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viernes, 31 de julio de 2026

Una gota de agua.-

 


Hoy al medio día nos ha visitado una tormenta que ha bajado las temperaturas y nos ha dejado unos buenos aguaceros. Se ha refrescado el ambiente, los suelos, y ha humedecido el bosque. Un alivio térmico que se agradece.

Con la tarde recién lavada, doy un paseo por la finca de los Batanes. En el lago artificial del bosque finlandés, observo las gotas que van cayendo del ramaje sobre la lámina de agua que espejea. Cada gota, al contacto con la superficie, dibuja sobre ella una serie de círculos concéntricos cuyo radio va ampliándose como una serie de pequeñas olas circulares y simétricas, de una simetría perfecta. Si cae alguna otra gota desde otra rama próxima, ese círculo en expansión interfiere sobre otro caído en un lugar próximo. El choque entre ambos es suave, interfiriendo las pequeñas ondas entre sí, saltando una sobre otra para seguir cada cual su propia expansión sin deformarse y, en las intersecciones, se producen pequeños rombos instantáneos que desaparecen según se aleja cada onda a partir del centro geométrico donde cayó la gota de agua.

Observando este curioso fenómeno físico, uno descubre la belleza que hay en la perfección geométrica producida por una simple gota de agua que cae de una rama que cimbrea sobre el lago artificial. La arboleda que lo rodea, reflejada con nitidez sobre la superficie como sobre un espejo horizontal, parece descomponerse y vibrar con el simple contacto de una minúscula gota de agua. Su imagen se rompe en formas angulosas y quebradas como por efecto de un espejo cuyo cristal se hubiera rajado al caerse al suelo; como a capricho de un pintor cubista que convierte la armonía de la naturaleza en formas geométricas distorsionadas e irregulares.

Luego, si el observador es paciente y su mente se desliza sin prisas sobre el paisaje, verá cómo, poco a poco, todo vuelve a su ser: la lámina del lago recupera su perfecta horizontalidad tranquila; el reflejo de la arboleda en torno se aquieta y muestra la imagen inversa del bosque que se asoma al espejo de agua; las nubes, perezosas, recorren sin prisas el fondo azul, y todo es quietud.

Hasta que una nueva pequeña gota, que se ha ido formado por condensación, se descuelga como sin prisas desde una rama angulosa, cae sobre la superficie del agua recién sosegada, rompe su equilibrio, y el observador se queda fascinado, viendo, de nuevo, los círculos concéntricos como mínimas réplicas de un movimiento sísmico en miniatura.

Si una gota de agua puede captar la atención del caminante y fascinarle hasta perder la noción del tiempo, como ocurrió al monje Virila al oír canto de un ruiseñor, habrá que dar fe a lo que dice Giner de los Ríos cuando afirma que a la contemplación de un árbol podría dedicarse la vida entera.

miércoles, 27 de agosto de 2025

Placeres veraniegos, 3. Merodeos.

 


No sé si hablar de “merodeos”, referido a mi vagar por los caminos del monte, es muy apropiado. Más bien, todo lo contrario, ya que un servidor no es un merodeador, según lo define la R.A.E., sino un inofensivo jubilata rompe-suelas, bien alejado de la mala intención del maraud francés, del que deriva el término español.

A decir verdad, eso de vagar por ahí con fines no confesados, a ver qué atropa uno al descuido, no es la finalidad de mis caminatas. Un servidor, aparte de comer alguna mora de las matas del camino, o alguna ciruela silvestre, o alguna manzanita de maíllo silvestre, que ya empiezan a estar en sazón, no se apropia de propiedades ajenas. 

Sepa el lector que las frutas antedichas son dones gratuitos de la madre naturaleza, bienes mostrencos de libre disposición para quien quiera o sepa usarlos. Es más, a veces, un servidor tiene que soportar que los perros guardianes de las fincas le ladren si se acerca a una distancia tal del límite de la propiedad que el can considere que el paseante está extralimitándose por exceso de proximidad.

Es lo que suele ocurrirme cada vez que paso por la finca donde se guardan yeguas con sus crías y los terneros. Allí hay un tropel de perros de todo pelaje que enseguida se alborotan. Claro que la culpa la tiene un perrillo mil leches, cobarde y ladrador, que tiene un ladrido estridente y agudo. 

Bastante antes de yo doblar el camino para llegar ante la puerta, el individuo oye mis pisadas o me huele la sobaquina caminera y alerta a toda la tribu perruna. Corre desaforado hacia mí, a grandes ladridos, pero sin salirse de la cerca, que no se atreve de puro canijo que es. Hace, como quien dice, tirar la piedra y esconder la mano; esto es, incita a la agresión, pero él se esconde. Los demás, que andaban cada cual a sus quehaceres, al grito de alarma, se encrespan y organizan un desconcierto de ladridos. Corren de un sitio a otro, a ver por dónde entra el invasor en su vedado, y alborotan medio valle desgañitándose a puro ladrido amenazante.

Lo que peor llevo es que hay un viejo mastín que conozco desde hace unos diez años y él me conoce a mí, aunque hace como si yo fuera un extraño merodeador y sospechoso cuatrero. Pues bien, este viejo perro pastor, por achaques de la edad, está tumbado, adormilado, quizás soñando con el reposo eterno en el Walhalla perruno. Los chillidos desaforados del mil leches le sobresaltan, sale de sus sueños caniculares y levanta la cabeza, un poco apamplado, mirando a todos lados, como diciendo: ¿¡¡¡Qué pasa!!!? ¿¡¡¡Qué pasa…!!!? ¿¿Por dónde, por dónde viene el lobo…?? Me ve a mí pasar por el camino, sin ánimos de merodeo, sin salirme de la recta vía del viandante, pero el cabrón va y me ladra.

Eso a pesar de tantos años pasando por delante, como pacífico caminante que hace su camino sin meterse en propiedades que le son ajenas. Aun así, el viejo mastín se levanta con torpeza, me mira fiero, avanza unos pasos y lanza sus ladridos profundos, con voz gruesa, como de traga lobos. Una vez que ha cumplido con su deber, me mira indiferente, sin prestar atención al mudo reproche que yo le hago desde el otro lado de la alambrada, dolido por su agresividad injustificada tras tantos años de ocasionales reencuentros. Total, se da la vuelta y busca una sombra bajo la que recostase. Yo sigo mi camino de viandante, sobre mis viejas botas camineras.  

