jueves, 30 de junio de 2022

Andanzas por el valle, 1.- Un paseo hasta el Mirador de los Robles. -

 


Perdone el improbable lector el abandono en que tengo esta bitácora. Como ya dije en la entrada anterior, vivir la vida de jubilata es un sin parar, y uno no encuentra tiempo para estos menesteres de la escritura sobre la vida ociosa. Ahora que estamos de nuevo en Rascafría, al resguardo de los calores capitalinos e instalados en el dolce far niente estival, no hay excusa para no alimentar esta pequeña bestia, siempre voraz de textos, que es el blog.

El caso es que, en estos días finales de junio, decidí hacer una caminata hasta el mirador del Robledo, al pie de Cabeza Mediana, desde donde se divisa todo el valle del Lozoya y es lugar apacible y solitario. Allí, en medio de la pradera, un gran monolito en pie sirve como homenaje a los guardas forestales, con esta leyenda: A la guardería forestal en su primer centenario. 1977. Muy próxima, una, digamos a modo de rosa de los vientos en hierro, con una flecha giratoria que va mostrando las cumbres del entorno y los pueblos del valle, y esta leyenda: Para ver hay que mirar y hay que saber. Si uno mira y sabe dónde mirar, verá el imponente macizo del Peñalara que enseñorea el valle desde sus 2.438 m de altura y da nacimiento a la cadena de los montes Carpetanos que se orientan en sentido NE SO y se prolongan en la sierra de Guadarrama.

Eran las 08:40 h cuando, equipado con mis viejas botas de senderismo y un cinturón/mochila cargado con la botella de agua, un poco de pan y chocolate y una fruta, me puse en marcha. Rascafría aún no está invadida de veraneantes, el arroyo Artiñuelo corre al pie de casa, las rosaledas de nuestro alojamiento están en su esplendor, la calle sigue desierta y aún con el frescor de la noche pasada. Este jubilata, olvidadas las artritis habituales a estas horas de la mañana, siente que tiene por delante un hermoso camino que recorrer y se pone a ello con el entusiasmo de un caminante avezado.


Paseo adelante, a poco más de media hora está el Paular. La vieja cartuja muestra la estampa clásica de su alta torre y no puedo evitar el fotografiarla una vez más, erguida entre la arboleda del entorno. Aquí, hasta hace unos ocho años, estuvo el bonito hotel Santa María del Paular que fue desmantelado por un desacuerdo entre el Patrimonio Nacional y la empresa que lo explotaba. Se despidió a los trabajadores (un número considerable de familias del valle vivían de ello), sus muebles, de una solidez monástica, se subastaron, incluyendo cuadros y dos pianos. Los intentos por recuperarlo no han fructificado y sus instalaciones están obsoletas. Incluso los conciertos de verano que se daban en el patio del Ave María se los llevó la pandemia. Solo una pequeña comunidad de benedictinos mantiene vivo el lugar, aparte las visitas al conjunto museístico y las pinturas de Carducho en el claustro.


Aquí nace el histórico camino del Palero que lleva hasta lo alto del puerto de los Cotos. En los primeros kilómetros, a derecha e izquierda, pinares y robledales, y fincas de recreo de mucha categoría. Paco, el viejo panadero de Rascafría, me contó hace años que estas propiedades fueron abandonadas por sus propietarios cuando las tropas franquistas ocuparon el valle. Subieron desde la Granja una noche, a cencerros tapados, con los cascos de las mulas envueltos en trapos para que no se oyeran, con artillería de montaña y unas compañías de requetés. Arriba, en el Reventón, se dio la pequeña batalla que hizo retroceder al escaso contingente del Batallón Alpino que guardaba las cumbres. El viejo panadero, que era niño entonces, me contó pormenores de aquella batalla, y Julio Vías ha escrito documentadamente sobre aquel episodio. En resumen, que aquellas fincas pasaron por usurpación a manos de ricas familiar franquistas.

Y no por usurpación, una vacada con sus terneros ocupa un punto del camino, pastando y ramoneando. Este jubilata, que siente respeto por la maternidad vacuna, no quiere molestar a los jatos inocentes que le miran con curiosidad, mientras mamá vaca observa al viandante por si éste se desmanda y molesta a su prole. Ya se sabe que las vacas de cría, tan pacíficas y bucólicas ellas, tienen un pronto maternal que las hace arremeter contra el imprudente que ose acercarse a sus retoños, así que me paro, les silbo, les amenazo con el bastón y, con pereza, sin prisas, como haciéndome un favor, se salen del camino y me dejan pasar.  


Camino del Palero que seguiré en su primer tramo, llego hasta la pista que enlaza con el mirador del Robledo. Son las 10:14 h cuando dejo el Palero que empieza a subir hacia el puerto, bordeando Cabeza Mediana. Yo giro hacia la izquierda, con el sol casi de frente, hasta llegar al mirador. Son las 10:35 h. ni un alma en el entorno. Sólo unas grajas gritonas que se alejan graznando, molestas por mi presencia. La pradera ya está agostada, lo que le resta algo de belleza. Yo he subido aquí con mi santa una primavera y era una gozada: todo verdor y una vacada pintoresca haciendo bonito sobre la pradería. Ahora, como digo, sólo un servidor, sentado sobre el pretil, comiendo un trozo de pan moreno con una onza de chocolate, el valle ante mí, el embalse de Pinilla al fondo. En torno, el rumor del aire que mueve las hojas de los árboles y el silencio de la naturaleza hecho de pequeños sonidos, imperceptibles para el oído de los urbanitas que llegan hasta aquí con sus coches y sus músicas enlatadas.


Son las 11:20 h cuando me voy del mirador. Acaban de llegar dos coches, la soledad se rompió con el ruido de los motores, aquello empieza a ser una multitud y yo tengo un acceso de misantropía.

Tomo de regreso el camino que nace junto a la carretera y el carretil que sube al puesto forestal. Es camino que atraviesa el arroyo de la Umbría y termina en el Palero, como a medio kilómetro de la carretera y la entrada a las Presillas. Cruzado el arroyo, en unos prados a la derecha, un colmenar que me recuerda aquellos versos de Virgilio: …sic vos non vobis melificatis apes (así vosotras, pero no para vosotras, abejas, fabricáis la miel), quejoso de que un poetastro se hubiese apropiado de unos versos que él escribió: hos ego versículos feci tulit alter honores (yo escribí estos versos y otro se llevó el premio). Las abejas, ajenas a las advertencias del poeta y a los derechos de propiedad, siguen libando y fabricando su miel.


