domingo, 22 de marzo de 2020

Reclusión, aplausos y caceroladas.-


El triunfo de la Muerte. P Brueghel el Viejo.

Vivimos tiempos de consignas y este jubilata no sabe a cuál atender, ni en qué orden. Pensaba que con meterse cada cual en su osera, lavarse las manos e hibernar mientras nos acecha el coronavirus, las responsabilidades ciudadanas del individuo no llegaban más allá.  Pero resulta que no, que los medios de comunicación y, sobre todo las redes sociales, se han llenado de arbitristas que barajan remedios para los males de la patria enferma; de propaladores de falsas noticias – esas fake news tan de moda porque el término español no lo dice en inglés y eso no mola –; y, sobre todo, se ha llenado de dignos, o a veces indignados individuos que reclaman el cumplimiento de consignas de su invención. Consignas que funcionan a modo de catarsis colectiva, como en una tragedia griega, pero vía guasap, twitter y demás. 

Entiéndase. Las consignas no nacen de un capricho del consignero o panfletario; nacen de una necesidad ineluctable de agrupar a la ciudadanía en torno a un gesto sublime de gratitud, o a un gesto indignado de repulsa. Es como un ganglio social en el que los individuos, todos a una, disuelven su individualidad para convertirse en instrumento (ruidoso, más que sonoro) de una emoción colectiva.

Y que perdone el improbable lector por el uso atrevido de términos cultos y en desuso o forzados de sentido, tales como “ineluctable” o “consignero”. El primero se deslizó calamo currente, esto es, al correr de la pluma, si es que vale todavía el símil cuando se escribe en un ordenador. Ya otras veces se ha hecho confesión pública de las manías culturetas de quien suscribe.  

En cuanto al segundo, el de “consignero”, ha caído sobre el papel (otro símil arcaizante porque esto es una pantalla) después de retorcer un rato el magín para decir “propalador de consignas” sin llamarlo así. A decir verdad, “consignero o panfletario” es un uso abusivo – por haber sido dicho sin citar la fuente – que he hecho de una frase encontrada al azar en un escritor de nombre Gonzalo Rojas, quien dice: Nunca fui consignero ni panfletarioUn servidor, aparte de ser poco consignero, no querría ser plagiario y por eso lo deja confesado aquí. 

En cuanto a lo de panfletario, algo sí. Siquiera porque esta bitácora lleva viva desde enero del 2009 y es el desaguadero por donde un servidor, como titular de la misma, ha desaguado todas las ocurrencias que le han pasado del magín a la pluma, sin someterlas a la criba de la recta razón. Pero tampoco es nada de lo que uno deba arrepentirse demasiado. Han sido pequeños eructos, comparados con lo que se vomita por ahí…

Médico con máscara en tiempos de peste.
Pero, volviendo al asunto. El coronavirus ese nos tiene infectados de consignas que corren como el fuego en la pólvora. Consignas del tipo: A las 20 h., todo el mundo a las ventanas a aplaudir a los sanitarios; A las 20 h., todo el mundo a las ventanas para aplaudir a los camioneros que nos abastecen la ciudad; A las 20 h., todo el mundo a las ventanas a aplaudir al personal de los supermercados, que gracias a ellos llenamos el carrito de la compra. Y sigue: A las 18:30 h., idem de idem para homenajear a los fabricantes de papel higiénico, mascarillas y guantes de látex. A las 21 h., todos asomados a las ventanas cantando “Resistiré”… Y más convocatorias multitudinarias a distancia prudencial, que me las callo por no aburrir.

Este jubilata siente respecto por sanitarios, camioneros y reponedores del súper sin necesidad de ningún coronavirus; además de sentir el mismo respeto por cualquier otro trabajador, con independencia de que me sane o me llene la cesta de la compra. Y, si además de aplausos, unos y otros tuvieran un sueldo digno y buenas condiciones laborales, miel sobre hojuelas. Dicho sea por evitar susceptibilidades, que el personal no está para bromas con las cosas de comer.

En cuanto a las consignas indignadas podemitas, eso de convocar una cacerolada el pasado 18 a las 20:30 h., coincidiendo con discurso del rey ahora reinante ha sido lo más sonado. De paso que se protesta por sufrir una monarquía de palo de baraja, se protesta por los negocios turbios del Emérito rey de oros. Emérito que, a pesar de estar caduco, Dios guarde largos años para que dispongamos de un Don Tancredo a quien sacudir la badana cada vez que un virus cualquiera nos saque de nuestras casillas. Ya al paso, diremos que a Pedro Sánchez le dieron otra en mi barrio (y en otros, supongo) la noche del sábado, pero la cosa iba de imitación. La cosa quedó en tablas.

No sé si el improbable lector ha tenido paciencia para leerme hasta aquí. Si lo ha sido (paciente, digo), me alegro porque así ha olvidado por unos minutos el andancio vírico que nos diezma, ya que no otra cosa se pretendía. Si no lo ha sido (paciente, insisto), no seré yo quien se lo reproche, teniendo como tiene cosas más serias de que preocuparse.

De cualquier forma que ello sea, rellenar una página con trivialidades es faena que requiere su tiempo y esfuerzo. Y en mi defensa recurriré a lo que cuenta Cervantes en el prólogo al lector de la segunda parte del Quijote: Dice que había en Sevilla un loco que dio en el más gracioso disparate y tema que dio loco en el mundo, y que fue que hizo un cañuto de caña puntiagudo en el fin, y en cogiendo algún perro en la calle ó  en cualquiera otra parte, con el un pié le cogía el suyo y el otro le alzaba con la mano, y como mejor podía le acomodaba el cañuto en la parte que, soplándole, le ponía redondo como una pelota. Y decía a los concurrentes y curiosos: Pensarán vuesas mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro.