A lo que íbamos. Si he de ser sincero con el improbable lector, lo de merodear se me ocurrió como sinónimo de caminante que deambula sin objeto definido. Lo hice para poner en marcha este texto, que no sabía bien ni cómo iniciarlo, ni qué puñetas decir para que el lector decidiera que merecía la pena ser leído durante diez minutos, que es lo que dura la vida efímera de las entradas en esta bitácora.

Total, que si no merodeo – lo cual está feo en un hombre de mi edad –, deambulo. En cuanto al texto que precede, iniciarlo tirando de una palabra a la que se le fuerza el sentido, es recurso (me parece) de mal escribidor. Aunque en los viejos talleres de escritura creativa que un servidor hacía allá por el siglo pasado, era recurso permitido si con ello se logra poner en marcha la imaginación y desmadejar el ovillo de un pequeño relato que entretenga al personal.

Si la función crea el órgano, aporrear la tecla sin saber bien qué se va a decir, trae como consecuencia lo que el paciente y siempre grato, aunque improbable lector, acaba de leer.

Hos ego versículos feci…

domingo, 6 de julio de 2025

Placeres veraniegos, 1.- Lecturas.

 


Confío en que el improbable lector de esta bitácora no haga lo que este jubilata hace con cierta frecuencia: volver sobre lo que un día escribió, a ver cuánto ingenio había en lo escrito antaño. Y, lo que es peor, congratularse de su habilidad como plumífero internauta. Son vanidades que, para quien va para ochentón, están fuera de lugar y evidencian una necedad autocomplaciente más propia de individuo con aforamiento y cargo público.

Lo digo porque en la entrada anterior de esta bitácora, por pura autocomplacencia, dejé una serie de textículos (o breves textos – lo aclaro por los equívocos sicalípticos a los que pudiera dar lugar –) donde hacía exhibición de cierto ingenio para escribir micro relatos. Exhibición que, ya se habrá dado cuenta el improbable lector que los haya leído, no era más que una artimaña para ocultar la falta de facundia imaginativa y salir del paso dando una larga cambiada. Esto es, que no lograba encontrar asunto sobre el que escribir y quise dar gato por liebre al paciente lector colándole textos (textículos, puesto que son micro relatos) de antaño en la bitácora de ogaño.

Dicho lo anterior para descargar mi conciencia de plumífero de medios pelos, ahora sí me gustaría hablarle al lector improbable, paciente y sufrido, pero más majo que las pesetas (locución en desuso), de los pequeños placeres veraniegos desde Rascafría, donde nos refugiamos de los calores madrileños.

Este jubilata, siendo niño escolar de internado, oyó en cierta ocasión contar a un profesor lo siguiente: Que Salvador Dalí, amigo de experiencias oníricas, como buen surrealista aparte de estrafalario personaje, tenía por costumbre dormir la siesta sentado a una mesa de mármol. Sujetaba entre los dedos índice y pulgar de su mano derecha una cucharilla de café y, cuando el sueño le vencía y perdía la consciencia, la cucharilla caía sobre la superficie de mármol y producía un ¡Cling! cantarín que lo despertaba. Era una fracción de tiempo entre el sueño y la vela que le proporcionaba un sutil placer al sentirse en ese mundo indefinido entre la ensoñación y la realidad, entre la inconsciencia y el brusco despertar, sin saber por qué mundos vagaba su mente.

Un servidor no llega a tanta sutileza sensorial, pero también a veces y contra su voluntad, dormita con un libro en las manos, lo que le produce una sensación placentera porque parece que su mente oscila entre Orfeo y Atenea. Es ese momento imperceptible en que se caen los párpados, y las letras del texto empiezan a emborronarse y parecen corretear sobre la página del libro como hormiguitas atareadas. 

Los ojos se añublan y se cargan de un sueño que se ha colado de rondón entre la pupila y el texto, y sientes cómo el libro se te desliza de entre las manos. Éstas van descendiendo hasta apoyarse sobre tus piernas y un último girón de consciencia hace que aferres el libro para que éste no resbale y caiga al suelo. Si lo consigues. Esto es, que el libro no se deslice de entre las manos y caiga al suelo con estrépito y te sobresalte el ruido, caes en un sopor próximo al trance místico.

Es decir, de forma imperceptible has pasado del mundo real en el que te percibías leyendo; del mundo paralelo que fluía de la lectura y captaba toda tu atención hasta el punto de casi olvidar la realidad de saberte lector leyendo, a un mundo sin constancia física de tu cuerpo, adormecido sobre el sillón de lectura. Estos momentos, que a veces se dan, son lo más próximo que un mortal, instalado en la sociedad de ocio y consumo, alcanza del trance en que caían los místicos.

Y cuando uno despierta y se da cuenta de que no es más que un lector somnoliento, lamenta, y hasta se avergüenza un poquito, de esa falta de atención de la lectura y lo achaca, no a la falta de interés de lo leído, sino a las debilidades propias de la edad provecta. O sea, al puñetero hecho de ser un viejo lector incapaz de prestar una atención continuada a su lectura. Claro que, en el fondo, al salir de ese estado de semi inconsciencia, uno recuerda con agrado esos minutos de ensueño y hasta le viene a las mientes - vaya usted a saber por qué – aquello de San Juan de la Cruz cuando nos dice:

Entréme donde no supe

y quedéme no sabiendo,

toda ciencia transcendiendo.

Yo no supe dónde entraba,

pero cuando allí me vi,

grandes cosas entendí…

En fin… Los pequeños placeres del verano y sus lecturas…

lunes, 26 de agosto de 2024

Verano en el valle, 3. Fragmentos camineros.-


En estas calurosas tardes agosteñas dedicadas a la lectura, he leído algún artículo sobre esa enorme obra literaria del escritor Andrés Trapiello, quien viene publicando su
Salón de los Pasos Perdidos desde 1990. Según entiendo, es una recopilación de sus diarios personales y literarios y que terminan siendo novela una vez expurgados los textos personales sin interés para el público lector. Una especie de caudaloso río literario que, suponemos, tendrá fin cuando el escritor finiquite su vida, por aquello de Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir, tan manriqueño.

