martes, 8 de diciembre de 2020

¡Salvemos la Navidad!


 Quizás el improbable lector recuerde aquella frase de J. F. Kennedy: No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta qué puedes hacer tú por tu país. Me ha venido a las mientes en estas semanas previas a las navidades y me he preguntado: ¿Qué puedo hacer yo por salvar la Navidad?, cuestión que tanto preocupa a nuestros políticos locales.

Porque esa es la cuestión que debemos plantearnos todos: ¿Qué vamos a hacer para que estas navidades no sean ruinosas para la hostelería y el comercio en general? ¿Qué sacrificios estamos dispuestos a soportar para que la economía patria no se resienta? 

Sacrificios no tan arduos, ya que serán más llevaderos desde la inauguración de ese inconmensurable “hospital de pandemias” que la sutil señora Ayuso ha mandado abrir cerca del aeropuerto, por si el Covid19 llega volando de tierras extrañas. Y también, es justo decirlo, pensando en los madrileños, que la susodicha Ayuso piensa en todos sus súbditos. Y ello para el caso de que las aglomeraciones, ocasionadas por el patriótico deseo de que no se hunda el negocio de los sufridos hosteleros y comerciantes, nos obligue al gregarismo y amontonamiento en calles, terrazas, restaurantes, tiendas y chiringos donde se venda cualquier cosa que saque del ralentí a la maltrecha economía nacional. Y, como consecuencia, se nos agarre a las vías respiratorias el virus patógeno ese. Pero consumir es salvar España, según nos dicen las autoridades, así que echémonos a la calle, compremos y gastemos, que mañana ya veremos…

Las aglomeraciones serán inevitables, pero con las preceptivas mascarillas, eso sí. Siempre. Y guardando la distancia social, claro. Aunque nos tengamos que apretar un poquito, como cuando el recién pasado Black Friday, que no cabíamos en los Primark, los Media Markt y los corteingleses de toda la vida.  Todo por salvar la Navidad.

Por dar ejemplo, la santa y yo esperamos con impaciencia la paga extraordinaria para fundirla en el Ahora Más del barrio. Vamos a exprimir la tarjeta de crédito hasta dejarle secas las ubres, participando alegremente de la pandemia consumista del compra, gasta, desecha, derrocha, consume, y vuelta a quemar rueda. Y el que venga detrás que arree.

Todo sea porque el IBEX 35 no se resienta. Y quien dice el IBEX 35 (que nuestra economía de pensionistas no da para tan altos vuelos), dice el bar de debajo de casa, el restaurante de a 10 € el menú, el ya dicho Ahorra Más, el Mercadona, el Aldi, el Hiper Usera, el Día y tanto otros de cuyos nombres no quiero acordarme. Todos, todos ellos ansiosos por que vayamos con nuestra VISA de jubilatas a dejarles miajas de nuestras pensiones. Así contribuiremos al esfuerzo común para mantener la felicidad social y el engranaje económico. Dulce et decorum est pro patria mori, por decirlo cultamente. 

Y como siempre hay imponderables, pudiera ocurrir que, además del avieso Covid-19 y el esfuerzo consumista agotador, el Niño Jesús – según la viñeta que encabeza esta entrada – nos salga Niña. Entonces, a lo mejor, nos convendría repensar la navidad.

Pero eso será después de que funcione, por fin, la vacuna.

domingo, 29 de noviembre de 2020

De sólidos y líquidos.-



Sobre mi mesa de jubilata improductivo hay actualmente dos libros que voy leyendo al alimón, sin conexión aparente entre ellos, pero que sirven de excusa para el título de esta entrada. Uno de ellos es la
Regla de los monjes, de Benito de Nursia; el otro, Sobre la educación en un mundo líquido, de Zygmunt Bauman.

Y, antes que nada, una excusa obligada. Más que otra cosa, para que el improbable lector no se me mosquee ante esta aparente exhibición de ocioso cultureta. Y es la que sigue: Los expatriados del mundo laboral por causa de la edad no tenemos otra alternativa para ocupar nuestras mentes que la siguiente: O bien le damos caña al intelecto para que el ocio vacuo no nos lo oxide, o, por el contrario, vegetamos de la parte de las neuronas hasta que el alzheimer del desuso las atrofie y terminemos en vegetales bípedos, embobados ante una pantalla de tele. Así que estamos obligados a engrasar las conexiones neuronales, amén los preceptivos paseos diarios para que la artrosis no nos atasque las articulaciones.  El resto son minucias de supervivencia que practicamos por mero hábito.

De los sólidos aludidos en el título, la edición bilingüe de la regla benedictina, regalo de mi amigo Chusma Celarius (como él se denomina a veces en nuestra correspondencia); de los líquidos, las conversaciones de Zygmun Bauman con Ricardo Mazzeo, préstamo de mi amigo Luisote. Ambos (amistades a un lado, y sin ánimo de señalar), tipos fuera de norma, si se tiene en cuenta el tipo de lecturas a que me empujan. Ninguno de ellos parece que hagan caso de la advertencia de Bauman respecto a “Lo que los ciudadanos del mundo moderno líquido descubren pronto es que en ese mundo no hay nada destinado a perdurar, mucho menos para siempre… Todo lo que brota o se hace, sea o no humano, es desechable y existe sólo hasta próximo aviso.

