jueves, 6 de octubre de 2011

Patas para un banco.-

Recuerdo... (Inciso: los jubilatas recordamos mucho otros tiempos y, si nos apuran, estaríamos dispuestos a jurar que nada como aquellos tiempos pasados); recuerdo, digo, que mi infancia y juventud estuvieron gobernadas por el omnipresente nacional-catolicismo: una amalgama de ideología nacionalista excluyente y de moralina religiosa oscurantista. Hablar mal del Régimen o tocarse "ahí" eran graves ofensas al invicto caudillo y al dios cristiano, y estaba castigado con penas de cárcel y de perpetuo infierno. Un agobio enorme, oiga, como si le faltara a uno el oxígeno, encerrado en un ascensor bloqueado entre dos pisos.

Criados en aquella ideología de tonos grises, por fin entró una bocanada de aire fresco el día que llegamos a la democracia, tras pagar el peaje de la Transición. Esa transición a la que siempre ponderaron como modélica y que -por lo que se ve- fue un apaño conveniente para los que estaban en el ajo. Nosotros, ya pueblo soberano, aunque poco avisado de lo que nos estaba ocurriendo, no cabíamos en la camisa de puro gozo. Por si fuera poco, un buen día, en el Politburó de Bruselas dijeron que Europa ya no acababa en los Pirineos y nos dieron entrada en aquel selecto club. Pasamos de súbditos franquistas a ciudadanos europeos: un salto en el vacío. Pero el ascensor se había puesto en marcha.

Personalmente, el día que me supe ciudadano europeo me puse eufórico y andaba como chico con zapatos nuevos. Se acabaron los corsés ideológicos (polítos y religiosos) y decirse europeo era ser uno de los pocos privilegiados de este mundo. Pero duró lo que duró...

Los que antes creímos en la idea de Europa, creíamos formar parte de una Europa de los ciudadanos. Estábamos equivocados. Ahora sabemos que entramos a formar parte de la Europa de los mercaderes. No nos igualábamos en derechos, nos igualaban en cuanto que consumidores de un mercado común. Los mercaderes compraban en Alemania y vendían en España; o al revés, según conviniera. Puestos a vender, nosotros también vendíamos. Vendíamos nuestras costas e ingentes toneladas de ladrillo. Mientras duró... Aún seguimos vendiendo turismo. Mientras dure...

De aquellos polvos de aparente riqueza nos quedan estos lodos de recesión económica. De nuevos ricos que nos creíamos (y vivíamos como tales) pasamos a formar parte de los denostados PIGS que gastan lo que no tienen y viven a costa del honrado pueblo alemán (a la Merkel me remito), que paga nuestras deudas con su laboriosidad, y de los préstamos financieros de los Mercados. Esos Mercados sin rostro a los que, al parecer, tan preocupados tenemos con nuestra incapacidad para devolverles las riquezas que en nosotros invierten desinteresadamente.

No sé si el improbable lector ha caído en lo gracioso del caso: si antes nos dominaba una ideología autoritaria, ahora nos domina la dictadura del mercado con su ideología de agiotismo perpetuo, un engendro de mil fauces que dan en llamar Economía de Mercado. Es tanto o más omnipresente que el obsoleto franquismo lo fue en sus tiempos. La economía de mercado rige nuestras vidas, nuestro trabajo, nuestras cuentas de ahorros, todos nuestros afanes. Economía financiera (tanto da decir "de mercado") ha convertido a los trabajadores en mercado laboral, a los países en tributarios de deuda soberana, a las instituciones políticas "democráticas" en mamporreros de los especuladores bursátiles, a los seres humanos en mercancías, al mundo en un basurero.


Economía de mercado, para un ciudadano de a pie -como es este jubilata- es ese dios Moloch Baal de fauces siempre abiertas al que hay que apaciguar ofreciéndole en sacrificio largas listas de parados, logros sociales que suponíamos inalienables, rescates de Cajas de Ahorros hundidas por administradores codiciosos, salarios anémicos. Y, cuando así lo exija, nuestra dignidad, la poca que nos quede después de alimentar hasta la náusea a ese dios tragaldabas.

La economía de mercado es un dios omnipresente, omnipotente, que habla todas las lenguas del mundo y rige todos sus destinos: desde el subsahariano de patera hasta el broker de la City, pasando por el jubilata de pensión congelada, o el político neocon que cierra hospitales para ajustarse a la ortodoxia presupuestaria, todos estamos a merced de tal dios.

Un servidor, ingenuamente, se confiesa siervo forzoso del Moloch Mercado. Acepta, resignado, su destino de víctima, aunque no profesa -que se la imponen- la fe del Mercado. Pero ¡coño! dejen ya de hablarme a todas horas de economía de mercado, de agencias de rating, de hedge funds, de deuda soberana, de recortes presupuestarios, de foreng curency, de rescates, de IBEX 35, de G-8, de PIB, de IPC, de FMI, de BCE y de toda esa bárbara jerga economicista que embota el entendimiento y acojona el espíritu.

Porque, sépanlo ustedes: este jubilata, en su supina ignorancia de asuntos económicos, tiene el íntimo convencimiento de que lo hacen para liarle. Y por ahí sí que no pasa.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Un paseo por el Duratón.-



La de este pasado sábado ha sido una paseata que hicimos con la Agrupación Aire Libre del Ateneo de Madrid. Como ya he dicho en otras ocasiones, en esta agrupación se conjugan paseos por esos campos y montes, y afanes culturales, que ambas actividades se complementan a las mil maravillas.
El Duratón es un pequeño río que nace madrileño, cerca de Somosierra, al pie de la Cebollera, pero con vocación de castellano, pues, al poco de nacer, ya transcurre por tierras segovianas y rinde su caudal en la orilla izquierda del Duero, cerca de Peñafiel, en la provincia de Valladolid.
Desde la autovía A-1, según se traspone el alto de Somosierra en dirección norte, si uno mira a su derecha, verá un macizo rocoso en la falda de la montaña por donde se despeña la chorrera, a pocos kilómetros del nacimiento del río. Un lugar agreste muy visitado por los excursionistas madrileños. Pero si uno quiere internarse en el parque natural de las Hoces del Duratón, tiene que ir a Sepulveda y, desde allí, tomar la entrada junto al puente Talcano: un puente romano descarnado donde nace la senda que le llevará, próximo a la orilla del río, hasta el puente de Villaseca. Apenas 12 kilómetros.
El recorrido de este camino sigue el fondo del cañon que ha labrado el río en tierras calizas. Un vergel cubierto de vegetación de ribera que contrasta con la paramera castellana que se extiende por encima de los farallones calizos por donde trascurre encajado el río. Mientras arriba, en el páramo, los llanos amarillean y se tachonan de sabinas y enebros, en el fondo del escarpe, por donde discurre el Duratón, abundan los alisos, fresnos, sauces y álamos, y el entorno está cuajado de viejas choperas plantadas por mano del hombre, así como antiguos frutales ya asilvestrados: almendros, nogales, ciruelos, avellanos, higueras...







Este jubilata, inveterado caminante y discreto amigo de la naturaleza, no ha podido resistirse a las bellezas de aquellos parajes y ha castigado duramente sus cervicales mirando tan pronto al suelo como a lo alto de las paredes rocosas, que llegan a alcanzar los 100 m de altura. Ha sido capaz de distinguir endrinos, majuelos, rosales silvestre, saúcos, arces mompellier; y junto al río, en los lugares no cubiertos por el bosque de ribera, juncos, espadañas y esos herbazales jugosos entre las choperas que le hacían pensar en el locus amoenus que tanto ponderaban los escritores clásicos.


Sobre nuestras cabezas, los buitres leonados trazaban círculos con esa cadencia silenciosa y solemne que tienen estas aves para desplazarse sin esfuerzo aparente. También, un par de veces, pudimos ver por encima de nosotros una bandada de chovas anárquicas y gritonas, que alborotaban como queriendo desviar nuestra atención del vuelo señorial de los buitres.

