Estas largas tardes de invierno madrileño son como
un recipiente vacío que uno debe ir llenando de gestos que tengan algún
significado. Dicho en palabras de más andar por casa, el ocio es una
bendición o un hastío insoportable. O sea, es una bendición si el tipo ocioso – entiéndase:
el jubilata ocioso – dedica sus horas vespertinas a alguna actividad física,
sin abusar, a pesar de lo que digan los vigoréxicos; o bien las dedica a eso de la parte del intelecto. “Intelecto”
dicho con minúsculas. O sea, alguna actividad mental que ponga en agitación
apacible tus neuronas. Tal, por ejemplo, la lectura, el juego de ajedrez a
niveles de aficionado, o los sudokus esos que organizan números en cuadrículas.
Lo más socorrido, y que menos frustraciones
produce, es la lectura. Lo del ajedrez, a veces te da soponcios imprevistos,
cuando el oponente aprovecha una torpeza tuya para darte un jaque mate que te
deja con cara de no haberlas visto venir. Y no digamos los sudokus, todo el
rato organizando numeritos del 1 al 9 sin que se repitan ni en horizontales ni
en verticales. Todo el rato con el lápiz y el borrador en la mano, emborronando
el papel como un niño que aprende las primeras letras.
Lo de la lectura es otra cosa. La lectura tiene la
ventaja de que otro fue el que se retorció las meninges organizando un texto
que tú lees de corrido. Y sobre la ventaja de no haber sido tú quien dedicó
horas y días y semanas a poner las palabras en orden y sentido, tiene la
comodidad de que, en cualquier momento, puedes cerrar el libro. No importa que
el autor, con su mejor prosa, te incite: sigue, sigue leyendo, que más adelante
es mucho más interesante… Pero no, a ti no te da la real gana seguir, pese a
los esfuerzos del autor por atraer tu atención.
Lo dicho. La lectura es la más cómoda de las
actividades jubilares (de jubilado activo, quiero decir). Cuando el ojo empieza
a vagar sobre los renglones y las letras se saltan de hilera y las palabras
pierden toda ilación, y el texto se descontextualiza; cuando se te pliega la
pestaña y entras en un nirvana de sopor, cierras el libro, entornas los ojos de
la mente y te invade una somnolencia como de abandono del mundo real. Eso
también forma parte del placer de la lectura. Sobre todo, para unos ojos
cansados.
Incluso, depurando el gusto por la lectura, hasta
puedes sentir cierta envidia mezquina. Ocurre cuando el autor, que es un culto
juntador de palabras, te pone bajo los ojos un texto de tanto pulimiento
idiomático que te llevan los demonios por no alcanzar las sutilezas
conceptuales que adivinas veladas, como el oráculo de la pitonisa. Tal me está ocurriendo
estos días con unos ensayos literarios de don Manuel Azaña, que estoy
metiéndome entre pecho y espalda estas susodichas largas tardes invernales.
“La invención del Quijote”, conferencia que dictó
don Manuel, junto con otras en el mismo libro, es lectura que he estado
llevando a la par junto con la primera parte del Quijote en esa versión al
español actual que ha hecho Andrés Trapiello. La prosa cervantina, remozada por
Trapiello, resulta de una claridad meridiana, como un suave deslizarse por el
texto, mientras que la de don Manuel, que destila sutilezas conceptuales, me
hace añorar aquella burla de Lope de Vega a sus detractores: puesto que el
vulgo paga, es justo hablarle en vulgo para darle gusto.
Y no es sólo que don Manuel tenga un discurso
conceptual tal, que el lector todoterreno no alcance muchas veces a discernir
con seguridad y se quede a medios pelos. Es que, además, es tan elegante en muchas
de sus expresiones que te dejan asombrado. Leer, verbigracia, en el estudio
sobre don Juan Valera: En las últimas horas del día 18, su mente, dilecta de
las gracias, pasó. Ese “pasó” es una forma tan sutil de anunciar su muerte,
que a uno le hace recordar aquel vixit que decían los romanos de alguien
que acababa de morir. Uno no se muere, acto vulgar por repetido, aunque es
hecho inevitable, sino que uno “vivió” o “pasó” y ya no se encuentra en el
mundo de los vivos.
No quiero aburrir por exceso de citas al improbable
lector, quien ya sospecha que este jubilata es un influenciable de la letra
impresa, pero no dejaré de largar este término jamás leído por mí: cuando el
leguaje “se unimisma” con el espíritu que lo engendra: “donde el
idioma decae, también decae el espíritu”. Y lo del espíritu (del idioma)
decaído debe ser cierto. No hay más que ver los centenares de influencers sueltos
que hay por esos mundos, seguidos de manadas de followers (por centenares
y más centenares de miles) dispuestos a comulgar con ruedas de molino.
Pues eso, sigamos divagando…