Son las 12:23 h cuando llego al puente del Perdón. En el banco de piedra corrido, a la sombra de los abedules, unos jubilados charlan de gallinas. Las mejores ponedoras son las blancas, asegura uno que las tiene en su corral. Un servidor toma nota por si un día venturoso tiene casa en el pueblo, corral y gallinas que no necesiten escuchar a Mozart, como esas que anuncian cuando vas a comprar huevos al súper.


Atravieso la finca de los Batanes. Allí estuvo, desde el S.XIV hasta la desamortización de Mendizábal, el molino papelero de los cartujos, de donde salió el papel en que se imprimió el primer Quijote en 1605. Edición de la que, si la memoria no me falla, queda un ejemplar que el marqués de Lozoya encontró en la RAE. Y en la misma finca, el bosque finlandés junto al pequeño lago artificial; lugar umbrío que conviene visitar y pararse a contemplar desde el embarcadero. Si el momento es propicio, uno verá a los galápagos sestear sobre troncos flotando en el agua, o alguna familia de patos silvestres.

De aquí a Rascafría pasando por las ruinas del antiguo colegio/internado de San Benito, que fue de la Sección Femenina, donde se educaba a las niñas para ser buenas esposas y madres, y cristianas, y hacendosas, y sumisas al varón, y todas esas virtudes femeniles que el franquismo quería inculcar en las hembras humanas. Este jubilata aún las recuerda, cuando siendo niño, las veía con sus uniformes y sus pololos pudorosos. Algo sobre el particular quedó escrito en esta bitácora hace ya años.

A la salida de los batanes, un pequeño puente de tubos con pasarela de madera cruzaba el Lozoya y por aquel camino se salía a la carretera. Desde aquel invierno de la Filomena, la furia del río se llevó el puente, cuyos hierros aún se ven cauce abajo. La Comunidad de Madrid aún no ha hecho intentos de reconstruirlo, y aunque el caminante lo achaque a desidia, debe ser porque tiene asuntos de más enjundia en que emplear su tiempo y el dinero público. La señora Ayuso y sus acólitos sabrán.

A las 13:10 h estaba en casa, después de atravesar el río y pasar por ese enorme aparcamiento asfaltado que el ayuntamiento de la villa construyó el año pasado después de arrasar parte de un pequeño parque abandonado, llevándose por delante árboles, arbustos, avellanos y matorral que por allí sobrevivían sin molestar a nadie. Ahora aquella enorme plancha de asfalto es un acumulador de calor donde un empleado municipal cobra 3 € a quien quiera dejar su coche estacionado. El caminante lo cruza – el puñetero aparcamiento – echando el bofe, con el sol a plomo sobre su cabeza, deseoso de meterse bajo la ducha.  

 

domingo, 29 de mayo de 2022

Cuestión de piel. -

 


Lo cierto es que los últimos tiempos tengo esta bitácora como nave al pairo. Mientras tanto, navego por otros mares que ocupan las horas que un jubilata debe dedicar a cuestiones de mayor calado. Estas son tales como atender los menesteres domésticos al alimón con la santa, dar esas largas caminatas recomendadas por el reumatólogo para que las lumbares no se descalcifiquen y otras más, igualmente necesarias pero con las que no voy a aburrir al improbable lector. 

Si éste está ya septuagenario o anda en los preliminares – aunque deseo que quienes lean esto gocen de una edad más floreciente – sabrá las múltiples ocupaciones a las que nos dedicamos los tales para mantener la plasticidad neuronal, la articulación sin herrumbre y el músculo elástico. Todo ello dentro de los límites que la edad impone, claro está.

Total, que mientras ocupo la vida en asuntos tan vitales, dejo al paciente lector esta historieta que escribí allá por el 2004 y llamé En la piel de otros, por si quiere entretenerse leyéndola un rato. Mientras, me ocuparé de mis asuntos. Le deseo sea una feliz, liviana y breve lectura. 

El cuento que aquí cuento dice así:

"La verdad es que ya estaba un poco harto. Aquel cuerpo en el que había vivido con intermitencias los cincuenta y seis últimos años empezaba a quedárseme pequeño. Además, en los últimos meses el traumatólogo me le había diagnosticado una artrosis de la quinta cervical, lo que unido a una hipertrofia de la próstata y a una presbicia galopante, lo convertían en una envoltura francamente incómoda. Por eso, un buen día prescindí de él.

La cosa no tenía excesivas complicaciones. Aquella noche me lo desabroché como quien se desabrocha la camisa para ponerse el pijama antes de dormir. Me despojé de aquella armazón de huesos y tendones, con su entramado muscular más bien fláccido y su bandullo intestinal maloliente, y lo metí en una bolsa de basura que deposité en el contenedor naranja para residuos orgánicos.

Con la habitual falta de previsión que me caracteriza, no me había preocupado de cuál sería mi siguiente corporeidad, ni siquiera si ésta había de ser meramente física o sólidamente imaginaria.  Respecto a la primera, estaba tentado de corporeizarme –por decirlo de alguna forma- o encarnarme, si se prefiere, en la vecina del 7º C. Era ésta una mujer próxima a los 40 años; una venus calipigia de anca bien moldeada, fuente inagotable de mis sueños eróticos. Sólo pensar en poseerla desde dentro me disparaba los niveles de testosterona hasta límites insospechados. Ser ella me parecía el colmo de la dicha. Otra solución era adoptar la personalidad de cualquiera de los miles de personajes de ficción que pueblan mi biblioteca.

Si, en el último momento, no me decidí a ser la vecina del 7º C, la del glúteo hermoso, fue porque no me caía bien el castrón de su marido. No me veía yo como recipiendaria de sus afanes concupiscentes; vamos, que si aquel tipo llegaba  a meterme mano, lo fostiaba sin remedio. Y tampoco era el caso. El temor a una reacción tan primaria fue lo que me decidió por la segunda opción, la de usurpar el cuerpo de un personaje literario. Digo lo de usurpar porque los derechos de autor siempre han sido una traba a mi libre deambular por seres imaginarios. Lo convierten en una especie de furtivismo literario, obligándome a soltar mi presa cuando ya estaba cómodamente instalado en ella.

