domingo, 27 de junio de 2010

Esos libros que dan que pensar.-


Uno no es que sea un depresivo porque, en general, está moderadamente satisfecho con su mediocre existencia y sería una falta de consideración por su parte sentirse desgraciado. Si, en algún momento se siente un tanto depre, no tiene más que pararse a observar el desbarajuste en que vive la humanidad y acaba por reconocer que, dentro de sus limitaciones de pequeño burgués (perdón por emplear un término tan en desuso), pertenece a la casta de los que tienen resueltas sus necesidades y pueden permitirse ciertos lujos. Incluso, el de pensar.
Sin embargo, aunque vive instalado en su áurea mediocridad, se siente inclinado al pesimismo antropológico. De aquel optimismo dieciochesco que creía en el progreso indefinido de la especie humana, a través del conocimiento y la diosa Razón, queda bien poco. Aquel capitalismo decimonónico, que veía ante sí un mundo lleno de recursos naturales explotables indefinidamente, nos ha traído este capitalismo depredador que sufrimos actualmente, dilapidador de dichos recursos en nombre de una libertad de mercado que es el gran dios Moloch a cuyos intereses se ha sometido toda la humanidad. Y, para que ésta se crea viviendo en un paraíso de riquezas sin cuento, nos ha convertido en consumidores embrutecidos por el afán de poseer bienes materiales, a cambio de renunciar a un comportamiento crítico. Ha hecho de los ciudadanos masa amorfa que se alimenta de consignas consumistas y se niega a sí misma el irrenunciable aunque incómodo derecho a la reflexión.
Ya ve el improbable lector: todo lo que antecede, y mucho más, le ha venido a las mientes a este jubilata moderadamente feliz porque, en los últimos meses, ha ido leyendo tres novelas que son, en el género de anticipación, tres clásicos del siglo XX. Empezando por el final, estas últimas semanas, mientras viaja en metro, está leyendo la novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451 (es la temperatura a la que arde el papel). Una sociedad y un tiempo en los que el saber, los conocimientos que se transmiten a través de los libros, son un peligro para la felicidad de las gentes. Por eso, los bomberos no apagan fuegos, sino que los provocan para reducir bibliotecas a cenizas y, con ellas, a los raros lectores. Porque leer equivale a pensar, y pensar es un riesgo para la estabilidad social y la felicidad general.
Puede imaginar el improbable lector que, además de Fahrenheit 451, se está hablando, también, de Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y de 1984, de George Orwel. Tres visionarios que profetizaron nuestro mundo actual y lo plasmaron en sendas metáforas en las que nos vemos reflejados como en esos espejos deformes del callejón del Gato, que decía Valle Inclán. Estamos representando la comedia del absurdo humano y creemos que no hay más realidad que la que imaginamos ver en los espejos contrahechos en los que nos reflejamos.
Quizás, de las tres obras, la que peor ha resistido el paso del tiempo es la novela de Bradbury. Y eso porque “el Sistema”, “los Mercados”, “los Poderes Fácticos” o como quiera que se le pueda llamar a esa entelequia que controla la sociedad, es más sutil que lo imaginado por el autor. ¿Para qué quemar libros, si se puede trivializar su contenido? Producidos por cientos de millares, con contenidos inocuos, multitudinarios best seller y novelería intranscendente, se satisface la curiosidad del respetable y se le alivia del aburrimiento; y se le niega, sutilmente, la posibilidad de tiempos en blanco que pueden llevarle a la funesta manía de pensar. Además del control del pensamiento, está el gran negocio editorial, y la industria papelera, y las campañas publicitarias, y el famoseo pseudointelectual, y…
Es fácil, y hasta tópico, hablar del “soma” huxleyano que tomamos a grandes dosis: los deportes, que atraen multitudes (ahora estamos inmersos en el campeonato mundial de fútbol y “la roja” está aliviando muchas frustraciones personales), los vacuos programas y la sin sustancia de los tropecientos canales de la TDT, las revistas de colorines y casquería sentimental, y todo el etcétera que cada cual quiera añadir. No se sabe bien si somos un rebaño de Epsilones o privilegiados Alfa-Más, cuyo horizonte no va más allá de seres con el cerebro demediado o individuos seriados cuyo objeto es trabajar para el Sistema y gozar de sus ventajas cuantificadas en complejos laboratorios del comportamiento de masas.
Y siempre, un Gran Hermano vigilante (Orwell dixit) que controla nuestros comportamientos para que no nos salgamos de la recta ideología que hace perdurar el sistema vigente. La pérdida del sentido histórico y la reconstrucción, día a día, de la verdad oficial para la perpetuación en el poder, son herramientas muy útiles y que están demostrando su eficacia; sólo que no nos vienen impuestas por un estado totalitario (término nefando para el liberalismo capitalista), como nos cuenta Orwell en 1984, sino sugeridas por el sistema social, quien afirma hacerlo por nuestra propia seguridad. ¿Cuántas cámaras nos vigilan en cuanto salimos de la puerta de casa? ¿A cuántas vejaciones no nos someten en cuanto pasamos los controles de un aeropuerto? Pero es así – la gente lo tiene claro – por nuestra propia seguridad. Nadie quiere volar en un avión con un terrorista al lado. Nadie quiere ir al banco y tropezarse con un atracador pistola en mano. Vivimos controlados, observados, manipulados y lo llamamos “seguridad”. No hay nada como crear un enemigo (en 1984 la nación Oceanía está en guerra con Eurasia o Asia Oriental, según convenga; entre nosotros, “el terrorismo”, ese monstruo de mil caras que da tanto juego) para hacer dejación de la libertad en nombre de la seguridad.
Si Bradbury, Huxley u Orwell hubiesen conocido nuestra sociedad del siglo XXI, es muy probable que rehiciesen sus novelas para adaptarlas a los nuevos tiempos; pero, seguro, seguro, hubiesen llegado a las mismas conclusiones a las que llegaron entonces: masificación acrítica, pérdida de referentes éticos, adocenamiento provocado por una neolengua que elimina el pensamiento complejo, temor inducido, simulacro de felicidad…
Lo dicho al principio: uno, de depresivo, nada; más bien moderadamente feliz, aunque con la fea costumbre de rumiar las cosas y darles vueltas en su caletre. Dentro de lo que le permiten las circunstancias, se niega a ser un homúnculo lobotomizado que acepta el mundo tal como se nos muestra en los espejos deformes que el “Sistema”, o lo que coños sea, ha instalado en el callejón del Gato, por donde deambula despreocupadamente la masa de epsilones.

lunes, 21 de junio de 2010

Mira qué te cuento, 4.- El voto de Floro.-


Floro Seseña era un niño raro. Desde pequeñito le entró la afición a jugar a las urnas electorales. Los chavales de su edad jugaban con cromos de futbolistas o de motos de carreras. Él no; él jugaba a hacer votaciones. Todo empezó el día que su abuelo le regaló un voto que tenía para las elecciones municipales. Como el hombre se marchaba a una residencia de la tercera edad a otro municipio, el voto le resultaba inútil. Por no tirarlo, se lo dio al nieto.
– Toma, hijo, un voto para que juegues a las elecciones. Cuando te canses, lo tiras a la papelera.
Y Floro se pasó la infancia jugando a votar. Un día eran votaciones legislativas; otro, municipales o automónicas. Incluso una vez organizó una votación al parlamento europeo. Echaba la papeleta en una caja de cartón, controlaba para que no hubiese pucherazo y cerraba el colegio electoral cuando su madre le daba la merienda. Abrir la urna y hacer el recuento era de lo más emocionante. Lo bueno de este juego –que a los demás chicos les parecía aburrido– es que siempre salía elegido su partido político. Lo malo fue que la papeleta se le estropeó, al cabo de los años, de tanto danzar de urna en urna y no se leía bien la candidatura. Hasta que un día, de tan borrosa que estaba, ni se sabía a quién había votado. Ese día no tuvo más remedio que declarar la votación nula y la convocatoria desierta. Fue una frustración que marcó su vida.