Este jubilata no tiene un río literario caudaloso, pero sí sus diarios personales comenzados con el siglo presente, que no merecen la atención del leedor, ni van a él dirigidos, pero que en esta ocasión servirán de excusa para una parrafada en esta bitácora. Por eso, sin que sirva de precedente ni ganas de molestar al improbable lector, entresaco algunos de los textos que he ido escribiendo en estos días veraniegos en el valle y los dejo aquí, a la vista de los ojos ociosos que quieran distraerse un rato.


Junio, jueves 20.- Esta mañana, con las nubes amenazando lluvia y ya descargándola cuando regresaba a casa, he paseado hasta los Batanes y he dado la vuelta al pequeño lago artificial, pasando por el “bosque del Rotario” con su curiosa estatua metálica de ruedas horizontales ensartadas en su eje vertical. Cada pequeño recodo del sendero en torno al lago me permitía una vista de su superficie que mostraba ligeras variaciones del conjunto, con su lámina de agua donde se reflejaba el bosque del entorno y el azul del cielo acosado por los nubarrones.

Observaba la superficie del lago, tersa, a modo de espejo donde se reflejaban árboles y cielos, cuando una carpa ha saltado y ha dado un coletazo para hundirse de nuevo. Esa leve vibración ha sido suficiente para que la lámina líquida se rompiera en círculos concéntricos y quebrase la imagen de la arboleda frondosa y el azul del cielo atrapado entre nubarrones. Romper el paisaje reflejado sobre el agua ha producido una impresión próxima al cubismo que fragmenta la imagen para que nos demos cuenta que la naturaleza no tiene la uniformidad de una pintura sobre una tela.

Julio, sábado 20.- “¿Sabías que nuestras gallinas escuchan música a diario? Desde rock & roll, pop y salsa hasta la tradicional ópera. Gracias a estas melodías nuestras gallinas viven tranquilas y felices”. Lo pone en una caja de huevos que compré en el súper Mirasierra. Las estupideces de la publicidad mercantil, con su buenismo animalista y sensiblero, son difícilmente superables. A saber lo que pasará por el pequeño cerebro gallináceo cuando escuche las músicas que los humanos le obligan a oír para aumentar la producción de huevos.


Agosto, domingo 25.- Otro de mis rincones favoritos, bien cerca del Paular, es la pradera junto a la ermita de la Virgen de la Peña. Eso mientras la gente en masa siga ignorando su existencia y no vaya a patear la placidez del lugar. Dando una caminata sin prisas por los caminos que salen desde las Suertes hasta las Presillas, he cruzado la carretera junto al comienzo del Palero y he entrado al recinto. 

Por allí estuvo la señora Ayuso, cortejada por las autoridades civiles y eclesiásticas locales, a hacerse la foto el día de la inauguración y dejaron instalado un cajón en forma de casita donde hay un par de docenas de libros a libre disposición de los lectores. Tomo uno de relatos sobre la Sierra y leo sentado en un banco hecho con medio tronco de árbol. Incómodo pero romántico el lugar, a la sombra de un gran castaño, con la ermita frente a mí y el pequeño embalse a mi espalda.

A pesar de que sé que estos lugares, hasta ahora recónditos, no están hechos para mi particular disfrute, tras un buen rato de lectura, como aparecen dos mujeres ciclistas y le dan a la cháchara sentadas sobre el murete de la presilla, para mí se acabó la tranquilidad. Dejo el libro en su sitio, me calo el panamá, requiero mi bastón caminero, estiro un poco mis lumbares agarrotadas durante el asiento en el romántico, pero jodidamente incómodo banco rústico, y me largo con pasito de jubilata ocioso.

Julio, miércoles 24.-  Por caminar con la fresca, no hago pereza y a las ocho ya estoy en camino. Decido subir al pinarejo que está en el camino hacia la Cabeza del Robledo y me acerco a la Peña Grande, desde donde hay unas vistas magníficas sobre el Peñalara y la Cuerda Larga. Ladera adelante, termino saliendo al camino que lleva a la pasarela sobre el Aguilón y me siento a la sombra del fresno junto a la orilla. El caudal del arroyo ya ha menguado respecto a estas semanas pasadas.


El lugar es vado por donde cruzan las vacas que vienen de pastar y van a sestear al cercado de junto al puente. Las observo. Pasan con paso prudente para no torcerse las patas sobre la superficie resbaladiza. Pero primero me observan, por si acaso no les merezco confianza. Comprobado que soy inofensivo, atraviesan el arroyo dando traspiés sobre las piedras pulidas por la corriente. Una de las vacas, casi en la orilla, me mira y defeca sobre el lecho del arroyo. De las que siguen, una se para a beber agua muy cerca de donde su compañera dejó la plasta.

Agosto, viernes 16.- Acabamos de volver de Madrid y Rascafría es un hormiguero de coches circulando por callejuelas cuyo trazado y dimensiones estaban pensados para que pasasen por ellas los carros y el ganado, desde la Edad Media hasta que el honrado pueblo celtibérico se bajó del burro para montarse en el 600 en los años del desarrollismo; y actualmente lo usa hasta para ir a mear.  Tras un breve incidente con otro vehículo que venía de frente y que casi no nos deja llegar hasta casa, logro aparcarlo cerca y descargarlo. Como es habitual, por ese sentido de la utilidad que tiene Teresa, venimos bien cargados de mil cosas “necesarias” y me toca subir toda la impedimenta.

Agosto, sábado 24.- Uno de los lugares más hermosos para aislarse y disfrutar de la vista de la montaña es la ermita de Santa Ana. Sentado en uno de los dos poyos de su fachada, está el impresionante macizo del Peñalara al frente, seguido de la cuerda de los Carpetanos. Allí he pasado media hora dedicado a contemplar aquel paisaje, con la mente en blanco.


Yendo hacia el camino que lleva a Alameda, en el secarral de la dehesa, la vacada sestea a la sombra de los chopos y parece esperar a que crezca la hierba, tan reseca y rala que no sé qué provecho sacan de ella. Un ternero de pocas semanas está tumbado en medio del camino, y su madre, a poca distancia, parece absorta en sus pensamientos vacunos, pero no le quita ojo. El caminante da un rodeo para no asustar al ternero y poner en guardia a la madre, que estas hembras suelen ponerse irascibles si alguien molesta a sus retoños. Un poco más allá, otra vaca lame maternal y concienzudamente a su cría, primero un lado de la cara hasta llegar al ojo, luego, el cuello. El ternero se deja querer y hasta jira su cuello cuando se ve ya suficientemente chuperreteado por aquel lado, para que mamá vaca le lave el resto de la cara a puros lametones .


