viernes, 11 de febrero de 2011

Merdulencias Madrileñas.-


Esta semana he decidido desbridarme un rato y hablar del Madrid merdulento. Ya sé que una de las actitudes más penosas que pueden darse en un habitante de cualquier ciudad es echar pestes de la misma, pero es que Madrid, en ese aspecto, es paradigmático. Si uno mira al cielo, ve una enorme boina grisácea que enturbia cielos y pulmones; si mira al suelo, lo ve tachonado de mierdas de perro, con pavimentos desvencijados, con papelotes y desperdicios mil. Si mira a sus políticos, tan bien instalados en sus prebendas, los encuentra mediocres y presuntuosos; si mira a su conciudadanos, en apariencia tan dóciles y adocenados, parecen asemejarse a una masa amorfa formando un ganglio incívico y despersonalizado. Como se ve, andamos de humor de perros, pero motivos no faltan.
Por mirar e intentar comprender, uno se mira a sí mismo y se pregunta qué coños hace en un lugar, y en una sociedad, que le producen tanto disgusto. Y la respuesta tampo le satisface, con lo que se apresura a buscar justificaciones por los cerros de Úbeda. La más fácil: vivo aquí, pero no soy de aquí; esta sociedad me supera. Lástima que no sea suficiente; uno no puede vivir de espaldas al medio en el que va sobreviviendo. Quiera que no, uno pertenece a la sociedad y al lugar donde vive y es responsabilidad suya mejorarlos en lo que pueda.
Siendo joven migré a esta ciudad desde un pueblo, buscando universidad donde formarme y un trabajo con el que sustentarme. Pude optar por otros lugares, pero la capital daba algunas oportunidades que eran difíciles de encontrar en aquellos mediocres finales del franquismo. Al final, cuando quieres darte cuenta, Madrid te ata. Aquí te casas, encuentras un trabajo estable, haces amigos (todos provincianos, como tú) compras piso y organizas tu vida. Cuando están vinculado a un lugar, a ver cómo rompes con tantas ataduras y reorganizas tu vida en cualquier otro sitio. Es muy difícil. Aunque te pases el día pisando mierdas perrunas y repirando gases corrosivos, aguantas.

No sé cómo decirlo, pero de todos los inconvenientes de esta villa mesetaria, el que más le disgusta y le encocora a uno es el de andar sortando mierdas de perro. Ya sé, ya sé que es un asunto bajo, escatológico, antihigiénico, antiestético e incívico eso de tomar como argumento de esta bitácora el enmerdamiento perruno de los madriles, pero la merdulencia canina ha llegado a un grado tal que es omnipresente en las vías públicas. Un por ejemplo: sales de casa y ves papeles y envases por el suelo... y una mierda canica espachurrada por el zapato de un peatón apresurado. Atraviesas el parque del Calero (jubilatas que juegan a la petanca, niños que retozan como ternerillos bípedos, mamás que parlotean de sus cosas) y ves honrados ciudadanos (ellos y ellas ) que pasean a sus perritos, ciegos al rastro de heces que van dejando los animalitos. Llevas unos envases a depositarlos en el contenedor de vidrios y ves, arrumbados junto a los contenedores, cartones, muebles despiezados, un retrete agrietado y abandonado a su mísera suerte, una tele de las de antes del TDT, desperdicios variopintos... y varias... - ¿Lo diré otra vez? ¡Pues sí!- ... mierdas perrunas de distinto tamaño y textura: recién defecadas y jugosas, unas; resecas o en proceso de deshidratación, otras.

Triste vida la del habitante de este poblachón con pretensiones de capital europea: si miras arriba, ves el borrón gris de la contaminación; si miras al suelo, ves el asfalto agrietado y la infinita variedad de merdulencias consustanciales al incivismo ciudadano y a la desidia municipal; miras alrededor y ves masas de coches contaminando.
Si, harto, cierras los ojos, es peor aún: todas esas miserias siguen existiendo y, encima, corres el riego de romperte la crisma en un socavón. Pero no hay que desesperar porque el Ayuntamiento de Madrid nos lanza un mensaje esperanzador por boca de su Botella de Medio Ambiente: "El paro asfixia más" ¡Con un par de neuronas!
Madrid me ata, Madrid me mata.

domingo, 6 de febrero de 2011

Nuestros vecinos del Sur.-


Improbable lector que echas un vistazo distraído a esta bitácora ¿Sabías que, cuatro días después de huir el autócrata tunecino Ben Alí, la agencia de calificación Moody´s degradó la nota de la deuda soberaba tunecina de "Baa2" a "Baa3"? Por su parte, la agencia Fiych Standard & Poor´s y la japonesa Rating and Investiment, pusieron a Túnez bajo "vigilancia negativa". Para entendernos: a los "Mercados" (cuando digo "Mercados", entiéndase "Especuladores de capitales") les sienta mal la libertad de los pueblos. Les desasosiega.
Es "0bsceno", dice el articulista donde leí la noticia, pero es consecuente. El triunfo de la libertad produce "incertidumbre" en los "Mercados", mientras que el control de un país por parte de un dictador da "seguridad". El dictador domestica a los pueblos, a las organizaciones sindicales y a los trabajadores, y la prensa se convierte en correa de transmisión de las consignas del Poder. Dicho en vulgo: Aquí no se mueve ni dios y todos trabajamos para el mismo amo.
Recuérdese 1973 y la toma violenta del poder en Chile por Pinochet: las huestes de Milton Friedman saludaron alborozadas la caída de Salvador Allende. Convirtieron el país en un laboratorio donde experimentar las teorías neoliberales y quedaron muy satisfechos de los resultados. Tanto, que nuestra sociedad es el resultado de aquel experimento. Que la consecuencia del golpe militar pinochetista/kissingeriano fuese la pérdida de libertad y sus consecuencias - persecución política, torturas, asesinatos de disidente y el sometimiento de todo un pueblo -, no dejaba de ser pecata minuta. El "Mercado" funcionó como la seda.
Y es que la libertad es demasiado imprevisible para ser "rentable", excepto cuando se trata de la libre circulación de mercados y capitales. Pero nuestros vecinos del Sur, sin pedir permiso a las agencias de calificación, han optado por la democracia, por muy incierta que resulte, frente a la dictadura, que tanta confianza transmite a los mercaderes del dinero.
Es curioso el desamparo en que quedan los mecanismos del "sistema" cuando éste se desbarata. La televisión oficial tunecina, al descabezarse el poder al que obedecía, no sabía qué actitud tomar, qué noticias debía dar. Faltos de consignas, sus responsables se justificaban diciendo que no podían actuar de otra forma a como se les mandaba y ahora no tenían a quién obdecer. Su desconcierto llegaba hasta el punto que, mientras la prensa internacional daba noticias de la huída del dictador, ellos seguían transmitiendo consignas de un poder ya fenecido. "La Tele es como un prisionero que hubiese salido de la cárcel y no supiese dónde ir", "No tenemos la costumbre de ser libres", son comentarios de algunos periodistas tunecinos, que explican así tal desconcierto.
En fin, la libertad siempre produce desasosiego. Por estos pagos europeos, nuestros sesudos dirigentes andan muy preocupados por temor a que el vacío de poder, que se produce cuando triunfa una revuelta popular, venga a ser ocupado por los islamistas radicales. Lo que, de forma indirecta, sirve de justificación a la necesidad de una autoridad férrea, no sólo para tranquilizar a esos "Mercados", cuanto para liberarnos, a los mansos ciudadanos de este lado del Mediterráneo, del terror a la gumía del sarraceno fanático... Pero no se nos dice que los extremismos religiosos y políticos son consecuencia, al menos en parte, de la reacción a un poder que impide cualquier manifestación de disidencia. Incluso en Túnez, uno de los países árabes más laicos, se empezaba a dar el fenómeno de la observancia religiosa estricta como oposición a un poder corrupto. Es el caso, según leo, de muchachas que usaban el velo islámico, mientras que sus madres, no.

