lunes, 26 de agosto de 2024

Verano en el valle, 3. Fragmentos camineros.-


En estas calurosas tardes agosteñas dedicadas a la lectura, he leído algún artículo sobre esa enorme obra literaria del escritor Andrés Trapiello, quien viene publicando su
Salón de los Pasos Perdidos desde 1990. Según entiendo, es una recopilación de sus diarios personales y literarios y que terminan siendo novela una vez expurgados los textos personales sin interés para el público lector. Una especie de caudaloso río literario que, suponemos, tendrá fin cuando el escritor finiquite su vida, por aquello de Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir, tan manriqueño.

Este jubilata no tiene un río literario caudaloso, pero sí sus diarios personales comenzados con el siglo presente, que no merecen la atención del leedor, ni van a él dirigidos, pero que en esta ocasión servirán de excusa para una parrafada en esta bitácora. Por eso, sin que sirva de precedente ni ganas de molestar al improbable lector, entresaco algunos de los textos que he ido escribiendo en estos días veraniegos en el valle y los dejo aquí, a la vista de los ojos ociosos que quieran distraerse un rato.


Junio, jueves 20.- Esta mañana, con las nubes amenazando lluvia y ya descargándola cuando regresaba a casa, he paseado hasta los Batanes y he dado la vuelta al pequeño lago artificial, pasando por el “bosque del Rotario” con su curiosa estatua metálica de ruedas horizontales ensartadas en su eje vertical. Cada pequeño recodo del sendero en torno al lago me permitía una vista de su superficie que mostraba ligeras variaciones del conjunto, con su lámina de agua donde se reflejaba el bosque del entorno y el azul del cielo acosado por los nubarrones.

Observaba la superficie del lago, tersa, a modo de espejo donde se reflejaban árboles y cielos, cuando una carpa ha saltado y ha dado un coletazo para hundirse de nuevo. Esa leve vibración ha sido suficiente para que la lámina líquida se rompiera en círculos concéntricos y quebrase la imagen de la arboleda frondosa y el azul del cielo atrapado entre nubarrones. Romper el paisaje reflejado sobre el agua ha producido una impresión próxima al cubismo que fragmenta la imagen para que nos demos cuenta que la naturaleza no tiene la uniformidad de una pintura sobre una tela.

Julio, sábado 20.- “¿Sabías que nuestras gallinas escuchan música a diario? Desde rock & roll, pop y salsa hasta la tradicional ópera. Gracias a estas melodías nuestras gallinas viven tranquilas y felices”. Lo pone en una caja de huevos que compré en el súper Mirasierra. Las estupideces de la publicidad mercantil, con su buenismo animalista y sensiblero, son difícilmente superables. A saber lo que pasará por el pequeño cerebro gallináceo cuando escuche las músicas que los humanos le obligan a oír para aumentar la producción de huevos.


Agosto, domingo 25.- Otro de mis rincones favoritos, bien cerca del Paular, es la pradera junto a la ermita de la Virgen de la Peña. Eso mientras la gente en masa siga ignorando su existencia y no vaya a patear la placidez del lugar. Dando una caminata sin prisas por los caminos que salen desde las Suertes hasta las Presillas, he cruzado la carretera junto al comienzo del Palero y he entrado al recinto. 

Por allí estuvo la señora Ayuso, cortejada por las autoridades civiles y eclesiásticas locales, a hacerse la foto el día de la inauguración y dejaron instalado un cajón en forma de casita donde hay un par de docenas de libros a libre disposición de los lectores. Tomo uno de relatos sobre la Sierra y leo sentado en un banco hecho con medio tronco de árbol. Incómodo pero romántico el lugar, a la sombra de un gran castaño, con la ermita frente a mí y el pequeño embalse a mi espalda.

A pesar de que sé que estos lugares, hasta ahora recónditos, no están hechos para mi particular disfrute, tras un buen rato de lectura, como aparecen dos mujeres ciclistas y le dan a la cháchara sentadas sobre el murete de la presilla, para mí se acabó la tranquilidad. Dejo el libro en su sitio, me calo el panamá, requiero mi bastón caminero, estiro un poco mis lumbares agarrotadas durante el asiento en el romántico, pero jodidamente incómodo banco rústico, y me largo con pasito de jubilata ocioso.

Julio, miércoles 24.-  Por caminar con la fresca, no hago pereza y a las ocho ya estoy en camino. Decido subir al pinarejo que está en el camino hacia la Cabeza del Robledo y me acerco a la Peña Grande, desde donde hay unas vistas magníficas sobre el Peñalara y la Cuerda Larga. Ladera adelante, termino saliendo al camino que lleva a la pasarela sobre el Aguilón y me siento a la sombra del fresno junto a la orilla. El caudal del arroyo ya ha menguado respecto a estas semanas pasadas.


El lugar es vado por donde cruzan las vacas que vienen de pastar y van a sestear al cercado de junto al puente. Las observo. Pasan con paso prudente para no torcerse las patas sobre la superficie resbaladiza. Pero primero me observan, por si acaso no les merezco confianza. Comprobado que soy inofensivo, atraviesan el arroyo dando traspiés sobre las piedras pulidas por la corriente. Una de las vacas, casi en la orilla, me mira y defeca sobre el lecho del arroyo. De las que siguen, una se para a beber agua muy cerca de donde su compañera dejó la plasta.

Agosto, viernes 16.- Acabamos de volver de Madrid y Rascafría es un hormiguero de coches circulando por callejuelas cuyo trazado y dimensiones estaban pensados para que pasasen por ellas los carros y el ganado, desde la Edad Media hasta que el honrado pueblo celtibérico se bajó del burro para montarse en el 600 en los años del desarrollismo; y actualmente lo usa hasta para ir a mear.  Tras un breve incidente con otro vehículo que venía de frente y que casi no nos deja llegar hasta casa, logro aparcarlo cerca y descargarlo. Como es habitual, por ese sentido de la utilidad que tiene Teresa, venimos bien cargados de mil cosas “necesarias” y me toca subir toda la impedimenta.

Agosto, sábado 24.- Uno de los lugares más hermosos para aislarse y disfrutar de la vista de la montaña es la ermita de Santa Ana. Sentado en uno de los dos poyos de su fachada, está el impresionante macizo del Peñalara al frente, seguido de la cuerda de los Carpetanos. Allí he pasado media hora dedicado a contemplar aquel paisaje, con la mente en blanco.


