domingo, 29 de mayo de 2022

Cuestión de piel. -

 


Lo cierto es que los últimos tiempos tengo esta bitácora como nave al pairo. Mientras tanto, navego por otros mares que ocupan las horas que un jubilata debe dedicar a cuestiones de mayor calado. Estas son tales como atender los menesteres domésticos al alimón con la santa, dar esas largas caminatas recomendadas por el reumatólogo para que las lumbares no se descalcifiquen y otras más, igualmente necesarias pero con las que no voy a aburrir al improbable lector. 

Si éste está ya septuagenario o anda en los preliminares – aunque deseo que quienes lean esto gocen de una edad más floreciente – sabrá las múltiples ocupaciones a las que nos dedicamos los tales para mantener la plasticidad neuronal, la articulación sin herrumbre y el músculo elástico. Todo ello dentro de los límites que la edad impone, claro está.

Total, que mientras ocupo la vida en asuntos tan vitales, dejo al paciente lector esta historieta que escribí allá por el 2004 y llamé En la piel de otros, por si quiere entretenerse leyéndola un rato. Mientras, me ocuparé de mis asuntos. Le deseo sea una feliz, liviana y breve lectura. 

El cuento que aquí cuento dice así:

"La verdad es que ya estaba un poco harto. Aquel cuerpo en el que había vivido con intermitencias los cincuenta y seis últimos años empezaba a quedárseme pequeño. Además, en los últimos meses el traumatólogo me le había diagnosticado una artrosis de la quinta cervical, lo que unido a una hipertrofia de la próstata y a una presbicia galopante, lo convertían en una envoltura francamente incómoda. Por eso, un buen día prescindí de él.

La cosa no tenía excesivas complicaciones. Aquella noche me lo desabroché como quien se desabrocha la camisa para ponerse el pijama antes de dormir. Me despojé de aquella armazón de huesos y tendones, con su entramado muscular más bien fláccido y su bandullo intestinal maloliente, y lo metí en una bolsa de basura que deposité en el contenedor naranja para residuos orgánicos.

Con la habitual falta de previsión que me caracteriza, no me había preocupado de cuál sería mi siguiente corporeidad, ni siquiera si ésta había de ser meramente física o sólidamente imaginaria.  Respecto a la primera, estaba tentado de corporeizarme –por decirlo de alguna forma- o encarnarme, si se prefiere, en la vecina del 7º C. Era ésta una mujer próxima a los 40 años; una venus calipigia de anca bien moldeada, fuente inagotable de mis sueños eróticos. Sólo pensar en poseerla desde dentro me disparaba los niveles de testosterona hasta límites insospechados. Ser ella me parecía el colmo de la dicha. Otra solución era adoptar la personalidad de cualquiera de los miles de personajes de ficción que pueblan mi biblioteca.

Si, en el último momento, no me decidí a ser la vecina del 7º C, la del glúteo hermoso, fue porque no me caía bien el castrón de su marido. No me veía yo como recipiendaria de sus afanes concupiscentes; vamos, que si aquel tipo llegaba  a meterme mano, lo fostiaba sin remedio. Y tampoco era el caso. El temor a una reacción tan primaria fue lo que me decidió por la segunda opción, la de usurpar el cuerpo de un personaje literario. Digo lo de usurpar porque los derechos de autor siempre han sido una traba a mi libre deambular por seres imaginarios. Lo convierten en una especie de furtivismo literario, obligándome a soltar mi presa cuando ya estaba cómodamente instalado en ella.

Recuerdo bien mi transmutación en Juan de Mairena, aquel célebre profesor apócrifo, sentencioso y senequista, que se inventó un poeta al que puso por nombre Antonio Machado. Poeta para el que recreó una vida y una obra tan verosímiles que, desde entonces, ocupa un puesto de privilegio en todas las antologías poéticas en lengua española.

