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lunes, 15 de junio de 2026

Memorias o ficciones.-

 


Andaba este jubilata dándole vueltas a aquella antigua idea suya de escribir unas memorias, siquiera fragmentarias. Más que nada por dejar tras de sí un leve registro de su paso por esta vida, ahora que una revisión médica me hizo recordar la fugacidad del tiempo disponible de quienes tenemos fecha de caducidad. No más allá de diez años…Eso si los dioses nos son propicios.

Alguna vez, algunas veces, aunque pocas y sin mucha convicción, me he puesto a la tarea y he pergeñado algunos textos que, por aquello del desánimo, se han ido perdiendo por los rincones de los discos duros de mis sucesivos ordenadores. Y lo del desánimo no es por falta de espíritu emprendedor para la tarea, materia prima vital suficiente o capacidad para ir ensamblando textos a partir de una idea directriz, sino por la convicción del nulo interés que pueda despertar en el improbable lector. Como decía el gracioso: Si no es por no ir. Si hay que ir se va, pero ir pa ná es tontería.

Ejemplos a seguir, e incluso imitar, en esto de las memorias, los hay. Sin ir más lejos, el otro día mi buen amigo Chus me envió la entrevista que le hicieron a Caballero Bonald en la Juan March, en la cual habla de sus memorias entreveradas de ficción. Lo de trufarlas de ficción estaba justificado porque las memorias no son un acta notarial, sino un regurgitar de hechos del pasado que pasan por el tamiz de la memoria (siempre selectiva) y nos vuelven a través del corazón, si nos atenemos al sentido del término re-cordari. Y ya se sabe que las cosas que atañen al corazón son veleidosas, subjetivas, brumosas si se traen del pasado, caprichosas e imprecisas según el ánimo de quién y cómo las recuerde, fugaces y mendaces por propia naturaleza.

Otro ilustre ejemplo es el de Andrés Trapiello, que lleva un rosario de años re-escribiendo sus diarios en una publicación río que llama Salón de los pasos perdidos donde mezcla notas autobiográficas y crónica diaria en forma novelada. Lo cual, como ejemplo a imitar por un jubilata que quiere reconstruir sus recuerdos de forma literaria, resulta inalcanzable. 

Por eso, como recordatorio de las limitaciones y como lección de modestia, bien está el ejemplo de Ícaro, quien con alas prestadas quiso remontarse hasta el sol. Pero su soberbia, o excesiva confianza en sí mismo, lo precipitaron al suelo, desplumando por el excesivo calor del astro reluciente.

Un servidor se mueve a ras de tierra y no tiene más inspiración que sus diarios personales, de los que lleva escritos unos centenares de páginas. Y eso por seguir el consejo de Plinio el Viejo, quien aconsejaba lo de Nulla dies sine linea, por aquello de que un grano no hace granero, pero ayuda al compañero. Así unas notas tomadas a diario acaban en varios volúmenes donde se recogen impresiones y comentarios personales que son como las miguitas de pan de Hansel y Gretel para regresar a casa después de atravesar el bosque de la vida.

Bueno, pues el caso es que comencé a anotar un 23 de febrero de 2000 y se me ocurrió ver si lo dicho tal día tenía alguna ilación con cada 23 de febrero de años sucesivo. Releo y compruebo que la vida va dejando posos sucesivos cuyo denominador común es el propio individuo que va soltando las miguitas de pan sin tener conciencia de que va dejando un rastro que se llama haber vivido.

A modo de curiosidad, dejo para el improbable pero curioso lector algunas notas tal cual fueron saliendo en su momento, con alguna acotación actual que explique o justifique lo allí dicho.

23-02-00 Ayer, el nazi-vasquismo asesinó a un diputado socialista del Parlamento Vasco (Fernando Buesa) y a su escolta. Como siempre, caras compungidas, declaraciones de políticos, condenas, y vuelta a esperar el próximo muerto. Mientras, la gente se echa a la calle y grita su asco a los asesinos y a los oligofrénicos dirigentes del P.N.V.

El insulto de oligofrénicos, que me salió espontáneamente, debió ser porque por entonces, Javier Arzallus era dirigente de aquel partido y le tenían cierta querencia a ETA por luchar por la misma causa. Digamos que la Eta era socio in pectore del PNV, impresentable, pero útil por hacerles el trabajo sucio. Por eso, a Arzallus se le atribuye la frase: unos sacuden el árbol y otros recogen las nueces.