Yendo hacia el camino que lleva a Alameda, en el secarral de la dehesa, la vacada sestea a la sombra de los chopos y parece esperar a que crezca la hierba, tan reseca y rala que no sé qué provecho sacan de ella. Un ternero de pocas semanas está tumbado en medio del camino, y su madre, a poca distancia, parece absorta en sus pensamientos vacunos, pero no le quita ojo. El caminante da un rodeo para no asustar al ternero y poner en guardia a la madre, que estas hembras suelen ponerse irascibles si alguien molesta a sus retoños. Un poco más allá, otra vaca lame maternal y concienzudamente a su cría, primero un lado de la cara hasta llegar al ojo, luego, el cuello. El ternero se deja querer y hasta jira su cuello cuando se ve ya suficientemente chuperreteado por aquel lado, para que mamá vaca le lave el resto de la cara a puros lametones .


Agosto, lunes 26.- Una proeza que me tiene más contento que unas pascuas. Casi sin proponérmelo, o, digamos, auto engañándome, diciéndome a mí mismo que no iba a subir, pero subiendo como sin querer darme cuenta, paso a paso trepo toda la pendiente del cerro Cabeza del Roblero. Salí de casa a las 08:30, y poco después de las 10, corono la cabeza del cerro. Desde la roca que sirve de asentadero en la cumbre, disfruto de las vistas de Peñalara al frente, la Cuerda Larga a su izquierda, hasta los cerros próximos de la Morcuera, cercanos a donde yo estoy, y los Carpetanos a su derecha. Ante mí, al fondo, el valle de Lozoya con su boscaje de robledo y pinares en todo lo que alcanza la vista, la esbelta torre del monasterio del Paular y el caserío de Rascafría. Todo el paisaje para mí solo, para compensarme del esfuerzo por subir hasta allí arriba, jubilata jubiloso por estar en posesión de todas sus fuerzas, por lo menos el día de hoy. Mañana renquearemos, pero de eso hablaremos mañana, si se tercia.

A las 10:30, por la otra vertiente, la fácil, aparece un coche que sube por la corta pista que viene desde la carretera de la Morcuera. Es la bombera que vigila toda la zona desde este observatorio. La saludo y ella se sorprende de ver a un tipo por aquellos andurriales y a aquellas horas, pero no se incomoda con mi presencia. Abre la caseta, riega la planta de albahaca que tiene en un tiesto, echa un poco de agua sobre una roca plana junto a la puerta (“Es para que beban las avispas”, me dice), coge un cepillo y se pone a barrer el suelo del pequeño refugio. Mientras, ha conectado la radio para estar localizada y todos sus compañeros de guardia (ellos y ellas) van saludándose desde los distintos puntos de observación.

Yo le he dado una breve conversación amistosa, le he explicado de dónde venía y a dónde me dirigía, para su tranquilidad, y me he despedido pasado un tiempo prudencial. Me tiro ladera abajo, por una pendiente muy inclinada, buscando los arroyos (en este tiempo, secos) que tributan en el Aguilón. No he visto ganado ni jabalíes, como el otro día al atravesar el robledal. Allá abajo, sentado a la sombra del fresno de mis descansos cuando recorro aquellos parajes, con el arroyo corriendo a mis pies, como un trozo de pan duro con chocolate y una pieza de fruta que lavo previamente en el arroyo. 

El regreso, por los caminos habituales. A la una ya estaba en casa después de darle a la zapatilla en solitario, durante 15 kilómetros, monte arriba, monte abajo.

domingo, 4 de agosto de 2024

Verano en el valle, 2. Son cuentos. -

 


Para el 15 de agosto son las fiestas patronales en Rascafría. Hace unas semanas, se me ocurrió mirar el programa de actos y me encontré con que se convocaba un concurso de relatos breves. Muy ufano, fui al cajón de los cuentos y saqué uno que me pareció apropiado para ser presentado, con la esperanza de alcanzar en este pueblo de la Sierra mi primer peldaño en la fama de la gloria literaria. El problema es que el asunto a tratar se refería, forzosamente, a Rascafría, sus gentes, sus costumbres… El colorido localista del relato era obligatorio, así que desistí porque el casticismo no es la fuente Castalia de la que bebe mi imaginación.

Pero, mira por dónde que, de la asociación cultural de mi barrio, El Sol de la Conce, me enviaron las bases de un concurso VI premio de relatos Pérez-Taybilí, animándome a participar. En ellas se advertía: “Aunque sean de temática libre (los relatos, se entiende) traten de forma transversal la convivencia, el respeto, los vínculos y la interculturalidad…” Y advertía específicamente que el jurado valoraría especialmente los relatos que introdujeran estos valores.

Fui a mi fuente Castalia a ver qué aguas manaban de ella que alimentaran mi imaginación con sorbitos de convivencia, respeto, interculturalidad y demás etcéteras, y me pareció que, aunque me bebiera todo el manantial, las aguas de mi imaginación literaria seguirían incoloras, inodoras e insípidas en lo que se refiere a la fraternidad universal que ha de transcender en el relato que esa asociación Pérez-Taybilí está dispuesta a premiar.

Reconozco que el localismo y la trasversalidad se me dan muy mal y que, a estas edades, me resulta muy difícil descolonizarme (o “decolonizarme”, - horribile dictu, pero santo y seña de la progresía al agua de rosas -) de tantos prejuicios como he adquirido con enorme esfuerzo y tesón a lo largo de la vida.

Improbable y ansiado lector, como los dos intentos de escalar la fama, de los que te he hablado, son puertas cerradas a mi ilusión de ceñirme los laureles literarios, y como la frustración y el desánimo no me dejan sosiego en estas largas y calurosas noches agosteñas, he decidido endosarte a ti – siempre paciente – este pequeño relato que a continuación puedes leer, si no se ha agotado tu paciencia llegando hasta aquí.

Si se lee el mismo sin  excesivas exigencias literarias, folclóricas o ideológicas, podrá observarse que sí hay un atisbo  de transversal en lo que respecta a sus personajes (un fracasado, una feminista, una exdelincuente…) que conviven en la barra de un  bar.