Pero no es momento de hablar de mis experiencias literarias desde la mismidad de los personajes que habito a salto de mata, que no quiero dejar pistas. Que luego la Sociedad de Autores acecha mis andanzas con la Ley de Propiedad Intelectual en la mano para cobrarme el peaje, como si los seres de ficción por los que transito fuesen autopistas.

Claro que esta es sólo una de mis preocupaciones de transmigrador por vidas prestadas, porque los servicios de limpieza del ayuntamiento descubrieron mi viejo cuerpo en el cubo de basura. Aquella piltrafa se convirtió en el centro de atención de la policía y, por ciertos indicios, llegaron a la conclusión de que yo era el responsable de su abandono. Un juez decretó mi búsqueda y captura y, por esa incomprensible lógica de la burocracia judicial, me convertí en víctima y asesino de mí mismo.

Acosado por los derechos de autor, por un lado, y acusado de autor de asesinato, por otro, no vi más salida que borrar mi rastro. Por eso, una noche, a escondidas, regresé a mi casa, donde nadie esperaría verme. Para ello había comprado un ejemplar del Lazarillo de Tormes, que por ser obra anónima está libre de herederos literarios, me escabullí dentro del personaje del ciego, primer amo de Lázaro, limosneador y marrullero, y envié por correo certificado el ejemplar a mi propia dirección. Esto me permitió vivir meses de anonimato, oculto en las estanterías de mi biblioteca, e incluso ganar algún dinero vendiendo cupones de la ONCE.

Lo de vender lotería de los ciegos era un poco incómodo, pero gratificante. Como fui el último en llegar, no me dieron plaza en ningún quiosco del barrio y tenía que ponerme en la esquina de mi calle.  La vecina del 7º C pasaba todas las mañanas delante de mí, camino de la compra, con ese meneo de nalgas que me traía loco y yo, al descuido, me tropezaba con ella y le rozaba el culo.

- Disculpe, señora –, le decía con voz lastimera. – Esto de ser ciego es una desgracia. Un castigo divino –, insistía yo, compungido –, por mi mala vida pasada.

Ella, más buena que el jamón de Guijuelo, no me lo tomaba a mal. Incluso me cogía del brazo y me dejaba instalado en la esquina. Yo aprovechaba para pegarme a ella y rozarle la teta, que me veía muy necesitado con tanta soledad. Incluso, en los días más crudos de invierno, mi vecina del 7º C me bajaba un café con leche a la esquina y yo sentía su cimbreo de hembra jaquetona. Hambriento de ella, soñaba con tomar posesión de su cuerpo, aunque me repateaba la idea de hacer de súcubo para el huevón de su marido.

Entre el deseo de aposentarme en el cuerpo de mi vecina y el temor a que el cuernario del marido me sobara creyéndome ella, pasé por una fase depresiva. Durante las noches, desvariando de amores, me convertía en Margarita Gautier y paseaba por las páginas de La Dama de las Camelias, del brazo de Alejandro Dumas, entre sollozos quejumbrosos. Con tantos ayes románticos, y tantas toses de tísica, no dejaba dormir a los vecinos de al lado y se empezó a decir por la escalera que en casa había duendes.

Un día que libraba de vender cupones, me decidí por fin; fui a la estantería donde estaban las novelas de Salgari. Tenía allí una edición de Saturnino Calleja con las aventuras de Sandokán y adopté su personalidad. En guisa del Tigre de Mompracem, subí al séptimo piso y llamé en el C.

- Lo siento, buen hombre –, me dijo ella, confundiéndome con un magrebí vendedor de alfombras. – Pero en casa tenemos moqueta.

Y, al cerrar la puerta, oí que decía: – Qué moro más guapo.

No era para menos, porque para la ocasión me había puesto unos bombachos de seda anaranjada, un chaleco de terciopelo, una faja de moaré con dos pistolones de chispa y una daga malaya al cinto, y un turbante de tisú que realzaba unos ojos verdes y una tez morena igualitos al protagonista de la película.

