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viernes, 19 de diciembre de 2025

Esto es Navidad.-

 


De verdad se lo digo al improbable y siempre grato lector. A este jubilata le hubiera gustado mucho escribir (como solía hacerlo en tiempos) un cuento de navidad para estas señaladas fechas navideñas que empezaron a otearse en el horizonte allá por el mes de octubre, cuando en el Ahorra Más de mi barrio empezaron a aparecer los turrones. Fue una floración repentina y exuberante de envoltorios de colorines de polvorones, figuritas de mazapán, mantecado, tabletas de turrón duro, blando y guirlache, incluso de roscones de reyes en las estanterías. Dulces precursores de navidad  que invitaba a llenar el carrito de la compra en un feliz anticipo de estas entrañables fiestas que asomaban la patita consumidora al reclamo de la tarjeta de crédito.  

Claro que precursores de estas fiestas no fueron solo los mazapanes y turrones del súper, en lo que respecta a la iniciativa privada, sino también lo fueron esos árboles cilíndricos como enormes cucuruchos recubiertos de espumillón verde-abeto y cuajados de bombillitas de colores destellantes que los munícipes locales empezaron a hacer brotar en plazas y espacios públicos. Una encomiable competición  por ver quien la tenía más larga; quiero decir, a ver qué alcalde levantaba el pirulí navideño de más metros de altura, más vistoso y mejor iluminado que el resto del gremio alcaldesco.


Lo dicho, encomiable competición que, a más de agradar a los ciudadanos que ya estaban procesando su sistema neuronal en modo navidad, atraen a miles y miles de bípedos de lueñes lugares que llegan arrastrando su maleta de ruedinas con su monótono traqueteo sobre el embaldosado de las aceras. Y como música de fondo, un sabroso runruneo de caja registradora que engrasa la maquinaria del sistema económico neoliberal y hace que nuestras democracias vayan por la senda de la paz social.

Pues eso, improbable y caro lector, que quería escribirte un cuento navideño para felicitarte las fiestas, tal y como lo vine haciendo durante muchos años, pero no encuentro manera de abordar el asunto. Creí que, una vez pasado el Black Friday ese y sus afanes a precio de ganga, vendrían unas semanas de sosiego antes de que en el ambiente se esparciese ese tufillo que anticipa la alegría del cosquilleo navideño. Confiado en ello, me he dedicado a mi vieja afición de flaneur capitalino, buscando ese ¡Clic! que despierta la imaginación y te inspira una pequeña historia que ni el Borges las escribiera tan originales.

Pero no, antes de ponerme en ambiente, hicieron eclosión los turrones del súper y empezaron a brotar los árboles municipales de esqueleto metálico, más todos los miles de luminarias que han dejado las calles comerciales como un ascua.

Entonces no pude menos de imaginar a la sagrada familia, ella con su preñez avanzada, él tirando de la maleta con ruedas, localizando un Uber con la aplicación del móvil para que los llevara hasta el alojamiento Airbnb que habían contratado desde Galilea junto con un vuelo low cost en Vueling.

Y en previsión de un parto anticipado a la fecha prevista por el ginecólogo allá en Belén, traían contratada una póliza médica de una afamada empresa supranacional propietaria de la cadena de hospitales Ruber y asociados, que garantizaba asistencia las veinticuatro horas del día, con los más modernos paritorios y epidural incluida para que la madre no sufriese en el parto.

Lo que no cubría el seguro era la asistencia del buey y la mula a ambos lados de la cuna porque la ley de protección animal no consiente que los cuadrúpedos ungulados pernocten fuera de su nicho ecológico. En su lugar, se podía contratar, como sustitutos a dos robots biónicos dotados de IA que mugían o relinchaban a gusto del usuario. Solo que ellos, José y María, no podían permitirse ese dispendio porque la carpintería proporcionaba unos ingresos más bien modestos. Por eso decidieron contratar un buey y una mula de peluche que producían un bonito efecto de intimidad familiar.

Pero eso, claro está, en caso de que María se pusiera de parto durante las vacaciones navideñas. De no ser así, el seguro les exoneraba de los gastos del paritorio y el alquiler de los peluches.

Poco más te puedo decir, caro lector. Si ves por la Puerta del Sol, la Plaza Mayor o por la calle Preciados, o sus aledaños, una pareja enamorada, ella en avanzado estado de buena esperanza y él con largas barbas proféticas, seguro que son ellos. Trátalos con simpatía y, si es posible, os hacéis un selfi juntos, que no volverás a ver una pareja tan famosa, aunque discreta, como esta de la sagrada familia.

 

jueves, 12 de diciembre de 2024

Autoplagio navideño.-

 


Como se acercan las entrañables fechas de la navidad, he rescatado de entre mis papeles informáticos este cuento navideño que, aunque verosímil, es muy improbable que ocurra. 

Dicho sea en mi descargo, en aquellas fechas estaba yo muy cabreado con el mundo porque éste no rodaba como yo tenía el convencimiento de que debía hacerlo. Al día de hoy, no es que el mundo marche mejor, ni que yo me haya resignado a verlo ir a su aire; es que la madurez que da el paso del tiempo y la convicción de que no iba a mejorar por mucho que yo me empeñe en que sí debería, han llevado a este jubilata al autismo social -por decirlo de alguna forma- y, por ende, al repliegue sobre mis defensas interiores, convertido en espectador escéptico.

Pues eso, el cuentecito de marras dice así:

"Era la víspera de navidad y se notaba en el ambiente. La gente se había puesto sus mejores sonrisas, esas que sólo se sacan en días muy especiales, como las fiestas navideñas. Caminaban alegres y locuaces. El duendecillo de la bondad había abandonado, por unos días, su desesperanza y se había adueñado de la ciudad. La gente se saludaba por las calles:

- ¡Feliz Navidad! –, decía el jubilado al barrendero que empujaba el carrito lleno de hojas de los árboles.

- ¡Feliz Año! – le decía el quiosquero a la mujer joven. Ella empujaba el cochecito del bebé, orgullosa de su reciente maternidad.

- ¡Feliz Noche!, ¡Próspero Año Nuevo!, ¡Paz y Prosperidad!, ¡Felicidades... Felicidad, ¡Felicidad!  Era la alegre consigna del día.