miércoles, 16 de junio de 2010

Que parezca un accidente.-

Por lo visto, eso es lo que recomendaba don Vito Corleone a los suyos: "Que parezca un accidente". Discreción, profesionalidad y que otro cargue con el muerto. Don Vito era hombre inteligente y lo sabía; sabía que no es lo mismo el muerto en un accidente de tráfico – mera estadística en el telediario –, que el activista, tripulante en una flotilla humanitaria, con un tiro en la frente y sobre la cubierta de un barco cargado de sacos de cemento y sillas de ruedas. Vamos, una cuestión de ética, estadística y estética a partes iguales, pero sin confundir churras con merinas. O, como decía el agente 007: Mezclado, no revuelto.
Pero el tal señor Schutz no había caído en ello y se hizo la picha un lío confundiendo ética y estadística, y, encima, sin preocuparse por la estética, con lo bien que quedan maquillados los cadáveres. Que un capo de la Cosa Nostra sea más sutil que un embajador israelí da qué pensar ¿Dónde queda la sutileza diplomática cuando hasta un mafioso puede darle lecciones de savoir faire? A menos que no se trate de descuido – lo de confundir accidentes de carretera y tiro a bocajarro – del señor Schutz, sino de cinismo en estado puro; cinismo sustentado por la impunidad. Pero, bueno, el accidente-incidente de ametrallar cooperantes (¿cuestión de ética o estadística?) ya no da juego periodístico, aunque, precisamente por eso, lo saco a colación en esta bitácora. Porque un no quiere tener “memoria de pez”, como alguna vez nos recuerda Rosa Artal en su blog.
Ahora, al público en general ya no le interesa lo de romper el bloqueo de Gaza: agua pasada no mueve molino. Ahora nuestra preocupación es otra. Estamos demasiado preocupados por ver los partidos del Mundial de Fútbol de Sudáfrica. Lo cual a mí me sigue pareciendo un accidente, aunque quizás no lo sea. Que el mundial futbolero coincida con el enorme recorte de logros sociales en aras de las Leyes de Mercado; que haya más gente ante el televisor del bar de la esquina que en la huelga de funcionarios del otro día, parece casualidad. Algo puramente accidental, como los muertos de don Vito.
Digo yo que debe ser cosa accidental – seguro que lo es – el haber olvidado el terremoto de Haití. Ese terremoto que aniquiló las escasas y defic
ientes estructuras del estado haitiano y que se llevó por delante más de doscientas mil vidas. Accidentalmente - claro está -, estaba yo leyendo la otra tarde el boletín de Médicos Sin Fronteras y me hicieron recordar que se amputaron brazos y piernas aprisionadas entre los escombros, para liberar a los atrapados. Una cirugía de serrucho en hospital de sangre que ha dejado un buen surtido de mutilados a los que nadie recuerda ya. Y, como no hay perro flaco que no esté comido de pulgas, apenas hay hospitales donde atender a tanto cojo y manco. Pero, bueno, ya se sabe cómo son estas cosas: siempre hay un nuevo tsunami a mano, o cualquier otra desgracia colectiva que obligue a liar el petate y olvidar viejas miserias que ya no son objeto de telediario o primera plana.
También parece un accidente lo de BP y su plataforma petrolífera Deepwater Horizon en el Golfo de Méjico, manando, no leche y miel como la Tierra Prometida por Yahvé a los paisanos del señor Schutz, sino pura mierda en forma de nafta. Y uno, que tiene la mala costumbre de leer cualquier cosa que le caiga a mano, ha leído un interesante artículo en el Nouvel Observateur del que parece desprenderse que, aunque parezca un accidente, como los recomendados por don Vito a su gente, no lo es.
No es accidente, sino desidia, incompetencia y corrupción. Accidente que, por otra parte no parece preocupar a los directivos de BP, aunque le cuesta a la petrolera 16 millones de dólares diarios. Porque, aunque le llegase a costar 14 mil millones en total – según he leído –, no le representaría más que los beneficios de un año. “Hilillos” a la mar.
Desregulación de los sistemas de seguridad desde los tiempos del nefasto Bush junior. Minerals Management Service, agencia estatal responsable de aplicar la reglamentación y hacer las inspecciones, ha anulado desde 2004 la obligación de instalar un telemando que bloquea las perforaciones en caso catástrofe, debido a que considera “se trata de sucesos raros y de corta duración”. Sin embargo, Noruega equipa sus pozos con este dispositivo desde 1993, Brasil desde 2007. Argumentaba BP que los programas “voluntarios” de autocontrol eran más que suficientes y que la Administración americana no debía reglamentar con tanta rigidez las inspecciones de sus platafo
rmas. Algo así como dejar en libertad al zorro dentro del gallinero; ya decidirá él cuántas gallinas se come. Ejemplo de autorregulación modelo BP: dos refinerías de BP representan el 97% total de las violaciones de seguridad constatadas a lo largo de tres años en USA por la agencia que las supervisa. Y eso que un tercio de los empleados de MMS, entre 2002 y 2006, han recibido gratificaciones e invitaciones de empresa… Más aún, el lobby del gas y del petróleo ha ingresado 334 millones de dólares en las cuentas de los candidatos y partidos norteamericanos; tres cuartas partes de los cuales han ido a parar a los republicanos.
En fin, un accidente que ya casi ni sale en los telediarios. Como aquello nos pilla tan lejos… Ya verás qué risa el día que la corriente del golfo nos traiga los “hilillos” de BP hasta las bateas mejilloneras de Galicia.
Para terminar: El mundo debe saber que no se trata más que de un accidente aislado, ha comentado un tal Tyler Verdom, de Bilmore Capital. Eso es llamar a las cosas por su nombre.
Don Vito Corleone estaría satisfecho.

jueves, 10 de junio de 2010

Profesión de fe de un converso.-


Nunca creí que, con los sesenta y cinco años a punto de cumplir, tuviera una crisis de fe. Hasta este momento crucial de mi vida, yo creía en la sociedad, en la justicia humana y otras antiguallas. Creía que los destinos de la humanidad se regulaban por leyes imperfectas, pero mejorables; que la pobreza era un mal remediable y que el enriquecimiento tenía un límite. Pero aquellos principios morales, que funcionaba como dogmas bien asentados y daban un sentido ético a toda una vida de trabajo y respeto a las convenciones sociales, un día se mostraron de tan difícil racionalización como el misterio de la santísima trinidad para un sintoísta o la cuadratura del círculo para un euclidiano.
Aquel día dejé de creer. A punto de cumplir los sesenta y cinco y me había quedado sin fe. Ante mí se abría un tenebroso panorama de ateísmo que me dejaba sin asideros donde agarrarme para dar sentido a mi vida. Desesperanzado, comprobé que mi vida carecía de sentido y que mis actos ya no respondían a los sólidos principios éticos que me habían servido de referente… Hasta que fui iluminado por la nueva religión; una religión de carácter universal, que englobaba a toda la humanidad, con independencia de culturas o razas. Incluso, con independencia del credo religioso tradicional que profesase cada uno de los mortales. En fin, descubrí la sacrosanta Ley del Mercado. Y creí en el Supremo Hacedor: el Capital Financiero.
Descubrí que no hay más ley divina que los dogmas dictados por los Mercados Financieros, a quienes los dirigentes políticos rinden ciega obediencia y sacrifican en su altar – mediante el ritual de las privatizaciones – los logros sociales. Que el Dios Dinero es omnipresente y rige los destinos de los pueblos mediante la Ley del Mercado, castigando a quienes se apartan de su obediencia. Descubrí que, a pesar de nuestra obcecación, el Capital Financiero, en su infinita bondad y a través de la Ley del Mercado, nos enviaba señales para mantenernos dentro de la hortodoxia económica y recta vía que llevan al enriquecimiento universal, y que los comentaristas financieros eran los nuevos sacerdotes que predicaban los designios del Dios Especulador. Éstos, a través de la evolución de las Bolsas, interpretaban su complacencia o disgusto.
Diariamente celebraban una misa, retransmitida urbis et orbe a través de TV, Internet, Prensa y Radio en la que mostraban las evoluciones de las cotizaciones bursátiles en los nuevos templos llamados Bolsas, donde oficiaban sus sacerdotes y acólitos que forman la curia del FMI, BM, BEI y otras sacras instituciones. El pueblo creyente, en comunión a través de la pantalla de TV y los demás medios de comunicación, recibía las señales de satisfacción o disgusto del Dios Dinero. Éste manifestaba su sacrosanta voluntad mediante las fluctuaciones del Mercado a través de los grandes santuarios como Wall Street o la Cyty de Londres, Bolsa de Tokio, y otros templos del Único Dios Verdadero.
Desde que creo en la nueva religión, no paso por delante de una sucursal bancaria sin persignarme. En casa, he levantado un altar donde están expuestas para mi particular adoración, a modo de santos intercesores de la divinidad, las cartillas de ahorros y de plazo fijo. Además, rezo a diario mi rosario con los misterios gozosos – si suben las cotizaciones – o dolorosos, si éstas bajan. Y siempre, siempre, termino con mis jaculatorias:
- Santo Dow Jones, ora pro nobis.
- San Nikkei, ora pro nobis.
- San CAC40, ora pro nobis.
- San IBEX 35, ora pro nobis
- San DAX 30, ora pro nobis.
- Santo Nasdaq 100, ora pro nobis
- San Hang Seng, ora pro nobis…
¡Sacrosanto Capital, hágase según tu voluntad!

