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jueves, 10 de septiembre de 2020

Cómo viajar.-

Invierno en la Acrópolis. Ante el Erecteion
El otro día, durante nuestro habitual paseo enmascarillado de cada noche, la mi santa me recordó aquella anécdota en nuestro segundo viaje a Grecia, allá por el lejano 1979. Por aquellos años setenta, aún éramos aprendices de viajeros y veíamos el mundo con ojos ingenuos de súbditos recién salidos de una dictadura sin horizontes, gris y plomiza, moral y mortalmente mezquina. Lo que hizo, por el contrario, que el mundo fuera un universo maravilloso que estábamos dispuestos a explorar en la medida de nuestros recursos económicos. Los ahorros anuales, gastados en viajes, era la mejor riqueza que podíamos acumular en nuestra reciente vida de pareja.

En aquellos años de viajeros noveles, no conocíamos aún a doña Alexanda David-Néel, intrépida viajera que llegó en 1924 a la ciudad prohibida de Lhasa, disfrazada de mendiga y acompañada de su hijo adoptivo el lama Yongden. Pero, intuitivamente, ya sabíamos con qué espíritu y predisposición se debe viajar: Celui qui voyage sans rencontrer pas l’autre il ne voyage pas, il se déplace. Nosotros no queríamos desplazarnos, sino conocer cómo era la gente, su forma de vivir, su cultura y su historia… Queríamos ser viajeros, no turistas de masa. Y todos los viajes de nuestra vida han tenido algo de aprendizaje, uniendo lo útil a lo agradable.

Ya en mis lecturas de juventud, don Miguel de Unamuno me había advertido sobre lo pernicioso de esa forma de turismo que él llamaba “topofobia”: uno llega a un lugar para salir precipitadamente hacia otro, en una concatenación de huidas para coleccionar sitios apenas hollados con una noche de hotel. Luego, ante los amigos, presumir de haber estado en los cinco continentes, pero ignorando qué vio dónde o cómo eran sus gentes.

También mi viejo y nunca olvidado dentista, el doctor Dióscoro, se burlaba de esa gente que cogía el coche y se hacía 100 kilómetros para ir a comerse un par de huevos fritos - decía - a un restaurante, por ahí a tomar vientos en casa dios.  

Nosotros queríamos limpiarnos las telarañas mentales de una España que aún no sabía ser europea y empezamos a viajar con los ojos y con la mente bien abiertos. Nuestra primera salida fue a conocer a nuestros vecinos, a Portugal, en 1976, fresca aún la Revolución de los Claveles. Fue la experiencia necesaria. Con una bolsa de dos asas llena de ropa, un viaje en tren nocturno hasta Lisboa, sin moneda local, sin alojamiento reservado, deambulamos todo el día por la ciudad buscando una pensión que nos quisiera alquilar una habitación para pasar la noche. Os retornados, las gentes huidas de las colonias portuguesas tras su independencia, ocupaban todos los alojamientos y el país, que estaba en bancarrota, los había realojado por hoteles, pensiones, hostales. Recorrimos el país hacia el norte, en trenes de cercanías y autobuses comarcales, alojandonos en casas particulares y pensiones, comiendo en restaurantes populares (las típicas casas do pasto), en mesas compartidas, para terminar saliendo del país por Valença do Miño.  Fue nuestro bautismo de fuego. No nos arredró la experiencia de novatos.

Aprendimos a ser previsores en lo sucesivo y planificar los viajes. Estuvimos en Grecia al año siguiente y subimos a la Acrópolis, pisamos las piedras del Partenón con amor reverencial, como quien cumple un voto largamente aplazado. Luego vino Egipto, al que regresé 48 años después, y al año siguiente, regresamos a Grecia.

En la colina de Licavetos
Paseábamos por Atenas en aquel segundo viaje. La ciudad moderna, capital del país tras la independencia, levantada deprisa, sin un plan urbanístico claro, bulliciosa de sus gentes, ruidosa de vida callejera, estaba llena, según decía un amigo nuestro, “de piedras rotas”. Pero, a nosotros, las “piedras rotas” nos encantaban. Te parabas a observarlas y ellas te contaban la historia de nuestra cultura europea, de nuestro pensamiento, de nuestro destino, de todo lo que somos por lo que sus habitantes, desde veinticinco siglos atrás, habían sido.

Aquella mañana – recordaba la santa en nuestro paseo nocturno el otro día –, caminábamos desde la plaza de Monasterakis, donde tomábamos unos kebabs sabrosos, pringosos, que escurrían la grasa por entre los dedos que había que chupar con frecuencia par no mancharse la camisa. En el barrio de Plaka, ante su tienda, un comerciante, al oírnos hablar, nos gritó entre risas: ¡Españoles!:Castañetas, Real Madrid.  Supimos que ese era el legado cultural que la España de Fraga Iribarne quería transmitir al mundo del turismo de masas: Castañuelas, toros y fútbol. Spain is different! Tuvimos la impresión de estar estigmatizados. Pero sabemos que todo viajero paga un precio por viajar, así que nos ajustamos, Teresa la peineta y el mantón de manila, yo la montera y el capote de paseíllo torero (imaginariamente), contestamos con un irónico ¡Que Dios te ampare, hermano! y seguimos nuestro camino.