Es cierto que Benito de Nursia nació en el S. VI, y el hombre, por muy santo y fundador que fuera, no tuvo medio de imaginar nuestra actual sociedad de consumo del “lo quiero para ya” y la fragilidad de compromiso ético (y de cualquier otro). Por eso escribió una colección de normas que regularan la vida monástica en común. Y si el lector desapasionado y tocado de agnosticismo las lee como un prospecto de uso, descubre que son el puro sentido común, entreverado de empatía por la debilidad humana. Es una regla hecha para durar, firme y disciplinada, pero no rígida (… nihil asperum, nihil grave, nos constituturos speramus: “…esperamos no establecer nada duro ni gravoso”). Eso aparte que el sometimiento a ella es voluntario: decides vivir de una determinada forma y aceptas la norma que la rige. No es tan complicado, aunque un poco difícil de asimilar por una sociedad de posmodernidad licuada.

Y, si hubiese que hacer un parangón entre la sociedad de compromisos provisionales que nos habita y las formas de monacato que dejó dichas el de Nursia, podríamos adscribirnos a las dos categorías últimas de monjes: la de los Giróvagos y la de los Sarabaítas. Giróvagos por la incapacidad de adaptarnos a una norma duradera y exigente, yendo de un compromiso provisional a otro, como los monjes giróvagos iban de un monasterio a otro, hasta que la disciplina les pesaba y cambiaban de nido. Sarabaítas, por la agrupación temporal, sin grandes vínculos. Siempre lejos de la soledad comprometida y cerca del bullicio de las gentes, a modo de masa gelatinosa que se adapta sin mayores problemas a las realidades que conforman el momento siempre presente y siempre fluyente.

Algunas reflexiones más, a propósito de estas lecturas, se quedan en el tintero y no se verterán en esta bitácora por no cansar al siempre paciente lector, que no está para monsergas. En último caso, tomemos ejemplo del lema de la universidad de Cervera: lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir. Frase (si non è vero è ben trovato) muy a propósito para dar fin a esta entrada.

 

jueves, 5 de noviembre de 2020

A propósito de la conspiranoia 5G.-

 


El caso es, improbable y caro lector, que las conspiranoias actualmente en circulación ya fueron objeto de un cuento, no sé si futurista o distópico, que escribí hace bastantes años. Lo he rescatado de la papelera donde conservo mis genialidades literarias y te lo ofrezco, por si encuentras un rato para leerlo. El texto es más largo de lo habitual en las publicaciones de esta bitácora, pero el asunto lo exigía. Se titula Ponte el Chip y dice así:

– Oiga usted, me haga el favor ¿Dónde es para lo del chip?

El Gobierno de turno, ni rojo ni azul, sino suavemente sonrosado, entendido en términos políticos, no cromáticos, estaba contento. La campaña en los medios de comunicación había desequilibrado ligeramente el presupuesto nacional del año en curso, pero los resultados estaban a la vista. No había cadena de televisión, periódico de tirada nacional o provincial, programa de radio o conexión en la Red donde no apareciesen los sketches anunciadores.

– ¿Se refiere usted al implante voluntario de chips? – pregunto, a su vez la recepcionista. Ésta había pasado todos los controles de calidad con excelente puntuación. Pelo azabache, ojos claros, un metro sesenta y ocho –ni muy alta, ni muy baja, para que agradase a todo el mundo– sonreía con su sonrisa más profesional y acogedora a aquel ciudadano despistado y algo timorato.

El Gobierno de turno, ya se ha dicho que políticamente sonrosado - de polifacéticas tendencias neoprogresistas, neoconservadoras, neoliberales y neosocialistas -, en efecto, tenía todas las razones para estar satisfecho. Su campaña para el sometimiento voluntario de los ciudadanos, estaba dando el mejor de los resultados. No había más que ver cómo, lo que en términos demagógicos se había llamado el pueblo soberano, corría a las oficinas de información, con ánimo de someterse al implante.

– Pero, oiga usted ¿Eso duele? – quiso saber, con un dejo de duda, aquel ciudadano que quería, pero no lo tenía muy claro.

La recepcionista, cuerpo de modelo post campaña anti anorexia, enfundado en su uniforme azul azafata, hizo un mohín cómplice al individuo dubitativo. Con gesto amistoso, le oprimió delicadamente el dorso de la mano izquierda y le envolvió con su mirada luminosa. Usando el registro de voz más persuasivo que tenía, le animó: – Para nada, caballero. Los poderes públicos velan por el bienestar de cada uno de nosotros y el tratamiento es seguro en un cien por cien.

– Indoloro, incoloro, inodoro e insípido, como el agua de manantial – Le aseguró, a la vez que le colgaba de la solapa una tarjeta codificada para acceder al Complejo.

Lo que popularmente se empezaba ya a conocer como El Complejo –técnicamente I.C.V.C (Instituto para el Control Voluntario del Ciudadano) – era un organismo estatal de gestión privada, dotado de presupuestos ilimitados, dirigido por gestores formados en Yale y Harvard, adeptos a la Escuela de Chicago y masterizados cum laude en la Universidad Neo-Post-Comunista de Pekín. El Complejo era el responsable de la campaña de sensibilización ciudadana frente a los terrores del mundo actual y, en último caso, el responsable de la política del Gobierno en este delicado campo.

El ciudadano despistado y timorato cruzó las puestas de El Complejo y entró en un gran vestíbulo acristalado. Allí, nada más pasar el umbral, un miembro de Seguridad, un metro ochenta y cinco, torso de culturista, traje oscuro, gafas negras, pelo engominado (oscuro) - que también había pasado el control de calidad con excelente puntuación - le hizo un gesto perentorio.

– Stop. Vaya allí, tome su número del expendedor y espere. No pase de la raya azul.

– No, si yo sólo vengo por lo del chip ¿Sabía usted? – Se excusó el individuo. Dio algunos pasos torpes, sin saber bien dónde ir.

