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón escurece…” Así, de paradoja en paradoja, cuando no de absurdo en absurdo – lo de los ejemplos librescos ha sido solo para ilustrar –, se me ha ido pasando la vida hasta llegar a los 77 que acabo de cumplir. Y el problema, si lo es, consiste en que me descubro septuagenario más siete sin paradojas que llevarme a la boca y con los absurdos convertidos en pasto habitual de los medios de comunicación, hasta el punto de resultar paradójica la existencia de una normalidad de andar por casa.

Se trata de esa normalidad del día a día a la que aspiramos los viejos – dicho sea lo de “viejos” sin temor ni resquemor – para sentirnos con cierto confort en la última etapa de nuestro vivir diario, y se trata, también, de la espera de noticias previsibles en los telediarios, que funcionen como certezas y confirmen esa normalidad anodina a la que aspiramos. Noticias tan previsibles y de cada día como la guerra en Ucrania (cuando no ésta, otra), la remontada de precios de los carburantes, el enriquecimiento sin límite de las transnacionales gracias a una guerra oportuna, las más de doscientas persona que hacen cola cada mañana en el comedor de caridad Ave María, en la calle Doctor Cortezo, o el precio del aceite en el súper, o el cambio climático, sin ir más lejos…

Pero una sopa de tomate, estampada en Los Girasoles de Van Gogh, es algo que me ha hecho darle muchas vueltas al magín para ver si aún entendía el mundo, o éste se mide ya por unos parámetros incomprensibles. Incomprensibles, se entiende, para los que, siendo en aquel lejano entonces niños de aquella inacabable posguerra civil, íbamos a la escuela con una pizarra y una tiza para aprender las primeras letras. Un servidor, a pesar de su esfuerzo por estar al día, se teme que se quedó estancado en la sopa Campbell de Andy Warhol y jamás llegará a entender la profunda lección de un puré de patata embadurnando un cuadro de Monet en el museo Barberini de Potsdam.


Bien es verdad que hay ilustres antecedentes de este proceder, como el caso de doña Mary Richardson, sufragista de pro, quien, en 1914, le metió un tajo de cachicuerna a la Venus desnuda de Velázquez en la National Gallery londinense, en defensa del voto de las mujeres. Pero las suffragettes victorianas tenían muchos redaños y no se paraban en barras, por mucho que se lo estorbara el polisón o el corsé de ballenas. Frente a esto, la sopa de tomate o el puré de patata no tienen color.

Este jubilata, que practica el pesimismo antropológico como autodefensa (y no le va mal), entiende que los activistas de Just Stop Oil, con todo su plausible afán por salvar a la humanidad de sus torpezas, no tienen muy claro lo del erostratismo cuando aspiran a alcanzar la efímera inmortalidad de miles de tuits que se agotan en esos breves like pulsados por dedos anónimos.

Les falta, digamos, sentido de la gloria. Y para eso, la Historia es maestra a la que conviene escuchar. No en vano, el cabrero Eróstrato prendió fuego al templo de Artemisa en Éfeso, y aún recordamos su nombre tras veinticinco siglos, a pesar de la damnatio memoriae a la que fue condenado por sus contemporáneos. Así, los justicieros de Just Stop Oil no han caído en la cuenta de que, aparte el tsunami momentáneo en las redes sociales, su nombre pasará al olvido y su propaganda por el hecho se verá reducida a una más de las genialidades que esta sociedad premia con grandes dosis de retuiteos momentos antes de correr tras alguna influencer de las que no pagan impuestos en Andorra. Su sopicaldo vertido sobre un cuadro famoso será una respuesta tan imaginativa como inútil, aparte de haber confundido el culo con las témporas.

Quienes, como este jubilata, somos pesimistas en defensa propia, tenemos sospechas infundadas de que la humanidad no irá al garete ahogada entre los humos de los carburantes, en lo medioambiental, ni famélica ante la mirada indiferente de los Epulones que pueblan los paraísos fiscales, en lo social. 

Siempre tenemos presente que los dioses enloquecen a quienes quieren perder y a esta sociedad aún le queda mucha insania por desarrollar. La suficiente como para esperar a ver si, por poner un ejemplo, al señor Putin se le tuerce el hado y, en un gesto macho de "Pa chulo mi pirulo", aprieta el botón nuclear y vemos los misiles volar sobre nuestras cabezas.