Hago mío el sentir del loco: Pensará el lector que es poco trabajo hinchar una bitácora cada quince días. Sepa que incluso las necedades requieren su destreza.

viernes, 13 de marzo de 2020

Acojonavirus en el súper.-

Extracción de la piedra de la locura.

No es por distraer al improbable lector de sus neuras coronavirales, pero este jubilata anda dándole vueltas a lo que dejó dicho Noemi Klein sobre que  “En momentos de crisis, la población está dispuesta a entregar un poder inmenso a cualquiera que afirme disponer de la cura mágica, tanto si la crisis es una fuerte depresión económica, como si es un atentado terrorista”, o una epidemia vírica multiplicada por una pandemia de pánico. Lo último es de mi cosecha; lo cual no tiene rigor sociológico, pero tiene visos de ajustarse a la realidad.

Esta sociedad nuestra no hallará sosiego hasta que un Libertador, Mesías o Profeta fabricado ad hoc por los poderes fácticos nos libere de angustias víricas, de forma que el IBEX-35 recupere su pulso habitual, las estanterías rebosen papel higiénico y la vitrina refrigerada de las pizzas nos muestre sus amables, familiares y variadas ofertas de cuatro estaciones, margarita, queso y salami, y tantas otras suculencias que dan sentido a nuestras vidas de consumidores confiados en las bondades del sistema.

Y como el pánico social es de libre consumo, la santa y yo hemos corrido al Ahorra Más del barrio a reponer la despensa. Siguiendo la estela del terror milenarista colectivo, en plan desabastecimiento bolivariano/venezolano, queríamos llenar el carrito de la compra como para un aislamiento por causa de una guerra nuclear, pero nos dimos cuenta de que sólo necesitábamos dos botellas de aceite (girasol y oliva), un pimiento morrón para un guiso, y un par de cajas de leche. 

Lo único novedoso fue que rescatamos un paquete de tallarines que mostraba su desolada soledad en una estantería desertizada por el acaparamiento compulsivo del respetable.  Aun así, en la cola de la caja, la gente nos miraba raro por llevar una cesta de compra tan poco ajustada a la hambruna colectiva presagiada.

Lo que a un servidor más le sorprendió, aparte la abundancia de munición de boca que desbordaba los carritos, y la consiguiente desolación de las estanterías, fue el acaparamiento de papel higiénico. De dos carritos hasta las trancas que llevaba una pareja de jubilados rengos, un tercio de uno de los carros estaba cargado de rollos. Un minuto de reflexión fue suficiente para entender la lógica del asunto. Tanta y tanta comida llevaban que era normal pensar en su evacuación tras su paso por el tracto digestivo: tanto deglutes, tanto defecas. Así se cumplía el refrán castellano: según come el mulo, así caga el culo.

No se vaya a pensar el improbable lector que un servidor se toma a coña la emergencia sanitaria que estamos sufriendo. Acepta consejo de dondequiera que vengan. Así, aparte de los consejos elementales de higiene personal, no restregarse los ojos ni meterse los dedos en la nariz, no dar la mano a desconocidos, o la conveniencia de hablarse a la distancia de un grito, hay remedios muy respetables que corren vía guasap. 

Ahí va el que me han enviado a mí, por si resultara útil: “Hola. ¿Crees que puedes rezar un Padre Nuestro y pasarlo a 10 personas? Es una vigilia para pacientes con cáncer, y para detener “el coronavirus”.  Solo hay que pasarlo a 10 personas. Yo, con que lo lean los lectores de esta bitácora, creo que llego al cupo. Y piénsese que tiene un doble efecto beneficiosos, pues sirve para el cáncer y para el dichoso coronavirus que tanto nos agobia. Y es gratis.

Se lo consulté a mi vecino el depre, quien se había aislado en una habitación de su casa tras una barricada de cajas de clínex. Bien es verdad que tuve que hablarle a la distancia del palo de la fregona, pero estuvo de acuerdo que mejor era llenar las iglesias de rezadores que los hospitales de infectados. Por una vez se le veía optimista. 

Ante mi sorpresa por su actitud, me confesó aquello que se dice de mal de muchos, consuelo de tontos. Él era un depre solitario al que la depre en turbamulta y sin matices le hacía sentir como el tuerto que reina en el país de los ciegos.  Él era - insistió - un depresivo profesional, mientras que las masas acojonadas, una volatería de pollos sin cabeza. Así que recomendaba muchas cadenas de oración vía guasap.

Un servidor, dicho sea en confianza al siempre estimado e improbable lector, no pudo vencer el natural escepticismo que conlleva la edad. Si los padrenuestros curasen el coronavirus, no los repartirían gratis. Se venderían en el súper y se anunciarían por la tele, e incluso se haría mercado negro. De la misma forma que no salen gratis las mascarillas, los guantes de látex, el jabón desinfectante y el alcohol, que se han puesto a un precio como de estraperlo en posguerra. 

