domingo, 25 de octubre de 2015

Caminata otoñal.-


Cuando se llega a setentón sentirse otoñal no lleva aparejado ningún tipo de tristura o depre postraumática por haber atravesado el fuego cruzado de los años vividos y las esperanzas no cumplidas. Hay a quien la vida le parece un campo de minas y pasa sobre ella de puntillas y hay quien pisa fuerte y se la juega a la ruleta rusa, mientras que otros, simplemente, caminan a su aire y miran al horizonte con la esperanza de encontrar la hierba más verde en el siguiente valle. Los jubilatas caminantes pertenecemos a esa especie de ilusos que esperan encontrar un mundo distinto a cada revuelta del camino.

Llegado que ha a septuagenario, el caminante tiene esta convicción:
mientras las varias artrosis que van dibujando garabatos en sus articulaciones se lo permitan, hay más belleza en una vaca rumiando en una pradera de montaña que en toda la red de Metro de la Villa y Corte.  


También sabe que es preferible el hilillo cristalino de un arroyo rumoroso en medio del pinar que un atasco en la M30 en hora punta. Y si le apuran, estaría dispuesto a jurar por sus ancestros que donde haya un robledal en otoño se vayan quitando los triunfalismos macroeconómicos de un gobierno que se rasca complacido el gonadario mientras vende baratos sus ciudadanos en el mercado laboral.

En fin, y perdonen la insistencia, el jubilata se pregunta ¿es que vamos a perdernos el placer de ver el bosque vestido de otoño? Pregunta retorica, poco útil pero socorrida para responder que ni hablar, que donde haya caminos habrá caminantes dispuestos a recorrerlos. Pero no a la ligera o como quien va con prisas.

Al caminar por los senderos del monte en este octubre templado, uno debe andar por la vista apercibida, tanto para abarcar el paisaje  en su grandeza como para apreciar esos pequeños detalles que se encuentran junto a la puntera de las botas. 


Puede el caminante encontrarse con una explosión de amarillos dorados de un chopo que surgen como un surtidor entre los verdes oscuros del pinar o puede, bajando la vista, tropezarse con el rojo intenso, tachonado de puntos blancos, de una amanita que se abre paso entre el humus de las agujas de pino que cubren el suelo. 


Por eso el caminante, en libertad condicional de fin de semana – la ciudad es una gran prisión a la que se regresa siempre – debe aprovechar esas pocas horas para llenar sus sentidos de tantas sensaciones como el bosque le ofrece: olores, sonidos, colores, grandes espacios, soledad, sosiego anímico…

Es muy recomendable, cuando se camina por entre la arboleda, escuchar el silencio salpicado de pequeños sonidos porque son como gotas de agua que forman una lluvia menuda. Te van empapando casi sin darte cuenta. Crees que la naturaleza calla, pero, si prestas atención, oyes los chasquidos de las ramitas bajo tus pies y el crepitar de la tierra del camino denuncia tu presencia al ritmo de tus pisadas; hay un murmullo indefinido flotando en el aire, tu oído se pone al acecho y te das cuenta que los árboles, con sus voces vegetales, se avisan unos a otros de tu presencia y sientes que estás invadiendo su intimidad.

A veces, el paisaje ante tus ojos es una acuarela donde destacan manchas doradas, naranjas o rojizas sobre una gama de verdes que van del verdinegro de la masa de pinos al verde jugoso de los prados y al azul tamizado de nubes claras del cielo. 


El robledal es un tachonado de verdes, marrones y ocres que se distribuyen de forma caprichosa, y los árboles de ribera pierden sus verdes veraniegos para ir tomando tonos suaves, como pintados al pastel. 


Para serles sincero, este servidor de ustedes - entreverado de clases pasivas y plumílla dilentante - quisiera ser, como Enrique de Mesa, mitad montañero, mitad poeta: Aquí a la sombra de los pinos viejos / descanso al repechar de la vereda…, y explicar al improbable lector lo hermosa que está la sierra en este otoño. 


Pero uno no tiene esas herramientas que proporcionan una imaginación sensible y un dominio de los conceptos poéticos, de ahí que se limite a recomendar vivamente: calza tus botas, ármate de un buen bocata y recorre los caminos del monte, trepa por los riscos -si están en edad de ello- párate a mirar, camina en silencio, siente el aire húmedo y todos los matices cromáticos y olorosos. 

Siéntete vivo por un rato, coño ¿O vas a pasarte la vida abducido por la pantalla de un Iphon?

miércoles, 14 de octubre de 2015

Popurrí.-

Haciendo limpieza entre mis papeles con el fin de dejar espacio a otros que, a su vez, de aquí a unos años habrá que revisar para dejar espacio a nuevos papeles, tan perfectamente inútiles como éstos que ahora estoy expurgando, apareció una nota manuscrita en la que había copiado una genialidad de Sara Palin.

El habitual improbable lector recordará que esta señora fue gobernadora de Alaska, miembro destacado del Tea Party, algo así como la derecha ultraconservadora del conservador Partido Republicano de las Américas del Norte. Mal comparado, como si el Tea Party fuese la FAES respecto al aparato genovés del PP. 

Pues bien, esta doña Sara Palin, enfrascada en una pelea dialéctico-ideológico-religioso-gastronómica con un bloguero vegetariano, argumentó: Si Dios no quisiera que comiéramos animales, ¿cómo es que los hizo de carne? Según parece, esta dama es muy aficionada a las hamburguesas de carne de alce, cosa que complace sobremanera al Supremo Creador, según el telepredicador reverendo Pat Robertson, quien considera el budismo una abominación y afirma que los rojos son unos mariquitas con pluma. 