 

“Era la misma mujer que decían que había estado en la cárcel. Era buena camarera; le sirvió un buen café caliente…”, y a él le pareció que, a partir de este arranque, tomándose su tiempo, lograría escribir un buen relato. Al fin y al cabo, le habían despedido del trabajo, y no tenía nada mejor que hacer... Aunque, no, no estaba dispuesto a que Cristina, profesora del taller de escritura creativa, le impusiera condiciones a la hora de escribirlo, y decidió que se saltaba las reglas del juego que previamente les había dado.

Que aquella camarera anoréxica, de ojos como simas, hubiese pasado una temporada a la sombra no tenía para él ningún interés, aunque sí apreciaba su profesionalidad: nadie como ella preparaba aquellos cafés negros y cremosos. Y si no, que se lo dijeran a Clara, su amiga feminista, con la que acostumbraba a reunirse en aquel bar.

Por lo demás, no le parecía a él que haber llamado babuino a su jefe fuese motivo suficiente de despido; pero así fue, porque al imbécil se le ocurrió mirar el diccionario. Este fin de semana prescindimos de sus servicios, le había dicho aquel papión cinocéfalo. El maldito catarrino le había despedido, y todo por un exceso verbal puramente zoológico. Como si ser culto fuese un delito.

Y por eso estaba allí Clara; para consolarle, como otras veces. Feminista militante, había sido en los quince últimos años su mejor amigo, su camarada, su confidente y su paño de lágrimas, pero nunca se habían acostado juntos. A ella no le hubiese importado: total, un intercambio de fluidos corporales y un poco de calistenia sexual. Ella le solía insistir: mejor con un amigo que con un desconocido. Pero a él le humillaba saberse tratado como hombre objeto por aquella fémina de ovarios poliédricos, y nunca accedió.

Lo del despido era irremediable y uno de tantos episodios lamentables, consecuencia de su inadaptación al medio. Clara, como siempre, se lo hizo ver con la contundencia que ponía en sus opiniones, más brutales cuanto más sinceras, a fuerza de amistosas. – Vete de esta ciudad. En Valladolid tengo una amiga que te dará trabajo. Ya he hablado con ella – le animó. Y encendió un cigarrillo.

Pero quedaba pendiente un asunto que debía resolver en una hora escasa: lo del reto que le habían propuesto a través del correo electrónico. Sólo quería demostrar que, al menos en eso, era capaz de hacerse valer. Pero, por otro lado, le reventaba ajustarse a normas impuestas por aquella engreída de Cristina.

Y qué si ha ganado un premio de relatos – le comentaba a Clara –. Eso no le da derecho a complicar la vida a la gente. Podía echarnos una tarea más fácil ¿No crees?

Pues escribe un micro relato – le sugirió ella –, y deja de darle vueltas, hombre. ¿Quién te mandó meterte en un taller de escritura?

La idea podía funcionar. A ver: “Era la misma mujer que decían que había estado en la cárcel. Era buena camarera; le sirvió un buen café caliente, y a él le pareció que... el tipo acodado en la barra era un madero de mala baba, y que se dedicaba a acosarla.

Puesto que le habían echado del trabajo y se iba de la ciudad antes de una hora, no perdía nada haciendo el quijote por aquella anoréxica de ojos demoledores.

Eh, oiga, deje de molestarla – dijo con voz que pretendía ser segura.

El poli le miró con sorna: Ésta no necesita caballeros andantes. Al último lo disolvió en nitrógeno líquido, y ella dice que se fue de viaje. – Y añadió – métase en sus asuntos, amigo.

Pero él estaba fascinado por los ojos dinamiteros que le sirvieron el café, y no se resignó al gesto despectivo del secreta: “Mucha pistola y poca vergüenza, es lo que tiene usted” – le dijo. Y observó a la mujer de mirada con destellos de goma-2 acorralada tras la barra. Por poco tiempo. El policía metió la mano en la sobaquera y le partió la boca con un certero culatazo de su pistola.

Cuando recobró el conocimiento, se descubrió a sí mismo sin dientes, empuñando la pistola y el cuerpo del policía cubierto de sangre. La camarera ya no estaba allí, el sobre de la paga con el finiquito, tampoco”. – Leyó en voz alta.

Dos objeciones – apostilló Clara, siempre en cuarto jodiente – La camarera no debe aparecer en el nudo de la acción, condición indispensable impuesta por tu profesora; y el desenlace con asesinato ya lo empleó Jose, tu compañero de taller de escritura. Que seas un fracasado reincidente no justifica tu pobreza imaginativa.

De eso nada – protestó él -, ya te lo he dicho: no pienso hacer caso de Cristina. Ella que diga lo que quiera, que yo haré lo que me dé la gana.

Conozco tus rabietas. Sólo sirven para ocultar tu temor a las mujeres –. Ella, parsimoniosa, buscaba un nuevo cigarrillo en su bolso. – No soportas que valgamos más que tú.

No sé ni cómo te aguanto – protestó de nuevo él –. Me acosas sexualmente, me humillas porque me niego, y, encima, me reprochas mis fracasos. No entiendo por qué soy tu amigo.

Porque soy la única persona que te quiere. – Clara sorbió un poco de café y dio una calada al cigarrillo. –  Inténtalo de nuevo, cariño – añadió.

A regañadientes, inició otra vez el relato: “Era la misma mujer que decían que había estado en la cárcel. Era buena camarera; le sirvió un buen café caliente, y a él le pareció que... tenía aspecto de drogata a medio regenerar: extremadamente delgada, manos huesudas y venas azules, y unos enloquecedores ojos brillantes, consecuencia de sus viajes alucinados a lomos del caballo.

Somos complementarios – pensó –, Unos cabalgan quimeras ocultas en agujas hipodérmicas, mientras que a otros nos cocea la rutina. Si ella me quisiera, volaríamos juntos.

Y, por qué no. Tomó el café y regresó al trabajo en la farmacia. Cogió las tijeras, acorraló a su jefa en la rebotica, forcejearon y le abrió dos ojales gemelos en la garganta. La verdad, le tenía ya ganas. Demasiados años aguantando a aquella arpía.

No me despides, que me voy – dijo él, jadeando por el esfuerzo.

