martes, 7 de noviembre de 2023
Retazos.-
domingo, 8 de octubre de 2023
De mi diario personal.-
05/10/23 “Parte médico: anoche me chuté un
diazepam y un paracetamol y he dormido muy bien. Tercera noche que duermo en el
sillón abatible, y no duermo mal. Claro que cada noche me chuto el puñetero
diacepán y el inevitable paracetamol, lo que me hace recordar a mi padre, que no quería ver a un médico ni en pintura. Él se cuidaba los catarros con leche caliente y un buen
chorro de coñac y a sudar, y el dolor de tripas con una copita de pacharán.
“Solo que, tras el desayuno y las tareas
domésticas, he tenido un bajón y me tumbo en el sillón y he dormido casi dos
horas. Cuando a la vejez – inevitable, si es que quieres seguir vivo – se une
la enfermedad como la gripe Covid – una puta casualidad atrapada en cualquier
lugar – quedas jodido por un par de semanas, sin fuerzas más que para ir
sobreviviendo mientras la vida está del otro lado de la ventana.”
Disculpe el improbable lector por sacar a
la luz de esta bitácora mis entresijos personales. Y no sólo porque sean
personales; o sea, de ningún interés para el común de los lectores, sino porque
son el extracto de una vida tan común que no merece mayor atención salvo para
el interesado, ya que éste no tiene otra vida que valga más la pena ser
aireada.
Ya le gustaría, ya, a este jubilata, tener
una vida glamurosa y exhibicionista, tipo Telecinco, para salir en las portadas
del Hola o asistir como tertuliano de honor al Hormiguero. Pero lo cierto es –
y no me hago mala sangre por ello – que lo que escriba en su diario personal un
viejo con Covid tampoco es un estímulo informativo como para ser primera plana
y alimentar todas las redacciones durante una semana.
Por eso precisamente, porque son días de enclaustramiento,
paracetamol y abundante ingesta de agua del grifo – según habitual
recomendación médica – me he dedicado a mirarme el ombligo. Y no porque dentro
de mi ombligo encuentre nada de especial, aparte algunas pelusillas mentales,
sino porque ese rebujo de tripa mal añudada viene a ser, simbólicamente, el
centro de nuestro ser. Y cuando uno no tiene nada mejor que hacer, le da por la
introspección. Que aún recuerdo las lecciones del profesor Pinillos, en
aquellos lejanos tiempos en la Complu, cuando nos decía que la introspección es
una auto remembranza, una autorreflexión sobre sí mismo -perdón por lo
redundante-, un traer a la mente vivencias o conocimientos arrumbados en el
cajón de la memoria… Pero, bueno, tampoco eso viene al caso.
El caso es que, en mi introspección
umbilical, escarbo en mis notas del año pasado por ver a qué dediqué mi vida
tal día como el descrito más arriba, y encuentro lo siguiente:
05/10/22 “Hacía ya tiempo que no venía al centro de la ciudad en metro. Un
hombre negro con aspecto derrotado, pide una limosna y su negritud macilenta
pasa aparentemente inadvertida entre los viajeros con sus móviles (yo le doy un
euro a la segunda pasada), y luego aparece un hombre mayor con melenas grises
de poeta en decadencia que recita una poesía para aflorar los sentimientos de
la masa viajera y que le dé algo de dinero. Le conozco de otras veces, pero hacía
meses que no lo había visto. Como ya he dado mi limosna para la supervivencia
del pobre anterior, a éste hago como que no lo veo y sigo con mi lectura de la
Señora Dalloway.”
Por
lo menos, hace un año gozaba de buena salud y podía viajar estabulado en un
vagón de metro, cosa que siempre tiene su interés sociológico. Porque, así a
bulto, un observador atento cae en la cuenta de que existen en el metro dos
grupos sociales bien definidos: la masa indiferenciada, abducida por las
pantallas de sus móviles, que tampoco tiene mayor interés, y los sobrevivientes
en un medio hostil, que arrancan alguna moneda de los bolsillos de los
anteriores, bien con el limosneo, bien con su retórica victimista, bien con sus
habilidades de músico callejero. Un servidor, lo confieso, pertenece al primer
grupo, pero observo a los individuos del segundo cuando se ponen a tiro, bien
parapetado tras un libro al que dedico todo mi interés mientras que con un ojo
observo sus maniobras de aproximación.
Aún
escarbo más en mis diarios, a ver cómo me fue la vida tal día hace un par de
años y me encuentro con una situación parecida a la de estos días. Transcribo
parte, para que el improbable lector vea qué puñetera es la vida:
05/10/21.
“Esta pasada ha sido una noche de insomnio y mocos.
Me acosté a las 12, después de la película, estornudando y moqueando, y a las
04:20 me he despertado en pleno moqueo. He tomado una ducha para relajarme y
fui a dormir al sofá, sentado, con los pies sobre la mesa y el collarín al
cuello. No conseguía conciliar el sueño, así que me tumbé a lo largo del sofá.
En torno a las 06:30 me desperté y volvía a la cama. Antes de las ocho ya
estaba en pie, apalizado, mocoso y con dolor de cabeza. ¡Que paciencia hay que tener
a veces para soportar las molestias de la vejez!
“Y mientras, comenzaremos un
largo fin de semana hasta el martes día 12. El barrio se vacía, la ciudad se
vacía y todos disfrutan de enormes atascos en las carreteras para huir de la
confortable vida ciudadana y para apretujarse en playas y lugares de turismo.
“Encima, estoy leyendo las
nivolas de Unamuno (ahora Abel Sánchez) con esos personajes trágicos,
angustiados por sus pasiones malsanas que les devoran el alma. Lo más propio
para un anciano griposo que ha de pasar los días encerrado, físicamente
decaído, y, encima, a punto de cumplir los 76 años. ¡Maldita la gracia cumplir
esa edad hecho unos zorros!”