Puesto que el camino era cómodo de transitar y el paraje ameno, un amigo y yo entretuvimos nuestro ocio caminero charlando y dimos en recordar aquellos pasajes del Quijote en que su cronista, Cide Hamete Benengeli, cuenta cómo amo y escudero descansaban de sus asendereadas aventuras en lugares tan plácidos como aquél por el que paseábamos en ese momento. Y dice el señor Hamete Benengeli que... "habiendo andado más de dos horas por él (por el bosque, tras la pastora Marcela), buscándola por todas partes y sin poder hallarla, vinieron a parar a un prado lleno de fresca yerba, junto del cual corría un arroyo apacible y fresco, tanto que convidó y forzó a pasar allí las horas de la siesta, que rigurosamente comenzaba ya a entrar".

Nosotros, asfaltícolas y sin una rústica pastora cuya búsqueda despertara nuestro afanes, nos hacíamos ilusión de transitar por lugares similares a los que se describen en el Quijote, aunque bien sabíamos que las hoces del Durantón no constan en las crónicas quijotiles.

Pero el río -bien que menguado de caudal en estos principios de seco otoño- corría rumoroso a nuestro lado y nos regalaba su frescor y todo el verdor de sus arboledas.

Llegados al puente Villaseca, continuamos por la senda de la Molinilla, apenas kilómetro y medio, hasta llegar a una pequeña playa donde termina. Mas allá comienza la recula del pantano de Burgomillodo y, si se quiere seguir el curso del río, hay que trepar por senda de cabras hasta lo alto del llano. Pero eso no era lo previsto para este día, así que volvimos sobre nuestros pasos hasta el merendero que hay junto al puente.

Allí dimos cuenta del bocata y charlamos reposadamente, hasta que el bus vino a recogernos.
Cerca de este puente de Villaseca, excavada en la pared, hay una cueva llamada Siete Altares. Es una antigua iglesia rupestre visigótica, del S. VIII, en cuyo interior hay labradas otras tantas hornacinas, algunas flanqueadas por unos toscos arquillos de herradura, que debió ser un eremitorio en aquellos tiempos que la morisma enseñoreaba las tierras del Duero. Una verja de hierro impide el acceso al interior, no por temor a los adeptos de Alá, sino como prevención ante el incivismo de gentes desavisadas, quienes pudieran confundir el antiguo templo con un contenedor de residuos urbanitas. O lo que es peor: lo tomasen por discreto lugar donde desaguar necesidades corporales. Que de todo ve uno por esos montes en sus caminatas...

viernes, 23 de septiembre de 2011

A propósito de educar.-

Según es costumbre en este jubilata, llevaba un par de días pensando de qué hablaría esta vez en mi bitácora, cuando una buena amiga me envía el texto que transcribo a continuación. Se trata de la alocución que Federico García Lorca hizo en septiembre de 1931, cuando inauguró la biblioteca pública de Fuente Vaqueros. Comoquiera que la idea central allí expresada sigue teniendo vigencia, me limitaré a trasladar aquel texto:


"Cuando alquien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. "Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre", piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruín, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es la vida y la bondad y es serenidad y es pasión.

Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas, sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene los medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

¡Libros!¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: "amor, amor", y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras.

Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: "¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!". Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: "Cultura". Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz"

sábado, 17 de septiembre de 2011

La Granja: una fábula genial.-



¿Quién no ha recibido en su correo electrónico -o no ha enviado- una presentación en Power Point? Este jubilata las recibe continuamente. Algunas, pocas, las miro a ver qué tal, pero la mayoría van a la papelera sin abrir. Uno está harto de ver mil veces el Taj Mahal, de paisajes paradisíacos, de chistes ramplones ilustrados y de montones de ocurrencias que corren sin control por la Red.

Pero esta vez ha sido distinto. Hace unos días he recibido una presentación titulada "La fábula de la gallina" en la que aparece una granja donde la gallinita hacendosa se encuentra unos granitos de trigo y pide ayuda a los demás animales de la granja para sembrarlos. Todos se niegan a trabajar, la vaca, el pato, el chancho, el cabrito...; uno, porque tiene asegurado el salario mínimo, el otro porque cobra el paro, el otro porque no quiere dar golpe (ese debe ser funcionario), o porque le pagan por estar de baja médica. Entonces, va la gallinita y siembra los granitos de trigo y nadie quiere ayudarle a recolectar la cosecha, ni a hacer ricos panes con la harina. Más tarde, el chancho, el pato, el cabrito, la vaca..., protestan porque la gallinita tiene más pan del que necesita para comer y exigen que lo comparta. Hacen huelgas, la llaman ladrona y la ponen de egoísta a caer de un guindo. Un fiscal (así lo dice la fábula) le exige repartir y, encima, se le obliga a la pobre gallinita a que soporte todas las cargas fiscales debido a su insultante riqueza. Riqueza que ella creó sin ayuda de los demás animales, no se olvide.

Precioso y certero ¿No? Lo firma, obsérvese la sutileza de la elección onomástica, un/a Ana Arkia.

Yo había leído, como casi todo el mundo, "Rebelión en la Granja", de Orwell, y nunca imaginé que se pudiera hacer la crítica de un sistema político (el comunismo estalinista) con tanta cruel ironía e ingenio hasta que he recibido esta historieta ilustrada. Orwell criticó la deriva inhumana y autoritaria del comunismo, Ana Arkia critica el modelo "Socialismo del Siglo XXI" (es el título del archivo recibido). Hay que ver qué claridad de ideas, qué argumentación demoledora, qué poder de convicción se traslucen de la visión/lectura de la fábula de la gallinita hacendosa.

Por si hay algún torpe en la sala (dicho sea sin señalar), la traducción directa de esta fábula gallinácea a la realidad cotidiana, sería esta: la gallinita hacendosa es el empresario capitalista con inventiva y ganas de trabajar; el pato, la vaca, el cabrito, el chancho... son la masa ociosa que vive de subvenciones y se niega a producir riquezas porque tiene la subsistencia asegurada; el fiscal es el Estado, quien dicta leyes injustas para que todos vivan a costa de la riqueza que produce la gallinita con su esfuerzo. Una fábula moral, como las de Samaniego, que da motivos de profunda reflexión y de muy jugosa lectura.

En este animalario de granja, haciendo un ejercicio de empatía, he tratado de identificarme con alguno de los bichos que allí aparecen, y no he salido nada favorecido. Lo digo a fuer de sincero. Durante 35 años he sido funcionario y, actualmente, y pidiendo mil perdones por todo ello, soy jubilata con pensión. O sea, un improductivo, se me mire por donde se me mire. Aun reconociéndome como tal, amén de exlotador de la riqueza producida por la gallinita hacendosa, no acabo de decidirme por cuál de los animales sea yo: el cabrito, la vaca, el pato, el chanchito...

Pero teniendo en cuenta mis antecedentes funcionariales, lo propio sería que me identificase con el cerdo, que gruñe, come a boca llena y sestea en su lodazal, mientras la gallinita hornea sus ricos panes, de los que el Estado me va dando una parte.

"Que nadie se de por aludido", se dice al final del cuento ejemplarizante. ¡Hombre! Darse por aludido no es darse por ofendido. Un servidor se siente aludido (incluso acepta el poco airoso papel de chanchito voraz), pero no se ofende. Como ya dije hace semanas, comentando la opinión que la Merkel ("grasiento culo infollable", como la ha definido Berlusconi) tiene de nosotros, los países P.I.G.S. (ahora P.I.I.G.S, y seguirán sumando iniciales...), yo acepto mi condición de cerdo de la piara de Epicuro.

