jueves, 29 de agosto de 2013

Jubilata en vacaciones, y V.- Fiestas patronales y cochambre.-




El improbable lector que haya seguido estas crónicas veraniegas me habrá oído hablar de la tranquilidad que se respira en este pueblo serrano, de los largos paseos por el monte y por los caminos aledaños, de la placidez y belleza que se respiran a las orillas del Lozoya y de otros pequeños placeres campestres, suficientes para colmar los deseos de sosiego, silencio y naturaleza de este jubilata en vacaciones. Pero desengáñese, no todo, durante este verano en el valle, iba a ser dar bucólicos paseos por robledales y dehesas viendo el apacible rumiar de las vacas u oyendo el murmullo de los arroyos en los pinares umbríos. En los pasados días de mediados de agosto hemos estado en plenas fiestas patronales, que es tanto como decir bullanga hasta las tantas de la madrugada en la plaza de la Villa, borracheras de tamaño natural, estallido de petardos con nocturnidad y alivios de vejiga alcohólica en los rincones más oscuros de nuestra calle.

Que a este jubilata le gusten el silencio y la soledad de los montes no significa que el pueblo soberano no tenga derecho a la fiesta. Faltaría más. Llegan las fiestas patronales, y Rascafría, hasta entonces plácido pueblo de vacaciones, se convierte en una máquina de ruidos fiesteros fuera de control. La plaza de la Villa, cada noche, es el lugar donde una orquesta, con mejor voluntad y empeño que destreza  musical, encabrita su megafonía a tope de decibelios desbocados, haciendo saltar en mil pedazos el sueño nocturno de los que estamos en edad de sopitas y a las once en la cama.

No sería eso tan malo, si al ruido no se unieran la juerga alcohólica – verdadero espíritu de la fiesta – y el incivismo en forma de basuras y orines por doquier. Aunque es algo que no debiera extrañar a este jubilata gruñón y malhumorado por la falta de descanso nocturno; no debiera extrañarle, digo, el indisoluble trinomio de alcohol, ruido y cochambre que vienen a ser la “Marca España” de toda fiesta celtibérica, y que es como la santísima trinidad de todo jolgorio que se precie en el solar patrio.

Hay, junto a una pasarela sobre el Artiñuelo, una estatua en broce, de tamaño natural, que representa a la Manola (“Puta”, le ha escrito en la espalda algún cabestro), una lavandera de este pueblo a la que dedicaron este homenaje, posiblemente porque era una mujer serrana trabajadora y popular entre los suyos. En opinión de este jubilata – opinión de poco peso – en la plaza de la Villa de Rascafría también debería levantarse un monumento a Julito, lo mismo que en la madrileña plaza de Jacinto Benavente hay otro dedicado a un barrendero de los de antaño. Julito es el barrendero municipal al que puede verse cada mañana con su traje de faena impoluto limpiando todas las basuras que el pueblo, en ejercicio de sus soberanas ganas de fiesta,  ha ido tirando al suelo a lo largo del día y la noche. No digo que, en estos días fiesteros, él solo se limpie las calles del pueblo, tarea imposible, pero sí que es representativo de los servicios de limpieza municipales y héroe silencioso y esforzado de la higiene pública, sin la cual este hermoso pueblo estaría más cerca de una gorrinera que de un poblamiento bípedos civilizados.


Y aunque al improbable lector, lo que digo a continuación, pueda parecerle de un naturalismo crudo, no lo dejaré en el tintero: nuestra calle, calle con pavimento de tierra, cada noche de fiesta, al amparo de la oscuridad, es el lugar al que podría llamarse, por puro recochineo, un ninfeo; pero no un ninfeo de aguas cantarinas al estilo de las fuentes romanas, sino de ninfas meonas y flojas de esfínter; porque aquí, en la tapia de nuestra casa, detrás de nuestro coche, vienen las mozas a aliviar su vejiga y dejarnos el presente del clínex húmedo y los humores acuosos de las partes del bajo vientre, cuando no los tampones higiénicos pringosos de...  Los mozos, por el contrario, parecen sentir debilidad por la tapia trasera del frontón, que les sirve de aliviadero de los repentes urinarios. También desde casa tenemos hermosas vistas sobre ese evacuatorio de las urgencias mingitorias del recio mocerío.

Algunas fotos testimoniales de tanta cochambre las tengo, pero ésta no es una bitácora escatológica y le ahorro al lector el desagrado de su visión. Con don Quijote diríamos aquello de Sancho hermano, huele  y no a ámbar. Aquí, en nuestra calle  Ibáñez Marín, para no insistir más, durante las fiestas huele a meo de alta graduación alcohólica.

Y eso por no hablar del pobre Artiñuelo, nuestro arroyo serrano cuyo cauce, tras los días de fiestas, se ha convertido en un basurero espontáneo. Ya se sabe de otras veces, el arroyo es la primera víctima del incivismo carpetónico. A él han ido a parar envases de chuches, de refrescos y cerveza, vasos de plástico, un palet de una obra, un banco desvencijado, un somier, restos de globos de los niños, un cepellón con las plantas arrancada al jardincillo, cartones, papeles…Y eso que, como ha escrito la alcaldesa en el programa de fiestas: Nuestras fiestas patronales 2013 se estrenan con el reconocimiento de Rascafría como el corazón del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, núcleo de la mayor riqueza medioambiental… Pues, por lo que se ve, al pobre Artiñuelo de poco le ha servido. Si se llega a colar una errata que dijera  merdoambiental, lo clava.

Sería injusto si únicamente hablase de incivismo. También estas fiestas son motivo para manifestaciones folclóricas y actos culturales. Existe aquí un grupo folclórico llamado La Trocha, compuesto por una rondalla y bailarines, que montan exhibiciones de bailes regionales y se acompañan con canciones populares. El día de fiesta grande bailaron ante la imagen de la virgen agosteña, que procesionan por las calles el pueblo, y danzaron un complicado paso de baile entrelazando las cintas de colores en torno a una vara tenida en alto. Este año, además,  han confeccionado trajes regionales en papel y nos han hecho una muestra de danzas charras salmantinas, jotas y seguidillas. Es curioso, porque prácticamente todas sus componentes son mujeres, quienes mantienen viva la tradición de las manifestaciones festivas de antaño.