En fin, querido, paciente e
improbable lector, que he decidido no seguir escarbando en mis diarios, no vaya
a encontrarme más de lo mismo, que a ti te enfadará su lectura y a mí me
molesta su recuerdo. Queda en paz, que otro día encontraré cosa de más enjundia
para contarte si te das una vuelta por esta bitácora.
miércoles, 27 de septiembre de 2023
Re-existencias.-
No vaya a pensar el improbable lector que lo de re-existencias es palabra de mi cosecha. Es el título de la instalación que visito en el palacio de Velázquez del Retiro.
A lo que entiende este jubilata, se trata de un sutil juego conceptual, ya que se alude a los términos “existencia” y “resistencia”. Ambas coexisten en un mismo objeto en su doble vertiente de vida útil – cuando la tuvo, hasta que fue arrumbado en un almacén por pérdida de su funcionalidad – y su resistencia a ser un trasto inútil por gracia del artista que ve en él una nueva forma de expresión artística. Por eso vuelve, o más bien es traído, a la existencia. Una re-existencia, cuando menos temporal, piensa un servidor, que ha visitado el palacio de Velázquez recién regresado de sus caminatas veraniegas por los robledales del valle de Lozoya.
Pues eso, amigo lector de esta bitácora,
que en el palacio de Velázquez hay una instalación de esas que el curioso ve y,
como no sabe bien cual es la enjundia del asunto, recurre a los carteles explicativos. Al
final, tampoco entiende gran cosa de ellos, aunque le queda una nebulosa idea
de lo que allí se pretende plasmar.
Como es usual en el arte actual, pretender un disfrute estético es despropósito de cuatro estetas mal informados. Mejor que se dieran un garbeo por el Museo del Prado y no por estos espacios que exploran las posibilidades de lo cotidiano recurriendo al mantra del ecologismo con la reutilización de objetos que fueron de uso habitual. Simplemente, lo estético no existe y no hay por qué ir a buscarlo a estos templos de lo efímero.
La posmodernidad es nuestra guía espiritual cuando damos un valor ocasional
a los objetos, hasta ahora inútiles, exhibidos en la instalación que tratamos
de desentrañar. Objetos ocasionales que volverán al almacén de donde proceden y serán sustituidos
por otros que nos harán reflexionar durante su breve re-existencia en la sala de
exposiciones. Eso hasta que, satisfecha la curiosidad del público consumidor de novedades, vaya con
sus selfis en busca de otro espectáculo.
Re-existencias Bayanihan (que así se llama la muestra o instalación), si lo entiendo bien, propone la reutilización de estos materiales escenográficos en desuso, haciendo referencia a la forma alternativa de existir de las comunidades colonizadas más allá de la imposición cultural de los colonizadores.
Más o menos debe ser eso... Solo que el
visitante no acaba de ver la relación conceptual entre los viejos muebles arrumbados en un almacén y
reutilizados como objeto de observación o llamada de atención a la conciencia
ecológica a través de la reutilización, y las comunidades colonizadas
culturalmente (Bayanihan es palabra en tagalo que viene a significar un
quehacer colectivo en bien de la comunidad). Lo que parece relacionarse con el
término “decolonial” allí usado también, al que debería dedicar siquiera un párrafo explicativo según mi leal entender,
pero no lo hago por no embarullar aún más.
Como también se habla en esta instalación algo sobre la hibridación trasversal de varias disciplinas en lo que el Reina llama apuntes para un tiempo aparte, hay unos grandes paneles pintarrajeados de colores vivos que tienen algo que ver con la educación lúdica de la infancia, creo, y dice el texto, que no copié completo: …para niñ+s de de 6 a 12 años. La expresión del género es un tabú queer que niega el sexo de los infantes para igualarlos como cachorr+s human+s no sometidos, siguiera en ese lenguaje común asexuado, a la antigualla de los roles masculino y femenino.
Por no cansar al paciente lector: estas efímeras instalaciones, que el jubilata ve un poco así como de usar y tirar – pero es opinión no autorizada –, son una fuente de reflexión sobre la sociedad fluctuante, sin esqueleto moral que la sustente, que nos hemos dado y gozamos como el mejor de los mundos posible.
Y como fuente de inspiración, de la montaña de residuos que generamos podemos traer a la re-existencia aquellos que nos convengan para montar nuevas instalaciones. Estas actuarán como un revulsivo temporal de nuestro espíritu depredador de los recursos naturales y nuestra mala conciencia de colonizadores.
Ante ellos nos haremos bonitos selfis para colgar en las redes sociales y diremos como dice Cervantes que hizo aquel valentón ante el túmulo de Felipe II: …miró al solayo, fuese y no hubo nada.
Pues nosotros, igual.
viernes, 1 de septiembre de 2023
Caminos, 3. Huellas.-
Quien inventó la palabra “basuraleza” sabía bien lo que se decía al definir esos paisajes salpicados de pequeñas basuras que los humanos dejamos como un rastro de nuestro paso por la naturaleza. El caminante, en su deambular, se desplaza por un paraje naturalmente hermoso pero que se advierte un tanto descuidado. Para quien camine y no observe, el lugar está aparentemente limpio, a condición de no prestar demasiada atención a las pequeñas basuras diseminadas por el entorno.
A cada paso que el caminante da, o a cada vistazo que echa en torno al camino que sigue, encuentra el suelo tachonado de pequeños residuos en
proceso de degradación, tales como plásticos, envases, bolsas, envoltorios, tampones usados, un pañal con las cacas del niño, vidrios, latas, papeles pringosos o
no, clínex que señalan descargas de vejiga, mierdas de perros, colillas…
Todo ello diseminado un poco por
todas partes, entre las hierbas agostadas del suelo, entre los matorrales,
agarrado a las ramas bajas de la maleza, sin formar montones de residuos, sino
extendidos por el entorno al alcance de la vista. Es como si un sembrador los hubiera diseminado al azar, lanzándolos con
la mano para extenderlos como si se tratara de una sementera de desechos de
materiales que en su día fueron objeto de consumo y hoy ya son inservibles.