23-02-01 Estuve el miércoles en una charla y coloquio organizado por ATTAC Madrid en el Ateneo. Si este movimiento llega a organizarse a nivel mundial, puede ser un buen instrumento de control ciudadano sobre los poderes económicos que rigen actualmente el mundo. De momento, le ponen fe e ilusión. Sus propuestas, hoy por hoy, parecen utópicas, pero quién sabe…

Iba un servidor para 56 años y aún se entusiasmaba con las utopías. No hacen falta más comentarios.

23-02-02 (Aquí se habla de una visita a Aranjuez para ver a mi madre). Dos cosas buenas tiene la visita, la comida de la señora Isabel (un guiso de alcachofas absolutamente delicioso), y el paseo por los jardines. La ciudad estaba llena de banderolas de la CE porque se reunían los ministros de economía de la Comunidad. Con esa depravada forma que tienen las autoridades de entender el difícil binomio democracia/seguridad, cerraron los jardines de la Isla para que a ningún ciudadano se le ocurriese poner una bomba a los prohombres electos por el pueblo, soberano sí, aunque aborregado.

23/02/03 Me he acercado a la Casa de las Alhajas para ver la exposición “Antologías Musicales, Kandinsky y sus contemporáneos”. Artistas que han expresado en sus pinturas las sensaciones de la música. Pintores de Europa del Este, de comienzos del S. XX, expresión pictórica de la visión cósmica y la armonía de los planetas. También la relación de las vanguardias artísticas con las artes escénicas. Las obras de Kandinsky, grabados, son de una enorme belleza geométrica y dinámica.

También este día hablo de la visita de Aznar al rancho de Busch para apoyar el afán belicista del “Gran Simio” contra Irak y de su hablar pseudo mexicano que tanta vergüenza ajena nos produjo a los españoles. Y de que hice mermelada de naranja. Y de una manifestación de Nunca Mais en la Puerta del Sol, a la que asistí, cuando aquello del Prestige.

Para qué seguir. Así durante 8 volúmenes. Un totum revolutum que es expresión de los pequeños afanes de la vida. Y así desde el 23 de febrero del 2000, cuando empecé a cogerle gusto a la tecla para contarme a mí mismo las nimiedades diarias. Nimiedades (una muestras) que ahora transmito al paciente lector, por si quiere perder su tiempo en esta lectura.

 

jueves, 26 de febrero de 2026

Breve retorno a la infancia.-

 


Te contaré, improbable y siempre grato lector, que, en estos tiempos de vejez, ando metido en un taller de Memoria (así lo llamamos) en el que un puñado de jubilados hacemos ejercicios de estimulación mental, coordinación y todo lo que se supone nos ayude a sacudir las cascarrias de la acechante decrepitud, y que nos manda hacer la profe. Los hacemos con la aplicación – y el jolgorio, cuando nos equivocamos – de niños de primaria. Lo que, a estas edades, me retrotrae a recuerdos de la lejana infancia que me vienen a la memoria de forma aleatoria.

Debía tener cuatro años cuando me mandaron a la escuela pública en Cortes de Navarra. Como parvulillos iletrados que éramos, nos juntaban a todos en el parvulario de la escuela y no recuerdo que hiciésemos otra cosa que jugar. A nuestra maestra, doña Micaela, aún la recuerdo sentada en una sillita baja y haciendo punto mientras los críos correteábamos por la clase. No sé en qué momento aprendí las primeras letras y si fue ella quien me las enseñó.

Mi siguiente recuerdo de la escuela pública, también en Cortes, es con don José. Era maestro nacional, empedernido fumador de tabaco de cuarterón, del que tengo buen recuerdo. Para estimular la puntualidad de los alumnos, de vez en cuando sorteaba un libro entre los chavales y una vez a mí me tocó uno, del que no recuerdo el contenido o el título, pero que me hizo mucha ilusión. Recuerdo, también, que nos leía capítulos de la narración de Arthur Gordon Pin, de Alan Poe, y estábamos fascinados con sus extrañas y terroríficas aventuras en el barco ballenero.

A este recuerdo va asociado el modo en que entrábamos en la escuela, formados en fila y cantando el Montañas Nevadas, mientras marcábamos el paso dando fuertes pisadas sobre los peldaños de madera de la escalera que subía a clase. Recuerdo que aquellas canciones patrióticas del franquismo los críos las aprendíamos de oído y, a veces, trabucábamos la letra. Como cuando cantábamos a grito pelado “…voy por rutas imperiales caminando hacia Dios”, que, en nuestro desconocimiento del significado, lo transformábamos en “cagarrutas imperiales…”.