Todo eran sonrisas, parabienes, saludos. En los buses urbanos, las personas se cedían los asientos, en las aceras se cedían el paso; en los semáforos, los coches esperaban con paciencia, aunque los peatones cruzasen con la luz roja. Un sentimiento de hermandad universal reinaba durante aquellas horas, intenso y provisional.

Dentro de las casas los abetos navideños parpadeaban con alegres destellos; los belenes, en el estático dinamismo de sus figurillas, plasmaban el cíclico nacimiento del Niño Jesús, rememorado en una opulencia gastronómica de turrones, langostinos y champán de supermercado. La calefacción irradiaba su calor doméstico, el frigorífico rebosaba de alimentos, los armarios estaban abarrotados de regalos para la familia y por las ventanas se escapaban miles y miles de kilovatios de luz que se sumaban al alumbrado público navideño. La ciudad, vista desde la noche y el silencio del cielo, era una enorme luciérnaga que se pavoneaba con mil destellos y colores.

Cuando llegó la hora de la cena navideña, se fue la luz. Con la sobrecarga, varias subestaciones saltaron por los aires en una erupción de chisporroteos azules y llamaradas rojas que lamían los flecos negros de la noche. Las tiendas de los chinos se llenaron de gente cabreada que compraba velas y pilas de linternas y las centralitas de las compañías eléctricas se saturaron de llamadas de protesta.

Fue una Nochebuena inolvidable, con la gente agazapada en sus casas, temerosa del silencio y la oscuridad.

lunes, 18 de diciembre de 2023

A vueltas con las navidades.-

 

Quizás el improbable lector sea como este jubilata, un irresponsable que cada comienzo de año se hace promesas que siempre incumple, y a cada fin de año no se arrepiente de haberlas hecho para incumplirlas. 

No hay por qué tener mala conciencia: recuérdese el tópico de los políticos y sus promesas en campaña que es un prometer hasta meter. Una vez apesebrados en el despacho oficial, olvidan palabras que el viento se llevó. Aunque siempre queda el recurso a la maldita hemeroteca por si hay que defenestrarlos. 

Pero no pasa nada. Siempre surge un puesto de manager en una gran empresa para resarcirles de tan lamentable pérdida como es quedarse sin sinecuras de la cosa pública. Mira al ex-ministro Iceta, más contento que unas pascuas con el regalo que le ha hecho el señor Sánchez (el perdonador de injurias a cambio del bíblico plato de lentejas de siete votos), de embajador ante la ONU.

Pero no es de eso de lo que va esta bitácora navideña. Sólo lo decía por aquello de incumplir promesas y no arrepentirse de ello. Así, un servidor, nada más comenzar este año que va finiquitando, y mientras navegaba algo desnortado por las pasadas navidades, se hizo la firme promesa de no hablar de ellas en éstas que vamos sobrellevando con buen ánimo y con ayuda de los polvorones sanenrique y el surtido de mazapanes.

Lo cierto que no queriendo, pero recordando viejas navidades en las que solía vengarme escribiendo cuentos sobre el asunto con franca mala leche, he echado mano del archivo donde guardo todos aquéllos bajo el epígrafe poco edificante de “Jodida Navidad”. Y descubro que los primeros los escribí en 2001. Debió ser como una premonición del lamentable y puñetero siglo que acabábamos de estrenar.

Y digo los primeros porque fueron tres relatos breves que escribí de un tirón, creo que en la nochevieja, mientras el pueblo confiado tomaba las uvas y festejaba el primer año de este siglo. De éstos, solo publico aquí el segundo relato, que, visto con la perspectiva que dan los años, hasta puede resultar premonitorio. 

No es culpa de este jubilata si la musa Calíope le inspiró en un momento de despiste, o quizás fue Talía, puesto que lo que aquí sigue es una pincelada de la comedia de la vida:

Cuento ejemplar navideño nº 2:

 

"Cuentan viejos cronicones que, allá por los comienzos de nuestra Era, en un lugarejo de Palestina llamado Bethlehem, una pareja de okupas indocumentados se posesionó de un viejo establo con la burda excusa de que ella estaba grávida y a punto de parir. Las indagaciones de la policía militar hebrea pusieron de manifiesto que el individuo, ayudante de carpintero, decía llamarse Iuseph, mientras que su coima respondía al nombre de Marián, y la criatura que parió y depositó dentro del pesebre recibía el de Emmanuel. Tan nimio acontecimiento fue ocasión para que elementos subversivos, disfrazados de pastores, agrupados en una organización terrorista llamada Al-Fatah, iniciaran una revuelta en la cual el rabino Ha-Leví perdió su kipá a consecuencia de un manotazo que le dio en su venerable cogote uno de los revoltosos. La cosa no pasó a mayores gracias a la heroica intervención del ejército sionista que rodeó la aldea con tanques, eliminó a parte de los terroristas mediante ataques selectivos y arrasó el portal con ayuda de un par de excavadoras. Los okupas fueron arrojados al desierto y años después el tal Emmanuel, bajo el pseudónimo de Jesús, se dedicó a subvertir el orden establecido. Eso hasta que la autoridad competente le canceló el pío clavándole en un madero sin más contemplaciones. Desde entonces reina la paz en la zona. ¡Aprendan las venideras generaciones!"

  

miércoles, 21 de diciembre de 2022

Otras formas de ver las navidades. -

 


Perdonará el sufrido lector de esta bitácora. Se acercan los últimos días del año con las fiestas navideñas tan entrañables como inevitables. 

Buena ocasión para hurgar en el baúl de los recuerdos en relación con estas fechas. En un rincón de este baúl he encontrado tres cuentos de inspiración navideña que llevan el anodino título de Navidad 2004/A, 2004/B y 2004C. Se ve que aquel año escribí tres cortos relatos navideños. De los titulados 2004/A y 2004C le ahorro al improbable lector su lectura, no sea que se me cabree ante tanta mala leche como destilaba este trío de relatos cortos. Pero no me resigno a dejar de publicar el que sigue, y dice así:

 

- ¡Feliz Navidad, hombre! -. Acababa de dejar a los amigos después de la última copa. Eran las 10 de la noche de Nochebuena y se había retrasado. En casa estarían todos esperando para sentarse a la mesa: los hijos con sus mujeres, la hija pequeña con el novio, la mujer, atareada con la cena... Sólo faltaba él.