sábado, 5 de junio de 2010

A propósito de los borbones españoles y la arqueología.-


La visita a la exposición “Corona y arqueología en el Siglo de las Luces”, en el Palacio Real de Madrid, era casi obligada tras el viaje que hicimos a primeros de abril a Nápoles y Sicilia. Ya quedó dicha, en las entradas del día 18 y 29 de abril pasado de esta bitácora, la gran impresión que me había producido conocer esas tierras del sur de Italia. Tierras por donde han pasado, y han dejado su impronta, todas las culturas mediterráneas.
La exposición a la que me refiero vendría a ilustrar una época en que la presencia española, a través de la Casa de Borbón, dejó huella que todavía es visible en tierras italianas y que muestra la importancia, no demasiado conocida entre nosotros, que los borbones españoles tienen en el desarrollo de la arqueología. Siempre hemos mantenido una actitud peyorativa respecto de las aportaciones españolas a los logros del Siglo de las Luces, como si fuésemos los parientes intelectualmente desarrapados de aquellos “ilustrados” franceses. Pero lo cierto es que, a lo largo del S. XVIII, la corona española mantuvo una clara política cultural que no desmerecía en absoluto de las practicadas por otros países europeos. Otra cosa es que el peso político de España estuviese en franco retroceso y esto condicionara la visión que se tiene de esta época histórica nuestra en todos los campos.
Es casi ocioso decir, por sabido, que fue Carlos III, siendo rey de Nápoles y Sicilia, quien auspició el descubrimiento de Herculano y Pompeya. De las pinturas que allí se descubrieron nació un estilo “pompeyano”, también llamado “grutesco” que se puso de moda en la época y era el colmo del buen gusto. Hasta el punto que el pintor Rafael Mengs lo tomó como modelo para embellecer los palacios reales.
Lo mismo que ahora está a la moda quien sigue las corrientes cambiantes de la idem, en aquel siglo lo más fashion era ser un conocedor de la cultura clásica y del mundo antiguo, que se consideraban, ya desde el Renacimiento, el no va más del refinamiento intelectual. Hasta el punto que el Infante don Gabriel de Borbón, hijo de Carlos III, tradujo del latín la Conjuración de Catina, y puede verse un ejemplar de esta traducción en una de las vitrinas.
Pero no sólo era afición de príncipes diletantes, ya que existía una política clara de buscar una explicación científica a las antigüedades clásicas y las culturas antiguas. En 1752, el marqués de Valdeflores, por mandado real, recorrió el sur y el oeste de la Península buscando y describiendo vestigios de antiguas culturas hispanas. Fruto de este trabajo fue la publicación de Viaje de las antigüedades de España, donde se recogieron más de 4.000 inscripciones epigráficas, y un Ensayo de Alfabetos de Lenguas desconocidas, que fue el primer intento científico de estudiar las lenguas prerromanas.
Y no sólo hubo una preocupación por la cultura clásica, sino que esta preocupación se extendió hacia el conocimiento de la cultura árabe en España y a las culturas precolombinas en las colonias americanas. En 1776 se descubrieron las ruinas mayas de Palenque, lo que motivó la organización de expediciones científicas para su estudio y descripción, y en la exposición pueden verse algunos grabados que se hicieron sobre el terreno. Más aún, a raíz de estos descubrimientos, se fundó la R. A. San Carlos de México (la primera en todo el continente), donde se recogieron los hallazgos de las culturas mesoamericanas y se llevaron vaciados en yeso de estatuas clásicas, procedentes de las colecciones reales. El propio Humboldt la visitó y dejó escrita su admiración por una institución que aunaba en pie de igualdad las antiguas culturas americanas y el clasicismo europeo.
Bueeeno… Ya sabe el improbable lector que ésta es la bitácora de un jubilata con sus puntos y comas de cultureta, así que lo dicho no pasa de ser unos apuntes someros. No se pretende sentar plaza de erudito en la materia, sino sólo hablar un poco de la visita a la exposición y de las impresiones que uno ha recibido.
Me hubiese gustado dejar algunas fotos de la visita, pero no está permitido hacerlas. Casi mejor es darse una vuelta por aquellas salas, cuya entrada en gratuita, y leer con detenimiento los paneles y observar las piezas expuestas. De paso, puede verse desde el Patio de Armas la fachada de la Almudena, ese bastión del retro-catolicismo celtibérico y pastiche neo-neo-historicista de un dudoso y anacrónico gusto arquitectónico. Cualquier día me acerco por allí y luego lo cuento.
Queda avisado el personal.