Y aunque no tiene pajolera relación con lo anterior, salvo que apareció escrito en una cuartilla en el mismo montón de papeles que han terminado en el contenedor de reciclaje, no está de más contar la siguiente historia familiar. Se la conté, abreviada, a mi amigo Chus cuando me pilló un gazapo en un correo electrónico en el que trabuqué caya por ¡calla! Una coz ortográfica en toda la boca que le solté a la lengua escrita y que él no dejó de advertirme, aunque con amistosa ironía.

La historia es tal que así: Vivía en el pueblo de mi santa un primo segundo suyo, Pepe, casado con Caya, fruto de cuya unión sacramentada fue Milagritos, mocita poco agraciada pero besucona en buen plan; es decir, según cruzabas el arco de las Arrejas y embocabas la calle Santiago, Milagritos te salía al encuentro, te decía zalamera, “¡Hola, primo!”, y te plantaba un par de besos húmedos de salivilla en ambas mejillas. Y así todas las veces que te topabas con ella.

Según contaba el primo Paco (don Francisco, le llamábamos cariñosamente, porque tenía la voz engolada y calzaba un rolex de oro en la muñeca y un sello de lo mismo en el dedo anular), Caya tenía un saquete con dos buenas docenas de doblones de plata perulera escondido en un rincón de la cuadra. Los guardaba para el mozo que llevara a Milagritos al altar y la tomara por legítima esposa. Solo que Caya tenía puestas sus esperanzas en Paquito, hijo del primo Paco (don Francisco, para los íntimos), chaval más dado a la bici que al cortejo de primas besuconas y con posibles.

Cada vez que el primo don Paco pasaba por delante de la casa de la prima (no consanguínea sino política) Caya, ésta corría a la cuadra, sacaba el saquete y, por el ventano del gallinero, hacía tintinear los doblones. Al sonido cantarín de la plata acuñada, el primo don Paco  se limitaba a mirar su rolex y apretar el paso. Si Caya insistía con el repiqueteo de los pelucones, el primo don Paco le reconvenía con su voz de barítono wagneriano: ¡Calla, Caya! El peculio no compra amores. Pero Caya no callaba y dale que le daba al saquete de doblones de plata bien batida.

Hasta que un día Caya paró al primo don Paco en mitad de la calle de Santiago y le propuso el contubernio matrimonial: casaban a Paquito con Milagritos, juntaban las haciendas, y el saquete con las dos buenas docenas de doblones peruleros vendría por añadidura a colmar la felicidad de los contrayentes. Y el primo don Paco, sin perder las maneras, con voz grave y buena prosodia, le contestó: A tu Milagritos no va a desvirgarla  mi Paquito ni aunque se meta los doblones por la espelunca venérea. Así que, ¡Hospe de aquí, tía cesto!

Tal como oí la historia, así la cuento. A Milagritos la casaron con un labrador y del saquete de doblones nunca más se supo. No obstante, las comadres de la calle Santiago dicen que, a escondidas del yerno, en el chiscón de los gochos, Caya cuenta los pelucos y los hace sonar en noches de luna llena. Pero éstas son hablillas sin constatación empírica.

También en el cartapacio de mis viejas notas manuscritas encontré dos citas históricas que no me resisto a incluir aquí, siquiera porque me tomo la licencia de mezclar distintos ingredientes en esta olla podrida, en la confianza de que el paciente lector no se me lo tome demasiado a mal. Los jubilatas somos tozudos con nuestros recuerdos, único bagaje que nos queda.

Decía, pues, que entre mis papeles aparecieron dos citas de personajes de muy distinta catadura moral, aunque ambos dijeron, palabra por palabra, casi lo mismo. “Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”, decía Göebbels. Siempre hemos oído esta frase como si fuese una originalidad del pensamiento goebbeliano, pero hemos olvidado que hubo un personaje francés, político y literato, que ya la había dicho algo más de un siglo antes. Y fue Chateaubriand en sus Memorias de Ultratumba (Libro 27, por más señas).

No pudiendo resistir mi inclinación por la lengua francesa, la transcribo: Tout mensonge répété devient une vérité. Y añadía: On ne saurait avoir trop de mépris pour les opinions humaines : « Toda mentira repetida se convierte en una verdad. No se puede tener mayor desprecio por la opinión humana ». Göebbels era un cínico, Chateaubriand un pensador.

Pasé toda la tarde dedicado al expurgo de papeles, pero al improbable lector no voy a darle más la tabarra. Basten estas muestras que le he ofrecido para que se haga cargo de la inutilidad de almacenar papeles. 

domingo, 4 de octubre de 2015

Mitos y zarandajas.-


Quizás al improbable lector le traiga al fresco, pero quien esto escribe anda un tanto preocupado por los mitos patrios y su devaluación. No hay más que fijarse: el común de los ciudadanos pasa de tan grave asunto y está más interesado en el follón que nos ha montado el ministro Soria con la subasta por horas de la energía eléctrica; o si no, no hay más que ver el asunto ese del chirimbolo que los honrados industriales germanos de Volkswagen han colocado en nuestros coches para falsear el control de la emisión de gases.

En estos días post-29 S., apaciguados (esperemos que por algún tiempo) los ardores nacionalistas a ambos lados del Ebro, a la gente de la calle - a pesar del mito de la Unidad - no parece preocuparle mucho si la C.U.P. quiere una presidencia catalana con alternancia en el mando, o bien una presidencia colegiada, o bien, coral; si hoy burguesa y neoliberal y mañana anticapitalista y autogestionaria, según el turno que establezcan los que van a repartirse el sillón de mandar en el palacio de Sant Jordi. Conste que a este jubilata setentón, tampoco le quitan el sueño; más tratándose de un asunto que le pilla del otro lado de la frontera. Son los mitos fundacionales sobre los que se asientan los sentimientos patrióticos los que realmente le traen en desazón.