Recuerdo bien mi transmutación en Juan de Mairena, aquel célebre profesor apócrifo, sentencioso y senequista, que se inventó un poeta al que puso por nombre Antonio Machado. Poeta para el que recreó una vida y una obra tan verosímiles que, desde entonces, ocupa un puesto de privilegio en todas las antologías poéticas en lengua española.

Pero no es momento de hablar de mis experiencias literarias desde la mismidad de los personajes que habito a salto de mata, que no quiero dejar pistas. Que luego la Sociedad de Autores acecha mis andanzas con la Ley de Propiedad Intelectual en la mano para cobrarme el peaje, como si los seres de ficción por los que transito fuesen autopistas.

Claro que esta es sólo una de mis preocupaciones de transmigrador por vidas prestadas, porque los servicios de limpieza del ayuntamiento descubrieron mi viejo cuerpo en el cubo de basura. Aquella piltrafa se convirtió en el centro de atención de la policía y, por ciertos indicios, llegaron a la conclusión de que yo era el responsable de su abandono. Un juez decretó mi búsqueda y captura y, por esa incomprensible lógica de la burocracia judicial, me convertí en víctima y asesino de mí mismo.

Acosado por los derechos de autor, por un lado, y acusado de autor de asesinato, por otro, no vi más salida que borrar mi rastro. Por eso, una noche, a escondidas, regresé a mi casa, donde nadie esperaría verme. Para ello había comprado un ejemplar del Lazarillo de Tormes, que por ser obra anónima está libre de herederos literarios, me escabullí dentro del personaje del ciego, primer amo de Lázaro, limosneador y marrullero, y envié por correo certificado el ejemplar a mi propia dirección. Esto me permitió vivir meses de anonimato, oculto en las estanterías de mi biblioteca, e incluso ganar algún dinero vendiendo cupones de la ONCE.

Lo de vender lotería de los ciegos era un poco incómodo, pero gratificante. Como fui el último en llegar, no me dieron plaza en ningún quiosco del barrio y tenía que ponerme en la esquina de mi calle.  La vecina del 7º C pasaba todas las mañanas delante de mí, camino de la compra, con ese meneo de nalgas que me traía loco y yo, al descuido, me tropezaba con ella y le rozaba el culo.

- Disculpe, señora –, le decía con voz lastimera. – Esto de ser ciego es una desgracia. Un castigo divino –, insistía yo, compungido –, por mi mala vida pasada.

Ella, más buena que el jamón de Guijuelo, no me lo tomaba a mal. Incluso me cogía del brazo y me dejaba instalado en la esquina. Yo aprovechaba para pegarme a ella y rozarle la teta, que me veía muy necesitado con tanta soledad. Incluso, en los días más crudos de invierno, mi vecina del 7º C me bajaba un café con leche a la esquina y yo sentía su cimbreo de hembra jaquetona. Hambriento de ella, soñaba con tomar posesión de su cuerpo, aunque me repateaba la idea de hacer de súcubo para el huevón de su marido.

Entre el deseo de aposentarme en el cuerpo de mi vecina y el temor a que el cuernario del marido me sobara creyéndome ella, pasé por una fase depresiva. Durante las noches, desvariando de amores, me convertía en Margarita Gautier y paseaba por las páginas de La Dama de las Camelias, del brazo de Alejandro Dumas, entre sollozos quejumbrosos. Con tantos ayes románticos, y tantas toses de tísica, no dejaba dormir a los vecinos de al lado y se empezó a decir por la escalera que en casa había duendes.

Un día que libraba de vender cupones, me decidí por fin; fui a la estantería donde estaban las novelas de Salgari. Tenía allí una edición de Saturnino Calleja con las aventuras de Sandokán y adopté su personalidad. En guisa del Tigre de Mompracem, subí al séptimo piso y llamé en el C.

- Lo siento, buen hombre –, me dijo ella, confundiéndome con un magrebí vendedor de alfombras. – Pero en casa tenemos moqueta.

Y, al cerrar la puerta, oí que decía: – Qué moro más guapo.

No era para menos, porque para la ocasión me había puesto unos bombachos de seda anaranjada, un chaleco de terciopelo, una faja de moaré con dos pistolones de chispa y una daga malaya al cinto, y un turbante de tisú que realzaba unos ojos verdes y una tez morena igualitos al protagonista de la película.

Aquella noche, sin consuelo posible, de nuevo hecho una Margarita Gautier, estuve llorando a moco tendido y paseando en salto de cama por todo el piso, con una vela encendida en la mano. Los vecinos, asustados de los ruidos y las luces, cogieron las mantas y los niños y se bajaron a dormir al garaje. Al día siguiente se convocó, por el procedimiento de urgencia, Junta Extraordinaria de Propietarios y votaron contratar a una vidente y conjurar al espíritu. ¡Como si yo no tuviera bastantes preocupaciones!

Una semana me duró la murria. Pero mi segundo intento no tuvo más éxito que el primero. Me pareció que tanto exotismo no era asimilable por una mujer que, aunque poseedora de unas caderas afrodisíacas, no dejaba de ser de barrio. Pensé que no hay fémina que se resista a un hombre elegante y me transmuté en Armado, que tenía yo a mano un libreto de la Traviatta. Con mi chaqué a la moda parisina de 1892 y un tupe a lo Alfonso XII, subí  al 7º C dispuesto a deslumbrar al objeto de mis deseos. Llevaba yo en la mano un ramito de violetas y, en mis ademanes, una displicencia de aristócrata finisecular.

- ¡Jodá, El cobrador del frac! – gritó nada más verme. Y cerró de un portazo.

Creí morir. Era tal la desesperación que embargaba mi corazón herido que, en un arrebato de amante desdeñado, quise suicidarme con uno de los pistolones de Sandokán. Pero me lo pensé mejor y me fui a un bistró, donde me puse de absenta hasta el culo. De regreso a casa a altas horas de la noche, por desahogar mis penas de amor, di de patadas a los muebles y empecé a tirar libros por la ventana, mientras recitaba a voz en cuello aquello de Espronceda:

Me gusta un cementerio / de muertos bien relleno / manando sangre y cieno / 

que impidan respirar,

Con el estruendo y los gritos que yo pegaba, la gente se asustó de veras. Muchos vecinos corrían escaleras abajo y huían dejando sobre la acera un rastro de zapatillas, rulos, niños de teta, preservativos y otros enseres nocturnos. Yo, poseído por la desesperación, me puse a tirar muebles por la ventana, clamando como un poseso:

.. .Y allí un sepulturero / de tétrica mirada /con mano despiadada /

 los cráneos machacar.