Abrió el armario de seguridad, cogió las anfetas, las ampollas de morfina, antidepresivos y ansiolíticos. Cualquier pastilla que sirviese para desbocar un cerebro. Vació la caja registradora y fue a buscar a su compañera de viaje. En una hora, la libertad.

Ella le dijo: pierdes el tiempo; ya no viajo a lomos del caballo, ya no sueño, ya casi ni soy. Sólo el cuerpo me sobrevive. Su desaliento era más negro que el café que le ponía en ese momento

– Éste va de mi cuenta, le dijo.

Y ella cogió el teléfono para llamar a la policía.

A ver qué te parece esta vez –. Pero no miró a Clara, sino a la camarera. Ésta llevaba casi una hora oyendo sus historias y cabreándose por momentos. Eran ya cuatro años, desde que salió del talego, aguantando tras la barra a fulanos de todo pelaje: borrachos domésticos, graciosos de barrio, machistas acomplejados, babosos hambrientos de sexo, depresivos que se sicoanalizaban gratis a cambio de una cerveza... Pero nunca, nunca, ningún fracasado la había herido tanto. Le hacía recordar una y otra vez el gran fracaso que era su propia vida. Y el tipo insistía, insistía… Y, encima, se lo preguntaba a la cara, con todo descaro…

No aguantó más. Se puso frente a él, mostrador por medio, y con un porta de la cafetera, de un golpe certero, le aplastó las narices. Pillado de improviso, se cayó del taburete y se quedó sentado de culo, frente a las piernas de Clara. Incapaz de entender, sólo acertó a observar que ella vestía una minifalda. Que la frontera entre ésta y aquellos muslos de mujer cabal era una zona que nunca había explorado; que ya eran quince años, y que ya iba siendo hora.

Acuéstate conmigo, Clara – hipó, mientras escupía posos de café.

Clara daba la última calada a su tercer cigarrillo – ha pasado tu hora, mi amor.

jueves, 11 de julio de 2024

Verano en el Valle, 1.- Vacaciones.

 


Decir que un jubilata está en vacaciones es lo que en lógica formal se llama una petitio principii; digamos que es una especie de reduplicación que se retroalimenta: Lo propio del jubilado es vacar. Que las vacaciones sean veraniegas no hace más que reforzar el argumento de la ociosidad del jubilata. 

Aunque, si hemos de ser justos con el gremio jubilar, éste no pasa su vida inútilmente y mirando las musarañas, sino que desarrolla una actividad doméstica doblemente beneficiosa para la sociedad marital: por una parte, se ocupa, a pachas con la cónyuge, del mantenimiento de la casa; por otra, en cuando estorba y no sabe qué hacer de su persona, la santa le manda a la compra y lo pierde de vista durante un cierto periodo de tiempo. Bueno para la convivencia: él se siente útil y ella tranquila.

En uno de esos mandados, estaba yo en la frutería de Mohamed repasando la nota de la compra. En una conjunción de casualidades, bastante habitual en la sociedad multicultural que vivimos, coincidieron en la tienda dos rumanos (un hombre y una mujer), dos marroquíes y un natural del pueblo, y un servidor. Dos cosas tenían en común: que se comunicaban en español y que hablaban con satisfacción de los éxitos de la selección española en la Eurocopa. Allí, el único verso, no sé si libre o disonante, era yo que de fútbol no entiendo ni me intereso. Ignorado por los presentes, que estaban enfrascados en su tertulia, hice mi compra, pagué y dejé de existir como ser social en aquel pequeño grupo. Nadie me hizo puñetero caso.

Y es que lo mío es la soledad del monte y el silencio del bosque. No es que sea un ser antisocial. Digamos que, por las aficiones que manifiesto, soy un tipo un tanto “peculiar” – a lo mejor, tirando a “rarito” – con esas pequeñas manías de viejo que el tiempo ha ido consolidando y hasta fosilizando hasta convertirlas en hábitos de conducta. Hábitos tan inofensivos como de difícil comprensión para la gente que acostumbra a socializar en la terraza del bar mientras toma una cerveza. Y, como uno, a estas alturas de la vida, no va a aceptar como fracaso vital lo que no es más que rareza de jubilata, pues se conforma y sigue su camino. O más bien, caminos. Los del robledal y los pinares en torno a Rascafría y los pueblecitos del valle que están al alcance de mis botas camineras, cada vez con menos autonomía de vuelo.   

Pero no crea el improbable lector que voy a ponerme lírico, bucólico o poético para que todos sepan de mi especial sensibilidad por la madre naturaleza. Es que también ésta tiene sus puñetas y no todo el monte es orégano ni es un plácido Titire, tu patulae recubans de églogas virgilianas. A veces, en lugar del pastoril caramillo, es mejor ir prevenido con una garrota al pasar cerca de alguna finca guardada por perros. Como es el caso cuando recorro los caminos por el lugar de nombre Mata Vedada y paso delante del cercado donde guardan yeguas con sus crías y terneros.


Allí, como siempre que paso, me sale al camino el mastín a ladrarme, y llevamos varios años así. El condenado perro no quiere reconocerme como pacífico paseante habitual y protesta por mi presencia en sus dominios.   Me he dado cuenta que el animal no se entera de mi paso hasta que un perrillo ladrador que hay en la finca, siempre da la señal de alarma con ladridos agudos. En cuanto oye la alarma, el perrazo sale de en medio del ganado a todo correr y ladrando con esos ladridos graves de perro guardián.

Seguimos el rito: él corre hacia mí y se para a prudente distancia, mientras yo camino deprisa para alejarme; él se da vuelta y vuelve a la carga abriendo las fauces ladradoras y enseñándome los dientes entre sus belfos babeantes y yo, por si acaso, estoy con mi espanta-perros en la mano, por si no respeta las distancias. Y así, cada vez… Es un juego un tanto estúpido, porque siempre llevo el aparato espanta-perros que compré hace años y, si sobrepasa la distancia de seguridad, le envío una pequeña ráfaga de ondas que solo perciben los perros y les irrita, obligándolos a mantener a distancia prudente. Él no acepta mi estatuto de libre caminante y yo le castigo solo un poco, lo suficiente como para que se vaya. Ambos volvemos a nuestras tareas, él con la satisfacción del deber cumplido y yo con la de caminante a mi libre albedrío.