Pero ya se sabe cómo es el infierno de los descreídos, que te ponen un remedio a mano y le das la espalda con dignidad ofendida y grave ademán de intelecto superior. Pero en casa es otra cosa. En casa, por si acaso, la santa y yo, cuando nos besamos, es por los extremos de un palito de selfi. Y no nos va mal.

miércoles, 19 de febrero de 2020

De viejas pretensiones y otras frustraciones literarias.-


Un poco largo el título, ¿Verdad? No se preocupe el lector: el texto no excederá la extensión habitual. No se trata de tumbarse en el diván del psiquiatra y bucear en la maraña del subconsciente. Se trata de que este jubilata, como cualquier hijo de vecino, ha tenido sus ilusiones de juventud, sus pretensiones de notoriedad y sus consiguientes desencantos. Todo dentro del orden natural de las cosas. Nada que merezca una atención excesiva.

El caso es – por entrar en materia – que un servidor dedicó muchas horas de sus años de madurez a escribir relatos. Relatos que iban desde los escarceos en el microrrelato al estilo de Monterroso, hasta esos personajes esperpénticos cuya única gloria es haberse visto reflejados en los espejos deformantes del autor, quien alguna vez se ha dado un garbeo por el callejón del Gato, a imitación del insigne y atrabiliario Don Ramón. Ello sin contar tantos y tantos escritores, de muchos de los cuales no guardo ya memoria, como han pasado ante la vista, siempre ávida, siempre sorprendida, de un servidor. 

Del centenar de cuentos (cantidad aproximada) que escribí, hice una selección para publicar en una edición libre en Internet, a libre disposición de quien quisiera leerlos. Y para justificar mi atrevimiento, escribí un prólogo, parte del cual puede verse a continuación. Si es que el improbable y siempre paciente lector lo tiene a bien.

El texto que sigue está sin retocar ni actualizar. No hay por qué; solo es una curiosidad arqueológica ya momificada. Paz a los muertos. Pues eso, aquí queda, por si el improbable lector - perdone la insistencia - tiene a bien leerlo, el comienzo del prólogo que iba a preceder a una publicación que nunca existió, salvo en la mente ilusa del entonces ilusionado autor:

"Decía un profesor mío en la facultad de Filosofía y Letras que un prólogo es lo que se escribe después del libro, pero se pone antes y nadie lee ni antes ni después. Así que, si el improbable lector quiere saltárselo, no pasa nada por omitir ese engorro de lectura. Los prólogos son como ese amigo impertinente que, cuando esperas dedicarte a algo interesante, te tira de la manga para llamar tu atención y te entretiene con nimiedades.


"Pero una cosa es que el lector se salte el prólogo y otra muy distinta que el autor no cumpla con la obligación de redactarlo. Y en este caso, el autor tiene la doble obligación de hacerlo: primero, porque no hay obra de cierta enjundia que no lo lleve, y en este caso, sea enjundiosa o no, esta obra es el esfuerzo de varios años escribiendo relatos, y conviene que se sepa; segundo, porque hay que explicar la razón de esta edición de andar por casa.

"El lector ya se habrá percatado que este librito no tiene ISBN, ni Depósito Legal, ni editorial, ni pie de imprenta, ni colofón. No tiene ninguno de esos elementos que identifican un libro impreso con todas las de la ley. Tampoco se trata de una edición pirata, sino casera, hecha en el ordenador personal y, como dicen los franceses avec les moyens d´abord; o sea, con los recursos que uno tiene a mano, a falta de un editor profesional y de una imprenta donde imprimir todas estas historias reunidas bajo el título: SI YO TE CONTARA…

"Lo de la ausencia de editor profesional no es porque le falten las ganas al autor, sino porque quien los ha escrito no tiene ni nombre conocido, ni valedores en ese mundo editorial. Es cierto que quien esto escribe tiene nombre propio, incluso pseudónimo con el que firma sus cuentos, pero como autor literario nunca asomó la cabeza, así que es fácil de entender que ningún editor se arriesgase a publicarle. No entra dentro de las buenas prácticas comerciales encontrarse con un montón de ejemplares sin vender y ocupando espacio en los almacenes. Eso un servidor lo comprende y no se hace mala sangre por ser un autor ignorado. No están los tiempos para tirar recursos, ni para fiarse de escritorzuelos que aspiran a una parcelita de la gloria literaria sin mayores merecimientos. No hay más que ver la cantidad de concursos de relatos que se convocan cada año, y la cantidad de incautos que aspiran al Parnaso literario.

"Lo cierto es que, en este oficio inútil de escribidor, este prologuista y cuentista lleva ya una docena larga de años, coleccionando cuentos en el disco duro del ordenador. Hace unas semanas, el ordenador se averió y lo llevé al técnico. Cuál no sería mi disgusto cuando descubrí que parte de los archivos había desaparecido. Escarmentado al ver la pérdida de tantos relatos por culpa de una simple avería y falta de previsión por mi parte al no haber guardado copias, decidí que podía hacer una selección y publicarlos. 

"También hay que decir, en honor a la verdad, que algunos relatos sí han sido publicados. Así, la Agrupación Aire Libre del Ateneo de Madrid publica uno en cada número de su revista, que sale en diciembre. También Grupo Búho, que no sé si aún existe, publicó dos relatos míos y La Crónica de León, el otro verano publicó otros dos, con ilustraciones de Tomás Serrano, y eso para rellenar huecos, sospecho. Si alguno más ha sido publicado, no lo sé o, al menos no lo recuerdo. También va mi agradecimiento para el amigo Juan, quien, con paciencia y buena amistad, vierte mis escritos a formato PDF, consciente de mis limitaciones en esto de la informática.

