Mostrando entradas con la etiqueta Vacaciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vacaciones. Mostrar todas las entradas

viernes, 31 de julio de 2026

Una gota de agua.-

 


Hoy al medio día nos ha visitado una tormenta que ha bajado las temperaturas y nos ha dejado unos buenos aguaceros. Se ha refrescado el ambiente, los suelos, y ha humedecido el bosque. Un alivio térmico que se agradece.

Con la tarde recién lavada, doy un paseo por la finca de los Batanes. En el lago artificial del bosque finlandés, observo las gotas que van cayendo del ramaje sobre la lámina de agua que espejea. Cada gota, al contacto con la superficie, dibuja sobre ella una serie de círculos concéntricos cuyo radio va ampliándose como una serie de pequeñas olas circulares y simétricas, de una simetría perfecta. Si cae alguna otra gota desde otra rama próxima, ese círculo en expansión interfiere sobre otro caído en un lugar próximo. El choque entre ambos es suave, interfiriendo las pequeñas ondas entre sí, saltando una sobre otra para seguir cada cual su propia expansión sin deformarse y, en las intersecciones, se producen pequeños rombos instantáneos que desaparecen según se aleja cada onda a partir del centro geométrico donde cayó la gota de agua.

Observando este curioso fenómeno físico, uno descubre la belleza que hay en la perfección geométrica producida por una simple gota de agua que cae de una rama que cimbrea sobre el lago artificial. La arboleda que lo rodea, reflejada con nitidez sobre la superficie como sobre un espejo horizontal, parece descomponerse y vibrar con el simple contacto de una minúscula gota de agua. Su imagen se rompe en formas angulosas y quebradas como por efecto de un espejo cuyo cristal se hubiera rajado al caerse al suelo; como a capricho de un pintor cubista que convierte la armonía de la naturaleza en formas geométricas distorsionadas e irregulares.

Luego, si el observador es paciente y su mente se desliza sin prisas sobre el paisaje, verá cómo, poco a poco, todo vuelve a su ser: la lámina del lago recupera su perfecta horizontalidad tranquila; el reflejo de la arboleda en torno se aquieta y muestra la imagen inversa del bosque que se asoma al espejo de agua; las nubes, perezosas, recorren sin prisas el fondo azul, y todo es quietud.

Hasta que una nueva pequeña gota, que se ha ido formado por condensación, se descuelga como sin prisas desde una rama angulosa, cae sobre la superficie del agua recién sosegada, rompe su equilibrio, y el observador se queda fascinado, viendo, de nuevo, los círculos concéntricos como mínimas réplicas de un movimiento sísmico en miniatura.

Si una gota de agua puede captar la atención del caminante y fascinarle hasta perder la noción del tiempo, como ocurrió al monje Virila al oír canto de un ruiseñor, habrá que dar fe a lo que dice Giner de los Ríos cuando afirma que a la contemplación de un árbol podría dedicarse la vida entera.

miércoles, 27 de agosto de 2025

Placeres veraniegos, 3. Merodeos.

 


No sé si hablar de “merodeos”, referido a mi vagar por los caminos del monte, es muy apropiado. Más bien, todo lo contrario, ya que un servidor no es un merodeador, según lo define la R.A.E., sino un inofensivo jubilata rompe-suelas, bien alejado de la mala intención del maraud francés, del que deriva el término español.

A decir verdad, eso de vagar por ahí con fines no confesados, a ver qué atropa uno al descuido, no es la finalidad de mis caminatas. Un servidor, aparte de comer alguna mora de las matas del camino, o alguna ciruela silvestre, o alguna manzanita de maíllo silvestre, que ya empiezan a estar en sazón, no se apropia de propiedades ajenas. 

Sepa el lector que las frutas antedichas son dones gratuitos de la madre naturaleza, bienes mostrencos de libre disposición para quien quiera o sepa usarlos. Es más, a veces, un servidor tiene que soportar que los perros guardianes de las fincas le ladren si se acerca a una distancia tal del límite de la propiedad que el can considere que el paseante está extralimitándose por exceso de proximidad.

Es lo que suele ocurrirme cada vez que paso por la finca donde se guardan yeguas con sus crías y los terneros. Allí hay un tropel de perros de todo pelaje que enseguida se alborotan. Claro que la culpa la tiene un perrillo mil leches, cobarde y ladrador, que tiene un ladrido estridente y agudo. 

Bastante antes de yo doblar el camino para llegar ante la puerta, el individuo oye mis pisadas o me huele la sobaquina caminera y alerta a toda la tribu perruna. Corre desaforado hacia mí, a grandes ladridos, pero sin salirse de la cerca, que no se atreve de puro canijo que es. Hace, como quien dice, tirar la piedra y esconder la mano; esto es, incita a la agresión, pero él se esconde. Los demás, que andaban cada cual a sus quehaceres, al grito de alarma, se encrespan y organizan un desconcierto de ladridos. Corren de un sitio a otro, a ver por dónde entra el invasor en su vedado, y alborotan medio valle desgañitándose a puro ladrido amenazante.

Lo que peor llevo es que hay un viejo mastín que conozco desde hace unos diez años y él me conoce a mí, aunque hace como si yo fuera un extraño merodeador y sospechoso cuatrero. Pues bien, este viejo perro pastor, por achaques de la edad, está tumbado, adormilado, quizás soñando con el reposo eterno en el Walhalla perruno. Los chillidos desaforados del mil leches le sobresaltan, sale de sus sueños caniculares y levanta la cabeza, un poco apamplado, mirando a todos lados, como diciendo: ¿¡¡¡Qué pasa!!!? ¿¡¡¡Qué pasa…!!!? ¿¿Por dónde, por dónde viene el lobo…?? Me ve a mí pasar por el camino, sin ánimos de merodeo, sin salirme de la recta vía del viandante, pero el cabrón va y me ladra.