Aunque parezca no tener nada que ver: Los jacobípetas que hacen el Camino, cuando entran en la villa navarra de Obanos, pueden leer sobre la puerta de la muralla: Pro libertate patriae, liberos estote", que era el lema de los infanzones medievales de aquella villa. "Sed libres para que la patria sea libre", - de tiranos y de "mercados", habría que añadir actualmente -. Lema que, sin saberlo, han hecho suyo los tunecinos, y espero que también los egipcios, los yemeníes, los jordanos, argelinos, libios, marroquíes. Hombres libres en un país libre, en árabe y en cualquier idioma.
Inch´Allah!, que dirían nuestros vecinos del Sur.

martes, 1 de febrero de 2011

Por las cañadas, pisando nieve.-








Lo mejor de las andanzas serranas es cuando, al placer de caminar, se une el interés cultural. En esta ocasión, con la Agrupación Aire Libre del Ateneo de Madrid, hemos cumplido las dos finalidades: recorrimos, el pasado sábado 29 de enero, el tramo de la Cañada Real Segoviana entre Valdemanco y Buitrago, pasando por el Puerto del Medio Celemín y la subida de Matallana hasta El Cuadrón para, desde allí terminar en Buitrago de Lozoya, pasando cerca del embalse de Río Sequillo: un recorrido por el pie de sierra que nos lleva sobre la antigua cañada ganadera.


Por esta cañada transitaron durante siglos los ganados del Honrado Concejo de la Mesta, que se desplazaban, buscando los pastos de verano, desde Extremadura hasta la sierra de Neila, en Burgos. En total, unos 500 kilómetros de recorrido. Nosotros, claro está, hacemos un pequeño tramo, unos 18 kilómetros. Nos mueve solamente el interés deportivo y cultural, y por lo tanto, hacer este camino no implica mayores obligaciones que llevar buen calzado, ropa de abrigo y el indispensable bocata en la mochila. La nieve se encargará de empaparnos las botas, a pesar de ir pertrechados con los guetres, y la caminata nos abrirá el apetito. Lo habitual en estos casos.





Es cosa sabida que la mayor riqueza de Castilla, durante la Edad Media, fue la ganadería y sus derivados: especialmente, la lana, que era tratada en los ranchos de esquileo y lavaderos - muchos de cuyos restos aún pueden verse a lo largo de los caminos -, para ser exportada a diversos países europeos.

Este gremio de la Mesta fue fundado por Alfonso X el Sabio, quien dio privilegios y exenciones fiscales a las asociaciones ganaderas, cuyos mayores propietarios fueron la nobleza y la Iglesia. La Mesta se disolvió en 1836, bajo la regencia de la reina María Cristina. Con estos apuntes someros, vale para esta croniquilla.






Cinco siglos de pervivencia que han dejado huella a todo lo largo y ancho de la Meseta. El Consejo Europeo, preocupado por la diversidad cultural de los países miembros, recomendó la conservación de las cañadas ganaderas españolas como muestra de nuestro acervo cultural e histórico. Con esta finalidad, la C. A. de Madrid ha ido marcando las antiguas cañadas, dentro de los territorios de su competencia, para su mejor conservación y disfrute por los caminantes. Hay que decir que muchas de ellas, en algunos tramos, han desaparecido por culpa del aprovechamiento privado en contra del interés general.



Parte de este recorrido ya lo habíamos hecho hace un par de años, cuando estuvimos recorriendo la ruta del Arcipreste de Hita, del que seguimos sus pasos bajo la guía de Guillermo García Pérez, quien ha hecho un estudio-guía basado en las andanzas que el Arcipreste describe en su Libro de buen amor. Con lo que no está de más advertir al improbable lector que acaba de publicarse Ruta del Arcipreste (Ed. Polifemo), del amigo Guillermo, por si alguien siente curiosidad y decide hacer este camino histórico, menos asendereado que el consabido Camino de Santiago, tan turistizado y mercantilizado.


Puede verse en las fotos: la nieve cubría los montes, los campos y los caminos, lo que añade a estos parajes una belleza de la que pocas veces puede disfrutar el asfaltícola madrileño. La subida al puerto del Medio Celemín resultó fácil, a pesar de la nieve, y tuvimos ocasión de contemplar, a nuestra derecha, la sierra de la Cabrera con su perfil recortado, y el Mondalindo, atrás y a nuestra izquierda. Dicen que el nombre de "medio celemín" le viene a este paso de que era el portazgo que pagaban los pueblos que iban a moler el grano a los molinos de Lozoya. El celemín es una medida de capacidad para cereales que equivale a 4,6 litros.


En El Cuadrón nos cruzamos con la carretera que se interna en el Valle del Lozoya. Comimos el bocata en un bar, regándolo con buen vino y tacitas de caldo. Desde allí, hasta Buitrago de Lozoya, pasando junto al embalse de Río Sequillo, nos quedaban unos 8 kilómetros, que hicimos con la tripita caliente y los pies húmedos.


La marcha estuvo bien, pisamos nieve sin mayores dificultades, charlamos por los caminos y terminamos nuestro caminar con los habituales objetivos cumplidos: las tres "S". Me explico: en nuestro grupo solemos decir que hay que regresar a casa Sanos, Salvos y, a ser posible, Secos. Y, aunque es verdad que esta vez no se cumplió la tercera condición -la de llegar "secos"-, una ducha calentita en casa se encargó de poner las cosas en su sitio.







miércoles, 26 de enero de 2011

Cosas que he leído sobre el negocio de la salud.-

Un servidor -nunca lo ha ocultado- pertenece a esa gran mayoría de ciudadanos a los que los desaguisados que cometen con nosotros le rebosan por todas las costuras intelectuales y no sabe bien dónde echar el remiendo para que el traje le siga sirviendo, aunque sólo sea para taparle sumariamente las vergüenzas de la ignorancia.
Lo digo porque uno, que es jubilata y, en razón de los desperfectos físicos propios de la edad, modesto consumidor de medicamente, se ha echado a la cara un interesante artículo sobre el negocio de la industria farmacéutica en el campo de la salud pública. Bien es verdad que las articulistas hablan del gran negocio del medicamento en Francia, pero las líneas generales son aplicables a cuarquier país europeo y nosotros somos píldoras del mismo frasco.
Principio básico de las farmacéuticas: toda persona sana es un enfermo que se ignora. Razón más que suficiente para invetar enfermedades.
El danés Mikel Borch-Jacobsen, historiador de la psiquiatría, escribió Enfermedades a la venta, obra en la que dice, entre otras cosas que, en tiempos, se creía que los medicamentos estaban para curar enfermedades, actualmente se crean enfermedades para vender medicamentos, y las enfermedades que no requieren de un medicamento bajo patente, no existen.
Pone algún ejemplo: en 2007, Pfizer lanzó Lyrica, para mujeres maduras con síntomas débiles de fatiga general, dolores musculares difusos, sin ningula lesión orgánica observable. Pero como un buen tratamiento no hace daño a nadie, Lyrica se vende en todo el mundo y ha recaudado 1.800 millones de dólares en un solo año. Eso a pesar de su probada inutilidad y los efectos secundarios que produce: insomnio y obesidad.
Los variados estados anímicos por los que pasa cualquier humano se cubren bajo el paraguas de la "depresión", de forma que hay antidepresivos para todos los gustos: para el mal de amores, la tristeza, la fatiga o la angustia vital. Así la timidez y el retraimiento social o el temor a hablar en público se agrupan bajo el "síndrome de ansiedad social"; las explosiones de cabreo al volante son "perturbaciones explosivas intermitentes"; ese mal humor, previo a la regla, que se les pone a las mujeres en edad fértil, es una "perturbación dysphorica premenstual"... Y así. Por supuesto, no hay síntoma sin medicamento. Dígame qué tripa le duele y yo le invento la correspondiente enfermedad con su tratamiento. Luego, la sanidad pública se hará cargo de los gastos.
Y no solo es eso; es que se inventan medicamentos que son copia de otros que, con el paso del tiempo, han pasado a ser genéricos y con precios fijados por los poderes públicos: por lo tanto, más baratos. El proceso es fácil. se les hace un lifting y se les pone cara nueva. Basta con añadirle una vitamina -por ejemplo- al principio activo del viejo medicamento y ¡Hop! ya tenemos un nuevo medicamento blindado por una patente de laboratorio. Como quien dice, se le añade un placebo y se vende como un nuevo hallazgo de la industria farmacéutica. Por ejemplo, el Prozac, que en Fracia es genérico (aquí, no lo sé), ha sido reemplazado por el Zolft o el Deroxat, mucho más caros por ser nuevos.
¿Los ensayos clínicos? Los laboratorios no están obligados, salvo para patologías graves, a comparar su nuevo producto con otro preexistente y demostrar que son más eficaces. Incluso han llegado a ocultar sus ensayos clínicos cuando son negativos, como Merch con su antidepresor Vioxx, retirado del mercado en 2004 y presunto responsable de la muerte de unas 30 mil personas en EE.UU. Hay más ejemplos, pero con un botón de muestra ya vale.
Y, en cuanto a las enfermedades olvidadas, como el mal de chagas, el dengue o la enfermedad del sueño, y tantas otras endémicas en sociedades pobres -véanse los boletines de emiten Médicos Sin Fronteras- no exite investigación para ponerles remedio porque no existe mercado que asuma sus costes. Los laboratorios farmacéuticos son parte del engranaje del mercado financiero y es cosa sabida que las grandes corporaciones están para repartir beneficios, no para salvar a la humanidad de sus males. Faltaría más.
Según lo veo yo, ahora que los financieros ya no se conforman con manipular a los gobiernos desde la sombra, sino que están tomando posesión de ellos y dirigen su política social y económica, sería el momento para que los dirigentes de la industria farmacéutica se hiciesen cargo directamente de la salud pública, sin políticos intermediarios. Algo nos ahorraríamos.
El personal de asfalto seguiría siendo rata de laboratorio para cualquier experimento que redunde en beneficio de quienes controlan las finanzas, las políticas de salud pública y cualquier otra actividad social digna de ser exprimida.
Por si acaso me he quedado más en la anécdota que en la noticia, propongo al improbable lector de esta bitácora que lea el artículo y el informe. Los puede encontrar en Le Nouvel Observateur, nº 2410, del 13 al 19 de enero de 2011.
Un servidor se ha dado por enterado.

