miércoles, 18 de julio de 2012

El Artiñuelo.-


No es ningún bicho pequeñajo ni ningún artilugio de utilidad poco conocida, es el arroyo que pasa por Rascafría. Nace bajo el collado de la Flecha y atraviesa el pueblo para unirse con el de los Apriscos para desembocar en el río Lozoya.

Es uno de tantos arroyos como pueden verse por la sierra madrileña, pero a mí me cae especialmente simpático, quizás porque es un vecino de amable compañía que pasa a la vista de nuestras ventanas, al que he dedicado varias visitas en estos días que practico el oficio de veraneante. Pasa por delante de casa con su murmullo de agua y nos regala la frescura de su vegetación, tan de agradecer en estos días veraniegos. Es una frontera amable que nos separa del bullicio del pueblo. Basta cruzar la pasarela de Manola para estar en la plaza de la Villa con su ajetreo de turistas, las tiendas y los coches.

El Artiñuelo desde lo alto del camino
Una de estas mañana decidí explorarlo siguiendo su curso desde la parte alta del pueblo, por un lateral del barrio de las Matillas, a su izquierda. De aquí sale un camino cómodo que lleva hasta el molino del Cubo, un antiguo molino harinero del que se tiene constancia, al menos, desde el siglo XVIII, y que estuvo en funcionamiento hasta los años cincuenta del siglo pasado. Hoy se mantienen en pie malamente sus paredes y está todo él cubierto de una maraña de vegetación que hace imposible acercarse. Sigue en pie el arco en ladrillo por donde desaguaba el salto de agua que impulsaba su rueda motriz y puede verse aún una de las piedras de moler. El lugar tiene algo de romántico, de ese romanticismo de las ruinas que invita a la melancolía y a la meditación sobre la fugacidad de la vida y demás sentimientos becquerianos.
Vacas sesteando en el embalse

Pero a este jubilata, la verdad, el lugar le parece un pequeño paraíso lleno de vida: el arroyo baja rumosoro, la umbría de los árboles de ribera hace pensar que estamos lejos de cualquier lugar habitado, aunque apenas algo más de un kilómetro camino abajo está el pueblo, los pajaritos (como el jubilata no es ornitólogo los llama “pajaritos”) gorjean y el aire huele a mañana fresca. Y a uno, que a las siete de la mañana ya estaba caminando, le parece que todo esto lo tiene a su personal disposición solo por haberse tirado de la cama nada más aparecer las primeras luces del día.

Arroyo arriba, hasta la vieja presa, se puede ir por ambas vertientes. El camino más interesante es el que sube por su orilla derecha ya que se convierte en una senda que gana altura y trascurre por entre robles y roquedo, para bajar de forma abrupta hasta el pie del muro.


Aliviadero en cascada
Esta pequeña presa, de donde se toman aguas para el pueblo, actualmente está colmatada con limos que han aflorado sobre el nivel del pantanillo. Tiene un aliviadero en escalera por donde las truchas pueden remontar la corriente y, debido a la presión de las toneladas de materiales depositados, el muro está agrietado y por allí se escapa el agua a borbotones. Si uno va por el camino de su margen izquierda, una buena pista entre robles lleva hasta la parte alta de la presa, con el bosque haciendo barrera por su mano derecha, según gana altura.

Desde aqui se aprecia el embalse casi cubierto de materiales
Pero hay otra forma de llegar a aquel paraje. Si uno toma la pista que sale junto al campo de fútbol puede seguirla hasta la cota 1320. La pista hace primero un quiebro pronunciado hacia el arroyo del Collado Vihuelas y gira hacia la izquierda, sigue aproximadamente un kilómetro y, en la cota dicha, hace un quiebro pronunciado hacia la derecha. Justamente en esta curva hay un zarzo de alambre de espinos, se pasa éste y aparece una senda cuya huella todavía es clara.

La senda transcurre en medio del robledal, tan cerrado que uno no encuentra puntos de referencia. Además, la huella del sendero es débil en muchos tramos y parece perderse, pero no, puede seguirse manteniendo, más o menos, la horizontalidad del trazado. Al cabo de un rato, por entre el bosque pueden vislumbrarse, muy abajo y a nuestra izquierda, trazos del camino que va paralelo al arroyo. El mejor indicador para saber que uno está en la vertical del pantanillo es un roble ahogado por el abrazo de una hiedra, que destaca por su color negruzco entre el verde oscuro de la masa vegetal. Desde aquí al camino, apenas unos metros de bajada.

Es una caminata sin mayores dificultades en la que pueden emplearse un par de horas, ideal para que el caminante madrugador disfrute de la amanecida y regresar a casa a la hora del desayuno. Luego queda mucho día por delante para dedicarse al apacible oficio de veraneante.