Nunca, en estos años pasados, se me había ocurrido pasear por el sedero junto al arroyo de la Saúca en Pinilla del Valle. Trascurre paralelo al arroyo, protegido por los grandes y viejos chopos que sombrean el lugar, hasta el túnel bajo la carretera y que lleva del otro lado, donde llega el camino que baja del puerto de Malagosto. Aunque el arroyo ya baja casi seco, tiene tramos con agua que aún se mantiene viva y su vista alegra la placidez del lugar, dándole esa sensación de frescor que se defiende, gracias a la espesura de la vegetación, de la canícula sin tregua de este verano inclemente que estamos padeciendo. Eso hasta que uno se topa con la “basuraleza”, esa mezcla de cochambre, fruto de la desidia humana, y paraje natural mancillado.
Estos de agosto no son días para
hacer grandes marchas a causa del calor, así que doy paseos que pueden llevarme unos ocho
kilómetros entre ida y regreso, por caminos llanos, para volver pronto a
casa. El de hoy me ha llevado a Pinilla, que es un paseo de unos 4 kilómetros
desde Rascafría. Pero como me ha sabido a poco, recorro el pueblo por las
afueras, junto al arroyo, hasta dar con un sitio de una belleza agreste, como
la de lugar abandonado por los humanos cuando dejó de ser útil a sus
necesidades de vida rural: En una pared de piedra, un caño seco, y a sus pies
un abrevadero en tres cubetas horizontales toscamente labradas en buen granito.
Al lado del abrevadero, un par de mesas de piedra absolutamente rústicas. Los
tableros bien podían tener medio metro de grosor, sin tallar, apoyados sobre
pies derechos, también de granito apenas desbastado, con unos bancos de la
misma materia sin apenas trabajar. Allí leo un par de capítulos del Elogio
del caminar de Le Breton por el simple placer de la lectura en solitario,
en silencio, en un lugar agreste y umbrío, aunque descuidado.
Hay, entre la civilización
rural/urbanizada con sus buenas casas de verano y sus calles limpias y bien
pavimentadas, por un lado, y por otro el campo con sus prados, delimitados por
viejas paredes de piedra rústica, y su arboleda, un lugar de nadie como aquel donde
yo estuve. Un no lugar, que diría Monsieur Augé, que los humanos anónimos no
identifican ni como el pueblo donde viven, ni como la naturaleza del entorno,
sino justamente una frontera imprecisa entre ambos y lejos de los servicios de
limpieza municipales. Allí, el bípedo anónimo va diseminando las pequeñas
cochambres que, en su efímera vida útil, han sido recipientes, envoltorios u
objetos de usar y tirar.
Por olvidar situación tan lamentable, callejeo por el pueblo y me paro ante la pequeña estatua en bronce, levantada en homenaje al hombre del campo. En su pedestal, una poesía de Vicente Alexandre:
Sobre esta cima
solitaria os camino
campos que
nunca volveréis por mis ojos.
Piedra del sol
inmensa, entero mundo
y el ruiseñor tan débil
que en su borde la hechiza.
Desengáñate, improbable lector: no es lo mismo
dejar la huella de tus pasos en el camino que cocear un paisaje.
domingo, 13 de agosto de 2023
Fiestas en Rascafría-
No todo iban a ser idílicos paseos por el monte entre el arrullo de los arroyos y el arrítmico son de los cencerros vacunos. No todo iba a ser tañer – siquiera metafóricamente – la flauta pastoril como Títiro bajo la encina mientras apacienta su ganado. También la puñetera realidad se impone y exige su tributo en forma de ruidosos decibelios, contaminación lumínica e incivismo antihigiénico en forma de decenas de meadas en nuestra sufrida calle. Total, que hablo de Rascafría en fiestas y de la carta que he escrito al alcalde o a quien haya tenido ganas de leerla sin que le asome una burla a los labios ante las quejas (que se suelen repetir cada año) de este jubilata.
Risum teneatis, decían los latinos.
Tú, improbable lector, no te rías de este quejoso, que solo pretende un
pequeño desahogo.
“Sr. Alcalde,
Como
en años anteriores, y supongo que con el mismo resultado, me dirijo a los
responsables de ese ayuntamiento de Rascafría, no para protestar, que es tiempo
perdido, sino para hacerles algunas reflexiones a propósito de las fiestas
patronales.
Bien
está que el municipio ofrezca a los vecinos unos días de celebración y corra
con los gastos de la misma. Gastos que, si bien se mira, son fruto de los
impuestos de todos los ciudadanos. Así que bien está la redistribución de
recursos en forma de diversión popular, que es una forma equitativa e
igualitaria de reparto de la riqueza común allegada a través de la fiscalidad,
sea ésta estatal, autonómica o municipal.
Bien
está que el común de los ciudadanos se explaye entre abundancia de músicas,
alcohol y luminarias puesto que de sus bolsillos salen y son una forma de
expresión de la cultura popular. Las saturnales suelen ser un buen escape de
las obligaciones diarias y liberan de las tensiones acumuladas a lo largo del
año de trabajo y esfuerzo.
Un
servidor lo acepta, todo ello, y espera con paciencia y diacepanes nocturnos a
que pasen los días de jolgorio y recuperemos la tranquilidad habitual.
Respecto
al propósito de esta carta, del que ya he hablado más arriba, no es otro que
hacerles alguna reflexión por parte de este jubilado, que tampoco querría
molestar más que el tiempo suficiente para que la lean y olviden su contenido.
¿Han
pensado en las músicas atronadoras, pasadas de decibelios, con que nos castigan
hasta las cuatro de la madrugada y más allá a quienes no tenemos ni ganas ni
edad para “disfrutarlas”?
No
parece que la contaminación acústica nocturna sea una forma justa de redistribución
de los recursos municipales, pues sólo una parte de los vecinos – en su mayoría
jóvenes – lo disfrutan, mientras que el resto de los ciudadanos lo sufrimos con
resignación. Aparte lo cual, me temo, contravienen la legislación que ampara el
derecho de todo ciudadano a las horas de descanso y silencio – sea esta
legislación estatal, autonómica o municipal, que lo ignoro.
