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domingo, 20 de noviembre de 2022

Cómo sobrevivir a la vejez sin morir en el intento.-

Aunque el viejo Heráclito sostenía que nadie puede bañarse dos veces en las mismas aguas de un río, lo cierto es que la vejez es un nadar en esas mismas aguas arriba en el río de la vida, contracorriente, y con un ojo puesto en la orilla. Llegada la edad provecta, uno quiere nadar en ese río que llamamos la vida y guardar la ropa, y a ser posible – la experiencia dice que no –, sobrevivir al No-Ser al que niega la existencia la escuela eleática. Pero se pone empeño en ello, y con ello vamos sobrenadando y sobreviviendo.

Viene al caso, casi, porque estos días pasados he estado leyendo la correspondencia entre Álvaro Pombo y su editor a propósito de un ensayo suyo aparecido hace unos meses: La ficción suprema. Un asalto a la idea de Dios. No es que un servidor sienta un interés especial por la obra del señor Pombo y su religiosidad poética. Es que mis últimas lecturas me han llevado por esos vericuetos, sobre la idea de la religión como agarradero del sobrevivir a la vida; aquella vida ultraterrenal que se forjan los humanos para sobrevivirse en el más allá. Lo que me ha llevado de Puente Ojea y su Fe cristiana, Iglesia, poder – puro racionalismo ateo – a la irracionalidad del sentimiento religioso. Como quien dice, un bandazo de babor a estribor mientras uno se aferra a la barra del timón para no naufragar.

In tempestate securitas, dice una pequeña moneda dorada que he encontrado en una cajita de tabaco olvidada en un armario desde hace años. En la cara de la moneda se ve un velero navegando seguro sobre un mar proceloso. En la cruz, un san Jorge alanceando un dragón con la leyenda: Georgius equitum patronus. Dadas mis preocupaciones (dicho sea sin alusión al sentimiento trágico de la vida, sino más bien a mi curiosidad de bípedo pensante) de estos últimos tiempos, los símbolos de la moneda de marras vienen a cumplir la función de metáfora. Uno sobrenada la vida que le queda buscando algunas seguridades que le mantengan firme sobre el puente, mientras alancea los dragones que le salen al paso cada mañana al levantarse. Y eso sin caballo, a pie quedo.

Dice el Sr. Pombo que se propone escribir un texto que titula Cuatro etapas o experiencias, de las cuales tres son simultáneas: las experiencias religiosa, ética y estética, y una cuarta que es cronológicamente la última, aunque simultánea a las anteriores en el momento actual: la experiencia de la vejez, la artrosis y la muerte. Lo de la artrosis dejémoslo en anécdota molesta; en cuanto a la vejez y la muerte, más que simultáneas son consecutivas. Aunque, visto desde la mirada optimista de Epicuro, cuando la segunda llega, la primera ya no está. Y a la inversa. Aparte que la segunda, según Saramago en su Las intermitencias de la Muerte, hay veces que olvida su condición predadora de vidas y un día se olvida de matar.

Claro que sólo la razón poética (supongo que el señor Pombo estaría de acuerdo) lo logra, según este hermoso – y un tanto extenso – fragmento de Las intermitencias… que reproduzco: La orquesta se ha callado. El violonchelista comienza a tocar su solo como si sólo para eso hubiera nacido. No sabe que la mujer del palco (la Muerte) guarda en su recién estrenado bolso de mano una carta de color violeta de la que él es destinatario, no lo sabe, no podría saberlo, a pesar de eso toca como si estuviera despidiéndose del mundo, diciendo por fin todo cuanto había callado, los sueños truncados, las ansias frustradas, la vida, en fin ... El solo ya ha terminado, la orquesta, como un grande y lento mar, avanzó y sumergió suavemente el canto del violonchelo, lo absorbió, lo amplió, como si quisiera conducirlo a un lugar donde la música se sublimara en silencio, la sombra de una vibración que fuera recorriendo la piel como la última e inaudible resonancia de un timbal aflorado por una mariposa.

... Al día siguiente no murió nadie.

Respecto a la experiencia mística o religiosa, siendo él (el señor Pombo) y yo niños criados en el nacional-catolicismo, el tránsito por ella era de obligado cumplimiento (aunque cada cual haya elegido su camino posteriormente). En cuanto a las experiencias ética y estética, puede que tengamos puntos de encuentro. Recuerdo lo que me dijo un peregrino en el refugio de Roncesvalles muchos años ha, que conocía a un tipo que había cambiado de chaqueta transitando de la ética a la estética sin pasar por la mística. Debía referirse a algún dirigente socialista de primera hornada que había cambiado la chaqueta de pana y con coderas por la amante jovencita y bien tetada y por la afición a la nouvelle cuisine.

Un servidor ha transitado en paralelo por la ética (cuyos valores aún le sirve de andaderas) y por la estética, que es un buen refugio para quienes no tenemos empuje para labrarnos un status por encima de la mediocridad de la clase media de medios pelos. Eres un esteta, solía decirme con ironía una compañera de trabajo. Yo acostumbraba, por las mañanas temprano, a ponerme música clásica en el ordenador en el silencio de mi despacho. Ella entreabría la puerta, asomaba la cabeza y decía su ironía entre risas. Yo no se lo tomaba a mal, pues ella era enlace de CCOO, acostumbrada a la brega sindical y poco interesada en los nocturnos chopinianos interpretados por María João Pires. A mí éstos me aliviaban de un trabajo vulgar y sin alicientes.

Somos conscientes de que sobrevivimos, y sobremorimos, que diría Unamuno, porque nuestra vista recorre el pasado con más intensidad que mira hacia el futuro y porque, además, el impulso vital nos lleva al acabose sin prisas y sin pausa. Mientras tanto, cultivaremos nuestro huerto con Cándido, con optimismo leibniziano, porque tout est au mieux, que decía Pangloss.

Y si no, al tiempo... 

sábado, 5 de octubre de 2013

San Fermín Txikito.-.

Pues resulta que la santa y un servidor hemos ido unos días a Pamplona, a visitar a la familia y ver qué colores les sacaba el otoño a los parques iruñeses y a las arboledas que orillan el Arga. Pero no contábamos con que en estos pasados días, finales de septiembre, se celebraba el San Fermín Chiquito en la Navarrería.
Es poco probable – a menos que conozca bien la ciudad y sus costumbres – que el improbable lector haya oído hablar de unos sanfermines chiquitos a principios de otoño. Como se trata de una curiosidad que da para hablar de ella en esta bitácora, pondré en antecedentes al lector ocasional, casual o improbable, pero siempre paciente.