Por eso, aquí conviene recordar las palabras del maestro Juan de Mairena: la verdad es siempre la verdad, dígala Agamenón o su porquero. O Ana Arkia.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Leer.-




Leer es uno de esos pequeños/grandes placeres que nos permitimos los jubilatas. Por lo menos, aquellos que hemos hecho de la lectura una actividad habitual, arraigada desde que éramos niños de escuela pública alimentados por la leche en polvo de la ayuda americana, de cuando la instalación de las bases yanquis que hicieron de nuestro país la última frontera frente a la horda marxista.


Digo que es un pequeño placer porque la lectura es una actividad que está al alcance de cualquier bolsillo, al margen de los ingresos económicos, y nos permite ocupar las muchas horas de que disponemos sin caer en manías por culpa de la ociosidad. Grande, porque un buen libro entre las manos es una puerta abierta al conocimiento o a la imaginación: dos vías por las que viajamos hacia mundos que están más allá de nuestras modestas vidas y ensanchan nuestros horizontes.


Y es que los lectores provectos fuimos niños de posguerra, de cuando "Por el Imperio hacia Dios", que parecía -según la propaganda política de aquel entonces- que éramos un país predestinado a grandes fazañas y estábamos a punto de reconquisitar América, pero carecíamos de bibliotecas. A falta de éstas, aquellos niños de eterna posguerra alimentábamos nuestros conocimientos con los saberes de la Enciclopedia Álvarez (una especie de compendio del saber universal), y nuestra imaginación con los tebeos que comprábamos en el quiosco donde, también, vendían pipas de girasol, peladillas, canicas y todo lo necesario para alimentar nuestras necesidades de futuros consumidores.


Quizás el improbable lector piense que desvarío si digo que el TBO, Hazañas Bélicas, el Guerrero del Antifaz o el Capitán Trueno fueron el primer escalón por el que comenzamos a ascender la empinada escalinata que nos llevó a la comprensión (más o menos, que tampoco conviene exagerar) del hilemorfismo aristotélico, o las formas "a priori" espacio-temporales según la teoría kantiana del conocimiento. O a entender la diferencia entre el cubismo analítico y el sintético..., o cualquier otra forma de saberes. Y pongo estos ejemplos porque un servidor es de letras y de conocimientos científicos anda un mucho escaso.


Pues sí, permítaseme que insista. Como esta bitácora es mía, insisto, afirmo y me ratifico en lo dicho: de la familia Ulises, Carpanta, Zipi y Zape, y Tribulete (el reportero del Chafardero Indomable), hasta la licenciatura en Filosofía y Letras, y luego en Historia, y todos los conocimientos que he podido adquirir a lo largo de la vida y que he olvidado, no hay más que una sucesión de escalores. Escalores hechos de lecturas; lecturas de entretenimiento, primero, de formación después y, actualmente de pura curiosidad intelectual o de ocio. Uno empieza leyendo por diversión y termina devorando libros por pasión.


Vamos, que si, siendo niño de primeras letras, no hubiese caído en mis manos un TBO con las aventuras del enamoradizo Cucufate Pí, actualmente no estaría leyendo las Historiae de Tácito o La sensualidad pervertida, de mi admirado e impío don Pío (Baroja). Porque, a fuerza de darle al manubrio de las lecturas, uno acaba distinguiendo entre las nociones de ver y conocer. Ver, vemos tele, mucha tele (que entretiene, amaestra y no da que pensar); vemos deportes, espectáculos, concursos y cualquier entretenimiento que nos entra por los ojos y rebota en las entendederas sin dejar huella apreciable. Pero conocer, conocemos a través de ese raro proceso mental que convierte la letra impresa (pasada por el filtro de los ojos) en nutriente de nuestra capacidad cognitiva y enriquece nuestra comprensión del mundo.


Dicho sea lo anterior sin intención de ponerse trascendente, que uno es jubilata de escueta pensión y no ha pasado de funcionario durante su vida activa. Y, dicho al paso, se alegra de ser lo primero y ya no lo segundo porque el funcionario, por lo que dicen por ahí los enmerdadores sociales, es el responsable del endeudamiento del Estado y un ejemplo deplorable y a erradicar, según los empresarios españoles, quienes ven con malos ojos que pueda haber trabajadores en este país (aunque sean del Estado) con una profesión estable.


En fin, por muchos sobresaltos que nos de el IBEX 35, siempre tendremos un libro que echarnos a los ojos. Eso, si la lideresa, doña Espe, no nos deja sin maestros que enseñen las primeras letras.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Los tejos de Los Poyales




Ya en una entrada anterior hablé de la marcha que hicimos, con la Agrupación Aire Libre del Ateneo de Madrid, por la "Senda del Ingeniero", entre San Rafael y El Espinar, donde tuvimos ocasión de ver algunos ejemplares de tejo en el entorno de Los Poyales. Este sábado, Guillermo García, Juan Romero y este jubilata ("el trío de los tejos", como nos gusta llamarnos), hemos vuelto con el fin de comprobar si había más tejos en aquella zona, por los barrancos de Los Poyales y la Boca del Infierno, topónimos que pudieran indicar la existencia de ejemplares de esta especie.
Y el hallazgo no nos defraudó, antes bien colmó sobradamente nuestras expectativas, ya que encontramos más de cincuenta, tal vez cerca de un centenar de tejos. Nuestros medios no nos permitieron inventariarlos todos, pero no es exagerado suponer que sí hay una buena centena de ellos. Toda una tejeda -con ejemplares dispersos por la umbría del pinar- de la que parece nadie había dado noticias hasta ahora.
Son todos tejos bastante jóvenes, de menos de cien años. En general, constan de cuatro a cinco tallos, de unos 8 m de altura y otros tantos de envergadura, los mayores. Los diámetros, a un metro de la base, oscilan entre los 8 y 20 cm. No vimos ningún "árbol viejo". Posiblemente, cuando se repobló el pinar, fueron descastados los antiguos ejemplares en años posteriores a la guerra civil. Y, caso extraño, tampoco vimos acebos, que suelen ser indicadores de la presencia de tejos por estas sierras del Guadarrama.


Nuestros árboles están en cotas que van de los 1.490 a los 1.590 m de altitud, aunque también tenemos fichado uno por debajo de la carretera inmediata. El suelo y el hábitat, en conjunto, son muy similares a los de Valhondillo, en Rascafría, un auténtico Museo de Tejo. Se trata de vertientes orientadas al norte, muy umbrías, con abundancia de agua y tierra orgánica negra, y con difícil acceso. Piénsese que el tejo es una especie relicta en nuestras sierras y, por decirlo de alguna forma, su supervivencia depende de su capacidad para pasar desapercibido y de su relativa inaccesibilidad.


Toda la historia de nuestra búsqueda de tejos silvestres (Taxus Baccata L.) comienza con "La toponimia del tejo" estudiada por Guillermo García Pérez; es decir, con la posibilidad de encontrar en el campo los taxus baccata con ayuda de la toponimia y la inspección directa de los hábitats con condiciones ambientales favorables a esta especie.


Una veces acertamos, otras no, quizá porque se extinguieron, a pesar de que el topónimo da indicios de su existencia. Pero, cuando encontramos un ejemplar solitario -joven o milenario-, un rodal de ellos o toda una tejeda, sentimos una gran satisfacción. Son pequeñas joyas de conocimiento del medio natural cuyo descubrimiento nos produce tanta satisfacción como el hallazgo de un gran tesoro, no mensurable en términos económicos. Y, cuando no damos con nada en concreto al respecto, siempre nos queda la satisfacción que producen el ejercicio al aire libre, la vivencia y contemplación directa de la Naturaleza. Somo veteranos montañeros y eso es suficiente premio para nosotros.