domingo, 30 de mayo de 2010

Caminata por el barranco de Yuba.-

La primavera es una época apropiada para caminar por estas tierras sorianas próximas a Medinaceli. Es una comarca donde sus pueblos se fueron deshabitando de cincuenta años a esta parte hasta caer en el total abandono. Sus despoblados, apenas un puñado de casas en cada núcleo, se van desmoronando con el paso de los años. Entrar en aquellas antiguas viviendas ruinosas y ver sus viejas cocinas con sus alacenas, sus hornos, sus habitaciones, produce esa sensación que debieron sentir los románticos decimonónicos ante los viejos castillos derruidos. Una sensación de fugacidad y de provisionalidad de todo proyecto humano. Pero nosotros no hemos venido a llorar añoranzas de tiempos periclitados, sino a disfrutar de la naturaleza y el paisaje.
Comenzamos la caminata en Jubera, pueblo cercano a Medinaceli, próximo a la autovía de Zaragoza. Está en la orilla izquierda del Jalón y pasa a su lado la línea férrea. Llama la atención este pueblo, apenas 20 habitantes en la actualidad, por su unidad urbanística, que responde a la decisión de su señor, en 1782, el obispo de Sigüenza don Juan Díez de la Guerra, de levantarlo de nueva planta. Un hermoso escudo nobiliario con capelo y cordones, sobre un gran edificio con aspecto entre palacial y monástico, recuerda quién enseñoreaba estas tierras.
Un repecho nos lleva hasta el pie de la autovía, que cruzamos por un acceso subterráneo. Bajamos hacia los campos cultivados de cebada, que forman manchas como lagunas de un verde vivo y luminoso. Nuestro camino nos lleva hasta el despoblado de Las Llanas, un pueblecillo con sus casas semiderruidas, que la vegetación va cubriendo. Hay un gran nogal y a su pie una charca. Situados en el llano, kilómetros adelante, tenemos frente a nosotros una muela formada por estratos yeso-calizos y arcillosos, sobre la que hay un parque eólico todo a lo largo de kilómetros. Hemos llegado a una carreterilla con firme de grava, que une Arcos de Jalón con Yuba. Este camino de concentración lo abandonamos por la izquierda y tomamos un llamado “camino del romeral”, que nos lleva a la entrada del barranco de Yuba. Este barrando lo recorre un arroyo, a tramos seco, que se junta unos kilómetros más adelante con el río Cárcel. El barranco está limitado por grandes farallones de calizas y arcillas y rocas sedimentarias formadas por una amalgama de piedras de aluvión y arcillas. Vemos buitreras. La vegetación ha crecido desmesuradamente y la hierba alcanza casi un metro de altura en aquellas zonas húmedas más próximas al cauce del riachuelo.
La vegetación en esta zona tiene especies propias de estepa: tomillo que está en flor, romero, aliaga (con algunas matas también en flor), un poco de torvisco y gamones con sus varas florecidas como nardos. En las paredes del barranco, a veces aparecen colgados en lugares inverosímiles, hay enebros arbustivos y chaparros en los cerros colindantes. Junto al río, buenos chopos, y todo a lo largo de la garganta, majuelos en flor que son como grandes pinceladas de un blanco luminoso sobre estos parajes hechos de ocres rojizos y verdes oscuros de la vegetación.
Entramos en el despoblado de Yuba, donde parece que la única casa en pie es una antigua ermita bien retejada. Las casas, con su aspecto ruinoso, dan una imagen romántica de lugar abandonado donde las antiguas viviendas van mostrando la intimidad de sus habitaciones según se derrumban las paredes que las sustentan. Comemos aquí, junto a una gran alberca, a la sombra de chopos y frutales abandonados. De aquí nos acercamos a Corvesín, anejo de Blocona, otro lugar despoblado, con apenas 10 casas ruinodas, que tiene un aspecto idílico en su soledad y la abundancia de vegetación. Por el camino corre un arroyo que debe de venir de los cerros próximos.
Terminamos cerca de Lodares, en una estación de autobuses próxima a la autovía. El contacto con la civilización nos recuerda que la caminata es sólo un paréntesis en nuestras vidas de urbanitas. No nos lamentamos, ya que pronto volveremos a calzarnos las botas y haremos, no sólo siete leguas, sino todas las que aguanten nuestras rodillas artríticas pero marchosas.

lunes, 24 de mayo de 2010

Mira qué te cuento, 3: El mundo es injusto.-

Pues, sí, hombre. Yo creía que ya te lo había dicho: aquí donde me ves, soy un incomprendido. Pero no le echo la culpa a nadie ¿eh? Que yo ya sé que tengo un carácter un poco raro, aunque el en fondo soy una malva y un sentimental.
Yo creo que lo que me pierde es esta sensibilidad tan grande que yo tengo. En cuanto me gusta una persona, es que me devora el cariño. Porque, vamos a ver ¿te has fijado en la gente? Siente como vergüenza de expresar sus sentimientos y anda por ahí con cara de estreñido. Yo, al contrario, en cuanto quiero a alguien, no me puedo aguantar, es que me lo comería...
Fíjate tú cómo será que yo tenía una novia de pueblo. De esas mozas de mejillas coloradotas, carnes prietas y más blancas que la leche... y unas tetas; cosa más sabrosa no había probado en mi vida. Fíjate si la quería, que me la comí a bocados. Pero, no te vayas a creer... civilizadamente, eso sí; que en España tenemos una tradición culinaria muy depurada y yo casi, casi, soy un cordon bleu en eso del arte culinario. Si me apuras, ni Arguiñano... Lo que pasa es que me inclino más por la cocina tradicional. Además, aquella novia tan maciza se había criado en la montaña y no era cuestión de emplear una fórmula de esas amariconadas de la cocina francesa, que todas las salsas las hacen con mantequilla. Yo, buen aceite de oliva y siempre, siempre, productos naturales.
El caso es que me preparé con ella un chilindrón de chuparse los dedos. Aunque te parezca mentira, es fundamental el pimiento seco. Ha de ser de muy buena calidad: si es de Lodosa, mejor. Antes de guisar la carne ...¡ Por cierto!, Encarnación se llamaba esa novia de la que te estoy hablando... Pues, eso te decía, que hay que preparar un sofrito de cebollas picadas, tomates previamente escaldados y pimientos rojos asados al horno, cortados en tiras, y sin piel. ¡Joér...! Todavía me pongo cachondo cuando me acuerdo de sus muslos en la cazuela dorándose al fuego con su buen aceite de oliva y sus ajitos cortados en láminas... Nunca he vuelto a experimentar un placer erótico tan intenso. Creo que aquel día me comí un pan entero mojando el chilindrón...!Huuumm!
Y ahora que me acuerdo, no acabo de entender por qué me sacaron en los periódicos, si el guiso era perfecto. Yo creo que la culpa fue de su madre, que era una envidiosa y una nulidad en la cocina.
Pero volviendo a lo que te decía, pues sí, siempre he sido un hombre necesitado de cariño y, cuando alguien me quiere, es que me lo como a mordisquitos... Como no conocí a mis padres, me crió una tía mía; una viejecita muy cariñosa. Tanto, tanto me quería, que me nombró su heredero. Cuando me enteré, yo, de puro contento, le di un abrazo tan fuerte que se le rompieron algunos huesecillos... Oye, tú, la viejecilla se quedó que parecía un pajarito con un ala rota. Lo que pasa es que la pobrecita tenía la carne un tanto correosa y tuve que hacerla en pepitoria... Pero la quería más que a mi madre, a la que no conocí, así que me la comí toda, toda.
Menudo disgusto el que me llevé aquella vez, tú, que cogí una indigestión tremenda y la policía empezó: que a ver donde estaba la vieja; que si yo era un pervertido y un antropófago de esos de Africa... Sí, hombre, sí, tienes que acordarte, que hasta me sacaron en los telediarios... Pero eso de la fama es duro de llevar, que desde entonces la gente me mira mal. Fíjate que, con lo que a mí me gustan los niños, en mi escalera las madres se ponen histéricas nada más verme y los esconden. Y los vecinos ni me hablan. Con lo necesitado de cariño que yo estoy, y lo solo que me veo...
Ya, ni novias formales he vuelto a tener. Solo algún ligue de tarde en tarde y, si es extranjera, mejor. Me acuerdo de una italiana que se alojaba en el Palas, riquísima, con la que apenas intimé un par de día: pero yo me lancé y le pedí la mano. No veas qué dedos mas finos... Con un chorrito de jerez me salió un caldo sabrosísimo. Se fue a su país sin despedirse de mi...¡mujer ingrata!
Por cierto, macho, contigo se puede hablar ¿Sabes que me estás cayendo bien? Si quieres, te invito a comer... Sí, hombre, sí, no se hable, hoy como contigo. Pero..., ¡Eh! ¡¡Túúú...!! ¿Dónde vas, hombre? Pero, no seas loco, que el semáforo está en rojo y pasan coches... !! Ay, ay, que se la pega...!!!
¡Joder! Otra vez solo... Si es que soy un incomprendido...