De ser así, antes de la extinción masiva, al menos que nos de tiempo a colgar un cartel en Chernóbil - la OTAN en el papel de Dalila - que diga: Aquí murió Sansón con todos los filisteos. Y de no serlo, esperemos otro gesto imaginativo de los activistas medioambientales que nos dé materia para otra entrada en la bitácora.

 

martes, 13 de noviembre de 2018

El artista en su caverna.-



Ya lo decía Platón en La República, a propósito del conocimiento que los humanos tenemos de la realidad: somos como esclavos encadenados en el fondo de una caverna que confunden las sombras con las realidades de las que no son más que un reflejo. Pero, a lo mejor, a esa alegoría hay que darle la vuelta cuando se trata de entender una obra como la de Guillermo Serrano.

La realidad que creemos ver en el bullicio de la calle o en la soledad de nuestra intimidad no es más que un reflejo distorsionado y poco fiel de lo que realmente se oculta tras esos personajes desasosegantes, y a veces deprimentes, que pueblan los cuadros de Guillermo. Hay dos realidades, si el improbable lector se toma la molestia de observar, que caminan en paralelo y que dan sentido la una a la otra. La realidad lúcida, y por eso inquietante, del artista – a lo mejor, conviene más el término de “visionario” –, y lo que podríamos llamamos realidad experimental, la que percibimos a través de los sentidos. La primera desasosiega al espectador con su expresividad descarnada, la segunda da certezas, pero, en realidad, ésta es un reflejo engañoso de aquélla.  

Claro que, si el jubilata en oficio de escribidor no abandona su ensimismamiento y explica de qué va la cosa, el sufrido lector no sabrá a qué viene tanta palabrería y pasará muy mucho de seguir leyendo este texto. Por eso, como decía Pepe Isbert desde el balcón del ayuntamiento: os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar
Y la explicación que os voy a dar, porque os la debo, para poneros en situación, es que la santa y un servidor hemos estado en la Casa de Vacas visitando el Salón de Otoño de la Asociación Española de Pintores y Escultores.  Y allí, en el acceso lateral a la sala, nos hemos encontrado con el cuadro que representa a una pareja de viejos, solitarios, desesperanzados, encerrados en esa cocina tan desangelada como sus moradores. La cena, la llama el autor porque, dice, es un título obvio; si no es más que una pareja de viejos cenando en su cocina, para qué vamos a maquillar la realidad de estos dos solitarios que se hacen compañía por simple proximidad física en una cocina destartalada...

Por aquello de que el pintor, del que aquí se habla, forma parte de nuestro patrimonio familiar, este jubilata ha seguido sus pasos desde hace años y observa con curiosidad, y con una cierta desazón, su obra. La desazón no es por lo azaroso de la adaptación del artista al biotopo cerrado y excluyente de las galerías, las exposiciones, los marchantes y al principio fluctuante de que es arte todo aquello que llamamos arte. Siempre estará a tiempo de quebrar los pinceles y hacer una oposición a registrador de la propiedad, por ejemplo: a otros les ha ido muy bien. Recurso vulgar, donde los haya, pero que da status y hasta puede abrirte las puertas de una carrera política exitosa.

La desazón, decía, llega por la contemplación de esos ambientes sombríos, por esos personajes de ojos hueros que pueblan calles bulliciosas o locales abarrotados, donde no hay alegría colectiva sino una suma de individuos cada cual aislado en su vacío. Son algo así como escenas de costumbrismo urbano pasadas por el tamiz de un expresivismo despojado de toda alegría. Son seres con aspecto de zombis indefensos que parecen buscar la felicidad en el gregarismo de los lugares de moda, mientras que cada cual lleva su vacío personal a la fiesta colectiva. 

Estos no van a pasearse por el callejón del Gato, como lo hacían los esperpentos de don Ramón, ni son risibles y tragicómicos, como don Friolera, sino que se arraciman en el bullicio de Malasaña, en los ambientes más cool, dejando al espectador una sensación de masa fluctuante y ansiosa de novedades a la manera de esa modernidad líquida de la que hablaba el señor Bauman, siempre más citado que leído.