"Sea como fuere, este autor y autoeditor improvisado agradece, y mucho, a quienes le han sacado algún cuento en papel impreso y a todos sus lectores vía correo electrónico. A fuer de sincero, es de justicia reconocer que la mayoría de los lectores son público cautivo, ya que sus direcciones electrónicas están registradas en la cuenta de correos y, cada vez que perpetro una genialidad, corro a enviársela sin pedirles permiso. Deben entender que, al remitírselas, no se hace por fastidiarles sino por cultivar la menguada autoestima de escritor en las sombras. Porque, - ya comprenderá el paciente lector –, resulta muy duro pasarse una semana escribiendo un cuentito de dos o tres páginas y no encontrar un lector misericordioso que diga: voy a leerle un rato a este pesado, se ha tomado tanto trabajo el pobre…"

jueves, 23 de enero de 2020

Un año como cualquier otro.-

Extracción de la piedra de la locura.  Van Hemessen

Quizás, el improbable lector de esta longeva bitácora participe de la condición precavidamente desconfiada de este jubilata; o sea, es de aquellos que no ponen un pie en el nuevo año sin antes consultar a los arúspices a ver qué nos depara. Y aunque con semanas de retraso, un servidor ha cumplido con el ritual. Previamente, ya cumplió con otro, con el de hacerse propósitos anuales irrealizables. Pero de eso ya se habló en la entrada anterior.

Arúspices hurgadores en entrañas aviares, escudriñadores del Sino, intérpretes de la palabra divina de no importa qué dioses, echadores de cartas con fortuna pronosticada a medida del estipendio recibido, quirománticos que trafican con las rayas de la mano, trileros con trampantojos del dudoso mañana y demás pécora con licencia para marear la perdiz ante los temores del porvenir, haylos en abundancia. La cuestión es dar con el apropiado a tus necesidades.

Un servidor, que es de esos a los que el mañana se les desgrana en fragmentos de tiempo fuera de todo control, acostumbra a consultar a algún profeta de su confianza, a ver cómo puede transitar el año sin graves tropiezos en su andadura. 

Solo que a los de mi quinta, con la costra de años vividos y las meninges en desbandada, no es cuestión de entrar en el oráculo de Google a ver qué milagrosa respuesta encontramos en su Nube, sino que preferimos recurrir a viejos maestros. Siguiendo el proverbio, desacreditado por pretecnológico: Del viejo el consejo, un servidor ha ido a las estanterías de su siempre incompleta biblioteca, donde dormita tanta palabra escrita, y he rescatado el primer tomo de El Criticón. Abierto al azar, como hacen los hombres con fe de carbonero, y leído, recomienda:

Abre los ojos primero, los interiores digo, y porque adviertas donde entras, mira… Nota, le dijo, dónde y cómo entras, considera a cada paso que dieres dónde pones el pie y procura asentarlo… Nada creas de cuanto te dijeren, nada concedas de cuanto te pidieren, nada hagas de cuanto te mandaren. Y en fe de esta lección, echemos por esta calle, que es la del callar y ver para vivir.

Barrocos estamos, dirá el improbable lector. Pues sí. Privilegios de la edad y lenta digestión de viejas lecturas. Después de todo, somos lo que leemos. Los que leemos, claro está. Los que no, están mejor adaptados al medio y maldita la necesidad que tienen de conocer al viejo jesuita Baltasar Gracián, inventor de paradojas que no hay Wikipedia que las desentrañe.

Decía, pues, que he consultado al adivino de mi elección, quien me ha recomendado que tire por la calle de en medio, que es la de callar y ver para así poder vivir. El consejo es fácil de seguir porque este jubilata, aparte la incontinencia verbal de su bitácora – conocida solo por algunos, y por lo tanto poco contagiosa – acostumbra a hablar no mucho (primum taceas), a ver mirando cuando tiene ocasión, y a vivir el día a día, confiando que el mañana llegue a ser hoy y el hoy sea el ayer de mañana. 

Para no marear al cada vez más improbable lector: que vamos viviendo sin prisas, como la tortuga a la que jamás alcanzará Aquiles, el de los pies veloces. Con lo cual nos vamos moviendo entre las alegorías del Criticón y las paradojas de Zenón.

En el caso que nos ocupa, paradojas de andar por casa. Sin otra pretensión que salpimentar la vida de pensionista, tan mediocre de por sí. Bien que nos gustaría crearnos un mundo a la medida, donde las alegorías fuesen certezas y donde las paradojas lo usual. Pero no nos llega ni el peculio ni la imaginación para forjarnos el mundo de Tlön, pongamos por caso. Porque, si estuviera en nuestras manos, escribiríamos los cuarenta volúmenes de La Primera Enciclopedia de Tlön, aquel planeta inexistente al que la descripción enciclopédica en el Orbis Tertium da tantos visos de realidad como la contaminación sobre la capital del reino.

Y si el improbable lector no me cree, crea al menos a Borges, quien lo habla con absoluta congruencia en su relato Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. De todo el mundo es sabido que Borges era fabulador, pero no mentiroso. Un servidor aspira a no ser lo segundo, ya que no alcanza lo primero.

Por ir concluyendo. Transitaremos todo este año reciente, del que hemos gastado cuatro semanas, por la calle del callar, ver y observar con los ojos interiores, como recomienda Gracián. Aunque, la verdad, nos gustaría romper la rutina con algún hecho memorable, o al menos original. Como, por ejemplo, escribir el Quijote al modo de Pierre Menard, quien lo escribió - así lo asegura el maestro Borges -, no copiando a Cervantes, sino coincidiendo con él palabra a palabra, coma a coma.