Seis cuadernos de notas con nuestras primeras escapadas y otros tantos libros de viajes, encuadernados por mí, y manuscritos cada noche en el hotel, conservo en nuestra biblioteca.  Cuando el Covid19, o los siguientes en numeración, no nos dejen salir de casa, siempre podremos convertir en futuras lecturas nuestro lejano pasado viajero. Y si la autoridad y el tiempo lo permiten, seguiremos viajando. 

Mientras el cuerpo aguante.

martes, 11 de junio de 2019

Jubilata en Egipto.-


En 1978 la santa y un servidor fuimos a conocer Egipto. 41 años después, este jubilata ha vuelto allí. La santa no, que, por razones que no vienen al caso, se ha quedado en casa cuidando el hato.

En aquel entonces comenzábamos a viajar y el mundo era un universo por descubrir. Egipto era un sueño al que todo buen viajero debía peregrinar al menos una vez en la vida. Cumplido aquel sueño, nos prometimos volver.

El sueño del regreso se ha realizado a medias, no solo porque uno de nosotros no ha podido ir, sino porque los sueños son efímeros, hechos de una materia tan sutil y evanescente como la ilusión. Porque la ilusión, ya se sabe, tiene la inconsistencia nebulosa de esos amores que reprochaba Catulo a su Lesbia, tan infiel como amada: In vento et rápida oportet scribere aqua: hay que escribirlo en el viento y en el rápido curso de las aguas.

El Egipto recordado de ayer no es el Egipto recorrido hoy. No se debe a que Egipto haya cambiado; ni tampoco sus tumbas, templos, pirámides, sus viejos dioses. Ha cambiado la percepción que va del recuerdo al presente. Han cambiado los ojos que miran y ha cambiado su mirar de ayer a hoy. 
¡Son más de cuarenta años, coño!, se dice el viajero.

Por eso, el viajero reincidente, que pretendía ver en el Egipto de hoy aquél que se trajo grabado en la piel de la memoria, allá en su juventud, ha de olvidar pasadas añoranzas y enfrentarse a la realidad del Egipto actual que uno visita, no al que había recordado durante decenios. 

Una realidad tan sólida e inmutable como esa pirámide de Keops, con sus 2.300.000 bloques de piedra cúbica. Una realidad tan viva como su población, unos 107 millones de personas, viviendo sobre el 7% del territorio, las únicas tierras fértiles; tierras hasta donde llegan los canales de irrigación del Nilo y las aguas subterráneas de su delta.

Egipto, si se observa sobre un mapa, es una pequeña franja de verdor a lo largo del Nilo que se extiende desde la presa de Aswan hasta El Cairo. Tomando la presa de Aswan como referencia, navegando hacia el sur, el lago Nasser es un mar interior de 350 kilómetros de longitud, que puede embalsar 6 mil millones de metros cúbicos de agua. Su capacidad es de unos 150 kilómetros cúbicos; algo así como 5 veces toda el agua embalsada en España. Fluyendo hacia el norte, a partir de El Cairo, el río se muestra generoso y su delta se abre en abanico hasta llegar al Mediterráneo, entre Alejandría y Damietta.

Y si el viajero viaja con el mapa desplegado, costumbre útil para saber dónde se está y adónde se dirige, observará que el curso del río está tachonado de antiguos templos faraónicos. Desde Abú Simbel, el más próximo a la frontera con Sudán, hasta el Mediterráneo con la fuerte influencia greco-romana. 


Templos que el viajero va recorriendo como en peregrinación, paseando sus salas hipóstilas, observando sus bajorrelieves, intentando comprender la teogonía de sus dioses, sus parentescos y sus rencillas familiares. Que no solo los dioses griegos y romanos eran de vida poco ejemplar, sino que los egipcios, tan hieráticos, también se traían sus líos de familia.

Quizás por eso, en el templo de Abydos fuimos a visitar el Osireion, templo subterráneo donde, según la tradición religiosa, estaba enterrada la cabeza de Osiris. Osiris, junto con Isis y Horus, forman la triada de la religión egipcia y, con ser el dios de la vegetación, la fertilidad y la vida, no se libró de la malquerencia de su hermano Seth, quien le dio pasaporte y despedazó su cuerpo en 13 trozos (42 dicen otros) que los dispersó por todo Egipto. Su esposa y hermana Isis reunió amorosamente los pedazos, a excepción del miembro viril que fue devorado por un pájaro en el lago de Menzaleh, cerca de Port Said por más señas. 