En resumen, esas escenas multitudinarias o domésticas que vemos en los cuadros de Guillermo, nos hacen pensar en un mundo lleno de soledades e incomunicación. Los ojos sin pupilar de sus personajes miran pero no ven y, a lo mejor por eso, se agrupan en una adición de individuos que buscan la felicidad en la suma de soledades. En el fondo es una mirada irónica del artista sobre una sociedad urbana que se cree libre y feliz por la simple agregación de individuos que hacen lo mismo, que van a los mismos lugares, que piensan lo mismo.

Ya supongo que el improbable y paciente lector pensará a qué viene esta disertación a propósito de un cuadro de un pintor novel, pero debería tener en cuenta que hasta en las mejores familias hay individuos peculiares. Y en esta nuestra nos ha tocado uno, dispuesto a ver el mundo urbano a través de los pinceles, y por eso lo sacamos en letras virtuales, para que se sepa.  Ya se sabe lo que dicen los evangelios sinópticos: no se enciende una luz para ponerla debajo del celemín. Por eso lo ponemos en solfa. Por eso y porque, además, observa la realidad de su caverna con pincel prolífico.

Pero, si al lector, improbable, paciente, o simplemente curioso, no le convencen las opiniones que aquí se han vertido, sepa que puedo ofrecerle otras que se acomoden a su gusto. Aquí somos grouchomarxistas y nuestros principios no son amovibles sino fluctuantes y acomodaticios. Como las multitudes en los cuadros de Guillermo. 

lunes, 29 de octubre de 2018

Esas mujeres...


Hace unos días ha muerto Carmen Alborg, ministra que fue de Cultura. Recuerdo que mi por entonces jefa bajó un día a la sede central del ministerio, la vio y, cuando subió al “Histórico” (así lo llamábamos usualmente), comentó que la nueva ministra parecía una pilingui. Lo de pilingui me sonó a españolada de las pelis de destape, de cuando Alfredo Landa; entendí bien el sentido despectivo de “ligera de cascos” y “perdida”, y la ministra me cayó francamente bien desde entonces. Se me ocurrió pensar que también a George Sand, quien vestía pantalones y fumaba cigarros, y encima era querindonga de Chopín, las paisanas de Valdemossa la pondrían de pilingui y de putana, pero en su dialecto.

Si a mi jefa,  - mujer conservadora y, según expresión de los que militábamos la progresía, más de derechas que don Pelayo -, la Alborg le caía mal, era indicio de que teníamos una ministra fuera de horma. Con su melena roja suelta y sus alamares tipo Moschino (Si no puedes ser elegante, sé extravagante), su desinhibición, su verba fluida y su fama de mujer culta, fue una ventana que se abría en la zahúrda ministerial para ventilar el olor a papel timbrado rancio. Luego, allá por el 96, también del siglo pasado, nos vino a ser ministra doña Espe Aguirre, condesa consorte de Bornos – ahí es nada – y liberal en estado puro, pero ya no era lo mismo. La ventana del oreo ministerial, como mucho, quedó entornada y con tufillo a privaticemos servicios públicos.  

También uno de estos días pasados, he ido a la Juan March (así dicen los habituales) a ver la exposición Lina Bo Bardi, Tupi or not tupi, una hibridación italo/brasileña. Doña Achilina Bo, emigrada de Italia en 1946, arquitecta de vocación y profesión, quiso además, integrar la cultura europea con la expresión de arte popular brasileño. Lo que me recordó una exposición vista hace años, dedicada a Tarsila do Amaral (de quien escribí una entrada allá por el 2009, que puede leerse pulsando en el enlace anterior) artista que hizo el viaje de ida y regreso, desde su Brasil hasta el París de las vanguardias, para volver a su tierra natal y tratar de integrar las dos culturas en los movimientos Pao Brasil y Antropofagia.

Ambas artistas, con unos decenios de diferencia, propusieron una antropofagia cultural, cuyo manifiesto hizo Oswaldo de Andrade, marido que fue de Tarsila: una digestión del modelo cultural europeo para apropiarse de él y asumirlo como expresión del arte brasileño. Una fusión de las vanguardias europeas y las costumbres populares de la población india, negra y mestiza. Una puesta en valor de la cultura popular brasileira una vez asumida la cultura colonial europea. Por eso llamaron antropofagia al proceso de masticar y digerir una cultura superior para asimilarla a la popular de su país.