Agosto, lunes 26.- Una proeza que me tiene más contento que unas pascuas. Casi sin proponérmelo, o, digamos, auto engañándome, diciéndome a mí mismo que no iba a subir, pero subiendo como sin querer darme cuenta, paso a paso trepo toda la pendiente del cerro Cabeza del Roblero. Salí de casa a las 08:30, y poco después de las 10, corono la cabeza del cerro. Desde la roca que sirve de asentadero en la cumbre, disfruto de las vistas de Peñalara al frente, la Cuerda Larga a su izquierda, hasta los cerros próximos de la Morcuera, cercanos a donde yo estoy, y los Carpetanos a su derecha. Ante mí, al fondo, el valle de Lozoya con su boscaje de robledo y pinares en todo lo que alcanza la vista, la esbelta torre del monasterio del Paular y el caserío de Rascafría. Todo el paisaje para mí solo, para compensarme del esfuerzo por subir hasta allí arriba, jubilata jubiloso por estar en posesión de todas sus fuerzas, por lo menos el día de hoy. Mañana renquearemos, pero de eso hablaremos mañana, si se tercia.

A las 10:30, por la otra vertiente, la fácil, aparece un coche que sube por la corta pista que viene desde la carretera de la Morcuera. Es la bombera que vigila toda la zona desde este observatorio. La saludo y ella se sorprende de ver a un tipo por aquellos andurriales y a aquellas horas, pero no se incomoda con mi presencia. Abre la caseta, riega la planta de albahaca que tiene en un tiesto, echa un poco de agua sobre una roca plana junto a la puerta (“Es para que beban las avispas”, me dice), coge un cepillo y se pone a barrer el suelo del pequeño refugio. Mientras, ha conectado la radio para estar localizada y todos sus compañeros de guardia (ellos y ellas) van saludándose desde los distintos puntos de observación.

Yo le he dado una breve conversación amistosa, le he explicado de dónde venía y a dónde me dirigía, para su tranquilidad, y me he despedido pasado un tiempo prudencial. Me tiro ladera abajo, por una pendiente muy inclinada, buscando los arroyos (en este tiempo, secos) que tributan en el Aguilón. No he visto ganado ni jabalíes, como el otro día al atravesar el robledal. Allá abajo, sentado a la sombra del fresno de mis descansos cuando recorro aquellos parajes, con el arroyo corriendo a mis pies, como un trozo de pan duro con chocolate y una pieza de fruta que lavo previamente en el arroyo. 

El regreso, por los caminos habituales. A la una ya estaba en casa después de darle a la zapatilla en solitario, durante 15 kilómetros, monte arriba, monte abajo.

domingo, 4 de agosto de 2024

Verano en el valle, 2. Son cuentos. -

 


Para el 15 de agosto son las fiestas patronales en Rascafría. Hace unas semanas, se me ocurrió mirar el programa de actos y me encontré con que se convocaba un concurso de relatos breves. Muy ufano, fui al cajón de los cuentos y saqué uno que me pareció apropiado para ser presentado, con la esperanza de alcanzar en este pueblo de la Sierra mi primer peldaño en la fama de la gloria literaria. El problema es que el asunto a tratar se refería, forzosamente, a Rascafría, sus gentes, sus costumbres… El colorido localista del relato era obligatorio, así que desistí porque el casticismo no es la fuente Castalia de la que bebe mi imaginación.

Pero, mira por dónde que, de la asociación cultural de mi barrio, El Sol de la Conce, me enviaron las bases de un concurso VI premio de relatos Pérez-Taybilí, animándome a participar. En ellas se advertía: “Aunque sean de temática libre (los relatos, se entiende) traten de forma transversal la convivencia, el respeto, los vínculos y la interculturalidad…” Y advertía específicamente que el jurado valoraría especialmente los relatos que introdujeran estos valores.

Fui a mi fuente Castalia a ver qué aguas manaban de ella que alimentaran mi imaginación con sorbitos de convivencia, respeto, interculturalidad y demás etcéteras, y me pareció que, aunque me bebiera todo el manantial, las aguas de mi imaginación literaria seguirían incoloras, inodoras e insípidas en lo que se refiere a la fraternidad universal que ha de transcender en el relato que esa asociación Pérez-Taybilí está dispuesta a premiar.

Reconozco que el localismo y la trasversalidad se me dan muy mal y que, a estas edades, me resulta muy difícil descolonizarme (o “decolonizarme”, - horribile dictu, pero santo y seña de la progresía al agua de rosas -) de tantos prejuicios como he adquirido con enorme esfuerzo y tesón a lo largo de la vida.

Improbable y ansiado lector, como los dos intentos de escalar la fama, de los que te he hablado, son puertas cerradas a mi ilusión de ceñirme los laureles literarios, y como la frustración y el desánimo no me dejan sosiego en estas largas y calurosas noches agosteñas, he decidido endosarte a ti – siempre paciente – este pequeño relato que a continuación puedes leer, si no se ha agotado tu paciencia llegando hasta aquí.

Si se lee el mismo sin  excesivas exigencias literarias, folclóricas o ideológicas, podrá observarse que sí hay un atisbo  de transversal en lo que respecta a sus personajes (un fracasado, una feminista, una exdelincuente…) que conviven en la barra de un  bar.

 

“Era la misma mujer que decían que había estado en la cárcel. Era buena camarera; le sirvió un buen café caliente…”, y a él le pareció que, a partir de este arranque, tomándose su tiempo, lograría escribir un buen relato. Al fin y al cabo, le habían despedido del trabajo, y no tenía nada mejor que hacer... Aunque, no, no estaba dispuesto a que Cristina, profesora del taller de escritura creativa, le impusiera condiciones a la hora de escribirlo, y decidió que se saltaba las reglas del juego que previamente les había dado.

Que aquella camarera anoréxica, de ojos como simas, hubiese pasado una temporada a la sombra no tenía para él ningún interés, aunque sí apreciaba su profesionalidad: nadie como ella preparaba aquellos cafés negros y cremosos. Y si no, que se lo dijeran a Clara, su amiga feminista, con la que acostumbraba a reunirse en aquel bar.