Y, si no lo logramos, al menos, con la imaginación transitaremos por los avatares de Gracián, Borges, Cervantes y cualquier otro plumífero que se nos ponga a tiro. Todo menos estar mano sobre mano.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Año nuevo, viejos propósitos.-


Cuenta mi santa que, siendo ella mocita, en su pueblo leonés, un doctrino fue a confesarse como preparación a la primera comunión. Después de confesar al cura sus pecados reales o supuestos – era un chaval de 8 años – le dijo: “Padre, y, además, me acuso de mi mala vida pasada”.

El chaval, en su inocencia de precomulgante, tenía propósito de la enmienda y aspiraba a una vida arcangélica, por lo que se ve. Otra cosa fue cuando llegó a joven y empezó a frecuentar la taberna, y a jurar la rehostia cuando arreaba las mulas en la labranza; o, cuando, en la casa de Putifar, se refocilaba de sus partes viriles con las mozas del oficio venéreo, según era uso en tierras de pan llevar. El dicho popular de sábado, sabadete, camisa limpia y polvete, era expresión de una norma no escrita, pero de uso común. La jodienda no tiene enmienda, debía pensar el tal, ya olvidado de su infantil propósito de vida sin tacha.

Propósitos de la enmienda, este jubilata, no recuerda haberlos tenido en los últimos decenios vividos. Ni recuerda motivos suficientes para acusarse de su mala vida pasada. En todo caso, y de arrepentirse de algo, sería de una vida mediocre. Pero, ni a eso hay opción, ya que la mediocridad es el común denominador de las clases medias, y un servidor no ha pasado de ser un infusorio dentro de la charca del vulgar vivir diario. 

Aparte que, un arrepentirse de la mala vida pasada (mala por lo que ha tenido de anodina), viene a ser una enmienda a la totalidad de la vida vivida, lo cual equivale a la negación del valor de lo vivido. No sé si el improbable lector me entiende. Y si no, no se preocupe. Tampoco Babieca entendió a Rocinante: “Filosófico estás”, dijo el uno – “Es que no como…”, respondió el otro, según cuenta Cervantes en aquel soneto. “Lengua de asno”, llamó al sufrido Rocinante. 

Aun así, hubo tiempos en que, con la llegada del Año Nuevo, hacía algunos propósitos tan preñados de buenas intenciones como hueros de eficacia. Ineficacia que el mismo tiempo, en su transcurso, se encargó de demostrar fin de año tras fin de año. Lo malo es que de ello queda constancia escrita en de mis diarios personales, donde fui dejando testimonio. Ahora, releídos, choca tanta ingenuidad como es prometer y comprometerse a perseverar en lo prometido. Bastante más cómodo hubiese resultado el cínico prometer hasta meter… y olvidar lo prometido.

Claro que, no sólo se trata de promesas de año recién estrenado, es que las despedidas del año viejo también iban por caminos parecidos. He entresacado algunos fragmentos de textos correspondientes a aquellas fechas. El improbable lector juzgará si con esos mimbres se pueden hacer gratas despedidas del año que termina u óptimas promesas del que entra:

2000, diciembre, 31. Último día de nada y comienzo de lo mismo. El año pasado, por estas fechas, se montaron grandes espectáculos porque se decía el cambio de milenio; era mentira, pero el negocio funcionó. Hoy, a las 24:00 horas finaliza el año-siglo-milenio… Me gustaría dejar dicho aquí algo transcendente, o profundo, o poético, o simplemente ingenioso. No se me ocurre nada.

2001, enero, 1. Los primeros españolitos que han venido al mundo en estas tierras, que algunos seguimos llamando España, han sido un niño peruano en Valencia y una niña guineana en Madrid; eso sí, hija de una inmigrante clandestina… Signo de los tiempos.

2002, enero, 1. Aparte de que en el calendario tenga algún significado, en lo que respecta a la vida diaria no hay cesura. Siguen las pequeñeces que hacen incómoda la vida en estos días de fiesta y borrachera por costumbre.

2003, enero 1. Frente al pesimismo de la razón, el optimismo de la voluntad…, me ha escrito un amigo, a modo de felicitación.
…..

2016, 31 diciembre. Y aquí se termina un año vivido con indiferencia. Quiero decir, que no ha tenido nada de especial y que nada especial he esperado de él. Ha transcurrido de oficio y no puedo quejarme de lo que me ha deparado.

2017, 1 enero. Con esto nos ponemos en el primer día del año. Hemos dado y recibido todos los parabienes que correspondían para propiciar el año que comienza. Ahora solo falta que él se tome la libertad de ir por donde mejor le parezca, que no ha de ser, forzosamente, lo mejor que nos pueda ocurrir.

2018, 1 enero. Son las 04:30 de la madrugada de la primera noche del primer día del año. Me despierta un olor acre y venenoso que entra por la ventana: algún conciudadano, en ejercicio de su real gana, ha quemado un contenedor de los que están frente a casa. No me gustaría que esto fuese premonitorio de la estupidez humana que predomine todo a lo largo del año recién estrenado.