En el salón de actos del Ayuntamiento ha podido verse una exposición de pintura organizada por la asociación cultural Luis Feito, de Oteruelo, donde se exhiben cuadros de tipo paisajístico, retratos y alguna abstracción figurativa. El valle del Lozoya siempre ha sido un acicate para la pintura paisajística de caballete, pero los plenaeristas no parecen abundar mucho por estos parajes. Debe ser que la fotografía digital ha convertido esta actividad artística en una antigualla.

El otro día, en la iglesia parroquial, el cuarteto vocal Ercolani  nos alegró el oído con un recital de madrigales amorosos del S.XVI. Un servidor, oídas las finezas de amor que los madrigalistas dedicaban a sus amadas, no conseguía hacerse a la idea de imaginar a Claudio Monteverdi cantándole Ch´ami la vita mia a una de esas mozas perfumadas en kalimocho que vienen a desaguarse, en cuclillas y con nocturnidad, junto a la tapia de casa. Ni, a esos efluvios de vejiga, yo me atrevería a llamarlos, según canta Giovanni Pierluigi da Palestrina, Chiare fresche e dolci acque.


En fin, en palabras de Pierre Certon, madrigalista francés: Je ne l´ose dire. No, yo tampoco me atrevería a jurarlo.

viernes, 9 de agosto de 2013

Jubilata en vacaciones, IV.- El Artiñuelo, un arroyo guay.-

Olmo cerca del collado de la Flecha.
Un servidor tiene debilidad por el Artiñuelo, eso que ni siquiera llega a río discretito y que en plena agostada se convierte en un hilo de agua cuando su cauce atraviesa el pueblo. En estos momentos, cuando escribo esta croniquilla vacacional, su murmullo entra por el balcón abierto y produce un sonido refrescante y apaciguador. Sé que en la capital mesetaria andan cerca de los 40 grados; aquí, al pie de casa, el Artiñuelo no solo nos regala su música acuática, también produce una corriente de aire fresco y húmedo y, si levanto la vista de la pantalla y miro hacia él, veo el trazo verde de la arboleda que crece en sus orillas, las ramas altas que se mecen con sosiego y hasta puedo imaginar las pequeñas truchas que nadan en sus pozas. 

Si a eso se añaden las campanadas que el reloj del ayuntamiento va desgranando con parsimonia, es como si hubiese regresado a aquellos años de infancia que pasé por estos lugares. Solo que ahora sí soy consciente de estos pequeños regalos que hace la naturaleza a quien  quiere apreciarlos. Entonces, niño, el paisaje era donde uno vivía, el medio donde se estaba sin cuestionar su valor estético, tan natural como el aire que se respira; ahora, adulto y jubilata, el paisaje lleva una gran carga de apreciación estética y subjetiva; uno ya no vive espontáneamente inmerso en él, sino que lo aprecia como un equilibrio que la naturaleza hace para mantenerse en su puridad frente a las agresiones de la especie humana que allí donde ve un lugar bello, ve una urbanización parcelable con la que especular económicamente.

Definitivamente, le he cogido cariño a este arroyo de montaña que se domestica en el trazo que cruza el pueblo. Domesticado y todo, este tramo tiene una belleza singular. Además de la vegetación de rivera que le es propia, como las salicáceas, fresnos y matorral, tiene unos chopos añosos, de piel arrugada por los años, servales de cazador, tilos, negrillos y algún madroño… Su cauce, a su paso por Rascafría, es un pequeño vergel.
A su paso por Rascafría

Visto su trazo en el mapa, desde su nacimiento al pie del Collado de la Flecha hasta su desembocadura en el río Lozoya, cerca del lugar que llaman Las Suertes, tiene una longitud de unos seis o siete kilómetros con un desnivel que va desde los 1.900 a los 1.100 metros (en términos aproximados). Tiene como tributario, en torno a los 1.600 m de altitud, al arroyo de la Cancha Redonda, el cual, en su cruce con la pista, luce los tejos más hermosos de estos contornos.
Una de las fuentes del arroyo

El otro día decidí que iba a subir hasta su nacedero, tarea ardua por lo abrupto del lugar y el matorral que es casi intransitable. Mi proyecto era modesto para un montañero, ya que pretendía atacar solamente el trazado superior, el que va desde la pista (a unos 1.600 m de altitud) hasta el pie del collado donde tuviese la fuente más alta.  Para ello tomé el camino que sube hacia el Reventón, que nace a la altura del polideportivo, hasta llegar al Carro del Diablo, donde tomé la pista hacia la derecha. Por cierto que este Carro del Diablo (una piedra caballera característica) a mí siempre me ha parecido una tortuga que soporta sobre su lomo un bolo achatado, como una esfera terrestre irregular. Por alguna razón que ignoro, me recuerda a la cosmogonía de alguna vieja cultura, en la que se representa al universo soportado por una tortuga primigenia.
El Carro del Diablo

Seguí la pista unos dos kilómetros hasta que ésta se cruza con el Artiñuelo. De allí, a huevo, tó p´arriba, por donde pude, entre cambrones, enebros rastreros y zarzas. En estos casos, seguir las huellas que abre el ganado es muy útil. Tienen la costumbre estos animales de abrir entre el matorral pequeños senderos discontinuos para sus desplazamientos en busca de pastos y para llegar a los arroyos a hacer la aguada. No son una autopista, pero ayudan a sortear la maleza y avanzar unos pasos.

