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jueves, 17 de abril de 2025

¿Arte o superchería?

 


Como un “almacén transitable” o “almacén-archivo” del conjunto de actividades de la autora de esta instalación que he visitado en el Reina Sofía, así lo define el texto de presentación. A lo que este jubilata ha entendido, a fuerza de leer a quienes parecen saber de esta muestra, este Hello Everyone es la “encarnación y performatividad de las obras en ausencia de la artista”. O sea, este “almacén transitable”, en el momento de mi visita, estaba huérfano de la corporeidad física de la artista, que usa su voz y su cuerpo gesticulante como una herramienta más de la expresión artística.


Más o menos es lo que he entendido, sufrido lector, que no sé expresarme mejor ni más claro en este mundo de las instalaciones performativas donde el artista presta su cuerpo serrano y las modulaciones de su voz para una manifestación integral de su arte.

Menos mal que la propia artista nos lo advierte en un gran cartel: Entende'm no m'entendràs perqué no mi entenc ni jo. Con esa advertencia, el visitante, ya más tranquilo, se deja sorprender mientras observa los objetos de la instalación de este almacén transitable que le han dicho que es. Pero ya libre de la obligación de entender, que es esfuerzo intelectual fuera de contexto.


Según costumbre, previamente me he acercado  al Reina con ánimo de tratar de comprender aquello que estoy viendo. Solo eso. Dejarme sorprender sin prejuzgar, partiendo del supuesto de que, encuentre lo que encuentre, me guste o me parezca vacuo, aquello que encuentre es “arte” porque así lo dictaminan los sabedores del mundo del arte.

Que una señora se meta en una especie de abrevadero metálico a modo de bañera, con un tejadillo con grandes agujeros circulares, haga gluglú dentro del agua, resople o el agua borbotee por el movimiento de su cuerpo, y todo eso lo registren micrófonos e hidrófonos, y con autoridad de conocedores digan al público espectador que es una performance y tienen sentido porque es una especie de escultura en movimiento, pues, vale. Perdón por la parrafada sin respiro, es que me ha salido así.

Después del urinario de Duchamp, que nació para un retrete público y terminó en una sala de exposiciones de la Sociedad de Artistas Independiente de Nueva York, en 1917, es cuestión de aguzar un poco el ingenio para que cualquier genialidad discordante sea arte efímero. La señora Laia no estaba en el Reina en esos menesteres, pero el experimento lo hizo, creo que en la fundación Joan Brossa y lo recoge alguna cartela con foto de la exposición. 


Pues, eso. Y ahora, intenta explicar al improbable lector tu visita en la bitácora sin parecer o un engreído conocedor de las tendencias artísticas actuales, o un necio redomado y carrozón, carente de sensibilidad artística por atrofia neuronal debido a la vejez. Pues eso, lo estoy intentando y me sale un churro barroquizante a fuerza de emplear términos usados por los comisarios de la exposición, entreverados de cierta acidez verbal.


De estas visitas que hago de vez en cuando al Reina para ver sus exposiciones temporales, he aprendido que lo más provechoso es leerse las cartelas antes de ver los objetos que son portadores de un arte fuera de los parámetros que damos a la palabra “arte” los que somos de a pie. No por el objeto en sí, que puede ser de uso vulgar extrapolado a conceptual-artístico, lejos del sentido estético clásico que enseñaron a los de mi generación en las facultades de Letras.

 Dándole vueltas al asunto, mientras cruzaba el Retiro, de regreso a casa, pensaba en esa cita de Zygmunt Bauman: Sobre la educación en un mundo líquido, que conservo entre mis favoritas: “Artistas que una vez identificaban el valor de su trabajo con su duración eterna, y por lo tanto luchaban por alcanzar una perfección que imposibilitara cualquier cambio posterior en su obra, ahora organizan instalaciones destinadas a ser desmontadas una vez se acaba la exposición, o bien organizan eventos que terminarán en el preciso momento en que los actores miren hacia otra parte”.


