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domingo, 8 de junio de 2014

España cañí.-


A veces compramos en una frutería del barrio, regentada por un matrimonio marroquí. Camino de la frutería, en la misma calle, pero un poco más abajo, un ultraderechista montó hace unos años una tienda de parafernalia patriótica, llena de insignias rojigualdas y todos esos adminículos que un español de orden no puede dejar de lucir sin ser gravemente sospechoso de la más aviesa rojez. Verbi gratia: collares y arneses para perro con la bandera de España; llaveros, ceniceros, pulseras, cintas para atar en el retrovisor de coche, todo ello con la enseña patria, y otros muchos objetos perfectamente inservibles, pero muy útiles para españolear con un par de…bien puestos. 

Porque un español en ejercicio de su españolidad a ultranza puede pasar por ser un hortera acreditado cuando luce esos complementos patrióticos, pero lo hace para demostrar que tiene más cojones que el cura de Villalpando, al lucirlos. Dicho sea sin meterse en averiguaciones sobre el volumen gonádico del clero rural, ni valorar el gusto dudosamente estético del patriotismo ultradextrógiro. El mal gusto, por racial y españoleante que sea, no deja de ser una horterada de tanto tamaño como los compañones del clérigo de misa y olla que tanta fama dio al pueblo de Tierra de Campos en tiempos pasados.

Estas semanas, que en la capital del reino se celebran las corridas de toros de las ferias de San Isidro, al pasar por delante de la tienda Patria, he visto en el escaparate un cartel alusivo a la españolidad de la cosa esa de la tauromaquia. Representa una cabeza de toro y una leyenda que dice: “ESTO ES ESPAÑA ¡Viva la Fiesta Nacional!”. De verdad, leído así de sopetón, he sentido como una vaharada de esencia españolista, me han entrado ganas de cuadrarme en mitad de la acera, levantar el brazo y dar el grito de rigor: ¡¡Presente!! No lo he hecho porque soy un rojelio resentido, de esos que critican la encomiable labor de desguace nacional de los chicos de la Gaviota azul genovesa, aparte  que esas cosas del todo por la patria me dejan más bien al fresco. Quiero decir, que el por Dios, por la Patria y la Tauromaquia no me motivan gran cosa, solo me admira la pervivencia de tanta vetustez.

Aunque, como se trata de un bien de interés cultural, me ha picado la curiosidad y he estado huroneando por Internet, a ver cómo se sustenta (económicamente hablando) tanta cultura como emana del cornúpeta hispánico. He descubierto la página oficial de la Comunidad de Madrid, a través de la cual se pueden solicitar ayudas económicas para el festejo taurino, así como las críticas que la progresía perroflauta, los nacionalismos periféricos  y el rojerío en general hacen a fiesta de tanta raigambre y “tan nuestra”, que diría La Razón, cargada de idem.

Según dicen, 564 millones de euros nos cuesta mantener la Fiesta Nacional  – Wert la querría con mayúsculas, y hoy estoy por complacerle – en sus diversas vertientes (corridas de toros, escuelas de tauromaquia, toros de fuego, de la Vega, enmaromados, vaquillas y charlotadas en general) cada año. 47 euros anuales por familia, dicen los que suelen echar este tipo de cuentas. ERC – que además de republicanos son catalanistas y antiespañoles, razones para no fiarse de ellos ni de sus números, nos advertiría un patriota – dice que 700, de los cuales 129,6 proceden de la Comunidad Europea, a través de la política agraria común.

Reconozco en esta cifra, de ser cierta, una admirable justicia poética. El IV Deutschebundesbank Reich, con Mein Frau Merkel al frente de sus Financepanzers nos está subvencionando la juerga de dar capotazos al morlaco, muy en contra de su rígida moral luterana, y con grave escarnio de su tradicional laboriosidad y sentido del ahorro. También la pérfida Albión se rasca la británica faltriquera para subvencionar con la pasta de la City los ¡Ooolééé! y ¡Viva la puta que te parió! , con que el respetable aclama en el coso al matador pinturero tras una faena de antología. 