jueves, 20 de enero de 2011

De Patones al Pontón de la Oliva.-


Por fin, la primera marcha de senderismo de este año, para ir abriendo boca. El día, este pasado sábado 15 de enero, ha salido espléndido, soleado y de buena temperatura; tan buena que pudimos caminar en mangas de camisa.

Salimos de Patones de Arriba y seguimos, entre tierras de pizarras, el curso del arroyo del mismo nombre. Éste bajaba crecido y, como el camino va en paralelo y, a veces, sobre el propio arroyo, nuestro ascenso hacia el collado de las Palomas fue un continuo chapotear entre agua, lajas de pizarra y turberas.


Para quienes vivimos en Madrid, Patones de Arriba es un pueblo muy conocido y frecuentado, por lo característico de su arquitectrura en piedra y pizarra, por sus calles enlosadas y por la abundancia de restaurantes y otros atractivos turísticos. Tiene incluso su leyenda sobre el "Rey de los Patones", ya que fue este lugar un minúsculo reino dentro del reino de las Españas, hasta los tiempos de Carlos III. Pero, curiosidades y gastronomía aparte, estas tierras, enmarcadas entre el Jarama y el Lozoya, que es tributario suyo, merecen una buena paseata y nunca está de más darse una vuelta por ellas.

Subiendo curso arriba del arroyo (seguimos la llamada senda de Genaro) hacia el collado de las Palomas, podrían parecer estos lugares una estepa desguarnecida de vegetación por la ausencia de árboles de buen porte, pero todo el suelo está cubierto de un manto vegetal que abunda en especies aromáticas, tales como romero, jara pringosa, cantuseo, mejorana, tomillo; también abunda el lentisco, el brezo, el rosal silvestre, y arbustos como majuelos y enebros; y en el cauce del arroyo, chopos y salicáceas. Todo un parque botánico..
Desde el collado de las Palomas, damos vista sobre el embalse del Atazar y caminamos entre pinos de repoblación hasta el lugar del antiguo poblado, donde vivieron los trabajadores durante la construcción de la presa. Desde aquí damos cara al
vallejo del Lozoya, que se tiende en un gran meandro que va bordeando los cerros pizarrosos, cuya orografía le obligan a trazar esa gran curva de 180 gramos para buscar salida hacia la antigua presa del Pontón de la Oliva. Pasada la presa, el Lozoya rinde su cauce en el Jarama.

Siguiendo el curso del Lozoya, pasamos junto a la almenara de Navarejos, donde hay una presa, construida en 1860. Allí nace un canal que va empotrado en la pared rocosa, que abastecía de agua a Madrid. Actualmente, junto al camino, pueden verse algunas bocaminas que dan acceso al canal.

La presa del Pontón de la Oliva es una obra de ingeniería hidráula que ha quedado como una estupenda muestra de arqueología industrial, ya que servir, lo que se dice servir como represa de las aguas del Lozoya, apenas pudo cumplir esa función, ya que el río transcurre sobre calizas y terrenos kársticos que originan grandes fugas de agua. Los ingerieron de dona Isabel II se lucieron, los pobres al elegir estos parajes, de una belleza imponente, por otra parte.

Recorrer estos lugares, cuya altitud está en torno a los 800 metros, es fácil y agradable. No solo por los parajes, sino porque uno puede observar las primitivas instalaciones del Canal de Isabel II para la traída de aguas a la capital. Quien no conozca la zona, quedará sorprendido de la belleza paisajística de estos lugares. No hay más que ver el discurso del río entre los enormes paredones calizos, verticales como cortados a cuchillo, donde los escaladores practican su trepa arriesgada.

Los que no somos tan atrevidos como para colgarnos de una pared, preferimos caminar sobre nuestros pies y dejar que el entorno nos llene los ojos de tanta belleza, que luego volvemos a Madrid, al asfalto cagado de perros y a la polución, y nos ponemos de mala uva.