Por lo demás, no le parecía a él que haber llamado babuino a su jefe fuese motivo suficiente de despido; pero así fue, porque al imbécil se le ocurrió mirar el diccionario. Este fin de semana prescindimos de sus servicios, le había dicho aquel papión cinocéfalo. El maldito catarrino le había despedido, y todo por un exceso verbal puramente zoológico. Como si ser culto fuese un delito.

Y por eso estaba allí Clara; para consolarle, como otras veces. Feminista militante, había sido en los quince últimos años su mejor amigo, su camarada, su confidente y su paño de lágrimas, pero nunca se habían acostado juntos. A ella no le hubiese importado: total, un intercambio de fluidos corporales y un poco de calistenia sexual. Ella le solía insistir: mejor con un amigo que con un desconocido. Pero a él le humillaba saberse tratado como hombre objeto por aquella fémina de ovarios poliédricos, y nunca accedió.

Lo del despido era irremediable y uno de tantos episodios lamentables, consecuencia de su inadaptación al medio. Clara, como siempre, se lo hizo ver con la contundencia que ponía en sus opiniones, más brutales cuanto más sinceras, a fuerza de amistosas. – Vete de esta ciudad. En Valladolid tengo una amiga que te dará trabajo. Ya he hablado con ella – le animó. Y encendió un cigarrillo.

Pero quedaba pendiente un asunto que debía resolver en una hora escasa: lo del reto que le habían propuesto a través del correo electrónico. Sólo quería demostrar que, al menos en eso, era capaz de hacerse valer. Pero, por otro lado, le reventaba ajustarse a normas impuestas por aquella engreída de Cristina.

Y qué si ha ganado un premio de relatos – le comentaba a Clara –. Eso no le da derecho a complicar la vida a la gente. Podía echarnos una tarea más fácil ¿No crees?

Pues escribe un micro relato – le sugirió ella –, y deja de darle vueltas, hombre. ¿Quién te mandó meterte en un taller de escritura?

La idea podía funcionar. A ver: “Era la misma mujer que decían que había estado en la cárcel. Era buena camarera; le sirvió un buen café caliente, y a él le pareció que... el tipo acodado en la barra era un madero de mala baba, y que se dedicaba a acosarla.

Puesto que le habían echado del trabajo y se iba de la ciudad antes de una hora, no perdía nada haciendo el quijote por aquella anoréxica de ojos demoledores.

Eh, oiga, deje de molestarla – dijo con voz que pretendía ser segura.

El poli le miró con sorna: Ésta no necesita caballeros andantes. Al último lo disolvió en nitrógeno líquido, y ella dice que se fue de viaje. – Y añadió – métase en sus asuntos, amigo.

Pero él estaba fascinado por los ojos dinamiteros que le sirvieron el café, y no se resignó al gesto despectivo del secreta: “Mucha pistola y poca vergüenza, es lo que tiene usted” – le dijo. Y observó a la mujer de mirada con destellos de goma-2 acorralada tras la barra. Por poco tiempo. El policía metió la mano en la sobaquera y le partió la boca con un certero culatazo de su pistola.

Cuando recobró el conocimiento, se descubrió a sí mismo sin dientes, empuñando la pistola y el cuerpo del policía cubierto de sangre. La camarera ya no estaba allí, el sobre de la paga con el finiquito, tampoco”. – Leyó en voz alta.

Dos objeciones – apostilló Clara, siempre en cuarto jodiente – La camarera no debe aparecer en el nudo de la acción, condición indispensable impuesta por tu profesora; y el desenlace con asesinato ya lo empleó Jose, tu compañero de taller de escritura. Que seas un fracasado reincidente no justifica tu pobreza imaginativa.

De eso nada – protestó él -, ya te lo he dicho: no pienso hacer caso de Cristina. Ella que diga lo que quiera, que yo haré lo que me dé la gana.

Conozco tus rabietas. Sólo sirven para ocultar tu temor a las mujeres –. Ella, parsimoniosa, buscaba un nuevo cigarrillo en su bolso. – No soportas que valgamos más que tú.

No sé ni cómo te aguanto – protestó de nuevo él –. Me acosas sexualmente, me humillas porque me niego, y, encima, me reprochas mis fracasos. No entiendo por qué soy tu amigo.

Porque soy la única persona que te quiere. – Clara sorbió un poco de café y dio una calada al cigarrillo. –  Inténtalo de nuevo, cariño – añadió.

A regañadientes, inició otra vez el relato: “Era la misma mujer que decían que había estado en la cárcel. Era buena camarera; le sirvió un buen café caliente, y a él le pareció que... tenía aspecto de drogata a medio regenerar: extremadamente delgada, manos huesudas y venas azules, y unos enloquecedores ojos brillantes, consecuencia de sus viajes alucinados a lomos del caballo.

Somos complementarios – pensó –, Unos cabalgan quimeras ocultas en agujas hipodérmicas, mientras que a otros nos cocea la rutina. Si ella me quisiera, volaríamos juntos.

Y, por qué no. Tomó el café y regresó al trabajo en la farmacia. Cogió las tijeras, acorraló a su jefa en la rebotica, forcejearon y le abrió dos ojales gemelos en la garganta. La verdad, le tenía ya ganas. Demasiados años aguantando a aquella arpía.

No me despides, que me voy – dijo él, jadeando por el esfuerzo.

Abrió el armario de seguridad, cogió las anfetas, las ampollas de morfina, antidepresivos y ansiolíticos. Cualquier pastilla que sirviese para desbocar un cerebro. Vació la caja registradora y fue a buscar a su compañera de viaje. En una hora, la libertad.

Ella le dijo: pierdes el tiempo; ya no viajo a lomos del caballo, ya no sueño, ya casi ni soy. Sólo el cuerpo me sobrevive. Su desaliento era más negro que el café que le ponía en ese momento

– Éste va de mi cuenta, le dijo.

Y ella cogió el teléfono para llamar a la policía.