Según las enseñanzas montañeras, uno debe alejarse del cauce de los arroyos, siempre enmarañados y muchas veces encajados entre rocas, y subir la loma, por lo general mucho más despejada. Así lo hice, con el arroyo a la vista, hasta llegar a los prados de altura, alomados y cubiertos de hierba jugosa. Lo demás era cuestión de zapatilla y resoplido cuesta arriba.
El Artiñuelo,visto desde la pista hacia abajo

Según se gana altura, el cauce principal se va estrechando y ya solo corre un hilillo de agua. Este arroyo, como cualquier río adulto, dispone de una cuenca acuífera surcada por una retícula de pequeños manaderos encharcados y arroyitos que van aportando caudal, de forma que la fuente más alta hay que considerarla la original. A lo mejor no es la que aporta más caudal, pero como convención resulta útil. Pero a la cumbre no llegué. El pepito grillo de la prudencia me hizo recordar que ando en edad provecta y artrítico de remos, y por aquellos andurriales no había más animal humano que un servidor, así que me eché monte abajo, hasta la pista.

Pista adelante, llegué hasta el cruce con la que sube a las Calderuelas y me entretuve un rato charlando con el bombero forestal que tiene allí una caseta de vigilancia (Collado Vihuelas es la denominación que dan a este punto de observación). Me dijo que era geógrafo de profesión y estaba con contratos de cuatro meses; o sea, este país dilapidando capital humano, del que andamos sobrados.
Puente  a la entrada del pueblo.

Bajé al pueblo a todo correr, aunque me paré un momento a saludar al roble centenario que hay al borde del camino. Como un servidor conoce estos andurriales, acorté pista –siempre un poco aburrida – atrochando, para entrar por el barrio de las Matillas, por el camino junto al Artiñuelo que pasa cerca de las ruinas del molino del Cubo. Por cierto que hay en un prado cercano un mostajo esplendoroso, que está catalogado como árbol singular.


No sé qué opinará el improbable lector, pero a este jubilata el Artiñuelo le parece un arroyo serrano de lo más guay. Es bravío en el monte, umbrío y agreste desde la vieja presa colmatada por los materiales de arrastre, doméstico y risueño mientras cruza el pueblo, y manso hasta su desembocadura en el Lozoya. Y eso es así, de su natural, sin asesor de imagen.

martes, 30 de julio de 2013

Jubilata en vacaciones, III ¿Cuánta carne devora la carretera?


Antes de que el improbable lector se pregunte qué diablos es eso de la carretera devorando carne, haga el favor de tener un poco de paciencia y siga leyendo. Este jubilata habla de oídas, pero no a humo de pajas.

El pasado día 13 de julio, los agentes forestales del parque natural dieron una charla-coloquio en el salón de actos del ayuntamiento de Rascafría (fuimos cuatro gatos, también hay de decirlo). Su título, si no recuerdo mal, era Fauna atropellada en el Valles del Lozoya. Y quién mejor que la guardería forestal para saber cuántas víctimas (animales no humanos, se entiende) se toma la carretera en estos parajes de la Cuenca del río Lozoya y Sierra Norte.

Empezaron con ese empeño en los años noventa del siglo pasado, hasta que, bajo la dirección de expertos, iniciaron un estudio sistemático de campo. Este estudio se desarrolló entre 2009 y 2011, basándose en los restos de vertebrados que aparecían sobre el asfalto de las dos carreteras que atraviesan el Valle, la M-611 (de Rascafría a la Morcuera) y la M-604 (con arranque en la autovía de Burgos y hasta el Puerto de Navacerrada).

Para este muestreo tomaron varios tramos significativos de carretera entre las cotas 1100 y 1400 m. de altitud e hicieron recorridos a pie cada nueve días, anotando las especies atropelladas, así como el número de individuos. Un poco como la DGT cuando nos dice los accidentes ocurridos cada fin de semana, pero en plan fauna periclitada bajo las ruedas de los coches.

Ya le digo al improbable lector que lo que aquí se dice puede contener errores. Tomar notas mientras un biólogo te habla de especies animales y da cifras es un poco complicado, y uno no está seguro de haber anotado con precisión. Algo se le escapa siempre al escuchante, que ya perdió esa habilidad de cuando tomaba apuntes en sus tiempos de universitario. Por si acaso, dejo aquí el enlace de su publicación en la revista Munibe, (espero que funcione).

Pero los datos, si no completos, dan una idea sorprendente de la cantidad de fauna que muere en las carreteras. Para que el improbable lector se haga una idea de que conducir por una carretera de montaña no es un entretenimiento inocente, ahí van los siguientes datos:

En los tres años del estudio se hicieron 934 recorridos a pie, en los que se invirtieron 550 horas. Puestos los resultados en solfa estadística, la cosa quedó así: Hubo 632 atropellos. De ellos: 123 anfibios; reptiles, 160; aves, 191; mamíferos, 80; no identificados, 67. Estos últimos – un poco el no sabe/ no contesta, de las encuestas – son bichejos tan destrozados por las ruedas de los coches que solo se apreció un manchón sanguinolento, o un puñado de plumas imposibles de asociar a una especie determinada de aves.

De los anfibios, los individuos atropellados pertenecían a pocas especies, la mayoría, sapos; de las aves, contabilizaron hasta 25 especies. Algo se dijo del ganado suelto por la carretera, pero no recuerdo si produjeron accidentes y cuántos animales sufrieron daños; de cualquier forma, no era significativo. Se ve que los caballos y las vacas miran a ambos lados antes de cruzar, o son tan grandes que el conductor los ve desde lejos y le da tiempo a frenar. Aparte que llevan un chip identificativo y si los cogen por ahí sueltos le crujen al amo, por irresponsable.

Hechos los cálculos en kilos de carne devorados por la carretera, salían 864 al año. Esto es, la carretera se comporta como un superpredador. Es el mayor enemigo de las especies autóctonas de estos bosques. 

Para establecer una comparación con los accidentes automovilísticos, según datos de la Guardia Civil para el periodo 2007/2011,  hubo 19 accidentes y una víctima no mortal en estas mismas carreteras. Y eso que los fines de semana hay más domingueros al volante por estos confines que infusorios en una charca.