En este caso particular, el amigo Guillermo -de quien aprovecho sus notas para escribir esta entrada-, pensó que, en la cara norte de la sierra de Guadarrama, en El Espinar, "Boca" y "Boquerón", es decir, garganta, hoz, etc., podrían tener posibilidad al respecto, y que "Boca del Infierno" era ya un supuesto que invitaba a investigar.
La primera tentativa, hace ya más de dos años, no dio resultados positivos. Ni siquiera había acebos, como nos habían asegurado al paso, otro día, ciertos agricultores octogenarios del pueblo. Pero no parecía imposible, dadas las características de la zona, que hubiesen existido tejos en ese entorno en épocas antiguas o Edad Media, cuando se formaron esos topónimos. Es cierto que no los encontramos en la "Boca del Infierno", pero sí en la vaguada anterior, yendo desde San Rafael, por el camino mencionado.


Una vez colmados nuestros afanes de naturalistas aficionados y caminantes inveterados, paramos a comer en la Roca de la Casa. Se trata de una roca caballera, cuyo espacio bajo ella se ha aprovechado cerrándolo con muros de piedra y convirtiéndolo en un refugio. Junto a una fuente manadera, al lado, adornada con un escudo de ingenieros de montes, fue el lugar donde comimos nuestros bocatas y tuvimos un rato de charla, tras tanta fatiga de trepar monte arriba y por vericuetos de difícil tránsito.


Y hablamos, porque venía al caso, de la alcaldada del alcalde de Getafe, quien ha mandado arrancar las matas de estramonio porque a un indocto se le ocurrió "colocarse" con sus frutos y se ha envenenado. Decía Guillermo que, si se aplicaba este bárbaro criterio alcaldil de arrancar las plantas venenosas que crecen por los campos, en pocos meses desaparecerín los tejos (recuérdese que sus componentes son venenosos), las adelfas de nuestros parques, los acónitos, cicutas, etc, etc. Y, ya puestos ¿por qué no cerrar las farmacias? Al fin y al cabo, muchos principios activos de las medicinas son venenosos.
Al parecer -terció Juan- este alcalde de Getafe no se ha enterado aún de lo que dijo Paracelso: Todo es veneno. Nada es sin veneno. Sólo la dosis hace el veneno. Vamos, que el veneno no está en la sustancia empleada, sino en el uso que se haga de ella. Y, ya puestos, aquí queda esta cita de dom Theophrastus, a quien conocemos como Paracelso, que también me pasa Juan: En una planta hay más virtudes y energía que en todos los gruesos libros que se leen en las universidades, a los que no ha sido concedida larga vida ( De las cosas naturales, 1526).


Pero, claro, un alcalde no tiene por qué haber leído a Paracelso; con alcaldear ya le vale... que no es oficio para el que se requieran habilidades librescas - pensé yo. Por eso, me limité a seguir con mi bocadillo y callar.

viernes, 26 de agosto de 2011

Esas pequeñas manías.-




No digo nada nuevo si digo que los jubilatas estamos instalados en nuestras pequeñas manías. Las manías, a lo que se ve, son posicionamientos mentales que se toman ante cualquier hecho o situación y que, por repetidos a lo largo de los años sin variar el criterio establecido, terminan por enquistarse. O sea, una manía es un quiste mental.

Quistes mentales son algo que nos sobra a los que estamos transitando desde la tercera juventud hacia la edad provecta. Uno de esos quistes mentales, comunmente llamados manías -éste va a título de ejemplo- es el empeño en ser jóvenes indefinidamente, pese a que el paso del tiempo, y el espejo burlón, nos ponen ante los ojos las flaccideces (de entrepierna y otras flojeras de pellejo, y de intelecto, que es peor) que se van instalando en nuestras personas.

Pero no quería hablar de esa absurda manía de ser jóvenes eternamente. Detrás hay toda una serie de intereses de la sociedad de consumo, lo que diluye, en cierta forma, nuestra responsabilidad. Un servidor quería hablar de una manía que tiene muy arraigada y que se manifiesta a cada paso que da por esta ciudad a medio camino entre la desidia municipal y el incivismo de sus habitantes: la manía de la limpieza.

Y va la cosa por un pequeño detalle. Puntualmente, a las ocho de la mañana, mi santa y yo hacemos nuestra particular ruta del colesterol. Desde hace casi dos semanas, al pasar por uno de esos postes que, en algunas calles, marcan la parada de Metro más próxima, hemos observado que algún espécimen bípedo, de la variedad "cafre contumaz", debió darle una coz -quizás, con zapatillas de marca- al poste de marras y rompió el envoltorio de plástico donde se ven esquemáticamente las distintas estaciones y el número de la Línea que las recorre.

Los cristalitos allí siguen, al pie, al cabo de tantos días.

Lo que nos llama la atención no es el incivismo que campa por sus respetos; eso es consustancial a esta ciudad y uno, aunque no se resigna, se aguanta. Lo que nos sorprende es que ningún empleado municipal, del servicio de limpiezas, haya pasado por allí y lo barra.

Se ve que la administración municipal es tan compleja que funciona en compartimentos estanco. Un barredero, por precepto, debe barrer las basuras de la calle pero, a lo que se ve, los cristales del poste de señales es competencia del Consorcio de Transporte, con lo que día tras día vemos el desperfecto, la cachiza de cristales en el suelo y la desidia edílica.

Y no será por falta de medios, oiga. En estos días pasados han retirado ciento veintisiete mil kilogramos de basuras, producidas por el gregario y ferviente entusiasmo de las dóciles multitudes vaticanistas, y a los ediles les ha parecido bien. Tenemos un poste de señales roto por un vándalo en la calle Virgen del Val, y no hay un triste escobón con el que recoger los cachitos.

Claro que, en el Barrio de la Concepción, no acogemos a ilustres y venerables huéspedes, pero no por culpa nuestra, sino de pura escasez de medios. Un barrio de clases medias (y encima, lleno de jubilatas de parca pensión) no es como para mostrárselo al Papa de Roma ni a San Pedro bendito que del cielo baje. Estamos en la periferia de los altos intereses de quienes nos gobiernan.

Pero, al menos, y teniendo en cuenta que aquí la jubilatería es muy de derechas y vota siempre PP, los munícipes PePe que nos gobiernan deberían tener el detalle de compensarles siquiera con un carrito de la basura y una escoba que se pasen por aquí y limpien los desperfectos en un ratito. Yo creo que razón no nos falta, ya que no pretendemos ser visitados por Papas u otros Próceres Excelsos, ni siquiera por el concejal del distrito, sino que nos conformamos con una pasadita de escoba.

No es tanta exigencia...

En fin, maníaco de la policía de las calles, uno se reconoce como tal. Entiéndaseme, lo de "policía" es en sentido clásico de "limpieza y aseo". Término que, cuando un servidor era un sorche que hacía la mili por imperativo patriótico, se empleaba en el ejército para designar una tarea de mantenimiento: Policía y servicios. O sea, escoba, fregona y disciplina.

domingo, 21 de agosto de 2011

Paseando Pamplona.-

Me pregunta Tomás, de coña, si "voy a hacerme eco" -frase muy utilizada por un periodista de su ciudad, me dice- de mi estancia en Pamplona. Pues creo que sí, que "voy a hacerme eco" un rato en esta bitácora. Sobre todo porque Pamplona es, con mucho, la ciudad que más me gusta. Si dijera que es la ciudad más bonita del norte de España, seguro que habría quien protestase, pero méritos no le faltan para ser considerada una de las ciudades mejores para vivir en ella.


Uno, que es un tanto simplista en sus apreciaciones, no puede evitar compararla con Madrid, ciudad donde uno sobrevive. Y lo primero que le salta a la vista es la limpieza y policía de sus calles. Aquí, en la capital, hay una papelera cada 20 metros y bastante mierda entre una y otra. Allí hay pocas papeleras, pero el suelo suele estar limpio y las praderas de césped y parques, cuidados. Conclusión: no es una cuestión de medios, sino de civismo. Y de aglomeración de gentes. No en vano Pamplona tiene unos 200.000 habitantes, lo que hace de ella una ciudad confortable, mientras que la capital del reino es un poblado de aluvión y desarraigados.