Eso a pesar de tantos años pasando por delante, como pacífico caminante que hace su camino sin meterse en propiedades que le son ajenas. Aun así, el viejo mastín se levanta con torpeza, me mira fiero, avanza unos pasos y lanza sus ladridos profundos, con voz gruesa, como de traga lobos. Una vez que ha cumplido con su deber, me mira indiferente, sin prestar atención al mudo reproche que yo le hago desde el otro lado de la alambrada, dolido por su agresividad injustificada tras tantos años de ocasionales reencuentros. Total, se da la vuelta y busca una sombra bajo la que recostase. Yo sigo mi camino de viandante, sobre mis viejas botas camineras.  

A lo que íbamos. Si he de ser sincero con el improbable lector, lo de merodear se me ocurrió como sinónimo de caminante que deambula sin objeto definido. Lo hice para poner en marcha este texto, que no sabía bien ni cómo iniciarlo, ni qué puñetas decir para que el lector decidiera que merecía la pena ser leído durante diez minutos, que es lo que dura la vida efímera de las entradas en esta bitácora.

Total, que si no merodeo – lo cual está feo en un hombre de mi edad –, deambulo. En cuanto al texto que precede, iniciarlo tirando de una palabra a la que se le fuerza el sentido, es recurso (me parece) de mal escribidor. Aunque en los viejos talleres de escritura creativa que un servidor hacía allá por el siglo pasado, era recurso permitido si con ello se logra poner en marcha la imaginación y desmadejar el ovillo de un pequeño relato que entretenga al personal.

Si la función crea el órgano, aporrear la tecla sin saber bien qué se va a decir, trae como consecuencia lo que el paciente y siempre grato, aunque improbable lector, acaba de leer.

Hos ego versículos feci…

domingo, 6 de julio de 2025

Placeres veraniegos, 1.- Lecturas.

 


Confío en que el improbable lector de esta bitácora no haga lo que este jubilata hace con cierta frecuencia: volver sobre lo que un día escribió, a ver cuánto ingenio había en lo escrito antaño. Y, lo que es peor, congratularse de su habilidad como plumífero internauta. Son vanidades que, para quien va para ochentón, están fuera de lugar y evidencian una necedad autocomplaciente más propia de individuo con aforamiento y cargo público.

Lo digo porque en la entrada anterior de esta bitácora, por pura autocomplacencia, dejé una serie de textículos (o breves textos – lo aclaro por los equívocos sicalípticos a los que pudiera dar lugar –) donde hacía exhibición de cierto ingenio para escribir micro relatos. Exhibición que, ya se habrá dado cuenta el improbable lector que los haya leído, no era más que una artimaña para ocultar la falta de facundia imaginativa y salir del paso dando una larga cambiada. Esto es, que no lograba encontrar asunto sobre el que escribir y quise dar gato por liebre al paciente lector colándole textos (textículos, puesto que son micro relatos) de antaño en la bitácora de ogaño.

Dicho lo anterior para descargar mi conciencia de plumífero de medios pelos, ahora sí me gustaría hablarle al lector improbable, paciente y sufrido, pero más majo que las pesetas (locución en desuso), de los pequeños placeres veraniegos desde Rascafría, donde nos refugiamos de los calores madrileños.

Este jubilata, siendo niño escolar de internado, oyó en cierta ocasión contar a un profesor lo siguiente: Que Salvador Dalí, amigo de experiencias oníricas, como buen surrealista aparte de estrafalario personaje, tenía por costumbre dormir la siesta sentado a una mesa de mármol. Sujetaba entre los dedos índice y pulgar de su mano derecha una cucharilla de café y, cuando el sueño le vencía y perdía la consciencia, la cucharilla caía sobre la superficie de mármol y producía un ¡Cling! cantarín que lo despertaba. Era una fracción de tiempo entre el sueño y la vela que le proporcionaba un sutil placer al sentirse en ese mundo indefinido entre la ensoñación y la realidad, entre la inconsciencia y el brusco despertar, sin saber por qué mundos vagaba su mente.

Un servidor no llega a tanta sutileza sensorial, pero también a veces y contra su voluntad, dormita con un libro en las manos, lo que le produce una sensación placentera porque parece que su mente oscila entre Orfeo y Atenea. Es ese momento imperceptible en que se caen los párpados, y las letras del texto empiezan a emborronarse y parecen corretear sobre la página del libro como hormiguitas atareadas. 

Los ojos se añublan y se cargan de un sueño que se ha colado de rondón entre la pupila y el texto, y sientes cómo el libro se te desliza de entre las manos. Éstas van descendiendo hasta apoyarse sobre tus piernas y un último girón de consciencia hace que aferres el libro para que éste no resbale y caiga al suelo. Si lo consigues. Esto es, que el libro no se deslice de entre las manos y caiga al suelo con estrépito y te sobresalte el ruido, caes en un sopor próximo al trance místico.

Es decir, de forma imperceptible has pasado del mundo real en el que te percibías leyendo; del mundo paralelo que fluía de la lectura y captaba toda tu atención hasta el punto de casi olvidar la realidad de saberte lector leyendo, a un mundo sin constancia física de tu cuerpo, adormecido sobre el sillón de lectura. Estos momentos, que a veces se dan, son lo más próximo que un mortal, instalado en la sociedad de ocio y consumo, alcanza del trance en que caían los místicos.

Y cuando uno despierta y se da cuenta de que no es más que un lector somnoliento, lamenta, y hasta se avergüenza un poquito, de esa falta de atención de la lectura y lo achaca, no a la falta de interés de lo leído, sino a las debilidades propias de la edad provecta. O sea, al puñetero hecho de ser un viejo lector incapaz de prestar una atención continuada a su lectura. Claro que, en el fondo, al salir de ese estado de semi inconsciencia, uno recuerda con agrado esos minutos de ensueño y hasta le viene a las mientes - vaya usted a saber por qué – aquello de San Juan de la Cruz cuando nos dice:

Entréme donde no supe

y quedéme no sabiendo,

toda ciencia transcendiendo.