¿Se
han parado a pensar en la evacuación multitudinaria de orines en la vía
pública? ¿No se les ocurrió instalar retretes químicos para que la enorme
ingesta de cerveza y otros bebibles se canalizase al fin de su ciclo por
evacuatorios a propósito?
Recomiendo
a los cargos responsables de la limpieza y policía de las vías públicas se den
una vuelta por la C/ Ibáñez Marín, desde su comienzo hasta el puente de la
Manola. Y no para que caigan en la cuenta del pésimo estado de su pavimento,
cuya reparación queda pospuesta, elecciones municipales tras elecciones
municipales, según demuestra la experiencia ad nauseam.
De
lo que se trata puntualmente durante las fiestas, es de los litros de orines
que se vierten entre los coches allí aparcados, contra los muros o a sus pies
por parte de ciudadanos y ciudadanas (que en esto hay paridad porque la
necesidad es igual para todos), obligados sin distinción de género a evacuar
sus vejigas de forma tan poco digna.
Es
algo que deberían tomar en consideración y ponerle remedio. Si no para estas
fiestas, que para cuando les llegue esta nota ya se habrán pasado, para años
sucesivos. Que las cosas del bien público tienen remedio, aunque sea con
retraso.
Por
último, sólo me queda pedirles disculpas por hacerles perder su precioso
tiempo, encaminado siempre, según entiendo, al logro del bien común. Todo lo
antedicho tómenlo como el desahogo de un jubilado con bajos niveles de
adaptación a los tiempos que corren, y les ruego sean comprensivos y actúen en
consecuencia.
Con
toda mi consideración, J. J. A. A.”
martes, 25 de julio de 2023
Caminos, 2.- Aguas estancadas. -
Lo divertido de la política
nacional es que cuando crees que unas elecciones generales traerán un poco de
sosiego al país, ves que taponan una vía de agua embarrada, pero abren otra aún
más tumultuosa que inunda la sentina de la res publica. Ganó el PP, pero de tal
forma que ni con el Vox logra mayoría. Quedó segundo el PSOE que cuenta con
Sumar, y para alcanzar capacidad de gobierno, necesita del apoyo de los
partidos regionalista y nacionalistas. Y, ¡Oh, caprichos del Hado!, necesita de
la abstención de los adeptos al prófugo Puigdemont si quiere lograr la
investidura. Mire usted por dónde, un prófugo de la justicia española tiene la
llave de la gobernabilidad del país contra el que delinquió. Cosas veredes, Mío
Çid que farán fablar las piedras…
Y además, el PP tiene mayoría absoluta en el Senado, con lo que, si no le dejan gobernar, puede practicar el obstruccionismo siempre que convenga a sus intereses. En esas estamos… Mientras, los analistas políticos imparten doctrina y son el oráculo de las televisiones.
Como quien dice, la política nacional son aguas estancadas donde
una pedrada en medio de la charca (en forma de obedientes, o quizás, resignados
votos ciudadanos) revuelve por un rato la superficie y alborota el légamo del
fondo. Pero las ondas son sólo superficiales y en círculos concéntricos que se
agotan a medida que se alejan del impacto.
Este jubilata y la santa,
responsables ciudadanos – o quizás malinformados ciudadanos – bajamos desde el
valle a Madrid para votar; de regreso, soportamos un enorme atasco de salida de
la ciudad en el no-ser de la autovía y volvimos a nuestro refugio serrano con
la satisfacción del deber cívico cumplido. Además de con la duda de si no seríamos unos ingenuos autoconvencidos de que un voto, unido a millares y
millares de ellos, cambia la orientación del sistema…, o a lo mejor lo legitima
para persistir en sus corruptelas y no somos más que tontos útiles. En esta
duda, el escepticismo es una sana higiene mental, pero jode porque no te dice a
qué tabla has de agarrarte para flotar en la charca.
Don Pío Baroja, que siempre fue muy
suyo y rezongón, no tenía ninguna confianza en las democracias (ese agregado igualitario
de gentes de todo pelaje) y no solía pararse en barras a la hora de calificarlas.
Escribió un artículo en el que hablaba de la democracia (ideal) como una
especie de benevolencia de unos con otros, que era el resultado del progreso, y
“la otra democracia de la que tengo el honor de hablar mal es la política,
la que tiende al dominio de la masa y que es absolutismo del número”.
Total, por el Artiñuelo, el
arroyo que pasa por delante de nuestra casa de verano, aún corre un hilo de
agua y lleva su escaso tributo al Lozoya, a las afueras de Rascafría. Eso, al
menos, no ha cambiado. Y puesto que la
naturaleza sigue su curso, este jubilata se calzó las botas de hacer leguas y
se fue a ver una charca de buen tamaño que está a medio camino entre el
Mirador de los Robles y la Casita de la Horca. Medio oculta desde el camino por
la maraña de vegetación, allí seguía, un tanto menguada de agua, pero con su
colonia de ranas croadoras que tienen la prudente costumbre de esconderse en el
fondo cuando algún curioso se acerca a ver su pequeño paraíso de aguas quietas y
vegetación enmarañada.
Desmintiendo la fábula de Esopo,
no se tiene noticias de que esa colonia de batracios haya decidido poner orden
en su sociedad pidiendo a Zeus que se les nombre un rey que las gobierne. Hacen bien,
que a lo mejor los dioses, hartos de su impertinente croar, les pongan un
madero flotando en medio del charco y les hagan creer que ese trozo de leño impartirá
justicia. Luego, las más hábiles, se subirán encima y dirigirán el cotarro ranero
porque, al fin y al cabo, el madero flota allí por designio de las divinidades.
Cosas así iba pensando este
jubilata senderista mientras bajaba a la presa del Vadillo. Sentado sobre una
roca, con el pequeño embalse a la vista, y el librito Elogio del caminar
de David Le Breton entre las manos, leía algo sobre las Largas marchas
inmóviles: La marcha es a veces infinita, sin otra dirección que el tiempo.
Un recluso, en su celda, puede recorrerse el mundo entero a fuerza de caminar
infinitamente los pocos metros lineales de su encierro y diciéndose: ahora
atravieso Francia y entro en Alemania; ahora bajaré hacia el sur e iré camino
de Roma… Libre en su imaginación, puede llegar a los confines del mundo.