Sepa, pues, el lector que en el barrio pamplonés de la Navarrería existe una iglesia bajo la advocación de San Fermín de Aldapa. Dicen que el templo se levantó en la misma casa donde nació el santo, vaya usted a saber. Lo que sí dice la arqueología es que en este lugar han aparecido los más antiguos vestigios romanos; el descubrimiento de un mosaico y los restos de unas termas así lo acreditan. También hay restos medievales en el subsuelo, de finales del S. XII, correspondientes a un palacio real construido por Sancho VI el Sabio sobre terrenos que le cedieron los vecinos a cambio de privilegios para la repoblación del lugar. A principios del S. XVIII se construyó el actual templo en estilo barroco y la fachada, historicista, es del XIX.

A este jubilata estas fachadas medio neorrománicas, medio neogóticas, con su mezcolanza de elementos ornamentales que lucen algunas iglesias pamplonesas le desbaratan el gusto estético. Pero a ver quién se atreve a decir nada cuando llega ante la catedral y ve ese monumental escenario, sólidamente neoclásico, que Ventura Rodríguez le adosó a la vieja fachada románica. De repente, todo el viejo barrio de la Navarrería pasa del medioevo al Siglo de las Luces y el visitante queda anonadado al ver aquellas columnas colosales soportando un frontón neoclásico tan sólido, macizo y sin fisuras como pretende serlo el dogma trinitario.

Pues eso, que San Fermín Chiquito es ocasión para que la chavalería disfrute de unas fiestas hechas a su medida. Por las calles desfilan gigantes, acompañados de dulzaineros y chistularis, y cabezudos (Kilikis, los llaman) armados de vejigas atadas a un palo, con las que dan zurriagazos a los críos que corretean por allí. También se hacen encierros, solo que los toros son máscaras de cornúpetas, montadas sobre una rueda de bicicleta y un manillar. Lo que divierte a los mayores es que la chavalería corre delante del torico con el mismo afán y la misma cara de susto que si estuviera en un encierro de verdad.

Tiene la Navarrería no sólo su sanfermín txiqui y su célebre fuente desde la que se tiran los extranjeros cocidos en vino en los sanfermines grandes; tiene, sobre todo, la solera que le da el ser el barrio medieval más antiguo de Pamplona, nacido en  torno a la catedral, bajo la protección de Sancho III el Mayor. Cuando uno recorre el casco viejo, en realidad se está moviendo por tres antiguos poblamientos: Navarrería, burgo de San Cernin y población de San Nicolás. Desde el Privilegio de la Unión, dado por Carlos III el Noble en 1423, son un mismo municipio.

Lo que ocurre es que, actualmente, con el chiquiteo y los pinchos de diseño de los bares, resulta difícil distinguir dónde empieza un burgo y terminan los otros. Todo ello forma el Casco Viejo y lo mismo da tomarse un vino en La Mandarra de la Ramos que en el Txoco o en el bodegón Sarriá. En todos se rinde culto a Baco y se practica la alquimia culinaria. A la santa y a un servidor nos gustaba mucho, en tiempos, Casa el Marrano, en San Nicolás, donde ponían unas sardinas de San Sebastián que levantaban la boina. El plato – si había prisas – no lo lavaban de uno a otro comensal, pero las sardinas eran de pistón. Hace años, con esa manía de la higiene, despersonalizaron el lugar; ya no limpian el plato con un migote de pan, así que ahora preferimos el Gaucho, donde cada pincho es una gourmandise, y a ese precio lo cobran.

Un local curioso y no demasiado conocido es el Churrero de Lerín, al comienzo de la Estafeta. Es una churrería que solo abre los domingos por la mañana pero es lugar frecuentado por los peregrinos jacobípetas que se toman allí un chocolate con churros y dejan escritas sus impresiones en las paredes, a veces en un spainglish tipo alcaldesa Botella: Churros with chocolate is very very delicious. Allí te hacen los churros a la medida y, mientras esperas, puedes ojear el diario o echar un trago del porrón con vino dulce que tienen allí encima del
mostrador. Los pamploneses más tradicionales prefieren la churrería de la Mañueta, cerca de la catedral, que abre en sanfermines y otras fiestas de guardar.


Pero no crea el improbable lector que este jubilata va a aquellas tierras solo a tripear, que también ha visitado lugares tan llenos de historia y arte como el monasterio de Irantzu, en Tierra Estella, Olite, con su castillo y callejero medieval, y Ujué, con su impresionante iglesia fortaleza. Todo ello daría para más bitácora, pero uno teme cansar al lector, que ya hace bastante con perder su tiempo ojeando esto que queda escrito. 

viernes, 19 de julio de 2013

Jubilata en vacaciones, II.- Monodias y recuerdos camineros.-


Decía en la entrada anterior que nuestros días veraniegos se pasan en caminatas y poco más, lo que no es cierto del todo. También aquí en el valle hay ofertas culturales – pocas, pero las hay – que aprovechamos cuando se presentan. Restaurantes, bares, piscina municipal, senderismo, paseos a caballo, pesca de la trucha, paisajes, es la clásica oferta de ocio que ofrece Rascafría en verano; pero pasan desapercibidas a ojos del veraneante de manual algunas actividades que muestran un intento por subir unos peldaños la calidad de estas ofertas. Y no me refiero a mejorar la gastronomía o la calidad de las cervezas, sino a alimentar la curiosidad cultural de quienes pasamos las semanas de verano aquí.

El improbable lector, si es que vive en Madrid, ya sabrá de la proximidad de la antigua cartuja de El Paular (a 2 kilómetros escasos de Rascafría), desde los años cincuenta monasterio benedictino en las zonas de clausura,  y con un hotel de lujo ocupando parte de las antiguas dependencias monásticas. En su claustro se instalaron hace ya años las pinturas, dispersas durante décadas, de Vicente Carducho con el ciclo fundacional de la Orden Cartuja. Algún día, si viene al caso, volveremos a hablar de ellas, pero hoy no. Lo que este jubilata quiere contar al improbable, pero fiel lector (una afirmación un tanto contradictoria), es que asistimos el pasado 6 de este mes a un concierto de música antigua.

La iglesia del monasterio, con una acústica excelente, fue el lugar donde el grupo de voces masculinas Salve Mater “Pro Musica Antiqua” cantó un repertorio de cánticos medievales en santuarios hispanos de peregrinación. Se trataba de monodias y primitivas polifonías asociadas a lugares de peregrinación o a antiguos monasterios: Santa María de Ripoll, Santo Domingo de Silos, Ntrª Señora del Manzano de Castrogeriz, el santuario de Villalcázar de Sirga… y, cómo no, Santiago de Compostela.

Para quien ha experimentado esa afición jacobípeta que a uno le empuja a calzarse las botas y recorrer los viejos caminos de peregrinación, escuchar el Salve, festa dies o el Dum Pater familias contenidos en el Códice Calixtino es como rememorar esa llamada que sintieron los antiguos peregrinos y que hoy – más laicos o directamente descreídos – sentimos los actuales caminantes que un día, sin saber bien lo que esperábamos de esta experiencia, nos lanzamos a  recorrer tierras que tienen otro sabor cuando se hace a golpe de calcetín, cargados con mochila, solazo sobre la cabeza y ampollas en los pies.