Tiene Pamplona ese aire de ciudad burguesa, apacible y un tanto provinciana, donde la gente camina sin prisas, se encuentra por la calle con los conocidos y se detiene a charlar sin miradas al reloj. Allí, la gente pamplonesa de toda la vida, lee el Diario de Navarra y lo primero que mira, al abrir el periódico, son las esquelas funerarias. Miembros de mi familia siguen manteniendo el ritual de leer los obituarios como si fueran las noticias más jugosas del día.

Las visitas a los enfermos hospitalizados ("perder la noche", llaman a acompañarlos en su vela nocturna), al tanatorio y la asistencia a los funerales religiosos, son una forma de relación social muy arraigada. Para un servidor, contaminado por la indiferencia de la gran ciudad, ir al tanatorio a dar el pésame a los deudos del finado es un trámite molesto. Para los castizos pamploneses, una ocasión de afianzar lazos de amistad o familiares; una forma de intercambiar noticias sobre la familia y allegados; un ponerse al día de la historia personal de gente conocida, pero que hacía tiempo no se tenía contacto con ella.

En fin, los lazos sociales se afianzan ante la caja del muerto, tanto en el impersonal tanatorio como en el ritual religioso. No es para dicho los corrillos animados en la puerta de la iglesia o en la sala aséptica, con el difunto embaulado entre encajes y coronas.

Cuando he tenido ocasión -digamos que obligación familiar- de asistir a estos rituales fúnebres, he acabado conociendo primos y familia de ramas alejadas del tronco común, de los que ni sospechaba su existencia. La tribu, así, ata lazos y un servidor se ha sentido miembro de una familia extensa, descubriendo que tenía amplias raíces.

Pero Pamplona es, también, una ciudad hedonista ¿Quién no ha oído hablar del Casco Viejo? Allí hay tantos o más bares y restaurantes por metro cuadrado que en el barrio húmedo ("El Húmedo", que dicen los autóctonos, y que ahora se empeñan los necios exquisitos en llamarlo el "barrio gótico") de León, ciudad por la que también siento debilidad. Uno pasea a media mañana por las calles de Calderería, Chapinería, Mayor, San Nicolás, la inevitable Estafeta... y las ve llenas de pamploneses, turistas, peregrinos, deambulando y tomando vinicos con sus correspondientes pinchos.
Aquí, en esta ciudad, los pinchos son pequeñas obras de arte culinaria con el refinamiento de la cocina más vanguardista. La barra de los bares está llena de bandejas donde se exhiben esos bocados suculentos y uno se encuentra ante la difícil elección de saber cuál será el más sabroso.

Los vinos, de Navarra o Rioja, habitualmente. Este jubilata, desde hace ya muchos lustros, está abonado al rosado, aunque los puristas tuerzan el morro. Preferencia por un local determinado, ya no lo tengo. La tuve, en tiempos, cuando mi primera visita al casco viejo, nada más soltar las maletas, era para tomar un vino y unas sardinas de San Sebastián en El Cosechero, popularmente conocido como Casa el Marrano en toda la comarca. El mote era justo título. En cierta ocasión comprobé cómo, el camarero, que era tuerto y espeso, limpiaba con un migote de pan un platillo con restos de aceite y alguna raspa, y echaba en él una nueva ración de jugosas sardinas fritas. Se ve que era un ecologísta avant la lettre, ahorrador de agua y detergente.

El ambiente de la ciudad es el propio de una sociedad bien vividora que disfruta de sus placeres con total olvido de la crisis económica que nos está devorando. Viendo la forma como esta gente disfruta de sus pequeños placeres, parecen olvidarse los graves problemas de nuestra sociedad. Nadie diría que, en Inglaterra, bandas de adolescentes sometían (durante los recientes días pasados) a saqueo los barrios de sus ciudades, o que la especulación bursátil está mermando los recursos sociales y económicos de toda Europa, o que en Somalia se mueren de hambre por millares, mientras que aquí, acodados en la barra, charlábamos distraídamente con la copa en la mano.

Habría más cosas de las que "hacerse eco" en esta croniquilla, pero ya vale.

Regresamos ayer sábado a Madrid y nos encontramos con un horror de calorina. Encima, esta capital lleva tres días empapada por las multitudes de la grey vaticanista, a cuyo prócer rinden pleitesía el rey, el presidente del gobierno (quien va y besa la mano del Papa, signo de sumisión de la nación toda a lo que simboliza el anciano de blanco, con su perpetua sonrisa de lobo bondadoso y envuelto en albas vestiduras de cordero místico), y toda la prensa adicta, y hasta la policía, que cubre carrera con tanquetas y todo por donde circula el papamovil, mientras aporrea, con la convicción que solo la fe puede dar, a la turbamulta laica que protesta.

Por cierto, y a propósito del besamanos, alguno de sus caros (por costosos al erario) asesores debería haberle explicado al ZP la diferencia entre proskinesis y eleutheria. No un servidor, que está jubilado y no ejerce.
Menos mal que mañana escampa.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Pacontrarias: un viejo manifiesto que sigue en vigor.-



Tras incontables consultas a los más conspicuos astrólogos del mercado mundial del ramo, y previa reunión tumultuosa de los santones poseedores de las verdades universales, enzarzados en discusiones bizantinas sobre la posesión de la Verdad Cósmica, reclamada en exclusiva por todos y cada uno de ellos, se ha llegado a una conclusión obvia que, modestamente, quien esto escribe ya sospechaba. A saber: que la humanidad se divide en dos grupos irreconciliables. Uno, nosotros - los amigos de Paco -, y el resto.


A despecho de los envidiosos, la minoría selecta la formamos Lorenzo y yo, que gozamos -inmerecidamente, claro está- del privilegio de la desinteresada, y no por eso, menos grandiosa amistad de Paco, en cuanto que nos hace partícipes de su cosmovisión acerba y lúcida. Lucidez sazonada con una reconcentrada mala leche que no es sino consecuencia de la apasionada observación del entorno social y, por ende, la fortísima convicción de que los humanos son un hato de cabrones sin remedio conocido ni previsible.


De ese aserto irrefutable se desprende el siguiente corolario, de prístina evidencia para cualquier mente lúcida; esto es: que la humanidad, tanto en la versión bíblica de una primera pareja deshauciada por un dios celoso de sus privilegios, como en la científica que supone el origen humano en un mono primigenio, es una raza de seres biológicamente complejos pero con un intelecto de una simplicidad similar al de las amebas.


Y no fuera eso lo malo, ya que entonces nuestro sufrido planeta sería una apacible charca de infusorios ignorantes, pero felices, sino que, en esa hipertrofiada cavidad ósea que exhiben los humanos en el extremo superior de su espina dorsal, se aloja una deficiente conexión neuronal que les predispone a la comisión de todas las aberraciones conocidas y por inventar, y que les hace merecedores de todas las desgracias que a sí mísmos se causan, con gran regocijo, no exento de justificado menosprecio, de quienes formamos parte de la minoría selecta arriba expresada.


Tiempos hubo, ya felizmente sumidos en el negro pozo del olvido, en que nosotros, los elegidos -Lorenzo y yo- éramos prisioneros de la ignorancia, hasta que abandonamos la mísera condición de humanos gregarios e irraciones por obra y gracia del que fuera nuestro mentor y ahora es nuestro oráculo: Paco, conocido entre nosotros -los iniciados- como Pacontrarias, quien, en suprema muestra de desdén por la sociedad y sus vanidades, se oculta bajo la discreta apariencia de un funcionario de la Justicia española, que es bajeza difícilmente superable, pero prueba inequívoca de su actitud despectiva por las pompas mundanas.


El Boñar, modesto restaurante donde tiene su comedero una heterogénea fauna de albañiles, sudacas, moros de patera, parados sin amo ni morada estable y otros individuos en lento proceso de desintegración social, es el privilegiado lugar donde, ante descomunales pucheros de garbanzos con callos, nuestro Pacontrarias imparte sus conocimientos y reparte sus aceradas opiniones sobre la purulenta y pestífiera sociedad en la que nos toca vivir.