Yo no supe dónde entraba,

pero cuando allí me vi,

grandes cosas entendí…

En fin… Los pequeños placeres del verano y sus lecturas…

lunes, 26 de agosto de 2024

Verano en el valle, 3. Fragmentos camineros.-


En estas calurosas tardes agosteñas dedicadas a la lectura, he leído algún artículo sobre esa enorme obra literaria del escritor Andrés Trapiello, quien viene publicando su
Salón de los Pasos Perdidos desde 1990. Según entiendo, es una recopilación de sus diarios personales y literarios y que terminan siendo novela una vez expurgados los textos personales sin interés para el público lector. Una especie de caudaloso río literario que, suponemos, tendrá fin cuando el escritor finiquite su vida, por aquello de Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir, tan manriqueño.

Este jubilata no tiene un río literario caudaloso, pero sí sus diarios personales comenzados con el siglo presente, que no merecen la atención del leedor, ni van a él dirigidos, pero que en esta ocasión servirán de excusa para una parrafada en esta bitácora. Por eso, sin que sirva de precedente ni ganas de molestar al improbable lector, entresaco algunos de los textos que he ido escribiendo en estos días veraniegos en el valle y los dejo aquí, a la vista de los ojos ociosos que quieran distraerse un rato.


Junio, jueves 20.- Esta mañana, con las nubes amenazando lluvia y ya descargándola cuando regresaba a casa, he paseado hasta los Batanes y he dado la vuelta al pequeño lago artificial, pasando por el “bosque del Rotario” con su curiosa estatua metálica de ruedas horizontales ensartadas en su eje vertical. Cada pequeño recodo del sendero en torno al lago me permitía una vista de su superficie que mostraba ligeras variaciones del conjunto, con su lámina de agua donde se reflejaba el bosque del entorno y el azul del cielo acosado por los nubarrones.

Observaba la superficie del lago, tersa, a modo de espejo donde se reflejaban árboles y cielos, cuando una carpa ha saltado y ha dado un coletazo para hundirse de nuevo. Esa leve vibración ha sido suficiente para que la lámina líquida se rompiera en círculos concéntricos y quebrase la imagen de la arboleda frondosa y el azul del cielo atrapado entre nubarrones. Romper el paisaje reflejado sobre el agua ha producido una impresión próxima al cubismo que fragmenta la imagen para que nos demos cuenta que la naturaleza no tiene la uniformidad de una pintura sobre una tela.

Julio, sábado 20.- “¿Sabías que nuestras gallinas escuchan música a diario? Desde rock & roll, pop y salsa hasta la tradicional ópera. Gracias a estas melodías nuestras gallinas viven tranquilas y felices”. Lo pone en una caja de huevos que compré en el súper Mirasierra. Las estupideces de la publicidad mercantil, con su buenismo animalista y sensiblero, son difícilmente superables. A saber lo que pasará por el pequeño cerebro gallináceo cuando escuche las músicas que los humanos le obligan a oír para aumentar la producción de huevos.


Agosto, domingo 25.- Otro de mis rincones favoritos, bien cerca del Paular, es la pradera junto a la ermita de la Virgen de la Peña. Eso mientras la gente en masa siga ignorando su existencia y no vaya a patear la placidez del lugar. Dando una caminata sin prisas por los caminos que salen desde las Suertes hasta las Presillas, he cruzado la carretera junto al comienzo del Palero y he entrado al recinto. 

Por allí estuvo la señora Ayuso, cortejada por las autoridades civiles y eclesiásticas locales, a hacerse la foto el día de la inauguración y dejaron instalado un cajón en forma de casita donde hay un par de docenas de libros a libre disposición de los lectores. Tomo uno de relatos sobre la Sierra y leo sentado en un banco hecho con medio tronco de árbol. Incómodo pero romántico el lugar, a la sombra de un gran castaño, con la ermita frente a mí y el pequeño embalse a mi espalda.

A pesar de que sé que estos lugares, hasta ahora recónditos, no están hechos para mi particular disfrute, tras un buen rato de lectura, como aparecen dos mujeres ciclistas y le dan a la cháchara sentadas sobre el murete de la presilla, para mí se acabó la tranquilidad. Dejo el libro en su sitio, me calo el panamá, requiero mi bastón caminero, estiro un poco mis lumbares agarrotadas durante el asiento en el romántico, pero jodidamente incómodo banco rústico, y me largo con pasito de jubilata ocioso.

Julio, miércoles 24.-  Por caminar con la fresca, no hago pereza y a las ocho ya estoy en camino. Decido subir al pinarejo que está en el camino hacia la Cabeza del Robledo y me acerco a la Peña Grande, desde donde hay unas vistas magníficas sobre el Peñalara y la Cuerda Larga. Ladera adelante, termino saliendo al camino que lleva a la pasarela sobre el Aguilón y me siento a la sombra del fresno junto a la orilla. El caudal del arroyo ya ha menguado respecto a estas semanas pasadas.


El lugar es vado por donde cruzan las vacas que vienen de pastar y van a sestear al cercado de junto al puente. Las observo. Pasan con paso prudente para no torcerse las patas sobre la superficie resbaladiza. Pero primero me observan, por si acaso no les merezco confianza. Comprobado que soy inofensivo, atraviesan el arroyo dando traspiés sobre las piedras pulidas por la corriente. Una de las vacas, casi en la orilla, me mira y defeca sobre el lecho del arroyo. De las que siguen, una se para a beber agua muy cerca de donde su compañera dejó la plasta.