jueves, 5 de julio de 2012

El mundo es ansí.-

Ya lo sabe el improbable lector, el título está tomado del segundo de la trilogía Las Ciudades, del impío don Pío (como le denostaba el clero franquista).
Es que uno se pone a observarlo (el mundo, digo) y, de las bajas cabañas a los altos palacios, el mundo es un despropósito muy bien organizado que se mantiene en pie gracias al equilibrio de tensiones entre contrarios. Y, a veces, ni eso. Un gran despropósito se contrarresta con la acumulación informe de miles de absurdos, de manera que este mundo nuestro va dando tumbos como el dado trucado de un tahúr de taberna, pero siempre beneficiando a quien lo maneja.
En plena resaca del glorioso triunfo de “la Roja” (espero que no se haya olvidado tan patriótico acontecimiento cuando escribo esto), este jubilata se pasó el día y parte de la noche en urgencias del 12 de Octubre. El lugar, mal que me pese, forma parte de mi historia familiar porque allí ingresábamos a mi padre a cada pocos (un remiendo y a casa), en sus últimos años; allí le recosieron varias veces la salud, y allí murió, mi madre; y allí acaboo yendo cada vez que a otra persona allegada mía se le disparan las arritmias o el corazón se le desbarata con un fluter. Si el improbable lector ha pasado por ese trance, conocerá el paisaje desolador de las urgencias hospitalarias.
Uno en la guerra no ha estado, pero cada vez que entra en los servicios de urgencia del Doce, tiene la sospecha de que un hospital de campaña, en plena batalla, no debe ser muy diferente en cuanto a las condiciones de trabajo y al hacinamiento de los cuerpos doloridos. Quizás la gran diferencia sea que en la guerra la carne es joven, material de primera calidad para alimentar a la Parca, mientas que en urgencias el ganado humano es puro desecho.
Uno lo dice con respeto, aunque no lo parezca. Este jubilata no se piensa poner trágico para conmover al improbable lector, que la realidad ya es bastante dura como para recurrir a la casquería emocional.
Esta vez (hace ya varios meses que no venía por este zurcidero de humanos rotos) me ha sorprendido la gran cantidad de viejos que había por los pasillos. No ancianos, no tercera edad o seniors, ni simpáticos viejitos, ni disimulos de neolengua: son ruinas de viejo. Puras carcasas de cuerpos con un poco de vida dentro. Cuerpos desnudos mal tapados por una sábana, un rimero de huesos pegados al pellejo. Calaveras desgreñadas con ojos inexpresivos, bocas desdentadas, abiertas como un agujero oscuro. Algunos, desorientados, otros con la indiferencia de un animal a punto de extinguirse; alguna viejuca balbuciente y llorosa, como un anti-bebé a punto de nacer para la muerte. Y todo entre las prisas del personal sanitario, la falta de espacios y esa sensación opresiva de que la muerte es un asunto antiestético.
Y lo que es peor, con la sensación desoladora de que todos aquellos viejos sobran, que se agarran a la vida sin ninguna consideración a los costes económicos que ocasionan. Desechos sociales que estarían mejor en el crematorio, como aquellos judíos esqueléticos que gaseaban los nazis. Eso, al menos, es lo que uno piensa que deben pensar quienes recortan gastos en sanidad pública.
No me extraña que los líderes políticos y sus ideólogos neocon y paniaguados del sistema reduzcan los costes sanitarios, las ayudas a enfermos de larga duración, a viejos, discapacitados o a sus familiares por cuidarlos. Es ganadería de pésima calidad, no explotable laboralmente, no influenciable por las consignas consumistas, perfectamente inútil para lubricar el engranaje de producción-consumo, y que, encima, obligan a mantener más personal sanitario del necesario y disparan los costes sociales. Una ruina, estos viejos decrépitos, habiendo bankias que rescatar y primas de riesgo que pagar.
Pero el mundo es ansí, un perfecto despropósito donde los individuos cuentan poco, donde los humanos en fase terminal dan mucho trabajo y ningún provecho.
Por eso hay que reducir sueldos de empleados públicos –sanitarios o no- , porque el mundo es un entramado de intereses donde lo que importa es que el sistema salga del atolladero. Atolladero donde lo metieron los tahúres que se jugaron las riquezas nacionales en una partida de la que todos salimos con una mano delante y otra detrás, cubriéndonos las vergüenzas del Sistema que jugó a “la banca siempre gana” con los dados trucados.

martes, 26 de junio de 2012

En la punta de la nariz.-


Huyendo de este calor madrileño insoportable que nos cuece en nuestro propio jugo; huyendo de esas flamantes  autopistas radiales,  también madrileñas, llenas de baches económicos por falta de usuarios que paguen peajes, y que tendremos que rescatar de nuestro bolsillo; huyendo de las habituales consignas oficiales (ça va très bien, madame la Marquise…) según las cuales el gobierno está haciendo lo que hay que hacer y los rescates los pagamos a escote y no hay más que hablar, este jubilata en fuga de una realidad inhóspita, se ha refugiado en la lectura.
Ni que decir tiene a quienes practican este viejo vicio solitario, la lectura es la última Tule donde un ciudadano, desarmado de toda ilusión sobre las bondades del sistema, encuentra refugio y tranquilidad de ánimo, mientras en el mundo exterior - al otro lado de la ventana, sin ir más lejos – se atropellan los derechos sociales y se manipulan verdades que hoy son ciertas y mañana su contrario.
Total, y para no andarle con monsergas al improbable lector, todo esto para decirle que estoy leyendo un libro asaz curioso y entretenido: Le Moyen Âge sur le bout du nez (La Edad Media en la punta de la nariz). La autora, que es italiana, aunque me ha llegado la versión francesa de su obra, encara con buen humor uno de los tópicos más corrientes a propósito de la Edad Media: la que nos transmitieron los humanistas, quienes la despreciaron como “los siglos oscuros”.

Esa época sin lustre, transcurrida entre el esplendor del Imperio Romano y el Renacimiento italiano; ese puñado de siglos iniciados por las invasiones bárbaras y terminados, de forma imprecisa, entre la conquista de Bizancio por los turcos otomanos en 1453 y el descubrimiento de América. Poco más o menos, que uno no es historiador y no sabría decirlo con seguridad. Lo que sí está claro es que hasta su propio nombre, medio-aevo, media tempestas, se refiere a un tiempo sin sustancia propia, transcurrido entre dos hitos históricos.
Pues eso, que doña Chiara Frugoni demuestra con datos, textos y buenas ilustraciones de época (pinturas, miniaturas…) que en la Edad Media también se inventaron cosas de mucha utilidad para las gentes de aquella época y para la nuestra, porque seguimos usándolas y siguen siendo imprescindibles en el uso cotidiano.

Entre otras, las gafas que se colocan en la punta de la nariz; esas que los franceses llaman pince-nez y nosotros quevedos, aunque el nombre español resulte anacrónico por lo que va desde finales del S. XIII (cuando se inventaron), hasta el S. XVII, cuando se retrató con ellas don Francisco.

Nadie usaría actualmente unas gafas Gucci si no fuese porque fray Alessandro Della Spina, pisano él, no hubiese divulgado la técnica para pulir las lentes. Ni este jubilata vería un carajo sobre la pantalla del ordenador si no fuese porque a un artesano desconocido, a quien copió el fray, se le ocurrió ponerse a pulir cristales de aumento.

…O los botones, o los calzoncillos ¿Quién puede imaginarse un mundo sin botones para abrocharse la camisa? ¿O andar por esos mundos sin gallumbos, o sin bragas, según del cuál o la cuála se trate?