jueves, 20 de mayo de 2010

Hacienda somos casi todos...-


Estamos los españolitos, al menos los que vivimos de un sueldo o una jubilación, en época de confesarnos con la Agencia Tributaria y rendir cuentas de nuestros magros ingresos. No hablo de los dichosos y privilegiados poseedores de una SICAV o de altísimas rentas, que esos disponen de asesores fiscales y de medios acreditados para evadir una gran parte de sus ingresos. Eso sin contar el temor de nuestros lamentables políticos a meterles mano en los bolsillos, no sea que les encuentren no sólo la caderilla, como al común de los mortales, sino los billetes de 500 euros. Como nos tienen dicho que el dinero es asustadizo y puede salir huyendo hacia paraísos fiscales si alborotamos su apacible existencia, prefieren esos políticos no insistir demasiado a la hora de buscarlo por los rincones, en la confianza de que aflore por propia voluntad y ayude desinteresadamente a sacarnos del bache; rincones donde, quienes nos han empobrecido, lo tienen a buen recaudo.
Lo digo porque, esta semana, he cogido el certificado de renta y todo el papelorio que me envían los bancos con las cuentas corrientes y las imposiciones a plazo (ya se sabe, ese suculento 0,5 ó 1,50 %, – por decir unas cantidades – que te pagan por manipular nuestro dinero en su propio provecho), y he ido a la Agencia Tributaria de San Blas a que me hicieran examen de conciencia. Y, si se me permite un inciso, diré que eso de los funcionarios de Hacienda ya no es lo que era: aquel individuo con cara de perro que disfrutaba sádicamente exprimiéndote hasta el último céntimo de tu renta de trabajo, y te miraba con la misma desconfiada inquina con que el señor inquisidor aterrorizaba a los judaizantes. El que me ha tocado a mí tenía el pelo pintado de amarillo, con ajorcas en las orejas y una cadena gorda de okupa, con una herradura plateada, colgándole de la trabilla del pantalón. Con funcionarios así, te entran ganas de firmar la declaración sin rechistar y, encima, invitarles a un café.
Ya sé, ya sé que la mía ha sido una experiencia personal y no extensible al común de los contribuyentes, pero cada cual cuenta la feria según le va en ella; y a mí no me ha ido mal, que hasta me han devuelto unos euritos, aparte lo de tratarme como a un ciudadano y no como a un delincuente en potencia.
Un servidor, que tiene las ideas anticuadas, iba pensando, mientras el bus le llevaba al ajuste de cuentas, que, quizás y precisamente por estar anticuado, sigue creyendo en un Estado garante de la justicia social y redistribuidor de riquezas. La lástima del caso es que, quienes están en el poder político por mandato de los ciudadanos, son incapaces de aplicar principios tan elementales y exigir a cada cual según sus posibilidades. He creído entender en estos últimos días – se lo tengo que consultar al barrendero de mi calle, que de esto sabe bastante – que el gobierno no quiere aumentar, de momento, la imposición a las rentas más altas por ese miedo a que los grandes dineros salgan despavoridos allende nuestras fronteras. En su lugar, nos aumentará a todos los ciudadanos los impuestos indirectos porque dicen que ahí es donde el Estado recauda y no la minucia de las grandes fortunas.
Pero es que a mí, desde jovencito, me enseñaron que los impuestos directos –directamente proporcionales a los capitales – son síntoma de estricta justicia distributiva, mientras que los impuestos indirectos – que gravan por igual a todo hijo de vecino – son una forma más injusta de repartir los costes entre la ciudadanía. Vamos, que yo pago la misma cantidad de impuesto por el papel de retrete que las Koplovich esas, por poner un ejemplo pedestre. Y, francamente, no es lo mismo un culo proletario que otros de masaje y liposucción.
Espero que mis improbables lectores no se me cabreen por todo lo dicho, pues ya se sabe el sentir popular: “A la Hacienda Pública, ni agua”. Pero deben comprender que, a estas alturas de la vida, uno no está para desprogramar sus neuronas y reconvertirlas en fervientes partidarias del espíritu neocon. Uno sigue siendo, en cuestiones sociales, partidario de un socialismo asaz utópico; ese pensamiento iluso según el cual el colectivo humano de un país es más importante que las riquezas que produce y que éstas han de estar al servicio de aquel. Aunque también piensa – además de iluso, uno es un saco de contradicciones – que el enriquecimiento es un estímulo para los emprendedores. Pero es razonable poner límites: a la extrema riqueza y a la extrema pobreza. ¿O estoy tan equivocado…?

sábado, 15 de mayo de 2010

Eso de la economía global.-


Cuando estaba en quinto de carrera en la UNED, tuve que estudiarme la Introducción a la Economía para Historiadores, de Gabriel Tortella. Creo que llegué a entender un poco eso de la Microeconomía, pero lo de la Macroeconomía nunca logré desentrañarlo. Por eso, sigo con interés las entrevistas, leo los artículos y escucho las tertulias de los que dicen que saben de esto. Pero noto que me lían.
El caso es que, este viernes pasado, en Radio Nacional, han entrevistado a Cristóbal Montoro, que es algo así como el coordinador de economía del PP. El tal dijo (textualmente, que corrí a apuntarlo en un papel): “… señalan a España como uno de los causantes de la crisis…” Yo, la verdad, me sentí responsable y acepté mi parte alícuota de culpabilidad por el hundimiento de la economía mundial. Pero, como dos opiniones contrastadas son mejor que una, salí a la calle y le pregunté al barrendero de mi barrio. Se trata de un señor que no sólo maneja el escobón con profesionalidad, sino que se lee toda la prensa que encuentra en las papeleras y está muy bien informado.
El hombre me tranquilizó. Me dijo que lo de las head found, o “bonos de alto riesgo emitidos por una entidad de baja solvencia y con rendimientos muy superiores a la media del mercado” – fulminante de la crisis económica mundial –, no eran culpa del gobierno español. Que eran los bancos americanos los que las habían puesto en circulación. Que nadie en este país participó, en 2008, en la quiebra de Lheman Brothers o de Merrill Lynch, y que, cuando se referían a las hipotecas basura, no se estaba hablando del ladrillazo nacional, que no era más que una chapuza económica estrictamente local. Que las afamadas teorías sobre “el capitalismo del desastre” (Puede leerse “La estrategia de choque”, de Noami Klein) tenían más que ver con el neoliberalismo propugnado por Milton Friedman que con la “cocina” de la Moncloa. En fin, que, posiblemente, el señor Montoro estuviese mal informado…
En mi opinión (que sobre macroeconomía no opino, pero sobre personas sí) suponer mal informado al Sr. Montoro era tanto como considerarlo un inepto; no sólo a él, sino a quien le había nombrado para el puesto y a la cúpula de su partido, por no poner remedio a tanta incompetencia. Con lo que me asaltó la sospecha de si el experto ecónomo del PP no trataría, más bien, de confundir (dicho suavemente) al personal, a ver si colaba, y que ruede la bola. Sea como fuere, subí a casa más tranquilo.
Pero de esta entrevista también recuerdo que el Sr. Montoro dijo que el PP no colaboraría con el gobierno por tres razones, de las que sólo recuerdo dos: Una: porque los remedios llegaban tarde; a lo que el locutor le pregunto sí, como de cualquier forma, el gobierno, aunque sus recetas resultasen eficaces, llegaba tarde, esto suponía que el PP no iba a ayudar a sacar al país de la crisis. A esto, don Cristóbal dio la callada por respuesta y cambió de tercio. Otra: porque las reformas venían impuestas de fuera. O sea, el telefonazo de Obama a ZP y las presiones de los socios comunitarios.
Uno, que tiene enquistados resquemores antiguos, recordó inmediatamente las llamadas de Bush II el Nefasto al señor Aznar para que participase en la Cruzada contra el Eje del Mal y las Armas de Destrucción Masiva, y la inmediata puesta a disposición de nuestro país para una guerra de latrocinio, injusta, cruel e ilegal, de la que todavía sufrimos las consecuencias en el mundo mundial. Lo que me recuerda (uno empieza a tirar del hilo, y es lo que pasa) que el actual conflicto irakí está semi privatizado desde los tiempos del susodicho Bush II el Nefasto. Hay tantos mercenarios, de empresas tal que la Blackwater, como soldados en Irak. En Afganistán, por ejemplo, hay 104.000 mercenarios frente a 68.000 soldados (Le Nouvel Observateur, nº 2374).
O sea, política económica neoliberal pura y dura, como la que el FMI ha impuesto a los españolitos. A lo mejor, siguiendo los preceptos de la Escuela de Chicago, ZP privatiza los ministerios y los pone en manos de Díaz Ferrán, el irreductible presidente de la patronal patria, y que Alá nos coja confesados.
Cosas veredes, Mío Çid, que farán fablar las piedras…
Lo que sí tengo claro es lo siguiente: cuando necesite saber algo sobre macroeconomía, voy a consultar al barrendero de mi calle. Él, al menos, no estará obnubilado ideológicamente y será más objetivo que don Cristóbal Montoro, quien nos ha hecho responsables de la crisis económica del mundo mundial. Piensa don Cristóbal – a lo que imagino – que no hay nada como tener claras las propias ideas y enturbiar las ajenas.