A ver qué te parece esta vez –. Pero no miró a Clara, sino a la camarera. Ésta llevaba casi una hora oyendo sus historias y cabreándose por momentos. Eran ya cuatro años, desde que salió del talego, aguantando tras la barra a fulanos de todo pelaje: borrachos domésticos, graciosos de barrio, machistas acomplejados, babosos hambrientos de sexo, depresivos que se sicoanalizaban gratis a cambio de una cerveza... Pero nunca, nunca, ningún fracasado la había herido tanto. Le hacía recordar una y otra vez el gran fracaso que era su propia vida. Y el tipo insistía, insistía… Y, encima, se lo preguntaba a la cara, con todo descaro…

No aguantó más. Se puso frente a él, mostrador por medio, y con un porta de la cafetera, de un golpe certero, le aplastó las narices. Pillado de improviso, se cayó del taburete y se quedó sentado de culo, frente a las piernas de Clara. Incapaz de entender, sólo acertó a observar que ella vestía una minifalda. Que la frontera entre ésta y aquellos muslos de mujer cabal era una zona que nunca había explorado; que ya eran quince años, y que ya iba siendo hora.

Acuéstate conmigo, Clara – hipó, mientras escupía posos de café.

Clara daba la última calada a su tercer cigarrillo – ha pasado tu hora, mi amor.

viernes, 1 de septiembre de 2023

Caminos, 3. Huellas.-

 


Quien inventó la palabra “basuraleza” sabía bien lo que se decía al definir esos paisajes salpicados de pequeñas basuras que los humanos dejamos como un rastro de nuestro paso por la naturaleza. El caminante, en su deambular, se desplaza por un paraje naturalmente hermoso pero que se advierte un tanto descuidado. Para quien camine y no observe, el lugar está aparentemente limpio, a condición de no prestar demasiada atención a las pequeñas basuras diseminadas por el entorno. 

A cada paso que el caminante da, o a cada vistazo que echa en torno al camino que sigue, encuentra el suelo tachonado de pequeños residuos en proceso de degradación, tales como plásticos, envases, bolsas, envoltorios, tampones usados, un pañal con las cacas del niño, vidrios, latas, papeles pringosos o no, clínex que señalan descargas de vejiga, mierdas de perros, colillas…

Todo ello diseminado un poco por todas partes, entre las hierbas agostadas del suelo, entre los matorrales, agarrado a las ramas bajas de la maleza, sin formar montones de residuos, sino extendidos por el entorno al alcance de la vista. Es como si un sembrador los hubiera diseminado al azar, lanzándolos con la mano para extenderlos como si se tratara de una sementera de desechos de materiales que en su día fueron objeto de consumo y hoy ya son inservibles.


Nunca, en estos años pasados, se me había ocurrido pasear por el sedero junto al arroyo de la Saúca en Pinilla del Valle. Trascurre paralelo al arroyo, protegido por los grandes y viejos chopos que sombrean el lugar, hasta el túnel bajo la carretera y que lleva del otro lado, donde llega el camino que baja del puerto de Malagosto. Aunque el arroyo ya baja casi seco, tiene tramos con agua que aún se mantiene viva y su vista alegra la placidez del lugar, dándole esa sensación de frescor que se defiende, gracias a la espesura de la vegetación, de la canícula sin tregua de este verano inclemente que estamos padeciendo. Eso hasta que uno se topa con la “basuraleza”, esa mezcla de cochambre, fruto de la desidia humana, y paraje natural mancillado.

Estos de agosto no son días para hacer grandes marchas a causa del calor, así que doy paseos que pueden llevarme unos ocho kilómetros entre ida y regreso, por caminos llanos, para volver pronto a casa. El de hoy me ha llevado a Pinilla, que es un paseo de unos 4 kilómetros desde Rascafría. Pero como me ha sabido a poco, recorro el pueblo por las afueras, junto al arroyo, hasta dar con un sitio de una belleza agreste, como la de lugar abandonado por los humanos cuando dejó de ser útil a sus necesidades de vida rural: En una pared de piedra, un caño seco, y a sus pies un abrevadero en tres cubetas horizontales toscamente labradas en buen granito. Al lado del abrevadero, un par de mesas de piedra absolutamente rústicas. Los tableros bien podían tener medio metro de grosor, sin tallar, apoyados sobre pies derechos, también de granito apenas desbastado, con unos bancos de la misma materia sin apenas trabajar. Allí leo un par de capítulos del Elogio del caminar de Le Breton por el simple placer de la lectura en solitario, en silencio, en un lugar agreste y umbrío, aunque descuidado.

Hay, entre la civilización rural/urbanizada con sus buenas casas de verano y sus calles limpias y bien pavimentadas, por un lado, y por otro el campo con sus prados, delimitados por viejas paredes de piedra rústica, y su arboleda, un lugar de nadie como aquel donde yo estuve. Un no lugar, que diría Monsieur Augé, que los humanos anónimos no identifican ni como el pueblo donde viven, ni como la naturaleza del entorno, sino justamente una frontera imprecisa entre ambos y lejos de los servicios de limpieza municipales. Allí, el bípedo anónimo va diseminando las pequeñas cochambres que, en su efímera vida útil, han sido recipientes, envoltorios u objetos de usar y tirar.


Por olvidar situación tan lamentable, callejeo por el pueblo y me paro ante la pequeña estatua en bronce, levantada en homenaje al hombre del campo. En su pedestal, una poesía de Vicente Alexandre:

Sobre esta cima solitaria os camino

campos que nunca volveréis por mis ojos.

Piedra del sol inmensa, entero mundo

y el ruiseñor tan débil 

que en su borde la hechiza.

Desengáñate, improbable lector: no es lo mismo dejar la huella de tus pasos en el camino que cocear un paisaje.

 

 

domingo, 13 de agosto de 2023

Fiestas en Rascafría-

 


No todo iban a ser idílicos paseos por el monte entre el arrullo de los arroyos y el arrítmico son de los cencerros vacunos. No todo iba a ser tañer – siquiera metafóricamente – la flauta pastoril como Títiro bajo la encina mientras apacienta su ganado. También la puñetera realidad se impone y exige su tributo en forma de ruidosos decibelios, contaminación lumínica e incivismo antihigiénico en forma de decenas de meadas en nuestra sufrida calle. Total, que hablo de Rascafría en fiestas y de la carta que he escrito al alcalde o a quien haya tenido ganas de leerla sin que le asome una burla a los labios ante las quejas (que se suelen repetir cada año) de este jubilata.

Risum teneatis, decían los latinos.  Tú, improbable lector, no te rías de este quejoso, que solo pretende un pequeño desahogo.