Parece que eso de andar con las vergüenzas colganderas venía de antiguo, pues los romanos consideraban una prenda propia de bárbaros eso de usar calzón, y en la Edad Media la gente común las mostraba (sus vergüenzas) sin mayor rubor cuando se levantaba los sayos para que les llegara mejor el calor del fuego en invierno. Pero parece que ya en el S. VIII era de buen tono usarlos porque el Duque de Trento, a un emisario del obispo de Pavía le preguntó si munda femoralia habet (o sea, si traía los calzoncillos limpios).
Por no entretener más al improbable lector, sepa éste que mil artilugios de uso habitual empezaron a usarse en la Edad Media sin que se tenga una idea clara de quién los pudo inventar. La necesidad es madre del ingenio y sus consecuencias me dan motivo de grata lectura en estos días de canícula y barbarie economicista.

martes, 19 de junio de 2012

Caminando...


Ya perdonará el improbable lector mi ausencia de este sitio durante tantos días. Perdonará, espero, mi desconocimiento del valor actual de la prima de riesgo; perdonará también mi actual ignorancia en lo referente al rescate bancario que no puede llamarse así sin molestar a las altas instancias; mirará con benevolencia, en fin, mi ignorancia de las cosas que mueven actualmente el mundo, pero es que he estado en el Camino.
Durante días he caminado por los caminos de Castilla sin más preocupación que saber cuándo te saldrá la primera ampolla, cuándo se te amoratará la uña que llevas tocada desde que hiciste una etapa doble porque no encontrabas albergue. Minucias. No importan las uñas rotas o los pies remendados cada madrugada antes de calzar las botas. Lo que importa es ver la amanecida en mitad de los llanos; tener ante ti un camino que serpentea entre campos de mies que van tornando del verde al amarillo, o esos chopos que van jalonándolo en la distancia. Importa sentirse vivo y libre, aunque pese la mochila y tengas los pies jodidos. Lo que algunos llaman la mística del Camino y no es más que un tiempo para andar a solas, cada quisque con sus pensamientos.
Esta vez he comenzado en tierras burgalesas, he recorrido toda la provincia de Palencia y he terminado en León capital. He pasado por viejos pueblos castellanos donde se desmoronan casas palaciegas por falta de habitantes que las hagan vivir, y antiguas casas de adobe y tapial con sus ventanas y puertas cerradas, como negándose a aceptar su propia decrepitud. Me he lavado los pies en viejas fuentes donde bebían los caminantes o abrevaban los ganados y he descansado al pie de algún chopo que es el único referente vertical que uno encuentra en kilómetros y kilómetros de tierras que llegan a ser monótonas por su horizontalidad. Y aún así, estas tierras castellanas de pan llevar son hermosas de una hermosura elemental, donde los trigos cabecean al compás de las brisas y asemejan un mar de leve oleaje.
Los refugios de peregrinos son una babel de nacionalidades y lenguas. Puedes encontrarte, como me ha ocurrido este año, una tropilla dispersa de coreanos, tan sonrientes y disciplinados ellos. Vienen, según he oído, porque tradujeron a su idioma la obra de Paulo Coehlho O diário de um Mago, publicado aquí como El Peregrino de Compostela. Lo leí en su momento y me pareció un manual para místicos principiantes. También he leído otras vivencias del Camino de gente más o menos conocida, pero ansiosa de relatar sus experiencias espirituales y siempre me han parecido una amable trampa para ingenuos, quienes esperan ser tocados por la gracia divina simplemente por hacer 25 kilómetros diarios camino de Jacobsland.
Uno, que conoce sus propias limitaciones y sabe que nunca levitará ni encontrará coros de ángeles que le lleven la mochila, se conforma con pequeñas experiencias estéticas, como observar a un jilguero, en lo alto de un arbolillo seco, trinando. O el croar de las ranas en un riachuelo, que es ruido poco armonioso, pero que resulta el contrapunto áspero en un jolgorio de pájaros piando en la enramada de los álamos. Uno, que descree de tantas cosas, agradece la experiencia estética, por mínima que sea, y desconfía de la mística; se arroba ante una puesta de sol que enrojece los tapiales medio desmoronados, y agradece una charla pausada en el patio del refugio peregrinil. Aunque, a veces ocurre - como cuando vi los lirios floreciendo en las riberas del Canal de Castilla – el esteta y el místico se daban la mano y se olvidaban del mochilero que los llevaba a cuestas.
Lástima que, nada más llegar a casa, la puta realidad me ha dado en toda la cara en cuanto he encendido la tele. Habrá que esperar al próximo año para tomarle el pulso a la vida del caminante sin agobios. Cuestión de años y leguas.

domingo, 10 de junio de 2012

No es lo que parece (aunque nos parece lo que es)


Este sábado pasado hemos ido un amigo y yo a hacer una marcha por los montes próximos a Cercedilla. Subimos a Marichiva y, desde allí, por la senda que lleva a los ojos del río Moros y al collado de Tiro Barra, subimos al Minguete. Los piornales estaban en plena floración y las laderas de los montes alfombradas de un intenso amarillo contrastando con los verdes jugosos del matorral y los verdes oscuros del pinar, como si nos moviéramos en un inmenso cuadro impresionista.

En los nacederos del río Moros nos paramos a disfrutar del silencio sonoro de la naturaleza. El rumor de los arroyos, las llamadas del pájaro carbonero y la brisa serrana que corría entre los pinos nos han hecho olvidar, durante un corto espacio de tiempo, este mundo desabrido de engaños ý desinformaciones interesadas a los que nos someten nuestros gobernantes, lacayos indignos y voluntariosos de un sistema socioeconómico que no nos da respiro.

De vuelta a casa, estaba yo tan a gusto cenando cuando, en el telediario aparece el ministro Del Guindo para decirnos que aquí no pasa ná. Que los que mandan en nuestras vidas y haciendas (FMI, BCE, CEE) nos habían concedido 100.000 millones de euros para sanear la banca española. Hacía apenas un día, con estas orejas que se han de comer la tierra, este jubilata oyó al Mariano afirmar que la banca española no necesitaba un rescate. Por supuesto, cuando lo oí supe que era cosa hecha, y mi único interés era saber cómo iba a atar por el rabo la mosca del rescate bancario con las declaraciones que, en ese momento, estaba haciendo. Pero no ha tenido que hacerlo, para eso tiene a un propio: el ministro Del Guindo que, aunque se le da mal mentir, no le importa.

