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lunes, 16 de diciembre de 2019

Simpapeles por navidad.-


El caso es que, para un jubilata aficionado a darle a la tecla para alimentar su bitácora, publicar un cuento de navidad en estas fechas es obligación inexcusable. Y eso por dos razones: una, porque un cuento entrañable de navidad junto al Pesebre es el complemento ideal para digerir el turrón, tan dulces el uno como el otro. Aparte que turroneros y belenistas son aliados naturales y nuestra sociedad no entendería la presencia de unos y la ausencia de otros; la otra razón es simple cuestión de amor propio de escribidor. Uno acostumbra a afilar la péñola en ocasiones memorables como las navidades que, aunque cíclicas, con sus espumillones y sus lucernarios municipales, siempre dan asunto para acarrear tinta del tintero al papiro. 
Dicho sea, improbable lector, claro está, en sentido metafórico. Ya no es cuestión del rasgueo de la pluma sobre el papel, ni siquiera de darle a la tecla de la Olivetti, como cuando acumulábamos trienios siendo industriosos funcionarios, sino de píxeles sobre la pantalla.  
Lo dicho, fraterno lector navideño: el que sigue es un cuento 100%  lleno de amor universal, paz y buenos deseos, aunque un poco resabiado. Y eso porque, a poco que nos fijemos, las cosas son de una forma aunque en la tele salgan de otra, y en casa, la verdad, a la tele le hacemos poco caso. 
Pues dice así: 

Sucedió que aquellas navidades el Portal de Belén estaba vacío. La sagrada familia no aparecía ni viva ni muerta por los alrededores de la ciudad. Ni en las posadas más modestas, ni en los corrales, pesebres o cuadras de los arrabales se les había visto. Los  pastores, a los que había convocado el ángel pregonero a trompetazo limpio, no sabían qué hacer con sus ofrendas de queso, leche y vellones. La verdad, fueron unos días de desconcierto.

Verlos, los habían visto por los caminos de Judea. María, con su preñez avanzada, a mujeriegas sobre un borrico, y José caminando a su lado, mientras sujetaba al burro por el ronzal. De Nazaret habían salido unos días antes, pero a Belén no habían llegado. Y el camino, desde luego, se lo sabían, porque era un ritual que repetían cada año por aquellas fechas. Así que raro sí era, pero tenía que haber una explicación.

Semanas antes, el emperador Augusto, desde Roma, había decretado que cada cual, en las tierras de Israel, fuese a su lugar de origen a empadronarse para que les diesen la carta de residencia. Hasta que no lo hiciesen, estaban indocumentados y no podían disfrutar de derechos sociales. Y ellos, José y María, se habían puesto en camino a cumplir con sus obligaciones ciudadanas y, de paso, conseguir un subsidio de desempleo para José, que estaba en paro desde que deslocalizaron la carpintería, y asistencia gratuita para el parto que se le avecinaba a María.

Las autoridades públicas de aquella esquina del imperio ya sabían, porque sucedía cada año por estas fechas navideñas, que Belén se convertiría en un cafarnaún de gente extraña. Lo de la fiesta de Natividad, repetido año tras año durante un par de milenios, había llegado a ser tan multitudinario que, para el solsticio de invierno, Belén se llenaba de devotos, curiosos, mercaderes, rapa-bolsas, emigrantes sin papeles, parados en busca de una chapuza extra, pedigüeños profesionales y un sinfín de expatriados en busca del milagro económico al amparo del Portal y las riquezas que traían los Reyes Magos.

 Pero este año, las autoridades habían decidido acabar con el efecto llamada y montaron una valla doble en torno a la ciudad. La cubrieron con kilómetros y kilómetros de alambres de púas y, en la parte más alta, pusieron rollos de concertinas con cuchillas que cortaban como las de afeitar. Por los puestos de control únicamente podían pasar los ciudadanos del imperio, los turistas con visa y los mercaderes de cualquier país, siempre respetuosos con los principios de la libre concurrencia.