jueves, 13 de enero de 2011

A toro pasado.-

Lo normal, cuando un año termina, es echar la vista atrás y pararse un rato a pensar y recordar qué nos ha deparado el año que dejamos atrás. Una recapitulación que se puede hacer desde las hemerotecas, desde los refritos que las cadenas televisivas preparan para la ocasión, o desde esa penosa sensación colectiva que nos ha dejado 2010 de ser el año más lamentable que hemos vivido en mucho tiempo. Pero es algo que dejaremos en manos de quienes mejor saben explicarlo: nos lo darán debidamente digerido y no tendremos que pensar. Luego, cada cual podrá tragarlo o vomitarlo.
Pero no es de eso de lo que quería hablar. Es que a uno se le hincha la vena pesimista y se sale de sus modestos límites de jubilata perplejo. Quería decir que, sorprendido una vez más de haber cambiado de año, casi ni me había dado cuenta de que habíamos casi llegado al meridiano de este mes de enero, el primero de 2011, sin haberme parado a reflexionar sobre el año recién finado ni a hacer propósitos para el actual.
Motivos para la reflexión sobre la vida personal podría sacarlos del diario de cada día (es redundante, pero me gusta) que anoto cada noche, como quien hace examen de conciencia. Es lo que don Miguel llamaba la intrahistoria, la pequeña historia que forjan los seres anónimos carentes de cronistas áulicos que canten sus hazañas. Pero un servidor ha decidido que no, que este año pasado no merece una reflexión personal; que ya ha sido suficiente con vivir el año día a día como para tener que revivirlo por junto cuando daba los últimos coletazos. Además, un servidor no quiere aburrir al improbable lector con monsergas sobre el ingrato 2010. Un servidor se ha limitado a marcalo con piedra negra, a declararlo nefasto y a hacerle una pedorreta.
Pasado y olvidado. Pero ¿Qué hacer con el recién estrenado? Es de obligado cumplimiento hacer propósitos para el nuevo, pero nos han quitado un excelente propósito muy útil por recurrente: dejar de fumar. ¡Daba tanto juego! Entrabas en un bar, pedías un café, encendías un cigarrillo y empezabas a toser, y te jurabas por todos los alcaloides de la solanácea nicotiana tabacum que , tomadas las uvas de fin de año, dejabas de fumar. Por supuesto, no lo cumplías, sobre todo pensando en que así tendrías ocasión de repetir la promesa el próximo fin de año. Ya se sabe: el infierno está empedrado de buenos propósitos.
Y también, lo del fumeteo, junto con las conversaciones sobre el tiempo, resultaba muy útil para rellenar silencios en esos diálogos que se marchitan por falta de asunto. Encendías un cigarrillo y ya tenías algún censor chafardero tirándote de las orejas y tú tratando de justificar el vicio nefando. Eso, de siempre ha animado mucho las conversaciones mortecinas y era un reforzador de la autoestima de los quidam inquisitoriales.
Es una lástima, pero con la ley anti fumadores (Corruptissima republica plurimae leges, que dijo Tácito) nos han quitado la posibilidad de ese buen propósito anual de repudiar a doña Nicotina y dejar de fumar a primeros. Ya no merece la pena. Empujados los fumadores al último rincón de la reserva piel-roja, somos especie a extinguir. Yo ya ni lo lamento. Desde hace años, mi ingestión de humo de tabaco se limita a una actividad testimonial: uno o dos cigarrillos (como mucho) diarios; eso siempre que el respetable no se me alborote y abandone, escandalizado, esta modesta bitácora de jubilata fumatario que sigue incinerando un cilindrín con el cafelito de media tarde.
Pero, ahora que me doy cuenta, tampoco quería hablar de eso. Se ve que con el cambio de año no me centro, y eso que los Reyes Magos han sido generosos. Entiéndaseme, cuando hablo de los Reyes Magos es por no contradecir el tópico, ya que un servidor hace muchos lustros que dejó de creer en ellos, y algunos menos, en desconfiar de los políticos. Pero allá se van los unos y los otros con sus falacias.
El día de Reyes, junto con el roscón, recibí un par de guantes (regalo pactado, yo regalé un par de zapatos), y tres libros: Todos somos Albert Camus, de Luis Agius, Historia, de Heródoto, e Historias III-IV, de Tácito. Respecto al primero, es más bien el libreto de una obra de teatro que representa a Camus en un momento de crisis vital, y el autor de la obra - de una forma optimista, aunque no lo parezca - parece mantener la tesis de que todos nosotros estamos sumidos en un angustia existencial que nos hace equiparables a Albert Camus. Pero uno, que es jubilata en una gran ciudad, mira a su alrededor y no sabe de nadie que se plantee las grandes cuestiones sobre el Ser, la Nada, el sentido de la Existencia, Dios... y otras grandes abstracciones con mayúscula. Por eso digo que el autor es un optimista, porque cree que todavía somos capaces de pensar en algo que transcienda las rebajas de enero, el voyeurismo impúdico de Gran Hermano y otras preocupaciones tan pedrestres.
Respecto a la Historia de Heródoto, ya iba siendo hora de leerla. Más desde que leí Viajes con Heródoto, de Kapuscinski, maestro de periodistas que merezcan tal nombre, quien salió a descubrir y describir el mundo llevando como bagaje un ejemplar de aquel libro. Si a él le abrió tantos mundos ¿por qué no a mí? La cosa promete largas horas de grata lectura.
Y por fin, las Historias de Publio Cornelio Tácito, en edición bilingüe, que prometen sumergirme en los revueltos tiempos de la Roma imperial bajo el dominio de la estirpe Julia-Claudia. Y, para que se vea lo actual que puede llegar a ser el autor, dejo esta frase suya: "Auferre, trucidare, rapere falsis nominibus imperium, atque ubi solitudinem faciunt, pacem appellant". Lo que viene a cedir: "A la rapiña, el asesinato, el robo, llaman por mal nombre gobernar, y allí donde asolan lo llaman pacificar". En traducción muy libre, claro.
Que el improbable (y paciente) lector me disculpe, esta vez es que no he conseguido centrarme.

jueves, 6 de enero de 2011

La primera en la frente.-


Año nuevo, vida nueva, dicen. Será en otra galaxia, porque lo que es en este mundo y en esta Ex-paña, la vida sigue igual, como cantaba Julito el Meloso. Y al decir que sigue igual quiero decir que sigue igual de jodiente, si se me permite expresarlo con ese palabro.
Uno ya no se hace demasiadas ilusiones respecto a eso de ser ciudadano europeo, cuando, desde la última crisis financiera, ha dejado de pertenecer a tal categoría para convertirse - a la fuerza ahorcan - en consumidor, en usuario de bienes chinescos, en herramienta manipulable por los llamados "poderes fácticos", o en simple estadística. Pero todavía me queda el recurso al pataleo y pienso aprovecharlo.
Y, a todo esto ¿a qué viene la perorata? - se preguntará el improbable lector.
Pues viene a que he recibido una factura de Movistar con los cargos a mi teléfono móvil y encuentro con que me cobran 2 euros por dos conexiones a Internet los días 13 y 14 de diciembre pasado.
En mi vida he hecho tal cosa, lo de conectarme a la Red a través del móvil; un gasto inútil teniendo, como tengo, tarifa plana para el ordenador de sobremesa, por la que pago una pasta indecente a Telefónica (o Movistar, que son el mismo sacamantecas con distinto nombre).
Sí señor, dos euros que me salen del bolsillo de jubilata y del hondón del alma, aunque al improbable lector le parezca una nimiedad. Pero es que uno no pelea por el huevo, sino por el fuero y se ofusca cuando tiene que lidiar con molinos y gigantes.
Ya que de nada sirve ser ciudadano, por lo menos, en cuanto consumidor, está dispuesto a ser responsable y procura no hacer gastos inútiles. Y conectarse a Internet a través del móvil, para un jubilata en mis circunstancias, es una gilipollez de tamaño natural. Y e estas edades, de gilipolleces, las justas.
Pues, eso, que voy y llamo al 1004 para reclamar. Primero, dos esperas de seis minutos, con musiquilla y sin nadie que me atienda, así que me mosqueo y cuelgo. Luego, al tercer intento, una voz de un asalariado mínimo-eurista (sospecho que lo de mileurista le resulta inalcanzable al pobrete) que me habla en una lengua asaz incomprensible, pero que se parece bastante al español. Me esfuerzo y sí, resulta que sí habla en español. Un español entreverado de portuguesismos y lleno de vocales cerradas que no alcanzo a descifrar. Pongo todo el empeño por mi parte y se inicia una conversación con lagunas de silencio y penosas incomprensiones. Sospecho que el mínimo-eurista me habla desde Brasil, como muy cerca. Debe ser cosa de la externalización esa, pienso, y procuro vocalizar bien y hablar despacio. El empleado de la subcontrata Telefónica, desde allende los océanos, dice que me entiende, pero yo a él ni flowers.
Del diálogo para besugos consiguiente (16´37´´ en plan "oigá, oigáa... ¿me s´escucha?, mandééé..., me diga..." y así) saco en claro que allí consta el gasto por dos conexiones (0,24 y 0,33 Kb) y eso va a misa. A ver, Movistar es juez y parte en el asunto y yo no tengo forma de demostrar que no me conecté al invento, así que de víctima del atropello me veo convertido en reclamador malintencionado. Un océano de incomprensiones (idiomáticas y de intereses) nos separa.
Descorazonado, cuelgo.
Todavía echo cagamentos cada vez que me acuerdo de los dos euros que han ido a engrosar la cuenta de resultados de la voraz Telefónica. Si pudiera, le digo a un amigo, aniquilaría a la maldita Telefónica/Movistar; y él, que es ingenuamente patriota, me dice no sé qué de que es una empresa española, un acorazado hispano en el proceloso mar de las corporaciones, en fin, un valor económico sólido de nuestro país. Yo le digo que las corporaciones capitalistas no tienen corazón ni patria. A lo sumo, tienen la cartera en lugar del corazón y, en lugar de patria, paraísos fiscales donde han ido a parar mis dos euritos de jubilata congelado.
Ya ve el improbable lector qué forma de comenzar el año ¡¡Cagüental...!!