Un servidor, sin moverse de la
piedra sobre la que se sienta, levanta la vista del librito, la extiende sobre
la lámina de agua del embalse, y convierte éste en un océano sobre el que
navega con su imaginación hasta aquel lugar donde basta leer unas páginas para
saberse fuera de su mediocridad. Y cuando cierra el libro y retoma el camino, ya
ha olvidado su condición de espécimen del demos humano obligado al
desove cuatrienal del voto.
viernes, 7 de julio de 2023
Andares, 1. Viendo correr el agua.-
A propósito de unas notas tomadas el día de San Fermín, y sin que
tengan nada que ver, salvo la coincidencia en la fecha:
Mientras en Pamplona miles y miles de personas de
apretujaban con gran gritería y jolgorio para celebrar el chupinazo, yo andaba
por el monte caminando en solitario, sin otros sonidos que los producidos en la naturaleza espontáneamente, y sin otra compañía que las vacas que pacían
en las dehesas y la yeguada con la que me he topado de regreso por el camino histórico
que baja desde la majada del Cojo a Alameda, y que ha venido espontáneamente
hacia mí, me han rodeado y me han hecho temer que me iban a aplastar de puro
afectuosas que eran las yeguas y sus crías.
Ha sido una de esas caminatas que tanto me gustan y
que he comenzado en torno a las 8:30 para ir a Oteruelo y, desde allí, a la
ermita de Santa Ana. Las dehesas del otro lado del río que se extienden hasta
el paraje de la ermita, estaban pintadas con el frescor de la noche pasada. Las
praderas, tachonadas de pequeñas flores que parecían alfombrar el suelo hasta
el límite del bosque de robles, con esos destellos de cuadro impresionista en los que
uno no sabe si admirar más a la naturaleza que los produce o la habilidad
artística de quienes la reproducían con sus pinceles.
Sentado en un poyo de la ermita, he hecho lo que nunca se me había ocurrido hasta ahora: leer en un descanso de la caminata. Llevaba encima un pequeño libro de Le Breton, Elogio del Caminar, y he saboreado un par de capítulos, leyendo precisamente sobre aquello que estaba haciendo: caminar. Creo que es experiencia a repetir porque, además del placer de la lectura en medio de la naturaleza, ha sido ese pausar mi caminata con un descanso que me obligaba a levantar la cabeza de la lectura, contemplar el paisaje, y volver a reconocerlo en las experiencias de quien me hablaba – a través de sus textos – sobre el afán caminero.
Como no tenía otra cosa que hacer más que andar y
dejar la imaginación a su libre albedrío, ésta me ha llevado por vericuetos que
vuelan más alto que los montes que circundan el valle. Pensaba en ese
sentimiento fóbico hacia las multitudes que se me va desarrollando con la edad:
inexorablemente, cuanto más avanzo en la vejez, mayor es el rechazo hacia mis
semejantes, no como individuos, por muchos de los cuales siento un afecto
sincero – el amor de amistad, del que hablaba Ortega –, sino en cuanto masa o
ganglio social indiferenciado en el que a la gente gusta embarrarse. Como decía
Susanita, la amiguita repelente de Mafalda, amo a las personas, pero odio a la
multitud.
Pero el amor sincero por la naturaleza, el silencio y
la soledad sonora, de la que hablaba fray Luis de León, son todo lo contrario a
un acto negativo y antisocial. La fobia de multitudes es como el detritus que
produce porque todo comportamiento humano necesita de su contrario para
afirmarse. Y a este jubilata, verse caminando por el robledal, con la fresca de
la mañana, por caminos donde sólo se tropezará con alguna vacada que pace, o la
grita de los rabilargos que le rehúyen cuando lo sienten pasar, le produce una
dicha que contrasta con esa sensación de ahogo que le producen las calles siempre concurridas de la capital del reino, con sus ruidos de coches, su
gentrificación en forma de turistas que arrastran maletas y caminan
abducidos por el Google Maps que les llevará a su destino provisional, sus
pantallas gigantes colgando de las fachadas, escupiendo anuncios que embrutecen
la percepción y niegan el reposo mental.
Y uno se pregunta si, puesto que el paso de la vida es
un cambio imperceptible, no estará cambiando con pequeños pasos hacia un sentido
franciscano de la existencia en este último tramo vital que le queda por
recorrer. Por no pecar de cursi, de sensiblero, el caminante que lo cuenta
aquí, no va por los vericuetos del bosque diciendo: hola, hermana vaca; hola
hermano arroyo; hola hermano lilium martagón, o lirio llorón, (especie endémica
de estas tierras altas, según me enseñó un botánico aficionado, el otro día,
por el camino del Ejido). Ni mucho menos, se me ocurriría saludar con amor
franciscano al hermano lobo, que dicen se ha afincado por estas sierras. Son
palabras mayores que dejamos para el Pobrecito de Asís, cuando fue a reconvenir
al lobo de Gubbio, según nos cuenta el poema de Rubén Darío.
Uno no aspira ni a la gloria celestial ni a la fraternidad
universal, sólo a caminar con el espíritu atento, el oído pronto a los pequeños sonidos del entorno, la vista limpia ante el paisaje que pasa al paso de la bota caminera del caminante. Como mucho, aspira a espiar ese desmelenarse de las aguas en el arroyo, recordando lo que nos dijo Gomez de la Serna: El agua se suelta el pelo en las cascadas. Ya que no ninfas de las fuentes, porque vivimos tiempos de vulgaridad y provecho inmediato, nuestras aspiraciones estéticas nos llevan a escuchar el murmullo del agua, sentados bajo ese fresno junto al arroyo, cerca de la pasarela que cruza el Aguilón. Y como echamos de menos el bucolismo del mundo clásico, aún recordamos los viejos latines virgilianos: Tityre tu patulae recubans sub tegmine fagi silvestrem tenui Musam meditaris avena.