Y perdóneme el improbable lector por hablarle de estas cuestiones de tan poco interés para la vida diaria. Son expresión de los hábitos culturetas del jubilata, el cual, según las usuales doctrinas del envejecimiento activo, ha de buscar metas que mantengan su sistema neuronal en ebullición para no ser una carga social. Porque, además de guisar, hacer la compra en el súper y darle al estropajo salvauñas, sépase que los jubilatas de hogaño le damos al intelecto con una habilidad polifacética que para sí hubieran querido anteriores generaciones. 

Por eso, hoy estamos por divagar sobre mujeres de las que tenemos alguna noticia por haber sido un referente cultural en los tiempos que les tocó vivir. Y por eso mismo, a menudo, para saber de estas mujeres, de sus obras y su proyección cultural, uno no tiene más remedio que acudir a museos, exposiciones puntuales o textos, lugares donde se guarda memoria de ellas. A veces, tenemos la impresión de que, por haberse atrevido a romper la horma, ha habido que cosificarlas y reducirlas a eso que llamamos obras de arte, y colgarlas en las salas de exposición, no sea que su ímpetu nos obligue a reflexionar sobre lo que una mujer puede hacer cuando se libra a su capacidad creadora. 

Son como la mujer de Lot, convertida en estatua de sal porque no respetó la norma y giró la cabeza para saber qué ocurría a sus espaldas.  Estas mujeres de las que venimos hablando, también volvieron la cabeza para ver de dónde venían y así saber hacia dónde querían ir, solo que la sociedad al uso no pudo convertirlas en estatuas para reprender su atrevimiento.

Lo que, mira por donde, viene al pelo para recordar esta frase de Dorothea Tanning (de sus obras y su época habla una exposición actual en el Reina): Puedes ser mujer y ser artista; pero lo primero no lo puedes remediar, y lo segundo es lo que eres en realidad. Según parece, ella rechazaba la definición de “mujer artista”. La verdad es que nadie nunca habla de “hombre artista”; se es artista, hombre o mujer. Lo primero es lo que importa, y lo segundo, accesorio.

No querría acabar estas divagaciones de pensionista ocioso sin hablar – hablar por hablar, por pasar el rato – de la pintora italiana Sofronisba Anggisola.  Esta pintora fue una rara avis en la corte de Felipe II. Fue dama de compañía de Isabel de Valois y la acompaño a la Corte española, donde pintó algunos retratos, como el del propio Felipe II o el de Ana de Austria. Puede uno verlos en el Museo del Prado. Pero lo que es menos conocido aún que su pintura, es que anduvo metida en una revuelta palaciega que organizaron las damas de la reina en el alcázar de Madrid, sede de la corte.

Uno se imagina la corte del rey Felipe II como lugar triste, aburrido, de mucho rezo y de pisar quedo, pero no debió ser así, a lo que parece. Tenían las damas la costumbre de ligar con los barbilindos cortesanos desde las ventanas de las estancias de la reina, hasta que el aposentador de la Casa de la Reina, el marqués de Ladrada, mandó poner celosías para evitar tanto descoco. Decía el marqués en un informe al rey: aunque yo conocí a algunas damas bien desasosegadas, ninguna comparación hay a lo de ahora, porque tienen la mayor maestría para insolencias que se pudiera hallar en el mundo”. Lo cierto es que las damas se lo tomaron a mal, y algunas, entre las que estaba Sofonisba, empezaron a romper cierres y celosías.

El rey, que a lo mejor le llamaron el Prudente por eso, decidió inhibirse en esa revuelta de faldas y mandó que fuese la propia reina quien pusiese orden en asuntos que correspondían a su Casa. Porque una cosa es administrar un imperio que se extendía de sol a sol, y otra muy distinta, y asaz complicada, poner paz en el gineceo de Palacio.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Un chino en El Prado.-


Estaba leyendo estos días los problemas que supone en Francia el empleo del lenguaje políticamente correcto, ya que se ven obligados al empleo de términos como racisé o cisgenre para no caer en un lenguaje sexista, racista o excluyente contra los individuos “distintos” al común social.  Racisé es tanto como “no blanco”, persona de otra cultura o color de piel a quien está mal visto llamar “negro”, “indio”, “chino” … Y si has de referirte a alguien cuyo sexo se corresponde con su género, si le llamas cisgenre te ahorras la expresión sexista de “señor” o “señora”, aparte que la cosa queda clara por oposición al transgenre, esa variopinta amalgama de  sexualidades con todas sus inextricables anfibologías sexuales, cuya comprensión se escapa a la gente de mi edad por causa de una pérdida de neuroplasticidad irremediable. Al lenguaje correctamente político (langue de coton, lo llaman los franceses) he llegado tarde, y me aburre. Lo dicho, problemas de neuroplasticidad que trae la edad.