viernes, 31 de diciembre de 2010

Madrid, mendigar en navidad.-


El caso es que, estos días navideños, en las calles céntricas de la ciudad ha brotado una gran cosecha de mendigos. No es que los mendigos, indigentes, menesterosos y otros subproductos humanos, regurgitados por nuestra sociedad desigualitaria, estuviesen en embrión bajo las grietas del asfalto a la espera del tiempo propicio para florecer. No. Es que las fiestas navideñas, con su paga extraordinaria, con sus pulsiones consumistas a tope de revoluciones, con su fingido espíritu de amor cristiano a plazo fijo, y con toda la parafernalia aparejada para la ocasión, vienen a ser el caldo de cultivo donde florecen los miserables de la tierra y toman cuerpo y presencia.
Que se me perdone lo dicho hasta aquí y lo que sigue a continuación. No pretendo hacer un alegato contra la injusticia social - que debería ser tarea de todos los días - ni pretendo ponerme trágico para amargar el turrón al improbable lector desde esta bitácora de jubilata ocioso. Ni hablar. Es que, simplemente, me limito a constatar una realidad que se hace más evidente en estos días navideños: los mendigos nos salen de debajo de la alfombra.
Están ahí y a nadie que ande por la calle se le escapa su presencia, a poco que aparte la vista de las luces navideñas y de los escaparates.
Uno se hace cargo de que el mendigo, el que sobrevive a salto de mata, el que ayuna hoy y no come mañana, todos ellos, tienen que aprovechar estos días para rascar el bolsillo del paseante y, activando el mecanismo de su mala conciencia, hacer que éste vaya dejando un reguero de moneditas en los vasitos de plástico, latas, gorras mugrientas o cualquier receptáculo que el indigente utilice para recoger tan menguada cosecha. Y eso de la mala conciencia pequeño burguesa es un mecanismo que se dispara con más facilidad en estas fechas que el resto del año. Un servidor puede dar fe de haber sufrido sus efectos estas navidades.
Porque uno sale a pasear con su santa, Teresa, y camina por Goya, o por Preciados, dispuesto a ver esos escaparates tan atrayentes del Corte Inglés - pongamos por caso - y se encuentra al indigente tumbado en la acera, arrebujado en una manta mugrosa, no se sabe si durmiendo o muriéndose despacito; o al individuo con su cara pintada de payaso triste y un cartón entre las manos que dice "Tengo hambre"; o al joven inmigrante - tan joven que uno se asusta al pensar que éste ha renunciado tan pronto a luchar por una vida digna - con su chupa de adolescente y pelándose de frío, apoyado junto al escaparate del Museo del Jamón. Todos ellos esperando el magro maná de los centimitos que van cayendo del bolsillo del viandante apresurado.
Los ejemplares de infrahumanos (no lo digo por menostrecio, sino por negar sus derechos a la hipocresía del lenguaje políticamente correcto) abundan tanto y son tan variopintos que cada cual puede poner los ejemplos que más le apetezca. A un servidor, personalmente, quien más le impacta es un vejete renqueante sobre una muleta, con unos enormes ojos azules humildes, apostado en el paso de peatones frente al Banco de España, que se te acerca y suplica la limosna con palabras en lengua extraña. El hombre agita delante de tu cara un vasito furruñoso e insiste. Tú das un paso atrás con desagrado y él lo da hacia delante; tú te desplazas un paso hacia un lado y él hace otro tanto; tú miras con impaciencia hacia el semáforo, maldiciendo porque no se pone verde, y él sigue insistiendo con esa mirada azul y porfiada que parece reprocharte: Pero, hombre ¿No ves que estoy aquí? Si es solo una moneda...
Lo que he dicho antes: mala conciencia. Los desheredados del capitalismo es lo que tienen, que son material humano de desecho, antiestéticos, molestos y, encima, tienen un arma que utilizan sin pudor: hacerte sentir mal. Y, a fuerza de exhibir sus penurias y hacer que te sientas responsable de ellas, consiguen que sueltes medio euro a qualquiera de ellos.
Quizás no lo sepan, pero practican una especie de solidaridad gremial que da sus pequeños frutos. Ves tantos miserables de una sola tacada - entreverados con los escaparates corteingleses, con las apetitosas pastelerías, el lujo de las joyerías y las tiendas de moda - y tan necesitados todos ellos, que comienzan a dolerte las tripas de la conciencia.
A uno no lo miras, a otro haces como que no lo ves, al de más allá lo soslayas, y a todos ellos les niegas la existencia con tu indiferencia, pero la impresión de sus miserias se te va acumulando en el fondo de la retina y te baja hasta los entresijos de la conciencia con un regusto amargo. Al final, lo consiguen. Vas con tus bolsas de compra y empiezas a avergonzarte de terner una tarjeta de crédito en el bolsillo, y empiezas, también, a sentirte como un egoísta sin entrañas. Cuando no soportas más tu mala conciencia - de eso se trata - echas mano al bolsillo, sacar medio euro y lo sueltas a cualquiera de ellos, qué importa a cuál ¡Qué alivio! Ya no te duelen las tripas del alma, ya puedes ver escaparates con la conciencia tranquila y ya puedes acariciar la tarjeta de crédito que llevas en la cartera, junto al corazón.
Si los pobres de pedir se sindicasen en un Corral de Monipodio (como en Rinconete y Cortadillo) podrían reunirse al final de la jornada pedigüeña, poner en común la recaudación y, en un acto de justicia distributiva que les niega la sociedad, repartirse las monedas según el principio de a cada cual según sus necesidades. Y podrían - pero no son conscientes de ello - sacar mejor partido a su herramienta, esa de intranquilizar conciencias entre los que tenemos casa, sueldo, familia y la bandeja de turrones sobre la mesa.
Puestos, ya digo, a sindicarse en el gremio de los hambrientos de pan y respeto social, hasta podrían amargarnos las navidades yendo en catervas astrosas por los centros comerciales, gritando su hambre y exigiendo justicia. Pero, puestos a hacerlo, mejor que lo hagan en grupos numerosos, no les vaya a pasar lo que a quel mendigo que vi patear en el lujoso
mercado de San Miguel las otras navidades, proque se atrevió a pedir limosna dentro del recinto.
Por fortuna para nosostros, no son conscientes de la fuerza que puede dar el hambre puesta en común, y cada uno de ellos se encarga de su personal subsistencia. Cada uno va a lo suyo, tal como hacemos nosotros, los que comemos todos los días.
Yo, con un euro que le di a un desarrapado taciturno en vísperas de Navidad, ya me siento feliz hasta después de Reyes ¡Es tan barato!

sábado, 25 de diciembre de 2010

Cuento ejemplar navideño.-


Nunca recibió tantas muestras de solidaridad como aquellas navidades que pretendió vivirlas en solitario. Su mujer, cuya tediosa vida había llegado a la plenitud el día que consiguió parir la parejita, decidió, en un insospechado arranque de autosuficiencia, que cogía a los niños y pasaba la Nochebuena en familia, con su mamá, no sin antes colmar de reproches al marido adusto y misántropo que despotricaba ante el besugo de a 60 euros el kilo.

Él, al verse abandonado en tales fechas, con gesto compungido para ocultar una alegría que se le salía por las comisuras de los labios, le juró con toda desvergüenza que la echaría de menos en noche tan señalada.

Una tortilla francesa y una ensalada serían su cena, mientras escuchaba el Oratorio de Navidad de Juan Sebastián Bach. Un rato de lectura y la dicha de vivir el silencio serían actos satisfactorios que culminarían sus más íntimas y elementales necesidades.

Pero, ya a media tarde, la suegra le telefoneó para reprocharle el abandono en que dejaba a su familia, a la vez que, sin sutileza ninguna, se hacía en voz alta alguna reflexión sobre la lamentable suerte que había tenido al tocarle tal yerno, más raro que un gato verde y más antisocial que un drogata.

Compañeros de oficina hubo cuyo empeño en llevárselo a casa a cenar fue repelido con gruñidos que le valieron odios para el resto de su vida laboral. Amigos bondadosos y plastíferos estuvieron a punto de echarle la puerta abajo para secuestrarlo en nombre del amor fraterno que emponzoña en estas fechas el espíritu navideño. Hasta los vecinos de al lado, partícipes, a través del tabique, de las broncas familiares, se brindaron con melíflua hipocresía a sentarlo a su mesa. Incluso hubo alguna ONG, de esas que socorren a solitarios y desamparados en los fríos días invernales, que pretendió llevárselo a un comedor comunal donde compartir la sopa de la beneficencia, turrón de DIA y villancicos cantados con voz vinosa por los desheredados de la tierra.

Deprimido por tantos atentados a su intimidad y angustiado por la opresión de una sociedad solidaria a plazo fijo, decidió tirarse por el viaducto, ya que éste sería el único acto estrictamente personal en el que nadie podría interferir.

Caminaba por la calle de Bailén cuando fue observado por una patrulla de la policía municial que, con profesional celo y perspicacia deductiva, fruto de largos años de servicio, se olió la tostada del suicidio e impidió cualquier intento de auto inmolación sobre el asfalto de la vía pública.

Le metieron en el coche celular y se lo llevaron a los calabozos de los juzgados. Allí, un picoleto de buen corazón le dió un café con leche de la máquina y le dejó a solas con sus pensamientos.