Es verdad que estaba un poco achispado. Aunque hacía mucho frío, él sentía un calorcito que le subía desde el vientre hasta la cabeza y una generosidad alcohólica muy navideña. Por eso le dio lastima aquel individuo sentado en el banco. El tipo fumaba, los antebrazos apoyados sobre los muslos, la cabeza inclinada, medio escondida entre los hombros, indiferente a la alegría navideña. De vez en cuando daba una calada a la toba y el humo salía de su boca con una vaharada que se perdía entre las gotas de lluvia menuda. De vez en cuando escupía al suelo y observaba el pequeño mar de escupitajos formado a sus pies. Pero siempre con la cabeza gacha.

- Anímese, jefe, que hoy es Navidad –, insistió él con su chispita de alegría alcohólica bailándole en los ojos.

El otro pareció prestarle atención. Levantó la cara y le miró. Había como un resquemor y una rabia reconcentrada en su mirada. Se puso en pie, tiró el resto de cigarrillo al suelo y lo destripó de un pisotón. Luego, sin dejar de mirarle, sacó una navaja del bolsillo y se la puso en la boca del estómago. 

- Venga la pasta, tío listo –, exigió.

Cogió la cartera y, sin prisas, observó su contenido: 127 euros, una tarjeta de crédito y un metrobús sin estrenar. No estaba mal para una tarde tan aburrida, con la gente metida en casa.

El tipo aquel se guardó la cartera y la navaja. Alzó las solapas y el cuello de la chaquetilla vaquera y hundió la cabeza entre los hombros. Se metió las manos en los bolsillos y empezó a caminar a paso ligero. Antes de dar la vuelta a la esquina de la farmacia, se volvió y le gritó al achispado:

- ¡Ah…! ¡Y próspero Año Nuevo, amigo!

viernes, 24 de diciembre de 2021

El antígeno de navidad.-


-Quién da la vez… - pregunté en la cola. – Servidora, me respondió una señora que estaba con el carrito de la compra. Acababa yo de llegar a aquella farmacia que hacía el número n + tropecientos de todas las ya recorridas. Dominado por la última histeria colectiva, yendo de cacería del test de antígenos que regala graciosamente la Comunidad de Madrid a sus súbditos, me había recorrido todas las farmacias del barrio y aledaños. Incluso intenté sobornar a nuestra farmacéutica habitual, quien, aparte de ponerse muy digna, se le había acabado la remesa.

Andaba yo con prisas porque tenía que ir a Ahorra Más a comprar los langostinos de navidad y otros mandados para el avituallamiento doméstico, según la nota que me había pasado la mi santa. Estábamos invitados a cenar fuera de casa y, sin el certificado de vacunación y la prueba negativa de antígenos, la familia te repudia incluso en las más entrañables fechas navideñas. Así que aquella farmacia era mi última oportunidad.

-Señora – le dije – le compro la vez. – Verdes las han segado, respondió. Y me dio ostensiblemente la espalda. – Le regalo tres mascarillas quirúrgicas – insistí. Nueva negativa. – Le canto un villancico tradicional – volví a insistir. Yo estaba dispuesto a cualquier humillación por conseguir un palito de esos. – Esto empieza a ser un acoso – replicó ella, ya francamente incómoda. 

Me resigné a esperar.

Después de todo, no era la primera vez que hacía una cola. En Doña Manolita pasé cinco horas haciendo cola para comprar un décimo del número capicúa que me salió en el tique de la frutería el día 22 de noviembre. Una premonición que no podía fallar. Solo que los premios gordos salieron en la estación de Atocha y la red ferroviaria se encargó de desperdigarlos.

También he hecho una larguísima cola en Ipanema, la panadería de por cerca de Arturo Soria, donde es fama que hacen los mejores roscones de reyes. Aunque cuando me tocó la vez, ya se habían agotado y tuve que llevarme una chapata por no perder el viaje. Y en el Lidl, donde el antiguo cine Canciller, cuando pusieron a la venta una partida limitada de turrones variados en oferta que, si comprabas el lote entero, te ahorrabas 5 €. Y hasta he hecho cola delante del quiosco de la ciega en la plaza Virgen del Romero, donde es fama en el barrio de que tiene mano de santa para dar rascas.

O sea que por hacer cola no era, que, sin ir más lejos, en la charcutería del Ahorra Más la hago cada vez que alguien delante de mí pide 200 gramos de jamón de recebo cortado a cuchillo, 150 gramos de chorizo de Cantimpalo en lonchas finas, otros 150 gramos de queso en barra Aldi para sandgüiches, otros 150 gramos más de jamón de york en oferta…

Pero eso no es lo mismo que ir a por un test de antígenos de regalo de la Comunidad de Madrid, cuyos próceres miran tanto por la salud pública como por el bienestar y la felicidad social, cuando llenan de terrazas las aceras para que el pueblo madrileño tome sus birras sin mascarilla, pero en libertad, y no como esos comunistas que etc., etc.

O sea, que no es solo porque la familia te repudie en la entrañable cena de Noche Buena. Es también por no hacerles el feo a los políticos que se desviven por el bien público, quienes, al comenzar la pandemia el año pasado – cuando salíamos a la ventana a cantar el “Resistiré” –, nos regalaron una mascarilla FFP2 y ahora nos regalan el test de antígenos salvador.

Me temo que esta, a pesar de todo, entrañable noche de navidad, tendremos que pasarla la santa y yo solos en casa. Ya hemos sacado los langostinos a descongelar, pondremos uno volovanes con ensaladilla rusa del súper y adornaremos la mesa con velitas de la tienda del chino de la esquina. No faltará detalle porque hasta pondremos en el tocadiscos el villancico de la Negrina, ese que dice San Sabeya Gugurumbé, esa ensalada de canciones populares de Mateo Flecha el Viejo.

https://www.youtube.com/watch?v=g_zrLRJs5Pg

Y, si no es esta navidad, será la próxima cuando consigamos el ansiado test de antígenos y celebremos en familia extensa las ya dichas fechas entrañables, cava extremeño incluido. Porque, como decían cuando yo era niño: hay más días que longaniza.