– Espere, atienda al display y no moleste –. El de Seguridad cogió por el cogote al individuo, le llevó en volandas hasta la raya azul y le puso de cara al panel luminoso. Luego, solícito, fue en ayuda de una viejecita temblona que tenía cara de despiste:

– Usted, abuela, quieta aquí hasta que salga su número.

“Un edificio inteligente para un ciudadano inteligente”. Las pantallas de plasma, situadas estratégicamente, lanzaban este mensaje cada 5 minutos, envuelto en las alegres notas de La Primavera, de Vivaldi, y mostrando idílicos paisajes boscosos. Paisajes creados con ingeniería digital, ya que los auténticos hacía tiempo que habían sido talados para dar paso a campos de golf de jugosa hierba.

Los dirigentes del Complejo tenían a gala la perfecta organización del mismo. Una vez que el ciudadano traspasaba la raya azul, era pan comido. Se le colgaba del cuello un GPS que, mediante suaves descargas eléctricas, le indicaba el camino, desde que se inscribía voluntariamente, hasta el quirófano de implantes. No tenía que pensar, sólo dejarse llevar mansamente.

– Oiga, oiga, a mí que no me jodan, ¿eh? ¡A ver si me voy a electrocutar! El timorato aquel no las tenía todas consigo. Le habían explicado el funcionamiento del GPS que le colgaron al cuello. Mediante leves descargas eléctricas, el aparato indicaba el camino a seguir. El timorato quería quitárselo y salir corriendo; además, tenía ganas de orinar. Pero en los protocolos del I.C.V.C. no se contemplaban tales contingencias. Así que se lo colocaron a la fuerza, le aumentaron la intensidad de las descargas, para que fuese más dócil, y otro miembro de Seguridad –metro noventa y cinco, rasgos orientales, traje oscuro y envergadura de luchador de Sumo (excelentes prestaciones, según los controles de calidad) – le agarró por los sobacos y, otra vez en volandas, le puso ante el circuito establecido.

– De flente. Siga instlucciones. No moleste–. Al ciudadano cohibido le pareció que aquella mole trabucaba erres y eles, pero no dijo nada. Por si acaso.

Cada vez que el inseguro ciudadano aquel se salía del circuito o dudaba adónde ir, recibía una descarga que le orientaba hacia la derecha o la izquierda, o de frente, según el programa establecido.

– Como puede observar en este catálogo, caballero, disponemos de chips con las más variadas prestaciones –. Quien así habla es un empleado meritorio. Con contrato temporal, pero notables expectativas de éxito. Fibroso, un metro ochenta, ágiles reflejos de yudoca, pelo rubio engominado y traje oscuro. Su control de calidad está en fase experimental, pero es prometedor.

Primero, observa detenidamente al ciudadano indeciso, luego, ojea el informe confidencial elaborado por los servicios de investigación del I.C.V.C.:

– De acuerdo con sus pautas de comportamiento, usted es adicto a la nicotina, abusa de los hidratos grasos, nunca vota en las elecciones generales y veranea en Benidorm. No practica ninguna religión ¿No es así?

– Pero si yo sólo vengo por lo del chip...– insiste, monotemático, el ciudadano, que se siente desbordado y con la vejiga llena. Se lo piensa, y añade: –...Y, además, me casé por la Iglesia.

  Bien –. El meritorio en fase experimental de control de calidad, da por terminada la conversación. – Vaya al Departamento de Decisiones, donde le aconsejarán respecto al chip que más se acomode a su caso.

Una vez en el pasillo, un ordenanza de cabeza afeitada, un metro setenta, traje gris, control de calidad suficiente para su menester, le toma del brazo, le orienta hacia la escalera mecánica y le empuja con firmeza: – Suba la escalera, gire a la izquierda, llame en la segunda puerta y espere. Observe las instrucciones del GPS.

– Pero es que yo quiero mear. ¿Me hace el favor, un servicio? – El ciudadano, que sigue sin tenerlas todas consigo, tiene una súplica en los ojos y le tiembla un poco la voz.

Obedezca las instrucciones. No moleste –. El ordenanza se pasa la mano por el occipucio brillante, da media vuelta y se aleja.

El Departamento de Decisiones es amplio, luminoso y bien ventilado. Hay 20 puestos de atención al público donde se van acomodando las personas que ya han recorrido la primera fase del circuito. Los empleados, tantas mujeres como hombres, a partes iguales, de acuerdo con el principio de no discriminación sexual, se afanan en sus mesas de trabajo y en los puestos de atención. Ellos, entre un metro setenta y un metro ochenta y cinco; ellas, desde un metro sesenta hasta un metro setenta y cinco. Ellos, traje azul oscuro, corbata rosa con topitos; ellas, traje de chaqueta verde pistacho sin estridencias, pañuelo Loewe al cuello. Todos, excelente puntuación en los controles de calidad.

– Por aquí, caballero, haga el favor –. El ciudadano aturullado, que siente la vejiga a reventar, no se atreve a preguntar por el retrete. Le atiende una trigueña, un metro setenta y dos, pelo recogido en un moño bajo, y suave carmín en los labios.

– Después del implante, usted será una persona feliz –. En los ojos de la trigueña hay chispitas de alegría. – ¿Ya ha decidido qué tipo de chip quiere que le implantemos? –. Con discreción, ojea en pantalla el informe confidencial y le pregunta: –¿Quiere abandonar ese antiestético vicio del tabaco? El modelo AN-027 es eficacísimo. ¿O, quizás, prefiere terminar con la ingesta abusiva de hidratos grasos? El modelo TO-111 es definitivo.