Y uno de esos mitos tan caros al imaginario hispano es la célebre pelea a garrotazos de la Quinta del Sordo: dos fulanos malcarados, enterrados hasta las rodillas, dándose de garrotazos con un entusiasmo y dedicación que sólo la convicción en la bondad de las propias razones y en la depravación de las del contrario, puede empujar a tal apaleamiento sin contemplaciones. 

Ese inmovilismo en las posiciones, con las piernas clavadas en la tierra, esa saña en el zurrarse a quemarropa hasta que la muerte nos separe, alimentando el mito de las dos Españas (ahora un poco más complicado con eso de las dos Catalunyas: burguesa pro sistema la una y popular y contestataria la otra), siempre nos ha hecho recordar a Machado y su aquella España que muere mientras la otra bosteza. Entre el bostezo y la inanición, la conjunción de mitos funcionaba bien, hasta que nos enteramos que tenían truco, como los motores de la industria automovilística alemana.

El problema se suscita – más bien la decepción – cuando uno, que siempre ha observado con curiosidad y cierto temor la mitología que afecta a la idiosincrasia hispana y sus aledaños, se encuentra con que aquélla tiene los pies de barro. Y en el caso de esta pintura de los garroteros de Goya, de un barro postizo. Porque resulta que, cuando se arrancaron, en 1874, los frescos de las pinturas negras que don Francisco pintó en las paredes de su quinta, se hizo de forma tan chapucera que ésta del garrotazo y tentetieso quedó (según las técnicas restauradoras de la época) irremediablemente dañada en su parte inferior. Chapuza sobre chapuza, a Salvador Martínez Cubells, encargado de desmontarlas, no se le ocurrió otra que tapar las piernas de los dos fulanos furiosos echando tierra al asunto a fuerza de brocha.

Y, francamente, no es lo mismo, porque, al saberlo, queda muy descafeinada la visión trágica que de nosotros mismos tenemos. No es lo mismo dos bestias patrióticas con las piernas atoradas, dispuestas a matarse a golpes por un quítame allá esas pajas ideológicas, que dos bípedos ofuscados, con la racionalidad inhibida momentáneamente. los primeros no se moverán de su posición ni hartos de palos; los segundos, libres para poner los pies en polvorosa, dirimen su distinta concepción del mundo a palos hasta que el poder de convicción de uno de ellos obliga al oponente a soltar el garrote y reconocer la contundencia de los argumentos esgrimidos por el contrario. 

En este caso la sangre no llega al río y la cosa queda en unos cuantos leñazos de una pelea de taberna a causa del mal vino que se les ha puesto discutiendo de fútbol, pongámoslo así. Siendo tal la cosa, un poco de mercromina y un apósito resuelven la cuestión, pero el mito de las dos Españas a porrazos queda desbaratado sin remedio, y uno de los pilares de nuestro fatum histórico, patituerto.

Total, que pasamos del mito a la zarandaja. De la visión trágica de nuestro ser en el mundo como país a un apaño de ocasión para tapar una chapuza tan bien de chez nous, como dicen los franceses, gente con modales refinados donde la haya.

Parece mentira, algunos creíamos en el "me duele España" unamuniano, en el "miré los muros de la patria mía" quevedesco, en "estos, Fabio, ay dolor, que ves ahora" de Rodrigo Caro y en el "oigo patria tu aflicción" de don Bernardo López García, jienense y poeta él, y resulta que la pelea a garrotazos goyesca está trucada. Un caso de efectos especiales avant la lettre.

La gente tiene razón, vale más preocuparse por los abusos de las compañías eléctricas y la connivencia del gobierno. No hay mito fundacional que resista el impulso de una puerta giratoria. 

sábado, 26 de septiembre de 2015

Cuarto y mitad de independencia.-


Es inevitable estos días andar a vueltas con lo de Cataluña, si se van o se quedan, y uno no consigue tener las ideas claras. Si – un suponer – un servidor fuera parado de larga duración, con residencia en L´Hospitalet de Llobregat, aun siendo nacido y oriundo por los cuatro costados de Villamalea, lugar de la Manchuela albaceteña, estando las cosas como están en la madre patria, me convertiría a la verdadera fe catalanista, a ver si, cambiando de amo, mejoraba de suerte.

Porque de eso se trata y eso le venden al personal de allende el Ebro: mejor solos que mal acompañados, más habiendo pela a repartir de por medio. Porque, a fuer de sinceros, ¿quién puede sentirse vinculado a una patria donde más de 35.000 personas viven en la calle mientras los albergues para indigentes reparten 55.000 comidas al día (según el 20 Minutos del pasado martes); donde el 27,3 % de la población está en riesgo de pobreza o exclusión social; o donde el número de los muy ricos ha crecido en un 40% desde 2008, en tiempos de la dura crisis para casi todos?

Solo que aquellos que ven en la independencia un remedio a sus males no conocen la recomendación que hacía Ignacio de Loyola a sus tropas: En tiempos de desolación, nunca hacer mudanza. Si hacen mudanza saldrán de unas manos españolistas para caer en otras catalanistas; y lo que es peor, luego no sabremos a quién van a echarle las culpas, cuando los recursos a repartir sean inversamente proporcionales a las necesidades, y España ya no esté allí para reprocharle que les mete la mano en la faltriquera.