Toda la barahúnda de indocumentados se quedó del otro lado, por más que intentaron varias veces saltar las alambradas. Los había a miles, en campamentos improvisados, donde las ONG se hinchaban a remendarles los costurones producidos por las concertinas.

José y María, con paciencia, fueron recorriendo el perímetro de la valla y, en cada control, pedían a los aduaneros que les dejaran pasar, que tenían un trabajo muy importante que hacer en el Portal del Belén aquella noche. Pero como les veían con esa pinta de pobretes y no tenían acreditación, les daban puerta. Y saltar la alambrada, con concertinas y todo, no era cosa de intentarlo. José, porque estaba en edad provecta y bastante artrítico; María, porque, con lo de la preñez, no era cuestión de desgraciar al niño a punto de nacer.

Llegó la noche del parto, el Portal seguía vacío y la sagrada familia en paradero desconocido. Bajo un alcornoque, frente a la alambrada, María parió a su hijo, lo arrimó a la teta y el bebé se durmió como un cordero; ni se enteró de que había salido del claustro materno para terminar en un campo de refugiados. Por lo demás, nadie se dio cuenta de que había nacido el que darían en llamar el Mesías. Había, por aquellos andurriales, demasiados desgraciados intentado sobrevivir y uno más ni se nota.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Cuento de navidad sin edulcorante.-


Era uno de esos días previos a la navidad. José y María, según la tradición cristiana, habían llegado a lomos de una patera hasta las fronteras del espacio Schengen. Allí, como era previsible, se les negó el visado de entrada y, como cada Noche Buena, María parió a su hijo Jesús junto a la valla de Melilla. Pero del otro lado. De éste, nadie se enteró; tan ocupados estaban en adornar con espumillón el abeto de plástico.

En estos mismos días con las navidades en puertas, de las concertinas para acá, en un lugar de la C.E. que aun se llamaba España, el griterío de los electos para el ejercicio de la cosa pública era el habitual: Un iluminado, que enseñoreaba desde Portbou hasta San Carles de la Ràpita, predicaba la vía eslovena de la independencia cataláunica; cosa de cuatro tiros a bulto y media docenita de muertos para lustrar los laureles de la bien merecida libertad. Mientras, el joven prócer de la política conservadora de toda la vida como dios manda, se desgañitaba en el Congreso: ¡155!, señor Sánchez: ¡¡155!!

Un nuevo adalid, Pelayo redivivo, surgido de la profunda Carpetovetónica, iniciaba la reconquista del solar patrio desde Tarifa a Covadonga. A lomos de su caballo bayo, acude, corre, vuela, traspasa la alta sierra, ocupa el llano, no perdones la espuela, no des paz a la mano…, mientras que sus huestes le jaleaban: Santiago ¡¡¡Cierra España!!!, que se nos llena de emigrantes. A su raudo cabalgar, colectivos de feministas, veganos, podemitas, LGBT y otras anomalías sociales corrían despavoridos.

Mientras, en el centro geográfico de la cosa, un gobierno bonito  hacía equilibrios malabares – un pasito p’alante, María, un pasito p’atrás –, dengues y jeribeques para estirar la gobernanza del patio hispano hasta las elecciones generales, las cuales deseaba fuesen para largo me lo fiáis.

En fin, y para no cansar al improbable lector, era un día cualquiera, previo a la navidad.

En ese cualquier día prenavideño, el jubilata caminaba por Arturo Soria, camino del policlínico Nuestra Señora de América. Llevaba la intención de pedir cita con el urólogo. Es cosa sabida – se decía para sus adentros el jubilata; es cosa sabida, los que andamos transitando por estas edades provectas tan nuestras, somos los grandes contribuyentes del negocio de la salud. Con nuestras pensiones, con nuestras tarjetas sanitarias siempre en activo, con nuestros achaques, y con nuestra puñetera obsesión por negar los deterioros de la edad, somos la cantera de la que se alimentan la industria farmacéutica, la sanidad privada y la semiprivada que tira de recursos públicos.