A este jubilata, que tiene sus ribetes de esteta y espiritualidad difusa, le emocionó especialmente oír el Sancta Maria Stela do dia…, esa cantiga que compuso Alfonso X el Sabio dedicada a la Virgen de Villalcázar de Sirga. De Villalcázar, un servidor tiene recuerdos aún muy vivos. El primero, quizás por los años ochenta del siglo pasado, fue alcanzar a ver los tejados y las torres del santuario antes de descubrir la población. 

Entonces el caminante transitaba por una carreterilla que ofrecía paisajes castellanos infinitos, resecos y polvorientos. Como el pueblo estaba en una hondonada, uno no llegaba a verlo, tras horas de caminata, hasta que empezaba a divisar las torres de la colegiata y los tejados del caserío; luego, el pueblo, con su color terroso de teja árabe, de adobe y tapial,  iba tomando forma, presidido siempre por la mole del templo. El segundo recuerdo fue la bronca que tuvimos la santa y yo con el cura del lugar cuando, algunos años después, llegamos matados al refugio y él nos trató de mochileros y de gente descreída y abusona porque aprovechábamos la hospitalidad de la Iglesia y ni siquiera íbamos a visitar a la Virgen de Sirga.

Cosas del clero, que no entiende más que de dogmas, ritos y liturgias e ignora la emoción del peregrino descreído, pero sensible a tanta belleza como despiertan las viejas monodias medievales. Porque – y ya acabo por hoy – quien esto escribe ha recorrido esos caminos como peregrino escéptico, cantando, a grito pelado por los páramos de la vía francígena, a Santa María la Real de Villalcázar,  según le cantaba el Rey Sabio:

Sancta María, Stella do día
mostra-nos vía
 pera Deus e nos guía.
Ca ver  faze-los errados
que perder foran per pecados
entender de que mui  culpados
 son; mais por ti son perdoādos
da ousadia  
que lles facia
fazer folia
mais que non deveria …


¡Qué sabrán los curas de misa y olla!

martes, 19 de junio de 2012

Caminando...


Ya perdonará el improbable lector mi ausencia de este sitio durante tantos días. Perdonará, espero, mi desconocimiento del valor actual de la prima de riesgo; perdonará también mi actual ignorancia en lo referente al rescate bancario que no puede llamarse así sin molestar a las altas instancias; mirará con benevolencia, en fin, mi ignorancia de las cosas que mueven actualmente el mundo, pero es que he estado en el Camino.
Durante días he caminado por los caminos de Castilla sin más preocupación que saber cuándo te saldrá la primera ampolla, cuándo se te amoratará la uña que llevas tocada desde que hiciste una etapa doble porque no encontrabas albergue. Minucias. No importan las uñas rotas o los pies remendados cada madrugada antes de calzar las botas. Lo que importa es ver la amanecida en mitad de los llanos; tener ante ti un camino que serpentea entre campos de mies que van tornando del verde al amarillo, o esos chopos que van jalonándolo en la distancia. Importa sentirse vivo y libre, aunque pese la mochila y tengas los pies jodidos. Lo que algunos llaman la mística del Camino y no es más que un tiempo para andar a solas, cada quisque con sus pensamientos.
Esta vez he comenzado en tierras burgalesas, he recorrido toda la provincia de Palencia y he terminado en León capital. He pasado por viejos pueblos castellanos donde se desmoronan casas palaciegas por falta de habitantes que las hagan vivir, y antiguas casas de adobe y tapial con sus ventanas y puertas cerradas, como negándose a aceptar su propia decrepitud. Me he lavado los pies en viejas fuentes donde bebían los caminantes o abrevaban los ganados y he descansado al pie de algún chopo que es el único referente vertical que uno encuentra en kilómetros y kilómetros de tierras que llegan a ser monótonas por su horizontalidad. Y aún así, estas tierras castellanas de pan llevar son hermosas de una hermosura elemental, donde los trigos cabecean al compás de las brisas y asemejan un mar de leve oleaje.
Los refugios de peregrinos son una babel de nacionalidades y lenguas. Puedes encontrarte, como me ha ocurrido este año, una tropilla dispersa de coreanos, tan sonrientes y disciplinados ellos. Vienen, según he oído, porque tradujeron a su idioma la obra de Paulo Coehlho O diário de um Mago, publicado aquí como El Peregrino de Compostela. Lo leí en su momento y me pareció un manual para místicos principiantes. También he leído otras vivencias del Camino de gente más o menos conocida, pero ansiosa de relatar sus experiencias espirituales y siempre me han parecido una amable trampa para ingenuos, quienes esperan ser tocados por la gracia divina simplemente por hacer 25 kilómetros diarios camino de Jacobsland.
Uno, que conoce sus propias limitaciones y sabe que nunca levitará ni encontrará coros de ángeles que le lleven la mochila, se conforma con pequeñas experiencias estéticas, como observar a un jilguero, en lo alto de un arbolillo seco, trinando. O el croar de las ranas en un riachuelo, que es ruido poco armonioso, pero que resulta el contrapunto áspero en un jolgorio de pájaros piando en la enramada de los álamos. Uno, que descree de tantas cosas, agradece la experiencia estética, por mínima que sea, y desconfía de la mística; se arroba ante una puesta de sol que enrojece los tapiales medio desmoronados, y agradece una charla pausada en el patio del refugio peregrinil. Aunque, a veces ocurre - como cuando vi los lirios floreciendo en las riberas del Canal de Castilla – el esteta y el místico se daban la mano y se olvidaban del mochilero que los llevaba a cuestas.
Lástima que, nada más llegar a casa, la puta realidad me ha dado en toda la cara en cuanto he encendido la tele. Habrá que esperar al próximo año para tomarle el pulso a la vida del caminante sin agobios. Cuestión de años y leguas.

domingo, 12 de febrero de 2012

Cabos sueltos (confidencias a un lector que nunca existió).-

... En un mundo donde lo único que importa son los logros materiales, la posesión de objetos, la lectura temprana de ¿Tener o Ser? de Erich Fromm, me inclinó por lo segundo. Y así, cuando oigo a la gente importanciosa preguntar: Y tú ¿qué eres?, me acuerdo de mi profesor de Antropología Filosófica, quien comentaba irónicamente: Yo siempre respondo: no soy nada, pero existo mucho. De igual forma, yo he optado por existir lo más posible y no ser socialmente nada, apenas funcionario y, ahora, jubilata.