De cualquier manera que sea, estando la cosa como está, uno entiende que soltar el lastre del lado de acá del Ebro sea una opción, ya que Cataluña genera suficientes riquezas para repartir entre sus habitantes. Solo que nadie les va a explicar que en el reino de Jauja atarán los perros con longaniza los mismos que ahora gritan ¡¡Independencia!! llevándose la mano al corazón, junto a ese bolsillo donde, previamente, han guardado la cartera. Pero el dinero no cree en fronteras, no nos engañemos: la mordida del 3% de la familia Pujol y Asociados, por mucho que le pongan música de Els Segadors, no tiene patria. Como no la tienen los negocios de la familia Aznar-Botella por mucho que españolee su patriótica FAES.

Lo que tampoco uno tiene claro – la cosa política de estos reinos resulta complicada – es en qué cambio de agujas la C.U.P y Esquerra Republicana han abandonado la vía estrecha del internacionalismo proletario para pagar el peaje en la autopista del nacionalismo burgués. A quienes no estamos al tanto de sus entresijos ideológicos se nos hace un mundo eso de que, en nombre de la libertad, levanten fronteras y dividan pueblos. ¡Si el abuelo Marx levantara la cabeza!

Este jubilata, que lo es a tiempo completo, no para de darle vueltas a las cosas, no sabe a qué carta quedarse ni qué actitud tomar ante una ruptura unilateral ¿ha de indignarse con justa indignación patriótica? ¿Ha de mirar para otro lado y decir: ahí os pudráis? Menos ir a la frontera del Ebro a pegar tiros, caben muchas opciones: desde un atemperar la beligerancia verbal, desactivar agravios imaginarios o reales y buscar entendimientos, hasta vivir de espaldas, como quien riñe con el cuñao, y es para toda la vida.

Porque si uno mira al palacio de la Moncloa o al palau Sant Jordi, a ver qué resolución toman sus inquilinos, lo primero que ve es que Mariano o Arturo responden a una misma forma de entender la sociedad neoliberal, y que ambos aplican las mismas fórmulas para los mismos problemas sociales: austeridad para casi todos, recortes para el común de los ciudadanos, depreciación del valor y la dignidad del trabajo, leyes represivas, ocultación de la corrupción, triunfalismo oficial…, mientras juegan a ver quién es más patriota, cada cual en su bando. 

Y mientras, la gente hace desfiles multitudinarios por la avenida Meridiana con uniformidad, disciplina, consignas y estandartes; espectáculo a medio camino entre la estética de movimiento de masas al estilo fascista y la celebración de la Champions Leage. Ardor patriótico por ardor patriótico, de este lado de la raya, ya que somos menos disciplinados y más Viva la Virgen, saldremos a la calle (saldrán) a cantar el himno españolista por antonomasia, tan manolo-escobareño él: “La gente canta con ardor ¡Que viva España! La vida tiene otro sabor y España es la mejor”. Chis-pún.

Eso sí, pase lo que pase, seguro que habrá negocio de 3% y Mas pastoreando la feliz Arcadia catalana - al ser menos a repartir -, y una masa enfervorizada y feliz de tener una patria, o dos. Un servidor, para consolarse, meterá la cabeza entre las hojas de Doktor Faustus, de Thomas Mann, un lugar bello, alejado de las miserias de cada día. 

viernes, 18 de septiembre de 2015

Minimaliza, que algo queda.-





Mientras esperamos a ver si, de una vez por todas, logramos independizarnos de Cataluña (dī fauentēs!) y de sus inacabables reproches, este jubilata ha hecho su particular rentrée con la visita a una exposición en el palacio de Velázquez, en el parque del Retiro.

El improbable lector puede creer bajo palabra que un servidor nunca antes había oído hablar de Carl Andre, hasta que el museo Reina Sofía ha traído esta muestra. Sí sabía algo del arte minimalista, aunque no que mr. Andre se adscribiera a este movimiento en un intento de borrar la subjetividad expresiva mediante el empleo de materiales industriales donde su frialdad geométrica anula el impulso vital, la impronta que todo artista deja en sus obras. Dicho sea lo anterior sin otro ánimo que el de expresar lo que el espectador creía entender a la vista de lo que allí veía.

Pero, según es costumbre en todo creador, Carl Andre juega con las cartas marcadas, y el avisado espectador, que lleva mucha mili hecha desde las korai arcaicas griegas hasta los ready-made de Duchamp, lo sospecha con fundamento. “Mi arte surge de mi deseo de que haya en este mundo cosas que, de no ser así, nunca estarían allí”, dice Andre; por eso la exposición Escultura como lugar, 1958-2010.  Por eso estas “cosas” que el artista pone en el mundo, porque, si no las pusiera él de una determinada forma, nunca estarían allí, no tendrían existencia en cuanto que conjunto de objetos organizados según una disposición preconcebida.

Para reducir la obra a su mínima expresión, Andre emplea materiales industriales como ladrillo refractario, planchas de metal laminadas, troncos rectangulares de abeto canadiense, rodamientos, tubos y tornillos distribuidos aleatoriamente. Y lo hace para que el observador se lo crea. Para que se crea que el artista ha minimizado su creatividad hasta verla reducida a no  ser más que un lugar escultórico de objetos sujetos a geometría y proporcionalidad de volúmenes. Tres dimensiones en el espacio, huérfanas del élan vital del que nos hablaba Bergson. ¿Qué mayor minimalismo que borrar la huella del creador?

Pero este cronista, en su papel de espectador curioso, caminando con tiento por los espacios blancos de la sala de exposiciones, ya ha caído en la cuenta que la mera disposición de los elementos en el espacio nos habla de la intención del artista. Su ego creativo es tan grande, salvando todas las distancias y sin que se me escandalice el improbable lector, como el de Velázquez en medio de sus Meninas. Con supuesta modestia de genio creador, nos pone ante una espiral de chapa metálica tendida en el suelo o ante una fila de ladrillos refractarios y parece decirnos: "Veis, he reducido eso que llamamos convencionalmente arte a una sucesión de objetos manufacturados en serie. He reducido el espíritu artístico a su mínima expresión".