Pero no siempre uno se sale con la suya. La otra mañana iba yo de conversación por el camino con un paisano que iba a ver un cercado suyo. El camino era estrecho, entre una tapia de piedra y una alambrada de púas. Frente a nosotros, con andar pausado, venía un toro charolés. Por lo menos eran quinientos kilos de masa de toro con todos sus atributos y pasar por su lado suponía casi rozarlo. Tenía una testuz que imponía respeto y un gonadario como para no buscarle las cosquillas. El paisano, habituado al tratar con el ganado, intentó que aquellos quinientos kilos de músculos se dieran la vuelta y nos dejaran el paso libre, pero el bicho no estaba dispuesto a ceder el paso a los bípedos que entorpecían su camino y nos miró de malas maneras.

Con buen criterio, mi acompañante me hizo retroceder y buscamos un cercado donde refugiarnos hasta que aquella mole pasó por nuestro lado y nos miró con la indiferencia que puede mostrar un elefante ante una hormiga. Fue un poco humillante, pero vale más tragarse el orgullo que recibir un topetazo de un bicho que no atendía a razones.

Pero no sólo por los caminos del monte, también en el pequeño jardín que rodea nuestra casa de verano tengo algunas peleas con el mirlo que anida por allí cerca. Es una dura competencia por ver quién se come las guindas que van madurando, por las frambuesas y las fresas que crecen en las matas pegadas al muro. En general, él es más hábil, pero yo soy más rápido y nunca hemos llegado a un acuerdo para un reparto equitativo en proporción al peso o la estatura. Y, por si fuera poco, últimamente ha aparecido por allí un zorzal que, aparte de darse un atracón de caracoles, me picotea las fresas y me las deja inservibles.

Verdaderamente, la vida es una lucha continua por la supervivencia. Incluso para un jubilata en vacaciones.

 

miércoles, 5 de junio de 2024

De memorias personales o algo parecido.-


 

Estas últimas semanas llevo dándole vueltas a la cabeza sobre si escribir una especie de memorias personales, hechas de retales de los recuerdos que aún me rondan por la cabeza, ahora que me voy aproximando a la octava década de mi vida. 

Por lo que tengo leído, es un buen momento para ocuparse del asunto, ya que otros lo hicieron antes, como es el caso de Bernal Díaz del Castillo, quien con los ochenta ya cumplidos escribió su Verdadera historia de la conquista de la Nueva España. O don Pío Baroja con su Desde la última vuelta del camino, quien, puesto a tirar de recuerdos y episodios vividos, nos legó varios volúmenes en los que los lectores contumaces nos hemos zambullido durante largas horas. 

O, yendo un poco más lejos, esas larguísimas Mémoires d’Outre-Tombe de Chateaubriand, quien, aparte de dar nombre al solomillo asado a la parrilla y poco hecho por dentro, nos dejó sus memorias personales y políticas que son un bocado bien elaborado, donde lo crudo de sus enjuagues políticos queda bien sazonado con la elegancia de su escritura.

Sé que en alguna parte de la memoria de algún ordenador anterior que tuve y fue al reciclaje, inicié mis memorias con el propósito no confesado – como cualquier rememorante – de disfrazar, ocultar e incluso mentir sobre aquellos aspectos de mi vida cuyo recuerdo menoscabase mi autoestima o la apreciación ajena. Eso el improbable lector lo comprenderá, uno no tira piedras a su propio tejado. Menos aún, pone en evidencia sus debilidades para ser pasto de lectores ociosos, maliciosos o puede que malintencionados.

Lo cierto es que, en la memoria externa del ordenador, donde guardo casi todo lo escrito en estos últimos veinticuatro años, no aparece por más vueltas que dé a todos sus archivos. Y es una lástima, porque así tendría parte del camino recorrido y sabría a qué atenerme respecto a la forma engañosa en que estaban redactados mis recuerdos. Me serviría de guía, claro está, para seguir el mismo camino de rememorar aquello que me interesase, o bien desmemoriarme en aquello que me conviniese  ocultar.

Claro que estos textos, en principio, no se escriben con el ánimo de darles publicidad, sino por pura reflexión personal sobre mi vida pasada. Lo que incluye el propósito deliberado mentir – o, mejor dicho, de mentirme – cada vez que afloren experiencias vividas pero que resulten desagradables en el recuerdo, y que, por lo mismo, no quisiera sacar en letra impresa. 

Supongo que los psiquiatras tienen un nombre para designar a este ocultarse a la luz de la propia conciencia los recuerdos ingratos que se pudren en el hondón la mente, pero me tiene sin cuidado. Cada cual tiene sus taras y yo asumo de antemano las mías.

Pues ya digo, hace semanas abrí un archivo con el título de “Retazos de vida”, donde empecé a recoger todos los recuerdos de infancia, sin orden, según me venían a las mientes: desde el primero del que tengo conciencia, en torno a los cuatro años, hasta aquellos que son el testimonio de personas que me vieron nacer y me contaron cómo era yo en mis primeros años. Son recuerdos prestados, muchos de ellos, que asumo como propios, empezando por el de mi nacimiento, y los incorporé a mi memoria vital. En eso he seguido el ejemplo de don Miguel de Unamuno en sus Recuerdos de niñez y mocedad y puedo afirmar que estos recuerdos, vividos, pero sin conciencia de haberlos vivido, los sé de autoridad y por deducción.

No es cosa menor, dicho de otra manera, es cosa mayor…, según aquella célebre alocución del inefable Rajoy refiriéndose a la cerámica de Talavera, recurrir a la memoria de sucesos de quienes nos precedieron para llenar de sentido nuestros primeros años, vividos sin recuerdo de haberlo hecho. Con el paso del tiempo, somos memoria de nosotros mismos y proyección hacia el futuro (el que nos quede), mientras que el presente no es más que una sucesión de fugacidades que no logramos aprehender si no es a toro pasado, como recuerdo y memoria. Total, en contra de las filosofías presentistas hic et nunc que nos venden los gurús del posmodernismo, este jubilata está escarbando, sin mucho éxito por lo difícil del caso, en la memoria de quienes ya no existen, pero algo sabían de lo que fuimos.