Lo cual, aunque no viene a cuento en estas entrañables fechas navideñas, se dice aquí no por lamento – el jubilata no se quejaba, a lo sumo constataba la puñetera realidad –, sino porque fue la ocasión que le llevó a aquel encuentro fugaz: un hambriento que le pidió, o acaso le exigió (así se lo pareció a él) que le pagara una comida.

Como se ha dicho, iba el jubilata sumido en estas cavilaciones y bien olvidado de la proximidad de las ya dichas entrañables fechas, cuando se le acercó aquel hombre joven. El encuentro fue pasado el puente sobre la A-2, la autovía que va a Zaragoza, poco antes de llegar a donde los misioneros Combonianos. El individuo, en torno a los treinta años, no especialmente mal vestido, muy delgado, buena talla. Los dientes un tanto irregulares, con mellas, como castigados por una mala higiene bucodental o el consumo de drogas.

Se le acercó y le pidió con exigencia. Su tono, más que de súplica impostada, como en los profesionales de la supervivencia mendicante, era aplomado. Tenía necesidad de comer. Decidió que el hombre viejo, al que acababa de abordar, era la persona idónea para atender su necesidad. La verdad, tampoco tenía mucho donde elegir. A aquellas horas de la tarde, con la niebla y el frío, y la escasez de viandantes, el setentón solitario bien podía ejercer de ONG unipersonal y ocasional. El caso es que le remediara la necesidad.

Que le pagara una comida, o le comprara comida… Al jubilata le llevó unos segundos salir de su ensimismamiento y entender la exigencia del joven que pregonaba sus hambres atrasadas. Ya se ha dicho, no pedía con humildad, con esa humildad abyecta y sonriente de los profesionales que hacen de la caridad ajena su pequeño negocio de subsistencia. Él lo tenía claro: necesitaba comer. A mano no había nadie más, así que debía remediarle. Tampoco había amenaza ni en su actitud ni en sus palabras. Solo el hecho incuestionable de su hambre. Y la convicción de que el hambre se quita comiendo; y si uno no tiene con qué, alguien con posibles deberá remediarlo. Y dio la casualidad de ese encuentro.

Allí hay restaurantes, dijo el hambriento señalando hacia el centro comercial Arturo Soria.

¿Con mi jubilación, y pretendes que te la pague ahí? Contestó el jubilata con cierta sorna, mientras se rascaba el bolsillo. – Ahí solo comen los ricos.

Pues detrás de esos edificios negros – y señalaba del otro lado de la autovía – hay un DIA, insistió con aplomo el hambriento.

Ya…, y entonces no llego a tiempo a lo del médico, se excusó el jubilata.

Pues ahí cerca hay más tiendas; cómpreme algo para comer. El hambriento no estaba dispuesto a soltar su presa.

El jubilata se empezó a impacientar, pero no quería despertar la agresividad del joven hambriento. Se echó mano al bolsillo, abrió el monedero y sacó una pieza de dos euros. El otro extendió la palma de la mano.

¿Con eso te arreglas?, dijo el jubilata.

El joven hambriento miró la pieza de dos euros, tan redonda y lustrosa, con ese aplomo que da saberse moneda fuerte, símbolo y orgullo del paraíso europeo.

Con este dinero como. Dijo el hambriento. Dio un escueto “Gracias” y se fue.  

Desde el puente sobre la autovía, si se mira hacia la avenida de América, se veían las luminarias de la ciudad, con ese fulgor lechoso y desvaído que da el puré de niebla y contaminación. Mientras, los coches avanzaban con la lentitud y el tesón de las procesionarias. Los días de paz, amor y turrón estaban al caer.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Maniobras de distracción en torno al 24-Dic.

El caso es que la otra mañana (19-D) me fui a Muface a pedir un talonario de recetas médicas. Los jubilatas, ya se sabe, somos consumidores compulsivos de medicinas, y por eso…

Según iba por la calle, camino del metro, la ropa se me impregnó de ese sutil aroma a Navidad que flota en el ambiente estos días: un entreverado de feliz beatitud, contaminación atmosférica y ofertas del Primak. Al respirar, junto con el dióxido de carbono habitual, el espíritu de paz, amor y fraternidad cristiana - con un regusto de tarjetas de crédito quemando rueda, hay que decirlo – me invadió los pulmones. El corazón se me ensanchó y me dejé arrastrar por los buenos sentimientos que se suponen aledaños a la alegría que debe imperar de aquí al año nuevo.