Algo más dijeron a modo de queja, que quiero dejar dicho aquí. Y es esa irresponsabilidad burocrática de la Comunidad Autónoma de Madrid, que a veces ha rociado de herbicidas las cunetas, con  el daño de envenenamiento para tanto reptil y otra fauna menuda que por allí pulula. O, como aquella vez, que se dio una alarma leve de procesionaria por estos pinares y no tuvieron mayor ocurrencia que fumigar desde una avioneta la zona afectada.

Es como si nuestra sociedad, dada la alarma de corrupción política, y, para remediarlo, mandase fumigar con Zotal el interior de la sede nacional del Finiquito Diferido y Simulado. No es para dicho cómo quedarían los caros trajes de  los conspicuos personajes que allí manipulan los destinos patrios; y ellos, qué peste a desinfectante ¿No? Claro que,lo del último párrafo está un poco traído por los pelos, ya que hablábamos de fauna atropellada, no de depredadores.

Aunque – seamos optimistas, que es consigna de estos tiempos – habría una ventaja con lo del Zotal y los del finiquito: el dinero sucio quedaría blanqueado como por arte de birlibirloque.

viernes, 19 de julio de 2013

Jubilata en vacaciones, II.- Monodias y recuerdos camineros.-


Decía en la entrada anterior que nuestros días veraniegos se pasan en caminatas y poco más, lo que no es cierto del todo. También aquí en el valle hay ofertas culturales – pocas, pero las hay – que aprovechamos cuando se presentan. Restaurantes, bares, piscina municipal, senderismo, paseos a caballo, pesca de la trucha, paisajes, es la clásica oferta de ocio que ofrece Rascafría en verano; pero pasan desapercibidas a ojos del veraneante de manual algunas actividades que muestran un intento por subir unos peldaños la calidad de estas ofertas. Y no me refiero a mejorar la gastronomía o la calidad de las cervezas, sino a alimentar la curiosidad cultural de quienes pasamos las semanas de verano aquí.

El improbable lector, si es que vive en Madrid, ya sabrá de la proximidad de la antigua cartuja de El Paular (a 2 kilómetros escasos de Rascafría), desde los años cincuenta monasterio benedictino en las zonas de clausura,  y con un hotel de lujo ocupando parte de las antiguas dependencias monásticas. En su claustro se instalaron hace ya años las pinturas, dispersas durante décadas, de Vicente Carducho con el ciclo fundacional de la Orden Cartuja. Algún día, si viene al caso, volveremos a hablar de ellas, pero hoy no. Lo que este jubilata quiere contar al improbable, pero fiel lector (una afirmación un tanto contradictoria), es que asistimos el pasado 6 de este mes a un concierto de música antigua.

La iglesia del monasterio, con una acústica excelente, fue el lugar donde el grupo de voces masculinas Salve Mater “Pro Musica Antiqua” cantó un repertorio de cánticos medievales en santuarios hispanos de peregrinación. Se trataba de monodias y primitivas polifonías asociadas a lugares de peregrinación o a antiguos monasterios: Santa María de Ripoll, Santo Domingo de Silos, Ntrª Señora del Manzano de Castrogeriz, el santuario de Villalcázar de Sirga… y, cómo no, Santiago de Compostela.

Para quien ha experimentado esa afición jacobípeta que a uno le empuja a calzarse las botas y recorrer los viejos caminos de peregrinación, escuchar el Salve, festa dies o el Dum Pater familias contenidos en el Códice Calixtino es como rememorar esa llamada que sintieron los antiguos peregrinos y que hoy – más laicos o directamente descreídos – sentimos los actuales caminantes que un día, sin saber bien lo que esperábamos de esta experiencia, nos lanzamos a  recorrer tierras que tienen otro sabor cuando se hace a golpe de calcetín, cargados con mochila, solazo sobre la cabeza y ampollas en los pies.

A este jubilata, que tiene sus ribetes de esteta y espiritualidad difusa, le emocionó especialmente oír el Sancta Maria Stela do dia…, esa cantiga que compuso Alfonso X el Sabio dedicada a la Virgen de Villalcázar de Sirga. De Villalcázar, un servidor tiene recuerdos aún muy vivos. El primero, quizás por los años ochenta del siglo pasado, fue alcanzar a ver los tejados y las torres del santuario antes de descubrir la población. 

Entonces el caminante transitaba por una carreterilla que ofrecía paisajes castellanos infinitos, resecos y polvorientos. Como el pueblo estaba en una hondonada, uno no llegaba a verlo, tras horas de caminata, hasta que empezaba a divisar las torres de la colegiata y los tejados del caserío; luego, el pueblo, con su color terroso de teja árabe, de adobe y tapial,  iba tomando forma, presidido siempre por la mole del templo. El segundo recuerdo fue la bronca que tuvimos la santa y yo con el cura del lugar cuando, algunos años después, llegamos matados al refugio y él nos trató de mochileros y de gente descreída y abusona porque aprovechábamos la hospitalidad de la Iglesia y ni siquiera íbamos a visitar a la Virgen de Sirga.

Cosas del clero, que no entiende más que de dogmas, ritos y liturgias e ignora la emoción del peregrino descreído, pero sensible a tanta belleza como despiertan las viejas monodias medievales. Porque – y ya acabo por hoy – quien esto escribe ha recorrido esos caminos como peregrino escéptico, cantando, a grito pelado por los páramos de la vía francígena, a Santa María la Real de Villalcázar,  según le cantaba el Rey Sabio:

Sancta María, Stella do día
mostra-nos vía
 pera Deus e nos guía.
Ca ver  faze-los errados
que perder foran per pecados
entender de que mui  culpados
 son; mais por ti son perdoādos
da ousadia  
que lles facia
fazer folia
mais que non deveria …


¡Qué sabrán los curas de misa y olla!

lunes, 15 de julio de 2013

Jubilata en vacaciones, I.- Domicilio provisional.-


A veces este jubilata se siente un privilegiado. Decía don Francisco Silvela: Madrid, con dinero, en agosto y sin la familia, Baden-Baden. Se ve que ilustre prócer no vivía en un barrio popular, torrado por un sol inmisericorde y con el asfalto en ebullición. De ser así, su opinión hubiera sido otra, incluso sin parienta y con libertad para echar unas canas al aire.

