Te contaré, improbable y siempre grato lector,
que, en estos tiempos de vejez, ando metido en un taller de Memoria (así lo
llamamos) en el que un puñado de jubilados hacemos ejercicios de estimulación
mental, coordinación y todo lo que se supone nos ayude a sacudir las
cascarrias de la acechante decrepitud, y que nos manda hacer la profe. Los hacemos con la aplicación
– y el jolgorio, cuando nos equivocamos – de niños de primaria. Lo que, a estas
edades, me retrotrae a recuerdos de la lejana infancia que me vienen a la memoria
de forma aleatoria.
Debía tener cuatro años cuando me mandaron a la
escuela pública en Cortes de Navarra. Como parvulillos iletrados que éramos,
nos juntaban a todos en el parvulario de la escuela y no recuerdo que
hiciésemos otra cosa que jugar. A nuestra maestra, doña Micaela, aún la
recuerdo sentada en una sillita baja y haciendo punto mientras los críos
correteábamos por la clase. No sé en qué momento aprendí las primeras letras y
si fue ella quien me las enseñó.
Mi siguiente recuerdo de la escuela pública,
también en Cortes, es con don José. Era maestro nacional, empedernido fumador
de tabaco de cuarterón, del que tengo buen recuerdo. Para estimular la
puntualidad de los alumnos, de vez en cuando sorteaba un libro entre los
chavales y una vez a mí me tocó uno, del que no recuerdo el contenido o el título,
pero que me hizo mucha ilusión. Recuerdo, también, que nos leía capítulos de la
narración de Arthur Gordon Pin, de Alan Poe, y estábamos fascinados con sus
extrañas y terroríficas aventuras en el barco ballenero.
A este recuerdo va asociado el modo en que
entrábamos en la escuela, formados en fila y cantando el Montañas Nevadas,
mientras marcábamos el paso dando fuertes pisadas sobre los peldaños de madera
de la escalera que subía a clase. Recuerdo que aquellas canciones patrióticas
del franquismo los críos las aprendíamos de oído y, a veces, trabucábamos la
letra. Como cuando cantábamos a grito pelado “…voy por rutas imperiales
caminando hacia Dios”, que, en nuestro desconocimiento del significado, lo
transformábamos en “cagarrutas imperiales…”.
Como don José enfermó de un cáncer de pulmón, nos
pusieron a don Agapito, que era una mala bestia y no tenía el don de la
docencia, sino el de la disciplina, que imponía a manotazos. Tengo aún, ya
ochentón, vivamente grabado el recuerdo de una paliza que dio a un chaval en
medio de la calle, cuando salíamos para ir a casa a comer. No tendría yo más de
siete años y le recuerdo dando patadas en el culo y manotazos en la cabeza a un
crío de unos doce años y la gente, silenciosa, mirando sin atreverse a
rechistar.
Nunca supe la razón. Sé que, en general, los
chavales de los pueblos de la Rivera eran más brutos que un arao y mal
hablados. Se ve que debió faltarle al respeto, y don Agapito le dio una paliza
de órdago delante de la gente. Eran tiempos en que el maestro era toda una
autoridad pública y el castigo físico que imponía, aunque fuese excesivo, no
tenía réplica. Pero que aquella paliza fue excesiva e injusta, es algo que
quedó vivamente grabado en mi mente de niño.
Bastantes años después, cuando vivíamos en
Rascafría, otro recuerdo relacionado con la lectura, fue cuando el prefecto de
estudios, el padre Mauro, nos leía, traduciendo directamente del francés, El
Secreto del Unicornio. Fue la primera vez que tomé contacto con las aventuras
de Tintín, cuya colección de aventuras conservo en mi biblioteca. Nos lo leía
durante los recreos, sentados bajo un viejo chopo en el patio de Matalobos, y
con todos los chavales alrededor pendientes de sus palabras y mirando con
avidez los dibujos.
Como los recuerdos de infancia se entrelazan unos
con otros como cerezas en un cesto, aunque se confundan fechas y lugares, aún
recuerdo que en casa había un viejo ejemplar del Quijote, que leí desde muy
niño. Entiéndase, lecturas al estilo del crío que buscaba las aventuras más
divertidas, saltándose aquellos pasajes que le resultaban aburridos. Como el
discurso, tan feminista y cargado de razón (diríamos hoy), de la pastora
Marcela a los que le reprochaban la muerte del enamorado Grisóstomo. O el
célebre discurso de la Edad de Oro que hace don Quijote entre los cabreros, mientras sujeta un puñado de bellotas en la mano. Y lo que siempre odié cordialmente, fue la
historia del Curioso impertinente, que el cura del pueblo de don Quijote lee en
la venta ante todos los personajes allí reunidos. Novela que sí he leído en
esta última vuelta que le estoy dando al Quijote en la versión que ha hecho
Andrés Trapiello.
Y en mi primera juventud en Aranjuez, aparte los
libros de la colección Austral, los únicos al alcance del bolsillo, por su
precio popular, tengo el recuerdo de mi abuelo materno leyendo en el patio de
casa. Con un pañuelo moquero, hechos cuatro nudos y puesto en la cabeza para
protegerse del sol, todavía veo al abuelo Toribio leyendo aquellos tomos in
folio de la Historia General de España y de sus posesiones de Ultramar, de
Zamora y Caballero. Era una edición de 1874, de la que conservo dos ejemplares,
que él compró en el rastro siendo más joven. No se me olvida que, cuando una
mosca se posaba sobre las páginas del libro, él lo cerraba de un manotazo y
atrapaba a la mosca, que salía prensada por el peso de tanta historia como
cabía en más de un millar de páginas que tenía el tomo.
Pues eso, amigo e improbable lector, es lo que
tiene la vejez, que andas por la vida con un saco cargado de recuerdos que, a
veces, se escapan por las costuras. Pero no temas que esta bitácora se
convierta en el desaguadero de las aventuras del abuelo Cebolleta. Prometo no
reincidir.

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