Blandiendo en la mano diestra -a modo de espada justiciera- un tenedor en cuyos dientes se ensarta un trozo de callos rezumando pringue, con voz tronitosa y adusto además, aniquila con su verbo certero todo argumento que suponga una tímida defensa del orden establecido. Su calva potente y su frente vigorosa, cual arietes temibles, lanzan terribles y demoledores mazazos argumentales que desmoronan las mejor elaboradas defensas intelectuales del Sistema.


Aquellas cejas hirsutas que se encaraman sobre sus arcos supraciliares a modo de pilosas excrecencias, imponen tan incontenible temor a su oponente, que éste pierde su hilo argumental y tiembla cual judío tornadizo ante el inquisidor de plantilla. Sus ojos, cual carbunclos igníferos, desde la profunda espelunca de sus cuencas, escudriñan, sopesan al contrario y descubren las fisuras intelectuales de sus argumentos que debarata de un zarpazo encabronado y desdeñoso, mientras se echa al coleto un trago de vino peleón.


En él vemos sus incondicionales la imagen viva del dios bíblico, justiciero implacable y terrible al que nosotros admiramos con reverencioso temor, a la vez que nos embarga la feliz satisfacción de sabernos sus amigos y, por ello, venturosos miembros de la parte privilegiada de la humanidad.


Y, aunque él sostiene que no hay paraíso conocido, nosotros tenemos la íntima convicción de que llegaremos, por lo menos, a disfrutar de un Edén sucedáneo -a falta de mejor premio- el día que veamos en la Puerta del Sol instalada la guillotina, cuya benefactora cuchilla irá cercenando los cuellos de políticos, jueces, capitalistas, burgueses satisfechos, clerigalla, ejecutivos agresivos, especuladores bolsistas, periodistas falaces... y toda la turbamulta de peones, lacayos y paniaguados que, con la sumisión propia de seres inferiores, coadyuvan al mantenimiento de esta sociedad infecta a la que nosotros -roncos de gritar anatemas y próximos al coma etílico- con todo entusiasmo mandamos a la mierda. Amén.

viernes, 5 de agosto de 2011

El coreano (Gente del barrio,4)



En este barrio de jubilatas, nacido en los años cincuenta del pasado siglo, la caída demográfica de la población autóctona ha dado paso a una sociedad un tanto varipinta y multicultural que ha ido llenando los huecos que nuestra baja natalidad ha dejado en los últimos lustros.

Los pequeños comercios han sido ocupados por chinos que abrieron negocios de alimentación y bagatelas de Todo a Euro; también suramericanos y paquistaníes abrieron fruterías que compiten duramente por la supervivencia de sus negocios. Incluso una señora peruana abrió, a pocos portales de mi casa, un taller de arreglo de ropa bajo el pomposo nombre de Retoucherie, como si el nombre afrancesado diese cierta categoría social a la necesidad de dar la vuelta al cuello de la camisa para que parezca nueva.

Pero pocos tienen la oportunidad de tener como vecino a un coreano, como nos ocurre a nosotros. Se trata de un matrimonio de Corea del Sur que alquiló el bar de debajo de casa y se especializó en comidas de su país. Gente laboriosa y cortés para quienes no parece que la crisis económica haya supuesto un problema excesivo a la hora de sacar adelante su negocio.

Entramos en relación con ellos una vez que tuvieron problemas con el suministro de gas natural y subieron a casa para que les ayudásemos a comunicarse con la empresa a través del teléfono. Imposibilitados de entendernos en un idioma que ambos hablásemos, la cosa se resolvió por gestos: ellos gesticulaban en español y nos hacían grandes reverencias al modo oriental, y nosotros hablábamos el coreano por señas, con sonrisas de cumplido a falta de mejores cortesías. A pesar de proceder de culturas tan dispares, fuimos capaces de entendernos y resolver el asunto de la mejor forma posible.

Desde entonces mantenemos una relación educadamente distante -el idioma sigue siendo una frontera que no logramos sobrepasar- con intercambios de reverencias y sonrisas. Lenguaje universal que allana cualquier barrera idiomática.

El restaurante de nuestros vecinos coreanos tiene el exótico nombre de Gayagum y sus clientes son tan exóticos como el nombre que ostenta. Casi todos los días aparece algún autobús lleno de turistas orientales que siguen disciplinadamente a su guía y ocupan el comedor. Cenan a media tarde y desaparecen con la misma discreción con que han llegado. Pero no solo vienen turistas de su país, sino que, de vez en cuando, aparecen personajes de muchas campanillas. Llegan en grandes coches negros del cuerpo diplomático, con guardaespaldas trajeados y discretos. En estas ocasiones, el dueño del local se trajea, sale a la calle a recibir a sus ilustres huéspedes y le da a la bisagra de las reverencias con mucha ceremonia.

En un barrio tan modesto como el nuestro, ver aparecer a tan conspicuos personajes es un espectáculo que observamos desde la distancia de nuestras ventanas, a fin que nuestras mediocres vidas no interfieran en la existencia de gente de tanto tronío. Porque hay formas sutiles, con esa sutileza del oriental que insinúa sin señalarte con el dedo, de marcar las distancias sin ofender a quienes somos clase media de medios pelos. Como nos ocurrió a nosotros.

Un día que teníamos el coche -bastante marrano, como es habitual- aparcado delante del restaurante, apareció con el parabrisas y el capó brillantes. El encargado coreano, con amabilidades y en un español a medio zurcir, nos explicó que lo había limpiado la dueña del restaurante porque la suciedad desmerecía de la cortesía que se debía a los clientes que allí entran.

Ahora no es que me moleste en limpar el coche más que antes, pero caí en la sutileza del asunto y lo aparco donde no perturbe con su marranez las buenas maneras de la cortesía oriental. Que lo cortés no quita lo valiente, oiga.

lunes, 25 de julio de 2011

Más andanzas veraniegas.-



Creería el improbable lector, si ha leído en una entrada mía anterior que pensaba ir este verano a lugares donde las conexiones a Internet y telefonía móvil fuesen inexistentes o azarosas, que estaba exagerando. Pues no.

En Soto de Sajambre, aldea al pie de Picos de Europa, para conseguir línea en el móvil, había que subirse a una piedra y esperar con paciencia el santo advenimiento del ángel anunciador de la conexión, cuando se dignaba aparecer. Y no puedo decir que lo haya lamentado mucho. Es más, si uno hace la prueba a vivir desconectado de las mil tecnologías que nos acosan, descubre que sí se puede y que no se echan de menos. En mi caso, en 24 horas, estaba desintoxicado de la dependencia del móvil, del ordenador, del internete este y hasta de la bitácora que tengo tan huérfana últimamente.

Claro que así me pasa. Mis improbables, aunque fieles lectores, se cansan de pinchar en vacío y abandonan, a falta de nuevas entradas, la lectura de esta bitácora pensada para la charla, para dialogar. Que no otra cosa significa su título tan raro: Conloquendi causa, esto es: para dialogar, para conversar. En fin, el diálogo se convierte en monólogo a cargo de este jubilata, ya que el otro término del coloquiando, el receptor que se supone ha de leerlo y comentar si le apetece, está en abonés absentes, como dicen los franceses.

En Sotres de Cabrales, pueblo asturiano incrustado en lo más hondo de Picos de Europa, descubrimos que, para tener línea, debías salir del pueblo y enfilar el comienzo de la carreterilla. Allí podías charlar por el móvil mientras veías los imponentes macizos calizos en frente, si te lo permitían las nieblas y el orbayu, porque solo un día vimos el sol. Y eso para comprobar, horrorizados, que era fin de semana y había más coches por los desfiladeros que procesionarias en un pinar.