Huyendo del calor mesetario, de la contaminación permanente, de los ruidos que se cuelan por las ventanas abiertas, hacemos la mudanza provisional a la Sierra y nos instalamos en Rascafría, muy cerca del arroyo Artiñuelo, detrás del ayuntamiento. Es como estar en medio del pueblo y en las afueras. El Artiñuelo nos hace de barrera geográfica: a un lado, la plaza de la Villa con sus tiendas, terrazas y bullicio, al otro, nosotros. El puente de la Manola (pasarela, más bien) comunica los dos ambientes. Bastan unos pasos para pasar de la soledad y el rumor del arroyo al ajetreo de un pueblo de sierra que se va llenando de veraneantes.

La vida aquí se organiza en pequeñas rutinas, como de personas habituadas a un transcurrir sin grandes alteraciones. Para ser claros, como jubilados en vacaciones. Los galenos se lo han advertido al jubilado: pasee usted, haga vida al aire libre, es la mejor medicina. Y el jubilado, que prefiere calzarse las deportivas antes que tomar mejunjes de farmacia, pasea. Pasea por la mañana con la santa y pasea por la tarde. Mano a mano, o mano de la mano, toman el camino que lleva al Paular y el puente del Perdón. Temprano, a eso de las ocho ya están dándole a la zapatilla. Antes de salir, un vaso de agua, y, para el camino, una pieza de fruta.

El jubilado es gente madrugadora y de hábitos higiénicos. Se desayuna con la fresca de la mañana, el rocío de los prados, la humedad de la arboleda, el rumor del río y el canto de los pajaritos. El café y la bollería quedan para el regreso, una hora después. Y por la tarde, ya tarde, cuando el sol ya no castiga tanto, nuevo paseo. Esta vez hasta el centro de interpretación de la naturaleza, junto al puente del Perdón. Allí, un rato a la sobra de los abedules, sentados sobre el banco fresco de piedra, y viendo a las modorras en el cercado de enfrente.

Las modorras, en nuestro lenguaje coloquial, son las ovejas. Un animal gregario y bastante corto de entendederas. Aquí, frente al centro de interpretación, hay una buena docena, de raza negra, que pasan el día con el hocico pegado al suelo, paciendo la hierba. Están a pleno sol, nadie se acordó de esquilarles los vellones que les cuelgan como si estuviesen embuchadas en un abrigo peludo, y cuando pastan lo hacen formando un revoltijo apelotonado y juntando todas las cabezas. Verlas amontonadas en el mismo espacio, habiendo tanto prado donde comer, con el sol de la tarde cayendo a plomo sobre sus lomos lanudos, nos da mucha risa. Con tantas risas, se nos olvida que también los humanos somos gregarios y nos gusta despersonalizarnos en el anonimato de las grandes multitudes, como diluyendo nuestros temores personales en la masa amorfa. Y si no se me cree, no hay más que acercarse a las Presillas y ver la muchedumbre de bañistas desparramados por las praderas. 

Sin embargo, nuestro paseo es por parajes donde camina poca gente. El camino de la finca de los Batanes trascurre entre grandes chopos, abedules, coníferas. La pelusa que han ido soltando los chopos estas últimas semanas ha dejado el pavimento como con manchas de nieve. El lago artificial que hay a un lado – se llega a él por un caminito entre coníferas – también tiene su superficie cubierta de la pelusa de los chopos, con grandes manchones blancos, que le dan un aire raro, como de espejo  de agua sucio a grandes ronchas. Pero sigue siendo un lugar con mucho romanticismo. Uno puede sentarse ante el embarcadero y dejar que los ojos paseen sobre el agua, y entorno al lago, por las matas de carrizos y la vegetación boscosa que lo circunda.

Camino adelante, la chopera da paso a matas de avellanos que hacen de este tramo un lugar umbrío y siempre fresco. Al final de la finca, las ruinas del antiguo colegio de San Benito, donde la Sección Femenina inculcaba en las educandas el santo temor de dios, la sumisión al esposo y a las convenciones, y las normas al uso del saber estar en el estamento social que les correspondía por herencia familiar o matrimonio. De aquel programa de educación doméstica ya solo quedan las tapias y algunas abuelas sesentonas. Si éstas aprovecharon aquellas enseñanzas, hoy estarán bien instaladas en familias burguesas.

El regreso al pueblo, por un ancho camino que bordea el río Lozoya, de charla apacible, mientras las moscas nos acosan con su insistencia de insectos glotones. Gozamos - como acostumbraba a decir el primo Paco el de León – de las incomodidades del campo.


Pero no se haya a creer que sólo de plácidos paseos se rellena el tiempo de vacaciones. El jubilata tiene otras aficiones, pero hablar de ellas quedará para otra ocasión, si el improbable lector tiene la paciencia de leerle. 

lunes, 1 de julio de 2013

Visita al Sofidou.-


Cuando se inauguró el Museo Reina Sofía en 1992, los que andábamos de progres empezamos a llamarlo el “Sofidou”. Un híbrido de Sofía y Pompidou, porque nos parecía que este museo nuestro había nacido a imitación del Georges Pompidou de Paris. Una apreciación injusta pero muy nuestra, esa de ensalzar lo ajeno desprestigiando lo propio. Lo cierto es que el Reina, cuando lo visito de tarde en tarde, siempre me produce alguna alegría cultural y estética, si el improbable lector permite ese prurito cultureta a este jubilata.