Solo que nos escamotea otra realidad que, de puro evidente, ni la vemos: los materiales empleados, sus texturas rugosas, ásperas o pulidas, la disposición en el espacio, responden a una intención artística preconcebida: "Las cosas son así porque yo las he dispuesto así, y tú, espectador, calla, observa y trata de entender mi forma de modelar la realidad", parece como si nos estuviera advirtiendo. Pero, ¿qué pasaría si el espectador decidiera suplantar al artista y cambiar esa realidad?

Bien podría ser que cada visitante cogiese uno de esos maderos rectangulares de abeto canadiense, se los echase al hombro y los soltase en el cercano estanque del Retiro. Sin proponérselo, habrían conseguido una escultura fluctuante a merced del pequeño oleaje que se produce en el estanque; una escultura siempre cambiante, como la no-silenciosa composición musical 4.33 de John Cage. Porque el espectador – y quien dice el espectador dice el ciudadano –, o participa en la creación artística y en su propio devenir, o es un burro de ramal que va por donde creadores, artistas, salva-crisis, funda-patrias, mistagogos de toda ralea y demás manipuladores de la estética y la puñetera realidad quieran llevarlo.

En esas cosas y otras que no se dicen para que el jubilata no pase por más alambicado de lo que conviene para medrar en el rebaño, pensaba mientras observaba las diagonales en el alineamiento de 100 piezas de hormigón que, bajo el título Lament for the children, había en el centro de la sala. 

Si no te fías - y no te faltaría razón -, suspicaz lector, ve y compruébalo tú. Además, los árboles se están vistiendo de otoño y eso ya justifica un paseo por el Retiro. 

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Escribir por escribir.-


El regreso de las vacaciones veraniegas y comienzo de curso (también los improductivos iniciamos curso, aunque sea de mentirijillas) es buena ocasión para dar un repaso a lo hecho antes del parón estival. En este caso, ha servido para echar un vistazo retrospectivo a esta bitácora y sus entradas, publicadas casi semanalmente, y comprobar que ya van 384. Si pudiese dárseles un sentido temático único y una coherencia narrativa, mire usted por dónde, saldría un tocho literario considerable que pusiera a su autor en el parnasillo de los literatos populares. Aunque, cosas de la huidiza fama, uno se quedará en bloguero del montón.

Leyendo hace ya algunos tiempos Le Nouvel Observateur, me tropecé con esta frase: On n´écrit pas impunément huit mille pages de “Journal” sans raconter des conneries (No se escribe impunemente un Diario de ocho mil páginas sin decir alguna gilipollez). La cosa venía a propósito de los Diarios de Paul Léautaud, literato francés, muerto en los años cincuenta del pasado siglo, del que yo no tenía mayor idea y sigo sin tenerla. Viene al caso porque no es que este jubilata lleve miles, pero sí algunos cientos de páginas desde que le tomó esta afición por la crónica encapsulada en forma de bitácora internautica - que el improbable lector tiene ante sus ojos - y seguro que entre ellas las conneries son abundantes y hasta de grueso calibre.

Claro que un servidor no tiene una fama literaria que defender, lo cual es un alivio enorme. Aunque, por otra parte, el pundonor le exige a uno un acto de rebeldía, aunque sea testimonial. Para eso nada como recurrir al popular chasonier Georges Brassens: Trompettes de la Renommée, vous êtes bien mal embouchées!  Pues sí, las trompetas de la Fama desafinan horrorosamente.

Por esa razón, lo mejor es aceptar el destino con estoicismo senequista sin necesidad de abrirse las venas. Basta con recordar lo que dice el poeta Horacio: Ducunt volentem fata, nolentem trahunt: el Hado guía a quien lo acepta; a quien no lo acepta, lo arrastra. Y uno, la verdad, no querría verse arrastrado por un dios tan imprevisible y veleidoso. Para ello no es necesario practicar la fe del carbonero (creo porque no comprendo), basta con echar mano de la filosofía casera para encontrar algún consuelo.

Lo que me recuerda a Herminio aquella vez que estaba filosófico. Herminio es mi relojero; o sea, el que me limpia y arregla los relojes de bolsillo desde hace más de 30 años. El hombre estaba sentido todavía por la muerte de su padre, que sucedió hace ya un tiempo. La fugacidad del tiempo es cosa de su oficio, puesto que él repara las máquinas que lo miden, y sabe que detrás de todo tiempo hay un mecanismo, con su tic-tac imparable, que nos lo va devorando con la excusa de su medición.

Lo que me llamó la atención fue que sus reflexiones filosóficas sobre la finitud de las cosas tenían un componente hedonista del que él no era consciente. En una esquina del mostrador estaban las herramientas que usaba el padre para desmontar y limpiar relojes, cuyas piezas ya limpias, colocadas en cajitas, brillaban como la patena. Se  echaba de ver que era un hombre minucioso y trabajaba con la meticulosidad propia del oficio. Allí seguía todo y, Herminio, echando un vistazo al rincón vacío donde siempre había trabajado su padre, el viejo relojero, me habló de todos los afanes de la vida para, al final, no llevarse nada material al otro barrio, y que la única realidad es lo que uno haya podido disfrutar de la vida.

Me invitó a que viviese y disfrutase, porque es el único bagaje que tiene algún valor. Un ejemplo de filosofía práctica, un carpe diem de comercio de barrio que nacía de la experiencia y de los afanes diarios. Cuando me cobró 40 euros por el arreglo del reloj y me quejé de lo caro que era el apaño, me consoló diciendo que lo importante era que lo disfrutase. Yo pensé, pero no se lo dije, que hubiese disfrutado más si, en lugar de los 40, me hubiese cobrado 25. Claro que tampoco merece la pena interrumpir unas reflexiones filosóficas por culpa de un puñado de euros. 