Y Del Guindo, desde el púlpito del guindo televisivo, va y nos dice que lo de los cien mil millones de euros para la banca española no es “un rescate”, que es “una ayuda”. Hombre, se me ocurre pensar, qué más nos da cómo lo llamen, si acaban de endeudarnos en esos miles de millones que producen mareo. Y añade el Del Guindo que la ayuda se concede en las mejores condiciones posibles; que es asunto que sólo afecta a los bancos, pero que no afectará a los ciudadanos. A continuación, un corresponsal dice que el estado español se hace cargo de la deuda y de los intereses. ¿Y quién es el Estado, los banqueros defraudadores o el común de los ciudadanos? Informaciones y contra informaciones se suceden, mezclan y contradicen en el mismo telediario.

A un servidor, como a cualquier ciudadano medianamente avisado, le molesta la impunidad con la que manipulan mentiras, medias verdades y desinformaciones interesadas. Pero hay algo que este jubilata lleva como un contradiós, y es que toda esta gente haya leído (¿lo han leído?) con tan poco provecho a Orwell y su 1984. Esa burda neolengua que utilizan para no llamar a las cosas por su nombre, ese tosco Ministerio de la Verdad que se han inventado para deconstruir el poso de la historia en función de sus torpes intenciones, ese Gran Hermano televisivo chapucero para embrutecer conciencias, no tienen la categoría, ni por asomo, de la premonición histórica que nos cuenta Orwell en su novela.


Así ve Eneko el rescate
Ya sé que, aunque parezcan y lo sean –torpes- su torpeza tiene una finalidad no confesada: desorientar al ciudadano, volverle temeroso de los males futuros y sumiso ante los presentes – todos ellos presentados como irremediables –, hacerle sentir como un ignorante, incapaz de reconocer y afrontar sus propios problemas y dejar en manos de “los que saben” la responsabilidad.

Ya nos lo advirtió Noam Chomsky en su artículo 10 estrategias de manipulación. También Naomi Klein en su Doctrina del Shock nos dice que todo responde a una estrategia programada. Y sí, nos mantienen en estado de schok permanente: un día estalla el ladrillo en mil pedazos, otro día son las Cajas de Ahorros agusanadas que dejan a sus cuentacorrentistas en un ¡Ay! Un día sí, otro también, son las variopintas corrupciones de políticos y afines; otro día es Bankia que se va al carajo, o la prima de riesgo disparándose. Hoy, penúltima patada en nuestro culo colectivo, un rescate de 100 mil millones de euros que, según el ministro Del Guindo de la Cosa, no es rescate sino ayuda. Mientras, la gente que saca a sus viejos de los asilos para poder vivir con la pensión; los que se quedan sin vivienda pero mantienen la deuda con banco que los expropió, o los niños cuyos padres no pueden pagar el comedor escolar.

La cuestión no está en si los mercados se quedarán o no tranquilos tras esta inyección de dinero en los bancos españoles. Está en saber, por fin, si seguiremos practicando la moral del esclavo y sometiéndonos, o levantaremos la voz.

¿Y si empezamos a movernos un día de estos?

domingo, 3 de junio de 2012

Con la conciencia tranquila


Yo no se al improbable lector, pero a este jubilata, cada vez que oye decir “Mi conciencia está muy tranquila”, le entran ganas de mover la susodicha conciencia a palos, a ver si con cuatro meneos bien dados aquélla sale de su atonía y empieza a servir para algo, aparte de para justificar los enjuagues de su propietario.

No hay en esta Expaña nuestra un prohombre (o una promujer, por aquello de la equiparación de géneros o sexos) que no recurra a la frasecita de marras cada vez que les pillan con los dedos hurgando dentro del cajón de los dineros públicos.

Esta jubilata lleva perdida la cuenta de cuántos políticos o representantes de instituciones públicas se han atrincherado en el argumento de "tengo la conciencia tranquila" para justificar lo injustificable: que los recursos públicos, cuando son administrados más a favor del interesado que del bien común, no son cuestión de conciencia individual, sino de malversación pura y dura. Eso como poco, cuando no se trata de un simple latrocinio ejercido sobre los recursos de la ciudadanía.

Creo que debería quedar absolutamente claro lo siguiente: la conciencia individual, tranquila o no,  no es un resorte de precisión que nos advierte de la inmoralidad de un acto en la esfera de lo público. Los actos de un personaje público, en cuanto ejerce como tal, no se deben regir por una conciencia personal y acomodaticia, sino por el respeto a la legalidad, a la norma establecida y al bien común. Como quien dice, use usted de su conciencia en la esfera privada, le diga lo que le diga ésta, que a nadie le importa, pero en cuanto individuo con responsabilidades públicas, son otras las voces las que dirán si usted obró bien o mal.

A estas reflexiones andaba yo dándole vueltas cuando le oí decir al Presidente del Consejo General de Poder Judicial que tenía la conciencia muy tranquila, tras airearse en los medios eso de que se gastó ciertos dineros del erario en viajes a Marbella, que se alojó en hoteles de categoría y que llevó a un acompañante, todo a cargo de dineros que no salieron de su bolsillo. Mira qué bonito ejemplo en tiempos de escasez y recortes económicos en las instituciones del Estado. Quizás el hecho de ocupar la cúspide de la magistratura estatal le haga creer que tiene privilegios de los que no goza el pueblo mezquino, pero ha olvidado aquella máxima de que la mujer del César no sólo ha de ser honrada, sino parecerlo.

Y aquí la impresión general es que las castas privilegiadas, instaladas en el poder en supuesta representación del pueblo, ni son decentes ni se molestan en parecerlo. ¿Usted vacía de recursos una Caja de Ahorros, como la CAM que se quedó con parte de mis ahorros, para construir aeropuertos inservibles, para montar Fórmulas 1, para enladrillar la costa? Lo hizo con la mejor de las intenciones y su conciencia está muy tranquila. ¿Que por el camino han aparecido unos Gúrteles para desviar dineros públicos en favor de amiguetes? Nada, debilidades humanas. Usted, en mi lugar, hubiese hecho lo mismo. Lo primero es la familia.

¿Qué usted subvencionó ONG´s urdanganirescas? ¿A quién mejor que a un yerno del rey le vamos a confiar nuestros dineros, más cuando lleva el título de duque de Palma? Mi conciencia está tranquila porque el nombre de la ciudad se lo merece.