Así, mis recuerdos más ancestrales (por así decirlo) se remontan a mi bisabuelo el de Lecaun. Según cuenta mi prima Josefina, un día el bisabuelo Juan José (por quien llevo su nombre) extravió una cabra y fue al monte a buscarla. La encontró y se la echó a los hombros sujetándola con las patas bien trabadas. De vuelta a casa, la cabra le iba diciendo por el camino a mi bisabuelo: “Suéltame, Juan José, que soy yo”. Por más que le he preguntado a Josefina cómo continuaba aquella historia de brujería, nunca supo decírmelo. 

Porque, hay que decirlo, en aquellas tierras navarras y en aquella época, la brujería era algo que estaba en la mente y creencias de las gentes, así que no tenía nada de especial que la cabra extraviada pidiese al bisabuelo que la soltara diciéndole “Juan José, que soy yo”. Seguro que él sabía muy bien a quién se refería la cabra y por eso la llevaba bien trabada.

Lo que me recuerda lo oído varias veces en casa del abuelo en Beriain, que en Subiza, que tenía fama de ser pueblo de brujos, una vez fue el cura a exorcizar a una mujer y la escalera se puso del revés para que no pudiera subir adonde estaba la poseída. Otras historias parecidas se contaban por la noche, al calor de la cocina, después de rezado el rosario y mis tíos, reventados de la faena en el campo, se dormían al soniquete de la interminable letanía del “ora pro nobis”. Pero tan niño como era yo entonces, la mayoría no las recuerdo. Sí recuerdo aquella vez cuando el tío Braulio nos explicó cómo era la bomba atómica, parecida a un puchero grande que había en la recocina y servía para cocer las mondas de patatas que se echaban a los cutos.

A pesar de lo que se ha dicho más arriba, de que se trata de unas memorias personales – si es que llegasen a término – para uso personal y no para el común de los lectores, en mi rinconcito de escritor frustrado bien quisiera que salieran a la luz. 

Claro que hay que contar con el miedo escénico del jubilata que echa la vista atrás y reconoce que no hay materia para alimentar el interés de improbables lectores y así caer en el ridículo. Por eso no diré como Nerón cuando se suicidó a manos de su esclavo: Qualis artifex pereo (Qué gran artista se pierde con mi muerte). Y es que del salto a la gloria al tropezón en el esperpento solo hay un pequeño paso.  

Y si no, que se lo pregunten a don Friolera.

sábado, 18 de mayo de 2024

El ladrón de tiempo.-

 


Puesto que en la entrada anterior hablábamos de los relojes y del tiempo que en ellos fluye, mira por dónde recordé que hacía años escribí un relato corto, en plan coña, sobre el asunto. Bien es verdad que se parece bastante a aquellos “diálogos para besugos” que yo leía, siendo niño, en el TBO, aquella revista infantil ilustrada donde muchos de mi generación le fuimos tomando gusto a la lectura.

Ahí queda, por si el improbable lector quiere gastar su tiempo en leerlo. Y dice así:

 - Disculpe, caballero, que le robe su tiempo –, dijo aquel individuo al asaltarle. Acababa de salir de un portal oscuro, con las solapas de la gabardina levantadas y unas gafas de espejo que le tapaban media cara.

- No es ninguna molestia. No faltaría más –, contestó el incauto. El ladrón de tiempo era persona educada y sus víctimas no eran conscientes del atraco.

- ¿Necesita usted algún tipo de información? – Añadió la víctima. – Si está en mi mano, con mucho gusto...

- Usted no me ha entendido bien, amigo –. Replicó impaciente el ladrón. Lo agarró por un brazo y le zarandeó. – Esto es un atraco y quiero que me entregue su tiempo sin rechistar.

El otro, temiendo que le clavase una navaja en el estómago, hizo ademán de desabrochar la correa del reloj de pulsera y entregárselo.

- Es usted imbécil o qué –. El ladrón no pudo evitar un gesto de disgusto. – Le he dicho que quiero su tiempo, no su reloj –. Y añadió, – por si no lo sabía, en casa tengo ochenta y tres relojes de otros tantos majaderos a los que he atracado.

- ¿Y no podría robarme en otro momento? – Preguntó el atracado. – Es que ¿Sabe usted? Tengo cita con el urólogo y sólo quedan veinticinco minutos para la consulta –. Y, mirando el reloj con preocupación, añadió: – Hágase cargo de que tengo muy poco tiempo y no lo puedo perder. Si no le importa que sea otro día...

- Déjese de excusas –, dijo el ladrón de tiempo. – En esta ciudad, todo el mundo dice que le falta tiempo y ya estoy harto. Venga, venga, – añadió con impaciencia –, que no puedo estar aquí una eternidad esperando por su tiempo. Deme todo el que tenga o le hago un chirlo en la yugular.

El hombre que tenía cita con el urólogo empezó a asustarse. – Por favor, por favor –, insistía con lágrimas en los ojos –, si es que me queda ya muy poquito tiempo para la consulta y voy a llegar tarde.

El ladrón de tiempo, francamente enfadado, le replicó: – Se lo advierto por última vez:  o me entrega su tiempo, o cometo un disparate. A ver ¿Cuánto tiempo tiene?

Y el otro, mirando su reloj y poniendo cara de preocupación, exclamó: - ¡Joder! Si sólo me quedan catorce minutos para la consulta. Cómo pasa el tiempo ¿Verdad, usted? – Añadió, confianzudo.

El ladrón estaba francamente disgustado. – Claro –, le dijo, – gastan ustedes un tiempo precioso en tonterías y luego dicen que cómo corren las horas. ¿Cuándo van a aprender a ahorrar tiempo?

- Qué razón tiene usted –. Dijo la víctima del ladrón de tiempo –, si es lo que yo digo siempre: si la gente no perdiera tanto tiempo en tonterías nos sobrarían un montón de horas.

- Ahí, ahí le duele -, apostilló el ladrón. – Yo, en casa, se lo tengo dicho a mis hijos: no gastéis tanto tiempo viendo la tele, que el tiempo es oro y a mí me cuesta mucho ganarlo ¿Cree usted que me hacen caso? Pues no. Y así me pasa, que pierdo el día robando el tiempo a los peatones. Llego a casa reventado de tantas horas de trabajo y, encima, la gente, que apenas dispone de tiempo, sólo lleva calderilla de minutos.