 

viernes, 1 de enero de 2021

Estrenando año, a ver qué pasa.-

 Anda este jubilata últimamente preocupado por la sequía de esta bitácora. Y con razón, porque pasan las semanas y no se encuentra material de provecho que llevarse al teclado del ordenador. No porque estos tiempos de confinamiento a ratos y según conveniencia comercial no den asunto a tratar; es porque los asuntos con que nos forrajean el pesebre mediático son tan repetitivos y previsibles que no hay por donde exprimirles un poco de originalidad. 

Lo más original que ha ocurrido estas pasadas fiestas navideñas ha sido que al Raphael le han montado un espectáculo de lucimiento ante cinco mil añorantes y se ha armado la de dios es cristo por si aquella multitud era potencialmente propagadora del Covif-19 (o alguna de sus mutaciones). La discusión sobre si sí era contaminante o, al contrario, la multitud estaba bajo control y era más inocua que una reunión familiar de seis miembros, ha ocupado horas y días de pantalla. Mayor provecho no se le podía haber sacado al recital raphaelino.

Además de los sesudos análisis médicos en los medios afines y adversos al evento, y el habitual guirigay en Twitter y demás rebaño de redes sociales, todos ellos han cumplido su función sobradamente: hacer olvidar al personal sus auténticos problemas: el diario vivir de cada día sin tomar conciencia de que somos manipulados como cobayas de neurona moldeable. 

Pero desde esta bitácora no nos pondremos transcendentes, menos aún a primeros de año. Antes bien, el pesimismo antropológico que aquí se practica – siempre en defensa propia – nos lleva a mirar estas pequeñeces con una cierta condescendencia: el material humano no da más de sí y los de clases pasivas ya no estamos en edad de elucubrar sobre cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler, como hacían los teólogos bizantinos. Aparte que nos da un poco lo mismo.

Aquí, en esta bitácora, practicamos la intranscendencia para no complicarle la existencia al improbable lector. Y, de tarde en tarde, y si está en nuestras manos, nos vamos burlando de las pequeñas realidades que nos toca vivir mientras el tiempo se toma su tiempo. Si, por equivocación, nos ponemos pensadores – que a veces sí, aunque sólo un ratito –, es filosofía de mesa camilla fácilmente digerible. Basta con cambiar de canal.

Claro que, tras esta confesión de intranscendencia, los que llevamos impresa la fecha de caducidad no podemos dejar de reflexionar sobre el paso del tiempo (acabamos de cambiar de año) y los acontecimientos consiguientes. Éstos sepultados por aquél, “…Al igual que las dunas al amontonarse unas sobre otras ocultan las primeras, así también en la vida los sucesos anteriores son rapidísimamente encubiertos por los posteriores”. Un servidor lo atestigua por simple observación.  Nihil enim semper floret. Aetas succedit aetati, porque nada es vigoroso para siempre y a un día sucede otro día. Y es que nuestros clásicos (en este caso Marco Aurelio y Marco T. Cicerón) son una fuente de sabiduría para nosotros…, con la ventaja de estar al alcance de la mano gracias al


Google ese que ha convertido en innecesarias las enciclopedias. 

Y, por ir dándole fin a estas notas, con esto se ha terminado el año. Lo hemos vivido como hemos podido y, a lo que parece, le sobrevivimos, con la esperanza de que el que está comenzando sea un algo más benigno. Despedimos el anterior sin pena y recordando eso que repite la mi santa tantas veces: Año bisiesto, año siniestro

Y aquí en casa, por dispersar nuestra atención de tanta fatiga Coronavirus como nos invade a través de los medios de comunicación, le dijimos adiós al 2020 escuchando L’ infedeltà delusa, de Haydn. Una burla, un juguete musical. 

Vamos a ver si termina, de una vez, esta broma pesada de la pandemia. ¡Coño!

lunes, 30 de diciembre de 2019

Año nuevo, viejos propósitos.-


Cuenta mi santa que, siendo ella mocita, en su pueblo leonés, un doctrino fue a confesarse como preparación a la primera comunión. Después de confesar al cura sus pecados reales o supuestos – era un chaval de 8 años – le dijo: “Padre, y, además, me acuso de mi mala vida pasada”.

El chaval, en su inocencia de precomulgante, tenía propósito de la enmienda y aspiraba a una vida arcangélica, por lo que se ve. Otra cosa fue cuando llegó a joven y empezó a frecuentar la taberna, y a jurar la rehostia cuando arreaba las mulas en la labranza; o, cuando, en la casa de Putifar, se refocilaba de sus partes viriles con las mozas del oficio venéreo, según era uso en tierras de pan llevar. El dicho popular de sábado, sabadete, camisa limpia y polvete, era expresión de una norma no escrita, pero de uso común. La jodienda no tiene enmienda, debía pensar el tal, ya olvidado de su infantil propósito de vida sin tacha.

Propósitos de la enmienda, este jubilata, no recuerda haberlos tenido en los últimos decenios vividos. Ni recuerda motivos suficientes para acusarse de su mala vida pasada. En todo caso, y de arrepentirse de algo, sería de una vida mediocre. Pero, ni a eso hay opción, ya que la mediocridad es el común denominador de las clases medias, y un servidor no ha pasado de ser un infusorio dentro de la charca del vulgar vivir diario. 

Aparte que, un arrepentirse de la mala vida pasada (mala por lo que ha tenido de anodina), viene a ser una enmienda a la totalidad de la vida vivida, lo cual equivale a la negación del valor de lo vivido. No sé si el improbable lector me entiende. Y si no, no se preocupe. Tampoco Babieca entendió a Rocinante: “Filosófico estás”, dijo el uno – “Es que no como…”, respondió el otro, según cuenta Cervantes en aquel soneto. “Lengua de asno”, llamó al sufrido Rocinante. 

Aun así, hubo tiempos en que, con la llegada del Año Nuevo, hacía algunos propósitos tan preñados de buenas intenciones como hueros de eficacia. Ineficacia que el mismo tiempo, en su transcurso, se encargó de demostrar fin de año tras fin de año. Lo malo es que de ello queda constancia escrita en de mis diarios personales, donde fui dejando testimonio. Ahora, releídos, choca tanta ingenuidad como es prometer y comprometerse a perseverar en lo prometido. Bastante más cómodo hubiese resultado el cínico prometer hasta meter… y olvidar lo prometido.