Ya imagino que muchos de mis improbables conocen la zona de Cabrales, con Arenas, el municipio más importante. Para subir desde allí a Sotres hay que hacer 14 kilómetros por una carreterilla que pasa por Poncebos, donde termina la garganta del Cares, que tiene su otro extremo en Caín, en el valle leonés de Valdeón. Pues bien, produce susto hacer esa carretera de montaña entre el precipicio y las paredes rocosas, con más curvas que la Loren en sus tiempos mozos y con una pendiente que obliga a meter la segunda en algunos giros donde no se sabe si, del otro lado, sigue la cinta del asfalto o te vas a desmorrar contra los pretiles del borde de la carretera.

Pero lo que más sobresalta, a los cándidos que buscamos sosiego, es ver centenares de coches aparcados por aquellos

andurriales y montones y más montones de senderistas aglomerándose en la ruta del Cares como si fuese procesión de rogativas. Recuerdo -porque uno empieza a vivir de recuerdos- hace treinta años, cuando Teresa y yo hicimos aquella marcha (ida y vuelta) desde Posada de Valdeón, pasando por Cordiñanes y Caín, antes de enfilar la garganta hasta Poncebos, en el lado de Asturias. Podías encontrarte por aquellos vericuetos a dos montañeros y medio, y el resto del camino eran rebecos, soledad y silencio.

En aquel entonces, en Caín, la única energía eléctrica procedía de una fabriquita de la luz que ponían en marcha por las tardes, los prados del pueblo no eran aparcamientos, sino prados de verdad y con vacas, y para llegar allí en conche había que alquilar el Land Rover de casa Abascal. La gente vivía del ganado, de hacer queso picón en las cuevas naturales y de "pelar tila", que así llamaban a la recolección de la flor del tilo cuando era temporada.

Allí conocimos a una señora que era descendiente del Cainejo, aquél célebre paisano que escaló el primero, como guía del marqués de Pidal, el Naranjo de Bulnes. Nos contaba que su abuelo subió descalzo por las peñas y el marqués en alpargatas, y que la cuerda que usaron había ido a comprarla el marqués a Inglaterra.

Pero son éstos otros tiempos, donde cualquier urbanita se viste de Coronel Tapioca y se echa por esos caminos como si fuese en busca del doctor Levingston a lo más intrincado de las fuentes del Nilo. Además, uno ya no tiene edad para ir por los montes pidiendo a las muchedumbres que le abran paso, bastante tiene con soportar los atascos peatonales en la Gran Vía.
Pero aún luce el sol en las bardas.

sábado, 16 de julio de 2011

Uno que se va.-




Leo en la prensa que la que fue CTNE (la popular Telefónica, empresa de telecomunicaciones propiedad del Estado Español cuando el Estado era patrimonio común de los españoles) y ahora llamada Movistar, empresa trasnacional que explota a sus usuarios y reparte beneficios millonarios entre sus directivos, va a despedir en España a 6.500 trabajadores con el beneplácito del gobierno. ¿Porque sufre pérdidas? No, porque ha de acumular beneficios. Más beneficios de los que tiene actualmente.


Este jubilata sigue practicando la antigua creencia de que los trabajadores son parte de la empresa y su trabajo el principal motor de riqueza de un país decente. En esa creencia, no acaba de entender que echar al paro -aunque sea incentivado- a unos miles de trabajadores ayude a mejorar la economía de este país, ya a medio camino de convertirse en Ex-paña. Y lo entiende aún menos cuando más de un quinto de la población en edad laboral está sin trabajo; cuando la empresa tiene beneficios multimillonarios; cuando los lamentables y múltiples ERE suponen un coste social añadido a las cargas que estamos aguantando entre todos; cuando el empobrecimiento progresivo de las clases medias es fermento futuro de revueltas sociales que llegarán... cuando lleguen, pero llegarán. Y si no, arrieritos somos y en el camino nos encontraremos.


Dice la empresa que tiene 34.000 trabajadores en España, el doble que cualquiera de sus competidores, lo que le resulta muy oneroso para mantener la competitividad en un mercado donde los precios tienen que ir a la baja para mantener su cuota de clientes; bajadas que, por cierto, sus usuarios no vemos por ninguna parte.


Pero uno, que no entiende de macroeconomía, no acaba de entender por qué sus directivos han de repartirse esos bonus tan sustanciosos que ascienden a millones de euros anuales. Tampoco entiende por qué un tal Javier de Paz, íntimo del presidente del gobierno y ¡¡¡miembros del Comité Federal del Partido Socialista!!!, ha de asegurarse unos ingresos de 1,4 millones de euros por pertenecer al consejo de administración de Telefónica y de sus filiales en Argentina y Sao Paulo. Individuo, además miembro asesor de Telefónica Latam y de Telefónica Andalucía. Asimismo, presidente de la Comisión de Regulación del Consejo Asesor de Telefónica de España.


En fin, al jubilata le entran mareos cuando lee todos los cargos del señor ese que, por lo que se ve, es como dios omnipresente: en todas partes está (entre los íntimos de la Moncloa, entre los altos cargos del PSOE, en los órganos decisorios de Movistar) y en todos influye a mayor gloria de la verdadera religión de Todo por la Pasta. Y eso que uno no sabe de la misa la media e ignora la cantidad de tiburones conspicuos instalados ahí dentro, aparte del susodicho.


Por eso, este jubilata decide que se va de Movistar. Decide que no está más dispuesto a pagar 70 euros mensuales por su conexión a Internet. Decide que con su dinero no va a pagar a los Alierta, Javier de Paz y otros tantos oficiantes de la religión neoliberal, y se va a dar de baja.


Son sólo 70 euros mensuales, pero uno con su dinero va a donde le da la gana, o donde puede, que tampoco las otras empresas de telefonía se dedican a la caridad. Pero, al menos, protesta y quiere que conste. Y, aunque dispone de bien pocos e improbables lectores de su bitácora, invita, a quien quiera hacerle caso, a bardonar el barco de Movistar y dejarlo a la deriva con sus ratas al timón.


Este jubilata ha de decir en su descargo que no se trata de un calentón momentáneo. Que lleva ya meses pensándoselo y leyendo las noticias que le llegan al respecto, y ahora que el gobierno ha autorizado el despilfarro de tanta mano de obra y dineros públicos, es el momento de decidirse a obrar en consecuencia y buscar nueva operadora. Así podrá cambiar el objeto de su cabreo y descubrir (sin sorpresas, por otra parque) que quien le venda el nuevo servicio de telefonía es el mismo perro capitalista, pero con distinto collar.


De momento, para que el improbable lector vea que uno reflexiona antes de actuar, este jubilata aparca su decisión y se va una semana a Picos de Europa, a ver si el contacto con la naturaleza le hace olvidar los despropósitos de un sistema económico voraz que empobrece a la sociedad para enriquecerse a su costa.

lunes, 11 de julio de 2011

Por el Valle de Mena




El caso es que cuando decía por ahí que iba a pasar una semana en el Valle de Mena, todos ponían cara de extrañeza: ¿Y eso por dónde cae?Pues cae al norte de la provincia de Burgos, por tierras de Merindades, lindando con Vizcaya y muy próximo a Cantabria. Bosques de hayas, robles, quejigos, arces, avellanos, majuelos, grandes praderías con sus vacas y todo; atravesado por el río Cadagua naciente entre calizas al pie de Peñamayor y tributario de la ría de Bilbao; con pequeños pueblos de arquitectura montañesa, casas sólidas construidas en sillarejo y con buenos corredores soleados, torres defensivas señoriales, iglesias románicas, un tramo de calzada romana (la de Castro Urdiales a Herrera de Pisuerga). Un pequeño paraíso natural donde, a pesar de que el urbanismo salvaje ha dejado sus destrozos en la capital del valle, puede uno perderse sin mayores problemas.
No sólo naturaleza, también son lugares cargados de historia porque son tierras de tránsito entre la costa y Castilla. De hecho, esta es tierra de foramontanos, aquellos primeros pobladores de Castilla que bajaron desde los montes cántabros y astures para repoblar tierras ganadas a los moros en el avance del reino astur hacia la meseta del Duero. Gentes libres que ocuparon tierras despobladas con la azada en la mano y la espada al cinto.