El metro, Línea 7 por más señas, iba apretado de personal: son navidades y había convocada una huelga. Siguiendo mi deplorable costumbre, me dediqué a contar la gente que viaja abducida por su teléfono móvil. No en todo el vagón, que iba petado y no me alcanzaba la vista; sólo la gente de mi alrededor. Se trata de una estadística casera que un servidor acostumbra a llevar sin más objeto que demostrarse a sí mismo lo evidente: que la masa, conectada a un chisme electrónico, pierde conciencia de su ser en el mundo real. Esta vez la cuenta salió redonda: 10 seres ellos/ellas (por no discriminar géneros) eran transportados por el tren suburbano y por los pixeles que desprendían las pantallas. Tan solo uno/una (por no ofender sensibilidades) iba leyendo un libro de esos de papel impreso. Quien esto suscribe, por no destacar ni por un extremo ni por otro, acostumbra a llevar un E-book, siguiendo la recomendación de Horacio: In medio uirtus.

Andaba a medio camino entre los vistazos discretos al personal aferrado a las respectivas pantallitas y las aventuras de Julien Sorel, sus amores con madame Rênal y su ansia de ser un nuevo Napoleón, cuando se empezó a oír una cantinela que llegaba desde el fondo del vagón. Presté atención ante la insistencia de la cantinela y olvidé por un momento a los felices wasapeadores y los resquemores anti burgueses de Sorel. Poco a poco, llegué a entender la letrilla de aquella especie de melopea que sonaba como una monodia basada en apenas tres o cuatro notas.  Una mujer negra, puro despojo de ser humano, con todas las acreditaciones de drogata, recorría los vagones canturreando:

Por favó me pue-den ̮a-yudá para comé
Por favó me pue-den ̮a-yudá para comé…
Por favó me pue-den ̮a-yudá para comé..

Una especie de tonadilla reiterativa, monótona e insistente que emitía un ser enfermo, desgreñado, sucio y en estado de ruina. Observé a aquella mujer en puro andrajo humano, observé a la gente de mi alrededor. La mujer negra no movía a piedad sino a repulsión; llevaba en la mano costrosa unas pocas monedas. Y la gente, que estaba a lo suyo, se apartaba con discreción cuando pasaba por su lado. Yo hice igual, me estrujé contra los viajeros de alrededor y la dejé pasar. Era el espíritu de la navidad.

Se alejó entre la indiferencia y el asquito que produce el roce de la miseria y la pérdida de dignidad humana. En lo que me alcanzó la vista, nadie le dio ni una pieza de cobre ni le dedicó una mirada. Yo tampoco le di nada, aunque la miré como quien mira a un desahuciado. Muchos ni levantaron la cabeza de la pantalla, pasó la navidad hecha ruina por su lado y ni se enteraron. Los que sí, escondieron la vista en el teclado del móvil e hicieron como que no. El pasillo que se había abierto al paso del ser en descomposición de humanidad, se fue cerrando insensiblemente. Los cuerpos recuperaron esa pequeña burbuja de aislamiento personal que suele acompañarlos incluso en las aglomeraciones.

Tras dejar de oír el Por favó me pue… todo volvió a su ser en el vagón. Las pantallas volvieron a hacer guiños a sus adeptos. Saqué una libretica que siempre llevo en la bolsa y anoté la letrilla que canturreaba la mujer negra ante la indiferencia general. De la música, sencilla y rítmica, no me acuerdo, que soy duro de oído y frágil de memoria musical. Hecha mi anotación y confirmada mi estadística de abducidos, me sumergí de nuevo en las aventuras de Julien Sorel. Aquella mujer negra, despojo de alguien que inmigró un día a este país esperando encontrar el paraíso, ya no es más que una anécdota que sirve para rellenar una entrada en esta bitácora.