Eso de ver la exposición dedicada a Salvador Dalí resultaba un agobio de visitantes que uno no está dispuesto a soportar ni por el mejor artista del mundo. El disfrute de la obra de arte es un goce personal, intransferible y silencioso, alejado de las muchedumbres curiosas y de las manadas turísticas. Un placer en solitario, una especie de onanismo estético, si se permite tan mala comparación; o, si se prefiere, un bis a bis con la obra contemplada. Los testigos sobran.

Total, pasando mucho de Dalí, terminé viendo De la revuelta a la posmodernidad. Es ese tipo de muestras en que el esteticismo tradicional se va al carajo; se rompen los esquemas de esa mirada conformista del espectador ante la obra consagrada, y entra en juego no sólo una mirada inquisitiva, sino la curiosidad, el afán por entender qué coños significan esas imágenes, esos recortes de prensa, esas fotos o esos montaje audiovisuales que a uno le suenan a camelo, a pseudo-arte. Es que el sentido estético  pequeño burgués, del que todos estamos preñados, no sirve y tenemos que habilitar otros nuevos paradigmas para comprender lo que tenemos ante los ojos. Porque es lo que tienen eso que llamamos vanguardias (en el sentido más amplio): no están solo para ser vistas, sino para ser comprendidas, tomando como referencia el medio sociocultural en que fueron creadas.

Una sorpresa encontrarse con escenas de La batalla de Argel, 1967, de Gillo Pontecorvo, referida a la crudelísima guerra de independencia de Argel en la que la potencia colonizadora cometió todo tipo de tropelías. Esa vergüenza histórica que arrastran los franceses desde entonces y que aún les duele como una infamia colectiva. Cada pueblo tiene las suyas, así que nada que reprocharles.

Una curiosidad esas fotografías de estructuras tubulares en lo que me ha parecido el Paseo del Prado, tan sólidas y efímeras. Inmediatamente me han hecho recordar el “homenaje tubular” de aquel personaje de Torrente Ballester en La saga-fuga de J.B. Personaje que empezó a ensamblar tubos en el sótano de su casa y terminó desbordándola toda ella, hasta convertir el armazón en una enorme maraña geométrica que parecía fuese a deglutirla, como a una mosca atrapada en una tela de araña.

En un rincón, del Equipo Crónica, un “espectador de espectadores”, un muñeco de papel maché policromado, sentado, a tamaño natural, que parece observar a los visitantes, pero sabemos que mira sin ver, como nosotros miramos la realidad muchas veces; no nos enteramos de lo que estamos viendo y viviendo, aunque parezca que sí. Somos un espectador con la mirada vacía ante un mundo farragoso y difícilmente comprensible.

Y la mirada que la mujer tiene sobre sí misma tras la revolución feminista rompe con la visión patriarcal y falocrática del mundo. Esta visión patriarcal ha negado sistemáticamente la capacidad de la mujer de representarse a sí misma, controlando sus decisiones (autonomía política, jurídica, económica…). Incluso la historia del arte es sometida a crítica, ya que siempre  consideró a la mujer como objeto de representación estética. En la muestra, un grupo de fotografías representa varias poses de una mujer desnuda: enorme matorral en el pubis, pechos tan caídos como naturales, rostro uno entre miles, pero ella misma: sin depilación, sin tetas siliconadas, sin afeites en la cara. Como se vería cada cual desnudo ante el espejo, corriente, pero único. Una especie de antiesteticismo que denuncia el engaño del cuerpo femenino tomado como objeto de deseo y uso.

Del arte povera italiano, que también se muestra en la exposición, este jubilata recuerda de cuando era joven – uno siempre se recuerda como joven, fueran 20 o 40 los años que tuviera entonces – haber visto, en el Palacio de Cristal del Retiro, una exposición dedicada a Michelangelo Pistoletto, especialmente, La Venus de los trapos. Tuvo su origen el arte povera en los años 60, cuando Italia pasaba de la miseria de posguerra a la industrialización. Es un rechazo a la tecnificación deshumanizadora y a la pérdida de valores tradicionales mediante el empleo de materiales de uso corriente: telas, hojas, madera, papel… y todos aquellos objetos relacionados con una forma de vida natural. Es la estética de lo obsoleto que se fija en lo perecedero y en la fragilidad de los objetos. Es la creatividad a partir de los medios más modestos y anodinos.

En esta amalgama de corrientes, digamos artísticas en cuanto reflejan una visión más lúcida del mundo, dos visiones de la posmodernidad: La atrofia de los sentidos corporales (olfato, gusto, tacto) a favor de la hipertrofia de lo audiovisual, con preeminencia del gran icono comunicador que es la televisión. Y en una sala, con el nombre de Textos autocensurados, un gran, enorme, panel de papel xerografiado (creo) y arrugado como formando una ola que se desmorona. Atornillados a la pared, a modos de cuadernillos, bloques de papel tamaño folio que el espectador puede ir arrancando, doblando, rompiendo, arrugando, y echar en un recipiente de metacrilato. Una contribución a la creatividad artística (no sé si eso es una performance) a la que este jubilata, a punto ya de terminar la visita, se unió con entusiasmo. 

Allí, un grupo de escolares adolescentes franceses, con mucha aplicación, plegaban hojas en pliegues geométricos o las desgarraban con mucho miramiento. Un servidor arrancó una hoja de la pared, la arrugó, comprobó que la arruga era bella dentro de su informidad, y la echo a la papelera. Satisfecho de su capacidad creativa efímera y un poco absurda, se fue.

lunes, 24 de junio de 2013

Culturizando jubilatas.-

Inscripción del mosaico de la Casa de Hippolytus
A veces, el jubilata se levanta de la cama, pone en marcha sus articulaciones artríticas, comprueba que las averías de ayer son las mismas de hoy y, con ese optimismo que da la edad, confía que sigan siendo las mismas de mañana durante muchos mañanas más. Comprobado el razonable funcionamiento de la máquina corporal, empieza a activar las neuronas. Con satisfacción, comprueba que también éstas mantienen una actividad razonablemente eficaz. Hecha la inspección rutinaria, ya puede ir al servicio, deslegañar el ojo somnoliento, preparar el café del desayuno y dedicarse a sus quehaceres.