La amante esposa yació sobre el dios, digamos que recosido, y concibió a Orus. Los teólogos egipcios nunca explicaron cómo fuera posible la coyunda, habida cuenta que faltaba la pieza fundamental, pero el viajero jamás se hace tal pregunta, aparte que los dioses tienen sus propios recursos, cuya comprensión no alcanza la mente humana.

En el templo de Dendera, templo ptolomeico dedicado a la diosa del amor y la alegría, Athor, el viajero descubrirá la existencia de una antigua deidad, madre de todos los dioses y reina de los cielos. Se trata de Nut, que representa al ciclo solar, y por ello, el ciclo de la vida. Suele ser representada en la bóveda del templo, símbolo de la bóveda celeste, toda ella tachonada de estrellas. 

Tiene forma alargada y arqueada por sus extremos, como si estuviera a cuatro patas (si se permite la vulgaridad), como insinuando un movimiento cíclico, de forma que se traga el sol cada atardecer y éste nace de su matriz cada amanecer. Es diosa que se ganó inmediatamente las simpatías de este jubilata, quien de madrugada salía al balcón a saludar a esta deidad que nos regalaba un sol nuevo cada día.

Pero el ciclo de la vida es complejo en la religión egipcia. Lo mismo está encomendado a una diosa celeste, como Nut, que a un modesto escarabajo pelotero, el scarabaeus sacer. Este escarabajo, empujando su pelotita de estiércol, representa el sol naciente que resucita cada día y también la transformación de la existencia. 

El viajero podrá verlo en las tumbas del Valle de los Reyes y en las inscripciones de las salas hipóstilas y en las ingentes columnas que soportan los arquitrabes de los templos. Este jubilata, que ha vuelto de su viaje con un cierto sentimiento panteísta, a falta de las viejas ilusiones desvanecidas, se ha traído un escarabeo labrado en basalto que corretea por las estanterías de su biblioteca haciendo pelotitas con las briznas del saber que se desprenden del papel impreso.

Pero de eso, quizás, y de las hermosas puestas de sol, y del bullicio nocturno, cuando se rompe el ayuno del Ramadán, hablaremos otro día.  Dii iuvantes.

domingo, 10 de marzo de 2019

Lugares donde nunca vamos.-


Seguro que el improbable lector ha hecho alguna vez una excursión a un lugar donde no va nadie. A un lugar que no sale en las guías turísticas, alejado de las grandes rutas viajeras. Pues no es el único. También nosotros. El otro fin de semana fuimos a visitar Totanés, pueblo a 30 k de Toledo. 

¿Que no le suena el nombre? Este jubilata sí tenía noticias de este pueblo manchego porque, en su lejana infancia, allá por los años cincuenta del siglo pasado, le llevaron una vez a visitar a su tío Eloy, maestro de escuela rural que allí desasnaba chavales. Y, como resulta que hay en ese lugar una rama familiar Azaña con la que me une un lejano parentesco, y tengo en el barrio una amiga y prima que es de aquel pueblo, consanguínea de tercera o cuarta hornada, pues decidimos que estaría bien visitarlo.

Quienes fuimos a visitar el pueblo estábamos seguros de que don Quijote tampoco tuvo noticias de él. Ni pasó por allí camino del Toboso para ver a la sin par Dulcinea, quien, por cierto, resultó ser una moza un tanto hombruna. Aldonza Lorenzo se llamaba, hija de Lorenzo Corchuelo, y era fama que tenía muy buena mano para salar puercos. Pero nosotros, por aquellos andurriales, no buscábamos las huellas de Rocinante ni damas que servir. Buscábamos un crómlech.

¿Un crómlech en mitad de la Mancha? Pues ya ve el sorprendido lector qué capricho el de nuestros antepasados neolíticos. A dos kilómetros escasos del pueblo, próximo al cauce de un arroyo seco, sobre una superficie de roca granítica.

Se trata de un círculo de piedras sin labrar (ortostatos, para los que saben de esas cosas), puestas en pie por mano humana. Su edad aún no se conoce, ya que todavía no se ha hecho su datación arqueológica. Según parece, corresponde a la época megalítica, aproximadamente entre 2.500 a 1.000 antes de nuestra Era. Se supone, y está por ver, que tiene una orientación astronómica, señalando el equinoccio de primavera, relacionado con las tareas agrícolas. Las preguntas que suscita respecto a su construcción, antigüedad, funcionalidad, quedan a la espera de los trabajos arqueológicos posteriores. Suponiendo que haya dotación económica, claro está. Porque, ¿a quién le preocupan unas cuantas piedras en círculo, aparecidas en un lugarón manchego? Solo a algunos entusiastas sin afanes de lucro, como a los miembros de Cota 667, que son quienes han hecho los primeros estudios y lo han puesto en valor.

Ya se sabe cómo es esta España nuestra, le das una patada a un canto en medio de un erial y te aparece un trilobites que andaba por el lecho marino durante el Ordovícico. O aparecen vestigios de una antigua explotación agrícola romana. Y resulta que el nombre del pueblo de Totanés deriva del gentilicio Totta, posible dueño de aquel dominium. Y puede que el lugar – también está por averiguar – fuese un punto en la vía romana que iba desde Toledo hasta Mérida. Y visitas la plaza del pueblo junto a la iglesia, y allí hay un verraco celtibérico que ve pasar los siglos con la impasibilidad que le da estar tallado en granito.