En esas rumias andaba este jubilata cuando le puse a esta entrada el título de “un chino en El Prado”. No está bien – me decía para mis adentros – comenzar una entrada en el blog “racizando” (si se me permite el voquible) a un artista, discriminándolo por razón de su raza. Escribir “un chino” era tanto como marcar la diferencia, como decir “uno no de los nuestros”, un extraño a nuestra cultura y forma de vida. Pero resulta que las cosas suelen ser más complejas. Cai Guo-Qiang es nacido en Quanzou, República Popular China, pero vive en Nueva York y, rompiendo esquemas, expone en el museo del Prado: El espíritu de la pintura. Cai Guo-Qiang en el Prado. Encima, para partirte los prejuicios por el eje, pretende conectar con el espíritu del Greco, Goya, Velázquez y otros grandes maestros cuyas obras se exhiben en este museo.

Lo primero que sorprende al espectador es que tal artista contemporáneo, al margen consideraciones sobre razas o culturas, tenga cabida en las salas del Prado y no en las del Reina Sofía. Imagínese el improbable lector que el señor Cai emplea una técnica de expresión pictórica cuando menos sorprendente: explosiones de pólvora negra mezclada con pigmentos de colores. 

Sobre un panel tendido en el suelo, utilizando plantillas de cartón u otros materiales para insinuar formas, se distribuye la pólvora pigmentada, se cubre con otro panel y se sujeta el conjunto con piedras. El efecto conseguido se mueve entre lo figurativo y la abstracción, logrando obras matéricas con abundancia de colores vivos, grises y negros; obras lentamente efímeras debido a la disgregación de la pólvora quemada y los restos de pintura que se van desprendiendo del lienzo y depositando, día a día, al pie del cuadro.

Lo cual, a este jubilata, que se cree a pie juntillas lo de la sociedad líquida e inestable que definió el señor Bauman, le parece de perlas. Que una obra pictórica nazca de un Big-Bang (controlado, eso sí) y se diluya en polvo cósmico (por seguir con el símil) depositado al pie del acto creativo, y que éste sea barrido por las aspiradoras del servicio de limpieza del museo, son cosas que a uno le sulibellan y le estimulan su decadentismo estético. Pasado de revoluciones andaba un servidor cuando se enteró de la disgregación de la materia pictórica, sometida a la fuerza de la gravedad.

No recordaba una experiencia estética tan fuera de lo común desde que en el Reina tuve ocasión de ver la exposición Una retrospectiva, del belga Marcel Broodtheaers, donde la materia empleada son cáscaras de huevo o de mejillón. Lo lábil, lo efímero, la pérdida de referentes sólidos y la adaptación provisional al medio son valores que todo artista comprometido con la volatilidad del arte actual debe reflejar. Mejor todavía si lo hace con fogonazos de pólvora: el arte es la expresión de una fugacidad.  

¿Y por qué busca el señor Cai Guo-Quiang el espíritu de la pintura mediante deflagraciones controladas? Pues porque, a través de ellas, quiere llegar a expresar el espíritu de las pinturas del Greco. Por lo visto, se considera a sí mismo como alquimista y trata de captar el espíritu del cretense a través de una materia tan inestable e imprevisible en sus efectos expresivos.

Para ello, para expresar la gama cromática del pintor manierista, recurre a una técnica pictórica atrevida que expande y mezcla los colores puros e insinúa formas gracias al empleo de plantillas, telas o retoques con pinceladas posteriores. El resultado lo verá el espectador si se para a contemplar Día y noche en Toledo, una visión onírica de la ciudad bajo un cielo de añiles, grises, rojos como de incendio en lontananza; todo ello sobrevolado por palomas y angelotes como una profusión de espíritus santos, una especie de sueño de la razón pasado por la ortodoxia tridentina.