Claro que, no sólo se trata de promesas de año recién estrenado, es que las despedidas del año viejo también iban por caminos parecidos. He entresacado algunos fragmentos de textos correspondientes a aquellas fechas. El improbable lector juzgará si con esos mimbres se pueden hacer gratas despedidas del año que termina u óptimas promesas del que entra:

2000, diciembre, 31. Último día de nada y comienzo de lo mismo. El año pasado, por estas fechas, se montaron grandes espectáculos porque se decía el cambio de milenio; era mentira, pero el negocio funcionó. Hoy, a las 24:00 horas finaliza el año-siglo-milenio… Me gustaría dejar dicho aquí algo transcendente, o profundo, o poético, o simplemente ingenioso. No se me ocurre nada.

2001, enero, 1. Los primeros españolitos que han venido al mundo en estas tierras, que algunos seguimos llamando España, han sido un niño peruano en Valencia y una niña guineana en Madrid; eso sí, hija de una inmigrante clandestina… Signo de los tiempos.

2002, enero, 1. Aparte de que en el calendario tenga algún significado, en lo que respecta a la vida diaria no hay cesura. Siguen las pequeñeces que hacen incómoda la vida en estos días de fiesta y borrachera por costumbre.

2003, enero 1. Frente al pesimismo de la razón, el optimismo de la voluntad…, me ha escrito un amigo, a modo de felicitación.
…..

2016, 31 diciembre. Y aquí se termina un año vivido con indiferencia. Quiero decir, que no ha tenido nada de especial y que nada especial he esperado de él. Ha transcurrido de oficio y no puedo quejarme de lo que me ha deparado.

2017, 1 enero. Con esto nos ponemos en el primer día del año. Hemos dado y recibido todos los parabienes que correspondían para propiciar el año que comienza. Ahora solo falta que él se tome la libertad de ir por donde mejor le parezca, que no ha de ser, forzosamente, lo mejor que nos pueda ocurrir.

2018, 1 enero. Son las 04:30 de la madrugada de la primera noche del primer día del año. Me despierta un olor acre y venenoso que entra por la ventana: algún conciudadano, en ejercicio de su real gana, ha quemado un contenedor de los que están frente a casa. No me gustaría que esto fuese premonitorio de la estupidez humana que predomine todo a lo largo del año recién estrenado.

2018, 31 diciembre. En una perfumería del barrio, compro una colonia elegante para la santa. Me atiende una muchacha, orgullosa de sus tetas generosas y bien colocadas, de voz insinuante; atributos muy a propósito para descolocar a los clientes y obnubilarles el entendimiento. Con sonrisa promisoria de encantos carnales, me pregunta, e insiste: ¿Está seguro de que no quiere nada más?, y yo le miro de reojo las tetas esplendorosas y respondo, muy serio: Completamente. Gracias. Claro que no es del todo cierto. Seguro, seguro que no me hubiera importado sobarle un ratito el tetamen que exhibía tan generosamente. Pero eso es machismo, creo.

Pues eso, feliz año nuevo. Felix, faustum fortunatumque sit vobis. 

lunes, 16 de diciembre de 2019

Simpapeles por navidad.-


El caso es que, para un jubilata aficionado a darle a la tecla para alimentar su bitácora, publicar un cuento de navidad en estas fechas es obligación inexcusable. Y eso por dos razones: una, porque un cuento entrañable de navidad junto al Pesebre es el complemento ideal para digerir el turrón, tan dulces el uno como el otro. Aparte que turroneros y belenistas son aliados naturales y nuestra sociedad no entendería la presencia de unos y la ausencia de otros; la otra razón es simple cuestión de amor propio de escribidor. Uno acostumbra a afilar la péñola en ocasiones memorables como las navidades que, aunque cíclicas, con sus espumillones y sus lucernarios municipales, siempre dan asunto para acarrear tinta del tintero al papiro. 
Dicho sea, improbable lector, claro está, en sentido metafórico. Ya no es cuestión del rasgueo de la pluma sobre el papel, ni siquiera de darle a la tecla de la Olivetti, como cuando acumulábamos trienios siendo industriosos funcionarios, sino de píxeles sobre la pantalla.  
Lo dicho, fraterno lector navideño: el que sigue es un cuento 100%  lleno de amor universal, paz y buenos deseos, aunque un poco resabiado. Y eso porque, a poco que nos fijemos, las cosas son de una forma aunque en la tele salgan de otra, y en casa, la verdad, a la tele le hacemos poco caso. 
Pues dice así: 

Sucedió que aquellas navidades el Portal de Belén estaba vacío. La sagrada familia no aparecía ni viva ni muerta por los alrededores de la ciudad. Ni en las posadas más modestas, ni en los corrales, pesebres o cuadras de los arrabales se les había visto. Los  pastores, a los que había convocado el ángel pregonero a trompetazo limpio, no sabían qué hacer con sus ofrendas de queso, leche y vellones. La verdad, fueron unos días de desconcierto.

Verlos, los habían visto por los caminos de Judea. María, con su preñez avanzada, a mujeriegas sobre un borrico, y José caminando a su lado, mientras sujetaba al burro por el ronzal. De Nazaret habían salido unos días antes, pero a Belén no habían llegado. Y el camino, desde luego, se lo sabían, porque era un ritual que repetían cada año por aquellas fechas. Así que raro sí era, pero tenía que haber una explicación.

Semanas antes, el emperador Augusto, desde Roma, había decretado que cada cual, en las tierras de Israel, fuese a su lugar de origen a empadronarse para que les diesen la carta de residencia. Hasta que no lo hiciesen, estaban indocumentados y no podían disfrutar de derechos sociales. Y ellos, José y María, se habían puesto en camino a cumplir con sus obligaciones ciudadanas y, de paso, conseguir un subsidio de desempleo para José, que estaba en paro desde que deslocalizaron la carpintería, y asistencia gratuita para el parto que se le avecinaba a María.