El ciudadano timorato no lo tiene claro. Por debajo de la mesa, mueve impaciente las piernas y se sujeta el bajo vientre con ambas manos Sólo le gustaría salir de allí y encontrar un urinario; luego, en la calle, encender un cigarrillo y tomarse un café. Se le ve asustado.

– Ah, ya veo – La empleada, ante los gestos de intranquilidad del tipo, cree adivinar cuáles son sus temores. – Tiene usted razón, hoy en día, la inseguridad es terrible. Uno no sabe si le van a poner una bomba los terroristas o le van a secuestrar los delincuentes. Pero el Gobierno ha pensado en todo: un implante del chip CTA00783H20 le garantiza su seguridad personal.

– La policía siempre sabrá dónde está usted. Además, no tendrá que hacer declaración del IRPF en la Agencia Tributaria: el chip registra sus ingresos automáticamente y vierte los datos en el ordenador central de Hacienda. Si viaja en avión, se ahorrará los tediosos e interminables trámites de seguridad. Si comete una infracción de tráfico, ésta quedará registrada en la DGT, pero tiene un 40 % de descuento. En cuanto a los Bancos, siempre estarán dispuestos a ofrecerle un préstamo a un interés razonable, por ser ciudadano libre de toda sospecha. Y, lo que es muy importante, ya no tendrá que llevar encima tarjetas de crédito: bastará con pasarle un detector, para que la compra quede automáticamente registrada. Usted será un ciudadano feliz y despreocupado. El I.C.V.C. le facilitará la vida y ya no tendrá que tomar decisiones, sólo dejarse llevar. Junto con las prestaciones del CTA00783H20, recibirá gratuitamente las del AN-027 y las del TO-111. Firme aquí.

Apenas pasada media hora desde la firma del contrato, un doctor de aspecto nórdico, un metro noventa y uno de estatura, bata de blancura impoluta, dentadura marfileña - inmejorables prestaciones según los controles de calidad -, le acompaña fuera del quirófano, tras el implante del chip, y le estrecha con energía la mano.

– Es usted un hombre nuevo. Nuevo y feliz –. La sonrisa del doctor tiene brillos de constelaciones.

– Oiga, amigo –, suplica aquel ciudadano recién implantado –. Un retrete, por lo que más quiera. Por Dios ¿es que aquí no hay un retrete?

Y el doctor, de repente serio, profesional: – Siga las indicaciones para la salida. Circule. No moleste.

 

 

lunes, 12 de octubre de 2020

Iniciando la aventura (otra vez).-


 Esta mañana, al levantarme de la cama y mirarme en el espejo para ver con qué cara empieza el día, he caído en la cuenta de que acabo de cumplir 75 años. Aparte de sentirme un poco como bicho raro por haber sobrevivido tres cuartos de siglo, de inmediato he echado la vista atrás para ver si tanta longevidad había merecido la pena. La verdad es que, si había llegado hasta aquí sobreviviendo a mis propios errores y derrotas, el revisionismo intrahistórico no tenía mucho sentido.

Y no lo tiene, improbable y caro lector, porque lamentarse a toro pasado de lo que uno pudo hacer y no hizo, de lo que pudo ser y no fue, de los sueños esfumados y de las realidades tóxicas vividas, es una pérdida de tiempo. Además de una clara imposibilidad de enmienda: en la vida, la marcha atrás no existe. Por eso, este jubilata septuagenario no piensa irse al rincón de llorar viejas añoranzas, sino que siente cierta curiosidad por saber qué le deparan los próximos 75 años por vivir. Incluso aunque sean menos.

Aunque por la experiencia vivida – ese saco de vivencias que vamos cosechando por el camino – tampoco es que lo porvivir vaya a deparar mayores sorpresas. Más bien volverá a ser un cúmulo de reincidencias, una especie de karma loco girando sobre sí mismo, reencarnando los mismos errores, las mismas ilusiones, los mismos terrores y decepciones, y los mismos afanes por nadar y guardar la ropa. Un poco más viejo, eso sí, que el padre Cronos sigue devorándonos con tesón.

Y por decir que uno vivió y recuerda algo de lo vivido, de mi juventud recuerdo esa obsesión existencialista que me duró algunos años, alimentándome de las fijaciones existenciales de don Miguel de Unamuno, entre otros pensadores depravados.

Lecturas, por cierto, poco recomendables para un joven como era yo, en edad de ir a los guateques del domingo por la tarde. Pero que las traigo a colación porque, en aquel lejano entonces, me devanaba los sesos como don Quijote con los libros de caballerías (La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece…, leía el pobre hidalgo a la luz del candil mientras pasaba las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio); Y don Miguel (el Unamuno, no el Cervantes) confesaba en sus Recuerdos de niñez y mocedad: “Yo no me acuerdo de haber nacido. Esto de que yo naciera - y el nacer es mi suceso cardinal en el pasado, como el morir será mi suceso cardinal en el futuro —, esto de que yo naciera es cosa que sé de autoridad y, además, por deducción. Y he aquí cómo del más importante acto de mi vida no tengo noticia intuitiva y directa, teniendo que apoyarme para creerlo, en el testimonio ajeno. Don Miguel tenía esas cosas y a mí me daban que pensar…

Y si un día me nacieron sin pedirme parecer, recién terminada la II guerra mundial, otro día me nací yo por mi cuenta a la jubilación, ese líquido amniótico en el que floto desde entonces. Y para soportar la angustia vital, herencia unamuniana y de otros socráticos corruptores de la juventud, como Ciorán o Sartre, decidí montarme una bitácora por la que llevo navegando ya 11 años. Bitácora que me permite ser superficial, con el beneplácito de los dioses y de los amables lectores que suelen darse una vuelta por aquí de vez en cuando. Y para dejar constancia del hecho, y terminar con estas confidencias al improbable lector, aquí queda la primera entrada que se registró el 16 de enero de 2009, a las 21,41 h.