Y, como estábamos a primeros de años, a modo de consolación, me regaló un calendario con esta recomendación: “Para que sepas en qué día vives”. Definitivamente el tiempo hace de los relojeros, filósofos.

“Gelatinosa textura cromática”. La frasecita es una exquisitez que soltó un refinado comentarista de Radio Clásica, a propósito de una pieza que ya ni recuerdo. La frase era más llamativa que la propia pieza musical y por eso la anoté, y he encontrado la nota por ahí; por eso, ya que me tomé el trabajo de apuntarla, la dejo aquí escrita. El comentarista de marras, a su modo, les dio un meneo a las trompetas de la Fama. 

lunes, 31 de agosto de 2015

Crónicas de Frigiscalpia, y IV.- Una escapada.-

Agosto es mes fiestero y en Rascafría no podía ser de otra manera. Solo que los ruidos nocturnos - o músicas, según otros criterios – se cuelan a lo bruto en nuestra casa de alquiler y en  nuestro dormitorio hasta pasadas las cuatro de la madrugada. Y un servidor, convencido de que un parque natural es lugar donde la contaminación acústica está de sobras, por mucha fiesta patronal que se celebre, hace las maletas y aprovecha para subir a Navarra, a ver a la familia.

Visitar a los primos, oficiar en la cofradía de Pantagruel ante una mesa bien provista (pichoncicos en cazuela, ajoarriero, chilindrón, pimienticos de Lodosa, de postre trenza del Reyno…), tertuliar por las tardes delante de la puerta de casa o hacer excursiones por los pueblos navarros, son actividades casi de obligado cumplimiento.

Alguna vez, siendo mozo, oí cantar esta letrilla: Beriáin es tan pequeño / que no se ve en el mapa /pero criando cutos /nos conoce hasta el papa. Entiéndase por “cutos” a los cerdos, gorrinos o aínos. Beriáin, que fue aldea de agricultores y hoy es como un barrio dormitorio de Pamplona, tiene dos personajes de lustre: el general Marcelino Oraá y este jubilata, ambos nacidos (cada cual en su época, claro),  en la misma casa, a la que en tiempos de mi abuelo llamaban Casa Lecaun.  

Aparte esos lustres, tiene una bonita leyenda: El 12 de abril de 1127 se consagró la catedral románica de Pamplona con la asistencia de numerosos obispos. Pero resulta que tres de ellos quedaron retenidos en Beriáin a consecuencia del desbordamiento del río Elorz y fueron agasajados por los vecinos. En agradecimiento, estos obispos consagraron la iglesia parroquial, la única que se consagró en la  Cuenca de Pamplona, y de eso hemos presumido siempre los beriaineses. Queda como recuerdo de aquel episodio el astelen iru burugorri, o lunes de las Tres Cabezas Rojas (por las tres testas mitradas), leyenda que se conmemora en una placa al pie de la torre. 

Tenía, también, en las afueras, una necrópolis del S. XI al XIII que quedó arrasada en tiempos de la apisonadora inmobiliaria; aunque, a decir  verdad, sus ajuares funerarios y sus enterramientos en cistas modestísimas no daban para mucho interés arqueológico. Se hicieron excavaciones, se levantó un plano con la distribución de las sepulturas, se estudiaron los esqueletos allí depositados y sus escasos ajuares, y la excavadora se llevó todo vestigio por delante. Una fila de chalés clonados e impersonales ocupa su lugar.

Visitar Elizondo, capital del valle de Baztán, resultó muy interesante por su típica arquitectura montañesa y sus casas palaciegas. Lástima que, en lo más granado del pueblo, se veían colgados, de parte a parte de la calle, los trapos negros que simbolizan la mítica patria del irredentismo euskaldúnico, exigiendo el retorno de los morroskos del gatillo patriótico. Se ve que las autoridades locales aún andan con la boina ideológica encasquetada hasta las cejas y las neuronas a falta de oreo.

Más interesante que el aldeanismo étnico resulta recordar que los vecinos de la villa fueron reconocidos como hidalgos por privilegio de Carlos III el Noble y que baztanés era el adelantado Pedro de Ursúa, el de la expedición por el río Marañón. Según es sabido, el guipuzcoano corcovado Lope de Aguirre le envió a la gloria eterna por celos del mando, lo que dio origen a la célebre expedición de los Marañones. Recuérdese La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, de Ramón J. Sender.

A Amaiur, o Maya, según la doble grafía de la zona, se accede a través de un vistoso arco dieciochesco y, en su monte Gaztelu, conserva los restos de un castillo medieval,  posteriormente modificado para artillarlo, donde se refugiaron en 1522 los últimos defensores del reino de Navarra frente a las tropas castellano-agramontesas tras la anexión de Navarra al reino de Castilla. Como la sensibilidad eusko-patriótica anda a flor de piel por todas estas tierras, en las cartelas explicativas se habla de “conquistadores”, olvidando que el viejo reino cayó a causa de las guerras banderizas señoriales entre agramonteses (partidarios de la corona francesa), y beamonteses, partidarios de Castilla. 

Si nuestra Navarra hubiera estado del otro lado de los Pirineos, como es el caso de las viejas provincias del reino, la Baja Navarra o Iparralde, ahora seríamos franceses (y el irredentismo seguiría vivo, pero victimizado por otro opresor), pero la estratégica barrera pirenaica jugó a favor del expansionismo castellano. Sin embargo, la Baja Navarra fue abandonada al francés en tiempos del emperador Carlos V sin dar un arcabuzazo.