Me recuerdo como lector desde la infancia, cuando en las casas no había libros (un lujo innecesario para la supervivencia). Deboraba tebeos y los escasos libros que llegaban a mis manos. Sin querer ser pretencioso, te diré que era bien niño cuando leí por primera vez El Quijote. Era un ejemplar editado en 1916 que trajo mi madre de su casa y que había pertenecido a su padre, hombre sin instrucción, pero gran lector. Por supuesto, me saltaba esas historias tan aburridas de la Pastora Dorotea o del Curioso Impertinente.

Lecturas como esa, a tan temprana edad, resultan, forzosamente, perniciosas. Que un hidalgo pueblerino, con un mediano pasar, se hiciese caballero andante para traer la justicia al mundo era una ambición perfectamente inútil y, si me apuras, peligrosa para la buena marcha de la sociedad. Por eso le volvieron cuerdo, a la fuerza, en su lecho de muerte. Yo, por aquellos años, lo ignoraba y me parecía una locura excelsa. Luego, de mayor, la cosa ya no tenía remedio. Y la cosa se complicó al leer, años más tarde, Vida de Don Quijote y Sancho, de aquel cascarrabias de don Miguel de Unamuno. Descubrí lo que tenía de sublime renunciar a la cordura.

Pero ¿para qué hablarte de mis lecturas? He leído de todo y con poco provecho porque he olvidado la mayoría de lo leído. Allá en el fondo, apenas quedan unos posos, semejantes a capas sedimentarias; testimonios geológicos de tantos tiempos perdidos. Estratos calcificados por el tiempo que han formado una costra que, por desgracia, ha enterrado definitivamente esa inocencia con la que veía el mundo durante la niñez. Ahora, sin inocencia para observar el mundo con los ojos del niño que fui, y sin madurez suficiente para afrontarlo con la sagacidad del hombre que debería ser, nado entre dos aguas: la imaginación y la realidad.

Y aún así, no hace tantos años que empecé a dar forma literaria a mis fantasmas particulares. Recuerdo bien mi primer cuento. Tiene fecha de septiembre de 1995 y se llama La Piedra del Peregrino. Lo escribí para una amiga belga con la que hicimos el Camino de Santiago aquel verano. Se llamaba Françoise, estaba recién divorciada y había venido al Camino para tomarse un tiempo de reflexión y poner en orden su vida...

martes, 3 de enero de 2012

La mansedumbre de Nuestra Señora.-

En estos días de turrón a mansalva y felicidad de oficio, he entretenido mis ocios de jubilata curioso releyendo Milagros de Nuestra Señora, de Gonzalo de Berceo. Atrás quedan los tiempos de escolar, cuando me enseñaron que Berceo fue el mejor representante del Mester de Clerecía y aprendí qué eran el tetrástrofo monorrimo y la cuadena vía, en que escribía su poesía de culto hombre de iglesia, allá por el S. XIII, el monje riojano.

Lo he hecho, su lectura, digo, en una vieja edición de la Cía. Ibero-Americana de Publicaciones (Madrid-Buenos Aires). El librito llegó a mis manos en pésimas condiciones, muy deteriorado, impreso en rústica, en un papel quebradizo y de gran acidez, cuya encuadernación restauré hace unos meses. No tiene año de publicación, pero es algo posterior a 1929, por cierta información que allí se da.


Pues bien, cuando uno pierde la inocencia de los primeros años, y relee viejos autores con ojos nuevos que ya saben distinguir si gato o liebre, descubre que las cosas tienen otro cariz a como recuerda de viejas lecturas de bachiller en letras. Y en esta ocasión, he puesto el interés en observar la fuerte carga ideológica religiosa que informa esta obra.

Ya sé que esto no debería sorprenderme, pues el sentimiento religioso impregnaba -como acutalmente en el mundo musulmán- toda la sociedad medieval. Y un estudiante de Historia, como yo fui en tiempos, no debe juzgar con la mentalidad actual comportamientos, testimonios y sociedades que tenían sus propios criterios de comprensión del mundo que les tocó vivir. Su cosmovisión, según se dice.

Pues eso. Lo digo por la subjetividad de mis comentarios, que siguen: Visto con ojos de lector curioso y convicciones laicas, uno se sorprende al comprobar que la siempre dulce Nuestra Señora tiene, respecto a sus devotos, una actitud de dama de alcurnia, orgullosa de sus prerrogativas y dispensadora caprichosa de favores a sus fieles vasallos, que llega a contravenir, cuando le conviene, las leyes divinas y las naturales. Y, respecto a quienes causaban daños a sus devotos, un ensañamiento que roza la crueldad, sin recatar insultos hacia el protervo.

Al obispo que prohibió decir la misa de Santa María a un clérigo ignorante (quien no sabía más latines que los de esa misa), le amenza: "e tu serás finado hasta el extremo día / ¡Desend verás que vale la sanna de María!". Que la madre de dios, sañuda, amenace con la muerte eterna al obispo es para que éste se eche a temblar: "Fo con estas menazas el obispo espantado..." afirma Gonzalo. ¿Y quién no?

Y a aquel canónigo de Pisa, que se iba a casar porque heredó la fortuna familiar y así se lo exigían sus parientes para que tuviera descendencia, le llama: "Don fol, malastrugado, torpe e enloquido / ¿En qué roidos andas, en qué eres caído?", y hasta se muestra celosa "Assaz eras varón bien casado comigo". Como se ve, mejor era plegarse a su santa voluntad.

Pero lo que más llama la atención es el odio antisemítico que se desprende de algunos de sus milagros, como el del Niño Judío o los Judíos de Toledo. Llega, en una misa de pontifical en la catedral, a incitar a los fieles contra los rabíes de la aljama: "Oíd -dixo- christianos, una extrana cosa: / la gent de iudaísmo sorda e cegaiosa / nunqua contra don Cristo non fo más porfiosa /. Llama a los judíos "los que mala nazieron, falssos e traidores". Y el buen pueblo cristiano asalta la judería: "Movieronse los pueblos, toda la clereçía / fueron a mui grand priesa pora la iudería / Guïólos Jesu Cristo e la Virgo María".

El odio que el cristiano medieval sentía hacia los judíos es un tópico conocido en la literatura de la época, pero que el bueno de Gonzalo lo ponga de exiemplo para alabar a Santa María da idea de lo aberrante que puede ser la religión llevada a su extremo... y de la escasa mansedumbre de la Señora que tan rencorosa se muestra porque sus paisanos dieron muerte a su Hijo trece siglos antes.

Puestos a verle la otra cara a la Historia, me viene a las mientes el célebre Don Suero de Quiñones, tan admirado por los peregrinos jacobípetas. En Hospital de Órbigo, año 1434, organizó las célebres justas del Paso Honrosso en honor y por amor de su dama, donde llegaron a romperse casi 300 lanzas en combate con los caballeros que por allí pasabam camino de Santiago. De este tan noble Don Suero, del que uno encuentra centenares de entradas en Google alabando su gesta caballeresca, es difícil encontrar una sola referencia a las tropelías que perpetró en la aljama de León.