Y sigues con tu deambular por el lugar y descubres que este pueblo fue, en el S. XVI, señorío de don Hernando Dávalos, comunero toledano a quien Carlos V le confiscó sus tierras porque era “movedor de novedades”. Don Hernando era partidario de las Comunidades de Castilla que se sublevaron contra el emperador porque les llenó la corte de extranjeros que no respetaban las leyes y usos de la Castilla. Y sobre estas tierras confiscadas por el emperador al comunero, en 1528, el matrimonio Carrillo-Osorio constituyó un mayorazgo. Comprar el lugar les costó un cuento (un millón) y cuatrocientos mil maravedíes, un pastón para la época.

Si el improbable lector imagina que con esto se acaban las prendas de Totanés, pues se equivoca. Tiene, además, un paisano ilustre, Fray Sebastián de Totanés, que allá por 1717 fue destinado por la Orden Franciscana a Filipinas. Allí el buen fraile aprendió el tagalo y sistematizó la lengua en una gramática que llamó Arte de la lengua Tagala y manual del Tagalog, que fue editada en 1745 y reeditada por tres veces en 120 años. Gracias a esta gramática, la lengua tagala se extendió por el archipiélago, predominando sobre el resto de las lenguas. 

Seguro que el actual presidente filipino, Duterte, no tiene pajolera idea de que se debe a un fraile español la extensión de la lengua oficial. Cambiará - como pretende - el nombre del país para que no recuerde su pasado colonial (como si la historia pudiese borrarse con un decreto presidencial), pero el apellido Totanés allí queda entre la población, ya que el fray Sebastián lo puso a todo bicho viviente que fue cristianando durante los años que vivió allí.

En conmemoración, en una plaza a la entrada del pueblo, han levantado una estatua, obra de Jorge Lancero, que representa al franciscano. La verdad es que la estatua anonada un poco al visitante con su talla descomunal y queda un tanto alejada de la humildad franciscana que se le supone al frailuco.

¿Más que ver? Pues si es viajero por lugares donde nunca suele ir la gente, eche un vistazo a su iglesia parroquial y admire su artesonado mudéjar. Verá en la nave central un entablamiento horizontal que recibe el nombre del alfaje, cruzado por vigas de pared a pared que llaman jácenas, y sobre ellas un segundo orden de vigas perpendiculares que llaman jaldetas. Amén de lacerías mudéjares y decoración geométrica barroca en el ábside. Todo lo cual se dice aquí para que se sepa que este jubilata y viajero curioso se llevó la lección bien aprendida.

Y, hablando de trilobites, como se habló de ellos hace un rato, es porque hay un pequeño museo, en la casa de la cultura, con una colección paleontológica y arqueológica que fue reuniendo un vecino del pueblo: don Ildefonso Recio Valverde. Pero no, no fuimos a visitarlo. Ya no nos quedaba tiempo. Solo se dice que la colección existe, por si el improbable lector se deja caer por Totanés.

Nosotros fuimos a Cuerva y localizamos el antiguo alfar de un viejo artesano, vimos el horno árabe que se usaba para cocer las piezas, una pileta donde se amasaba el barro, una especie de alberca que se llenaba con el barro limpio de impurezas, y docenas de piezas que allí están, a la espera de que alguien pase por allí y se lleve algunas de recuerdo. 


Un servidor, en recuerdo de una olla maja que compró allí hace más de 20 años, esta vez se llevó un cántaro adornado con motivos florales y con su tapa bellamente decorada. La olla maja, por cierto, la coceó un sobrino de la mi santa, chaval de dormir inquieto, que hizo noche en casa, y desde entonces andaba yo con las ganas…

lunes, 20 de agosto de 2018

Serpientes de verano.-


Así solían llamarse, en tiempos, las noticias que fabricaban los medios de comunicación en verano para llenar papel diario, faltos de noticias de interés porque todo el mundo estaba de vacaciones agosteñas. Los hechos noticiables eran escasos y aburridos y las rotativas no tenían con qué alimentar el papel continuo, así que se inventaba una serpiente que devoraba bañistas (dicho a modo de ejemplo), y ya tenían materia para ir aguantando durante las semanas de agosto, hasta que el Invicto volvía de pescar salmones en Asturias.

Siguiendo esa dinámica, este jubilata ha ido llenando sus vacaciones serranas escribiendo cartas al improbable lector desde la casa y museo donde suele vacar estos últimos veranos. Eso hasta que la santa y un servidor nos hemos ido unos días a Pamplona, huyendo de los ruidos a puro decibelio asesino y del incivismo de las fiestas agosteñas en Rascafría. Fiestas patronales que llenan nuestra calle Ibáñez Marín de meadas y clínex húmedos alineados en la tapia, como fusilados, con menosprecio al decoro y la higiene pública, y el pobre arroyo Artiñuelo que convierten en un vertedero de envases y plásticos.