Que el improbable lector no me diga que el asunto no tiene bemoles. La banca germánica nos desguaza los logros sociales y nosotros les gastamos las perras en juergas taurinas; los británicos, dueños a contra fuero del Peñón y sus monos autóctonos, pagan la banda de música que interpreta España cañí mientras el maestro y su cuadrilla hacen el paseillo por el albero. Cosas veredes, Mío Çid que farán fablar las piedras…

Ciertamente, declarar las corridas de toros de interés cultural - y que ellos nos las mantengan - es un puyazo en todo lo alto del morrillo de la culta Europa. Lástima que el ministro de la Cosa de la Cultura no les haga el salto de la rana, como lo hacía el Cordobés, delante de sus europeos hocicos.  Si a eso le añadiésemos las bendiciones de monseñor Rouco, más patriótico, imposible.

sábado, 27 de octubre de 2012

El obligado tributario.-


Cuando el interesado – este jubilata – abrió la notificación del ayuntamiento de Madrid y leyó lo anterior, creía estar ante el título de un relato de humor negro, o que se trataba de una broma con ese peculiar sentido de humor de las autoridades municipales. Pero no, con la seriedad propia de todos los actos administrativos, al destinatario de la notificación le llaman “El obligado tributario”.

La cosa va de lo siguiente: a uno le envían una papela con una referencia catastral kilométrica que, de entrada, causa sorpresa con sus veinte dígitos alfanuméricos, más tres espacios en blanco, en la que consta la “Tasa por prestación del servicio de gestión de residuos urbanos”.

Con esa falta de pensamiento lógico que tenemos los que no hemos estudiado ciencias y fiamos más de la imaginación que del raciocinio, me da por pensar la desproporción que existe entre la desmesura del código catastral y y el nombre de la tasa (con más títulos que un Grande de España), por un lado, y los 63 metros cuadrados (contados los espacios comunes) en los que vivimos mi santa y yo.

Mezclando magnitudes (como la alcaldesa de Madrid con las peras y manzanas de las parejas “gagys”), tenemos 63 metros de vivienda, 20 dígitos catastrales y 54 euros del ala a pagar. Lo que da 0,88 euros por cada metro cuadrado o, si se prefiere, 2,7 euros por dígito catastral. O, haciendo otras cuentas igualmente inútiles, 3,15 metros cuadrados por cada dígito catastral.

Fiado uno de su pensamiento no científico, y suponiendo que se mantenga la misma proporción, cualquiera que sea el inmueble, se pregunta cómo será de enormemente largo el código catastral de la catedral de la Almudena, si en casa es de un dígito cada tres metros, coma quince. Pena me da monseñor Rouco, los cepillos que tendrá que recaudar para hacer frente al pago de la tasa a 2,7 por dígito.

En cuanto al nombre de la tasa, “prestación del servicio de gestión de residuos urbanos”, podían haber sido un poco menos prolijos y llamarlo llanamente “tasas de basura”, como hace la gente de a pie. Se ahorrarían un montón de tinta en el impreso (cientos de miles de notificaciones en esta ciudad) y se ajustaría más a esa mengua de los servicios de limpieza. Habría cierta paridad entre la brevedad del nombre y la escasez de limpieza urbana que estamos sufriendo. Pero no, cuanto más complejo es el nombre de la tasa por un servicio escaso, mayor es la cochambre que se ve por las calles.

Pero no molesta tanto el lío de metros cuadrados, tasas de nombre complejo y resultados ineficaces, y dígitos alfanuméricos interminables, como el llamar al pagano “El obligado tributario”. Creo que, puestos a sacarle las perras, al menos podrían llamarle, simplemente, ciudadano. No está de más guardar las formas con el personal y no remejer en la herida sin mayor necesidad.

Aunque, con lo farragosa que es la administración, debe ser un problema de coordinación entre departamentos, ya que el señor Subdirector General de Recaudación de la Agencia Tributaria me reclama 352,43 euros por el impuesto sobre bienes inmuebles (los mismos 63 metros cuadrados de antes), pero me dirige una carta personal llamándome estimado ciudadano. Ves, así da gusto. Te sangran como a un gorrino por San Martín, pero sin apear el tratamiento.

Eso si, cagamentos, cuando recibí las dos notificaciones, he echado con más abundancia que todas las mierdas de perro juntas que acostumbro a ver por el barrio. Heces perrunas que la Tasa por Prestación de Servicios de Gestión de Residuos Urbanos ignora olímpicamente. Y no habría por qué, que si los perros son domésticos, sus deyecciones son perfectamente asumibles a residuos urbanos.