En manos de prestamistas judíos porque, a lo que se ve, llevaba un tren de vida "por encima de sus posibilidades" -tal y como dicen de nosotros los políticos y otros fautores del descalabro económico que sufrimos- resolvió el problema de los vencimientos impagados a taja-cuellos. En un tiempo de disturbios civiles y pesca a río revuelto, Don Suero de Quiñones protagonizó, seguido del entusiasta populacho, el asalto a la judería leonesa y no dejó títere con cabeza.

Lástima que aquellos eran otros tiempos. Si fuesen los actuales, les hubiese sido útil conocer las opiniones del israelí Shlomo Sand y su ensayo La invención del pueblo judío. Habrían aprendido que los judíos no son un pueblo étnicamente distinto al resto, sino una cultura religiosa que tuvo gran capacidad de proselitismo, lo que le llevó a extenderse por el N. de África y el E. de Europa; que fueron los cristianos desde tiempos de Constantino quienes ayudaron a crear el mito de los judíos como pueblo. Claro que, en un apugna entre monoteístas, cultura religiosa o pueblo elegido son motivos suficientes para el odio y el degüello, llegado el caso. No importa que las masas enfervorecidas sean guiadas por Santa María o por un noble arruinado.

Para terminar, si el improbable lector encuentra que la poesía de Berceo, o los actos caballerescos de un noble leonés no están para ser comentados por jubilatas con ínfulas culturetas, que no me lo tome a mal. Aplíqueme lo que decía el monje poeta de San Millán en El Milagro de Teófilo: "...Non quisso que granassen esas tales lavores /ca eran barvechadas de malos lavradores".

miércoles, 15 de junio de 2011

Donde los pies te lleven.-




Ya sé que acabo de fusilar malamente el título de una novela de Susana Tamaro, pero lo hago en la confianza de que el improbable lector se lo perdorne a este jubilata de pies cansados.


Como ya dije en mi entrada anterior, pensaba echarme unos días al Camino con el fin de disfrutar de la soledad (relativa) por esos campos y montes que atraviesa la ruta jacobea. Era un deseo que permanecía latente desde que, en 2005, fui caminando desde Saint-Jean Pied de Port, en tierras francesas, hasta Santo Domingo de la Calzada, en La Rioja fértil en vinos.
De regreso a casa, asaz molido y con los pies encallecidos, y más contento que unas pascuas, me apresuro a dar noticias de mis andanzas, no sea que el improbable lector crea que he abandonado esta bitácora y él abandone la lectura de estas notas que cuelgo semanalmente. Sería una pena porque a vér qué va a hacer un servidor, falto de lectores que sigan con curiosidad sus historias y experiencias.


Como no disponía de muchos días, decidí terminar el recorrido por tierras riojanas y recorrer la provincia de Burgos.


Para quien se haya metido en estas andanzas, bien como peregrino o como tourperegrino (que así llaman a los comodones que van con coche de apoyo y duermen en hoteles o casas rurales), hacer caminos por tierras castellanas es una experiencia que difícilmente puede olvidarse.
Ya se sabe cómo es esta Castilla nuestra, con sus tierras llanas donde se pierde la vista, con sus campos cerealistas y sus caminos que parecen no tener fin. Afortunadamente, en esta época del año los trigales aún verdean mientras van granando y, vistos en la distancia, semejan enormes alfombras que se mecen suavemente al impulso de la brisa mañanera. Los campos de colza, que también los hay, dan al paisaje una tonalidad amarillenta que sirve de contrapunto y complementa esos verdes intensos de los trigales. Incluso, cosa que antes nunca había visto, hay extensas plantaciones de adormidera de un rosa pálido que llaman la atención por lo exótico de su presencia en estas tierras de monocultivo. Cuando el paisaje se quiebra en pequeñas lomas, en lo alto de las colinas pueden verse, a veces, pequeñas matas de árboles que son como islas boscosas. Todo ello agradable a la vista y reconfortante para el caminante madrugador, que disfruta del frescor de la mañana.


Según se camina por aquellas soledades, puede verse a la alondra cantando mientras aletea a gran altura sin moverse del sitio. Es el macho que vigila el nido a sus pies, mientras la hembra, entre los cultivos, empolla los huevos. También puede el caminante oír el característico reclamo de la perdiz entre los trigales. Y al jilguero o al verderón que se columpian, casi ingrávidos, sobre un brote de trigo y trinan. Uno se para a oírlos y olvida por unos minutos que le quedan veinte kilómetros, o los que sea, hasta llegar al próximo refugio.


Pero, eso sí, uno debe ponerse en marcha a las siete de la mañana, como muy tarde, si quiere soportar las fatigas del camino sin que el sol le castigue durante las horas centrales del día. Cosa, esa de madrugar, que no puede evitarse, ya que en los refugios la grey peregrinil empieza a rebullir antes de las seis de la mañana y no hay forma de hacer pereza dentro del saco de dormir.
Una de las cosas más agradables del Camino es cuando uno pasa por los pueblos, se encuentra con algún paisano, y éste le saluda ¡Buen camino, peregrino!, o cuando, reventado de tanto machacar las suelas de las botas, llega a un refugio y le reciben con un abrazo y le dan un camastro o una colchoneta en el suelo para que se acomode. Es como sentirse en casa -con comodidades elementales, claro- y saber que durante unas horas estará en familia. Una familia variopinta, donde se oye todo tipo de lenguas y se ven gentes de cualquier lugar del mundo. Además, en algunos refugios le ofrecen al caminante una cena comunal donde se reúne esa babel peregrinesca en torno a una mesa improvisada y se come del puchero que, con más o menos arte, ha preparado el hospitalero, siempre con mejor voluntad que ciencia culinaria.



Recuerdo la cena en Grañon, donde enseñoreaba una hospitalera de origen norteamericano, que nos dio de cenar un caldero de lentejas apelmazadas que se negaban a despegarse del cazo para caer en el plato, y un puding con manzana, muy americano. Allí, sentado a mi lado, un peregrino francés se comió tres platos de aquel engrudo con el mismo apetito que si estuviese degustando el más suculento de los manjares; y una peregrina holandesa se las comió con cuchillo y tenedor, mezclando puding y lentejas. Todo un refinamiento gastronómico, nacido de la pura necesidad de supervivencia.


Que conste: no lo digo por burla, sino como anécdota; que donde se da lo que hay no se está obligado a más, y el peregrino nunca exige, toma lo que le dan y queda agradecido. Lo cuento para que se vea que en el Camino todo aprovecha y la risa bienhumorada es un ingrediente imprescindible para aguantar fatigas.