martes, 11 de mayo de 2010

Un cierto olor a cadaverina narrativa.-


Hace años bastantes, cuando creía que mi capacidad de escribidor serviría para algo y me vería en letras de molde, propuse a un grupo de amigos/as escribir entre todos un cadáver exquisito, una especie de monstruo de Frankenstein, hecho de retazos literarios, de recortes de maternidad alumbrados por cacúmenes estrujados al efecto, y a ver qué pasaba. Aquello se inició con entusiasmo, recogimos fragmentos escritos, los zurcimos como buenamente pudimos… y jamás conseguimos insuflar vida al cadáver, que nunca llegó a exquisito y sí quedó fosilizado entre los archivos de mi ordenador.
En un ejercicio de añoranza – aunque la añoranza es un error que aburre muchísimo – he decidido colgar en esta bitácora el comienzo de aquella aventura de “juntacadáveres” ilusionados; aventura frustrada, aparte de por nuestra escasa capacidad literaria, por la puñetera vida estresada de sus componentes, que no lograban sacar tiempo para perder en un inútil trabajo de desenterradores de historias imaginarias.
Dicho lo que antecede, la historia comenzaba así:

““Propósito.- Dicen los que saben de esas cosas que la causalidad no existe sino que se corresponde con leyes que le son propias, cuya lógica ignoramos aún. Esto viene a cuento porque, según oí en mi juventud a un profesor de Antropología Filosófica, si un mono teclease sin solución de continuidad sobre una máquina de escribir, terminaría por escribir el Quijote, pongamos por caso. Supongamos que nuestro colectivo es el mono ideal que aporrea durante una eternidad el teclado del ordenador. Así, es muy posible que entre todos, muy monamente, logremos escribir una de las grandes joyas de la Literatura Universal.
Verbigracia: yo empiezo con un párrafo incoherente, o plagiado – que también sirve al caso –, y vosotros seguís con lo que se os pase por la cabeza: aquellas pesadillas amorfas de vuestros más angustiosos sueños; aquellas chorradas que os pueblan la mente, pero que no dejáis aflorar porque sois personas responsables y os da vergüenza; aquellos agujeros llenos de una nada imprecisa que gobierna vuestras vidas... En fin, cualquier cosa incóngrua, irracional, irreal, imposible, intolerable, indigesta o inviable... Yo empiezo, ¿eh?"

Plagiario Obvio. I:
"En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho que vivía un hidalgo, de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor..."

Plagiario Rencoroso. II:
"En un lugar de la Mancha del que no puedo olvidarme vive este viejo borracho de mierda, vive el mancillador de los escenarios, vive este ruin envidioso y todas las putas que a coro me alaban y aplauden mi plagio. No seré yo el que haga la luz a mi mentira, pero sí el que clave un puñal en mi corazón de escribiente. No se lo diré a nadie y tomaré cada aplauso, cada halago, como míos y los regurgitaré por la noche entre trago y trago para revivir la puta mentira una y mil veces.”

Plagiaria de Arcanos. III:
"No puedo decir que no dejé de sorprenderme, pero supongo que si a mí me gustó y me entusiasmó, a la gente de mi tiempo no era de extrañar que también le gustara. Todo empezó el día en que la TDO, (Talentos Designados Oficialmente) me requirió para estudiar una obra que se estaba resistiendo a los más brillantes arqueólogos. Es en ese momento cuando las más Altas Esferas se rinden y recurren a nuestra organización. En mi caso, fue más duro porque yo había perdido mi prestigio profesional a base de ir robando 'cápsulas de tinta' donde otros escritores más talentosos que yo guardaban su inspiración. Pero al fin y al cabo, yo era la única que tenía en mi cabeza el conocimiento de las lenguas perdidas de la antigua 'Parla', continente llamado así por la continua inclinación de sus habitantes a enviar a sus descendientes a Parla, o lo que es lo mismo, a hablar o aprender una lengua y referido en otros escritos como 'Uropayiruro' y que no sé si se corresponde con Mancha…””
Para qué seguir disecando el cadáver, no sea que, con el tufo, se despierte en el personal un irrefrenable deseo de partirme la cara, como al fulano de la foto…

miércoles, 5 de mayo de 2010

Libros libres.-

Con la vuelta del buen tiempo vuelven las viejas manías que uno cultiva con mimo. Entre éstas, la de ir soltando libros por el parque del Calero y paradas de los buses municipales que pasan por el barrio. Dejo aquí la lista de las criaturas de papel abandonadas a su incierto destino en las últimas semanas:
Cuentos eróticos de navidad, Varios Autores
Ejecución, de Sven Hassel.
El médico de Toledo, de Matt Cohen.
Historias de Posguerra, de Luís Garrido.
Historias Marginales, de Luis Sepúlveda.
La piel del tambor, de Arturo Pérez Reverte.
Los niños tontos, de Ana María Matute.
Persecución fatal, de William Garner.
Príncipe y mendigo, de Mark Twain.
Tres camaradas, de Erich Mª Remarque.
Un metro de trescientas cincuenta palabras, Varios Autores.

Como puede verse, sigo a lo mío. Hay tantos libros solitarios en busca de un lector, que me estoy convirtiendo en una especie de pequeña agencia de contactos. Una especie de tercería literaria. Y es que da no sé qué ver el rimero de libros ociosos que esperan quien los lleve de la mano, los hojee y de sentido a su existencia. Porque un libro no tiene razón de ser si no encuentra a su lector.
El problema está en que los libros son tímidos por naturaleza y poco dados a salir de las estanterías para buscar su propio lector por esos mundos. Hay que tener en cuenta que se trata de criaturas – me refiero a los libros de ficción literaria – poco dotados para buscarse la vida en el mundo real, incapaces de acercarse a un paseante ocioso (pongo por caso) y decidirse: “Ese va a ser mi lector”, plantarse delante de él y decirle: “Tómame y léeme”.
La ficción y la realidad son dos mundos paralelos que se entrecruzan y, aunque la primera se alimenta de la segunda, no se mezclan. La ficción es una realidad virtual, donde los elementos que conforman su mundo se nutren de retazos que han sido extrapolados, sacados del contexto de la vida real y reelaborados para ser otra historia distinta; una historia que se mantiene presa dentro de ese objeto que llamamos libro. Como quien dice, el libro es un ser vivo – con la vitalidad que da la ficción –en cuanto a su contenido, ya que entre sus páginas, y prendida de sus letras, hay una historia dispuesta a desplegarse en cuanto alguien lo abra; pero es inerte en cuanto tal objeto físico dotado de peso y volumen. En su interior hay un mundo por descubrir, pero en su condición de cosa física no tiene voluntad ni iniciativa para mostrar lo que contiene. Por eso conviene darle un empujoncito.
Esa condición de objeto inerte desaparece en el momento en que alguien, que llamamos lector, lo coge en sus manos, lo abre y empieza a leer. En ese momento se opera el milagro. El libro deja de ser un objeto inanimado para cobrar vida y desplegar ante el lector, fascinado, todo un mundo imaginario y seductor que le atrapa y le zambulle entre sus hojas, ocupando esas horas que transcurrían sin objeto definido antes de que uno y otro se encontrasen.
Por eso, porque el mundo de la realidad y el de la ficción necesitan quien los ponga en contacto y no se ignoren mutuamente, sigo con mi empeño de dejar libros al azar en los bancos del parque, en las paradas del bus o en un vagón del metro. Es como si oficiase de presentador entre ambos: “Aquí un lector, aquí un libro”.
Puede ser el comienzo de una larga amistad…