“Sospecho que un blog para un jubilata jubilante, en el fondo, es como bajar al bar todas las tardes a echar la partida. Pero si te molestan los ruidos de los parroquianos y la cochambre propia del bareto del barrio, eso del blog es el gran invento. Delante de tu pantalla, navegas por los océanos internauticos, ves mundos que nunca encontrarías en los palos de la baraja, vas y vienes por mil islas hechas de electrónica e imaginación y, cuando te cansas, un leve ¡clic! y el mundo desaparece de tu vista. Y encima, tienes tu propio libro de bitácora.

"Prefiero llamarlo "bitácora" y no "blog", que, al fin y al cabo, uno siente escasa simpatía por el mundo anglosajón, aunque reconoce que, puestos a inventar, se les da mejor que a nosotros. Se ve que el "Que inventen ellos", aparte su originalidad, es un lastre que arrastramos. Pues, eso, decía que uno dispone de su bitácora y en ella va dejando constancia de lo que ve y vive, dentro de esta galaxia Internet y en la vida corriente. Por lo demás, que dure y que lo veamos.”

Y, por hoy ya vale, que cumplir años le pasa a cualquiera. Tampoco es para tanto.  

viernes, 25 de septiembre de 2020

Cuervo blanco.-


Improbable pero siempre estimado lector, si en estos hermosos días de septiembre paseas – con permiso de la Ayuso y la pandemia – por el parque del Buen Retiro, puedes ver una exposición en el Palacio de Cristal. 

Si tienes curiosidad y lees el cartel explicativo de la entrada (ya no dan folletos en papel, que por lo visto te llenan de coronavirus), te llamará la atención su largo título: A un cuervo y los huracanes que, desde lugares desconocidos, traen de vuelta olores de humanos enamorados

Y si te ocurre lo que a este jubilata, leerás y te quedarás in albis; así que mejor entramos y echamos un vistazo, a ver si por el contexto llegamos a alcanzar su significado. Y, aunque no puedas desentrañarlo, al menos habremos visto una de esas curiosas exposiciones a que nos tiene acostumbrados el Museo Reina Sofía. No olvidemos que el mundo actual es confuso, cambiante y muy complejo, y el arte que da forma estética a sus expresiones resulta, a veces, de difícil comprensión. No hay que acomplejarse por ello, hay que verlo con ojos de niño y selfi de turista que pasaba por allí.


Así que entremos y veamos el nido que ha montado el cuervo blanco, aunque mejor debería hablarse de un bowerbird. Grandes enramadas dan acceso al lugar. Pueden significar tanto el bosque donde se esconde el nido, como el propio nido que te envuelve. Un juego dentro/fuera que se acomoda muy bien con la estructura acristalada del propio palacio: estamos dentro, pero nos envuelve el boscaje exterior que se asoma a través de los paneles de cristal, dándonos cobijo. Esta ambivalencia, interior/exterior, siempre ha dado mucho juego en el arte y es un recurso socorrido para espíritus de estética de manual. A un servidor le funciona, y lo aconseja.

Ese cuervo blanco, que puede verse en una esquina del recinto, antropomorfo, vestido con impoluto traje de chaqueta, blanco como cal, y cabeza de pájaro, le recuerda a un servidor al cuervo blanco de Apolo y el episodio mítico de Coronis. Ya se sabe, esos dioses del panteón greco-romano, enamoradizos y celosos. Coronis decía que quería mucho, mucho (como la trucha al trucho) a Apolo, pero se la pegaba con un simple mortal. El cuervo blanco se chivó al dios y éste, en un arrebato de celos, mató a Coronis. Luego, para castigar al cuervo por irse del pico, convirtió su plumaje de blanco en negro, negro de ala de cuervo, y su voz la convirtió en graznido. Pero este cuervo blanco que nos invita a su nido, no parece maledicente y sí acogedor.

Lo cierto es que el palacio de cristal, esa bombonera luminosa que acoge la exposición, viene a ser como ese nido ornamentado que fabrica el pájaro bowerbird   para atraer a la hembra de su vida. El visitante, con curiosidad de hembra curiosa y enamoradiza, entra en el nido a ver qué tal, y ve las grandes flores colgadas del techo con sus estambres y pistilos coloridos, la enramada tupida, las guirnaldas suspendidas en las columnas y hasta, si es observador, los comederos con alpiste para los pájaros. Y en el centro del recinto, dos largas patas doradas, de ave zancuda con fuertes garras, cuyo cuerpo no se ve porque ha trastechado por sobre la estructura superior del palacio acristalado. 

Petrik Halilaj, kosovar él, es quien ha montado esta instalación, nido de amor donde el visitante deambula buscando ángulos insólitos desde los que hacerse selfis con esas flores coloridas, tan acogedoras que entran ganas de esconderse bajo ellas. Que esta instalación, y sus demás obras (según parece), hagan referencia a la situación personal del artista, a sus vivencias de niñez durante la guerra albano-kosovar, a los conflictos culturales-religiosos de la ex Yugoslavia, o a su condición de homosexualidad asumida y exhibida frente a los prejuicios de su propia sociedad, son cosas que al visitante se le escapan y le pillan un poco a trasmano. No se olvide que sólo pasaba por allí y le picó la curiosidad.

Lo de las flores, tan vistosas ellas, el dicho visitante sí lo entiende; lo del cuervo antropomorfo, trajeado en blanco (aunque no tenga idea del asunto lamentable de Corolis y Apolo), más o menos, también lo entiende; lo de que el pájaro/hombre lleve un madero en las manos, como para ir construyendo el nido, puede que también. Entonces, ¿Qué más se le puede pedir al curioso que paseaba por el Retiro y tuvo la ocurrencia de entrar a la exposición?