Coincidí con un calagurritano reidor y un tanto achispado, con quien compartí cervezas y bromas; con un médico francés, con quien caminé un par de días y resultó ser una de las personas más interesante que haya podido conocer en los últimos tiempos; y con unas peregrinitas mejicanas que andaban por los caminos con sus faldamentos largos y vistosos, sus sombreros de ala ancha y sus pañuelos vaporosos, como salidas de una estampa antigua. De ellas me despedí con un beso en Burgos (se quedaban un día más), y ellas me dieron un abrazo porque, según me dijeron, en Méjco se abrazan para juntar corazón con corazón. Fue emocionante y hermoso.


Gente toda que queda en el Camino y de la que no volveré a saber más. Tampoco importa; uno no puede traerse todo a casa, aunque regresa con la mochila llena de vida vivida en libertad.



De un viejo libro de poesía que tengo por casa, copio estas estrofas de La alondra del barbecho, de Miguel de Castro, que vienen muy al caso:



La musa que en mi alma anida,


no es princesa que amor llora,


sino recia labradora


que canta al son de la vida.


La veréis por el barbecho


cruzar con el ceño adusto
bravo y tentador, el busto,
grave y maternal, el pecho.


Ruda y arisca villana
sólo mi amor la alboroza
moza tempranera... ¡moza


de cantiga serrana!

domingo, 3 de abril de 2011

La calzada romana de la Fuenfría.-




Ya se sabe cómo somos los jubilatas con ganas de marcha. Siguiendo aquella vieja máxima que proponía instruir deleitando, este sábado hacemos con la agrupación ateneísta Aire Libre una marcha por la calzada romana, desde las Dehesillas hasta Valsaín.


Seguimos el trazado caminero según las investigaciones arqueológicas realizadas en 2009 sobre el terreno, que han reconstruido el recorrido que seguía esta vía hasta alcanzar el puerto de la Fuenfría.







Este segmento corresponde a la Vía XXIV del Itinerario Antonino, que unía Toledo con Segovia. La reconstrucción del trazado, mientras no aparezcan nuevos hallazgos que lo modifiquen, nos marca un camino que sube, en suave pendiente, en sentido N.E, parte del cual está solapado con/o borrado por las trazas de caminos históricos posteriores.


Parece que la calzada fue perdiendo su funcionalidad cuando, con la caída del imperio romano, y a falta de una autoridad que se ocupase de su mantenimiento se fue borrando su trazado por efectos de la erosión o las obras de acondicionamiento de nuevos caminos. En la Edad Media se comenzó a usar el llamado Camino Viejo de Segovia, que tenía, al parecer, una utilidad ganadera. En el S. XVIII, cuando Felipe V mandó construir el palacio de la Granja, se trazó la ahora llamada calzada borbónica para unir el palacio a la capital.


Los montañeros, desde siempre, hemos confundido esta calzada borbónica, empedrada en gran parte, con la vieja vía romana.


La borbónica es una calzada que sube al puerto por derecho, a las bravas, con pendientes que alcanzan hasta el 22 % de desnivel, como en la cuesta llamada "del reventón", mientras que la romana nunca supera el desnivel de un 8%. Se adapta a las curvas de nivel y asciende en suave zigzag, como corresponde a una sabia labor de ingeniería, que de eso los romanos sabían.


Por si no eran bastantes estas tres vías que - a tramos - se superponen, se cruzan o van en paralelo, existe una cuarta: la carretera de la República, construida en los años 30 del siglo pasado, que en algún tramo a borrado la vía romana.


Y, para complicarlo un poquito más, la senda Smithd (que viene desde Navacerrada hasta la Fuenfría), también coincide en un pequeño tramo con la vieja calzada. Pero no hay que preocuparse, cada camino tiene su propia señalización; así, la romana está marcada con puntos verdes; la borbónica con puntos blancos, la senda Smithd con amarillos...


Sin olvidar el último: el Camino de Santiago, que lo han trazado sobre la propia calzada.


Para salvar los arroyos, tan abundantes por estos montes, la calzada dispone del puente del Descalzo. Según parece, construido en tiempos de Felipe V sobre otro puente romano del que no quedan vestigios. Pero como los puentes son una solución costosa, a lo largo del trazado se ha recurrido a una solución más barata y también efectiva: los vados.


Los hay para salvar el arroyo del Infierno, el de la Fuenfría, el del Minguete... Un empedrado acanalado permite que las aguas atraviesen la calzada sin encharcar el firme de la misma y permitiendo el paso de viandantes y carruajes. Quizás, el del Minguete, transpuesto el puerto de la Fuenfría, sea el más vistoso de todos. Reconstruido, eso sí, pero muy ilustrativo.


Bueno... Para no cansar al improbable lector, habida cuenta que en esta bitácora no se imparte conocimientos ni doctrina, sino que se habla de las cosas que ve y hace este jubilata que aquí se explaya, se recomienda vivamente, a quien esto leyere, que se calce las botas y eche a caminar por estas pinaradas de Valsaín y disfrute de su verdor y la hermosura de estos paisajes serranos. Yo hago bastante con decirlo. No se sentirá defraudado.


Eso sí, sudará durante el ascenso: son 600 m de desnivel. Pero piense que encontrará varias fuentes a lo largo del camino: la de la Salud, la de la Fuenfría, en lo alto del puerto, la de la Reina, la Romana...



Además, a lo largo del camino hay muchos paneles informativos que le irá ilustrado, a la vez que se llena los ojos de paisaje, los pulmones de aire puro, y el espíritu de belleza natural. Y todo eso sólo con sudar un poquito....