Claro está, son subjetivaciones - digámoslo así - y gruñidos de un jubilata setentón, así que el improbable lector no tiene por qué tomárselos al pie de la letra. Ya se sabe, llegados a cierta edad nos volvemos reaccionarios de izquierdas (como suele decir Raúl) y no tenemos aguante.

Pues resulta que, seis días en la capital del Reyno de Navarra, leyendo el diario (así llaman popularmente por estas tierras al Diario de Navarra), han sido como un toque de atención de la realidad que se está viviendo estos días en ambos reinos: el de la patria chica y el de España (dicho sea sin que hablar de ellos, los reinos, signifique tomar partido por tal opción).

Y como si fuesen las vidas paralelas de las que hablaba Plutarco, en ambos reinos, dos noticias, cada cual en su terreno, han llamado la atención de este lector y le han hecho dar vueltas al majín. En Pamplona, la serpiente (o sapo) que se ha tragado el gobierno cuatripartito con lo del Gaztetxe Maravillas, comuna libertaria montada en el antiguo palacio del Marqués de Rozalejo, propiedad de gobierno de Navarra, ocupado por una amalgama de gente de Bildu, anti sistemas puros, okupas en ejercicio, feminismo de brega, radical/nacionalistas, anarquismo y cualquier desencantado con el sistema capitalista. Una especie de falansterio de fraternidad universal – propiedad de todos los navarros, pero usufructuado por los anti – en el que no cabemos los que cobramos pensión, o viven de su nómina y pagan IRPF, ni otros subyugados por el capitalismo y el Estado centralista, sin previa y explícita renuncia a ellos.

Doña Uxue Barkos, presidenta de la comunidad foral y miembro de Garoa Bai – una especie de sucursal del PNV en Navarra – tiene que lidiar con sus socios de gobierno EH Bildu/Podemos, por un lado, y con la ciudadanía por el otro. En medio, el célebre Gaztetxe Maravillas, un paraíso igualitario desalojado por los forales el pasado día 20 y reokupado horas después, con dejación de obligaciones (y consentimiento, según malas lenguas) por parte del gobierno foral, ya que ha renunciado a un nuevo desalojo, primero, y recuperación, después, de la propiedad pública. No puede considerarse que el uso actual del inmueble por personas distintas del propietario sea un mantenimiento contrario a la voluntad del titular", ha dicho el juez en su auto. Si el cuatripartito se la envaina, el juez no tiene más qué decir, así que los forales quietos paraos. Y los ciudadanos, maravillados. 

Lo del paralelismo plutarquiano venía al caso porque aquí, o sea, en todo el Estado español, a Pedro Sánchez también le están saliendo unos granos independentistas que le tienen todo el verano en un puro rasca-rasca. Eso del Torra incitando a sus huestes a atacar al injusto Estado español es para amargarle las vacaciones a cualquier pedrosánchez; más si el conglomerado PP/Ciudadanos entra al juego y le hacen bullying al buen chaval que es Pedro en pleno patio de recreo. 

La cosa es de tratamiento antidepresivo si todos se ponen de acuerdo (independentistas catalanistas y nacionalistas españolistas) para joderle el verano y la gobernanza al bueno de Sánchez. Quien, como ya sabemos, es hombre de maneras tranquilas y de diálogo con no importa qué agitadores de banderas. Por esas cosas de la política, resulta que tanto montan los Puigdemones/Torra enrabietados de amarillo como los Casado/Albert, aprendices  de líderes carismáticos de unidad de destino en lo universal.

Y este jubilata, que le da demasiadas vueltas a las cosas, pensaba, en pura teoría y por tratar de entender: ¿Podrá extrañar a nadie que un Estado soberano, aunque solo sea por puro instinto de supervivencia, replique con contundencia a una amenaza de agresión tan explícita? ¿Qué dirá a sus ciudadanos si, como el cuatripartito navarro, se la envaina, calla y otorga? ¿Qué autoridad tendrá para exigir el cumplimiento de las leyes a sus gentes? Amarillo me pongo de darle vueltas a tanto interrogante sin respuesta clara.

Por eso, regresamos a Rascafría, donde confiamos que los servicios municipales de limpieza hayan limpiado los purines de tanta vejiga juvenil como desaguó en nuestra tapia; hayan restituido la limpieza del cauce del sufrido Artiñuelo, y un servidor pueda hacer largas caminatas por robledales y pinares. Que tampoco pide mucho este jubilata: disfrutar de la naturaleza por unos días más y poner entre paréntesis las cosas de la política, hasta que septiembre nos asenderee por los caminos habituales del día a día.

jueves, 17 de mayo de 2018

De un viaje a La Apulia (2).-

En color naranja, nuestro recorrido por La Apulia.