Claro que, remedando a Marx (Groucho), si no le gustan mis principios, tengo otros. Como esta reflexión de Juan Talón: Obra maestra: “La función del arte, la aspiración de los creadores, es hacer pensar. Básicamente, ver es pensar, y pensar es ver. Con un lenguaje propio cada vez, pero esa parece ser la función del arte: cambiar, cambiar el significado, cambiar el significado a través de la percepción, no cambiar el significado a través de la belleza”. 
Y hacer pensar, sí que te hacen pensar este arte efímero, en cierto modo insustancial, que termina siendo un "almacén- archivo" de cachivaches artísticos; artísticos, al menos, durante su exhibición temporal. Como si no tuvieras nada mejor que hacer de tu vida que dedicarte a pensar.

Improbable y sufrido lector, si hasta aquí has llegado, sepas que al Reina seguiré yendo, aunque nunca alcance a saber si lo que ven mis ojos allí es arte o superchería.

martes, 7 de noviembre de 2023

Retazos.-

En la extinta biblioteca MANUEL ALVAR

Anda esta bitácora un poco en dique seco, como aquellos viejos barcos de casco de madera a los que había que carenar para que no se apolillaran. Ya sabe el improbable lector, la broma hacía malas jugadas y te podía apolillar las cuadernas hasta convertirlas en un colador. Pues a este jubilata, parecido. 

Ese pliegue del cerebro donde se supone que se aloja el geniecillo de la imaginación debe estar apolillado por una especie de bivalvo vermiforme (uno está ya tardo en escribir, pero se documenta) que los marinos llamaban broma y los científicos conocen como teredo navalis. 

 Tierra adentro, mientras navego en el metro, línea 5, de regreso de la clase de ajedrez en la UNED Senior, leo hasta que entra un predicador, abre su biblia y empieza a leer versículos: Mateo, en el cap. tal, vers. cual, dice… Isaías, en el cap. tal, vers. cual, dice…, y así varias citas… Termina con una jaculatoria y espera que el vagón enfervorecido en pleno conteste: ¡Amén! Su fervor religioso recibe como respuesta un silencio indiferente. "Almas para el infierno", debe pensar el místico aquel. Llegamos a Banco, se baja y va al siguiente vagón a salvar almas menos contumaces. Yo vuelvo a abrir mi libro y sigo leyendo los cuentos de Octave Mirbeau, que era bastante anticlerical, por cierto. 

 También, por cierto, y al hilo del ajedrez. En tres años largo que llevo jugando al ajedrez, con docenas y docenas y docenas (muchas, muchas docenas) de partidas perdidas, nunca me he sentido tan humillado y frustrado como con la partida que he perdido frente a un compañero de curso. En la competición que el profe llama torneo en casita, media hora me ha tenido al teléfono ese compañero que jugaba con blancas, para explicarle cómo debía preparar la partida a partir de Lichess.org, y, por una jugada mal pensada, al quitar yo una torre en la octava, que protegía mi rey, me ha dado un mate como una puñalada trapera. He tenido que echar mano de todas mis reservar de resiliencia para no tirarme a las vías del metro. 

 “Ya, pues vale…”, dirá el improbable lector con hastío baudelairiano, hipócrita lector – mi semejante – ¡mi hermano!, “¿Y a qué viene todo esto?”, preguntará. Francamente, son remiendos de una larga serie de ellos que usaré hasta completar un texto suficiente como para publicar en mi bitácora. Simplemente, buscaba un atajo para arrancar a escribir. Este jubilata, como Lope en su soneto a Violante, ya puede decir: burla, burlando, van los tres delante. 

No sé si el sufrido, aunque improbable lector, observa la vida mientras anda por la calle. Un servidor, que es poco observador, a veces se tropieza con ella, con la vida callejera, digo, y no acaba de entenderla bien. 