2018, 31 diciembre. En una perfumería del barrio, compro una colonia elegante para la santa. Me atiende una muchacha, orgullosa de sus tetas generosas y bien colocadas, de voz insinuante; atributos muy a propósito para descolocar a los clientes y obnubilarles el entendimiento. Con sonrisa promisoria de encantos carnales, me pregunta, e insiste: ¿Está seguro de que no quiere nada más?, y yo le miro de reojo las tetas esplendorosas y respondo, muy serio: Completamente. Gracias. Claro que no es del todo cierto. Seguro, seguro que no me hubiera importado sobarle un ratito el tetamen que exhibía tan generosamente. Pero eso es machismo, creo.

Pues eso, feliz año nuevo. Felix, faustum fortunatumque sit vobis. 

lunes, 16 de diciembre de 2019

Simpapeles por navidad.-


El caso es que, para un jubilata aficionado a darle a la tecla para alimentar su bitácora, publicar un cuento de navidad en estas fechas es obligación inexcusable. Y eso por dos razones: una, porque un cuento entrañable de navidad junto al Pesebre es el complemento ideal para digerir el turrón, tan dulces el uno como el otro. Aparte que turroneros y belenistas son aliados naturales y nuestra sociedad no entendería la presencia de unos y la ausencia de otros; la otra razón es simple cuestión de amor propio de escribidor. Uno acostumbra a afilar la péñola en ocasiones memorables como las navidades que, aunque cíclicas, con sus espumillones y sus lucernarios municipales, siempre dan asunto para acarrear tinta del tintero al papiro. 
Dicho sea, improbable lector, claro está, en sentido metafórico. Ya no es cuestión del rasgueo de la pluma sobre el papel, ni siquiera de darle a la tecla de la Olivetti, como cuando acumulábamos trienios siendo industriosos funcionarios, sino de píxeles sobre la pantalla.  
Lo dicho, fraterno lector navideño: el que sigue es un cuento 100%  lleno de amor universal, paz y buenos deseos, aunque un poco resabiado. Y eso porque, a poco que nos fijemos, las cosas son de una forma aunque en la tele salgan de otra, y en casa, la verdad, a la tele le hacemos poco caso. 
Pues dice así: 

Sucedió que aquellas navidades el Portal de Belén estaba vacío. La sagrada familia no aparecía ni viva ni muerta por los alrededores de la ciudad. Ni en las posadas más modestas, ni en los corrales, pesebres o cuadras de los arrabales se les había visto. Los  pastores, a los que había convocado el ángel pregonero a trompetazo limpio, no sabían qué hacer con sus ofrendas de queso, leche y vellones. La verdad, fueron unos días de desconcierto.

Verlos, los habían visto por los caminos de Judea. María, con su preñez avanzada, a mujeriegas sobre un borrico, y José caminando a su lado, mientras sujetaba al burro por el ronzal. De Nazaret habían salido unos días antes, pero a Belén no habían llegado. Y el camino, desde luego, se lo sabían, porque era un ritual que repetían cada año por aquellas fechas. Así que raro sí era, pero tenía que haber una explicación.

Semanas antes, el emperador Augusto, desde Roma, había decretado que cada cual, en las tierras de Israel, fuese a su lugar de origen a empadronarse para que les diesen la carta de residencia. Hasta que no lo hiciesen, estaban indocumentados y no podían disfrutar de derechos sociales. Y ellos, José y María, se habían puesto en camino a cumplir con sus obligaciones ciudadanas y, de paso, conseguir un subsidio de desempleo para José, que estaba en paro desde que deslocalizaron la carpintería, y asistencia gratuita para el parto que se le avecinaba a María.

Las autoridades públicas de aquella esquina del imperio ya sabían, porque sucedía cada año por estas fechas navideñas, que Belén se convertiría en un cafarnaún de gente extraña. Lo de la fiesta de Natividad, repetido año tras año durante un par de milenios, había llegado a ser tan multitudinario que, para el solsticio de invierno, Belén se llenaba de devotos, curiosos, mercaderes, rapa-bolsas, emigrantes sin papeles, parados en busca de una chapuza extra, pedigüeños profesionales y un sinfín de expatriados en busca del milagro económico al amparo del Portal y las riquezas que traían los Reyes Magos.

 Pero este año, las autoridades habían decidido acabar con el efecto llamada y montaron una valla doble en torno a la ciudad. La cubrieron con kilómetros y kilómetros de alambres de púas y, en la parte más alta, pusieron rollos de concertinas con cuchillas que cortaban como las de afeitar. Por los puestos de control únicamente podían pasar los ciudadanos del imperio, los turistas con visa y los mercaderes de cualquier país, siempre respetuosos con los principios de la libre concurrencia.

Toda la barahúnda de indocumentados se quedó del otro lado, por más que intentaron varias veces saltar las alambradas. Los había a miles, en campamentos improvisados, donde las ONG se hinchaban a remendarles los costurones producidos por las concertinas.

José y María, con paciencia, fueron recorriendo el perímetro de la valla y, en cada control, pedían a los aduaneros que les dejaran pasar, que tenían un trabajo muy importante que hacer en el Portal del Belén aquella noche. Pero como les veían con esa pinta de pobretes y no tenían acreditación, les daban puerta. Y saltar la alambrada, con concertinas y todo, no era cosa de intentarlo. José, porque estaba en edad provecta y bastante artrítico; María, porque, con lo de la preñez, no era cuestión de desgraciar al niño a punto de nacer.

