miércoles, 5 de mayo de 2010

Libros libres.-

Con la vuelta del buen tiempo vuelven las viejas manías que uno cultiva con mimo. Entre éstas, la de ir soltando libros por el parque del Calero y paradas de los buses municipales que pasan por el barrio. Dejo aquí la lista de las criaturas de papel abandonadas a su incierto destino en las últimas semanas:
Cuentos eróticos de navidad, Varios Autores
Ejecución, de Sven Hassel.
El médico de Toledo, de Matt Cohen.
Historias de Posguerra, de Luís Garrido.
Historias Marginales, de Luis Sepúlveda.
La piel del tambor, de Arturo Pérez Reverte.
Los niños tontos, de Ana María Matute.
Persecución fatal, de William Garner.
Príncipe y mendigo, de Mark Twain.
Tres camaradas, de Erich Mª Remarque.
Un metro de trescientas cincuenta palabras, Varios Autores.

Como puede verse, sigo a lo mío. Hay tantos libros solitarios en busca de un lector, que me estoy convirtiendo en una especie de pequeña agencia de contactos. Una especie de tercería literaria. Y es que da no sé qué ver el rimero de libros ociosos que esperan quien los lleve de la mano, los hojee y de sentido a su existencia. Porque un libro no tiene razón de ser si no encuentra a su lector.
El problema está en que los libros son tímidos por naturaleza y poco dados a salir de las estanterías para buscar su propio lector por esos mundos. Hay que tener en cuenta que se trata de criaturas – me refiero a los libros de ficción literaria – poco dotados para buscarse la vida en el mundo real, incapaces de acercarse a un paseante ocioso (pongo por caso) y decidirse: “Ese va a ser mi lector”, plantarse delante de él y decirle: “Tómame y léeme”.
La ficción y la realidad son dos mundos paralelos que se entrecruzan y, aunque la primera se alimenta de la segunda, no se mezclan. La ficción es una realidad virtual, donde los elementos que conforman su mundo se nutren de retazos que han sido extrapolados, sacados del contexto de la vida real y reelaborados para ser otra historia distinta; una historia que se mantiene presa dentro de ese objeto que llamamos libro. Como quien dice, el libro es un ser vivo – con la vitalidad que da la ficción –en cuanto a su contenido, ya que entre sus páginas, y prendida de sus letras, hay una historia dispuesta a desplegarse en cuanto alguien lo abra; pero es inerte en cuanto tal objeto físico dotado de peso y volumen. En su interior hay un mundo por descubrir, pero en su condición de cosa física no tiene voluntad ni iniciativa para mostrar lo que contiene. Por eso conviene darle un empujoncito.
Esa condición de objeto inerte desaparece en el momento en que alguien, que llamamos lector, lo coge en sus manos, lo abre y empieza a leer. En ese momento se opera el milagro. El libro deja de ser un objeto inanimado para cobrar vida y desplegar ante el lector, fascinado, todo un mundo imaginario y seductor que le atrapa y le zambulle entre sus hojas, ocupando esas horas que transcurrían sin objeto definido antes de que uno y otro se encontrasen.
Por eso, porque el mundo de la realidad y el de la ficción necesitan quien los ponga en contacto y no se ignoren mutuamente, sigo con mi empeño de dejar libros al azar en los bancos del parque, en las paradas del bus o en un vagón del metro. Es como si oficiase de presentador entre ambos: “Aquí un lector, aquí un libro”.
Puede ser el comienzo de una larga amistad…

3 comentarios:

  1. Que gran iniciativa! Realmente admirable.

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  2. Tienes que dejar una referencia tuya (el blog)en los libros para que te confirmen que están en buenas manos...

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  3. hola! yo hoy me he encontrado "el copartícipe secreto" de joseph conrad en la parada del 21.. una vez lo lea, lo volveré a dejar en otra parada para que siga conociendo mundo y lectores.. gracias!

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