Agosto, viernes 16.- Acabamos de volver de Madrid y Rascafría es un hormiguero de coches circulando por callejuelas cuyo trazado y dimensiones estaban pensados para que pasasen por ellas los carros y el ganado, desde la Edad Media hasta que el honrado pueblo celtibérico se bajó del burro para montarse en el 600 en los años del desarrollismo; y actualmente lo usa hasta para ir a mear.  Tras un breve incidente con otro vehículo que venía de frente y que casi no nos deja llegar hasta casa, logro aparcarlo cerca y descargarlo. Como es habitual, por ese sentido de la utilidad que tiene Teresa, venimos bien cargados de mil cosas “necesarias” y me toca subir toda la impedimenta.

Agosto, sábado 24.- Uno de los lugares más hermosos para aislarse y disfrutar de la vista de la montaña es la ermita de Santa Ana. Sentado en uno de los dos poyos de su fachada, está el impresionante macizo del Peñalara al frente, seguido de la cuerda de los Carpetanos. Allí he pasado media hora dedicado a contemplar aquel paisaje, con la mente en blanco.


Yendo hacia el camino que lleva a Alameda, en el secarral de la dehesa, la vacada sestea a la sombra de los chopos y parece esperar a que crezca la hierba, tan reseca y rala que no sé qué provecho sacan de ella. Un ternero de pocas semanas está tumbado en medio del camino, y su madre, a poca distancia, parece absorta en sus pensamientos vacunos, pero no le quita ojo. El caminante da un rodeo para no asustar al ternero y poner en guardia a la madre, que estas hembras suelen ponerse irascibles si alguien molesta a sus retoños. Un poco más allá, otra vaca lame maternal y concienzudamente a su cría, primero un lado de la cara hasta llegar al ojo, luego, el cuello. El ternero se deja querer y hasta jira su cuello cuando se ve ya suficientemente chuperreteado por aquel lado, para que mamá vaca le lave el resto de la cara a puros lametones .


Agosto, lunes 26.- Una proeza que me tiene más contento que unas pascuas. Casi sin proponérmelo, o, digamos, auto engañándome, diciéndome a mí mismo que no iba a subir, pero subiendo como sin querer darme cuenta, paso a paso trepo toda la pendiente del cerro Cabeza del Roblero. Salí de casa a las 08:30, y poco después de las 10, corono la cabeza del cerro. Desde la roca que sirve de asentadero en la cumbre, disfruto de las vistas de Peñalara al frente, la Cuerda Larga a su izquierda, hasta los cerros próximos de la Morcuera, cercanos a donde yo estoy, y los Carpetanos a su derecha. Ante mí, al fondo, el valle de Lozoya con su boscaje de robledo y pinares en todo lo que alcanza la vista, la esbelta torre del monasterio del Paular y el caserío de Rascafría. Todo el paisaje para mí solo, para compensarme del esfuerzo por subir hasta allí arriba, jubilata jubiloso por estar en posesión de todas sus fuerzas, por lo menos el día de hoy. Mañana renquearemos, pero de eso hablaremos mañana, si se tercia.

A las 10:30, por la otra vertiente, la fácil, aparece un coche que sube por la corta pista que viene desde la carretera de la Morcuera. Es la bombera que vigila toda la zona desde este observatorio. La saludo y ella se sorprende de ver a un tipo por aquellos andurriales y a aquellas horas, pero no se incomoda con mi presencia. Abre la caseta, riega la planta de albahaca que tiene en un tiesto, echa un poco de agua sobre una roca plana junto a la puerta (“Es para que beban las avispas”, me dice), coge un cepillo y se pone a barrer el suelo del pequeño refugio. Mientras, ha conectado la radio para estar localizada y todos sus compañeros de guardia (ellos y ellas) van saludándose desde los distintos puntos de observación.

Yo le he dado una breve conversación amistosa, le he explicado de dónde venía y a dónde me dirigía, para su tranquilidad, y me he despedido pasado un tiempo prudencial. Me tiro ladera abajo, por una pendiente muy inclinada, buscando los arroyos (en este tiempo, secos) que tributan en el Aguilón. No he visto ganado ni jabalíes, como el otro día al atravesar el robledal. Allá abajo, sentado a la sombra del fresno de mis descansos cuando recorro aquellos parajes, con el arroyo corriendo a mis pies, como un trozo de pan duro con chocolate y una pieza de fruta que lavo previamente en el arroyo. 

El regreso, por los caminos habituales. A la una ya estaba en casa después de darle a la zapatilla en solitario, durante 15 kilómetros, monte arriba, monte abajo.

jueves, 11 de julio de 2024

Verano en el Valle, 1.- Vacaciones.

 


Decir que un jubilata está en vacaciones es lo que en lógica formal se llama una petitio principii; digamos que es una especie de reduplicación que se retroalimenta: Lo propio del jubilado es vacar. Que las vacaciones sean veraniegas no hace más que reforzar el argumento de la ociosidad del jubilata. 

Aunque, si hemos de ser justos con el gremio jubilar, éste no pasa su vida inútilmente y mirando las musarañas, sino que desarrolla una actividad doméstica doblemente beneficiosa para la sociedad marital: por una parte, se ocupa, a pachas con la cónyuge, del mantenimiento de la casa; por otra, en cuando estorba y no sabe qué hacer de su persona, la santa le manda a la compra y lo pierde de vista durante un cierto periodo de tiempo. Bueno para la convivencia: él se siente útil y ella tranquila.

En uno de esos mandados, estaba yo en la frutería de Mohamed repasando la nota de la compra. En una conjunción de casualidades, bastante habitual en la sociedad multicultural que vivimos, coincidieron en la tienda dos rumanos (un hombre y una mujer), dos marroquíes y un natural del pueblo, y un servidor. Dos cosas tenían en común: que se comunicaban en español y que hablaban con satisfacción de los éxitos de la selección española en la Eurocopa. Allí, el único verso, no sé si libre o disonante, era yo que de fútbol no entiendo ni me intereso. Ignorado por los presentes, que estaban enfrascados en su tertulia, hice mi compra, pagué y dejé de existir como ser social en aquel pequeño grupo. Nadie me hizo puñetero caso.