Viene al caso porque a veces, las formas de mendicidad que veo por la calle me desconciertan. En la calle Alcalá, la otra mañana, cerca del cruce con Goya, una mujer joven, aún no muy deteriorada, sentada sobre unos cartones, con una maleta vieja al lado, con el brazo derecho sujetaba a un perrillo envuelto en una manta, como quien abraza aun bebé, y en la mano izquierda un móvil al que dedicaba su atención. Me pregunto si las limosnas de la gente son suficientes para comprar comida para el perro y para cargar el móvil, y qué sentido tiene cargar con esos símbolos costosos de la sociedad de consumo cuando uno depende de la caridad ajena para vivir en el mínimo nivel de supervivencia. 

 En fin, en la Gran Vía y  a plena luz, algún sin techo duerme sus hambres sobre un colchón de desecho, arropado con una manta astrosa, bajo un gran escaparate de esos grandes almacenes de ropa de moda low cost (me gustaría escribir bon marché, pero es una antigualla) de usar en temporada y abandonar en un contenedor de ropa de esos que han instalado por las calles. 

Y eso ante la indiferencia general, como si fuese una peculiaridad más del paisaje urbano. Incluso, hasta hace un contraste pintoresco el desfile de posmodernos pintureros y el mendigo zarrapastroso, cada cual en su mundo, aunque compartiendo la misma acera. 

Como estas calles del centro de la Mantua Carpetana son un muestrario de la corte de los milagros, me cruzo con un maromo ya cincuentón que se ha implantado dos balones a modo de tetas que amenazan con romper el top que las cubre. Eso sí, camina con contoneo desafiante ante vulgares mortales de clase media, como un servidor. 

Abundan los mocitos de equívoco aspecto feminoide (están en su medio natural), muchachas luciendo carnes prietas y desinhibidas, y alguna otra menguada, cuyos recursos sexuales son escaso por negligencia de la naturaleza, pero que luce su escasez de mamas y calza unas botas plateadas hasta la rodilla, con sonrisa de ser la princesa Diana de Gales en sus años de esplendor. 

Para qué seguir con el faunario humano. Lo mismo que en el soneto de Lope a Violante, contad si son catorce y está hecho.

miércoles, 27 de septiembre de 2023

Re-existencias.-

 


No vaya a pensar el improbable lector que lo de re-existencias es palabra de mi cosecha. Es el título de la instalación que visito en el palacio de Velázquez del Retiro. 

A lo que entiende este jubilata, se trata de un sutil juego conceptual, ya que se alude a los términos “existencia” y “resistencia”.  Ambas coexisten en un mismo objeto en su doble vertiente de vida útil – cuando la tuvo, hasta que fue arrumbado en un almacén por pérdida de su funcionalidad – y su resistencia a ser un trasto inútil por gracia del artista que ve en él una nueva forma de expresión artística. Por eso vuelve, o más bien es traído, a la existencia. Una re-existencia, cuando menos temporal, piensa un servidor, que ha visitado el palacio de Velázquez recién regresado de sus caminatas veraniegas por los robledales del valle de Lozoya.  

Pues eso, amigo lector de esta bitácora, que en el palacio de Velázquez hay una instalación de esas que el curioso ve y, como no sabe bien cual es la enjundia del asunto, recurre a los carteles explicativos. Al final, tampoco entiende gran cosa de ellos, aunque le queda una nebulosa idea de lo que allí se pretende plasmar.


Como es usual en el arte actual, pretender un disfrute estético es despropósito de cuatro estetas mal informados. Mejor que se dieran un garbeo por el Museo del Prado y no por estos espacios que exploran las posibilidades de lo cotidiano recurriendo al mantra del ecologismo con la reutilización de objetos que fueron de uso habitual. Simplemente, lo estético no existe y no hay por qué ir a buscarlo a estos templos de lo efímero. 

La posmodernidad es nuestra guía espiritual cuando damos un valor ocasional a los objetos, hasta ahora inútiles, exhibidos en la instalación que tratamos de desentrañar. Objetos ocasionales que volverán al almacén de donde proceden y serán sustituidos por otros que nos harán reflexionar durante su breve re-existencia en la sala de exposiciones. Eso hasta que, satisfecha la curiosidad del público consumidor de novedades, vaya con sus selfis en busca de otro espectáculo.