El jubilata cree – con la misma fe que otros ponen en la Biblia – en la máxima latina mens sana in corpore sano,  que podrían traducirse, para uso propio, en una razonable curiosidad intelectual y un cuerpo con los achaques absolutamente imprescindibles. Para cultivar lo de la mens, y dentro de los cursos UNED Senior, prepara una bolsa con libreta y boli, una botella de agua y una gorra para el sol, y se va a Alcalá de Henares a visitar el yacimiento arqueológico de la antigua Complutum, junto a la antigua vía Carpetana, al pie del cerro del Viso. Fue esta ciudad fundada unos 100 años antes de nuestra era y, en tiempos de Augusto, fue una colonia donde se asentaron los veteranos de guerra.
Es curioso el afán de pervivencia de los asentamientos humanos, ya que la primera localización de un poblado carpetano (Combouto) hay que situarlo en lo alto del cerro del Viso. La conquista romana obligó a los carpetanos a bajar al llano y cambiar sus costumbres belicosas por las agrícolas. Sobre este emplazamiento junto al Henares, se estableció el municipio romano en tiempos republicanos. Los visigodos también se asentaron aquí y quedan restos de una necrópolis. Tras la invasión árabe, se construyó una alcazaba sobre el cerro para, definitivamente, bajar otra vez al llano con la reconquista, desplazándose el antiguo asentamiento hacia la actual ubicación de Alcalá, donde había una ermita dedicada a los niños Justo y Pastor, martirizados en tiempos de Diocleciano, según cuenta la historia piadosa.
Maqueta de la Casa de Hippolytus

Como en asuntos de arqueología un servidor está en niveles medianejos, no hará una descripción del lugar. Mejor si el improbable lector entra en Internet y ve una reproducción en 3D de la vieja ciudad romana. Aprenderá más. Lo que sí contaré al improbable lector es lo interesante que resulta la visita a la Casa de Hyppolitus. Es ésta una villa suburbana utilizada como colegio de jóvenes pertenecientes a la clase dirigente de los decuriones de Complutum; algo así, visto con ojos actuales, como un colegio para niños pijos, donde se formaba a las élites municipales. Una institución educativa que podría parecerse a lo que pretende el ministro Wert con la nueva ley de educación: la educación es cosa de ricos.

Escena marina
Antes que nada, hay que decir que la Casa de Hippolytus, realmente, pertenecía a la rica familia de los Annios, y que el nombre lo recibe del artista que construyó el gran mosaico que ocupa la zona central del edificio, un distribuidor desde el que se accedía al resto de las dependencias. Allí, el artista dejó constancia de su buen hacer con una gran cartela donde puede leerse: ANNIORUM HIPPOLYTUS TESSELLAV (IT): Hipólito lo pavimentó para los Annios.

Que un artista haga trabajos lujosos para ricos no tiene nada de especial; lo que sí lo tiene es que aquél montó un gran mosaico donde puede verse una escena marina absolutamente impensable en este secarral alcarreño, tan alejado del mar Mediterráneo, en el que se inspira. Los arqueólogos dicen que estos artistas musivarios eran profesionales ambulantes, como aquellos célebres canteros medievales que levantaron las grandes catedrales, y que plasmaban programas iconográficos llegados de tan lejanos, como en este caso, correspondientes al norte de África.

Puede verse aquí representada la piscifauna mediterránea, con esa obsesión que en historia del arte se llama horror vacui. No hay espacios en blanco y toda la superficie está cubierta con ejemplares de peces que abundaban en el mare nostrum en aquellos tiempos. Tres angelotes, erotes es el nombre que se les da, lanzan la red desde una barquichuela, en una escena amable, de puro entretenimiento, donde el afán de la pesca no es más que una excusa para embellecer una casa de lujo y servir de goce estético a sus moradores.

Tiene el lugar unas termas con una piscina polilobulada, un jardin al estilo griego, con varias exedras donde se impartían lecciones al aire libre, una letrina comunitaria… Lo de la letrina compartida es cosa que choca actualmente, pero si uno ha visitado la antigua ciudad helenística de Éfeso, en la costa turca, verá que las costumbres sociales – por rarunas que nos parezcan actualmente – eran similares a ambos extremos del Mediterráneo. La sala cacatoria era lugar de encuentro y socialización de gente ociosa y bien situada socialmente, hasta el punto de que había quien enviaba por delante a un esclavo a que ocupase uno de los evacuatorios para guardarle el sitio y calentarle el asiento. 

Un refinamiento tal, lo de cagar y hacer tertulia a la vez, no se ha visto en los tiempos actuales hasta la película de Buñuel, El discreto encanto de la burguesía. Actualmente, lo de las tertulias abunda mucho en los medios de comunicación, pero las defecaciones - que las hay - son mentales, lo que le quita mucha emoción al asunto.
Ventisquero en Cabeza de Hierro Menor
En cuanto a lo del corpore sano que decía al principio, ya casi no queda espacio, pero diré que este sábado pasado el jubilata se fue a hacer la Cuerda Larga entre el puerto de Navacerrada y el de Morcuera, 20 k haciendo cumbres por encima de los dos mil metros de altitud, y se le quedó el cuerpo como un reloj. Los achaques artríticos no hicieron acto de presencia, aunque sí había un par de rebaños de capra hispánica que nos observaban con curiosidad desde los riscos.
Subiendo a Bailanderos
Pero no era por nosotros, que ya están acostumbradas al trasiego montañero, era por los bocadillos que llevábamos en el morral. 

domingo, 16 de junio de 2013

Una escapada alcarreña.-


Quizás el improbable lector ignore quién era don Cerebruno. No se inquiete por eso, nuestro conocimiento de la Historia está lleno de lagunas. De aquí a diez años – por poner un caso actual – habremos olvidado la existencia de un tal Rajoy y ese olvido no nos hará más ignorantes, aunque sí un poco más felices.