Y es que lo mío es la soledad del monte y el silencio del bosque. No es que sea un ser antisocial. Digamos que, por las aficiones que manifiesto, soy un tipo un tanto “peculiar” – a lo mejor, tirando a “rarito” – con esas pequeñas manías de viejo que el tiempo ha ido consolidando y hasta fosilizando hasta convertirlas en hábitos de conducta. Hábitos tan inofensivos como de difícil comprensión para la gente que acostumbra a socializar en la terraza del bar mientras toma una cerveza. Y, como uno, a estas alturas de la vida, no va a aceptar como fracaso vital lo que no es más que rareza de jubilata, pues se conforma y sigue su camino. O más bien, caminos. Los del robledal y los pinares en torno a Rascafría y los pueblecitos del valle que están al alcance de mis botas camineras, cada vez con menos autonomía de vuelo.   

Pero no crea el improbable lector que voy a ponerme lírico, bucólico o poético para que todos sepan de mi especial sensibilidad por la madre naturaleza. Es que también ésta tiene sus puñetas y no todo el monte es orégano ni es un plácido Titire, tu patulae recubans de églogas virgilianas. A veces, en lugar del pastoril caramillo, es mejor ir prevenido con una garrota al pasar cerca de alguna finca guardada por perros. Como es el caso cuando recorro los caminos por el lugar de nombre Mata Vedada y paso delante del cercado donde guardan yeguas con sus crías y terneros.


Allí, como siempre que paso, me sale al camino el mastín a ladrarme, y llevamos varios años así. El condenado perro no quiere reconocerme como pacífico paseante habitual y protesta por mi presencia en sus dominios.   Me he dado cuenta que el animal no se entera de mi paso hasta que un perrillo ladrador que hay en la finca, siempre da la señal de alarma con ladridos agudos. En cuanto oye la alarma, el perrazo sale de en medio del ganado a todo correr y ladrando con esos ladridos graves de perro guardián.

Seguimos el rito: él corre hacia mí y se para a prudente distancia, mientras yo camino deprisa para alejarme; él se da vuelta y vuelve a la carga abriendo las fauces ladradoras y enseñándome los dientes entre sus belfos babeantes y yo, por si acaso, estoy con mi espanta-perros en la mano, por si no respeta las distancias. Y así, cada vez… Es un juego un tanto estúpido, porque siempre llevo el aparato espanta-perros que compré hace años y, si sobrepasa la distancia de seguridad, le envío una pequeña ráfaga de ondas que solo perciben los perros y les irrita, obligándolos a mantener a distancia prudente. Él no acepta mi estatuto de libre caminante y yo le castigo solo un poco, lo suficiente como para que se vaya. Ambos volvemos a nuestras tareas, él con la satisfacción del deber cumplido y yo con la de caminante a mi libre albedrío.


Pero no siempre uno se sale con la suya. La otra mañana iba yo de conversación por el camino con un paisano que iba a ver un cercado suyo. El camino era estrecho, entre una tapia de piedra y una alambrada de púas. Frente a nosotros, con andar pausado, venía un toro charolés. Por lo menos eran quinientos kilos de masa de toro con todos sus atributos y pasar por su lado suponía casi rozarlo. Tenía una testuz que imponía respeto y un gonadario como para no buscarle las cosquillas. El paisano, habituado al tratar con el ganado, intentó que aquellos quinientos kilos de músculos se dieran la vuelta y nos dejaran el paso libre, pero el bicho no estaba dispuesto a ceder el paso a los bípedos que entorpecían su camino y nos miró de malas maneras.

Con buen criterio, mi acompañante me hizo retroceder y buscamos un cercado donde refugiarnos hasta que aquella mole pasó por nuestro lado y nos miró con la indiferencia que puede mostrar un elefante ante una hormiga. Fue un poco humillante, pero vale más tragarse el orgullo que recibir un topetazo de un bicho que no atendía a razones.

Pero no sólo por los caminos del monte, también en el pequeño jardín que rodea nuestra casa de verano tengo algunas peleas con el mirlo que anida por allí cerca. Es una dura competencia por ver quién se come las guindas que van madurando, por las frambuesas y las fresas que crecen en las matas pegadas al muro. En general, él es más hábil, pero yo soy más rápido y nunca hemos llegado a un acuerdo para un reparto equitativo en proporción al peso o la estatura. Y, por si fuera poco, últimamente ha aparecido por allí un zorzal que, aparte de darse un atracón de caracoles, me picotea las fresas y me las deja inservibles.

Verdaderamente, la vida es una lucha continua por la supervivencia. Incluso para un jubilata en vacaciones.

 

viernes, 1 de septiembre de 2023

Caminos, 3. Huellas.-

 


Quien inventó la palabra “basuraleza” sabía bien lo que se decía al definir esos paisajes salpicados de pequeñas basuras que los humanos dejamos como un rastro de nuestro paso por la naturaleza. El caminante, en su deambular, se desplaza por un paraje naturalmente hermoso pero que se advierte un tanto descuidado. Para quien camine y no observe, el lugar está aparentemente limpio, a condición de no prestar demasiada atención a las pequeñas basuras diseminadas por el entorno. 

A cada paso que el caminante da, o a cada vistazo que echa en torno al camino que sigue, encuentra el suelo tachonado de pequeños residuos en proceso de degradación, tales como plásticos, envases, bolsas, envoltorios, tampones usados, un pañal con las cacas del niño, vidrios, latas, papeles pringosos o no, clínex que señalan descargas de vejiga, mierdas de perros, colillas…

Todo ello diseminado un poco por todas partes, entre las hierbas agostadas del suelo, entre los matorrales, agarrado a las ramas bajas de la maleza, sin formar montones de residuos, sino extendidos por el entorno al alcance de la vista. Es como si un sembrador los hubiera diseminado al azar, lanzándolos con la mano para extenderlos como si se tratara de una sementera de desechos de materiales que en su día fueron objeto de consumo y hoy ya son inservibles.