Y así desde el alcalde de Villatordillos de los Eriales hasta el magistrado supremo de la nación. Que el improbable lector vaya añadiendo los casos que recuerde; a mí se me escapan de tantos como son.

La conciencia privada es la medida de valor universal, aplicada a los intereses del país cuando éstos colisionan con mis intereses particulares. Ésta podría ser la norma que éstos siguen para hacernos creer que "mi dios y mi conciencia" están por encima de los ciudadanos. ¡¡Y una mierda!! se nos ocurre pensar a los que tenemos que aguantar los dictados de su conciencia y sufrir sus consecuencias.

Este jubilata propondría, no por ética o moral, sino por estética, que dejaran de echar mano a la conciencia cada vez que tengan que justificar lo que, a los ojos del más elemental sentido común, no es más que una tropelía en mayor o menor grado.

Ténganlo claro de una puñetera vez, su conciencia nos importa un carajo. Nos conformamos con que no metan mano al cajón ¿Vale?

lunes, 28 de mayo de 2012

Una escapada a Zamora


Zamora no es Nueva York. ¿Bueno, y qué? Tenemos parientes para quienes N. Y. es la meca de cualquier viajero con vocación cosmopolita y te dedican miradas de conmiseración si confiesas que tú donde has estado es en Zamora. Allí fuimos a celebrar el cumpleaños de la santa.
El viajero, aunque no sea cosmopolita ni docto en la angliparla, llega a Zamora con el disco duro mental lleno de iglesias románicas, de vistas de su catedral con el cimborio gallonado y su cubierta en escamas, sus murallas medievales y la célebre traición de Vellido Dolfos, que cantaba el romance.

Es una de esas ciudades donde la historia y la leyenda se mezclan en proporciones de épica medieval. Recorriendo sus murallas, uno recuerda la historia del cerco de la ciudad - heredada por la infanta doña Urraca de su padre el rey don Fernando – al que la sometió el rey Sancho II de Castilla, y la muerte de éste a manos de Vellido Dolfos, a quien los castellanos siempre consideraron traidor y así andaba en lenguas de romances: Rey don Sancho, rey don Sancho,/ no digas que no te aviso / que de dentro de Zamora, un alevoso ha salido; / llamase Vellido Dolfos, hijo de Dolfos Vellido. / Cuatro traiciones ha hecho, y con esta serán cinco…
Como el beneficiario del regicidio fue Alfonso VI de León, a los nobles castellanos se les puso la mosca detrás de la oreja y le tomaron juramento en Santa Gadea de Burgos de no haber participado en la muerte de su hermano. Fue Rodrigo Díaz de Vivar, portaestandarte del rey Sancho II, quien le tomó juramento y el rey, desde entonces, le tomó ojeriza y le mandó desterrar. Eso dice la leyenda y gracias a ella tenemos el Poema de Mío Cid, la Storia Roderici y a montones de eruditos desmenuzando el romancero para mayor gloria de las letras hispanas.
Lo que no dicen las canciones de gesta, ni recogen los relatos épicos, es que el rey Sancho II murió de forma poco gloriosa, al decir de algunos. Vellido Dolfos salió por el portillo de la Traición (hoy, “Portillo de la Lealtad” por aquello del revisionismo histórico) y convenció al rey de que quería desertar. Se ve que éste era fácil de convencer y muy confianzudo, ya que el caballero Vellido aprovechó cuando el rey estaba exonerando el vientre para clavarle un venablo por la espalda. Como quien dice, tan noble rey murió caído de culo sobre su propia mierda. De ahí que los cantares de gesta callasen ese pequeño detalle. Yo lo he leído por ahí, y así lo cuento. Ni quito ni pongo rey.

Pero se equivoca quien piense que Zamora se quedó estancada entre los versos del romancero. A fines del S. XIX tuvo un desarrollo urbanístico muy considerable con la llegada del ferrocarril y la expansión fuera de las murallas. El resultado puede verlo el visitante de ojos curiosos que pasee por sus calles: todo un muestrario de arquitectura modernista, historicista y ecléctica diseminado por sus calles céntricas.
También la burguesía zamorana estaba al cabo de la calle respecto a las corrientes arquitectónicas de moda a principios del S. XX. Hay ejemplos del modernismo internacional, con abundancia de líneas curvas, combinación de colores y profusión de decoración vegetal. También del que llaman Secesión, con abundancia de líneas rectas y círculos. También encuentra uno referencias a estilos historicistas; todo ello con un admirable gusto por los detalles ornamentales.

Según leo (este jubilata si no lee, no es nadie), el modernismo llegó a esta ciudad de la mano del arquitecto Francisco Ferriol, formado en la Escuela de Arquitectura de Barcelona, quien dejó hermosos edificios, como el del Casino, o Casa Tejedor…

Un servidor estuvo alojado en un hotel de estilo modernista, frente al mercado de abastos que es un imponente edificio de carácter industrial en ladrillo y hierro. El entorno daba una idea de la pujanza económica que debió experimentar Zamora en aquellos años y el sentido estético que presidía la arquitectura, en la que se conjugaban utilidad y armonía.

A Zamora hay que ir y verla. De momento, la visita me ha compensado de mi desconocimiento de N. Y. Este jubilata no se vanagloria de ello, pues sospecha que aún no ha perdido el pelo de la dehesa.

domingo, 20 de mayo de 2012

¿Que escribir?

Quizás el improbable lector no lo haya pensado nunca, pero alimentar una bitácora, por muy inmaterial – o virtual, según lo llaman – que resulte la criatura, exige un gasto de energías considerable. No es que uno tenga que comprarle, como a las mascotas domésticas, alimentos en el súper; ni haya que llevar la bitácora al veterinario a que le cure los virus que le entran al ordenador, ni ponerle un chip identificador si, por un casual, se perdiese por esos procelosos mares internáuticos. Ni siquiera el bloguero corre el peligro de verse denunciado ante el juez por abandonar su bitácora cuando se va de vacaciones, o por maltrato.

Una bitácora, por poner un símil, es como una boa. La mía come una vez a la semana y se pasa siete días digiriendo. Yo noto que le aprovecha mi afán en alimentarla porque cada vez es más larga y más abultada. Nació allá por enero del 2009 y ya lleva 245 entradas. Si en vez de ser inmaterial (como digo), virtual (con término al uso), puro fenómeno informático del que no tengo una idea muy clara, fuese una boa constrictor, seguro que habría estrangulado a su dueño hace ya tiempo.