- No sé adónde vamos a ir a parar con estos tiempos que corren... – Dijo el que apenas le quedaba tiempo para ir al urólogo.

- Bueno, vamos a lo que estamos, – dijo el ladrón – ¿Cómo anda usted de tiempo?

 - Pues, fatal. Qué quiere que le diga – Y consultando de nuevo el reloj: - Sólo me quedan ocho minutos.

- ¡Cómo pasa el tiempo! – Dijo el ladrón, filosófico.

- No se desanime, hombre – dijo la víctima. – Si quiere que le diga la verdad, con usted da gusto quedarse sin tiempo. Usted lo roba sin darse cuenta uno.

El ladrón de tiempo se puso hueco como un pavo. – Es que uno es un profesional. Claro que - añadió con modestia -, he empleado mucho tiempo de mi vida en aprender bien el oficio, y en algo se tenía que notar.

- No lo dude –, afirmó el otro. Y mirando de nuevo el reloj, añadió. – a la consulta no llego, pero el tiempo se ha pasado sin sentir hablando con usted.

- ¿Y, cuánto tiempo le queda aún...? ¿Dice que cinco minutos y medio? – Dijo el ladrón mirando su reloj. – Si coge un taxi, aún llega a tiempo.

- ... Que sí, hombre, que sí –, insistió el ladrón, – que esos minutos corren de mi cuenta –. Y, echándose mano a la cartera, sacó un billete de 5 euros y se lo puso en la mano al atracado. – Coja usted ese taxi y salga zumbando sin perder un segundo.

- Si no fuese tan justo de tiempo... –, sólo acertó a decir, agradecido, el otro.

 

 

Viator, 09/04/05

jueves, 25 de abril de 2024

El tiempo en las manillas de un reloj. -


El improbable lector no lo sabe, ni tiene porqué, de esa pequeña manía que este jubilata tiene por coleccionar relojes de bolsillo. De esos de dar cuerda cada mañana y oír el rrriiisss-rrriiisss al girar la corona. Es un pequeño placer, cada mañana, cargar la cuerda como quien da vida al tiempo por veinticuatro horas más. Uno se convierte así en una especie de demiurgo que, con un pequeño giro entre el pulgar y el índice, hace que el tiempo no se detenga por falta de un cronómetro que lo mida.

Es lo que tienen esos artilugios mecánicos, que miden el paso de las horas e invitan a filosofar sobre el transcurso del tiempo. Según lecturas antiguas que uno recuerda borrosamente – si me equivoco, disculpe el paciente lector –, fue San Agustín quien dio un giro a la percepción del tiempo, desde el sentido cíclico que le daban los griegos con ese eterno retorno de lo mismo, hasta el sentido lineal y de progreso que se le da en nuestra cultura clásica-cristiana. Según el obispo de Hipona, el tiempo tiene una proyección histórica lineal ascendente hacia el Creador y no se enrosca en un giro sobre sí mismo sin solución de continuidad.

A lo mejor, por eso hemos pasado de la clepsidra griega al Roskopf que llevaban nuestros abuelos en el bolsillo del chaleco. A lo mejor por eso convertimos el giro circular de las manillas en un tiempo lineal que se proyecta hacia el futuro. O a lo mejor es que en mi interior existe un daimon socrático con conciencia del tiempo que transcurre, el cual me empuja a coleccionar máquinas que lo miden.

Sea como fuere, me gustaría contarle al paciente lector – si es que ha llegado hasta aquí – que, entre los relojes de mi colección, conservo tres que nacieron de la industria relojera rusa, y a los que tengo un enorme aprecio.


El primero lo compré en agosto de 1992, cerca de la abadía benedictina de Tihanyi, junto al lago Balatón, en Hungría. Fue un verano que la santa y un servidor fuimos a conocer el país por eso del exotismo ex-URSS. Habíamos ido en años anteriores a visitar algunas de aquellas repúblicas socialistas y ahora teníamos curiosidad por ver cómo habían quedado tras el divorcio con la Madre Rusia.

Ahorro al lector las impresiones que recogí en mi diario de viaje sobre el lago Balatón y de aquella experiencia viajera porque sería salir de asunto que quiero tratar. Sólo transcribo las que se refieren a este bonito reloj que compré en un mercadillo por 1.000 pesetas: “Tenía ganas y el capricho de hacerme con un reloj ruso, que por aquí los venden junto con insignias y objetos del ejército ruso. Éste que yo he comprado tiene un aspecto fantástico, parece de plata repujada. En la tapa está representada el águila bicéfala de los Romanov, que sujeta en sus garras el cetro y la bola del mundo. En su tapa posterior está representado un San Jorge a caballo, alanceando un dragón. No sé de dónde han podido sacar semejante pieza; no es, desde luego, del ejército ruso con esos símbolos…”


El segundo reloj, éste sí con credencial soviética de los soviets de toda la vida, lo compré en 2005 en Vilnius, la capital de Lituania. Caminábamos por una calle céntrica, de nombre Pilies (según mis notas). Bajo unos soportales, un mercadillo para turistas y curiosos en general y, en el suelo, sobre un tapete, un reloj gordo, de aspecto poco agraciado y sin concesiones a la estética de gusto burgués. Estaba sin estrenar, dentro de su pequeño estuche de cartón y con el certificado ruso de ser una pieza salida de su industria relojera. 22 euros pagué por él.


Cuando, por la noche lo pongo sobre mi mesilla, tengo que colocarlo encima de un pañuelo moquero para amortiguar el tic-tac de su maquinaria que parece funcionar con la eficacia de aquellos tanques T-34 a los que tanto temía el ejército alemán durante su ocupación de las tierras rusas. Tiene, en su tapa posterior un repujado que representa dos lobos siberianos. Y si no son siberianos, a mí me hace ilusión que lo sean porque le añaden el exotismo de la tundra.

Y el tercer ejemplar tiene una procedencia más exótica, si cabe. Me lo trajo mi primica Marijose en 2012 del Uzbekistán – para consolarme –, de un viaje que organizó el grupo navarro de Estella y al que yo decidí no ir porque la mi santa no gozaba de buena salud por culpa de unas arritmias.