Don Cerebruno, aquitano y natural de Poitiers, – puede creerme el lector bajo palabra – era personaje de más enjundia. Fue el tercer obispo de Sigüenza allá entre 1156 y 1166 y dio un gran impulso a la construcción de su catedral así como a las murallas románicas que cercaban la villa. Como aquellos no debían ser tiempos de austeridad para todos y pasta en Suiza para cuatro, el señor obispo promocionó intramuros, además, la construcción de la iglesia de San Vicente en la Travesaña Alta y la de Santiago en la calle Mayor, ambas con hermosas portadas románicas.

Con lo dicho, ya le pongo al lector sobre la pista: la santa y yo hemos pasado un par de días en Sigüenza y hemos recorrido sus calles medievales, su alameda neoclasicista junto al río Henares, su barrio barroco donde se alojaban los niños cantores de la catedral. Hemos contemplado, desde el Mirador de la Ronda – del otro lado del arroyo del Vadillo –, el paseo de ronda que sigue la línea del lienzo oriental de la muralla, con las puertas del Sol y del Toril. Este muro discurre entre el castillo cimero (antigua alcazaba musulmana, luego palacio episcopal, actualmente Parador Nacional) y la catedral. 

Un poco frikis de las piedras con historia, pocas hemos dejado que escapasen a nuestra curiosidad. Incluso bajamos a Nª Srª de las Huertas por asomarnos a una necrópolis que se supone de los primeros pobladores cristianos tras la toma de la villa en 1124, y, por encima de los enterramientos, los restos de una calzada romana.

Pero, cuando se habla de esta ciudad levítica y señorial de  Sigüenza, inmediatamente todo el mundo piensa en el célebre Doncel, enterrado en la capilla de los Vázquez de Arce. La tradición lo llama “doncel” quizás por su apostura y juventud, pero no hay tal. Al hombre poca doncellez debía quedarle ya, pues, a sus 25 años, cuando murió en 1486, era hombre casado y con un hijo. Según la historia, murió en la vega de Granada, luchando contra la morisma, y trasladaron sus restos a Sigüenza, de donde era natural su familia.

Visto tan rico enterramiento donde yace, bien puede aplicársele lo que el Don Juan de Zorrilla comentaba con sorna ante la tumba del Comendador: “No os podéis quejar de mi / aquellos a quienes maté/ Si buena vida os quité, / mejor sepultura os di”. Para ser sinceros, por ningún hecho de armas o de letras se le recordaría si no fuera por aquel monumento funerario tan rico. No solo rico por la labra y los materiales nobles de que está hecho, sino porque testimonia un cambio de actitud cultural: es un caballero armado con todos sus arreos militares, pero no es un yaciente medieval aferrado a su mandoble, sino un hombre culto, recostado  y absorto en la lectura de un libro. Es un hombre del Renacimiento que aúna armas y letras en su persona, un espíritu refinado.

Habrá que esperar un par de siglos para que Don Quijote, éste sí caballero famoso por sus hechos, haga el parangón entre armas y letras en un discurso memorable. Pero es historia que va por otros derroteros. Quítesenme delante los que dijeren que las letras hacen ventaja a las armas…, aseguraba el hidalgo en oficio de caballero andante, pero nosotros ya no estábamos allí para oírselo decir porque nos habíamos ido a Palazuelos.

Palazuelos es un pueblo a 7 kilómetros de Sigüenza y camino de Atienza. Es un lugar muy digno de visitar porque tiene una muralla de dos kilómetros de perímetro y un castillo, mandados levantar por don Iñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana. Precisamente ese que en mis tiempos bachilleres quería beneficiarse a la vaquera de la Finojosa, a la moça de Loçoyuela y cuantas zagalas le salían al paso, aparte de componer sonetos fechos al itálico modo.

Esta villa, actualmente con 25 habitantes, tiene unas cuantas cosas interesantes para dedicarle toda una mañana: un pequeño museo, una tradición aún viva, una fuente de siete caños, y más cosas, pero uno no se puede alargar en mayores informaciones. En la calle San Roque, Anselmo del Olmo ha ido recogiendo herramientas y objetos de forja que ha reunido en un pequeño museo del Herraje. Hombre amable por demás, nos enseña la colección, explica la utilidad de algunas herramientas y agradece al visitante que deje un comentario en el libro de visitas.

Además, nos cuenta la tradición que los vecinos mantienen viva en el pueblo: la quema del boto. La tradición quiere que la peste, declarada en el S. XVI, no atravesó sus murallas porque los vecinos se encomendaron a san Roque.

En agradecimiento hicieron el voto de quemar un boto. Es éste un recipiente hecho con la piel de una cabra, cubierto de pez en su interior, y que se usaban para trasportar el vino. La noche del 15 al 16 de agosto (la que va de la Virgen a San Roque), se cuelga sobre la puerta de la muralla y se le prende fuego. La Asociación Cultural la Quema del Boto sigue cumpliendo el rito. El problema, nos contó don Anselmo, es que ya no hay botos, y los que aún hacen algunos artesanos en Burgos, salen muy caros.

Lo de la fuente de los siete caños es un ejemplo vivo de aprovechamiento de recursos naturales. Servía para suministrar agua a los vecinos y para abrevadero del ganado. De allí el agua llegaba al lavadero extramuros y, por una acequia, hasta las huertas, para el riego. Lo que en jerigonza actual llamaríamos optimización de recursos hídricos. En sus tiempos, simplemente, una forma inteligente de dar utilidad al manantial que alimenta la fuente.

Por no cansar más al lector, mejor una sugerencia ¿En vez de leer esto, por qué no aprovecha un fin de semana y hace una visita por aquellas tierras? Quedará sorprendido.