Por primera, y única vez en su vida, vivió unas horas de soledad.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Impresionistas y otras impresiones.-


El caso es que esta semana pasada uno ha tenido en casa visita familiar a la que hemos agasajado con un chute de museos que la ha dejado culturizada por largo tiempo. Dijo, cuando llegó de Pamplona, que venía con intención de visitar algún museo y le tomamos la palabra más allá de lo que recomienda el deber de hospitalidad, hasta la pura saturación. Pobre criatura, la cantidad de museos y exposiciones que ha podido ver en estos días...
Últimamente Madrid parece empeñada en homenajear al impresionismo francés. Cuanto más gris e irrespirable se vuelve esta ciudad con la contaminación, y cuanto más sucia con las basuras a medio recoger, mayor es el empeño en mostrarnos las bellezas - siquiera en pintura - de la naturaleza en plena eclosión de colores y luces, los cielos azules y los aires transparentes. Cuanto más marrana está la ciudad, más impresionistas nos echamos al coleto que distraigan al personal de la cochambre municipal.
Si uno posa la vista sobre los raquíticos céspedes con calvas del parque del Calero (por ejemplo), lo que ve es el suelo público tachonado de marrón/mierda de perro por doquier y no esos verdes jugosos y esas pinceladas de colores vivos. Tenía razón quien dijo que va mucho de lo real a lo pintado. La realidad es más fea y más inmediata. Desengañémonos, nadie puede tener un Pissarro o un Monet en casa, pero tiene enormes posibilidades de pisar una cagada de chucho en la acera. La vida es vulgar y feucha, casi no hay ni que decirlo.
Renoir en el Prado, con multitudes ansiosas por hacer colas infinitas para consumir de visu su producción pictórica, y los Jardines impresionistas en el Thyssen y en la Casa de las Alhajas, despliegan toda la gama de colores luminosos y nos muestran la belleza cambiante de la naturaleza, los tonos dorados del atardecer, los primeros soles de la amanecida. Todo es belleza y armonía. Parece como si, de repente, a este Madrid estepario y habitualmente requemado por los soles meseteños y los hielos invernales, le hubiesen brotado todos los bosques, prados y florestas de la dulce Francia. Pero sólo en las salas de los museos.
Ya digo, es curiosa la concentración que estas semanas hay en Madrid de pintura impresionista. Incluso en la Fundación MAFRE, dentro de una interesante muestra de pintura norteamericana, una de las secciones está dedicada al impresionismo autóctono. Claro que uno, en su acreditada ignorancia, desconocía que existiesen impresionistas yanquis, tales como William Merritt Chase o John Henry Twachtman (que jamás lograré recordar).
Uno, que es europeo periférico, por educación y por inclinación es, además, eurocéntrico y se le nota en su barniz cultural. De las corrientes culturales norteamericanas, aparte conocer algunos célebres escritores, como cualquier aficionado a la literatura, apenas sabe de sus movimientos pictóricos. Conoce algo, como todo el mundo del pop art y de su profeta Andy Warhol. Sabe que fue un intento exitoso de transformar la Cultura (con mayúsculas y de élite) en cultura apta para el consumo de masas y que las célebres latas de sopa Campbell´s son un icono yanqui, al igual que la imagen de Marlyn Monroe: objetos de consumo masificado y de fama efímera: Arte de usar y tirar.También ha visto en las exposiciones algunos cuadros de Edgard Hopper, que reflejan la soledad del individuo en la sociedad moderna y que, a su parecer, tienen mucho más valor como testimonio humano que el colorido acrílico de los productos seriados de The Factory.
Pues bien, intentando vencer los prejuicios culturales a los que se siente tan aferrado, un servidor fue a ver la exposición Made in USA en la Fundación MAFRE y tuvo ocasión de observar las corrientes culturales de aquel país a través de su pintura. Desde la pintura paisajística, inspirada en una visión romántica de aquellas tierras casi vírgenes, previas a la industrialización del país y a las grandes migraciones, que cambiaron definitivamente la relación del hombre con la naturaleza, hasta las últimas vanguardias del expresionismo abstracto, allá por los años 40 y 50 del pasado siglo.
Pero, de todas las secciones en que se divide la exposición, quizás la que más le ha impresionado ha sido la dedicada al "realismo urbano", a alguno de cuyos componentes llamaron "precisionistas" por su afán de reflejar la ciudad en su cruda realidad impersonal (prescindiendo de una visión humanizada) como un marco inhóspito e impersonal donde se desenvuelve la sociedad industrial. La técnica que se emplea para mostrar esa sensación de soledad del individuo frente a la megalópolis fabril es la que corresponde en estos casos: colores fríos y planos, esquematización y veticalidad inspiradas en los rascacielos y las chimeneas de las fábricas, volúmenes reducidos a pura geometría, calles trazadas a tiralíneas, ausencia de personas que den vida... Una visión crítica de su propia sociedad industrial. Y uno pensaba que en yanquilandia no hacían más que mirarse el ombligo... Ya digo, uno es que se pone a observar y se le tambalea el sombrajo de los prejuicios culturales.
Uno, desde que lo conoció hace algunos años, siente admiración por Hopper. Y no precisamente porque encuentre belleza en sus obras (para eso están los impresioneistas) sino por la sensación de soledad y distanciamiento que se percibe en sus figuras solitarias, indiferente, que aperecen ignorar al espectador mientras se enfrascan en sus propios pensamiento y soledades. En la exposicón puede verse su obra Domingo, en la que un individuo, sentado en la acera de una calle solitaria, con lo que parece una tienda cerrada a su espalda, fuma a la espera de que vayan pasando las horas de inactividad dominical. Es una escena simple y desoladora. Bien distinta de las representadas por esos pintores barrocos del Prado que te incitan a participar del asunto que se desarrolla dentro del cuadro, mediante el recurso a algún personaje que mira hacia el espectador y le invita con un gesto a introducirse en la escena. Aqui, no. Aquí el espectador es un intruso al que la escena parece decirle: No hay nada que ver, amigo ¡Siga su camino!
Y ya puestos a hablar de arte norteamiricano, en la Fundación Juan March hay una larga muestra del paisajista Asher B. Durand que merece una visita tranquila. Se habla allí de "paisajes terapeúticos", como cuando yo voy a mis marchas serranas. Según parece, el pintor sufría depresiones en Nueva York y le recomendaron disfrutar de la naturaleza. Los bosques, lagos y montañas tienen, según Durand, un poder curativo sobre el espíritu.
... Y por hoy, vale.
Por cierto, la entrada anterior, la de Allumer sa pipe iba un poco de coña. Con tanto ajetreo de visitas estos días pasados, no tuve tiempo de escribir nada, así que coloqué ese pequeño texto en francés. Me explico: Se trata de un ejercicio escolar, de cuando estudiaba en el Instituto Francés. Por entonces, el escritor francés Philippe Delerm puso de moda la literatura minimalista con su obra La première gorgée de bière et autres plaisirs minuscules, y el profe nos mandó escribir un texto minimalista. Yo lo escribí sobre el placer de fumar en pipa.
Pues eso. Que el improbable lector me perdone el desbarre.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Allumer sa pipe.-


Il y a toujours quelque chose d’émouvant et hasardeux, semblable aux sentiments d’un aimant indécis, à l’élection d’une des pipes rangées dans son armoire pipière.
Les yeux glissent amoureux sur chacune d’elles en les caressant mentalement, songeant sa texture, son allure sinueux, la légèreté de son poids. Et ces petits objets de désir, comme concubines dans son gynécée, s’insinuent prêtes à offrir un instant de plaisir au fumeur.
On prend une, en bruyère, et les bouts des doigts parcourent doucement, d’un geste délicat, sa surface. Les formes arrondies de la pipe, sa surface polie, comme une peau lisse et tiède, semblent un sein féminin doux et chaud prêt à la caresse d’une main connaisseuse.
On pose à l’intérieur de la pipe le tabac à petites pincées en le serrant d’un geste moelleux. Quelques petits brins restent prisonniers entre les ongles et la chair des doigts index et pouce, dégageant un subtil arôme, prémonitoire du plaisir de la première bouffée de fume parfumé.
L’allumette, flambeau minuscule, allume le feu au four de la pipe, et un tout petit volcan odorant lance des fumerolles parfumées qui entourent le fumeur dans un nuage bleuté.
Alors on ferme les yeux, on aspire profond et le fume odorant envahit les poumons. Par un second à peines, le fumeur perde la conscience, un tout léger étourdissement lui transporte au paradis et il se sent flotter.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Según costumbre, hablando de oídas.-