Como don José enfermó de un cáncer de pulmón, nos pusieron a don Agapito, que era una mala bestia y no tenía el don de la docencia, sino el de la disciplina, que imponía a manotazos. Tengo aún, ya ochentón, vivamente grabado el recuerdo de una paliza que dio a un chaval en medio de la calle, cuando salíamos para ir a casa a comer. No tendría yo más de siete años y le recuerdo dando patadas en el culo y manotazos en la cabeza a un crío de unos doce años y la gente, silenciosa, mirando sin atreverse a rechistar.

Nunca supe la razón. Sé que, en general, los chavales de los pueblos de la Rivera eran más brutos que un arao y mal hablados. Se ve que debió faltarle al respeto, y don Agapito le dio una paliza de órdago delante de la gente. Eran tiempos en que el maestro era toda una autoridad pública y el castigo físico que imponía, aunque fuese excesivo, no tenía réplica. Pero que aquella paliza fue excesiva e injusta, es algo que quedó vivamente grabado en mi mente de niño.

Bastantes años después, cuando vivíamos en Rascafría, otro recuerdo relacionado con la lectura, fue cuando el prefecto de estudios, el padre Mauro, nos leía, traduciendo directamente del francés, El Secreto del Unicornio. Fue la primera vez que tomé contacto con las aventuras de Tintín, cuya colección de aventuras conservo en mi biblioteca. Nos lo leía durante los recreos, sentados bajo un viejo chopo en el patio de Matalobos, y con todos los chavales alrededor pendientes de sus palabras y mirando con avidez los dibujos.

Como los recuerdos de infancia se entrelazan unos con otros como cerezas en un cesto, aunque se confundan fechas y lugares, aún recuerdo que en casa había un viejo ejemplar del Quijote, que leí desde muy niño. Entiéndase, lecturas al estilo del crío que buscaba las aventuras más divertidas, saltándose aquellos pasajes que le resultaban aburridos. Como el discurso, tan feminista y cargado de razón (diríamos hoy), de la pastora Marcela a los que le reprochaban la muerte del enamorado Grisóstomo. O el célebre discurso de la Edad de Oro que hace don Quijote entre los cabreros, mientras sujeta un puñado de bellotas en la mano. Y lo que siempre odié cordialmente, fue la historia del Curioso impertinente, que el cura del pueblo de don Quijote lee en la venta ante todos los personajes allí reunidos. Novela que sí he leído en esta última vuelta que le estoy dando al Quijote en la versión que ha hecho Andrés Trapiello.

Y en mi primera juventud en Aranjuez, aparte los libros de la colección Austral, los únicos al alcance del bolsillo, por su precio popular, tengo el recuerdo de mi abuelo materno leyendo en el patio de casa. Con un pañuelo moquero, hechos cuatro nudos y puesto en la cabeza para protegerse del sol, todavía veo al abuelo Toribio leyendo aquellos tomos in folio de la Historia General de España y de sus posesiones de Ultramar, de Zamora y Caballero. Era una edición de 1874, de la que conservo dos ejemplares, que él compró en el rastro siendo más joven. No se me olvida que, cuando una mosca se posaba sobre las páginas del libro, él lo cerraba de un manotazo y atrapaba a la mosca, que salía prensada por el peso de tanta historia como cabía en más de un millar de páginas que tenía el tomo.

Pues eso, amigo e improbable lector, es lo que tiene la vejez, que andas por la vida con un saco cargado de recuerdos que, a veces, se escapan por las costuras. Pero no temas que esta bitácora se convierta en el desaguadero de las aventuras del abuelo Cebolleta. Prometo no reincidir.

viernes, 21 de marzo de 2025

El jubilata memorioso.-

 


Ya sé, ya sé, improbable y siempre apreciado lector, que estoy casi fusilando el título de aquel célebre cuento de J. L. Borges, Funes el Memorioso. Pero no es por afán de plagio, que uno todavía es capaz de ordeñar sus neuronas para que fluya la imaginación, aunque sea una gota de agua frente al niágara borgiano.