domingo, 6 de febrero de 2011

Nuestros vecinos del Sur.-


Improbable lector que echas un vistazo distraído a esta bitácora ¿Sabías que, cuatro días después de huir el autócrata tunecino Ben Alí, la agencia de calificación Moody´s degradó la nota de la deuda soberaba tunecina de "Baa2" a "Baa3"? Por su parte, la agencia Fiych Standard & Poor´s y la japonesa Rating and Investiment, pusieron a Túnez bajo "vigilancia negativa". Para entendernos: a los "Mercados" (cuando digo "Mercados", entiéndase "Especuladores de capitales") les sienta mal la libertad de los pueblos. Les desasosiega.
Es "0bsceno", dice el articulista donde leí la noticia, pero es consecuente. El triunfo de la libertad produce "incertidumbre" en los "Mercados", mientras que el control de un país por parte de un dictador da "seguridad". El dictador domestica a los pueblos, a las organizaciones sindicales y a los trabajadores, y la prensa se convierte en correa de transmisión de las consignas del Poder. Dicho en vulgo: Aquí no se mueve ni dios y todos trabajamos para el mismo amo.
Recuérdese 1973 y la toma violenta del poder en Chile por Pinochet: las huestes de Milton Friedman saludaron alborozadas la caída de Salvador Allende. Convirtieron el país en un laboratorio donde experimentar las teorías neoliberales y quedaron muy satisfechos de los resultados. Tanto, que nuestra sociedad es el resultado de aquel experimento. Que la consecuencia del golpe militar pinochetista/kissingeriano fuese la pérdida de libertad y sus consecuencias - persecución política, torturas, asesinatos de disidente y el sometimiento de todo un pueblo -, no dejaba de ser pecata minuta. El "Mercado" funcionó como la seda.
Y es que la libertad es demasiado imprevisible para ser "rentable", excepto cuando se trata de la libre circulación de mercados y capitales. Pero nuestros vecinos del Sur, sin pedir permiso a las agencias de calificación, han optado por la democracia, por muy incierta que resulte, frente a la dictadura, que tanta confianza transmite a los mercaderes del dinero.
Es curioso el desamparo en que quedan los mecanismos del "sistema" cuando éste se desbarata. La televisión oficial tunecina, al descabezarse el poder al que obedecía, no sabía qué actitud tomar, qué noticias debía dar. Faltos de consignas, sus responsables se justificaban diciendo que no podían actuar de otra forma a como se les mandaba y ahora no tenían a quién obdecer. Su desconcierto llegaba hasta el punto que, mientras la prensa internacional daba noticias de la huída del dictador, ellos seguían transmitiendo consignas de un poder ya fenecido. "La Tele es como un prisionero que hubiese salido de la cárcel y no supiese dónde ir", "No tenemos la costumbre de ser libres", son comentarios de algunos periodistas tunecinos, que explican así tal desconcierto.
En fin, la libertad siempre produce desasosiego. Por estos pagos europeos, nuestros sesudos dirigentes andan muy preocupados por temor a que el vacío de poder, que se produce cuando triunfa una revuelta popular, venga a ser ocupado por los islamistas radicales. Lo que, de forma indirecta, sirve de justificación a la necesidad de una autoridad férrea, no sólo para tranquilizar a esos "Mercados", cuanto para liberarnos, a los mansos ciudadanos de este lado del Mediterráneo, del terror a la gumía del sarraceno fanático... Pero no se nos dice que los extremismos religiosos y políticos son consecuencia, al menos en parte, de la reacción a un poder que impide cualquier manifestación de disidencia. Incluso en Túnez, uno de los países árabes más laicos, se empezaba a dar el fenómeno de la observancia religiosa estricta como oposición a un poder corrupto. Es el caso, según leo, de muchachas que usaban el velo islámico, mientras que sus madres, no.

Aunque parezca no tener nada que ver: Los jacobípetas que hacen el Camino, cuando entran en la villa navarra de Obanos, pueden leer sobre la puerta de la muralla: Pro libertate patriae, liberos estote", que era el lema de los infanzones medievales de aquella villa. "Sed libres para que la patria sea libre", - de tiranos y de "mercados", habría que añadir actualmente -. Lema que, sin saberlo, han hecho suyo los tunecinos, y espero que también los egipcios, los yemeníes, los jordanos, argelinos, libios, marroquíes. Hombres libres en un país libre, en árabe y en cualquier idioma.
Inch´Allah!, que dirían nuestros vecinos del Sur.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Río abajo.-


En 17 de enero pasado, dejé constancia de una marcha con el grupo de montaña del CSIC, que hicimos por el Manzanares, río arriba, desde los aledaños de Colmenar Viejo hasta Manzanares el Real. Esta vez, con la agrupación Aire Libre del Ateneo de Madrid, hemos hecho una marcha río abajo, siguiendo su curso durante una buena cantidad de kilómetros, hasta tropezarnos con la cerca del monte del Pardo. Tramo todo él – recorrido en uno y otro sentido – que corresponde al Parque Natural de la Cuenca Alta del Manzanares.
Quienquiera que vea el Manzanares a su paso por Madrid, embalsado, urbanizado, domesticado y colector de detritus, al que varias depuradoras liberan de su servidumbre de cloaca capitalina, pensará que no merece la pena dedicar una paseata a este río. Pero está en un error. El Manzanares, desde su nacimiento en el Ventisquero de la Condesa y su paso por la Pedriza hasta el embalse de Santillana, es un bonito río de montaña que se suaviza curso abajo en un trazo ya sinuoso, encajándose en su discurrir por tierras graníticas, hasta convertirse en un río remansado que forma meandros y arenales cuando entra en tierras del Monte del Pardo, pocos kilómetros más allá del puente de la Marmota.
Esta vez comenzamos a caminar en el Vado del Arcipreste, cerca del puente romano del Batán, bajo el viaducto de la carretera de Cerceda. De este lugar dice Juan Ruíz: “Cerca de aquella sierra hay un lugar muy honrado/ muy santo y muy devoto, de la Virgen del Vado”. En las proximidades, los indicadores nos dicen que por allí pasa una vía pecuaria y el GR 124, sobre el que transcurre parte del camino de Santiago que han trazado desde Madrid.
Como digo, en este tramo hay zonas en las que el río se encaja profundamente. Son tierras graníticas muy erosionadas y cubiertas por un bosque autóctono a veces ralo, a veces denso, donde el curso se adapta a las sinuosidades del terreno, buscando las tierras llanas. Su desnivel entre cotas apenas es apreciable, ya que en una distancia de unos 20 kilómetros, de aquí a Madrid, apenas alcanza una diferencia de nivel de unos 40 metros, de ahí su discurrir pausado.
Los parajes, en todo lo que alcanza la vista, ya digo, están cubiertos por especies propias del bosque mediterráneo, con abundancia de carrascas y enebros de la miera, especialmente, y algún pino disperso, y un sotobosque que jaras, lentisco, rosales silvestres y plantas aromáticas: tomillo, cantueso, y tantas otras especies que desconozco, que dan al paisaje esos tonos pardo-grisáceos y esa belleza discreta de las tierras castellanas. Abajo, en las orillas del río, un bosque de ribera con alamedas y saucedas. A veces, una mancha brillante de amarillos, ocres y oros viejos de algún grupo de chopos en todo su esplendor otoñal.
Todo a lo largo del río, pueden apreciarse los restos de viejos molinos hidráulicos y batanes, que fue una industria floreciente hasta que, a principios del pasado siglo, se represó el río en la presa del Grajal y se construyó la central hidroeléctrica de Navallar, que alimentó de fluido eléctrico a Colmenar. La electricidad dio paso a un tipo de industria más acorde con los tiempos y la energía hídrica fue cayendo en desuso.
Pero ahí están los viejos edificios en buena piedra granítica para dar testimonio de la industria que, desde la edad media, nació y se desarrolló al amparo de la fuerza motriz que proporcionaban las aguas del río.
Cerca de la presa del Grajal, el viejo puente medieval con un arco de medio punto, construido en granito bien labrado. Según leo, corresponde a un camino militar andalusí – para defensa de estas tierras frente a las incursiones cristianas durante la Edad Media – que unía Talamanca del Jarama con el valle del Tietar. Junto a él, y en paralelo, un moderno puente que salva las dos orillas y permite acercarse con coche a estos parajes. Este es un lugar de cómodo caminar, ya que vamos sobre el mismo trazado del canal, que llaman senda de la presa del Grajal.
La caminata, kilómetros más allá, a ratos, se convierte en un rompepiernas porque, aunque vamos río abajo, la irregularidad del terreno nos obliga a bajar hasta las orillas del río para, inmediatamente, volver a subir cerro arriba, por caminos a veces muy erosionados por efectos de las malditas motos de montaña que erosionan el terreno con la misma fuerza que una excavadora. Los montañeros nunca hemos entendido que se pueda disfrutar de la naturaleza montados sobre una máquina ruidosa y pestífera que abre grandes rodadas en los caminos, convirtiéndolos en desaguaderos por donde corren las aguas de lluvia arrastrando piedras y tierra en suspensión y provocando cárcavas que degradan el terreno. Y si no, véase la foto de la izquierda.