Lo que no significa que sea una mascota inofensiva. Si no físicamente, sí que me devora en otros aspectos tan intangibles como su propia naturaleza: se come mi tiempo, el que necesito para escribir una entrada (o un “post”, según la angliparla). Además, cada vez que se sacude el letargo semanal, empieza a desasosegarme con la pretensión de que le proporcione su ración de opiniones, de relatos de viajes o andanzas montañeras, de impresiones tras alguna visita a alguna exposición, o sobre la lectura del algún libro… En cuanto al contenido no parece muy exigente (es como esa boa de Saint-Exupery, que se tragó un elefante), pero en cuanto a la periodicidad, es de una intransigencia total.

Ya digo, una bitácora te come por los pies con sus exigencias y poco le importa que, ese día que te toca alimentarla, no tengas ganas de ponerte ante el teclado, o en toda la semana anterior no haya habido nada interesante en tu rutinaria vida de jubilata. La criatura, con las (virtuales) fauces abiertas, se te convierte en un monstruo insaciable. Como esos dioses que se inventan los humanos para no sentirse solos frente a sus terrores y que acaban exigiéndole sacrificios para aplacar su divina cólera. Como quien dice, un día creas un Yavé en la zarza ardiente y, cuando te descuidas, terminas prisionero de una religión monoteísta excluyente y posesiva. Con la bitácora, igual.

Ser inventor de una bitácora no te exige cuadrar el círculo de una teología que explique la existencia de un dios que olvidaste haber inventado en un momento de pánico, pero, también a su modo, produce ciertos problemas de conciencia si no cumples el ritual. Por lo que vengo observando, con el paso del tiempo, un grupo de lectores, más asiduos que improbables, han decido que lo que escribes tiene para ellos cierto interés. ¿No es una falta de consideración frustrar sus expectativas semanales? Hasta, si me apuras, es poco caritativo dejarles sin la ración semanal de comentarios “bitacóricos”.

Lo digo, especialmente, por aquellos de mis improbables lectores que, cuando hablo de asuntos de la cosa pública (banqueros, políticos y otras pécora en el candelero) desde mi visión de escéptico aperroflautado y recalcitrante, se irritan y piensan que soy un necio por opinar de cosas que no se me alcanzan. Y yo pienso ¿No es un acto de caridad darles ocasión para que se sientan en posesión de la Verdad? Así, uno no es que actúe con ánimo protervo cuando opina negativamente de aquella ralea social, es que lo hace para que sus lectores de la otra vertiente ideológica tengan posibilidad de ejercer la santa indignación.

Releo lo anterior y me digo, como Lope de Vega en aquel soneto que le mandara hacer Violante, “Contad si son catorce, y está hecho”.

sábado, 12 de mayo de 2012

Petar la bankia.-

Cuando un servidor entró en esto de la jubilación iba con el convencimiento de que llevaba la vida resuelta en su aspecto material: con la hipoteca ya pagada, con una pensión de mediano pasar y unos dineritos a plazo fijo por si acaso algo se torcía. Y, no, no es que se haya torcido algo, es que se está rompiendo estruendosamente, provocando una cadena de explosiones como una traca. Una traca de esas que tienen petardos cada vez más gordos según se va quemando la mecha que los enciende, hasta llegar al bombazo final que te deja las carnes temblando.

Solo que en las tracas de feria sólo hay ruido, mientras que en la traca del mundo financiero, que domina la política y nuestras vidas, cada petardo produce víctimas como si fuese bomba de racimo, mientras esperamos, cada vez más asustados, el gran petardazo final que convierta en fosfatina nuestros derechos sociales, nuestras ilusiones de futuro y nuestras cartillas de ahorro.

Este jubilata, que no tiene otro cometido en su vida, se dedica mucho a leer y gran parte de las horas se le van a en digerir noticias indigestas, como esta última de que Bankia ha petado con la inestimable ayuda de Rodrigo Rato, ese hacha de la macroeconomía que no se enteró de la que tronaba cuando estuvo en el FMI y que, hasta anteayer, presidía el chiringo llamado Bankia No era de extrañar que, a hombre de tanto mérito, el año pasado le pagasen 2,3 millones de sueldo (o sea: 260 años de salario medio interprofesional, según leo). Tampoco es para extrañarse que el nuevo consejero propuesto por el habilidoso sujeto sea un tal Gorrigolzarri, a quien el BBVA le dio 68,7 millones de euros por una jubilación dorada a los 55 años. Como se ve, hay inútiles gloriosos, jubilados de oro y jubilatas del montón.

Buscando información  - perniciosa manía de quien no se conforma con el pasto de los NoDos mediáticos adictos a la cosa - uno lee que, en tiempos del Glorioso Movimiento felizmente finado, dos miembros de la familia Rato, padre y hermano, respectivamente, del que ahora padecemos, dieron con sus huesos en la cárcel en 1966 por ser responsables de la quiebra de dos bancos. De casta le viene al galgo. Uno, sin responsabilidades políticas y, por lo tanto, bastante ignorante de estas cosas, al ver esos antecedentes familiares, piensa que hay que ser poco espabilado para dejarle que administre nuestros dineros.

A este jubilata no le cuadran las cuentas en eso de la política, las finanzas y la ideología al uso. Si en tiempos de dictadura-dura dos prohombres terminaron en el trullo por chanchullos económicos ¿Cómo es que ahora, en esto que llaman democracia, la gente que peta un banco se va de rositas? Poco serio ¿no? eso de verse uno en la obligación de poner como ejemplo de coherencia a un gobierno dictatorial, frente a estos rasca-bolsas de la política que quieren salvar la patria –o lo que quede de ella- a fuerza de exigir austeridad al ciudadano e inyectar dinero en los pufos bancarios.

Y el gobierno, a lo que parece, nacionaliza parte de Bankia, pero aquélla contaminada de los activos tóxicos (todo ese ladrillo y eriales de la célebre burbuja). Los 4.500 millones que ya ha puesto el Estado sobre el tapete de la ruleta Bankia nos los vamos a cobrar los ciudadanos en cemento. Ya digo, este jubilata de macroeconomía ni de alta política no entiende, pero, como dice la copla, “Mariano, yo, de vestidos no entiendo, pero ese que te estás poniendo…” nos está dejando con las vergüenzas al aire. Y lo que es peor: al aire con las desvergüenzas y desfachatez de quienes manejan dineros públicos y privados como si fuesen el coto privado del señor marqués.