Las autoridades públicas de aquella esquina del imperio ya sabían, porque sucedía cada año por estas fechas navideñas, que Belén se convertiría en un cafarnaún de gente extraña. Lo de la fiesta de Natividad, repetido año tras año durante un par de milenios, había llegado a ser tan multitudinario que, para el solsticio de invierno, Belén se llenaba de devotos, curiosos, mercaderes, rapa-bolsas, emigrantes sin papeles, parados en busca de una chapuza extra, pedigüeños profesionales y un sinfín de expatriados en busca del milagro económico al amparo del Portal y las riquezas que traían los Reyes Magos.

 Pero este año, las autoridades habían decidido acabar con el efecto llamada y montaron una valla doble en torno a la ciudad. La cubrieron con kilómetros y kilómetros de alambres de púas y, en la parte más alta, pusieron rollos de concertinas con cuchillas que cortaban como las de afeitar. Por los puestos de control únicamente podían pasar los ciudadanos del imperio, los turistas con visa y los mercaderes de cualquier país, siempre respetuosos con los principios de la libre concurrencia.

Toda la barahúnda de indocumentados se quedó del otro lado, por más que intentaron varias veces saltar las alambradas. Los había a miles, en campamentos improvisados, donde las ONG se hinchaban a remendarles los costurones producidos por las concertinas.

José y María, con paciencia, fueron recorriendo el perímetro de la valla y, en cada control, pedían a los aduaneros que les dejaran pasar, que tenían un trabajo muy importante que hacer en el Portal del Belén aquella noche. Pero como les veían con esa pinta de pobretes y no tenían acreditación, les daban puerta. Y saltar la alambrada, con concertinas y todo, no era cosa de intentarlo. José, porque estaba en edad provecta y bastante artrítico; María, porque, con lo de la preñez, no era cuestión de desgraciar al niño a punto de nacer.

Llegó la noche del parto, el Portal seguía vacío y la sagrada familia en paradero desconocido. Bajo un alcornoque, frente a la alambrada, María parió a su hijo, lo arrimó a la teta y el bebé se durmió como un cordero; ni se enteró de que había salido del claustro materno para terminar en un campo de refugiados. Por lo demás, nadie se dio cuenta de que había nacido el que darían en llamar el Mesías. Había, por aquellos andurriales, demasiados desgraciados intentado sobrevivir y uno más ni se nota.

martes, 1 de enero de 2019

Ya vienen los Reyes (Magos).-


Escrito hace ya unos años, cuando el reinado del papa Ratzinguer, este cuento sigue teniendo vigencia a condición que el improbable lector no se muestra muy exigente. Y aunque ya nadie se acuerde de cuando Benedicto mandó al paro al buey y la mula, y a los magos los cambió de ubicación, espero que a ningún lector le moleste dedicarle diez minutos de lectura. 


Verídica historia de los Magos, del buey y la mula.
(Como nadie te la ha contado)

Resultó un buen día que los Reyes Magos no venían de Oriente, como habíamos creído toda la vida. 
Sucedió que, según la tradición popular, no avalada canónicamente, los Reyes Magos de Oriente se pusieron en camino siguiendo una estrella. Desde las llanuras del Ganges, desde los desiertos del Eufrates, desde las lejanas fuentes del Nilo, los tres Magos comenzaron su singladura hacia el Próximo Oriente. Siguiendo la estela de aquel astro luminoso, cada uno por su cuenta, se pusieron en camino, convergiendo en un punto indeterminado del que la religiosidad popular no dice media palabra. Desde allí, donde quiera que fuese aquel lugar, los tres viajaron en la misma caravana hacia una aldehuela de Judea, de nombre Betlem, donde, según los libros sagrados, había nacido un niño de una virgen.

Así lo venían haciendo desde hace, al menos, dos milenios, hasta el año de gracia de MMXIII. Aquel año, cuando llegaron al Portal con sus ofrendas de oro, incienso y mirra, el Sumo Sacerdote les dijo que no, que tanto la tradición como la devoción popular estaban muy equivocados. Que ellos, realmente, de donde procedían era de la lejana Tartessos, allá donde las columnas de Hércules, donde comienza el Mare Ignotum.

Perplejos, se retiraron a deliberar y consultar los arcanos escritos. Según los sánscritos libros védicos, de acuerdo con las tablillas cuneiformes conservadas en los zigurats de Uruk, y según las tradiciones orales de allende las fuentes del Nilo, ellos, de toda la vida de dios, de donde venían era del Extremo Oriente. Así se lo hicieron saber al Sumo Sacerdote de blancas vestiduras. Pero éste, que era infalible en sus dictados, insistió en que no; insistió en que, según los libros revelados de la verdadera religión, ellos venían de Tartessos y no había más que hablar y que aquello eran habas contadas. Si no les gustaba, que pidieran el finiquito y se buscaran la vida.

“Pues para este viaje no hacían falta alforjas”, dicen que comentó Baltasar. “¡Jó!”, se limitó a opinar Gaspar. “Y ahora ¿qué puñetas hacemos?”, se preguntó Melchor. Era ésta, puede suponerse, una pregunta retórica, ya que la cosa había quedado bastante clara: De ahora en adelante, y a efectos de la cristiandad toda, ellos procedían de la tierra más occidental, de la lejana Bética; exactamente, donde los linces en extinción llevaban una vida de estricta supervivencia.

“No sé de qué os quejáis”, les dijo la mula, “Lo nuestro sí que es una putada. Dicen que nosotros nunca hemos existo”. Fue entonces cuando los Reyes Magos se dieron cuenta que el buey y la mula ya no estaban junto al pesebre del Portal y calentando con su aliento al niño recién nacido, sino en un corral anejo. La mula, con ese mal carácter que tienen los de su especie, tenía un cabreo como para no dicho y lanzaba cagamentos como coces; el buey, sin embargo, sumiso como todos los castrados, mugía bajito su pena al verse desahuciado de las leyendas piadosas.

En efecto, el buey y la mula habían dejado de existir porque el Sumo Sacerdote de albas vestiduras así lo había dicho. Estaba en conexión directa, vía Wifi, con la divinidad, y sus enseñanzas eran, a efectos de controversia teológica, incuestionables. Aunque desde el punto de vista doctrinal aquello no tenía vuelta de hoja, desde el punto de vista práctico exigía una estrategia para su solución. Y la estrategia fue, acorde con los tiempos que corrían, de tipo comercial.