Zugarramurdi es un caso de manual de histeria colectiva, inducida por las autoridades eclesiásticas en el S. XVII. Creo que no fue ajeno a aquel aquelarre inquisitorial el prior del cercano monasterio de Urdax, quien denunció las prácticas paganas, y por lo tanto demoniacas, de los habitantes del lugar. El proceso inquisitorial de Logroño, de 1610, provocó una locura colectiva en la que los vecinos se acusaban mutuamente de adorar al Gran Cabrón y practicar orgías contra natura en la famosa cueva. 

Hoy día aquello es un hervidero de turistas franceses y españoles que perturba la tranquilidad del lugar. La pobre cueva es actualmente un atrezo brujeril saca-dineros donde el macho cabrío satánico, si apareciese, se vería acosado por docenas de cámaras fotográficas y  smartphones de esos, y no podría ejercer los orgiásticos misterios con su corte brujesca que tanto preocuparon a los señores inquisidores de otrora. El turismo de masas ha jodido el misterioso revoloteo de las sorguiñas por aquellos bosques umbríos y las pócimas del abracadabra se venden en las tiendas de recuerdos con etiquetas made in China, junto con el queso de oveja lacha. Sin embargo, en la cueva se celebra actualmente el solsticio de verano y una bacanal gastronómica de carneros asados, lo que llaman  ziriko-jate, lo cual recuerda viejos esplendores.

Y aunque la montaña navarra es como la chica guapa que a todos gusta, viajar por la Navarra Media es como retroceder a tiempos pretéritos. 

Con sus viejas casas en
piedra, blasonadas, sus viejos castillos palaciegos de cabo de armería o sus iglesias románicas con sus torres fuertes, tiene la belleza del mundo rural  que se ha detenido en el tiempo, un poco alejada del tráfago de la Cuenca de Pamplona, de sus autopistas e industrias. 

Si uno se acerca a Olleta puede ver su interesante iglesia románica (actualmente en obras de restauración), con el puente románico que permite el paso al atrio, o su portada con un crismón en el tímpano y alguna lauda sepulcral semicubierta por la maleza. En el interior, la linterna sobre trompas que están soportadas por dos arcos fajones de las naves y dos apuntados en los laterales. (Si la memoria no me falla y la terminología de Arte no la he olvidado). Y si no, ahí cerca de la carretera general está Barásoain, o, camino de la Valdorba, el Cristo de Cataláin, o Eunate y Torres del Río en el camino francés…

Los castillos de cabo de armería son, dentro de la historia navarra, una característica singular. Se trata de caserones fortificados que pertenecían a las cabezas de linaje, lo más conspicuo y antañón de la nobleza navarra, con asiento en cortes, exentos de hueste y alojamiento de tropas y con  jurisdicción señorial. Los hay medievales, góticos, barrocos, desde adustas casas fuertes a hermosos palacios, según la época. 


El de la foto es el de Sansomain, con ventanas geminadas y rematadas con arcos conopiales en su fachada noble. Como es un coto redondo, de titularidad privada, no pudimos acercarnos más para ver su fachada con detalle.


Y como éstas son crónicas frigiscalpianas – las últimas del  verano -, no está de más volver al valle de Lozoya a terminar el ferragosto. Cuando se entra en el valle por la M-604 desde la autovía de Burgos, pueden verse carteles que dicen: Bienvenido al valle de los neandertales. Se refieren a las excavaciones arqueológicas del Calvero de la Higuera, del otro lado de la cola del pantano de Pinilla. 


Este agosto la campaña de excavaciones no ha comenzado hasta la segunda quincena del mes, supongo que por escasez de dotación económica. Quizás – es un suponer sin fundamento – debido a que, de estos dineros para pagar el bocata de mortadela y la litera en el albergue a los estudiantes que pasan el día de sol a sol con la espátula y el pincelito, ha habido que detraer parte para sustentar la sinecura que se le ha concedido al señorito Wert para que juegue a ser diplomático de la O.C.D.E. en París. A los viejos neandertales tampoco les va a importar gran cosa que excaven en la intimidad de sus cuevas apenas dos semanas al año, ni  los aprendices de arqueólogos aspiran a un porvenir glorioso, apenas a desenterrar algún útil paleolítico.

No hay por qué quejarse por tan poco: lo del señorito Wert es de justicia, ya que, cuando se sirve bien a los intereses del Sistema, éste sabe ser generoso. Sin ir más lejos, este jubilata – que no ha dado un ruido en su vida – disfruta de una capellanía vitalicia en forma de pensión de clases pasivas con la que se va apañando. Ahora bien, chofer ni cocinera, como el ex ministro, de eso no tengo, no...

jueves, 13 de agosto de 2015

Crónicas de Frigiscalpia, III.- Caminos y molinos.

El jubilata, en oficio de veraneante a tiempo completo, dedica muchas horas a andar por los caminos del valle. Tanto es así que, un poco cansado de trillarlos cada día, arriba y abajo, decide tomar al azar esas pequeñas sendas que atraviesan el bosque de robles, un poco sin orden ni concierto, a ver qué encuentra. 

A veces, son caminitos que el ganado ha ido abriendo para acercarse al río o a los arroyos buscando dónde abrevar; otras, son viejas sendas en total abandono que la gente del valle transitaba en tiempos para ir a la huerta, a las tierras de labor o a los prados. Eran caminos que el desuso ha hecho caer en el olvido y la naturaleza se ha ido encargando de cerrar.

La aventura de meterse por ellos está en descubrir un pequeño manantial, un navazo embarrado por las vacas, donde crecen matas de poleo, aún en flor, sentir algún arrendajo asustado de tu presencia, que grazna entre el ramaje del robledo, o una yeguada que descansa a la sombra de un gran fresno.