Es porque “al llegar a cierta edad…”, como dice el anuncio de un banco, que pasan todas las noches por la tele entre trozo de peli y trozo de peli, uno ha de cuidad su campo neuronal. Y porque llegar a quasi-ochentón sin cultivar con esmero los entresijos neuronales es una irresponsabilidad. Lo que no se dice por nadie en concreto, ya que, si por un azar un provecto se queda gagá, siempre le quedará el irremediable consuelo de no enterarse de qué va la película de la vida. Se dice, más bien, por la responsabilidad personal de saberse miembro de una sociedad que dispone de medios limitados para asistir a tanto viejo como ha producido nuestra generación.

Con ese afán de no ser una carga, este jubilata se ha apuntado a un taller de memoria que imparte una voluntaria en el centro cultural de nuestro barrio. Formamos ese taller un pequeño grupo selecto, un club donde sólo cabemos aquellos que hemos pasado de los 70 años y estamos dispuestos a trabajar como si fuésemos parvulillos aplicados.

Se trata de estimular las capacidades mentales, las habilidades de memoria, estimular la coordinación de los dos hemisferios cerebrales mediante ejercicios, hacer ejercicios memorísticos y cosas así. Aunque no se trata, como en el cuento de Borges sobre uruguayo Irineo Funes, el Memorioso, de perder la facultad de olvidar. Ni se trata de ejercitar la hipermnesia, esa habilidad para recordar todo, en detalle y para siempre. Nosotros somos mayorones que no aspiramos a salir en un cuento de Borges, sino a no olvidad las llaves cuando salimos de casa, por un decir, o recordar el día en que vivimos.

Dicho esto, nuestra monitora, aparte los ejercicios que vengan al caso para mantenernos intelectualmente activos, cada semana nos echa tareas para casa. Estas tareas suelen ser redacciones en las que un día hemos de escribir un diario de un personaje que se ha ido de su pueblo a vivir a París, o siendo astronauta en un planeta perdido, o conviviendo con un psicópata, o redactando la biografía de una señora absolutamente desconocida, y otras genialidades que se le puedan ocurrir para obligarnos a trabajar la imaginación: Contar un secreto inexistente, describir un invento desconocido, entrar de aprendiz en una mercería…, de forma que cada semana nos obliga a salir de nuestro ser para ponernos en situación de describir las vivencias más alejadas de nuestro apacible transcurrir de jubilatas ociosos.

Para esta semana no se le ocurrió ni más ni menos que obligarnos a escribir el discurso de recogida del Oscar al mejor vestuario. Un servidor, que del glamour y las pompas hollywoodescas no tiene pajolera idea, se ha decantado por un tono paródico que, según me parece, ha salvado la situación y me ha resuelto el trabajo escolar del próximo lunes.

Si el improbable lector no se lo toma a mal, ahí va la historieta, que espero sea de su agrado o, al menos, le dedique cinco minutos de su tiempo sobrante. Si se disgustase por el tiempo perdido en esta lectura, prometo devolverle sus cinco minutos en bonos canjeables.

Dice así:

Discurso de recogida del Oscar al mejor vestuario.

Extracto del discurso pronunciado por J. V. Wallace al recibir el Oscar del año 20..? al mejor vestuario en la película Cuando las ranas críen pelo:

… porque ha sido una sorpresa este premio que, no por no esperado, aunque sí merecido, por fin, rompe las barreras mentales de las que la Academia venía haciendo gala desde los tiempos en que el macartismo perseguía a los trabajadores de la industria cinematográfica sospechosos del más leve izquierdismo, condenando a diseñadores, guionistas, decoradores y artistas al ostracismo y al paro… (murmullos de desaprobación y gestos de incomodidad de los asistentes a la entrega de premios).

… y mal que les pese a las grandes corporaciones del negocio del espectáculo, los trabajadores del diseño y vestuario no somos esos seres afeminados en cuyos cerebros vacuos sólo hay espacio para lo que desdeñosamente llaman “trapitos”, sino que somos auténticos artistas, capaces de disfrazar el cuerpo de una diva en declive (pero aún cotizable en pantalla), en una belleza juvenil. Tal como es el caso de la cotizadísima W. W… (aquí J.V. Wallace lanza el nombre propio de una estrella a la que los modistos disimulan las varices prematuras con un vestuario de fantasía. -  La cotizadísima W.W. se levanta furiosa de su butaca en primera fila escupiendo improperios contra el reciente oscarizado, rabiosa como una tarasca. Intenta subir al escenario para sacarle los ojos con sus uñas esculpidas. Los guardias de seguridad se lo impiden, y la W.W. le hace a J.V. Wallace un corte de mangas y le grita ¡¡¡Maricón!!! Luego hace mutis por el foro echando sapos y culebras por la boca).