Decía nuestra guía Samanta que el nombre de Apulia derivaba del término latino “a-pluvia”: sin lluvia; aunque no hizo honor al epónimo, ya que nos llovió dos días. Pero si uno observa el paisaje de esta región verá que aquí no hay ríos que merezcan tal nombre, que sus tierras son planas, una elevación de la plataforma marina de origen sedimentario que da suelos calizos y arcilloso en su mayoría. Son tierras que emergieron del antiguo mar de Tetis, y muy ricas en fósiles que se fueron depositando en el lecho marino. Lo que se dice aquí para explicar la razón de una orografía sin grandes relieves, a excepción del promontorio Gargano.

Porque el Gargano es una lengua montañosa de rocas sedimentarias que se introduce en el Adriático, con una altitud máxima de 900 metros sobre el nivel del mar. Para llegar a él desde Bari, nuestro alojamiento, hay que subir por la autopista A 14 hasta Foggia, y desde allí hacia Manfredonia para tomar una carretera de montaña, hacia la izquierda, hasta San Giovanni Rotondo. La diferencia de paisaje con el Tavoliere, la llanura de Foggia, situada entre las estribaciones de los Apeninos y el Gargano, es radical. Sorprende al viajero el contraste entre los campos de cultivo, especialmente olivo y vid, y la vegetación de montaña, donde abunda la encina y se empobrecen los suelos, dando origen a un paisaje abrupto, montañoso, con escarpes donde afloran las calizas.

Si el improbable lector lo permite, este jubilata da todas esas explicaciones porque no se puede entender un viaje sin observar el medio físico, la orografía, sus cultivos, su paisaje, su vegetación y todo aquello que ayude a comprender el país que uno visita. Pero ya lo dejamos aquí, para no cansar.

San Giovanni Rotondo es población a 560 m sobre el nivel del mar. Fue el lugar donde el capuchino padre Pío vivió vida conventual y celebraba misa en la primitiva iglesia, hasta que su fama de santidad y el estigma de las llagas al igual que el Cristo, lo hizo objeto de visitas piadosas. Muerto en 1968 en olor de santidad, el lugar se convirtió en centro de peregrinación, de turismo religioso y, a la postre, en gran negocio piadoso. Una especie de santuario de Lourdes, pero gestionado por capuchinos: peregrinación, devoción y un maná de euros que florece sobre la tumba de un santo humilde.

Dicen que acuden anualmente siete  millones de visitantes al lugar, y eso se nota en las riquezas arquitectónicas de carácter religioso. El devoto o el curioso pueden hacer un recorrido por los lugares donde vivió el padre Pío: la primitiva iglesia, de traza muy modesta; la otra que hizo levantar él, bajo la advocación de Nª Sª de la Gracia, donde estuvo enterrado hasta 2010; y las dependencias, modestas por demás, donde pasó su vida, incluida su celda conventual.

Pero lo que sorprende por su diseño es la visita a la gran iglesia de peregrinación que fue proyectada por el arquitecto Renzo Piano, y levantada entre 1997 y 2004. Es una construcción un tanto chocante para cumplir la función de templo religioso; una exhibición de la capacidad técnica, arquitectónica, de imaginación y diseño sorprendentes. Tiene una cobertura en cobre pre-oxidado que le da el característico color verdoso, soportado al interior por arcos radiales que nacen de un pilar central junto al altar mayor de casi 5 m de diámetro. Vista en la distancia, con ese diseño ultramoderno, el visitante, si es más enófilo que piadoso, creería estar viendo una de esas célebres bodegas riojanas diseñadas por los arquitectos de moda.

Llama la atención su campanario horizontal, que rompe con la tradicional verticalidad de la torre de cualquier iglesia. Aunque su originalidad no es tal, si se piensa que el injustamente olvidado arquitecto brasileiro, Dento Pihneiro, en los años veinte del siglo pasado diseñó su celebrado, por lo atrevido de la solución arquitectónica, rascacielos horizontal. Dio una solución práctica al menos es más de Gropius al evitar los costes de ascensores y escaleras de evacuación anti incendios, con la consiguiente mejora en seguridad, movilidad y funcionalidad.  Algún día se reconocerá su genialidad al dar soluciones sencillas a complejos problemas de habitabilidad.

Pero nosotros seguimos visitando el Gargano. Estas parecen ser tierra de peregrinación y santuarios que perviven desde siglos. Tal es el caso de Monte Sant’Angelo. Este pueblo está coronado por un castillo originario del S. X, Torre dei Giganti, que fue restaurado por Federico II Hohenstaufen para residencia para su esposa. Ladera abajo, el caserío del pueblo, calles empinadas, escaleras irregulares y rampas que van uniendo los distintos niveles de la población, pura irracionalidad urbanística que dibuja rincones de singular belleza. Signo de los tiempos, sobre el castillo, nuestro hotel enseñoreando fortaleza, iglesias, barrios, la costa y todo aquello que pueda ser objeto de atracción turística.