Llegó la noche del parto, el Portal seguía vacío y la sagrada familia en paradero desconocido. Bajo un alcornoque, frente a la alambrada, María parió a su hijo, lo arrimó a la teta y el bebé se durmió como un cordero; ni se enteró de que había salido del claustro materno para terminar en un campo de refugiados. Por lo demás, nadie se dio cuenta de que había nacido el que darían en llamar el Mesías. Había, por aquellos andurriales, demasiados desgraciados intentado sobrevivir y uno más ni se nota.

viernes, 22 de noviembre de 2019

Féminas o algo parecido.-


El caso es que el otro día, mientras hozaba en el pesebre mediático, me enteré de que una fémina de cierto renombre de la Sección Femenina de Vox, dijo desde la tribuna pública que coser botones empodera mucho a las mujeres. Entendámonos, para cualquier escuchante que no hile fino, vino a decir que, donde haya una buena costura para domesticar niñas (domesticar: de amaestrar en tareas domésticas), se quite la ideología de género feminista, lesboterrorista y tan perniciosa y contraria a los valores patrios y tradicionales del tipo "La mujer y la sartén en la cocina están bien".

Alicia Rubio creo que se llama la prócer voxeante, miembra (¡añorada Leire Pajín!) de la Asamblea de Madrid. La vi en el YouTube ese y, por caprichosa asociación de ideas, me recordó a la tan injustamente olvidada Sarah Louise Heath Palin. O sea, aquella gringa conocida en su momento como Sarah Palin, quien se presentó a las elecciones como vicepresidenta por el Partido Republicano USA en el 2008. Tuvo sus quince minutos de gloria – según el profeta de la mediocridad consumista, Andy Warhol – gracias a sus declaraciones reaccionarias de manual. Fue trending topic, con perdón del barbarismo, aquella contestación que dio a un bloguero vegetariano, según la cual, si Dios hubiera querido que los hombres fuésemos una especie herbívora, hubiera creado los vegetales de carne en vez de hierba.

Como se ve, pasa el tiempo pero hay humanos que, a fuerza de anquilosamiento ideológico, niegan en la práctica del día a día la teoría darwiniana de la evolución de las especies; por lo menos, de la evolución mental humana. Lo cual no tiene mucho de sorprendente. Hace un par de semanas, en el aprisco universal que es Facebook, se pudo ver que en Brasil se reunía una convención de terraplanistas a bombo y platillo. “Ordem e progresso”, sobre una esfera azul, es el lema de la bandera brasileña. Planisférico se quedó este jubilata cuando leyó la noticia.

Pero, en el fondo, a este jubilata aún le laten los atavismos del prehomínido previo a la revolución cognitiva. Fue el caso que participé en un torneo de ajedrez para principiantes y tuve como oponente a una señora. Con sutiles añagazas de hija de Eva, me hizo creer que apenas sabía mover las piezas y que era muy torpe para ese juego. La mirada de condescendencia que le eché no es para dicha y la empecé a aconsejar con afanes de macho protector. Pues bien, a media partida ya me había desarbolado y no me dejó más que el rey y cuatro peones. El pobre rey andaba huyendo por todos los escaques del tablero y los peones abandonados a su triste soledad. Lo malo no fue la derrota, sino que ésta fue sin revancha ni gloria. Ni siquiera tuve opción, como los tercios españoles derrotados en  Rocroi, a decir: contad los muertos.

Bien es cierto que la señora aquella demostró ser más hábil que yo y planeó jugadas inteligentes que no supe ver, pero si hubiera estado en su casa empoderándose a fuerza de hacer calceta, en vez de jugar al ajedrez en un curso de extensión universitaria, me hubiera ahorrado la humillación de ser eliminado en la primera partida del comienzo del torneo. Mi venganza secreta es que, al menos, no sepa pegar botones.

Pues hablando de féminas, esta vez de hominoideos, anda este jubilata leyendo un texto sobre el comportamiento de los chimpancés titulado La política de los chimpancés de un primatólogo de nombre Frans de Waal, quien observó durante años a una comunidad de estos simios en un zoológico holandés. 

Siempre damos por supuesto en las familias de animales la existencia de un macho alfa que gobierna la manada, cubre a las hembras, ahuyenta a los competidores adultos y somete a los más jóvenes. Pero se ve que en estos simios pantroglodytes, según clasificación filogenica (dicho sea para que se vea que uno algo ha leído), el papel del macho primero es un tanto azaroso. En la comunidad observada había una hembra ya de edad, de nombre Mamá, que hacía callar al hombre de la casa cuando este se ponía agresivo, e incluso se acogían a ella dos machos cuando se enzarzaban en una pelea y no se atrevían a llegar a las manos. Ella repartía abrazos y besos a los contendientes y estos quedaban calmados y tan amigos. Incluso, varias hembras se asociaban para destronar al macho dominante y poner en su lugar a otro de su gusto, aunque éste fuese más débil.

Quizás, el improbable lector pensará: Bueno, y a mí, ¿a qué puñetas me lo cuentas? Pues te lo digo, amigo, aunque hoy un poco impaciente lector, porque estos simpáticos animalitos comparten con nosotros el 98% de ADN. Se han quedado a un paso de ser “nosotros”. Un poco más y podrían ser votantes de Vox, coserse los botones de la camisa o ganar una partida de ajedrez (ellas, claro). Por si acaso, con ese resto de misoginia que nos queda a los jubilatas, herencia de la cultura judeocristiana, y tomándoselo prestado al Arcipreste de Hita, podríamos decir:

Siempre quis' muger chica más que grande nin mayor,
non es desaguisado del grand mal ser fuidor,
del mal, tomar lo menos díçelo el sabidor,
porend' de las mugeres la mejor es la menor.