Re-existencias Bayanihan (que así se llama la muestra o instalación), si lo entiendo bien, propone la reutilización de estos materiales escenográficos en desuso, haciendo referencia a la forma alternativa de existir de las comunidades colonizadas más allá de la imposición cultural de los colonizadores. 

Más o menos debe ser eso... Solo que el visitante no acaba de ver la relación conceptual entre los viejos muebles arrumbados en un almacén y reutilizados como objeto de observación o llamada de atención a la conciencia ecológica a través de la reutilización, y las comunidades colonizadas culturalmente (Bayanihan es palabra en tagalo que viene a significar un quehacer colectivo en bien de la comunidad). Lo que parece relacionarse con el término “decolonial” allí usado también, al que debería dedicar siquiera un párrafo explicativo según mi leal entender, pero no lo hago por no embarullar aún más.


Como también se habla en esta instalación algo sobre la hibridación trasversal de varias disciplinas en lo que el Reina llama apuntes para un tiempo aparte, hay unos grandes paneles pintarrajeados de colores vivos que tienen algo que ver con la educación lúdica de la infancia, creo, y dice el texto, que no copié completo: …para niñ+s de de 6 a 12 años. La expresión del género es un tabú queer que niega el sexo de los infantes para igualarlos como cachorr+s human+s no sometidos, siguiera en ese lenguaje común asexuado, a la antigualla de los roles masculino y femenino.

Por no cansar al paciente lector: estas efímeras instalaciones, que el jubilata ve un poco así como de usar y tirar – pero es opinión no autorizada –, son una fuente de reflexión sobre la sociedad fluctuante, sin esqueleto moral que la sustente, que nos hemos dado y gozamos como el mejor de los mundos posible. 

Y como fuente de inspiración, de la montaña de residuos que generamos podemos traer a la re-existencia aquellos que nos convengan para montar nuevas instalaciones. Estas actuarán como un revulsivo temporal de nuestro espíritu depredador de los recursos naturales y nuestra mala conciencia de colonizadores. 

Ante ellos nos haremos bonitos selfis para colgar en las redes sociales y diremos como dice Cervantes que hizo aquel valentón ante el túmulo de Felipe II: …miró al solayo, fuese y no hubo nada.

Pues nosotros, igual.

viernes, 10 de febrero de 2023

Las cosas de comer.-



Por culpa de la escasa adaptación mía a la posmodernidad, en eso de las cosas de comer ando bastante perdido, es la verdad. Este jubilata, por razón de su edad provecta y su consiguiente, aunque lenta, oxidación neuronal, ha renunciado a comprender, y no digamos a practicar, tantas tendencias en lo referente a la ecología y sus aledaños. 

Eso sí, aún soy capaz de estar al corriente de las noticias que se publican sobre esa compleja relación que la posmodernidad tiene con el mundo que nos sustenta y que el Antropoceno va fagocitando no por inconsciencia o egoísmo, sino por la mera supervivencia de la especie humana.

A nosotros los jubilatas, acostumbrados desde los tiempos de la cartilla de racionamiento de nuestra primera infancia a comer lo que nos ponen en el plato, se nos hace cuesta arriba comprender si lo que está en el puchero se ha criado con respeto al entorno o es consecuencia de una explotación abusiva de los recursos del planeta. De resultas, la cucharada que uno se lleva a la boca presupone previas y sesudas dilucidaciones respecto a la elaboración del alimento que uno va a ingerir, no sea que no se ajuste a las teorías canónicas más en boga y estemos contribuyendo a la auto destrucción del género humano.

También es verdad que uno está muy concienciado con eso de la huella de carbono. Sin ir más lejos, el otro día teníamos de postre uvas (¡Uvas en febrero!) y las comí con un enorme cargo de conciencia, ya que procedían del Perú. Imagínese el improbable lector la cantidad de fuel – toneladas – que quemó el barco que las trajo. Y no digo si hablamos de las piñas de Costa Rica o de los kiwis de Nueva Zelanda, o de las naranjas de Suráfrica.