Aquella noche, la policía acordonó la zona, al resto de los vecinos los sacaron en pijama y los repartieron por hoteles y pensiones, y los bomberos entraron a golpe de piqueta en casa. Yo, despavorido, me refugié en la novela El Recurso del Método, bajo la especie del Primer Magistrado, atrincherado tras un rimero de medallas y condecoraciones, hasta ver si escampaba.

A la mañana siguiente, sacaron del piso dos camiones llenos de libros que se llevaron para combustible de una térmica. Los pocos que quedaban por el suelo, entre ellos la novela de Alejo Carpentier conmigo dentro, terminaron en el contenedor de papel de frente a casa, donde me quedé agazapado.

Aquí dentro del contenedor, entre cartones de embalaje, revistas de cotilleo, periódicos viejos y otros papelotes, paso mis días espiando por la ranura los contoneos de la vecina del 7º C cuando sale a la compra. Y ella, por lo que tengo observado, echa de menos los magreos de cuando yo ejercía de ciego en la esquina".

domingo, 1 de mayo de 2022

Lo efímero. -

 


Artistas que una vez identificaban el valor de su trabajo con su duración eterna, y por lo tanto luchaban por alcanzar una perfección que imposibilitara cualquier cambio posterior en su obra, ahora organizan instalaciones destinadas a ser desmontadas una vez se acaba la exposición, o bien organizan eventos que terminarán en el preciso momento en que los actores miren hacia otra parte. (Zygmunt Bauman. Sobre la educación en un mundo líquido.)

Precisamente en el señor Bauman pensaba este jubilata mientras visitaba una instalación – ahora no son ni pueden llamarse exposiciones – en el palacio de cristal del parque del Retiro. Contra la extravagancia del deseo, así ha llamado Carlos Bunga (creo que portugués él) aquella instalación de grandes pilares con apariencia de soportes en hierro y paredes con un enlucido en blanco con muestras de deterioro, que parecen cerrar un edificio en desuso. La sensación de lugar abandonado y estructura arquitectónica descarnada es lo primero que percibe el visitante. Esa es la apariencia de una realidad sólida. Pero los materiales en cartón, sujetos con cinta de embalaje, nos hablan de lo efímero de aquella estructura, como símbolo de la inútil pretensión de durabilidad de las cosas humanas.


Una construcción sólida, si se mira desde el exterior. Un decorado de cartón piedra, útil mientras se representa la función, si uno siente curiosidad y mira el interior del andamiaje. La fragilidad de los materiales nos habla de la limitación en el tiempo de su valor de uso y de la caída en el olvido en cuanto deje de ser útil; en cuanto, como dice Bauman, los actores miren para otro lado. Y ya se sabe que los espectadores somos actores de esas obras efímeras que cobran sentido mientras las observamos. Cuando nuestra curiosidad momentánea se desplaza a otro objeto, tan sin consistencia como el ya visto, éste se “desinstala” y se almacena hasta que vuelve a suscitar interés en otro lugar y a otros espectadores ansiosos de novedad.


Es lo fastidioso de esta forma de entender la expresión artística, que su propia irrelevancia, su escaso valor como objeto fuera del contexto para el que se ensambló, obligan al espectador ocioso a plantearse por qué coños algo que carece de valor estético lo consideramos arte o transmisor de algún tipo de mensaje que debemos desentrañar. Porque el artista nos obliga a pensar, nos obliga a repensar aquel conjunto de materiales, que por separado no tenían intencionalidad artística, como un toque de atención sobre la falsa solidez de nuestra sociedad de aparente consistencia, mero andamiaje. Nos obliga a sentirnos inseguros y a no encontrar un disfrute estético. Lo que, la verdad, es un fastidio porque nos estamos “comiendo el coco” sin necesidad. Y uno no tiene por qué gastar su tiempo de jubilata en tales elucubraciones. Solo que uno reincide porque en algo tiene que ocupar sus ocios.  


Visitando exposiciones como ésta, recuerdo con frecuencia aquella vez, en los años 80, que la santa y yo visitamos el museo de la Academia de Florencia. Todo turista que entraba allí se sentía obligado a admirar la belleza del David ceñudo e imponente. Yo quedé impresionado por aquellos esclavos, pura energía vital, pugnando por salir del bloque de mármol y cobrar forma humana. Eran como el signo más claro del optimismo del hombre renacentista, dispuesto a romper los moldes del oscurantismo eclesiástico medieval y a dominar el mundo con su fuerza intelectual. La aparente tosquedad del non finito de Miguel Ángel no era más que un exceso de energía, un élan vital hubiera dicho Bergson, que daba paso a una sociedad con conciencia de su valer.  

Pero, ahora, mientras visito esta instalación en el palacio de cristal, solo veo un remedo de edificio industrial abandonado, de pilares herrumbrosos y paredes desconchadas que no es más que un artilugio de quita y pon hecho con materiales deleznables. Hago unas fotos con el móvil, algún selfi para dejar constancia de mi paso (que colgaré en mi estado de guasap para que las amistades vean lo culto que es el jubilata), tomo unas notas por si me sirven para una entrada en el blog (que sí servirán) y continúo mi paseo por el parque.

Y para convencerme de que lo que he visto es arte, recuerdo lo que leí en la exposición de Mondrian este invierno pasado: El Arte siempre está relacionado con la realidad. La realidad cambia con el tiempo El arte tiene que cambiar su expresión. El contenido del Arte permanece, es inalterable, como lo es el contenido esencial de la realidad. 

Ya ve el improbable lector en qué ocupa uno su efímero tiempo…

jueves, 14 de abril de 2022

Paseata por lo castizo, con divagaciones.-

 


Sepa el improbable lector que la otra mañana, como jubilado en ejercicio que soy y que como tal ejerzo, me dediqué al descansado oficio de paseante en corte. Dicho sea sin mayores pretensiones, y a despecho de la poco honrosa definición que de tal expresión da la Real Academia: Paseante en corte: Individuo que no tiene destino ni se emplea en ninguna ocupación útil y honesta. Pero ahí dejaremos esa definición difamatoria, sin entrar en mayores averiguaciones. Un servidor no quiere enturbiar su ánimo entablando disputas eruditas con los Padres de la Lengua. El jubilata es de por sí un ser de ánimo placentero y conciliador, y a ello me atengo.