Nunca, en estos años pasados, se me había ocurrido pasear por el sedero junto al arroyo de la Saúca en Pinilla del Valle. Trascurre paralelo al arroyo, protegido por los grandes y viejos chopos que sombrean el lugar, hasta el túnel bajo la carretera y que lleva del otro lado, donde llega el camino que baja del puerto de Malagosto. Aunque el arroyo ya baja casi seco, tiene tramos con agua que aún se mantiene viva y su vista alegra la placidez del lugar, dándole esa sensación de frescor que se defiende, gracias a la espesura de la vegetación, de la canícula sin tregua de este verano inclemente que estamos padeciendo. Eso hasta que uno se topa con la “basuraleza”, esa mezcla de cochambre, fruto de la desidia humana, y paraje natural mancillado.

Estos de agosto no son días para hacer grandes marchas a causa del calor, así que doy paseos que pueden llevarme unos ocho kilómetros entre ida y regreso, por caminos llanos, para volver pronto a casa. El de hoy me ha llevado a Pinilla, que es un paseo de unos 4 kilómetros desde Rascafría. Pero como me ha sabido a poco, recorro el pueblo por las afueras, junto al arroyo, hasta dar con un sitio de una belleza agreste, como la de lugar abandonado por los humanos cuando dejó de ser útil a sus necesidades de vida rural: En una pared de piedra, un caño seco, y a sus pies un abrevadero en tres cubetas horizontales toscamente labradas en buen granito. Al lado del abrevadero, un par de mesas de piedra absolutamente rústicas. Los tableros bien podían tener medio metro de grosor, sin tallar, apoyados sobre pies derechos, también de granito apenas desbastado, con unos bancos de la misma materia sin apenas trabajar. Allí leo un par de capítulos del Elogio del caminar de Le Breton por el simple placer de la lectura en solitario, en silencio, en un lugar agreste y umbrío, aunque descuidado.

Hay, entre la civilización rural/urbanizada con sus buenas casas de verano y sus calles limpias y bien pavimentadas, por un lado, y por otro el campo con sus prados, delimitados por viejas paredes de piedra rústica, y su arboleda, un lugar de nadie como aquel donde yo estuve. Un no lugar, que diría Monsieur Augé, que los humanos anónimos no identifican ni como el pueblo donde viven, ni como la naturaleza del entorno, sino justamente una frontera imprecisa entre ambos y lejos de los servicios de limpieza municipales. Allí, el bípedo anónimo va diseminando las pequeñas cochambres que, en su efímera vida útil, han sido recipientes, envoltorios u objetos de usar y tirar.


Por olvidar situación tan lamentable, callejeo por el pueblo y me paro ante la pequeña estatua en bronce, levantada en homenaje al hombre del campo. En su pedestal, una poesía de Vicente Alexandre:

Sobre esta cima solitaria os camino

campos que nunca volveréis por mis ojos.

Piedra del sol inmensa, entero mundo

y el ruiseñor tan débil 

que en su borde la hechiza.

Desengáñate, improbable lector: no es lo mismo dejar la huella de tus pasos en el camino que cocear un paisaje.

 

 

viernes, 23 de julio de 2021

El verano en el valle, 2. - Puertas al campo.


Hace ya varios años, abrí un archivo fotográfico para coleccionar imágenes de puertas y ventanas. Normalmente, correspondían a viejos edificios, a veces abandonados o semi ruinosos, que tenían el encanto de las cosas caducas, olvidadas y como detenidas en el tiempo. Son imágenes que he ido captando un poco al azar y a capricho, sin un plan preconcebido, y no importa dónde: en viajes por el extranjero, o por todos los lugares de España que hemos visitado o pasado de camino.


Aquí, en el valle de Lozoya, también he encontrado lugares olvidados donde me ha llamado la atención alguna ventana desdentada, cerrada con una reja rústica y adornada con un tiesto desportillado. O algún pajar, tan abundantes por estos pueblos, con su gran portón cerrado con un cerrojo hecho a golpes de forja, o claveteadas sus tablas con esos clavos gruesos que se hacían en la herrería.


Dentro de esa curiosidad, algo me ha llamado la atención últimamente en mis paseos por los caminos del valle: son esas puertas de acceso a los prados. Puertas que no se ajustan a una modalidad definida, a un estilo propio y común de la zona, sino cuyos elementos se basan en la pura improvisación y en la utilización de recursos de desecho: objetos que tuvieron, en general, un uso doméstico y fueron sustituidos por nuevo mobiliario más confortable. Lo que me recuerda ver en muchos prados carcasas de frigoríficos usadas como pesebres, o viejas bañeras que sirven como abrevaderos.

Pero, es de las puertas puestas al campo de las que quiero hablar hoy. Si el caminante tiene la curiosidad de observarlas, no tiene más que pasear por el camino natural que recorre los pueblos del alto valle de Lozoya, que nace cerca del monasterio del Paular. 

Si está sobrado de tiempo y gusta de la naturaleza, podrá pasar por Rascafría, Oteruelo, Alameda, Pinilla, Lozoya… Y si se ha equipado de un bocadillo, fruta y agua suficiente – y ha madrugado –, puede llegar al Cuadrón, a 34 k. 

V


Verá, a derecha e izquierda del camino, gran cantidad de prados con la hierba recién segada y observará, si siente curiosidad, que los accesos no hay dos iguales, aunque los elementos de cierre suelen ser los mismos: viejos somieres, cabeceros de camas, alambres, tubos, restos de puertas de cuadras, trozos de carteles anunciadores… Pero, sobre todo, somieres de camas que fueron lecho de las gentes de esta zona durante generaciones y que terminaron reutilizados como cierres del prado familiar.