 

“Sr. Alcalde,

Como en años anteriores, y supongo que con el mismo resultado, me dirijo a los responsables de ese ayuntamiento de Rascafría, no para protestar, que es tiempo perdido, sino para hacerles algunas reflexiones a propósito de las fiestas patronales.

Bien está que el municipio ofrezca a los vecinos unos días de celebración y corra con los gastos de la misma. Gastos que, si bien se mira, son fruto de los impuestos de todos los ciudadanos. Así que bien está la redistribución de recursos en forma de diversión popular, que es una forma equitativa e igualitaria de reparto de la riqueza común allegada a través de la fiscalidad, sea ésta estatal, autonómica o municipal.

Bien está que el común de los ciudadanos se explaye entre abundancia de músicas, alcohol y luminarias puesto que de sus bolsillos salen y son una forma de expresión de la cultura popular. Las saturnales suelen ser un buen escape de las obligaciones diarias y liberan de las tensiones acumuladas a lo largo del año de trabajo y esfuerzo.

Un servidor lo acepta, todo ello, y espera con paciencia y diacepanes nocturnos a que pasen los días de jolgorio y recuperemos la tranquilidad habitual.

Respecto al propósito de esta carta, del que ya he hablado más arriba, no es otro que hacerles alguna reflexión por parte de este jubilado, que tampoco querría molestar más que el tiempo suficiente para que la lean y olviden su contenido.

¿Han pensado en las músicas atronadoras, pasadas de decibelios, con que nos castigan hasta las cuatro de la madrugada y más allá a quienes no tenemos ni ganas ni edad para “disfrutarlas”?

No parece que la contaminación acústica nocturna sea una forma justa de redistribución de los recursos municipales, pues sólo una parte de los vecinos – en su mayoría jóvenes – lo disfrutan, mientras que el resto de los ciudadanos lo sufrimos con resignación. Aparte lo cual, me temo, contravienen la legislación que ampara el derecho de todo ciudadano a las horas de descanso y silencio – sea esta legislación estatal, autonómica o municipal, que lo ignoro.

¿Se han parado a pensar en la evacuación multitudinaria de orines en la vía pública? ¿No se les ocurrió instalar retretes químicos para que la enorme ingesta de cerveza y otros bebibles se canalizase al fin de su ciclo por evacuatorios a propósito?

Recomiendo a los cargos responsables de la limpieza y policía de las vías públicas se den una vuelta por la C/ Ibáñez Marín, desde su comienzo hasta el puente de la Manola. Y no para que caigan en la cuenta del pésimo estado de su pavimento, cuya reparación queda pospuesta, elecciones municipales tras elecciones municipales, según demuestra la experiencia ad nauseam.

De lo que se trata puntualmente durante las fiestas, es de los litros de orines que se vierten entre los coches allí aparcados, contra los muros o a sus pies por parte de ciudadanos y ciudadanas (que en esto hay paridad porque la necesidad es igual para todos), obligados sin distinción de género a evacuar sus vejigas de forma tan poco digna.

Es algo que deberían tomar en consideración y ponerle remedio. Si no para estas fiestas, que para cuando les llegue esta nota ya se habrán pasado, para años sucesivos. Que las cosas del bien público tienen remedio, aunque sea con retraso.

Por último, sólo me queda pedirles disculpas por hacerles perder su precioso tiempo, encaminado siempre, según entiendo, al logro del bien común. Todo lo antedicho tómenlo como el desahogo de un jubilado con bajos niveles de adaptación a los tiempos que corren, y les ruego sean comprensivos y actúen en consecuencia.

Con toda mi consideración, J. J. A. A.” 


martes, 25 de julio de 2023

Caminos, 2.- Aguas estancadas. -

 


Lo divertido de la política nacional es que cuando crees que unas elecciones generales traerán un poco de sosiego al país, ves que taponan una vía de agua embarrada, pero abren otra aún más tumultuosa que inunda la sentina de la res publica. Ganó el PP, pero de tal forma que ni con el Vox logra mayoría. Quedó segundo el PSOE que cuenta con Sumar, y para alcanzar capacidad de gobierno, necesita del apoyo de los partidos regionalista y nacionalistas. Y, ¡Oh, caprichos del Hado!, necesita de la abstención de los adeptos al prófugo Puigdemont si quiere lograr la investidura. Mire usted por dónde, un prófugo de la justicia española tiene la llave de la gobernabilidad del país contra el que delinquió. Cosas veredes, Mío Çid que farán fablar las piedras…

Y además, el PP tiene mayoría absoluta en el Senado, con lo que, si no le dejan gobernar, puede practicar el obstruccionismo siempre que convenga a sus intereses. En esas estamos… Mientras, los analistas políticos imparten doctrina y son el oráculo de las televisiones. 

Como quien dice, la política nacional son aguas estancadas donde una pedrada en medio de la charca (en forma de obedientes, o quizás, resignados votos ciudadanos) revuelve por un rato la superficie y alborota el légamo del fondo. Pero las ondas son sólo superficiales y en círculos concéntricos que se agotan a medida que se alejan del impacto.

Este jubilata y la santa, responsables ciudadanos – o quizás malinformados ciudadanos – bajamos desde el valle a Madrid para votar; de regreso, soportamos un enorme atasco de salida de la ciudad en el no-ser de la autovía y volvimos a nuestro refugio serrano con la satisfacción del deber cívico cumplido. Además de con la duda de si no seríamos unos ingenuos autoconvencidos de que un voto, unido a millares y millares de ellos, cambia la orientación del sistema…, o a lo mejor lo legitima para persistir en sus corruptelas y no somos más que tontos útiles. En esta duda, el escepticismo es una sana higiene mental, pero jode porque no te dice a qué tabla has de agarrarte para flotar en la charca.

Don Pío Baroja, que siempre fue muy suyo y rezongón, no tenía ninguna confianza en las democracias (ese agregado igualitario de gentes de todo pelaje) y no solía pararse en barras a la hora de calificarlas. Escribió un artículo en el que hablaba de la democracia (ideal) como una especie de benevolencia de unos con otros, que era el resultado del progreso, y “la otra democracia de la que tengo el honor de hablar mal es la política, la que tiende al dominio de la masa y que es absolutismo del número”.  