Decía, pues, que la otra mañana fui en metro hasta la Latina y me encaminé a la Ribera de Curtidores. Iba con ánimo de comprar, y así lo hice, un pantalón de montaña para mis andanzas camineras por la Sierra madrileña. Mientras mis pies me llevaban hacia las tiendas de deportes del Rastro, mis pensamientos vagaban, sin razón que los justificase, por otros caminos. Iban desde doña Beatriz Galindo, la ilustre Latina a la que alude esa estación de metro, hasta el Gonzalo de Berceo, el monje de San Millán de Suso.

Y eso porque – se me ocurrió pensar - redactar mi bitácora en buenos latines, tales como los hablaba doña Galindo, debería ser la leche de culto, aun a riesgo de que no me leyera ni el Nuncio de Su Santidad. Ya me sentiría yo bastante pagado con el subidón de autoestima que me iba a embargar.

Pero como el intelecto mío no da para tanto, en mi magín me conformaba con llegarle al coturno al monje Gonzalo, quien presumía, ya que ignorante de los latines, de versificar en román paladino. Y no es que un servidor quisiera fablar curso rimado por la quaderna vía – que no está la posmodernidad para esas antiguallas, más cuando los gustos actuales están por los haikus japoneses –, sino, simplemente, expresarse con claridad y en lenguaje en el que suele cada quisque hablar a su vecino…

Pero ya veo que estas divagaciones (No te andes por las ramas, acostumbra a decir la mi santa) me apartan del primitivo objetivo, así que encamino mis pasos, de nuevo, desde la Rivera de Curtidores a la calle Embajadores. Cerca de la barroca iglesia de San Millán y San Cayetano, cuya fachada hay que mirar en escorzo desde uno de sus laterales para que te alcance la vista, una señora recoge los excrementos de su chucho. Desde la acera de enfrente, un señor con gran barba hípster, le interpela con recochineo: Qué…, el perro está haciendo política: ¡Está soltando mierda! Pero no todo es casticismo soez, no se ofenda el lector, que, un rato antes, en una pared del Rastro, leí este grafiti: Nos querían enterrar, pero no sabían que éramos simiente. Germinal y profundo…

En Embajadores, esquina a Tribulete, el mercado de San Fernando, con su bonita fachada inspirada en el estilo herreriano y amplia escalinata de acceso. Creo que dediqué una entrada en esta bitácora a hablar de él. Si el curioso lector siente curiosidad, hurgue, hurgue en estos escritos míos, que seguro que la encuentra. Y también hablé de su librería al peso La Casquería. Es ésta una de las librerías de viejo más curiosas de Madrid.

Cuando el mercado municipal vino a menos, se recicló en lugar de progresía con un toque vintage, con tiendas gourmet, lugares de copas con vinos de la tierra y cosas guapas para gente guay (o viceversa). Su antigua casquería, donde se vendían los despojos: asaduras, callos, patas, morros, sangre y demás entresijos animales, es hoy librería donde uno puede comprar kilo y tres cuartos del Ulises, de Joyce, o kilo cien gramos de Memorias de ultratumba, de Montesquieu. O, sin ponerse tan exquisito, tres euros y medio de La Risa, la Carne y la Muerte, que es lo que pesaba este volumen de cuentos de Eduardo Zamacois que compré. Una edición de 1930, en rústica, y tan perjudicada que se desbaratan los cuadernillos. Pero que proporcionará un doble placer: el de reencuadernarlo en el taller de encuadernación en las próximas semanas, y el de su lectura este verano, mientras oigo el rumor del Artiñuelo en Rascafría.

Un poco más allá, ya en la calle Tribulete, las antiguas Escuelas Pías, hoy sede de la UNED, equipada con una biblioteca de postín. Allí, en sus aulas, un servidor se empeña en aprender los rudimentos del ajedrez y en identificar un ataque a la descubierta, un ataque doble; o bien, qué es una pieza clavada o una captura de peón al paso, y otras sutilezas tácticas que aguzan el ingenio de jubilatas ociosos. Y aunque ningún dios me ha encaminado por la vía del escaque magistral, eppur si muove…, que no es poco

En la misma calle Tribulete, ya cerca de la plaza de Lavapiés, una escena de sangre; sangre a los pies del individuo agredido, apoyado contra un escaparate. Mucha, mucha policía, y uno de ellos que comenta a otro “… Un machetazo…” La gente va a sus quehaceres y mira con curiosidad. El drama callejero siempre es espectáculo, a condición de que en esa rifa no te toque alguna papeleta.

Y como uno ya ha echado la mañana, en la estación de Lavapiés toma el metro y se va a su barrio de la Concepción. Aquí no hay tipismo, ni mezcolanza de nacionalidades y lenguas, ni gentrificación, ni sale en las guías del Trotamundos para mochileros. Sí hay el parque del Calero, lleno de jubilatas, niños y perros.

jueves, 24 de marzo de 2022

Vidas paralelas.-


Fue como una invitación a la rechifla. Cuando el señor Ossorio, portavoz y consejero de Educación del PP en la Comunidad de Madrid, miraba debajo del atril buscando pobres, me acordé. El hombre de buen traje y apostura ponía todo su afán en ver si encontraba algún pordiosero del millón y medio de pobres o en riesgo de exclusión social de los que habla el último informe de Cáritas. Nadie le había dicho que no los encontraría desde lo alto del podio desde donde ejercía su portavocía frente a los periodistas; que para eso había que salir a la calle y mirar por los barrios más desfavorecidos de la capital del reino.

Digo, pues, que era inevitable acordarme de una historieta que escribí hace ya años, cuando era alcalde de Madrid don Alberto Ruiz Gallardón. El señor Ruiz Gallardón, cuando iba a su despacho en coche oficial, sí veía a los pobres mendigando por las calles céntricas de Madrid y le daba vergüenza ajena, pensando en los millones de turistas que venían a visitarnos cada año.

Tuvo la ocurrencia alcaldesca, que no pudo llevar a efecto, de asignar una ayuda de supervivencia a los pobres de solemnidad acreditados en la villa y corte. La idea era sacarlos de las calles y almacenarlos en pensiones y alojamientos de batalla. La ocurrencia, ya digo, quedó en alcaldada genial y bienintencionada, aunque no operativa. A un servidor le sirvió para idear la historia apócrifa del mendigo Guripa, que paso a relatarte, improbable lector, por si te interesa.