… Bien es verdad (prosigue, impasible, J.V.W) que el equipo técnico de Cuando las ranas críen pelo es un grupo de profesionales eficaces y bien cualificados, y entre ellos y nosotros los diseñadores, hemos logrado poner en valor un film difícilmente salvable a causa de un guion deplorable, fruto de un equipo guionista más interesado en engrosar su minuta mediante aplazamientos innecesarios mientras lo rehacían una y otra vez… (Al guionista-jefe le da un yuyu y cae redondo cuando iba a abalanzarse sobre J.V Wallace, dispuesto a arrancarle la lengua. El servicio sanitario se hace cargo, con discreción, del difunto)

… sin contar el deplorable equipo de dirección que – todo el personal de producción lo comentaba soto voce ha sido incapaz de poner en valor el texto mil veces rehecho… (Aquí, el director de la película ha saltado al escenario con una pistola de atrezo, dispuesto a coser a tiros al oscarizado J. V. Wallace, mientras el público jaleaba: “Dale caña, Romerales”. En inglés americano, of course.)

… Por no extenderme más, terminaré este breve discurso con mi agradecimiento a los miembros de la Academia que, por una vez, saben lo que se hacen al concederme esta estatuilla, y parafraseando al inefable Moschino con su célebre: “Si no puedes ser elegante, sé extravagante”.

(Los selectos invitados a la ceremonia patean el suelo indignados, amenazan con el puño al modisto deslenguado, gritan al unísono “Son of a bitch” (no se traduce por no herir sensibilidades), aunque entre el público hay división de opiniones: unos se ciscan en su padre y otros en su madre. – Pero todos están de acuerdo en que el flamante oscarizado J.V.W va a ser el diseñador de moda más cotizado entre las estrellas del universo Hollywood y más allá).

miércoles, 5 de junio de 2024

De memorias personales o algo parecido.-


 

Estas últimas semanas llevo dándole vueltas a la cabeza sobre si escribir una especie de memorias personales, hechas de retales de los recuerdos que aún me rondan por la cabeza, ahora que me voy aproximando a la octava década de mi vida. 

Por lo que tengo leído, es un buen momento para ocuparse del asunto, ya que otros lo hicieron antes, como es el caso de Bernal Díaz del Castillo, quien con los ochenta ya cumplidos escribió su Verdadera historia de la conquista de la Nueva España. O don Pío Baroja con su Desde la última vuelta del camino, quien, puesto a tirar de recuerdos y episodios vividos, nos legó varios volúmenes en los que los lectores contumaces nos hemos zambullido durante largas horas. 

O, yendo un poco más lejos, esas larguísimas Mémoires d’Outre-Tombe de Chateaubriand, quien, aparte de dar nombre al solomillo asado a la parrilla y poco hecho por dentro, nos dejó sus memorias personales y políticas que son un bocado bien elaborado, donde lo crudo de sus enjuagues políticos queda bien sazonado con la elegancia de su escritura.

Sé que en alguna parte de la memoria de algún ordenador anterior que tuve y fue al reciclaje, inicié mis memorias con el propósito no confesado – como cualquier rememorante – de disfrazar, ocultar e incluso mentir sobre aquellos aspectos de mi vida cuyo recuerdo menoscabase mi autoestima o la apreciación ajena. Eso el improbable lector lo comprenderá, uno no tira piedras a su propio tejado. Menos aún, pone en evidencia sus debilidades para ser pasto de lectores ociosos, maliciosos o puede que malintencionados.

Lo cierto es que, en la memoria externa del ordenador, donde guardo casi todo lo escrito en estos últimos veinticuatro años, no aparece por más vueltas que dé a todos sus archivos. Y es una lástima, porque así tendría parte del camino recorrido y sabría a qué atenerme respecto a la forma engañosa en que estaban redactados mis recuerdos. Me serviría de guía, claro está, para seguir el mismo camino de rememorar aquello que me interesase, o bien desmemoriarme en aquello que me conviniese  ocultar.