jueves, 29 de abril de 2010

Una visita a Sicilia (y 2): Agrigento y Selinunte.-


Si uno quiere ver templos griegos clásicos acérquese a Sicilia y recorra las antiguas colonias de la Magna Grecia. En los parques arqueológicos de Agrigento y Selinunte podrá observarlos en todo su esplendor y belleza, recortándose sobre las colinas y con el mar al fondo. Un placer estético al alcance de cualquier turista con un mínimo de sensibilidad. Si quiere dejarse impregnar de esa emoción estética, siéntese al pie de un olivo milenario y observe aquellas potentes columnas que, como chorros de piedra, dan testimonio de gentes que aunaron a un floreciente comercio marítimo la piedad hacia sus dioses protectores y el orgullo de pertenecer al pueblo más cultivado de la antigüedad en la vieja Europa. Y que el improbable lector perdone este ataque de lirismo, pero es que, o eres un tarugo, o se te despierta el esteta que llevamos bajo nuestra costra de consumidores.
La primera visita en la “colina de los templos” de Agrigento es al templo de Hera, en un macizo estilo dórico de enormes columnas con fuste acanalado. Como aquí no hay canteras de mármol, como en el Peloponeso, el material utilizado es la caliza, que se degrada por efecto de la erosión. Cubría las columnas una capa de estuco blanco, lo que permitía a los navegantes ver el templo al pasar cerca de la costa.
Los templos griegos se caracterizan por su simetría, con un gran frontón triangular a cada extremo, y un peristilo donde la armonía de masas se logra aplicando la “medida áurea”, de forma que las columnatas laterales equivalen a dos veces más una columna el número de las columnas frontales. En su interior, una pronaos o acceso a la naos, la residencia del dios, y un opistodomos (especie de sacristía para las ofrendas) en la parte posterior.
Un poco más allá, el llamado templo de la Concordia (o de los Dióscuros), que se conserva casi en su integridad porque fue reutilizado como templo cristiano cegando los intercolumnios. También este templo (levantado el 430 s. C.) se edificó siguiendo la proporción áurea. Cuando lo visitamos hay en su interior una exposición de escultura moderna, lo que nos permite entrar en el templo y observar sus proporciones desde el interior. Un lujo poco frecuente.
Del templo de Zeus queda un montón ingente de ruinas ciclópeas. Es una construcción descomunal que alcanzaba los 113 x 57 m en su base, por casi 40 m de alto. Una serie de estatuas gigantes, conocidas como “telamones” (el equivalente masculino de las cariátides) soportaban la techumbre. Fue erigido como exvoto tras derrotar a los cartagineses en la batalla de Himera el año 480, lo que permitió a Agrigento dominar el comercio de aceite, vino, sal mineral y azufre. Sin embargo, no llegó a terminarse debido a la invasión cartaginesa a finales del S. V a. C.
La colonia de Selinunte fue fundada por colonos de Megara, allá por el S. VII a. C. Su proximidad a los asentamientos fenicios hizo que se aliara con los cartagineses en el 480 a. C. cuando la expedición de Amílcar, durante las guerras púnicas.
Sus templos dedicados a Zeus, Hera y Atenea, fueron construidos en orden dórico, aunque el primero quedó inacabado. El de Zeus es un templo de proporciones descomunales en el que no se llegaron a tallar sus columnas, una vez erigidas. Su grandiosidad puede apreciarse por un detalle: uno de los capiteles que están en el suelo pesa 96 toneladas.
La racionalización arqueológica ha querido que los templos de la colina se denominen de acuerdo con letras mayúsculas del alfabeto, lo que facilita su clasificación pero desconcierta al turista, sorprendido de que tanta grandiosidad lleve letras como las matrículas de los coches. No es lo mismo decir, pongamos por caso, que los templos dedicados a Castor y Pólux son dóricos de planta períptera exástila, que llamarlos fríamente templos O y A. Llamar “períptero exástilo” a un templo griego – aun no teniendo muy claro de qué se trata – sugiere mucho más al viajero curioso que llamarlo fríamente Templo O, dicho sea sin ofender a los expertos.
Y, con lo dicho, vale. Que este jubilata ocioso haya quedado prendado de las bellezas de Sicilia no es razón suficiente para dar la coña a sus pacientes, aunque improbables, lectores.

viernes, 23 de abril de 2010

Día del Libro.-


A algunos no nos llaman al Círculo de Bellas Artes a leer un capítulo del Quijote en tal día como hoy, ni pretendemos tanta notoriedad. Opinamos como el caballero de la Triste Figura: “Llaneza, muchacho, que toda afectación es mala” y nos dedicamos a menesteres que sí tienen que ver con la celebración del Día del Libro, aunque como peones de brega.
Como en años anteriores, el programa del Libro Solidario ha montado sus chiringuitos en la cuesta de Claudio Moyano y el Museo de la Ciudad, donde hemos ofrecido libros a 2 €, que es como dar duros a peseta. Que no intentamos hacer negocio, sino darnos a conocer y que se conozca nuestra labor.
Precisamente, en estas semanas estamos empeñados en recaudar 1.900 euros para enviar una biblioteca de 2.000 volúmenes – que ya tenemos preparada – a Puente Piedra, un municipio próximo a Lima, y andamos arañando euritos por aquí y por allá con ese propósito. Lo recaudado hoy ayudará a ese fin.
Ser voluntario en una ONG, a veces, tiene efectos colaterales, como el de volverse un poco cara – por una buena causa, que eso siempre justifica mucho – y meter la mano en los bolsillos de amigos y familiares para que se expliquen económicamente y colaboren. Y eso es lo que un servidor ha hecho estos días, bombardear a todos aquellos de los que tiene dirección de correo electrónico a ver si aflojaban los cordones de la bolsa y ayudaban en el empeño.
Y, ya puestos, dejo aquí el enlace a Libro Solidario, por si suena. Total, si el Sr. Matas ha reunido 3 millones de euros para eludir la cárcel, mis conocidos, amigos, familiares e improbables lectores de esa bitácora bien pueden reunir 3 euros (cada uno, ojo) para un fin mucho más honorable. Que si los del Opus practican lo que el de Barbastro definió como “la santa desvergüenza”, tampoco nos vamos a avergonzar nosotros por este pellizco, que a sablazo no llega, y menos todavía a saqueo de las arcas públicas.
Bien pensado, 3 euros son tres libros enviados a una escuela, donde ni siquiera el maestro se puede permitir el lujo de comprar libros porque son casi tan inasequibles al interesado como lo es para nosotros, ciudadanos de a pie, disponer de los coches blindados de nuestros jerarcas municipales.
¡Ah! El próximo 18 de mayo, Día Internacional de los Museos, también montaremos unos chiringos en la cuesta de Claudio Moyano, el Museo de la Ciudad y en San Antonio de la Florida, a ver si el respetable se da un garbeo por allí, se lleva unos libros y va llenando de moneditas el cepillo.
… Eso de pedir es lo que tiene, que coges carrerilla y no paras.