Dice así:

Antonio, al que llamaban el Guripa los del gremio de la mendicancia, era hombre de buen conformar y nada quejoso del sistema establecido. Era mendigo y lo de vivir en la calle tenía, en su opinión, sus ventajas: la ciudad era su casa, por la que no pagaba ni hipoteca ni impuestos. Era como vivir en un hotel enorme. Una noche dormía en un banco público, otra en el quicio de un negocio en quiebra, o si hacía frío, en el vestíbulo de una Caja de Ahorros, junto al cajero automático.  Era lo que más le gustaba. Saberse cerca de aquella máquina con las tripas llenas de euros le hacía sentirse importante. Era como ser millonario, pero sin tener que esconder el dinero en un paraíso fiscal. Se acurrucaba con la espalda contra el cajero y sentía cómo, desde los entresijos de la máquina, llegaba un ronroneo satisfecho, como de gato bien alimentado. A veces, soñaba que dormía abrazado a un fajo de billetes.

Lo de comer tampoco le suponía mucho problema. Cuando no le daban en un comedor de beneficencia, bastaba con meter la mano en las papeleras y siempre se encontraba algo; si quería darse un banquete, iba a los súper o a las fruterías cuando echaban el cierre. Allí, dentro de los contenedores, siempre encontraba yogures pasados de fecha, pizzas y empanadillas pasadas de fecha, bollería pasada de fecha, frutas podres pero aprovechables. Tenía buen diente (tres, exactamente) y no hacía ascos a nada. Lo de la fecha de caducidad tampoco le preocupaba demasiado al Antonio; al fin y al cabo, él no gastaba calendario y era incapaz de distinguir un domingo de un jueves. No hay nada como la carpanta para que todo te sepa a gloria, pensaba Antonio el Guripa, mientras hozaba en los contenedores.

– Guripa, – le decía el Medardo, un compañero de profesión – eres el tío más feliz que conozco. Y el Guripa, o sea Antonio, sonreía enseñando las encías viudas y los tres dientes cariados.

En cuanto a los pequeños vicios como el tabaco y el cartón del Tío de la Bota, siempre conseguía algunas moneditas en la puerta de la iglesia. Eso sí, un puesto en la puerta de la iglesia era como ser funcionario. Había que hacer oposiciones para ganárselo y, una vez con la plaza en propiedad, vigilar la competencia desleal de los gitanos rumanos. Él, después de varios meses de interino y a fuerza de sobornos a los veteranos de allí, había logrado plaza en el tercer escalón de la parroquia Nuestra Señora de la Constipación. La gente caritativa que iba a misa le daba buenos consejos: Antonio, no te emborraches; Antonio, no fumes, que es malo para la salud; Antonio, no robes, que es pecado y el Señor te castigará....

– Señora – respondía él educadamente – soy pobre, no banquero. Usted disimule, si ofendo…

Además de buenos consejos para la salud del cuerpo y del alma, aquellos buenos cristianos le daban moneditas de cobre que él guardaba celosamente en un pañuelo añudado con tres nudos. Luego, con la chatarra de monedas, hacía montoncitos: las de un céntimo en un montón, las de dos en otro, las de cinco en otro más, y en cuanto los montones alcanzaban la altura de un cigarrillo, iba a una tienda de chinos y se compraba el cartón de vino. Luego, brindaba por la salud de sus benefactores: sangre de Cristo, cuánto ha que no te he visto…; y, a cada trago que daba, el mundo le parecía perfecto.

Era el señor alcalde quien no encontraba el mundo perfecto. Al señor alcalde, por aquello de las elecciones, no acababa de gustarle tanto desarrapado y pobre de pedir como había por el centro de la ciudad. Una babel de mugrientos y mendigos de toda calaña, lengua y procedencia que vivía de la sopa boba y afeaba el paisaje urbano de la capital. No es que el señor alcalde tuviera nada contra los mendigos, no. Es que afeaban el paisaje urbano, ya se ha dicho. Pura cuestión – según la prensa adicta –, de estética urbanística y de justicia social, si bien se miraba el asunto.

– Porque, vamos a ver, – decía doña Claudia – por qué los pobres de pedir no pagan impuestos, ¿eh? El gobierno nos tiene fritos a las personas honradas y éstos, señalando al colectivo mendicante, a la sopa boba…

Doña Claudia acudía a misa de siete todas las tardes y, a la salida, siempre repartía unas moneditas entre la pobretería de la parroquia de la Constipación según el escalafón establecido por leyes no escritas. A los situados en el atrio de la iglesia – por estar más cerca del Señor, afirmaba con buen criterio la beata – les daba diez céntimos. Según descendía la escalinata hacia la calle, iba bajando el estipendio, de forma que, a los que estaban en la calle, a la puerta del templo, solo les daba un “Dios le ampare, hermano”. Al Guripa, que pedía en el tercer escalón, le correspondían siempre cinco céntimos. El incremento por desviación del IPC anual no contaba a efectos caritativos.

– A ver por qué los pobres no pagan impuestos – insistía ella, un día que hablaba de lo mal que está todo con el señor párroco, justo cuando pasaban al lado de Antonio.

– A ver… – dijo éste – y las putas, tampoco, y ganan más que nosotros… Y se divierten más, iba a decir, pero se calló a tiempo. Fue consciente de que pisaba tierra sagrada, y eso le contuvo.

El comentario le costó al Antonio bajar dos escalones en el escalafón pedigüeño, del tercero al quinto. A partir de entonces, doña Claudia solo le daba dos céntimos, y eso con cara de asco. Fue el único tropiezo serio que tuvo en su carrera de pobre de pedir. Eso y lo de aquella noche de enero, que llegaron unos bandarras mamados de calimocho y le rompieron la crisma al grito de ¡¡Emigrantes fuera!! De nada le sirvió decir que él era nacido en Socuéllamos, le zurraron igual. Claro que el Antonio era de natural optimista y no se lo tomó a la tremenda. Llegó la policía municipal, llamaron a una ambulancia que le llevó a la casa de socorro. Allí le curaron, le dieron una ducha y ropa limpia, y durmió calentito toda la noche. Mejor que en el cajero.

Pero las preocupaciones del señor alcalde eran más graves. Según las estimaciones, este verano pasarían por la capital cuatro millones de turistas, y a la capital de la octava potencia económica mundial había que lavarle la cara. Y, encima, estábamos en periodo electoral.  Había que barrer a los mendigos para dar buena imagen, había que ganar las elecciones y había que buscar préstamos en el mercado financiero chino para refinanciar la deuda municipal. El señor alcalde estaba que no dormía de preocupaciones.  Pero al Guripa, que acababa de encontrarse, en un banco del parque, medio sándwich de sobrasada, no se le alcanzaban estos quebraderos de alta política. Masticaba con sus tres dientes y miraba las pantorrillas de unas turistas alemanas.