Bajo el nivel del pueblo, una gruta consagrada a San Miguel, arcángel muy dado a habitar lugares abruptos. En realidad, es uno de los santuarios que están en la línea de peregrinación a Jerusalén, pues hay un Saint Michel’s Mount en Cornualles, el Mont-Saint-Michel en Normandía, la Sacra de San Michele en el Piamonte, y éste del Gargano. Y ya puestos, no olvidaremos el Saint Michel de l' Aiguilhe en Le Puy-en-Velay, cabeza del Camino de Santiago, y nuestro navarro San Miguel de Aralar.

En fin, el acceso a este santuario de San Miguel, el de Gargano, se hace a través de una doble portada gótica, una del S. XIV y la otra una reconstrucción del S. XIX, donde arranca una escalinata de 86 peldaños que baja hasta la gruta. Junto a la doble portada, una torre octogonal vigía que hace las veces de campanile.

Pero mire usted, no todo son santuarios y devociones por estas tierras. De las 120 mil Ha que tiene el promontorio del Gargano, 10 mil Ha corresponden a la Foresta Umbra, gran bosque autóctono poblado de hayas y otras especies como robles, tejos, píceas, acebos… Recibe el nombre de umbra por lo oscuro que suele ser el bosque de hayas, aunque en estas fechas aún no había brotado la hoja. Este jubilata, que esa mañana nemorosa andaba con la vena poética en alborozo, al verse en el hayedo umbrío, no pudo por menos que recordar a Garcilaso y las quejas amorosas de Salicio:

… rayaba de los montes al altura el sol,
cuando Salicio, recostado
al pie de un alta haya en la verdura,
por donde un agua clara con sonido
atravesaba el fresco y verde prado,
él, con canto acordado al rumor que sonaba, 
del agua que pasaba… etc.

Pero eso fue un momento de enajenación, con total olvido de la vulgar condición de turista apresurado.

La Foresta Umbra fue declarada parque nacional desde los años 90 y disfruta de una protección medioambiental especial, con lugares donde no está permitido el acceso, y es tan digna de ser visitada como la selva del Irati en nuestra Navarra. Su altitud media es de 700 m sobre el nivel del mar. Donde termina el bosque el paisaje se domestica y comienzan las plantaciones de olivos, así como de cerezos y almendros, y un poco más allá, la costa recortada. 

Y en el litoral, antiguas poblaciones amuralladas para defenderse de las incursiones sarracenas y turcas, tal como Perchici, pueblo costero, agarrado a los escarpes de la costa, que conserva su trazado de viejo lugar fortificado, con un arco de acceso en su muralla. Como otras poblaciones de estas montañas, tiene un trazado muy irregular, con grandes desniveles que se resuelven con escaleras de peldaños imposibles o cuestas empedradas. Lo que origina pequeños recovecos con encanto de casas encaladas modestas, arcos irregulares y pasadizos angostos.

En la calle principal, extramuros, la banda municipal alegra el ambiente, y la gente anda endomingada. Las mujeres, por ser día grande, lucen sus mejores vestidos y caminan con tacones tan altos que es milagro de la coquetería femenina no se rompan la crisma, haciendo equilibrios sobre aquellos empedrados irregulares. Pero esto, a lo peor, no se puede decir porque suena a micromachismo. Delo el improbable lector por no leído. 

Muchos más lugares nos quedan por visitar de la Apulia, pero ya veremos si dan más de sí esta bitácora y la paciencia de los lectores que a ella se asoman. Por si acaso, para no cansar al respetable, este jubilata cierra sus cuadernos de viaje, recoge sus mapas, se embaúla sus recuerdos y  a otra cosa mariposa.

domingo, 6 de mayo de 2018

Impresiones de un viaje a La Apulia,.


Anda el jubilata, estas últimas semanas, viviendo su vida como entre paréntesis. En momentos así, mientras  se vive un trozo de existencia con monotonía doméstica, es buen remedio recurrir a los recuerdos y revivirlos como actuales. Éstos, afortunadamente, tan recientes que parece hace sólo dos días que bajaste del avión.

La Apulia (así lo decimos en español; Puglia, la llaman los italianos) es el tacón de la bota italiana que comprende desde el promontorio del Gargano, al norte, hasta Leuca, en el extremo sur. El mar Adriático, por un lado, la región de Basilicata y el mar Jónico por el otro, delimitan esta región, plana como la palma de la mano, a excepción del dicho promontorio Gargano, que se eleva casi 900 m sobre el nivel del mar y forma lo que podríamos denominar la espuela de la bota.  Pero esas cosas, improbable lector, las puedes ver en el Google Maps ese y así te ahorras las tediosas explicaciones geográficas.