Dicho sea sin que el improbable lector se moleste por
los derrapes esteticistas del jubilata, que la edad le da licencia y él se la
toma.
viernes, 16 de junio de 2023
Abre los ojos.-
Es un buen consejo el que le dio Critilo a Andronio: Abre
los ojos, primero, los interiores digo, y porque adviertas dónde estás, mira.
Eso nos cuenta Baltasar Gracián de sus dos personajes cuando se echaron al
camino de la vida, como se puede leer en el Criticón. Y ese consejo es el que
ha querido seguir este jubilata, cuando la otra mañana decidí echar un vistazo
a eso del maridaje contra natura Picasso-El Greco en el museo del Prado.
Aún recordaba lo que nos había dicho un profesor de historia
del arte en la UNED Senior el primer día de clase, de esto hace ya años: “El
90% del arte actual es superchería”. Y, que perdonen mi atrevimiento los
que saben de estas cosas, un fondo de superchería creía ver este jubilata en eso de matrimoniar
al griego Doménico con el malagueño Pablo: gollerías de gurús de la cultura para sorprender a los
hambrientos de estética y ayunos de criterio para alcanzarla. Por eso, camino del
museo iba yo pensando en la recomendación que hace Gracián por boca de Critilo:
porque adviertas dónde estás, mira con los ojos de mirar desde dentro y no te
dejes deslumbrar.
Con esa advertencia, y con los rudimentos escolares de cuando
las asignaturas de historia del arte en la Complutense, iba este jubilata
recordando aquello del cubismo analítico picassiano: lo representado se
descompone previamente en fragmentos geométricos, ruptura de planos que se van
acumulando hasta formar una imagen de carácter bidimensional y monocromática.
Dicho así, de memoria, que no quise dejarme influir por las wikipedias tan
socorridas. Quería ver cómo desentrañaba yo, sin ayuda externa, este juego de
espejos.
Y algo, a primera vista, tenían en común las obras del Greco y
Picasso, y era la verticalidad, aunque no por las mismas razones. En el
primero, hay un tránsito del mundo material al espiritual y sus figuras se
alargan, quebrando, diríamos que geométricamente, los pliegues de sus
vestiduras, hasta alcanzar el mundo celestial. En el segundo la acumulación de
planos fragmentados no tiene un interés místico, sino técnico; una forma de
resolver el rompecabezas cubista dándole sentido espacial.
El binomio San Bartolomé – El Acordeonista merecía un rato de atención por aquello de tratar de desentrañar qué tenían en común ambos: el santo, con su manto blanco de pliegues rígidos y quebrados, que sujeta con una cadena a un ridículo diablillo con una argolla al cuello, gira su vista a la izquierda como mirando con asombro al acordeonista. Éste se descompone en planos irregulares, donde borrosamente el espectador cree ver – porque así lo dice la cartela con el título – la mano de un acordeonista, cuyo instrumento está fragmentado en planos quebrados que niegan la regularidad geométrica del fuelle del acordeón.
“Hay que echarle valor…”, dice alguien a mi lado, que observa incrédulo. Y su cara de escepticismo es un libro abierto...
Quizás, de más difícil desentrañamiento sean las razones del
emparejamiento San Pablo – El Aficionado. El aficionado, se entiende que
a los toros. A pesar de la descomposición monocromática e indesentrañable
(¿existe el voquible?) de esta afición taurina, el artista ha tenido la bondad
de dejarnos, aquí y allá, algunas pistas. Así, uno puede leer Nimes (el templo
de la afición taurina en el Midi francés), o “LeTorero”, y hasta se adivina el
diapasón de una guitarra y un rejón de banderilla.
La cuestión para este jubilata asombrado, una vez identificada
la arena taurina, era encontrar la similitud o el contrate que diera sentido al
emparejamiento propuesto. Porque la iconografía de San Pablo, aparte la
peculiaridad expresiva del Greco, es la usual en el mundo cristiano: una gran
espada, símbolo de su martirio y de su condición de ciudadano romano, un libro
con pluma y tintero (alusión a las Cartas de Saulo a aquellas comunidades
cristianas no judías), y esa expresión de quien tiene clara su misión en esta
tierra. En este cuadro, el realismo geométrico de la habitación sirve de
soporte a la espiritualidad del místico personaje, que parece iluminado por la
divinidad. A la espera de otros más sabios criterios que desentrañen la
relación entre ambos, un servidor deja el suyo en suspenso y pasa a la
siguiente pareja de cuadros.
En cuanto a San Simón y El Tocador de Mandolina,
contrasta la grave expresión del apóstol leyendo el libro, y cubierto con
ropajes amarillos y azules en pliegues sombreados, con ese desestructurado
músico de pulso y púa. El espectador, que trata de buscar un paralelismo o
divergencia que los haga compatibles, aunque sea de forma disonante, cree
encontrarse ante una perspectiva aérea desde la que le parece ver tejados
grisáceos, enmarañados, como formando callejuelas. Y eso a pesar de que el
título es bien explícito: Tocador de Mandolina.
Pues bien, ya que no acababa de entender el contubernio de los
dos artistas, y dejada libre la imaginación a su antojo, me dio por imaginar
que volaba sobre los tejados del abigarrado Madrid de los Austria, a modo del
estudiante don Cleofás Pérez Zambullo, para quien el Diablo Cojuelo iba
levantándolos para burlarse de las lacras morales que ocultaba la hipocresía
social. Confieso que no entendí qué pito tocaba San Simón junto al de la
mandolina, pero las peripecias del cojuelo y el estudiante me hicieron gracia y
hasta se me escapó una risita. Risa que mereció el reproche silencioso de las
personas en torno mío que se devanaban los sesos intentado asociar al apóstol
con el músico callejero. Yo encontré la vía de escape, pero me la callé.