Claro que estos textos, en principio, no se escriben con el ánimo de darles publicidad, sino por pura reflexión personal sobre mi vida pasada. Lo que incluye el propósito deliberado mentir – o, mejor dicho, de mentirme – cada vez que afloren experiencias vividas pero que resulten desagradables en el recuerdo, y que, por lo mismo, no quisiera sacar en letra impresa. 

Supongo que los psiquiatras tienen un nombre para designar a este ocultarse a la luz de la propia conciencia los recuerdos ingratos que se pudren en el hondón la mente, pero me tiene sin cuidado. Cada cual tiene sus taras y yo asumo de antemano las mías.

Pues ya digo, hace semanas abrí un archivo con el título de “Retazos de vida”, donde empecé a recoger todos los recuerdos de infancia, sin orden, según me venían a las mientes: desde el primero del que tengo conciencia, en torno a los cuatro años, hasta aquellos que son el testimonio de personas que me vieron nacer y me contaron cómo era yo en mis primeros años. Son recuerdos prestados, muchos de ellos, que asumo como propios, empezando por el de mi nacimiento, y los incorporé a mi memoria vital. En eso he seguido el ejemplo de don Miguel de Unamuno en sus Recuerdos de niñez y mocedad y puedo afirmar que estos recuerdos, vividos, pero sin conciencia de haberlos vivido, los sé de autoridad y por deducción.

No es cosa menor, dicho de otra manera, es cosa mayor…, según aquella célebre alocución del inefable Rajoy refiriéndose a la cerámica de Talavera, recurrir a la memoria de sucesos de quienes nos precedieron para llenar de sentido nuestros primeros años, vividos sin recuerdo de haberlo hecho. Con el paso del tiempo, somos memoria de nosotros mismos y proyección hacia el futuro (el que nos quede), mientras que el presente no es más que una sucesión de fugacidades que no logramos aprehender si no es a toro pasado, como recuerdo y memoria. Total, en contra de las filosofías presentistas hic et nunc que nos venden los gurús del posmodernismo, este jubilata está escarbando, sin mucho éxito por lo difícil del caso, en la memoria de quienes ya no existen, pero algo sabían de lo que fuimos.

Así, mis recuerdos más ancestrales (por así decirlo) se remontan a mi bisabuelo el de Lecaun. Según cuenta mi prima Josefina, un día el bisabuelo Juan José (por quien llevo su nombre) extravió una cabra y fue al monte a buscarla. La encontró y se la echó a los hombros sujetándola con las patas bien trabadas. De vuelta a casa, la cabra le iba diciendo por el camino a mi bisabuelo: “Suéltame, Juan José, que soy yo”. Por más que le he preguntado a Josefina cómo continuaba aquella historia de brujería, nunca supo decírmelo. 

Porque, hay que decirlo, en aquellas tierras navarras y en aquella época, la brujería era algo que estaba en la mente y creencias de las gentes, así que no tenía nada de especial que la cabra extraviada pidiese al bisabuelo que la soltara diciéndole “Juan José, que soy yo”. Seguro que él sabía muy bien a quién se refería la cabra y por eso la llevaba bien trabada.

Lo que me recuerda lo oído varias veces en casa del abuelo en Beriain, que en Subiza, que tenía fama de ser pueblo de brujos, una vez fue el cura a exorcizar a una mujer y la escalera se puso del revés para que no pudiera subir adonde estaba la poseída. Otras historias parecidas se contaban por la noche, al calor de la cocina, después de rezado el rosario y mis tíos, reventados de la faena en el campo, se dormían al soniquete de la interminable letanía del “ora pro nobis”. Pero tan niño como era yo entonces, la mayoría no las recuerdo. Sí recuerdo aquella vez cuando el tío Braulio nos explicó cómo era la bomba atómica, parecida a un puchero grande que había en la recocina y servía para cocer las mondas de patatas que se echaban a los cutos.

A pesar de lo que se ha dicho más arriba, de que se trata de unas memorias personales – si es que llegasen a término – para uso personal y no para el común de los lectores, en mi rinconcito de escritor frustrado bien quisiera que salieran a la luz. 

Claro que hay que contar con el miedo escénico del jubilata que echa la vista atrás y reconoce que no hay materia para alimentar el interés de improbables lectores y así caer en el ridículo. Por eso no diré como Nerón cuando se suicidó a manos de su esclavo: Qualis artifex pereo (Qué gran artista se pierde con mi muerte). Y es que del salto a la gloria al tropezón en el esperpento solo hay un pequeño paso.  

Y si no, que se lo pregunten a don Friolera.