Lo dicho. Si paseas por el Retiro un día de estos, entra, improbable pero siempre amigo lector. Disfruta de la luz que se adueña del recinto, de las flores y bellos etcéteras que ha colgado el artista, y no te olvides hacer unas cuantas fotos para enviar a tus amistades vía guasap. Te envidiarán al verte libre de coronavirus en el nido florecido, y quedarás como persona culta. Si es que esto sirve de algo.

jueves, 10 de septiembre de 2020

Como viajar.-

Invierno en la Acrópolis. Ante el Erecteion
El otro día, durante nuestro habitual paseo enmascarillado de cada noche, la mi santa me recordó aquella anécdota en nuestro segundo viaje a Grecia, allá por el lejano 1979. Por aquellos años setenta, aún éramos aprendices de viajeros y veíamos el mundo con ojos ingenuos de súbditos recién salidos de una dictadura sin horizontes, gris y plomiza, moral y mortalmente mezquina. Lo que hizo, por el contrario, que el mundo fuera un universo maravilloso que estábamos dispuestos a explorar en la medida de nuestros recursos económicos. Los ahorros anuales, gastados en viajes, era la mejor riqueza que podíamos acumular en nuestra reciente vida de pareja.

En aquellos años de viajeros noveles, no conocíamos aún a doña Alexanda David-Néel, intrépida viajera que llegó en 1924 a la ciudad prohibida de Lhasa, disfrazada de mendiga y acompañada de su hijo adoptivo el lama Yongden. Pero, intuitivamente, ya sabíamos con qué espíritu y predisposición se debe viajar: Celui qui voyage sans rencontrer pas l’autre il ne voyage pas, il se déplace. Nosotros no queríamos desplazarnos, sino conocer cómo era la gente, su forma de vivir, su cultura y su historia… Queríamos ser viajeros, no turistas de masa. Y todos los viajes de nuestra vida han tenido algo de aprendizaje, uniendo lo útil a lo agradable.

Ya en mis lecturas de juventud, don Miguel de Unamuno me había advertido sobre lo pernicioso de esa forma de turismo que él llamaba “topofobia”: uno llega a un lugar para salir precipitadamente hacia otro, en una concatenación de huidas para coleccionar sitios apenas hollados con una noche de hotel. Luego, ante los amigos, presumir de haber estado en los cinco continentes, pero ignorando qué vio dónde o cómo eran sus gentes.

También mi viejo y nunca olvidado dentista, el doctor Dióscoro, se burlaba de esa gente que cogía el coche y se hacía 100 kilómetros para ir a comerse un par de huevos fritos - decía - a un restaurante, por ahí a tomar vientos en casa dios.  

Nosotros queríamos limpiarnos las telarañas mentales de una España que aún no sabía ser europea y empezamos a viajar con los ojos y con la mente bien abiertos. Nuestra primera salida fue a conocer a nuestros vecinos, a Portugal, en 1976, fresca aún la Revolución de los Claveles. Fue la experiencia necesaria. Con una bolsa de dos asas llena de ropa, un viaje en tren nocturno hasta Lisboa, sin moneda local, sin alojamiento reservado, deambulamos todo el día por la ciudad buscando una pensión que nos quisiera alquilar una habitación para pasar la noche. Os retornados, las gentes huidas de las colonias portuguesas tras su independencia, ocupaban todos los alojamientos y el país, que estaba en bancarrota, los había realojado por hoteles, pensiones, hostales. Recorrimos el país hacia el norte, en trenes de cercanías y autobuses comarcales, alojandonos en casas particulares y pensiones, comiendo en restaurantes populares (las típicas casas do pasto), en mesas compartidas, para terminar saliendo del país por Valença do Miño.  Fue nuestro bautismo de fuego. No nos arredró la experiencia de novatos.

Aprendimos a ser previsores en lo sucesivo y planificar los viajes. Estuvimos en Grecia al año siguiente y subimos a la Acrópolis, pisamos las piedras del Partenón con amor reverencial, como quien cumple un voto largamente aplazado. Luego vino Egipto, al que regresé 48 años después, y al año siguiente, regresamos a Grecia.

En la colina de Licavetos
Paseábamos por Atenas en aquel segundo viaje. La ciudad moderna, capital del país tras la independencia, levantada deprisa, sin un plan urbanístico claro, bulliciosa de sus gentes, ruidosa de vida callejera, estaba llena, según decía un amigo nuestro, “de piedras rotas”. Pero, a nosotros, las “piedras rotas” nos encantaban. Te parabas a observarlas y ellas te contaban la historia de nuestra cultura europea, de nuestro pensamiento, de nuestro destino, de todo lo que somos por lo que sus habitantes, desde veinticinco siglos atrás, habían sido.

Aquella mañana – recordaba la santa en nuestro paseo nocturno el otro día –, caminábamos desde la plaza de Monasterakis, donde tomábamos unos kebabs sabrosos, pringosos, que escurrían la grasa por entre los dedos que había que chupar con frecuencia par no mancharse la camisa. En el barrio de Plaka, ante su tienda, un comerciante, al oírnos hablar, nos gritó entre risas: ¡Españoles!:Castañetas, Real Madrid.  Supimos que ese era el legado cultural que la España de Fraga Iribarne quería transmitir al mundo del turismo de masas: Castañuelas, toros y fútbol. Spain is different! Tuvimos la impresión de estar estigmatizados. Pero sabemos que todo viajero paga un precio por viajar, así que nos ajustamos, Teresa la peineta y el mantón de manila, yo la montera y el capote de paseíllo torero (imaginariamente), contestamos con un irónico ¡Que Dios te ampare, hermano! y seguimos nuestro camino.