Uno se apresura a confesarlo: lo que escribe en esta bitácora no es en absoluto original, porque siempre habla de oídas y no sería decente presumir de un pensamiento fundado en la reflexión profunda. Uno oye cosas y, luego, habla. Si los textos que aquí se vuelcan tuviesen alguna originalidad, seguro, seguro, estarían protegidos por mil royalties, por varios cerrojos de derecho de autor. Es norma de obligado cumplimiento que nadie muestre su originalidad gratuitamente. Pensar, elucubrar o tertuliar en la radio, la tele o el periódico son actividades que están sometidas a precio. Aunque carezcan de originalidad, con tal de que lo parezca, vale. En la bitácora, no (por lo menos, en ésta); no se pretende pasar el gato de la vulgar opinión por la liebre de la originalidad.
La bitácora es un campo franco donde uno puede disparar sus opiniones en cualquier dirección sin necesidad de pasar por inteligente, ni de blindar sus originalidades mediante cláusulas que le garanticen una contraprestación económica. Lo cual supone una doble ventaja: primera, que el improbable lector ya sabe que el fulano de la bitácora la usa como desahogo mental; segunda, que el dicho fulano sabe que el lector no espera gran cosa de sus opiniones, lo que le tranquiliza enormemente y le permite hablar de lo divino y lo humano sin temor a defraudar.
Lo dicho viene al caso, aunque traído por los pelos, porque uno querría hablar de la audición, este domingo pasado, de un concierto en el Auditorio Nacional. En estos tiempos en que los poderes públicos malbaratan el patrimonio estatal y los derechos ciudadanos al pie del altar del Moloch al que llaman “Mercados”, la audición de una sinfonía de Haydn es un bálsamo que le recompone a uno los entresijos del alma atribulada.
Con la sociedad alborotada estos días porque unos miles de personas no pueden (en este puente de la Consti) huir en avión de sus mediocres vidas por unos días; con un gobierno que los pone encima de la mesa frente al colectivo de controladores aéreos, privilegiado y odiado pero en funciones de chivo expiatorio muy a propósito para la ocasión; con un colectivo – éste desfavorecido socialmente - que hemos dado en llamar “parados de larga duración”, al que se le niega hasta el subsidio de subsistencia; con un Gargantúa insaciable – “pasar a manos privadas” dicen que lo llaman – que devora los restos de ese pastel que llamábamos estado del bienestar (contratos fijos, salud pública, educación, infraestructuras, Aenas volátiles)…, no nos queda otra que buscar un alivio momentáneo allá donde lo haya, o donde se halle.
Y uno (qué cómodo ese “uno”, esa forma impersonal de denominarse y hablar como si se tratase de otro) que no es hombre de acción como el Avinareta barojiano; ni disfruta de una ideología maciza y sin fisuras que le permita ir por la vida pisando como con bota militar; y ni siquiera tiene la inocencia de la credulidad domesticada – tan útil para no complicarse la vida –; ese uno, digo, cada vez que puede, se refugia en la trasnochada estética. Estética de andar por casa, claro; estética de clase media: una exposición por aquí, un concierto por allá, un libro, una paseata por la otoñada campestre… Retazos del placer estético a precio módico. Y de eso habla en su bitácora, y lo habla de oídas.
El caso es que Joseph Haydn escribió 106 sinfonías, doce de ellas en la capital inglesa, las llamadas sinfonías londinenses. Es un caso de trabajador prolífico que supo adaptarse a las necesidades del momento. Digamos que “hizo la reconversión industrial” cuando cambiaron las reglas del mercado de la música, aunque suene raro emplear esta terminología para hablar de un músico del S.XVIII. Piénsese que Herr Haydn es hechura del Antiguo Régimen; que vivió una larga carrera musical bajo la protección de la rica familia Esterházy, siendo su maestro de capilla. Cuando le pusieron en la calle, al cabo de 30 años de servicio, un empresario musical le ofreció dar conciertos en Londres, con lo que pasó de ser un sirviente de familia aristocrática a empresario autónomo, dando conciertos en el King´s Theatre de Londres, con gran éxito de público y amejoramiento de su caché y engrosamiento de bolsa.
De este periodo es la sinfonía 102 que escuchamos el domingo y bien me gustaría decir unas palabras sublimes sobre esta obra, o describir la emoción estética que sentí al verla dirigida por Giovanni Antonini, quien parecía tener a la orquesta en la punta de los dedos. Pero me temo que ni yo tengo capacidad para hipérboles musicales, ni el improbable lector me lo iba a aguantar. Sí diré que, de oírla en casa, enlatada en un CD, a oírla en la sala de conciertos va un mundo de cualidades sonoras y matices auditivos que no hay tecnología que lo logre igualar.
Porque el melómano ocasional, cuando encuentra entradas para una audición, no sólo escucha música, sino que la ve brotar de entre las manos del director. Éste es un demiurgo en proceso de creación de un mundo sonoro al que imprime su soplo creador. Un gesto, un movimiento de sus manos, hacen que las notas cosificadas en la partitura cobren vida y discurran como un soplo, se encrespen como oleaje, se rompan en un chisporroteo de luces sonoras, se conviertan en un murmullo armonioso o en un grito de emociones. El espectador se ve envuelto en un mundo sonoro que le transporta – por poco tiempo, bien es verdad – a un mundo ideal donde no cabe la vulgaridad del transcurrir diario. Un mundo donde, como decía un amigo de hace muchos años, se transita de la ética a la estética sin pasar por la mística.
Y, cuando uno pone los pies sobre la tierra y coge el periódico dominical y lee que Ánsar nos amenaza con volver a la política para perpetrar la restitutio Patriae en plan Isla Perejil, uno se teme que hay gente que carece de ética y de estética… y de sentido del ridículo.

