jueves, 5 de noviembre de 2015

El carné.-

La cosa más anodina que puede ocurrirle a uno, y que de hecho les ocurre a los humanos con la frecuencia inexorable que establece el calendario, es el cumplir años. Tratándose de un acontecer periódico, repetitivo hasta la saciedad, irrelevante por reiterado, y asumido con sentimiento de  fatalidad por algunos, con indiferencia por unos pocos, con resignación por la mayoría, nadie se explica, entre el círculo de amistades, conocidos, compañeros de trabajo y enemigos domésticos en general, la reacción tan desmesurada de NN*.

Hombre de familia, con un status social equiparable al de millones de ciudadanos anónimos, habituado a un trabajo sin relevancia y sin más expectativas que una jubilación mediocre, no era consciente del paso del tiempo porque las autoridades se lo habían cosificado en su carné de identidad. Aquella tarjeta rectangular, de 78x47 mm, llevaba aprisionada entre las dos láminas plastificadas la identidad legal de NN*, con un número de serie que acredita su pertenencia a uno de esos países civilizados, donde, en cuanto nace un ser bípedo dotado de racionalidad – que, como en el ejército el valor, se le supone – se le marca para mejor controlarlo a lo largo de su anónima existencia.

Periódicamente, por quinquenios cumplidos, dicha tarjeta es renovada por la burocracia policial que adhiere a la cartulina la fotografía actualizada del ciudadano, sorprendido en un gesto de perplejidad idiota por el foco desaforado del fotomatón, y deja irremediable constancia de ese pasmo facial que tan íntimamente odiamos.

NN*, escrupuloso cumplidor de  las leyes, se había sometido, con la periodicidad establecida por la autoridad, al cambio de documento, y con él, al cambio de gestos de idiotizado asombro congelado hasta la próxima renovación. Y tales eran su disciplina de fiel ciudadano y la ausencia de cualquier alteración de su transcurso vital, que sólo el final de cada ciclo quinquenal suponía una percepción del transcurso del tiempo.

Imperceptiblemente, la cada vez renovada fotografía del documento de identidad le mostraba el rostro de un tipo - él - que envejecía a saltos de cinco años: unas canas más sobre los huesos temporales, un progreso alopécico  que erosionaba su bosque capilar sobre el frontal, una coronilla frailuna en progresivo y geométrico crecimiento sobre el occipital...

También el rostro mostraba, quinquenio tras quinquenio, las huellas de estos saltos temporales: ojos antaño vivos de curiosidad, aunque siempre perplejos a causa del flash traicionero, cada vez más apagados; arrugas progresivamente más marcadas en torno a ellos; facciones cuya  flaccidez, congelada en la foto de rigor, era una prueba a mínima escala de la atracción gravitacional que el planeta ejerce sobre todo tipo de objetos depositados sobre su superficie. Y así, un sinnúmero de pequeños detalles faciales.

Instalado en el confortable estancamiento del tiempo que el carné le proporcionaba, alterado únicamente por los periódicos sobresaltos correspondientes a los fogonazos del fotomatón que le retrataba las facciones del alma, su vida se detenía entre visita y visita a las oficinas del DNI, de forma que se habituó a cumplir años cada lustro, con absoluto olvido de los cumpleaños anuales.

Quizás por eso, por haberse olvidado de cumplir años como todo el mundo – apreciación en la que coincidieron amigos y enemigos –, el súbito descubrimiento de hallarse en posesión, o más bien, poseído irremediablemente por 50 aniversarios brutal y multitudinariamente presentes, le  trastorno el juicio – según sus amigos –, o acabó por desjuiciarle el poco que le quedaba –según sus más entrañables enemigos–. Y comenzó a comportarse de forma extraña.

El primer síntoma derivado de la  indigesta y subitánea conciencia de anualidades acumuladas fue una insospechada tendencia a la filosofía de mesa camilla, en la que la observación de sus más íntimos entresijos vitales producía un torrente de imparables ¿porqués? enmarañados y de confuso desentrañamiento, para los que ni el propio Jean Paul Sartre hubiese encontrado respuesta razonable.

Descubrió que la existencia se movía entre lo inmanente y lo trascendente, lo cual fue ocasión para largas conferencias en el tresillo del domicilio conyugal. De tal forma, que su santa esposa terminó hecha un lío tratando de discernir entre la inmanencia de las tareas domésticas, actividades que muestran lo contingente y efímero de los actos humanos, y la trascendencia del ser humano en cuanto poseedor de aspiraciones universales.

Por no cansar al lector: harta de las frecuentes jaquecas que tales disquisiciones le producían y de un sentimiento de inferioridad que su marido le inculcaba con sus filosóficas peroratas, la santa, en un insospechado arranque de auto estima, se fugó con un novio de juventud.

Los amigos terminaron por rehuirle cuando se lo encontraban por la calle, temerosos de las elucubraciones que propiciaba un simple: Hombre, fulano ¡qué tal!  Pues semejante fórmula de cortesía, intrascendente y dicha sin mayores intenciones, era ocasión para un discurso de media hora sobre la inanidad y sin sentido de su vida, en particular, y de la de la especie humana en general.

Todavía recuerdo aquel aciago día en que me encontré a NN* por la calle, y un simple ¡Cómo estás! fue suficiente para llegar con dos horas de retraso a la Agencia Tributaria, perder la cita con el Inspector de Hacienda y verme obligado a pagar un multazo de órdago por una declaración en la que había ocultado unos euretes que me hacían falta para la entrada del coche…

Pero como el improbable lector estará ya aburrido de que le cuenten una vida sin horizontes y, seguro, seguro, tiene mejores cosas que hacer, el resto de la historia va a la papelera de reciclaje y un servidor va a ver si desentraña eso que dice  Walter Benjamin sobre el “esteticismo político”. Eso donde dice que el poder político organiza, o fomenta, celebraciones deportivas, grandes asambleas y desfiles festivos, procurando que las masas se expresen, se vean la cara y se sientan protagonistas de su destino, sin que ello implique un cambio real en las condiciones materiales de vida de éstas. 

O sea, la vida misma, tal como la estamos viviendo en los últimos avatares políticos en los que hay quien prefiere ser cabeza de ratón antes que cola de león porque patria y pasta casan bien.

2 comentarios:

  1. A ver si te aceptan esta pole en tu club de petanca.

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