De verdad se lo digo al improbable lector. Tratar de comprender el sentido último de una obra contemporánea te lleva a descreer en las reglas del arte que viejos profesores te imbuyeron en el intelecto, en aquellos tiempos de la Facultad, cuando creías que desde la cátedra se impartía la verdad universal y sólo tenías que decir “creo” y caer en éxtasis, como la beata Ludovica Albertoni de Bernini. Pero no, es más jodido, si se permite la vulgaridad. Estos contemporáneos son efímeros y exhibicionistas, rompedores y expresionistas, usando de técnicas y materiales que a un Rubens o a un Velázquez les hubiese parecido la pura degradación del noble arte de la pintura.

Según puede leer por ahí quien esté interesado en el asunto, el señor Cai ha estado pensionado en El Prado y ha preparado algunos de sus cuadros en el Salón de Reinos del Buen Retiro, palacio donde hasta hace pocos años estuvo el museo del Ejército. Con lo que el uso de la pólvora viene a ser un guiño.


Pero sus obras no han surgido en la intimidad del taller, sino ante cámaras y periodistas que dejaron constancia de su proceso creativo. Algo así como los minutos de publicidad que nos ponen en la tele entre trozo y trozo de película. Una obra a fogonazos, televisada y publicitada, y encima lentamente deleznable en un polvillo que la señora de la limpieza se lleva en las hilachas del mocho de la fregona. ¿Obsolescencia programada o casualidad? Como quiera que sea, ¿Cabe forma más posmoderna de escribir tu nombre en el Libro de los Elegidos?

Parecerá mentira, pero esta  vez no hemos hablado del señor Puigdemont y su exilio mediático. Vamos progresando.


miércoles, 21 de junio de 2017

A ver qué pintamos aquí.-


El arte que resiste inflexible es saboteado y condenado al ostracismo. Todo lo demás es desmontado, privado de su sentido y reconstruido de nuevo. El único criterio del procedimiento es alcanzar al consumidor en la forma más eficaz posible. El arte manipulado es el arte del consumidor. 
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Somos una sociedad de gente profundamente infeliz: solitaria, preocupada, deprimida.

Que perdone el paciente lector por todo lo anterior. No es que este jubilata presuma de haber leído con provecho a Theodor Adorno o Erich Fromm – los dioses nos libren del nefando pecado de soberbia intelectual –, es que, de picotear lecturas por aquí y por allá, de forma más bien anárquica, algo se queda siempre almacenado en la trastienda del intelecto de cada cual y aflora cuando menos lo esperas.

Todo lo dicho viene a cuento porque, tanto si son pensamientos prestados como de propia cosecha, me vinieron a la mente el otro día, cuando nos invitaron a asistir a la inauguración de una inusual exposición de pintura de un resobrino de la santa, en la academia Artium Peña. En Madrid hacía un calor del carajo, pero la visita era obligada, tanto por vinculación familiar como por ver personalmente unas pinturas que ya había visto en el muro ese del Facebook del autor, pero faltaba el contacto directo, que es donde de verdad surgen las afinidades o rechazos.

Andaba yo mirando aquel oprobioso devorador de hamburguesas Gordo avergonzando a su familia, cuando la santa, con esa su espontánea aversión hacia los esteticismos fuera de norma que le caracteriza, me pregunto: “¿Pero, de verdad te gusta…?” Y me miró como pensando: “Mira que tener un marido de gustos tan raros...”. “Bueno…, vamos a ver… - contesté - Lo que se dice te gusta, te gusta... A ver cómo le explicaba yo que el realismo expresionista no invita al placer estético, de la misma forma que mi admirado Otto Dix y su expresionismo devastador, retratando la sociedad alemana de la república de Weimar, es cualquier cosa menos armonioso y tranquilizador. Por eso, el régimen nazi lo clasificó de decadente y anti alemán, y quemó gran parte de su obra.

Y si somos sinceros, y no nos ponemos exquisitos, El grito, de Munch, es un horror elevado a los altares del consumo cultural. Un observador sensato se daría la vuelta y pensaría: “A éste, que lo encierren”. Y es que tiene que haber un gramo de locura, de inadaptación a la sociedad niveladora, para que cualquier pintor, por modesto y poco conocido que sea, pueda considerarse artista: Nullum magnum ingenium sine mixtura dementiae fuit, “Nunca existió un gran genio que no tuviese unos granos de locura”, según Séneca. Y perdone el improbable lector, ya sabe que este jubilata es un poco cultureta y se perece por meter alguna cita culta.