Para acabar, fuera de paralelismos discordantes, me concentré ante un greco especialmente hermoso, el Bautismo de Cristo. Su formato, de gran verticalidad, tiene por objeto el tránsito del mundo terrenal al celestial, con un rompimiento de gloria que separa y une ambos. Es la realidad fragmentada y recompuesta, no como en la técnica cubista, sino a través de los vericuetos de la mística. Son torsiones que presagian el capricho cubista de Picasso en su afán de romper el mundo tangible en planos irregulares que fuerzan al observador a ver lo que no entiende, como si la realidad artística respondiese al principio de incertidumbre: El Greco, Picasso, con sus miradas de artistas, modifican el mundo real al plasmarlo. Y el observador, en su ignorancia, intenta recomponerlo para adaptarlo a la realidad de cada día; esa que nos hace atrevernos a salir de casa y visitar una exposición en la que no sabemos muy bien qué nos vamos a encontrar, ni cómo la tenemos que interpretar.
En fin, improbable aunque paciente lector, para descansar la vista y la mente, me acerqué a ver un modesto bodegón de Sánchez Cotán, ese cartujo que solo pintaba frutos de la huerta y unos cardos suculentos. Ya se sabe que el huerto alimenta al monje a la vez que enflaquece el cuerpo, disciplina la carne pecadora y eleva el espíritu. El jubilata, que lo tiene más difícil porque ni es artista ni es monje, se quiebra la cabeza ante exposiciones como ésta y vuelve a casa con los pies fríos y la cabeza caliente.
viernes, 26 de mayo de 2023
En torno al edadismo.-
Lo de “edadismo” es un voquible que entró en mi vida por la
puerta falsa. Nunca había pensado en ello, ni me pareció digno de atención tal
palabro de nueva invención, si no fuera porque se me coló de rondón un día mientras
yo viajaba en el metro. Y eso fue cuando un hombre joven se levantó del asiento
y me lo cedió. Algo cambió en mi vida a partir de entonces.
Imagínese el improbable lector la indignación que me sobrevino
al caer en la cuenta: un hombre joven, sutilmente, haciendo gala de su vigor
físico y de su bonhomía, en cuanto me vio, se levantó como un resorte para que me yo me sentara.
En primer lugar, antes de ser consciente de que este jubilata era el objeto de aquella
amabilidad, miré a mi alrededor por si había algún decrépito necesitado del
asiento. Pero no, la persona a la que se dirigía su gesto amable y la
invitación a ocuparlo, era yo.
Jamás había pensado yo antes que, andando – o más bien,
galopando – el tiempo, me convertiría en víctima de la bondad ajena. Y aquí me
tiene el improbable lector, aceptando pocas veces y un poco a regañadientes, el
asiento que alguien me ofrece cuando viajo en el metro. En el bus no, porque en
el bus, con mucha frecuencia, es como ir en un geriátrico agitado. Allí, es lo
habitual, los asientos reservados a los mayores están siempre ocupados por
seres en general bastante estropeados físicamente. Y en cuanto a los de más
atrás, en cuanto alguien los ocupa, queda allí como encastrado y embuchado
entre gente en pie que hace equilibrios sobre sus dos piernas, mientras se
abduce ante la pantalla del móvil. Así no hay forma de ejercer la amabilidad con los provectos.
O sea, que, a estas edades, uno ha de contar con eso del edadismo y contarse en el número de los afectados por esa epidemia que ataca a los que vamos de septuagenarios para arriba. Y no es que un servidor se queje del edadismo, porque, según avanza la vida, uno echa un vistazo de vez en cuando al retrovisor para ver el camino hecho; es que son otros los que se encargan de recordárnoslo, o bien mediante su amabilidad, o mediante su conmiseración, o incluso mediante su desprecio.
Y si uno se hace la ilusión de que el tiempo pasa para los demás y no para sí mismo, no tiene más que recordar que en el bolsillo llevamos una cartera con el DNI que nos recuerda – con esa frialdad administrativa de los documentos oficiales – que nacimos en 1945.
¡Joder!, piensas, nací recién terminada la segunda guerra mundial y en pleno
propagandismo posguerra civil española. Posguerra cuyo recordatorio interesado se prolongó
durante gran parte de mi juventud porque así convenía al cesarismo militarista
que nos gobernaba por aquellos andurriales de la historia.
Y que el improbable lector perdone esta rápida mirada al retrovisor. No suele ser lo habitual, no sea que por mirar hacia atrás, uno se estampe contra la vida que viene de frente.
Y, a pesar de lo dicho de mirar de
frente la vida, perdóneseme, una vez más, una nueva ojeada al retrovisor, que
acabo de acordarme de aquella canción patriótica con que entrábamos los críos
en la escuela pública: La mirada clara y lejos, y la frente levantada… “Montañas
Nevadas”, creo que se llamaba. Aunque ahora no nieva mucho, la mirada clara y lejos
es gracias a la operación de cataratas, y lo de la frente levantada, no mucho, que
andamos un poco encorvados por aquello de la mochila de la edad.
Pero, bueno, lo del edadismo sigue sin ser santo de mi devoción, sobre todo porque sirve para que me cedan el asiento y me hagan sentir la edad que tengo. Puesto a gustar de los "ismos", prefiero el Dadaísmo por aquello de rimar con
el ya mencionado edadismo, y porque, además, produce cadáveres
exquisitos.
domingo, 23 de abril de 2023
Una visita al laberinto.-
Leía estos días pasados una información sobre un estudio de la universidad de Harvard donde se asegura que, a partir de cumplidos los 60 años, las personas son más felices. Lo que me pareció estupendo. Sobre todo porque, si el sumar años es una garantía, o por lo menos puntúa para encarrilarse en el camino de la felicidad, este jubilata es un cúmulo de felicidades. Siquiera porque ha sobrepasado los 60, los 70, y avanza por sus pasos contados hacia los 80. Más felicidad no cabe en un individuo.
Como un galápago dentro de su concha,
según pasa la vida, así engrosa el caparazón que lo protege. Y cuanta más
costra, más dicha. Y no hay por qué ponerlo en duda. Quién sabe lo que guarda
un anciano en el hondón de su almario, quizás la quintaesencia de la felicidad,
de la misma forma que quizás, bajo su caparazón, el cangrejo resuelve raíces
cuadradas, como aventuraba don Miguel de Unamuno.