Es cosa sabida que el Portal era un chamizo de cuatro adobes mal ensamblados y una techumbre de ramas y barro. Tras dos milenios de uso, comenzaba a amenazar ruina y existía el problema de que las autoridades civiles le retiraran el permiso de habitabilidad, mandasen derruir el lugar sacro y, por consiguiente, diesen al traste con el santo negocio.

Por ello, para recabar fondos con qué rehabilitarlo, una comisión de teólogos, siguiendo las rectas doctrinas neoliberales,  dictaminaron que no era contrario al dogma convertir al buey y la mula en picadillo. Su carne, debidamente sazonada, y con los controles sanitarios pertinentes, abastecería todos los burger de la Tierra, No en vano se llevaba veinte siglos representando los dichosos animalitos por doquier, así que los había por millares. Había suficiente como para inundar de carne todos los fats food de la cristiandad durante una larga temporada. Las gentes que acudían en peregrinación a estos comederos no tendrían la menor duda de que las hamburguesas estaban divinas.

Visto que aquellos eran tiempos de reajustes económicos e ideológicos, los Reyes Magos prescindieron de sus coronas, de sus mantos y oropeles y optaron por instalarse en las playas de Huelva, donde montaron un chiringuito de lo más cutre – estética portal de belén – para guiris nórdicos. Allí van capeando la crisis. Eso sí, fieles a la tradición, cada navidad toman un vuelo low cost y se presentan en Belén. Y en vez de incienso, oro y mirra, le llevan una ración de pescaítos fritos y cervecita bien fría, que el bolsillo no permite más alegrías, oiga usted...

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Cuento de navidad sin edulcorante.-


Era uno de esos días previos a la navidad. José y María, según la tradición cristiana, habían llegado a lomos de una patera hasta las fronteras del espacio Schengen. Allí, como era previsible, se les negó el visado de entrada y, como cada Noche Buena, María parió a su hijo Jesús junto a la valla de Melilla. Pero del otro lado. De éste, nadie se enteró; tan ocupados estaban en adornar con espumillón el abeto de plástico.

En estos mismos días con las navidades en puertas, de las concertinas para acá, en un lugar de la C.E. que aun se llamaba España, el griterío de los electos para el ejercicio de la cosa pública era el habitual: Un iluminado, que enseñoreaba desde Portbou hasta San Carles de la Ràpita, predicaba la vía eslovena de la independencia cataláunica; cosa de cuatro tiros a bulto y media docenita de muertos para lustrar los laureles de la bien merecida libertad. Mientras, el joven prócer de la política conservadora de toda la vida como dios manda, se desgañitaba en el Congreso: ¡155!, señor Sánchez: ¡¡155!!

Un nuevo adalid, Pelayo redivivo, surgido de la profunda Carpetovetónica, iniciaba la reconquista del solar patrio desde Tarifa a Covadonga. A lomos de su caballo bayo, acude, corre, vuela, traspasa la alta sierra, ocupa el llano, no perdones la espuela, no des paz a la mano…, mientras que sus huestes le jaleaban: Santiago ¡¡¡Cierra España!!!, que se nos llena de emigrantes. A su raudo cabalgar, colectivos de feministas, veganos, podemitas, LGBT y otras anomalías sociales corrían despavoridos.

Mientras, en el centro geográfico de la cosa, un gobierno bonito  hacía equilibrios malabares – un pasito p’alante, María, un pasito p’atrás –, dengues y jeribeques para estirar la gobernanza del patio hispano hasta las elecciones generales, las cuales deseaba fuesen para largo me lo fiáis.

En fin, y para no cansar al improbable lector, era un día cualquiera, previo a la navidad.

En ese cualquier día prenavideño, el jubilata caminaba por Arturo Soria, camino del policlínico Nuestra Señora de América. Llevaba la intención de pedir cita con el urólogo. Es cosa sabida – se decía para sus adentros el jubilata; es cosa sabida, los que andamos transitando por estas edades provectas tan nuestras, somos los grandes contribuyentes del negocio de la salud. Con nuestras pensiones, con nuestras tarjetas sanitarias siempre en activo, con nuestros achaques, y con nuestra puñetera obsesión por negar los deterioros de la edad, somos la cantera de la que se alimentan la industria farmacéutica, la sanidad privada y la semiprivada que tira de recursos públicos.

Lo cual, aunque no viene a cuento en estas entrañables fechas navideñas, se dice aquí no por lamento – el jubilata no se quejaba, a lo sumo constataba la puñetera realidad –, sino porque fue la ocasión que le llevó a aquel encuentro fugaz: un hambriento que le pidió, o acaso le exigió (así se lo pareció a él) que le pagara una comida.

Como se ha dicho, iba el jubilata sumido en estas cavilaciones y bien olvidado de la proximidad de las ya dichas entrañables fechas, cuando se le acercó aquel hombre joven. El encuentro fue pasado el puente sobre la A-2, la autovía que va a Zaragoza, poco antes de llegar a donde los misioneros Combonianos. El individuo, en torno a los treinta años, no especialmente mal vestido, muy delgado, buena talla. Los dientes un tanto irregulares, con mellas, como castigados por una mala higiene bucodental o el consumo de drogas.

Se le acercó y le pidió con exigencia. Su tono, más que de súplica impostada, como en los profesionales de la supervivencia mendicante, era aplomado. Tenía necesidad de comer. Decidió que el hombre viejo, al que acababa de abordar, era la persona idónea para atender su necesidad. La verdad, tampoco tenía mucho donde elegir. A aquellas horas de la tarde, con la niebla y el frío, y la escasez de viandantes, el setentón solitario bien podía ejercer de ONG unipersonal y ocasional. El caso es que le remediara la necesidad.

Que le pagara una comida, o le comprara comida… Al jubilata le llevó unos segundos salir de su ensimismamiento y entender la exigencia del joven que pregonaba sus hambres atrasadas. Ya se ha dicho, no pedía con humildad, con esa humildad abyecta y sonriente de los profesionales que hacen de la caridad ajena su pequeño negocio de subsistencia. Él lo tenía claro: necesitaba comer. A mano no había nadie más, así que debía remediarle. Tampoco había amenaza ni en su actitud ni en sus palabras. Solo el hecho incuestionable de su hambre. Y la convicción de que el hambre se quita comiendo; y si uno no tiene con qué, alguien con posibles deberá remediarlo. Y dio la casualidad de ese encuentro.