Paramos a comer en el puente medieval de la Marmota (en algún lugar he leído que del S. XVIII y no tengo medio de contrastar la información), junto a la tapia que delimita los montes del Pardo. La verdad es que la embocadura de este puente es un poco chocante, ya que, aunque salta el río con un arco de medio punto perfecto, su apoyo sobre la margen izquierda es un poco irregular, quizás para salvar la pendiente. El camino que baja hacia el puente, que presenta todavía restos de la vieja calzada romana, hace un quiebro bastante brusco a la derecha para adaptarse a su acceso y de ahí que el pavimento no mantenga la horizontalidad que se espera de todo puente bien trazado.
Sentados sobre unas rocas, mientras damos cuenta de los bocadillos, nos llenamos los ojos de paisaje y disfrutamos de la soledad de estos parajes. Frente a nosotros, el curso del río se desliza mansamente, ya en terrenos del Pardo vedados al caminante. A lo lejos, el río parece detener su curso entre arenales y semeja un estuario ya en su desembocadura. Pero es una ilusión falsa. Todavía le queda por atravesar la capital y salir en busca del Jarama, del que es tributario.
Regresamos hacia Colmenar Viejo siguiendo la tapia del Pardo y bordeando el cerro de la Marmota, primero, y luego por caminos llanos que se prestan a la charla larga y tendida, como nuestro paso de caminantes avezados. Arriba, algunos edificios para servicio del Canal y, cruzando el camino, antiguos aliviaderos en desuso.
A lo mejor, algún día, hacemos el camino del río entre Madrid y su desembocadura en el Jarama, si la maraña de carreteras, autopistas, vías férreas, nos lo permite.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Pagar impuestos.-


Y uno pensaba que ya no se escandalizaría de nada… Se ve que la edad no cura de la ingenuidad, sólo aísla de la realidad social. Es lo que se me ocurrió pensar cuando, hace unos días, oí en un programa de TVE, a propósito de las fiestas en Valladolid, que se había celebrado un botellón multitudinario en el que se recogieron hasta 15 toneladas de basura.
Preguntaban a algunos participantes de tan cultural evento si les parecía normal lo de llenar de desperdicios las vías públicas. Algunos de ellos se justificaban diciendo que, bueno, era una vez al año y no era para tanto… Lo más sorprendente, para antiguallas como yo, que siguen creyendo en el civismo ciudadano como supremo valor social, fue oír a un niñato afirmar – con todo el aplomo que nace de la ignorancia y el desprecio a las normas de convivencia – que él tenía derecho a ensuciar las calles porque para eso estaban los servicios de limpieza del ayuntamiento. Item más: que tanto él como sus padres pagaban impuestos y, por lo tanto, convertir los espacios públicos en un basurero era un derecho adquirido. El fenómeno aquel no lo dijo con estas palabras, pero lo dijo de forma que quedó claro para todos nosotros: tengo derecho a enmierdar las calles con mis desperdicios y vosotros tenéis la obligación de aguantaros porque para eso pagamos a los servicios de limpieza mis papás y yo.
Pues bueno, pues vale. No hay vuelta de hoja y es mejor mirar para otro lado y que los barrenderos se escuernen limpiando la mierda de ciudadanos tan cumplidores de sus obligaciones fiscales. No sea que se nos cabreen y evadan impuestos y, encima, sigan convirtiendo las calles en un lugar merdulento.
Ya, – dirá el improbable lector – monsergas de jubilata cascarrabias.
Pero este jubilata, al ver al chaval aquel expresarse con tanto desparpajo, lo primero que pensó es que el coleguita, de pagar impuestos, nada. Más bien tenía – lo digo por la edad – aspecto de ser él mismo un impuesto con patas. Un impuesto para sus papás, quienes le pagaban estudios, casa, ropa y comida, caprichos y todas las necesidades, reales o inducidas, que tipos como él generan. En cuanto a los poderes públicos en general (Estado, Comunidad Autónoma, Municipio…), tenían que asumir los gastos que se derivaban de su educación (mala y cara, a lo que se ve, pero educación, al fin y al cabo), de su atención sanitaria y de todos los servicios que la sociedad pone a disposición de cada uno de los ciudadanos, incluida la recogida de basuras.
Este jubilata, que tiene mucho tiempo para darle vueltas al caletre, pensaba si no sería mejor dar una buena educación a los futuros ciudadanos, de forma que, pasados algunos años, necesitásemos menos barrenderos y más profesores. Todos ganábamos: las calles estarían limpias porque ya no habría tanto insolente insolidario enmarranándolas, y a los barrenderos, a falta de darle al escobón, habría que reconvertirlos en educadores. Nuestra sociedad ganaría unos grados en civismo y cultura.
Aprovechando que este año es año de perdonanza y el señor Rajoy ha ido al Señor Santiago a encomendarle los males de la patria mía (tales como el paro y la plaga ZP, que parecen no tener fin) y su milagrosa resolución celestial, no estaría mal que los papás del chaval ese le invitasen a ir en peregrinación a Compostela. Una vez allí, en lugar de abrazar al apóstol, debería acercarse al pórtico de la gloria, ponerse frente al santo d´os croques y darse un buen tozolón contra la columna, a ver si así entraba en su mollera que pagar impuestos es un deber ciudadano, no un derecho de pernada.
De lo visto y oído en aquella entrevista, recuerdo como el más sensato al barrendero, quien dijo que lo que faltaba era educación. Qué buen maestro hubiese hecho, de haberle pagado con nuestros impuestos, no el carrito de la basura y la escoba, sino los estudios.