Dos pijos comprando droga, tiene esos gramos, si no de locura, sí de deprimente y absurdo, que me hizo recordar la frase de Fromm que va en la cabecera: Somos una sociedad de gente profundamente infeliz. Insolidaria, deprimida… Dos necios de clase bien que se meten en los bajos fondos a comprar costo o perico, y son observados irónicamente por un grupo de personajes de estética zombi, de mirada vacías y curiosidad de gato que observa al ratón. Mientras, ellos se asustan de su propio atrevimiento por bajar hasta las cloacas de la escala social en busca del chute que dé la felicidad.

Claro que ese mirar con ojos vacíos es común a toda la obra de Guillermo (acabo de darme cuenta de que no había dicho su nombre: Perdona, Guillermo, majo). Viene a ser, piensa el observador, como la constatación que el pintor tiene del vacío interior de sus personajes. No porque éstos carezcan de entidad sobre el lienzo, sino porque son el reflejo de seres sociales como con alma de trapo, viviendo una vida de muertos vivientes que se expresa en esos globos oculares en blanco, muchos de los cuales observan, sin ver, insistentemente al espectador. Son inquietantes, producen desasosiego, no temor porque no son agresivos; es que el espectador, cuando los mira, no encuentra correspondencia en la mirada de los personajes: los ojos están hueros y nuestra mirada choca con su vacío. Y no hay nada peor para un observador de la la pintura como que el personaje te mire desde el cuadro sin ver que estás ahí. No hay forma de empatizar con la escena observada y de ahí la sensación de intranquilidad y esa incomodidad que te sobreviene, como si estuvieses en un lugar donde no debieras.

Incluso cuando están en la intimidad de su casa, o compartiendo una comida familiar, o tomando unas copas en el bar, o de botellón por Malasaña, estos zombis sin agresividad son como mónadas cerradas: están físicamente juntos, pero mentalmente aislados. No parece que tengan mucho que decirse entre ellos y, a lo mejor por eso, algunos miran con curiosidad fuera del cuadro, al espectador, a ver qué impresión le causan. Solo que, aunque parecen sospechar que hay vida fuera del cuadro, su mirada no ve. La incomunicación está garantizada: desde dentro, miran sin ver; desde fuera, miramos sin comprender.

Un servidor, aunque tío postizo del pintor – o a lo mejor por eso –, se siente solidario con su obra y está dispuesto a jurar que su antiesteticismo expresionista es un hallazgo, un camino expresivo que, a lo mejor, produce extrañeza o rechazo estético según los gustos del espectador, pero no le dejará indiferente. Es que expresar la realidad con deformidades es una manera que tiene el artista de ver el mundo y darle forma, lejos de la perfección y la utilidad que nos ofrecen los objetos de consumo tal como los vemos en los anuncios de la tele, que para eso está.

Lo que no tengo claro es cómo, esta visión distorsionada de la realidad, puede encajar en los circuitos comerciales donde se decide qué es arte y qué no, qué marca tendencia y qué no; qué debe cotizarse como valor al alza o quedarse en los márgenes del negocio artístico. Porque visiones inquietantes del mundo se llevan como espectáculo de consumo al gusto de las masas. Sirven para disfrutar un rato ante la pantalla y olvidar cuando cambias de canal, no como reflexión sobre un mundo. Bastantes inquietudes tenemos con el terrorismo yihadista y las pateras en el Mediterráneo. 

De persistir en esta línea estética, quizás estemos ante un arte de resistencia, minoritario y personal. A lo mejor, aquí se cumplirá lo que dijo don Teodoro Adorno, aquello de que el arte que resiste es saboteado y condenado al ostracismo. Porque, si ha de ser arte apto para el consumo masivo, deberá ser convenientemente manipulado. Así llegará al consumidor envasado, desinfectado, y producirá beneficios a quien tenga la patente. Pero esas miradas inquietantes que miran sin ver, vacías, de ojos en blanco y sin vida, no parecen el mejor camino para el reconocimiento popular y el engorde de la cuenta corriente.

Claro que, a lo mejor, este jubilata no da una en el clavo, pero no por eso se priva de decir lo que aquí deja dicho, lo mismo que Guillermo no se priva de ver su mundo personal como lo ve. Allá cada cual con sus fantasmas y fantasías.