Es lo que mi amigo Juan llama “la civilización del apaño”. Objetos que dejaron de ser útiles y, no implantada aún la sociedad de consumo con ese afán posmoderno por comprar, usar y tirar, comenzaron una nueva vida útil fuera de su primigenia utilidad. Todo es aprovechable mientras cumpla una funcionalidad. Así, con un viejo somier se puede apañar una puerta, con un frigorífico sin puertas y tumbado, se puede hacer un pesebre para el ganado, con una bañera desportillada, un abrevadero para las vacas. Con una cuerda de las de atar las alpacas de hierba, un cierre para sujetar la portilla, de forma que el ganado no se cambie de finca.


La escasez de recursos, la necesidad de reutilizar lo aprovechable y la propia inventiva de las gentes del campo, hicieron que las fincas donde se guardaba el ganado tuvieran su buena (buena por útil y económica, no por su valor estético) puerta atando un somier a un poste clavado junto a la tapia de piedra. Y aun siendo el material tan común, es un entretenimiento para el viandante observar la variedad de cierres de fincas que, utilizados los mismos materiales y cumplido el mismo objetivo, difieren con una estética de la chapuza bien apañada, digámoslo así, que le da cierto toque personal a cada una de ellas.

Por eso, esta vez, quedan aquí unas muestras fotográficas. Para que se vea que nuestros objetos domésticos pueden tener una nueva vida útil, y que éstos dejan su impronta de tosca estética por los campos.

jueves, 27 de agosto de 2020

Viandar (Estival, y 4)


Los poetas tienen esa extraña familiaridad con la lengua que les permite recurrir a palabras no usadas para dar forma a sentimientos que el resto de los mortales expresamos de forma más llana. Es el caso del “Viandar” que encabeza esta última crónica estival.

Yo, amante del viandar en jornadas duras, sobre nieves invernizas y bajo soles de estío…, dice Enrique de Mesa, el poeta de la Sierra, en sus Andanzas Serranas. Este jubilata también es amante del viandar por los robledales (la edad, paso a pasito, le va alejando a uno de las cumbres), siguiendo las viejas sendas semi ocultas que fue abriendo el ganado desde los prados altos donde pasta y rumia hasta los arroyos donde bebe.

No sólo son los caminos que pueden recorrerse con las botas camineras. También son algunas lecturas de quienes anduvieron antes que nosotros por estas sierras, las que alimentan ese afán por adentrarnos en la naturaleza. Así, los que tan solo somos caminantes de lengua pedestre, conocemos los paisajes a través de ojos ajenos, de quienes supieron mejor expresarlo.

Mientras transcurren las horas soleadas de la tarde agosteña, con un libro en las manos, Antaño, en mis viajatas de peón, arboledas, campanarios y cerros esperábanme en lejana quietud desesperante, dice el poeta de sus experiencias En el Camino. Yo, desde el sillón que uso para las lecturas, trato de imaginar su viaje poético hasta el monasterio de El Paular, donde Mesa acostumbraba a alojarse en la celda que fue del monje archivero.

Pino de cumbre, alma sola sobre las multitudes, corazón sin ruindad ni bajezas, mereces que un alto poeta cante tu vida brava. No quisiste ser como todos; ansiaste algo más, y un anhelo noble y puro te empujó de la cañada al canchal, así le hablaba el poeta a ese pino solitario, aferrado a la resquebrajadura de la roca. 

Quizás, pienso, con escarmiento y escaso espíritu poético, en la actualidad, este pino de cumbre lo es no por su espíritu de soledad cartuja. Lo es porque huye de las multitudes domingueras que se desparraman por el fondo del valle y las orillas del sufrido Lozoya con sus coches y arreos de fin de semana: neveras, sillas plegables, toallas, envases, bolsas y botellas, plásticos mil, perros defecadores... Todo, en fin, cuanto facilite la vida del urbanita, necesitado de huir de los calores madrileños y poco acostumbrado a las molestias del monte (“Gocemos de las incomodidades del campo”, solía decir, irónico, nuestro difunto primo Paco).

En la orilla del Lozoya, un necio escribió.
Como en las despedidas – ésta lo es de nuestro verano serrano – vale más ser breve que prolijo, aquí queda lo que Enrique Herreros, montañero de pro, decía en un artículo del 19 de mayo de 1951, recogido en El sábado, a la Sierra: No “civilices” la Naturaleza con cascos de botellas, latas vacías, papeles grasientos, etc… No emborrones piedras ni tiznes con inscripciones absurdas los últimos reductos vírgenes que nos quedan en el mundo… La montaña, con sus silencios, con sus sugerencias, te irá enseñando poco a poco a encontrarse a ti mismo. Y cuando lo consigas la habrás encontrado a ella... Ha llegado el momento de poseer enteramente sus secretos, su poesía y su verdad. Serás un montañero.

Serás mucho más que un montañero. Serás, si te esfuerzas, un caminante que vianda la vida, toda ella transformada en paisaje …