Seis cuadernos de notas con nuestras primeras escapadas y otros tantos libros de viajes, encuadernados por mí, y manuscritos cada noche en el hotel, conservo en nuestra biblioteca.  Cuando el Covid19, o los siguientes en numeración, no nos dejen salir de casa, siempre podremos convertir en futuras lecturas nuestro lejano pasado viajero. Y si la autoridad y el tiempo lo permiten, seguiremos viajando. 

Mientras el cuerpo aguante.

jueves, 27 de agosto de 2020

Viandar (Estival, y 4)


Los poetas tienen esa extraña familiaridad con la lengua que les permite recurrir a palabras no usadas para dar forma a sentimientos que el resto de los mortales expresamos de forma más llana. Es el caso del “Viandar” que encabeza esta última crónica estival.

Yo, amante del viandar en jornadas duras, sobre nieves invernizas y bajo soles de estío…, dice Enrique de Mesa, el poeta de la Sierra, en sus Andanzas Serranas. Este jubilata también es amante del viandar por los robledales (la edad, paso a pasito, le va alejando a uno de las cumbres), siguiendo las viejas sendas semi ocultas que fue abriendo el ganado desde los prados altos donde pasta y rumia hasta los arroyos donde bebe.

No sólo son los caminos que pueden recorrerse con las botas camineras. También son algunas lecturas de quienes anduvieron antes que nosotros por estas sierras, las que alimentan ese afán por adentrarnos en la naturaleza. Así, los que tan solo somos caminantes de lengua pedestre, conocemos los paisajes a través de ojos ajenos, de quienes supieron mejor expresarlo.

Mientras transcurren las horas soleadas de la tarde agosteña, con un libro en las manos, Antaño, en mis viajatas de peón, arboledas, campanarios y cerros esperábanme en lejana quietud desesperante, dice el poeta de sus experiencias En el Camino. Yo, desde el sillón que uso para las lecturas, trato de imaginar su viaje poético hasta el monasterio de El Paular, donde Mesa acostumbraba a alojarse en la celda que fue del monje archivero.

Pino de cumbre, alma sola sobre las multitudes, corazón sin ruindad ni bajezas, mereces que un alto poeta cante tu vida brava. No quisiste ser como todos; ansiaste algo más, y un anhelo noble y puro te empujó de la cañada al canchal, así le hablaba el poeta a ese pino solitario, aferrado a la resquebrajadura de la roca. 

Quizás, pienso, con escarmiento y escaso espíritu poético, en la actualidad, este pino de cumbre lo es no por su espíritu de soledad cartuja. Lo es porque huye de las multitudes domingueras que se desparraman por el fondo del valle y las orillas del sufrido Lozoya con sus coches y arreos de fin de semana: neveras, sillas plegables, toallas, envases, bolsas y botellas, plásticos mil, perros defecadores... Todo, en fin, cuanto facilite la vida del urbanita, necesitado de huir de los calores madrileños y poco acostumbrado a las molestias del monte (“Gocemos de las incomodidades del campo”, solía decir, irónico, nuestro difunto primo Paco).

En la orilla del Lozoya, un necio escribió.
Como en las despedidas – ésta lo es de nuestro verano serrano – vale más ser breve que prolijo, aquí queda lo que Enrique Herreros, montañero de pro, decía en un artículo del 19 de mayo de 1951, recogido en El sábado, a la Sierra: No “civilices” la Naturaleza con cascos de botellas, latas vacías, papeles grasientos, etc… No emborrones piedras ni tiznes con inscripciones absurdas los últimos reductos vírgenes que nos quedan en el mundo… La montaña, con sus silencios, con sus sugerencias, te irá enseñando poco a poco a encontrarse a ti mismo. Y cuando lo consigas la habrás encontrado a ella... Ha llegado el momento de poseer enteramente sus secretos, su poesía y su verdad. Serás un montañero.

Serás mucho más que un montañero. Serás, si te esfuerzas, un caminante que vianda la vida, toda ella transformada en paisaje …