Total, como feliz que me corresponde ser por edad, desechado el pesimismo antropológico que me habita, este sábado pasado decidí organizar la parcelita de felicidad que correspondía a tal día con una visita al museo Reina Sofía. El Reina es museo por el que siento devoción, y al que dedico varias visitas al cabo del año; no demasiadas, que es lugar que me resulta laberíntico. No por la distribución de sus espacios, que es pura racionalidad, como corresponde a un antiguo hospital basado en los principios de higiene, luminosidad y eficacia de los ilustrados, sino por lo abigarrado de tendencias estéticas de su colección y exposiciones temporales. Uno entra en el lugar con la pretensión de comprender el espacio artístico del siglo pasado y descubre que aquello es un maremágnum de tendencias que pretenden describir el mundo caótico del arte, reflejo de la sociedad, y terminan por desasosegar al visitante.
Por eso, quizás, no fue buena idea comenzar por una sala arrinconada en un esquinazo, al fondo de la planta baja. Allí, amontonados aparentemente -sólo aparentemente – sin orden ni concierto, un montón de aparatos de los usados en laboratorios de la industria cinematográfica, bajo el epígrafe Laboratorio PLAT -75-82, (Picto-Lumínica-Audio-Táctil) de José Val del Omar.
Un
servidor, que en eso del medio audio visual no pasa del manejo del mando a
distancia de la tele, quedó consternado al comprobar su grado de ignorancia
ante aquella colección de viejos artilugios con los que se captaba y manipulaba
la realidad ficta del mundo de la imagen el siglo pasado. Como había un
vigilante que no tenía más entretenimiento que observar al único visitante
presente, un servidor puso cara de estar enormemente interesado y como muy
consciente del valor testimonial de aquellas máquinas, rollos de películas, cámaras, moviolas y otros artilugios de difícil desentrañamiento para un ignaro como quien esto
confiesa. Saqué la libreta, tomé unas notas, y con cara de enterado, tomé
puerta.
Por alejarme de mi ignorancia, subí a la cuarta planta y me
tropecé con una exposición cuyo título me intrigó: Ecuador – Parallel, Guernica
– Bengasi, 1982, de Richard Serra. “He aquí un título sugerente”, me dije. Entré,
libreta en mano. Inciso: Soy muy amante de ver exposiciones armado de cámara, libreta
y boli para tomar notas de aquello que entiendo; sobre todo, de aquello que no
entiendo (por consultar luego en casa tranquilamente), de aquello que sé voy a
olvidar porque no comprendo, y, en general, porque un jubilata en medio de una sala, enfrascado en
sus anotaciones, queda muy guay y es una curiosidad a recordar por parte de los
guiris que andan tan perdidos como uno mismo.
Pues eso, que entré y me encontré con la desnudez de las paredes blancas. Dos grandes cubos metálicos (1,5x1,5x1,5, así a ojo) de hierro color óxido flanqueaban la entrada. Tras una gran arcada, la siguiente sala, unas enormes planchas metálicas de lo mismo, de varios metros de largo y con un grosor de unos 10 cm. Todo ello me hizo recordar “2001 Una Odisea del Espacio” cuando un primate irritado golpea con rabia el suelo, armado con un fémur, ante la indiferencia de aquel monolito enhiesto que viene a representar la deidad impasible, la infinitud, la soledad e indiferencia del universo. Como un prehomínido perplejo ante aquellas realidades de racionalidad cúbica me quedé.
En mis notas no supe qué poner, aparte dejar constancia de aquellos paralelepípedos aparentemente – solo aparentemente, que el autor siempre tiene intencionalidad – herrumbrosos e indiferentes al devenir de la humanidad, como el bloque cuadrangular ante el que se cabreaba el mono de la enjundiosa peli 2001 Una Odisea del Espacio. Afortunadamente, no tuve que desconectar, hasta su lenta muerte, al supercomputador HALL 9000, demasiado humano para fiarse de él. Simplemente, cambié de sala un poco al azar.
“Enemigos de la poesía”, rezaba el título de la sala. Eran, a lo que alcancé a entender, series de diseños geométricos continuos, hechos por computadora. La creatividad era pura consecuencia de un cálculo técnico. La técnica y la geometría imitan el arte, pero matan la poesía.
En la sala 434, la soledad de los espectadores frente a una pantalla que emitía imágenes como infusorios difusos y enloquecidos en una charca. Tres espectadores seriados (traje oscuro, pinta de vulgares señores de clase media, tipo años 60) frente a la pantalla, aburridos, indiferentes, miran y no ven. Solo están.
En la 428, “Lo racional y lo sentimental”, de Luis Gordillo, manchas
coloreadas, vagamente antropomorfas: "La familia", "Adán y Eva". Al lado, no sé si
suyo o de una pintora contemporánea suya: “Caballero cubista aux larmes”, y
empiezo a darme cuenta que estoy llegando a la saturación: el cuadernillo de
notas empieza a desbarrar y las palabras allí escritas se tuercen, empiezan a
perder la horizontalidad y la claridad de trazo. Está claro que debo dejarlo
por hoy: la cuota de felicidad de mayores de 60 años se me está agotando, y con
ella mis viejas neuronas.
Aun así, hago un último esfuerzo. “Los VIP”, leo: Parte superior: unas ranas saltando vallas torpemente en una carrera de obstáculos; banda media: condecoraciones de órdenes militares y otras insignias de autoridad y prestigio; parte inferior: dos cerdos plácidamente dormidos sobre el barro. La moraleja es evidente y el espectador no tiene que estrujarse las meninges. Y aún la sala 426, de Eduardo Arroyo, con pinturas dedicadas a aquellos 25 Años de Paz del franquismo. Corría el año 1965 y un servidor tenía 20 y un largo, monótono y gris horizonte por delante. Habrían de pasar más de 50 años para alcanzar esa felicidad que, según los intelectos de Harvard, nos llegan tras tantos años de singladura por los vericuetos de la vida.
Total. Guardé el bloc de notas, el boli, descabalgué las gafas, busqué la salida, atravesé el Retiro y llegué a casa.
Y así lo he contado…




