jueves, 2 de diciembre de 2010

El tratro y la vida.-


Uno no va mucho al teatro, por razones que no vienen al caso, siendo, como es, el espectáculo que más le gusta. Uno ya sabe desde siempre que el teatro es un artificio, como lo es el cine. Aun así, prefiere el primero al segundo porque lo considera más “natural” y próximo al espectador.
De técnicas cinematográficas – que se le perdone la ignorancia – uno no sabe gran cosa; apenas que un fragmento de escena puede repetirse durante horas hasta conseguir que salga bien; luego, al montarla, se pega a la anterior y a la posterior y ya tiene uno una secuencia aparentemente perfecta y siempre igual a sí misma, no importa cuántas veces se proyecte sobre la pantalla.
En el teatro, no. El actor se la juega a cada representación, y el espectador está allí presente, acechándole, y se remueve inquieto en su butaca si las cosas no salen como debieran. No puede decirle el actor, si se trabuca: “Un momento, hombre, que repito la escena. A ver si ahora le gusta más”. Actualmente somos más circunspectos y apenas nos quejamos, pero en tiempos, ya se sabe, los espectadores no se andaban con miramientos y les tiraban tomates.
Por lo demás, tan artificioso es el teatro como el cine. El escenario teatral no deja de ser un espacio vacío, cúmulo de convenciones a las que llamamos decorados, que aceptamos por realidades. Los actores fingen un personaje que, por gracia de la acción, se transmuta en una persona viviendo su propia vida; viene a ser, como quien dice, un juego de muñecas rusas insertadas una dentro de otra: el actor dentro de la piel del personaje al que transciende como ser de ficción para convertirlo en una persona tan real como estemos dispuestos a creernos. Y el remedo de vida representada, mientras dura la obra, es tan semejante a la realidad que el espectador hace un acto de fe y se lo cree.
Con la única condición, claro está, de que nos encante, de que sea mágico. Esto es, por arte de birlibirloque el espectador se ve trasladado a un mundo maravilloso donde todo es ficción/realidad; lo sabe y no le importa, así que renuncia momentáneamente a su propia existencia y se mete en los entresijos de vidas ajenas que sabe fingidas pero verídicas y, por eso mismo, creíbles.
Ya digo, el teatro es una forma de encantamiento, como lo fue el retablillo de maese Pedro para don Quijote. Don Gaiferos, rescatando a su dama Melisendra de la morisma, era tan real que el caballero de la Triste Figura, por ayudarlos en su huída, sacó su espada y repartió mandobles hasta no dejar títere con cabeza. También a un servidor, de haber podido, le hubiese gustado saltar al escenario y convertirse en un personaje dieciochesco en la Francia que transitaba de la Monarquía a la Revolución. ¡Ah!No lo había dicho antes: la obra que estuvimos viendo fue Beaumarchais, de Sacha Guitry, interpretada por Joseph Mª Flotats.
De Pierre Augustin Caron de Beaumarchais uno sabia, desde el lejano bachillerato, que era dramaturgo y había escrito El barbero de Sevilla y Las bodas de Fígaro, y poco más. Así que indaga un poco en la vida de este personaje/persona y se encuentra con un hombre de origen modesto – hijo de un relojero – que estuvo al servicio de los dos Luises, XV y XVI, y fue espía, naviero, traficante de armas, prisionero en las cárceles reales, sufrió procesos judiciales muy sonados en su época, defendió la independencia americana y coqueteó con la Revolución francesa y casi le cuesta la cabeza. Una vida digna de representarse sobre un escenario.
Pero, como uno no tiene aptitudes de crítico teatral, poco puede decir salvo la admiración que siente por Flotats y su refinamiento cultural. Ya hace un par de años, tuvo ocasión de verle en La Cena, vis a vis con Carmelo Gómez. Representaban a dos conocidos personajes que vivieron la caída de la monarquía, la Revolución Francesa, el Imperio Napoleónico y la Restauración. Ocuparon altos cargos con Napoleón: el siniestro Fouché, director de la policía, y el taimado Tayllerand, ministro con Napoleón y restaurador de la monarquía en la personal de Luis XVII. Dos personajes, el uno siniestro y el otro depravado que se entendieron muy bien y a los que retrató certeramente Chateaubriand en sus Mémoires d´outre-tombe (por casa hay una edición de Garnier, 1989): “De repente, entró el vicio apoyado en la traición”, dice de ellos cuando los vio en la antecámara del rey.
Pues bien, La Cena nos contó cómo ambos enemigos políticos se alían en defensa de sus personales intereses. Después de ver a Flotats encarnado a Tayllerand en la escena, nunca me he podido imaginar al viejo diplomático dieciochesco más que bajo su aspecto y sus ademanes. Y me temo que, tras verle interpretando a Beaumarchais, cada vez que oiga Las bodas de Fígaro, de Mozart, o El barbero de Sevilla, de Rossini, no podré dejar de identificar en una misma persona a Flotats, Beaumarchais y Fígaro.
Ese Fígaro, enamorado de Rosina, de quien el conde de Almaviva quiere beneficiarse, le echa en cara al noble: “Porque sois un gran señor os creéis un gran genio… Nobleza, fortuna, riquezas… ¿qué habéis hecho para tener tantos bienes? Os habéis tomado la molestia de nacer, y nada más”. Fígaro trae al escenario aires de fronda y revolución, ya que critica al estamento nobiliario en tiempos de una monarquía absoluta. Beaumarchais habla por boca de su personaje y denuncia la injusticia de una sociedad estamental, donde el nacimiento condiciona a las personas. Puro reflejo de la vida.
En estos tiempos, Fígaro les hubiese echado en cara a quienes controlan los capitales especulativos: “Porque sois poderosos os creéis con derecho a saquear las naciones y empobrecer a los pueblos…”
Releo lo anterior y me doy cuenta de que llevo un rato divagando…Pero ¿Quién podría decir que el teatro no es reflejo de la vida?

martes, 23 de noviembre de 2010

La lógica del absurdo como juego.-


Estas últimas semanas ando metido en un taller de escritura por aquello de ponerme al día en cuanto a técnicas literarias y despabilar la imaginación. Es cosa sabida que, a según qué edades, se van muriendo neuronas con más rapidez que se regeneran; por eso, un poco de gimnasia mental siempre ayuda a que las supervivientes no estén anémicas.
Pues el caso es que en el taller este pretenden exprimir el idioma, hacer juegos de manos con él y obligarle a decir lo que habitualmente no dice por falta de habilidad del hablante. Para eso, inventar neologismos inútiles o definir absurdos improbables es un ejercicio muy valorado; así como escribir un texto coherente suprimiendo alguna vocal, o tomar una hoja impresa y, mediante el tachado de palabras o sílabas, lograr que diga algo totalmente diferente. Vamos, lo que llaman un lipograma: le quitas la grasa sobrante al texto y dependiendo de tu habilidad, lograrás un churro o algo ingenioso.
A veces, moverse por las fronteras mentales del idioma obliga a chapotear directamente en lo absurdo. Lo absurdo, como todo el mundo sabe, es una esfera mental con sus propias reglas que, habitualmente, contradicen la lógica y la recta razón.
Ahí va un ejemplo ilustrativo: tengo una cuenta en el banco - millones de personas las tienen - con cierta cantidad de dinero, por la que me dan 0,0 intereses anuales. El banco negocia con mi dinero - y el tuyo, y el tuyo, y... -, no me da explicaciones de en qué lo invierte, ni cuánto gana con él, y encima me cobra 9 euros semestrales por el mantenimiento de la cuenta. Me quejo y me contestan que mantener la cuenta abierta comporta gastos que he de asumir yo, pues es mío el dinero. Al manipular esa enorme masa dineraria - la que, entre todos, hemos dado a los bancos -, corre el riesgo (dice) de sufrir pérdidas y debemos compartir los riesgos. El banco es una institución muy seria que está para ganar dinero, no para perderlo, y hacemos mal en reclamarle algo que nos corresponde.
Le doy a la máquina de la lógica corriente y me pregunto ¿Cómo es posible que mi dinero – y el de millones de personas – le produzca tantos quebraderos de cabeza al banco? ¿Entonces, para qué nos lo pide? ¿Es que el dinero que gana con nuestras perras no compensa sobradamente aquellos supuestos riesgos…?
Hombre – dice el banquero – si le pago intereses, no le cobro gastos y usted se empeña en saber qué hago con su dinero y cuánto gano con él ¿cómo voy a acumular riquezas? ¿Es que usted no ha oído hablar del neoliberalismo?
¿Se da cuenta el improbable lector? Lo que un ciudadano de a pie considera absurdo – aparte de un abuso manifiesto –, en realidad tiene su lógica interna: acumular riquezas a costa de los simples mortales, que no saben qué hacer con su dinero, ni donde guardarlo. Según piensan ellos, nos hacen un favor y aún nos quejamos.
Item más: entre todos los europeos acabamos de comprarnos una isla en ruinas que se llama Irlanda. Las desregulación bancaria, el neoliberalismo duro y la ineptitud de sus políticos han hecho que ese país esté en bancarrota. Nos van a costar unos miles de millones de euros y el gobierno aquel dice que apretará las tuercas a sus conciudadanos pero no tocará las tasas bancarias para que el capital especulativo no huya del país. ¡Hombre, hunden el país y son los únicos beneficiados! Se ve que este absurdo aparente tiene alguna lógica que se nos escapa a los que vamos a pagar los añicos del país ese.
Por eso, no estaría mal llevar el absurdo algo más lejos. Imaginemos – el taller de escritura permite y fomenta inventar situaciones absurdas –, como ha propuesto el ex futbolista francés Éric Cantona, que un millón de personas por aquí, otro millón de personas por allá, va, cada cual a su banco el mismo día, y retira íntegramente sus ahorros. ¿Seguiría prevaleciendo la lógica bancaria, o se daría un batacazo? Yo me paro a pensarlo y me parece orgásmico.
Pues, eso. Llevemos el juego del absurdo a sus últimas consecuencias, y a ver qué pasa. Uno, que conoció desde la lejanía de su mediocre juventud franquista, el Mayo del 68, sigue creyendo en las utopías, literarias o no: Seamos realistas, pidamos lo imposible. A lo mejor, logramos escribir una historia distinta, donde el absurdo aparente tenga sentido y nos vaya algo mejor.
A todo esto, yo quería haber hablado de Jacques Carelman y su catálogo de objetos imposibles, que parecen tener más sentido que el capitalismo especulador. Por eso, dejo la imagen de esa cafetera para masoquistas que permite, con gran comodidad, escaldar la mano que la maneja.