En todo viaje siempre hay pequeñas anécdotas o sucedidos que el viajero suele dejar al margen porque forman parte de las incomodidades que debe sufrir en el día a día, y cuya evidente vulgaridad desmerecería a la hora de contar lo guay que lo estabas pasando. Porque de lo que se trata es de pasárselo súper guay, de visitar muchos sitios para hacerse muchos selfis (yo y una catedral; yo y mi pareja en otra catedral, yo y un plato de espaguetis…), publicarlo en las redes sociales y que así se enteren tus amigos, parientes y afines. La envidia que despertamos en los demás con nuestro relato es tanto o más satisfactoria que el propio viaje.

El propio don Miguel de Unamuno decía que no se viaja por placer; se viaja para decir que se ha estado aquí o allá. Y eso que en tiempos de don Miguel no podía ni sospecharse lo del móvil, y mucho menos el invento ese de los selfis exhibicionistas con que inundamos las redes sociales. El consumo de felicidad aumenta en muchos decibelios cuando se lo contamos a todo bicho viviente

Pero olvidamos, a propósito, lo más perentorio en los viajes. Vamos a ver: ¿Cuántas veces el turista no ha sentido la necesidad urgente, inexcusable, angustiosa, de buscar un retrete donde aliviar la vejiga? Montones. Y, entonces, si forma parte del paisaje diario en todo viaje, ¿por qué no se habla de ello? Y, sin embargo, bien nos gusta hablar de las cervecitas que vamos trasegando, o de las comidas tan ricas que nos metemos entre pecho y espalda. Por eso, a este jubilata prostático, mientras recorría La Apulia, le dio por preguntarse, ¿Qué razón hay para que hablemos, e incluso presumamos, de la materia orgánica que entra por un extremo del tubo digestivo y no de los humores que salen por el otro extremo?, mientras recordaba a Buñuel y su Fantasma de la libertad.

Por eso, aunque de ello nunca se habla debido a un cierto pudor pequeñoburgués, no está de más recordar que uno de los afanes del viajero es siempre encontrar un aseo a mano, Antes – preferentemente – o después de visitar monumentos. También por eso, los aseos públicos, por estas tierras italianas, son un negocio tan digno – y aún más necesario – como las tiendas de recuerdos que abundan allí donde los autobuses descargan turistas.

Visitando Castellana grotte, un cartel de acceso a los urinarios públicos advertía: Si ruega di muniri di monete di 50 centesimi, imprescindibles para pasar el molinillo que da acceso al tan ansiado excusado. Pecunia non olet (el dinero no huele), dicen que dijo el emperador Vespasiano cuando le reprocharon que pusiera un impuesto a una actividad de tan baja estofa como era la de las letrinas públicas de Roma.

Satisfacer necesidades elementales es cuestión de primer curso de logística  a no olvidar en todo desplazamiento, y es, también, cuestión de dinero de bolsillo.  En este viaje del que se hablará, el dinero de bolsillo se iba en pagar botellines de agua a 1 €, cafés macchiati a 1 € y alivios de vejiga a 50 céntimos. Son cuestiones, quizás por lo básicas, de las que nunca se dice nada, pero muy necesaria para el feliz desarrollo del viaje. Pero no se insistirá más sobre el particular, no se le vayan a achacar a este jubilata vergonzosas inclinaciones coprofilas.

Otra experiencia viajera, difícilmente evitable, es el transporte aéreo. No solo por los vuelos, sino por los controles. Si un ciudadano quiere conocer de primera mano la sensación de sentirse humillado, despojado, escudriñado, vigilado como posible terrorista, no tiene más que pasar esos controles de seguridad de los aeropuertos. Aunque la sensación de oveja en aprisco, haciendo colas en un aeropuerto, lo hace más llevadero por aquello de que mal de muchos, consuelo de tontos. Y si quiere, y aunque no quiera, perder su condición y dignidad de viajero para ser considerado un bulto, viaje en un vuelo low cost. Nosotros hicimos el viaje en RyanAir y fue experiencia como de cosa empaquetada.

Ryanair es una mierda. Perdone el lector, pero es la primera frase escrita en mi diario de viajes. Pagar 40 € por una maleta de 14 kilos es la primera sorpresa, desagradable, que nos llevamos algunos viajeros desavisados porque no entendimos las normas de la compañía. Normas modelo traga-perras, cuya finalidad es ir esquilmando al usuario (no viajero, sino consumidor) a fuerza de suprimir servicios y ofrecer consumo con precio: bocadillos, refrescos, venta de perfumes y relojes, y hasta loterías con rasca-rasca. El avión, un cilindro hueco con motores, está pensado para viajar con las menores comodidades, las imprescindibles para no correr riesgos, y el máximo aprovechamiento de espacios para hacinar viajeros. Centímetro que ganas, euro que entra en caja, parece ser la máxima.

Y, se preguntará quien lea esto: Vamos a ver, y el jubilata, ¿cuándo dejará de gruñir y va a contarnos su viaje? Pues, improbable y no por eso menos amigo lector, tendrá que ser en otra ocasión. Porque el viaje fue very guay, pero no quiero cansarle extendiéndome en el relato, que tampoco son los viajes de Marco Polo al exótico Catay.