Por su parte, el señor alcalde no tenía nada personal contra los mendigos, nunca se insistirá bastante. De hecho, cuando le llevaban en el coche oficial, desde su residencia al despacho en la Alcaldía, ni los veía. Se pasaba el trayecto leyendo informes y hablando por el móvil, y ni se daba cuenta de la cantidad de turistas que pululaban por la Gran Avenida. Cuánto menos del Guripa, que se rascaba las greñas junto a la fuente de la Mariblanca.

Una ordenanza municipal estableció que, desde el día siguiente a su publicación en el Boletín Oficial del Ayuntamiento, la mendicidad quedaba prohibida en todo el término municipal y el variopinto colectivo de los sintecho (con independencia de su procedencia, lengua, color de piel o religión) debía integrarse en la sociedad, so pena de confiscación de limosnas, acoso policial en vías públicas y, en su caso, prisión sin fianza. La mugre era un desdoro a erradicar y la ciudad, sin mendigos que la afearan, sería el espejo en el que se miraría toda Europa. El señor alcalde subió en intención de votos como la espuma.

Antonio, privado de su medio de subsistencia, al principio andaba desorientado. Ya no podía escarbar en los cubos de basura, ni dormir en los cajeros, ni tumbarse en un banco público. Incluso en las gradas de Nuestra Señora de la Constipación, doña Claudia dejó de repartir sus limosnas que, a partir de entonces, echaba en el cepillo de Santa Rita. Por su parte, el señor párroco conminó a los pedigüeños de plantilla a que abandonaran su puesto de trabajo en la escalinata del templo y se reintegraran a una vida laboriosa.

Como tanto mendigo como hay por esas calles no puede esconderse debajo de la alfombra, el Consistorio decidió dar una asignación mensual de 300 euros y convertir a los pobres de pedir en parados de larga duración. Con lo que se lograba una hábil maniobra política: de un plumazo, desaparecían de las calles 900 (así, a bulto) mendigos, que pasaban a integrar las listas de parados. Un porcentaje imperceptible, habida cuenta las estadísticas del paro. Además, todo el mundo sabe que el paro siempre es culpa del gobierno y eso le produciría unos réditos electorales suplementarios al señor alcalde.

Pasadas las primeras semanas de desconcierto, Antonio se adaptó a la nueva forma de supervivencia. Con los 300 euros, alquiló, a medias con su colega Medardo, una habitación en una pensión de la Cava Baja. Cada mañana, se iba a la cola del INEM y se codeaba, no solo con peones de la construcción, sino con fisioterapeutas, oficinistas, informáticos, licenciados, economistas en paro… Con su optimismo característico, descubrió que acababa de ascender en la escala social, de mendigo a parado, cuando lo normal era hacer el camino al revés.

El señor alcalde, por su parte, había dejado la ciudad libre de mendicidad y las encuestas sobre intención de voto le daban como ganador. Antonio el Guripa, olvidada su despreocupada vida de mendigo, tuvo que adaptarse a su nueva profesión de parado de larga duración: abrir una cuenta corriente para recibir el subsidio, inscribirse en las listas de votantes y contribuyentes, comprarse un móvil, ver la tele, darse de alta en el Twitter, pagar facturas con IVA, aguantar el acoso de los bancos para que comprara fondos de inversión y de las operadoras de telefonía que le ofrecían tarifa plana en Internet, y todas esas obligaciones que conlleva el ser un ciudadano de pleno derecho.

El señor alcalde se había librado de un problema. Antonio, el ex mendigo Guripa, comenzaba a tenerlos.                                                         

miércoles, 9 de marzo de 2022

El reto.-

 


Es condición del jubilado tener más vida vivida que por vivir. Por eso, de tarde en tarde, echa uno la vista atrás para no olvidar lo vivido. Pues si mira hacia delante, aun cambiando la experiencia por la esperanza, ignora lo que vivirá, cuánto  y cómo. 
Viene al caso lo dicho, estimado e improbable lector, porque este jubilata, de vez en cuando, hace prospecciones arqueológicas en la memoria externa de su ordenador. Allí está la única referencia cierta de lo que un servidor dejó escrito mientras vivía, porque escribir es una forma de constatar que se vivió. 
Trascendencias aparte, escarbando en los posos estratigráficos de lo allí acumulado, encontré este pequeño relato, escrito en 2003, en un taller de escritura al que solía asistir. Te lo paso por si quieres entretener un rato tus ocios. Dice así:

 

“Era la misma mujer que decían que había estado en la cárcel. Era buena camarera; le sirvió un buen café caliente…”, y a él le pareció que, a partir de este arranque, tomándose su tiempo, lograría escribir un buen relato. Al fin y al cabo, le habían despedido del trabajo, y no tenía nada mejor que hacer... Aunque, no, no estaba dispuesto a que Cristina, profesora del taller de escritura creativa, le impusiera condiciones a la hora de escribirlo, y decidió que se saltaba las reglas del juego que previamente les había dado.

Que aquella camarera anoréxica, de ojos como simas, hubiese pasado una temporada a la sombra no tenía para él ningún interés, aunque sí apreciaba su profesionalidad: nadie como ella preparaba aquellos cafés negros y cremosos. Y si no, que se lo dijeran a Clara, su amiga feminista, con la que acostumbraba a reunirse en aquel bar.

Por lo demás, no le parecía a él que haber llamado babuino a su jefe fuese motivo suficiente de despido; pero así fue, porque al imbécil se le ocurrió mirar el diccionario. Este fin de semana prescindimos de sus servicios, le había dicho aquel papión cinocéfalo. El maldito catarrino le había despedido, y todo por un exceso verbal puramente zoológico. Como si ser culto fuese un delito.

Y por eso estaba allí Clara; para consolarle, como otras veces. Feminista militante, había sido en los quince últimos años su mejor amigo, su camarada, su confidente y su paño de lágrimas, pero nunca se habían acostado juntos. A ella no le hubiese importado: total, un intercambio de fluidos corporales y un poco de calistenia sexual. Ella le solía insistir: mejor con un amigo que con un desconocido. Pero a él le humillaba saberse tratado como hombre objeto por aquella fémina de ovarios poliédricos, y nunca accedió.