Allí hay restaurantes, dijo el hambriento señalando hacia el centro comercial Arturo Soria.

¿Con mi jubilación, y pretendes que te la pague ahí? Contestó el jubilata con cierta sorna, mientras se rascaba el bolsillo. – Ahí solo comen los ricos.

Pues detrás de esos edificios negros – y señalaba del otro lado de la autovía – hay un DIA, insistió con aplomo el hambriento.

Ya…, y entonces no llego a tiempo a lo del médico, se excusó el jubilata.

Pues ahí cerca hay más tiendas; cómpreme algo para comer. El hambriento no estaba dispuesto a soltar su presa.

El jubilata se empezó a impacientar, pero no quería despertar la agresividad del joven hambriento. Se echó mano al bolsillo, abrió el monedero y sacó una pieza de dos euros. El otro extendió la palma de la mano.

¿Con eso te arreglas?, dijo el jubilata.

El joven hambriento miró la pieza de dos euros, tan redonda y lustrosa, con ese aplomo que da saberse moneda fuerte, símbolo y orgullo del paraíso europeo.

Con este dinero como. Dijo el hambriento. Dio un escueto “Gracias” y se fue.  

Desde el puente sobre la autovía, si se mira hacia la avenida de América, se veían las luminarias de la ciudad, con ese fulgor lechoso y desvaído que da el puré de niebla y contaminación. Mientras, los coches avanzaban con la lentitud y el tesón de las procesionarias. Los días de paz, amor y turrón estaban al caer.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Maniobras de distracción en torno al 24-Dic.

El caso es que la otra mañana (19-D) me fui a Muface a pedir un talonario de recetas médicas. Los jubilatas, ya se sabe, somos consumidores compulsivos de medicinas, y por eso…

Según iba por la calle, camino del metro, la ropa se me impregnó de ese sutil aroma a Navidad que flota en el ambiente estos días: un entreverado de feliz beatitud, contaminación atmosférica y ofertas del Primak. Al respirar, junto con el dióxido de carbono habitual, el espíritu de paz, amor y fraternidad cristiana - con un regusto de tarjetas de crédito quemando rueda, hay que decirlo – me invadió los pulmones. El corazón se me ensanchó y me dejé arrastrar por los buenos sentimientos que se suponen aledaños a la alegría que debe imperar de aquí al año nuevo.

El metro, Línea 7 por más señas, iba apretado de personal: son navidades y había convocada una huelga. Siguiendo mi deplorable costumbre, me dediqué a contar la gente que viaja abducida por su teléfono móvil. No en todo el vagón, que iba petado y no me alcanzaba la vista; sólo la gente de mi alrededor. Se trata de una estadística casera que un servidor acostumbra a llevar sin más objeto que demostrarse a sí mismo lo evidente: que la masa, conectada a un chisme electrónico, pierde conciencia de su ser en el mundo real. Esta vez la cuenta salió redonda: 10 seres ellos/ellas (por no discriminar géneros) eran transportados por el tren suburbano y por los pixeles que desprendían las pantallas. Tan solo uno/una (por no ofender sensibilidades) iba leyendo un libro de esos de papel impreso. Quien esto suscribe, por no destacar ni por un extremo ni por otro, acostumbra a llevar un E-book, siguiendo la recomendación de Horacio: In medio uirtus.

Andaba a medio camino entre los vistazos discretos al personal aferrado a las respectivas pantallitas y las aventuras de Julien Sorel, sus amores con madame Rênal y su ansia de ser un nuevo Napoleón, cuando se empezó a oír una cantinela que llegaba desde el fondo del vagón. Presté atención ante la insistencia de la cantinela y olvidé por un momento a los felices wasapeadores y los resquemores anti burgueses de Sorel. Poco a poco, llegué a entender la letrilla de aquella especie de melopea que sonaba como una monodia basada en apenas tres o cuatro notas.  Una mujer negra, puro despojo de ser humano, con todas las acreditaciones de drogata, recorría los vagones canturreando:

Por favó me pue-den ̮a-yudá para comé
Por favó me pue-den ̮a-yudá para comé…
Por favó me pue-den ̮a-yudá para comé..

Una especie de tonadilla reiterativa, monótona e insistente que emitía un ser enfermo, desgreñado, sucio y en estado de ruina. Observé a aquella mujer en puro andrajo humano, observé a la gente de mi alrededor. La mujer negra no movía a piedad sino a repulsión; llevaba en la mano costrosa unas pocas monedas. Y la gente, que estaba a lo suyo, se apartaba con discreción cuando pasaba por su lado. Yo hice igual, me estrujé contra los viajeros de alrededor y la dejé pasar. Era el espíritu de la navidad.

Se alejó entre la indiferencia y el asquito que produce el roce de la miseria y la pérdida de dignidad humana. En lo que me alcanzó la vista, nadie le dio ni una pieza de cobre ni le dedicó una mirada. Yo tampoco le di nada, aunque la miré como quien mira a un desahuciado. Muchos ni levantaron la cabeza de la pantalla, pasó la navidad hecha ruina por su lado y ni se enteraron. Los que sí, escondieron la vista en el teclado del móvil e hicieron como que no. El pasillo que se había abierto al paso del ser en descomposición de humanidad, se fue cerrando insensiblemente. Los cuerpos recuperaron esa pequeña burbuja de aislamiento personal que suele acompañarlos incluso en las aglomeraciones.

Tras dejar de oír el Por favó me pue… todo volvió a su ser en el vagón. Las pantallas volvieron a hacer guiños a sus adeptos. Saqué una libretica que siempre llevo en la bolsa y anoté la letrilla que canturreaba la mujer negra ante la indiferencia general. De la música, sencilla y rítmica, no me acuerdo, que soy duro de oído y frágil de memoria musical. Hecha mi anotación y confirmada mi estadística de abducidos, me sumergí de nuevo en las aventuras de Julien Sorel. Aquella mujer negra, despojo de alguien que inmigró un día a este país esperando encontrar el paraíso, ya no es más que una anécdota que sirve para rellenar una entrada en esta bitácora.

No me haga reproches el improbable lector. Yo, al menos, la miré a la cara.