domingo, 18 de abril de 2010

Una visita a Sicilia: Catania.-


Ya dije en una entrada anterior que íbamos a visitar Sicilia y me gustaría hablar, en esta ocasión, de Catania, ciudad absolutamente monumental.
Llegamos en un ferry que nos llevó desde Nápoles atravesando el Estrecho de Mesina. El trasbordador que nos llevaba a Catania se llamaba Trinacria, nombre que recibe el símbolo y bandera de Sicilia: una cabeza de Gorgona de la que salen cuatro serpientes y está enmarcada por tres piernas en sentido levógiro. Hace referencia a la forma triangular de la isla con los montes Lilibeo, Piloro y Passero en sus extremos, y es una svástica o símbolo solar como esos trisqueles que se ven por Galicia.
Eran las 08:30 h cuando atracamos en el puerto de Catania. Cruzamos el Estrecho de Mesina en plena noche y parece que aquellos monstruos míticos de Scila y Caribdis estaban profundamente dormidos o indiferentes a nuestro paso, lo que nos ha ahorrado el susto que pasaban los antiguos navegantes cuando atravesaban el estrecho. Las deidades clásicas no quieren nada con el turismo, a lo que se ve, y no se molestaron en abrir sus fauces para que los turistas les acribillaran a fotos.
Un café rápido, tiramos de las maletas, y a desembarcar. Sin más espera, nos pusimos camino del Etna (3.345 m.) y el bus nos dejó en un complejo turístico a 1.800 m de altitud. Según ascendíamos, el paisaje, verdoso y con abundante arboleda (retamas, robles y pinos) iba dejando paso a las coladas de lava petrificada desde siglos y agrietada por la erosión, que se cubrían de nieve según ganamos altura.
En un extremo del complejo, un monumento triédrico forrado en azulejos (que pasa desapercibido para el turista presuroso), con sendos relojes solares, advierte al visitante que por allí pasa el 15º meridiano Este. Es recuerdo erigido en memoria del italiano Quirico Filopanti, quien, en 1859, propuso el Uso Horario con la división del mundo en 24 sectores de 15 grados cada uno, tomando como referencia el meridiano de Greenwich.
Sorprende Catania. Vistos Nápoles y Palermo, donde se mezclan monumentalidad, caos y su puntito de cochambre, esta ciudad se caracteriza por ser más ordenada y racional con su trazado ortogonal y calles espaciosas. A consecuencia del terremoto de 1693 hubo que reconstruirla de nueva planta siguiendo el gusto barroco del momento. El arquitecto Vaccarini fue el encargado de dirigir el nuevo trazado de la ciudad.
Dimos un paseo por la ciudad, siguiendo la vía Humberto I hasta los jardines de Bellini. Vincenzo Bellini es famoso por haber compuesto óperas como Norma, Los Puritanos, El Pirata… Bajamos por la vía Etna y, camino de la catedral, visitamos la vía Crucífera, cuajada de iglesias y edificios de órdenes religiosas. Una visita a la iglesia de santa Ágata, de mucha devoción en esta ciudad, con dos enormes candelabros enormemente barrocos que sacan en andas en la fiesta de la santa y hacen bailar ante los comercios que aportan dineros para la procesión. Religión e intereses económicos se hermanan en esta célebre fiesta de religiosidad popular. Lo digo por si a alguien le extraña este maridaje entre fines espirituales y materiales.
Por allí cerca, el guía nos mostró el lugar donde los becados erasmus españoles hacen el botellón, contribución hispana nada desdeñable a la cultura popular cataniense. No es extraña la presencia de tanto estudiante español si se piensa que la Universidad de Catania tiene una noble antigüedad y prestigio, fundada en 1434 por el rey Alfonso V de Aragón. De paso, conviene recordar que estas tierras estuvieron bajo dominio de la Corona de Aragón a partir de 1282, en que los palermitanos se sublevaron contra el dominio francés de la casa de Anjou y los pasaron a cuchillo en las llamadas vísperas sicilianas. En el S. XVIII, una rama de los borbones españoles detentó la corona de las Dos Sicilias, de forma que la presencia española forma parte de su historia.
Para hablar del Duomo con su catedral y el monumento del obelisco sobre el elefante, o la multitud de palacios y edificios señoriales, están las guías. Yo sólo quería dejar constancia de la impresión que me llevé de haber visitado una ciudad monumental y francamente bella. Dejo alguna foto, para ilustrar lo dicho, aunque lo recomendable es tomar un avión y visitar el lugar. Y, a ser posible, toda la hermosa isla siciliana.

martes, 13 de abril de 2010

Mira qué te cuento, 2.- La rueda de madera (recuerdos apócrifos de infancia).-

Una de las cosas que más me fascinaban, siendo yo niño, era la rueda de madera del tren. Me enteré de su existencia por primera vez cuando tenía cinco años, y de todas las veces que he viajado en ferrocarril, no recuerdo que jamás la hayan encontrado.
En aquellos años de mi infancia, la verdad es que se viajaba poco. Montar en el tren para ir desde el pueblo donde vivíamos hasta la capital, era una aventura que me llenaba de emoción. Siempre me desvelaba la noche anterior al viaje. Había que madrugar y caminar hasta la estación, casi un kilómetro, cargando con las maletas y los bultos. A mí, el camino se me hacía interminable. Agarrado a la mano de mi padre, tiraba de él, ansioso por llegar cuanto antes y subirme al tren. Yo era entonces un mocoso, y el mundo era muy grande y estaba lejos. Tan lejos, que sólo en ferrocarril se podía llegar hasta él.
Un tren de aquellos, con su humeante y negra máquina de vapor, a los ojos de un niño, era un ser que imponía temor y causaba admiración. Todo él tan enorme, hecho de hierros rechinantes y maderas traqueteantes, humaredas de vapor y carbonilla que te entraba en los ojos. Verlo bufar como un toro furioso y a punto de embestir, impresionaba muchísimo. Pero aquel monstruo tenía un punto débil: la rueda de madera.
Cuando recorríamos el andén para ver cual era nuestro vagón, siempre, siempre, se veía a un ferroviario que andaba buscando la rueda de madera. Con su martillo de mango largo, iba golpeando las ruedas de los vagones, una a una: ¡Clinng! sonaba una rueda; pasaba a la siguiente, golpeaba y ¡Clinng! sonaba también aquella; y la siguiente, y la otra, y la otra… ¡Clinng! ¡Clinng...! Yo, la primera vez que lo vi, observé con curiosidad enorme aquel repiqueteo, hasta que mi padre me dijo:
– Están buscando la rueda de madera.
Según parece, cuando hicieron el tren, sin darse cuenta, pusieron una rueda de madera en un vagón. Y para que el tren no descarrilara, había que encontrarla y sustituirla por otra de hierro. Pero, por más que buscaban la rueda de madera, no conseguían dar con ella.
– ¿Y, cómo van a saber cuál es la rueda de madera? – pregunte yo intrigado a mi padre.
– Pues por el ruido – me contestó muy serio.
Estaba claro que si las ruedas de hierro hacían cling-cling, en cuanto el ferroviario golpeara con su martillo la de madera, ésta no haría ¡Clinng!, sino ¡Cróc! o algo parecido. Pero creo que, por lo menos en mis años de infancia, la rueda no apareció nunca. Y sé bien lo que me digo porque, con el tiempo, me hice mayor y empecé a viajar en tren todas las semanas. Como hice el bachillerato en la capital, donde vivía en una pensión, iba yo los fines de semana al pueblo en tren. Pasaron años, y un buen día, sin saber bien por qué –ya a punto de terminar el bachillerato– me acordé de la rueda de madera de mi infancia. Me fijé y, a pesar de tanto tiempo transcurrido, seguían buscándola. Antes de que arrancara el tren, sentado en el compartimiento y enfrascado en mis lecturas, alcanzaba a oír el cling-cling del martillo en su búsqueda infructuosa.
Luego, fue pasando el tiempo y le perdí la pista a la dichosa rueda. A lo mejor es que ya la han encontrado. Como la RENFE se ha modernizado tanto…