Quienes no son – urbanos –, son sus propietarios, que socializan la caca de can, como los bancos socializan sus pérdidas.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Pagar impuestos.-


Y uno pensaba que ya no se escandalizaría de nada… Se ve que la edad no cura de la ingenuidad, sólo aísla de la realidad social. Es lo que se me ocurrió pensar cuando, hace unos días, oí en un programa de TVE, a propósito de las fiestas en Valladolid, que se había celebrado un botellón multitudinario en el que se recogieron hasta 15 toneladas de basura.
Preguntaban a algunos participantes de tan cultural evento si les parecía normal lo de llenar de desperdicios las vías públicas. Algunos de ellos se justificaban diciendo que, bueno, era una vez al año y no era para tanto… Lo más sorprendente, para antiguallas como yo, que siguen creyendo en el civismo ciudadano como supremo valor social, fue oír a un niñato afirmar – con todo el aplomo que nace de la ignorancia y el desprecio a las normas de convivencia – que él tenía derecho a ensuciar las calles porque para eso estaban los servicios de limpieza del ayuntamiento. Item más: que tanto él como sus padres pagaban impuestos y, por lo tanto, convertir los espacios públicos en un basurero era un derecho adquirido. El fenómeno aquel no lo dijo con estas palabras, pero lo dijo de forma que quedó claro para todos nosotros: tengo derecho a enmierdar las calles con mis desperdicios y vosotros tenéis la obligación de aguantaros porque para eso pagamos a los servicios de limpieza mis papás y yo.
Pues bueno, pues vale. No hay vuelta de hoja y es mejor mirar para otro lado y que los barrenderos se escuernen limpiando la mierda de ciudadanos tan cumplidores de sus obligaciones fiscales. No sea que se nos cabreen y evadan impuestos y, encima, sigan convirtiendo las calles en un lugar merdulento.
Ya, – dirá el improbable lector – monsergas de jubilata cascarrabias.
Pero este jubilata, al ver al chaval aquel expresarse con tanto desparpajo, lo primero que pensó es que el coleguita, de pagar impuestos, nada. Más bien tenía – lo digo por la edad – aspecto de ser él mismo un impuesto con patas. Un impuesto para sus papás, quienes le pagaban estudios, casa, ropa y comida, caprichos y todas las necesidades, reales o inducidas, que tipos como él generan. En cuanto a los poderes públicos en general (Estado, Comunidad Autónoma, Municipio…), tenían que asumir los gastos que se derivaban de su educación (mala y cara, a lo que se ve, pero educación, al fin y al cabo), de su atención sanitaria y de todos los servicios que la sociedad pone a disposición de cada uno de los ciudadanos, incluida la recogida de basuras.
Este jubilata, que tiene mucho tiempo para darle vueltas al caletre, pensaba si no sería mejor dar una buena educación a los futuros ciudadanos, de forma que, pasados algunos años, necesitásemos menos barrenderos y más profesores. Todos ganábamos: las calles estarían limpias porque ya no habría tanto insolente insolidario enmarranándolas, y a los barrenderos, a falta de darle al escobón, habría que reconvertirlos en educadores. Nuestra sociedad ganaría unos grados en civismo y cultura.
Aprovechando que este año es año de perdonanza y el señor Rajoy ha ido al Señor Santiago a encomendarle los males de la patria mía (tales como el paro y la plaga ZP, que parecen no tener fin) y su milagrosa resolución celestial, no estaría mal que los papás del chaval ese le invitasen a ir en peregrinación a Compostela. Una vez allí, en lugar de abrazar al apóstol, debería acercarse al pórtico de la gloria, ponerse frente al santo d´os croques y darse un buen tozolón contra la columna, a ver si así entraba en su mollera que pagar impuestos es un deber ciudadano, no un derecho de pernada.
De lo visto y oído en aquella entrevista, recuerdo como el más sensato al barrendero, quien dijo que lo que faltaba era educación. Qué buen maestro hubiese hecho, de haberle pagado con nuestros impuestos, no el carrito de la basura y la escoba, sino los estudios.