sábado, 24 de enero de 2026

Ocios.-

 


Estas largas tardes de invierno madrileño son como un recipiente vacío que uno debe ir llenando de gestos que tengan algún significado. Dicho en palabras de más andar por casa, el ocio es una bendición o un hastío insoportable. O sea, es una bendición si el tipo ocioso – entiéndase: el jubilata ocioso – dedica sus horas vespertinas a alguna actividad física, sin abusar, a pesar de lo que digan los vigoréxicos; o bien las dedica  a eso de la parte del intelecto. “Intelecto” dicho con minúsculas. O sea, alguna actividad mental que ponga en agitación apacible tus neuronas. Tal, por ejemplo, la lectura, el juego de ajedrez a niveles de aficionado, o los sudokus esos que organizan números en cuadrículas.

Lo más socorrido, y que menos frustraciones produce, es la lectura. Lo del ajedrez, a veces te da soponcios imprevistos, cuando el oponente aprovecha una torpeza tuya para darte un jaque mate que te deja con cara de no haberlas visto venir. Y no digamos los sudokus, todo el rato organizando numeritos del 1 al 9 sin que se repitan ni en horizontales ni en verticales. Todo el rato con el lápiz y el borrador en la mano, emborronando el papel como un niño que aprende las primeras letras.

Lo de la lectura es otra cosa. La lectura tiene la ventaja de que otro fue el que se retorció las meninges organizando un texto que tú lees de corrido. Y sobre la ventaja de no haber sido tú quien dedicó horas y días y semanas a poner las palabras en orden y sentido, tiene la comodidad de que, en cualquier momento, puedes cerrar el libro. No importa que el autor, con su mejor prosa, te incite: sigue, sigue leyendo, que más adelante es mucho más interesante… Pero no, a ti no te da la real gana seguir, pese a los esfuerzos del autor por atraer tu atención.

Lo dicho. La lectura es la más cómoda de las actividades jubilares (de jubilado activo, quiero decir). Cuando el ojo empieza a vagar sobre los renglones y las letras se saltan de hilera y las palabras pierden toda ilación, y el texto se descontextualiza; cuando se te pliega la pestaña y entras en un nirvana de sopor, cierras el libro, entornas los ojos de la mente y te invade una somnolencia como de abandono del mundo real. Eso también forma parte del placer de la lectura. Sobre todo, para unos ojos cansados.

Incluso, depurando el gusto por la lectura, hasta puedes sentir cierta envidia mezquina. Ocurre cuando el autor, que es un culto juntador de palabras, te pone bajo los ojos un texto de tanto pulimiento idiomático que te llevan los demonios por no alcanzar las sutilezas conceptuales que adivinas veladas, como el oráculo de la pitonisa. Tal me está ocurriendo estos días con unos ensayos literarios de don Manuel Azaña, que estoy metiéndome entre pecho y espalda estas susodichas largas tardes invernales.

“La invención del Quijote”, conferencia que dictó don Manuel, junto con otras en el mismo libro, es lectura que he estado llevando a la par junto con la primera parte del Quijote en esa versión al español actual que ha hecho Andrés Trapiello. La prosa cervantina, remozada por Trapiello, resulta de una claridad meridiana, como un suave deslizarse por el texto, mientras que la de don Manuel, que destila sutilezas conceptuales, me hace añorar aquella burla de Lope de Vega a sus detractores: puesto que el vulgo paga, es justo hablarle en vulgo para darle gusto.

Y no es sólo que don Manuel tenga un discurso conceptual tal, que el lector todoterreno no alcance muchas veces a discernir con seguridad y se quede a medios pelos. Es que, además, es tan elegante en muchas de sus expresiones que te dejan asombrado. Leer, verbigracia, en el estudio sobre don Juan Valera: En las últimas horas del día 18, su mente, dilecta de las gracias, pasó. Ese “pasó” es una forma tan sutil de anunciar su muerte, que a uno le hace recordar aquel vixit que decían los romanos de alguien que acababa de morir. Uno no se muere, acto vulgar por repetido, aunque es hecho inevitable, sino que uno “vivió” o “pasó” y ya no se encuentra en el mundo de los vivos.

No quiero aburrir por exceso de citas al improbable lector, quien ya sospecha que este jubilata es un influenciable de la letra impresa, pero no dejaré de largar este término jamás leído por mí: cuando el leguaje “se unimisma” con el espíritu que lo engendra: “donde el idioma decae, también decae el espíritu”. Y lo del espíritu (del idioma) decaído debe ser cierto. No hay más que ver los centenares de influencers sueltos que hay por esos mundos, seguidos de manadas de followers (por centenares y más centenares de miles) dispuestos a comulgar con ruedas de molino.

Pues eso, sigamos divagando…