lunes, 10 de agosto de 2020

Varia (Estival, 3).-



Pensaba haber llamado a esta tercera entrada estival “Hierofanías”, pero resultaba ser un derrape cultureta demasiado evidente. Aparte que han surgido otras curiosidades propias para ser registradas en esta bitácora veraniega.
Lo de hierofanías venía a que, entre las lecturas “serias” de las tardes calurosas, por contraposición a las “ociosas”, livianas y novelescas habituales, está la introducción a la versión francesa de Lo sagrado y lo profano, de Milcea Eliade (gracias por el envío, Chus), donde las hierofanías, según el autor, son la manifestación de lo sagrado en la naturaleza. La sacralización de elementos naturales (una piedra, un árbol, un bosque, un arroyo…) por parte del hombre, hace que éstos trasciendan su condición de “cosas” para ser manifestaciones de la divinidad y ejercer de puertas que comunican el mundo terrenal con celestial. La piedra sobre la que se recostó Jacob, mientras veía en sueños a los ángeles subir y bajar por una escalera al cielo, es un ejemplo que el autor pone. Al despertarse el patriarca, la unge con aceite y la declara lugar sagrado.
Pero el señor Eliade no sólo muestra esta condición en el hombre antiguo, no urbanizado y laico – digámoslo así –, en contacto directo con la naturaleza, sino en nuestra sociedad profana, racional y desacralizada. Dice de nosotros que tenemos un comportamiento “cripto-religioso”. Que, al fin, creamos nuestros propios fetiches a los que damos un valor pseudoreligioso (el término lo añado yo), en cierto modo sacralizado. Este jubilata piensa, inmediatamente en tantos objetos de consumo, sin cuya posesión, nos sentimos desnudos y como desamparados del favor divino, en este caso del Dios Mercado. Necesitamos poner nuestra fe en su posesión, uso y exhibición. El coche último modelo, grande, aparatoso y caro es un ejemplo obvio de objeto sagrado.
Pero hay otras formas de sacralización, profana o religiosa, que un servidor encuentra en sus caminatas campestres y que le han llevado al excurso anterior, y que eran la razón (o excusa) para esta entrada en mi bitácora. Hablaré de una que me impactó días atrás.
Próximo a la pasarela sobre el arroyo Aguilón (no daré más detalles, que luego se llena de urbanitas), hay un talud que sube hasta un antiguo camino abandonado que seguí hace un par de semanas. Éste lleva a otro que baja del puerto hasta el valle. Por allí cerca, en un cercado, encontré, junto a una roca que levanta como un metro sobre el suelo, un chozo cilíndrico, de pared en piedra levantada sin argamasa, al pie de un hermosísimo roble que daba al lugar un cierto aspecto numinoso. Sobre la roca, a modo de altar, habían puesto una cruz forjada en hierro (de unos 40 cm de altura), sujeta por un puñado de piedras, y a su lado, anclada a la roca, una placa con la siguiente inscripción:  
“… en la CRUZ,
heridos, nunca
dejamos de amar”
CRUZ DE MAYO 2017.
-….-
Y, debajo, el nombre de una persona que no viene al caso. Quizás es un cenotafio, quizás una conmemoración de otro tipo, pero con un trasfondo religioso evidente. Si aquel hermoso conjunto natural, levemente modificado por mano del hombre, no era una hierofanía, este jubilata tiene una sensibilidad enfermiza que le tiene vagando sin rumbo por los caminos y las trochas vacunas del robledal. Aquí la naturaleza abría una puerta en contacto con la divinidad; al menos, ese era el sentido que parecía transmitir quienquiera que levantó este rústico monumento. Tal como lo vio este jubilata laico, así lo cuenta, que de sacralizaciones no está muy al tanto. 
Y, además, otros asuntos sin relación causal ni afinidad con el anterior. Por eso, al epígrafe lo llamo “Varia”, porque así caben estas dos pequeñas lecciones que he recibido en el mismo día: una, de la crueldad de la naturaleza y la otra, de la estupidez humana. Lo cual está bien, incluso para personas de mi edad (ya 74 años), porque así no me permitiré la vanidad de suponerme de vuelta sobre las cosas de la vida, amparándome en la experiencia que da el paso del tiempo. La experiencia, ese peine que te dan cuando ya estás calvo, se dice con humor acre.
Lo relato tal como lo reflejé en mi diario:
Esta mañana he encontrado acurrucado en el quicio y al pie de la puerta de entrada, un pajarito ya cubierto de pluma (parecía una cría de un chochín común). Se había caído del nido, que está bajo el tejadillo que protege la entrada, entre la pared y una viga de madera. Tras volver del mercadillo con Teresa, encuentro otro también caído del nido, un poquito más grande. Intento darles miguitas de pan mojado con ayuda de unas pinzas de depilar, pero ni abren el pico – según leo, son aves estrictamente insectívoras –. Se lo digo a nuestra casera, por si me dejara una escalera para ponerlos en el nido. Pero, en opinión de María, que es una experta en aves y otros animalillos, puede que la madre los haya echado del nido para que sobreviva el resto de la nidada, puede que los hayan echado sus propios hermanos para disponer de más ración y así sobrevivir. La Naturaleza es cruel con los débiles y da lecciones de supervivencia con absoluta indiferencia. El débil pierde la vida por inanición o depredación, el fuerte sobrevive y se reproduce. El señor Darwin lo sabía.
En cuanto a la estupidez humana, es lección que más cuesta aprender, eso que se ven ejemplos a diario. Me cuenta Teresa que, en la parte trasera del ayuntamiento, donde tienen su habitual parlorio los chavales que allí suelen hozar su libertad y su derecho al ruido y alcohol por las noches, un barrendero municipal ha pasado el soplador para barrer las basuras que dejan éstos. Solo que el individuo ha empujado con el chorro de aire todos los envases y plásticos al lecho del arroyo, a pesar de los gritos de protesta de mi santa, quien se desgañitaba desde el balcón de casa, en frente.  ¡¡Y yo que, semanas atrás, había escrito al ayuntamiento para pedirles que mandasen limpiar el lecho del Artiñuelo, que se estaba convirtiendo en un basurero (como cada verano), y que recordasen que estamos dentro de un Parque Natural, que exige una especial protección…!!! Pues allí se puede ver a los veraneantes, tomando su cervecita en la terraza junto al arroyo, que sirve de basurero a sus pies.
Por último, en la calle Ribera del Artiñuelo, en su parte más alejada, había un viejo parque abandonado y cubierto de hierbajos, con matas de avellanos y endrinos, algunos fresnos y abedules que sobrevivían a la desidia municipal. En estos días han metido las excavadoras y lo han arrasado para, según todas las pintas, hacer un aparcamiento donde estacionar muchos, pero que muchos, muchísimos coches. Parece que dejarán de recuerdo una esquina del parque, donde hay una estatua sedente que representa a un viejo con boina y una vara en la mano, último representante de la Rascafría rural y ganadera. Indiferente al asfalto y el progreso, eso sí.
Por hoy, vale….