domingo, 17 de marzo de 2013

Viajando desde el sillón.-



Anda estos días un servidor haciendo un viaje sorprendente por las montañas del Nepal, camino de Lhasa, la ciudad prohibida. Un viaje sin pasaporte, sin visados y sin autorización para transitar por aquellas tierras. Pero, aunque la aventura parezca arriesgada, no lo es en absoluto, si, como ya he apuntado, resulta que la hago cómodamente sentado en mi sillón de lectura.

Viaje imaginario pero no menos real ya que, si se me permite el doblete, es un viaje vicario. Un viaje por persona interpuesta, como los solemos hacer los lectores. Otros fueron los que se esforzaron, los que sufrieron las penalidades y conocieron lugares extraños y vedados a los ojos occidentales y, ya al regreso, nos lo contaron. Nosotros hemos recorrido ese mismo itinerario, pero caminando con nuestra mirada sobre las líneas de un libro, y tantas veces como leemos estas historias viajeras, las estamos reviviendo.

Somos, si lo permite el improbable lector, demiurgos sedentarios que damos vida, con nuestra curiosidad lectora, a esas historias lejanas en el tiempo y la distancia que vuelven a la existencia por nuestra simple voluntad lectora. No es poco que un modesto lector traiga a la vida hechos que fueron y ya no lo son, incluso una vez muertos sus protagonistas,  por el simple gesto de sumergirse en las páginas de un libro.

Decía, pues, que la curiosidad me ha llevado – mejor dicho, me está llevando, puesto que aún estoy en Tachi tsé y a punto de entrar en Po yul (el país de Po) – a Lhasa.  Ni siquiera los tibetanos de otras regiones se arriesgan a cruzar el país de Po porque sus gentes se dedican al bandidaje y, hay quien dice, son caníbales. Pero se ve que, a pesar de lo inhóspito de aquellas tierras, sus moradores no deben ser tan fieros, puesto que Alexandra David-Néel lo atravesó.

Bueno, sin darme cuenta se me ha escapado. No soy yo quien viaja, es la franco-belga Alexandra David-Néel quien, en 1924 y acompañada por su hijo adoptivo, el lama  Yongden, dedica varios meses a atravesar a pie el país, disfrazada de vieja mendiga tibetana, a pesar de la prohibición a los occidentales de entrar en aquel país.

Este jubilata descubrió a doña Alxandra hace un par de años por pura casualidad, como suelen ocurrir estos encuentros. Un día se tropezó con una frase suya que le impacto: Qui voyage sans rencontrer l´autre il ne voyage pas, il se déplace (“quien viaja y no conoce al otro, no viaja, se desplaza”). El viaje como conocimiento, como descubrimiento es la verdadera razón del viajar y la única forma de que tenga sentido y ensanche nuestra percepción del mundo. El viaje es una riqueza que nos sobreviene si lo hacemos con ojos curiosos y las ventanas de la mente abiertas de par en par, tratando de comprender por qué “el otro” piensa como piensa y vive como vive, por qué es diferente y qué le hace serlo. En fin, viajar no es hacer turismo, incluso aunque uno sea turista, casi única forma de viajar que tenemos hoy en día; uno puede ir en un paquete turístico y dejarse impregnar por los lugares, los paisajes y las personas que los habitan y volver a casa un poco más aprendido de como estaba al salir de ella.

Lo que me trae a la memoria aquel viaje que hicimos la santa y yo en 1999 a Cuba. Dedicamos una semana a patear La Habana y Santiago, a hablar con la gente, a comer en los paladares e impregnarnos de la vida caribeña con la inestimable ayuda de Lázaro, quien había trabajado en el Instituto del Historiador (sede del Cronista de la Habana, que tenía, si no recuerdo mal, rango de ministro) y era hombre letrado por demás. Cuando, al finalizar la estancia nos reencontramos con el “paquete” de turistas con el que habíamos venido, nos miraban como a bichos raritos porque no habíamos pisado las playas de Varadero ni nos habíamos hinchado a mojitos y a los sabrosos bufés libres del hotel, sólo permitidos a los turistas. Les parecía normal que los cubanitos estuvieran allí como sirvientes y camareros, pero sin derecho a gozar de aquellos paraísos. 

Por entonces no conocía yo a doña Alexandra, pero estoy seguro de que ella hubiera tenido un gesto de conmiseración hacia aquellos turistas torrados por el sol caribeño y con la mente abotargada. Nosotros, sin saberlo, hacía ya muchos años que estábamos siguiendo sus consejos de viajar e ir al encuentro de los otros, de tratar de entender y regresar a casa con el morral lleno de experiencias viajeras.

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