Lo malo es si, pequeña y todo, te gana a coser y a lo que sea....

sábado, 2 de noviembre de 2019

Toma tres tazas.-


Cuando el gato de Cheshire se despidió de Alicia a su manera, esto es, desdibujando su cuerpo y dejándole su sonrisa, le dijo: me voy, que llego tarde. Ella le preguntó que a dónde llegaba tarde, y él, paradójico, contesto: No dónde sino cuándo.

Esta respuesta le ha dado algún quebradero mental al jubilata que esto escribe. Porque, si uno lo piensa despacio, no es en el espacio, sino en el tiempo, donde se puede llegar puntual o no a un lugar determinado. To be on time, o’clok, o algo así, según la omnipresente angliparla. Es el tiempo el que marca cuándo llegas al dónde: si antes, cuando debías, o bien lo has hecho con retraso. En nuestra experiencia de cada día, el lugar es algo sólido, sólito y permanente; es el tiempo fugaz el que decide si estás allí en su momento o fuera de él. Tempori aptari decet, hay que adaptarse al tiempo, dice Séneca. Y que perdone el improbable lector el derrape cultureta y los que seguirán.

Pues imagínese el improbable lector, si Alicia quedó perpleja ante la respuesta del gato sonriente, cómo lo estaba un servidor cuando abrió el buzón y encontró un montón de propaganda electoral. Como en plaza revuelta, allí había propaganda del PSOE, Podemos y Vox en amigable revoltijo postal. Y por partida doble: para la santa y para mí. 

Lo cual me obligó, de momento, a desentenderme de la paradoja espacio-temporal gatuna y centrarme en la paradoja política: si dar mi voto, aun siendo insuficiente para la futura estabilidad política, o no darlo y, como consecuencia - junto a miles de desilusionados - se mantenga la actual inestabilidad política. Tanto si lo doy, como si no, nada garantiza su utilidad por acción o por abstención. Tampoco estoy muy seguro de que lo anteriormente dicho sea una paradoja, una aporía o la conclusión biscornuta de un silogismo cornudo. Pero, sea lo que fuere, aparte que mi voto es una gota en el océano D’Hondt, ¿a qué me molestan con tanto papelote si, para colmo, nunca leo sus proclamas/promesas/programas?

Aunque esta vez he hecho una excepción por aquello de la novedad de nuevos contendientes en liza. “Querido compatriota”, dice el señuelo propagandístico de VOX. Buen arranque para convencer convencidos: llamar “compatriota” al destinatario de la misiva, que es tanto como decirle: estás en nuestro campo, eres de los nuestros, un patriota guay. Lleva implícito el mensaje: tú y yo somos un “Nosotros” porque hay a un “Ellos” adverso. 

Lo que, por extraña asociación de ideas, me hizo recordar aquello que explicaba el profesor de antropología sobre las células espejo en los homínidos: Lo que es igual no lo comas; lo que es desigual es comida o es enemigo. Y hay mucho “desigual” por ahí suelto: los separatistas de manual – estelados o no –, los inmigrantes ilegales gracias al maridaje de las mafias y las ONG’s subvencionadas, los delincuentes que te roban la casa, entran al juzgado por una puerta y salen por la otra, el adoctrinamiento de los niños por la dictadura progre, el plurisexismo promiscuo y el feminismo militante… En la variedad de enemigos está el gusto: De gustibus et coloribus non disputandum est, para gustos, colores.

Y ya puestos, nada como el paraíso social prometido por el PSOE: una legislatura con gobierno estable y capacidad de maniobra, y una tierra siempre prometida mil veces donde mana leche y miel, con un sistema público de pensiones blindado constitucionalmente, eliminación del nefando copago del poltrón Rajoy, sanidad pública de calidad y con recursos suficientes, educación para toda la vida, lucha contra la desigualdad social y a favor del feminismo, transición ecológica de nuestra economía y una ley de eutanasia para abandonar suavemente este mundo ideal tras luengos años de disfrute. Lo que, en lenguaje coloquial, se traduce en un prometer hasta meter. Una vez metido, si te he visto no me acuerdo. Lo habitual, pero es bonito y mola. Dulcia verba serit quien da buenas palabras.

Pero hay quien dice arrimar el hombro para seguir empujando el futuro, según lema de PODEMOS (Unidas). El sorpasso que se quedó por el camino, la coalición gubernamental que quedó en agua de borrajas, el asalto transversal al poder mediante las urnas que nunca fue, fueron coitus interruptus necesitado de la viagra de lo que esta vez presentan como “perseverancia”. Perseverancia que tiene mucho de fe, lo más próximo a la fe religiosa. Nadie persevera si no cree que su perseverancia en el esfuerzo le llevará a la gloria del poder; del poder cambiar, si no lo paradigmas sociales, al menos unos retoques que hagan sentirse importantes a las clases medias urbanas progresistas. Lástima que Sánchez no acabe de fiarse y el fiel de la balanza, llegado el caso, fluctúe entre C’s y PODEMOS (Juntas). In trutina mentis dubia fluctuant contraria…

Ansioso, espero que el cartero traiga, en los próximos días, las promesas de CIUDADANOS y PP. No dejaré de abrir el buzón de correos cada día hasta que este delicioso soma orweliano me libere de inquietudes preelectorales. Dicen que una gota de soma cura toda melancolía y tiene las ventajas del cristianismo y el alcohol juntas. La propaganda electoral también, mismamente. 

No quería caldo, pero tomaré tres tazas.