Aquella noche, sin consuelo posible, de nuevo hecho una Margarita Gautier, estuve llorando a moco tendido y paseando en salto de cama por todo el piso, con una vela encendida en la mano. Los vecinos, asustados de los ruidos y las luces, cogieron las mantas y los niños y se bajaron a dormir al garaje. Al día siguiente se convocó, por el procedimiento de urgencia, Junta Extraordinaria de Propietarios y votaron contratar a una vidente y conjurar al espíritu. ¡Como si yo no tuviera bastantes preocupaciones!

Una semana me duró la murria. Pero mi segundo intento no tuvo más éxito que el primero. Me pareció que tanto exotismo no era asimilable por una mujer que, aunque poseedora de unas caderas afrodisíacas, no dejaba de ser de barrio. Pensé que no hay fémina que se resista a un hombre elegante y me transmuté en Armado, que tenía yo a mano un libreto de la Traviatta. Con mi chaqué a la moda parisina de 1892 y un tupe a lo Alfonso XII, subí  al 7º C dispuesto a deslumbrar al objeto de mis deseos. Llevaba yo en la mano un ramito de violetas y, en mis ademanes, una displicencia de aristócrata finisecular.

- ¡Jodá, El cobrador del frac! – gritó nada más verme. Y cerró de un portazo.

Creí morir. Era tal la desesperación que embargaba mi corazón herido que, en un arrebato de amante desdeñado, quise suicidarme con uno de los pistolones de Sandokán. Pero me lo pensé mejor y me fui a un bistró, donde me puse de absenta hasta el culo. De regreso a casa a altas horas de la noche, por desahogar mis penas de amor, di de patadas a los muebles y empecé a tirar libros por la ventana, mientras recitaba a voz en cuello aquello de Espronceda:

Me gusta un cementerio / de muertos bien relleno / manando sangre y cieno / 

que impidan respirar,

Con el estruendo y los gritos que yo pegaba, la gente se asustó de veras. Muchos vecinos corrían escaleras abajo y huían dejando sobre la acera un rastro de zapatillas, rulos, niños de teta, preservativos y otros enseres nocturnos. Yo, poseído por la desesperación, me puse a tirar muebles por la ventana, clamando como un poseso:

.. .Y allí un sepulturero / de tétrica mirada /con mano despiadada /

 los cráneos machacar.

Aquella noche, la policía acordonó la zona, al resto de los vecinos los sacaron en pijama y los repartieron por hoteles y pensiones, y los bomberos entraron a golpe de piqueta en casa. Yo, despavorido, me refugié en la novela El Recurso del Método, bajo la especie del Primer Magistrado, atrincherado tras un rimero de medallas y condecoraciones, hasta ver si escampaba.

A la mañana siguiente, sacaron del piso dos camiones llenos de libros que se llevaron para combustible de una térmica. Los pocos que quedaban por el suelo, entre ellos la novela de Alejo Carpentier conmigo dentro, terminaron en el contenedor de papel de frente a casa, donde me quedé agazapado.

Aquí dentro del contenedor, entre cartones de embalaje, revistas de cotilleo, periódicos viejos y otros papelotes, paso mis días espiando por la ranura los contoneos de la vecina del 7º C cuando sale a la compra. Y ella, por lo que tengo observado, echa de menos los magreos de cuando yo ejercía de ciego en la esquina".

2 comentarios:

  1. Perfecto descoloque para un colocado en el Instituto Nacional del Jubilado. Esas cosas a mí no me pasan, paciente con soy con mi triste indumentaria corpórea, incluída la estructura, la masa molecular y sus densidades; así que no podré deshacerme de mi carcasa, ni anunciándome en el Idealista. Soy más a lo bestia, pero por dentro. De todos modos lo que yo nunca haría es dejar mis entretelas en el contenedor naranja de residuos orgánicos pues el contenedor naranja es para basura en general. La de residuos orgánicos es el marrón. Con dios y gracias.

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  2. Pues como resulta, amigo Chus, que el cuento fue escrito en 2004, es imposible ya cambiar el bandullo del prota del contenedor naranja al marrón. En el naranja se queda pa' in eternum: mantenella pero no enmendalla.

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