Claro que siempre le queda al ciudadano el consuelo de oír frases tan redondas como ésta de Mariano: “El Gobierno está haciendo lo que tiene que hacer y va a hacer lo que está haciendo”. O sea, lo que los lógicos medievales llamaban petitio principii, y que actualmente, con menos miramientos y en román paladino, llamamos marear la perdiz y tocar las pelotas al personal.

Como en estos casos siempre hace falta echar la culpa a alguien (Rato no, que es de los nuestros), andan diciendo los conspicuos del PP que si el gobernador del Banco de España es un calamidad… Por estos derroteros que vamos, cualquier día peta el Banco de España y los pedacitos tendremos que buscarlos en Grecia.

domingo, 6 de mayo de 2012

Con barro en las botas


Seguro que los urbanitas vocacionales nunca han vivido la experiencia doméstica de llegar a casa a las once de la noche y con barro hasta las rodillas, y que la santa te mire como a un mal marido que la abandona para irse de juerga con sus amigotes de montaña.

Pues eso es lo que le ha ocurrido a este jubilata este sábado pasado, que se fue de madrugada a caminar los caminos embarrados de la serranía de Cuenca y regresó a casa de noche y embadurnado en barro rojo. Las huellas terrosas sobre el parqué casero no son la mejor carta de presentación cuando uno llega a las mil en un día de perros, mojado como un pollo, suelta los arreos montañeros escurriendo agua y dice: “Hola, chata ¿Qué tal?” La santa, viendo al individuo que se supone su marido, pero de tal guisa, por toda respuesta, te mira como si hubieras salido a comprar tabaco hace un año sin dar mayores explicaciones, y te suelta un: “Un poquito tarde ¿no?” Tú, que ya sabes de qué va la cosa, callas y te vas a la ducha, a ver si el agua caliente remedia algo tu triste situación. Eso sí, en tu fuero interno te juras que el próximo sábado te vas al monte, a pesar de que se ceben contigo todas las inclemencias del tiempo y te caigan encima todas las tormentas domésticas.

Si uno, en vez de afición a la montaña, la tuviese a la maría, sabría que era un adicto y, a lo mejor, se sometía a una cura de desintoxicación. Pero ni los alcaloides de la coca tienen el tirón de un día en el monte.

Hombre, tampoco fue para tanto. Se trataba de hacer una marcha circular desde Carrascosa de la Sierra a Santa Cristina bordeando la Hoz Somera y, al regreso, recorrer parte de esta hoz, cuyas aguas vierten al río Guadiela. Tienen de especial estos paisajes el ser tierras calizas que han dado lugares a grandes formaciones kársticas, como ésta Somera o su hermana la de Tragavivos. Las corrientes de agua han ido erosionados, durante milenios, estas rocas calizas deleznables, produciendo hundidos, resquebrajaduras, corredores, enormes paredes verticales, mientras que los fenómenos meteorológicos han pulido las rocas con formas caprichosas.

Nosotros bajamos por los Castillejos hasta la hoz. Imagino que el nombre de “castillejos” les viene por esas curiosas formaciones en forma de torres irregulares y tormos, entre los que discurre el camino de bajada. Es terreno donde abunda la vegetación; arriba, pino laricio, enebros arbustivos. Por doquier, pinos, matas de boj, tomillos, gamones, aliagas apenas florecidas, matorral… Lugares donde el hombre apenas ha dejado su huella y el bosque se muestra exuberante y fresco con las lluvias que se empeñan en acompañarnos durante la jornada. 
Recorrer estos parajes no tiene precio. Verse en lo alto de un pasadizo, con el paredón a tu espalda y el precipicio a tus pies (a prudente distancia, eso sí), dispara la adrenalina y el sentido estético. Los ojos miran ansiosos el paisaje y quieren llevarse, a modo de impresiones fotográficas, el vuelo pausado del buitre, el rumor del aire, el olor a plantas aromáticas y humedad boscosa, cada una de las resquebrajaduras caprichosas de la roca, y se encuentran con situaciones tan inverosímiles como ese pino que ha crecido en una pared vertical, agarrado a una grieta, en un equilibrio que a uno se le antoja imposible.
Para qué insistir. La lluvia nos castigó toda la mañana, desde el mirador del Águila apenas divisamos un paisaje brumoso, los caminos arcillosos se pegaban a nuestras botas, en casa me torcieron un poco el morro al llegar tarde y embarrado, pero uno es reincidente y no se arrepiente de esa pasión por los espacios libres, la naturaleza en estado puro, y las sudadas que se pega monte arriba, con el corazón y los pulmones trabajando a plena máquina. Lo jodido de todo esto es que la edad te va avisando y tienes que medir tus fuerzas. Pero siempre nos quedarán los caminos…

domingo, 29 de abril de 2012

Visiones imposibles.-





Una de las pocas alegrías que aún le quedan a ciudadanos como este jubilata es la de disfrutar de exposiciones en salas donde el acceso es libre a cualquiera, interesado o curioso, deseoso de conocer la evolución de artistas como Marc Chagall u Odilon Redon. Es el único vestigio en pie de actividades que, en tiempos más felices y despreocupados, fueron surgiendo como una política de democratización de la cultura

Este jubilata, poco ducho en terrorismo macroeconómico al modo de nuestros políticos y banqueros, siente una enfermiza inclinación a ver en las manifestaciones artísticas mundos de más largo alcance que los vaivenes del IBEX 35 o las calificaciones a la baja de Standard & Poor´s.

Le ve más sentido a ese mundo abigarrado de La guerra, representado por Chagall, donde una cabra blanca, de tamaño desproporcionado al resto de la composición, observa un pueblo ardiendo, mientras sus habitantes huyen en una carreta, una mujer llora junto a su niño en el suelo y un crucificado, desde lo alto de su sufrimiento, es testigo mudo del despropósito. Hay más verdad en este cuadro, cuya composición escapa a la lógica de las convenciones pictóricas, que en el objetivo de déficit cero, que también escapa a la lógica del interés ciudadano.
El enigma que nos plantea Odilon Redon con su visión onírica de una Araña sonriente es menos inquietante que esa amenaza constante de rescatar, con los dineros nuestros, de nuestra sanidad pública, de nuestra educación pública, bancos en riesgo de quiebra porque el chiringuito financiero no deja de temblequear a cada acometida de los facinerosos “mercados”.