Lo del despido era irremediable y uno de tantos episodios lamentables, consecuencia de su inadaptación al medio. Clara, como siempre, se lo hizo ver con la contundencia que ponía en sus opiniones, más brutales cuanto más sinceras, a fuerza de amistosas. – Vete de esta ciudad. En Valladolid tengo una amiga que te dará trabajo. Ya he hablado con ella – le animó. Y encendió un cigarrillo.

Pero quedaba pendiente un asunto que debía resolver en una hora escasa: lo del reto que le habían propuesto a través del correo electrónico. Sólo quería demostrar que, al menos en eso, era capaz de hacerse valer. Pero, por otro lado, le reventaba ajustarse a normas impuestas por aquella engreída de Cristina.

Y qué si ha ganado un premio de relatos – le comentaba a Clara –. Eso no le da derecho a complicar la vida a la gente. Podía echarnos una tarea más fácil ¿No crees?

Pues escribe un micro relato – le sugirió ella –, y deja de darle vueltas, hombre. ¿Quién te mandó meterte en un taller de escritura?

La idea podía funcionar. A ver: “Era la misma mujer que decían que había estado en la cárcel. Era buena camarera; le sirvió un buen café caliente, y a él le pareció que... el tipo acodado en la barra era un madero de mala baba, y que se dedicaba a acosarla.

Puesto que le habían echado del trabajo y se iba de la ciudad antes de una hora, no perdía nada haciendo el quijote por aquella anoréxica de ojos demoledores.

Eh, oiga, deje de molestarla – dijo con voz que pretendía ser segura.

El poli le miró con sorna: Ésta no necesita caballeros andantes. Al último lo disolvió en nitrógeno líquido, y ella dice que se fue de viaje. – Y añadió – métase en sus asuntos, amigo.

Pero él estaba fascinado por los ojos dinamiteros que le sirvieron el café, y no se resignó al gesto despectivo del secreta: “Mucha pistola y poca vergüenza, es lo que tiene usted” – le dijo. Y observó a la mujer de mirada con destellos de goma-2 acorralada tras la barra. Por poco tiempo. El policía metió la mano en la sobaquera y le partió la boca con un certero culatazo de su pistola.

Cuando recobró el conocimiento, se descubrió a sí mismo sin dientes, empuñando la pistola y el cuerpo del policía cubierto de sangre. La camarera ya no estaba allí, el sobre de la paga con el finiquito, tampoco”. – Leyó en voz alta.

Dos objeciones – apostilló Clara, siempre en cuarto jodiente – La camarera no debe aparecer en el nudo de la acción, condición indispensable impuesta por tu profesora; y el desenlace con asesinato ya lo empleó, Jose, tu compañero de taller de escritura. Que seas un fracasado reincidente no justifica tu pobreza imaginativa.

De eso nada – protestó él -, ya te lo he dicho: no pienso hacer caso de Cristina. Ella que diga lo que quiera, que yo haré lo que me dé la gana.

Conozco tus rabietas. Sólo sirven para ocultar tu temor a las mujeres –. Ella, parsimoniosa, buscaba un nuevo cigarrillo en su bolso. – No soportas que valgamos más que tú.

No sé ni cómo te aguanto – protestó de nuevo él –. Me acosas sexualmente, me humillas porque me niego, y, encima, me reprochas mis fracasos. No entiendo por qué soy tu amigo.

Porque soy la única persona que te quiere. – Clara sorbió un poco de café y dio una calada al cigarrillo. –  Inténtalo de nuevo, cariño – añadió.

A regañadientes, inició otra vez el relato: “Era la misma mujer que decían que había estado en la cárcel. Era buena camarera; le sirvió un buen café caliente, y a él le pareció que... tenía aspecto de drogata a medio regenerar: extremadamente delgada, manos huesudas y venas azules, y unos enloquecedores ojos brillantes, consecuencia de sus viajes alucinados a lomos del caballo.

Somos complementarios – pensó –, Unos cabalgan quimeras ocultas en agujas hipodérmicas, mientras que a otros nos cocea la rutina. Si ella me quisiera, volaríamos juntos.

Y, por qué no. Tomó el café y regresó al trabajo en la farmacia. Cogió las tijeras, acorraló a su jefa en la rebotica, forcejearon y le abrió dos ojales gemelos en la garganta. La verdad, le tenía ya ganas. Demasiados años aguantando a aquella arpía.

No me despides, que me voy – dijo él, jadeando por el esfuerzo.

Abrió el armario de seguridad, cogió las anfetas, las ampollas de morfina, antidepresivos y ansiolíticos. Cualquier pastilla que sirviese para desbocar un cerebro. Vació la caja registradora y fue a buscar a su compañera de viaje. En una hora, la libertad.

Ella le dijo: pierdes el tiempo; ya no viajo, ya no sueño, ya casi ni soy. Sólo el cuerpo me sobrevive. Su desaliento era más negro que el café que le ponía en ese momento – Éste va de mi cuenta.

Y ella cogió el teléfono para llamar a la policía.

A ver qué te parece esta vez –. Pero no miró a Clara, sino a la camarera. Ésta llevaba casi una hora oyendo sus historias y cabreándose por momentos. Eran ya cuatro años, desde que salió del talego, aguantando tras la barra a fulanos de todo pelaje: borrachos domésticos, graciosos de barrio, machistas acomplejados, babosos hambrientos de sexo, depresivos que se sicoanalizaban gratis a cambio de una cerveza... Pero nunca, nunca, ningún fracasado la había herido tanto. Le hacía recordar una y otra vez el gran fracaso que era su vida. Y el tipo insistía, insistía. Y, encima, se lo preguntaba a la cara, con todo descaro…

No aguantó más. Se puso frente a él, mostrador por medio, y con un porta de la cafetera, de un golpe certero, le aplastó las narices. Pillado de improviso, se cayó del taburete y se quedó sentado en el suelo, de culo, frente a las piernas de Clara. Incapaz de entender, sólo acertó a observar que ella vestía una minifalda. Que la frontera entre ésta y aquellos muslos de mujer cabal era una zona que nunca había explorado; que ya eran quince años, y que ya iba siendo hora.

Acuéstate conmigo, Clara – hipó, mientras escupía posos de café.

Clara daba la última calada a su tercer cigarrillo – ha pasado tu hora, mi amor.