Total, por el Artiñuelo, el arroyo que pasa por delante de nuestra casa de verano, aún corre un hilo de agua y lleva su escaso tributo al Lozoya, a las afueras de Rascafría. Eso, al menos, no ha cambiado.  Y puesto que la naturaleza sigue su curso, este jubilata se calzó las botas de hacer leguas y se fue a ver una charca de buen tamaño que está a medio camino entre el Mirador de los Robles y la Casita de la Horca. Medio oculta desde el camino por la maraña de vegetación, allí seguía, un tanto menguada de agua, pero con su colonia de ranas croadoras que tienen la prudente costumbre de esconderse en el fondo cuando algún curioso se acerca a ver su pequeño paraíso de aguas quietas y vegetación enmarañada.

Desmintiendo la fábula de Esopo, no se tiene noticias de que esa colonia de batracios haya decidido poner orden en su sociedad pidiendo a Zeus que se les nombre un rey que las gobierne. Hacen bien, que a lo mejor los dioses, hartos de su impertinente croar, les pongan un madero flotando en medio del charco y les hagan creer que ese trozo de leño impartirá justicia. Luego, las más hábiles, se subirán encima y dirigirán el cotarro ranero porque, al fin y al cabo, el madero flota allí por designio de las divinidades.

Cosas así iba pensando este jubilata senderista mientras bajaba a la presa del Vadillo. Sentado sobre una roca, con el pequeño embalse a la vista, y el librito Elogio del caminar de David Le Breton entre las manos, leía algo sobre las Largas marchas inmóviles: La marcha es a veces infinita, sin otra dirección que el tiempo. Un recluso, en su celda, puede recorrerse el mundo entero a fuerza de caminar infinitamente los pocos metros lineales de su encierro y diciéndose: ahora atravieso Francia y entro en Alemania; ahora bajaré hacia el sur e iré camino de Roma… Libre en su imaginación, puede llegar a los confines del mundo.

Un servidor, sin moverse de la piedra sobre la que se sienta, levanta la vista del librito, la extiende sobre la lámina de agua del embalse, y convierte éste en un océano sobre el que navega con su imaginación hasta aquel lugar donde basta leer unas páginas para saberse fuera de su mediocridad. Y cuando cierra el libro y retoma el camino, ya ha olvidado su condición de espécimen del demos humano obligado al desove cuatrienal del voto.

 

viernes, 23 de julio de 2021

El verano en el valle, 2. - Puertas al campo.


Hace ya varios años, abrí un archivo fotográfico para coleccionar imágenes de puertas y ventanas. Normalmente, correspondían a viejos edificios, a veces abandonados o semi ruinosos, que tenían el encanto de las cosas caducas, olvidadas y como detenidas en el tiempo. Son imágenes que he ido captando un poco al azar y a capricho, sin un plan preconcebido, y no importa dónde: en viajes por el extranjero, o por todos los lugares de España que hemos visitado o pasado de camino.


Aquí, en el valle de Lozoya, también he encontrado lugares olvidados donde me ha llamado la atención alguna ventana desdentada, cerrada con una reja rústica y adornada con un tiesto desportillado. O algún pajar, tan abundantes por estos pueblos, con su gran portón cerrado con un cerrojo hecho a golpes de forja, o claveteadas sus tablas con esos clavos gruesos que se hacían en la herrería.


Dentro de esa curiosidad, algo me ha llamado la atención últimamente en mis paseos por los caminos del valle: son esas puertas de acceso a los prados. Puertas que no se ajustan a una modalidad definida, a un estilo propio y común de la zona, sino cuyos elementos se basan en la pura improvisación y en la utilización de recursos de desecho: objetos que tuvieron, en general, un uso doméstico y fueron sustituidos por nuevo mobiliario más confortable. Lo que me recuerda ver en muchos prados carcasas de frigoríficos usadas como pesebres, o viejas bañeras que sirven como abrevaderos.

Pero, es de las puertas puestas al campo de las que quiero hablar hoy. Si el caminante tiene la curiosidad de observarlas, no tiene más que pasear por el camino natural que recorre los pueblos del alto valle de Lozoya, que nace cerca del monasterio del Paular. 

Si está sobrado de tiempo y gusta de la naturaleza, podrá pasar por Rascafría, Oteruelo, Alameda, Pinilla, Lozoya… Y si se ha equipado de un bocadillo, fruta y agua suficiente – y ha madrugado –, puede llegar al Cuadrón, a 34 k. 

V


Verá, a derecha e izquierda del camino, gran cantidad de prados con la hierba recién segada y observará, si siente curiosidad, que los accesos no hay dos iguales, aunque los elementos de cierre suelen ser los mismos: viejos somieres, cabeceros de camas, alambres, tubos, restos de puertas de cuadras, trozos de carteles anunciadores… Pero, sobre todo, somieres de camas que fueron lecho de las gentes de esta zona durante generaciones y que terminaron reutilizados como cierres del prado familiar.


Es lo que mi amigo Juan llama “la civilización del apaño”. Objetos que dejaron de ser útiles y, no implantada aún la sociedad de consumo con ese afán posmoderno por comprar, usar y tirar, comenzaron una nueva vida útil fuera de su primigenia utilidad. Todo es aprovechable mientras cumpla una funcionalidad. Así, con un viejo somier se puede apañar una puerta, con un frigorífico sin puertas y tumbado, se puede hacer un pesebre para el ganado, con una bañera desportillada, un abrevadero para las vacas. Con una cuerda de las de atar las alpacas de hierba, un cierre para sujetar la portilla, de forma que el ganado no se cambie de finca.


La escasez de recursos, la necesidad de reutilizar lo aprovechable y la propia inventiva de las gentes del campo, hicieron que las fincas donde se guardaba el ganado tuvieran su buena (buena por útil y económica, no por su valor estético) puerta atando un somier a un poste clavado junto a la tapia de piedra. Y aun siendo el material tan común, es un entretenimiento para el viandante observar la variedad de cierres de fincas que, utilizados los mismos materiales y cumplido el mismo objetivo, difieren con una estética de la chapuza bien apañada, digámoslo así, que le da cierto toque personal a cada una de ellas.

Por eso, esta vez, quedan aquí unas muestras fotográficas. Para que se vea que nuestros objetos domésticos pueden tener una nueva vida útil, y que éstos dejan su impronta de tosca estética por los campos.