No me haga reproches el improbable lector. Yo, al menos, la miré a la cara.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Lampedusa.-

A veces, este jubilata se cansa de buscarle tres pies surrealistas al gato encerrado de los políticos en plantilla y opta por cosas de más enjundia. Viene al caso porque en estos días un servidor se ha cruzado con dos lecturas de distinta procedencia, pero coincidentes en el mismo asunto: el artículo "Alimañas", en el blog El Periscopio, de Rosa Artal, y "Lampedusa", en Le Monde diplomatique de noviembre. Ambos tienen en común el trato que damos, desde esta vieja y egoísta Europa, a los miles de desplazados que huyen de las guerras y las hambres de sus países. 

El improbable lector perdonará - o agradecerá - que esta vez copie el artículo de Serge Halami, aparecido en el número 716 de Le Monde diplomatique. La traducción es de un servidor, así que este jubilata espera le disculpen si no es todo lo correcta que debiera serlo: 


"Hace treinta años, huir de los sistemas políticos opresivos de su país valía a los candidatos al exilio las alabanzas de los países ricos y de la prensa. Se pensaba entonces que los refugiados habían “elegido la libertad”, es decir: Occidente.  Así, un museo honra en Berlín la memoria de los ciento treinta y seis fugitivos que perecieron entre 1961 y 1989 intentando saltar el muro que partía la ciudad en dos.

Los centenares de miles de sirios, somalíes, eritreos que, en este momento, “eligen la libertad” no son recibidos con el mismo fervor. En Lampedusa, el 12 de octubre pasado, fue requisada una grúa para cargar sobre un navío de guerra los despojos de más de trescientos de ellos. El muro de Berlín de estos barcos de refugiados ha sido el mar, Sicilia, su cementerio. Se les ha concedido la nacionalidad italiana a título póstumo.
Su muerte parece haber inspirado las responsabilidades políticas europeas. El 15 de octubre pasado,  el señor Brice Hortefeux, antiguo ministro del interior francés, por ejemplo, estimó que los náufragos de Lampedusa obligaban a responder “a una primera urgencia: hacer de forma que las políticas sociales de nuestros países sean menos atractivas”.  Y echó las culpas a la prodigalidad que atrae, según él, a los refugiados hacia las costas del viejo continente: “La ayuda médica del Estado permite a personas que vienen a nuestro territorio sin respetar nuestras reglas (ser curados gratuitamente), mientras que a los franceses puede costarles hasta 50 euros de franquicia”.  

Solo le faltaba concluir: “La perspectiva de beneficiarse de una política social atractiva produce el efecto llamada. Ya no tenemos los medios para hacerlo” No se sabe si el señor Hortefeux imagina también que, atraídos por las ayudas sociales pakistaníes, un millón seiscientos mil afganos están refugiados en aquel país. O que, para aprovecharse de la largueza de un reino en el que la riqueza por habitante es siete veces inferior a la de Francia, más de medio millón de refugiados sirios han obtenido ya asilo en Jordania.

Occidente se servía hace treinta años de su prosperidad, de sus libertades, como de un ariete ideológico contra los sistemas que combatía. Algunos de sus dirigentes utilizan, actualmente, el desamparo de los emigrantes para precipitar el desmantelamiento de todos los sistemas de protección social. Poco les importa a tales manipuladores del sufrimiento que la aplastante mayoría de refugiados del planeta sean, casi siempre, acogidos por países apenas menos miserables que ellos.

Cuando la Unión Europea no obliga a estos Estados, ya próximos al punto de saturación, a “hacer que cese el negocio indigno de las embarcaciones de fortuna”, les empuja a convertirse en su baluarte, a protegerla de los indeseables, atrapándolos o deteniénlos en campos de refugiados. Lo más sórdido es que todo esto durará un tiempo. Pues, un día, el viejo continente llamará de nuevo a jóvenes inmigrantes para frenar su caída demográfica. Entonces, los discursos se invertirán, los muros caerán, los mares se abrirán…"