Este reloj, de por sí poco agraciado, tiene pegado en su tapa superior un rublo de plata que conmemora el centenario del nacimiento de Lenin (1870-1970) y en el interior, en su esfera, una pegatina que representa a Stalin vestido con uniforme de Mariscal.

10 euros pagó por él en un tenderete y, de regalo, el fulano le dio un par de insignias del ejército ruso que aún andan por casa. No sé si lo compró en Bursa o en Samarkanda. Es un viaje que yo hubiera hecho con gusto por ver Samarkanda, ciudad que tiene un valor histórico poco conocido en lo que se refiere a la fabricación de papel.

Papel hecho a mano de Samarkanda.

Según una profe que tuve en la escuela de artes aplicadas, sección restauración de documentos gráficos, Samarkanda fue el punto de encuentro, o más bien encontronazo, entre la cultura china y la islámica. Cuando el Islán, en su expansión por Asia, llegó a aquella ciudad, arrancaron a los chinos el secreto de fabricación del papel hecho a mano.  Este nuevo arte se extendió hacia Egipto y, siguiendo el norte de África, saltó a Italia a través de Sicilia, y a España por el Levante. 

De aquellos viejos molinos papeleros queda en Capellades un ejemplo vivo. Y en el valle de Lozoya, junto al monasterio del Paular, la finca de los Batanes, donde los cartujos fabricaron papel desde el siglo XV al XIX, que desapareció el molino papelero cuando la desamortización de bienes eclesiásticos de Mendizábal. La primera edición del Quijote, en 1605, se hizo sobre papel fabricado en los batanes del Paular y el único ejemplar conocido de la edición princeps se encuentra en la R.A.E. 

Pero este excurso papelero, traído al hilo de los recuerdos, tiene poco que ver con mis relojes soviéticos, así que no se hable más, no agotemos la paciencia del lector con estas retrospectivas de jubilata.

Eso sí, a lo mejor, en una próxima entrada hablo de mis otros relojes de cuerda, cada uno con su pequeña historia.

jueves, 28 de marzo de 2024

De la materia a la forma.-

 

El noventa por ciento del arte moderno es superchería”. Así de categórico empezó el profesor un curso que hice hace años en la UNED Senior, cuyo objeto era enseñar a los alumnos a conocer y comprender el arte. Nunca olvido esa afirmación rotunda cuando voy a una exposición. Hasta tal punto que se ha convertido en una fijación mía. Ya se sabe que los jubilatas tenemos endurecida la corteza cerebral por cosa de la edad. Por eso hay conceptos que quedan incrustados en algún pliegue de las circunvoluciones cerebrales y funcionan como prejuicios calcificados en nuestra mente. 

Por eso me resulta tan arduo visitar una exposición – cualquiera que ella sea – con la mirada clara. Siempre hay un resquemor de que te estén dando gato por liebre, de que eso que te cuelan como arte no sea más que comercio; que tiene valor artístico (y, por lo tanto, crematístico) porque un galerista lo dijo y un sesudo crítico de arte escribió una crítica halagadora. Y porque dos expertos lo dijeron, un ingenuo con pasta y una pared virgen donde colgarlo se sintió marchante experimentado y lo compró.


En cosas así pensaba ante un cuadro de Tàpies el otro día en el Reina Sofía. Me acerqué el lunes de semana santa pensando que, como el tiempo estaba desapacible y Madrid parecía vacío de su gente, apenas habría gente en el museo. Error, había larguíiisimas colas de turistas ansiosos por ver el Guernica. Y me acordé de lo que dicen que dijo Maruja Mallo cuando visitó la primera exposición de ARCO en 1988 y vio tanta gente: “Querida, ¿esto es afición o es ganado?”


Según parece, y al observador sí se lo parece, para Tàpies, pintar era como ejercer un oficio donde se hace el trabajo de buena fe. El artista es como todos los trabajadores que se esfuerzan por perfeccionar la materia. Ya digo, estaba ante una de sus composiciones de arpillera sobre las que incorpora texturas densas que con el tiempo se van degradando, aparecen desconchones, grafitos como de mano apresurada sobre una pared. Lo que los expertos llaman, creo, pintura matérica. El espectador tiene la impresión de encontrarse ante una tapia desconchada donde la huella del tiempo y el abandono van dejando su impronta al azar, sin un plan preconcebido. El autor convierte su propia intención artística en lo que el espectador creería que es una acumulación casual de materiales incongruentes.


Lo socorrido en estos casos es acudir a la cartela, a ver qué dice su título. Pero el pintor, en su honradez con el observador, le dice lo que éste está viendo: Gris con cinco perforaciones; Color terroso sobre fondo amarillento; Ocre-gris, y así… O sea: el título dice lo que ves, alude al color, al tamaño, al trazo interior. No hay que buscarle tres pies al gato ni ponerse exquisito ante unas hojas de periódico marcadas con un signo +++ en su lateral superior derecho, y enmarcadas por un junquillo encontrado entre los restos de una obra. Una hoja de papel de mala calidad, como es el papel de prensa, permanece durando a pesar de su fragilidad y una vez que cumplió su función de ser soporte de noticias o anuncios por palabras.


Creo que eso de sacar de su contexto un material tan vulgar como es un trozo de periódico viejo, o un cartón de embalar, y obligar al observador a encontrarle un sentido que trascienda esa materia, es algo que debió aprender de Marcel Duchamp. Resulta que las pinturas de Tàpies no “re-presentan” nada – según leo – porque entre el sujeto representado y el objeto que lo representa, no hay separación: la materia es la forma que aquélla adopta. Y como, a veces, los materiales de que está hecha son deleznables (pueden verse virutas debajo del plastón de pintura) y se deshacen con el paso del tiempo, resulta que la obra va cambiando por pérdida de sus componentes, pero permanece.

Lo cual, improbable y sufrido lector que estás leyendo estas elucubraciones de jubilata ocioso, es un desasosiego porque ¿por qué coños el espectador se pone a reflexionar sobre todo ello? A lo mejor porque el placer estético ante una obra hermosa, con su equilibrio y armonía, se nos queda ya corto de tanto visitar el Prado y nos damos un chute de realidad de tapial desconchado y pintarrajeado. Vaya usted a saber…