Sin darse cuenta, uno se lleva a la sala de exposiciones los temores que atenazan al ciudadano desesperanzado y acaba mezclando dos mundos que viven realidades poco afines: la de los mundos imaginados de Chagall, sin reglas de perspectiva (como tan bien las sabía representar Mantegna), ni equilibrio en la distribución de volúmenes (en el que eran maestros los pintores barrocos), como esos Amantes en el poste en difícil torsión, observados por una cabra de un rojo imposible y un absurdo pájaro de cuerpo blanco y cabeza amarilla, que parecen envolver una casa boca abajo; y, por otro lado, un mundo donde “tranquilizar a los mercados” es un dogma de fe por el que se justifican los atropellos a lo que habíamos dado en llamar estado del bienestar, y que no era más que un mediocre pasar con birra para todos.

Ya ve el improbable lector la confusión mental del responsable de esta bitácora. Éste espera que le sean perdonados los absurdos pensamientos que le vienen a las mientes, cuando, en realidad, queda fascinado por esos verdes alocados, esos azuletes imposibles, esos rojos desproporcionados que dan forma a amantes entrelazados, animales domésticos tocando un violín, aldeas de tejados abigarrados, en un mundo de ensueños distorsionados de Chagall; o esos mundos inquietantes de Redon (una mezcla de lecturas de Poe, darwinismo, misticismo religioso, pintura negra goyesca) de sus litografías, que él llamaba sus Negros.

Pero no todo son mundos de una fantasía inquietante o de difícil desentrañamiento, porque uno queda fascinado ante un Ramo de flores silvestres en un jarrón de cuello largo, donde cada pétalo es una pincelada sabia, luminosa, y Redon nos muestra un puñado de naturaleza aprisionado en un búcaro. Y esos ramos de flores omnipresentes en cada cuadro de Chagall, quizás un símbolo de que la belleza se encuentra en cualquier escena, por incomprensible o incongruenteue nos parezca.
Sale uno de la exposición y se pregunta ¿Las flores que nos ofrece el sistema neoliberal no serán de plástico y fabricadas en China?














domingo, 22 de abril de 2012

Las Tetas de Viana

A quien no conozca estos parajes, hablar de las Tetas de Viana le hará suponer que estamos ante una caminata de connotaciones eróticas, cosa que está bastante lejos de las intenciones de este jubilata caminero. Se trata, más bien de dos cerros testigo, de una altitud máxima de 1133 m, que aparecen enhiestos en tierras de la Alcarria, en el sureste de Guadalajara, bastante próximos a la provincia de Cuenca; corresponden a tierras por donde discurre el alto Tajo y actualmente son Patrimonio Natural.
Este río y sus afluentes fueron labrando, durante milenios, la orografía de estos lugares hasta dejarlos en la situación que actualmente conocemos. Son tierras calizas que corresponden al terciario, cuando un gran lago interior en la Península Ibérica dejó los depósitos sedimentarios, cuyos únicos testigos son estos dos cerros.
De hecho estos dos cerros están formados por rocas calizas de unos 30 m de potencia, asentadas sobre un sustrato arcilloso que se ha ido desmoronando en forma de glacis, que cubren las laderas en suave pendiente, y que permite una rica vegetación. Este jubilata caminante siente una inclinación especial por estas tierras del interior, tradicionalmente abandonadas a un escaso desarrollo económico, lo que ha permitido conservar su naturaleza en estado puro.
Como caminar es disfrutar de la naturaleza y observar la variedad de su vegetación, hemos tenido ocasión de ver una gran variedad de Quercus como chaparras, quejigos; plantas aromáticas como romero y tomillos, aliaga en flor;  arbustos como el boj, enebros, sabinas, y tantas otras variedades que este caminante ignora, pero que allí están a disposición de ojos más expertos.
Dice por ahí un refrán de estos lugares que “las Tetas de Viana muchos las ven, pero pocos las mamam”. Lo que alude a su inaccesibilidad una vez llegados a su base. En efecto, esa boina caliza de unos 30 m de altura hace muy difícil su acceso, debido a sus paredes verticales. En nuestro grupo, tres compañeros arriscados optaron por subir a huevo por una resquebrajadura, mientras que otros tres optamos por el acceso más fácil: existe un caminito que trepa por entre las rocas, enmarcado por sendas cadenas que hacen el efecto de pasamanos, y al extremo, una escalerilla metálica que salva los últimos cuatro o cinco metros de pared vertical.
Es una lástima que este jubilata ya no esté para trepar por la roca viva; la edad, aparte endurecer las articulaciones y restar flexibilidad a los músculos, es una consejera prudente y recomienda medir esfuerzos. Entre una trepa y un ascenso con peldaños, no había duda, y el caso era disfrutar de las vistas sobre el entorno.
Lo que también resulta poco conocido es que por aquí transcurre la Ruta de la Lana. Son caminos por donde transitó el comercio de las lanas de la Alcarria y los paños de Cuenca hasta las ferias de Medina y el Consulado de Burgos, según puede leerse en un librito La Ruta de la Lana. Guía del peregrino a Santiago de Compostela, 1999.
En efecto, por estos paraje hay trazado un poco conocido “camino de Santiago” que sigue estos antiguos caminos desde Cuenca hasta enlazar en Burgos con el camino francés, y estos parajes corresponden a la etapa octava del trazado, entre Valdeolivas y Trillo. Ésta pudiera ser muy bien una ruta a explorar por algún intrépido jacobípeta.
Un servidor pasó por allí, subió a una de las Tetas (con lo que puede decir que sí mamó de ella) disfrutó de los parajes y de buenos compañeros de caminos, y bajó hasta Viana de Mondéjar. Desde allí nos fuimos a recorrer un barranco que desemboca en el Tajo, de nombre La Rambla, y terminamos en Valtablada del Río, donde el respetable acabó con las existencias de cerveza de único bar del pueblo.