Por aquí abundan torres señoriales levantadas durante la Baja Edad Media, cuando la nobleza local fue afianzando su poder en torno a las aldeas, y siempre en pugna entre familias nobiliarias por el dominio de pastizales y labranzas. Son torreones cuadrados, a veces protegidos por una cerca, como el de Villasante de Mena, que pueden verse en la distancia, sobresaliendo por sobre los tejados de los pueblecitos.

Aquí todavía hay vestigios de un ramal secundario del camino de Santiago que transitaba desde los puertos del Cantábrico, pasando por Valmaseda, y atravesaba el valle en dirección a Espinosa de los Monteros y Burgos. Como testimonio quedan las imágenes talladas en piedra en arquivoltas y capiteles de las iglesias de Vallejo y Siones. En San Lorenzo de Vallejo puede verse, en una arquivolta de su portada principal, un peregrino con su bordón y venera, y en Santa María de Siones, en un capitel , puede verse un barco cargado de peregrinos.

Por ser lugar de paso entre el mar y la Meseta, lo cruzan rutas comerciales antiguas y recientes. Así, sobre la calzada de Irús transcurre el Camino Real de las Enderrotas por el que pasaban las recuas de los arrieros llevando lana y cereales hacia la costa y regresaban con hierro y pescados secos hacia Castilla. Por aquí circuló en la Edad media la lana de la Mesta, desde las ferias de Burgos, pasando por Valmaseda hacia los puertos norteños. Y también por aquí se trazó, y sigue activo, el tren de La Robla que los industriales vizcaínos del S. XIX mandaron tender para subir el carbón de las minas leonesas hacia las ferrerías vizcaínas, cuando un repunte en el precio del carbón inblés les obligó a buscar nuevas fuentes de energía más baratas.

¿Quién dijo que son tierras desconocidas, éstas del valle de Mena? Son desconocidas para quienes desconocen su propia historia y se conforman con las playas de moda y muchedumbre.

Este jubilata, que para ruidos y algarabías ya tiene bastante con los que produce la capital del reino, se calzaba las botas cada madrugada y se iba a recorrer caminos y atravesar pueblos silencionsos; al paso, saludaba a las vacas que rumiaban plácidamente en los prados y hasta se paraba un rato a admirar, desde el lado de acá de la cerca, a un cabrón espléndido, con sus grandes barbas y su empaque de semental cabruno, que solía tenderse junto a su harén bajo la mirada atenta de un mastín. Incluso se las tuvo que ver, junto a una antigua ferrería entre Vallejo y Villasuso, con un par de perros fieros que le salieron al camino y por poco le despedazan. Menos mal que el garrote es un buen compañero de camino. Si no es por eso, otras serían las aventuras a contar.

Y como uno es reincidente, de aquí a una semana volverá a irse a tierras de montaña, esta vez a Picos de Europa, allá por el valle de Sajambre, para subir a Vegabaños y recorrer los desfiladeros y comer buena cecina. Lo de ir a la playa será por obligación familiar, pero de momento no quiero ni pensarlo porque es que me espeluzno, coño.

domingo, 3 de julio de 2011

Antes de que me rescaten.-



Últimamente está muy de moda eso de rescatar países, incluso si los interesados no están nada conformes con la manera en que se lo imponen. Sirva como ejemplo lo de Portugal o Grecia, país éste prácticamente en quiebra, al que van a rescatar - con la inestimable y desinteresada ayuda de bancos franceses e ingleses - a pesar de los propios griegos, quienes gritan su cabreo en la plaza de Syntagma, aunque parece que nadie quiere oírles.

Para rescatar el país les obligan a vender en almoneda aeropuertos, carreteras, hospitales y todos aquellos bienes nacionales cuya pignoración servirá para tapar agujeros financieros... si lo logran, que todo vaticina que no. El friso del Partenón y otras joyas arquitectónicas no será necesario que las pignoren, ya que se las fueron robando en siglos pasados. Lo del expolio actual es otra cosa, va en plan fino y mediante ingeniería financiera.

En Cataluña, con la derecha nacionalista haciendo patria, también están en eso del rescate de la deuda pública, así que venderán hospitales y cualquier infraestructura de las que sacar las perras para devolver los créditos bancarios y tapar agujeros, como en cualquier economía doméstica, pero a lo bestia. Por lo visto, para que Cataluña sea Una, Grande y Libre, es necesario que sus habitantes disfruten de peor sanidad, peor educación pública y sean más pobres y con servicios públicos bajo mínimos. Con lo cual, uno, así a bote pronto, no ve la ventaja de pertenecer a la gloriosa patria cataláunica. Menos aún cuando Arturo Mas, si no he entendido mal, ha dicho por ahí que con que el Estado controle la policía y los jueces, el resto de las competencias sobra. Barra libre, amigo especulador.

Claro que al resto de las Españas también nos van a apretar los machos, un poco más, en cuanto ZP, con sus maravillosas medidas para tranquilizar mercados, tome boleta; y si no que nos cuenten lo de los informes de la FAES (todo queda en casa: informes y la pasta que cuestan) a propósito del copago de la sanidad pública, que algunos, ignorantes del complejo mundo de la financiación de los servicios públicos, vemos como un repago sin tapujos.

De momento, no sabemos bien lo que van a hacer: piden informes, los guardan en el cajón, y no dicen ni mú sobre lo que será de nosotros de aquí a pocos meses, cuando la gaviota enseñoree nuestros cielos. Imagino, puestos a ello, que harán como su primo ideológico -dentro de la familia neoliberal, se entiende- Arturo Mas: esquilarnos el vellón como actualmente, pero dentro de la más pura ortodoxia neocón.

Pero, ahora que me doy cuenta, no quería hablar de esas cosas porque estamos de vacaciones y en Madrid hace un calor del carajo. Se ve que a este jubilata le han patinado las neuronas y se va por los cerros de la demagogia casera. Aunque, eso no, no hace daño a nadie con decirlo: le basta al improbable lector con darle al ratón y saltar a otra cosa de más enjundia.

Lo que quería decir es que este humilde servidor se toma unas cortas vacaciones antes de que lo rescaten. No sea que a la señora Merckel le parezca mal ver cómo un sus scrofa domestica, miembro de la piara que forman los países PIGS, se toma semejante libertad. Ya se sabe: los mediterráneos somos improductivos, manirrotos y amigos de pasarnos la vida por el arco de triunfo, todo lo contrario de los ciudadanos germánicos, tan disciplinados ellos y trabajadores, y que encima le votan.

Pues eso, antes de que las fuerzas del mercado, las instituciones europeras, el FMI, el G7 y nuestros nunca bien ponderados políticos, metan mano a la tijera de rescatar jubilatas y nos recorten -con la mejor intención, eso sí- la paga, el transporte público, la sanidad..., un servidor se va a gastar la extraordinaria en perderse por montes donde la conexión a Internet es azarosa y el móvil no tiene cobertura. Perderá información de primera mano, pero ganará en tranquilidad.

Puede que, paseando por los hayedos, se le oxigenen las neuronas y vea con otros ojos las ventajas de la economía de mercado. Puede, incluso que le parezca bien eso de que el Banco Central Europeo preste a la banca privada sus capitales al 1,5% y que ésta los invierta en deuda pública de los estados en riesgo de insolvencia al 5 o al 6%. Puede, en fin, que cuando regrese a la capital del reino, ya le hayan rescatado sin contar con él, ni importarles un carajo su modesta opinión.

De lo que sí está seguro este jubilata es de que, a su regreso, seguirá protestando -con demagogia o a palo seco- desde su modesta bitácora. Y, aunque a la señora Merkel le moleste, uno seguirá siendo un cerdo de la piara de Epicuro, que es una de las pocas cosas dignas que se puede ser en estos tiempos azarosos.