Esos caminos, si uno se lo propone, le pueden llevar a conocer lugares interesantes. Así, el jubilata, que siente curiosidad por las viejas artes industriales de este pueblo serrano, ha encontrado un motivo de entretenimiento y aprendizaje, y es localizar y visitar los viejos molinos harineros que, hasta los años sesenta del siglo pasado, estuvieron en funcionamiento. Son pequeñas industrias que tienen su pedigrí, ya que de ellas se hace mención en el catastro del Marqués de la Ensenada, y Pascual Madoz también dio noticias de su existencia. Lástima que actualmente son una pura ruina.

Por el arroyo del Artiñuelo arriba, por el camino que va a la vieja presa, está el molino del Cubo. Hay que pelearse a brazo partido con la maleza si uno quiere acercarse a él o entrar en su recinto. Solamente una pared a dos vertientes se mantiene íntegramente en pie, pobre construcción de sillarejos cogidos con argamasa de arena y cal. Su puerta es un hueco cubierto por un arco rebajado, en ladrillo. Tiene dos ventanas con los montantes también en ladrillo. Era construcción rectangular, con tejado a dos aguas, según muestra la única pared en pie,  y cubierto de tejas árabes. 
En el foso, una piedra de moler, caída sobre los restos de la construcción, ve pasar los días, los años y hasta los siglos sin otra ocupación que cubrirse de zarzas.

El sistema de acumulación de agua era de los que  se llamaban “de cubo”, que permitía recoger una gran cantidad de líquido. Es propio de cursos de agua con fuerte estiaje. Según parece, este molino no molía en verano.

El molino de Briscas – cerca del manantial de Las Suertes, al otro lado del río Lozoya - está en estado aún más ruinoso y entrar en su interior supone cierto riesgo porque los muretes interiores que dividen el recinto tienen las piedras sueltas, y una gran viga maestra, carcomida, lo recorre transversalmente de pared a pared, esperando la mínima excusa para venirse abajo; eso sin contar que hay que entrar a bastonazo limpio, como quien maneja un machete, para abrirse paso entre zarzales.

También es  un edificio de planta rectangular, pero no diáfana, ya que su parte izquierda estaba dividida en tres huecos, separados por dos muretes a medio desmoronarse, y un ventano en uno de esos muros para comunicar dos de dichas habitaciones. Toda la viguería, podrida,  y el entablamento del techo, se amontonan por paredes y suelo. 

En el tercer cubículo, que debía ser el de la maquinaria para la molienda, porque da sobre el foso, caída sobre las ruinas, una buena piedra con dos cinchas circulares de hierro abrazándola y una placa ovalada que dice “Piedras de exposición. Antonio Rivière. Plaza de Matute 10 Madrid”. La alberca que alimentaba la fuerza motriz no se alinea perpendicular, sino transversalmente al edificio.

Este edificio tiene mejores materiales constructivos: los muros son de mampostería, enfoscados con cemento, reforzados con potentes sillares en las esquinas, y la puerta está enmarcada por tres sólidas piezas pétreas de labra sin desbastar. También fue edificio a dos aguas y cubierto con buenas tejas árabes que aún pueden verse por el suelo. Lo que no ha impedido su ruina de pura desidia. 

Sé, (porque las interesadas me lo han contado) que quisieron comprarlo para instalar un museo etnológico, pero los propietarios se negaron, alegando que era de propiedad antigua de la familia. Ahora apenas se divisa la puerta desde el camino y un trozo de muro, todo ello entre zarzas, matorral y vegetación asilvestrada.

El molino de Bartolo es el único que sigue en pie, pero no se puede visitar su interior porque la puerta está protegida por un buen cerrojo con candado. A diferencia de los anteriores, su planta es en L. La construcción es en mampostería reforzada con recercado de ladrillo en las jambas de la puerta y ventanas. Es edificio a dos aguas y cubierto de buena teja árabe.

Dos veranos he tardado en encontrarlo, debido a lo recóndito del lugar. Sobre el plano no había duda de su ubicación, pero sobre el terreno resultaba casi imposible acceder a él. Fue cuestión de serendipia dar con él, gracias a que un paisano me dijo que por allí había un camino que cruzaba el río. Efectivamente, también está al otro lado del río, como el de Bristas, pero el acceso es a través de un camino carretero abandonado que entra en diagonal en el río, por un vado, gira hacia la derecha en ángulo pronunciado y, bajo un terraplén, aparece el edificio. Puestos a averiguar, descubrí un mejor acceso por una senda casi borrada, que sube terraplén arriba, hasta salir a una antena de telefonía, lugar desde donde no se ve vestigio de ese antiguo sendero, por el cual, según me han dicho, en tiempos se bajaba con los borriquillos a las huertas que había por la zona.

Pues, eso. El improbable lector puede ver, si es que ha leído hasta aquí, en qué gasta su tiempo el jubilata veraneante: en descubrir caminos y visitar viejos molinos. Y la cosa da para más, aunque en esta bitácora estival nada se ha dicho de los Batanes, lugar perteneciente a la antigua cartuja de El Paular, donde se abatanaban paños y había un molino papelero. 


Apenas he encontrado referencias bibliográficas y no parece que nadie haya hecho un estudio sobre su sistema hidráulico (hay, al menos, dos estanques y otro menor) y cursos de agua para alimentar la maquinaria. Algo se dice en  “El Sexmo de Lozoya. El Paular y Rascafría, 1790 -1824” de Álvarez Casavera, 1982, tesis doctoral que puede leerse en la biblioteca pública de Rascafría.

Ya ve el paciente lector, con estos calores y por esos caminos…, manías en que dan los jubilados  ociosos.