lunes, 10 de agosto de 2020

Varia (Estival, 3).-



Pensaba haber llamado a esta tercera entrada estival “Hierofanías”, pero resultaba ser un derrape cultureta demasiado evidente. Aparte que han surgido otras curiosidades propias para ser registradas en esta bitácora veraniega.
Lo de hierofanías venía a que, entre las lecturas “serias” de las tardes calurosas, por contraposición a las “ociosas”, livianas y novelescas habituales, está la introducción a la versión francesa de Lo sagrado y lo profano, de Milcea Eliade (gracias por el envío, Chus), donde las hierofanías, según el autor, son la manifestación de lo sagrado en la naturaleza. La sacralización de elementos naturales (una piedra, un árbol, un bosque, un arroyo…) por parte del hombre, hace que éstos trasciendan su condición de “cosas” para ser manifestaciones de la divinidad y ejercer de puertas que comunican el mundo terrenal con celestial. La piedra sobre la que se recostó Jacob, mientras veía en sueños a los ángeles subir y bajar por una escalera al cielo, es un ejemplo que el autor pone. Al despertarse el patriarca, la unge con aceite y la declara lugar sagrado.
Pero el señor Eliade no sólo muestra esta condición en el hombre antiguo, no urbanizado y laico – digámoslo así –, en contacto directo con la naturaleza, sino en nuestra sociedad profana, racional y desacralizada. Dice de nosotros que tenemos un comportamiento “cripto-religioso”. Que, al fin, creamos nuestros propios fetiches a los que damos un valor pseudoreligioso (el término lo añado yo), en cierto modo sacralizado. Este jubilata piensa, inmediatamente en tantos objetos de consumo, sin cuya posesión, nos sentimos desnudos y como desamparados del favor divino, en este caso del Dios Mercado. Necesitamos poner nuestra fe en su posesión, uso y exhibición. El coche último modelo, grande, aparatoso y caro es un ejemplo obvio de objeto sagrado.
Pero hay otras formas de sacralización, profana o religiosa, que un servidor encuentra en sus caminatas campestres y que le han llevado al excurso anterior, y que eran la razón (o excusa) para esta entrada en mi bitácora. Hablaré de una que me impactó días atrás.
Próximo a la pasarela sobre el arroyo Aguilón (no daré más detalles, que luego se llena de urbanitas), hay un talud que sube hasta un antiguo camino abandonado que seguí hace un par de semanas. Éste lleva a otro que baja del puerto hasta el valle. Por allí cerca, en un cercado, encontré, junto a una roca que levanta como un metro sobre el suelo, un chozo cilíndrico, de pared en piedra levantada sin argamasa, al pie de un hermosísimo roble que daba al lugar un cierto aspecto numinoso. Sobre la roca, a modo de altar, habían puesto una cruz forjada en hierro (de unos 40 cm de altura), sujeta por un puñado de piedras, y a su lado, anclada a la roca, una placa con la siguiente inscripción:  
“… en la CRUZ,
heridos, nunca
dejamos de amar”
CRUZ DE MAYO 2017.
-….-
Y, debajo, el nombre de una persona que no viene al caso. Quizás es un cenotafio, quizás una conmemoración de otro tipo, pero con un trasfondo religioso evidente. Si aquel hermoso conjunto natural, levemente modificado por mano del hombre, no era una hierofanía, este jubilata tiene una sensibilidad enfermiza que le tiene vagando sin rumbo por los caminos y las trochas vacunas del robledal. Aquí la naturaleza abría una puerta en contacto con la divinidad; al menos, ese era el sentido que parecía transmitir quienquiera que levantó este rústico monumento. Tal como lo vio este jubilata laico, así lo cuenta, que de sacralizaciones no está muy al tanto. 
Y, además, otros asuntos sin relación causal ni afinidad con el anterior. Por eso, al epígrafe lo llamo “Varia”, porque así caben estas dos pequeñas lecciones que he recibido en el mismo día: una, de la crueldad de la naturaleza y la otra, de la estupidez humana. Lo cual está bien, incluso para personas de mi edad (ya 74 años), porque así no me permitiré la vanidad de suponerme de vuelta sobre las cosas de la vida, amparándome en la experiencia que da el paso del tiempo. La experiencia, ese peine que te dan cuando ya estás calvo, se dice con humor acre.
Lo relato tal como lo reflejé en mi diario:
Esta mañana he encontrado acurrucado en el quicio y al pie de la puerta de entrada, un pajarito ya cubierto de pluma (parecía una cría de un chochín común). Se había caído del nido, que está bajo el tejadillo que protege la entrada, entre la pared y una viga de madera. Tras volver del mercadillo con Teresa, encuentro otro también caído del nido, un poquito más grande. Intento darles miguitas de pan mojado con ayuda de unas pinzas de depilar, pero ni abren el pico – según leo, son aves estrictamente insectívoras –. Se lo digo a nuestra casera, por si me dejara una escalera para ponerlos en el nido. Pero, en opinión de María, que es una experta en aves y otros animalillos, puede que la madre los haya echado del nido para que sobreviva el resto de la nidada, puede que los hayan echado sus propios hermanos para disponer de más ración y así sobrevivir. La Naturaleza es cruel con los débiles y da lecciones de supervivencia con absoluta indiferencia. El débil pierde la vida por inanición o depredación, el fuerte sobrevive y se reproduce. El señor Darwin lo sabía.
En cuanto a la estupidez humana, es lección que más cuesta aprender, eso que se ven ejemplos a diario. Me cuenta Teresa que, en la parte trasera del ayuntamiento, donde tienen su habitual parlorio los chavales que allí suelen hozar su libertad y su derecho al ruido y alcohol por las noches, un barrendero municipal ha pasado el soplador para barrer las basuras que dejan éstos. Solo que el individuo ha empujado con el chorro de aire todos los envases y plásticos al lecho del arroyo, a pesar de los gritos de protesta de mi santa, quien se desgañitaba desde el balcón de casa, en frente.  ¡¡Y yo que, semanas atrás, había escrito al ayuntamiento para pedirles que mandasen limpiar el lecho del Artiñuelo, que se estaba convirtiendo en un basurero (como cada verano), y que recordasen que estamos dentro de un Parque Natural, que exige una especial protección…!!! Pues allí se puede ver a los veraneantes, tomando su cervecita en la terraza junto al arroyo, que sirve de basurero a sus pies.
Por último, en la calle Ribera del Artiñuelo, en su parte más alejada, había un viejo parque abandonado y cubierto de hierbajos, con matas de avellanos y endrinos, algunos fresnos y abedules que sobrevivían a la desidia municipal. En estos días han metido las excavadoras y lo han arrasado para, según todas las pintas, hacer un aparcamiento donde estacionar muchos, pero que muchos, muchísimos coches. Parece que dejarán de recuerdo una esquina del parque, donde hay una estatua sedente que representa a un viejo con boina y una vara en la mano, último representante de la Rascafría rural y ganadera. Indiferente al asfalto y el progreso, eso sí.
Por hoy, vale….