A punto estuve de profesar la fe de los climarianos cuando fui consciente de las emisiones de gases de efecto invernadero del puñetero barco que había traído las uvas a mi mesa. También es verdad que a ello me movió la comodidad. Porque, reconozcámoslo, ser climariano es menos complicado que ser regenívoro, que ha de expertizar qué empresas trabajan en favor del medio ambiente cada vez que va al súper.

Aunque sí podría adscribirme, en principio, al gremio de los reducetarios. Y eso – seamos sinceros – no porque reducir la cantidad de carne, pescado, lácteos, huevos en la dieta se deba al objeto de proteger el medio ambiente y evitar sufrimiento a los animales. Más bien es cosa propia de la edad. Uno come menos porque quema menos energías y así tiene las digestiones más ligeras. Así que, seamos sinceros una vez más: no es por amor al planeta o a la variada pécora que nos sirve de sustento. Es por prudencia.

Porque, si el jubilata hace una auto reflexión, debe aceptar que, en cuestión de ingesta alimenticia, sigue estando donde le pusieron cuando lo educaron para apañárselas en la vida. Es decir, si uno observa el plato de cada día, debe aceptar que sigue siendo omnívoro, como lo fueron los homínidos que se alimentaban de caza, de carroñas, de bayas, de moluscos y cualquier cosa que se llevasen a la boca y fueran capaces de digerir. Solo que un servidor ha pasado por el tamiz de la civilización y ya no deglute cualquier cosa. Pero sigo siendo carnívoro, carpófago, piscívoro, leguminívoro o comedor de legumbres, aunque no “leguminivora”, que es un género de polilla, según leo.

Que un servidor recuerde, según la ingesta habitual de cada hijo de vecino, se ha venido clasificando a la especie humana, según sus apetitos de subsistencia, en omnívoros, carnívoros, vegetarianos y veganos. Pero, según parece – lo leí en La Vanguardia –, eso es tratar el asunto con puntada gorda, porque olvidamos las distintas corrientes y sensibilidades en eso de la deglución de alimentos, tales como climarianos, reducetarianos, regeníveros, sustentatarios, planetarios, flexitarianos. Y eso mientras no surjan nuevas tendencias aún más estrictas o perfiladas con más sutileza conservacionista.

Y mientras leía cosas de tan difícil discernimiento en La Vanguardia, ya digo, y carente de una sensibilidad posmoderna que me permitiera adaptarme al medio tan cambiante, me dio por pensar en una anécdota de mi juventud que no tiene nada que ver, o casi:

Vine a acordarme de cuando estudié Filosofía y Letras en la Complutense en los años del Rey que Rabió. En aquellos años, unas excavaciones arqueológicas habían sacado a la luz unos depósitos de restos orgánicos peculiares que los expertos dieron en llamar, provisionalmente, cultura osteo-odonto-queróntica, o puede que cultura odonto-osteo-queróntica, que ya no me acuerdo. Eran restos de homínidos junto a restos varios de animales, dientes y cuernos. Rápidamente se elaboró la teoría de ser un refugio de bípedos humanoides que almacenaban alimentos.

Los sufridos alumnos tuvimos que aprendernos la existencia de esa nueva cultura prehistórica, sus características, y las brillantes teorías que se montaron al respecto por los gurús de la arqueología, junto con las culturas líticas acreditadas: achelense, auriñaciense, solutrense, magdaleniense… y, encima, podía caer en el examen final. Años después, por puro casual, leí sobre la tal cultura osteo-odonto-queróntica, o bien odonto-osteo-queróntica, que ya digo no recuerdo bien. Quedó demostrado que aquellos abrigos eran, en realidad, depósito de carroñas que almacenaban allí las hienas, siendo los restos de homínidos parte de la despensa. Aquellos bípedos antecesores nuestros no hacían reserva de alimentos, sino que eran parte de la dieta de las hienas.

Otro día contaré el caso de un compañero de curso, quien aseguraba que aquella teoría era un “bluf” y se las tuvo tiesas con la profesora por obligarnos a estudiar teorías sin contrastación científica. El muchacho, que, por cierto, estaba muy cabreado con aquellos engorros arqueológicos, tenía toda la razón del mundo, como el tiempo demostró.

