Resulta que me acerqué a casa de mi vecino el
depre, a ver si necesitaba algo de la farmacia.
Bueno, esa era la
justificación. En realidad, se trataba de tomarme un respiro. Porque compartir 60 metros cuadrados con la santa durante tantas
semanas de encierro, las veinticuatro horas del día, es un ejercicio de convivencia agotador. Requiere
algunas válvulas de escape para que la pareja - de los de nuestra generación
hablo - funcione en condiciones aceptables de presión y temperatura hasta
cumplir el mandato que nos dieron: Hasta que la muerte os separe.
Como decía, fui a visitar a mi vecino el depre por
si necesitaba medicinas. Un rato de charla (mascarilla mediante), aunque sea
para hablar de lo mal que va el mundo, es una forma de asueto cuando no te
dejan salir de casa ni tienes un triste perro que pasear.
Porque, no, perro no tenemos en casa. Así que, por
ese lado, no había ni ocasión para una escapada diaria, ni motivo de pelea porque
ayer lo sacaste tú y hoy me toca a mí, como discuten cada día los del 5º A. Al pobre chucho lo tienen como un ciringuillo, todo el día perro adentro, perro afuera.
Lo de
los diez minutos aplaudiendo en la ventana y haciendo como que cantas el Resistiré,
mientras sonríes al vecindario abalconado, es un alivio, pero dura poco. Lo de
cocinar tampoco está mal, pero no tiene gracia cuando la santa se asoma a cada
rato por la cocina y te echa un ojo crítico, como diciendo: Eres un chapucero
entre los peroles; por mucho que queráis liberaros del complejo machista, los hombres
de tu edad nunca tendréis las habilidades culinarias que nos enseñaron nuestras
madres a las mujeres de nuestra generación.
Lo que sí tenemos es un carrito de la compra, que
es tan dócil como un perrillo casero, pero no anda solo. Y ahí sí que le aventajo
a mi contraria, porque yo tengo carné de conducir y ella es bastante torpe
manejando vehículos de dos ruedas. Pero con eso del confinamiento responsable,
me controla las escapadas y me supervisa la lista de la compra: por menos de
diez artículos no me deja salir al súper. Dice que lo hago no por subsistencia, sino
como excusa para saltarme el dichoso confinamiento.
Total, que, con el achaque de la farmacia, fui a
visitar a mi vecino el depre, quien estaba parapetado tras una barrera de cajas
de clínex y pulverizadores de lejía rebajada en agua.
¿Tú has oído hablar de las entidades
intersubjetivas? –, me espetó nada más verme.
Por supuesto, ni idea. En las tertulias de la tele,
que son pasto habitual de mi intelecto, de esas cosas no se habla, menos
habiendo infecciones de coronavirus a miles y estadísticas imprecisas que dan tanto
juego en el pesebre mediático.
Entonces, abrió el libro gordo Homo Deus de
Yuval Noah Harari y me leyó: “Las entidades intersubjetivas dependen de la
comunicación entre muchos humanos… Muchos de los agentes importantes de la
historia son intersubjetivos. El dinero, por ejemplo, no tiene valor objetivo.
No podemos comer, beber ni vestirnos con un billete de un dólar. Pero mientras millones de personas crean en
su valor lo podemos utilizar para comprar comida, bebida y ropa…”
¿Y por qué la gente – añadió – cree que tiene
sentido creer en el dinero, en la patria, en la religión…? Porque vecinos y
amigos, y millones de personas como ellos, tienen la misma opinión. La gente
refuerza las creencias del otro en un bucle que se perpetúa a sí mismo.
Pues igual con el coronavirus –, sentenció.
Cuando mi vecino el depre se pone estupendo, es que
se ha pasado en su cóctel de antidepresivos o se ha intoxicado de lecturas
raras.
Estamos viviendo – el tío ya estaba en vena – una pandemia vírica alimentada por una creencia
intersubjetiva vivida por millones de personas en todo el planeta y alimentada
por las autoridades políticas y sanitarias y la industria farmacéutica. El día
que cambie el paradigma mental colectivo, el coronavirus desaparecerá como si
nunca hubiera existido.
Es como el billete de dólar del que habla Harari,
mientras creamos en su valor, tendrá valor. El día que los viejos dioses
clásicos dejaron de tener creyentes, dejaron de existir. Y si no me crees, lee El Hostal de los
dioses amables, de Torrente Ballester. Con el coronavirus, igual. El día que
otra entidad intersubjetiva preocupe a la humanidad, desaparecerá el último
infectado del Covid19 ese.
No es más que un episodio más del capitalismo del
desastre –, remató.
Puse cara de paisaje; en mi vida había oído tal cosa.
¿Pero, es que no has leído a Noemí Klein? – me preguntó incrédulo.
Es que como no soy depresivo, no tengo tiempo para esas cosas tan raras que dices – me justifiqué.
Es que como no soy depresivo, no tengo tiempo para esas cosas tan raras que dices – me justifiqué.
De verdad, no sé ni cómo le aguanto estas rarezas a mi vecino
el depre. En el fondo, lo hago porque bastante sufre el pobre con su ansiedad de maniaco depresivo
recurrente y con sus problemas de autoestima. Yo soy así de buena persona.
A la farmacia baje, pero a por
aspirinas.
Un texto entretenido, simpático y que tiene su "aquél". Tu vecino parece que no, pero tiene las ideas claras, otra cosa es que la compartamos.
ResponderEliminarSAludos.
Mi vecino es todo menos un "cuñao".
EliminarGracias por leerme.
Lo de tu vecino sí que es grave. Creo que no hay remedio conocido.
ResponderEliminarPues a mí el depre me cae bien, todo lo hace para evitarles el tedio a sus congéneres; así que brindo por él, y una vez más... ( pero sin él)
ResponderEliminarMuy entretenido el texto pero creo que tu vecino el depre tiene mucha razón. En cuanto salte a la palestra otra noticia que suscite mas polémica que el virus tan manoseado por la tele y los periodistas nos curaremos todos. Si, es asi...
ResponderEliminarleer tus relatos es el mejor remedio para tus vecinos .gracias
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