Pues eso, que no hay relación de la despensa prehistórica de las hienas con las mil sensibilidades que esta sociedad está desarrollando respecto a la forma como la humanidad se está alimentando, a fuerza de explotar los recursos del planeta.

Ahora bien: como las hienas prehistóricas, no hacemos ascos a nada. Aunque lo disfracemos de nuevas tendencias.

viernes, 13 de enero de 2023

Lo de ser "señoro".-

 


Leía este jubilata el día de fin de año un artículo de una psicóloga adscrita a la progresía feminista. Y era a propósito de los hombres maduros que transitan del izquierdismo militante, político y/o cultural (o su pose, que eso no se sabe hasta el devenir de los años), hacia una escéptica conformidad confortable  de adaptación al sistema. O sea, en expresión un tanto desdeñosa de la doña psicóloga cuyo artículo leí, estos individuos se convierten en “señoros”. No acababa yo de entender el desdén irónico de la tal psicóloga; por lo menos, no en cuanto a hacer un sarcasmo del macho obsoleto cuya “pichula” ya solo sirve para hacer “pipí”, en expresión del último ex de la Preysler.

Y no acababa de entender su falta de empatía hacia los pitopausicos que transitan de la progresía al conformismo, por ser este tránsito algo previsible y archiconocido. Que aún recuerdo de mi lejana juventud aquel dicho: ser progresista de joven y conservador de viejo es signo de madurez. Aunque uno, en su ingenuidad, nunca ha acabado de ver la relación causa/efecto entre el prostatismo y el conservadurismo. Que un macho viejo tenga el PSA alto no obliga a ser reaccionario, o “facha”, como se dice ahora. Basta con que sea prudente al juzgar la época que le toca vivir y se adapte al medio manteniendo su criterio.

Total, improbable y caro lector, que este fin de año me estuve devanando los sesos sobre si yo ya había llegado a la edad en que uno debe dejarse de ilusiones de otro mundo es posible y convertirsme en un apacible “señoro” de clase media. Y fue francamente fastidioso tomar las doce uvas mientras uno daba vueltas en el magín a esta cuestión irresoluble. Irresoluble porque lo del prostatismo no tiene marcha atrás, aunque te empapes de viagra el torrente sanguíneo, y porque lo de ser reaccionario con la edad es algo que ya nos viene de serie en la mayoría de los casos.

Con lo cual me desdigo de lo dicho más arriba: en efecto, el PSA y la próstata, a la par que el conformismo, van engrosando inexorablemente hasta convertirnos en “señoros”. Y esa señora psicóloga que reparte sambenitos de señoros carcundas debería ser más considerada con las víctimas de sus hirientes ironías. Porque lo de devenir señoro está impreso en la degradación de los genes, y no hay culpa sino predestinación. Al final del trayecto vital, después de años de ejercicio, uno pasa de machirulo a señoro casi sin darse cuenta.  

Así que me dije para mis adentros: Con el año nuevo, ya que no me llega el presupuesto para machirulo, voy a ser señoro sin complejos, puesto que reúno las condiciones que hacen al caso. Aquí mi señora, aquí mi señoro, podremos decir mi santa y yo, como si fuésemos el Mariano y la Concha del inefable Forjes.

Pero ser un señoro a palo seco es un tantico aburrido. A mí, lo que me gustaría, es ser un señoro que se cisque en el pensamiento positivo, en los bien pensantes “ofendiditos” en cuanto te sales del recto camino de esa norma social que han dado en llamar la cultura woke. Me gustaría ser un cerdo de la piara de Epicuro, como don Pío, de quien celebramos el sesquicentenario. Palabra ésta que uso, sesquicentenario, por vigorizar un poco el idioma en esta bitácora, que se nos está quedando anémico, colonizado por la angliparla que corre por las redes sociales.

No me lo tome a mal el improbable lector. Que uno vaya para señoro no significa adscripción al papanatismo biempensante, no al menos siempre que pueda evitarlo.  

 ...Y en esas andamos este año recién estrenado.